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“Confianza sí, frivolidad no”. 21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)

domingo, 25 de agosto de 2019
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21-TO-C-600x400La sociedad moderna va imponiendo cada vez con más fuerza un estilo de vida marcado por el pragmatismo de lo inmediato. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Ya no tenemos certezas firmes ni convicciones profundas. Poco a poco, nos vamos convirtiendo en seres triviales, cargados de tópicos, sin consistencia interior ni ideales que alienten nuestro vivir diario, más allá del bienestar y la seguridad del momento.

Es muy significativo observar la actitud generalizada de no pocos cristianos ante la cuestión de la «salvación eterna» que tanto preocupaba solo hace pocos años: bastantes la han borrado sin más de su conciencia; algunos, no se sabe bien por qué, se sienten con derecho a un «final feliz»; otros ya no piensan ni en premios ni en castigos.

Según el relato de Lucas, un desconocido hace a Jesús una pregunta frecuente en aquella sociedad religiosa: «¿Serán poco los que se salven?». Jesús no responde directamente a su pregunta. No le interesa especular sobre ese tipo de cuestiones, tan queridas por algunos maestros de la época. Va directamente a lo esencial y decisivo: ¿cómo hemos de actuar para no quedar excluidos de la salvación que Dios ofrece a todos?

«Esforzados en entrar por la puerta estrecha». Estas son sus primeras palabras. Dios nos abre a todos la puerta de la vida eterna, pero hemos de esforzarnos y trabajar para entrar por ella. Esta es la actitud sana. Confianza en Dios, sí; frivolidad, despreocupación y falsas seguridades, no.

Jesús insiste, sobre todo, en no engañarnos con falsas seguridades. No basta pertenecer al pueblo de Israel; no es suficiente haber conocido personalmente a Jesús por los caminos de Galilea. Lo decisivo es entrar desde ahora en el reino de Dios y su justicia. De hecho, los que quedan fuera del banquete final son, literalmente, «los que practican la injusticia».

Jesús invita a la confianza y la responsabilidad. En el banquete final del reino de Dios no se sentarán solo los patriarcas y profetas de Israel. Estarán también paganos venidos de todos los rincones del mundo. Estar dentro o estar fuera depende de cómo responde cada uno a la salvación que Dios ofrece a todos.

Jesús termina con un proverbio que resume su mensaje. En relación con el reino de Dios, «hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos». Su advertencia es clara. Algunos que se sienten seguros de ser admitidos pueden quedar fuera. Otros que parecen excluidos de antemano pueden quedar dentro.

José Antonio Pagola

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“Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Domingo 25 de agosto de 2019 21º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 25 de agosto de 2019
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46-ordinarioC21 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 66, 18-21: De todos los países traerán a todos vuestros hermanos.
Salmo responsorial: 116: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Hebreos 12, 5-7. 11-13: El Señor reprende a los que ama.
Lucas 13, 22-30: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. En este contexto alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del “cuántos” al “cómo” nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan “cuándo” se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando “cómo” prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que sirven para el Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.

Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”. En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta “otra cosa” es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la “puerta estrecha”. Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una al vida y una a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didaché–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras lo opuesto, a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: “El Señor corrige al que ama…”. El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y “volver a entrar”

Pero, ¿porqué camino “ancho” y camino “estrecho”? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió “cuál es su fin”, o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada “comunidad” ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: “no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos”.

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: “no puedo soportar falsedad y solemnidad” (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús “aléjense de mí, operarios de iniquidad”. El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la “puerta estrecha”, que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por “esforzarse”. Indica una lucha, una especie de “agonía”; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no se reduce a ciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción. Leer más…

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25. 08.19. Domingo 21. Tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 13, 22-30. «¿Cuántos se salvan? Entrad por la puerta estrecha»

domingo, 25 de agosto de 2019
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hqdefaultDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de Lucas recoge, en el contexto de la gran subida a Jerusalén, iniciada en 10, 51, una serie de dichos relacionados con la salvación. El texto ha sido retocado por el mismo Lucas, con materiales que provienen de la tradición del Documento Q (recogidos por Mateo en otro contexto: Mt 7, 13-14. 21-23). Tratan de la salvación, entendida en sentido fuerte y así quiero comentarlos hoy, de un modo sencillo, aplicándolos a nuestra situación social y eclesial. Queda en cursiva el texto de Lucas; el resto es comentario mío.

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

 Ésta es la enseñanza del “camino”. La vida de Jesús, igual que nuestra vida, es un ascenso mesiánico.La meta es Jerusalén: el cumplimiento de las profecías, el lugar de la esperanza final. Así, mientras vamos de camino, acompañando con Jesús, van surgiendo las preguntas. Sólo en este contexto se entienden

Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

             Da la impresión de que esa pregunta viene de un curioso que quiere saber por saber No es ¿voy a salvarme?, sino ¿se salvarán muchos? Es una pregunta  de gentes que se sitúan como desde fuera, una pregunta que se sitúa  en el ámbito de una Iglesia helenista, que ya no espera la llegada del Reino de Dios (como anunciaba Jesús), sino un tipo de salvación final, después de la historia.

Es la pregunta de alguien que está ya preocupado por el “número” de los que se salvan y así se lo pregunta a Jesús, a quien llama Kyrios, Señor divino. Él tiene que saberlo todo; tendrá que responder. Es una pregunta que, quizá, podría plantearse de otras formas:

¿tiene salida este mundo concreto que vamos haciendo y deshaciendo, un mundo amenazado por la bomba atómica y ecológica, por la gran violencia?¿cuántos podrán sobrevivir al gran desastre atómico?

¿cuántos hombres y mujeres podrán subsistir si sigue este tipo del capitalismo y de interés político de algunos… mientras mueran cada día miles y miles por hambre, en los mares de los barcos a la deriva mientras otro pasan a su lado en grandes cruceros de lujo?

68319315_1295231860654003_5093748303007318016_oJesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha.

             Lógicamente, Jesús no responde de manera directa a la pregunta. No dice si el 10%, si el 50% o si el conjunto de los hombres y mujeres. La pregunta del curioso no puede responderse de esa forma.

Él ha preguntado en nombre de muchos que parecen mirar desde fuera.Jesús le (les) responde: ¡Vamos, poneos en marcha…, no preguntéis por el número, “esforzaos”.

La respuesta por el número no puede darla él, ni siquiera Dios; tenemos que darla nosotros, con nuestro “esfuerzo” (en griego “agonía”, de agón, lucha) por la salvación.

 En ese contexto alude al tema de la “puerta estrecha, aunque no lo desarrolla, como hace Mt 7, 13-14 con la alegoría de las dos puertas (de los dos caminos): una estrecha, otra ancha, una difícil otra fácil…

   Los que están de verdad en dificultad no son sólo los otros, aquellos a quienes no dejamos pasar entre las mallas de nuestra murallas de nuestras fronteras… Queremos cerrar el paso a los otros, y nos cerramos el paso a nosotros mismos.

Jesús habla de una “puerta estrecha”. El tema es conocido en otros contextos. Viene en muchos libros… Ésta es la puerta de la humanidad futura: si vamos por la puerta fácil de muchos… podremos perdernos.El camino implica un tipo de “selección”, un tipo de compromiso. Para aquellos que pueden escuchar (para aquellos que tienen la oportunidad de recibir el mensaje de Jesús) es necesario el esfuerzo, la agonía de la puerta estrecha, la puerta de la decisión de cada uno.

Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos»; y él os replicará: «No sé quiénes sois.»

f0132545            El evangelio nos sitúa ahora ante el tema de la casa inaccesible, de la puerta que se cierra (tema que Mt 25, 10-12 ha desarrollado con la alegoría de las vírgenes prudentes y las necias). Ha dicho antes que hay que esforzarse, pero ahora descubrimos que no basta el esfuerzo, pues habrá algunos que querrán e intentarán y no podrán, aunque vengan gritando: ¡Señor ábrenos!

En otro contexto ha dicho el mismo Jesús de Lucas que “a todo el que llama se le abrirá” (cf. Lc 11, 10). Aquí, en cambio, hay algunos que intentan, que llaman, que gritan y que, sin embargo, quedan fueran. Evidentemente, tienen que ser unas personas muy peculiares, personas que han equivocado el estilo de Jesús, personas que han rechazado de una forma radical su oportunidad. Dicen ¡Señor!, pero el Señor no les conoce.

Estamos, sin duda, ante personas que han querido manipular del evangelio, ante unos hombres y mujeres que conocen teología, que saben decir “Señor”, pero que utilizan el Mensaje del Reino para provecho propio, quedando así fuera del “conocimiento” de Jesús.

Éstos no son los “cojos-mancos-ciegos” a los que Jesús ha ofrecido su palabra, no son tampoco los pecadores que de alguna forma aguardan la salvación, ni los pobres que esperan el pan y la palabra… No son los millones y millones que sufren y buscan…

Jesús habla aquí para la buena Iglesia…. (para la Iglesia que se siente buena… pero no obra bien). Estos que dicen “Señor, Señor”, sin ser “conocidos por Jesús”, son, sin duda, unas personas que están desfigurando el Evangelio, para provecho propio, en contra del mismo Jesús, personas que no abren el camino para los demás.

Entonces comenzaréis a decir. «Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.» Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, obradores de injusticia.»

             Estas palabras aparecen también en Mt 7, 22-23, pero de un modo todavía más intenso, más doliente. Los que protestan ante el Señor, presentando sus credenciales y derechos, son líderes de las comunidades, personas que han profetizado en su nombre, que han hecho exorcismos y curaciones…

Lucas acentúa menos ese rasgo de liderazgo, pero destaca el de la “cercanía”. Los que protestan, sintiéndose excluidos, son personas que han comido y bebido con Jesús, que han escuchado su palabra en las plazas… Son los cristianos oficiales, los que piensan tener unos derechos mayores que los otros, los que apelan a “recomendaciones” de diverso tipo… Son aquellos que, en el fondo, han entendido la salvación como un “negocio” que puede resolverse con gestos externos y recomendaciones.

Ellos, los que se sienten el centro de la Iglesia, los que dicen conocer a Jesús (¡como si fueran sus parientes de siempre!) son los que reciben la respuesta más dura: ¡no os conozco…! Leer más…

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“Cuántos, cómo y quienes se salvan”. Domingo 21 ciclo C

domingo, 25 de agosto de 2019
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los que se salvanDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Durante siglos, a los israelitas no les preocupó el tema de la salvación o condena en la otra vida. Después de la muerte, todos, buenos y malos, ricos y pobres, opresores y oprimidos, descendían al mundo subterráneo, el Sheol, donde sobrevivían sin pena ni gloria, como sombras. Quienes se planteaban el problema de la justicia divina, del premio de los buenos y castigo de los malvados, respondían que eso tenía lugar en este mundo. Sin embargo, la experiencia demostraba lo contrario, y así lo denuncia el autor del libro de Job: en este mundo, los ladrones y asesinos suelen vivir felizmente, mientras los pobres mueren en la miseria.

            Con el tiempo, para salvar la justicia divina, algunos grupos religiosos, como los fariseos y los esenios, trasladan el premio y el castigo a la otra vida. Dentro de los evangelios, la parábola del rico y Lázaro refleja muy bien esta idea: el rico lo pasa muy bien en este mundo, pero su comportamiento injusto y egoísta con Lázaro lo condena a ser torturado en la otra vida; en cambio, Lázaro, que nada tuvo en la tierra, participa de la felicidad eterna.

            Entre los judíos que creen en la resurrección cabe otra postura, importante para comprender el comienzo del evangelio de hoy: sólo los buenos resucitan para una vida feliz, los malvados no consiguen ese premio, pero tampoco son condenados.

Una pregunta absurda: cuántos

            Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó:

            Señor, ¿serán pocos los que se salven?

            Bastantes cristianos actuales habrían formulado la pregunta de manera distinta: ¿serán muchos los que se condenen? Sin embargo, el personaje del que habla Lucas parece formar parte de ese grupo que sólo cree en la salvación. Jesús podría haber respondido con otra pregunta: ¿qué entiendes por “pocos”? ¿Cuatro mil? ¿Veinte millones? ¿Ciento cuarenta y cuatro mil, como afirman los Testigos de Jehová? La pregunta sobre pocos o muchos es absurda, aunque hay gente que sigue afirmando con absoluta certeza que se condena la mayoría o que se salvan todos.

Una enseñanza: cómo

            Jesús no entra en el juego. Ni siquiera responde al que pregunta, sino que aprovecha la ocasión para ofrecer una enseñanza general.

            Jesús les dijo:

            Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

            La imagen, tal como la presenta Lucas, no resulta muy feliz. Quienes no pueden entrar por una puerta estrecha son las personas muy gordas, y eso no es lo que está en juego. El evangelio de Mateo ofrece una versión más completa y clara: “Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta, qué angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que dan con ella!” (Mateo 7,13-14).

            En cualquier caso, la exhortación de Jesús resulta tremendamente vaga: ¿en qué consiste entrar por la puerta estrecha? En otros momentos lo deja más claro.

            Al joven rico, angustiado por cómo conseguir la vida eterna, le responde: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Son los mandamientos de la segunda tabla del decálogo, los que regulan las relaciones con el prójimo. Curiosamente (y a muchos judíos les resultaría blasfemo) para conseguir la vida eterna no es preciso observar el sábado.

            En el evangelio de Mateo, la parábola del Juicio Final indica los criterios que tendrá en cuenta Jesús a la hora de salvar y condenar: “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis”. Vivir esto equivale a pasar por una puerta estrecha, pero al alcance de todos.

Un final sorprendente y polémico: quiénes

            La pregunta sobre el número de los que se salvan ha provocado una respuesta sobre cómo salvarse; pero Jesús añade algo más, sobre quiénes se salvarán.

            El libro de Isaías contiene estas palabras dirigidas por Dios a los israelitas: “En tu pueblo todos serán justos y poseerán por siempre la tierra” (Is 60,21). Basándose en esta promesa, algunos rabinos defendían que todo Israel participaría en el mundo futuro; es decir, que todos se salvarían (Tratado Sanedrín 10,1). ¿Y los paganos? También ellos podían obtener la salvación si aceptaban la fe judía.

            Sin embargo, las palabras que pone Lucas en boca de Jesús afirman algo muy distinto. Empalmando con la idea de que muchos intentarán entrar y no podrán, nos sorprende con la siguiente descripción:           

            Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo:
– “Señor, ábrenos”.
-Y él os replicará: “No sé quiénes sois”.
Entonces comenzaréis a decir:
-“Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él os replicará:
-“No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

            El amo de la casa es Jesús, y quienes llaman a la puerta son los judíos contemporáneos suyos, que han comido y bebido con él, y en cuyas plazas ha enseñado. No podrán participar del banquete del reino junto con los verdaderos israelitas, representados por los tres patriarcas y los profetas. En cambio, muchos extranjeros, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se sentarán a la mesa.

            La conversión de los paganos ya había sido anunciada por algunos profetas, como demuestra la primera lectura (Is 66,18-21) que copio más abajo. Pero el evangelio es hiriente y polémico: no se trata de que los paganos se unen a los judíos, sino de que los paganos sustituyen a los judíos en el banquete del Reino de Dios. Estas palabras recuerdan el gran misterio que supuso para la iglesia primitiva ver cómo gran parte del pueblo judío no aceptaba a Jesús como Mesías, mientras que muchos paganos lo acogían favorablemente. Él es la puerta estrecha, por la que muchos contemporáneos se han negado a entrar.

