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Domingo XXV del Tiempo Ordinario
24 septiembre 2023
Mt 20, 1-16
Probablemente, todo aquello que no nos desconcierta no es sabio, sino adaptado a la medida del ego. Este exige, por ejemplo, que se pague a cada cual según las horas que ha trabajado. Por eso, cuando alguien afirma que todos reciben lo mismo, el ego se subleva y, si es religioso, tiene que hacer piruetas para asumir lo que dice el texto evangélico.
Lo que el texto dice, siendo radicalmente desconcertante e incluso desinstalador, es sumamente sencillo: el Fondo de lo real es Bondad (“¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”).
Es desintalador porque cuestiona el porqué de nuestras acciones. ¿Qué nos mueve?, ¿hacemos las cosas por el premio que esperamos conseguir?, ¿está nuestra vida basada en la idea del mérito y la recompensa?…
La parábola viene a decir que el premio no es el “denario”, sino el hecho mismo de estar vivos. Y que, si sabemos ver, todo está siendo ya regalo, aun en medio de desgarros que parecen partir el corazón.
El ego siempre hace las cosas en función de lo que espera conseguir. No es raro que se mueva por el protagonismo, la exigencia, la comparación y -cuando se ve frustrado- por el resentimiento. Ante la propuesta de la sabiduría, que le resulta nueva y sorprendente, suele experimentar incomodidad o malestar, cuando no abierto rechazo.
La sabiduría muestra otra forma de vivir, aquella en la que permitimos que la vida misma se exprese a través de nosotros. Hemos comprendido que no soy quien vive, sino que es la vida la que vive en mí y en todos nosotros. No estoy preguntándome todo el tiempo qué le pido a la vida -o exigiéndole lo que tendría que darme-, sino qué quiere vivir en mí.
Vivir es fluir con la vida. Esto, que la mente asocia con pasividad, es el mayor motor de la acción, a la vez que fuente de creatividad. Porque en la práctica es vivir desde la comprensión de lo que somos y, en consecuencia, desde la gratuidad y el agradecimiento que dice: “no busco el denario; doy gracias por estar vivo”.
Comentarios desactivados en El discípulo de Jesús todo lo vive como gracia, no como pago.
Del blog de Tomás Muro, La verdad es libre:
01.- La justicia de Dios no es como la de los hombres.
La parábola del propietario que paga a todos los jornaleros por igual suele causar un cierto escozor en personas religiosas que ven la vida (y el cristianismo) desde la justicia humana y con una cierta envidia que les reconcome interiormente.
La justicia humana a la que estamos acostumbrados es aquella que dice: dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde o le es debido. En el caso del evangelio dar a cada uno lo que está estipulado. Hemos acordado tu sueldo en mil euros, pues toma los mil euros y vete.
Puede que esa justicia esté bien “de tejas abajo”, pero no es la justicia de Dios.Vuestros caminos no son mis caminos… Mis caminos son más altos que los vuestros.
La justicia de Dios no es la justicia humana. Dios no se acomoda a los moldes de la justicia humana. Dios es solamente amor y bondad: Dios infunde su respeto con bondad y perdón. Su amor no tiene fin, (salmo 139).
Si empleamos el lenguaje de la parábola, Dios no paga conforme a nuestra justicia, sino conforme a su infinita bondad.
El Señor es misericordioso con todos, sobre todo con los últimos y con los pecadores.
La justicia de Dios es Jesús y no se resuelve en el Juzgado de Atocha, ni en la cárcel, ni en el Santo Oficio eclesiástico, sino en el amor.
02.- Alegría de sentirse amado por Dios.
Para el cristiano -sea de primera hora o de última- la mayor alegría y gozo es haber sido amado primero y definitivamente por el Señor. Y desde esa perspectiva, el cristiano trabaja y disfruta en la vida con la esperanza de que todos somos acogidos por el Señor, aunque hayamos trabajado poco.
El discípulo de Jesús no anda exigiendo un sueldo o una retribución mayor. El que es discípulo de Jesús no se siente con mayores derechos. Todo lo experimenta como don: gracia
¿Qué otra cosa más gratificante (gratia) existe que sentirnos llamados a la vida y a trabajar en la viña del Señor?
03.- Una nota sobre la envidia
La envidia es una especie de tristeza por el bien ajeno que se considera como un mal o un agravio para nosotros, en cuanto que rebaja nuestro trabajo, nuestro esfuerzo… Se opone directamente a la caridad, que es gozarpor el bien del prójimo.
La envidia consiste en entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles. De la envidia no disfruta nadie, ni el que la tiene ni aquel sobre sobre el que recae la envidia.
La envidia va destruyendo –como la carcoma– al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en que el otro quizás disfrute más.
El envidioso no es infeliz por sus propios males, sino por los bienes ajenos, por el bien hacer de los demás.
Cuando la envidia anida en nosotros es que nuestro corazón no es noble, porque no somos capaces de aceptar el amor de Dios y en la vida como algo gratuito y hacia todos.
04.- Vivir en gracia. El cristianismo es gratuidad.
La vida como el amor, como la bondad, como el cristianismo son gratuitos, un regalo, un don, gracia.
Nuestro Dios nos quiere a todos por igual y “a fondo perdido.”
¿Cuál es la “ventaja” de los que han trabajado desde primera hora de la mañana? No que el dueño de la viña les vaya a pagar más, o que vayan a tener “un mejor puesto en el cielo”, sino el haber gozado desde el comienzo, desde la mañana de la cercanía de Dios. Los primeros han experimentado desde muy de mañana ser amados por Dios y amar al Señor.
Claro que esto nos puede parecer poco, porque preferimos lo que Dios nos paga a lo que Dios es. Queremos a Dios no por Él mismo, que es amor, sino por la recompensa. Tenemos una visión mercantil de la vida, del evangelio, del sentido de la vida y de Dios: Dios nos interesa porque nos premia, no nos interesa como persona, como intimidad.
Los últimos, (sea en el tiempo, sea incluso en la vida moral) también son hijos amados de Dios porque Dios es amor (1Jn 4,8).
05.- ¿Premio – castigo?
Es un esquema -bastante infantil- que ha funcionado y funciona en las religiones, también en la católica: Dios premia a los buenos y castiga a los malos. [1]
Si eso fuese así, nos sobra toda religión y cristianismo. Si el cristianismo se reduce a informarnos de que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, nos sobra la cristología y la redención.
Para tan poco viaje no hacía falta tanta alforja.
Jesús no piensa en términos de premios y castigos, méritos y horas trabajadas, sino que piensa en términos de gracia: de gratuidad y bondad.
No podemos reducir la gracia a mérito y premio.
De ahí que los trabajadores de la primera hora murmuraban. Es mucha la gente que murmura por este motivo. También ocurrió en la Biblia y ocurre en la vida normal:
Jonás se enfada con Dios porque ha perdonado a los ninivitas (Nínive).
El hermano mayor se enoja con su padre, porque acoge al hermano perdido.
Marta echa en cara a Jesús porque su hermana María se ha decantado por dimensión amorosa de la vida (la mejor parte).
No pocos curas se enfadan porque el obispo no les da una parroquia mejor.
Los obispos aspiran a una diócesis más importante.
Parece que el papa Francisco quiere cambiar un poco las cosas, pero el cardenalato era el pago a la “hoja de servicios” a determinadas personas.
Mucha gente se indigna porque no le son reconocidos sus méritos en el trabajo, en la política, cultural, etc.
Disfrutemos por estar en la mies del Señor y gocemos con su gracia
[1] El Dios de muchos católicos, sobre todo “ultramontanos”, es muy justo, porque castiga a los malos y a los buenos en cuanto se descuidan.
Comentarios desactivados en El pan de nuestros hijos y los inmigrantes.
«Los gentiles se convierten de perros en hijos gracias a la fe”
Ante el discurso de la extrema derecha
José Moreno Losada, sacerdote,
Badajoz
ECLESALIA, 04/09/23.- Algunos fieles entraron en la sacristía para comentar el texto del evangelio a partir de algún elemento que ofrecí en la homilía; entre ellos estaba una persona de acogida en Cáritas.
En la reflexión ofrecí algunos datos vivos de inmigrantes a los que acompañamos, que buscan nuestras migajas desde su dolor y hambre vital. Rafael que lleva meses en España y va haciendo su proceso de legalización, pero hasta ahora es ilegal, una situación grave familiar le urge para que pueda enviar algún dinero que aún no tiene, aunque trabaja cuidando a un anciano –todo negro e ilegal- mientras está en el centro hermano. Nos pide un préstamo y ahora cada semana viene a traer su cuota con lo que va ganando poco a poco, también viene a celebrar la eucaristía, hoy domingo posiblemente esté con nosotros en la mesa.
María, que está en la acogida, habla de cómo un joven africano que estuvimos ayudando encontró trabajo y vino a dar las gracias por la ayuda, contento por la nueva situación, aunque fuera ilegal. Ahora vuelve a quedarse sin trabajo y nos duele su situación.
