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Domingo XIX del Tiempo Ordinario
13 agosto 2023
Mt 14, 22-33
El miedo, en cuanto respuesta adaptativa que aparece en situaciones de peligro y que compartimos con los animales, es un mecanismo de defensa que nos permite afrontar la amenaza y protegernos. En este sentido, es una respuesta normal que facilita la adaptación y, en último término, la supervivencia.
Sin embargo, ese mecanismo instintivo se vuelve patológico cuando es desproporcionado y repetitivo. En tales casos, se activa con demasiada frecuencia. La persona vive instalada en el miedo habitual y lo siente de un modo exagerado, aun en presencia de estímulos carentes de peligrosidad. Aparecen así las diferentes fobias, las crisis de pánico, en definitiva, los miedos fantasmas y el miedo al miedo.
El miedo es una respuesta adaptativa. Sin embargo, cuando es desproporcionado, paraliza y genera sufrimiento incesante y con frecuencia agudo. El salto del miedo normal (positivo) al miedo patológico se produce a partir de experiencias más o menos traumáticas y de la elaboración mental de las mismas. Por decirlo brevemente: el miedo patológico es “creado” por la mente. A raíz de experiencias que se vivieron como amenazantes y no se resolvieron adecuadamente, la mente construye unas lecturas totalmente desajustadas, que ven peligros y amenazas por doquier. Son precisamente estas “creencias irracionales” las que explican los miedos excesivos y habituales, que generan tanto sufrimiento inútil.
Lo opuesto al miedo es la confianza. Cuando un niño crece en un clima de seguridad afectiva, desarrolla una confianza básica en la vida y en sí mismo, en la que puede hacer pie, manteniendo alejados los miedos irracionales. Cuando, por el contrario, careció de aquella seguridad básica, sobre todo en el inicio de su existencia, el miedo sustituye a la confianza, hasta el punto de colorear toda la personalidad. Es lo que expresó el filósofo Thomas Hobbes cuando escribió: “El día que yo nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”.
El miedo requiere un tratamiento psicológico específico, dependiendo de diferentes factores. Pero siempre es posible cultivar la confianza, con un doble trabajo: psicológico y espiritual. La comprensión profunda (espiritual) abre a la confianza en el Fondo de lo real (lo único realmente real); el trabajo psicológico potencia la confianza en sí mismo. En la medida en que crecemos en confianza, el miedo irracional disminuirá notablemente, permitiéndonos vivir de una manera más serena, descansada y plena.
Comentarios desactivados en ¿Dónde está Dios hoy? En los 19000 niños ucranianos deportados
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
Dos cuestiones nos ofrece la Palabra de hoy:
Dios no está en los grandes alardes religiosos, en los huracanes eclesiásticos, ni en la fuerza. Dios está en la vida sencilla, en la suave brisa, a veces en los acotecimientos trágicos
La barca, la Iglesia sufre tempestades y galernas siempre. También hoy. Quien importa que esté presente es Cristo. No tengáis miedo, soy yo…
01.- ¿Dios pasa por nuestra vida?
El profeta Elías ha huido de la reina Jezabel, porque ésta quería sustituir a Yahvé por Baal (dios pagano). Elías quiere ser fiel a Yahvé, a Dios, por eso marcha al monte Horeb (Sinaí), allí se esconde en una cueva a la espera de que Dios pase por su vida.
Elías esperaba que el Dios fuerte pasara quizás en el viento huracanado, pero allí no estaba Dios, tal vez Dios manifestara su ser en la violencia del terremoto, quizás en la fuerza destructiva del fuego, pero Dios tampoco estaba en la prepotencia.
Elías pensaba destruir a Jezabel y su poder con un Dios fuerte, un huracán, un terremoto, con el fuego destructor. Son elementos cósmicos y simbólicos de un Dios prepotente, altanero.
¿Dónde está Dios?
En el campo de concentración de Auschwitch en un cierto momento diezmaron a los allí prisioneros.
Los judíos del campo de concentración fueron obligados a presenciar la ejecución.
Entre los fusilados estaba un niño.
En voz baja, alguien entre los judíos asistentes preguntaba: Dios, ¿dónde está Dios?
Otro le respondió, ahí, en ese niño fusilado…
Dios está silenciosamente en la vida cotidiana: a veces en la suave brisa, a veces en el silencio, en ocasiones en la noche oscura, en la enfermedad, en los acontecimientos cotidianos y no pocas veces trágicos.
Muchas veces buscamos a Dios en los ritos hieráticos y solemnes del templo, en las grandes concentraciones de gente o en apariciones espectaculares.
Dios está en la brisa de todos los días.
Dios está en los 19.000 niños ucranianos deportados, en los miles y miles de niños y mayores que viven muriendo de hambre. Dios está en las personas que humildemente ayudan a los demás: comedores sociales, en los bancos de alimentos, en los barcos que tratan de recuperar a los que pasan en pateras, Dios está en la apertura de fronteras a los emigrantes. Dios está en los enfermos, en las depresiones, en los hospitales. Dios está en las tareas humildes de los padres de familia, en el trabajo de los obreros.
Dios está en la creación, en la naturaleza, sacramento de Dios…
02.- Tempestades en la vida.
Las tres veces que aparece el simbolismo de la barca y la tempestad en el lago (Mt 14,22-36; 16, 5-12; Mc 4,36) son relatos eclesiales, de dificultades en la Iglesia naciente y en todo momento histórico de la Iglesia, incluida la actual.
La barca es la Iglesia, el arca de Noé, donde se salva el ser humano de los naufragios de la vida
Las tempestades son los problemas, los hundimientos, las rupturas tanto personales como eclesiásticas, las búsquedas de poder, el fanatismo dogmático y moral que generan algunos obispos y cardenales.
Podemos evocar nuestras propias galernas y rupturas eclesiales. (Oriente: Constantinopla y Occidente: Roma en el 1054; la ruptura entre Roma y el naciente protestantismo en el siglo XVI).
No olvidemos la propia división y ausencia de sintonía (comunión) en nuestra propia diócesis
v 22: LES MANDÓ QUE SUBIERAN A LA BARCA.
Jesús invita a los suyos a “embarcarse” en la Iglesia como “lugar” de salvación. Lo repetía el papa Francisco: cómo me gustaría que la Iglesia fuese un hospital donde se curan las heridas de la vida.
Se abren muchas cuestiones que no es momento de tratar. ¿Realmente la Iglesia, nuestra diócesis es un hogar amable, salvífico en el que se cura y no se hurga cada vez más en las heridas?
¿Conseguirá la sinodalidad llegar a hacer de la Iglesia un “arca de Noé” salvífica?
La Iglesia es la barca, el arca de Noé donde se salvó la humanidad y, en cierto sentido, el universo.
v 25. DE NOCHE, JESÚS SE ACERCÓ.
Estos textos están escritos en el seno de unas comunidades que habían experimentado ya al Señor resucitado. No se trata de una tormenta oceanográfica en el lago, sino que con una cierta majestuosidad, Xto resucitado domina el abismo, la muerte, el caos.
Cuatro veces aparece la expresión: “caminar sobre las aguas” (vv 25.26.28.29). Con Cristo no somos engullidos por el abismo. La vida es caminar entre muchos vendavales y aguas abismales.
Si Cristo está en la barca o está con nosotros, no nos hundimos. La Iglesia saldrá a flote si le dejamos sitio a Cristo no a una línea ideológico-eclesiástica de turno. El único imprescindible en la barca es Cristo. Todo y todos los demás somos pobres gentes con más pretensiones de poder que de salvación.
Nos hará bien en las galernas y en las noches de la Iglesia mirar a Cristo, mirar al Reino de Cristo.
v 25. ANIMO, SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO.
Muchas veces aparece esta expresión que manifiesta la actitud de Jesús: no tengáis miedo, no temas pequeño rebaño, confiad …
Cuando el miedo está tan extendido en la barca de Pedro: sea por amenazas morales, canónicas, sea por totalitarismos eclesiásticos, a lo mejor es que estamos lejos del Señor que nos dice: ánimo, soy yo, no temáis.
El “soy yo” evoca el Éxodo: Yo soy el que soy y recuerda toda la cristología del Evangelio de Juan: YO SOY el pan, la vid, el camino, la verdad, la vida… Que “el que es” se nos acerque, nos hace bien.
La confianza en el Señor nos confiere el coraje y la osadía, la audacia para confiar en lo que los temporales parecen destrozar.
v 31 JESÚS LE TENDIÓ LA MANO, LO AGARRÓ.
Jesús tiende siempre la mano, no deja nunca a nadie en la estacada.
Tanto en las borrascas personales como en las eclesiásticas no perdamos la fe: ¡hombres de poca fe! Confiemos: ¡Señor sálvame!
vv 32-33 SUBIERON A LA BARCA – ERES HIJO DE DIOS.
Subieron a la barca, a la Iglesia y allí vivieron con gozo y confesaron su fe: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Donde Cristo está presente, hay salvación, serenidad y ahí se puede vivir la confianza, la fe en Él.
Comentarios desactivados en Bendice, Señor, el espíritu quebrantado de los que sufren.
Con Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), mártir en Auschwitz, recordemos a las víctimas de tantos genocidios que el ser humano ha sido y sigue siendo capaz de perpetrar… Y que, a pesar de no ver, de no entender, sigamos siendo instrumentos de Paz y de Misericordia…
Bendice, Señor
el espíritu quebrantado de los que sufren,
la pesada soledad de los hombres,
de aquél que no encuentra nunca reposo,
el sufrimiento que nunca se le confía a nadie…
Y bendice el cortejo de las gentes
que en la noche no se dejan amedrentar
por el espectro de los caminos desconocidos.
Bendice la miseria de los hombres que están muriendo ahora.
Dales, Señor, un buen fin.
Bendice los corazones, Señor, los corazones llenos de amargura.
Sobre todo, alivia a los enfermos,
concede el olvido a aquellos a quienes has privado
de su bien más querido.
No dejes que nadie en la tierra viva angustiado
Bendice a los alegres, Señor y protégeles,
A mí nunca me has librado, hasta ahora, de la tristeza.
Y a veces me pesa demasiado;
pero Tú me das fuerza
y así puedo cargar con ella.
Comentarios desactivados en Dejar a Roma y seguir a Jesús de Nazaret
José Rafael Ruz Villamil RUZ VILLAMIL,
Yucatán (México).
