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31.5.15. Domingo de la Trinidad (1): Dios es historia y camino

Domingo, 31 de mayo de 2015

872_4_45b907a8d6b2fDel blog de Xabier Pikaza:

La fe cristiana se expresa en tres “símbolos” (no demostraciones, ni dogmas que se imponen, ni razonamientos…) que dicen:

(1) Creo en Dios Padre, creador…
(2) Creo en Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, que nació, murió y resucitó…
(3) Y Creo en el Espíritu Santo, el perdón, la comunión, la vida.

Esos símbolos, que pueden llamarse también “artículos/articulaciones” de la fe cristiana evocan una experiencia histórica (centrada en Jesús) y una tarea de transformación de la historia, en la línea de Dios.

Así podemos hablar y hablamos de tres personas (que no son “numéricamente” tres, pues no se suman) y de un solo Dios verdadero, que han de vivirse en forma de Don (Dios es regalo de vida) y camino (una tarea que consiste en mostrar que Dios es Trinidad porque camina y vive en todo).

En principio no habría que utilizar el nombre “Trinidad” (y no se utilizó en la Iglesia durante casi siglo y medio), pues todo estaba dicho en la confesión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y en ella consistía el dogma. Pero ha sido bueno reunir y condensar de forma unitaria esa fe, que es triple y única, diciendo “Santa Trinidad, un solo Dios”.

Entendida así, esta “fe en los tres que no son tres” (no se suman ni restan) constituye, con la Encarnación, el signo clave del misterio, pues muestra a Dios como fuente inagotable y comunión creadora de amor que anima y sostiene la historia (Padre), es hombre (Jesús) y es fuerza-amor de nuestra vida (Espíritu).

La Trinidad no es un “dogma aparte”, sino un resumen de la fe del NT y de la Iglesia, y vincula a Dios Padre con Jesús y el Espíritu, a quienes la tradición llama “personas”, utilizando una terminología sugerente y novedosa que debemos precisar en lo que sigue, retomando en clave más sistemática lo ya dicho en el capítulo anterior. No es un problema de matemática (tres son uno), ni de especulación teórica que pueda resolverse a través de algún tipo de demostración, sino una experiencia radical que ha de ser vivida antes que pensada.
(Comienzo hoy una breve sección de postales trinitarias, que dedico en especial a mis amigos y hermanos de la Orden de la Santísima Trinidad).
Buen domingo de la Trinidad a Todos.

1. Nuevo Testamento, un esquema trinitario

En esa línea, desde lo ya dicho en las partes anteriores sobre Dios Padre y Jesucristo su Hijo, en el Espíritu Santo, expondremos el tema de la Trinidad, como expresión y compendio del misterio cristiano. Jesús no predicó la Trinidad, pero abrió el camino que conduce al Padre y nos legó su Espíritu. Tampoco hablaron de ella los cristianos más antiguos (Pedro, Pablo, los evangelistas, los Padres apostólicos), pero todos confesaron su fe en el Padre y el Hijo Jesús por medio del Espíritu Santo. Pues bien, a finales del siglo II y principios del III algunos teólogos audaces empezaron a hablar expresamente de una Trinidad o Tríada divina y descubrieron que ese nombre era cómodo para referirse al mismo tiempo al Padre, a Jesús y al Espíritu.

De esa forma, desde entonces, sin ser en cuanto tal un dogma, el término Trinidad ha entrado en el lenguaje de la iglesia y así lo seguimos empleando. No ha sido un descubrimiento teórico, de teólogos, sino una expresión de la fe de Jesús, a quien que sus seguidores han unido con Dios Padre y el Espíritu Santo.

− En ciertos momentos se ha empleado un modelo binario, centrándose en Dios y Jesús (dejando en penumbra al Espíritu Santo). Ese modelo subyace en muchas confesiones, a partir de la palabra más antigua de Rom 4, 24, donde se afirma que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos, de manera que ambos (Dios y Jesús) se vinculan de manera inseparable. Éste modelo está al fondo de la aclamación de 1 Co 8,6, donde se habla de un solo Dios… y un solo Señor (heis theos, heis Kyrios). En esa línea 1 Tm 2,5-6 dirá que tenemos un sólo Dios y un sólo mediador Jesucristo.

