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«¿Qué hace Dios en una cruz?» Domingo de Ramos – C (Lucas 22,14-23,56). 20 de marzo 2016.

domingo, 20 de marzo de 2016
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D-RAMOS-600x582Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

José Antonio Pagola

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«He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer». Domingo 20 de marzo de 2016. Domingo de Ramos

domingo, 20 de marzo de 2016
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22-ramosC cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 50, 4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?.
Filipenses 2, 6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Lucas 22, 14-23. 56: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer.

El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos, como bien puede verse, es el del Mesianismo. Éste tiene varias etapas en la Biblia. «Mesías» significa ungido, siervo, enviado, pero en sí, la idea más profunda de «Mesías» que el pueblo de Israel asumió es la espera de la aparición salvífica de un líder carismático descendiente de David que habría de instaurar definitivamente en la tierra «el derecho y la justicia».

En el Primer Testamento es Isaías el profeta quien más profetiza y anuncia la llegada del Mesías de Dios. Mesías que él entiende como el Siervo de Yavé que llega. El Mesías es para el profeta la gran realidad de Dios viviendo con nosotros, la realidad del gran restaurador que libera de la esclavitud, de la gran violencia (violencia estructural diríamos hoy), de la gran miseria (pobreza extrema y masiva diríamos actualmente) a la que ha sido condenado el pueblo de Dios (los muchos pueblos de Dios). El Mesías, en su calidad de Ungido de Yavé, no es sino su enviado, su representante, el encargado de promulgar sus designios.

La idea del Mesías y de los tiempos mesiánicos estaba fundada en la esperanza de que Dios cumpliera plenamente las promesas hechas al pueblo elegido, a la nación que se creía a sí misma la elegida por Dios. La llegada del «Mesías» es la instauración del reinado de Dios en la historia y en el tiempo, y es allí donde, según la concepción judía (según, pues, un pensamiento muy humano, no según una revelación divina), Israel se vengaría de los «paganos» (la mayor parte de ellos tan religiosos como los propios israelitas), de los no judíos.

La idea mesiánica del Primer Testamento está basada en la fuerza político-militar de un enviado del Dios de Israel para dominar a todas las naciones de la tierra y hacer que Israel se convierta en una nación fuerte y poderosa capaz de someter a todos los pueblos que no tienen a Yavé por Dios. Como se ve, un mesianismo muy humanamente comprensible…

El Mesianismo es una de las herencias que el Segundo Testamento recibe de la tradición veterotestamentaria. En tiempo del Nuevo Testamento, gobernado el mundo de entonces por Roma con toda su fuerza, riqueza y pretensiones, también hay grupos mayoritarios que esperan la llegada definitiva del Mesías que los liberará del domino explotador romano. Todos esperaban entonces la intervención de Dios en la historia a través de un líder que fuera capaz de derrocar el poder imperial y hacer de Jerusalén la gran capital de Israel.

En el ciclo C de la liturgia leemos el relato de la Pasión del Señor según Lucas. Consideremos las características teológicas que nos presenta este relato.

Lucas, como es sabido, es considerado como el evangelista de la misericordia, o lo que es lo mismo, como el evangelista que ha marcado toda la tradición que nos entrega, con el pensamiento del amor infinito de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas ha percibido como él la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres, entre los que sufren, entre los marginados. No es difícil constatar en el evangelio de Lucas la preocupación de Jesús por los débiles, por las viudas, por los huérfanos, por los pecadores, por las mujeres.

Este mismo interés se manifiesta en la narración de los acontecimientos de la Pasión del Señor. En primer lugar, porque todo este relato está sustentado por un conocimiento del alma de Jesús, cuya intimidad nos es desvelada por el evangelista cuando nos deja ver su estrecha relación con el Abba misericordioso, en los momentos de oración (Lc 22,42); o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento (Lc 22,43).

En segundo lugar, la cruz aparece en este relato de la Pasión como un verdadero sacramento del amor divino: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento. Lucas no pone la atención en los aspectos negativos y crueles de esta situación. En su narración se omiten recuerdos o referencias que aparecen en los otros evangelistas como la flagelación o la coronación de espinas que sirven para inculpar a los que llevaron a Jesús a la muerte. Lucas nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los hombres, aún en esta situación de dolor. Jesús no aparece abandonado en el Calvario (no se cita a Zac 13,6 sobre la dispersión del rebaño): está acompañado de amigos y conocidos (Lc 23,49 en contraposición con Mt 27,55-56 y Mc 15,40-41). Y reemplaza el grito del Salmo 21 (22) que cita Mateo por la manifestación ilimitada de confianza del Salmo 30,6 (31,6): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato de la Pasión la actitud del perdón, sólo explicable desde el misterio de la misericordia. En definitiva todo el mundo queda limpio y se insiste en hechos positivos, sólo explicables desde la virtud reconciliadora del sufrimiento de Jesús o desde su actitud de perdón: el caso de Pilato (Lc 23,4.13-15.20-22); el del agresor a quien Pedro cercenó una oreja y que es sanado por Jesús (Lc 22,51); el de Pedro (Lc 22,61); el de todos los judíos (Lc 23,34); el del malhechor bueno (Lc 23,39-43); el del centurión (Lc 23,47); el de la reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc 23,6-12).

Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Aun en el proceso de los romanos, Pilato proclama la inocencia de Jesús. El centurión también reconoce su inocencia.

Sólo en Lucas Jesús se dirige con palabras consoladoras a las mujeres que de lejos los siguen. Realmente, Lucas ha sido llamado el evangelio de las mujeres y de la misericordia con los más pobres e ignorados, y las mujeres hacían parte de la clase marginada en Israel. Pero para Jesús, en todo el evangelio de Lucas, las mujeres hacen parte del discipulado y merecen un trato respetuoso. Ahora, camino del Calvario, la fidelidad de las mujeres a su maestro es reconocida por el Señor.

La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Padre. Sólo quien ha comprendido una actitud tan conmovedora, como la que nos trae este evangelio en la parábola del padre misericordioso, podrá entender por qué el evangelista ha mirado así el misterio del sufrimiento y de la muerte de Jesús.

Lucas concibió el relato de la Pasión como una contemplación de Jesús. Por eso este relato es una invitación al lector-oyente a aproximarse al Señor, a seguirlo, a llevar con él la cruz de cada día (9,23). En la palabra que dirige en la cruz al malhechor arrepentido, ese ‘hoy’ nos remonta a Lc 4,21 cuando en la sinagoga de Nazaret, Jesús declara que “hoy se ha cumplido” el pasaje de Is 61,1-2 que acababa de leer. El tiempo se ha cumplido y él, que ha venido para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” ha cumplido su misión, porque va a morir colgado de la cruz pero seguirá viviendo en medio de nosotros.

Nota para lectores críticos

El evangelio de hoy es más largo que de ordinario: toda la Pasión de Jesús, por lo que muchas homilías hoy serán más breves. Por otra parte, la homilía debería enfocarse pues hacia el conjunto de la Pasión y su significado. También el viernes santo se leerá la Pasión, según san Juan. Y durante toda la semana, el trasfondo litúrgico-espiritual es ése: la pasión y muerte de Jesús. Es pues un momento apropiado para plantearse algunos criterios críticos respecto a la interpretación de la pasión de Jesús en su significado de conjunto.

Si somos cristianos, y si el cristianismo profesa la convicción de la significación salvadora de Jesús, necesitamos tener un «modelo soteriológico» («sotería» = salvación), o sea, una explicación de cómo Jesús salva a la humanidad y en qué consiste esa salvación. Es claro que esto es el corazón de la fe cristiana.

Pues bien, en la historia ha habido varios «modelos soteriológicos».

