Archivo

Entradas Etiquetadas ‘Dios’

2.11.19. Por nuestra hermana muerte, loado mi Señor

sábado, 2 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en 2.11.19. Por nuestra hermana muerte, loado mi Señor

23130699_879579698885890_9051203129891291326_nDel blog de Xabier Pikaza:

Todos los Difuntos, la alabanza de la muerte

El tema del hombre es morir para la vida

De los muertos vivimos, y por ellos alabamos  a Dios, en fraternidad gozosa. Porque ellos han sido y son para  (con) nosotros, como sabe y dice el Hermano Francisco,  en su Canto a las criaturas (sol, luna y estrellas, luego viento, y agua y fuego), con la «hermana madre nuestra tierra» (sora nostra matre terra)…,  para culminar con nuestra hermana (sora) muerte.
     Por eso, hoy (1.11) es  día de cantar a  sora nostra morte corporale, como sigue diciendo Francisco, a la muertehermana universal (nuestra) como Dios, como la tierra…  Por eso, es bueno precisar mejor los rasgos de esa muerte, que es corporal (como la tierra) y es  divina, como el  Dios de Cristo,  siendo «mía», «hermana del alma», condición y vida de todos los vivientes, que morimos en, con, y para los demás (en y como Cristo).
     Así quiero presentarla , destacando su condición «bendita» de  hermana nostra, por la que alabamos a Dios,  pues en él vivimos, nos movemos/morimos y somos (Hch 17, 28), para así regalar  vida y compartirla con todos, pues en el Cristo  muerto y resucitado somos, en esperanza universal, sabiendo que la vida de Dios en los hombres hermanos no muere, sino que se transforma, como evocaré en dos partes:
 (a) Quiero evocar a una abuela,que me enseñó a querer a los muertos, sabiendo «querido» por ellos, en la línea de Francisco de Asís, dándoles gracias por seguir  en nosotros, cuando pasábamos un día como éste junto al cementerio, hace más de 70 años, con cierto miedo, pero con temblor más fuerte de gozo.
(b) Presentaré una breve  historia de las religiones, que me ha permitido trazar un esquema de vida con revelación del sentido de los muertos. Empiece el lector por la primera parte. La segunda puede quedar para eruditos.
(Imágenes para situar el tema. 1: Necrópolis romana de Barcino/Barcelona, del tiempo de Jesús; 2: Corredor externo de la Iglesia de mi abuela de Zeberio, que era en principio cementerio abierto desde el templo a la luz del ancho mundo;  3: Necrópolis de Argiñeta/Elorrio, junto al pueblo de mi abuela; 4: Necrópolis budista; 5: Yad-va-Shem, memorial de los muertos de la Soah, en Jerusalén; 6: Cementerio de soldados alemanes «caidos», en Yuste).
La herencia de mi abuela

zeberio_santotomas_hRecuerdo que solíamos pasar al lado del cementerio, a veces de noche y siempre había personas que nos metían miedo, hablando de apariciones de difuntos. Solíamos tener miedo, ir de puntillas, callados, por si aparecían las almas. Pues bien, recuerdo que ella, la abuela, con la sabiduría de los siglos, me dijo, nos dijo: no tengáis miedo a los muertos; son amigos que ayudan. Siguen aquí cerca de nosotros para acompañarnos a vivir, hasta que todos lleguemos al cielo.

Ese lenguaje de la abuela encerraba una historia de las religiones. Sin ella saberlo, sabía y decía todo lo que han dicho a lo largo de los larguísimos milenios, las grandes religiones, desde el paganismo primero de la tierra vasca (o africana), hasta el más hondo cristianismo, pasando por las religiones orientales.
La abuela era pagano/cristiana, como seguimos siendo paganos en un resquicio del alma, todos nosotros. Para ella, los muertos eran impulsores de vida. Más aún, eran la potencia de una vida que sigue haciéndonos vivir, pura energía espiritual. Ellos nos dan dado la vida y se han ido antes que nosotros para que nosotros podamos existir. Así nos decía “se han ido para ayudarnos; no recéis por ellos, rezarles a ellos para que os acompañen”. Esta ha sido para mí una experiencia de vida y después, cuando he estudiado el sentido de la muerte y de los muertos en las varias religiones de la tierra, he tenido siempre en cuenta lo que decía la abuela.

Argieta03Pero la abuela tenía algo de las religiones orientales. Ella sabía que los muertos tienen que “purificarse”, venciendo todas las formas de mal que han podido ir acumulando a lo largo de su vida. No, ella no creía en las reencarnaciones, pero sí creía en la necesidad de crear un mundo de luz y de gracia, hasta la purificación final de todos, de los vivos y los muertos. Por eso había que seguir vinculados a los muertos, para que todos, nosotros y ellos, fuéramos alcanzando la perfecta limpieza. En ese sentido, la vida en su conjunto era un “purgatorio”, un purificatorio: un camino en el que podemos y debemos aprender a querernos, superando las manchas del odio y la venganza. Por eso, en el fondo, “creer en los muertos” era creer que no habían muerto del todo, que seguían haciendo un camino de Dios, hasta que alcanzaran, con la ayuda de Dios y nuestra colaboración, pureza total de la vida. Esa purificación no era fuego… almas que se queman, sino escuela de amor, para todos.

Finalmente, la abuela era muy cristiana. Recuerdo la manera que tenía de hablar de los “inocentes”, es decir, los locos, los pobres sin ningún medio de subsistencia, los niños que morían sin haber crecido… En ellos veía a Dios. En ese sentido, todos los muertos acababan siendo “inocentes”. Ellos eran los que sustentaban este mundo, manteniendo viva la misericordia de Dios. Pero, al mismo tiempo, ella sabía que tenemos que cambiar la forma de vida en este mundo, cambiar las condiciones de la sociedad, para que no hubiera inocentes sufriendo, para que todos pudiéramos vivir, en amor, como la Virgen María, que ayudaba en el camino.

Creer en los muertos era creen en la vida que es un don de inocencia, un don de Dios, al servicio de los más pobres, esperando la llegada de un mundo de justicia total. Por eso, en el fondo del “culto a los muertos” estaba el recuerdo de Jesús: ser como Jesús para resucitar, para que un día la vida fuera trasparente (nos podríamos ver todos, muertos y vivos); para que un día la vida fuera lugar de justicia para todos, empezando por los “inocentes”. Por ero, recordar a los muertos era un modo de tenerlos presentes en un camino de esperanza… con la certeza de que un día no habría ya muerte.

Ahora, pasados muchos años, más o menos 70, quiero recordar y recrear algunas de las cosas que estaban en el fondo del lenguaje de la abuela, de otra manera, desde la historia de las religiones. Si alguien quiere seguir leyendo siga, pero lo fundamental (lo que yo quería decir) ya lo he dicho, en este días de difuntos, con la memoria (quizá idealizada) de mi abuela.

2. Los muertos en las religiones de la naturaleza

Los muertos están en el mismo proceso de la vida. Así lo han dicho las religiones cósmicas (o de la naturaleza), que introducen la historia del mundo y de los hombres en el ritmo incesante, siempre repetido, del eterno retorno de la vida. Eso significa que no hay fin, no existe meta alguna, sino rueda de generaciones y generaciones, una rueda que en el fondo es buena, porque es bueno vivir. Lo que ha sido eso es, lo que es eso será, lo que es ya ha sido. De esa forma, los muertos están en el mismo ritmo de la vida, que vuelve de formas distintas, pero en el fondo siempre iguales. Siguen estando en la roca y el árbol, en el mar y la montaña, en las estrellas y el mar infinito.

De esa forma, los muertos se integran en el eterno retorno de la naturaleza, entendida como divina, realidad suficiente, absoluta. No hay un Dios personal, ni los hombres son de verdad individuales: vivimos de los muertos que han vivido antes que nosotros. Y así seguiremos viviendo. Por eso enterramos a los muertos, para que fecunden la tierra, como semilla de vida.
En algunas de estas religiones, el “alma” es Huaca, un alma cósmica. Esa es una palabra propia de los incas del altiplano sud-americano, que piensan que el hombre forma parte del todo divino cósmico. Huaca son las montañas, los ríos poderosos y, en especial, la madre tierra. Pero en ella son especialmente sagrados o huaca los que han muerto y siguen vinculados a su sepultura. Por eso es fundamental el enterramiento: de la madre tierra venimos y en ella somos recibidos por la muerte. Quizá podemos decir que el alma de los hombres forma parte del gran alma cósmica, que es la divinidad de la tierra o huaca. Por eso, un día como hoy, en gran parte de la América profunda, los vivos y los muertos se descubren en sinfonía superior de Vida. Así lo he sentido, por ejemplo, en México y en Perú, lugares donde el culto a los muertos sigue siendo garantía de sentido y vida para millones y millones de personas.

3. Religiones de la interioridad

51141525_092f04bc5e.jpgLas religiones de la interioridad (hinduismo, budismo) tienden a decir que los hombres y mujeres somos más que mundo. Somos alma (interioridad, espíritu) que ha descendido de la altura de Dios y ha venido a introducirse en un mundo que gira y que gira, sin sentido alguno. Así estamos en el mundo como en una cárcel: Somos el resultado de una caída… y por eso estamos encerrados en la materia. Por eso tenemos que volver a nuestro origen y patria, a lo divino, más allá de las estrella. Vuelve el polvo, vuela el alma el cielo… Por eso, estas religiones suelen quemar a los muertos: para que el alma se desligue de la materia, para que la vida interior se libere del peso del cuerpo y vuelva a su sitio, en lo divino.

De esa manera, la muerte no es retorno a los ciclos de vida de la tierra, sino separación liberadora. Las almas deben invertir el camino de caída y volver a su origen superior, superando así la historia. De todas maneras, los muertos han hecho que seamos lo que somos y así les damos gracias. En el fondo, somos ellos: somos todos los muertos que aún no han logrado purificarse y que vuelven, volvemos a la tierra que el liberemos el espíritu y salgamos de esta cárcel y Dios sea Dios para siempre y la materia se muera y destruya a sí misma, como pura materialidad sin alma.

En estas religiones… sólo se “salva” el mundo interior, el mundo exterior ha de perderse. Por eso, aquí no se puede hablar de resurrección ni, en el fondo, de transformación de este mundo, de justicia… Para superar la muerte es necesario, en el fondo, superar la misma vida. La religión es, en el fondo, la forma en que los hombres y mujeres pueden superar la vida, el eterno retorno de los deseos que nos atan a la tierra. Los que han muerto de verdad ya no desean nada, no están en ninguna parte, sino en el puro más allá de la tierra del silencio. Da la impresión de que para superar la muerte hay que superar la vida, pues toda la vida el hombre en el mundo es muerte. Aquí importa la vida interior, la salvación del “alma”, no la justicia y comunicacion entre los hombres. Desde ese fondo se puede hablar de reencarnación y de inmortalidad.

Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , , , , ,

“Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en “Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

31-852867En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

«Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.». Viernes 01 de Noviembre de 2019. Todos los Santos

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en «Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.». Viernes 01 de Noviembre de 2019. Todos los Santos

58-TodoslossantosALeído en Koinonia:

Os animamos también a leer la Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
1Juan 3,1-3:Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de nuestro pequeño mundo, de la Iglesia Católica, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos»… o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que fueron santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», a los que el pasaje de Mt 25,31ss pone en evidencia («cada vez que lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron»).

Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan -sin querer, desde luego- en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería incluso «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto tan natural, pero hace apenas 50 años que estamos pensando de esta manera -los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II-. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos. No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos, ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque se consideraba que cada pueblo-raza-nación tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los judeocristianos, sino a «todos los pueblos», lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos-. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)… La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.

Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

1.11.19 Todos los Santos: Los bienaventurados

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en 1.11.19 Todos los Santos: Los bienaventurados

62160372_2069450279848982_5421487241501343744_oDel blog de Xabier Pikaza:

Cielo de Jesús

La dicha más perfecta: pobres, hambrientos, los que lloran

La iglesia celebra hoy el día de Todos los santos, y muchos piensan que se trata de los bienaventurados  del “cielo” (canonizados o no), conforme a la primera lectura de la misa: Ap 7,2-4.9-14). Pero está es la fiesta de todos los santos de las bienaventuranzas , canonizados por Jesús, aquí en la tierra, según el evangelio de este día (Mt 5, 3‒10).

