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13.9.20. Dom 24, ciclo A. Setenta veces siete Del perdón de Jesús al sacramento de la Iglesia (Mt 18, 21-35)

Domingo, 13 de septiembre de 2020

con-que-frecuencia-me-debo-confesar-padre-fortea-respondeDel blog de Xabier Pikaza:

No es un sacramento más, el tercero entre siete, tras bautismo y confirmación, sino el sacramento en sí, presencia recreadora del Dios de Jesús en la vida de los hombres.

La Iglesia ha expresado (proclamado y cumplido) ese perdón de formas (con fórmulas) distintas, conforme al ritmo de los tiempos, en el primer milenio y el segundo, pero en este momento, año 2020, tiene ciertas dificultades para cumplirlo. Ante ella se abre un espléndido y claro camino de perdón o ella termina cayendo en la pura ineficacia, dejando que la humanidad corra el riesgo de destruirse a sí misma en la pura lucha de todos contra todos, en un plano ecológico y militar, político y económico. Sin perdón no hay más salida que el agujero negro de la pura nada humana.

12.09.2020

Introducción

1. El judaísmo había edificado un inmenso templo, un servicio “general” de sumos sacerdotes con el poder de perdonar a través de sacrificio, pero de hecho, como vio Jesús, aquel templo y servicio sacerdotal de perdón no cumplía su función, dejaba a los pobres y ofendidos al borde del camino.

2. Según el evangelio de Mateo,  la Iglesia es signo y fuente de perdón universal, encarnado en las comunidades (18-15-20) y representado por Pedro (cf. 16, 17-19), a quien Jesús dice que perdone 70 veces 7, es decir, siempre. Éste no es el perdón de una autoridad externa, sino el de los mismos ofendidos que perdonan siempre y acogen de nuevo a sus ofensores, creando con ellos una comunión de gratuidad que sustituye al antiguo templo de Jerusalén.

3. La iglesia ha celebrado de diversas formas el sacramento del perdón, pero actualmente parece algo estancada. Si no vuelve a encarnar, celebrar y expandir su experiencia y gracia de perdón, partiendo de Jesús,  ella puede acabar perdiendo sus sentido.

 Esta es la esencia de la Iglesia que, conforme al Credo de los Apóstoles, se define ante todo por el perdón de los pecados y por la “resurrección de la carne”, esto es, por el surgimiento de una comunidad que vive por la gracia del perdón.

Al enfrentarse a Roma y al templo de Jerusalén con su “supra-política” y “supra-religión” de un perdón de sacrificio (templo) o de imposición de los vencedores  y para los vencedores (imperio), Jesús indicaba que una ciudad imperial como Roma (o sacral como Jerusalén) se destruye a sí misma y destruye a los otros diciendo que les perdona.

 No se trata de que los ricos y fuertes “perdonen” a los pobres, sino de que los pobres y excluidos respondan perdonando y abriendo un camino de vida para todos. Sólo cuando los excluidos y ofendidos como Pedro sean (seamos) capaces de cambiar y perdonar a los demás, sólo surja una humanidad de perdón acabará de violencia y podrá haber un futuro de vida para todos.

Éste es el milagro de la propuesta cristiana. Nadie, jamás, logrará demostrar en un plano racional (desde el poder y para el poder) que este perdón es posible (¡no hay en este nivel demostraciones!). Pero habrá muchos que actuarán perdonando, no por debilidad, sino porque han sido capaces de situarse en un plano más alto de vida y de gracia. Esta es la bienaventuranza de Francisco, la de aquellos que perdonan por amor.

 Ese perdón no es el oficio, ni el poder de algunos hombres y mujeres superiores, sino la misma vida de aquellos que han creído en Jesús. Por eso, no puede establecerse y ofrecerse cristianamente desde una iglesia centrada en su poder, sino desde los pobres y ofendidos que perdonan a sus ofensores.

Evidentemente, la Iglesia puede y debe celebrar el perdón de un modo sacramental, en una liturgia de confesión y/o penitencia (como ha hecho en los últimos mil años). Pero antes de esa liturgia del tercer sacramento (ahora muy en crisis) está la vida y obra de aquellos que perdonan por amor: El perdón de los ofendidos y humillados, de los pobres que perdonan a los ricos, de los excluidos a los excluidores, iniciando con Pedro y sus amigos (todos los cristianos) la vía regia del perdón, en amor, el único camino verdadero de la humanidad.