Arturo quiere venirse a vivir ahora a Badajoz, llegó hace dos años, siendo menor de edad, espera ser legalizado en octubre para poder ya matricularse y estudiar, que es lo que busca. Lleva tres años en soledad, con la ayuda de amigos y conocidos, está en los grupos de la JEC, y ha participado en la asamblea reciente; pasó antes por Cáceres. Nos pide ayuda para poder alquilar una habitación para él y otro paisano que va a llegar. La ayuda no es sólo económica sino también para poder hacer el contrato del piso. Todo son dificultades, él es excelente luchado, estudia online, escribe novelas, reflexiona, vive esperanzado, pero sufre mucho por su situación. Su ilusión es ayudar a su familia que sigue en su país de origen y lo han enviado para que pueda tener futuro, el que no tiene en Nicaragua. Son tantos…
El evangelio hablaba de cómo una extranjera se acercaba a Jesús y le convencía para que le ayudara en el problema de una hija, logra que Jesús cambie de mentalidad y la atienda como a una hija de Dios. Al oír en boca de Jesús el dicho de que no se debe dar el pan de los hijos a los perritos, ella le dice con ternura que esos animalitos comen de las migajas que caen de la mesa. Un gran escritor cristiano, Epifanio, lo interpreta de esta manera: “Conociendo nuestro Señor la fe inoportuna, dijo: «Mujer, grande es tu fe. Que sea como tú quieres». La fe recibió lo que las obras no merecían. Los gentiles se convierten de perros en hijos gracias a la fe”.
Algunos han titulado este episodio como «la mujer que convirtió a Jesús» haciéndole cambiar de planes. El encuentro con el otro y el diferente nos transforma. ¿Cómo convertir los inconvenientes en oportunidades? Maestría de la mujer cananea de perseverancia y humildad, una difícil combinación. La mujer nos enseña que la fe no solo es creer, sino confiar, a pesar de las dificultades, y seguir para adelante. En este caso, la fe no solo mueve montañas, sino al propio Dios.
A la luz de lo textos y este comentario traigo a colación las declaraciones de la extrema derecha en Portugal donde su interpretación de la JMJ reciente, de los jóvenes con el Papa, es que ha sido un coladero de inmigrantes. Me recuerda que este mensaje es transversal en todas esas ideologías y que puede estar de fondo de algunos sentimientos generalizados, que los inmigrantes vienen a comerse el pan de nuestros hijos. También planteo una reflexión sencilla de cómo es nuestra actitud ante los inmigrantes que están en nuestras calles y ciudades.
El evangelio y su humanismo nos invita a una relación de diálogo donde su relato y su lucha pueda transformar nuestra mente y nuestro corazón, para salir de nuestros planteamiento muy organizados y cerrados, donde la persona deja de ser el centro y el otro es visto más como un problema que como una posibilidad, como una razón para la confianza en lugar de para la fraternidad. El Papa Francisco no desaprovecha ocasión para invitarnos a cambiar de mentalidad ante lo que está ocurriendo en el mundo con la inmigración y los extranjeros, basta releer los mensajes que ha dirigido a los jóvenes recientemente en Portugal, esos mismos que rechazan políticos radicales portugueses. Siento la necesidad de detenerme y contemplar mi relación con inmigrantes y extranjeros, aquellos que han ido pasando por la parroquia, centro hermano, movimientos, vecinos y orar desde lo que me han aportado como personas y como creyentes, como luchadores y sufrientes, arriesgados y comprometidos.
Recuerdo que Fernando Rivas, patrólogo y amigo, me hablaba hace unos días, de un proyecto que acompaña su compañero Jorge en Madrid, conviviendo con inmigrantes hasta que logran la legalización, a lo largo de unos años. Hacen comunidad de vida y seguimiento. Este año tendré posibilidad de conocerlo y compartir sus inquietudes. Tengo ganas de entrar en este texto evangélico desde esa realidad y dejar que sigan cambiando mi mentalidad.
Terminaba la reflexión con ese interrogante sencillo: ¿Qué mentalidad tengo con respecto a los inmigrantes y extranjeros? ¿Qué relación establezco con ellos? ¿Me dejo interpelar y transformar por ellos como hizo Jesús, el propio Dios?
Comentarios desactivados en ¡De esa Paz que todos anhelamos y que muy pocos encuentran!
Del blog de Alfonso J.Olaz El Rincón del Peregrino:
¿Cómo tener paz sin tenerte,
y tenerte para conseguir la paz que no tenemos?
¡De esa Paz que todos anhelamos y que muy pocos encuentran
¿Cómo tener paz sin tenerte
y tenerte para conseguir la paz que no tenemos?
Se parece a una tormenta que no cesa
y en el naufragio de nuestra existencia nos confiamos a luz del farero
Confiarte sin tenerte…
Es…
No sucumbir en las aguas tenebrosas de nuestra vitalidad
Y Creer que nos va a salvar
A pesar de lo más pesado de nuestra vida…
No porque vayamos a ahogarnos
Sino porque creemos.
Aceptando y creyendo que somos peces de su pesca y dejarnos coger en sus redes de oro fino y plata
Sin importar si somos tiburones o peces tontos
Para ser salvados en su tempestad.
Confiarte sin tenerte,
Es…
Sí sobrevivimos como náufragos en su playa,
marcados con la + en su memoria
Náufragos en pecera de Oro
Con la vida del Oro viejo
Verde de esperanza, Azul divino de los Cielos.
Del hombre que náufrago siete veces siete
Siendo hasta setenta veces siete amados y perdonados. (Mt 18, 21-35)
Y así en el camino de la paz
Ser Oración viviente para cambiar el corazón humano
Pidiéndole que no entendemos lo que pedimos y pedimos lo que no entendemos.
Y por Creer, en esto, está ya concedido.
Porque el Corazón del Maestro Pescador, ya lo cambió.
Y en la Oración viviente del que dejó de ser náufrago
al que tanto mal le causó
Y este le perdonó por ser ya probado y predilecto Pescador.
¡Y le rogó que dejara de ser pez! Como él lo fue
Y como así lo quiso, así se hizo.
Y por ser corazón arrepentido-
El Maestro le dio un Corazón de Pescador
Haciéndolo hombre como el Maestro
Del mismo corazón del Maestro Pescador
Para ser Hombre de sus mares
Y arreglar con el Pescador predilecto,
lo que tenía pendiente en el corazón del hombre.
Señor, si ya me reconcilie en mis faltas
con tu Pescador predilecto
Ahora tú perdóname las mías
Comentarios desactivados en «Razón de mi propia fe», por Ramón Hernández
De su blog Esperanza Radical:
El cristianismo es un hecho de vida, no un sistema de pensamiento
Los seguidores de este blog tienen sobrada constancia de mi forma peculiar de sentirme cristiano y de vivir mi propia fe. Aunque se trate de algo privado que, posiblemente, a nadie importe, reflexiono hoy sobre ella por si se diera el caso de que pudiera interesar a alguno de los pocos y sufridos lectores de los abigarrados párrafos que acostumbro escribir en este blog. Cuando menos, no dejará de ser una especie de catarsis o de confesión penitencial, sentida a fondo, de quien, en su radical autonomía, se siente profundamente servidor incondicional, incluso esclavo, de la comunidad humana a la que pertenece. Subrayo de antemano que esta manera de ver y proceder no tiende de ningún modo a un individualismo exacerbado, sino más bien a todo lo contrario, a la comunidad humana a la que inevitablemente se pertenece y en la que uno mismo se inserta como elemento de su constitución.
Soy muy consciente de que mi cristianismo procede tanto de un pueblo excesivamente endogámico, el pueblo judío, como de unos desarrollos teológicos mediatizados por una filosofía y unos tiempos tan concretos como transitorios. No hay duda de que es ese “pueblo endogámico” el que, buscando consistencia y durabilidad como tal pueblo, puso en boca de Dios su propia palabra y se erigió a sí mismo en “pueblo elegido”, pueblo llamado nada menos que a gobernar el mundo entero en el momento mismo en que en él se implante el “reino mesiánico de Dios”, perennemente divisado en lontananza. Digo «puso en boca de Dios su propia palabra» porque, en realidad, Dios nos habla continuamente a todos los seres humanos a través de toda su creación, es decir, a través de todas las cosas y de todos los acontecimientos. En lo referente a los desarrollos teológicos aludidos, digamos simplemente que el mensaje de salvación que vehicula mi cristianismo no necesita enriquecerse con pesados ropajes racionales y cultuales que, con el solo paso del tiempo y la evolución vitalista de las costumbres, en vez de iluminar el camino de los hombres, terminan ahogando el mensaje que pretenden clarificar y transmitir.
Muchas veces me he preguntado qué haría el Jesús de los Evangelios si se paseara hoy por nuestras calles y asistiera a los muchos foros desde los que se airean al viento tantos complejos y se proclaman tantas banalidades humanas. Me aterra francamente pensar en su reacción viendo cómo no pocos seres humanos se aburren como ostras sin saber qué hacer con sus vidas o despilfarran bienes en abundancia, mientras otros muchos, aun afanándose a tope, no ganan lo suficiente para cubrir las necesidades básicas de cada mes, como alimentarse debidamente, vestirse decentemente y cobijarse confortablemente y, no digamos, como curarse las heridas que les va causando el camino de la vida. Por mucho que queramos obviar al Jesús peripatético que tanta dulzura y misericordia derramaba por los caminos de Palestina sobre los limpios de corazón, y que con tanto ímpetu y convicción predicaba que lo que nos da la felicidad no es el poder y el dinero, aunque los ambicionemos a rabiar, sino el amor que regala a los demás nuestro tiempo y comparte con ellos nuestros haberes, el creyente que hoy se acerque a él sinceramente y sin precauciones indebidas no puede menos, además de estremecerse por el desolador impacto de la cruz en toda vida humana, de dejarse seducir por unas “bienaventuranzas” que realzan, incluso poéticamente, el predominio absoluto de los valores sobre los contravalores.
