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20.3.16.Domingo de Ramos o del Asno: Tomar la ciudad, superar el poder

Domingo, 20 de marzo de 2016

10988548_563145957195934_3198077586924282826_nDel blog de Xabier Pikaza:

Ramos. Ciclo C. Texto de la Pasión: Lc. 22, 14 –23, 56. Será bueno leer el texto entero, con reposo, el mejor texto posible para este comienzo de la Semana Santa. Pero si alguien quiere entrar de un modo más razonado en los motivos y consecuencias de la subida de Jesús a Jerusalén puede leer lo que le ofrezco (Texto tomado básicamente de Historia de Jesús, VD, Estella 2012).

La entrada de Jesús en la ciudad fue un signo de política social, de plenitud humana, revelación de Dios:

Entró en la ciudad como pretendiente mesiánico, en la línea de David. Muchos se habían preguntado si era el Rey esperado, y Pedro lo había declarado abiertamente, llamándole Cristo (Mc 8, 29); pero Jesús le respondió pidiéndole silencio.

Pues bien, ahora, Jesús rompe ese silencio, y entra en la ciudad (Jerusalén) de manera clamorosa, como Mesías lleno de Autoridad, pero lo hace de pacífica, sin armas ni soldados, anunciando el Reino de Dios para y desde los más pobres (cf. Mc 11, 1-10).

De esa forma toma la ciudad, pero sin tomar el poder… Toma la ciudad, renunciando a todo poder sobre ella, a todo dominio, a todo imperio… Toma la ciudad sobre un asno, entre signo de naturaleza y de concordia (palmas, ramos, cantos de alegría).

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Entró como Dios en Persona…, es decir, como plena humanidad. Sobre un asno que es signo de concordia, sin espadas, sin caballos, con cantos de paz.

Desde aquel día (Domingo de Ramos, Domingo del Asno) sabemos que Dios mismo habita en nuestra historia, como autoridad provocativo de amor, para superar todos los imperios sociales y religiosos que dominan a los hombres con violencia para esclavizarles.

Entró en la ciudad para que surja al fin el hombre en Dios, Dios en los hombres, los hombres todoshermanos.

Entró para que entremos nosotros, buscando y tomando la nueva ciudad, hecha de paz y de concordia… rompiendo para ello todos los impedimentos religiosos y sociales, políticos, económicos y personales que lo impiden. Hoy es nuestro domingo de Ramos…. Ramos 2016. Feliz Semana Santa para todos.

Tema de fondo

La subida a Jerusalén forma parte de la estrategia mesiánica, cuyo fin externo ni Jesús conocía de antemano (cf. Mc 13, 32), aunque estaba convencido de que llegaba el Reino de Dios, que es amor ofrecido a los pobres y compartido con ellos. En ese fondo he querido ofrecer algunas consideraciones, compartidas por gran parte de la exégesis moderna, que pueden ayudarnos a entender las implicaciones y sentido del camino de Jesús, a quien apresaron en Jerusalén, donde subió con sus discípulos, sabiendo que podían condenarle (como de hecho lo hicieron).

1. Subió como aspirante mesiánico.

No subió para morir en el sentido sacrificial de la palabra. No buscó su destrucción, como víctima, sino la llegada del Reino de Dios, para los hombres y mujeres de su pueblo, partiendo de los pobres (hambrientos, impuros, expulsados del sistema israelita y romano), a quienes había ofrecido su mensaje en Galilea.

Como buen judío, subió a Jerusalén, ciudad de David (del Mesías), en nombre de los pobres, con un grupo de galileos, para anunciar y preparar el Reino, buscando la manifestación de Dios y conociendo el riesgo que implicaba su actitud, como recuerdan las palabras de Tomás: “Subamos y muramos con él, si es preciso” (cf. Jn 11, 16). Tenía la certeza de que Dios hablaría a través de lo que hicieran (o no hicieran) con él en Jerusalén, pues ésta era la última oportunidad para la ciudad de la promesas y del templo .

2. Vino de un modo público, pues quería la trasformación o conversión de Jerusalén.
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No vino para realizar una tarea privada, sino como pionero y representante de aquellos que esperaban el Reino y así entró abiertamente en la ciudad, por el Monte de los Olivos (cf. Mc 11, 1 ss). Por eso, su venida, en ese tiempo de Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de sus pretensiones mesiánicas, en Jerusalén, capital y principio de su Reino.

