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Dom 25 tiempo ordinario. 20.9.20. Mt 20, 1-16. Ante la última hora: Superación “imposible” (pero necesaria) del sistema salarial

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Del blog de Xabier Pikaza:

Esta parábola (Mt 20, 1-16) nos lleva del plano salarial del trabajo y del mercado al orden más alto de una vida en la que el hombre no es para el mercado, sino el mercado y el trabajo (con el capital) para el hombre.

Ella nos sitúa ante un modelo  “tribal” (¡comunista!) de trabajos y pagas comunes, antes de la división capitalista de trabajos y salarios, y ha sido mejor entendida por algunos socialistas utópico del siglo XIX que por la  Doctrina Social de la Iglesia (DSI), al menos hasta el Papa Francisco.   

El mercado (en línea de talión) mide la recompensa por horas y calidad de trabajo (de forma jerárquica). Esta parábola iguala en un plano salarial todos los trabajos, al servicio de la humanidad. Ella es imposible de cumplirse según la ley de retribución al uso,  pero, precisamente por eso, es necesaria, verdadera y cristiana. En general, la Iglesia del 2º milenio no ha creído en ella, ni la ha aplicado 

Esta narración nos sitúa ante la última hora .. Tal como está establecido, nuestro sistema laboral y salarial, al servicio del capitalismo, no del hombre, está estallando. En contra de eso, la parábola de Jesús nos habla de un trabajo y salario gratuito, humano,  desde la perspectiva de los últimos (los pobres y gentiles…) a quienes el “dueño de la casa” gratifica igual que a los primeros (que han trabajado intensamente), con la inversión ya citada de situaciones, situada al principio (19, 30) y al final del texto (20, 16).

La parábola propone un mismo salario de gracia para todos, es decir, un salario que no es “sueldo” por lo trabajado, sino ofrecimiento gratuito de vida, en gesto de igualdad y fraternidad, algo que puede ser escandalosa para algunos, pero lleno de esperanza para otros y en el fondo para todos.

 Texto

20 1 El Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. 5 Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. 6 Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? 7 Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña.

8 Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al administrador: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. 9 Vinieron los del atardecer (hora undécima) y recibieron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Y recibiendo (el denario) se pusieron a protestar contra el amo, diciendo: 12 Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. 13 Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Yo quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? 16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos[1]

Presentación temática  

 La parábola empieza hablando de unos arrendatarios a quienes el dueño de casa  ha contratado como trabajadores en su viña (un tema clave que volverá en 21,33-41), para terminar poniendo de relieve la protesta de aquellos que piensan que el dueño ha sido injusto, pues ha pagado a los últimos igual que a los primeros. En esa línea, el texto habla de cinco grupos de contratados: al amanecer, a la hora tercia, sexta, nona, y finalmente a la caída de la tarde.

Pues bien, al final de la parábola, solo parecen importar dos grupos: Los que han comenzado a trabajar desde el amanecer (hora de prima), que pueden ser judíos observantes…, y los que han sido llamados al final de la tarde (=hora undécima, a eso de las nueve), cuando sólo quedaban breves momentos de faena. Pues bien, en contra de las normas laborales, todos reciben el mismo jornal: Un denario; no importa ya lo que hayan trabajado, sino lo que necesitan para vivir (¡un denario!). Lógicamente, al ver que los últimos cobraban igual que ellos, los primeros protestan, pues, conforme a las normas laborales, deberían haber recibido un jornal más grande.

 23B3287E-7337-44AF-9CED-D4D7165E7716-768x554Los de la primera hora parecen ser judíos, que han estado trabajando en la viña desde muy antiguo, y que tienen envidia (se sienten injustamente tratados) porque el dueño de casa les paga igual que a los que sólo han trabajado una hora (el jornal de un día, un denario). Pero esta parábola nos lleva más allá del plano salarial, haciéndonos ver que todo lo que viene de Dios es un regalo, un don gratuito, de manera que el trabajo de los hombres y mujeres al servicio de la casa, en la familia y campo, ha de hacerse gratuitamente (conforme al pasaje anterior: Mt 19, 29-30)[2].

 ‒ Los últimos son los primeros (20, 16). En un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido Mateo ha destacado la importancia de los niños y pequeños (18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo a los pobres (19, 16-29). En esa línea se dice que los últimos (los que no se reservan nada) serán los primeros, sentencia con la que empezaba también esta parábola (19, 30), que es una crítica contra los que presumen de mérito ante Dios.

‒ Esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que se opone a que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no les hubieran dado ninguna ventaja. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de la última hora”, que serían, en general, los pagano-cristianos[3].

Esta parábola plantea y justifica la superación del sistema salarial, que se sitúa en plano de talión (de pura justicia retributiva), para situarnos en un plano de salario de gratuidad. Cada uno trabaja según sus posibilidades, y a todos se les ofrece lo que necesitan, como ha puesto de relieve muchos teóricos modernos del sistema económico, en contra de la economía capitalista, que conserva el sistema salarial, pero no para provecho de los trabajadores, sino del mismo sistema.