Lamentablemente, aunque con frecuencia nos refiramos a la extrema volatilidad del tiempo, sobre todo cuando, mirando hacia atrás, nos invade el vértigo de los años vivimos, apenas nos damos cuenta de que cuanto somos es caduco y de que vivimos insertos en una vorágine que termina tumbando incluso los imperios más aguerridos. Aunque soy de la opinión de que cuantos existimos lo hacemos desde siempre y para siempre en la mente y en el ser del Dios en quien creemos, la verdad palmaria es que entre nuestro nacimiento y nuestra muerte media solo un instante, incluso en el caso de quienes llegan a centenarios. Por otro lado, en su tránsito veloz, el tiempo se lleva por delante, como hojas secas caídas en otoño, el dinero amasado, el poder acumulado y hasta la fama bien acreditada, de tal manera que la muerte nos pilla siempre a traición con las manos vacías. Lamentablemente, no hay otra forma de morir, por rápida que sea la muerte, que hacerlo en completa soledad, incluso en los casos en que nos llegue en medio de una gran escabechina. Pero la nimiedad que somos por nosotros mismos se vuelve plenitud en el corazón, en las manos y en la mente del Dios en quien creemos (que Dios tenga corazón, manos y mente es solo una reconfortante metáfora).
Abundando en la inconsistencia o nimiedad de nuestra propia entidad, nos descubrimos como parte infinitesimal de un minúsculo planeta, por mucho que armemos o hinchemos nuestro propio currículo o por mucho que nos encumbremos a nosotros mismos o nos encumbren los demás. ¡Somos solo diminutas motas de polvo en un planeta casi de juguete, anclado además a un pequeño sistema solar apenas perceptible en el seno de una mediana galaxia que navega lentamente entre los millones de galaxias que componen el Universo! Si la Tierra en que vivo, imperceptible en el globo del Universo a menos que la enfoquemos con una potente lupa, lo mismo que su supuesta duración de unos diez mil millones de años (estaría atravesando ahora la mitad de su periplo) y su compleja historia, tan saturada de “historias”, son prácticamente nada, ¿qué valoración puedo hacer con honestidad de mí mismo? De hecho, frente a mí, la nada casi pierde sus contornos de tal.
La clara conciencia de la nimiedad que soy me acerca humildemente a la fuente del saber cristiano, fuente de agua viva que me provee de bebida de salvación. Esta actitud, que me ha liberado por completo de cualquier deseo o afán de condena de nada y de nadie, por gorda que sea la cosa o por diferentes que sean las formas de vida de los seres humanos, me lleva a asomarme a un panorama que abarca todo lo humano del mundo, desde las distintas e incluso contrapuestas formas de pensar y sentir a las de conducir cada cual su propia vida por caminos que, a simple vista, parecen inverosímiles. Ello me lleva, por otro lado, a sentirme como una insignificante y laboriosa hormiga de un concurrido hormiguero en cuyo mantenimiento colaboran todos sus miembros. Consciente o inconscientemente, todos los seres humanos somos cristianos, es decir, hijos de Dios, incluso en el caso de quienes ni siquiera se acuerdan de él o no lo tienen en cuenta para nada. Por lo que a Dios mismo se refiere, es de todo punto cierto que ninguno de tales ciegos u olvidadizos permanece inadvertido para quien lo ha creado y lo mantiene en el ser cada instante de su vida.
En resumidas cuentas, creamos lo que creamos sobre la persona de Jesús de Nazaret y sea cual sea nuestra actitud mental frente al gran “misterio” de la Trinidad (lo adecuado y más respetuoso para referirse al misterio es el silencio), la razón poderosa de mi propia fe es la confianza incondicional en el mensaje que él nos transmite, cifrado en tratar al Dios en quien creemos como al mejor de los padres imaginables (oración) y en comportarnos unos con otros como auténticos hermanos que realizan sus vidas en el amor que se profesan mutuamente (caridad). Una vez más, volvemos a toparnos aquí con los auténticos “mandamientos” cristianos, resumidos en el único del amor y bellamente expresados en las “bienaventuranzas” evangélicas.
Comentarios desactivados en Bendito seas, por tantas personas buenas.
Madre Teresa visita a Dorothy Day
Bendito seas
por tantas personas buenas
que viven y caminan con nosotros
haciéndote presente cada día
con rostro amigo de padre y madre.
Bendito seas
por quienes nos aman sinceramente,
nos ofrecen gratis, lo que tienen
y nos abren las puertas de su amistad,
sin juzgarnos ni pedirnos cambiar.
Bendito seas
por las personas que contagian simpatía
y siembran esperanza y serenidad
aún en los momentos de crisis y amargura
que nos asaltan a lo largo de la vida.
Bendito seas
por quienes creen en un mundo nuevo
aquí, ahora, en este tiempo y tierra,
y lo sueñan y no se avergüenzan de ello
y lo empujan para que todos lo vean.
Bendito seas
por quienes aman, y lo manifiestan,
y no calculan su entrega a los demás;
y por quienes infunden ganas de vivir
y comparten hasta lo que necesitan.
Bendito seas
por las personas que destilan gozo y paz
y nos hacen pensar y caminar;
y por las que se entregan y consumen
por hacer felices a los demás.
Bendito seas
por las personas que han sufrido y sufren
y creen que la violencia no abre horizontes;
y por quienes tratan de superar la amargura
y no se instalan en las metas conseguidas.
Bendito seas
por quienes hoy se hacen cargo de nosotros
y cargan con nuestros fracasos
y se encargan de que no sucumbamos
en medio de esta crisis y sus ramalazos.
Bendito seas
por tantos y tantos buenos samaritanos
que detienen el viaje de sus negocios
y se paran a nuestro lado a curarnos,
y nos tratan como ciudadanos y hasta hermanos.
Bendito seas
por la buena gente, creyente y no creyente,
que recorre nuestra tierra entregándose
y sirviendo a quienes tienen necesidades;
ellos son los nuevos santos que te hacen presente.
Bendito seas
por haber venido a nuestro encuentro
y habernos hecho hijos e hijas queridas.
Hoy podemos contar, contigo y con tantos hermanos,
a pesar de nuestra torpeza y heridas.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 24º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Una cosa a la que rara vez presto atención durante la Misa es la oración inicial. Hoy es diferente por alguna razón: “Míranos, oh Dios, Creador y gobernante de todas las cosas, y, para que podamos sentir la obra de tu misericordia, concédenos servirte con nuestro corazón”.
Debo admitir que tuve que leerlo un par de veces para asimilar completamente su profundidad. Me ayudó a reformularlo: “Míranos, oh Creador, para que, sirviéndote con el corazón, podamos sentir la obra de Dios. tu misericordia.”
Esta oración tocó algo profundamente en mí. Es al servir a Dios con el corazón (no con las manos ni con la cabeza) que vemos la misericordia de Dios en acción.
¿Cómo servimos a Dios con nuestro corazón? ¡La primera lectura de hoy de Sirach da la respuesta perfecta! No es viviendo con ira y enojo ni buscando venganza. Es viviendo con una actitud de perdón. “Perdona la injusticia de tu prójimo”, escribe el autor. “Acordaos del pacto del Altísimo y pasad por alto las faltas”.
Me gustaría contarles una historia sobre una amiga que falleció el año pasado. Era una monja anciana amada por todos en su parroquia. ¡Conocía a todos por su nombre y era una persona que tenía una capacidad increíble para amar a todos! Ella era el tipo de persona que te hacía sentir especial e importante. Cuando ya no pudo permanecer físicamente en el convento local, la parroquia tuvo una celebración en su honor. Cuando se le preguntó durante el evento qué palabras sabias tenía para ofrecer, ella simplemente respondió: “Siempre da el beneficio de la duda”. ¡Estas sabias palabras fueron su secreto que la liberó para amar a todos por quienes son, sin importar qué!
«Siempre da el beneficio de la duda». Cuando haces eso, no hay necesidad de perdonar porque, en primer lugar, no hubo ninguna ofensa. Al aceptar ese consejo, podemos verdaderamente servir con el corazón y ver la misericordia de Dios obrando a través de él.
Al otorgar conscientemente el “beneficio de la duda”, me siento mucho más libre y menos ofendido cuando hay injusticia. Puedo distanciarme de su acción y ver su realidad de otra manera. No estoy poniendo excusas por las decisiones del otro; Estoy reformulando su acción de tal manera que me doy cuenta de que ni siquiera tienen otra opción porque no son libres dentro de sí mismos.
Las personas LGBTQ+ (incluyéndome a mí), las personas de color, los inmigrantes y muchos otros marginados de la sociedad a menudo se encuentran en el punto de mira de personas enojadas, justas, incluso intolerantes y llenas de odio. Sus acciones no son aceptables, pero eso no tiene por qué quitarme mi libertad interior. En lugar de asumir su odio y permitir que me impacte negativamente, trato de acordarme de darle “el beneficio de la duda” y, cuando lo hago, veo al “otro” como la víctima de tanto odio y dolor. , una víctima que ha absorbido tanto que se ha convertido en su vida. No quiero darles tanto poder. Y en mi cambio de actitud, ¡sé que la misericordia de Dios está obrando a través de mí!
Comentarios desactivados en El perdón siempre espera “… Se abrazaron y se besaron mutuamente”
Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de los creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se produjo una grave discordia entre el 0bispo y el podestá de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al podestá, y éste mandó pregonar que ninguno tratara de vender ni de comprar nada al Obispo, ni de celebrar ningún contrato con él.