En esa línea empezaré  evocando  la “dicha más perfecta”, conforme al mensaje de un poeta salmantino, que ejerció de maestro e hidalgo campesino al norte de Extremadura, y se llamaba Gabriel y Galán. De su mano pasaré, por contrapunto, a la “dicha aún más de las bienaventuranzas de Jesús”, que son el argumento y camino de la santidad cristiana, que hoy, 1 del 11, celebramos como Iglesia.

GABRIEL Y GALÁN, LA DICHA MÁS PERFECTA

gabriel-y-galanAsí propuso la bienaventuranza del hombre‒varón rico (en una línea de AT y de cultura greco/latina), José M. Gabriel y Galán (1870‒1905), poeta salmantino, afincado en la Alta Extremadura:

Yo aprendí en el hogar en qué se funda la dicha más perfecta,

y para hacerla mía quise yo ser como mi padre era

y busqué una mujer como mi madre entre las hijas de mi hidalga tierra.

Y fui como mi padre, y fue mi esposa viviente imagen de la madre muerta…

(El Ama, texto completo ).

Ésta es una dicha/bienaventuranza de varón y patriarca de un hogar “perfecto”, una casa rica, con padres ejemplares, donde el hijo dichoso (varón) retoma el camino de su padre, con una mujer como su madre, en armonía de hogar que debería repetirse por generaciones y generaciones (en la línea de Gen 2, 24). En el hogar de una buena familia se expresa la primera bienaventuranzade un varón casado con la mujer perfecta, santa y trabajadora, piadosa y fecunda; en una familia rica en posesiones (tierras de cultivo y pastoreo) y en servidumbre de criados.

  1. Ésta es la dicha/bienaventuranza de un varón propietario de casa abundante, criadas y criados, agricultores y pastores (caberos, ovejeros, vaqueros…). Ésta es la dicha/riqueza de un buen terrateniente, que gobierna de un modo “paternal” (con la ayuda de su esposa buena) la hacienda familiar, con servidores, campos y rebaños (como Job antes de ser “tocado” por la mano siniestra de la desventura).
  2. Esta es la dicha/bienaventuranza de un varón rico (paternal, patriarca, gran señor…), con su familia extensa (mujer, hijos, criados…), en un campo entendido como equilibrio de la vida. Es la armonía de la naturaleza, con tierras de labor, con mieses y hortalizas, con dehesas de animales…; ésta es la bienaventuranza de las estaciones que se van sucediendo, con las fuertes labores de la siembra, la cosecha, y los rebaños…
  3. Es la dicha/bienaventuranza de una mujer tomada “de entre las hijas de la hidalga tierra”, una mujer rica (hija de algo, propietaria de tierras que gobierna su marido. Ella, esa mujer, le ha venido al hombre con su dote de hidalguía (tierra ricas) y su felicidad, en la armonía de un hogar sagrado (jerárquico), bien asegurado de trabajo y posesiones.

CONTRAPUNTO. LOS BIENAVENTURADOS/SANTOS DE JESÚS (LC 6, 21‒22)

_M_21-08-13-0-58-06 Gabriel y Galán nos situaba ante la bienaventuranza de los “hidalgos” (ricos) de la tradición clásica, desde el AT de Israel, pasando por Grecia y Roma. Bienaventurado/dichoso es aquí el  propietario/hidalgo, dueño de una extensa hacienda, con campos y rebaños,  con mujer dichosa (=fuerte trabajadora), llena de piedad hacia los sirvientes.

Pues bien, de pronto, pasando a Jesús descubrimos que sus bienaventurados   (con la dicha más perfecta) no son la de los ricos varones hidalgos (o casados con hidalgas, como Gabriel y Galán), sino más bien los pobres, que no tienen casa, ni hidalguía material (quizá ni familia), sino que viven en el límite del hambre, pordioseros (ptôjoi), mendigos, sin familia, sufrientes de campos y caminos

El hombre‒varón de la “dicha más perfecta” de Gabriel y Galán vivía en la casa, gran hacienda, que él administraba con su esposa. Por el contrario, los dichosos del evangelio son mendigos de la vida, sin más riqueza que su necesidad y sufrimiento. Jesús salió a los campos duros de la vida y allí los encontró en las aldeas, poblaciones y caminos (fuera del templo y los palacios), llamándoles y haciéndoles santos, es decir, bienaventurados.  Estos son los protagonistas de esta fiesta de Todos los Santos (1. 11. 19)

Los dichosos de Jesús no son “amos o amas”, señores de mando, hidalgos de estirpe o de tierra, sino ptôjoi, pobres abandonados de la vida, víctimas de la hidalguía y riqueza de los amos/amas (a pesar de la imagen utópica que de ellos ha trazado Gabriel y Galán). Precisamente para ellos y con ellos ha trazado Jesús un  camino de felicidad. Éstos son sus santos, sus bienaventurados:

¡Felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios,

felices los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados,

felices los que ahora lloráis, porque vosotros reiréis! (Lc 6, 20-21).

  Lógicamente, en ese contexto se hacen necesarias las antítesis o malaventuranzas, que no han de entenderse en sentido general abstracto, sino en el panorama concreto de la vida de los hombres y mujeres de su tiempo, en Galilea: «Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido el consuelo! ¡ay de vosotros los ahora saciados…» ! (Lc 6, 24-25). Al anverso de la santidad de los pobres‒hambrientos está la maldición de los ricos‒saciados, que van creando su propio infierno en la tierra.

  1. La primera bienaventuranza es la más general, tanto por el sujeto (pobres: todos los oprimidos, tristes y/o enfermos del mundo) como por el predicado (se les ofrece el reino, el mundo nuevo). Al decir bienaventurados los pobres, Jesús hace una elección: los privilegiados de Dios son precisamente el desecho de la tierra. De esa forma descubre y suscita suscita un camino de vida no sólo para ellos (¡que han de ser felices en su radical pobreza!), sino para todos los humanos y mujeres en especial los más dotados han de hacerse con él servidores de los pobres.
  2. Esa bienaventuranza primera se divide luego de manera que aparecen por un lado los hambrientos (pobreza más económica) y por otros los llorosos (pobreza más psíquica). La carencia toma así un sentido universal: Pobres, hambrientos, sufrientes… Ellos son para Jesús los privilegiados de Dios, santos del cielo en la tierra, porque pueden descubrir la vida como don de gratuidad, como experiencia de búsqueda y camino, desde la pobreza y el hambre, en un camino abierto para todos, en esperanza.
  3. De manera correspondiente, el reino (es decir, la bienaventuranza) aparece también en dos señales: es hartura (más económica)  para los pobres y hambrientos, y es felicidad (más anímica) para los que lloran. Es evidente que allí donde se escucha la palabra de gracia de estas bienaventuranzas de Jesús la vida humana debe convertirse en expansión (explosión) de fuerte gracia: llevar hartura donde hay hambre, felicidad donde se esconde y triunfa la desdicha.
  4. Si se unen con las malaventuranzas (ay de vosotros los ricos…) las bienaventuranzas expresan una enseñanza y experiencia que proviene también del Antiguo Testamento y que ha sido  recogida en el Magníficat o canto de la Madre de Jesús: Derriba del trono a los poderosos; a los ricos los despide vacíos, da de comer a los hambrientos…(Lc 1, 46-55). Ellas nos sitúan ante la inversión final, ante el Dios de la justicia mesiánica, que transforma las suertes de los hombres…, diciendo que los “ricos” corren el riesgo de perderse en la riqueza (destruyendo por otra parte la vida de los mientras éstos, los pobres, pueden descubrir y cultivar la gratuidad). En esa línea, ro, leídas desde el conjunto de la vida y mensaje Jesús, ellas proclaman una enseñanza mesiánica universal, centrada en el descubrimiento del valor más hondo de la vida, desde la misma pobreza y sufrimiento de la historia.
  5. Éstas no son las bienaventuranzas del rico propietario varón del “Ama”, con tierra, criados, mujer buena…, sino las del ser humano como tal, varón o mujer, especialmente de los pobres, descubridores de la vida como gracia. Los ricos corren el riesgo de perderé en su riqueza, en su poder… (y en su forma de oprimir a los pobres). Los pobres en cambio (los hambrientos, los que sufren) puede descubrir y cultivar el sentido (la grandeza) de su vida como don de gracia, en una sociedad injusta (como era Galilea en tiempos de Jesús), en un mundo de riquezas que pueden convertir a los hombres en “seres rapaces” y egoístas, que divinizan su propio dinero.

DESARROLLO TEOLÓGICO Y ECLESIAL (MATEO 5, 3‒11)

Introducción

Lc 6, 20‒21 había recogido con toda su fuerza el programa de santidad (bienaventuranza) de Jesús partiendo de los pobres y hambrientos, capaces de descubrir el más hondo tesoro de la vida (que es la gratuidad, la felicidad, la fraternidad…). Pues bien, Mateo ha desarrollado desde su propia Iglesia ese programa general de Jesús, partiendo de dos tipos de personas y bienaventuranzas:

(a) La bienaventuranza de los que sufren, los más pobres. Así siguen en su fondo los que los hambrientos y pobres “materiales”, pero Mateo pone de relieve el valor redentor/transformador de la pobreza y del sufrimiento (en sentido evangélico, no masoquista ni pasivo).

(b) La bienaventuranza de los que ayudan a los pobres, desde una perspectiva evangélica, abierta a todos los hombres…y mujeres. De esa forma el “terrateniente” de Gabriel y Galán, simbolizado en el marido del “Ama”, ha de volverse un hombre de comunión radical, en apertura a todos los hombres. Así lo indican las  bienaventuranzas o proclamas de santidad de Jesús:

Mt 5, 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

4 Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

11 Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, pues así persiguieron a los profetas antes de vosotros (Mt 5, 1-12). Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

«Los muertos viven», por José Arregui

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en «Los muertos viven», por José Arregui

t8835aErmita de Santa Engracia

Leído en su blog:

En el corazón o la memoria de todo

Las campanas de Aizarna han tocado a muerto. Han irrumpido en la calma de la mañana otoñal, difundiendo en el valle la memoria de Luisa, abuela nonagenaria del caserío Irure, mujer de extraordinaria fortaleza y ternura, mujer hecha hospitalidad materna para todo el que llegase, fuera quien fuera y como fuera. Las ondas sonoras del bronce han ascendido por el horizonte de Santa Engracia hacia el Infinito, fundiéndose con la música del universo sin medida.

¿Y Luisa, su espíritu, su conciencia, ‘ella’… a dónde se han ido? ¿Se habrá disuelto en la nada al apagarse su viva sonrisa, su dulce mirada, la luminosa paz de sus ojos? La pregunta me turba, pero no puedo pensar razonablemente que algo, alguien, alguna de las infinitas formas del Ser se disuelva en la nada. La nada no existe, ni de ella puede surgir algo. Toda forma es una conjunción de formas precedentes. Y todo lo que constituye a cada cosa en su figura concreta se convierte luego en otra cosa y en otra, y así sin cesar, en constante transformación. Nada se convierte en nada.

Cuando en otoño se suelta del tallo el rabillo de la hoja y, balanceándose en el aire, cae al suelo, vuelve a convertirse en tierra y la tierra en savia, la savia en yema, hoja, flor, fruto, y semilla envuelta en fruto. El fruto se convierte en alimento de seres vivos, y la semilla en germen en el seno de la tierra. La vida seguirá viviente en nuevas formas, inagotables y maravillosas. Nada se aniquila, todo se transforma. El milagro de la primavera empieza en el otoño, y la abundancia del verano en el desierto del invierno. O a la inversa: el verano viene del otoño y el invierno de la primavera, en la rueda de la vida en que todo es uno.

En la espiral de la vida más bien, pues nada vuelve a ser lo que fue, ni la misma forma se repite nunca. Observad y admirad: de incontables hojas que han sido, son y serán en la tierra, no ha habido, ni hay ni habrá jamás dos iguales. Ni dos granitos de arena ni dos toques de campana exactamente iguales, a pesar de las apariencias. Ni siquiera, al parecer, han existido ni existen ni existirán dos átomos que sean idénticos del todo. Asombroso. Cada forma, viviente o no viviente, desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande, en el universo entero, es diferente de todas las demás. Cada ser es único y distinto. Infinita dignidad de cada ser. Infinito respeto a cada ser.