El modelo que nos ha llegado a nosotros es, fundamentalmente, el que elaboró san Anselmo de Cartebury en el siglo XI sobre la tradición jurídica del derecho romano. En este sentido. El ser humano ofendió a Dios con el pecado original, y con ello se rompieron las relaciones de Dios y la humanidad. Dios fue ofendido en su dignidad, y el ser humano, por su parte, quedó privado de la gracia de la relación con Dios y no tenía capacidad para superar esta situación, pues aunque había ofendido a Dios, no tenía capacidad para reparar una ofensa de carácter infinito. En su obra Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) Anselmo elabora la teoría de la «satisfacción penal sustitutoria»: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con ello la dignidad ofendida de Dios, y restablecer así las relaciones de Dios con la humanidad.

Por una parte, hay que hacer notar que esta explicación, que nos ha llegado a todos nosotros en una tradición tan longeva, no deja de ser «una» explicación, la del siglo XI en concreto; es decir: no es «la» explicación, no es la única. Además, no está en el Nuevo Testamento: es una elaboración teológica, muy posterior, que asume las categorías y la lógica del derecho romano «recepcionado» en el mundo feudal europeo de la alta Edad Media: el derecho inapelable y absoluto de los señores, la servidumbre de los siervos, las obligaciones jurídicas relativas a la ofensa y a la satisfacción o reparación. Es la teología de la «redención», del redimir («re-d-emere»), re-comprar al esclavo para liberarlo de su antiguo dueño.

Esta teología, hoy ya insostenible, es, sin embargo, la que la mayor parte de los cristianos y cristianas, incluyendo a muchos agentes de pastoral tienen todavía en su conciencia, en su comprensión del cristianismo, o en su subconsciente al menos. Y es para muchos de ellos «la» explicación mayor del misterio cristiano, el misterio de la «redención».

Hay que recordar que los modelos soteriológicos, como todo el resto de la teología, no dejan de ser un lenguaje metafórico, y que la metáfora nunca debe ser tomada al pie de la letra, tanto sea en n sentido directo como en un sentido metafísico, sobre todo en el segundo término al que traslada el sentido (“meta-fora” = cambio, traslado de sentido). Las teologías y los modelos soteriológicos se apoyan sobre las lógicas y los símbolos de las culturas en las que son creados. Por eso, cuando la evolución cultural cambia de lógica y de símbolos, esos modelos soteriológicos, y en general, esas teologías, aparecen crecientemente desfasadas, se hacen incluso ininteligibles, y finalmente quedan obsoletas. La visión de Dios como «Señor» feudal irritado por una ofensa de la primera pareja humana… para cuyo aplacamiento habría sido necesaria la reparación de la ofensa por medio de la muerte cruel y cruenta de su Hijo, es una imagen de Dios hoy sencillamente insostenible, e inaceptable. La sola idea de que un mítico pecado de Adán y Eva hubiera torcido los planes de Dios, y hubiera sumido en las tinieblas del pecado y del alejamiento de Dios a toda la humanidad desde la primera pareja, durante miles y miles de años –hoy la ciencia nos dice que habrían sido millones de años-, hasta la aparición de Jesús, es absolutamente inaceptable para la mentalidad actual. La misma fórmula jurídica de la «satisfacción sustitutoria» resulta hoy día inviable desde los mínimos éticos de nuestra época. Un Dios así resulta increíble, provoca ateísmo, con razón.

Si este modelo nos parece hoy día sobrepasado, no debemos dejar de considerar que ha habido otros modelos todavía más inadecuados. En el primer milenio la teología dominante, en efecto, no fue la de la «satisfacción sustitutoria», sino la del «rescate»: por el pecado de Adán la humanidad había quedado «prisionera del demonio», literalmente bajo su poder (sic). Según san Ireneo de Lyon (+ 202) y Orígenes (+ 254) el Diablo tendría un «derecho» sobre la humanidad, debido al pecado de Adán. Jurídicamente, la humanidad estaba bajo su dominio, le pertenecía, y Dios «quiso actuar con justicia incluso frente al diablo» (Ireneo, Adversus Haereses, V, 1,1), al anular tal derecho sólo mediante el pago de un rescate adecuado. Para ello, entregó a su Hijo a la muerte, a fin de liberar a la humanidad del dominio «legítimo» del diablo. San Agustín lo dice aún más explícitamente: Dios decretó «vencer al Diablo no mediante el poder, sino mediante la justicia» (De Trinitate XIII, 17 y 18).

Este modelo del «rescate pagado al Diablo» para rescatar a la humanidad, aún resuena en las personas que tuvieron una formación cristiana. Pero hoy nos resulta no sólo inaceptable, sino inimaginable, y hasta grotesco: no podemos aceptar un Diablo, concebido como un contra-poder cuasi-divino, que está apostado frente a Dios y que retiene a la humanidad bajo su poder, durante milenios, hasta que es «justamente resarcido» por Dios, nada menos que con la muerte del Hijo de Dios, un Diablo que sólo así sería «derrotado por la victoria de Cristo»…

¿Qué queremos decir con todo esto? Muchas cosas:

-que las teologías son metafóricas, no narraciones históricas ni descripciones metafísicas;

-que las teologías son muchas, variadas, no sólo una… y que cuando adoptamos una de ellas no debemos nunca perder de vista que se trata sólo de «una» teología, no de «la» teología;

-que las teologías son contingentes, no necesarias;

-que son elaboraciones humanas, no revelaciones divinas bajadas en directo del cielo, y que están construidas con elementos culturales de la sociedad en la que han sido concebidas;

-que son también transitorias, no eternas, y que con el tiempo y los correspondientes cambios culturales pierden plausibilidad y hasta inteligibilidad y pueden acabar resultando inaceptables y hasta desechadas;

-que los agentes de pastoral que atienden al Pueblo de Dios han de estar atentos a no prolongar la vida de una teología sobrepasada, superada, que ya no habla de un modo adecuado a las personas de hoy;

-que pueden (y deben) tratar de encontrar nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas respuestas interpretativas de parte de nuestra generación actual a las preguntas de siempre.

La Semana Santa no es el único momento en el que debemos referirnos a la significación de la salvación operada por Cristo, pues ésta es una referencia central de la fe cristiana; pero sí es una ocasión privilegiada para plantearnos la conveniencia de la revisión de nuestros esquemas teológicos al respecto. Leer más…

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20.3.16.Domingo de Ramos o del Asno: Tomar la ciudad, superar el poder

domingo, 20 de marzo de 2016
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10988548_563145957195934_3198077586924282826_nDel blog de Xabier Pikaza:

Ramos. Ciclo C. Texto de la Pasión: Lc. 22, 14 –23, 56. Será bueno leer el texto entero, con reposo, el mejor texto posible para este comienzo de la Semana Santa. Pero si alguien quiere entrar de un modo más razonado en los motivos y consecuencias de la subida de Jesús a Jerusalén puede leer lo que le ofrezco (Texto tomado básicamente de Historia de Jesús, VD, Estella 2012).

La entrada de Jesús en la ciudad fue un signo de política social, de plenitud humana, revelación de Dios:

Entró en la ciudad como pretendiente mesiánico, en la línea de David. Muchos se habían preguntado si era el Rey esperado, y Pedro lo había declarado abiertamente, llamándole Cristo (Mc 8, 29); pero Jesús le respondió pidiéndole silencio.

Pues bien, ahora, Jesús rompe ese silencio, y entra en la ciudad (Jerusalén) de manera clamorosa, como Mesías lleno de Autoridad, pero lo hace de pacífica, sin armas ni soldados, anunciando el Reino de Dios para y desde los más pobres (cf. Mc 11, 1-10).

De esa forma toma la ciudad, pero sin tomar el poder… Toma la ciudad, renunciando a todo poder sobre ella, a todo dominio, a todo imperio… Toma la ciudad sobre un asno, entre signo de naturaleza y de concordia (palmas, ramos, cantos de alegría).

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Entró como Dios en Persona…, es decir, como plena humanidad. Sobre un asno que es signo de concordia, sin espadas, sin caballos, con cantos de paz.

Desde aquel día (Domingo de Ramos, Domingo del Asno) sabemos que Dios mismo habita en nuestra historia, como autoridad provocativo de amor, para superar todos los imperios sociales y religiosos que dominan a los hombres con violencia para esclavizarles.