El bienaventurado Francisco, que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz, Y dijo a sus compañeros: “Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestá se odien mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos”. Y al instante, y con esta ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:
“Loado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues por ti, Altísimo, coronados serán”.
Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: “Vete al podestá y dile de mi parte que tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos ciudadanos pueda llevar”.
Cuando salio el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: “Id y cantad ante el obispo, el podestá y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes”.
Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos y uno de ellos dijo: “El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del prójimo. Él mismo os pide que os dignéis escucharlas con devoci6n”. Y se pusieron a cantarlas.
Inmediatamente, el podestá se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del evangelio, y las siguió atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el bienaventurado Francisco.
Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestá en presencia de todos: “Os digo de veras que no solo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi Señor, sino que, aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, le perdonaría igualmente”. Y, diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: “Señor, os digo que estoy dispuesto a daros completa satisfacción, como mejor os agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y a su siervo el bienaventurado Francisco”.
El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestá, le dijo: “Por mi cargo debo ser humilde, pero mi natural es propenso, pronto a la ira: perdóname”. Y, con sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente”
*
“Espejo de perfección“, X,101,
en san Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 773-774.
***
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:
-“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?“
Jesús le contesta:
-“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.”
Comentarios desactivados en “Perdonar siempre”. 24 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,21-35)
A Mateo se le ve preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Probablemente está escribiendo su evangelio en unos momentos en que, como se dice en su evangelio, «la caridad de la mayoría se está enfriando» (Mateo 24,12).
Por eso concreta con mucho detalle cómo se ha de actuar para extirpar el mal del interior de la comunidad, respetando siempre a las personas, buscando antes que nada «la corrección a solas», acudiendo al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.
Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida?, ¿Qué ha de hacer el discípulo de Jesús que desea seguir sus pasos y colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios, el reino de la misericordia y la justicia para todos?
Mateo no podía olvidar unas palabras de Jesús recogidas por un evangelio anterior al suyo. No eran fáciles de entender, pero reflejaban lo que había en el corazón de Jesús. Aunque hayan pasado veinte siglos, sus seguidores no hemos de rebajar su contenido.
Pedro se acerca a Jesús. Como en otras ocasiones, lo hace representando al grupo de seguidores: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa. Le ha escuchado a Jesús sus parábolas sobre la misericordia de Dios. Conoce su capacidad de comprender, disculpar y perdonar. También él está dispuesto a perdonar «muchas veces», pero ¿no hay un límite?
La respuesta de Jesús es contundente: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete»: has de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional. A lo largo de los siglos se ha querido rebajar de muchas maneras lo dicho por Jesús: «perdonar siempre, es perjudicial»; «da alicientes al ofensor»; «hay que exigirle primero arrepentimiento». Todo esto parece muy razonable, pero oculta y desfigura lo que pensaba y vivía Jesús.
Hay que volver a él. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.
Comentarios desactivados en “No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Domingo 17 de septiembre de 2023. Domingo 24º Ordinario
Leído en Koinonia:
Eclesiástico 27,33-28,9: Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Romanos 14,7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor. Mateo 18,21-35: No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón. No sólo se hace daño a otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos. Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo. Y no sólo hablamos de un asunto meramente individual. El odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la Humanidad está presente también en el corazón del sistema social vigente.
El libro de Ben Sira, compuesto alrededor del siglo segundo antes de la era cristiana, proporciona una serie de orientaciones éticas y morales para garantizar la madurez de la persona y la convivencia social. Estamos ante una obra de profundo contenido teológico. El autor, Ben Sira, señala al pecador como poseedor de la ira y el furor que conduce a la venganza. Y esta venganza se volverá contra el vengativo. Por eso el único camino que queda es el camino del perdón. También aquí aparece la reciprocidad entre perdonar y obtener perdón. No se puede aspirar al perdón por los pecados cometidos si no se está dispuesto a perdonar a los otros. Tener la mirada fija en los mandamientos de la alianza garantiza la comprensión y la tolerancia en la vida comunitaria. Como vemos, ya desde el siglo II A.C. se plantea este tema de profundo sabor evangélico.
El núcleo del pasaje de la carta a los Romanos es proclamar que Jesús es el Señor de vivos y muertos. He aquí una bella síntesis existencial de la vida cristiana. Para el creyente lo fundamental es orientar toda su vida en el horizonte del resucitado. Quien vive en función de Jesús se esforzará por asumir en la vida práctica su mensaje de salvación integral. Amar al prójimo y vivir para el Señor son dos cosas que está íntimamente ligadas. Por lo tanto no se pueden separar. Quién vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo.
En el evangelio, otra vez Pedro salta a la escena para consultar a Jesús sobre temas candentes en el ambiente judío en que crece la comunidad cristiana. Pero la actitud de Pedro es la del discípulo que quiere claridad sobre la propuesta del maestro. No es la actitud arrogante de los Fariseos y Letrados que quieren poner a prueba a Jesús y encontrar un error garrafal que ofenda la ortodoxia judía para tener de qué acusarlo.
Pedro pregunta por el límite del perdón. Pero para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del Rey centra el tema de la parábola: ¿no debías haber perdonado como yo te he perdonado?
La comunidad de Mateo debe resolver ese problema porque está afectando su vida. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Como diría el juglar de la fraternidad, Francisco de Asís, “porque es perdonando como soy perdonado”.
En la catequesis tradicional de la Iglesia católica se exigían cinco pasos, quizás demasiado formales, para obtener el perdón de los pecados: «examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confesarlos todos, y cumplir la penitencia» -así lo expresaba uno de los catecismos clásicos-. De tal manera que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios, también exigen un camino pedagógico y tangible que ponga de manifiesto el deseo de cambio y un compromiso serio para reparar el mal y evitar el daño.
En muchos países de América Latina, luego de las dictaduras militares de los setenta y ochenta, se dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido, «obediencia debida», o «punto final». Los golpistas y sus colaboradores, responsables por decenas de miles de muertos y desaparecidos en cada uno de nuestros países, se autoperdonaron, burlándose de la justicia y de la verdad. Pero sin Verdad y Justicia, las heridas causadas por la represión en muchos hogares y comunidades no han cerrado aún. A pesar de todas las leyes encubridoras, la presión, el silencio, el ocultamiento de pruebas… la Justicia se hace camino. Llega tarde, pero no deja de llegar. El 14 de junio de 2005, en Argentina, el Tribunal Supremo declaró nulas por inconstitucionalidad las leyes de obediencia debida y de punto final. El día siguiente La Corte suprema de México declara «no prescrito» el delito del expresidente Echeverría por genocidio en la matanza de estudiantes de 1971… Pensemos en otros muchos dictadores y golpistas que, a pesar de todo, están ya siendo juzgados dejando que se dé su lugar a la Verdad y a la Justicia. El perdón y la reconciliación es una exigencia inalienable del ser humano, e indetenible. Y es un proceso de reconstrucción, que trata de reconstruir tanto al victimario como a la víctima.
En ese sentido, nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la Justicia, la Verdad, la misericordia y el perdón. Pero nunca el Evangelio llama a tolerar la impunidad. La Iglesia –o sea, nosotros, los cristianos y cristianas- debemos apoyar los procesos de reconciliación por el camino verdadero: la Verdad y la Justicia, el no a la impunidad, la reconciliación profunda de la sociedad. Así la Iglesia conseguirá el perdón por su silencio cómplice en algunas de sus figuras jerárquicas conniventes. Leer más…
Comentarios desactivados en Dom 24 TO. Mt 18, 21-35. La parábola del perdón… Perdón de Iglesia ¿política de perdón?
Del blog de Xabier Pikaza:
Esta parábola recoge la experiencia central del evangelio de Mateo:Una ley puramente “judicial”, impuesta por ejércitos, estados y/o grandes corporaciones del capital/mercado, en forma de justicia de talión, sin amor/perdón, se condena a sí misma y condena a muerte al conjunto de la humanidad
| X Pikaza Ibarrondo
PARABOLA
18 21 Entonces, se adelantó Pedro y le dijo: Señor ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces? 21 No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.
22 Por eso se parece, el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus siervos. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara. 26 El siervo, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 El señor tuvo lástima de aquel siervo y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
28 Pero, al salir, el siervo aquel encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 El consiervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
31 Sus consiervos, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor le llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también compadecerte de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
35 Lo mismo hará también con vosotros mi Padre del cielo, si si perdona de corazón a su hermano.
EL TEMA CENTRAL DE LA HISTORIA HUMANA ES EL PERDÓN
– Esta parábola evoca el perdón incondicional del Dios de Jesús, sin límites ni condiciones, por pura gratuidad. No es un perdón para aquellos que pueden devolver lo recibido, sino para todos, por siempre, de manera que se cumpla de esa forma el Padrenuestro, “perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos, Perdónanos de tal manera que nosotros podamos perdonarnos unos a los otros”…
− Quien no perdona queda en manos de su destrucción. No es que Dios le juzgue y condene desde fuera, sino que él mismo se juzga y condena, como dice Jesús en lenguaje parabólico. La parábola añade que el «Rey» no perdonará a quien no perdone, sino que le pondrá en manos de verdugos hasta que pague todo lo que debe (pero ese final ha de entenderse de un modo simbólico, pues no hay hombre que pueda pagar desde la cárcel una deuda tan grande como la que aquí se evoca) [1].