(Imagen 1: Un confesionario. Imagen 2-4. Dos portadas del libro esencial de J. Delumeau, sobre el “perdón”, una con el mercedario valenciano P. Pérez con el libro de confesiones (Zurbarán);  otra de R. van der Weyden, con un confesor medieval; y otra de un libro de Equiza, en el que colaboramos algunos hace 25 años)

 Texto

(1. Introducción Eclesial: Pedro, los “ministros” del perdón: éste es el perdón de todos los ofendidos…). 18 21 Entonces, se adelantó Pedro y le dijo: Señor ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces? 21   No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

(2. Parábola económica: el perdón empieza expresándose en un plano económico: Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores) 22 Por eso se parece, el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus siervos. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara. 26 El siervo, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 El señor tuvo lástima de aquel siervo y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero, al salir, el siervo aquel encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 El consiervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31 Sus consiervos, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor le llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también compadecerte de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

(3. Conclusión parenética, perdón de corazón y vida)35 Lo mismo hará también con vosotros mi Padre del cielo, si si perdona de corazón a su hermano.

       Este parece un evangelio “caído en desgracia” en algunos círculos (como muestra la decadencia de la confesión privada), pero que ha de ser retomado y recreado, en sentido evangélico, si no queremos que la iglesia se destruya a sí misma. Ciertamente, este evangelio del perdón es el más espiritual de todos…, pero es, al mismo tiempo, el más social (económico), el más “eclesiástico” (de aquí nace toda posible “jerarquía” de la iglesia, expresada en la experiencia del perdón personal y social).

La iglesia siempre lo ha sabido, desde Orígenes a San Francisco, desde Teresa de Jesús a Luisa de Marillac, pero a veces tiene miedo a ponerlo el práctica.

  Este es el texto clave del “proyecto eclesiástico” de Mateo que empieza en 18, 17-19 (la llave del reino es el perdón) y culmina en 28, 16-20 (llevad esa buena nueva a todo el mundo, llevadla a cuerpo, con vuestra propia vida).

1.  LA ESENCIA DE LA IGLESIA ES EL PERDÓN. PEDRO MINISTRO DEL PERDÓN

Ésta parábola, propia de Mateo, recoge la experiencia y exigencia de su comunidad y debe vincularse a la anterior (oveja extraviada: 18, 12-14), a modo de conclusión. Es una parábola eclesial, pues Jesús responde a una pregunta de Pedro. Es una parábola regia (como la de 22, 1-10): El Gran Rey perdona a su deudor una deuda enorme, mayor de  lo que pueda imaginarse (diez mil talentos, unos quinientos millones de dólares actuales), una parábola abierta: El Gran Rico supone que sus siervos tienen también que perdonarse entre sí[1].

a. Pedro es aquí un cristiano particular del principio (a quien Jesús confío las llaves del perdón:   Mt 16, 17-20), pero es al mismo tiempo el representante y signo  de todos los cristianos a quienes el mismo Jesús ha confiado las llaves del perdón en la iglesia (Mt 18, 15-20). Nuestro pasaje (Mt 18, 21-35) ha de entenderse y aplicarse en esa línea: Todos los cristianos somos Pedro llamados a proclamar y cumplir el perdón. Así lo ha entendido y cumplido la Iglesia en todo el primer milenio.

b.Según ese pasaje, la esencia de la Iglesia, representada por Pedro es el perdón. Romper la dinámica de la ira, el círculo del talión (ojo por ojo, venganza por venganza). De esa forma, en este pasaje, en el centro eclesial de su evangelio. Mateo retoma final de  Lucas 24, 47 y de Juan 20, 22-23, que identifican el mensaje y camino de pascua con el perdón.

c. La preocupación actual de ciertos eclesiásticos (varones o mujeres) por ocupar la cúspide del poder celebrando un tipo de eucaristía con autoridad ministerial resulta según eso secuncaria. El principio de la Iglesia no es el poder de celebrar, sino el de perdonar. Ese  es el poder de las llaves de Pedro: Hacerse signo de perdón.