Moraleja y matización

            Lucas termina con una de esas frases breves y enigmáticas que tanto le gustaban a Jesús (de hecho, el evangelio de Mateo la coloca en otro contexto muy distinto).

            Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

            En la interpretación de Lucas, los últimos son los paganos, los primeros los judíos. El orden se invierte. Pero los primeros, los judíos como totalidad, no quedan fuera del banquete, también son invitados a él. El mismo Lucas, cuando escriba el libro de los Hechos de los Apóstoles, presentará a Pablo dirigiéndose en primer lugar a los judíos, aunque en generalmente sin mucho éxito.

Primera lectura: Isaías 66, 18-21

            Así dice el Señor:

            Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones. 

            Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén dice el Señor, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas dice el Señor.

            El primer párrafo es el que está en relación con el evangelio: habla de la conversión de los paganos desde Tarsis (a menudo localizada en la zona de Cádiz-Huelva) hasta Turquía (Masac y Tubal), y con dos importantes regiones de África (Libia y Etiopía). El punto de vista es distinto al del evangelio: aquí sólo se habla de conversión, no de salvación en la otra vida (tema que queda fuera de la perspectiva del profeta).

Segunda lectura: cuando Dios nos mete por la puerta estrecha (Heb 12,5-7.11-13)

            Este breve fragmento de la carta a los hebreos no tiene nada que ver con el evangelio. Pero es una hermosa exhortación que lo complementa. En el evangelio se nos anima a «entrar por la puerta estrecha». Muchas veces es la vida la que se estrecha en torno a nosotros, como si Dios nos pusiera a prueba. El autor de la carta enfoca esos momentos difíciles como una reprensión o corrección del Señor. Pero es la corrección de un Padre que deseo lo mejor para su hijo, idea que debe consolarnos y fortalecernos.

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Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 25 agosto, 2019

domingo, 25 de agosto de 2019
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 “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha.

(Lc 13, 22-30)

El de hoy es un evangelio “peligroso” que nos puede conducir a dos extremos contra puestos.

Por un lado, podemos quedarnos con la imagen de un dios exigente que lleva cuentas pormenorizadas de cada uno de nuestros pecados. Un dios riguroso, lleno de santidad y perfección. Lleno de poder que no se va a dejar manchar o corromper por la oscuridad y debilidad humana.

En el extremo opuesto, podemos caer en la trampa de pensar que al Dios de Jesús no le pega nada eso de “dejar fuera” a nadie y que su misericordia es una especie de salvoconducto que nos permite vivir sin ninguna responsabilidad. Que podemos hacer lo que queramos, lo que nos dé la gana.

Ambas posturas están equivocadas aunque tienen su parte de verdad. El Dios que vino a anunciarnos Jesús no es un juez castigador. No necesita de nosotras un expediente impecable. Pero tampoco podemos convertir la misericordia divina en la excusa perfecta para vivir de cualquier manera, porque en el Reino del Amor no vale todo. Por eso Jesús dice: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha.

El evangelio de hoy apela a nuestra responsabilidad personal. Solo aquello que nos hace crecer en amor y libertad nos abre las puertas del Reino, porque solo esas actitudes nos ponen en camino.

No es que Dios nos vaya a cerrar la puerta, pero tampoco nos va a obligar a entrar. La puerta del Reino es estrecha porque tenemos que acertar con ella desde nuestra propia libertad. Y la libertad nos da siempre a escoger, aunque no siempre lo más apetecible es realmente mejor.

 

Oración

Repite, Trinidad Santa, en nuestros corazones ese:

Esforzaos por entrar por la puerta estrecha”,

recuérdanos que necesitas de nosotras para llevarnos a tu Reino. Amén.

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Si “alguien” quiere pasar, la puerta se cierra.

domingo, 25 de agosto de 2019
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puerta-2Lc 13,22-30

El texto nos recuerda una vez más, que Jesús va de camino hacia Jerusalén, que será su meta. Sigue Lc con la acumulación de dichos sin mucha conexión entre sí, pero todos tienen como objetivo ir instruyendo a los discípulos sobre el seguimiento de Jesús. Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, es un proceso de descentración del yo, que hay que tratar de llevar lo más lejos posible. Trataremos de adivinar por qué no responde a la pregunta y lo que quiere decirnos.

No es fácil concretar en qué consiste esa salvación de la que hablan los evangelios. Hoy tenemos infinidad de ofertas de salvación. “Salvación” hace referencia, en primer lugar, a la liberación de un peligro o situación desesperada. El médico está todos los días curando en el hospital, pero se dice que ha salvado a uno, cuando estando en peligro de muerte, ha evitado ese final. Aplicar este concepto a la vida espiritual puede despistarnos. El mayor peligro para una trayectoria espiritual es dejar de progresar, no que se encuentren obstáculos en el camino. La salvación no sería librarme de algo sino desplegar al máximo la plenitud humana.

Podíamos hacernos infinidad de preguntas sobre la salvación: ¿Para cuándo la salvación? ¿Salvación aquí o en el más allá? ¿Salvación material o salvación espiritual? ¿Nos salva Dios? ¿Nos salva Jesús? ¿Nos salvamos nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión? ¿Salvan los sacramentos? ¿Salva la oración, la limosna o el ayuno? ¿Nos salva la Escritura? ¿Cómo es esa salvación? ¿Salvación individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Se puede conocer antes de alcanzarla? ¿Podemos saber si estamos salvados?

Resulta que es inútil toda respuesta, porque las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que está perdido y debe ser salvado. Debemos darnos cuenta de que la salvación no es alcanzar la seguridad para mi yo individual, sino que consiste en superar toda idea de individualidad. La religión ha fallado al proponer la salvación del falso yo, que es el anhelo más hondo de todo ser humano. Salvarse es descubrir nuestro verdadero ser y vivir desde él la armonía y unidad con todos los demás seres.

En realidad todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea ese progreso. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque, por muchos que sean los logros de una vida humana, siempre podría haber avanzado un poco más en el despliegue de su humanidad. Todos estamos, a la vez, salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque no satisface los deseos del ego.

Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Esta frase nos puede iluminar sobre el tema que estamos tratando. Pero la hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá. No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir para después de morir.

La salvación no consiste en la liberación de las limitaciones que no acepto porque no asumo mi condición de criatura y por lo tanto limitada. Esas limitaciones no son fallos del creador ni accidentes desagradables que yo he provocado sino que forman parte esencial de mi ser. La salvación tiene que consistir en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. La verdadera salvación es posible a pesar de mis carencias porque se tiene que dar en otro plano, que no exige la eliminación de mis imperfecciones.

Ni el sufrimiento ni la enfermedad ni la misma muerte pueden restar un ápice a mi condición de ser humano. Mi plenitud la tengo que conseguir con esas limitaciones, no cuando me las quiten. Lo que se puede añadir o quitar pertenece siempre al orden de las cualidades, no es lo esencial. Pensar que la creación le salió mal a Dios y ahora solo Él puede corregirla y hacer un ser humano perfecto es una aberración que nos ha hecho mucho daño. La salvación no puede consistir en cambiar mi condición de ser humano por otro modo de existencia.

Para tomar conciencia de dónde tenemos que poner el esfuerzo es imprescindible entender bien el aserto. Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta sino en el que debe atravesarla. No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto alguien pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos nadie, se abrirá de par en par. Mientras no captes bien esta idea, estarás dando palos de ciego en orden a tu verdadera salvación.

No estamos aquí para salvar nuestro yo, sino para desprendernos de él hasta que no quede ni rastro de lo que creíamos ser. Cuando mi falso ser se esfume, quedará de mí lo que soy de verdad y entonces estaré ya al otro lado de la puerta sin darme cuenta. Cuando pretendo estar seguro de mi salvación, o cuando pretendo que los demás vean mi perfección, en realidad estoy alejándome de mi verdadero ser y enzarzándome en mi propio ego.

En realidad no estamos aquí para salvarnos sino para perdernos en beneficio de todos. El domingo pasado decía Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¿qué más puedo pedir si ya está ardiendo? Todo lo creado tiene que transformarse en luz, y la única manera de conseguirlo es ardiendo. El fuego destruye todo lo que no tiene valor, pero purifica lo que vale de veras. Debo consumir lo que hay en mí de ego y potenciar lo que hay de verdadero ser.

Somos como la vela que está hecha para iluminar consumiéndose; mientras esté apagada y mantenga su identidad de vela será un trasto inútil. En el momento que le prendo fuego y empieza a consumirse se va convirtiendo en luz y da sentido a su existencia. Cuando nos pasamos la vida adornando y engalanando nuestra vela; cuando incluso le pedimos a Dios que, ya que es tan bonita, la guarde junto a Él para toda la eternidad, estamos renunciando al verdadero sentido de una vida humana, que es arder, consumirse para iluminar a los demás.

No sé quienes sois. Toda la parafernalia religiosa que hemos desarrollado durante dos mil años no servirá de nada si no me ha llevado a desprenderme de ego. El yo más peligroso para alcanzar una verdadera salvación es el yo religioso. Me asusta la seguridad que tienen algunos cristianos de toda la vida en su conducta irreprochable. Como los fariseos, han cumplido todas las normas de la religión. Han cumplido todo lo mandado, pero no han sido capaces de descubrir que en ese mismo instante, deben considerarse “siervos inútiles”.

Esta advertencia es mucho más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. El grado de salvación que hayamos conseguido se manifiesta en cada instante de nuestra vida por la calidad de nuestras relaciones con los demás. No se trata de prácticas ni de creencias sino de humanidad manifestada con todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera salvación.

Meditación

Mi falso yo, sustentado en lo material,
tiene que consumirse para que surja el verdadero ser.
Todo lo que trabajemos para potenciar la individualidad
será ir en dirección contraria a la verdadera meta.
Mientras más adornos y capisayos le coloque,
más lejos estaré de mi verdadera salvación.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Invitación a aprender.

domingo, 25 de agosto de 2019
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desde-corazonEducar la mente sin educar el corazón, no es educación en absoluto (Aristóteles)

25 de agosto 2019.

DOMINGO XXI DEL TO

Is 66; 18-21

Pero yo vendré para reunir a las naciones, naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria

Sal 116

Alabad al Señor todos los pueblos, alabadle todas las naciones

Lc 13, 22-30

Camino de Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando

En el salmo responsorial de la misa se dice: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”. En ambos textos, se pone énfasis en la idea de que la doctrina de Jesús debería llegar al mundo entero, sin distinción alguna de pobres o de ricos: “ciudades y aldeas”.

El texto, escribe Jose Enrique Ruiz de Galarreta en Evangelios de Lucas y Juan, Jesús no contesta a lo que le preguntan, sino a lo que deberían haberle preguntado”. Perfecta estratagema.

En nosotros, congregados de todas las partes del mundo, se han cumplido todas las profecías, y nos hemos sentado a la mesa del reino. Pero no podemos quedarnos egoístamente  encerrados en nosotros mismos, sino que debemos sentirnos llamados a llevar a los demás cuanto tan generosa como gratuitamente hemos recibido. Banquete y alimentos que nos nutrirán satisfactoriamente el resto de los días.

En unos  versos de  la poesía china, Wang Wei nos lo dice de esta manera:

MANANTIAL DE LAS PEPITAS DE ORO 

If you drink every day of spring
gold nuggets,
live ten thousand at least.

Bebiendo diariamente de tan prodigioso manantial, jamás podría sucedernos lo que Mark Twain dice del primer hombre, en Diarios de Adán y Eva: “Me harta tener que preocuparme del asunto y, por otra parte, no sirve de nada”.

Dos vientos corren en el mismo sentido, pero cada uno de ellos tiene sus personales fronteras. Derribarlas, podría producir una tormenta, que arrasaría los propios sentimientos a su paso.

¿No es éste el camino que Jesús nos pedía recorriéramos? Al menos deberíamos intentarlo: Es lo que han hecho los grandes pedagogos de la Historia: enseñar desde el corazón, no desde los libros.

No me parecía descabellada la idea de que un día se presentara, con la teatralidad propia de un actor o un cantante de ópera, disfrazado de Lohengrin , cantando un aria solemne”, escribe Sándor Márai en La herencia de Eszter, queriéndonos decir con ello que hay que dejar que cada uno sea como Dios le hizo.

Khalil Gibran dijo en su libro El Profeta, que hay que predicar la palabra, pero sin imponerla a nadie. Todos tienen derecho a ser mutuamente respetados, a que nadie les expolie en sus derechos.

EL MAESTRO

Nuevamente Almitra habló y dijo:

“¿Qué tienes que decirnos del matrimonio, Maestro?”  Y esta fue su respuesta:

Nacisteis juntos y juntos permaneceréis siempre. Mas dejad que en vuestra unión crezcan los espacios, y dejad que los vientos del cielo dancen sobre vosotros. Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una prisión. Mejor es que sea un mar que se meza entre las orillas de vuestra alma.

Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis solo de una. Compartid vuestro pan, más no comáis de la misma hogaza. Cantad y bailad juntos; alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces. Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música.

Ofreced vuestro corazón, pero no para que se adueñen de él. Y permaneced juntos, pero no demasiado, porque los pilares sostienen el templo, pero están separados. Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Respuestas últimas en las últimas.

domingo, 25 de agosto de 2019
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evangile-s-2La pregunta por la salvación se ha vuelto el centro del mensaje cristiano. Si bien esto tiene su importancia no debemos olvidar que no siempre fue así. Si, durante mucho tiempo, en especial durante la larga Edad Media, se preguntaban por tratados esenciales como creación o cosmología, con el tiempo la pregunta por la salvación “individual” basada en una antropología dualista marcada por el bien y el mal se volvió el centro de la pregunta por la salvación (soteriología). Estas cuestiones marcaban no solo la teología sino toda la enseñanza y discusiones de la Iglesia. ¿Qué tenemos que hacer para salvarnos? ¿De qué nos salva Jesús? ¿Cómo nos salva?

El texto del evangelio de Lucas que meditamos hoy plantea en parte estas preguntas. Y lo hace de un modo muy radical y hasta excluyente. La pregunta ¿son pocos los que se salvan? no parece agradar a Jesús. De hecho, se muestra vehemente y desafiante al contestar: “os quedaréis fuera”, “llamaréis, pero no se os abrirá”, “muchos vendrán del norte, del sur, del este y del oeste” (“pero vosotros seréis arrojados fuera”).

¿Quiénes son los que reciben esta contestación tan dura? La respuesta es clara: aquellos que en el presente “obráis injusticias”. Es una afirmación durísima sobre todo si consideramos lo difícil que resulta encontrar a alguien que pueda decir de sí mismo que no practica ninguna injusticia.

Si bien todas estas afirmaciones tan duras se matizan con la salvedad de quienes se esfuercen por “entrar por la puerta estrecha”, no podemos dejar de decir que Jesús responde a la pregunta sobre la salvación con una parábola que hace una distinción excluyente respecto a quienes obran la iniquidad o el mal. Da igual que hayan estado junto a él, que hayan comido con él, que lo hayan escuchado enseñar. Si las acciones son malas no se puede pasar por la “puerta estrecha”.

De todas maneras, la respuesta de Jesús no es directa, sino que cambia la pregunta. No dice la cantidad de los que se salvarán ni da respuesta a la pregunta por la salvación final. Por el contrario, hace un serio y rotundo llamado a practicar la justicia en el presente. Cambia así la respuesta esperada acerca del futuro a un llamado a vivir el presente. La salvación no es cosa del futuro, sino que linda con el presente y es consecuencia de practicar la justicia. Y eso es lo que debe preocupar al lector. No el futuro, que está en manos de Dios, sino el presente de las acciones justas o injustas.

