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Una Iglesia mixta: Ovejas y Cabras (Sigue Mt 25, 31-46)

Viernes, 28 de noviembre de 2014

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dije ayer que el gran pasaje del juicio (Mt 25, 31-45) se refiere más al presente de la historia que al “tiempo final” del más allá . Jesús (el evangelista Mateo) sitúa nuestra vida ante el telón de fondo de esta parábola que no se limita a decir lo que será, sino más bien lo que somos y debemos ser.

‒ Ésta es una parábola “individual”, y Jesús la cuenta para que cada uno “avive el seso y despierte, contemplando…”, como diría J. Manrique. De esa forma nos sitúa así ante la verdad de nuestra existencia, uno a uno, ante aquello lo que somos (hermanos de Jesús) y que debemos ser (hermanos y servidores unos de los otros).

‒ Pero ésta es también una parábola social, que trata de pueblos y naciones, es decir, de la humanidad en su conjunto, a lo largo de los siglos. Aquí viene a definirse el sentido y meta de la historia, en forma de reto (tarea) y promesa, una gran promesa (¡venid benditos de mi Padre!), una gran amenaza (¡apartaos de mí, maldecidos…!.

‒ Ésta es finalmente una parábola de Iglesia, como todo el evangelio de Mateo. Aquí aparece el sentido y verdad de la Iglesia de Jesús, que al final (en el fondo) deja de ser protagonista (un grupo especial, sobre los otros) para convertirse en un grupo más entre los otros, entre todos los pueblos y naciones, en el conjunto de la humanidad.

Sobre ese tema de iglesia quiero detenerme ahora, conforme al evangelio de Mateo, destacando sus dos rasgos esenciales: (a) La llamada a la perfección más honda (en la línea del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos, como Dios…): ¡Todos los cristianos tendrían que ser santos, santas ovejas”. (b) La debilidad y pecado de la iglesia (compuesta de peces buenos y malos, de trigo y cizaña).

En la misma raíz de la iglesia encontramos por tanto un rasgo de separación… Sería conveniente dividir ya a los hombres y mujeres para siempre, poniendo a un lado los buenos, a otro los malos, para que todos sepan donde están (como han querido inquisiciones, purismos a lo Robespierre y guerras religiosas…). Pero, al mismo tiempo, Jesús nos recuerda que estamos rodeados de lo malo, que nosotros mismos (todos) tenemos un rasgo de maldad. Desde aquí se entienden los dos rasgos del evangelio de Mateo:

‒ Fuerte es en Mateo (en el Jesús de Mateo) la exigencia de separar, de distinguir, como indica de un modo especial esta parábola del juicio (M 25, 31-46): Separará a unos de otros como el pastor separa a las ovejas de las cabras… De algún modo, la Iglesia debería separarse, centrarse sólo en los buenos (las ovejas, echando de ella a las cabras).

‒ Pues bien, Mateo sabe que esa separación no puede trazarse (imponerse) en este mundo, como han intentado siempre los “puristas puros”, los que han querido arrancar desde ahora la cizaña, la parte mala. Jesús les responde que no pueden hacerlo, que estamos en un mundo mezclado, que sólo Dios podrá separar al fin, como él sabe, al trigo de la cizaña (Mt 13), a las ovejas de las cabras (Mt 25).

Nos hallamos, pues, irremisiblemente, en un mundo dividido, ante una iglesia de ovejas y cabras mezcladas. Ciertamente, debemos tender a la perfección (hacernos ovejas buenas…), pero todos tenemos también un tufillo de cabra, y nadie (en este mundo, hasta el final) es pura cabra mala. Algunos tienden más a oveja, otros a cabra, pues la división pasa por dentro de nosotros mismos, de forma que somos de algún mudo ovi-caprinos, o capro-ovejas (si valen estos neologismos).

La división ovejas-cabras… es parabólica por tanto. Es para entendernos, pues el mundo y la iglesia es un campo mezclado, con cientos cientos de matices intermedios (como entre el blanco y el negro…).
Pero hay algo que vincula y separa a todos: la necesidad de los necesitados, el gesto concreto de ayuda entre unos y otros. Las mismas ovejas-cabras han de ayudarse entre sí, para superar la oposición que tiende a dominar sobre todos.