Así lo puso de relieve Von Campenhausen en su libro sobre la Autoridad Espiritual: La  Iglesia nació y se instituyó en forma de comunidad de perdón… El perdón no se impone por ley, ni se garantiza por sacrificios del templo; el perdón se ofrece con la propia vida… El perdón es la esencia del Sermón de la montaña, la superación del ojo por ojo, la vida convertida en don de gracia para los otros.Los ministros de la iglesia (varones o mujeres) son ante todo “hombres” de perdón, los que logran expresar el perdón con su vida.

2. PRIMER LUGAR DEL PERDÓN. LA ECONOMÍA (Mt 18, 23-35)

    Mateo interpreta y explica ese perdón con la parábola del rey que perdona las deudas de los hombres, pidiéndoles a ellos que se perdonen entre sí.

El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas….,

Esta parábola pudo haber tenido otro encuadre y sentido, pero Mateo la introduce en este contexto de Iglesia, recordando que ella no es una comunidad de perfectos, sino de perdonados que se perdonan, no sólo un tipo de ofensas generales, sino las deudas de dinero, como en el Padrenuestro (¡Mt 6, 12). Pedro ha preguntado (¿cuántas veces debo perdonar…?: 18, 21), y Jesús le responde contándole la parábola de un rey que perdona a su siervo una deuda enorme (diez mil talentos, como unos quinientos millones de dólares) y recordándole que él debe perdonar a su vez a sus consiervos[1].

 Ésta es una parábola para creyentes, hombres y mujeres que han recibido la experiencia del Dios-perdón,  en contra de una sociedad de ley, como el capitalismo actual, que puede ser en un sentido justo, pero no perdona:

 ‒ Por encima del capital está el hombre… La Iglesia de Pedro (es decir, la iglesia concreta de las llaves del Reino, en manos de hombres y mujeres concretos…) es una comunidad de perdón… perdón de todas las deudas, económicos, sociales, personales, o culturales. El texto no dice cómo han surgido las deudas, sino sólo que existen, según ley, y que pueden llevar a la destrucción de la familia (vender al deudor y a sus familiares) si no se pagan (o no se perdonan).

‒ El perdón no implica indiferencia, sino al contrario, un compromiso radical a favor de las personas, por encima del sistema del capital y del mercado, donde todo se compra y vence. Ese perdón no es impotencia, sino compromiso creador a favor de las personas, no para que sean sin más lo que son, sino para que cambien, en gratuidad y servicio mutuo, una apuesta a favor de la vida.

3. PARÉNESIS, APLICACIÓN FINAL

− La parábola evoca el perdón apodíctico del Dios de Jesús, sin límites ni condiciones, por pura gratuidad. No es un perdón para aquellos que pueden devolver lo recibido, sino para todos, por siempre, de maneera que se cumpla de esa forma el Padrenuestro, “perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos…”,  o quizá mejor: “Perdónanos de tal manera que nosotros podamos perdonarnos unos a los otros”…

− Quien no perdona queda en manos de su destrucción. No es que Dios le juzgue y condene desde fuera, sino que él mismo se juzga y condena, como dice Jesús en lenguaje parabólico. La parábola añade que el “Rey” no perdonará a quien no perdone, sino que le pondrá en manos de verdugos hasta que pague todo lo que debe (pero ese final ha de entenderse de un modo simbólico, pues no hay hombre que pueda pagar desde la cárcel  una deuda tan grande como la que aquí se evoca)[2].

– Esta parábola cristiana debe entenderse en clave de Iglesia, sabiendo que ella no puede imponer su perdón, pero puede y debe mostrarlo, abriendo para y con todos los hombres un camino de aceptación y reconocimiento mutuo, en un plano económico y social, político y humano, psicológico y religioso. Una Iglesia que no es signo de perdón deja de serlo. Una sociedad de tipo impositivo y judicial, que no sabe perdonar, se destruye a sí misma, como sabe esta parábola.