DSCN9942

Cada ser es único y distinto, pero no separado ni solitario. Todo cuanto es desde siempre está conectado con todo lo que es, ha sido y será hasta siempre. Esa frágil hoja que ya amarillea y se mece a la brisa de la tarde no sería exactamente como es si en este universo, desde el primer Big Bang hasta hoy, hubiera faltado una sola partícula atómica en su forma exacta. Todos estamos interrelacionados con todos los seres, no solo del presente, sino también del pasado más lejano y del futuro más remoto. Solo nos distingue la forma, pero todas las formas estamos unidas. Somos interser, inter-seres, inter-vivientes, inter-humanos, ligados en todo con todo eternamente, desde el primer neutrón hasta las galaxias aún sin formarse. En la forma particular que somos siguen siendo y viviendo todos los seres que fueron e incluso serán, porque somos la transformación de lo que otros fueron, y otros serán la transformación de lo que nosotros somos. Cada ser guarda, se puede decir, la memoria viva de todo lo que fue en el pasado e incluso de lo que será en el futuro. De alguna manera, en cada ser es todo. Somos uno.

Y somos uno en el Todo sin forma que nos hace ser, en el Fondo de esta forma o ‘yo’ físico, mental y emocional, en el Fondo de esta conciencia individual que nos distingue y que erróneamente creemos que nos separa. Somos uno en el Ser, el Espíritu, el Aliento Vital que nos hace existir, respirar, vivir. Somos comunión de vida inmortal en formas infinitamente diversas. Somos uno en el Corazón eterno o la Memoria creadora que late en lo más profundo de las formas pasajeras. Cada forma encarna la Memoria del Todo. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. A ti, a mí, a todos, nos corresponde encarnar la Memoria vivificadora de todos los muertos. Cuando los recordamos, es decir, cuando los ‘traemos al Corazón’ bueno de la vida, los hacemos vivir. Infinita responsabilidad mística, ecológica, política: mantener viva la Vida o la Memoria de todos los seres.

Creo en “Dios” en cuanto Todo, Corazón, Memoria o Conciencia de todas las formas. Creo que, al igual que cuanto nace ‘muere’ a su antigua forma –incluida su conciencia individual separada–, cuanto muere ‘nace’ en el Todo, en la Memoria o en la Conciencia universal de todos los seres, en este universo o en otro, más allá del espacio y del tiempo, en una forma que desconocemos. Creo que el aliento vital no muere, que la vida resucita sin cesar, que cuando doblan las campanas anuncian la vida.

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , , , , , , , , , ,

Todos santos porque lo divino nos atraviesa.

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en Todos santos porque lo divino nos atraviesa.

4c1ef-bienaventuranzasMt 5, 1-12

Vaya por delante que hoy me siento absolutamente incapaz de armonizar el sentido que la liturgia da a esta fiesta con el mensaje del evangelio. Un botón de muestra: En la oración colecta se habla de “los méritos de todos los santos” y “la multitud de intercesores”. ¿No decía el domingo pasado el evangelio que el fariseo, que se sentía con derechos, no salió justificado del templo? Esa interpretación de la santidad como superioridad moral no tiene nada que ver con el evangelio. Y los intercesores; ¿Son mejores que Dios y nos quieren más?

Hace ya algunos años que vengo titulando esta fiesta como “todos santos”. Hoy añado “y pecadores” porque sin ese añadido, lo podemos entender mal. Me ayudó mucho a este matiz el oírle al Papa decir, ya varias veces; “soy un pecador”. Naturalmente, el Papa no quiere decir que roba o que mata o que hace otras barbaridades. Lo que hace es manifestar su fina espiritualidad, dando a entender que de lo que es a lo que tendría que ser hay aún un abismo. Esta idea ya la había desarrollado Lutero, siendo muy criticado por ello.

Está dando un vuelco la idea que teníamos de “santo”. A ello ha contribuido no poco el afán de la institución en las últimas décadas por declarar santos incluso a centenares. Suele pasar que a toda inflación corresponde casi siempre una devaluación. También han ayudado a esta nueva idea de santo los métodos utilizados en los procesos de canonización, no siempre auténticos ni demasiado convincentes. La prueba está que suelen salir adelante los procesos que tienen detrás una institución influyente y con dinero a discreción.

Lo que hemos dicho el día del fariseo y el publicano son puede servir hoy. Santo no es el perfecto, sino el pecador que reconoce la necesidad que tiene de un Dios que le ame sin merecerlo. Solo cuando uno se siente pecador está cerca de Dios. Solamente en la medida que un ser humano es santo puede sentirse pecador. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la perfección, “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que Dios ha derramado en vuestro ser.

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron y mostraron la marca de lo divino en ellos, aunque no hayan pensado en la santidad. No se trata de celebrar los “méritos” de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El único mérito es de Dios.

En todos los tiempos han existido y siguen existiendo personas que descubriendo su autentico ser, ha sido capaces de darse a los demás y de hacer así un mundo más humano. En este mundo hay lugar también para el optimismo, porque la inmensa mayoría de la gente son “buenas personas”, que intentan por todos los medios hacer felices a los demás. Eso no quiere decir que no tengan fallos. Una de las actitudes que más nos humanizan es precisamente el aceptar las limitaciones, en nosotros mismos y en los demás. Jesús no exigió la perfección a sus seguidores, solo les pedía que descubrieran el amor que es Dios en ellos.

Estamos llamados todos a ser santos. Esto no debe asustarnos, porque no se trata de exigirnos la perfección sino de descubrir al Perfecto identificado con cada uno de nosotros. Significaría que debemos descubrir lo que Dios es en lo hondo de nuestro propio ser. No pensar en un Señor perfectísimo al que tenemos que parecernos. Obligarnos a imitar a Dios nos  ha hundido en la miseria más absoluta, porque mientras seamos humanos, nadie puede ser perfecto. Dejaríamos de ser humanos, que es lo que muchas veces ha pasado.

En esta fiesta celebramos la “bondad” se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien, que es mucho más fuerte y está más extendido que el mal.

Hoy es el día del optimismo. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. Desde esta perspectiva, la vida merece siempre la pena. Porque esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como encontramos en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar como las plantas o quedarse en lo sensorial como los animales.

La santidad consiste en la posibilidad que me da Dios de parecerme a Él, porque está en lo hondo de mi ser como fuerza de actuación. En la medida que yo tomo conciencia de esa realidad que hay en mí, empiezo actuar según ella. Hablamos en contra de lo que nos han enseñado: Para ser santo tienes que hacer esto y dejar de hacer lo otro, siempre de manera heroica, pues lo que me piden es lo que cuesta, y lo que me prohíben es lo que me gusta.

Es muy significativa la identificación que ha hecho el “pueblo” (Iglesia) de esta fiesta de “todos los santos” con la de “todos los difuntos”, hasta el punto de que para muchos son una sola fiesta. Debíamos tomar conciencia de esta  realidad, para que las dos fiestas tomaran el verdadero significado. Son fiestas de recuerdo y agradecimiento. ¿Es concebible que uno no considere a su madre “santa”? Esto es lo que nos obliga a pensar que una madre no muere nunca, porque lo que ha dado, seguirá llegando a nosotros a pesar de que ya no esté.

Tratemos de descubrir ese futuro desde Dios. ¿Por qué nos empeñamos en imaginar un más allá conforme a nuestra limitación actual? Pretender que permanezca nuestra condición de criatura limitada no tiene mucho sentido. Lo contingente es perecedero. Lo único que permanece de nosotros es lo que ya tenemos de trascendente. La eternidad no es una sucesión interminable de tiempo, sino un instante en el que ya estamos. Eternidad no es lo contrario de tiempo, sino un ámbito al que podemos acceder aunque estemos en el tiempo.

Alguien ha dicho: Amar es decirle al otro: no morirás. Si el que ama es Dios, nos está diciendo: tú permanecerás mientras yo sea, es decir, siempre. El punto por el que podemos conectar con Dios nos hace eternos. Ese punto no puede ser lo material, lo biológico, lo caduco, sino lo trascendente. Yo permaneceré en la medida que renuncie (muera) a mi falso yo. “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”.

Cuando Jesús le dice a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”, le está invitando a encontrar una Vida (con mayúscula) trascendente, la del Espíritu. Una Vida que poseemos mientras desplegamos nuestra vida (con minúscula). Es la verdadera, la definitiva, porque la biológica termina sin remedio, pero la espiritual no tiene fin. Cada vez que oigamos en la Escritura “vida eterna”, debemos entender: Vida definitiva. No se trata de la vida del más allá, sino del aspecto más interesante de la vida del más acá.

Meditación

Cuando Jesús dice: “yo y el Padre somos uno”,
está manifestando su vivencia más profunda.
Consciente de que su centro está en Dios,
irradia esa realidad de Dios en todas direcciones.
Yo no tengo que escalar ninguna cima inexpugnable,
ni conseguir ninguna meta inalcanzable.
Solo tengo que centrarme en lo que ya soy.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Un futuro lleno de esperanza.

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en Un futuro lleno de esperanza.

DidaskaliaJesús con las Bienaventuranzas presenta un camino de discipulado orientado a la felicidad. Esta felicidad prometida no es una utopía lejana, sino un modo de ser y de vivir que afrontando el mal se sostiene en la confianza en un Dios que nunca abandona la obra de sus manos. Ser felices al estilo del maestro galileo es tejer historias de justicia y esperanza haciendo memoria constante de aquello que humaniza y recrea en el cotidiano vivir de cada ser humano.

El Sermón de la montaña es la primera predicación extensa de Jesús en el evangelio de Mateo. En él el Maestro desarrolla las claves centrales que hacen posible la llegada del Reino y su justicia. Un Reino que no es un espacio etéreo y lejano hacia el que hay que caminar, sino el lugar concreto y frágil de nuestra vida a la que Dios llega para ofrecernos su amor y perdón. Y una justicia que nada tiene que ver con nuestro concepto legalista de lo que ha de ser premiado o castigado, sino la herramienta que permite alcanzar el sueño de Dios actuando en la realidad y reorganizando los valores y expectativas humanas.

Las Bienaventuranzas son memoria de el hacia dónde y el desde donde se ha de articular el seguimiento de Jesús. En ellas se repite machaconamente la llamada a la felicidad. Ser dichosas o dichosos no significa, sin embargo, alejarse del conflicto o de la carencia, es por el contrario afrontarlos renunciando a la posesión, al poder o a la violencia que quiebran las relaciones y someten el corazón humano.

El hecho de que Jesús llame dichos@s a quienes parece que tienen poco o nada de que alegrarse resulta paradójico, pero está cargado de fuerza profética. Es una llamada al compromiso para transformar la realidad y a permanecer en él. A resistir a pesar de la debilidad y sufrimiento que esta tarea conlleva sabiendo como Jesús que la causa merece la pena. con el corazón limpio,

Bienaventurad@s los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

La palabra pobre en hebreo no se refiere solo a quien no tiene dinero, sino, en un sentido más amplio, a quien está oprimido, a quien se le vulneran sus derechos y se le humilla. Esta dura realidad demasiado frecuente en tiempos de Jesús se convierte de la mano del evangelista Mateo en una metáfora del modo en que todo seguidor y seguidora de Jesús ha de afrontar y asumir el proyecto del Reino.

La expresión pobres de espíritu quiere indicar de este modo no un camino de pobreza interior sino un modo de estar en el mundo y en la comunidad que reconvierte en positivo la vulnerabilidad, la pequeñez y la humildad haciéndolas espacio de gratuidad de honestidad y servicio.

Bienaventurad@os los que lloran, porque ellos serán consolados.

La aflicción no tiene la última palabra en la vida. Consolar y ser consolados visibiliza la acción compasiva de Dios. La consolación no es conmoverse por la pena del otro u la otra, sino sentirse tocado/a en el lugar donde el otro/a sufre y luchar porque la causa de ese dolor desaparezca. Así lo hizo Jesús con aquella viuda de Nain.

