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Archivo para Domingo, 20 de septiembre de 2020

Arrollado por la ola de una alegría inagotable

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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“Habiendo entrado, o las cinco y diez de la mañana, en una capilla del barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aun más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar – hasta el punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir era un niño, listo para el bautismo y que miraba en torno a si, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se había suspendido en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esa clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el Espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos .”

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A. Frossard,
Dios existe. Yo lo he encontrado, Rialp, Madrid 2001, 6-8;
traducción, José María Carrascal Muñoz.

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

-“El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.”

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia por que yo soy bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.”

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Mateo 20,1-16

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“Dios es bueno con todos”. 20 de septiembre de 2020. 25 Tiempo ordinario (A). Mateo 20 , 1-16

Domingo, 20 de septiembre de 2020

img_2595Sin duda es una de las parábolas más sorprendentes y provocativas de Jesús. Se solía llamar «parábola de los obreros de la viña». Sin embargo, el protagonista es el dueño de la viña. Algunos investigadores la llaman hoy «parábola del patrono que quería trabajo y pan para todos».

Este hombre sale personalmente a la plaza para contratar a diversos grupos de trabajadores. A los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, más tarde a las doce del mediodía y a las tres de la tarde. A los últimos los contrata a las cinco, cuando solo falta una hora para terminar la jornada.

Su conducta es extraña. No parece urgido por la vendimia. Lo que quiere es que aquella gente no se quede sin trabajo. Por eso sale incluso a última hora para dar trabajo a los que nadie ha llamado. Y por eso, al final de la jornada, les da a todos el denario que necesitan para cenar esa noche, incluso a los que no lo han ganado. Cuando los primeros protestan, esta es su respuesta: «¿Vais a tener envidia porque soy bueno?».

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que, más que estar midiendo los méritos de las personas, Dios busca responder a nuestras necesidades?

No es fácil creer en esa bondad insondable de Dios de la que habla Jesús. A más de uno le puede escandalizar que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o agnósticos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero Dios es así. Y lo mejor es dejarle a Dios ser Dios, sin empequeñecerlo con nuestras ideas y esquemas.

La imagen que no pocos cristianos se hacen de Dios es un «conglomerado» de elementos heterogéneos y hasta contradictorios. Algunos aspectos vienen de Jesús, otros del Dios justiciero del Antiguo Testamento, otros de sus propios miedos y fantasmas. Entonces, la bondad de Dios con todas sus criaturas queda como perdida o distorsionada.

Una de las tareas más importantes en una comunidad cristiana será siempre ahondar cada vez más en la experiencia de Dios vivida por Jesús. Solo los testigos de ese Dios pondrán una esperanza diferente en el mundo.

José Antonio Pagola

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“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”. Domingo 20 de septiembre de 2020. 25º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 20 de septiembre de 2020

48-OrdinarioA25Leído en Koinonia:

Isaías 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes
Salmo responsorial: 144: Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Filipenses 1,20c-24.27a: Para mí la vida es Cristo
Mateo 20,1-16: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

La gracia y la misericordia de Dios se contrapone a la mentalidad religiosa judía de los tiempos de Jesús. Frente a la teología del mérito del sistema religioso se opone la teología de la gracia predicada por Jesús. Desde esta perspectiva, la salvación no se alcanza solamente por méritos propios sino por la misericordia de Dios que nos la concede a pesar de que no la merezcamos.

El texto del segundo Isaías centra su actividad profética en el tema de la consolación del pueblo desterrado. Pero el destierro fue por la desobediencia del pueblo y de sus dirigentes que se apartaron de Dios y quebrantaron la alianza. Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Si el pueblo es infiel a la alianza, Dios permanece siempre fiel. Los caminos del Señor son muy distintos de los caminos humanos. El profeta insiste en la invitación a buscar al Señor. Hace un llamado a la conversión y al arrepentimiento porque Dios es Clemente y misericordioso y siempre está dispuesto al perdón. Los planes de Dios no son tan limitados y mezquinos como los de nosotros.

Pablo, en la carta a los Filipenses, plantea una seria disyuntiva: o morir para estar con Cristo o quedarse en medio de ellos para ayudarles en sus dificultades. Pablo, prisionero por Cristo, presiente que sus días ya están llegando a su fin. Perseguido, calumniado, encarcelado, azotado y despreciado de muchos ha vivido en su propia persona la pasión de su Señor. Consecuente con su predicación, si se ha esforzado por vivir el evangelio de Jesús, entonces es normal que corra la misma suerte que su maestro. Pero también tiene la plena convicción de participar de la gloria de la resurrección. Tanto su vida como su muerte está en función de Cristo. Si está vivo es para seguir anunciando el evangelio, si muere es para entrar en la plena comunión de los justificados por El. Así las cosas, Pablo siente que su misión ha llegado a su fin. Como Jesús, puede decir todo está cumplido. Pero a Pablo le queda la gran preocupación de la fragilidad de las comunidades, cuya fe está fuertemente amenazada por el ambiente cultural y religioso de las colonias del Imperio.