Conforme a los planes de Dios, era posible que los jerarcas de Jerusalén cambiaran y que los sacerdotes del templo abandonaran su poder sagrado, de tal forma que vinieran a integrarse con los pobres. Ciertamente, conocía los enfrentamientos de los sacerdotes “oficiales” con otros grupos de sacerdotes y judíos (como los esenios de Qumrán) y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al gobernador/procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a Jerusalén con un contingente mayor de soldados, para mantener el orden en los días de la fiesta (de pascua).

A pesar de eso (o precisamente por eso), subió a Jerusalén en pascua, porque era momento propicio (hora del Reino), tiempo para que los hombres y mujeres empezaran a comunicarse, en gesto de paz, desde los más pobres, sin prepotencia o dominio (religioso, militar, económico) de unos sobre otros .

3. No quiso pactar con los sacerdotes.

Sabemos por la Biblia que el pacto es una señal de Dios, de tal forma que toda la historia de Israel y el mismo texto de la Ley o Pentateuco había sido expresión y consecuencia de unos pactos (entre profetas, sacerdotes y representantes de la tradición deuteronomista). ¿Por qué no buscó Jesús también un pacto con los sacerdotes del Templo? Sabemos que los sacerdotes habían pactado ya con Roma, que nombraba al Sumo Sacerdote y defendía las instituciones sacrales de Jerusalén, en un contexto de equilibrio de poder, compartido por unos y por otros.

Pues bien, todo parece indicar que Jesús no les ofreció un pacto sacerdotal pues no admitía su sacerdocio, sino que proclamó ante ellos el Reino de Dios, como alianza universal, desde los pobres, un pacto simplemente “humano” (de vida compartida) que la Iglesia posterior centrará en la sangre de Jesús (cf. Mc 14, 24 par) .

4. No quiso negociar con Roma en plano de política.

Desde una perspectiva eclesiástica moderna, Jesús podría, y quizá debería, haberlo hecho, enviando delegados a Pilato, para decirle que venía desarmado, que no quería (ni podía) tomar la ciudad, ni provocar desórdenes externos: que sólo intentaba cambiar la identidad y misión del judaísmo, de manera que no iba directamente en contra de los intereses de Roma.

De todas maneras, podemos suponer que Jesús no propuso ese tipo de pacto, pues ni él estaba dispuesto a pedir permiso al gobernador, ni el gobernador tendría interés en pactar con judíos de tercera o cuarta categoría, como parecía ser Jesús. Un gobernador romano sólo pacta con sacerdotes superiores o jerarcas laicos, en línea de poder, no con hombres que rechazan el poder, como este profeta nazareno. Sea como fuere, Jesús no quiso provocar directamente a Roma, de manera que su entrada en Jerusalén, aunque cargada de pretensiones mesiánicas (¡todos los judíos peregrinos en Jerusalén por Pascua celebraban la liberación de Egipto, soñaban en el Reino de David!), fue radicalmente pacífica .

5. Vino en un momento de crisis.

Argumento de Caifás. Su subida a Jerusalén provocó una conmoción en los sacerdotes, que se sintieron amenazados, porque Jesús no reconocía el valor de su mediación sagrada (¡materializada en el templo!), sino que anunciaba y promovía la caída o final de ese templo (convertido en lastre social y/o religioso), con el fin de que Dios pudiera hablar directamente con los hombres y mujeres de la ciudad y del mundo (¡urbi et orbi!), empezando por los pobres. Así lo descubrió Caifás, Sumo Sacerdote, como afirma el evangelio:

«Los sacerdotes decían: ¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación. Entonces les dijo Caifás: Vosotros no sabéis nada; es mejor matar a un hombre que dejar que perezca todo el pueblo» (cf. Jn 11, 47-50).