A propósito de Mt 9,9-13*
ECLESALIA, 21/07/23.- Siendo Roma aún república —nominalmente, al menos— Mitrídates, entonces rey de Pérgamo, decide legar, hacia el 133 a.C., su reino al Senado romano. Los senadores —con una hipocresía ejemplar en tanto que pregonan que el único tributo que pretende la República es el respeto— acaban utilizando una cierta infraestructura para el cobro de impuestos usada tanto ya en la antigua Grecia como en los reinos de Oriente: la institución de los publicanos; ésta consiste en el arrendamiento de un sector sociogeográfico para la exacción. Los arrendatarios de la cosa impositiva vienen a ser inversionistas que, provistos de recursos considerables o formando sociedades de capital, pujan por los sectores sujetos a cobro y responden ante el Estado obligándose a entregar una cantidad determinada de impuestos recaudados o, en su defecto, a cubrirla con su peculio.
La ganancia del negocio está en la diferencia del monto anual a entregar y la cantidad recaudada, misma que habrá de depender de la habilidad de los cobradores de impuestos para aumentarla. Lógicamente, no son los inversionistas quienes se hacen cargo personalmente del cobro de los tributos: para esto contratan empleados —que, por extensión, acaban siendo llamados también publicanos— con la consigna de extorsionar tanto cuanto puedan a los sujetos de impuesto; sobra decir que el trabajo de recaudador es odioso y odiado, por lo que, quienes se contratan como publicanos suelen ser, o gentes que no tienen otra posibilidad de ganarse la vida, o gentes tan codiciosas como los genuinos publicanos que, dejando de lado cualquier escrúpulo, buscan enriquecerse a toda costa (cf. T. Holland, Rubicón. Auge y caída de la República romana, Barcelona 2003)
“Como botín de la victoria y multa de la guerra” define Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) el cobro de impuestos y tributos a los países y los pueblos conquistados por Roma. Además, la entonces superpotencia justifica, con la ideología de llevar la civilización, la explotación de los países que invade y ocupa, entre los cuales la Palestina del siglo I. Y no es poca cosa, no, lo que devora el fisco: el judío de entonces ha de desembolsar entre un 10% y un 50% del fruto de su trabajo para cubrir las tasas impositivas tanto directas —que gravan personas físicas, propiedad y producción—, como indirectas —que afectan transacciones comerciales y servicios amén de pagos aduanales, peaje e importación de mercaderías—: todo bien y servicio, ¡incluso la prostitución!, es sujeto de gravámenes, al que hay que añadir el tributum capiti o tributo personal para el César que, además de fastidiar todavía más los pocos ingresos, produce un agudo escozor religioso en cuanto que supone reconocer explícitamente su dominio sobre un pueblo que, por su profunda índole religiosa y monoteísta, sólo admite a Yahvé, su Dios, como único soberano y señor. Si a lo anterior se añade que para organizar la cuestión fiscal se decretan censos siempre acompañados de interrogatorios brutales, se entiende el hartazgo social que suele desembocar en revueltas, como la que encabezara Judas el Galileo, en 6 d. C., y que derivó en la resistencia zelota (cf. B. J. Malina, R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
Y es que “el criterio de la dominación en la tierra de Israel, así como su fin primario, fue el percibir los impuestos y cobrar las tasas” (así E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Estella 2001). Esta exacción estuvo, a partir del 47 a. C. y por decreto de Augusto, en manos judías en tanto que éste prohibió que se concediera la contrata de los impuestos de Judea a publicanos romanos; puede suponerse entonces que en la Palestina de tiempos de Jesús el cobro de impuestos quedaba en manos de pequeños empresarios o algunas sociedades de tales como la quizá encabezaría Zaqueo, jefe de una contrata de publicanos —architelones—; hay que decir que en las sociedades de publicanos estaría involucrada la así llamada aristocracia de Jerusalén. Por último y en relación específicamente con Galilea y sin tener información segura, considero que puede especularse que la recaudación de impuestos estaría en manos de Herodes Antipas en su calidad de tetrarca, aunque como reyezuelo vasallo que era y a pasar de tener un ejército propio, el grueso de lo obtenido tendría necesariamente que acabar en Roma.
Mateo —llamado Leví tanto por Marcos como por Lucas en los textos paralelos— es un publicano en el sentido de recaudador de impuestos, que, como como todos sus pares en la Palestina del primer tercio del siglo I, es judío, lo que significa que por encima de la dignidad y el orgullo anejos a su condición de tal se ha puesto al servicio de Roma asumiendo la exclusión social que esto supone: el mismo relato no permite pensar que ingresase a las filas de los recaudadores por no encontrar otro trabajo. Es probable más bien que —como puede suponerse en el caso de Zaqueo— haya renunciado a su plena identidad judía, simple y sencillamente por dinero, como puede deducirse de la segunda parte del texto en cuestión que relata una comida que está relacionada con su encuentro con Jesús de Nazaret. El texto de Mateo relata que esta comida fue en casa del Maestro, pero Marcos —y Lucas con él— ubican la fiesta en la casa del propio Mateo-Leví (cf. Mc 2,12-17 y Lc 5,27,32). Vale apuntar que el paralelo de Lucas describe la fiesta como un banquete —una sucesión de carnes y aves aderezadas sofisticadamente, vinos finos, y más— cosa que hablaría de la posición económica de Mateo-Leví conseguida por haberse vendido a Roma renunciando, repito, a su identidad judía. Pero, ¿qué pudo haber detrás de esta renuncia?
En el primer tercio del siglo I, ser judío en Palestina significaba ser un miembro más de un país conquistado y dominado por el Imperio romano donde, por un lado el gran Sanedrín de Jerusalén —junto con los saduceos y los ancianos aristócratas— estaban sometidos al procurador romano para conservar sus privilegios; correlativamente el Templo de Jerusalén estaba corrompido; su Galilea, insisto, gobernada por un rey vasallo que, puede tenerse por seguro, no dudaba en aumentar tributos por su manía de construir ciudades de corte helenista; los fariseos —en una gran mayoría— habían reducido la relación enriquecedora con el Yahvé de Israel a un cumplimiento cuasiburocrático de la Ley; los zelotas estaban empeñados en una guerra sin futuro; los esenios se habían autoexcluido envueltos en su pureza legal y en su perfección: visto así, no era un panorama estimulante y menos alentador. Así que venir a formar parte del establishment resultaba tentador y más si como recaudador podría acceder a un nivel de vida más que acomodado y, aún, con algunos lujos.
A menos que… a menos que surgiera una alternativa mejor: una alternativa que, tomando lo mejor del núcleo inspirador de la tradición contenida en las Escrituras, ofreciese en una praxis concreta una otra forma de ser judío, más todavía, una otra manera de ser humano, de ser persona digna. Y eso, justamente eso, Mateo-Leví lo encontró, qué duda cabe, en Jesús de Nazaret. Y no lo encontró como algo hecho, algo terminado, sino en una causa que debió haber sonado fascinante a sus oídos: el Reino de Dios. Que Dios reinara en vez y sobre el César, sobre Antipas, sobre Pilato, sobre el Sumo Sacerdote; que anulara todo poder opresor, en fin.
Tuvo quizá que haberlo pensado, sopesado, meditado; tal vez no sucedió como, hiperbólicamente, cuenta el relato, pero, a fin de cuentas, Mateo dejó a Roma y siguió a ese Jesús que no vino a buscar a los justos, sino a llamar a los pecadores.
*Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo,sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
Para creer en ti
hay que tener hambre,
pues vives en el pan tierno
que se rompe y comparte
en cualquier casa, mesa y cruce,
entre hermanos, desconocidos y caminantes.
Para creer en ti
hay que tener hambre,
pues tú eres banquete de pobres,
botín de mendigos
que, vacíos, sin campos ni graneros,
descubren que son ricos.
Para creer en ti
hay que tener hambre,
hambre de vida y justicia
que no queda satisfecha
con vanas, huecas palabras,
pues aunque nos sorprendan y capten,
no nos alimentan ni satisfacen.
Para creer en ti
hay que tener hambre,
pues sin ella olvidamos fácilmente
a los dos tercios que la tienen,
entre los que tú andas perdido
porque son los que más te atraen.
Para creer en ti
hay que tener hambre,
y mantener despierto el deseo
de otro pan diferente al que nos venden
en mercados, plazas y encuentros
donde todo se compra y vende.
Para creer en ti
hay que tener hambre
y, a veces, atragantarse al oírte
para descubrir la novedad
de tu presencia y mensaje
en este mundo sin ilusiones.
Para creer en ti
hay que encarnarse,
vivir entre los pobres,
tener muchas ganas de compartir
los cinco panes y dos peces
y todas las ilusiones y necesidades.
Comentarios desactivados en Una nube brillante: una historia de transfiguración de la India
Dwayne Fernandes
La reflexión para la Fiesta de la Transfiguración está escrita por Dwayne Fernandes, Director de Espiritualidad, New Ways Ministry y colaborador de Bondings 2.0.
Las lecturas litúrgicas para la Fiesta de la Transfiguración se pueden encontrar haciendo clic aquí.
Si desea compartir algunas de sus reflexiones con otros lectores de Bondings 2.0, no dude en publicar las respuestas que tenga en la sección «Comentarios» de esta publicación.
Mientras leía el evangelio de la Transfiguración de hoy, recordé vívidamente una experiencia que tuve recientemente en un viaje a mi India natal. Mientras estuve allí, tuve la suerte de asistir a una reunión LGBTQ+ en un convento en Mumbai. Cuando la Hna. Neeta, monja canossiana y fundadora del ministerio, dijo que había unas 120 personas en el grupo me despertó la curiosidad, sobre todo cuando añadió que muchos serían de la comunidad kinnar.
El kinnar es un grupo social y cultural distinto que desafía las normas de género binarias tradicionales. La comunidad existe en el sur de Asia, incluidos India, Pakistán, Bangladesh y Nepal. Una vez que se los tuvo en alta estima por su lealtad a los dioses hindúes, con destacadas posiciones de poder bajo los gobernantes hindúes y musulmanes en los primeros siglos, su estatura en la sociedad cayó con la ocupación británica de la India y las políticas y leyes sucesivas. Hoy en día, los kinnars continúan siendo rechazados a pesar de estar legalmente reconocidos como un tercer género en India con un derecho afirmado a la autoidentificación.
La comunidad de Kinnar con una imagen de Santa Magdalena de Canossa al fondo.