Bienaventurad@s l@s mansos, porque ell@s poseerán en herencia la tierra.

La actitud que aquí se resalta, es algo más que de no responder violentamente a una provocación. La justificación vital de quien, como Jesús, asume perder para incluir se sostiene en la acogida de lo distinto, en la humildad para no sentirse con derecho a vencer, a dominar a imponer. Así lo vivió Jesús cuando decidió afrontar la cruz.

Bienaventurad@s l@s que tienen hambre y sed de justicia, porque ell@s serán saciados.

La justicia, como criterio de conducta que visibiliza la alianza entre Dios y el ser humano, una alianza nacida del amor y el perdón divino, es un anhelo, pero también una praxis. Tener hambre y sed de la justicia es vivirse volcada/o hacia el bien común, es estar siempre dispuesta/o a buscar que todo funcione mejor, que el poder no arrebate el servicio, que el éxito no oscurezca los caminos de solidaridad compartidos. Así lo descubrimos tantas veces en la vida de Jesús, en sus curaciones, sus comidas, sus encuentros…

Bienaventurad@s l@s misericordios@s, porque ell@s alcanzarán misericordia.

En una perspectiva más sapiencial la misericordia se convierte en el camino del dar y recibir que constituyen las relaciones humanas. No se trata de actuar bien para recibir una respuesta positiva de los demás, se trata de dejar que la vida entera se conmueva ante la necesidad de la otra o el otro. Es amar al prójimo como a ti mismo/a, es en definitiva ser entera donación como lo es Dios para cada uno/o.

Bienaventurad@s l@s limpi@s de corazón, porque ell@s verán a Dios.

Limpio de corazón es una expresión judía que se encuentra con frecuencia en el marco de la espiritualidad bíblica. Con ella se expresa el modo de ser de quien tienen toda su vida orientada desde Dios. El corazón, en lenguaje judío, es el centro del querer, del pensar y del sentir humano por lo tanto cuando se habla de tener un corazón limpio se esta hablando de dejar que Dios, en su amor y perdón, tenga la última palabra en nuestra vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Trabajar por la paz es empeñarse en construir las relaciones en armonía, bondad, perdón. Esta actitud es la que nos constituye en hijos e hijas de Dios porque esa filiación nos hermana a unos/as con otros/as, genera sororidad y fraternidad y nos permite vivir en armonía con nosotros/as mismos/as, con los demás y con la madre tierra.

Bienaventurad@s l@s perseguid@s por causa de la justicia, porque de ell@s es el Reino de los Cielos.

El centro de la vida de Jesús fue la proclamación del Reino de Dios. Este anuncio mostraba a Dios actuando en el mundo con misericordia y perdón. Presentar a Dios así supuso para Jesús rechazo y persecución porque era (y es difícil) de concebir a un Dios absolutamente gratuito y bondadoso que se empeñaba en perdonar, en incluir, en ofrecer nuevas oportunidades.

Jesús no solo proclamó a este Dios, sino que actuó en su nombre sanado y salvando, pues solo así era posible hacer real la justicia que brotaba del Reino. Una justicia que muchos no deseaban y que justificó la cruz de Jesús y la de tantos seguidores y seguidoras suyas.

“Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Carme Soto Varela, ssj

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

¡Cuánta gente buena ha habido y hay en la historia!

viernes, 1 de noviembre de 2019
Comentarios desactivados en ¡Cuánta gente buena ha habido y hay en la historia!

índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. una muchedumbre inmensa: la humanidad.

En un lenguaje enigmático, solemne -y con la caja de los truenos preparada-, la apocalíptica (1ª lectura) nos habla de una muchedumbre inmensa, es decir de toda la humanidad significada con ese número simbólico de 144.000 (12 tribus x 12), que va llegando a la casa del Padre pasando por la gran tribulación de la vida.

Todos –toda la humanidad- estamos marcados en la frente por nuestro Dios: todos estamos destinados a la vida, a la salvación.

         La fiesta de hoy, Todos los Santos, es la misma que la de mañana: Todos los difuntos. Son como dos caras de la misma moneda. Toda la humanidad está sellada y llamada a la vida.

La memoria de los santos, que son nuestros mayores, nuestros difuntos, la memoria de JesuCristo nos hace bien, nos reconcilia. La Comunión de los Santos: una especie de memoria, de solidaridad y “circularidad” entre los que se fueron y los que quedamos. Ellos se acuerdan de nosotros de un modo amable. Ellos oran por nosotros. [1]

Estos días de “difuntos y de todos los santos” son como una llamada a reavivar la esperanza. ¿Qué nos cabe esperar en la vida y en la muerte?

  1. Vivimos tiempos de vacío y ausencia de esperanza.

Vivimos tiempos de muchos proyectos y escasa esperanza o, más bien, vivimos en el club de los proyectos vivos y las esperanzas muertas.

Pero solo se puede vivir humanamente con la esperanza como resorte estructural de la existencia.  En esta postmodernidad de nuestras desilusiones, la esperanza ha sido “arrinconada” como las antiguas máquinas de escribir ante la “perfección de la informática”, con el agravante de que las viejas máquinas de escribir evocan la escritura. Hoy la esperanza no nos evoca nada, porque sencillamente no hay nada que esperar. Si no hay un futuro absoluto, tampoco hay una esperanza absoluta. Tal vez la esperanza hace tiempo que la suprimimos de nuestro “Windows” y la enviamos a la papelera de reciclaje. La “esperanza existía” cuando “existía futuro”. Pero el futuro lo hemos ido dejando aparcado por los “parkings” de los “juguetes rotos” de las muchas “mañanas de Reyes” que se nos han ido ofreciendo a lo largo de los tres siglos últimos de la Ilustración. Al no haber futuro, no hay lugar la esperanza.

Ahora bien, ¿sin esperanza se puede vivir por largo tiempo y sensatamente? Más bien, quien deja de esperar, deja de vivir humanamente y pasamos a vegetar en el suave placer del capitalismo ilustrado.

 Sin esperanza la vida se diluye en unos momentos puntuales sin ilación, sin biografía y, lo que es más grave: sin sentido.

  1. el ser humano es esperante

El ser humano es esperante. La esperanza es una dimensión esencial a la condición humana. Las antropologías han definido en la historia al ser humano de maneras varias. Hoy cabe que pongamos el acento en el ser humano como esperante. Vivir es esperar. La esperanza ha construido bien, serena y sensatamente la vida de los hombres y los pueblos. No es lo mismo vivir en esperanza que desesperadamente o en desesperación.

  • o Por otra parte, tampoco es lo mismo optimismo que esperanza. El optimismo es un estado de ánimo porque me van bien las cosas, la salud, el trabajo, etc. Pero hay situaciones en las que ya no hay lugar alguno al optimismo. En la muerte, en un funeral no hay lugar alguno al optimismo, por eso ahí comienza -si no lo ha hecho antes- la esperanza.
  • o El ser humano nunca ha sabido tanto de sus orígenes y tan poco de su destino. Entre el Génesis, Darwin y los bing-bang del origen, sabemos, más o menos, de dónde venimos, pero estamos escasos de horizontes y de futuro absoluto. ¿Hacia dónde vamos?, porque tampoco vale mucho la pena pasar “sin enterarnos de manos de la comadrona a manos del enterrador”.
  • o Por otra parte, la postmodernidad científico-nihilista en la que vivimos tan llena de adelantos y progresos, va de victoria en victoria hasta la derrota final. (Siquiera Woody Allen decía que el futuro es lo que más le interesa, porque es donde vivirá el resto de sus días)
  • o Sin embargo el ser humano es una sed infinita, una esperanza de plenitud, aunque tal plenitud no está en nuestras manos. Pero la sed nos habla del agua, el hambre nos habla de algún alimento.
  • o ¿La esperanza infinita no nos estará hablando de Dios?
  • o Dios es el horizonte absoluto del ser humano.
  1. Sentido de la vida

En palabras de Thielicke por sentido de la vida podemos entender si existe “algo por lo que merece la pena que yo exista, algo a lo que me pueda entregar y por lo que vale la pena vivir”. También cabría pensar que el sentido de la vida es la relación que establezco con el futuro mediante la esperanza.

Y ya el siguiente paso es más grave: ¿Para qué queremos canciones si no tenemos nada que cantar?

  1. hacia ti morada santa: hacia la vida eterna:

         Todos los Santos es fiesta de gran esperanza, porque nos anuncia nuestro futuro, el futuro absoluto. Hacia Ti, morada santa, cantamos.

Creemos -fe- en la vida eterna, que no es lo mismo que una vida “indefinida”, sin fin. No es lo mismo vida “sin fin” que vida plena, definitiva. No es lo mismo amontonar años o tiempo que la vida plena de JesuCristo.

         Seguir viviendo para siempre -sin fin- parece más una condena que un don.

Decía San Ambrosio que la inmortalidad es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia. No debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación. (San Ambrosio).

En el fondo lo que deseamos es felicidad, libertad, paz, amor, serenidad, una vida bienaventurada, feliz. En el fondo queremos la felicidad.

El cielo no es un lugar sino un estado, una situación, personal y comunitaria. Una persona no es más feliz que cuando se siente querida: tal es el cielo. Posiblemente la vida eterna no está en el calendario, sino sentirnos queridos.

No sabemos más, vivimos en una docta ignorantia, una sabia ignorancia.

Confiamos en Cristo, nos fiamos de Él. Sé de quién me he fiado.

  1. Esperanza

         La esperanza tiene poca, más bien nula, presencia en grandes sectores de la sociedad, de la vida cultural, de la vida política, incluso de la vida eclesiástica.

El animal puede seguir caminando a oscuras, hacia el muro infranqueable o hacia el abismo. El hombre se resiste a caminar si no presiente uno puerta abierta al futuro» (Teilhard de Chardin).

Es sano vivir en la frontera: nada está cerrado ni tan siquiera por la muerte. Miremos la vida con esperanza y ojos de plenitud.

La esperanza es el keroseno que nos lanza siempre hacia adelante.

Esperemos en lo más hondo de nuestro ser y sembremos esperanza en la medida que podamos.

El cristianismo es una esperanza infinita en la misericordia de Dios.

Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, decía san Agustín.

“In spe erit fortitudo vestra»” (Is 30, 15). En la esperanza está vuestra fortaleza.

[1] Detrás del purgatorio y de las indulgencias –tal y como lo hemos vivido- se esconde una mentalidad un tanto mercantil. ¿perdón a plazos? ¿gracia por entregas? Salvación sí, pero me la pagas. Sin embargo Jesús dijo: Hoy, no mañana, hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Cristianisme i Justicia: Dios en tiempos líquidos (II).

miércoles, 30 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Cristianisme i Justicia: Dios en tiempos líquidos (II).

es215_01 LA POSMODERNIDAD EN BUSCA DE ¿NUEVAS? ESPIRITUALIDADES

La cristiandad, sin causar gran sensación ni darse cuenta ella misma, ha identificado la existencia cristiana con la existencia natural del burgués; subrepticiamente la praxis cristiana se ha transformado en praxis burguesa (J. B. Metz, Más allá de la religión burguesa, págs. 14 y 15).

La eterna tentación de la religión burguesa.

Existe un consenso bastante amplio en reconocer que nos encontramos en un cambio de época, en un tránsito de paradigma (de mentalidad, de marco con que nos abrimos a la realidad). Pero ¿qué define ese cambio?, ¿es tan novedoso como se proclama?, ¿cómo incide en la comprensión de aquellas realidades que consideramos sagradas?