En la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió se la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicados, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Hoy tenemos que superar todo espíritu de competencia y codicia. Tenemos que superar sobre todo el «exclusivismo» que todavía late en el subconsciente cristiano: ya no lo decimos ni lo sostenemos, pero muchos lo siguen pensando: nosotros, nuestra religión, sería la única verdadera, y por tanto la superior, la definitiva, la insuperable, aquella a la que las demás religiones (¡y culturas!) deberán confluir… Si ya muchos han abandonado aquella visión veterotestamentaria de que «las naciones y los pueblos vendrán a adorar a Dios en Sión» -porque sociológicamente ya no parece previsible ni viable que el mundo vaya un día a ser todo él cristiano-, no dejamos de tener esa conciencia de «exclusivismo» cuando nuestras autoridades y jerarquías condenan autoritariamente y sin diálogo alguno opiniones sociales, criterios éticos, que se dan en distintas sociedades, apoyados en el convencimiento de que nuestra verdad es incuestionablemente superior a la de los demás, por principio, y que tendríamos derecho a imponerla en la sociedad (laica, aconfesional) sin necesidad siquiera de dialogar y convencer a la población… Es una actitud de complejo de superioridad que no tiene ninguna justificación.

La apertura a todos, el reconocimiento sincero de que no tenemos un «gratuito e inmerecido derecho de primogenitura», que no somos «los (únicos) elegidos», que los que hemos considerado tradicionalmente «últimos» (o en todo caso, posteriores a nosotros) no lo son, que Dios es «gratuito» y sin favoritismos… son asignaturas pendientes todavía para las Iglesias cristianas…

No cabe duda de que aceptar en profundidad el mensaje evangélico de hoy de que «los primeros serán los últimos», nos exige un cambio de mentalidad a fondo. También el pluralismo religioso y el diálogo intercultural hay que elencarlos entre esos grandes desafíos generados por el descubrimiento más profundo de la «gratuidad de Dios» que la parábola del evangelio de hoy vuelve a poner ante nuestros ojos. Leer más…

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Dom 25 tiempo ordinario. 20.9.20. Mt 20, 1-16. Ante la última hora: Superación “imposible” (pero necesaria) del sistema salarial

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Del blog de Xabier Pikaza:

Esta parábola (Mt 20, 1-16) nos lleva del plano salarial del trabajo y del mercado al orden más alto de una vida en la que el hombre no es para el mercado, sino el mercado y el trabajo (con el capital) para el hombre.

Ella nos sitúa ante un modelo  “tribal” (¡comunista!) de trabajos y pagas comunes, antes de la división capitalista de trabajos y salarios, y ha sido mejor entendida por algunos socialistas utópico del siglo XIX que por la  Doctrina Social de la Iglesia (DSI), al menos hasta el Papa Francisco.   

El mercado (en línea de talión) mide la recompensa por horas y calidad de trabajo (de forma jerárquica). Esta parábola iguala en un plano salarial todos los trabajos, al servicio de la humanidad. Ella es imposible de cumplirse según la ley de retribución al uso,  pero, precisamente por eso, es necesaria, verdadera y cristiana. En general, la Iglesia del 2º milenio no ha creído en ella, ni la ha aplicado 

Esta narración nos sitúa ante la última hora .. Tal como está establecido, nuestro sistema laboral y salarial, al servicio del capitalismo, no del hombre, está estallando. En contra de eso, la parábola de Jesús nos habla de un trabajo y salario gratuito, humano,  desde la perspectiva de los últimos (los pobres y gentiles…) a quienes el “dueño de la casa” gratifica igual que a los primeros (que han trabajado intensamente), con la inversión ya citada de situaciones, situada al principio (19, 30) y al final del texto (20, 16).

La parábola propone un mismo salario de gracia para todos, es decir, un salario que no es “sueldo” por lo trabajado, sino ofrecimiento gratuito de vida, en gesto de igualdad y fraternidad, algo que puede ser escandalosa para algunos, pero lleno de esperanza para otros y en el fondo para todos.

 Texto

20 1 El Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. 5 Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. 6 Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? 7 Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña.

8 Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al administrador: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. 9 Vinieron los del atardecer (hora undécima) y recibieron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Y recibiendo (el denario) se pusieron a protestar contra el amo, diciendo: 12 Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. 13 Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Yo quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? 16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos[1]

Presentación temática  

 La parábola empieza hablando de unos arrendatarios a quienes el dueño de casa  ha contratado como trabajadores en su viña (un tema clave que volverá en 21,33-41), para terminar poniendo de relieve la protesta de aquellos que piensan que el dueño ha sido injusto, pues ha pagado a los últimos igual que a los primeros. En esa línea, el texto habla de cinco grupos de contratados: al amanecer, a la hora tercia, sexta, nona, y finalmente a la caída de la tarde.

Pues bien, al final de la parábola, solo parecen importar dos grupos: Los que han comenzado a trabajar desde el amanecer (hora de prima), que pueden ser judíos observantes…, y los que han sido llamados al final de la tarde (=hora undécima, a eso de las nueve), cuando sólo quedaban breves momentos de faena. Pues bien, en contra de las normas laborales, todos reciben el mismo jornal: Un denario; no importa ya lo que hayan trabajado, sino lo que necesitan para vivir (¡un denario!). Lógicamente, al ver que los últimos cobraban igual que ellos, los primeros protestan, pues, conforme a las normas laborales, deberían haber recibido un jornal más grande.