Ampliación. Superación del sistema salarial

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  El texto ratifica de esa forma elpaso de un sistema de retribución salarialpor ley (¡te pagaré lo justo: to dikaion, Mt 20, 5), según la aportación de cada uno,  a un modelo de gratuidad y comunicación personal, donde el “amo” (señor de casa) paga (da) a los últimos lo mismo que a los primeros, gratuitamente, porque es bueno (agathos: Mt 20, 15), y porque los hombres y mujeres lo necesitan para vivir. Esta parábola empieza empleando un lenguaje salarial (pagar lo justo) para superar (¡no negar!) ese sistema de justicia, en línea de gratuidad y de comunión (de lo que es bueno).

Esta parábola presenta a Dios (al amo) como aquel que nos hace pasar no sólo de un sistema salarial corrupto (con diferencias inmensas de sueldo, que pueden llegar al mil por uno) a uno justo, sino de un sistema proporcional “justo” (los que han trabajado doce horas han de cobrar más que los de media hora) a un sistema humano de gratuidad, donde trabajar es un gozo creador (cada uno según sus posibilidades) y recibir el salario es una gracia (a cada uno según sus necesidades, no según lo producido).

 

(He comentado este pasaje en evangelio de Mt y especialmente en libro sobre Dios o el dinero, imagen siguiente)

Éste pasaje nos hace pasar del salario (de justicia) a un plano gratuito de la comunión. Algo de esto han sabido y querido muchos grupos humanos antiguos, lo mismo que millones de familias y grupos religiosos en los que se comparte en amor trabajo y sueldo, en un contexto de comunión personal (cada uno hace lo que puede, a cada uno se le da lo que necesita), no de “talión” salarial (ojo por ojo…). Esto lo han sabido los grandes socialistas utópicos del siglo XIX, quizá mejor que a misma DSI (un tipo de Doctrina Social de la Iglesia) más centrada en “lo justo” de la primera propuesta del amo en Mt 20, 4 que en “lo bueno” (el amor bueno) del final (20, 15).

Mateo empieza a contar la parábola en perspectiva eclesial, y así distingue entre judeo-cristianos que vienen trabajando desde tiempo antiguo y pagano-cristianos que empiezan a trabajar más tarde en la viña de la nueva humanidad, pero al final le da un sentido universal, mostrando que lo que importa es el valor del hombre (de cada ser humano), de forma que todos han de recibir lo que necesitan para vivir (un denario), poniendo así como clave la necesidad del hombre, por encima de un tipo de ley de mercado.

Leída así, esta parábola nos lleva más allá del plano salarial y del mercado al orden más alto de las relaciones humanas, pues no es el hombre para el mercado, sino el mercado y el trabajo (con el capital) para el hombre. Esta parábola condena de raíz un sistema salarial establecido, que distingue y clasifica a los hombres según sus trabajos, haciéndoles dependientes del sistema y del dinero, para situarnos ante un nivel de gratuidad o, mejor dicho, de humanidad. Estamos tan acostumbrados a leerla en un contexto espiritualista que no advertimos su poder de transformación social. Ella no habla de “salarios del alma”, en un sentido intimista, sino de jornales o salarios reales por trabajos en la “viña”, bajo el sol duro de la vida.

Esta parábola nos sitúa ante un modelo casi  (¡y comunista!) “tribal” de trabajos y pagas comunes, antes de la división capitalista, y ella ha sido mejor entendida, en general, por algunos programas del socialismo utópico del siglo XIX que por muchas instituciones cristianas: Cada uno según sus posibilidades… y a cada uno según sus necesidades (y las de su familia, que eso significa el denario para cada). En esa línea se había situado un tipo “de caridad parroquial” que se ofrecía a ciertos pobres de Inglaterra en el siglo XVIII (o la pensión que algunas sociedades ofrecen a los inválidos). Evidentemente, en un plano puramente legal (capitalista) esta parábola es injusta, pero abre un camino de humanidad fraterna por encima del sistema salarial[2].

 El mercado salarial (en línea de talión) mide la recompensa por las horas y calidad del trabajo (en línea de sistema, donde un tipo de trabajo y capital importan más que el hombre). En contra de eso, esta parábola destaca el valor del ser humano, de manera que todos los trabajos están al servicio de la humanidad en cuanto tal.De esa manera supera la distinción de unos trabajos y otros (de judíos y gentiles; de primera y última hora, de blancos y negros, nacionales y extranjeros). Eso significa que la división laboral (la diversidad de los trabajos) no es para ganar menos o más, sino para que cada uno exprese y realice lo que sabe y lo que puede, al servicio de los demás, de forma que todos reciban, un “denario”, el equivalente al pan nuestro de cada día (cf. Padrenuestro: Mt 6, 11). Los trabajadores de la primera hora han calculado el jornal en términos de mercado; pero, con gran escándalo, el amo paga a todos un jornal de “humanidad”, un denario.