Quiero seguir hablando de este tema en próximas entregas, refiriéndome incluso a los curas pederastas (¿hay que arrancarlos de la Iglesia y expulsarlos a las tinieblas exteriores?, a quienes algunos quieren simplemente “condenar” (cortar la parte podrida de la manzana…). Pero de eso trataré otro día. Hoy quiero fijarme sólo en la comparación hermosa de las ovejas y las cabras, siguiendo el hilo de mi libro sobre Mt 25 y los pasajes correspondientes del Diccionario de la Biblia.

((A modo de aviso, he tomado las imágenes del pueblo de Rodén, Fuentes de Ebro (Zaragoza) donde en la guerra del 1936-1939 lucharon rojos y azules, creyéndose unos buenos contra otros. No se entendieron ovejas y cabras, lucharon entre sí, hasta destruirse (casi todos( y destruir el pueblo, que así ha quedado. Por allí anduvo de un lado mi tío Andoni (uno de los sobrevivientes), y le llevé por allí, años más tarde, para ver las ruinas, muchos años más tarde. ¡Fueron como unos fuegos artificiales de muerte, me decía! No entendíamos el evangelio, ni la justicia social… Suba a la colina quien quiera entender mejor esta parábola).

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De ovejas y cabras trata lo que sigue, en línea histórico-cultural. Recojo aquí unas páginas de mi tesis de Biblia… tal como las he reelaborado para el Diccionario de la Biblia (Verbo Divino, Estella 2001)

Como el pastor… (separará a unos de otros como el pastor…)

La figura del pastor y su rebaño pertenece al mundo cotidiano del antiguo oriente mediterráneo. Nada impide que Mt 25, 32 la haya tomado del ambiente. Sin embargo, dado el simbolismo del conjunto, es difícil que esté libre de otras alusiones.
Pastor es en oriente (Sumeria, Babilonia, Asiria…) el rey: como tal reúne a los dispersos, protege a los enfermos, ayuda a los débiles. Pastor es en el cielo Dios, aquel que cuida del rebaño grande de los hombres. El Antiguo Testamento sabe que Dios es pastor de Israel (Gen 48, 15; Sal 23, 1; 80, 2): dirige a su pueblo, lo lleva a las fuentes y pastos, lo reúne y lo protege (Sal 23, 3: Jer 23, 3; Ez 34, 11-12, etc.). También los jefes de Israel reciben rasgos de pastor (cf. 2 Sam 7, 7; Jer 13, 20; Sal 78, 72), aunque parece que nunca se les atribuye di¬rectamente ese título, que será propio del mesías: «les daré un pastor único que los pastoree: mi siervo David; él les apacentará, él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David será príncipe en medio de ellos» (Ez 34, 23-24; cf. 37, 22.24; Jer 3, 15; 23, 4).

La certeza de que Dios cuida a las ovejas y la promesa del nuevo pastor mesiánico de Ez 34, 11-14; 23, 23 s forman el punto de par¬tida de una visión teológico-simbólica que llega hasta Mt 25, 32. En el fondo está igualmente la imagen de 1 Hen 89-90: el camino de Israel, desde el diluvio hasta el mesías, aparece como historia de un rebaño; los miembros del pueblo son ta próbata (ovejas); Dios las guía, superando los peligros, los rechazos y rupturas hasta el tiempo en que llegue el salvador- mesías. A1 referirse a Jesús-Hijo de Hombre en la fi¬gura del pastor que separa a su rebaño, Mt 25, 32 se encuentra en la línea de ese viejo simbolismo. Las funciones pastorales de Dios y del mesías se han centrado aquí y culminan en el juicio. No es ex¬traño que suceda así, porque la imagen del pastor emerge con fre¬cuencia a través del evangelio, siendo signo del cuidado que Dios tiene por los hombres, signo del sentido de la acción del Cristo .

Ovejas y cabras.

