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Dom. 21 XI 14. “Adviento. Sólo una mujer, una mujer con varón”

Domingo, 21 de diciembre de 2014

165Anunciación de  Raúl Berzosa

Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 4º Adviento. Lc 1, 26-38. María ha dialogado con Dios (que se le muestra a través de Gabriel) y, en el interior de ese diálogo, se atreve a preguntarle a Dios (¿cómo será eso…?) y Dios le responde diciéndole su Palabra, dándole a su Hijo.

Dios no se impone, no avasalla, sino que dialoga. Busca un interlocutor humano para ser (nacer como) Dios en la tierra, y necesita la palabra de María, una mujer, para que su Hijo nazca…

En ese momento decisivo la mujer ha de actuar como persona, es decir, con autonomía, pudiendo afirmar “no conozco varón”, para añadir que ella misma tiene una palabra, que puede vincularse a la Palabra de Dios.

De esta palabra de Mujer depende la Palabra de Dios, y en esa línea, en este final de Adviento, descubrimos a María como mujer autónoma, amorosa, libre y decidida, capaz de poner su vida al servicio de la Vida de Dios.

Desde ese fondo quiero comentar la parte final del pasaje bíblico (Lc 1, 26-38) que la liturgia presenta como texto clave del Adviento, ofreciendo algunas consideraciones sobre el diálogo de Dios con María, centrándome en Lc 1, 34: No conozco varón (para dejar abierta la relación de María con José y con Jesús).

the-nativity-story-5-1280[1]Sólo a partir de ese fondo negativo (no conozco varón) podrá expresarse, en un segundo momento, el principio positivo integrador donde María aparece ante sí misma y ante Dios como persona. Ya no podrá decir “no conozco varón”, sino que conoce a José como varón y padre de su Hijo (del Hijo de Dios), tal como suponen de forma sorprendente los evangelios de Mateo y Lucas al poner de relieve la función de José en el principio de la historia de Jesús. María será en ese momento, tanto en Mt 1-2 como en Lc 2, una como mujer con varón, persona dual.

En ese contexto habiendo dicho que María se alza sola ante Dios, dialogando con él, debemos añadir que ella recibe y educa a Jesús como “mujer con varón”. Así conocemos (=nos conocemos) y así somos al amarnos (sin amarnos no seríamos), de manera que Dios mismo puede nacer en nuestra vida.

Esta mujer María del primer adviento que no conoce varón abre el camino para un conocimiento más alto de varón y de mujer que sea acogida y engendramiento de Dios, como indica ya el segundo adviento, la segunda imagen o icono de Jesús con María y José.

María no dialoga ya sólo con un ángel de Dios, sin varones (como en el primer icono), sino que dialoga con Dios compartiendo la vida del mismo Dios (Jesús, el hijo) en compañía de un hombre, que es José. Para educar a Jesús, hijo de Dios (hijo suyo) María ha dialogado en intimidad creadora con ese hombre, hijo de David, de manera que el niño (siendo de Dios) aparece en la imagen y en la experiencia de la Iglesia como Hijo de ambos.

Dios no nace allí donde falta el conocimiento humano (de varón o de mujer), sino allí donde ese conocimiento siendo palabra de intimidad total con Dios (como seguirá diciendo esta postal), se abre en forma de diálogo activo de un hombre y una mujer (María y José) que acogen y educan en humanidad (es decir, en divinidad) al mismo Hijo Eterno de Dios que es Jesús. Las reflexiones que siguen son un balbuceo de esa experiencia insondable que ilumina la vida de los creyentes cada Adviento-Navidad

Lucas 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le podrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”

El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.” María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y la dejó el ángel.

– 1,34. Objeción de María. Más allá de la obra del varón

Dios pide a María su compromiso de persona al decirle concebirás, introduciendo en ella una fuente de vida y compromiso que ella debe asumir en forma personal. El ángel le ha indicado que su hijo será hijo de David… Es evidente que ella tiene que pensarlo, interpretarlo, repitiendo de forma distinta el proceso de Eva en Gen 3.

Es como si en este contexto más hondo de vida el varón (antes Adán, ahora José) quedara al margen, no pudiera decir ni decidir lo más excelso. Es ella, la mujer (antes Eva, ahora María) quien decide. Esta es la raíz, el momento fundante de todo realidad humana: la más alta acción se entiende así como concepción.