Es innegable que se dan cambios históricos de mentalidades o maneras de ver. Hoy se habla, por ejemplo, de posmodernidad, con relación a la era moderna de hace algunos años. Se habla también, con llamativa acogida, de la era de la posverdad. Semejantes cambios se producen a veces como reacción contra las decepciones o insuficiencias de un paradigma anterior. Otras veces son masivamente sugeridos por los medios de comunicación para calificar de contrabando algo que sería injustificable si se le llamara por su verdadero nombre: recordemos que hace unos años asistimos a una proclamación repetida del «fin de la historia» que, en realidad, sugería una absolutización del neoliberalismo económico como conquista definitiva. Y hoy vamos descubriendo que la sorprendente aceptación de la era de la posverdad nos está llevando a una era de la mentira, donde la única verdad absoluta es el propio egoísmo identitario. Otras veces, sobre todo en el campo de la ciencia, descubrimientos y datos nuevos obligan a mirar el mundo de otra manera: después de Darwin, la creación sigue siendo una verdad de fe, pero no puede ser entendida como antes la entendían muchos. Tampoco es infrecuente que el nuevo paradigma no haga más que descubrir una vieja verdad, olvidada por la inevitable forma oscilante (y no rectilínea) con que se mueve la historia: en este sentido, J. B. Metz habló hace años de la necesidad de ir «más allá de la religión burguesa» porque el cristianismo (si aceptamos llamarle «religión») es en realidad una religión «mesiánica». Otras veces el cambio se produce insensiblemente y llega un día en el que nos encontramos con que ya casi nadie ve las cosas de un modo que había sido común años atrás. Por lo tanto, deviene necesario que todo paradigma nuevo no se afirme negando verdades anteriores, sino encontrando su modo de convivencia con ellas. Y que la nueva conciencia no niegue logros alcanzados, sino que los trascienda, pero integrándolos.

Espiritualidad a gusto del consumidor.

Esa misma posmodernidad en la que estamos, recibe hoy caracterizaciones casi contradictorias, que suscitan la sospecha de estar inconscientemente construidas «a gusto del consumidor». Unas veces la posmodernidad es rechazada como incapaz de toda espiritualidad y otras es la puerta de una nueva espiritualidad. Unas veces el paradigma posmoderno es el triunfo de ese individualismo absoluto que ha cuajado en un relativismo total, fruto de la «era de la postverdad»; mientras que otras veces es caracterizado como un relativismo relativo que debe llevarnos a la superación del individualismo. Todo eso es comprensible porque, en la historia, nada nuevo aparece como ya definitivo, sino siempre envuelto en errores e incompleciones que habrá que ir corrigiendo y perfeccionando. Unas veces la posmodernidad es rechazada como incapaz de toda espiritualidad y otras es la puerta. Y es que los paradigmas no son estáticos ni diáfanos, como unas gafas nuevas, sino dinámicos y borrosos como una primera intuición. Por eso, un paradigma pretendidamente nuevo será sospechoso si esconde datos hirientes de la realidad o prescinde de ellos. Pues bien, recordemos que, según muchos sociólogos, el mayor pecado de hoy no es la maldad, sino la indiferencia. Hemos dicho que, a veces, lo que llamamos novedades son solo «verdades olvidadas» que coexistieron sin problema con rasgos que hoy se consideran superados por el nuevo paradigma. Por ejemplo, como luego diremos, lo que hoy se llama superación del ego, o falsedad del ego, es mucho menos nuevo de lo que se pretende: estaba ya presente en el Sôma Pneumatikón paulino (1Cor 15-44) y, fuera del cristianismo, en místicos sufíes como Ibn Arabí o en el budismo…; es decir, en épocas de paradigma «premoderno». Es el paradigma burgués, antes evocado, el que ha oscurecido esta verdad tan vieja. Y aún otro ejemplo: es innegable que antaño existía una «mentalidad mítica»; pero en esa misma época mítica aparecen sorprendentes formulaciones que hoy servirían para lo mejor del paradigma posmoderno. Bonhoeffer, S. Weil o Etty Hillesum han sido profetas que anticiparon la percepción de la crisis actual y aportaron otros caminos de superación. Aclarado esto, nos parece innegable la nueva forma de conciencia llamada transpersonal o transegoica* que hoy se atisba, como lo mejor de la nueva espiritualidad: Teilhard de Chardin, por un lado, o la teología de la liberación, por otro, habían intuido algo de eso desde otras mentalidades. Por ahí trataremos de movernos nosotros, pero pensando que ese atisbo de lo transpersonal es una tarea más que una realidad ya poseída. El problema puede hallarse en ver hacia dónde nos lleva esa trascendencia o esa salida del yo: si hacia la inconsciencia o hacia la comunidad.

La llamada a la fraternidad: requerimiento de toda espiritualidad

Como todos los paradigmas son relativos, queda por ver hasta qué punto la presunta novedad de un paradigma exige el abandono de todas las intuiciones del paradigma anterior o más bien las completa. Este es un punto fundamental para hablar de Dios, de Jesús y de la salvación. La Biblia, por ejemplo, está escrita en un paradigma premoderno, sin duda. Si esto puede crear dificultades a la hora de leerla, está claro también que muchas veces la Biblia supera ese paradigma con aportaciones que aún están casi por estrenar: que Dios quiere la plenitud y la salvación de todos no es descubrimiento de hoy, aunque pueda haber sido una verdad olvidada o formulada de un modo que ya no es nuestro. También la oferta de Jesús de una cercanía confiada con Dios (llamándole Abbá) que implica la fraternidad con todos los humanos, ha sido dolorosamente una verdad semiolvidada en el cristianismo, que hoy es urgente recuperar en cualquier nuevo paradigma. Algo parecido podría decirse de algunas intuiciones de las otras religiones de la tierra. En este contexto, se ha dicho con acierto que la clave está en no confundir la verdad con nuestra interpretación de ella. Y que lo que entendemos por verdad y el modo como la entendemos dependen del nivel de conciencia en el que cada cual nos encontramos. Siendo esto cierto, tampoco podemos olvidar que cambiar las formas de expresar una verdad no puede ser lo mismo que cambiar esa verdad; y que sería un error identificar acríticamente ese nuevo nivel de conciencia colectiva con el propio modo individual de ver. Por algo recuerda el evangelio que todos tenemos buenos ojos para percibir la inconsciencia de los demás sobre sus propios presupuestos y a lo mejor somos ciegos sobre los nuestros («la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio»). Y sobre todo cuando se trata de Dios, ningún paradigma debe ser excluyente porque la verdad está solo en esa totalidad a la que nunca tenemos acceso, no en nuestra parcialidad ni en nuestras falsas totalizaciones, que son las que muchas veces provocan, como reacción, el relativismo. Cuando se trata de Dios, ningún paradigma debe ser excluyente porque la verdad está solo en esa totalidad a la que nunca tenemos acceso. Si es innegable que está cambiando el marco de comprensión, son también muchos los contenidos que se dan a ese cambio en todo lo que afecta a la visión del hombre y de Dios, a la salvación humana y, por tanto, al significado de Cristo. Pues en esos temas globalizadores es donde la historia evoluciona más dialécticamente, porque dialéctica es la realidad total: una época descubre un rasgo olvidado de la realidad sin pretender negar el rasgo que hasta entonces más se vivía. Pero, a la larga, ese rasgo que se daba por supuesto se va olvidando de tanto insistir en el nuevo rasgo descubierto. Creemos que eso puede describir nuestra hora actual. Los seres humanos estamos constituidos por «interioridad y trascendencia» (si no hacia Dios, al menos hacia fuera de nosotros). Hemos vivido una época de pretensiones

revolucionarias que, al no haberse conseguido (aunque algo hayan aportado), nos hacen caer ahora en la cuenta de que quizá estamos vacíos por dentro. Surge así otra época que busca desesperadamente llenar esa interioridad, al principio sin pretender negar la dimensión trascendente en que vivimos, pero a la larga, de tanto afirmar esa nueva dimensión olvidada, vamos olvidando el dato anterior, que ahora parece obstaculizar la afirmación simple (o simplista) de lo que acabamos de descubrir. La historia de la cristología resulta modélica a la hora de explicar este vaivén dialéctico, al tener que afirmar a la vez la plena humanidad y la plena divinidad de Jesús. A propósito de ella, Pascal enseñó que las herejías no eran tales por aquello que afirmaban, sino por afirmarlo de una manera que no deja espacio a la otra verdad.

Conciencia transegoica: más allá del ego

Hemos dicho que la palabra que mejor define lo mejor del nuevo nivel de conciencia podría ser esta: «transpersonal». No parece muy lejana de la propuesta antes citada de Metz de pasar «más allá de la religión burguesa». Pero sería más matizado hablar de una conciencia «transindividual» porque, como enseñaba E. Mounier, la persona no es simplemente el individuo solo, sino el individuo con los otros (de modo que el ‘trans’ ya parece incluido en lo personal). Pero, más que de una novedad total, se trata aquí de una verdad siempre nueva por siempre olvidada. Casi toda la enseñanza de Buda puede resumirse en esa afirmación de la mentira de nuestro ego. No parece pues que ese paradigma sea tan «nuevo» ni que exija abandonar totalmente y sin más otros paradigmas calificados como míticos y mentales. Seguimos necesitando los mitos porque «dan que pensar» (como decía P. Ricoeur de los símbolos); y lo mental podrá no ser la última dimensión de nuestra existencia, pero no puede ser abandonado si no queremos que lo transracional se nos convierta simplemente en irracional. Los nuevos paradigmas no debemos concebirlos como épocas históricas que pasan y son sustituidas por otras, sino más bien desde esa dialéctica hegeliana inscrita en nuestra realidad, de «tesis, antítesis y síntesis», por la que la conciencia humana parece moverse desde sus inicios. Más que abandonado, lo antiguo debe quedar integrado (y superado) en lo nuevo. Salir del ego no equivale a cerrar los ojos,  sino a abrirlos más  y mejor. Y en nuestros días, en los que se niega la condición de persona a tanta gente, esa propuesta transegoica no será auténtica a menos que se dirija a esas gentes infrapersonalizadas, en vez de apuntar a una especie de globalidad abstracta. De lo contrario, la afirmación de lo transpersonal iría a dar en lo «a-personal» y estaría así colaborando indirecta pero materialmente con la gran afirmación del ego que se da hoy en nuestra cultura y que es causa de la existencia de tantos condenados o excluidos de nuestra historia. Salir del ego no equivale a cerrar los ojos, sino a abrirlos más y mejor.

La mentira del ego y la verdad del yo

Esa conciencia transegoica y la consecuente mentira del ego pueden valer muy bien como formulación moderna del «pecado original»: este es el aferramiento a esa mentira de nuestro ego, de la que no queremos desprendernos. No parece pues necesario esgrimir esa «nueva conciencia» actual como una negación del pecado original, al que se presenta solo en su desastrosa versión agustiniana, demasiado fácil de desacreditar. Si pasamos del campo de la especulación mental al de la experiencia, veremos que creyentes y no creyentes han dado otras versiones del pecado original que aluden a nuestra incapacidad para ser buenos por nuestras propias fuerzas. Por poner un único ejemplo: «el pecado original es evidente», decía el agnóstico M. Horkheimer; para saber lo que es, «basta con mirarse al espejo», dijo un obispo español en Trento. Sin embargo, la verdad suele ser dialéctica y esto vale también para esa nueva conciencia de la mentira del ego. Imaginemos un posible chiste de El Roto: el dibujo muestra a un hombre que está siendo pisoteado, triturado y maltratado. Pasa por ahí un monje, se acerca a él y le dice: «no se preocupe, que su ego es una mentira; de modo que el dolor que siente es una ilusión». Ese ejemplo intenta mostrar que la realidad del sufrimiento desmiente en algún sentido esa supuesta mentira del ego. Se objetará que, de no darse esa mentira, no existiría hoy el sufrimiento. Quizás; pero el hecho es que el sufrimiento existe, ¡y en qué medida! Por tanto, el «pecado del mundo» ya está cometido y actuando, antes incluso de que nuestro ego comience a actuar. Sucede además que, por engañoso que sea, nuestro ego (o mejor dicho: nuestro yo) no es una falsedad total: como criatura e imagen de Dios tiene una validez permanente. Quedarse solo con uno de los dos polos de esa dialéctica (mentira del ego-verdad del yo) lleva a prescindir de la afirmación de un Dios personal, como propia de un paradigma caducado. Dios queda así sustituido por una abstracta y borrosa «totalidad del ser». De Dios hablaremos en el capítulo siguiente. Lo que ahora importa es dejar bien claro que el hombre maltratado y sufriente, y cualquier ser humano, tiene una dignidad que procede de su ser criatura e hijo de Dios y que le constituye en sujeto de derechos. Esto no debe ser negado por más que se afirme la mentira de nuestro ego. Parece pues más exacto reconocer el valor de nuestra propia entidad, pero como un valor «recibido», de modo que en la negación de esta gratuidad y en su pretensión de absolutizarnos («seréis como Dios») es donde radica la mentira de nuestro ego. Los Upanishads indios, tan cercanos a esa afirmación de la mentira del yo, hablan también de que podemos vivir «considerando el propio ego como una astilla que sirve para encender el fuego sagrado». Mentira y astilla del fuego divino; eso somos los humanos. Y eso puede reformularse también, a partir de nuestra experiencia de ser sujetos que es la que más lleva a ese engaño del ego. Es verdad que soy (o tengo algo de) sujeto, pero no soy un sujeto único. Ahí reside la contradicción y la falsedad humanas: creernos únicos. ¿Por qué? Pues porque la subjetividad tiende a objetivarlo todo constituyéndose en única; dado que no podemos experimentar las sensaciones de los otros como experimentamos las nuestras, solo podemos –¡y debemos!– creer, y aceptar, que son como las nuestras. Podemos, pues, afirmar lo siguiente: soy sujeto pero no único; y en el sentirme y comportarme como único radica la mentira radical de mi ego. En este sentido, la necesidad de salvación la plantea ya la multiplicidad de sujetos (presuntamente únicos). Solo la atencion a los demás sufrientes y víctimas, facilita el olvido del ego. Esa contradicción que nos constituye5 permite comprender tanto lo que llamamos pecado original (me creo único queriendo «ser como Dios», Gn 3,28), como la falsa resignación conservadora, que olvida que tenemos una dignidad que nos impide resignarnos. El Vaticano II fue muy preciso al definir la salvación del hombre, no como mero reconocimiento de la mentira de su ego, sino como comunión (LG 1). Y los once primeros capítulos del Génesis describen la entrada del mal en la historia humana como ruptura de la comunión en sus diversas formas: comenzando por la ruptura de la fraternidad (Caín y Abel) y acabando con la ruptura entre los seres humanos (Torre de Babel). Otra vez reencontramos aquí la conciencia transpersonal, pero más como verdad olvidada que como descubrimiento nuevo.

