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Entradas Etiquetadas ‘Antoine de Saint-Exupéry’

De la cuna a la tumba

Sábado, 17 de octubre de 2020

Del blog Nova Bella:

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“La vida del hombre es un peregrinar continuo hacia Dios. Quien cree en Él, lo lleva a su lado a lo largo de todo el recorrido, de la cuna a la tumba; quien no cree en Él, se encuentra bruscamente con el Eterno cuando se cierra definitivamente el libro de la vida y la muerte y le enfrenta a una realidad celestial que se empeñó en negar”

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Antoine de Saint-Exupéry

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Foto Ángelo Mutti (actor de El Principito), por Guido Adler

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Hacia Dios

Martes, 13 de octubre de 2020

Del blog Nova Bella:

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“Esa marcha hacia Dios, que solo puede satisfacerte, pues de signo en signo lo alcanzarás: Él, que se liga a través de la trama; Él, el sentido del libro del cual digo las palabras; Él, la sabiduría; Él, el que Es; Él, del cual todo recibo en retorno”.

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Antoine de Saint-Exupéry

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“Ante el misterio del niño”. Natividad del Señor – C (Lc 2,1-14 / Lc 2,15-20 / Jn 1,1-8)

Martes, 25 de diciembre de 2018

Natividad_CLos hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada a casi todo». Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».

Estamos acostumbrados a escuchar que «Dios ha nacido en un portal de Belén». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se ofrece como niño. Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso Principito: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.

Pero esa es justamente la gran noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo Misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

Y este es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacernos niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirnos confiadamente a la gracia y el perdón.

A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños.

Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.

Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» (A. Saint-Exupéry).

Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama.

José Antonio Pagola

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Ver claro

Jueves, 13 de octubre de 2016

Del blog Lo que me gusta y no me gusta:

 

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Para ver claro,

basta con cambiar

la dirección de la mirada.

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Antoine De Saint-Exupéry

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¿Tiempo ordinario?

Viernes, 24 de junio de 2016

Del blog Amigos de Thomas Merton:a_5

“Mi padre murió con veintitrés años de edad, cuando yo no tenía más que tres. Mi pequeña persona sólo heredó una pequeña cosa de él: un librito de oraciones que guardaba en su interior una estampa con un poema impreso ribeteado en negro. Lo memoricé en cuanto aprendí a leer. Decía:

No tengo más que un minuto,
sólo sesenta segundos
me veo obligado
no puedo rechazarlo,
no lo he buscado,
no lo he elegido,
pero sufriré si lo pierdo…

A medida que pasaban los años, aquellos versos se me iban yendo de la memoria; su filosofía perdía su encanto. Entonces me hice mayor, maduré y descubrí unas cuantas cosas:

El tiempo es la base, el eje, el elemento de cohesión y la gloria de la vida. Pero no es simple. El tiempo ordinario es el período litúrgico más largo de todos. Es un tiempo en el que la vida transcurre a su lento y monótono modo, predecible hasta en lo más mínimo. Más de lo mismo. Misma rutina y misma rutina. Semana tras semana, mes tras mes. Los trayectos entre la casa y el trabajo, el papeleo, las tareas domésticas y el llevar a los niños al colegio nos devoran día tras día con entumecedora regularidad. Y, sin embargo, es en el tiempo «ordinario» en el que ocurren las cosas verdaderamente importantes: nuestros hijos crecen, nuestro matrimonio y nuestras relaciones maduran, nuestro sentido de la vida cambia, nuestra visión se amplía, y nuestra alma llega a su sazón.

Sin lugar a dudas, la oración de la estampa tenía razón: perder la gloria de la vida ordinaria es sufrir la pérdida de la mayor parte de la vida.

Sólo cuenta realmente lo que aprendemos mientras hacemos lo que parece ser pura rutina: cómo resistir, cómo producir, cómo hacer rica la vida en sus momentos más mudos. «Hay más verdades en veinticuatro horas -decía Raoul Vaneigem- que en todas las filosofías».

Únicamente lo ordinario hace especial lo especial. Atiborrarse de especialidad es perder todo sentido de lo excepcional de la vida.