Esta parábola pudo haber tenido otro encuadre y sentido, pero Mateo la introduce en este contexto de Iglesia, recordando que ella no es una comunidad de perfectos, sino de perdonados que se perdonan, no sólo las ofensas, sino las deudas de dinero, como en el Padrenuestro (¡Mt 6, 12). Pedro ha preguntado (¿cuántas veces debo perdonar…?: 18, 21), y Jesús le responde contándole la parábola de un rey que perdona a su siervo una deuda enorme (diez mil talentos, como unos quinientos millones de dólares), recordándole que él debe perdonar a su vez a sus consiervos [2].
En la parábola se cruzan y fecundan dos temas: (a) La gratuidad del rey,
Gran parte del judaísmo sacral de finales del Segundo templo (del 515 aC al 70 dC), funcionaba como una institución de perdón, centrado en el templo de Jerusalén y controlada por los sacerdotes. Los judíos aparecían así como pecadores que pueden y deben ser perdonados, utilizando para ello el medio (legal/sacral) que Dios les había concedido (purificaciones y sacrificios de templo), para mantener el orden existente. Pues bien, Jesús proclama que ese perdón del templo es no sólo insuficiente, como había supuesto Juan Bautista, al enfrentarse con fariseos y saduceos (3, 1-10), sino contrario a la verdad de Dios, que perdona gratuitamente, haciendo que los hombres puedan perdonarse entre sí (cf. Padrenuestro: 6, 9-13), sin necesidad de instituciones de dominio religioso, propias de los sacerdotes aliados a los opresores (Roma, Herodes Antipas). El perdón que Jesús quiere, ofrece y pide, es personal y social, espiritual y económico, político y eclesial, en un sentido fundante, distinto de otros tipos de perdón interesado:
− El perdón no es indiferencia, sino recuerdo más hondo del Dios Palabra que libera, transforma y recrea la vida de los hombres, desde su amor activo, no para que quede todo como estaba (al servicio de los prepotentes), sino para cambiarlo todo, desde los más pobres, en comunión activa, que se funda y expresa en la ayuda a los niños y pequeños.
− El perdón de Dios se hace perdón interhumano. Jesús no ofrece un perdón separado (desde fuera), sino que pide a los hombres que se acojan (se perdonen) unos a los otros, de un modo gratuito y creador, desde los niños y excluidos (los pequeños), que aparecen así como privilegiados de Dios, principio y signo de un perdón que debe ofrecerse a todos.
− Este perdón no empieza exigiendo conversión previa a los pecadores (¡que paguen lo que deben!), sino ofreciéndoles el don del Reino, sin obligarles a pagar la deuda (cosa que además sería imposible), como muestra 18, 21-35: Dios perdona a su deudor una suma millonaria, sin condiciones previas, es decir, simplemente por piedad, porque él así lo quiere, superando un tipo de equivalencia legal.
− Éste es un perdón que crea perdón, y que lo hace sin más condiciones ni principios que el amor activo del Dios de Jesús, que ha querido que el perdón se extienda, que pueda expresarse y extenderse en forma de comunión de gratuidad. Dios sólo pide a los perdonados que se perdonan entre sí, unos a otros, pues todos aparecen y actúan como sacerdotes de la única comunidad de perdonados, desde los más pequeños, los hermanos de Jesús asesinado, portadores de un perdón gratuito (con Jesús).
¿PERDÓN ECLESIAL, PERDÓN POLÍTICO?
El sistema político/económico no conoce perdón, sino, a lo sumo, indulto o amnistía, para provecho propio. Pues bien, en contra de eso, como ha puesto de relieve Hanna Arendt, la mayor aportación de Jesús al camino de la paz ha sido el fundarla en el perdón. Su paz no nace de la victoria de los fuertes, sino del perdón de los vencidos. Ciertamente, no va en contra de la justicia, pero la trasciende; no proviene de los que vencen y se imponen por ley sobre los otros, sino de aquellos que, siendo vencidos y estando derrotados, responden perdonando [3].
El riesgo de un perdón interesado.La paz cristiana brota del perdón, pero de un perdón gratuito, que se expresa en forma de proyecto de no-violencia activa, partiendo de las víctimas. Había en el judaísmo de tiempos de Jesús un tipo de perdón que tendía a estar controlado por sacerdotes y políticos, al servicio del sistema. Era el perdón del templo y se expresaba a través de sacrificios rituales, por medio de una especie de «máquina sacral», que culminaba el día de la Gran Expiación (Lev 16), celebrada por sacerdotes y regulada según Ley por los escribas, Por su parte, el perdón de Roma (parcere subiectis, debellare superbos: Virgilio, Eneida 855) estaba al servicio del sistema imperial y político, no de los necesitados. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón mesiánico, que actúa a través de los que sufren y que busca una nueva humanidad, superando el orden del templo y el sistema del imperio. Para entender su alcance, quiero delimitarlo mejor:
Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de dictadores o autócratas, que muestran su magnanimidad indultando de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones) a quienes ellos quieren y castigando también a quienes quieren (sin dar tampoco razones). Así descargan su violencia sobre algunos, para mostrarse soberanos, imponiendo su terror sobre posibles rebeldes o contrarios, y perdonan a otros para decir que son magnánimos y aparecer como benefactores, a través de un gesto arbitrario, que está muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano). En contra de ese perdón interesado de los autócratas, que es una imposición de su dictadura y un capricho de su prepotencia, Jesús ofrece y promueve un perdón puramente gratuito que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es un perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas (los ofendidos y humillados), sin que sean capaces de ofrecerlo en su nombre (en contra de ellos) unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores.
Puede haber un perdón o amnistía al servicio de una política partidista.Casi todos los vencedores del mundo han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a. C. hasta los romanos del tiempo de Jesús o los revolucionarios franceses de finales del XVIII. Suelen ser amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o de los estados que las proclaman, al servicio de su propia estabilidad, como una forma de justificarse. No todos los implicados suelen estar de acuerdo con esas amnistías, ni en el plano legal, ni en el personal, pero se han ofrecido y pueden ofrecerse, sobre todo allí donde el poder resulta lo bastantes sólido como para permitir excepciones en el cumplimiento de la Ley, en circunstancias de fuerte cambio político, que se interpretan como principio de un nuevo régimen social. Este perdón puede ser provechoso, pero que corre el riesgo de situar la oportunidad política (su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal [4].
Puede haber un perdón sacral, controlado por los sacerdotes del templo, al servicio del propio sistema, para mantener el orden establecido, como sucedía en Jerusalén, en tiempo de Jesús. También éste es un perdón interesado, propio de los vencedores, al servicio del sistema; es el perdón de los templos y de las grandes instituciones religiosas, entendidas como instancias de control sobre los “pecadores”, como ha podido suceder en la religión de los Incas y en algunas instituciones cristianas. Lo mismo que los anteriores, este perdón sigue estando al servicio del sistema, es decir, de la violencia de los poderosos. En contra de eso, Jesús ha ofrecido el perdón de un modo gratuito, no en contra, sino por encima de la Ley, pidiendo a los ofendidos que perdonen a sus ofensores (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo desde Dios!), para abrir de esa manera un camino de reconciliación más alta, superando la violencia.
El perdón sacral del Templo (lo mismo que la amnistía de los grandes imperios) estaba al servicio de un Dios de los poderoos, que monopolizaban el orden del sistema. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón (que estrictamente hablando no es suyo, sino de los pobres) de un modo mesiánico, superando el sistema del templo. No es Jesús quien perdona, sino que son ellos, los expulsados y excluidos, los que pueden ofrecer perdón (como representantes de Dios). Ésta es la novedad del evangelio y ella supera todos los sistemas religiosos o sociales donde el perdón está al servicio del orden establecido. El sistema político o religioso no puede perdonar, sino que se limita a buscar su equilibrio o, a lo sumo, procurar una igualdad de ley.
Jesús, un perdón gratuito. Los profetas de Israel identificaban la justicia con la liberación de los oprimidos. Pues bien, siguiendo en esa línea (cf. Lc 4, 18-19, con citas de Isaías), Jesús ha radicalizado y universalizado la experiencia del perdón, ofreciéndolo en nombre de Dios y pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí, ellos mismos, desde abajo (y no por obra del templo o del sistema político). Este perdón de los pobres y excluidos de la sociedad, que responden con amor no-violento a la violencia del sistema, es el punto de partida de la paz mesiánica.
El sistema político/religioso necesita un talión (¡a cada uno según su merecido!), controlando el perdón desde arriba. En contra de de eso, Jesús sitúa a los hombres y mujeres ante el don y tarea del perdón, haciéndoles capaces de superar una justicia legal que, cerrada en sí, puede acabar destruyendo a todos. Lo que algunos llaman actualmente justicia infinita (un tipo de Ley particular llevada hasta el extremo) nos deja simplemente en el nivel de la lucha de todos contra todos. En ese sentido podemos añadir, con Pablo, que la justicia de la Ley es insuficiente. Sólo la gracia que perdona a los pecadores es fundamento de paz [5].
Sólo el perdón rompe la espiral de la venganza (un talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida se despliegue por encima de una Ley, en la que nada se crea ni destruye, sino que se transforma, permaneciendo siempre idéntico. Sólo el perdón rompe el encerramiento de la pura Ley y nos sitúa en un nivel de gratuidad, donde los hombres pueden vivir y amarse por sí mismos (como valor supremo). El perdón es gracia y sólo así puede superar la violencia del pasado, haciendo que la vida se abra al futuro de la Vida, por encima de sus contradicciones y luchas de poder.