 23B3287E-7337-44AF-9CED-D4D7165E7716-768x554Los de la primera hora parecen ser judíos, que han estado trabajando en la viña desde muy antiguo, y que tienen envidia (se sienten injustamente tratados) porque el dueño de casa les paga igual que a los que sólo han trabajado una hora (el jornal de un día, un denario). Pero esta parábola nos lleva más allá del plano salarial, haciéndonos ver que todo lo que viene de Dios es un regalo, un don gratuito, de manera que el trabajo de los hombres y mujeres al servicio de la casa, en la familia y campo, ha de hacerse gratuitamente (conforme al pasaje anterior: Mt 19, 29-30)[2].

 ‒ Los últimos son los primeros (20, 16). En un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido Mateo ha destacado la importancia de los niños y pequeños (18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo a los pobres (19, 16-29). En esa línea se dice que los últimos (los que no se reservan nada) serán los primeros, sentencia con la que empezaba también esta parábola (19, 30), que es una crítica contra los que presumen de mérito ante Dios.

‒ Esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que se opone a que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no les hubieran dado ninguna ventaja. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de la última hora”, que serían, en general, los pagano-cristianos[3].

Esta parábola plantea y justifica la superación del sistema salarial, que se sitúa en plano de talión (de pura justicia retributiva), para situarnos en un plano de salario de gratuidad. Cada uno trabaja según sus posibilidades, y a todos se les ofrece lo que necesitan, como ha puesto de relieve muchos teóricos modernos del sistema económico, en contra de la economía capitalista, que conserva el sistema salarial, pero no para provecho de los trabajadores, sino del mismo sistema.

Ampliación. Superación del sistema salarial

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  El texto ratifica de esa forma elpaso de un sistema de retribución salarialpor ley (¡te pagaré lo justo: to dikaion, Mt 20, 5), según la aportación de cada uno,  a un modelo de gratuidad y comunicación personal, donde el “amo” (señor de casa) paga (da) a los últimos lo mismo que a los primeros, gratuitamente, porque es bueno (agathos: Mt 20, 15), y porque los hombres y mujeres lo necesitan para vivir. Esta parábola empieza empleando un lenguaje salarial (pagar lo justo) para superar (¡no negar!) ese sistema de justicia, en línea de gratuidad y de comunión (de lo que es bueno).

Esta parábola presenta a Dios (al amo) como aquel que nos hace pasar no sólo de un sistema salarial corrupto (con diferencias inmensas de sueldo, que pueden llegar al mil por uno) a uno justo, sino de un sistema proporcional “justo” (los que han trabajado doce horas han de cobrar más que los de media hora) a un sistema humano de gratuidad, donde trabajar es un gozo creador (cada uno según sus posibilidades) y recibir el salario es una gracia (a cada uno según sus necesidades, no según lo producido).

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El terrateniente cabrón y la alternativa de Pablo. Domingo 25. Ciclo A

Domingo, 20 de septiembre de 2020

vinadoresDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Nota: De los numerosos insultos que enriquecen la lengua castellana, “cabrón” es el único tomado de la Biblia (Ezequiel). Por consiguiente, nadie debe escandalizarse de que lo use, aunque tampoco es preciso que añada: “Palabra de Dios”.

             Durante el período de formación de los discípulos, tal como lo cuenta el evangelio de Mateo, Jesús parece disfrutar desconcertándolos con sus ideas sobre el matrimonio, la importancia de los niños, la riqueza. Pero el punto culminante del desconcierto lo constituye esta parábola sobre el pago por el trabajo realizado (Mt 20,1-16).

            El protagonista es un terrateniente con capacidad para contratar a gran número de obreros. No es un señorito que se dedica a disfrutar de los productos del campo. Al amanecer ya está levantado, en la plaza del pueblo, contratando por el jornal habitual de la época: un denario. Y tres veces más, a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde, vuelve del campo al pueblo en busca de más mano de obra. A estos no les dice cuánto les pagará. Pero les da lo mismo. Algo es algo.

            Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico, preocupado por su finca, atento todo el día a que rinda el máximo. Se intuye también un aspecto más positivo y social: le preocupa el paro, el que haya gente que termine el día sin nada que llevar a su casa.

            Pero este personaje tan digno se comporta al final como un cabrón. Al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que empiece por los últimos, no por los primeros. Cuando aquellos, sorprendidos, reciben un denario por una sola hora de trabajo, los demás, especialmente los de las 6 de la mañana, alientan la esperanza de recibir un salario mucho más elevado. Con gran indignación de su parte, reciben lo mismo. Es lógico que protesten.

¿Por qué no empezó el propietario por los primeros, los dejó marcharse, y luego pagó un denario a los otros sin que nadie se enterase? ¿Por qué quiso provocar la protesta? Porque sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza de la parábola.

           ¿Cabrón o bueno?

Los jornaleros de la primera hora plantean el problema a nivel de justicia. En cambio, el terrateniente lo plantea a nivel de bondad. Él no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo a los de la última hora es por bondad, porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

            ¿Quiénes son los de las 6 de la mañana y los de las 5 de la tarde?

           En la comunidad de Mateo, formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano, predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar ampollas. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba a siglos antes, a Moisés; llevaba el sello de la alianza en su carne, la circuncisión; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no habían faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarles lo mismo a estos paganos recién convertidos, que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios ni del prójimo? Usando unas palabras del profeta Daniel, ¿cómo iban a brillar en el firmamento futuro igual que ellos? En este planteamiento se comprende el reproche que les hace el propietario (Dios): vuestro problema no es la justicia sino la envidia, os molesta que yo sea bueno.