El tiempo ordinario es el mentor de todos nosotros. «Un oficinista de correos -decía Camus- es comparable a un conquistador, si ambos tienen en común la consciencia». Quienes, allí donde están, miran y pueden ver lo que están mirando,son los que hacen extraordinario el tiempo ordinario.

Lo ordinario es lo que nos revela, poco a poco, milímetro a milímetro, «la santidad de la vida, ante la cual -como dijo Dag Hammarskjóld- nos inclinamos en reverente adoración».

Espera pacientemente esas interrupciones de lo ordinario que nos revelan el verdadero núcleo de la condición humana: vida, muerte, cambio.

Es importante entender la diferencia entre estabilidad e intransigencia. La estabilidad nos enraíza en un pasado que, como la buena tierra, nutre lo que está creciendo. La intransigencia, en cambio, nos enraíza en un pasado que se ha petrificado para no tener que crecer en absoluto.

«El despotismo de la costumbre -decía el filósofo John Stuart Mill- es en todas partes una barrera estática contra el avance humano». Considera, pues, como una mala señal cuando te sorprendas a ti mismo arguyendo que ‘siempre se ha hecho así’

Nunca confundas lo ordinario con lo simple, lo estático o lo aburrido. Vivir una vida ordinaria puede perfectamente ser algo muy complicado. Se requiere un gran talento para hacer una gran vida de una vida rutinaria.

Queremos que la vida sea apasionante cuando, de hecho, la vida no es más que vida. Deseamos que lo espiritual sea místico, en lugar de ser real. Para el verdadero místico, el paso de las estaciones nunca es una banalidad. Es la repetición lo que, por fin, abre nuestros ojos a Dios donde Dios ha estado siempre: justamente delante de nuestros ojos.

«Vivir -decía Antoine de Saint-Exupéry- es nacer lentamente». El hecho es que llegar a estar plenamente vivo lleva toda una vida. Hay en todos nosotros tanto que nunca hemos tocado, tanta belleza en la que estamos inmersos y que pasamos por alto… La consciencia es lo que eleva lo ordinario al nivel de lo sublime.

La vida, por definición, es cálida y palpitante. La vida, por definición, habla de Dios.”

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Joan Chittister.
Escuchar con el corazón.

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“No ver y ver a Jesús al mismo tiempo”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Miércoles, 27 de mayo de 2015

modelo-mendigo-e1351374118361De su blog Nihil Obstat:

Según el cuarto evangelio, poco antes de morir, Jesús dice a sus discípulos unas extrañas palabras, que ellos en aquel momento no comprendieron: “dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver” (Jn 16,17). Tal como está construida la frase, parece que se trata de dos momentos sucesivos: después de estar un tiempo sin ver a Jesús, llegará un tiempo en el que los discípulos le verán. Pero esto resulta difícil de entender. Para que esta sucesión de momentos tenga un mínimo de lógica habría que pensar que el momento en que no se le verá será el de su ausencia de la tierra (Jesús se va al cielo y en la tierra ya no se le ve más), y el momento en que se le verá será el día en que los discípulos, tras pasar por la muerte, lleguen al cielo.

La frase tiene bastante más sentido si en vez de dos momentos sucesivos se trata de dos momentos simultáneos. Está a punto de llegar el día, viene a decir Jesús, en que voy a dejar la tierra. Y ya no se me podrá ver con los “ojos de la carne”. Pero entonces se me podrá ver con otros ojos, los de la fe. Esa lectura sería coherente con esta palabra de Jesús: “dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis” (Jn 14,19). El mundo no puede ver a Jesús resucitado, porque el mundo solo tiene ojos de carne. Pero los discípulos, con los ojos de la fe, pueden ver a Jesús resucitado, porque experimentan el poder de su resurrección, la fuerza de su Espíritu, y le reconocen en la Escritura, en el partir el pan y en la vivencia del amor mutuo. Así se comprende también esta otra palabra de Jesús: “me voy y volveré a vosotros” (Jn 14,28). El Jesús que sube al cielo no deja la tierra, permanece entre los suyos, pero de otra forma: “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Precisamente los ojos de la fe son los que permiten ver la realidad más auténtica de Jesús. Muchos vieron a Jesús con los ojos de la carne. Y no vieron lo que allí había. Viendo a Jesús con los ojos de la carne resulta posible traicionarle (como Judas), tratarle de impostor, burlarse de él, o crucificarle. Ocurre lo mismo en las relaciones humanas: cuando solo miramos con los ojos de la carne, nos quedamos en la superficie; el que mira con los ojos del amor sabe ver más allá de las apariencias. Solo con los ojos del amor se conoce a fondo a las personas. Como dice el principito de Saint-Exupéry: “solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos” (de la carne).