Somos seres divididos

Esa contradicción que acabamos de describir es la que nos constituye como «seres divididos», ya antes de todos los engaños sobre nuestro ego. Hoy se habla más bien de la no dualidad. Pero si esa no dualidad no sabe convivir con nuestra condición de seres divididos, se convierte en el algo tan mítico como el dualismo, por más que pretenda ser expresión de un nuevo paradigma. Lo que el ser humano necesita recuperar hoy es el sentido de la gratuidad, mucho más que el de la no dualidad; porque esa negación de la gratuidad pervierte el progreso humano, sin que valga decir que el miedo al progreso es como una resistencia a los cambios de paradigma. Eso solo sería válido en un mundo ideal como el de un cuento de hadas, pero no para un progreso que ha creado armas nucleares y ha provocado el cambio climático6…

Conclusión No cabe negar que la superación del ego es el camino de la espiritualidad, pero con eso no está dicho todo porque queda la pregunta de hacia dónde o hacia qué o hacia quién se dirige esa salida de sí. El corazón humano es tan sutil que podría quedar fijado en el propio ego, precisamente afirmando su mentira. Por eso creemos que lo que importa es más bien el olvido del ego. Y solo una atención a los demás –a sufrientes y víctimas-sobre todo, facilita ese olvido.

(Continuará)

 

Fuente Cristianisme i Justicia s.j.

Espiritualidad , , , ,

“¿Quién soy yo para juzgar?”. 30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en “¿Quién soy yo para juzgar?”. 30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

30-TO-CLa parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: «Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo».

Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de «algunos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás». Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.

La oración del fariseo nos revela su actitud interior: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás». ¿Qué clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: «¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador». Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.

La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.

Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?

En cierta ocasión, ante la pregunta de un periodista, el papa Francisco hizo esta afirmación: «¿Quién soy yo para juzgar a un gay?». Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.

José Antonio Pagola

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

“El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no”. Domingo 27 de octubre de 2019. 30º Ordinario

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en “El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no”. Domingo 27 de octubre de 2019. 30º Ordinario

55-ordinarioc30-cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.
Salmo responsorial: 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
2Timoteo 4, 6-8. 16-18: Ahora me aguarda la corona merecida.
Lucas 18, 9-14. El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo: el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas. Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

27.10. 2019. Dom 30, ciclo C. Lucas 18, 9-14. Fariseo y publicano, dos tipos religiosos

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en 27.10. 2019. Dom 30, ciclo C. Lucas 18, 9-14. Fariseo y publicano, dos tipos religiosos

72683043_2456192371136288_1782374323617529856_nDel blog de Xabier Pikaza:

Identidad e historia de los fariseos

26.10.2019

No se puede identificar a los fariseos con los judíos ni a los cristianos con los publicanos… Ambas formas de religión se han dado entre judíos y cristianos, y desde ese fondo ha de entenderse el evangelio de este domingo, que comentaré en dos partes: (a) Comento el texto de Lucas 18, 9-14. (b) Ofrezco una breve historia de  los fariseos.

INTRODUCCIÓN. HUMILDAD Y VERDAD

La tradición cristiana identifica la humildad con la verdad, desde San Agustín hasta Santa Teresa.  No se trata de humillarse de forma masoquista y penitencial,  sino de ser lo que  uno es, y de serlo en verdad, reconociéndolo ante Dios (es decir, ante sí mismo, ante los otros), viviendo de esa forma, en consecuencia.

El publicano del evangelio  acepta lo que se, se reconoce en Dios, puede vivir en verdad, en sí mismo, ante los otros. Por el contrario, el fariseo, profesional de la oración, se eleva en este caso como un mentiroso: Miente ante Dios, se miente a sí mismo, y desprecia a los que él piensa que no son de su altura.

En esa línea podemos decir que ha habido infinidad de buenos «publicanos» entre los judíos,  y millones de cristianos fariseos, como muestran las imágenes de Teresa publicana y la de un rabino fariseo de la línea de los buenos publicanos

Lucas 18, 9-14 

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

COMENTARIO DEL TEXTO

dom-ord-22-c-21-638El fariseo. ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás.

El mundo se dividía en dos mitades: en una estaba él y Dios (¡que en el fondo eran lo mismo, él era Dios!); en la otra mitad están (estamos) todos los demás. Las cosas funcionan razonablemente bien, muy bien, y este fariseo se lo venía a decir a Dios, esto es, a sí mismo, en un gesto solemne de auto-glorificación, ante los ojos de todos, que nos habíamos apartado para dejarle sitio en el centro y le miraban, con miedo, recelo y envidia desde la esquinas de la columnata.

Gracias te doy, porque no soy como esos otros): ladrones, injustos, adúlteros.

 Sin duda, este fariseo cumple la ley con sus mandamientos (como el buen rico del texto que sigue: Lc 18, 18-31). Pero, como sabe Pablo, una ley bien cumplida, de forma legalista, lleva a la muerte, pues termina dividiendo a los hombres entre cumplidores y no cumplidores, entre limpios y manchados (expulsando de su centro a los que no son importantes).

Los “cumplidores” pueden utilizar la ley para triunfar, imponiéndose sobre los demás, sin misericordia. Entre ellos se encuentra este fariseo, que ha venido a decirle a Dios que ha triunfado, y a darle gracias por ello.

  Buena es la ley, seguiría diciendo Jesús, pero entendida como la entiende este fariseo es un arma terrible, al servicio de la propia seguridad y del desprecio de los otros.

Ésta puede ser la ley de un tipo de políticos que buscan su propia justificación a costa de los otros…, a los que echan la culpa de todo.

Ésta es la ley del “buen capitalismo” que piensa que tiene razón en lo que hace (¡y hasta paga los impuestos, con justicia “religiosa”, y financia procesiones y manifestaciones de triunfo religioso!), pero condena a la pobreza a millones de personas…

Es la ley de los jerarcas del templo que administran con buena conciencia su dinero y su memoria histórica, para condenar a los otros (¡ladrones, injustos, adúlteros…!). Entre ellos se encuentra este buen fariseo que no adultera con mujeres de otros (¡cumple la ley!), pero quizá no ama con ternura e igualdad a la suya (ni a ninguna), y que quizá “se divierte” con mujeres libres o prostitutas (¡que eso no es adulterio!), sin importarles lo que sienten, lo que piensa.

Ni como ese publicano.

La visión del publicano le confirma en la justicia y el valor de la suya. La visión del publicano le permite vivir más tranquilo, ser quien es y portarse como se porta… porque hay en el mundo publicanos y prostitutas a quieren utilizar sin remordimientos, porque son malos y se merecen lo que tienen (es decir, lo que no tienen).

 Este fariseo necesita que haya publicanos, para que cobren sus impuestos y realicen sus negocios sucios, necesita (probablemente) de la prostituta (por lo menos para sus desahogos morales: para sentirse bien). En el fondo, él mismo está diciendo (sin darse cuenta de ello) que su “justicia” está montada sobre la injusticia de los otros, una injusticia que él mismo está propiciando, dentro de un sistema religioso avalado por el templo (un templo al servicio de los fariseos).

Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

 Antes se había detenido en los mandamientos de la ley de Dios (no robar, no cometer injusticias legales, no adulterar). Ahora se fija en los mandamientos de la iglesia: ayunar, pagar el diezmo… En un sentido, es un hombre ascético (ayuna), pero el ayuno puede haberse convertido en un medio de autocontrol y de autoseguridad para dominar mejor a los demás…

Es un hombre de diezmo: contribuye al mantenimiento de “su iglesia”… y se limita a dar una pequeña limosna a los pobres, para que sigan estando ahí, como ejemplo de lo que no se debe ser, de lo que no se debe hacer. Posiblemente es un rico que paga buenos diezmos, es decir, que ofrece mucho dinero para obras sociales al servicio del sistema (no de los pobres); es el rico que mantiene la injusticia de fondo de fondo de la sociedad, dando incluso muchísimo dinero en caridades al servicio del propio orgullo, publicadas en la televisión de turno, magnificadas por los voceros y clientes. Da para sentirse bien, da para que se mantenga y consolide su sistema

El publicano se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo.

 No, no podía mirar ni a la puerta del Sagrario. No miraba y, sin embargo, estaba mirando… No levantaba los ojos y, sin embargo, comprendía…Sabía que Dios es distinto y se ponía ante los ojos y las manos de ese Dios. Me costaba verle en el espejo, porque se escondía detrás de la columna, pero estaba seguro de era muy flaco, enfermizo, pero con ojos de amor. Me hubiera gustado jugar con él, pero no podía acercarme más allá del espejo… y así le seguí mirando.

Sólo se golpeaba el pecho, diciendo

Quería despertar su corazón su corazón “a golpes”, como se hace con alguien que parece muerto, que ha tenido una parada cardiaca y vemos que el médico sacude con fuerza su pecho para que el corazón pueda latir de nuevo… Nunca he comprendido demasiado estos golpes de pecho (y así tiendo a sospechar que son falsos), pero el evangelio nos decía que los golpes de estos publicanos eran verdaderos y sinceros. Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

“La justicia parcial de Dios”. Domingo 30 Ciclo C

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en “La justicia parcial de Dios”. Domingo 30 Ciclo C

indiceDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico 35,12-14.16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira, viajero incansable en busca de la sabiduría, pero también gran conocedor de las tradiciones de Israel. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad.

Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas (Lc 18, 9-14) ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico.

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

‒ Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.» Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos,
si he perjudicado a mi amigo o despojado al que me ataca sin razón,
que el enemigo me persiga y me alcance,
me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no.

¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, que debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Domingo XXX. 27 de Octubre 2019

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Domingo XXX. 27 de Octubre 2019

2265979F-56C9-4622-9D10-AA2600F9C914

El fariseo, erguido, hacía interiormente esta oración: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto…”

(Lc 18, 9-14)

¡Qué fácil es creerse buena!…o por lo menor mejor que otras personas. Como si los defectos ajenos nos dieran permiso o justificaran nuestras “pequeñas” faltas. Y es que nuestras faltas siempre son pequeñas en ‘comparación’ con las de otras personas. A fin de cuentas, yo no he matado nunca a nadie ni robo millones de euros como todos esos corruptos que pueblan los telediarios…

En el fondo, en el fondo, nuestro discurso es el mismo que el del fariseo. Y a Dios no le gusta. Nunca le ha gustado que “echemos balones fuera” que es lo que hicieron Adán y Eva cuando los sorprendió comiendo el fruto prohibido.