La primera respuesta de María parece devolvernos al espacio de los varones. Es como si ella no pudiera, no quisiera. Le han educado diciendo que el surgimiento mesiánico es cosa de engendradores varones, creadores de estirpe y familia sobre el mundo, de profetas y guerreros victoriosos. Ellos son quienes deben asumir la responsabilidad y resolverla. Por eso responde diciendo que está sola, prometida a un marido pero sola. Desde su pequeñez de mujer sin voz en aquel mundo, pregunta:

¿Cómo sucederá esto,
pues no conozco varón? (1, 34).

Sin entrar en la multitud de interpretaciones de esta respuesta, muchas de ellas positivas y convergentes, quiero situar el tema sobre el fondo de esperanza y deseos de una mujer como María. Ante el despliegue de Dios que le promete un niño, en perspectiva de cumplimiento mesiánico, (en la línea de todo el pensamiento y teología israelita) ella eleva su dificultad diciendo: ¿dónde está el varón?

Tiene que pensar así, tiene que decirlo. No se mueve en un nivel de paganismo en el que dioses y humanos cohabitan y engendran; no es filósofa de tipo filoniano, experta en engendramientos interiores (Dios que suscita un valor espiritual dentro del alma, en clave de contemplación).

Es mujer galilea, de cultura y religión judía (israelita). Para ella, igual que para los judíos palestinos normales de su tiempo, la promesa mesiánica se encuentra vinculada a la palabra y obra de un varón como Abrahán o Moisés, como David o el sacerdote (Zacarías). ¿Quién es ella? Ciertamente, conocerá un día a un varón (José). Pero aún no le conoce.

Por otra parte, el ángel no le ha dicho que vaya, que comente sus dudas con José, que ambos dialoguen y cultiven juntos su esperanza. Se ha dirigido sólo con ella, presentándola como portadora de esperanza mesiánica. Por eso, eleva su voz y pronuncia ante Dios su objeción de mujer que sólo puede y sabe concebir en compañía de varón, conforme a una lectura legalista de Gen 3,16: desearás a tu marido y él te regulará (o te dominará) .

Esta objeción destaca el desfase entre la palabra de Dios (creadora de futuro mesiánico a través de la mujer) y aquello que la humanidad actual puede realizar (por conocimiento de varón, en unión sexual, por profunda que sea). En el centro de ese desfase se sitúa ella y así lo dice, para que todos podamos entenderlo.

Es normal que la tradición posterior haya leído en esta objeción y pregunta una especie de voto de virginidad, que sirve precisamente para destacar el orden nuevo de la acción de Dios. Pero más que de un voto de María tendríamos que hablar aquí de un voto o propósito de Dios. Hasta ahora, Dios se introducía y actuaba en la historia por medio del encuentro del varón y mujer, en gesto donde al fin parece que todo se decide desde el predominio del varón que somete o regula con su ley a la mujer que le desea (cf Gen 3,16).

De ahora en adelante, Dios rompe esa supremacía del varón, expresando su misterio a través de la fe y acogida de María. Al preguntar de esta manera, ella comprende lo que Dios le está pidiendo y por eso pregunta. No rechaza, no se opone, no busca auxilio en puerta humana. Simplemente dice su dificultad ante Dios y así se expresa.

Segunda revelación. Palabra de María, gracia del Espíritu Santo.

Ella podía haber dicho al ángel: ¡espera, voy a preguntárselo a José! Podía haber añadido: ¡he de consultarlo con mi padre, pues debo ser fiel a mi estirpe! No es así. Ella se sabe autónoma ante Dios y desde su propia soledad e autonomía le responde: ¡no conozco varón! Precisamente ahí, en lo que parece el hueco mayor de su soledad de mujer desposada, viene a introducirse la palabra de Dios:

El Espíritu Santo vendrá sobre tí,
la Fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso, lo que nazca será Santo,
se llamará Hijo de Dios (1, 35).

No es que la Fuerza de Dios sustituya en clave seminal al esperma de Abraham, de David o del marido José, no es que el Espíritu del Alto sustituya al poder humano . Pero es evidente que la acción de Dios sólo suscita esperanza plena allí donde el mismo Dios actúa y transciende (sin negarlo), el camino y obra de María, la acción del varón patriarcalista que se perpetúa por medio del esperma .