Vuelvo a Cristo resucitado: ahora, los suyos ya no lo ven con los ojos de la carne; el mundo tampoco le ve. Los ojos de la carne solo ven lo que es de carne y el mundo solo ve lo que es suyo. Pero los creyentes sí pueden ver a Jesús con los ojos de la fe. Los creyentes no ven a Jesús (con los ojos de la carne) y al mismo tiempo le ven (con los ojos de la fe). Referida, no a dos momentos sucesivos, sino a dos momentos simultáneos, tiene sentido esta palabra de Jesús: “dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”.

Imagen: Modelo mendigo

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“Ser nosotros mismos”, por José Carlos Gª Fajardo

Sábado, 24 de enero de 2015

harrylins10Dedicado (artículo y fotografía) a todos aquellos que nos “perdonan la vida” por ser homosexuales y creyentes. A todos aquellos que piensan que por ser homosexuales no podemos ser creyentes, a todos aquellos que piensan que por ser creyentes no podemos admirar un cuerpo masculino o femenino y a todos aquellos que tienen que vivir en este doble exilio de Fe y homosexualidad, rechazados por los unos y los otros…

Leído en la página web de Redes Cristianas:

Amarse no es mirarse uno a otro, recuerda Saint Exupéry, sino saber mirar juntos en la misma dirección. Me preocupa esa especie de solapado autismo que se esconde en querer ser Ying y Yang, padre y madre, blanco y negro, hombre y mujer, arriba y abajo, justo e injusto, en lugar de reconocer la coincidencia de los opuestos. Pero jamás la descubrirá ni encontrará quien niegue la realidad de los opuestos y complementarios. Eso de que “el buey solo bien se lame” no significa más que lo que dice, pero para eso hay que ser buey castrado, y muchos por ahí no pasamos.

¿Por qué esa manía de pretenderse autosuficientes en lugar de reconocerse contingentes? ¿Tanto miedo tenemos a reconocer que necesitamos amar y ser amados, que necesitamos ayuda y consuelo, estímulo y compañía, ternura y acicate? Muchas personas sufren porque creen que no les está permitido sentirse mal, quejarse o llorar, pedir ayuda o reconocer que han metido la pata. De ahí tantas personas agobiadas por creerse siempre actuando ante un público que no existe y ante jueces que no son tales o ante padres inflexibles o ante presuntos dispensadores de patentes de eternidad.

Antes, eran los clérigos, rabinos y ulemas, que amenazaban con el Infierno o con el mismo Cielo, amenaza real ante la perspectiva de una eternidad tañendo el arpa sobre una nube. Ahora, son psicólogos, educadores, presuntos líderes de opinión los que pretenden dispensar parecidas patentes de “buena conducta”.

Las personas no necesitamos ser salvadas por nada ni por nadie, nos basta con ser reconocidas, aceptadas y respetadas. Sobre todo que nos dejen ser nosotros mismos. Si nos dejamos impresionar por los modelos impuestos socialmente viviremos en una insufrible paranoia, como si nos estuvieran vigilando, como si tuviéramos que dar cuentas a ese gran hermano… que no existe, más que en el cuenco de mis manos y en el anverso de mi corazón.