            Desde la época de Mateo han pasado veinte siglos; la interpretación anterior ya no resulta actual y podemos sustituirla por otra: los cristianos que han cumplido desde niños la voluntad de Dios, no han faltado un domingo a misa, colaboran en la parroquia, ayudan en Caritas, se enteran de que Dios va a compensarlos a ellos igual que a gente que solo pisa la iglesia para entierros y bodas, y que interpretan la moral de la Iglesia según les convenga. A algunos de ellos puede parecerles una gran injusticia. Dios no lo ve así, porque piensa recompensarles como se merecen. Si da lo mismo a los otros no es por justicia, sino por bondad.

            ¿No es de hipócritas indignarse?

            Si alguno se sigue indignando con la actitud de Dios, debería preguntarse si es hipócrita o tonto. En el fondo, el que se indigna es porque piensa que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, que lo ha hecho todo bien y merece una mayor recompensa de parte de Dios. Si examina detenidamente su vida, quizá advierta que empezó a trabajar a las 11 de la mañana, y que se ha sentado a descansar en cuanto pensaba que el capataz no lo veía. A buen entendedor, pocas palabras.

            En cambio, el que es consciente de haber rendido poco en su vida, de no haberse comportado en muchos momentos como debiera, de haber empezado a trabajar a las 5 de la tarde, se sentirá animado con esta parábola.

            Las cinco de la tarde

            Cabe el peligro de interpretar lo anterior como “Dios es muy bueno y podemos dedicarnos a la gran vida”. La invitación a ir a trabajar a las 5 de la tarde, aunque sólo sea una hora, es un toque de atención No se trata de seguir vagueando irresponsablemente. Siempre hay tiempo para echar una mano al propietario de la finca.

            Este es el tema de la 1ª lectura, tomada de Isaías 55,6-9, que usa un lenguaje mucho más severo. No habla de desocupados sino de malvados y criminales. Pero los exhorta a regresar al Señor, que “tendrá piedad” porque “es rico en perdón”. En el evangelio, con fuerte contraste, no son malvados y criminales los que van en busca de Dios; es el mismo Dios quien sale al encuentro, cuatro veces al día, de todas las personas que necesitan de su ayuda.

            Tanto el evangelio como Isaías coinciden en afirmar, cada uno a su estilo, que los planes y los caminos de Dios son muy distintos y más elevados que los nuestros.

La alternativa de Pablo y la pandemia (Fil 1,20c.24.27a)

            Igual que el domingo pasado, la segunda lectura no tiene relación con el evangelio, pero sí mucha con la realidad actual del coronavirus. Pablo está en la cárcel, y no sabe si saldrá absuelto o lo condenarán a muerte. Para nosotros, la elección sería clara: absolución. Pablo ve las cosas de otro modo: la absolución le permitiría seguir trabajando por sus cristianos y por la extensión del evangelio; pero la muerte le permitiría «estar con Cristo, que es con mucho lo mejor». En esta alternativa, no sabe qué escoger.

            Lo absolverán, y continuará su obra unos años más, hasta que la muerte le permita estar con Cristo. En esta época en que solo se habla de la muerte como fría estadística o tragedia personal y familiar, Pablo nos recuerda a los cristianos que la muerte es el paso a disfrutar eternamente de la compañía del Señor.

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20 de septiembre. Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

(Mt 20, 1-16)

Si los dos domingos anteriores teníamos como tema central del Evangelio el tema del perdón, este domingo Mateo nos presenta el tema de la envidia. La envidia no es otra cosa que el dolor y la rabia que nos provoca el bien ajeno.

Es fácil, nos sale casi de forma natural, el conmovernos ante las desgracias ajenas. El dolor de otras personas es capaz de sacar lo mejor de mucha gente.

Pero, tristemente, el bien ajeno, no solo no nos alegra sino que en ocasiones nos pone en contacto con la parte más oscura y sombría del ser humano. Nos parece que nuestro esfuerzo merece mejores recompensas. Y nos llena de envidia ver cómo otras personas reciben más que nosotras; entonces nos sentimos injustamente tratadas. Igual que los jornaleros de la primera hora: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

He oído muchas veces, a distintas personas, quejarse de que los telediarios dan solamente malas noticias. Pero ¿soportaríamos un telediario de buenas noticias ajenas? Seguramente no, y las televisiones lo saben y cuidan sus audiencias dando aquello que se demanda.

¡Ay, la envidia!, esa fiel compañera que se abre paso en nuestra vida desde nuestra más tierna infancia. Muchas veces se les da lo mismo a dos hermanitos para que ninguno tenga envidia, pero ¿ayuda eso a lidiar con la envidia en la vida?

¿Qué podemos hacer para que el bien ajeno no nos haga profundamente infelices? ¿Cuál es el antídoto que contrarresta los efectos de la envidia? ¡La misericordia!

Si la envidia es mirar con malos ojos el bien ajeno, la misericordia es la capacidad de mirar con buenos ojos incluso la miseria ajena. La misericordia es la manera de ver que tiene Dios. Es mirar con los ojos de Dios que cuando nos mira ve por todas partes hijas e hijos amados.