La estructura del texto, con la pregunta humana y la respuesta de Dios, recoge un esquema usual de diálogo con Dios, cuyo mejor ejemplo no es ya el de Gen 3 (teofanía invertida) sino el de la vocación de Moisés (Ex 3,11-12). Moisés ha recibido ya su encargo básico, pero no le cuesta asumirlo y pregunta: ¿quién soy yo?. Dios le escucha y responde mostrando el sentido más profundo de su acción: no importa quien seas tú sino Quien soy yo… Este esquema aparece también en nuestro texto:

a. Dios ha comenzado ofreciendo su revelación (1, 30-33) y sobre ella se funda lo que sigue

b. María presenta ante Dios su pequeñez: ¡no conozco varón! (1, 34). No es virgen potente, persona que habla desde su propia seguridad, como Eva en Gen 3 cuando desea apoderarse del fruto del conocimiento y de la vida. Ella es sólo una “pobre” mujer que ni siquiera conoce varón

a’. Dios ratifica lo dicho al principio (a), y eleva el nivel de su respuesta: ¡El Espíritu Santo vendrá sobre ti….! (1, 35-37). María actuará con la misma acción de Dios que es su Espíritu.

Dios será así el verdadero Yahvé (= Yo soy, estoy contigo) para la mujer María, iniciando en ella su nuevo y más alto misterio de revelación. Es evidente que ese Dios no ocupa sin más el hueco que ha dejado la ausencia del varón. Es un Dios siempre más grande, presencia activa, misterio de amor que se expresa como Espíritu Santo. Pero es también evidente que, al confiarse en manos de ese Dios, María ha superado el mesianismo latente del varón, que está en el fondo de gran parte del AT.

Llamo mesianismo de varón a una visión en la que el sexo masculino aparece como signo privilegiado de Dios por su poder de engendramiento (se cree sueño y transmisor del esperma) y por su capacidad de imposición y violencia.

Este mesianismo de varón se vincula a la figura de un rey triunfador, con signos del poder y guerra. Nuestro texto, en cambio, ha destacado la función mesiánica de una mujer sin varón que se confía en manos del Espíritu Santo.

a. Dios ha desvelado ante María el futuro de la experiencia mesiánica, simbolizada precisamente por varones conquistadores, ávidos de mujeres (Jacob, David).

b. María ha contestado desde su situación de virgen desposada, sin conocimiento aún de varón (¿podría ser madre mesiánica, siendo conocida por varones polígamos y astutos, machistas y dominadores como aquellos?).

a’. Obra superior de Dios. Sobre ese desconocimiento de varón actúa Dios, suscitanto por María una nueva humanidad donde la esperanza está fundada en Dios y no en la acción engendradora de varones.

En la primera intervención del ángel (a: 1,30-33) la esperanza mesiánica se hallaba expresada a través de símbolos israelitas, personificados en Jacob (tribus) y David (reino). La objeción de María (¡no conozco varón!, b: 1, 34) desborda ese nivel patriarcalista.

La respuesta del ángel (a’: 1, 35-37) asume la objeción de María, mostrando el sentido de la más alta acción de Dios, como Espíritu de Vida, por encima de eso que hemos llamados el mesianismo de varón, determinado por el esperma engendrador en la historia israelita. Allí donde María ha presentado su objeción respecto a los varones, Dios ha respondido revelando el misterio de su Espíritu.

Llegamos así al rasgo más sorprendente del relato. El “no conozco varón” nos ha conducido al comienzo de la historia, antes de la ruptura de Gen 3, antes de la dominación masculina que Gen 4 traducía como violencia radical entre humanos (basicamente varones). La palabra de María nos ha llevado hasta el origen del origen, al lugar donde la primera mujer (Eva) aún no quería apoderarse de las fuentes de la vida (fruto del conocimiento total o divino de las cosas).

Evidentemente, Maria no lo sabe; por eso pregunta ¿cómo?, añadiendo a esa pregunta un argumento que parece negativo: ¡no conoce varón! Pues bien, precisamente en esa negación, allí donde ha superado la dialéctica de lucha impositiva entre los sexos, ella puede realizar la acción más alta y el Espíritu de Dios puede expresarse, suscitando a su Mesías sobre el mundo. Más allá de la violencia humana, en el lugar de la pura gracia de Dios, por acción de una mujer, emerge el mesías .

Sobre ese desconocimiento humano de María, que se traduce en forma de conocimiento más alto (supera la violencia de la historia y queda en manos de Dios, desbordando la acción dominadora de varón y/o mujer), se eleva la nueva y más alta acción de Dios que sigue siendo Yahvé (= El que está presente, Espíritu creador).

Bastan esas palabras, aunque luego, para empalmar su gesto con la historia precedente de la profecía, culminada en la concepción de Juan, el ángel añade: Mira, Isabel, tu pariente, ha concebido…, porque nada hay imposible para Dios (1, 37).