El texto continúa en un tono difícil de entender, sobre todo porque se marca un momento que parece crucial a partir de la imagen de la puerta: si antes era estrecha, ahora se cierra. A partir de ese momento, cuando la puerta se cierre, las acciones cobrarán definitividad. No hay marcha atrás.

Por suerte para los lectores que llegan hasta aquí en la lectura, el final parece más alentador. Al principio del relato, quienes se salvan tienen que pasar por una puerta estrecha y con premura antes de que esta se cierre. Sin embargo, al final del discurso, se amplía la propuesta y “vendrán de los cuatro puntos cardinales a sentarse a la mesa”.

El final de este pasaje también resulta difícil de comprender y parece que más que un consejo se trata de una invitación abierta, a cambiar de modo de pensar, a cambiar la cosmovisión. Las palabras puestas en boca de Jesús hacen una afirmación tajante: los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. ¿Qué significa esto en el contexto en el que estamos hablando? Parece indicar repetidamente que la lógica de Dios no es la nuestra (los primeros son los últimos, la puerta es estrecha…).

Tantos cambios de preguntas y tantas respuestas evasivas parecen indicar que la salvación es un misterio y que no corresponde buscar respuestas desde la inquietud humana sino desde los designios de Dios; por ello, las preguntas están mal formuladas. Quien las pregunte se llevará una respuesta exigente y dura, porque debe cambiar la mentalidad.  No se puede pretender controlar los designios de Dios ni comprender la salvación. Si son muchos o pocos los que se salvan es una pregunta que no nos pertenece, es una pregunta que solo se puede intuir desde la confianza y esperanza en el plan de Dios. A nosotros nos toca abrirnos a una comprensión de la vida como servicio, gratuidad, atención a los designios de Dios y contrariedad de las cosmovisiones propias y las que ofrece la cultura.

Y, si de la salvación se trata, la lógica del evangelio nos lleva siempre a buscar los últimos lugares, los que nadie quiere. Nos invita a buscar las respuestas últimas en las últimas personas, en quienes están en las últimas.

Se trata de buscar ser y estar con “los últimos”, de ir hacia atrás, de desconfiar de todo aquello que nos hace parecer más y estar en los primeros puestos. Porque la clave está en quienes parecen menos. Y, cuando nos experimentemos en lugares “últimos”, nos tocará reconocer allí las bienaventuranzas, las promesas de Dios.

El quid de la salvación final se reubica así en la solidaridad actual y en un cambio en la forma de comprender las cosas. Jesús acaba esta discusión pidiendo: “Mirad”, porque los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Quien pueda asumir esta afirmación, seguramente tenga alguna idea más clara de lo que es la salvación.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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La puerta que conduce a la vida es estrecha.

domingo, 25 de agosto de 2019
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PuertaDomingo XXI del Tiempo Ordinario

25 agosto 2019

Lc 13, 22-30

Los sabios no son autocomplacientes ni vendedores de ilusiones. Conocedores, por propia experiencia, de la naturaleza paradójica del ser humano, saben que, aun siendo plenitud, podemos enredarnos con facilidad hasta quedar reducidos y encerrados en los estrechos límites del yo y de sus funcionamientos.

Somos Vida, pero la puerta que conduce a hacernos conscientes de la misma es estrecha. El apego a las formas nos atasca y fácilmente nos ciega. De ahí que todo maestro espiritual haya insistido en la necesidad de la desapropiación. Hablan así de desapego, desasimiento, desidentificación… Y saben bien que la desapropiación es uno de los signos decisivos para verificar la verdad o no de cualquier camino espiritual.

Donde hay ego (identificación con el yo), forzosamente habrá apego. Porque el primer mecanismo del yo, el que le permite la supervivencia, es justamente la apropiación. Por definición, el yo es apropiador. Pero la espiritualidad implica transcender el yo, porque hemos comprendido que no somos él.

La verdad, por tanto, del camino espiritual vendrá dada por la capacidad de soltar o desapropiarse. Como decía, se trata de algo que el yo no puede hacer. Incluso en el caso de que parece que “suelta” algo, está buscando obtener un beneficio por otro lado.

La desapropiación nace de la comprensión. Transcendida la consciencia de separatividad, comprendes que no eres nada de lo que puedas soltar, sino justamente Aquello que queda cuando sueltas todo.

De todos modos, la existencia no es sino un camino de pérdidas, en el que habremos de soltar todo aquello a lo que nos habíamos aferrado. De hecho, la muerte no es sino el soltar definitivo. Y nuestra existencia un aprendizaje continuo.

La comprensión nos permite ver que el soltar es fuente de libertad, al experimentar que somos esclavos de todo aquello con lo que nos identificamos y libres de todo aquello de lo que nos desidentificamos. Y no termina ahí: además de libertad, el soltar nos permite crecer en comprensión experiencial, al verificar que soy Aquello que permanece cuando suelto todo.

La puerta que conduce a la Vida es estrecha: ningún yo separado (inflado) puede entrar por ella. Para comprender que somos Vida y vivirnos en esa consciencia de unidad, se requiere cesar en la identificación con el yo separado y en sus modos de funcionar.

¿Cómo me muevo entre la apropiación y el soltar?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Si el infierno existe, está por estrenar

domingo, 25 de agosto de 2019
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hijo-prodigo-DESTAQUEDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Decía Urs von Baltahasar que: si el infierno existe, está por estrenar…

  1. Una nota previa del obispo de Roma, Francisco.

La Madre Vicaria de un convento italiano de Clarisas dijo cómo el papa Francisco en una visita que les hizo, les había contado esta historia:

«Nos ha contado una bella historia que nos ha hecho reír a todas, incluso a él mismo:

María está en el Paraíso; San Pedro no siempre abre la puerta cuando llegan los pecadores y por eso María sufre un poco, pero se queda quieta. Y en la noche, cuando se cierran las puertas del Paraíso, cuando nadie ve u oye nada, María abre la puerta del Paraíso y hace entrar a todos».

         Me imagino que más de cuatro “ultras” del asunto se habrán escandalizado y despreciarán lo que ha dicho Francisco, pero son palabras sencillas, algo ingenuas si se quiere, pero llenas de contenido.

         En el fondo es una respuesta a la pregunta que nos plantea hoy el Evangelio: ¿serán muchos o pocos los que se salven?:

María abre la puerta del Paraíso y hace entrar a todos

         A lo mejor -seguramente- habría que terminar aquí la homilía de hoy.

  1. ¿Son pocos o muchos los que se salven?

         ¡Qué verdad es que todo texto tiene un contexto!

Cuando nosotros nos imaginamos el contexto desde el que solemos leer e interpretar este evangelio suele ser como pasar el peaje de la autopista. La salvación comienza cuando nos morimos. El ticket del peaje es moral, más bien legal. Es una puerta estrecha, difícil. Hemos tenido que atravesar un “slalom” gigante lleno de puertas y leyes. Vamos a ver si pasamos el control.

         Con esta trama, hemos dinamitado el sentido del evangelio de hoy.

  1. La salvación y la vida.

         La salvación, la vida en su sentido más pleno, es el único problema serio, decisivo del ser humano. Porque somos débiles en todos los aspectos y porque somos mortales, el problema decisivo es la vida, la salvación.

Todas las religiones son un intento de dar respuesta a tal cuestión. Unas religiones (más bien ideologías) tratan de resolver la vida desde la economía, otras desde la revolución, no pocas desde una ascesis inhumana, en ocasiones desde un legalismo que supuestamente trata de aplacar la ira de Dios.

En el cristianismo nos salvamos y tenemos vida por el amor de Dios. En aquella polémica de Jesús acerca de la dificultad que suponen las riquezas para la vida, los discípulos le preguntan, ¿quién podrá salvarse? Jesús le contesta: Para Dios no hay nada imposible: (Mc 10,23-27). Es decir, aquí nos salvamos todos: ricos y pobres, divorciados e hijos pródigos, “magdalenas” y “zaqueos”, porque Dios nos quiere a todos y para él nada es imposible.

  1. Esforzaos por entra en la vida.

La salvación y la vida son un don.

La vida y la salvación son un don, una gracia. ¿Alguien de nosotros ha comprado la vida? Se nos ha dado gratis, (gracia).

El esfuerzo (esforzaos) no consiste en sumar puntos que te dan en Eroski con la tarjeta Travel, que sería el legalismo. El esfuerzo no es algo voluntarista y titánico, sino que el esfuerzo -esforzaos- es una experiencia mística que consiste en acoger la vida, el don que se nos da, acoger la misericordia y bondad de Dios.

No se trata de facilitar las cosas y pensar que, aunque peque, como Dios me quiere, no pasa nada. Eso es también una estupidez también legalista.

Acoger la bondad de otra persona sobrecoge nuestro interior, nuestra alma. La puerta estrecha es amplísima, porque es la misericordia de Dios. Quien acoge el amor de la vida, de Dios, del marido / mujer, de la vocación, del amigo supone recibir un espléndido don y una gozosa responsabilidad.

La vida y la salvación significan admitir que somos pobres, débiles, quizás estábamos perdidos y volvemos a la vida. La salvación es la muerte de toda presunción y prepotencia. La salvación no es un esfuerzo moral titánico, sino vivir la propia condición humana de debilidad in desesperar, confiando en Dios.

Por esta puerta no se pasa a base de peajes morales, sino de gratitud y compunción: gratitud por lo recibido, compunción por el dolor que nos causa ser hijos pródigos.

  1. ¿y el infierno?

¿Serán muchos o pocos los que se salven?

Nadie tiene fuerzas para salvarse. Uno sólo nos da la vida: Dios. Es inútil acompañarse de grandes títulos, medallas y victorias.

A la salvación se llega reconociendo la propia debilidad. Cuando soy débil es cuando soy fuerte, (2Cor 12,10) y al mismo tiempo acogemos la infinita misericordia del Señor.

         Por desgracia se ha predicado demasiado y demasiado justicieramente del infierno. Pero Jesús no fue un predicador del infierno.

¡Cuánto daño se ha hecho con el infierno, culpabilidades y condenación! No hay sistema de seguridad o del G7 más represivo que meter en la conciencia de la gente la posibilidad del infierno.

         El Infierno es la «piedra de toque» de toda la cristología: ¿Es posible que un hombre fracase totalmente?

         Dios no ha creado el infierno como una sala de torturas eterna en la que no puede actuar ni el mismo Dios, porque es “territorio comanche” del diablo, (¿). Todo lo cual no deja de ser un infantilismo. (El infierno ha funcionado como arma represiva de los cristianos y de la sociedad).

         Posiblemente el infierno lo creamos en esta vida ¡cuántas situaciones infernales en la vida familiar, social, pateras, en las relaciones de vida comunitaria, en odios inveterados por motivos políticos, bélicos, laborales!

Dos notas sobre el infierno

  1. Desde el lado humano, desde la libertad hay que pensar que el ser humano puede optar por el mal y por el mal absoluto (¿) y, por tanto, el ser humano podría optar por su propia destrucción, que es o sería el infierno.

Aunque también hay que preguntarse si alguien -en sus cabales- puede optar por el mal absoluto. Una libertad limitada, como es la humana, ¿puede elegir ante Dios el mal absoluto?

  1. quedan abiertas muchas cuestiones desde el lado de Dios:

+        Presentar por igual la revelación de la salvación y de la condenación es falsear el cristianismo. Dios nunca creó el infierno. No hay “dos estaciones Termini”: Dios solamente quiere y crea vida y salvación. Estamos, pues, en una historia de salvación y no de condenación.

+        Dios es bueno y solamente bueno.

+        Dios quiere que toda la humanidad se salve. (1Tim 2,3).

+        Dios no es neutral y quiere especialmente la salvación del pecador. Dios ya sabe quiénes y cómo somos, por eso como padre, busca siempre la vida del hijo perdido.

+        Cuando Dios quiere hacer justicia, lo que hace es querernos más; al menos el Dios de Jesús es pura bondad, que en muchos casos es diferente del Dios de la moral eclesiástica.

+        El mismo Dios que nos invita a nosotros perdonar siempre, incluso al enemigo, ¿No será capaz de perdonarnos en esas situaciones límite?

+        Nunca la iglesia ha dicho de nadie que se haya condenado, ni de Judas.

+        La posibilidad de un fracaso humano absoluto, ¿no sería el fracaso de la cristología y de la redención?

+        Decía el teólogo H. U. von  Balthasar que “si el infierno existe, está por estrenar”

+        Todos vivimos y morimos en la misericordia de Dios. Podemos confiar y esperar que en ese tránsito, que es la muerte, todos lo realizamos en la misericordia de Dios.

+        Mientras exista un condenado, Cristo sigue crucificado, (Orígenes).

  1. nos salvamos porque somos los últimos.

Sentirse pequeño y pobre es una actitud hondamente cristiana (humana) y llena de vida.

Vivir y salvarse es abrirse al amor de Dios Padre.

Y Dios nos quiere y quiere la vida para todos sus hijos.

Nuestro Dios es un Dios de la vida, (Lc 20,38)

Dios quiere que toda la humanidad se salve, (1Tim 2,4).

Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua, (1ª lectura, Isaías)

         Si alguien tiene la osadía de predicar sobre el infierno que lo haga desde la misericordia y desde la esperanza.

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«La renovación pendiente. El catecismo», por Julio Puente López

miércoles, 21 de agosto de 2019
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51W09DclKLLContinuación de este interesante y clarificador artículo:

¿Actos intrínsecamente desordenados? El catecismo de 1992

En la Biblia se habla de muchas cosas, pero no es preciso hacer doctrina de todo. El a. 2357 del catecismo hace una enorme injusticia social a muchos creyentes. Es importante eliminar esos artículos

No se ve cómo las relaciones homosexuales pueden impedir llevar a la práctica la fe cristiana, vivirla en las costumbres en las que se encarna, en la caridad para con nuestros prójimos. La Iglesia debe aceptar la compleja y variada realidad de la sexualidad humana

Renovar la Iglesia es también tirar el lastre doctrinal y organizativo que le sobra a la nave de Pedro, hacer la vida de la gente más llevadera y ligera, como es el yugo y la carga de Jesús

Uno se pregunta si los responsables de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que podrían promover la abolición del a. 2357 del catecismo, perciben la enorme injusticia que con esa doctrina se hace a muchos creyentes. Porque les señala, les reprueba y no ayuda precisamente a que cese su discriminación y persecución. Es importante eliminar esos artículos. Y sobre todo es importante cambiar en la Iglesia la mentalidad y la actitud ante la sexualidad que refleja esa doctrina.

Dice el catecismo que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Recogía doctrinas y formulaciones de otros documentos (Cf. Persona humana. 1975). Resulta bochornoso que un catecismo se ponga a hablar de estos temas y en estos términos. Biológicamente desordenados, y, por tanto, también intrínsecamente desordenados o ineficaces para conseguir su objetivo, serían los actos homosexuales que intentaran la procreación, ya que falta la base biológica para ello, pero no parece que los homosexuales intenten tal cosa al mostrarse mutuamente su afecto. No es la procreación lo que se busca en una relación homosexual. Y si lo intentaran no serían actos reprobables desde el punto de vista moral. Serían actos simplemente estúpidos. Como es estúpido, o lo que es lo mismo, un “acto intrínsecamente desordenado”, ponerse las lentes en la nuca con la intención de ver mejor. Pero eso no sería un acto moralmente reprobable.