Sin mucho acceso al empleo, la atención médica y la educación convencionales, esta comunidad a menudo se ve afectada por la pobreza y se ve obligada a sobrevivir por medios no convencionales, ofreciendo bendiciones, mendicidad y/o trabajo sexual. Las familias indias, históricamente conservadoras en términos de género y sexualidad, apenas quieren ser identificadas con un niño de género fluido, dejando a las personas kinnar abandonadas o forzadas a abandonar sus hogares para preservar la dignidad de la familia.
Son difíciles de perder en las concurridas calles de la India. Vestidos con saris vibrantes y un maquillaje llamativo, los kinnars suelen atravesar intersecciones llenas de gente ofreciendo bendiciones (y maldiciones) mientras suplican. Mientras algunos indios buscan sus bendiciones, otros temen sus maldiciones. Esta paradoja, lamentablemente, solo contribuye a su marginación y miedo en el país. Y en una triste ironía, mientras que sus bendiciones incluyen la fertilidad, la prosperidad y una larga vida, ellos mismos permanecen en la pobreza, no tienen hijos y viven una vida plagada de burlas y violencia.
Siempre he desconfiado de la comunidad kinnar en parte debido al estigma cultural que los rodea. Mi cautela proviene de muchos roces con ellos en la infancia en los trenes y las vías públicas de Mumbai. Verse obligado a entregar dinero por miedo a ser acosado o acosado no es muy agradable, sobre todo ante una asamblea de dos o más personas. Entonces, cuando recibí una invitación para presenciar un ministerio católico con ellos, supe que tendría que confrontar mi pasado.
Llegué a tiempo, solo para darme cuenta de lo fluida que es la hora en la India. Pero mientras esperaba a que se reunieran los participantes, me sorprendieron las conversaciones animadas que surgieron de una “sala verde” improvisada en el salón principal. Vi personas indescriptibles, de apariencia masculina, entrar en la habitación, solo para emerger, completamente transformadas, en relucientes saris y personalidades resplandecientes.
Dwayne Fernandes del New Ways Ministry (izquierda) con líderes del ministerio LGBTQ+ del convento Canossian, incluida la Hna. Neeta, (derecha) la fundadora del ministerio en Mumbai, India
“Les encanta disfrazarse”, explicó la Hna. Neeta. “Es un hombre casado con hijos”, señaló, “pero solo aquí se siente seguro y puede ser él mismo”. A medida que escuché más historias, el dolor, las alegrías y los desafíos que enfrenta esta comunidad, mis malentendidos, como escamas, cayeron de mis ojos y pude presenciar a la persona sin adulterar detrás de la etiqueta.
Mi momento más humillante de la noche fue cuando uno de los participantes me ofreció una mezcla de frutas cortadas en una hoja de plátano. Ellos, entonces, se arrodillaron para tocar mis pies en señal de respeto. Nunca olvidaré este gesto, porque aquí estaba yo, contaminado con juicios hacia la comunidad kinnar, solo para ser recibido, honrado y bendecido por uno de los suyos.
En el Evangelio de hoy de la Fiesta de la Transfiguración, Pedro le dice a Jesús: “Señor, es bueno que estemos aquí”. Salí esa noche del ministerio sintiendo exactamente la misma emoción. Que bueno es que Dios nos lleve a las altas cumbres de los montes. Porque, más allá de la escalada metafórica (malestar, miedo), lo que nos espera no es más que la revelación cruda del Reino de Dios y el consuelo susurrado de las palabras de Jesús: “No tengáis miedo”.
La transfiguración de Jesús en el Evangelio sugiere un potencial prodigioso para el cambio y la renovación, muy parecido al viaje kinnar: un proceso de despojarse de las expectativas clásicas de hombres y mujeres, para abrazar una comprensión infinitamente más alta de uno mismo. El evento de la transfiguración también ocurre solo después de que Jesús predice su inminente sufrimiento y muerte. Con la discriminación, la exclusión, los desafíos económicos y los prejuicios que plagan a la comunidad kinnar, su camino también está patentado con resiliencia y fortaleza frente a la adversidad acentuada.
Incrustado en el evangelio de hoy hay un oxímoron desconocido: «una nube brillante». Mientras reflexiono sobre mi velada con la comunidad kinnar, siento que “una nube brillante” es precisamente lo que los define: aparentemente opaca, pero sin embargo llena de la presencia y la voz de Dios.
– Dwayne Fernandes, New Ways Ministry, 6 de agosto de 2023
Comentarios desactivados en “Dadles vosotros de comer”. 6 de agosto de 2023. 18 Tiempo ordinario – A (Mateo 14,13-21).
El evangelista Mateo no se preocupa de los detalles del relato. Solo le interesa enmarcar la escena presentando a Jesús en medio de la «gente» en actitud de «compasión». Lo hace también en otras ocasiones. Esta compasión está en el origen de toda su actuación.
Jesús no vive de espaldas a la gente, encerrado en sus ocupaciones religiosas e indiferente al dolor de aquel pueblo. «Ve el gentío, le da lástima y cura a los enfermos». Su experiencia de Dios le hace vivir aliviando el sufrimiento y saciando el hambre de aquellas pobres gentes. Así ha de vivir la Iglesia que quiera hacer presente a Jesús en el mundo de hoy.
El tiempo pasa y Jesús sigue ocupado en curar. Los discípulos le interrumpen con una propuesta: «Es muy tarde; lo mejor es “despedir” a aquella gente y que cada uno se “compre” algo de comer». No han aprendido nada de Jesús. Se desentienden de los hambrientos y los abandonan a su suerte: que se «compren comida». ¿Qué harán quienes no puedan comprar?
Jesús les replica con una orden tajante, que los cristianos satisfechos de los países ricos no queremos ni escuchar: «Dadles vosotros de comer». Frente al «comprar», Jesús propone el «dar de comer». No lo puede decir de manera más clara. Él vive gritando al Padre: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Dios quiere que todos sus hijos e hijas tengan pan, también quienes no lo pueden comprar.
Los discípulos siguen escépticos. Entre la gente solo se encuentran cinco panes y dos peces. Para Jesús es suficiente: si compartimos lo poco que tenemos, se puede saciar el hambre de todos; incluso pueden «sobrar» doce cestos de pan. Esta es su alternativa: una sociedad más humana, capaz de compartir su pan con los hambrientos, tendrá recursos suficientes para todos.
En un mundo donde mueren de hambre millones de personas, los cristianos solo podemos vivir avergonzados. Europa no tiene alma cristiana y «despide» como delincuentes a quienes vienen buscando pan. Y, mientras tanto, ¿quiénes son en la Iglesia los que caminan en la dirección marcada por Jesús? Por desgracia, la mayoría vivimos sordos a su llamada, distraídos por nuestros intereses, discusiones, doctrinas y celebraciones. ¿Por qué nos llamamos seguidores de Jesús?
Comentarios desactivados en “Su rostro resplandecía como el sol”. Domingo 6 de agosto de 2023. 18º Ordinario. Transfiguración del Señor
De Koinonia:
Daniel 7,9-10.13-14: Su vestido era blanco como nieve. Salmo responsorial: 96: El Señor reina, altísimo sobre la tierra. 2Pedro 1,16-19: Esta voz del cielo la oímos nosotros. Mateo 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol.
La primera lectura del libro de Daniel nos recuerda que Israel como el mundo de aquel tiempo y lugar se encontraba en un proceso de helenización. La fuerza de la cultura griega invadía todo y se extendía con rapidez. Toda una nueva forma de entender la vida. Esto trajo una crisis profunda en todos los que vivían con pasión su fe. Con la llegada de Antíoco IV Epífanes, lo que en un primer momento no era más que una mayor promoción de la cultura griega, va a dar paso a una persecución abierta de los judíos que siguen fieles a su fe desde su cultura tradicional. A la irracionalidad de la intolerancia se suma la irracionalidad de la violencia. La «cultura superior» lleva consigo la prepotencia y termina por masacrar a personas sencillas, inocentes, que lo único que pretenden es vivir en paz (¿quiénes son los «bárbaros»?).
En este clima surge el libro de Daniel, retomando acontecimientos del pasado, animando a resistir también ahora. En su segunda parte cambia de género literario y ante la presión y la inestabilidad por lo absurdo de la fuerza… no puede expresarlo en lenguaje convencional y echa mano del género de «la apocalíptica». Todo el capítulo al que pertenece el texto de este día hace de bisagra entre las dos partes del libro.
La segunda lectura, la segunda carta de Pedro es una de las pocas lecturas litúrgicas pertenecientes al último escrito, cronológicamente hablando, del Nuevo Testamento. No sólo por este motivo sino sobre todo por su contenido, es claro que no fue obra del apóstol Pedro, «primer Papa», aunque a él se le haya atribuido desde antiguo. Su intención es animar a los cristianos de las generaciones posteriores a la primera a la permanencia y fidelidad, poniéndolos en guardia frente a posibles desviaciones. La certeza de la victoria total de Cristo se basa, entre otras cosas, en la Transfiguración, una especie de adelanto teológico de lo que Cristo es y representa para todos. Contrapone el autor esta realidad a mitos y leyendas poco de fiar. Y no es que la transfiguración haya de considerase un hecho histórico. Se trata, más bien, de una reflexión espiritual de lo que el Señor Jesús significa para los cristianos. Probablemente no hubo una voz perceptible por los testigos; lo importante es que Jesús es el Hijo de Dios y ha de volver a culminar su obra comenzada. Es importante esta mención de Jesucristo como fundamento de la vida presente del cristiano, de su fe, de su realidad histórica en conjunto y, a la vez, la tensión hacia el futuro, hacia la realización completa.
Los símbolos que utiliza el profeta Daniel se inspiran en la apocalíptica judía del siglo III a. C. La apocalíptica intentaba presentar las grandes opciones de Dios para el presente mediante símbolos litúrgicos, cósmicos y sobrenaturales. El blanco representa la máxima santidad, la presencia divina. Los tronos simbolizan la capacidad para gobernar la historia. El hijo del hombre, un ser humano capaz de hacer realidad la voluntad de Dios.