Si al mirar veo a una persona amada es más fácil que consiga alegrarme con su alegría. Si descubrimos que lo bueno que les pasa a las demás es también un bien para mí viviré con más alegría y menos preocupación.

Al reconocer que el “denario” que recibo por mi trabajo es justamente lo que habíamos acordado de ante mano y por lo mismo es el salario que merece mi esfuerzo, podré contentarme con lo mío. Y podré también ir abriendo camino para que la alegría ajena provoque también mi alegría.

Oración

Danos, Trinidad Santa, una mirada misericordiosa como la tuya. Libéranos de la envidia que nos separa y enfrenta y llénanos de la ternura que une y complementa.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús no pide ir más allá de la justicia..

Domingo, 20 de septiembre de 2020

matthew-20Mt 20, 1-16

Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían creciendo. Los veteranos seguramente reclamaban privilegios, porque en un ambiente de inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. La parábola advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sería ridículo esperar mayor paga.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros”. A continuación viene el relato de hoy, que repite lo mismo pero invirtiendo el orden; dando a entender que la frase se ha hecho realidad.

Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 23 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado. El 24 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad. Hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humano, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta a cada uno de nosotros.

Hoy tenemos una mezcla de alegoría y parábola. En la alegoría, cada uno de los elementos significa otra realidad en el plano trascendente. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el relato. Está claro que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a ese Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Cualquier sindicato de trabajadores consideraría una injusticia lo que hace el dueño de la viña. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros seamos capaces de imitarle es otro cantar. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias con él. Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la falsa filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende  unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía sino que lo poseían todo en común”.

Hay una segunda parte que es tan interesante como la misma parábola. Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. Se muestra aquí la incapacidad de comprensión de la actitud del dueño. No tienen derecho a exigir, pero les sienta mal que los últimos reciban el mismo trato que ellos. El relato demuestra un conocimiento muy profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas hasta tal punto que, a veces prefiero perjudicarme con tal de que el otro se perjudique más.

En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras (el dios del AT). Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos merecer la salvación. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.

Podemos ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Si Dios pudiera darme más y no me lo diera, no sería Dios.

La salvación de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él estuviésemos condenados por Dios y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total. Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios aceptando su salvación.

Con estas parábolas, el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. En realidad, nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es para todos igual: amor, don infinito. Queremos decir para todos sin excepción. Los que nos creemos buenos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¿Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros? Debe cambiar nuestra religiosidad, que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o, por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio nos propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles? Lo que Jesús pretende es que despleguemos una vida plenamente humana. Si se pretende esa relación, imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería  una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.

Meditación

El amor de Dios no se funda en mí, sino en Él.
No tenemos que amar para que Dios nos ame
sino amar como Dios nos ama y porque Él ya nos ama.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio,
es llevarnos al descubrimiento del verdadero Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Escuchar a Jesús de Nazaret.

Domingo, 20 de septiembre de 2020

1jesusEscuchar es amar (Película, “Héctor y el secreto de la felicidad”).

Mt 20, 1-16

El hacendado salió de madrugada a contratar braceros para su viña. (v 1)

Salió y escuchó a todos ellos en sus peticiones, estuvieran contentos o descontentos con el salario que les daba.

Escuchar es obedecer, es decir, “oír desde abajo”, considerar la palabra de los demás como configuradora de mi propia existencia.

Algunos famosos personajes dijeron famosas frases importantes sobre el hecho de escuchar:

“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se necesita para sentarse y escuchar”. (Winston Churchill)

“Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros”. (Martin Luther King)

“No quiero escuchar únicamente lo que dices, quiero sentir lo que me quieres decir”. (Hugh Prather)

Y también en el Antiguo Testamento y en el Nuevo:

“Escucha, Israel: el primer mandato es la llamada a escuchar”.

“Escucha, Israel y obra pronto”. (Deuteronomio 6,3)

“¡Oh Israel, si tú me escucharas!”. (Salmo 81, 8)

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: “Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras”. (Hechos 2, 14)

Pablo se levantó, y haciendo señal con la mano, dijo: “Hombres de Israel, y vosotros que teméis a Dios, escuchad”. (Hechos 3, 16)

En la película del director británico Peter Chelsom, “Héctor y el secreto de la felicidad”, dice uno de los protagonistas que “Escuchar es amar”.

Profundiza en ese arte el poema de Blanca Andreu.

Escucha, escúchame, nada de vidrios verdes o doscientos días
de historia, o de libros
abiertos como heridas abiertas, o de lunas de Jonia y cosas así,
sino sólo beber yedra mala, y zarzas, y erizadas anémonas
parecidas a flores.

Escucha, dime, siempre fue de este modo,
algo falta y hay que ponerle nombre,
creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña
o decir nube, adelfa,
sufrimiento,
decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos.

Y no es únicamente por el órgano tiempo que cesa y no cesa,
por lo crecido, para lo sonriente,
para mi soledad hecha esquina, hecha torre, hecha leve notario,
hecha párvula muerta,
sino porque no hay otra forma más violenta de alejarse.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué más quieres?

Domingo, 20 de septiembre de 2020

vina-1¡Tanta bondad nos sobrepasa!

San Mateo 20,1-16

Nos encontramos este domingo con una parábola sencilla, pero de una fuerza sobrecogedora. Nos llega una Buena Noticia, que nos sorprende, nos descoloca y puede provocar en nosotros reacciones controvertidas, incluso apasionadas. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado al escucharlo en grupo!