Entró en la ciudad para que surja al fin el hombre en Dios, Dios en los hombres, los hombres todoshermanos.

Entró para que entremos nosotros, buscando y tomando la nueva ciudad, hecha de paz y de concordia… rompiendo para ello todos los impedimentos religiosos y sociales, políticos, económicos y personales que lo impiden. Hoy es nuestro domingo de Ramos…. Ramos 2016. Feliz Semana Santa para todos.

Tema de fondo

La subida a Jerusalén forma parte de la estrategia mesiánica, cuyo fin externo ni Jesús conocía de antemano (cf. Mc 13, 32), aunque estaba convencido de que llegaba el Reino de Dios, que es amor ofrecido a los pobres y compartido con ellos. En ese fondo he querido ofrecer algunas consideraciones, compartidas por gran parte de la exégesis moderna, que pueden ayudarnos a entender las implicaciones y sentido del camino de Jesús, a quien apresaron en Jerusalén, donde subió con sus discípulos, sabiendo que podían condenarle (como de hecho lo hicieron).

1. Subió como aspirante mesiánico.

No subió para morir en el sentido sacrificial de la palabra. No buscó su destrucción, como víctima, sino la llegada del Reino de Dios, para los hombres y mujeres de su pueblo, partiendo de los pobres (hambrientos, impuros, expulsados del sistema israelita y romano), a quienes había ofrecido su mensaje en Galilea.

Como buen judío, subió a Jerusalén, ciudad de David (del Mesías), en nombre de los pobres, con un grupo de galileos, para anunciar y preparar el Reino, buscando la manifestación de Dios y conociendo el riesgo que implicaba su actitud, como recuerdan las palabras de Tomás: “Subamos y muramos con él, si es preciso” (cf. Jn 11, 16). Tenía la certeza de que Dios hablaría a través de lo que hicieran (o no hicieran) con él en Jerusalén, pues ésta era la última oportunidad para la ciudad de la promesas y del templo .

2. Vino de un modo público, pues quería la trasformación o conversión de Jerusalén.
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No vino para realizar una tarea privada, sino como pionero y representante de aquellos que esperaban el Reino y así entró abiertamente en la ciudad, por el Monte de los Olivos (cf. Mc 11, 1 ss). Por eso, su venida, en ese tiempo de Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de sus pretensiones mesiánicas, en Jerusalén, capital y principio de su Reino.

Conforme a los planes de Dios, era posible que los jerarcas de Jerusalén cambiaran y que los sacerdotes del templo abandonaran su poder sagrado, de tal forma que vinieran a integrarse con los pobres. Ciertamente, conocía los enfrentamientos de los sacerdotes “oficiales” con otros grupos de sacerdotes y judíos (como los esenios de Qumrán) y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al gobernador/procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a Jerusalén con un contingente mayor de soldados, para mantener el orden en los días de la fiesta (de pascua).

A pesar de eso (o precisamente por eso), subió a Jerusalén en pascua, porque era momento propicio (hora del Reino), tiempo para que los hombres y mujeres empezaran a comunicarse, en gesto de paz, desde los más pobres, sin prepotencia o dominio (religioso, militar, económico) de unos sobre otros .

3. No quiso pactar con los sacerdotes.

Sabemos por la Biblia que el pacto es una señal de Dios, de tal forma que toda la historia de Israel y el mismo texto de la Ley o Pentateuco había sido expresión y consecuencia de unos pactos (entre profetas, sacerdotes y representantes de la tradición deuteronomista). ¿Por qué no buscó Jesús también un pacto con los sacerdotes del Templo? Sabemos que los sacerdotes habían pactado ya con Roma, que nombraba al Sumo Sacerdote y defendía las instituciones sacrales de Jerusalén, en un contexto de equilibrio de poder, compartido por unos y por otros.

Pues bien, todo parece indicar que Jesús no les ofreció un pacto sacerdotal pues no admitía su sacerdocio, sino que proclamó ante ellos el Reino de Dios, como alianza universal, desde los pobres, un pacto simplemente “humano” (de vida compartida) que la Iglesia posterior centrará en la sangre de Jesús (cf. Mc 14, 24 par) .

4. No quiso negociar con Roma en plano de política.

Desde una perspectiva eclesiástica moderna, Jesús podría, y quizá debería, haberlo hecho, enviando delegados a Pilato, para decirle que venía desarmado, que no quería (ni podía) tomar la ciudad, ni provocar desórdenes externos: que sólo intentaba cambiar la identidad y misión del judaísmo, de manera que no iba directamente en contra de los intereses de Roma.

De todas maneras, podemos suponer que Jesús no propuso ese tipo de pacto, pues ni él estaba dispuesto a pedir permiso al gobernador, ni el gobernador tendría interés en pactar con judíos de tercera o cuarta categoría, como parecía ser Jesús. Un gobernador romano sólo pacta con sacerdotes superiores o jerarcas laicos, en línea de poder, no con hombres que rechazan el poder, como este profeta nazareno. Sea como fuere, Jesús no quiso provocar directamente a Roma, de manera que su entrada en Jerusalén, aunque cargada de pretensiones mesiánicas (¡todos los judíos peregrinos en Jerusalén por Pascua celebraban la liberación de Egipto, soñaban en el Reino de David!), fue radicalmente pacífica .

5. Vino en un momento de crisis.

Argumento de Caifás. Su subida a Jerusalén provocó una conmoción en los sacerdotes, que se sintieron amenazados, porque Jesús no reconocía el valor de su mediación sagrada (¡materializada en el templo!), sino que anunciaba y promovía la caída o final de ese templo (convertido en lastre social y/o religioso), con el fin de que Dios pudiera hablar directamente con los hombres y mujeres de la ciudad y del mundo (¡urbi et orbi!), empezando por los pobres. Así lo descubrió Caifás, Sumo Sacerdote, como afirma el evangelio:

«Los sacerdotes decían: ¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación. Entonces les dijo Caifás: Vosotros no sabéis nada; es mejor matar a un hombre que dejar que perezca todo el pueblo» (cf. Jn 11, 47-50).

Ese argumento de Caifás puede resultar capcioso pues está suponiendo que el triunfo de Jesús suscitaría disturbios que conducirían a la intervención romana y a la destrucción de templo y pueblo. ¿Es eso cierto? ¿No hubiera sido posible que Roma se declarara neutral y dijera que el movimiento de Jesús era un asunto privado de los judíos, como se diría hoy en Occidente, suponiendo que las religiones son un asunto privado? Pues bien, en otro sentido, el argumento de Caifás es verdadero: los romanos admitían todas las religiones, como asunto y piedad privada, siempre que reconocieran el “poder” sagrado de Roma. Pero eso era lo que se hallaba precisamente en juego con Jesús: él no quería fundar una nueva religión “privada”, sino un movimiento mesiánico, de tipo social, que podía ser peligroso para Roma; por eso, con buen criterio jurídico, en sintonía con los sacerdotes, Pilato le condenó a muerte .

6. Roma no podía aceptar a un “rey” como Jesús.

Imaginemos que Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén, rodeado por un grupo de discípulos y amigos. Eso significaría que, en algún sentido, los sacerdotes tendrían que haberle aceptado, renunciando a su visión particular (sacral) del templo y reconociéndole como “rey simbólico” (no político, en sentido imperial). Jesús habría sido un rey no-militar de los judíos, presidiendo así una especie de ONG mesiánica, una “asociación mesiánica”, sin peligro para el orden militar de Roma, que seguiría imponiendo el orden exterior sobre el mundo conocido. Leer más…

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Domingo de Ramos. 20 marzo, 2016

domingo, 20 de marzo de 2016
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DomingdeRamos2016El domingo de Ramos nos abre un gran pórtico que nos muestra, este año através del Evangelio de Lucas, lo que vamos a celebrar a lo largo de esta Semana Santa.

¡Siéntate corazón mío!

Como “todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, que estaban allí presenciando todo” (Lc 23,49), déjate tocar, déjate asombrar, déjate enamorar.