Basta ya de preguntarme tantas veces “Y ahora, ¿qué he hecho?” Por eso, me ratifico en la convicción de que la educación, las buenas maneras, el buen gusto y el estilo son valores propios de cada sociedad y que ignorarlos o despreciarlos quizás no muestren sino una debilidad de carácter. Todos esos valores son formas de la vida, de la libertad, de la justicia y del indeclinable derecho a la búsqueda de la felicidad.

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Feliz año 2015

Viernes, 2 de enero de 2015

Del blog À Corps… À Coeur:

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El oficio más bello de hombre

es el oficio de unir a los hombres

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Antoine de Saint-Exupéry

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“Las gacelas, presas de la nostalgia”, por Martín Gelabert Ballester, OP .

Miércoles, 23 de julio de 2014

animales-gacela-01[1]Un precioso texto que hemos leído en su blog Nihil Obstat:

Antoine de Saint-Exupéry, el autor del Principito, cuenta una curiosa historia sobre la cría de gacelas en un oasis de los confines del Sahara: capturadas jóvenes, comen en la mano, se dejan acariciar y, cuando se las cree domesticadas, se las encuentra empujando contra el cerco, en dirección al desierto. Estas gacelas que han vivido siempre encerradas y nada saben de la libertad de las arenas, ignoran lo que quieren. Buscan galopar a ciento treinta kilómetros por hora, buscan los chacales, que las obligaran a superarse, a dar grandes saltos, a correr hasta desfallecer. No saben lo que quieren, pero lo quieren. Tienen nostalgia de realizar su ser de gacelas, aunque para ellas este ser sea todavía desconocido. El objeto del deseo existe, aunque no sepamos ni como se llama ni como describirlo.

Tomás de Aquino decía que hay en todo ser humano un deseo natural de ver a Dios. ¿En todo ser humano? ¿Cómo es esto posible si muchos creen que Dios no existe? Y, ¿cómo es esto posible si incluso para los que creen que existe, Dios es lo más desconocido? ¿Cómo se puede desear lo que no existe o lo que no se conoce? El deseo natural del que habla Santo Tomás es un deseo de felicidad, de bien, de belleza, de plenitud. Tomás, como creyente, estaba convencido de que Dios es la suma bienaventuranza y la plena felicidad del ser humano. Aunque no lo sepamos, buscamos a Dios. Por eso, muchas veces experimentamos la frustración de los bienes de este mundo. Sin duda, en este mundo hay cosas buenas y placenteras. Pero ellas no logran hacernos felices del todo. El ser humano siempre busca más, es un ser permanentemente insatisfecho. Nada de este mundo le llena.

La nostalgia es lo propio de los humanos. San Agustín decía que el corazón humano está inquieto mientras no descansa en Dios. Como en este mundo nunca nos encontramos clara y totalmente con Dios, nuestro corazón está siempre inquieto, demandando más, dando sin parar nuevos rodeos. Miguel de Unamuno decía que la satisfacción de todo anhelo no es más que semilla de un anhelo más grande y más imperioso. Por su parte, J.P. Sartre habló del hombre como pasión inútil. Es interesante el contexto de esta afirmación: el ser humano desea, ni más ni menos, que ser Dios. Pero como Dios no existe, el ser humano es una pasión inútil.

La carta a los hebreos describe a los creyentes como peregrinos, porque van en busca de una ciudad mejor, una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. Dentro de nosotros hay algo que nos mueve a buscar una patria última y definitiva. Somos caminantes en busca de la verdad de nuestra vida, como el espacio abierto del desierto constituye la verdad de la vida de las gacelas.

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Nueva partida.

Miércoles, 14 de mayo de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

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“Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños sólo porque uno de ellos no se cumplió, desistir de todos tus esfuerzos porque uno de ellos fracasó…

Es una locura condenar a todas tus amistades porque una de ellas te traicionó, no creer  más en el amor porque uno de ellos te engañó, rechazar todas las ocasiones de ser feliz porque alguna cosa no ha ido en la buena dirección.

Siempre existe otra oportunidad, un nuevo amigo, un nuevo amor, una nueva fuerza. Para cada final hay siempre una nueva partida.”

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Antoine de Saint-Exupéry, El Principito

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