La parábola empieza como muchas otras: “El reino de los cielos se parece a un propietario…” Y es el modo de hacer de este personaje el que nos va descubriendo, con una fuerza arrolladora, el misterio más hondo de su ser, la profundidad y coherencia de su bondad y de su amor. Ante este misterio no podemos quedarnos indiferentes.

Nos acercamos a este señor de la viña que sale de su casa y va, personalmente, a buscar trabajadores para su viña. Va al amanecer, vuelve a media mañana y repite por la tarde. Parece que lo suyo es salir a buscar trabajadores, encontrar y acoger en su viña a los que están “todo el día sin hacer nada”. No pone un anuncio, no manda a otros criados…

Es él personalmente, el que sale a buscar, a buscarnos. A preguntarnos por qué estamos sin hacer nada. Por qué nuestra vida, ya al atardecer, está tan vacía… Nos sorprende esta forma de actuar, porque no suelen actuar así los grandes propietarios. Y nos asombramos aun más de que a todos los contrate por un denario. Un denario era lo que una familia necesitaba para vivir un día y le quedaba algo para el día siguiente.

¿Cuándo nos ha llamado a su viña a cada uno de nosotros? ¿Al amanecer de nuestra vida, en nuestra primera juventud, más tarde o ya casi al final? Parece que lo del reloj no es lo suyo, que tampoco le importan demasiado los años… El sale a buscarnos, nos admite en su viña y promete darnos “lo que necesitamos para vivir plenamente”. Nunca le parece que es tarde para nosotros.

A continuación viene el núcleo de la parábola, el hecho que cambia el tono y provoca reacciones diversas: Al anochecer paga a todos el denario que les había prometido, el salario que necesitaban para que su familia cenase esa noche. Y por si nos queda duda el evangelio dice, empezando por los últimos y terminando por los primeros.

¿Qué reacción provoca esto en mí? ¿Cuántas veces hemos reaccionado como los “primeros”?: “Toda la vida trabajando, sacrificándonos y ahora todos somos iguales…”

Es la queja de los que se sienten, o nos sentimos, llamados al amanecer, desde siempre. La queja que expresa nuestra mentalidad estrecha y nuestros cálculos mezquinos… Porque no hemos entendido nada, no conocemos a nuestro Dios. Tratamos con Él como el asalariado con su empleador, a más trabajo más sueldo. Y nos encontramos con un Dios que da el mismo salario a trabajo distinto. Un Dios al que le importa que estemos en la viña, no cuando hayamos llegado. Un Dios que ha decidido, desde siempre, darnos a cada uno lo que necesitamos para vivir plenamente, sin que nos lo tengamos que “ganar”. Y nuestro malestar crecer porque en el fondo, lo grave, es que no tenemos ninguna injusticia que denunciar: ¿No te contraté en un denario?

Y entonces nos damos cuenta de que lo que nos molesta es la bondad de Dios: ¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?

¿Preferimos en el fondo un Dios mezquino como nosotros, un Dios calculador, que solo da bienes a los que se los ganan?… En definitiva un Dios al que podamos exigir, “hice esto, me debes dar…

Es un buen momento para revisar en qué Dios creemos. ¿En el que nos hemos imaginado o nos gustaría o en el que Jesús nos anuncia? el Dios que Jesús predica es el que da la salvación a todos gratuitamente. El que trata a todos como a hijos muy queridos y los da lo que necesitan para vivir plenamente. Ese Dios es tan peligroso que a Jesús le costó la vida… no fue su moral social, sus exigencias legales o sus milagros lo que le llevó a la muerte. A Jesús lo condenan porque habla de Dios, como el papá cariñoso, que hace salir el sol sobre malos y buenos y da la lluvia a justos e injustos… ¡Difícil mensaje! Tanta bondad nos sobrepasa…

Sin embargo, esta bondad y forma de actuar de nuestro Dios nos expresa cuál es la dinámica del Reino. La cuestión es, ¿estamos dispuestos a acogerla, a entrar en ella? ¿No es liberador y reconfortante que Dios esté dispuesto a darnos siempre lo que necesitamos? ¿No es una buena noticia que nos trate así a todos?

La persona que se siente así tratada supera la dinámica del “sueldo debido” y entra en la de la gratuidad. ¿Cómo se sentirían los viñadores que llegaron al final y vieron que su familia podría salir adelante un día más? Sin duda, agradecidos. Y de este agradecimiento nace el compromiso, el compromiso con el Señor de la viña, el compromiso por el Reino. La mentalidad “mercantilista” no hace personas comprometidas, implicadas… solo mercenarias.

Este  evangelio nos invita también a plantearnos sinceramente: ¿Es que no somos todos obreros de la última hora? ¿No hay algún aspecto de nuestra vida en el que aún estamos “sin hacer nada”? ¿Cuántas veces no le hemos pedido a Dios que nos de lo que necesitamos, conscientes de que no nos lo hemos ganado? ¿Por qué entonces nos molesta cuando vemos que nuestro Dios trata así a los demás?