¡Siéntate, silénciate, contempla…!

Accede corazón mío a ese pórtico, ábrete a que sea el Espíritu mismo de Jesús quien te ayude a descubrir la fidelidad del Maestro en su entrega total, su confianza en el Padre. Es el corazón misericordioso que Jesús te ofrece lo que te hará misericordioso. Y esa misericordia entrañable te acercará a las hermanas/os, que hoy, siguen el camino de Jesús de Nazaret en medio de persecuciones, abusos, torturas, arrestos e incluso la muerte por ser fieles al Maestro. Recordamos los sentimientos de aquel cristiano, en tierras sirias, que en medio de la tortura dijo algo así a sus verdugos: “queréis que renuncie a mi fe cristiana, pero no puedo, porque mi corazón es de Cristo, está marcado por el amor a Cristo Jesús”.

Corazón mío, no hagas de estos días santos como aquella “gente que había acudido al espectáculo” (Lc 23,48) sino déjate sorprender, para que con el amor que Dios Padre te entrega a través del Espíritu puedas tú también decir con la confianza y abandono de Jesús: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23,46).

Lo que te preparas a celebrar no es la muerte, aunque ésta sea la de Jesucristo, sino el camino hacia la Pascua.

Tiempo de vida, tiempo de de luz, tiempo de amor.
Señor, Jesús, Maestro bueno,
dame un corazón que sepa
contemplar, acoger, perdonar, amar…
coge mi mano y conduce mis pasos
a escuchar tu invitación: ¡Sígueme!

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Compasivos como el Padre es compasivo – 5

viernes, 18 de marzo de 2016
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compasivos-1Del blog de los Grupos de Jesús:

Con ocasión del año jubilar, proponemos reflexionar durante la Cuaresma sobre la «compasión» con un artículo de José A. Pagola: «Compasivos como el Padre es compasivo».

El compromiso de los gestos

El samaritano de la parábola no se siente obligado a cumplir un determinado código moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida. Nuestra respuesta a los que sufren es siempre insuficiente e inadecuada, pero lo decisivo es romper la indiferencia y vivir sembrando gestos de bondad, y promoviendo respuestas al sufrimiento.

Así es Jesús, el profeta de la compasión, que “pasó su vida entera haciendo el bien” (Hechos de los Apóstoles 10,38). No tiene poder político ni potestad religiosa. No puede resolver las injusticias que se cometen en Galilea, pero vive sembrando gestos de bondad orientados a cambiar aquella sociedad. Abraza a los niños y niñas de la calle porque no quiere que los seres más frágiles de Galilea vivan como huérfanos; bendice a los enfermos y enfermas para que no se sientan rechazados por Dios al no poder recibir la bendición de los sacerdotes en el templo; toca la piel a los leprosos para que nadie los excluya de la convivencia; cura rompiendo el sábado para que todos sepan que ni la ley más sagrada está por encima de la atención a los que sufren; acoge a los indeseables y come con pecadores despreciados por todos porque, a la hora de practicar la compasión, el malo y el indigno tienen tanto derecho como el bueno y el piadoso a ser acogidos con misericordia.

Estos gestos no son convencionales. Le nacen a Jesús de su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que, con frecuencia, sean gestos pequeños. El Padre tiene en cuenta hasta el vaso de agua que damos a quien tiene sed. Son gestos orientados a afirmar la vida y la dignidad de los seres humanos. Recuerdan que siempre es posible intervenir para sacar bien del mal que existe en el mundo.

Vete y haz tú lo mismo

Jesús concluye la parábola del buen samaritano con esta pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los saboteadores?”. El escriba le responde: “El que tuvo compasión de él”. Jesús le dice: “Vete y haz tú lo mismo”. Ahora sabemos lo que hemos de hacer: no “dar rodeos” ante nadie que esté sufriendo, abrir los ojos, mirar atentamente a tantos hombres y mujeres asaltados, robados, golpeados, abandonados en los mil caminos de la vida. Acercarnos a la cuneta, levantar a los heridos, vivir curando a los que sufren.

Hemos de entender bien a Jesús. La compasión no ha de quedar reducida a un sentimiento de nuestro corazón. No consiste en hacer de vez en cuando una “obra de misericordia”. Para evitar malentendidos y reduccionismos falsos hemos de entender la compasión como un principio que está en el origen de toda nuestra actuación, que imprime una dirección a todo nuestro ser y que va configurando nuestro estilo de vivir al servicio de los que sufren (Ver J. Sobrino, El principio-misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Sal Terrae, Santander 1992, 31-45).

Para comprender bien la compasión de Jesús hemos de diferenciar tres elementos. En un primer momento, por decirlo así, Jesús interioriza el sufrimiento ajeno, deje que penetre en sus entrañas: lo hace suyo, deja que le duela a él. En un segundo momento, ese sufrimiento interiorizado provoca en él una reacción, se convierte en un punto de partida de un comportamiento activo y responsable; viene a ser un principio de acción, un estilo de vivir. Por último, ese estilo de vida se va concretando en compromisos y gestos, orientados a erradicar el sufrimiento o, al menos, a aliviarlo.

Este estilo de vivir es lo primero en un seguidor de Jesús. Nada hay más importante. Tendremos que hacer muchas cosas en la vida, pero la compasión ha de estar en el trasfondo de todo. Nada puede justificar nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno. La compasión ha de configurar nuestro estilo de vivir: nuestra manera de entender los acontecimientos y de mirar a las personas; nuestra manera de relacionarnos y de convivir con los demás; nuestra forma de seguir radicalmente a Jesús.

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Compasivos como el Padre es compasivo – 4

jueves, 17 de marzo de 2016
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compasivos-1De la web de los Grupos de Jesús:

Con ocasión del año jubilar, proponemos reflexionar durante la Cuaresma sobre la «compasión» con un artículo de José A. Pagola: «Compasivos como el Padre es compasivo».

La parábola del buen samaritano

Esta parábola es la que mejor sugiere la revolución introducida por Jesús desde su experiencia de la compasión de Dios. Según el relato (Lucas 10,30-36), un hombre asaltado yace abandonado en la cuneta de un camino solitario. Afortunadamente, aparecen por el camino dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Son representantes del Dios santo del templo. Seguramente, tendrán compasión de él. No es así. Los dos dan un rodeo y pasan de largo.

Aparece en el horizonte un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece al pueblo elegido. Sin embargo al llegar, ve al herido, se conmueve y se acerca. Luego, movido por su compasión hace por aquel hombre todo lo que puede: cura sus heridas, lo venda, lo monta sobre su propia cabalgadura, lo lleva a una posada, cuida de él y paga todo lo que haga falta. La actuación de este samaritano nos descubre la dinámica de la verdadera compasión.

La mirada compasiva

El samaritano sabe mirar al herido con compasión. Es lo primero. La compasión no brota de la atención a la ley o de la reflexión sobre los derechos humanos. Se despierta en nosotros desde la mirada atenta y responsable al que sufre.

Los evangelios han conservado el recuerdo de la mirada compasiva de Jesús. Al entrar en Nain, se encuentra con una viuda que lleva a enterrar a su hijo único; según Lucas, «el Señor, la vio, se conmovió y le dijo: No llores» (Lucas 7,13). Así es Jesús. No puede ver a nadie llorando sin intervenir. Pero los evangelios recuerdan, sobre todo la mirada compasiva de Jesús a las gentes: «Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos» (Mateo 14,14. Ver también Mateo 9,36).

El discípulo de Jesús no cierra los ojos ante el sufrimiento de las personas. Aprende a mirar el rostro de los que sufren como Jesús: con ojos compasivos. Esta mirada nos libera del egoísmo que bloquea nuestra compasión y de la indiferencia que nos permite vivir con la conciencia tranquila. Como se ha dicho con razón, la mística cristiana no es una «mística de ojos cerrados», volcada exclusivamente en la atención a lo interior. Es una «mística de ojos abiertos» (J. B. Metz) al sufrimiento que nos rodea.

¿Quién está necesitado de mí?