En el evangelio de Mateo el episodio de la Transfiguración, tiene una relación directa con el episodio del bautismo (Mt 3,13-17). En ambos descubrimos la experiencia filial como forma permanente de relación con Dios: “Éste es mi Hijo preferido; escúchenle”. La presencia de Moisés y Elías en la escena representan el encuentro con «la Ley y los Profetas». La voz que desciende del cielo muestra que nuestra relación filial con Dios determina todo nuestro ser. La escucha de Jesús se convierte de ahora en adelante en el gran imperativo cristiano. La experiencia de Jesús durante su bautismo (Mt 3,17) se convierte en el patrimonio de toda la comunidad cristiana, aunque habrá que esperar a la experiencia pascual para descubrir cómo ese camino de ascenso al Padre pasa por la cruz. La vida cristiana es una vida transfigurada, esto es, una vida que se vive en plenitud desde la conciencia de ser hijos de Dios. Debemos abandonar la iniciativa de Pedro de vivir una vida dividida, desarticulada, simbolizada por su deseo de levantar tres chozas e instalarse allí en la montaña. Leer más…
Comentarios desactivados en 6.8.23 (JMJ 4). Juventud, tiempo y tarea de transfiguración (Mt 17, 1-9)
Del blog de Xabier Pikaza:
Culmina la JMJ 23 con la Trans-figuración, fiesta de la juventud como tiempo y tarea de educación personal cristiana:
-Educar (e-ducere) es hacer que surja desde el fondo de la Vida (de nosotros mismos) aquello que somos de raíz, pero sin serlo todavía ya desarrollado. Somos seres de educación, de naturaleza que nace re-naciendo.
– Juventud es el tiempo (estadio vital) en que el hombre/mujer, que surgido sin “definición de sí mismo” se define, se identifica, fijando así y asumiendo las coordinadas básicas de su vida.
– Conforme a la tradición evangélica (Mc 9, 2-9), la educación cristiana culmina en el encuentro e identificación con Jesús, en la montaña de la trans-figuración. Éste es el evangelio del domingo, el tema clave de la JMJ 23, que hoy culmina en Lisboa-
| X. Pikaza
Mateo 17,1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se trans-figuró (=meta-porphothe) delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.»
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.
Prólogo: Educación humana de Dios, Himno de Pablo (Flp 2, 6-11)
Jesús pudo haber vivido “como Dios”… en forma de eternidad sin cambio, siempre igual, sin proceso de maduración alguna y, sin embargo, quiso aprender a ser “hombre” (ser humano, varón o mujer), en este mundo concreto… y para eso se “vació” (ekenôsen) a sí mismo, tomando forma (morphê) de joven (aprendiz de humano, siervo).
Ésta fue su juventud, su proceso de maduración/identificación humana, aprendiendo a vivir y viviendo como “esclavo” (doulos) de los demás, hasta la muerte. Ésta fue su identidad, éste su proceso humano de maduración divina…Aprendió a ser siervo de los demás, en amor, en entrega de sí.
De esta forma se mostró Jesús como Dios esclavo, Dios siervo de amor hasta la muerte y muerte en Cruz. Aprender a morir por los demás, y morir de hecho, en cruz, regalando su vida, plenamente, en amor, ésta fue la identidad de Jesús, su proceso de vida hasta la muerte…
Por eso Dios le levantó (le elevó-resucitó) por encima de todo lo que existe, de forma que él es Señor de cielo y tierra, siendo y por ser “siervo de todos”. Esta es la identidad de Jesús, su resurrección (glorificación) como proceso de muerte por los otros, por todos.
Comentario textual: Re-surrección del hombre en Cristo (Mt 17, 1-9 par).
Este pasaje define en forma simbólica la resurrección de Cristo, formulado por Mc 9, 2-8 y recreado en formas convergentes por Mateo y Lucas (9, 28-36). Estos son los elementos básicos del texto:
Jesús lleva a tres discípulos (signo y compendio de todos, varones y mujeres) a la montaña elegida para que descubran su verdad humana como caminantes y se identifiquen con él (con Jesús, presencia de Dios) , conforma al esquema de Flp 2, 5-9, conforme al cual Dios “aprende a ser Dios” haciéndose humano, en amor y servicio a los demáss
Jesús introduce a sus discípulos en la trans-figuración, haciéndoles ver que la identidad (morphe, forma) de Dios se expresa y despliega en su camino de siervo/doulos, dando su vida por todos. Jesús es Dios haciéndose siervo/esclavo, en amor hasta la muerte. No guarda y mantiene su “forma” para sí, no se aprovecha de los demás, para elevarse sobre ellossí mismo, sino que se abaja y entrega en amor a los demás hasta la muerte.
Jesús inicia así el camino más alto, la Vía Magna de Dios en la tierra, en forma humana, como servidor de todos…Ésta es su identidad, no tener identidad exclusiva, sólo suya (un yo-dominante por encimad e los otrosdemás), sino hacerse principio de existencia para todos, hasta la muerte (y muerte en Cruz): Todos se aprovechan de él, todos le utilizan, todos al fin le matan
Ése camino de Dios en Jesús, siendo el novedoso (nueva alianza), es el más antiguo, el camino de Moisés y Elías, la ley y los profetas, la vía regia de la muerte y resurrección de Jesús en quien sus discípulos descubran al Dios de la Escritura de Israel y de la Plenitud humana. No abandonan a Israel, para encontrar a Jesús, sino que descubren en Jesús la verdadera identidad del Dios de Israel y de todos los pueblos.
La experiencia de la transfiguración (centrada simbólicamente en tres varones) retoma y expresa el sentido de la experiencia pascual de la tumba vacía, tal como ha sido vivida por las tres mujeres de la Cruz y Pascua de Mc 15-16 par (Magdalena, la madre de José y Santiago, Salomé…). La escena de la transfiguración retoma y expresa en forma visionaria de varones el motivo y mensaje originario de la experiencia de la tumba vacía de las tres mujeres.
Introducción. El gen humano (como alambique de alquimia donde se tansfigura la vida).
Hacerse humano en Cristo (varón y mujer) significa aprender a dar la vida y darla. Los seres que se aman existen en la medida en que se relacionan y entregan unos a los otros, en forma gratuita, es decir, en la medida en que salen de sí, se entregan, se dan y se acogen, siendo, de esa forma, los unos en los otros.
La vida/educación humana es, por esencia, movimiento de diferenciación y comunicación en Dios (en él vivimos, nos movemos, somos: Hech 17, 18), en un “la plenitud divina” que se encarna en la historia de los hombres, de tal forma que no absorbe y anula a los individuos humanos, sino que se expresa y encarna en ellos, en forma dialogal, como entrega mutua de vida. Donde sólo hay “yo” no hay “yo” (ni siquiera en Dios) donde sólo hay uno no hay ninguno (ni siquiera en Dios); Dios “es” (soy el que soy) siendo comunión de vida, amor que se da, se acoge se comparte en la historia de los hombres.
Todo existe en movimiento, a modo de palabra de comunicación, que se ofrece, se acoge y se comparte. Así es Dios, dándose a sí mismo y recibiéndose, esto es, compartiéndose, en un camino (proceso) de vida que se expresa y realiza de modo pascual en los hombres. Así se revela Dios, tal como él es, en la vida de los hombres, en Cristo.
Así podemos afirmar que cada ser humano (persona) es, en una línea un “yo” absoluto (soy el que soy: Ex 3, 14), pero sólo puede serlo y decirse (yo soy), siendo dependiente, recibiendo su ser de otras personas, dialogando y dando aquello que es a los demás, descubriendo y realizando así su esencia su ser en sí) sí, siendo en los otros. Eso significa que que sólo puede decir “yo” (soy el que soy), haciéndose “tú” para los otros, dándoles su propia vida y viviendo en ellos.Según eso, una persona sólo existe en sí existiendo desde, para para y en (con) otras personas. (a) Sólo soy porque me han dado mi ser. (b) Sólo soy porque regalo y comparto mi ser con otros.
Según eso, la unidad/identidad (yo soy) existe únicamente en forma de dualidad, alteridad. Sólo haciendo que otros sean soy yo mismo, sólo al darles lo que soy me hago a mí mismo, por gracia de los otros.
Ratificación. El gen educativo
En la línea anterior, pudiendo (en teoría) ser Dios separado, por encima de los otros, se ha hecho y es Dios en nosotros, haciéndose siervo y siendo así verdadero “señor” (Dios en el cielo, Dios en la tierra, Dios en los mundos inferiores, todo en comunión y don de vida),conforme al himno de Flp 2, 6-11. Según eso, en su radicalidad el gen humano es gen cristiano.
En esa línea, amar-dialogar (ser humano) no consiste en buscar la perfección propia en un Todo superior, cerrado en sí, para ser allí absorbidos, sino en dar y recibir la vida, compartiéndola con otros. Inmerso en este Dios que es palabra dialogada, un ser humano sólo puede encontrar su perfección en la perfección del otro. Un hombre/mujer sólo puedes ser independiente potenciando la independencia del otro, para gozar así de su presencia y disfrutar de su encuentro.
Según eso, amar/dialogar supone existir de forma «extática», saliendo cada uno de sí mismo y encontrándose en el otro. Amar es darse, es difundirse, salir de sí y morir, para encontrarse y ser (resucitar) en otro. «Vivo sin vivir en mí» … Vivir en el amado, eso es resucitar (Teresa de Jesús). Morir al propio yo egoísta, eso es vivir por siempre
Según eso, morir no es perder la vida, sino ganarla. Vivo porque he dado mi vida (la he perdido, he muerto), en la línea de aquello que decía Juan de la Cruz, de forma lapidaria:“El alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene su vida, antes ella le da (da vida al cuerpo), mientras que ella vive por amor en lo que ama (en el que ama)” (Cantico b. Comentario 8, 3).
Según eso, la naturaleza del hombre consiste en hacerse persona (comunión dialogal de palabra y obra), con otras personas, de manera que la miwmq vida se convierte en don, a modo de tarea y gracia compartida. En ese sentido, la vida del hombre es trans-vida (vida que se da, que pasa a otros), su esencia es prae-esencia, en una línea que podemos llamar de trans-figuración (como define el himno de Flp 2, 6-11).
Educación, maduración humana como transfiguración
Cada ser humano es uno siendo otro (es otros), saliendo de de sí para perderse y encontrarse en elloso, siendo así per-sona, esto es, re-sonancia de y en los demás, en sentido etimológico de per-sonare (sonar, resonar en los otros, como voz compartida). Sólo de esa forma, cuando un hombre (ser humano) se transciende siendo en otro puede hablarse de presencia de amor, se puede hablar de Gracia con mayúsculo, de Dios que es gracia, dualidad de amor (Trinidad).