Mt 25, 31-46 compara el juicio final con la acción de un pastor que, al terminar el día, separa ovejas y cabras (probata y eriphia). Su gesto es normal: llegada la noche, los pastores de rebaños mixtos suelen separa su ganado para ofrecer mejor refugio a las cabras, más sensibles al frío, y para que las ovejas puedan descansar más tranquilas .

Suelen aducirse varias pruebas para indicar que las ovejas repre¬sentan el costado bueno (salvados) mientras que las cabras reflejan lo perverso (condenados).

Se prefiere a las ovejas por blancas (ino¬cencia), por dóciles, sumisas y porque parecen ser de más valor para los hombres. Por el contrario, las cabras aparecen como negras o rojizas, salvajes, deso¬bedientes y sin tanto valor para los dueños y pastores. Pero esas ra¬zones no convencen del todo, pues había también ovejas negras; además, debido a su mayor independencia, las cabras resultaban menos gravosas, pues no requerían tanto cuidado como las ovejas. Por otra parte, las ovejas no son más valiosas que las cabras; en cierto sentido, en las condiciones climáticas del oriente mediterráneo, sucedía más bien lo contrario.

Por eso, la división entre las ovejas (derecha, salvados) y las cabras tiene que responder a razones simbólicas, como muestra el conjunto de la tradición bíblica, donde las ovejas son signo de los buenos israelitas, que es¬cucha la voz de Dios y reciben salvación, mientras que las cabras o machos cabríos están asociados bastante estrechamente a la visión de lo diabólico.

Ovejas.

Unidas en rebaño, ellas son para el Antiguo Testamento un signo del pueblo israelita (2 Sam 24, 17; Sal 76, 21 LXX; Num 27, 17). Así lo muestra de un modo especial Sal 73, 1, LXX: «¿Por qué… está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño (probata nomês mou)?». Ez 34, 31 asegura: «Vosotros… sois ovejas de mi rebaño, probata poimniou mou, y yo soy vuestro Dios». La literatura rabínica y apocalíptica utiliza el mismo simbolismo, sobre todo en 1 Hen 89-90 donde se cuenta toda la historia de Israel partiendo de la imagen de las ovejas del rebaño de Dios. En esa perspectiva se mantiene el Nuevo Testamento y de manera especial el evangelio de Mt, que utiliza siempre probaton de un modo metafó¬rico.

Mt 12, 11-12 podría ser una excepción, pues habla del cuidado de un dueño que saca a su oveja del pozo donde ha caído en sábado. Pero aún en este caso la oveja es un signo del hombre enfermo o en peligro. En esa línea simbólica, Mt afirma que las gentes que escuchan y acogen la palabra de Jesús son «como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36; cf. Ez 34, 5). Sus discípulos reciben el encargo de acudir «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 6; 15.24). Pasando ya al plano eclesial, Mt compara al creyente en peligro con una oveja que se pierde y puede perecer (Mt 18, 12).

Por su parte, el misionero es como oveja en medio de lobos (Mt 10, 16). Llega a tanto la fuerza de la comparación que se dice que los falsos discípulos son como «lobos con piel de oveja», es decir, creyentes fingidos (Mt 7, 15; cf. 26, 31). Esta visión de Mt podría ampliarse con otros pasajes del Nuevo Testamento (cf. Jn 10, 1-17; Heb 13, 30; Pe 2, 25). Todo eso permite suponer que las ovejas del juicio final (Mt 25, 31-46) tienen un sentido metafórico: ellas constituyen el auténtico Israel, la nueva comunidad escatológica. Por eso reci¬ben un lugar a la derecha del gran Rey, en ámbito de reino.

– Las cabras.

Por comparación con las ovejas, podemos suponer que también las cabras-cabritos de Mt 25, 31-46 tienen un sentido metafórico y negativo. Así lo confirma el análisis del campo semántico de eriphos, tanto en la cultura griega como en el Antiguo Testamento y en los mitos de otros pueblos. La mitología griega asocia la cabra con el sexo y la vida libertina, poniéndola en re-lación con el culto de Dionisos (Pan), de los sátiros y faunos. Pan, antiguo dios de los pastores, tiene cuerpo inferior de macho cabrío y un ca¬rácter que puede llamarse caprino: irascible, lascivo, retozón. Su figura ha impresionado a los poetas alejandrinos tardíos, que le asocian a lo demoníaco.