En todo caso, hay diversas formas de hacerse cargo de una prole. Y realizar una tarea así sería siempre, en el contexto apropiado, una decisión noble y con sentido. Y de la misma manera que en la unión del hombre y de la mujer es importante el amor mutuo, la intimidad y la comunión de vida, así en las uniones homosexuales estos fines pueden también ser cultivados.

Me pregunto a veces si el hecho de que el magisterio hable de la vida sexual de la gente no es hacer de la revelación cristiana algo absurdo, ridículo, algo así como una vieja barraca de feria en la que pueden aparecer las cosas más inverosímiles. En la Biblia se habla de muchas cosas, pero no es preciso hacer doctrina de todo. Las normas de aquellas culturas no son vinculantes para la nuestra si nuestra conciencia moral hoy no lo aprecia así. Las normas éticas están al alcance de todos y la Iglesia no tiene una luz especial que pueda oponerse a la moral autónoma del hombre. La Iglesia no puede pretender convertir el cuerpo humano, por medio de la abstinencia sexual, en una bella estatua de mármol. ¿Es la moral cristiana una moral angélica?

Moralmente desordenados, depravados y reprobables son los actos contrarios al mandamiento del amor al prójimo, en el contexto de las relaciones o en cualquier otro. La violencia contra las mujeres, los abusos de menores, eso sí que son actos reprobables. Eso sí es doctrina seria y bien fundamentada en el mensaje del Evangelio y en la recta razón.

¿Qué buscaba la Iglesia con la doctrina de Persona humana y del catecismo sobre la homosexualidad? ¿Hacer ver que los homosexuales, tan bien representados en la Iglesia, se guían por la virtud de la castidad? Pues les salió el tiro por la culata, porque sabemos que no siempre es así y que se ha querido dar una imagen que no correspondía a la realidad. Las caretas y las máscaras han caído al suelo. Todo el tema del celibato y de la castidad ha resultado ser, a los ojos de mucha gente, una inmensa pantomima.

El catecismo cita Gn 19, 1-29. Pero este texto trata más bien de un pecado contra las leyes de la hospitalidad. También cita textos de Pablo, en los que, al menos en la traducción de la Biblia de Jerusalén, por ejemplo, aparece la palabra “homosexual” (1 Cor 6, 10) para la que no existía un vocablo en la antigüedad ya que es un concepto moderno, del s. XIX, y se discute el significado de las palabras griegas originales como “arsenokoitai”. También se dice en esa traducción que no heredarán el reino de los cielos los “afeminados”. ¿Qué han hecho estos “malakoi” de malo? ¿Parecerse a las mujeres porque son “varones suaves”? ¿Sexismo y machismo en la Biblia entonces? ¿Reflejo de la moral pagana de aquel tiempo? Encontramos convincentes respuestas en lo que Xabier Pikaza escribió en su libro Palabras de amor sobre el tema de la homosexualidad y sobre estos textos.

9788495346377-usDe todo esto habló también con sentido común y crítico el teólogo y psicólogo Daniel A. Helminiak hace ya años. No hace falta repetir lo que dijo este profesor de la universidad de West Georgia en su libro What the Bible Really Says about Homosexuality (1994, 2000). James Alison, en el formato más actual de unos vídeos en Internet, habla también con claridad y sólido conocimiento de esas citas bíblicas.

Es evidente que Pablo no conocía bien el mensaje de Jesús, que habló de una forma especial de las mujeres pecadoras y de las prostitutas que entrarán en el reino de los cielos antes que los escribas. Cuando Pablo escribió las cartas no se habían escrito todavía los evangelios. Nos lo ha recordado recientemente J. M. Castillo en su obra “El Evangelio marginado”. Estos textos de la Biblia que cita el catecismo han sido bien estudiados por especialistas y muchos sacan conclusiones bien distintas.

El texto del catecismo dice que esos actos son contrarios a la ley natural, y el mismo catecismo declara la competencia magisterial en esa ley natural (a. 2036). Ya sabemos que en la encíclica Veritatis splendor (1993), que se dio a conocer un año después del catecismo, hay “un interés omnipresente” por afirmar la función del magisterio eclesiástico en las cuestiones de moral, como señaló el profesor Marciano Vidal en su obra Nueva Moral Fundamental. Pero ese concepto de ley natural y su alcance son muy discutidos en la teología moral posconciliar y se hace necesario seguir introduciendo la racionalidad en el discurso teológico-moral como enseñó Santo Tomás de Aquino y como indicó el Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 33 y 62).

San Pablo también apela a ese concepto de naturaleza para hablar de la afrenta que supone la cabellera para el varón mientras que es una gloria para la mujer (1 Cor 11, 14-15). ¿Es esto también una pauta de conducta moral? Esa observación no tiene ninguna fuerza normativa para el hombre de hoy porque no le encuentra sentido alguno. Lo mismo sucede en los otros casos.

La apelación a la naturaleza y a la ley natural ha dejado de estar éticamente fundamentada y justificada, ya que ese concepto de naturaleza no tiene base antropológica. ¿Quiere la Iglesia que los futbolistas no empleen la cabeza para meter goles porque, al albergar el cerebro y otros órganos de los sentidos, está destinada “por ley natural” a desempeñar otras funciones? La cultura se apoya en la base biológica del hombre para enriquecer la vida humana y aprovecha sus posibilidades más allá de lo que aparecen como sus finalidades obvias.

No se ve cómo las relaciones homosexuales pueden impedir llevar a la práctica la fe cristiana, vivirla en las costumbres en las que se encarna, en la caridad para con nuestros prójimos. La insistencia del magisterio en estas enseñanzas, que nos aboca a un callejón sin salida, obliga a la teología a revisar la reflexión que hace sobre la competencia del magisterio en ciertos temas y sobre la llamada ley natural. ¿No forma parte también el “sensus fidelium” del magisterio de la Iglesia? Habrá que tener en cuenta también a los cristianos homosexuales, que seguramente, en su gran mayoría, llevan la vida que corresponde a su condición sexual.

Dice también el texto que en esos actos no hay complementariedad. Se supone que se refiere a la procreación, pero no es eso lo que se pretende en una relación homosexual. ¿Es acaso la complementariedad el único requisito para que una relación humana tenga sentido? Tampoco hay complementariedad en tantos aspectos entre los varones en el mundo tan patriarcal y masculino del clero católico, pero seguimos sin reconocer a las mujeres sus plenos derechos.

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Esa redacción del a. 2357 no se sostiene ni desde el punto de vista de la exégesis de los textos citados y de la teología moral bíblica ni desde el punto de vista de las ciencias del hombre. Sabemos que otros documentos del magisterio, como la Instrucción de 2005 sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación a los homosexuales para ser admitidos a las órdenes, insisten en esta doctrina del catecismo. Pero, una vez más, dicen más de lo que prueban. Son doctrinas que estudios posteriores deberán revisar. También haría bien la Iglesia en explicarnos qué es lo que ella entiende porcultura gay, cuya defensa indicaría falta de idoneidad para el sacerdocio. La Iglesia parece, a veces, experta en crear ficciones para tener luego enemigos que combatir.

Hay doctrinas que urge abandonar por muy arraigadas que estén y por muy tradicionales que sean. Ese texto obedece simplemente a una mentalidad que la ciencia de nuestro tiempo ha desautorizado y la antropología teológica está abandonando.

Urge perfeccionar la teología moral, que ha de nutrirse de la Escritura, de su espíritu, y ser, al mismo tiempo, una “exposición científica”, como dijo el Vaticano II en el Decreto sobre la Formación Sacerdotal (a. 16). Ese texto del catecismo sólo lo puede defender una mentalidad conservadora, integrista, que se impuso en el momento de su redacción y que creía que una postura rígida en este tema podría apuntalar la crisis del posconcilio en una Iglesia con muchos clérigos homosexuales, que vivían con dificultades crecientes su vocación en una sociedad que ya no compartía las doctrinas de la Iglesia sobre la vida y el sexo. O que pretendía alejar toda sospecha de conductas inapropiadas que pudieran exponerse un día a la luz pública.

El caso del párroco de Ámsterdam, Pierre Valkering, comentado en el mes de abril en RD por Cameron Doody, describe bien esa situación de crisis en la que siguen encontrándose muchos sacerdotes. Como la describe también el caso del sacerdote y psicoterapeuta francés Tony Anatrella, aunque sean casos que requieren lecturas diversas.

La mentalidad que representaba bien el consultor en el Vaticano Anatrella, considerado entonces por algunos como el “psiquiatra oficial de la Iglesia”, el “Church shrink”, y que ahora es un árbol caído del que es mejor no hacer leña, es una forma de ver las cosas que intenta seguir siendo dominante en la Iglesia.

No es extraño que la juventud viva cada vez más de espaldas a la religión organizada. ¿Es que lo esencial para un cristiano no es creer en el mensaje del Evangelio y dar testimonio de esa fe? No se entiende ese empeño en seguir concibiendo la fe como la adhesión a un voluminoso cuerpo de doctrinas que recogería el catecismo de 1992. Mucho menos en aquellas enseñanzas que nos recuerdan el antiguo catecismo pitagórico, aquel que decía que “el placer es malo en todas las circunstancias”, como leemos en el libro de E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional. El capítulo V, Los chamanes griegos y el origen del puritanismo, es bien elocuente.

Este filólogo irlandés explica bien como las creencias chamanísticas, de dilatada difusión y remota antigüedad, promovieron en sus adherentes un horror al cuerpo y una reacción contra los sentidos completamente nuevos en Grecia. Empédocles y Pitágoras representaron esas nuevas creencias que los pueblos vecinos en contacto con ellas dieron seguramente a conocer a los griegos de Escitia y Tracia. Se hizo de la experiencia corporal un lugar de oscuridad y de penitencia, como si la pureza, más bien que la justicia, se hubiera convertido en el medio cardinal de la salvación. El teólogo J. M. Castillo lleva muchos años insistiendo en estas ideas que están llenas de sentido y bien fundamentadas.

“No llamar a ningún hombre profano o impuro”

¿Y por qué seguimos todavía prisioneros de la cultura helenista y de las culturas vigentes en los tiempos en que se redactaron los libros de la Biblia? ¿Por pereza intelectual? ¿Por no saber qué palabras escuchar? La palabra que hay que escuchar es la palabra interior de Dios en nuestra conciencia, nuestra propia razón humana, y el mensaje central del Evangelio si hemos percibido que corresponde a las ansias de nuestro corazón. Eso debería bastar, sin que los miles de obras de los investigadores sobre los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, inabarcables para el creyente, significaran otra cosa que legítimas, siempre insuficientes aproximaciones al misterio de la revelación de Dios en la historia humana.

Ni Romanos 1, 26-27 ni los otros textos antes citados están hablando de la homosexualidad tal como hoy la entendemos. En aquellas culturas no se hablaba de homosexualidad, a pesar de que en el Antiguo Testamento algunos varones sabían que el amor de otro hombre podía ser más grande, “más delicioso que el amor de las mujeres” (2 Samuel, 1, 26). La fuerte amistad entre David y Jonatán es bien conocida.

1180134369_850215_0000000000_sumario_normal“Jonatán, hijo de Saúl, amaba mucho a David” se afirma en 1 Samuel, 19, 1. “Juró de nuevo Jonatán a David por el amor que le tenía, pues le amaba como a sí mismo”, dice otro versículo (1 Samuel 20, 17). “Se abrazaron los dos y lloraron copiosamente”, leemos en 1 Samuel, 20, 41. ¿Estamos ante relación de fuerte y leal amistad heterosexual?¿Es, como afirman otros, un amor homosexual? No hay forma de saberlo.

Tampoco aclara las cosas el hecho de que fueran padres de familia. En el mundo ha habido siempre muchos hijos de hombres y mujeres homosexuales. En todo caso, los comentarios oficiales de la Iglesia suelen apresurarse a descartar una relación íntima homosexual.

Sea como fuere, identificar las conductas de los textos citados por el catecismo católico con las conductas homosexuales actuales no parece una conclusión rigurosa científicamente hablando. Los contextos culturales son distintos. Tampoco las doctrinas de la Escritura son todas igualmente vinculantes, especialmente las que contradicen nuestra recta razón. No es razonable pensar que los relatos del Génesis, relatos de hace varios miles de años, sobre la creación del hombre por Dios como varón y hembra agotan nuestro saber antropológico y son normativos para el hombre de hoy independientemente de sus conocimientos científicos y de su recto sentir. No podemos retorcer esos textos de esa manera.

Sinceramente pienso que el concepto de revelación en el que se apoyan las actuales conclusiones doctrinales de la Iglesia en esta cuestión debe ser revisado. Porque si condenamos los actos homosexuales apoyándonos en ciertos textos bíblicos (es lo que hace el magisterio eclesiástico) sin atender a lo que nos parece razonable en nuestra reflexión y en nuestra cultura, entonces estamos aprobando también, por ejemplo, la muerte por lapidación del blasfemo y del adivino o nigromante (cf. Levítico, 24, 14; 20, 27). De la misma manera no podríamos objetar nada contra estas enseñanzas del libro del Éxodo: “A la hechicera no la dejarás con vida. Todo el que peque con bestia morirá” (Ex 22, 17-18). ¿No ha llegado la hora de aprender a leer las Escrituras y a usar las luces de nuestra razón humana y de la ciencia? Xabier Pikaza, en su libro Palabras de amor, lo expresó con acierto: “Aplicar al pie de la letra el Levítico significaría aprobar la venta de mujeres y la esclavitud”.

La conclusión se impone: hemos de basar nuestro juicio sobre la homosexualidad y los actos homosexuales en los conocimientos de las ciencias del hombre y, como cristianos, guiarnos luego también por el mensaje del Evangelio de amor al prójimo y actuar en conciencia, la última norma de la moralidad.

Habrá homosexuales que siguiendo la doctrina del catecismo intenten vivir en abstinencia sexual, pero creemos que esa doctrina de la Iglesia no es realista ni justa con ellos y que conduce al cristiano homosexual a un callejón sin salida, a una vida de contradicciones e hipocresías, cuando no a la enfermedad y la locura. Alguno pensará también que se ha equivocado de iglesia y buscará en otra parte la respuesta a sus inquietudes religiosas.

Los homosexuales y transexuales cristianos, hombres y mujeres, y, en general, toda persona que se entiende como transgénero, quieren recuperar en la Iglesia su dignidad humana, ser tratados como personas. No son más que nadie. Tampoco menos que nadie. Tenemos que saber ponernos en su lugar. Es lo que nos muestra Mt 25, 31-46. Nadie ha sabido ponerse en el lugar de los demás como Jesús en el que Dios se nos mostró con rostro humano. Jesús reconoce a los pobres y necesitados toda su dignidad personal al identificarse con ellos, al ponerse en su lugar, de tal forma que lo que hacemos a uno de ellos se lo hacemos a él. Desde el niño más indefenso al moribundo y a las personas más decrépitas y desvalidas.

Jesús no hace acepción de personas. Ese gesto del discípulo a quien Jesús amaba y de Jesús con él, al que más arriba nos referíamos, el sincero afecto entre ellos tal como vemos en el evangelio de Juan es lo más opuesto a la “homotransfobia” ambiental actual y de pureza cultual de entonces, una herencia de antiguas filosofías y religiones, algo ajeno al Nuevo Testamento si exceptuamos los residuos que hemos visto en las cartas de Pablo, que tiene influencias culturales de su tiempo a las que el Apóstol de las gentes no podía substraerse.