Que el Señor de la viña ensanche nuestros corazones y podamos saborear, disfrutar y agradecer su bondad y su amor para con todos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas,  fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Gracia y Comprensión

Domingo, 20 de septiembre de 2020

Apropiacion.1Domingo XXV del Tiempo Ordinario

20 septiembre 2020

Mt 20, 1-16

Cuando se contrasta esta parábola con otra rabínica anterior, salta a la vista la novedad del mensaje de Jesús, una novedad que puede resumirse en una palabra: gratuidad.

    La parábola anterior –seguramente conocida por el propio Jesús y sus oyentes– era similar en todo a esta evangélica, salvo en el final. Cuando “los primeros” protestan, el amo les replica: “Es cierto, vosotros habéis aguantado toda la jornada, pero estos últimos han trabajado con tanto empeño que en solo una hora han hecho el mismo trabajo que vosotros en todo el día”.

     Esta respuesta “deja las cosas en su sitio” y “salva” nuestro sentido habitual de la “justicia”: cada uno debe recibir según su esfuerzo o sus méritos. Porque no es “justo” que “los últimos sean los primeros”.

    La idea del mérito colorea todos los ámbitos de la existencia, incluido el religioso, donde ha dado lugar a una “religión mercantilista”, que conduce fácilmente al fariseísmo: el creyente no solo presume de sus buenas obras, sino que se considera “justo” –por encima de los demás, según otra lúcida, elocuente y conocida parábola (Lc 18,9-14)– y merecedor de los favores divinos (o con “derechos” ante Dios). Es la “religión del ego”.

      El ego se entiende a sí mismo como “hacedor” y actúa en función del beneficio que piensa obtener. No solo se percibe, de manera insensata, como separado de la vida –de la realidad–, sino que se adjudica la autoría de todo lo que hace y se apropia del resultado.

    Mientras persiste la identificación con el yo no pueden verse las cosas de otro modo. Más aún, se juzgará como indebido o incluso “injusto” el hecho de que todos perciban el mismo “premio”.

   La sabiduría, sin embargo, muestra una perspectiva radicalmente diferente, que tal vez pueda resumirse en estos puntos:

  • cada persona hace todo lo que sabe y puede en cada momento, de acuerdo a su nivel de consciencia y a su “mapa” mental; a partir de aquí, ¿cómo juzgar y compararme con los otros, cuyos condicionamientos de todo tipo desconozco por completo?;
  • todo lo que soy y tengo, en último término, lo he recibido; todo ha sido y es gracia; como se lee en una de las cartas de Pablo, “¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). El hecho mismo de “ir a la viña en la primera hora” –por volver a la parábola–, ¿no es ya un regalo?;
  • lo que llamamos “yo” es solo una “identidad pensada” –la “identidad” que nace de la mente–, pero no lo que realmente somos; el yo se percibe a sí mismo como carencia, en busca de “denarios” con los que conseguir seguridad; pero realmente somos plenitud: ¿por qué pelearnos por “un denario”? (o por “un cabrito”, como hace el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo”, mientras el padre le está asegurando que “todo lo mío es tuyo”: Lc 15,29.31);
  • el yo se considera a sí mismo el “hacedor”, porque la mente se apropia de la acción y considera el resultado un mérito propio; sin embargo, hablando desde el nivel profundo, el único sujeto real de toda acción es la misma y única vida; visto desde ese plano, no soy el hacedor, sino el “canal” a través del cual la acción ha pasado o está pasando; y si no soy el hacedor en el plano profundo –aunque en el nivel relativo o de las formas “funcionemos” con esa creencia–, ¿por qué me apropio del resultado, como si realmente fuera obra mía?

Cuando comprendemos la verdad de lo que somos –plenitud de vida experimentándose en una forma o persona concreta–:

  • dejamos de apropiarnos de los resultados;
  • actuamos sin apetencia de fruto;
  • nuestras acciones nacen y fluyen desde la comprensión de lo que somos;
  • cesan el orgullo en el éxito y la culpa en el fracaso;
  • acaba la comparación, el juicio y la descalificación de los otros.

¿Vivo más en la apropiación o en la gratuidad? ¿A qué se debe?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Por qué a los católicos nos molestará que Dios sea bueno con todos y siempre?

Domingo, 20 de septiembre de 2020

22septiembre2011Del blog de Tomás Muro, La verdad es libre:

  1. Alguna evocación.

No están lejos los tiempos en los que nuestros mayores salían muy de mañana a la plaza del pueblo, para que alguien les contratara aquel día para segar en el campo o vendimiar. De sol a sol. Recuerdos semejantes tendrán aquellos cuyos padres y hermanos iban a la fábrica, a la mar, a la oficina, a la mina…

  1. Dios no es ni un empresario, ni un juez.

         No sé por qué mecanismos y recovecos religiosos se nos ha colado en la historia del catolicismo la mentalidad de que Dios es una especie de empresario o de juez o de remunerador cuya misión es premiar a los buenos y castigar a los malos. Es una visión más bien simplista y nada cristiana de JesuCristo y de Dios Padre

         Dios no es un empresario. Las relaciones de Dios con los seres humanos, con sus hijos, no son las de esperar al final de la vida o al final de los tiempos para ver la “hoja de servicios” que presentáis, si has trabajado 8 horas o apenas una hora…

Las relaciones de Dios con los hombres no son las de un contrato de trabajo y “tanto trabajes, tanto ganas.

         La relación de Dios con los hombres es siempre, siempre, una relación de amor. Dios y la humanidad formamos una familia, no una empresa.