 – Por estar enclavado en Mt 18, este motivo del perdón (expresado en términos económicos) define y marca la identidad de la Iglesia, que es una comunidad de perdonados (no de justos) que reciben y ofrecen perdón mutuamente. Ésta es la experiencia fundante de la Iglesia, como lugar donde los hombres se perdonan, por encima de toda ley o norma. Éste es un perdón “chocante”, que sorprende y tiene un carácter medicinal o terapéutico. Por eso, los testigos de la Iglesia (vincular Mt 10, 5-15 con Mt 28, 16-20) han de ser ante todo portadores de una terapia de perdón, realizada en forma social y religiosa. Sólo desde ese fondo pueden entenderse las parábolas siguientes.

La Iglesia no puede imponer su perdón, pero ha de mostrarlo, abriendo para y con todos los hombres un camino de aceptación y reconocimiento mutuo, en un plano económico y social, político y humano, psicológico y religioso.

REFLEXION TEOLÓGICO-PRÁCTICA. EL PERDÓN ES EL MILAGRO DE DIOS EN LOS HOMBRES

El perdón es un milagro, mejor dicho, es el milagro. Milagro no es lo que se opone a la racionalidad… sino lo que llega hasta el final de la racionalidad y la desborda, en la línea de la vida. El milagro es el despliegue de un poder que va más allá del nivel de la necesidad donde el hombre se encuentra sometido al poder de lo fáctico, de lo que siempre ha sido y seguirá siendo como es. El milagro rompe la lógica de poder fáctico (lo que es), para mostrarse como expresión de un poder creador, que supera la fijación de lo existía, para hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). El milagro no es la eternidad, sino la superación de una eternidad fijada en el destino. Desde ese fondo distingo la fatalidad ontológica y el poder del Reino de Dios

En un nivel ontológico se puede hablar de la fatalidad de lo que ha sido y se mantiene siempre en su ser. Las cosas son simplemente como son, de manera que no pueden cambiar. La racionalidad del poder fáctico define las cosas por lo que son en sí mismas. El imperio romano (lo mismo que el poder del templo de Jerusalén) se situaban dentro de esa lógica de fatalidad, que sanciona lo que existe, de un modo necesario. En ese plano tiende a situarse la justicia en cuanto tal.

Pero, en otro nivel, el hombre desborda el plano de la fatalidad ontológica, viniendo a expresarse como ser de libertad, creador de sí mismo. En ese sentido decimos que el Reino de Dios no es fatalidad, sino creación, en perdón Por eso, en este plano, las cosas no son como son, sino como las vamos haciendo, desde sí mismas o, en lenguaje cristiano, desde el Dios que va creando vida, manifestándose así en aquello que somos y haciendo que podamos hacernos distintos En esa línea se sitúan los milagros: son algo que está más allá de lo que se puede imponer y razonar; son la expresión de lo gratuito, de lo que acontece desde el Espíritu de Dios (tal como se ha manifestado en Cristo). Pues bien, el milagro más grande es el perdón.

Los milagros no son algo que rompe la esencia de la naturaleza (tomada como realidad absoluta), sino la experiencia de una realidad sobre-esencial: no son lo extraño (en la línea de lo mágico), sino lo profundo y lo futuro, en la línea de la creatividad de Dios que se expresa en la vida de los hombres. Siguiendo en esa línea, se puede afirmar que el mismo Reino de Dios es el milagro. (1) La justicia puede fijarse en línea de poder y de esa manera se impone, conforme a la famosa distinción de los tres poderes: legislativo, político y judicial. (2) El perdón, en cambio, no puede programarse ni fijarse en línea de poder, sino que se vincula con la posibilidad de una mutación imprevisible, pero creadora.
La razón judicial permite manejar la realidad… pero lo hace con fuerza, imponiendo su orden sobre las cosas (y sobre todos los sujetos), de tal forma que podemos hablar de una violencia legítima o legal. Esta es la razón de los que utilizan el poder como medio de mantener lo que existe, conforme a la lógica de lo mismo (¡siempre igual, el Dios ontológico!). Esa razón exige y se impone: ella puede y debe apelar al orden que se consigue con un tipo de lógica de poder. En esa línea, el templo de Jerusalén era una racionalización de Dios…, lo mismo que el imperio de Roma era una racionalización del orden social. Desde este contexto de la razón no había (ni hay) lugar para el perdón, para la vida de aquellos que no valen. Ellos quedaban así como un residuo del sistema