En 1453, Mahomet II conquistó Constantinopla, lo que supuso una terrible tragedia para los cristiandad. Pero cuatro años más tarde, en 1457, los cristianos lo derrotaron en Belgrado. Cuando el 6 de agosto llegó a Roma la noticia, el papa Calixto III ordenó celebrar ese día la fiesta de la Transfiguración del Señor, conocida desde antiguo en las iglesias de Oriente y Occidente. Este año 2023, el Domingo 18 del Tiempo Ordinario coincide con la fiesta y le cede el puesto.
El relato de la Transfiguración
En el Antiguo Testamento, Dios habla con mucha frecuencia, con las más diversas personas (incluso con la serpiente) y sobre toda clase de temas (desde la construcción de un arca que salve del diluvio hasta la táctica militar que debe emplear Josué). Sin embargo, en el evangelio de Mateo, Dios Padre solo habla en dos ocasiones: en el bautismo de Jesús y en la Transfiguración. En las dos dice lo mismo: «Este es mi hijo amado, mi predilecto». Pero en la Transfiguración añade una orden muy importante: «Escuchadle».
El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña, la visión, y el descenso de la montaña. Desde un punto de vista literario, se trata de una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, recordaré brevemente algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.
En primer lugar, Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña. A esa montaña no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces puede acompañar su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presencia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla. Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, histórico, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testamento.
La subida a la montaña
Es significativo el hecho de que Jesús sólo elige a tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan. Esta exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla sólo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presenciado por todos. Por otra parte, se dice que subieron «a una montaña alta y apartada». La tradición cristiana, que no se contenta con estas indicaciones generales, la ha identificado con el monte Tabor, que no tiene mucho de alto y nada de apartado. Lo que los evangelistas quieren indicar es otra cosa. Están usando el frecuente simbolismo de la montaña como morada de Dios o lugar de revelación divina. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí (u Horeb). También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén. Una montaña «alta y apartada» aleja horizontalmente de los hombres y acerca verticalmente a Dios. En ese contexto va a tener lugar la manifestación gloriosa de Jesús, sólo a tres de los discípulos.
La visión
La presentación de Mateo, muy parecida a la de Mc, aunque con ciertos cambios significativos, es de una agilidad y rapidez asombrosas, que puede hacer que el lector no caiga en la cuenta de todos los detalles significativos. En la visión hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud: 1) la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús; 2) la aparición de Moisés y Elías; 3) la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes; 4) la voz que se escucha desde el cielo.
1) La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas palabras: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). Mateo omite esta comparación final y añade un dato nuevo: «su rostro brillaba como el sol». No se trata de una luz que se proyecta sobre Jesús, sino de una luz deslumbradora y maravillosa que brota de su interior, transformando su rostro y sus vestidos; simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.
2) «De pronto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara; sin Moisés, humanamente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión yahvista en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea; sin él, habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípulos (no a Jesús), es una manera de confirmarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.
En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Generalmente nos fijamos en las tres chozas. Pero esto es simple consecuencia de lo anterior: «qué bien se está aquí». En el contexto de las anteriores intervenciones de Pedro resulta coherente con su intención de que Jesús no sufra. Es mejor quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que tener que seguir a Jesús con la cruz.
3) «Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y dijo una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo». Como en el Sinaí, la presencia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que Dios habla (Ex 19,9).
4) Sus primeras palabras reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: ¡Escuchadlo! Esta orden se relaciona con el anuncio hecho por Jesús una semana antes a propósito de su pasión, muerte y resurrección. A Pedro le provocó un gran escándalo, pero Jesús no dio marcha atrás: «Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga». Dios Padre confirma que ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. ¡Escuchadlo!
El descenso de la montaña
La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite se inserta en la misma línea de la prohibición de decir que él es el Mesías. No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.
Resumen
Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles y para todos nosotros. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.
Todo esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vestidos tienen la experiencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) al aparecérseles Moisés y Elías se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revelación de Dios; 3) al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.
El episodio de la transfiguración se encuentra en un momento “crítico” del evangelio. La hostilidad hacia Jesús crece, él es consciente. Y en medio de las dificultades se toma un tiempo para orar.
Pero también un tiempo para estar con su círculo más íntimo. Llama a tres de sus amigos y se va un día de “retiro”. De excursión. Se aleja de la ciudad, de las gentes. Suben a la montaña.
Caminan, respiran, cantan algún salmo. Se llenan de naturaleza. Se detienen en un lugar retirado y hablan en intimidad. Jesús abre su corazón. Se confía a sus amigos. Les habla de cómo ve y de cómo siente a Dios. Les explica lo que descubre en la Ley (Moisés) y en los Profetas (Elías). Y hablando de Dios y de su Palabra acaban orando juntos.
El corazón de sus amigos sintoniza con la voz del Padre y ellos mismos pueden ver y oir lo que siente y experimenta Jesús. Es un momento plenamente luminoso y ellos no quieren que termine.
Cuando entras de lleno en el corazón de la Trinidad no quieres salir, no quieres moverte de allí. Querríamos quedarnos para siempre. Pero Jesús nos invita a levantarnos y a regresar a nuestra cotidianidad.
La oración, el encuentro con Dios, en ocasiones es un espacio confortable, lleno de luz que nos deja frente a lo bueno y lo mejor que hay en nosotras mismas. Alguna vez la oración nos desvela nuestra identidad más profunda. Nos susurra que somos Hijas Amadas de Dios. Y nos respiramos como parte de ese corazón Trinitario.
Pero no podemos quedarnos en esa montaña tranquila. El verdadero encuentro con Dios nos lanza hacia nuestras hermanas y hermanos. Nos abre a la realidad de las demás. Y nos compromete con ella.
Oración
Permítenos, Buen Jesús, contemplar tu Rostro Transfigurado para que se nos conmuevan las entrañas y nos comprometamos con el sufrimiento de nuestras hermanas y hermanos.
Comentarios desactivados en Lo que realmente era Jesús está más allá de las apariencias, pero estaba siempre allí.
TRANSFIGURACIÓN (6 de agosto)
Mt (17,1-9)
Aunque no sabemos cómo se fraguó este relato en la primera comunidad, debe ser muy antiguo, porque Marcos ya lo narra completamente elaborado. Una vez que descubrieron lo que Jesús era en la experiencia Pascual, trataron de encontrar la manera de comunicar esa vivencia que les había dado Vida. Para hacerlo creíble, lo adornaron con imágenes tomadas de la Escritura. Así disimulaban la ceguera que les había impedido descubrir quién era Jesús.
La manera de construir el relato quiere demostrar que, lo que descubrieron de Jesús después de su muerte ya estaba en él durante su vida, solo que no fueron capaces de apreciarlo. Jesús fue siempre lo que se quiere contar en este relato, antes de la muerte y después de ella. Lo que hay de divino en Jesús está en su humanidad, no está añadido a ella en un momento determinado. Este mensaje es muy importante a la hora de superar visiones demasiado maniqueas de Jesús con el fin de manifestar de manera apodíctica su divinidad.
Una vez que la exégesis ha demostrado que no se trata de un hecho real, nos vemos obligados a afrontar su explicación de forma completamente diferente a como se había hecho a través de los siglos. Al tratarse de un relato simbólico, debemos buscar el significado más allá de la literalidad de las expresiones. Esta nueva perspectiva nos dispensa de aceptar una puesta en escena por parte de Jesús que ni está de acuerdo con su estilo ni tiene ningún sentido como un intento de preparar a sus discípulos más cercanos para el mal trago de la pasión y muerte.
Esos símbolos están tomados de las teofanías del AT. Estas manifestaciones de la divinidad son experiencias personales que no se pueden meter en palabras ni conceptos. Por eso utilizan relatos mitológicos con los que intentan expresar lo inexpresable. Los primeros seguidores de Jesús intentaron, por todos los medios, convencer a los demás judíos de que Jesús era el Mesías. Para ello, el mejor camino era conectarle directamente con todo el AT. Si Jesús actuaba de acuerdo con lo dicho por sus Escrituras, sería una prueba de autenticidad.
Partiendo de que es un relato simbólico, nuestra tarea es desentrañar esos símbolos para descubrir lo que en realidad nos quieren comunicar. Sin tener en cuenta el lenguaje del AT no podemos dar un paso para explicar el significado de cada frase, incluso de cada palabra del relato. Todo son símbolos y como tales debemos desentrañarlos. El hecho de que todos sean símbolos, no disminuye en nada la profundidad del mensaje que nos quieren transmitir. Al contrario, el lenguaje bíblico nos lleva a una verdad distinta, pero más profunda.
Pedro, Santiago y Juan, los únicos a los que Jesús cambió el nombre. Era buena gente, pero un poco duros de mollera. Necesitaron clases de apoyo para poder llegar al nivel de comprensión de los demás. Los tres acompañan a Jesús en el huerto. Los tres son testigos de la resurrección de la hija de Jairo. Pedro acaba de decir a Jesús, que, de pasión y muerte, ni hablar. Santiago y Juan van a pedir a Jesús, en el capítulo siguiente, que quieren ser los primeros en su reino. Los tres demuestran que les costó dios y ayuda entender el mensaje de su Maestro.
La montaña alta, la nube, la luz, la voz, el miedo, son todos elementos que aparecen en las teofanías del AT. El monte es una clara referencia al Sinaí donde Moisés experimentó la mayor teofanía de todo el AT. La nube fue signo de que Dios los acompañaba, sobre todo en el desierto. La nube trae agua, sombra, vida. Los acompañaba de día y de noche: de día les daba sombra, de noche era luminosa. los vestidos blancos son signo de la divinidad. La luz, la voz y el miedo acompañaban siempre a toda manifestación de Dios a su pueblo.
Moisés y Elías, además de ser los testigos de grandes teofanías, representan todo el AT, la Ley y los profetas. Significa que Jesús no se sacó su mensaje de la manga, sino que está en total acuerdo con las Escrituras. Lo que se intenta es manifestar el traspaso del testigo a Jesús. Hasta ahora, La Ley y los profetas eran la clave para descubrir la voluntad de Dios. Desde ahora, la clave de acceso a Dios será Jesús.