 Esta parábola nos sitúa así ante un universo de gratuidad, según el cual cada uno trabaja ante todo por expresar sus capacidades, por el gozo de ser y compartir, para enriquecer la vida de los otros, no por salario, sino por gracia, como la madre por el hijo, como el amigo por el amigo. Lógicamente, al superar el trabajo por salario supera también la diferencia de salarios según los trabajos, pues cada uno recibe lo que necesita para vivir, un denario. Se podrá decir, sin duda, que un “denario” de judeo-cristiano no es igual que uno de pagano-cristiano, que uno de ministro o banquero no es igual que uno de peón… Es claro, pero no se trata de más o menos en cantidad, sino en necesidad de vivir, en un contexto de gratuidad básica, donde lo que importa son las personas.

En esa línea, Jesús nos lleva de un sistema salarial (donde lo que importa es el dinero) a un espacio abierto de humanidad.En ese contexto se añade que los últimos son los primeros (Mt 20, 16).Ciertamente, en un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido Mateo ha destacado la importancia de los niños y pequeños (Mt 18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo por los pobres; en esa línea se dice que los últimos (los que no pueden imponerse sobre los demás) serán los primeros (cf. también 19, 30).

‒ En un primer plano, esta parábola va en contra de un tipo de iglesia establecida (quizá judeo-cristiana), que se opone a que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no les hubieran dado ninguna ventaja. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de última hora”, los pagano-cristianos, pero abriendo así, desde la iglesia, un amplio horizonte de comunicación donde importan las personas, no el lugar del (o en el) que vienen.

̶ En otro plano, esta parábola eleva también su crítica en contra de una sociedad mercantilizada (que pone los salarios por encima de las personas), en contra de lo que diría Jesús: No son las personas para los salarios, sino los salarios para las personas. Ciertamente, la aplicación económica y social de esta parábola no es fácil,no sólo por la complejidad de las redes económicas, sino porque un sistema de “igualdad salarial” para todo puede destruir el estímulo y creatividad de las personas. Pero ella debe elevar su mensaje como protesta social contra un sistema salarial que acaba siendo opresor, poniendo de relieve el valor creador del trabajo de cada uno y de la vida de todos.

En ese fondo, desde la raíz del evangelio, esta parábola nos hace pasar del mero salario justo (por horas o por tipos de trabajo, en un lugar o en otro, según la preparación de cada uno) a un orden “supra-salarial” donde lo que importa es el valor de cada persona, con su “denario”, es decir, con lo que necesita para vivir, él y su familia, en clave personal y comunitaria. Esta superación del sistema salarial constituye uno de los principios y metas de la economía evangélica.

[1] Cf. D. Aleixandre, Mujeres de la hora undécima, Santander 1991; J. D. Derrett, Workers in the Vineyard: A Parable of Jesus: JJS 25 (1974) 64-91; A. Orbe, Parábolas evangélicas en San Ireneo I, Madrid 1972, 411-460; G. de Ru, Conception of Reward in the Teaching of Jesus: NT 8 (1966) 202-222; M. Theobald, Die Arbeiter im Weinberg (Mt 20,1- 16), en D. Mieth (ed.), Christliche Sozialethik im Anspruch der Zukunft: SThE 41 (1992) 107-127.

[2] Mateo empieza asumiendo el sistema salarial, pero a fin superarlo, en una línea que había destacado poderosamente Pablo, cuando interpretaba la experiencia mesiánica como puro don de Dios, que se recibe y cultiva en fe, superando el plano de la división entre judíos y gentiles (cf. Rom 3, 1-3; 9, 1-5). Pues bien, aquí no estamos ante una pura salvación interior por fe, sino ante el don de la vida (salario), que ha de ofrecerse por igual (por gracia) a todos los trabajadores. Sobre el trasfondo económico del tema, cf. É. Durckheim, La división del trabajo social, 1893; L. Polanyi, La Gran Transformación, 1944. En un sentido, esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que no quiere que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no hubieran valido para nada. En contra de eso, el Jesús de Mateo defiende a los “trabajadores de la última hora”, en general, los pagano-cristianos Leída desde la actualidad, esta parábola puede entenderse como crítica contra creyentes o comunidades que se piensan superiores, con más méritos que otros, y también  como crítica contra una Iglesia que parece haberse convertido en una sociedad jerarquizada, con trabajos superiores.

 [2] Mateo asume, pues, el sistema salarial, pero a fin superarlo, en una línea que había destacado poderosamente Pablo, cuando interpretaba la experiencia mesiánica como puro don de Dios. Ciertamente, en un plano se puede hablar de ventaja de los judíos, como supone el mismo Pablo (cf. Rom 3, 1-3; 9, 1-5), pero, en sentido radical, no hay ventaja de unos sobre otros. Ante Dios no hay mérito, nadie puede tomar algo como merecido por su trabajo.

[3] Leída desde la actualidad, esta parábola puede entenderse como crítica contra creyentes o comunidades que se piensan superiores, con más méritos que otros. Ella eleva también su crítica contra una Iglesia que parece haberse convertido en una sociedad muy jerarquizada, con trabajos y méritos particulares.

 

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