Pero es en esas fuentes de pureza cultual y en la cultura de desprecio social del señalado como “diferente” y de la discriminación reinante respecto a los que no se ajustan al canon de la heterosexualidad donde se ha gestado la doctrina de ese artículo del catecismo. También aquí la Iglesia debería ser sal de la tierra (Mt 5, 13), no desvirtuarse alineándose con el desprecio ambiental al diferente en una sociedad patriarcal y machista. Cada vez que un homosexual es víctima de la violencia deberíamos en la Iglesia acordarnos de esa desafortunada doctrina que nosotros mantenemos. La Iglesia se empeña en ver en los textos bíblicos más de lo que los mismos textos dicen.

En el discurso de apertura del concilio Vaticano II habló Juan XXIII de dar “un paso adelante hacia una renovación doctrinal”. Algo así necesitamos en este tema. Un valiente “paso adelante” dejando atrás un terreno en el que, al igual que ocurre con otros muchos en nuestras sociedades civiles, estamos empantanados.

En esta misma línea el teólogo jesuita James Martin, muy consciente de la homofobia que existe en la Iglesia, ha abogado también recientemente por un cambio de actitud en su libro ‘Tender un puente‘, defendiendo una postura de diálogo y apertura. James Martin sostiene que el catecismo de la Iglesia no debe intentar imponer a los cristianos homosexuales la total abstinencia sexual.

Los cristianos deberíamos leer e interpretar en un contexto amplio las sabias palabras de Pedro en Hechos 10, 28: “A mí me ha enseñado Dios a no llamar profano o impuro a ningún hombre”. Deberíamos interpretar a la luz de este pasaje otros textos culturalmente condicionados de las Escrituras, como son muchos textos de Pablo y por supuesto los del Antiguo Testamento. Más que nada porque es lo razonable, lo que nos parece justo, que es en el fondo lo que tiene que ser decisivo y normativo al orientar nuestra conducta, también la conducta sexual.

Con gran oportunidad nos ha recordado el teólogo gallego Torres Queiruga (cf. La teología después del Vaticano II. Herder, Barcelona 2013) que las normas morales concretas “no son una revelación que venga desde fuera, sino un encuentro hecho desde dentro, desde la realidad humana y con medios humanos”. No nos sirve el fundamentalismo, las interpretaciones al pie de la letra.

Este teólogo nos recuerda también que “a Moisés no le fueron escritos milagrosamente los “mandamientos” en dos tablas de piedra, sino que discurriendo con la propia cabeza, dialogando con los suyos y aprendiendo del entorno (…) fue descubriendo los que le parecían mejores patrones de conducta para bien del pueblo”.

Y es así discurriendo y dialogando, desde la misericordia del Evangelio, como hoy seguimos en la Iglesia adaptando a la realidad de nuestro mundo, – en la que hay divorciados y matrimonios rotos -, el cumplimiento de estos mandamientos, del sexto mandamiento, por ejemplo. Los matrimonios se rompen a veces, fracasan como proyecto de convivencia, y eso es una realidad. Hay que atender con misericordia y discernimiento a los divorciados que han vuelto a formar una familia. Así nos aproximamos más al estricto cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo, que quizá, como decía Freud, no podemos realizar en su plenitud, pero estamos llamados a intentarlo.

La Iglesia debe aceptar la compleja y variada realidad de la sexualidad humana y no empeñarse en hacer compatible la renuncia a la sexualidad en su seno con los escándalos, las mentiras y la hipocresía. Debe mirar a nuestro mundo tal como este se percibe. Encadenar la Iglesia de rito latino a la abstinencia sexual no tiene hoy ningún sentido. El mundo se ha emancipado y la Iglesia debe reconocer esta legítima autonomía. Recordemos las palabras del concilio Vaticano II: “Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, no han faltado algunas veces entre los propios cristianos” (GS 36).

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Quiero para terminar citar a un escritor español, cercano ya a los 90 años, que de estos temas sabe algo y que merece la pena escuchar. El 2 de febrero de 2009, refiriéndose al matrimonio homosexual, “llámese como se llame”, decía, escribió esto en el periódico El Mundo: “La homosexualidad no es una opción ni un estilo de vida, sino un dato biológico como la blancura o la negritud de la piel. No, por tanto, cosa de partidos ni de políticos, sino de la más simple equidad. A la sociedad sólo le cabe reconocerlo sin llevarse las manos a la cabeza. Dar constancia de él como testigo. Lo mismo que el sacerdote en las bodas católicas o el funcionario en las civiles. Es un derecho esencial. Lo demás sobra”.

“Un dato biológico como la blancura o la negritud de la piel”. De ese dato se deriva ese derecho del homosexual a vivir en pareja con una persona de su mismo sexo. Es la autorizada opinión del escritor Antonio Gala Velasco.

Los cristianos deberíamos limitarnos a anunciar el Evangelio y a testimoniarlo lo mejor que podamos ayudando a construir una sociedad más justa, menos violenta, dejando que otros temas, como el de la sexualidad humana, sean estudiados por las ciencias antropológicas. Es la mejor manera de avanzar.

La Iglesia tiene una inflación de clérigos y funcionarios dedicados a escribir cánones, normas y directrices doctrinales. Tenemos también un exceso de eventos eclesiales. Aturde un poco. Nos ocupamos de demasiadas cosas, como si la sociedad civil no tuviera sus funciones y obligaciones.

Ya sabemos que la Iglesia quiere bendecirlo todo y dar importancia a sus servicios. Nos olvidamos de que vivimos en un mundo secularizado, aunque el pueblo ha incorporado a sus fiestas populares una gran cantidad de costumbres y ritos de origen religioso. La comunidad política es autónoma e independiente y es allí, en la sociedad civil, donde hay que vivir la vida, no en el interior de una burbuja religiosa.

Demos nuestra opinión, pero dejemos, sin fanatismos, sin buscar partidos políticos que nos hagan de correa de transmisión de nuestras doctrinas, que esa sociedad legalice lo que crea oportuno siempre que no estén en juego los consensos constitucionales, las libertades y los derechos humanos. Si estos se pusieran en peligro de forma evidente sí habría razón para la desobediencia civil y la protesta. La religión no dirige los asuntos temporales ni el papa puede caer en la tentación de querer ser un líder político.

simboloNo deberíamos empeñarnos, hoy menos que nunca, en dar tanta doctrina sobre lo divino y sobre lo humano queriendo organizar con detalle la vida íntima de los creyentes y a veces también la de los no creyentes. A muchos la Iglesia les interesa sólo para las bodas y los funerales, y poco más. Nosotros queremos organizar a la gente las excursiones y el campamento de verano, la gimnasia médica y el taller de guitarra. Tal vez son los fieles los que confunden la parroquia con un parque de atracciones y exigen a sus sacerdotes que los distraigan. Así la mies siempre será mucha y los operarios pocos.

Renovar la Iglesia es también tirar el lastre doctrinal y organizativo que le sobra a la nave de Pedro, hacer la vida de la gente más llevadera y ligera, como es el yugo y la carga de Jesús (cf. Mt 11, 30). La Iglesia debería oír la voz del Maestro: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria”. Como siempre, también en este tiempo de renovación de la Iglesia, lo que resulta necesario es “volver a la fuente” y escuchar, como María, las palabras del Evangelio (cf. Lc 10, 41-42).

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«Renovación. El arco iris de la sexualidad», por Julio Puente López

martes, 20 de agosto de 2019
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51W09DclKLLInteresante y clarificador artículo:

La necesidad de revisar la doctrina  

 La doctrina sexual de la Iglesia resulta poco evangélica, al pie de la letra. Continencia, celibato, castidad… Doctrina; todo esto arrastra un vagón de mentiras, escándalos y dobles vidas

En mi libro, ‘Un paso adelante’, intento también mostrar la necesidad de revisar la doctrina del catecismo de la Iglesia sobre la homosexualidad. Es algo que están pidiendo muchos cristianos ¿No podría la Iglesia contribuir, con una doctrina más justa sobre las conductas homosexuales, a que estas situaciones de violencia no se dieran?

El hombre ha evolucionado en colores, no en blanco y negro. ¿Tan difícil es aceptar la riqueza de la creación de Dios? ¿Tan difícil es comprender que la creación se realiza, desde el punto de vista de la ciencia, como evolución?

El a. 2357 del catecismo de la Iglesia, además de ir en contra de las ciencias antropológicas y de una ética sexual que no haga de la Biblia lecturas fundamentalistas va en contra del espíritu misericordioso de Jesús y está causando estragos

Resulta obligado seguir combatiendo la discriminación en razón de la orientación afectiva y sexual a pesar de los comportamientos poco cívicos que algunos activistas puedan a veces tener, como resulta obligado seguir combatiendo el antisemitismo aunque algunos miembros del pueblo judío no tengan o no hayan tenido siempre una conducta ejemplar.

Recientemente Xabier Pikaza tuvo la amabilidad de publicar en su blog algunas reflexiones de mi libro Un paso adelante. Cien años con Ebner. Cristianismo, cultura y deseo, ahora ya disponible en una segunda edición revisada. Expreso en este libro mi deseo, y el de muchos cristianos, de que la Iglesia dé un valiente paso adelante y se renueve inspirándose de nuevo en su fuente, el Evangelio.

Intento también mostrar la necesidad de revisar la doctrina del catecismo de la Iglesia sobre la homosexualidad. Es algo que están pidiendo muchos cristianos. Últimamente en RD hemos leído, en este sentido, la carta abierta de un jesuita al papa Francisco.

Siguiendo con aquellas reflexiones ofrezco a los lectores, para un debate comunitario desde el respeto a las personas que no opinen lo mismo, algunos párrafos más de mi libro ligeramente adaptados para RD, con la mejor intención de contribuir a encontrar la verdad en una cuestión que tanto sufrimiento y desazón sigue causando en la Iglesia y en la sociedad civil.

“Mirad cómo le quería” (Jn 11, 36)

La profesora Adela Cortina ha señalado que las personas adquieren su autoestima a través del respeto que los demás les demuestran. Así es. Es importante respetar y sentirse respetado. Desgraciadamente no todos reciben por igual ese respeto. Hay en la sociedad aversión, desprecio y rechazo a muchos colectivos, como son los emigrantes, los negros, los homosexuales, los mendigos, y también las mujeres, por el machismo imperante. Eso es signo de falta de humanidad y tiene poco de cristiano. ¿Acaso es impensable una mujer homosexual de color al frente de la comunidad cristiana? Debería ser pensable y hasta deseable por el fuerte mensaje de respeto e igualdad que enviaría al mundo. Así fue con el presidente Obama y su esposa Michelle en los Estados Unidos.

Hemos olvidado que el Evangelio contiene suficientes datos como para que todos se vean reflejados en él sin que unos se crean mejores que los otros en la Iglesia o traten de imponer sus modos de vida. ¿Por qué un varón heterosexual con una fuerte atracción por las mujeres puede ser sacerdote y, en cambio, un varón con una fuerte atracción homosexual no puede serlo? ¿Son las mujeres menos atractivas que los hombres siendo así más fácil para el heterosexual observar la continencia? Si no se debe a una artimaña para que nadie sospeche lo que se esconde en el armario, eso sólo puede entenderse desde un prejuicio respecto a la condición homosexual. Un prejuicio que conlleva discriminación y homofobia. Se ve en la tendencia homosexual un desorden objetivo. Ese es el prejuicio sin base científica alguna. Y si ese prejuicio lleva al rechazo y al odio, ¿no deberíamos recordar las palabras del Evangelio que nos dicen que “quien odia a su hermano está en las tinieblas”? (Jn 2, 11).

Colaborar a que se extienda el rechazo al homosexual no es de buenos cristianos. Hay doctrinas que no tienen una base sólida y actitudes que no están justificadas. ¿Acaso vamos a censurar que Jesús tuviera entre sus seguidores un “discípulo amado” que con confianza en la última cena se apoyó en su pecho al hacerle una pregunta? (cf. Jn 13, 25). Hay que comprender el alcance de este gesto. Se trata de un signo de afecto y de ternura a la vez. Una muestra de esa delicadeza de trato y cercanía corporal con la que generalmente el varón heterosexual de nuestros días no quiere identificarse, no sea que lo confundan con otro tipo de hombre al que él desprecia.

No era un gesto sin importancia. Si así fuera no habría sido mencionado de nuevo ese gesto en el evangelio de Juan al hablar del discípulo que seguía a Pedro y a los demás (cf. Jn 21, 20). A Jesús no le importó tampoco al llorar por su amigo Lázaro que dijeran: “¡Mirad cuánto le quería! (Jn 11, 36). Jesús no rehuía el contacto corporal: los saludos, el lavatorio de los pies a los discípulos, los besos de cortesía o los abrazos (Lc 22, 48). Recordemos la escena con María Magdalena (Jn 20, 17), la unción en Betania (Jn 12, 1-8) y la escena con el fariseo Simón y la pecadora que cubría de besos los pies de Jesús (Lc 7, 36-50). Le interesaba el afecto de sus seguidores: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” “Señor, sí, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 15). ¿Hemos tomado nota de las implicaciones de esos textos? Porque hoy en la Iglesia son todavía muchos los que señalando a otros dicen: “¿Y este qué?” Jesús les respondería como entonces a Pedro: “¿Y a ti qué? Tú, sígueme” (Jn 21, 22).

Así es el Evangelio. Y ¿qué prescribe la Iglesia? ¿Qué enseñó el Vaticano II? Para los presbíteros de rito latino “la perfecta y perpetua continencia”, “la virginidad o celibato guardado por amor del reino de los cielos” (Presbyterorum Ordinis, 16). ¿Qué se les enseña en sus años de formación frente al matrimonio? “La excelencia mayor de la virginidad consagrada a Cristo” (Optatam totius, 10). Y la castidad por el amor del reino de los cielos para los religiosos y religiosas, que no deben dejarse conmover “por las falsas doctrinas que presentan la castidad perfecta como imposible o dañosa para la plenitud humana” (Perfectae caritatis, 12). Esa es la doctrina. Esas son las normas.

Pero luego tenemos noticias de mentiras, escándalos y doble vida. La conducta humana es, a veces, como una manzana que está más podrida de lo que la piel permite ver. ¿Logrará el Sínodo de los obispos para la Amazonía abrir nuevos caminos y hacer de la Iglesia una sociedad más auténtica, razonable y dinámica?

El documento de trabajo para el Sínodo, que ya ha sido aprobado, afirma que “el amor vivido en cualquier religión agrada a Dios” (a. 39). No hay que creer que se tiene en exclusiva el don de la salvación. De un modo similar podemos afirmar que “el amor vivido desde cualquier condición u orientación sexual agrada a Dios”. Amor, que no es egoísmo posesivo, explotación o dominación.

magdalena-jesus-640x480En su conocida obra Jesús. Aproximación histórica, J. A. Pagola no se detiene a hablar del discípulo amado, pero afirma que Jesús seguramente correspondió “con ternura al cariño especial de María de Magdala”. Al final del segundo capítulo leemos esta frase: “Jesús conoció la ternura, experimentó el cariño y la amistad, amó a los niños y defendió a las mujeres”. Pero al explicar que Jesús no tuvo esposa ni hijos habla de “la renuncia de Jesús al amor sexual”, aunque se dejó “abrazar por prostitutas que van entrando en la dinámica del reino”. Y probablemente, dice también Pagola, se burlaron de él llamándole “eunuco”.