Perdón, antes de conversión. Sacerdotes y políticos perdonaban a los convertidos, que volvían al redil de la buena Ley. El proceso era claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores reparar el pecado, los culpables arrepentirse. La misma Ley que condenaba al pecador le ofrecía un camino de perdón, si se convertía y volvía al orden. Jesús, en cambio, ha empezando perdonando, de un modo gratuito, y sólo después ha pedido a los hombres que se perdonan. De esa forma ha invertido el camino de la Ley: no exige arrepentimiento y expiación para perdonar, sino que empieza perdonando, el arrepentimiento vendrá después.
En este contexto diremos que el perdón tiene que venir de las víctimas. Jesús no ratifica el poder de perdón de los de arriba, sino que pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que no es sometimiento (¡encima de haber sido ofendidos deben perdonar a quienes les ofenden!), sino que viene a mostrarse como expresión de la mayor de todas las autoridades Ellos, los oprimidos, son sacerdotes y portadores de perdón, es decir, de un nuevo orden social que no se funda en el dominio de unos sobre otros, ni en la revancha de los sometidos, sino en la gracia creadora, desde abajo, a partir de los marginados y ofendidos. Los pobres son precisamente los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen la autoridad del perdón, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni de tomar el poder externo, sino iniciando una comunidad de iguales.
Evangelio, textos del perdón.Esos textos están en el centro del Sermón de la Montaña y se vinculan a otras dos palabras esenciales de los evangelios (no juzgar, amar a los enemigos). Sólo se puede perdonar allí donde, superando la Ley del talión (el puro juicio legal), hombres y mujeres son capaces de amar de un modo activo, superando la esclavitud del pasado y abriendo un futuro de vida para los mismos enemigos, por encima de la ley. Jesús no ha trazado un programa político para sacerdotes o gobernantes, sino un camino de no-violencia creadora, a partir de las víctimas, trazando un proceso de trasformación humana, que puede influir en las mismas instituciones sociales y sacrales de la sociedad establecida.
Principio. Perdón quiero, no pura justicia: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37; cf. Mt 7, 1). En un nivel político, la justicia social es buena y necesaria; pero ella tiene que imponerse con violencia, como sabe Pablo en Rom 13, 1-7, pues el juez necesita la ayuda de la espada y de la cárcel (y en algunos países de la silla eléctrica). Pues bien, superando ese plano de violencia legal (políticamente legítima), Jesús pide a sus fieles que se perdonen, que no acudan a la pura ley, ni a la espada.
El domingo pasado, Jesús hablaba a sus discípulos de la forma de corregirse fraternalmente. Hoy aborda el tema del perdón a nivel individual y personal, que es el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.
Argumentos para perdonar (Eclesiástico 27,33-28,9)
La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.
El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».
Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados?
Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]
Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.
Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.
Pedro y Lamec
Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).
El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:
«Por un cardenal mataré a un hombre,
a un joven por una cicatriz.
Si la venganza de Caín valía por siete,
la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).
Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma a Caín como modelo contrario: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.
Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.
La parábola
Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.
1ª escena (en la corte): el rey y un deudor.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.
2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor
Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.
3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.
Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?»
Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy interesantes porque indican también en qué consiste perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.
La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio
Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.
El domingo pasado el evangelio nos invitaba a salir a camino de aquellas personas que se pierden y esa es una manera de reconciliación. Pero hoy el evangelio nos mete el dedo en la llaga. Una cosa es que mi hermano peque, otra muy distinta es que me ofenda a mí, que me dañe de alguna manera.
Todas queremos ser perdonadas, pero ¡cuánto nos cuesta perdonar! Y es que lo de perdonar no es de una vez para siempre, sino un ejercicio continuo, es un esfuerzo.
El perdón es una escuela de alto rendimiento (¡70 veces 7!). Hay que ejercitarse todos los días y practicarlo de por vida. Realmente nuestras sociedades serían completamente diferentes si se pusiera de moda el arte de perdonar y, de hecho, aquellas personas que han sabido vivir perdonando son las que han cambiado el rumbo de la historia.
Quien perdona se trasciende porque se va pareciendo cada vez más a Dios, al Dios de Jesús que murió diciendo: “perdónales porque no saben lo que hacen”.
A fin de cuentas, el perdón es la antípoda del miedo. Quien perdona se arriesga a que le vuelvan a fallar, a que le vuelvan a herir. Si le cierras la puerta al perdón se la abres al miedo y al rencor. Así las demás personas se convierten en enemigas de las que tenemos que defendernos. Y esto último es rentable. ¡Todo un negocio! El negocio del miedo. Para la economía globalizada nuestro miedo es más que rentable, es la base, el motor.
Si aprendiéramos a dialogar, si llegáramos a perdonarnos, ¿dónde quedaría el negocio de las guerras, de las armas? Si no tuviéramos que defendernos unos países de otros, unos vecinos de otros, ¿qué pasaría con el negocio de las aseguradoras?
El camino del perdón es mucho más subversivo de lo que pensamos. Y el mensaje de Jesús más peligroso de lo que muchos de nuestros intereses pueden soportar.
Perdonar es una de las armas más revolucionarias de la historia. Los poderes de este mundo deberían prohibirlo, pero han hecho algo todavía mejor: ¡desprestigiarlo! Nos han hecho creer que quien perdona pierde. Que quien perdona se dejar pisar. Y nosotros nos lo hemos creído.
Oración
Ilumina, Trinidad Santa, nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad para que podamos descubrir la fuerza trasformadora del perdón. ¡Amén!
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DOMINGO 24º (A)
Mt 18,21-35
El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mateo sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de convivencia estable. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo concreto y real.
La frase «setenta veces siete«, no podemos entenderla literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque supone que Pedro todavía lleva cuenta de las ofensas.
La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (60.000.000 denarios), el empleado es incapaz de perdonar 100 denarios. Al final, encontramos un rabotazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.
Lo que llamamos perdón solo puede nacer del amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón del evangelio. El ego necesita enfrentarse a todo para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este falso perdón es la famosa frase “perdono pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.
Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque el otro no obró por malicia sino por ignorancia. Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad o deseo de hacer daño por parte de otro que me quiere mal es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien.
La trampa está en que se trata del bien o el mal, que le presenta la inteligencia a la voluntad. La voluntad no tiene ninguna posibilidad de discernir si algo es bueno o es malo, depende del conocimiento de cada uno. Nuestro problema en relación con el pecado es que nuestro conocimiento es siempre limitado y de ese modo con frecuencia creemos que es bueno para mí lo que en realidad es malo. Digo para mí, porque pecado es siempre un mal para mí. Si tengo la sensación de que el perjudicado es el otro, nunca corregiré mis fallos.
“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.
Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo no tiene sentido.
Este sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.
Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: «Del vengativo se vengará el Señor». «Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas». Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenuestro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: «…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?
Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en la que es objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.
No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. Descubrir, después de un fallo que Dios me sigue queriendo, me llevará a recuperarme de la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.
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Mt 18, 21-35
«Hasta setenta veces siete»
John Locke, filósofo empirista inglés y padre del liberalismo moderno, defiende que el orden natural establecido por Dios nos empuja a cultivar la tolerancia, el respeto a la personalidad y la fraternidad entre los hombres, y, desde esta concepción, imagina un estado perfecto de paz, benevolencia y ayuda mutua al que llama “Estado de la Naturaleza”. En esta sociedad los ciudadanos serían más felices, al concebir la vida desde el respeto, la ayuda y el compromiso.
Pero Locke es consciente del carácter utópico de esta sociedad (porque siempre será necesario proteger a los ciudadanos honrados de aquellos otros que no lo son), y reduce sus expectativas de convivencia hasta desembocar en lo que él llamó “Estado Civil”, que todos conocemos.
El Estado Civil basa la convivencia en las leyes. Quien se salta la ley es perseguido y en su caso juzgado y condenado. Y eso está muy bien, y es necesario, pero refleja una sociedad todavía inmadura a la que le falta mucho trecho por recorrer. Porque la ley deja a la persona a sus fuerzas, le pone preceptos que debe cumplir, le amenaza, le castiga, pero no le cambia el corazón… y el mal prevalece. En una sociedad madura se siembran unos valores que cambian a la persona por dentro y ya no es necesario mandarle nada.
Ello no significa que se pueda prescindir de las leyes, sino que el énfasis debe ponerse en el arraigo de esos valores y no en la promulgación leyes y más leyes. Y es que la convivencia se puede imponer (o tratar de imponer) y se puede sembrar. Si se siembra tarda un tiempo en dar fruto, pero cuando lo da, da el ciento por uno…
Y éste es el estilo de Jesús, el estilo del Reino, que lo fía todo al poder de la semilla o la acción de la levadura.
En Jesús hemos visto que el modo humano de vivir es perdonando, no llevando la cuenta de las ofensas recibidas, dejando siempre lugar a la concordia, no exigiendo de nadie la perfección… Es decir, hemos visto que el perdón es uno de los puntos clave de la buena Noticia (y es, además, un excelente test para medir la sinceridad de nuestra fe). El episodio de la mujer adúltera que iba a ser lapidada por los santos de Israel es una buena muestra del talante de Jesús, pero quizá la mejor de ellas sea la del propio Jesús perdonando en la cruz a quienes le están crucificando.