− Pero en conjunto se ha extendido y dominado el modelo ternaria (con el Espíritu Santo unido a Jesús y al Padre), vinculando la experiencia pascual (Jesús) y la pentecostal (Espíritu Santo), mostrando así que el Hijo y el Espíritu son inseparables del Padre (aunque la forma de entender la “realidad” de cada uno, Padre, Jesús y Espíritu) ofrezca matices distintos. En esa línea podemos decir que todo el NT se encuentra sustentado por un esquema o modelo trinitario (ternario) que unifica y vincula los diversos momentos de la fe: El itinerario de Dios lleva del Padre (AT), por medio de Jesús (mensaje de Reino, revelación pascual), hacia la nueva experiencia del Espíritu que vincula a los creyentes (Pentecostés, iglesia). Junto al Dios Uno de la confesión israelita y junto al único-Jesucristo de la afirmación pascual se introduce el único-Espíritu de la experiencia escatológica de liberación cristiana, formando así tres “artículos” unidos .

Durante cierto tiempo el segundo artículo (de tipo personal y narrativo), centrado en Jesús, ha podido desarrollarse de forma independiente, separada del esquema trinitario. Pero después la misma lógica del kerigma cristiano, antes de toda elaboración conceptual, ha vinculado ambos modelos, de manera que la persona-historia de Jesús ha venido a integrarse en la visión total del misterio salvador, reflejado y expresado en la estructura trinitaria (Padre-Dios, Jesús-Mesías, Espíritu Santo). La unión del modelo cristológico y trinitarip no ha sido resultado de ninguna teoría conceptual, ni deriva de una imposición magisterial, sino que es algo previo y brota de la misma experiencia de la iglesia que, al saberse fundada en Jesús y al descubrirse recreada por su Espíritu, explicita así su visión de Dios Uno, del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo :

1. Creo en Dios Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra;
2. y en Jesús…
a. En Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
b. que ‒ fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen,
‒ padeció bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado…
‒ al tercer día resucitó de entre los muertos…
3. y en el Espíritu Santo (Iglesia Católica, comunión de los santos…) (cf. DH, 1-64) .

Esta fórmula ha nacido desde la vida de la iglesia, como expresión de su experiencia, y supone una ruptura epistemológica, pues supera unos modelos de pensamiento teológico anterior (uniendo la confesión de Jesús, que está en el centro, con la de Dios Padre y el Espíritu), y exige una nueva y más profunda reflexión ante el misterio. En este nivel, la Trinidad no es una teoría (razonamiento filosófico), ni una ley (norma eclesial), sino una experiencia salvadora que los cristianos aceptan como revelación de Dios, expresión de su presencia en la historia de Jesús y en la vida de la iglesia.

En esa línea, los cristianos no han inventado la Trinidad a través de un razonamiento, sino que se han encontrado con ella; no la han descubierto en un momento determinado de su camino, sino que se han descubierto fundados en ella, de manera que “no van” hacia la Trinidad sino que “vienen de” y “viven en” ella, como liberados y fundados por el Padre, el Hijo y el Espíritu. Esa experiencia vivida y formulada les ha hecho replantear ella los modelos de la realidad y las formas de entender la vida, como seguiremos indicando.

La Trinidad no es la aportación de un determinado misionero como, Pablo, de un teólogo como Juan, de un catequista como Mateo, de un historiador como Lucas, sino que forma parte de la misma vida de la Iglesia, pues todos los creadores del NT, misioneros, teólogos, catequistas e historiadores, han vivido inmersos en un gran esquema trinitario. Lógicamente, las diversas comunidades de Jesús que se han unificado en la Gran Iglesia han estructurado su fe y su confesión de un modo trinitario, de manera autónoma y convergente, incluyendo el camino de Jesús en un misterio que empieza en Dios (creador) y culmina en el Espíritu (santificador) .

2. Trinidad, un itinerario abierto

De la Trinidad, así entendida, quiere tratar la tercera parte de este libro, utilizando un modelo conceptual distinto del utilizado en las partes anteriores, centradas en el itinerario bíblico del Antiguo y del Nuevo Testamento. Esta parte no añade un tercer testamento (un tramo nuevo de camino), sino que quiere entender, en línea más conceptual, la novedad del Dios judeo/cristiano, tal como se ha revelado (realizado históricamente) por Jesús, en el Espíritu. Siendo lo más específicamente cristiano, la Trinidad puede y debe presentarse como expresión y signo de una revelación religiosa y de una búsqueda racional que está presente en otras culturas y religiones, pero que se ha desarrollado de un modo específico en la tradición de la teología y pensamiento de la Iglesia.