Cuando nos acercamos a Dios se nos caen las caretas y no nos valen de nada las excusas. Quiere que nos presentemos como somos y como estamos. Nos quiere a nosotras no a esa imagen impoluta que nos vamos construyendo.

Nos quiere libres y auténticas, tal cual nos ha creado. No le asusta nuestra debilidad, lo que le duele es que queramos ocultársela. Su perdón es infinito pero no hará nada sin nuestra libertad.

Por eso, cuando nos presentamos llenas de justificaciones, culpando a las demás, queriendo parecer lo que no somos, Él no puede transformarnos, no puede curarnos.

Pero si le mostramos nuestras heridas, el daño que hemos hecho, nuestras torpezas y desatinos, entonces sí. Con todos esos pedazos, aparentemente inútiles, Él puede recrearnos. Y lo hará. Pero necesita esos pedazos.

Necesita que nos dejemos mover por la humildad que Él ha puesto como semilla en cada una de nosotras.

Oración

Haz, Trinidad Santa, crecer esa semilla de humildad que nos has regalado.

Para que nos acerquemos a ti sin alejarnos de nuestras hermanas

(¡y sin alejarlas a ellas de ti!). Amén

 

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Dios no tiene que justificarme ni condenarme.

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Dios no tiene que justificarme ni condenarme.

255695200_1a2a9e4439Lc 18,9-14

Por fin un día lo tenemos fácil. Hoy cualquiera podía hacer la homilía. Se entiende todo y a la primera, a pesar de que la elección de los personajes no es inocente, ni en este caso ni en la parábola del buen samaritano. En el primer caso, la alusión a un sacerdote y un levita nos advierte de una tensión entre las primeras comunidades y la jerarquía del templo. En la parábola que hoy leemos, se advierte la animadversión de los cristianos contra los fariseos, sobre todo después de la destrucción del templo cuando, al desaparecer el sacerdocio, se alzaron con el santo y la limosna y emprendieron una persecución sin cuartel contra los cristianos.

Esa postura no es exclusiva de los fariseos, ni mucho menos. Lucas, en la introducción a la parábola, lo deja muy claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. El caso es que un hombre se siente excelente y falla en su apreciación. Otro se siente pecador y también falla al considerar que Dios está lejos de él, por ello. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Es una profunda lección la que debemos aprender de este relato. El mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase que Mateo pone en boca de Jesús: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los fariseos, los estrictamente cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios no está alejado de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios se debe a su amor incondicional y a pesar de sus fallos. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado a pulso. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica para con Dios. Si nos atreviésemos a pensar, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí viene de Él, que desde lo hondo de mi ser lo posibilita.

Dios no me quiere porque soy bueno. Dios me quiere porque Él es amor. Si parto del razonamiento farisaico (y con frecuencia lo hacemos) resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión ancestral que los seres humanos tenían de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente, que exige nuestro vasallaje para estar de nuestra parte. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando lo que soy antes de empezar a existir, es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, haciéndole presente en mi vida. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle con toda el alma que siga amándome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a sacar una consecuencia simple. No tengo que ser bueno para que Dios esté de mi parte. Porque Él me quiere y no me falla como yo hago con Él, voy a intentar ser agradecido fallándole menos y tratar de imitarle.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor religioso. Es verdad que es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud de humanidad. Ser más humano me hace a la vez, más divino. Hemos interiorizado que debíamos actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de las más elementales normas de humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El domingo pasado hablábamos de la oración. Hoy nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. Ojo al dato. Porque la mayoría de las veces estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

He tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: Dios es amor, pero es también justicia. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo escrupulosamente su santa voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos abandonar la idea de una religión aceptada como programación, que me viene de fuera. El hecho de que el programador sea el mismo Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Ningún hecho u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, que está más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de otros seres humanos que lo han descubierto antes que yo, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento, que a veces nos invade, es consecuencia de un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que eres, pero todas las posibilidades de alcanzar esa plenitud siguen intactas. Piensa en esto: las limitaciones que descubres cada día, y que tanto nos hacen sufrir, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo. Alguien único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. Se habla mucho últimamente de la autoestima. Es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener y que son secundarias. Esa pretensión de desplegar la autoestima en las cualidades adquiridas, o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí es la clave para una total seguridad en lo que soy. Soy mucho más de lo que creo ser. A pesar de mí, mi valor es infinito.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
Lo humano que hay en ti, tienes que desplegarlo.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Fariseos y recaudadores.

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Fariseos y recaudadores.

lc-18-9-14-ptYour task is not to seek for love, but merely to seek and find all the barriers within yourself that you have built against it (Buda y Rumi)

27 de mayo. DOMINGO 30 DEL TO

Lc 18, 9-14

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador

Parábola dirigida a los que se tienen por justos y desprecian a los demás; los que se creen buenos porque son cumplidores de la ley, y por los que entienden que tienen todo derecho a pasar por el banco del templo a presentar en su oración una especie de reembolso por dicho cumplimiento de la ley.

Jesús desenmascara esta egocéntrica actitud de los fariseos, declarando abiertamente que los en realidad justificados, son los que se sienten absolutamente indigentes, y necesitados de la compasión y del amor.

El término Namasté, procede del sánscrito, y es un saludo indio que nos conecta con nuestro cargándonos de energía siempre que la necesitamos. En el saludo nos deseamos y deseamos al otro aquello de “La chispa divina que hay en mí reconoce la chispa divina que hay en ti”, y por eso el publicano sale justificado del templo y el fariseo no.

Yo he visto algo semejante en África. Cuando dos personas se cruzan en un camino, uno de ellos dice Sawona: Yo te respeto, yo te valoro, eres importante para mí”.  A lo que el otro responde “Shikoba: “Entonces, yo existo para ti”.

El término Shalom en el idioma hebreo, es una forma de saludo o despedida entre los judíos que significa también algo parecido: paz, bienestar transmitiendo un deseo de salud, armonía, paz, interior, calma y tranquilidad para aquel o aquellos a quien está dirigido el saludo.

En esta dimensión estaban los místicos Gautama Buda (siglo V a,C.) y Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī (1207-1273): “Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has construido contra él”.

El campo emergente de la investigación sobre temas de la compasión y la autocompasión, está demostrando que ser amable con uno mismo y con los demás es una de las mejores cosas que se pueden hacer por la salud.

“Cuando se practican, se reduce el cortisol, la hormona del estrés, eliminando dicho estado”, dice Deborah Serani (1961), doctora en psicología y profesora en la Universidad de Adelphi (USA), autora galardonada de Living with Depression, añadiendo que “cuanto más nos quedamos con pensamientos positivos, más oleadas de dopamina inundan nuestro cuerpo con hormonas para sentirnos bien”.

Así, sin duda, el cobrador de impuestos salió de la oración feliz, y el fariseo amargado, y amargando a los demás la vida.

Para mí la opción es clara: ¡ publicano !

DONDE HAY AMOR SOBRAN LAS NORMAS

La mística de arriba y la de abajo
lo ha mantenido siempre en su Programa.
San Agustín lo reafirmó en latín.
Nos lo legó Jesús con su Palabra:
-“No fue hecho el hombre para el sábado”. 

Y corrigiéndole la plana
a Jesús, Agustín, al mundo entero,
al sentido común, a la Palabra…,
a ultranza lo negó la Santa Iglesia
que desde entonces se quedó en Beata.

Comentaron el hecho los poetas,
lo cantaron los bardos en las plazas.
Así sonaban sus místicos versos:
-“Donde hay fe hay amor,
donde hay amor hay paz,
donde hay paz está Dios
y donde Dios está no falta nada”.

Dios tiene tantos corazones
como criaturas hay en la existencia.

Eres billete necesario,
-Amor humano libre de cadenas-
para el Amor divino.
Hay que llevarte siempre en la cartera.

Cuando llegue el momento de embarcar
y partir ya para la orilla eterna,
no quiero quedarme encadenado
en tierra.

Vicente Martínez
(Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

Fuente Fe adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Los justificados y los que se justifican

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Los justificados y los que se justifican

fariseoypublicanoLc 18, 9-14

Nadie quiere identificarse con el fariseo. Queda mal reconocer que uno ha pensado más de una vez que es mejor que los demás, que el orgullo le ha hecho esbozar una sonrisa de satisfacción al sentirse superior al resto, o aún peor, que ha dado gracias por ello en lo más recóndito de su corazón. “Yo habría discernido mejor la situación”, “no sé cómo han elegido a esta persona que lo hace tan mal”, “si me dejaran a mí ya verían cómo reorganizaba esto enseguida”, “porque no me han dado esa responsabilidad que si no…”, “fíjate ése qué mal camino lleva”… Innumerables razonamientos con los que excusamos nuestra envidia y falta de misericordia hacia otros con tal de salir reforzados nosotros. “Qué majo soy, qué solidario, qué buena gente”. Nos gusta salir ganando en las comparaciones y que la victoria se vea. Rebajar los dones de los demás, para dar más espacio a los nuestros.

Pensamos ingenuamente que la oración del publicano no es tan difícil. Que basta con sentarse en los bancos de atrás y mirar al suelo para desembarazarnos de ese “lado oscuro” de nuestra personalidad que nos hace caminar un palmo por encima del suelo. ¡Qué poco nos cuesta engañarnos!

Una de las prácticas más comunes y universales del ser humano es la justificación. Argumentar lo que sea con tal de no reconocer nuestra parte más miserable y nuestra enorme fragilidad. Discursos y más discursos para auto-convencernos y convencer de lo estupendos que somos. Tanto esfuerzo para nada. Imposible tapar la verdad tan sencilla como evidente de lo que uno es: un pobre pecador.

No. La oración del publicano no es nada fácil.

Con dos personajes –un fariseo y un publicano– y una elocuente imagen en la que se ve la actitud de cada uno en la oración, Jesús consigue ponernos ante el espejo de nuestra alma; y nos anima a meditar sobre la estupidez de la prepotencia y el buen juicio de la humildad:

– Que no se trata de negar los dones que tenemos, sino de reconocer que no son de nuestra propiedad. A ver, ¿qué te hace ser tan importante? ¿qué tienes que no hayas recibido? (1Co 4,7). El error del fariseo está en no reconocerse como tal; en presentarse ante Dios como dueño y señor de sus logros.

– Que la verdadera humildad nos anima a reconocer con sencillez, simplicidad y transparencia lo que somos. El acierto del publicano es reconocer que creía que merecía algo cuando en realidad no merece nada; presentarse ante Dios como un pecador que solo puede agradecer lo que otros le dan.

Cada uno de los personajes se retrata a sí mismo en su modo de orar. Porque ante Dios se ve con mayor claridad lo absurdo de creerse alguien, y la humanidad de la humildad.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Sombra, orgullo neurótico y verdad.

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Sombra, orgullo neurótico y verdad.

fariseo-y-publicano Domingo XXX del Tiempo Ordinario

27 octubre 2019

Lc 18, 9-14

He aquí una joya de sabiduría psicológica y espiritual. Y para evitar el juicio apresurado, será bueno ver que los dos personajes de la parábola representan dos actitudes que seguramente habitan en cualquiera de nosotros.

El “fariseo” simboliza el ego que vive de la comparación, el juicio y la descalificación. La comparación permite afirmarse, separándose, frente a los otros; el juicio es inevitable en el estado mental, ya que pensar equivale a juzgar, es decir, a colocar “etiquetas” a todo y a todos; la descalificación del otro supone afirmar la propia “superioridad” moral o personal.

La imagen del “publicano”, por su parte, alude a la consciencia de nuestra propia vulnerabilidad, con su carga de debilidad, error, mentira e incluso maldad: lo que, genéricamente, se ha entendido como “pecado”.