Los cristianos anhelamos una sociedad basada en el perdón, pero no estamos en ella y a lo máximo que podemos aspirar por el momento es a que prevalezca la justicia. Sin embargo, quien sigue a Jesús no se conforma, y se ve llamado a trabajar para propiciar otro tipo de convivencia; para hacer posible el perdón; para que la cultura del perdón y la concordia acabe empapando el mundo.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
Este relato de Jesús nos invita a perdonar. Siempre. Pero no es evidente cómo definiría el texto evangélico el perdón. Si prestamos atención a la narración siguiente, no se refiere a un perdón que olvida o que elimina las acciones pasadas. Todo lo contrario. Es un perdón absoluto, de todo. Pero solo se puede dar en un contexto de justicia. De hecho, el “señor” exigirá con posterioridad aquello que ya había perdonado. Quien perdona no pierde el derecho de reclamar y de recuperar lo que ha perdido.
La falsa idea de que perdonar es olvidar es antievangélica. Las relaciones que propone Jesús son siempre dinámicas, y el perdón no es un punto final. Es una gracia para reestablecer relaciones que nos empoderan mutuamente. Pero es una gracia exigente. Quien recibe el perdón se compromete a entrar en la dinámica del perdón, y perdonar a su vez. No puede seguir viviendo como si debiera todavía, como quien tiene miedo a que se le reclame algo, como quien tiene derecho a exigir. Ha de vivir como quien recibe gratuitamente y por tanto es capaz de dar gratuitamente.
La dignidad de quien perdona queda subrayada en este texto. Las personas podemos perdonamos siempre, absolutamente. Pero manteniendo lo que es nuestro. En este sentido el perdón exige la justicia El perdón exige acciones misericordiosas. Y la justicia es la reacción a la atención. El “señor” del relato conoce las acciones posteriores de su deudor perdonado, le informan sobre él, y, al no seguir este la dinámica del perdón, el señor reacciona exigiendo todo lo adeudado ya perdonado.
A diferencia de los “siervos” que han de perdonar setenta veces siete, este señor perdona una vez y luego exige hasta la última moneda. Se muestra intransigente, exigente, radical y brutal. Hasta que el deudor entienda que debe mucho pero que todo puede perdonarse. Y fundamentalmente hasta que descubra que él también puede entrar en la dinámica de una justicia que nace de la misericordiosa atención a quien está en situación de fragilidad.
El Reino que anuncia Jesús se hace así presente entre quienes perdonan en el marco de una justicia exigente y radical que obliga a la reciprocidad y al cuidado de los demás.
Algo me dice que esta parábola o, al menos, su final no proviene de Jesús. Quien pide perdonar “hasta setenta veces siete” (Mt 18,22) o quien dice que “Dios es bueno con los ingratos y los malvados” (Lc 6,35) no puede presentar a Dios como alguien que “entrega a los verdugos” al que comete una mala acción.
El final de la parábola casa bien con lo que suele ser la forma de funcionar del ego y su adhesión a la Ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente” y “el que la hace, la paga”). Tal como termina la parábola, el ansia justiciera del ego se apacigua porque el empleado injusto ha recibido el castigo que merecía.
El ego, pues, ha retorcido la parábola hasta hacer que la conclusión de la misma entrara en contradicción con el objetivo anunciado en el comienzo.
Tal contradicción suele pasar desapercibida habitualmente, porque las personas religiosas recurren a aquel “principio” según el cual “Dios es bueno, pero también justo”. Sin embargo, la cuestión nuclear sigue en pie: ¿dónde queda la novedad del mensaje de Jesús?, ¿qué se ha hecho de la gratuidad que constituye uno de los núcleos básicos de todo su mensaje?
El señor de la parábola debería saber que todo el mal que hacemos -también el que más nos subleva- es fruto de la ignorancia, que consiste en no saber lo que somos. Y que, visto en profundidad, el perdón significa comprender que no hay nada que perdonar.
Por todo ello decía que ese final de la parábola no pudo ser pronunciado por alguien que, según las palabras que Lucas pone en su boca, tras ser torturado y crucificado, fue capaz de decir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y en definitiva -podríamos añadir en la misma línea- porque no saben lo que son. Todo lo cual no justifica, evidentemente, cualquier acción. Sin embargo, nos permite comprender -no justificar- a quien la hace y rescata la novedad limpia del mensaje de Jesús, caracterizado por la gratuidad.
Comentarios desactivados en El perdón no arregla el pasado, pero mejora el futuro.
La Verdad es libre:
01.- El odio en la vida humana.
El rencor, la ira, la venganza son pasiones –pulsiones- humanas, muy humanas. El odio puede estar presente en la familia, en la vida social, política, en las guerras y largas postguerras, en la iglesia y comunidades religiosas, en las relaciones humanas…
Frente a las pulsiones humanas de envidia, furor, venganza, Jesús nos sitúa ante la experiencia del perdón. Es la propuesta evangélica ante la realidad frecuente al resentimiento y agresividad: perdonar.
El odio y la venganza están presentes en la humanidad desde que el ser humano es humano, desde Caín y Abel.
Caín y Abel es un relato, un mito que trata de explicar por qué existe el mal. Caín y Abel no han existido nunca pero existen todos los días, en toda la historia de la humanidad, ¿En qué familia, comunidad, pueblo o iglesia no hay distanciamientos, enfrentamientos, odios, etc.?
02.- Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lc 23,34).
Nos hace bien recordar el último gesto del Señor en la cruz. Jesús murió con el perdón en sus labios y en su corazón:
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lc 23,34).
Hoy estarás conmigo en el Paraíso, (Lc 23,43)
Lo último que hace Jesús a su muerte es lo que hizo durante toda su vida: perdonar.
Es frecuente escuchar –ver y vivir- actitudes como: “perdono, pero no olvido”, o incluso, “ni perdono, ni olvido”. ¡Cómo no ser conscientes de que haya familias que no se hablen, hermanos totalmente enemistados, ciudadanos enfrentados por motivos políticos, ideológicos!
También hay actitudes hondamente cristianas. Hay personas, posturas de una gran altura humana, moral, espiritual, que saben perdonar
03.- Dios y Jesús perdonan siempre.
Nos han enseñado que Dios es muy justo y que no tiene más remedio que condenar. Sin embargo lo que podemos apreciar en Jesús y en el Dios de Jesús es otra cosa: Dios es alianza, es perdón, reconciliación. Dios no se hace respetar a golpe de condenación, sino de perdón.
Dice el salmo 129,4: de Ti procede el perdón, y así infundes respeto. Dios se hace respetar no a bofetadas ni por condenaciones, sino por su bondad. El Dios de Jesús no infunde miedo, sino perdón.
Jesús durante toda su vida, hasta su muerte, siente misericordia, lástima, compasión, perdón.
He sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva … y proclamar un año de gracia (de perdón) del Señor. (Lc 4,18-19)
Un Dios justiciero y vengativo no es el Dios de Jesús. Nuestro Dios es acogedor, perdonador siempre y con todos. En ocasiones, en alguna teología y pastoral, da la impresión de que a los católicos nos molesta que Dios sea bueno y perdonador. (A veces da la impresión de que lo que salva el evangelio lo condena la Iglesia).
04.- Él odio hace daño a todos.
Ya en el campo, Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató. Dios dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» Replicó el Señor: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde la tierra. (Gn 4,1-9).
La envidia y el odio hacen daño a todos: desde Caín y Abel hasta Rusia y Ucrania, pasando por nuestras familias. El odio y la venganza de la tierra impregnan a toda la humanidad: la sangre de tu hermano clama al cielo.
05.- Perdonar es un proceso de sanación.
El perdón es un proceso de sanación.
No es fácil restañar viejas heridas, más o menos sangrantes, que ocupan el pensamiento y los sentimientos y deja secuelas profundas.
La decisión de perdonar sana nuestro corazón, nuestra vida.
Resentimiento significa re-sentir, “volver a sentir”, estar siempre hurgando en la herida. Necesitamos perdonar para no hacernos más daño a nosotros mismos, así como tampoco transmitir más odio a los demás.
Perdonar hace bien a todos, al que pide perdón y al que lo regala, (gracia).
Creo que a Jesús, como a nosotros, le hacía bien perdonar: a Él y los demás. A Dios le hace bien perdonar y a nosotros nos sana ser perdonados y perdonar.
Solamente el perdón rompe la espiral de la violencia interior, personal, y exterior
El perdón pone en orden y en paz la vida.
No hay patria, ni dinero, ni herencia, ni poder, ni placer por encima del ser humano y de una convivencia sana y sensata.
Naturalmente que en muchas circunstancias, las relaciones no podrán volver a ser como lo fueron, si lo fueron, porque siempre quedan en el fondo de nuestro ser viejas palabras, viejas memorias, a veces difíciles de controlar. Las pulsiones están ahí. Hay que poner razón en los sentimientos. Hay que ser razonables en la vida y dejar de lado, aparcar viejas cuestiones, porque si llevas en cuenta los delitos, ¿quién y cómo podremos vivir?
06.- Sin perdón no hay comunidad, ni eucaristía.
Cuando las heridas continúan abiertas, mal cerradas o cerradas en falso, es muy difícil una vida personal y comunitaria sana, sea familiar, religiosa o cívica. Coexistiremos, pero sin perdón, la vida será difícil, ¿o no lo está siendo en el orden político y eclesiástico?
La Eucaristía es la asamblea de los que nos sentimos reconciliados y con la buena voluntad de perdonar
No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
Comentarios desactivados en ¿Quién gestiona las llaves petrinas del Reino? (Mt 16,13-20)
Del blog de Xabier Pikaza:
«Las llaves de la iglesia católica han sido a veces más fariseas que petrinas«
Según Mt 16, 19, Jesús dijo a Pedro «yo te daré» las llaves del Reino de los cielos…». Y así fue, según el evangelio de Mateo que se distingue de otros textos del NT (Ef, Jn…) en los que Pedro no aparece como portador de las llaves del Reino.