Ese argumento de Caifás puede resultar capcioso pues está suponiendo que el triunfo de Jesús suscitaría disturbios que conducirían a la intervención romana y a la destrucción de templo y pueblo. ¿Es eso cierto? ¿No hubiera sido posible que Roma se declarara neutral y dijera que el movimiento de Jesús era un asunto privado de los judíos, como se diría hoy en Occidente, suponiendo que las religiones son un asunto privado? Pues bien, en otro sentido, el argumento de Caifás es verdadero: los romanos admitían todas las religiones, como asunto y piedad privada, siempre que reconocieran el “poder” sagrado de Roma. Pero eso era lo que se hallaba precisamente en juego con Jesús: él no quería fundar una nueva religión “privada”, sino un movimiento mesiánico, de tipo social, que podía ser peligroso para Roma; por eso, con buen criterio jurídico, en sintonía con los sacerdotes, Pilato le condenó a muerte .

6. Roma no podía aceptar a un “rey” como Jesús.

Imaginemos que Jesús hubiera logrado mantener su pretensión en Jerusalén, rodeado por un grupo de discípulos y amigos. Eso significaría que, en algún sentido, los sacerdotes tendrían que haberle aceptado, renunciando a su visión particular (sacral) del templo y reconociéndole como “rey simbólico” (no político, en sentido imperial). Jesús habría sido un rey no-militar de los judíos, presidiendo así una especie de ONG mesiánica, una “asociación mesiánica”, sin peligro para el orden militar de Roma, que seguiría imponiendo el orden exterior sobre el mundo conocido.

Podrían existir así dos “reinos”: uno para las cosas de Dios, propias de Jesús; y otro para las cosas del César, propio de Roma (cf. Mc 12, 17), como han querido los cristianos defensores de la teoría de las “dos espadas” (una del Papa y otra del Emperador). Pero estas son sólo imaginaciones retóricas. Dentro del organigrama político del imperio sólo se podía hablar de un «Rey de los Judíos» en clave de pacto político, de sumisión imperial y colaboración militar. El rey de los judíos debía ser un vasallo de Roma, como había sido Herodes el Grande (del 37 al 4 a. C.) y como lo será su nieto Agripa, poco después de Jesús (39-44 d. C.). En esa línea actuaba en tiempo de Jesús el mismo Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea (del 4 a. C. al 39 d. C.), que intentaba convertirse en “Rey de los judíos”; pero, a diferencia de su sobrino Agripa, lo hizo de un modo poco “convincente para Roma”, siendo desposeído y desterrado por eso. Pero el Reino de Jesús no iba en esa línea .

7. Vino en nombre de Dios y de los pobres.

Estrategia mesiánica. Jesús subió a Jerusalén anunciando y esperando (preparando) la llegada del Reino de Dios a pesar de que, humanamente hablando, parecía imposible conseguir lo que quería (ni los sacerdotes judíos, ni los soldados romanos podrían aceptar su pretensión, al menos en aquel momento y en aquellas circunstancias). Subió precisamente porque se lo pedía el Dios de los profetas, en cuyo nombre había preparado e iniciado el Reino entre los pobres y excluidos de Israel, empezando por Galilea.

Subió porque estaba convencido de que su mensaje y misión eran de Dios y porque Dios le había confiado la tarea de instaurar con su palabra y con su vida el nuevo Reino de los pobres, que ya había comenzado en Galilea y que debía extenderse, desde Jerusalén, pasando de nuevo por Galilea, hacia todos los hombres y mujeres de la tierra. No podía emplear violencia externa, ni poder político, ni sacralidad sacerdotal para extenderlo, porque el Reino de Dios no logra con violencia, ni se mantiene por medios de poder o sacralidad sacerdotal. Por eso, no pudo buscar unos pactos militares o políticos, porque Dios no actúa con medios de poder, sino de un modo gratuito, como habían sabido los profetas, cuando condenaron los pactos militares de Israel con Egipto o con Asiria/Babilonia. Por eso vino, desarmado y lleno de esperanza .

8. Subió para mostrar quién era.

La misma subida de Jesús a Jerusalén fue ya un signo mesiánico. Más aún, en el fondo ella fue su signo más característico. Pero, en este contexto, podemos distinguir tres “signos” menores, que definen, mejor que ninguna palabra el sentido y trascendencia del anuncio mesiánico de Jesús, de su proyecto de Reino.