El escriba había preguntado a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?». Al final de la parábola, Jesús pregunta al escriba: «¿Quién de los tres viajeros se ha hecho prójimo del herido?».

La pregunta que hemos de hacernos no es: ¿quién es mi prójimo?, ¿hasta dónde llegan mis obligaciones? Quien mira a las personas con compasión se pregunta: ¿quién está necesitado de que yo me acerque y me haga su prójimo?

Cuando el discípulo de Jesús vive desde la compasión de Dios se acerca a todo ser humano que sufre, cualquiera que sea su raza, su pueblo o ideología. No se pregunta a quién debo amar sino quién me necesita cerca. Esta pregunta orienta su actuación ante el sufrimiento que va encontrando en su camino.

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Cuando Dios te llama…

miércoles, 16 de marzo de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Cuando Dios te llama,
Presta atención,
Es exigente, l0 pide todo.
La conversión no se realiza  a medias,
La mitad del corazón o una palabra,
La mitad de un compromiso o una vida.
Para Dios, lo  sabes,
Cuando llama a la conversión,
La transformación es total.
Es todo tu corazón el que debe ser transformado,
Es tu vida, toda tu vida, lo que Dios espera.
Así que, no escatimes,
No regatees con él.
Si alguna vez Dios te llama a ir  hasta el final de
Tu vida de hombre, de mujer, de marido, de madre,
Ve y no dudes.
Asume el riesgo de la llamada,
Los riesgos de Dios,
Aunque pierdas tu tranquilidad.
Seguro que esto no es fácil,
Pero no te arrepentirás.

*

Robert Riber

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Compasivos como el Padre es compasivo – 3

miércoles, 16 de marzo de 2016
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compasivos-1De la web de los Grupos de Jesús:

Con ocasión del año jubilar, proponemos reflexionar durante la Cuaresma sobre la «compasión» con un artículo de José A. Pagola: «Compasivos como el Padre es compasivo».

Jesús, profeta de la compasión

Jesús fue el primero en vivir totalmente desde la compasión de Dios, desafiando claramente el sistema de santidad y pureza que predominaba en la sociedad de su tiempo. La actividad profética de Jesús, se caracteriza por tres rasgos inconfundibles. Jesús es…

  • un profeta curador dedicado a aliviar el sufrimiento de los enfermos;
  • un profeta defensor de los pobres, excluidos del imperio de Roma y olvidados por la religión del templo;
  • un profeta amigo de pecadores que acoge a gentes indeseables que viven al margen de la Alianza.

Son tres rasgos que han de caracterizar a quien sigue radicalmente sus pasos.

Un profeta curador

Jesús se acerca, antes que nada, a los enfermos de las aldeas. Son los que más sufren.

Su tarea siempre es la misma: alivia su dolor, acaricia la piel de los leprosos, libera a los poseídos por espíritus impuros, los rescata de la marginación en que viven y los devuelve a la convivencia.

Los evangelios señalan repetidamente que Jesús curaba «movido por la compasión». Se dice literalmente que a Jesús «le temblaban las entrañas» al ver sufrir a los enfermos.

Jesús sufre al ver la distancia que hay entre el sufrimiento de estos hombres y mujeres, enfermos y desnutridos, y la vida sana que Dios quiere para todos ellos. No los cura para probar su condición divina o la veracidad de su mensaje. Lo que le mueve a Jesús es la compasión.

Un profeta defensor de los pobres

Esta compasión mueve a Jesús también a defender a los que viven hundidos en la miseria. Los pobres que lo rodean son un grupo fácilmente reconocible. No saben lo que es comer carne ni pan de trigo. Entre ellos hay mendigos que andan de pueblo en pueblo. Hay jornaleros sin trabajo fijo y campesinos huidos de sus acreedores. Muchas son mujeres. Entre ellas, viudas que no han podido casarse de nuevo, esposas estériles repudiadas por sus maridos.

Todos estos hombres y mujeres tienen un rasgo común: viven en un estado de miseria del que ya no podrán escapar. Jesús se une a ellos como un mendigo más. Los acoge y los defiende: «Dichosos vosotros, los que no tenéis nada porque de vosotros es el reino de Dios; dichosos los que ahora pasáis hambre porque seréis saciados; dichosos los que ahora lloráis porque reiréis» (Lucas 6,20-21).

Aquella miseria que los condena al hambre, la enfermedad y el llanto no tiene su origen en Dios. El sufrimiento de estos pobres inocentes ha de ser tomado en serio. No puede ser aceptado como algo normal, pues es inaceptable para Dios. Todos han de saber que son los hijos e hijas predilectos de Dios. Nunca en ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios si no es liberando a los pobres de su miseria.

Un profeta amigo de pecadores

Pero lo que más sorprendía de Jesús no era verlo curar enfermos en sábado o defender a los últimos de aquella sociedad. Lo que más escandalizaba era ver cómo acogía amistosamente a los pecadores y cómo se sentaba a la mesa con publicanos y prostitutas: «¿Qué? ¿Es que come con publicanos y pecadores?» (Marcos 2,16); «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores» (Mateo 11,19 y Lucas 7,34).

¿Cómo puede actuar así un hombre de Dios? Jesús no parece oír las críticas e insiste en acoger a todos. No excluye a nadie. Él conoce bien el corazón del Padre. Todos pueden contar con su amistad. Hasta los pecadores que viven lejos de Dios.

Aquellos amigos y amigas que acoge a su mesa son hijos “perdidos” que no aciertan a volver a Dios por el camino de la Ley. Pero Dios los está buscando como un pastor busca a su oveja perdida (Lucas 15,4-7). Por eso Jesús les ofrece la amistad y el perdón de Dios antes de que se conviertan. Lo hace confiando totalmente en la compasión de Dios. No merecen el perdón. No lo merece nadie. Pero Dios es así: misericordia, amor y perdón gratuito. Nadie ha realizado en esta tierra un signo más cargado de compasión y de perdón en nombre de Dios.

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Pedro Arrupe, compañero de Jesús

martes, 15 de marzo de 2016
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Del blog Nova Bella:

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«Arrupe miraba al mundo con confianza, no una confianza que le viniera de sí mismo, sino que le venía de sentirse parte activa de la mirada amorosa y comprometida de Dios que en Jesús se hace un «sí» total a la humanidad y a la vida. Sus frases habituales eran del estilo de «todo ser humano lleva en su misma esencia algo de bueno que debemos conducir a Dios»; «teniendo confianza mutua se consigue todo»; «podemos contribuir a que la parte luminosa aumente en el mundo».

*

Julio Martínez

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Compasivos como el Padre es compasivo – 2

martes, 15 de marzo de 2016
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compasivos-1De la web de los Grupos de Jesús:

Con ocasión del año jubilar, proponemos reflexionar durante la Cuaresma sobre la «compasión» con un artículo de José A. Pagola: «Compasivos como el Padre es compasivo».

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo

Movido por su experiencia de la compasión de Dios, Jesús va a introducir en la historia un nuevo principio de actuación. La fuerza que ha de impregnar la marcha del mundo es la compasión.

La ordenación religiosa y política del pueblo judío arrancaba de una exigencia básica aceptada por todos. El viejo libro del Levítico lo formulaba así: «Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Levítico 19,2). El pueblo ha de imitar la santidad del Dios del templo: un Dios que elige a su pueblo y rechaza a los paganos, que bendice a los justos y maldice a los pecadores, que acoge a los puros y separa a los impuros. La santidad es la cualidad del ser de Dios, el principio que ha de orientar la conducta del pueblo elegido. El ideal es ser santos como Dios.

Sin embargo, esta imitación de la santidad de Dios, entendida como separación de lo “no-santo”, lo impuro, lo contaminante, fue generando a lo largo de los siglos una sociedad discriminatoria y excluyente. El pueblo judío busca su propia identidad santa y pura excluyendo a las naciones paganas e impuras.