El primero vive instalado en el orgullo neurótico y, desde él, condena en el otro todo aquello que en sí mismo ni acepta ni quiere ver. En ese sentido, vive en la mentira, porque es incapaz de reconocer y aceptar su propia sombra. Y, al no verla, se ve forzado a proyectarla en el otro, sin advertir que, con toda probabilidad, aquello que condena es lo que, en su inconsciente –eso es la sombra–, desearía vivir. De modo que, mientras está presumiendo de no ser “como los demás: ladrones, injustos, adúlteros” –“dime de qué presumes y te diré de qué careces”–, sin que él lo advierta, su inconsciente está susurrando: “no soy como los demás…, pero me encantaría serlo”. ¿Resultado? Es un hombre no reconciliado consigo mismo –no “justificado”, en el lenguaje de la parábola-.

A diferencia de quien se refugia en su imagen idealizada, el segundo reconoce sencillamente su verdad y se acepta con ella. No hay comparación, ni juicio ni descalificación de otros. Hay aceptación de la propia verdad, sin maquillarla –eso es humildad–, que produce un resultado diametralmente opuesto al anterior: termina “justificado”, es decir, unificado y pacificado.

¿Cómo puedo reconocer en mí el orgullo neurótico y la sombra inconsciente? Por sus síntomas en mi vida cotidiana: la comparación con los otros, el juicio y la descalificación, la crispación que experimento ante determinadas personas, actitudes, comportamientos… Evidentemente no todo aquello de lo que discrepo constituye una sombra mía, pero lo que me crispa de los otros me está señalando algo negado en mí.

¿Vivo reconciliado/a con toda mi verdad?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

EL publicano, Zaqueo, el hijo pródigo, el buen samaritano, la mujer adúltera, el buen ladrón, el pobre Lázaro, Dios Padre y Jesús “son colegas”.

domingo, 27 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en EL publicano, Zaqueo, el hijo pródigo, el buen samaritano, la mujer adúltera, el buen ladrón, el pobre Lázaro, Dios Padre y Jesús “son colegas”.

FD2BC575-6A8A-4C1D-BE79-DD2A1790F750Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

 San Lucas y las dos personas / personajes.

Es curioso cómo el evangelista san Lucas presenta frecuentemente la vida a dos tiempos: dos personas, dos actitudes:

Ya desde Juan Bautista y Jesús

Marta y María, (Lc 10,38-42)

El hermano mayor y el hermano menor, (Lc 15)

El juez injusto y la viuda (Lc 18,1-8)

El rico epulón y Lázaro (Lc 16)

El sacerdote (levita) y el buen samaritano, (Lc 10)

El fariseo y el publicano (Lc 18,9-14)

Los dos de Emaús, (Lc 24)

Es un esquema, un modo de hablar de la vida. Todos tenemos en determinados momentos y etapas de la vida algo de hermano mayor y menor. También somos, al mismo tiempo: fariseos y publicanos.

Acentos distintos.

No es que dos hombres -dos- subieran al templo a orar. Más bien son dos estilos, dos personajes o polos que subrayan aspectos diferentes de la vida, son modos diversos de estar en la vida. El hermano mayor y el menor, el fariseo y el publicano, el sacerdote y el buen samaritano, etc. Los hombres prepotentes son hombres rectos y correctos, lo cumplen todo, buscan la seguridad de una “hoja de servicios” “impoluta, perfecta”. Los “otros”: el hijo pródigo, el publicano, el buen samaritano, etc. son unos desgraciados que se sienten débiles y confían.

El fariseo en pie, se siente seguro de sí mismo, de su ser religioso de vida, de sus prácticas y ayunos, del cumplimiento de las leyes.

El publicano, que no se atrevía ni a levantar la mirada, se siente lejos pero con nostalgia de Dios; y, al no poder confiar en sí mismo, invoca compasión y perdón.

Estas actitudes se dan también en nosotros tanto personal como eclesiásticamente. Hay etapas en la vida en las que militamos en una actitud y otras circunstancias, en otra. ¿No hay un poco de todo en nuestra vida?

hace daño despreciar a los demás, especialmente a los más débiles.

El publicano de la parábola de hoy es un personaje muy humano por su debilidad, por su miseria y humildad.

En nuestro mundo cultural usamos una afirmación que creo tiene mucho de farisaica: “la autoestima”: lo que yo valgo, mis cualidades, “apreciarme”, lo que hago en la vida, etc. Todo está lleno de “uno mismo”, centrado en el propio yo y no deja lugar para los demás ni para Dios. Orgullo y desprecio van siempre juntos. El orgullo nos “parapeta” frente a Dios: yo ya lo he cumplido todo. El desprecio nos aleja de los débiles.

Cuando veo mi propia miseria “publicana”, ¿cómo puedo mirar a los demás “farisaica” y orgullosamente? ¿Quién soy yo para acusar, condenar a nadie cuando harto tengo conmigo mismo? ¿Qué sé yo de los recorridos, circunstancias y problemas de los demás para coger y tirar la primera piedra?

Por otra parte, ante Dios todos los seres humanos somos iguales.

No hay nadie des – graciado. Todos somos queridos -gracia- por Dios. Nadie queda fuera de la gracia de Dios. Él nos creó por medio de nuestros padres, Él nos llama a todos por igual, porque nos ama.

Qué triste y cuánto daño hacemos y nos hacemos con la prepotencia, el orgullo, el racismo, el poder. Todo muy farisaico, religiosamente farisaico.

El fariseo, el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo desprecian profundamente a los demás: ese hijo tuyo… en cambio yo no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano.

Causa mucha pena y tristeza cuando nos sale la veta farisea, y despreciamos o nos creemos superiores a otros, especialmente cuando humillamos al débil, al pobre, a la viuda, al extranjero, al de otras etnias, al que consideramos moralmente un desastre: al pecador, etc. Y es más triste todavía cuando toda esta parafernalia religioso-farisaica se da en los eclesiásticos y en la Iglesia.

desde la cercanía de dios.

El campo de visión de Dios es infinitamente amplio y sano. “Dios nos ve cerca, nos quiere acercanos a él” y nos dice:

¿No sabes que te conozco desde antes de nacer (Salmo 138) y, sobre todo, te amo. Cuando estabas lejos, como el hijo menor, te vi y te miré profundamente conmovido (Lc 15,10).

No me importan los ayunos, ni los diezmos, ni los despistes sexuales, ni las veces que no has ido al Templo (¿a Misa?), me importas tú.

Allá en el horizonte infinito, aunque te parezca lejos, estoy y estoy contigo en la profundidad de tu vida.

No te sientas des – graciado, porque mi gracia está en ti. Estás justificado, perdonado, no estás lejos, estás en casa.

BF4F0B9A-9FD6-4A18-8025-7E355207DE95Oración del publicano desde la distancia.

Tal vez nos haga bien sentirnos publicanos y orar en nuestro interior como el publicano que se mantenía humildemente a distancia:

Señor, estoy desviado, demasiado lejos de lo que Tú soñaste de mí,

de las ilusiones que habías puesto en mí

Me encuentro distante como el publicano.

mi mundo está separado de Ti y de mis hermanos.

Como el hijo menor, me encuentro lejos de tu casa (Lc 15,20),

como tus discípulos, lejos de la cruz, (Lc 23,49).

Lejanías y distancias “de mis adentros”, “lejos de mí mismo”,

destierros familiares, distanciamientos eclesiales y sociales…

Como el publicano no me atrevo a levantar la mirada.

Como el publicano, solamente me atrevo a decirte:

¡Ten compasión de mí!

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

Hasta mañana…

sábado, 26 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en Hasta mañana…

AAAABcur-Fu2AUlSolM8jh4Pg7aWDhBW3xoQIeY0zM75mM0PfAEBqmMzeTMVgl9LxycBXxlmuNB9Y_D2z0nDRsQUgW6vaKMIOhAKU1s1Me pasó infinidad de veces. Me iba a la cama, sin decir el “adiós” y mis padres me hacían volver a la cocina y repetir “hasta mañana si Dios quiere. Hay muchas personas que repiten ese estribillosi Dios quiere como una afirmación de fe.

Yo voy descubriendo otra cosa: vivo, hago, voy, vengo porque Dios me acompaña siempre. Ha dejado y ha hecho la naturaleza libre. Él nos sostiene pero no controla nuestra existencia. El vivir o morir depende de la naturaleza. No me imagino a un Dios señalando a quienes tienen que morir o vivir ese día. No entiendo esa expresión “si Dios quiere o Dios mediante”. Sería como poner a Dios autor de la vida y de la muerte a capricho.

Me parece estupendo el que dé gracias a Dios en todo momento, pase lo que pase. Viviendo la presencia de Dios en todo, como fundamento de mi vida. No puedo bendecir en lo bueno y maldecir en lo malo. Dios me impregna, me llena, me inunda, siempre.

En todo momento Dios es nuestro aliento, que mantiene nuestros ser. Y Él está siempre con nosotros y en nosotros.

Por eso me parece mejor el vivir su presencia y dar gracias porque siempre está en nosotros.

¿Cómo entender echar el agua bendita sobre los campos, un coche, una casa? Cómo intentar “bendecir” lo que ye está lleno de bendiciones, porque está lleno de Dios. Otra cosa es lo que a mí me agrada más o menos.

Imaginamos el mundo como como algo sin Dios y le pedimos que venga sobre una realidad ¿Cuándo vamos a dejar de bendecir las cosas porque pensamos que así son sagradas?

Descubrimos que no hay cosas naturales y otras sobrenaturales. Todas son divinas, impregnadas de Dios, como la esponja llena de agua. ¡Cuánta agua bendita y cuánto hisopo y qué poca acción de gracias! En el bien y en el mal, experimentamos el Amor de Dios que nos acompaña.

Fenomenal el acordarnos de Dios pero no hace falta para que Él nos tenga presente. Lo podemos hacer dando gracias y siendo conscientes de que en Él vivimos, nos movemos y existimos y de vez en cuando ser conscientes de ello con un pensamiento o un signo positivo.

Tampoco es necesario poner imágenes que ya la Palabra nos lo prohíbe, pero signos externos pueden ser un canto, un “gracias”.

Bueno, ¡hasta siempre!, porque Él está siempre. Una acción expresa de acción de gracias.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , ,

Recordatorio

Cristianos Gays es un blog sin fines comerciales ni empresariales. Todos los contenidos tienen la finalidad de compartir, noticias, reflexiones y experiencias respecto a diversos temas que busquen la unión de Espiritualidad y Orientación o identidad sexual. Los administradores no se hacen responsables de las conclusiones extraídas personalmente por los usuarios a partir de los textos incluidos en cada una de las entradas de este blog.

Las imágenes, fotografías y artículos presentadas en este blog son propiedad de sus respectivos autores o titulares de derechos de autor y se reproducen solamente para efectos informativos, ilustrativos y sin fines de lucro. Por supuesto, a petición de los autores, se eliminará el contenido en cuestión inmediatamente o se añadirá un enlace. Este sitio no tiene fines comerciales ni empresariales, es gratuito y no genera ingresos de ningún tipo.

El propietario del blog no garantiza la solidez y la fiabilidad de su contenido. Este blog es un espacio de información y encuentro. La información puede contener errores e imprecisiones.

Los comentarios del blog estarán sujetos a moderación y aparecerán publicados una vez que los responsables del blog los haya aprobado, reservándose el derecho de suprimirlos en caso de incluir contenidos difamatorios, que contengan insultos, que se consideren racistas o discriminatorios, que resulten obscenos u ofensivos, en particular comentarios que puedan vulnerar derechos fundamentales y libertades públicas o que atenten contra el derecho al honor. Asimismo, se suprimirá aquellos comentarios que contengan “spam” o publicidad, así como cualquier comentario que no guarde relación con el tema de la entrada publicada. no se hace responsable de los contenidos, enlaces, comentarios, expresiones y opiniones vertidas por los usuarios del blog y publicados en el mismo, ni garantiza la veracidad de los mismos. El usuario es siempre el responsable de los comentarios publicados.

Cualquier usuario del blog puede ejercitar el derecho a rectificación o eliminación de un comentario hecho por él mismo, para lo cual basta con enviar la solicitud respectiva por correo electrónico al autor de este blog, quien accederá a sus deseos a la brevedad posible.

Este blog no tiene ningún control sobre el contenido de los sitios a los que se proporciona un vínculo. Su dueño no puede ser considerado responsable.