El culto de Dionisos incluye sátiros o silenos, representados en forma de machos cabríos, dotados de un fuerte poder sexual, cercano al de Pan. Mi¬rada en perspectiva griega, la figura de Pan y de los sátiros pudiera llamarse positiva, pues ellos simbolizan la fuerza vital de la pasión y la embria¬guez del sexo. Pero un observador israelita o protocristiano destacaría los rasgos negativos de ese culto, asociados a veces con lo dia¬bólico. Un trasfondo en parte semejante puede hallarse en el Antiguo Testamento, donde una especie de demonios reciben el nombre se sa’ir, machos cabríos o cornudos: «No inmolarán sus víctimas a los sátiros con los que se han prostituido» (Lev 17, 17). Por otra parte, 2 Cron 11, 15; Is 13, 21 y 34, 14 parecen evocar también una asociación ente machos cabríos y sátiros-demonios: la desolación de Babilonia o las naciones enemigas será tal que en medio de las ruinas brincarán varias especies de animales salvajes (dragones, cuervos) y demo¬nios: Lilit (espíritu femenino) y los sa’ir o sátiros velludos.

Probablemente, esos «sátiros» se encuentran asociados con Azazel, a quien debe enviarse un chivo o macho cabrío cada año (cf. Lev 16, 7-10.20-23). Este último simbolismo tiene mucha importancia: aquí tenemos un macho cabrío cargado con los pecados del pueblo, simbolizando, por tanto, el aspecto ma¬léfico de Israel, para ser enviado al desierto de Azazel, esto es, arro¬jado a la condena de un espíritu adverso o demoníaco. De manera semejante, las cabras de Mt 25, 32, significando el mundo pecador, son arrojadas o enviadas al fuego del diablo y de sus ángeles. Ciertamente, los tér¬minos empleados en ambos casos son distintos: el macho cabrío de Lev 16, 7 s aparece en los LXX como khímaros, mientras que Mt 25, 32 habla de eriphos.

De todas formas, la asociación de la cabra, y sobre todo del macho cabrío, con lo demoníaco depende de su figura animal y no de la palabra que se emplea al describirlo. Por otra parte, la relación entre el macho cabrío y los poderes mágico-demoníacos constituye un dato anterior al evangelio. Pu¬diera suponerse que la presencia del macho cabrío en el aquelarre y en otras representaciones semejantes depende de los símbolos cristianos, ligadas a Mt 25, 32. Sin embargo, la constancia de la figura y su aparición desde los tiempos prehistóricos nos hacen pensar en lo con-trario. Estamos ante un tema precristiano, que Mt 25, 31-46 se limita a recibir de su entorno cultural, dentro del oriente del Mediterráneo .

Derecha e izquierda.

El juez no se limita a separar: coloca a las ovejas a la derecha y a las cabras a la izquierda, instaurando así un orden humano dife¬rente. Lo anterior había sido comparación de comparación (la figura de las ovejas-cabras). Ahora volvemos al gesto original del juez que de un modo poderoso crea los dos grupos de personas. También aquí se emplean otra vez términos simbólicos.

La derecha, mano principal, es signo de poder, de buena suerte o gracia. La izquierda simboliza lo contrario. El mismo Platón aplica esta dualidad en un contexto judicial, cercano al de Mt 25, 3. El Antiguo Testamento lo hace de un modo constante. La derecha es signo de justicia y salvación de Dios (c£. Sal 117, 15; Is 48, 13, etc.). Lógicamente, los autores apocalípticos afirmarán que el cielo (gan eden) se encuentra a la derecha de Dios mientras que la gehenna, lugar de rechazo, está a su izquierda. El simbolismo es claro y no requiere casi ser pro¬bado. Cuando se dice que Dios coloca a unos a la derecha y a otros a la izquierda ya se sabe quiénes reciben la parte positiva y quiénes el rechazo o la condena.

(seguirá la aplicación a la iglesia)

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