Pero, además, dentro del pueblo elegido, los sacerdotes gozan de un rango de pureza superior al resto del pueblo, pues están al servicio del pueblo donde habita el Santo de Israel. Los varones pertenecen a un nivel superior de pureza ritual sobre las mujeres, sospechosas siempre de impureza por su menstruación y por los partos. Los que gozan de salud están más cerca de Dios que los leprosos, ciegos o tullidos, excluidos del acceso al templo. Esta búsqueda de santidad generaba barreras y discriminaciones. No promovía la acogida mutua, la fraternidad y la comunión.

Jesús lo captó pronto. Esta imitación de un Dios santo no responde a su experiencia de un Dios acogedor y compasivo. Entonces, con una audacia y lucidez sorprendentes, introduce un nuevo principio que lo transforma todo: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lucas 6,36).

Es la compasión de Dios y no su santidad el principio que ha de inspirar la conducta de sus hijos e hijas. Jesús no niega la “santidad” de Dios, pero lo que cualifica esa santidad no es la separación de lo impuro o el rechazo de lo no-santo. Dios es grande y santo, no porque rechaza y excluye a los paganos, pecadores o impuros, sino porque ama a todos sin excluir a nadie de su compasión.

Por eso, para Jesús la compasión no es una virtud más, sino la única manera de parecernos a Dios. El único modo de mirar el mundo como lo mira Dios, la única forma de acoger a las personas como las acoge él, la manera de acercarnos a los que sufren como se acerca el Padre. Esta es la gran herencia de Jesús a toda la Humanidad.

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El resultado normal de la oración

lunes, 14 de marzo de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

En 1972, Maurice Zundel fue llamado al Vaticano por Pablo VI para predicar en el retiro de Cuaresma. Místico, teólogo, Maurice Zundel es un verdadero profeta del siglo XX.  En palabras del abbé Pierre: “Con él, nos encontrábamos en presencia de Alguien. Por su misma persona accedíamos casi naturalmente al misterio de Dios. A lo absoluto.

Os invitamos a seguir Maurice Zundel, paso a paso, hasta Pascua en este Año jubilar de la Misericordia…

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El resultado normal de la oración

La oración consiste, decimos a veces, en ponerse sólo frente a uno mismo, ¡pero nunca estoy solo! Todo el cielo está dentro de mí, no puedo estar más cerca de mi más que de puntillas, como decía el poeta, precisamente porque no estoy solo, porque todo lo que es Sagrado está dentro de mí. Todo lo que es sagrado está dentro de nosotros y la caridad fraterna se alimenta de lo sagrado. Hacer oración sobre la vida, orar sobre los demás, es el más seguro medio, sin violar su secreto, de respetar su vocación divina; y es el mejor medio, sin hacer nada más que existir en un estado de genuflexión interior, de suscitar en ellos una vida divina de la que son portadores y lo que es su  grandeza y su alegría. Finalmente es preciso que la oración acabe en este santuario que somos, para construir esta Iglesia viva que tiene su Centro en lo más íntimo de nosotros mismos.

Señor, gracias por tu Presencia que se ofrece en mí, haga lo que haga, pase lo que pase. Enséñame a habitar mi cuerpo para encontrarte allí y dame la gracia de escucharte en el corazón del fino silencio en el que Tú habitas …

 *

Maurice Zundel
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Compasivos como el Padre es compasivo – 1

lunes, 14 de marzo de 2016
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compasivos-1De la web de los Grupos de Jesús:

Con ocasión del año jubilar, proponemos reflexionar durante la Cuaresma sobre la «compasión» con un artículo de José A. Pagola: «Compasivos como el Padre es compasivo».

La pasión de Jesús: el Reino de Dios

Jesús no es un escriba ni un sacerdote del templo de Jerusalén. No se dedica a enseñar doctrina religiosa ni a explicar la Ley de Moisés. Jesús es un profeta itinerante, oriundo de Galilea, que anuncia un acontecimiento que pide ser escuchado y atendido pues puede cambiar la historia del ser humano.

Así resume Marcos su actividad. Jesús recorría Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios y decía así: «El reino de Dios está cerca. Cambiad de manera de pensar y de actuar, y creed en esta Buena Noticia» (Marcos 1,15). Esto que Jesús llama reino de Dios es el corazón de su mensaje y la pasión que animó toda su vida.

Lo sorprendente es que Jesús nunca explica qué es el reino de Dios. Lo que hace es sugerir con su vida y con sus parábolas cómo actúa Dios y cómo sería el mundo si sus hijos e hijas actuaran como el Padre del cielo. Podemos decir que Jesús solo buscaba una cosa: que hubiera en la tierra hombres y mujeres que comenzaran a actuar como actúa Dios. Esta era su obsesión: ¿cómo sería la vida si la gente se pareciera más a Dios?

Esto nos obliga a hacernos no pocas preguntas:

  • ¿Cómo actúa Dios?
  • ¿Cómo actuaba su Hijo Jesús?
  • ¿Qué era lo importante para él?
  • ¿Qué significa actuar como el Padre del cielo siguiendo los pasos de Jesús?

Dios es compasivo

Jesús no habla nunca de un Dios indiferente o lejano, olvidado del sufrimiento de sus hijos e hijas o interesado solo por su honor, su gloria o sus derechos. En el centro de su experiencia religiosa no nos encontramos con un Dios “legislador” que trata de gobernar el mundo por medio de leyes, ni con un Dios “justiciero” que interviene airado para castigar el pecado de sus hijos e hijas.

Para Jesús, Dios es compasión. Tiene entrañas maternales (rahamim). La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante sus criaturas, su manera de mirar al mundo y de tratar a las personas. Dios actúa movido por su compasión. Dios siente hacia sus criaturas lo que una madre siente hacia el hijo que lleva en sus entrañas. Las parábolas más bellas que salieron de labios de Jesús y, sin duda, las que más trabajó en su corazón, fueron las que narró para hacer intuir a todos la compasión sorprendente de Dios hacia sus hijos e hijas. Solo recordaremos dos.

La más cautivadora es, tal vez, la del padre bueno (Lucas 15,11-32). Dios se parece a un padre que no se guarda para sí su herencia, no vive obsesionado por la moralidad de sus hijos, espera siempre a los perdidos. «Estando todavía lejos» ve llegar al hijo que lo había abandonado y se le «conmueven las entrañas»: echa a correr, lo abraza y lo besa efusivamente como una madre, interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones y le restaura como hijo. Para Jesús, esta es la mejor metáfora de Dios: un padre conmovido hasta sus entrañas que acoge a sus hijos perdidos y suplica a sus hermanos que los acojan con el mismo cariño y comprensión. ¿Será esto el reino de Dios?

Jesús pronunció también otra parábola sorprendente y provocativa (Mateo 20,1-15). Dios se parece al propietario bueno de una viña que contrató obreros para trabajarla, a diferentes horas del día. Sin embargo, al final de la jornada, no les pagó según el trabajo realizado. A todos les dio un denario, es decir, lo que necesitaba una familia de Galilea para vivir un día. Ante las protestas de los que se sienten perjudicados, el señor de la viña responde con estas sorprendentes palabras: «¿Tenéis que ver con malos ojos que yo sea bueno?». Según Jesús, Dios no juzga la vida de las personas con los criterios que nosotros empleamos. El Padre del cielo es bueno y compasivo. ¿Será verdad que, desde sus entrañas de misericordia, Dios, más que fijarse en nuestros méritos, está siempre mirando cómo responder a nuestras necesidades?

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«Revolución ignorada». 5 de Cuaresma – C ( Juan 8,1-11)

domingo, 13 de marzo de 2016
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5-CUAR-600x632Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: será lapidada hasta la muerte según lo establecido por la ley. Nadie habla del adúltero. Como sucede siempre en una sociedad machista, se condena a la mujer y se disculpa al varón. El desafío a Jesús es frontal: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices?».

Jesús no soporta aquella hipocresía social alimentada por la prepotencia de los varones. Aquella sentencia a muerte no viene de Dios. Con sencillez y audacia admirables, introduce al mismo tiempo verdad, justicia y compasión en el juicio a la adúltera: «el que esté sin pecado, que arroje la primera piedra».