         El amor de Dios no está vinculado a nuestras obras (trabajo), a nuestros méritos. Su amor -como todo amor- no es un premio, ni el pago de nuestro trabajo; es un don, su amor es gracia, una entrega.

         Dios no es un “tratante” eclesiástico. Dios es padre, y las relaciones de un buen padre con sus hijos no son comerciales, lucrativas.

Sin embargo, nuestra mentalidad, nuestra idea de Dios es esencialmente mercantil y utilitaria. “Tanto trabajo, tanto me das”. Es lo lógico, son nuestros caminos, pero no los de Dios.

        cortes-23septiembre2011 Incluso Pedro y los Zebedeos muestran esa actitud: “Nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué paga tendremos?”. Es una mentalidad muy extendida en muchos sectores del campo católico, más proclive a la desgracia del infierno, que a la gracia salvífica.

No es raro escuchar cosas como que: “Nosotros en esta vida nos hemos sacrificado, no hemos disfrutado de esto o aquello y ese hijo tuyo, que diría el hermano mayor de la parábola, lo ha despilfarrado todo y va y resulta que recibe el mismo salario? No puede ser, “aquí el que la hace (o no la hace) la paga”.

  1. La viña y el amo.

         La parábola de hoy, emplea la metáfora de la viña. La viña era Israel, es el Reino de Dios; es decir, aquella realidad, aquella nostalgia de que la humanidad viva en paz y libertad, que cantaba Labordeta:

Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad.

         Cuando aquellos hombres salían a la plaza a ganar un real para dar de comer a su familia, a sus hijos, en el fondo estaban trabajando por el Reino de Dios

         El propietario, el Señor, tiene mucho interés en que todos vayamos a trabajar (luego haremos lo que podamos). Por eso sale a las 6 de la mañana, a las 9, a mediodía, a las 3 y a eso de las 5 de la tarde y trata de “espabilar” a todos, porque la libertad, el pan, la justicia, etc., no son cuestiones religiosas, sino humanas y del buen Dios.

  1. Pues va a ser que sí…

¿O es que no puedo ser justo en mis asuntos?

         Cuando Dios actúa su justicia, lo que hace es querernos más. Y si no que se lo pregunten al hijo pródigo, a la adúltera, a Zaqueo, al buen ladrón, etc. A veces da la impresión de que vivimos conforme a aquel dicho de un cura rural: lo que salva el evangelio, lo condena la moral.

         La cuestión no es lo que yo hago o dejo de hacer; a Dios le importa poco mi “hoja de servicios”. Lo que importa es cómo es Dios. Dios nos mira infinitamente mejor que lo que lo hacemos nosotros.

La justicia de Dios no es la del Derecho laboral o penal o canónico. La justicia de Dios es bondad, gracia, (en términos bíblicos del AT: Alianza). “Dios se muere de amor”.

¿Por qué nos molesta que Dios sea bueno y justo con todos?  (La envidia es el único defecto que no hace bien ni al que la tiene, ni sobre quien recae).

El evangelio de hoy, la justicia del Señor es un canto a la grandeza de corazón, a la amplitud de mente, a la libertad de espíritu.

  1. Dos conclusiones.
  2. ¿Y al final de todo y del todo?

rd06diciembreSigo creyendo que el mismo Dios de estos labradores, el padre del hijo pródigo, de los pecadores, publicanos y prostitutas, el Dios de misericordia es quien nos acoge a todos y siempre. Con eso basta: con saber que el Dios de Jesús es así, me basta. Hay un salmo que dice: El Señor es bueno, no tiene fin su amor. Con eso me vale y me sobra.[1]

  1. Ni salir de casa.

         Solemos decir que hay días que mejor no salir de casa. No hay solamente días, sino años, etapas en la vida en las que uno no tiene ni ganas ni fuerzas para salir a la plaza a ninguna hora. A veces por la enfermedad física o psíquica o las dos, en otros momentos por la edad, en ocasiones por lo vivido, por la situación política, eclesiástica ¡Tenemos una cansera!

         Seguramente que a Dios no le importa mucho lo que hagamos ni lo que cumplimos o dejamos de cumplir en lo eclesiástico. Quienes le importamos a Dios somos nosotros, las personas, sus hijos: cómo estamos de salud, cómo nos va la vida, los sufrimientos. A Dios le preocupa si estás enfermo, si te ha pillado el coronavirus, si tienes trabajo o estás en paro, la realización de la vida matrimonial-familiar, el crecimiento de los hijos, etc. A Dios le preocupa si nos encontramos desanimados, si vamos remontando ciertas situaciones.

Dios está triste no por una cuestión de moralina que huele a naftalina. Dios se entristece, no se enfada, porque no somos solidarios, no damos limosna, estamos enfadados con los hermanos, etc. Dios no va a contar el número de gente que hoy hemos venido o faltado a Misa para ver a cuántos ha de mandar al infierno, Dios está preocupado por el número de parados, con las familias que no llegan a fin de mes, a Dios le preocupa cómo va la pandemia, etc.

         Dios nos quiere no por nuestra libreta bancaria espiritual saneada, sino por nosotros mismos.

Que no nos moleste nunca que Dios sea bueno con todos

[1] No siempre las “plantillas” eclesiásticas y la del Evangelio coinciden. En muchas ocasiones son muy, muy diferentes. ¡Y menos mal!

 

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