Este pasaje (yo te daré las llaves del Reino) constituye un texto esencial de la revelación, no sólo para los católicos, sino para los cristianos de otras iglesias. Por eso debemos estudiarlo con cuidado.
Así quiero destacarlo en esta postal, leyéndolo al trasluz de otros dos textos importantes de Mateo que matizan su sentido conforme a una lectura integral/sinodal del evangelio.
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
1. Llaves del Reino, llaves de Pedro (Mt 16, 17-19).
A ti te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra habrá sido atado en el cielo, y lo que desates en la tierra habrá sido desatado en los cielos.
Éstas son las llaves con la que Pedro ha abierto el camino del Reino de Jesús para los gentiles, acogiendo el mensaje de Pablo y vinculando ese mensaje al de los judeo-cristianos. Estas llaves han servido para abrir el reino a los pobres, excluidos y gentiles. Pedro las utilizó una vez y para siempre, en el momento clave de la iglesia, como clavero supremo, abriendo con ellas (con la autoridad de Dios) el mismo Reino de Dios para los pobres y expulsados de la ley judía.
A estas llaves de Pedro se han opuesto, dentro de la misma iglesia, las contra-llaves de un tipo de escribas y fariseos «cristianos» que se han opuesto de hecho a la apertura de Pedro y que han querido introducir dentro de la iglesia un tipo de ley anti-petrina, que ha tendido a convertir la iglesia de Jesús en una mala sinagoga de escribas-fariseos, partidarios del mal judaísmo (no del bueno), un tema que aparece ya en la cartas de Pablo y, sobre todo, en la historia de un mal catolicismo que, diciéndose petrino, ha sido de hecho anti-petrino
Estas llaves auténticas de Pedro han pasado al conjunto de la Iglesia, que es comunidad de comunidades, de forma quea cada iglesia sea heredera de las llaves de Pedro, como ha puesto de relieve
Conforme a la palabra solemne de Mt 16, 19, Jesús ha dado a Pedro las llaves del Reino de los cielos. Pero después, otro pasaje del mismo concede a cada comunidadcristiana «las mismas llaves»: «todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo» (Mt 18, 18).
El mismo Mateo habla además de unas «llaves perversas», propias de los fariseos. Desde ese fondo podemos mirar de conjunto el tema de las llaves y la función de la autoridad de la iglesia en Mateo , integrando así a Pedro dentro de la comunidad, que debe superar siempre el riesgo «fariseo» del poder sacral.
(1) Las llaves de los escribas y fariseos (Mt 23, 13).
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres. Pues vosotros no entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando.
Ellos escribas-fariseos no han de entenderse aquí como representantes de una autoridad ajena a la iglesia (en la línea de un buen judaísmo rabínico posterior), sino como cristianos de línea farisea, cuya existencia e influjo ha destacado Hechos (cf. Hech. 15, 5).
Mateo no critica por tanto a unos «judíos/judíos», sino a unos escribas y fariseos de la iglesia, que han querido tomar el poder de las llaves, para utilizarlas de un modo legalista, cerrando el Reino de Dios a los otros (es decir, a los que no cumplen sus normas, a los pobres de Jesús, a los impuros).
Al actuar así, esos cristiano-fariseos no entran en el Reino (pues no aceptan la apertura petrina de Jesús a los pobres y excluídos, conforme a la historia auténtica Pedro), ni dejan entrar a los demás (pues les cierran el camino de la iglesia, que es portadora de ese Reino).
En esa línea se ha dicho, y se sigue diciendo (conforme al magisterio de Francisco) que en ciertos momentos (a partir del X y especialmente del XVI d.C., las llaves de la iglesia católica han sido a veces más fariseas (en el mal sentido de la palabra) que petrinas, han servido para cerrar más que para abrir.
Por eso, la reforma sinodal de la iglesia, que está defendiendo Francisco, ha de ser plenamente petrina no anti-petrina, en la línea del Pedro integral de los evangelios y del mismo mensaje de Pablo, que critica ciertos rasgos del poder del Pedro pero que, en 1 Cor 15 le sitúa en el principio de la Iglesia.
Se trata, por tanto, de recuperar al Pedro hermano, al Pedro sinodal que recibe, según Mateo, las llaves del Reino, pero no para encerrarse con ellas en una iglesia-fuerte, sino para garantizar con ellas la libertad y responsabilidad de cada una de las comunidades cristianas, como he puesto de relieve en mi comentario de Mateo.
(3) Las llaves de cada comunidad (18, 15-20).
Conforme a lo anterior, cada comundad cristiana, en comunión con las demás comunidades, es heredera y portadora de las mismas llaves de Pedro,que han de ser asumidas y utilizadas en sentido salvador, de apertura mesiáncia, a cada iglesia.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra habrá sido desatado en el cielo. También os digo que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidan, les será hecha por mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Este pasaje omite la primera función de Pedro (ser «roca«), quizá suponiendo que ella no puede repetirse, sino que Jesús la ha concedido una vez y para aiempre a Pedro, en el principio de la Iglesia, pero atribuye la segunda funciòn (cerrar y abrir el Reino), vinculada a las llaves de Dios (atar y desatar, cerrar y abrir), a cada comunidad, que aparece así como presencia de Cristo (verdadera Piedra eclesial, auténtico Pedro).
De una forma que resulta lógica en la línea del judaísmo y cristianismo antiguo, pero que va en contra de una visión posterior de algunas iglesias, el Jesús de Mateo no atribuye las llaves de Dios (atar–desatar) a un obispo, patriarca o papa separado, sino a cada una de las comunidades cristianas (donde estén dos o tres reunidos en mi nombre…).
Lo que hizo Pedro en su tiempo, de una vez por siempre, para el conjunto de la Iglesia (entendida en forma de comunidad sinodal de iglesias), pueden y deben hacerlo después los creyentes reunidos de cada iglesia particular, que así aparecen como herederos de su función constituyente o magisterial.
En esta línea, los papas que se dicen y han de ser portadores del carisma de Pedro han de potenciar la autoridad sinodal de cada Iglesia
(4). Anejo. No llaméis a nadie Padre (23, 6-10).
«Los escribas y los fariseos… buscan los primeros asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones en las plazas y el ser llamados por los hombres: Rabí, Rabí. «Pero vosotros, no seáis llamados Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie vuestro Padre en la tierra, porque vuestro Padre que está en los cielos es uno solo. Ni os llaméis Guía, porque vuestro Guía es uno solo, el Cristo.
Cada una de las comunidades, formadas por hermanos-iguales (sin diferencia de varones y mujeres, clérigos y laícos, siervos y señores), ha recibido «las llaves de Pedro», esto es, su capacidad de discernimiento al servicio del Reino de Dios.
Posiblemente había en las comunidades de las que habla Mateo profetas, sabios y escribas (cf. Mt 23, 34); incluso podría haber ministros eclesiales en la línea de los obispos y presbíteros posteriores; pero el texto no habla de ellos, ni les concede una autoridad sobre los otros, pues la autoridad de la iglesia se identifica con el discernimiento y diálogo fraterno de la comunidad.
Desde este fondo puede entenderse la crítica de Mt 23, 1-12 contra aquellos que buscan las «prôtokathedrias» o primeras cátedras (de honor y enseñanza) en las iglesias, pues todos los creyentes son hermanos y ninguno debe elevarse como padre, maestro o director sobre los otros.
Más aún, en esa misma línea deben entenderse las afirmaciones programáticas donde (siguiendo en la línea de Mc 9, 35-38; 10, 13-13. 35-45) Mateo ha puesto de relieve la autoridad de los pobres y pequeños, que aparecen así como verdaderos «papas de la iglesia». «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Jesús, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 1-3).
Comentarios desactivados en ¿Cómo Amarte y hablar de ti sin nombrarte, sin estar tú, mi amado?
Del blog De Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:
Es como un árbol frondoso en el verano, que no tenga hojas
Unos niños que en los columpios juegan, y no sean felices como niños.
¡Amarte y hablar de ti sin nombrarte!
¡Es…! Leerte sin lectura Vivirte y negar lo ya vivido Servirte sin ser tu servidor Oírte sin ser escucha
Hablarte sin ser cuerdas de tu guitarra nueva
Memoria de saber que no es memoria lo tenido por sabido
Entendimiento, de algo comprender lo incomprendido de lo vivido
Habiendo estado con el guitarrero
Y Verte así!…
¡Amarte y hablar de ti sin nombrarte!
¡Amarte sin amarte!
Vibrar sin ser cuerdas del alma.
Al verte y no mirarte
Y Estando en tu presencia
Querer estar en total ausencia.
Amor de la guitarra del guitarrero
Humilde aprendiz de lo divino-
Que Tú, con tus dedos
de poesía,
elevas la cuerda con el cubo del agua fresca del pozo blanco.
Y este pozo esté seco
En el jardín del jardinero.
No hay amor más grande y delicia
Que dejarse alcanzar por las flechas del amor
¡Amarte y hablar de ti sin nombrarte!
Estando tú
Sin nombrarte
Estando con el amado
Dejándose amarse
Sin preguntar nada
Amor que hiere de amor, sin heridas que desangran
Sin marcas, ni cicatrices.
¿Cómo es posible, escribir de ti, sin Amarte, sin conocerte? Amarte y hablar de ti sin nombrarte!…
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