Los acusadores se retiran avergonzados. Ellos saben que son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad. Entonces Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con ternura y respeto grande, le dice: «Tampoco yo te condeno». Luego, la anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: «Anda, y en adelante no peques más».

Así es Jesús. Por fin ha existido sobre la tierra alguien que no se ha dejado condicionar por ninguna ley ni poder opresivo. Alguien libre y magnánimo que nunca odió ni condenó, nunca devolvió mal por mal. En su defensa y su perdón a esta adúltera hay más verdad y justicia que en nuestras reivindicaciones y condenas resentidas.

Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de «la revolución ignorada» por el cristianismo.

Lo cierto es que, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas, seguimos viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera.

¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones, y un lugar más importante en nuestra labor de concienciación social? Pero, sobre todo, ¿no hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz?

José Antonio Pagola

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Domingo 13 de marzo de 2016. 5º de Cuaresma

domingo, 13 de marzo de 2016
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21-cuaresmaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo.
Salmo responsorial: 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 3, 8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.
Juan 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

El texto del discípulo de Isaías es característico de su teología. Se lo ha llamado con frecuencia el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice…”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v.21 ya que en v.22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss).

Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes ya que se los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y recién los dos últimos son imperfectos, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado sino en Dios que “hace” esas cosas.

Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19). Es interesante recordar que el desierto es -para el tiempo del éxodo- un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15), allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar —y realiza— es notablemente superior que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).

Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría, lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

En la carta a los Filipenses vemos que lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ese llegará a su plenitud al final de los tiempos donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v.7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido” y han quedado al margen. Esto es, para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para Pablo, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar como Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia, todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que estiércol.

El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida – ganancia” pero sobre todo deportivo. Pablo pretende (notar la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1 Cor 9,24-27; 2 Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes, él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”, no lo ha alcanzado sino que fue él mismo alcanzado por Cristo . Aunque más “al pasar” que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar esto tan característico de Pablo: conocer – ser conocido, ganar – ser hallado, alcanzar – ser alcanzado). La justificación -la meta- sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.

Como no conocemos el contexto de este relato del evangelio de Juan, que es un relato añadido, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los Sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.

A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres. ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente … Juzgar y condenar, en nuestras actitudes, muchas veces van de la mano, se le parecen. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.

¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y no hablamos ya del tema, pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente es el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no existir en la “lista”. El sexo es «el» pecado. Esa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! «-Muy bien, el que no tenga pecado, tire la primera piedra«. Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen «ese» pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!

Sería casi sin sentido hacer una lista de todos los pecados de nuestro presente; sería sin sentido porque sería interminable: basta con leer casi cada página de los diarios… ¿Quién considera pecado sus opciones políticas que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su «no te entrometas«, o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?… Y, en esa misma línea: ¿quién no considera un pecado atroz y gravísimo a una madre soltera, o todo lo relacionado con el sexo?, ¿quién no considera verdaderamente intolerable toda cercanía siquiera con prostitutas…?

Este, que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a frente con una mujer adúltera… Fortaleza pero ternura: la dignidad humana ante todo… A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas… Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores… convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla… Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del hombre… nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables… de la ola de crímenes y violencia… la salvación comienza arrancando del pecado a cada hombre.» «–No peques más». Leer más…

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Dom 13.3.16. Jesús y la adúltera , un riesgo llamado mujer

domingo, 13 de marzo de 2016
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Kundrakudi-Adheenam-at-Kalai-Kaviri2Del blog de Xabier Pikaza;

Domingo 5 de Cuaresma. Ciclo C. Jn 8, 1-11 y Dan 13. Este evangelio expone un tema inquietante, que puede y debe entenderse no sólo a partir de Dan 13 (el texto base el Antiguo Testamento), sino desde la actitud de Jesús y desde la situación de la mujer en el momento actual.

‒ Antiguo Testamento, línea de “ley”. Susana es inocente y el sabio Daniel la salva, condenando a muerte a sus acusadores que son los adúlteros, los malos jueces, de manera que se cumple así la Ley: Las mujeres buenas son honradas, las adúlteras deben ser condenadas. Pero mil y mil veces no se cumple esta historia, y las mujeres inocentes son objeto de trata y persecución injusta, sometidas bajo el poder de unos hombres violentos.
‒ Ejemplo de Jesús. Por el contrario, la adúltera de Jn 8 es culpable, según ley, y, sin embargo, Jesús no la condena, por razones irá viendo el evangelio… Ciertamente, en un sentido, ella es culpable… Pero en otro más profundo son más culpables todavía sus jueces, representantes de una sociedad que oprime y explota a las mujeres.

images‒ Situación actual… Este relato de la adúltera (con el antecedente de Susana, la mujer de Dan 13) nos pone en el centro de una sociedad (y de una Iglesia) inquietante, que ha seguido y sigue manejando a las mujeres, como si ellas fueran culpables de un pecado especial. Seguimos en un mundo que margina a las mujeres, en muchos lugares, en muchas situaciones, acusándolas luego de “adúlteras”, peligrosas para los buenos varones.

El problema no está sólo en ciertos lugares del integrismo musulmán… El pecado es nuestro también, del primer mundo… Un problema inquietante. Lea quien tenga tiempo y quiera penetrar en unos de los pasajes más significativos de la Escritura cristiana. Buen domingo a todos.

1. TEXTO. JUAN 8, 1-11

Estos dos pasajes (Susana y la adúltera) forman parte de la trama de nuestra historia. Susana refleja la buena ley de las películas con happy end (aunque la mayoría de las mujeres acusadas de adulterio, muchas veces falso, no logran ese fin bueno…). Jesús es testigo de una gracia y de un perdón (de una conversión) abierta a todos:

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 1-8)

En este contexto debemos recordar el mandamiento, precisando que el séptimo mandamiento de la Biblia (no cometerás adulterio: Ex 20, 6; Dt 5, 18) no condena en general los malos pensamientos o deseos, ni siquiera la fornicación entre personas libres, sino el adulterio como ruptura radical del matrimonio, mirado en principio desde la perspectiva del derecho del varón.

Por eso se ha aplicado casi sólo a la mujer casada, entendida como propiedad del marido y madre de sus hijos: ella es la que peca si copula con otros, corriendo el riesgo de dar a su marido hijos ajenos. De manera consecuente, para proteger la integridad de la familia, partiendo del derecho del varón-patriarca, la ley de Israel (lo mismo que otras legislaciones) ha condenado a las adúlteras a muerte (cf. Gen 38, 24; Lev 20, 10), extendiendo así una mancha horrible de opresión y sangre para las mujeres a lo largo de la historia.

2. SUSANA, ESPOSA FIEL Y JUSTIFICADA.

Susana es una esposa fiel a la que persiguen y quieren matar unos jueces perversos de Israel. Es una mujer noble y rica, casada con Joaquín, un judío principal del exilio de Babilonia (Tobit formaba parte de los exilados de Asiria, en Nínive). Su historia constituye el argumento básico de una novelita que ha sido añadida al texto antiguo (hebreo y arameo) del Libro de Daniel. Parece que el original ha sido hebreo o arameo, pero sólo se conserva en griego, dos versiones, bastante diferentes: la canónica, de Dan 13 LXX, y la de Teodocion).

Se trata de una narración piadosa, que sirve para destacar la «sabia y dura» justicia de la ley, que, al fin, termina condenando a los culpables (a los falsos jueces) y salvando a Susana, la inocente, a la que acusan de adulterio. Con Susana, la buena mujer, el protagonista de la historia es Daniel, juez sabio (que descubre el engaño de los jueces falsos y les condena a muerte).