Esa última sentencia sitúa la respuesta de María sobre el trasfondo de la fe de Abrahán (cf Gen 18, 14):más allá de la acción de los grandes varones (Jacob, David) viene a desvelarse la fe del auténtico patriarca a quien Pablo (Gal 3-4; Rom 3-4) ha visto como padre de todos los creyentes. Desde esta perspectiva se inscribe la acción más alta de María:

He aquí la sierva del Señor,
hágase en mí según tu Palabra (1, 38).

Enigmática es esta respuesta y creadora. María empieza diciendo he aquí ( =aquí estoy, en griego idou, en hebreo hinneni), para así comprometerse con el cuerpo entero, con alma y vida, poniéndose y siendo en manos de Dios. Todo lo anterior queda así definido como diálogo previo. Esta es su accion, la palabra básica de la mariología práctica. No le han obligado, Dios no le ha impuesto ningún tipo de tarea esclavizante. Le ha pedido permiso, ha dialogado con ella. Sólo por eso, porque libremente ha llamado, ella puede responderle ¡he aquí la sierva!

María es sierva en el sentido más hondo del término. Es sierva como el mismo gran profeta anunciador de redención de Is 40-55. Es sierva como lo será Jesús, quien aparece al menos veladamente, como el siervo de Yahvé . Es sierva a quien el mismo Dios ha tenido que pedir palabra y acción mesiánica. Por eso puede responder ¡hágase (haz) en mí lo que has dicho!, ratificando con su propia acción mesiánica la esperanza que el ángel ha encendido en sus entrañas, desde la misma entraña de la vida de Dios y de la historia israelita.

Dios le ha pedido, ella responde. Ella ha esperado y Dios mismo ha tenido que hablarle para engendrar sobre la tierra al hijo de su entraña, Jesucristo. Esperar no es aguardar pasivamente, dejando que alguien venga y nos resuelva las cosas desde fuera. Ni es tampoco obrar de una manera impositiva, sin respeto a lo que digan y piensen otros seres. Esperar es dialogar, tanto en perspectiva divina como humana. Dios y María han dialogado, abriendo cada uno su ser y acción al otro, Dios como Dios (engendrando a su Hijo en la historia humana), María como humana (poniendo su vida al servicio del surgimiento del mismo Hijo divino).

Sólo espera de verdad en este mundo aquel que acoge lo que Dios alumbra en sus entrañas. Sólo espera hasta el final quien asiente y se compromete, de una forma activa, diciendo “genoito”, ¡fiat! ¡hágase!, es decir, ¡hagamos, genoito! (=haz en mí, con mi consentimiento) aquello que has dicho. Sólo de esta forma, en colaboración activa puede entenderse y cumplirse la palabra de esperanza. Así lo ha hecho María. Por eso podemos presentarla como la mujer activa.

Esperar no es asegurar ni imponer, no es pronosticar ni exigir sino saber escuchar y actuar en forma responsable, personal, dialogante. Actuando así, en su condición concreta de mujer, María puede convertirse y se convierte en madre del Hijo de Dios a través de la palabra (el mismo diálogo ha sido engendramiento). Pero la verdad más honda de su gesto supera de algún modo la vieja división entre varones y mujeres, pues unos y pueden compartir de igual manera la palabra.

Al situarse de esta forma en el lugar donde se vuelve humana la Palabra (encarnación de Dios), María no aparece ya actuando contra nadie. No es mujer opuesta a los varones sino mujer para todos, incluidos los varones. Ella ha dicho que no conoce varón en un determinado plano de matrimonio patriarcalista, dominado por los esposos (no en otro nivel de igualdad personal y comunión, abierta al misterio de la comunión de Dios).

Ella ha dicho su palabra primera (no conozco varón) y segunda (hágase) para que pueda nacer el Hijo de Dios, de modo que ahora varones y mujeres puedan vivir una existencia en gratuidad dialogal, sin imposición de unos sobre otros.

Alguna vez se ha podido correr el riesgo de reintroducir a María en el campo de la espera pasiva, como mujer vinculada al sometimiento femenino. Nuestro texto ha invertido esa posibilidad, situando la vida y acción de María en el transfondo de un varón hebreo, sacerdote impotente, llamado Zacarías. Frente a la mudez del varón sacerdote, ha situado Lc a María, como mujer que dice la Palabra, realizando el más fuerte misterio, en nombre propio y en nombre de todos los varones y mujeres de la tierra: ¡hágase, hagamos!.

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