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Mis ojos han visto a tu salvador.

domingo, 2 de febrero de 2025

Jesús-es-presentado-en-el-temploLc 2,22-40

El 2 de febrero viene cargado de muchas celebraciones. En España y en varios países de Latinoamérica se celebra la Candelaria en honor a María, 40 días después de haber dado a luz. La Vida Consagrada celebra su día, desde que en 1997 Juan Pablo II lo instituyó “para renovar los propósitos y reavivar los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor”. Y celebramos la Presentación del Señor en el templo, que en Oriente se conoce como «Fiesta del Encuentro», porque Jesús «encuentra» el templo y sus sacerdotes, pero también a Simeón y Ana, figuras del pueblo de Dios que hoy nos invitan a cultivar determinadas actitudes.

Yo no lo he llegado a vivir nunca, pero al poner “el Belén” en casa en tiempo de Navidad, en alguna ocasión una de mis hermanas mayores de comunidad me ha recordado que “antes” no se quitaba hasta el día 2 de febrero. “Era cuando terminaba la Navidad…”, me decía.

Me gusta esa tradición popular que se mantuvo hasta no hace tanto tiempo y me asombra la sabiduría sencilla para hacer asociaciones más allá de lo establecido… porque, realmente, la fiesta de la Presentación puede vincularse a todo lo que hemos celebrado en el tiempo de Navidad.

Entonces conmemorábamos el nacimiento de Jesús y hoy celebramos los 40 días (ya sabemos lo simbólico de este número) desde esa fecha. Es pues, en primer lugar, un recordatorio del acontecimiento que cambió la historia: el misterio de la Encarnación, del Dios que se hace ser humano, que acoge absolutamente nuestra humanidad y pasa “como uno de tantos” (cf. Flp 2,7) por el mundo revelándonos que es Dios-con-nosotros. Siempre. En toda circunstancia. Hasta el final. Su fuerza divina se hace debilidad humana para acoger nuestra fragilidad y posibilitarnos la Vida.

En segundo lugar, resuena también la Epifanía, la revelación de este Dios-con-nosotros a todos los pueblos, la manifestación de que la Salvación ofrecida por Dios es universal, para todos. Jesús es presentado ese día 6 de enero como la Luz del mundo y hoy vuelve a repetírsenos en boca de Simeón: “Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Y, por último, terminamos la Navidad con el Bautismo, en el que se revela el misterio Trinitario al encontrar al Padre y al Espíritu junto a Jesús en un nuevo momento de presentación, esta vez al pueblo sencillo que busca cómo vivir desde Dios y por ello escucha a Juan el Bautista. También en el texto que nos acompaña se hace presente el Espíritu, que moviliza a Simeón y le hace hablar para certificar quién es Jesús, como lo hace el Padre en el momento de ser bautizado.

Toda la simbología del texto está cuidada. Lucas se ha preocupado de desarrollar una historia teológicamente muy completa: el lugar (el Templo de Jerusalén, centro neurálgico del judaísmo), el acento en el cumplimiento de la Ley a través de la ofrenda (para mostrar cómo Jesús queda inserto en su pueblo), el contenido de esa ofrenda (para resaltar la sencillez de la familia de Nazaret, en línea con el humilde nacimiento de Jesús) y la presencia de Simeón y Ana.

Vamos a detenernos en estos personajes, que aparecen únicamente en esta ocasión en el Evangelio y que son paradigmas de paciencia y constancia, de esperanza y oración. También su presencia nos recuerda a la Navidad. En ella veíamos cómo ángeles, pastores o sabios reconocían en ese niño pequeño al Mesías esperado, al Salvador. Hoy son dos ancianos del pueblo quienes lo hacen. Personas que se han pasado la vida esperando, como centinelas, con la mirada puesta en el horizonte, atisbando cada signo de Presencia de Dios, interpretando las esperadas señales de liberación (cf. Is 25,6-10) sin decaer a pesar del paso del tiempo.

A través de ellos, nosotros somos invitados a vivir con unas determinadas actitudes para poder reconocer también al Mesías encarnado en nuestra realidad. Simeón, nos dice Lucas, era “justo y piadoso” que es como decir que era “hombre de Dios”, que había buscado siempre hacer su voluntad y vivir conforme a sus deseos. El Espíritu Santo “estaba con él”… como está con cada uno de nosotros. Simeón le ha sabido escuchar, ha confiado en su palabra y está dispuesto a ponerse en movimiento, en camino, ante ella.

Ana, a quien, a través de todos los datos que se nos ofrecen de ella, podemos reconocerla como representante del pueblo judío (descendiente de Aser, hijo de Jacob, y por tanto, de una de las doce tribus de Israel), “no se apartaba del templo, dando culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones”. Era, pues, también “mujer de Dios”, que, tras quedarse viuda muy joven, había entregado la vida a su servicio. Ella se convierte, haciendo honor a su rol de profetisa, en vocera de Dios, dando a conocer a todos quién es ese niño.

También nosotros somos invitados a reconocer a Jesús, frágil y pequeño, en medio de nuestra realidad cotidiana y así poder decir: “mis ojos han visto a tu Salvador”. Quizás, para ello, necesitemos abrir bien los ojos y los oídos, y escuchar, como Simeón, la voz de la Ruah discerniendo los signos de su presencia. O quizás nos toque desempolvar nuestras gargantas y superar ciertos miedos para, como Ana, ser capaces de hablar de Él y que muchos otros tengan también la oportunidad de conocerlo.

María, que en el texto escucha la profecía de Simeón sobre el dolor que le conllevará el camino de entrega de su hijo y que se convierte en representante de la comunidad creyente, nos ayudará y acompañará en ello.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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