Pues bien, en ese contexto debo insistir en la importancia teórica del tema. El intento de formalizar (conocer) la Trinidad constituye un fenómeno cultural (teórico y práctico) de gran hondura, y nunca que yo sepa se había dado nada comparable…

No había existido una reflexión tan honda sobre Dios y su misterio en la vida de los hombres y, sin embargo, paradójicamente, la historia de la cultura está llena de “trinidades”, de intentos por captar la complejidad dual de la existencia, pero no para absolutizar las oposiciones (dualidades), sino para alcanzar una unidad más alta, de tipo ternario, que no destruya la complejidad del camino, sino que lo asuma y ratifique. Todo es nuevo en la experiencia cristiana (ninguna otra religión vincula Trinidad y encarnación) y, sin embargo, todo puede compararse con otras visiones de la realidad (con las tríadas sagradas de las religiones y las filosofías) :

1. Trinidad y religiones de la vida. Podemos hablar de ellas desde el entorno pagano de la religión israelita. Dentro de un politeísmo naturalista, donde la hierofanía o revelación básica de lo divino es el despliegue sagrado de la vida, ha surgido en muy diversos lugares una especie de Trinidad o tríada familiar, formada por el Dios Padre del cielo, la Diosa Madre de la tierra y el Dios Hijo, que nace de los dos y expresa en general la victoria de la vida sobre la muerte.

Quizá donde más fuerza ha tomado este modelo ha sido en el oriente mediterráneo, con la tríada cananea (Ilu-El, Ashera, Baal) y la egipcia (Osiris, Isis, Horus), que tanto influjo ha tenido en las formulaciones filosóficas de platonismo y de la misma teología cristiana. Es evidente que estos dioses no son de verdad trascendentes ni son personas, en el sentido judeo-cristiano, pero pueden ayudarnos a situar el tema trinitario, y así los he presentado en este libro (cap 1), al hablar del trasfondo del Antiguo Testamento.

2. Trinidad y religiones orientales. Podemos aludir también a un triadismo funcional intradivino, representado de un modo ejemplar por la Trimurti de algunas tradiciones hindúes. Así suele hablarse de Brahma, como espíritu universal o fondo divino de toda realidad, y de Atmán, que es el carácter divino de la interioridad humana, para añadir dos grandes signos divino o dioses, que reciben ya una expresión más personalizada: Vishnú es la fuerza del amor y de la vida creadora; Shiva es el misterio de la muerte donde todo se disuelve para renacer de nuevo.

Esos tres momentos (Brahma/Atmán, Visnú y Shiva) aparecen así como formas del ser divino, pero estrictamente hablando no se pueden llamar personas, ni sumarse unos a otros, pues se interpenetran. Por eso, ellos no pueden tomarse sin más como expresión de la Trinidad, pero nos ayudan a situarla en un contexto religioso más extenso, como signo de la Vida de Dios que es pluralidad y unidad, que es despliegue sin fin y comunión en la que todo se integra y culmina .

3. Trinidad y revelación. Suele hablarse igualmente de una Trinidad revelatoria, formada por los varios momentos de la manifestación de lo divino.

(1) Hay un Dios revelador, principio y fuente de todo lo que existe; ley divina en que se fundan todas las posibles realidades del cielo y de la tierra.

(2) Hay una Revelación divina, entendido como proceso de despliegue del mismo Dios que se vuelve luz (en ciertas formas de budismo) o palabra (en el judeocristianismo y el islam).

(3) Hay, finalmente, una Realidad definitiva que brota de la revelación de Dios y que se puede identificar con el Espíritu Santo de las tradiciones cristianas o con una especie de comunidad sagrada del Islam.

Este sería el esquema que está al fondo de las tres “joyas” de las tradiciones budistas: existe el Dhama o luz-ley universal de la realidad, el Buda, revelador de esa luz, y el Sangha o comunidad de monjes iluminados que expresan sobre el mundo el sentido de la realidad original, del nirvana. Este modelo nos ofrece un proceso ternario de despliegue de la realidad sagrada (que asumirán de forma ejemplar algunos grandes pensadores cristianos como K. Barth y K, Rahner, según veremos al final de este libro), pero en ese contexto sin más no podemos hablar de personas trinitarias, en sentido cristiano .

4. Filosofía. Algunos estudiosos han hablado también de una Trinidad ontológica expresada de múltiples maneras en las tradiciones de occidente. La más conocida es la del neoplatonismo que tiene diversas variantes. Algunos se refieren al Dios-Artífice como principio activo, a la Materia-Preexistente como causa receptiva y al Mundo divino (o las ideas) que brotan de la unión de los momentos anteriores. Otros hablan del Uno como Dios fundante, de la Sophia o Logos, que expresa el sentido más profundo de ese Dios en perspectiva de idea creadora, con del Alma sagrada del mundo. En el fondo de este esquema hallamos la certeza de que la realidad es originalmente un proceso donde todo se encuentra sustentado y vinculado, como vida que se expresa y despliega a sí misma en tres momentos.