¡Qué bien se está aquí! Es una expresión muy significativa. Pretende hacernos ver que para Pedro era mucho mejor lo que estaba viendo y disfrutando en ese momento, que la pasión y muerte, que les había anunciado unos versículos antes Jesús para dentro de muy poco. Cuando les anuncia por primera vez la pasión, Pedro había dicho a Jesús: ¡Ni hablar! Eso no puede pasarte. Ahora se encuentra a sus anchas disfrutando de la gloria que está manifestando su Maestro y de la que están participando. El mismo afán de gloria que a todos nos acecha.
Vamos a hacer tres chozas. Pedro está en la “gloria” y pretende retener el momento. Pedro, diciendo lo que piensa, manifiesta su falta total de comprensión del mensaje de Jesús. Le ha costado subir, pero ahora no quieren bajar, porque se habían acercado a Jesús con buena voluntad, pero sin descartar la posibilidad de medrar. Al poner al mismo nivel a los tres personajes que está contemplando, Pedro niega la originalidad de Jesús. No acepta que la Ley y los profetas han cumplido su papel y están ya superados. La voz corrige esta visión de Pedro.
¡Escuchadlo! En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. A Moisés y Elías (la Ley y los profetas) llevaban mucho tiempo escuchándolos. Llega el momento de escucharle a él. El AT es el mayor obstáculo para escuchar a Jesús. Hoy lo son los prejuicios que nos han inculcado sobre Jesús. Escuchar es la actitud del discípulo. En el Éxodo, escuchar a Dios no es oír sus mensajes y aprenderlos de memoria sino obedecerle. La Palabra, que no solo oímos sino que escuchamos, nos compromete seriamente y nos arranca de nosotros mismos.
Lo importante no es que Jesús sea el Hijo amado. Lo determinante es que, cada uno de nosotros somos el hijo amado como si fuéramos único. Dios nos está comunicando en cada instante su misma Vida y habla en lo hondo de nuestro ser en todo momento. Esa voz es la que tenemos que escuchar. No tenemos que aceptar la cruz como camino para la gloria. No llegamos a la vida a través de la muerte. En la “muerte” está ya la Vida.
No contéis a nadie… Es la referencia más clara a la experiencia pascual. No tiene sentido hablar de lo que ellos, ni estaban buscando, ni habían descubierto. No sólo no contaron nada, sino que a ellos mismos se les olvidó. En el capítulo siguiente nos narra la petición de los primeros puestos por parte de Santiago y Juan. Pedro termina negándolo ante una criada. Hechos que hubieran sido impensables después de una experiencia como la transfiguración.
Comentarios desactivados en Lo que me salva no es comer el pan sino darme a los demás.
DOMINGO 18 (A)
Mt 14,13-21
Seis veces se narra en los evangelios este episodio. Jesús da de comer a una multitud en despoblado. Es seguro que algo muy parecido pasó en realidad y probablemente más de una vez. Pero lo que pasó no tiene ninguna importancia, porque se trata de un relato simbólico. Lo importante es lo que nos quieren decir al contarnos esta historia. Las circunstancias de tiempo y lugar son datos teológicos, que nos tienen que acercar, no a un conocimiento discursivo y racional sino a una profunda vivencia religiosa.
Con los conocimientos exegéticos que hoy tenemos, no podemos seguir entendiendo este relato como multiplicación milagrosa de unos panes y peces. Es más, entendido como un milagro material y puntual, nos quedamos sin el verdadero mensaje del evangelio. Podíamos decir que es una parábola en acción. También hacen falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: dadles vosotros de comer. Jesús sabía que eso era imposible. Parece ser que no entraba en los planes del grupo preocuparse de las necesidades materiales de los demás.
No podemos seguir hablando de un prodigio que Jesús lleva a cabo gracias a un poder divino. Si Dios pudo hacer un milagro para saciar el hambre de los que llevaban un día sin comer, con mucha más razón tendría que hacerlo para librar hoy de la muerte a millones de personas que están muriendo de hambre en el mundo. Tampoco podemos utilizar este relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad guardado en la chistera y que podía utilizar a capricho.
No se dice que los panes y los peces se multiplicaran. Realmente fue un verdadero “milagro” que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tienen hasta conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese tiempo. Los apóstoles tenían cinco panes y dos peces; seguramente, después de haber comido ese día. Estamos ante un ejemplo de respuesta a la generosidad que Jesús predicaba y practicaba.
Con frecuencia, en la Biblia se hace referencia a los tiempos mesiánicos como banquete. El mismo Jesús se dejaba invitar por las personas importantes. Él mismo organizaba comidas con los marginados; esa era una de las maneras de manifestarles su aprecio y cercanía. La más importante ceremonia de nuestro culto cristiano está estructurada como una comida. Que todo un día de seguimiento haya terminado con una comida no nos debe extrañar. Lo verdaderamente importante es que, en esa comida, todo el que tenía algo que aportar colaboró y el que no tenía nada se sintió acogido fraternalmente.
Si tenemos “ojos” y “oídos” abiertos, en el mismo relato podemos hallar las claves para una correcta interpretación. Los discípulos se dan cuenta del problema y actúan con toda lógica. Como tantas veces decimos o pensamos nosotros, se dijeron: es su problema, ellos tienen que solucionárselo. Jesús rompe con esta lógica y les propone una solución mucho menos sensata: “dadles vosotros de comer”. Él sabía que no tenían pan para tantas personas. Aquí empieza la necesidad de entenderlo de otra manera. No se trata de solucionar el problema desde fuera sino de provocar la generosidad y el compartir.
Recordar algunos datos nos ayudará a comprender el relato más ajustadamente. Junto al lago, los alimentos básicos de la gente eran el pan y los peces. Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud. También el número de los que comieron (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. Es el pan compartido el que debe alimentar al nuevo pueblo de Dios. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Ya tenemos los elementos que nos permiten interpretar el relato más allá de la letra.
El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal de la vida nos dice que el “pan”, indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas condiciones que el que lo retiene impone: el “precio”. Lo que hace Jesús es librar el pan de ese acaparamiento injusto. La mirada al cielo y la bendición son el reconocimiento de que Dios es el único dueño y que a Él hay que agradecer el don. Liberado del acaparamiento, el pan, que significa la vida, llega a todos sin tener que pagar un precio por él.
Jesús, nos dice el relato, primero siente compasión de la gente, y después invita a compartir. Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. Aunque en su esquema mental no encontraron solución, lo cierto es que, todo lo que tenían lo pusieron a disposición de todos. Esta actitud desencadena el prodigio: La generosidad se contagia y produce el “milagro”. Cuando se dejan de acaparar, los bienes llegan a todos. Cuando lo que se acapara son los bienes imprescindibles para la vida, lo que se está provocando es la muerte. Los hombres no deben actuar de manera egoísta.
Curiosamente hoy son la primera y la segunda lectura las que nos empujan hacia una interpretación espiritual del evangelio. Los interrogantes planteados en las dos primeras lecturas podrían ser un buen punto de partida para la reflexión de este domingo. La primera nos advierte que la comida material, por sí misma, ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios, cuando se imita a Dios, se alimenta la verdadera Vida. En la segunda lectura nos indica Pablo dónde está lo verdaderamente importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.
Después de un día con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían: unos pedazos de pan duro y peces resecos. Ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No debemos hacer distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Solo cuando compartimos el pan material, estamos alimentándonos del pan espiritual. En el relato no hay manera de separar el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio.
No olvidemos que la eucaristía comenzó como una comida en que todos los alimentos se compartían. Cada vez que se comparte el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. No hay otra manera de identificarnos con Dios y de acercar a Dios a los demás. La eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios, que es don total. El pan que verdaderamente alimenta no es el pan que se come, sino el pan que se da. El primer objetivo de compartir no es saciar la necesidad de otro, sino manifestar la Unidad entre todos. Fray Marcos
Decía Ruiz de Galarreta que «antes creíamos por los milagros, y ahora creemos a pesar de los milagros». Y tenía razón, pues los milagros chocan con el muro infranqueable de nuestra mente ilustrada, y, o bien los rechazamos de plano, o bien los interpretamos de forma alternativa. Pero los milagros llenan las páginas de los evangelios y no se pueden obviar. Algo parece seguro; que en torno a Jesús ocurrían hechos asombrosos que sus contemporáneos, de forma generalizada, tomaban por milagros.
La multiplicación de los panes debió de ser algo muy sonado, pues está recogida en los cuatro evangelios. Pero nuestra mentalidad escéptica nos impide aceptar la versión que ofrecen los evangelistas (alguno de ellos, testigo del hecho), y hemos preferido elaborar otra versión, muy atractiva, muy al estilo de Jesús, pero que no se desprende de los textos. Según ella, lo que allí ocurrió es que Jesús quiso aprovechar la ocasión que se le brindaba para dejar patente lo más profundo de su mensaje; un mensaje que podía ser formulado así: “El Reino es la abundancia de compartir”.
De acuerdo con esta interpretación, Jesús no realizó ningún milagro espectacular, sino un milagro mucho mayor: el milagro de que los allí presentes compartiesen lo que tenían; que aprovechó la ocasión para enseñarles que cuando se comparten las cosas, aunque no lo parezca, hay para todos y todavía sobra… Pero eso no lo dicen los evangelios…
En cualquier caso, después de comer se desató la euforia. Habían comido bien y se sentían atendidos por Jesús como jamás habían sido atendidos por nadie. Ya no eran ovejas sin pastor, sino un pueblo cohesionado en torno a su líder, y viendo la señal que Jesús acababa de realizar, se dijeron: «Éste verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo», y quisieron hacerle rey.
Juan dice en su evangelio que «temiendo Jesús que iban a venir a apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo». Previamente, Jesús había metido a sus discípulos en la barca (posiblemente porque eran los cabecillas) y había despedido a la gente. Hecho esto, se retiró al monte para orar toda la noche (quizá para combatir la tentación de aceptar que por un momento le había asaltado)
Juan dice también que «desde aquel momento muchos discípulos se volvieron atrás y dejaron de andar con él», lo que supuso un punto de inflexión en el seguimiento de Jesús. Había dejado claro que él no era el Mesías que esperaban, y esto provocó el abandono de muchos de sus seguidores que le tenían por tal. Sabemos, además, que la desbandada debió ser importante, pues cuando Jesús se volvió a reunir con los doce les preguntó: «¿También vosotros queréis marcharos?» … a lo que Pedro contestó con una profesión de fe emocionante: «Nosotros creemos en ti». Y se acabó. Los demás tienen sabiduría, argumentos, sistemas filosóficos, razones históricas, poder. Nosotros creemos en ti; el hijo de José y María, el carpintero de Nazaret.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
“¡Qué bien estamos aquí!” Esas son las palabras de Pedro, según el relato de Mateo 17,1-9, cuando estaba rodado por Jesús, Juan y Santiago en lo alto de una montaña. Y sigue diciendo Pedro: “haré aquí tres tiendas” al percibir que Moisés y Elías -los grandes protagonistas de la historia de salvación de Israel- entran en diálogo con Jesús. Se trata de un momento especial de revelación que parece como un adelanto de la resurrección de Jesús.