El riesgo del adulterio

En el fondo de esta narración se encuentra el riesgo de adulterio de la mujer, un riesgo condenado por los textos básicos de la ley judía (Ex 20, 6; Dt 5, 18), que quieren salvaguardar la unidad matrimonial (desde la perspectiva del varón). Ciertamente, el adulterio es cosa de dos (un varón, una mujer), pero tanto en la Biblia como en la tradición posterior, su condena se entiende desde el contexto de la mujer casada, entendida como propiedad del marido y como madre de sus hijos. Es ella la que peca si se acuesta con otros hombres, corriendo el riesgo de dar a su marido hijos «ajenos». Por eso, con el fin de proteger la integridad de la familia, desde la línea del varón-patriarca, la ley de Israel (lo mismo que otra leyes) ha condenado a las mujeres adúlteras a muerte. Así comienza el texto:

Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, que era muy bella y temerosa de Dios. Los padres de Susana eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés.
Joaquín era muy rico, tenía un jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de todos. Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo… Venían éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún litigio se dirigían a ellos. Cuando todo el mundo se había retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los días, empezaron a desearla. Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios. Estaban, pues, los dos apasionados por ella (Dan 13, 1-8).

A partir de aquí se teje la historia, centrada en el acoso de los jueces-acianos y en la honestidad de Susana, que opta por mantenerse fiel a Dios “siendo fiel a su marido”, aunque corra por ello el riesgo de ser condenada a muerte. El texto supone que Susana es bella y religiosa (13, 2), según la educación que ha recibido en su familia: es hija de Jelcías, tiene hijos… (cf. 13. 3. 30. 63). De esa forma aparece como signo de los auténticos judíos que viven en este mundo conforme a la ley de Dios (cf. Dan 13, 57), en medio de la dura prueba que ella padece y de la que sale vencedora, con la ayuda de Daniel (=Juez justo o Juez de Dios). Leer más…

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La adúltera y los hipócritas. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 13 de marzo de 2016
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hipocresia-proxenetismo_image006Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el contexto de la Cuaresma, la liturgia nos ofrece un evangelio muy adecuado, que habla de pecado y perdón, a partir de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

            Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: “Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.” Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (escribas y fariseos)

            En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

El apedreamiento es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo “apedrear” para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: “Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley (“Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella”). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia, si la denuncia es verdadera “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre». (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan? Efectivamente, si la perdona, no cumple la ley; si dice que la apedreen, demuestra que no tiene esa compasión de la que tanto presume.

La perdonamos (Jesús)

            Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.     Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más

            Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.

Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves (“¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?”) y a la absolución final: “Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más”.

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: “No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes  que acudir la próxima vez”. Lo que le dice es: “en adelante no peques más”. Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: “El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo” (Prov 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

            A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

Nota: Un texto escandaloso

            Este pasaje del evangelio es de los más desconcertantes para los especialistas. Forma parte del evangelio de Juan, pero falta en los mejores manuscritos, códices y leccionarios; otros lo trasladan al final del evangelio de Juan; y algunos lo traen en el evangelio de Lucas (después de 21,38s o de 24,53). Como si hubiese sido una hoja suelta que muchos dudaban de incluir y otros no sabían dónde meter.

No es raro que este pasaje provocase dificultades. Con el criterio “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” podrían verse libres desde los terroristas del Isis hasta los ladrones de guante blanco. Naturalmente, no es eso lo que pretende Jesús. Sus palabras finales a la mujer, “no peques más”, dejan claro que no defiende un mundo en el que cada cual hace lo que quiere.

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V Domingo de Cuaresma. 12 marzo, 2016

domingo, 13 de marzo de 2016
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cuaresmaVDom2016

“Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
“el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”
(Jn 8, 7-8)

Dime, Maestro: ¿qué escribías en el suelo? Siempre que vuelve este texto me lo pregunto… y algunas veces hasta me lo he contestado: palabras de perdón, de reconciliación, de comprensión… Pero hoy que vuelve el texto me lo vuelvo a preguntar: ¿qué escribías en el suelo? ¿qué escribes hoy en el suelo? ¿qué palabras tienes para quienes me acusan, me persiguen, me entregan?

Sí, lo hacen conmigo, pero sobre todo con otras tantas personas, especialmente mujeres, en demasiados lugares de nuestro mundo. Hoy, ahora, una mujer está siendo acusada, vejada, puesta en evidencia…como lo fue la mujer sorprendida en adulterio en el Templo. Y me pregunto: ¿tendrá la mujer de hoy quien la defienda, quien la dignifique, quien escriba en el suelo de su historia palabras de liberación y de perdón?

Y me brota del corazón un deseo: ¡Hazme palabra, Jesús! Una palabra que Tú escribas hoy en nuestro suelo. Una palabra de consuelo. Una palabra de ánimo. Una palabra de lucha. Una palabra de dignidad. Una palabra de confrontación. Una palabra de perdón.

Haznos a todos “palabra”, como aquellas palabras que un día escribiste en el suelo del Templo. Palabras silenciosas que hicieron caer las piedras, los juicios y las condenas. Palabras escondidas que ablandaron corazones endurecidos y convirtieron la condena de la ley en el encuentro con el amor misericordioso. Palabras que rozaron el corazón herido de una mujer y le devolvieron la dignidad y la luz que necesitaba para caminar. Palabras que cambian el rumbo de la historia y la adentran por los senderos del Reino.

“Gracias, Trinidad Santa,
por escribir en el suelo de nuestro hoy
las letras suaves de tu amor y tu ternura para con nosotras.”

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El silencio

jueves, 10 de marzo de 2016
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Del blog Nova Bella:

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«El silencio no es para el cristiano una mudez u opacidad; no es asilamiento ni tan siquiera vacío. Es la condición para que la Palabra de Dios resuene en el interior del hombre donde permanente pero calladamente habla; es la condición para que la luz interior brille, resplandezca y así ilumine la vida. El silencio es la condición que nos permite sintonizar con la música callada, la soledad sonora, la presencia de Dios.»

*
Jose María Avendaño,
La fe es sencilla

***

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Soñamos

miércoles, 9 de marzo de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Eran nuestras dolencias las que él llevaba… Y nosotros
lo creíamos azotado por Dios.
Isaías 53,4

Soñamos con un bálsamo
sobre su herida,
con otro alimento.

¡Qué respire por fin la luz
bajo el corazón yermo!

Hay una salida del errar,
un horizonte de liberación.

Aceptar para esto
un dios abajado,

Como un rostro
al revés
de toda imagen,

Donde el Amor se hace pan compartido.

Para que sea
liberado de su desesperación,

Por la memoria
de este divino consentimiento

e instalarse en la debilidad
para salvar la promesa

*

Francine Carillo,
Hacia lo inagotable

***

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La Trinidad nos abre el corazón de Dios

lunes, 7 de marzo de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

En 1972, Maurice Zundel fue llamado al Vaticano por Pablo VI para predicar en el retiro de Cuaresma. Místico, teólogo, Maurice Zundel es un verdadero profeta del siglo XX.  En palabras del abbé Pierre: “Con él, nos encontrábamos en presencia de Alguien. Por su misma persona accedíamos casi naturalmente al misterio de Dios. A lo absoluto.

Os invitamos a seguir Maurice Zundel, paso a paso, hasta Pascua en este Año jubilar de la Misericordia…

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La Trinidad nos abre el corazón de Dios

La Trinidad nos abre el corazón de Dios. Nos enseña que Dios no es alguien al que se admire, se celebre, se incense y se ame.

Porque en Él, toda la vida brota, brota, brota, como una comunicación que va del Padre al Hijo, del Hijo al Padre, en la unidad del Espíritu Santo.

La Trinidad nos enseña que en Dios está el Otro,  que en Dios «Yo es un Otro», que en Dios la Vida, es «Tú eres yo», el Padre que dice al Hijo, el Hijo al Padre, y el Padre y el Hijo al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo al Hijo y al Padre.

En Dios hay tres hogares de amor, tres hogares de comunicación donde toda la Vida divina, constantemente, se renueva en un don inagotable.

Señor, Tu Vida viva me rodea desde siempre y para siempre. Enséñame de mí a volver a la danza del don, danza trinitaire. Dame la gracia de recibir y  devolver esta fuente benéfica, día tras día…

 

 *

Maurice Zundel
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***

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Recordatorio

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