Pero los eunucos sí tenían vida sexual, aunque no se casaran. Y hablar de la renuncia de Jesús a la vida sexual, o al amor sexual, es ir más allá de los datos del Evangelio. Es algo que ni se puede afirmar ni se puede negar.

Tampoco podemos precisar el sentimiento de amor de Jesús, “amor frustrado de Jesús” como dice Xabier Pikaza, en Mc 10, 21: “Jesús, mirándolo, lo amó”. “Esta es la única vez en que Marcos utiliza el verbo amar en un sentido fuerte, para referirse a un encuentro entre dos seres humanos, en clave de relaciones interpersonales”, precisa Xabier Pikaza en su Evangelio de Marcos. Y en el tema de los que se han hecho eunucos por el reino de los cielos es interesante el comentario que hace en su Evangelio de Mateo. Según Pikaza Mt 19, 12 situaría “a los seguidores de Jesús en el espacio de los marginados sexuales, por razón biológica o social”, en la línea insinuada por Mt 8, 5-13.

Es un dato, en cambio, muy claro que hubo mujeres que seguían a Jesús, discípulas y amigas como Marta y María, María Magdalena, la que según relatos apócrifos lo amó de modo especial, y otras como María, la madre de Santiago y Joset, María de Cleofás, Salomé, Juana, Susana y otras muchas que, como nos dice el evangelio de Lucas 8, 3, servían a Jesús y a los doce apóstoles con sus bienes.

Nadie se va a atrever a reprochar a Jesús que, en cierto modo, formara con sus discípulos una familia itinerante, fraterna que no corresponde al modelo de familia de Adán y Eva, de esposo y esposa, al modelo de familia patriarcal (cf. Mt 12, 46-50). “Jesús los ve a todos como una familia”, dice Pagola. Son los primeros miembros de una familia nueva, la familia mesiánica de los que cumplen la voluntad de Dios (cf. Mc 3, 35).

Jesús defendió a la mujer frente al modelo patriarcal imperante en aquel pasaje de Mateo 19, 1-9. Además habló de quienes no encajan en ese modelo en Mt 19, 10-12, como se ha recordado antes. Y tenemos ahí una base evangélica para, de modo análogo, alargar la lista de otros modelos de vida y de familia, como los que representan tantas minorías discriminadas.

Desde la sociedad civil se aceptan distintos tipos de comunidades de hombres y de mujeres sin aspaviento alguno, comunidades religiosas en muchos casos, o de dos miembros, como es el caso de muchas casas parroquiales, con el párroco y su asistenta, o de muchos miembros como es el caso de monasterios y conventos. No tiene sentido especular sobre la vida íntima de esas personas. ¿Por qué se atreve a hacerlo la Iglesia y su jerarquía respecto a las parejas homosexuales?

No parece que la vida sexual de la gente sea un asunto de la competencia de la Iglesia. Mucho menos dar en este campo doctrina concreta. Bastaría con ofrecer grandes líneas orientadoras dentro de lo que es el anuncio de la palabra de Jesús y el mandamiento del amor.

Marcar pautas y normas en la vida sexual de las personas no es una exigencia del mensaje evangélico. Sí lo es el amor y la misericordia (cf. Mc 12, 28-34; Lc 6, 36-38; 10, 29- 37) “Vete y haz tú lo mismo”, le dice Jesús al letrado. Nosotros, en cambio, en lugar de dedicarnos a curar heridas y ser buenos samaritanos, creamos Congregaciones doctrinales y elaboramos voluminosos catecismos que le dicen a la gente lo que tiene que creer y cómo tiene que vivir.

Ante el desprecio que sufre el homosexual en nuestras sociedades vendría bien representarnos una escena del Evangelio que todos conocemos: “Los hombres que le mantenían preso se burlaban de él y lo maltrataban; cubriéndole con un velo le preguntaban: “¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?” Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas” (Lc 22, 63-65). Como a tantos niños y jóvenes en nuestros colegios que sufren el acoso de sus compañeros, con la colaboración cobarde, a veces, de sus profesores.

agresion_trans_metro_paris_leftComo a Julia, transexual, que el 31 de marzo de 2019 en París fue insultada, humillada, golpeada por tres hombres, al intentar acceder al metro, mientras una turba los jaleaba. No, Julia, transexual, no era nombrada en la Biblia, en el Génesis, pero es imagen de Dios con la misma dignidad que cualquier otro ser humano. Como lo es Cora, esa niña “trans” de la que nos habló El País Semanal, en un estupendo reportaje de Gabo Caruso, el domingo 28 de julio de 2019.

¿No debe enseñarse en nuestras escuelas esa realidad y esa igual dignidad de todas las personas? ¿No serviría para disminuir el acoso entre los jóvenes escolares y la violencia entre los adultos? Apliquemos también aquí las palabras del Evangelio: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. La cobardía, la ignorancia y el machismo se ceban con quien anhela simplemente vivir libre y feliz.

La Iglesia y la homofobia

“Los católicos LGBTI constituyen hoy, probablemente, el grupo más marginado en la Iglesia” (James Martin, SJ, Tender un puente)

Da la impresión de que la Iglesia es todavía partidaria de aquella respetabilidad homófila tan en boga en los años anteriores al concilio Vaticano II. El homosexual debía vivir confundido con la sociedad mayoritariamente heterosexual sin que nadie pudiera señalarlo y ni siquiera sospechar cuál era su verdadera condición sexual. ¿Es así como quieren vivir muchos grupos de homosexuales cristianos? ¿Hay vida más triste que la del que tiene como principal preocupación en su vida laboral y social la ocultación de la propia orientación sexual?

Quizá no se puede pedir a un judío que salga del armario cuando vive en una comunidad nazi. Aunque tampoco es mucho más rica la vida, por ejemplo, del varón heterosexual que siente antipatía hacia los homosexuales y está preocupado por diferenciarse de ellos, por saber quiénes sienten la atracción sexual de un modo diferente para no mezclarse con ellos. Esa obsesión, esa preocupación ¿no es también un tipo de armario en el que uno está encerrado? Algunos se sienten ofendidos, y hasta reaccionan de forma injustificadamente violenta, si los gais se fijan en ellos. La persona heterosexual es más libre y feliz cuando eso ni le preocupa ni le ofende.

¿No podría la Iglesia contribuir, con una doctrina más justa sobre las conductas homosexuales, a que estas situaciones de violencia no se dieran? Es verdad que, a pesar de que las agresiones siguen existiendo, no hay un clima de violencia, pero a algunas personas heterosexuales les es difícil relacionarse con personas homosexuales desde la igualdad y el respeto. Frecuentemente lo hacen desde la condescendencia y el paternalismo. Es la actitud muchas veces también del hombre machista en su relación con la mujer, aunque no haya violencia. No es una actitud muy cristiana.

Tampoco la persona homosexual debe reaccionar sintiéndose moralmente superior a nadie o con conductas agresivas y violentas. Hay homosexuales llenos de fanatismo político y con escasa educación democrática que ignoran que el rechazo al diferente y las políticas injustas no se pueden combatir con matonismo y sed de venganza. Se dejan ver, a veces, en las manifestaciones reivindicativas de los colectivos LGTBI y avergüenzan con sus desmanes y falta de civismo a otros compañeros de lucha que no comparten sus métodos violentos.

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Es un deber democrático trabajar para que a los homosexuales les sean reconocidos sus derechos, sin permitir que los partidos políticos instrumentalicen su causa, denunciando las políticas que atentan contra la libertad y la diversidad sexual tanto en los partidos de derecha como en los partidos de izquierda. También hay que desenmascarar las doctrinas que descalifican moralmente la vida de estas minorías basándose en prejuicios de tipo religioso.

Vivimos en una sociedad, y no solamente en España y en Latinoamérica, ni mucho menos, en la que todo gira en torno a una larvada o explícita homofobia, y en torno a demostrar que uno no es homosexual. El varón se ve continuamente obligado a demostrar que es muy “macho”. Y esto a pesar de que se ha avanzado en el reconocimiento y respeto de todas las formas de vida y de los derechos de todos.

manif-pour-tous-936x520¿No significó el movimiento francés de la Manif pour tous (Manifestación para todos) del otoño de 2013, en contra del matrimonio homosexual, que la homofobia y el poder patriarcal seguían siendo dominantes en Europa? La derecha extrema se unía a la derecha católica y hacían así visible la dimensión política de la denuncia de la supuesta “teoría del género”. Lo explica bien Réjane Sénac en ¿Qué es el género? (L. Laufer y F. Rochefort, (dirs.), Barcelona, 2016). Los católicos franceses de izquierdas sí que apoyaron los estudios de género y el matrimonio homosexual. Recordemos el artículo publicado por Témoignage chrétien con el título Mariage pour tous, un progres humain en diciembre de 2012.

Una vez más constatamos que impera el prejuicio y la ignorancia y de ello se aprovechan partidos e iglesias para sus fines propios. Vemos así la necesidad de una buena educación afectiva y sexual en una sociedad plural. Agitar el fantasma del peligro de la confusión de los sexos no es más que una forma de impedir el avance de los movimientos igualitarios. ¿Cómo puede la Iglesia apoyar estas campañas mendaces?

Ese viejo fantasma ya apareció en la Revolución francesa. Las mujeres fueron excluidas cuando algunos se alarmaron pensando que la amistad pudiera reemplazar al amor. Y es en Francia donde la oposición al concepto y a la palabra “gender” que vino de los Estados Unidos es más fuerte, ya desde los años del papa Benedicto XVI.

Los que se oponen al matrimonio homosexual han elegido los estudios de género como blanco de sus ataques.

matrimoniogay1Son campañas mendaces porque los estudios de género no niegan la diferencia entre los sexos, no niegan el sexo biológico. “No se trata de negar una diferencia (de negar el sexo biológico, como dan a entender los detractores), sino de comprender cómo esta diferencia – solo una entre todas las que hacen de la persona un ser único – ha llegado a estar social y culturalmente sobredeterminada” (¿Qué es el género? L. Laufer y F. Rochefort (dirs.) Barcelona, 2016, p. 10).

Estos estudios simplemente muestran cómo muchas desigualdades y discriminaciones entre los sexos tienen una explicación histórica y cultural. El Génesis habla de que Dios los creó varón y mujer. Así lo veía el autor del relato. Eso vemos y creemos hoy también, que hay hombres y mujeres. Pero sabemos que no todos aman de la misma manera. Y vemos también a otras personas, seres humanos bien reales.

Pues también creó Dios a los transexuales y a los hermafroditas, a toda persona transgénero, a la rica variedad de seres humanos cualquiera que sea su determinación sexual y de género, aunque no vengan nombrados expresamente en el Génesis, que no es un libro científico, de biología o de antropología. Y Dios creó a los eunucos, que sí aparecen en la Biblia (cf. Is 56, 3-7; Hch 8, 26-40), aunque no son exactamente como Adán (cf. Gn 1, 28). El hombre ha evolucionado en colores, no en blanco y negro. ¿Tan difícil es aceptar la riqueza de la creación de Dios? ¿Tan difícil es comprender que la creación se realiza, desde el punto de vista de la ciencia, como evolución?

Hay personas que confunden la Biblia con una Enciclopedia del saber o con un libro sagrado escrito por el Padre eterno en sus moradas celestiales. Así creen que Satanás es una persona y el infierno un lugar de condena eterna lleno de fuego porque así han entendido el Nuevo Testamento, o porque lo repite el papa, como si Jesús pudiera haber sido hombre verdadero sin nacer dentro de un pueblo y de una cultura, y como si los libros de la Biblia hubieran sido escritos fuera de una época histórica concreta que tenía su propia visión del hombre y del mundo. Por eso son tan importantes los estudios bíblicos, para entender aquellas culturas, aquellos pueblos que se dieron cuenta de que Dios les hablaba e intervenía en su historia con una promesa y una elección, aunque elegidos pueden sentirse todos los pueblos. Y así hasta llegar a la palabra y la vida de Jesús de Nazaret y su vida, en el que los que creemos en el Evangelio hemos visto que culminaba esa historia de la salvación.

La fe que no es razonable sirve de poco. Lo razonable es investigar, dialogar, debatir, juzgar por nosotros mismos, algo muy razonable y que también recomienda el Nuevo testamento (Lc 12, 56-57), y no creer simplemente lo que nos enseñan los demás. Algunos cristianos han entendido literalmente eso de ser ovejas de un rebaño. Pero ya sabemos en qué totalitarismos políticos o religiosos se ven abocadas las masas con apetito de organización y devoción a un líder. Lo explicó bien Hannah Arendt. Los líderes religiosos y las iglesias tienen sus propios intereses, que a menudo no coinciden con la búsqueda de la verdad y el bien común de la humanidad.

22576426684El Génesis tampoco dice que la condición de la mujer esté marcada por las famosas tres palabras que en alemán empiezan por K: Küche, Kinder, Kirche (cocina, niños, iglesia) y que sus actividades deban limitarse a eso ámbitos, o que por el mismo trabajo debe haber una diferencia salarial entre el hombre y la mujer. Eso son condicionamientos culturales, políticos y económicos. Lo ha explicado bien Bernardo Pérez Andreo en su artículo en RD, El sexo débil. El machismo como verdadera ideología de género, publicado el 24 de mayo de 2019.

Resulta evidente que en los ataques político-religiosos a estos estudios de género hay poca serenidad e imparcialidad. Muestran, eso sí, tintes inquietantes de “antiintelectualismo, antifeminismo y homofobia”. Inquietante es también, por ejemplo, que, unidos por la homofobia y el antisemitismo, la extrema derecha francesa y el radicalismo islámico hagan, a veces, causa común.

¿Qué hacer desde la comunidad cristiana? Se impone un diálogo social para evitar la injusticia que sufren estas personas. Todos los ciudadanos, cualquiera que sea su sexo o condición sexual, han de disfrutar de los mismos derechos. Resulta escandaloso que seamos nosotros los cristianos, los que, arrojando con nuestras doctrinas oficiales una sombra de “desorden” y de “falta de moralidad” sobre la conducta sexual y afectiva de estas personas, colaboremos directa o indirectamente a su marginación y exclusión social.

Una Iglesia que contribuye con su doctrina sobre la homosexualidad a la exclusión social de muchos hombres y de muchas mujeres se ha alejado del Evangelio. ¿Es esa doctrina la llave con la que se quiere tener protegido y bien cerrado el propio “armario”? ¿Sucede así por haber politizado lo religioso, por mezclar, una vez, la causa del Evangelio que es la causa del hombre necesitado, con la causa del poder, de los intereses políticos? ¿No le basta a la Iglesia con anunciar y testimoniar el Evangelio y cae en la tentación de disputar espacios de poder en la sociedad a través de la escuela?

No es de extrañar que muchos homosexuales cristianos opten por trabajar por el reino de Dios, por una sociedad más justa, fuera de las estructuras visibles de la Iglesia cuando esta no acaba de reconocer la bondad intrínseca de la condición afectiva y sexual con la que nacieron, y que “todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”, de tal manera que “ya no hay judío ni griego… ni hombre ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 26-28). ¿No dijo Jesús que hay eunucos que salieron así del vientre de su madre? (cf. Mt 19, 12) Lo mismo podemos decir de las personas que no encajan en el modelo patriarcal heterosexual. No deberían sufrir rechazo ni discriminación por su condición sexual.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. Sigue siendo verdad que el negativismo sexual, el puritanismo, es intrínseco a las formas organizativas de las distintas religiones. Sus líderes lo han usado para ejercer el control de las conciencias de los fieles y dirigirlos hacia ese tipo de religiosidad, enemiga del sexo, que ellos controlan. Pocas cosas son más urgentes. Hay que rechazar esta visión negativa de la sexualidad y las formas de vida que ha inspirado, a veces tan llenas de ocultamientos y contradicciones. Después de la publicación del libro Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano (2019), del periodista Frédéric Martel, ese rechazo debería llegar más tarde o más temprano.