El lugar es significativo. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la montaña es un lugar privilegiado de revelación. El Monte Sinaí, por ejemplo, llamado también Monte Oreb o Monte del Señor, es uno de los lugares más sagrados e importantes de Israel, por ejemplo para la revelación de Dios a Moisés (Éx 3,1), o para la huida de Elías donde pasa cuarenta noches bajo la protección de Dios (1 Re 19). En el NT, es también un lugar de huida o de soledad (Jn 6,15) y un espacio propicio para la oración (Lc 6,12-19), a la vez que se mantiene como el sitio ideal para la revelación y manifestación de la presencia de Dios (Mc 9,2-13; Lc 9,28-36; Mt 17,1-9). En una montaña alta, los discípulos tienen una visión (v. 9), perciben una voz (v. 5 ) y también a Moisés y de Elías conversando con Jesús (v. 3).
Es una visión que acontece en un lugar concreto -la montaña- y aparentemente en un momento concreto pero que no pueden contarla a nadie hasta que Jesús resucite. Es como una percepción anticipada de esta vida del Resucitado en plenitud.
¿Qué nos puede decir este relato a los creyentes de hoy? ¿Podemos tener alguna experiencia de este “estar bien” tan propio de una Vida en plenitud? ¿Podemos percibir la presencia de nuestros antepasados en la fe? ¿Tenemos experiencia de la cercanía y contacto de un Jesús resucitado y lleno de luz? La montaña puede estar a nuestro alcance. Nuestros antepasados siempre están ahí. El presente puede ser, por lo menos en algunos instantes, el tiempo de presencia y cercanía. En algunos momentos hemos podemos decir: “Qué bien estamos aquí”. Tal vez son algunas señales que anticipan la plenitud de lo que está por venir.
Jesús no era un mago que fuera convirtiendo el agua en vino ni multiplicando, literalmente, los panes. A cualquier lector judío, el texto de Mateo -que comentamos hoy- le evocaba relatos antiguos, que se referían a la situación del pueblo en el desierto -tal como se narra en el Libro del Éxodo- o al poder de profetas como Eliseo. Textos, todos ellos, que requieren ser leídos en clave simbólica.
Este, en particular, gira en torno a la frase: “Dadles vosotros de comer”. De ese modo, se subraya un aspecto de la compasión que el evangelio reconoce como criterio de verdad de la misma. Según la tradición evangélica, solo puede hablarse con propiedad de “compasión” cuando esta se traduce en una acción eficaz en favor de la persona que se halla en necesidad.
Es la diferencia entre una persona simplemente sensible y otra compasiva: la primera puede conmoverse ante la necesidad o el sufrimiento de los demás, incluso sentir lástima, pero todo acaba ahí; la segunda, por el contrario, se siente movilizada y traduce su conmoción en una ayuda eficaz.
La expresión “Dadles vosotros de comer” se refiere tanto a situaciones individuales como colectivas y hoy incluso planetarias. En el corazón de un mundo sangrantemente dividido por la injusticia estructural y la creciente desigualdad entre ricos y pobres -personas y pueblos enteros-, resuena con más verdad y urgencia que nunca la palabra de Jesús, que apremia a ser conscientes de la realidad y a movilizarse a favor de la justicia más elemental: “Dadles vosotros de comer”.
Comentarios desactivados en Se trata de transformar, transfigurar la vida
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Trans – figurar.
Tal vez nos ha ocurrido también a nosotros, cuando hemos escuchado una música, o hemos visto la constancia de una persona en su trabajo, o tal vez hemos pasado mil veces por delante de la Iglesia de nuestro pueblo o hemos leído una poesía o un salmo y no nos han dicho nada. Pero un buen día vemos esas mismas realidades y nos han impactado, hemos caído en cuenta de aspectos y valores de los que no éramos conscientes.
Muchas veces cuando te encuentras con determinadas personas, “no ves nada”, no translucen nada, al menos nada que valga la pena. Otras veces el encuentro con una persona sencilla, pobre, humilde, transmite luz, bondad, cercanía…
Podemos emplear la palabra transmitir para hablar de transfigurar.
¿Transfiguramos y transformamos las realidades de la vida en luz, en sensatez, en pensamiento?
En el lenguaje del concilio Vaticano II podríamos pensar que la creación, la vida, el amor son sacramento de Dios. La naturaleza, el amor de la pareja, la amistad son como un sacramento de Dios.
02.- No fue tarea sencilla ver a Cristo en Jesús.
¡Cuántas veces y cuánto tiempo vieron sus discípulos y sus paisanos a Jesús, pero no vieron a Cristo! De hecho, muchos dejaron de ser sus discípulosdel Señor. (Jn 6).
Incluso pensemos que María, la madre del Señor, sabía, ¡Claro que sabía que Jesús era su hijo!, pero hubo de llegar a la fe en que su hijo era Cristo, la Palabra de Dios.
Por eso decimos de la Virgen María que es la primera creyente en Cristo. Era madre de Jesús, pero hubo de llegar a creer que su hijo era expresión, hijo de Dios.
03.- Textos muy semejantes: Bautismo y Transfiguración.
En el NT Dios habla –directamente- solamente en dos momentos: en el Jordán (Bautismo de Jesús) y en el Tabor (Transfiguración).
En ambos momentos se escucha una voz del cielo: Este es mi hijo amado…
Ambos momentos (bautismo y Transfiguración) son como una epifanía (manifestación) de Jesús. Jesús es expresión de Dios. Jesús transmite a Dios Padre.
Jesús se manifiesta, en su corporeidad: en sus encuentros con personas, enfermos, en sus discusiones con fariseos, en sus momentos trágicos de muerte y momentos de gloria: resurrección.
Contrastes del relato de la transfiguración:
La escena de la Transfiguración está llena de contrastes.
Jesús se encuentra en plena gloria pero habla de su muerte. Los discípulos casi entran en el cielo, pero están asustados y «se caían de sueño».
Quieren quedarse allí, pero tienen que bajar y subir a Jerusalén.
Dios les manifiesta al Hijo escogido, pero se les ordena no decir nada.
El relato de la transfiguración: un mundo de símbolos
El relato de la Transfiguración está tejido de muchas reminiscencias bíblicas:
Los montes son el lugar más cercano al cielo, casi tocan el cielo, el lugar de Dios. Moisés y Jesús están con Dios.
¿Procuro encontrarme cerca de Dios?
La nube es la protección que Dios ofrece al pueblo ante el rigor del solo caminando por el desierto de la vida. ¿Me siento protegido por Dios? ¿Dios me acompaña en la vida?
rostros resplandecientes, luz, vestidos luminosos. Desde la luz, desde Dios las cosas y los problemas de la vida y de la muerte se ven de manera distinta.
¿Hay luz en mi vida?
Escuchadle, Escucha Israel. Es sensato y razonable escuchar, acoger la Palabra y las palabras que se nos dicen en la vida. ¿”Atiendo a razones” en mi vida?
El Padre, todo padre, se complace en sus hijos. Dios se complace en su Hijo y en nosotros que también lo somos. Lo mejor que nos puede pasar es que nos sintamos queridos y acogidos por Dios. Todo está, pues, preparado:
04.- La transfiguración es un acontecimiento de oración. [1]
Probablemente este relato de la Transfiguración es la experiencia de fe a la que llegaron en la oración los primeros cristianos, discípulos. En Jesús terminaron por ver la expresión, lo que Dios y la vida nos quieren siempre decir. En algún momento, (proceso, etapa de la vida) los primeros creyentes, representados en Pedro, Santiago y Juan, llegaron a la fe en Cristo a través del encuentro con Jesús.
La Transfiguración fue también la experiencia fundamental de la vida de Jesús, que probablemente no ocurrió en un momento, ni en un monte, ni con los tres citados, sino después de mucho caminar y pensar las cosas en el camino de la vida.
Podemos pensar que desde la perspectiva de muerte y resurrección que Jesús va intuyendo en su vida, ilumina, transforma, transfigura toda la existencia de Jesús. Tal experiencia de encuentro (oración) con Dios confiere una luz a su vida, a sus problemas, que Jesús también tuvo problemas y crisis en su vida.
El encuentro con Dios transfigura la vida y la muerte, su vida y la nuestra, su muerte y la nuestra.
05.- Transfigurar la monotonía de la vida.
La mayor parte de los días de la vida son muy parecidos.
Sin embargo hay días y acontecimientos diferentes; días de mayor profundidad y densidad existencial, que transfiguran la vida:
cuando una persona, por los caminos que solamente Dios sabe, descubre el sentido de la vida en la noche oscura del alma, de la depresión: cambia la vida
el día en que una pareja se decide casar, todo se transfigura.
cuando nace un niño en la familia, la vida de esa familia es ya otra.
cuando uno decide entregar su vida al servicio de la iglesia, la vida se configura de un modo especial.
cuando vivimos acontecimientos decisivos: enfermedades, muertes, la vida queda transformada.
Cuando Oteiza talló, esculpió las piedras de Aránzazu, se transformaron en iconos.
Estas vivencias, encuentros, acontecimientos hacen de la vida otra cosa, es “otra historia” y realmente comienza otra historia.
06.- Transfigurar la realidad.
Vivir es transfigurar las realidades de la vida, es transformar, salir de la mera realidad:
la comida no es un mero engullir proteínas por muy ecológicas y científicas que sean. “Comer” es convivir, compartir, acoger, celebrar, disfrutar, despedir… Y eso es transfigurar el Cordero pascual, el pan, el vino, el agua, la mesa, la palabra, etc.
La sexualidad no es el simple ejercicio de unas funciones somático-genitales, sino que es amistad y amor, ágape, es entrega, es acompañarse en la vida, compartir, apoyarse y apoyar, procrear, educar, etc. Y eso es transfigurar lo meramente corpóreo en amor.