Éste es un modelo que subyace en gran parte de las formulaciones trinitarias de la iglesia antigua, al menos a partir del concilio de Nicea (como veremos a en los capítulos que siguen). Pero estrictamente hablando, en sí mismo, aunque los teólogos cristianos (de Gregorio Nacianzeno a Dámaso el Confesor) lo hayan utilizado, hablando de Dios Trinidad como ousia-dynamis-energeia, éste es un esquema triádico de la realidad, no una Trinidad de personas .

5. Mente humana, Trinidad. El modelo más conocido del pensamiento (teología) de occidentes es el de la Trinidad mental, que ha sido formulado de forma genial por San Agustín (y desarrollada por San Anselmo y Santo Tomás de Aquino), analizando los tres momentos o funciones de la mente humana, que ha de entenderse como un proceso inmanente de conocimiento (logos) y de aceptación (amor). Así podemos hablar de la tríada mental, formada por la mens-notitia-amor.

Cada ser humano es, según eso, un despliegue ternario de vida, que sólo existe en la medida en que se va desarrollando sin cesar, en forma auto-conciencia, expresada en forma de conocimiento y amor de sí mismo. De esa forma pasamos del nivel ontológico anterior (tres momentos del ser que se despliega como ousia-dynamis-energeia) al nivel de la conciencia de sí de un sujeto, que se define como representación/idea y voluntad/aceptación. Sólo el ser humano es, según eso, imagen y presencia de la Trinidad. En otras palabras: Cada ser humano es una Trinidad “pequeña”, imagen de Dios .

6. Comunión interhumana. Hay otro modelo aún más conocido de tipo social, que interpreta la Trinidad en la línea de sociedad o comunidad de personas, que se dan la vida, la acogen y comparten. Ya no se parte de un análisis del ser en general, ni de la mente humana, sino que el punto de partida (el ser originario y el modelo de Dios) aparece en forma de comunión de personas.
En esa línea, la imagen de la Trinidad sería el amor de unos hombres/mujeres entre sí, en línea de generación (dar el propio ser, hacer que surja otro) y de comunión (compartir la propia vida), siendo así (dos juntos) la fuente de un tercero. Éste modelo (desarrollado en el siglo XII por Ricardo de San Víctor) ha tenido y tiene en el tiempo moderno muchos seguidores, empeñados en descubrir y explicitar el fundamento divino (trinitario) de la comunicación humana, tal como se funda en la vida y la pascua de Jesús de Nazaret.

7. Historia de la “idea”. En una línea convergente, recogiendo de algún modo las vertientes anteriores, se sitúa la filosofía de Hegel cuando interpreta la Trinidad como expresión de la dialéctica del Espíritu que se revela a sí mismo en un proceso de salida y retorno, de antítesis y síntesis. Ser es pensar, diría Hegel; pero pensar es contraponerse: salir de sí, ponerse fuera de sí mismo, en un gesto de autodonación que puede entenderse como pérdida y ganancia de sí mismo (simbólicamente, el Padre entrega su esencia al Hijo, se pierde en él, para así encontrarse).

La dualidad sólo alcanza su sentido allí donde se supera la antítesis previa, en retorno entendido como reconciliación del Hijo que vuelve al Padre por el Espíritu. El retorno divino del Hijo, con la superación de la antítesis, en el signo del Espíritu Santo, ese es el final del proceso trinitario. Tanto el esquema de despliegue racional como la visión de las personas o momentos de ese despliegue divino resultan valiosas para la teología cristiana. Pero estrictamente hablando, aquí no tenemos Trinidad: no hay personas divinas, no hay verdadera revelación de un Dios trascendente .

Como vengo diciendo, la Trinidad es una novedad cristiana, su sello de identidad (al menos en una perspectiva en la que se vincula Trinidad y Encarnación, es decir, historia de Jesús). Pero, al mismo tiempo, ella se sitúa en un contexto de experiencia y visión ternaria de la realidad que ha sido explorado con frecuencia por las religiones y las “filosofías”, y así lo muestran los siete esquemas que acabo de evocar, pues nos conducen al centro de una intensa búsqueda y elaboración cultural de la experiencia.

Pero quiero seguir insistiendo en la novedad cristiana, fundada en la vida de Jesús y la experiencia (impulso y comunión) de su Espíritu como Vida de Dios en la vida de los hombres. Por eso el estudio de la Trinidad no es una especulación conceptual (aunque sigamos operando con conceptos), sino una revelación, experiencia y compromiso de vida. No se trata, pues, de conocer teóricamente la Trinidad sino de “creer” viviendo en ella y madurar así como personas .

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