Los creyentes no pueden seguir ignorando la realidad de lo que sucede. Tendrán que cambiar su forma de entender la religión, y valorar, si es su gusto, los tapices de flores del Corpus Christi, pero mucho más, al paso de Jesús, el tapiz de amor al prójimo, “un tapis triomphal avec ta charité”, como dice el poema Le rebelle de Baudelaire, que a más de un lector le ha hecho entender mejor el cristianismo. Pero nos es más cómodo entretenernos con filigranas florales que ocuparnos del pobre, del deforme, del marginado y del excluido de los bienes materiales y espirituales.

Es la atención a las injusticias de nuestro mundo, el mensaje de amor, de esperanza y de salvación del Evangelio, lo que debe preocuparnos en la Iglesia. Ha llegado el momento de dejar de dar pautas de conducta sexual, de dejar de estigmatizar las distintas formas que tenemos los humanos de relacionarnos sexual y afectivamente. No se predica el amor fomentando la homofobia, el odio al diferente. Es hora de abrir armarios, arcones, puertas y ventanas, porque el aire de la Iglesia se ha hecho irrespirable.

La doctrina sexual de la Iglesia y su política de ocultamiento y encubrimiento han tenido ya demasiadas víctimas. No se puede seguir desorientando y mintiendo a la gente como se ha hecho hasta ahora. La Iglesia no puede arrogarse esa autoridad en estas materias. Durante muchos años los mismos científicos y profesionales, médicos y psicólogos, se han limitado a legitimar lo que decían las iglesias. Tal era el poder de las mismas sobre sus conciencias. Si la orientación del deseo homosexual no era aceptable en una confesión religiosa siempre había psicólogos o médicos próximos a la misma dispuestos a afirmar que se trataba de una desviación o perversión. A través de grupos de cristianos de mentalidad muy conservadora esa situación se da todavía hoy.

Necesitamos recuperar el espíritu del Evangelio. Y ya sabemos que Jesús puso la solidaridad con el hombre necesitado, con el que él se identifica, como principio rector de nuestra vida. Tenemos que volver al mensaje evangélico y recordar sus palabras y sus gestos si queremos emprender con decisión el camino de renovación de la Iglesia.

juan_jesus¿Por qué una actitud como la que refleja el texto del evangelio de Juan 13, 21-30 antes comentado resulta tan comprometedora para algunos? ¿Por qué hay traducciones que han evitado explicitar la postura del discípulo sobre el cuerpo de Jesús tal como indica el versículo 13, 23? “Uno de los discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús”, traduce alguna edición de la Biblia de Jerusalén. Pero si el griego dice anakeimenos en tō kolpō Iēsou, debería traducirse “estaba recostado sobre el pecho de Jesús”, como señala Hugo Cáceres Guinet (cf. Jesús el varón, Verbo Divino, 2011). Y sigue luego el v. 25 diciendo: “Entonces, apoyándose sobre el pecho de Jesús, le dijo: “Señor ¿quién es?”

Cáceres Guinet afirma que “hay una tendencia a privar de sensualidad este momento a fin de guardar la compostura socialmente aceptable para el lector contemporáneo, privando al texto del aspecto afectivo que el autor ha querido dar a la escena”. Quizá por guardar esa “compostura socialmente aceptable” algunos autores no hablan apenas del discípulo amado.

Ciertamente los textos canónicos no nos dicen mucho sobre la sexualidad de Jesús. Y no sería poco que sacáramos todas las consecuencias del dogma de fe que nos dice que era hombre verdadero. Pero este gesto que implica la aceptación del afecto mutuo entre Jesús y su discípulo que nos presenta el evangelio de Juan debería bastar para eliminar del catecismo de la Iglesia el a. 2357, que además de ir en contra de las ciencias antropológicas y de una ética sexual que no haga de la Biblia lecturas fundamentalistas va en contra del espíritu misericordioso de Jesús y está causando estragos.

Fuente Religión Digital

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Monseñor Agrelo: «Emigrantes dejados como plástico a la deriva por nuestra indiferencia»

lunes, 19 de agosto de 2019
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«Los vemos como un incordio a las puertas de nuestra abundancia, pero son voceros de Dios»

«Los emigrantes son una alarma activada por el amor de Dios en nuestro mundo de frivolidades»

«Son una llamada a la conciencia de los distraídos por si todavía queremos darnos una oportunidad de salvación»

Emigrantes_2043105693_12053359_667x375Crucificados como Jeremías, como Jesús, los emigrantes, siempre los pobres: Empujados a la muerte por la miseria; abandonados a su suerte por nuestro egoísmo; dejados como plástico a la deriva por nuestra indiferencia.

Sus vidas son un grito: “Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.

Jeremías, Jesús, los emigrantes, los pobres: nosotros los vemos como un incordio a las puertas de nuestra abundancia, pero son voceros de Dios, son sus profetas, una alarma activada por el amor de Dios en nuestro mundo de frivolidades, una llamada a la conciencia de los distraídos por si todavía queremos darnos una oportunidad de salvación.

Emigrantes-patera_2144195596_13805701_667x375Todos tenemos nuestras buenas razones para el abandono de los pobres al frío de la muerte, pero son las mismas buenas razones con las que dejo a Dios fuera de mi vida, fuera de mi rosario –perverso- y de mi eucaristía –escandalosa- y de mi corazón –petrificado-…

La Iglesia que hoy celebra la Eucaristía sabe que pertenece a Cristo, y hace suya la palabra de Cristo y comulga con su Señor.

Tú sabes que eres un solo cuerpo con Cristo; sabes que tu destino es el de los pobres, el de los profetas, el de Cristo.

Bautizada, olvidada, desechada, crucificada, estás llamada a ser siempre presencia viva de Cristo pobre entre los pobres, pobre tú también y enviada a los pobres como evangelio de salvación.

Habrás de desear ese bautismo por el que pasó Jesús; habrás de desearlo como lo deseó Jesús, habrás de desear con todo el corazón verte entregada con él, seguirlo a él abrazada a tu cruz…

Emigrantes-muertos_2144495545_13806700_667x375Ese bautismo, esa comunión con Cristo Jesús en su entrega de amor hasta la muerte, es la chispa que encenderá el fuego que él vino a prender en el mundo. Por esa puerta de la entrega amorosa entrará el Espíritu de Jesús que hará posible un mundo nuevo, un mundo hijos de Dios, el reino de Dios, un mundo en el que los pobres podrán decir con verdad –lo podrán decir a una con Jesús-: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies… aseguró mis pasos… El Señor se cuida de mí”.

Feliz domingo, Iglesia de Cristo. Feliz bautismo en la muerte de Cristo. Feliz comunión con Cristo resucitado.

Fuente Religión Digital

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“Sin fuego no es posible”. 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-53)

domingo, 18 de agosto de 2019
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20-TO-C-390x247En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: «Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De que está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exégetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del «fuego» nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de «lo correcto».

Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No podemos defendernos de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los discípulos de Emaús lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

José Antonio Pagola

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«No he venido a traer paz, sino división.». Domingo 16 de agosto de 2019. 20º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 18 de agosto de 2019
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45-ordinarioC20 cerezoLeído en Koinonia:

Jeremías 38, 4-6. 8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país.
Salmo responsorial: 39:Señor, date prisa en socorrerme.
Hebreos 12, 1-4: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos.
Lucas 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.

Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra. Leer más…

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18.08.2019 Dom 20 Tiempo ordinario C. «He venido a prender fuego: La familia de Jesús»

domingo, 18 de agosto de 2019
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Nota-6-pentecost20Del blog de Xabier Pikaza:

 Una alternativa de Iglesia y Familia

Domingo 20. Tiempo ordinario. Ciclo c. Lucas 12, 49-53.  Del plano económico de los domingos anteriores, el Evangelio de Lucas al plano social,  ofreciendo una dura (y bellísima) terapia de familia: ha venido a prender fuego, con la espada afilada que corta como bisturí, para operar, con dolor (¡toda operación duele!) y curar con amor,rompiendo las cadenas que tienen presa a la familia.

He tratado del tema en la Historia de Jesús (VD, Estella 2012) y de un modo especial en La Familia en la Biblia (VD, Estella 2015). Es un tema fuerte, un tema esencial del evangelio:

    Estamos rompiendo la familia humana, corremos el riesgo de enterrar el evangelio y destruir la humanidad. Si no creamos una verdadera familia humana, en solidaridad, en esperanza, en comunión de palabra no sólo destruimos a los otros, a quienes no acogemos, sino que nos destruimos a nosotros mismos.

Un movimiento mesiánico

Jesús inició un movimiento de paz, desde los más pobres, superando la lógica de enfrentamiento que regulaba la vida de familias y grupos de su tiempo, en Galilea. Fue una revolución desde abajo, desde aquellos que vivían en el margen de la sociedad establecida, un movimiento de seguidores y amigos, integrado básicamente por personas que habían sido expulsadas del nuevo (des-)orden social que se estaba imponiendo en Galilea, a causa de la trasformación económica y política vinculada al Imperio Romano.

Apoyándose en antiguas tradiciones (como la ley del jubileo: Lev 25) e invirtiendo el modelo dominante de política y economía importada de Roma, partiendo de su fe en Dios/Abba, Jesús no quiso formar grupos de dominio (para así imponer su proyecto en Galilea), sino de creatividad religiosa y de comunicación humana desde los más pobres. Por eso empezó “curando” a los enfermos y haciéndose prójimo de los posesos e impuros a quienes invitaba a formar parte de su nueva familia social (eclesial), entendida a modo de comunión de personas unidas desde el mensaje y camino de Reino. Por eso invitó de un modo especial a los pobres, haciéndoles iniciadores de su proyecto de familia pacificada de hermanos (hijos) de Dios.

Una guerra de familia.

69346985_10157552271508735_7182012641282359296_nEl movimiento de paz de Jesús no empezó con grandes reformas económicas y/o políticas, en sentido global, sino con la creación de grupos familiares pacificados, abiertos desde los pobres (itinerantes) hacia todos los hombres y mujeres, intensificando la comunicación personal. No anunció una paz sólo futura, ni quiso que sus pobres arrebataran la hacienda de los ricos, sino que ellos mismos (los pobres) empezaran a superar el sistema de propiedad particular (violenta), pero no matando o despojando de sus bienes a los ricos, sino ofreciéndoles salud y curación (paz), precisamente a partir de los mismos pobres a quienes ellos habían expulsado y arrebatado los bienes.

Lógicamente, por querer y buscar esa paz (y por hacerlo como lo hacía) tuvo que enfrentarse a los violentos del sistema dominante. El imperio romano, que dominaba en Galilea, se había formado como un “asunto de familia”, una jerarquía descendente, a partir de los niveles superiores, de manera que el gran orden de la sociedad reproducía un modelo de buena familia patronal (¡cosa nostra!), donde los más altos “beneficiaban” a los bajos (y los bajos se apoyaban a los altos, como clientes de un sistema patronal). El Imperio era un sistema de violencia controlada, de manera que su paz era el resultado de la imposición de unos sobre otros. Lógicamente, Dios era el Orden, el Valor de los valiosos, el sistema.

En contra de eso, Jesús quiso crear unas agrupaciones de familias no patriarcalistas, donde hubiera espacio para todos, desde los más pobres. Para eso tuvo que oponerse a los esquemas de familia tradicional, pues era una familia impositiva, centrada en el valor superior de los “patriarcas” (padres de familia, varones), dejando a los demás miembros de la familia en un lugar inferior y expulsando a los huérfanos-viudas-extranjeros (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22), víctimas de un tipo de vida y economía mercantil. Para superar la violencia de la familia establecida (que, por otra parte, era incapaz de mantenerse en la nueva situación), Jesús tuvo que crear un nuevo tipo de familia más extensa, no patriarcalista, donde cupieran todos, no sólo los de dentro, sino los del entorno social, desde los más pobres. Ésta fue su revolución, esta su “guerra”, más difícil y dura que las guerras de Julio César o Augusto.

EuropaPress_2212448_Patera_que_llegó_a_Arguineguín_el_sábado_15_de_junio-1024x549Lógicamente, al buscar lo que buscaba, una familia abierta a todos, para crear lo que él quería crear (grupos de Reino), no pudo empezar reforzando las instituciones existentes (¡más familia patriarcal, más orden, más ley, más templo!), sino que comenzó “creando familia” desde los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, desde aquellos que estaban siendo rechazados por la buena sociedad establecida. No tuvo más remedio que oponerse a un tipo de familia dominante, de carácter jerárquico-impositivo, porque ella iba en contra de su opción de Reino y porque funcionaba con modelos de imposición jerárquica, expulsando a los más pobres (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). Lógicamente, tuvo que decir a sus discípulos que “aborrecieran” a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 14, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3).

Texto

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53; cf. Mt 10, 34-36)

Cuando dijo a sus seguidores que debían “aborrecer” a sus familiares (Lc 14, 26), Jesús no quiso negar o criticar unos “lazos de sangre”, de tipo biológico y social, para impulsar un tipo de comunión espiritualista, sin vínculos de tipo “carnal” (como parece querer ya el Evangelio apócrifo de Tomás), sino que rechazó un modelo de familia exclusivista, para crear otro modelo de familia, pero muy concreta (muy de carne y sangre, de amistad y comunión), pero no exclusivista; una familia donde importan los hombres y mujeres, cada uno de ellos y todos en relación concreta, sin imposiciones ni exclusiones, una familia donde cupieran los expulsados de las otras “tribus” y malas familias de su tiempo. Fue una revolución como nunca se ha dado.

La terapia de Jesús: Fuego, bautismo, espada

hqdefaultPara explicar esta huelga total de familia, el Evangelio de Lucas pone en boca de Jesús tres palabras simbólicas de una importancia enorme. Cada una de ellas marca una ruptura, las tres juntas evocan “la ruptura” esencial de Jesús, que así puede presentarse como impulsor de un nuevo Adán/Eva donde caben todos. Para ello recoge explosivas, que pueden aparecer separadas en otro contexto de la tradición evangélica, pero que aquí se unen para indicar la importancia de la “lucha” de familia: fuego, agua, división (espada). Más fuerte no podía haberse dicho.