(a) Un signo de política social: entró en la ciudad como pretendiente mesiánico, en la línea de David. Muchos se habían preguntado ya si él era Rey y Pedro lo había declarado abiertamente, llamándole Cristo (Mc 8, 29); pero Jesús había respondido pidiéndole silencio. Pues bien, ahora, él abandona las prevenciones anteriores y responde de manera afirmativa, entrando en Jerusalén de manera abierta, como Mesías radical, en forma pacífica, sin armas, anunciando el Reino de Dios para y desde los más pobres (cf. Mc 11, 1-10).

(b) Un signo de política religiosa: el fin del templo antiguo. Tras subir a la ciudad como rey, Jesús entró en el templo, para declarar, con un gesto nítido y preciso, que la función de ese templo había terminado, de manera que empezaba una experiencia nueva, pues los hombres y mujeres podían relacionarse directamente con Dios y perdonarse unos a otros, a partir de los más pobres, sin necesidad de un templo como el de los sacerdotes (cf. Mc 11, 11-30).

(c) Un signo de entrega y promesa personal. Precisamente cuando parecía que su empresa había fracasado, pues ni los sacerdotes ceden ni los habitantes de Jerusalén le acogen, Jesús reúne a sus discípulos y se despide de ellos compartiendo una copa de vino y prometiendo que la siguiente la beberían en el reino (Mc 14, 25). Como veremos en el próximo capítulo, esa promesa se puede entender de forma histórica inmediata (no me matarán, Dios intervendrá y mañana mismo iniciaremos el Reino) o de forma retardada (podrán matarme, pero Dios me hará volver y tomaremos juntos el vino del Reino).

9. Subió para esperar la respuesta de Dios, pero fue ajusticiado, sin que nadie le defendiera ante Pilato.

Subió en nombre de Dios y culminó la tarea mesiánica, en obediencia creyente, esperando la intervención de Dios, que podía defenderse de una forma histórica o más escatológica.

(a) Esperanza histórica. En un momento dado, antes que le mataran, el mismo Dios intervendría avalando su camino, el camino de los pobres. Todo nos permite suponer que Jesús pudo haber tenido básicamente esa esperanza, lo mismo que sus discípulos: en el momento decisivo, Dios mismo le salvaría de la muerte. Pero Pilato le mandó crucificar y él murió gritando: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?», sin que sucediera nada en el nivel externo. Lógicamente, los discípulos huyeron.

(b) Esperanza escatológica. De todas maneras, como habían entrevisto de algún modo las grandes figuras del judaísmo (los profetas asesinados, los mártires macabeos, el justo sufriente), quedaba abierto la esperanza de la intervención escatológica y con ella murió Jesús, poniéndose en manos de Dios, pues de lo contrario sus discípulos no habrían podido creer en él tras su muerte. Esos discípulos asumirán y desarrollarán esa esperanza por la Pascua, descubriéndole resucitado y retomando su camino de Reino de Dios, a partir de los pobres.

10. Los sacerdotes y Pilato pudieron descansar tranquilos. El problema de Jesús había terminado felizmente para ellos, sin grandes sobresaltos. Jesús representaba un riesgo para la paz imperial y, por eso, el gobernador romano le condenó a morir en la cruz, como escarmiento para otros posibles rebeldes o partidarios mesiánicos, poniendo un letrero que decía: ¡Rey de los judíos!

Así actuó como representante del imperio (¡por la paz de Roma!), pero también como “aliado” de los sacerdotes, a quienes Jesús molestaba. Los dos poderes, el religioso-nacional y el religioso-imperial, colaboraron de un modo efectivo. No fue necesario matar o perseguir a los discípulos de Jesús, pues no parecieron peligrosos (en contra de lo que había sucedido en otros casos, en los que hubo que matar al líder con sus partidarios). De esa forma, Jesús quedó sólo en el Calvario (sin que murieran con él sus colaboradores), acompañado probablemente por otros dos “ladrones” (delincuentes comunes o nacionalistas judíos).

Al acercarse la noche, fue preciso enterrarles, para que los cuerpos de los condenados, colgados y expuestos a la luz de la estrellas, no contaminaran la santidad de la tierra judía en la fiesta de Pascua, que se celebraría el día siguiente, como si nada hubiera pasado (cf. Jn 9, 31-42) .

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