Ser presbíteros, monjes, religiosos o cristianos no es meramente ritualizar sacramentos casi por arte de magia, sino que ser presbítero es vivir el evangelio en el seno de una comunidad cuidando la fe y la esperanza de la comunidad, sobre todo, estando atento a los más pobres. Y eso es transfigurar lo puramente eclesiástico en vida evangélica.
Las “piedras” y el cemento, la madera y el hierro, no son para el ser humano meramente granito, roble o materias primas, sino que son Aranzazu, el Peine del Viento, los libros, las mesas, los quirófanos y, a su vez, estos se transforman en salud, cultura, vida. Y esto es transfigurar.
Transfigurar es salir de uno mismo, transcender la materialidad para llegar a una tierra nueva, una comprensión nueva, una vivencia de la realidad llena de luz y sentido. Estamos llamados a transfigurar, transformar la vida.
La Eucaristía es una transfiguración. Es importante que la transfiguración se realice en el pan y vino, pero más importante que seamos nosotros los que quedemos transfigurados.
Probablemente la afirmación central de la Transfiguración es la voz que brota del cielo
Este es mi hijo amado, escuchadle
Transfiguración, Ciudad del Vaticano, Librería Editrice Vaticana, 2007, Madrid, Ed La Esfera de los Libros
[1] J. Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Primera parte. 2007, p 361.
Comentarios desactivados en “Siesta de Transfiguración y psicoanálisis en el Tabor”, por Juan Masiá Clavel
De su blog Vivir y Pensar en la Frontera:
Sueño y despertar de transfiguración en el monte Tabor,
En la reunión del equipo pastoral, preparando la homilía del 6 de agosto, nos hizo reir la catequista Herminia contando el cuento de las tres tiendas de campaña en lo alto del monte Tabor:
“¿Por qué tres solamente, si los personajes son seis en total, contando a los discípulos con los dos profetas y el Maestro? Es que Moisés y Elías son mayores, serios, estirados y encima roncan, necesitan estancia individual. En cambio, los discípulos se acurrucan en la misma tienda con Jesús, que reclina la cabeza en cualquier sitio, aun con menos de dos estrellas”.
Bromas aparte, el resto del equipo dudaba entre subir a montes de contemplación o bajar a rutas de compromiso.
Alicia, catequista de los pequeños, prefiere Lucas a Mateo y propone escenificar el sueño; “Pedro y sus compañeros estaban amodorrados por el sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria” (Lc 9, 32). De fondo, el salmo: “contempladlo y quedaréis radiantes”; aunque no todo es luz resucitadora, sino mitad ilusión de luz y mitad pesadilla de tinieblas en este “éxodo de pasión” que comentan Moisés y Elías (Lc 9, 30).
Enrique, catequista de confirmandos, insistía en que no vale la misma interpretación en la misa de infancia y en la de mayores. Es que no acababa de convencerles mi propuesta de centrarse en nuestros propios sueños, como en el sueño de Pedro, Juan y Santiago.
Los tres discípulos –invitados a quedarse en silencio ante el Enigma para escuchar al Misterio de Vida, que eso es orar…-, simplemente cayeron en el sopor de sobremesa, aunándose los temores con el mesenterio productor de ensoñaciones.
Los tres se quedaron dormidos en la siesta del monte Tabor (Mc 9, 2-13; Mt 17, 1-20; Lc 9, 28-36; cf Jn 12, 22-33), como también se les pegaron las sábanas, un año antes, en la madrugada de Cafarnaúm (Mc 1, 35-38) y como caerían rendidos de sueño, un año después, a media noche en Getsemaní (Lc 22, 39-46; Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42).
Estamos cotejando estos textos en el equipo, pero me parece que nos condiciona demasiado la preocupación con que solemos preparar las homilías: polarizados en cómo explicar la historia, o cómo contar el cuento de la manera que lo cuenta con su intención cada evangelista o cómo aclarar significados convirtiéndo los símbolos en alegorías que racionalicen la fe.
Quizás para Pedro, Juan y Santiago –y para nosotros hoy también- haga falta ayuda consejera: que, en vez de interpretarlo, nos plantee qué vamos a hacer con el sueño.
Y si el psicoanalista es Jesús en persona, escucharé la palabra que me hiere y abraza al mismo tiempo: levántate!
Levántate significa: despierta. Levántate significa: ponte en pie y echa a andar. Levántate significa: resucita.
“Levantaos” es palabra clave en esta escena: Mt 17, 7:, Levantáos (Gr. Egérzete), no tengáis miedo; Mt 26, 46: Levantáos (Gr. egéireze), vamos.
Nada extraño que tengan pesadillas de miedo los discípulos que, por el camino, habían oido de labios de Jesús el anuncio de la Pasión. Se mezclan en el sueño los miedos de muerte y tinieblas con los anhelos de vida resplandeciente: ellos habían dicho en la crisis galilea: “Nosotros no te dejamos, tú tienes palabras que dan vida definitiva (Jn 6, 68). Pero al abrir los ojos no saben con qué carta quedarse, con el recuerdo del miedo o con la lucidez de la esperanza. Se quedan inmóviles, “aterrados, no sabían cómo reaccionar” (Mc 9, 6), “al verse envueltos por la nube tormentosa se asustaron” (Lc 9, 34) a pesar de que la voz escuchada en sueños les había animado así: “Escuchadlo, es mi Hijo, al que tanto quiero” (Mt 17, 5)
Y Jesús sigue invitando a despertar del ensueño, del engaño; y abrir los ojos a otro sueño mejor, despertar a la realidad, a la lucidez de la iluminación. Despertar y salir del miedo, resucitar a la lucidez de afrontar la realidad y asumrla. Para Jesús, despertar es resucitar y resucitar es nacer de nuevo por el Espíritu, cuya creeatividad hace siempre posibles renaceres de transfiguración.
Pues levantémonos – y levántese la Iglesia- resucitando del miedo a la lucidez tras la consulta de psicoanálisis gratuita con Jesús en el monte Tabor
Comentarios desactivados en Tesoros escondidos en las vidas LGBTQ+
Sor Luisa Derouen
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Luisa Derouen. La Hna. Luisa es una Hermana Dominica de la Paz que comenzó a ministrar entre la comunidad transgénero en 1999 y ha sido compañera espiritual formal e informal de unas 250 personas transgénero en todo el país. Ahora está semijubilada en St. Catharine Motherhouse en el centro de Kentucky.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 17 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Desde que tengo memoria, la lectura del Evangelio de hoy, la parábola del tesoro en el campo, ha sido mi elección para proclamar el Evangelio en mi funeral. Ingresé a la comunidad religiosa de mis Hermanas Dominicas justo después de terminar la escuela secundaria en 1961. No ingresé a la vida religiosa por el ministerio o la comunidad. Entré porque había “encontrado” el tesoro que es Dios, y toda mi vida ha sido vender todo para poder alcanzar ese tesoro. Mi vida religiosa siempre ha sido un regalo atesorado y totalmente desatendido que nunca he dado por sentado, y que se vuelve más precioso a medida que me acerco a mi 62º año como hermana dominicana.
Las historias de escondites escondidos de objetos preciosos habrían sido muy familiares para aquellos que escucharon a Jesús describir el reino de Dios como un tesoro escondido. Habría tenido en mente un frasco de monedas o joyas. Palestina había sido invadida muchas veces a lo largo de los siglos debido a su posición entre Mesopotamia y Egipto, por lo que era común que la gente enterrara sus objetos de valor. El tesoro escondido era un tema favorito en su folclore, pero como solía ser el caso, Jesús no contó la historia con el obvio final feliz que la gente esperaba.
Estamos más acostumbrados a interpretar las imágenes del tesoro en el campo y la perla de gran precio como la exigencia que Jesús nos hace de que nos entreguemos por completo para reclamar el tesoro que es Dios. Sacrifícate primero, y luego serás recompensado. Pero sabemos que realmente no es así como funciona.
Lo más importante de esta parábola no es a qué renuncian los dos hipotéticos personajes, sino por qué lo hacen: por la sobrecogedora experiencia del esplendor de su descubrimiento. La experiencia de encontrar el tesoro y la perla los obligó a entregarse y venderlo todo.
Eso siempre me ha resonado profundamente porque cuando era un joven adolescente en la escuela pública, probé la bondad de Dios de una manera que ha estado operativa toda mi vida. Y desde entonces, en cuanto he podido, me he esforzado por pagar el precio del regalo exquisito del amor de Dios.
Me gustaría compartir dos breves comentarios sobre la lectura del evangelio de hoy con aquellos de ustedes que son el Cuerpo de Cristo LGBTQ+ en nuestra Iglesia hoy.
En primer lugar, si está leyendo esta reflexión sobre el Evangelio para el decimoséptimo domingo del tiempo ordinario, es probable que usted también haya encontrado el tesoro que es Dios, en formas que nunca podría haber planeado o preparado, y mucho menos ganado. Lamentablemente, muchos de ustedes pagan un alto precio por su respuesta fiel al tesoro que han encontrado: la elección de Dios de ustedes como Amado. A pesar de la forma en que a menudo te tratan en tu iglesia, permaneces fiel a Dios que mora en ti y te atrae a una relación cada vez más profunda.
La presencia de Dios es el tesoro escondido en el campo de tu propia vida. Su fidelidad a esa relación con Dios en la Iglesia Católica probablemente ha requerido de usted un alto precio que no es el deseo de Dios para usted. Continúas buscando y encontrando a Dios en una Iglesia que a menudo te malinterpreta o te rechaza rotundamente, pero continúas arando el campo y vendiendo todo por el tesoro que es Dios.
Segundo, el amor de Dios por ti y en ti significa que tú también eres un tesoro precioso. Eres la morada santa de Dios. Aunque nuestra Iglesia a menudo ha ignorado tu bondad y tus dones, permaneces fiel en formas desafiantes que muchos de nosotros nunca hemos experimentado.
Yo, y todos nosotros, necesitamos tus tesoros enterrados.
Comentarios desactivados en “Un tesoro oculto”. 17 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,44-52)
No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús en un nivel un poco profundo.
Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar, en todos, un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?
Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, mientras cavaba en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en alguna tinaja. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.
Lo mismo hizo un rico comerciante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.
Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así? ¿Será esto encontrarse con él? ¿Descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?
Jesús está comunicando su experiencia de Dios: lo que ha transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle? ¿Encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
Entre nosotros, mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si una persona no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.
Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.
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