  1. Fuego. «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». El tema del fuego mesiánico (del Dios/Fuego) ha sido ya aplicado a Jesús por Juan Bautista, cuando anuncia la llegada de uno más fuerte, que no bautiza en agua, sino con Espíritu Santo y Fuego (cf. Lc 3, 16; Mt 3, 10). El fuego es el poder del juicio de Dios, que purifica o destruye (para recrear). Estamos ante el tema Jesús/Fuego, elaborado en especial por la tradición casi gnóstica del Evangelio de Tomas, que recoge este pasaje de Lucas, vinculando fuego y bautismo (EvTh 16), pero que añade otros impresionantes: «He arrojado fuego sobre el mundo y he aquí que lo estoy vigilando hasta que arda en llamas» (Ev Th 10) «Jesús ha dicho: Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino» (Ev Th 82). Jesús es un fuego espiritual, sin duda, como indica el Evangelio de Tomas (apócrifo). Pero Tomás corre el riesgo de entender ese fuego en línea sólo intimista, como una llama que arde en el corazón de cada hombre o mujer que hace el camino de la santidad. Pues bien, conforme al evangelio de Lucas, ese fuego arde en familia, cambia las relaciones familias.
  2. Bautismo. «Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!». El bautismo no es ya un rito exterior de purificación, sino gesto de inmersión en el “agua de la vida”, gesto de entrega total, para crear la nueva humanidad. Está vinculado también la promesa del Bautista que decía que Jesús “bautizará (agua) con Espíritu y fuego”. Pues bien, el agua de Jesús lleva a crear nuevas relaciones, como las que él dice a los zebedeos cuando les invita a participar en su bautista de servicio para todos, sin jerarquías no poderes impositivos (cf. Mc 10, 38-39)
  3. Espada. « ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división ». Lucas pone división (diamerismón). Mateo conserva quizá el término primitivo de “espada” Majaira (Mt 10, 34). Ésta es la espada de una guerra no militar, que penetra y divide y recrea, como un bisturí de doble filo (Hebr 4, 12), que corta, quita y cura; como espada de la palabra del Jinete del Logos, del logos de Dios (Ap 19, 15), que destruye a los poderes perversos, para crear la familia de los hijos de Dios, las bodas del Cordero. Lucas ha puesto división (no espada) porque todo texto siguiente se centra en las “divisiones” que hay introducir para que venga la nueva familia de las uniones cordiales, del auténtico fuego de amor, del bautismo del agua de la vida compartida.

Explicación.

_20181108152718775-k2kB-U452809640037lbC-992x558@LaVanguardia-WebConsta de dos partes, una negativa y otra positiva.

El evangelio sólo expone la parte negativa: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

La parte positiva se supone y hay que crearla: ha de  crearse una familia de uniones nueva, una familia fundada en el fuego de Jesús, en el agua de la vida… Una familia que brota allí donde el bisturí mesiánico de crear nuevas vinculaciones.

Aquí se funda la paz familiar de Jesús, abierta a los que carecían de familia. Por eso, él no creó agrupaciones espiritualistas, de tipo gnóstico, ni quiso separarse del mundo de la vida (engendramiento, trabajo, economía, descanso…), sino trasformar esa vida concreta, las relaciones afectivas y laborales, económicas y políticas de su entorno, creando grupos de paz familiar extensa, iglesias o comunidades formadas por personas capaces de compartir en amor los diversos aspectos de la vida, espacios verdes de paz familiar, abierta a todos los que quisieran integrarse en ella

La familia Pax romana y la familia que surge del modelo sagrado del templo de Jerusalén fundamenta y sacraliza unas relaciones de poder, que separan y condenan a los inútiles, que someten a los distintos, que expulsan a los impuros. En contra de eso, Jesús quiso crear familias amplias (comunidades, iglesias) donde hubiera lugar para todos. Leer más…

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“Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”. Domingo 20 ciclo C

domingo, 18 de agosto de 2019
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bautismo_cruz_agua_fuegoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El título está tomado de la primera lectura. Es lo que dicen de Jeremías las autoridades de Jerusalén. Estamos en el año 587 a.C. La ciudad lleva un año asediada por el ejército de Babilonia, la gente muere de hambre y el profeta anima a rendirse. En opinión de los patriotas nacionalistas, está desanimando al pueblo, busca su desgracia.

            Eso mismo pensarían muchos escuchando lo que dice Jesús en el evangelio. Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio del próximo domingo Jesús habla de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

            Para entender este evangelio es preciso tener en cuenta la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro: el Reinado de Dios.

            Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

 La misión: prender fuego

            He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

            Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

            Tengo que pasar por un bautismo.

            También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva.         El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

            ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

            Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

            Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

            Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

            ¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

La comunidad de Lucas, cuando escuchara estas palabras, vería también reflejada en ellas su propia situación. La conversión de algunos de sus miembros había supuesto división en la familia, enfrentamiento de hijos y padres, de hijas y madres. Los miembros no cristianos podrían decir de Jesús lo que se había dicho de Jeremías: «Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia».

           

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

          Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

Sin embargo, incluso en una sociedad que presume de tolerante, como la nuestra, Jesús puede seguir siendo causa de división. El ejemplo de las primeras comunidades cristianas, que creyeron en él a pesar de todas las dificultades, debe seguir animándonos.

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4

            Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida ya la uso Pablo, y es especialmente actual en estos días de Olimpiada: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

            Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

            Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo.

Hermanos:
Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 16 agosto, 2019

domingo, 18 de agosto de 2019
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He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!”

(Lc 12, 49-59)

El evangelio de hoy nos puede dejar un poco perplejas. Estamos acostumbradas a ver a Jesús curando, predicando y recorriendo aldeas con sus discípulos, ¡y nos encanta verlo así!

En el fondo nos lo imaginamos imperturbable, siempre de buen humor, contento y apacible. Probablemente tuviera mucho de todo esto, pero los evangelios también nos muestran a un Jesús que se enfada, que denuncia, que se entristece.

Jesús no era un “Peter Pan” en un mundo maravilloso, se hizo humano, 100% humano, hasta sentir el cansancio en su cuerpo, la sed en su boca, la tristeza en su alma e incluso el miedo.

Tendemos a pensar que la bondad es neutral y por consiguiente que las personas buenas son las que no molestan. Grave error. La bondad genera conflicto porque se opone a todo lo que deshumaniza. Se opone a esa fuerza real y palpable que atraviesa el mundo: el mal.

El mal, una cierta maldad, nos es más cotidiana de lo que querríamos admitir y ensombrece todas nuestras relaciones… De la misma manera que nuestras casas o nuestra habitación se va llenando de cosas inútiles que se esconden en los armarios. También nuestra casa interior esconde alguna basura, y es con este material con el que Jesús quiere hacer una gran hoguera que arda.

Algunas fiestas populares en torno al fuego tienen su origen en la necesidad de hacer limpieza. La gente de los pueblos y los barrios a provechaba esa fecha para sacar una silla rota o un mueble viejo y con todo eso se hacía una buena hoguera en la que asar unas viandas y disfrutar juntas de la velada.

Hoy podríamos darnos una vuelta por nuestra casa interior y ver qué sobra, qué podemos sacar a la hoguera. Dejemos que Jesús vaya quemando nuestra cizaña.

Oración

Pasa, Trinidad Santa, por el fuego purificador de tu amor nuestras relaciones para que no nos separe ninguna oscuridad.

Amén

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Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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No puede haber verdadera Vida sin lucha evolutiva.

domingo, 18 de agosto de 2019
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Tin-Mung-Lc-12,49-53Lc 12,49-53

Como colofón a la larga instrucción sobre la confianza y la vigilancia, Jesús habla brevemente de sí mismo de una manera enigmática. ¿Qué clase de fuego trae al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil colocar en un contexto que las hagan significativas para nosotros.

No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista. Se trata del fuego que purifica y da vida. Jesús viene a traer fuego, pero nosotros nos defendemos con uñas y dientes contra todo lo que pueda socavar nuestro yo. El bautismo era signo de pruebas terribles, las aguas caudalosas del AT que destruyen todo lo que encuentran a su paso. Está haciendo clara alusión a su muerte, la gran prueba que demostrará la autenticidad de su ser.

¿Cómo podremos armonizar estas palabras: “no he venido a traer paz, sino división”, con aquellas otras: «La paz os doy, mi paz os dejo?» La primera lectura nos habla de la guerra que le hicieron a Jeremías por ser auténtico. Pablo nos habla de la guerra que debemos hacernos a nosotros mismos. Todo lo que hay de terreno y caduco en nosotros debe ser consumido para que surja lo eterno. Solo de esa manera podemos alcanzar la verdadera consumación a la que estamos llamados.

1.- Tenemos en primer lugar la paz romana, que se consigue con violencia. Los romanos, cuando conquistaban un país, ponían allí sus tropas, y nadie se movía. Es una paz que nace de la injusticia, nunca puede ser auténtica ni duradera. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Por ejemplo, la paz que existe en muchos matrimonios, porque uno de los miembros está anulado y ya no tiene posibilidad de rechistar.

2.- Existe otra clase de paz que podíamos llamar la paz justa: Es la que se da entre personas o países que dialogan, que defienden posturas distintas, pero que saben atender y respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses. Es una paz positiva, aunque no se trata de la verdadera paz, porque no es suficiente.

3.- La paz que equivaldría a la ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es, por naturaleza lucha, superación de obstáculos. Si llegáramos a conseguir esa paz y en la medida que la consigamos, dejamos de vivir, estamos ya muertos. Incluso la vida biológica es constante lucha.

4.- La paz de Jesús propone es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser. Esta es la autentica paz. Esta es la paz (Shalom) que los judíos se deseaban al saludarse y al despedirse. Esta es la base de la paz verdadera. Esa armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con los demás y con Dios. Esta paz es la consecuencia de un descubrimiento de lo trascendente en nuestro ser.

Tenemos paralelamente cuatro clases de guerra que debemos analizar:

1.- La guerra que se hace para someter al otro, para subyugarlos y utilizarlo, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona libre. Es la ley de la selva. Es el fruto del egoísmo más refinado. Surge siempre que utilizamos la superioridad biológica, mental o psicológica para machacar al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.

2.- La guerra que hace el que está sometido, para salir de su situación. A primera vista, parece lo más natural del mundo, pero hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. La Iglesia ha bendecido a través de la historia cañones y bombardas. Y sin embargo, todo el evangelio es un canto a la no-violencia, que supera la opresión sin entrar en su misma dinámica.

3.- La guerra que se hace a otro por ser auténtico. Esta guerra no hay que temerla. Esto no es fácil, porque, la mayoría de las veces, actuamos pensando más en el que dirán que en nuestras convicciones y lo que determina que obremos de una o de otra manera es la respuesta que vamos a obtener de los demás. Si tratamos de no molestar a los demás, antes o después, dejaremos de ser auténticos.

4.- La guerra de la que habla Pablo, la que debemos hacernos a nosotros mismos. Dentro del ser humanos existen fuerzas que le mantienen en tensión. Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Caemos en la trampa de creer que los instintos son malos. Para nada. Solo el ser humano es capaz de tergiversar los instintos y hacerlos malos.

Con todos estos datos, cada uno podrá descubrir qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar; qué guerra debemos evitar a toda costa, y qué “guerra” debemos aceptar como la cosa más natural del mundo. Pero debemos estar muy atentos, porque la diferencia es a veces muy sutil. El falso yo, que creemos ser, puede hacernos creer que estamos luchando por nuestro bien y solo estamos potenciando ese falso ser. Si no tomamos conciencia de la diferencia la guerra está perdida.

Jesús se presenta como la misma causa del conflicto. La actitud de Jesús no es la causa de la división. Jesús no viene a garantizar una paz exterior como esperaban lo judíos de su mesías. La paz o la guerra exterior no afectarán para nada a la interioridad de los que le sigan. Mi paz os doy, pero yo no la doy como la da el mundo, dijo Jesús con toda claridad. La paz de Jesús es otra cosa.

En resumen podíamos decir que en estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo de ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento. Pero ese fuego y ese bautismo son deseados porque de ellos surgirá la verdadera paz. Las tensiones e incluso rupturas violentas no las origina Jesús, sino los que deciden rechazarle. 

Meditación

Jesús nos da unas orientaciones valiosísimas.
Solo cuando dentro haya conseguido la paz,
estaré preparado para ganar otras batallas.
Tu verdadero ser es paz, es armonía y es felicidad.
Vete más allá de tu falso ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Yo no renuncio a nada.

domingo, 18 de agosto de 2019
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angel-caidoEnciende un fuego,  y déjalo arder en ti (Shakespeare).

18 de agosto 2019

DOMINGO XX DEL TO

Lc 12, 49-53

Vine a traer fuego a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido!

El fuego es un instrumento de juicio: aniquila o purifica. La predicación de Jesús ha encendido ya ese fuego (Is 1, 25)

En Isaías 1,25 dice Yahvé: “Volveré mi mano contra ti para limpiarte de la escoria en el crisol y eliminar todas tus desdichas”.

Zac.13, 9: “Mirad la piedra que presento a Josué: Es una y lleva siete ojos. Tiene una inscripción: En un día removerá la culpa de esta Tierra -Oráculo del Señor Todopoderoso-“

Y San Pablo en Hebreos 12, 1-4: “Corramos con constancia, en la carrera que nos toca”.

Yo creo que Jesús era de otra manera, aunque en una ocasión dijo: “Vine a traer fuego a la tierra y ¡qué más quiero si ya ha prendido! “

Creo que lo dijo para asustarnos, pero dijo también que hay que perder el miedo, y mostrar en qué somos muy valientes.

¿A mi leones?, dijo Don Quijote, y luchó contra salteadores de caminos y molinos de viento.

En el Antiguo Testamento, la guerra es una experiencia corriente en Israel y hecho común.

En 2 Samuel 11, 1 se dice: “Al año siguiente en que los reyes van a la guerra, Dios envió a Joab con sus oficiales y todo Israel a devastar la región de los Amonitas y sitiar a Raba”,  e incluso Dios acude a la batalla cuando Moisés lo ordenaba en Números 11, 35: “Levántate, Señor, que se dispersen tus enemigos, huyan de tu presencia los que te odian”. O se presenta en una teofanía de tormenta: “Desde el cielo combatieron las estrellas, desde sus órbitas combatieron contra Sísara” (Jueces 5, 20).

En el Nuevo, es uno de los signos escatológicos: “Cuando oigáis ruido de guerreros y noticias de ellos, no os alarméis. Todo eso ha de suceder, pero todavía no es el final” (Marcos 13, 7). Y el Apocalipsis contempla una batalla celeste: “Se declaro la guerra en el cielo. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; el dragón luchaba asistido de sus ángeles  pero no vencieron y perdieron su puesto en el cielo”. Esta derrota contra Satanás, fue conmemorada siglos más tarde con un monumento de Ricardo Bellver en el Parque del Retiro madrileño. La espada y la armadura están presentes.

La paz no podría ser ajena a este combate. Es un concepto que pertenece al orden familiar, social, político y religioso. No solo es ausencia de guerra, si no que incluye de algún modo la prosperidad, plenitud, bendición divina.

Hay una Paz cósmica: “Aquel día haré una alianza con los animales salvajes, con las cosas del cielo y con los reptiles de la Tierra”  (Oseas 2, 20), y una Paz histórica: “Pondré paz en el país y dormiréis sin alarmas, descastaré las fieras y la espada no cruzará vuestro país” (Levítico 26, 8).

En el Evangelio, el saludo hebreo, cristiano y apostólico, es eficaz: “Cuando estéis en una ciudad o aldea preguntad por alguna persona respetable y hospedaos con él hasta que os marchéis, se entra en la casa saludándola con la paz” (Mateo 10, 11-12).

Se canta en la entrada en Jerusalén, y decían: “Bendito sea el rey. paz en el cielo, gloria al Altísimo”. Y también con todos: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios” (Mateo 5, 9).

El `poema de R. Bellver hace referencia a los hechos.

AL ÁNGEL CAIDO

«Por su orgullo cae arrojado del cielo
con toda su hueste de ángeles rebeldes
para no volver a él jamás.
Agita en derredor sus miradas,
y blasfemo las fija en el impíreo,
reflejándose en ellas el dolor más hondo,
la consternación más grande,
la soberbia más funesta
y el odio más obstinado

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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