Por el contrario, el perdón es un acontecimiento, un milagro que sucede allí donde alguien se pone en contacto con las fuentes de la Realidad, entendida gracia… En ese sentido, el perdón implica un tipo de capacidad creadora: más allá del puro juicio hay algo superior, que pertenece al plano de la gracia: hay un perdón en el que podemos esperar, porque nos lo han ofrecido (¡Dios nos ha perdonado!) y porque podemos ofrecerlo a los demás: así nos descubrimos creadores, en Dios, con Dios (perdónanos, como perdonamos). Ésta es la novedad del evangelio que nos permite ser creadores en un espacio que parece dominado por la muerte, que lo iguala a todo. Por eso, la resurrección de los muertos va unida a los milagros de Jesús (cf. Mt 11, 2-5) y al perdón de los pecados (como sabe y dice el Credo).

El perdón es la gracia y tarea cristiana. Desde el punto de vista de la ontología teórica (sistemática), todo este tema carece de sentido. El perdón sólo es posible en el plano práctico, como tarea de aquellos que se quieren perdonar porque se descubren perdonados por el Dios de Cristo, un Dios que se sitúa más allá de la ontología legal en la que todo permanece siempre idéntico (¡nade se crea, nada se destruye, todo se trasforma!). En ese sentido, siendo un milagro (¡supera las leyes de la razón!), el perdón es una tarea, un tipo de actuación creadora, que no se limita a responder a lo que existe, sino que es capaz de crear algo distinto. En este contexto puedo hablar otra vez de «mutación».

Las mutaciones biológicas abren una perspectiva vital que antes no existía: a través de ellas, la vida encuentra unas formas distintas de estabilizarse y expresarse. Pues bien, toda la vida de Jesús fue una mutación antropológica. No quiso cambiar las cosas en el plano militar y político… Tampoco quiso cambiarlas en el plano económico… Al contrario, él se situó y quiso situarnos ante un nivel más alto de realidad, como si fuéramos una “nueva especie” humana, que puede existir y existe más allá del puro nivel de la justicia. De esa forma aparece como el representante o adelantado de una humanidad que va a surgir (que aún no ha surgido), en la línea del hombre nuevo que viene (Dan 7).

Jesús no quiso introducir un pequeño cambio en las cosas que ya teníamos (en línea de ley), sino que introdujo (que fue) una mutación, un cambio antropológico, en la línea de la gracia y del perdón,un cambio que nos permite actuar y vivir en un nivel de gracia. Esa fue, en mi opinión, la esencia de la “meta-noia” (conversión, cambio de mente) de Jesús, tal como aparece en Mc 1, 14-15. Sin esa meta-noia radical, en línea de gracia, no se entiende el perdón; más aún, sin esa ella, el perdón sería al fin injusto. En ese sentido, Jesús puede parecernos un “extraterrestre” o, mejor dicho, un supra-terrestre, alguien que abre una nueva dimensión o, quizá mejor, un futuro de Dios; como adelantado de una humanidad donde el perdón no sólo es posible, sino que es creador.

Desde ese fondo se entiende la reacción de Jesús frente a los poderes de Jerusalén y Roma. No se “venga” de ellos, ni se sitúa ante ellos en un plano de justicia. La venganza (y la misma justicia) siguen dejando los temas en el mismo plano anterior. Si Jesús quisiera vengarse de Roma se hubiera situado en el mismo nivel de Roma (con unas legiones bien armadas), como han dicho, de formas distintas, los evangelios de Mateo (cf. 26, 53) y de Juan (18, 36). Por el contrario, al presentarse como “mutación mesiánica”, Jesús sitúa los problemas en otro nivel, introduciendo en ellos la lógica de la creación de Dios, que es lógica de perdón. Por eso no propone a venganza ni la lucha contra Roma, pues ello sería seguirse situando en el mismo plano de Roma.

Al actuar de esa manera, Jesús está indicando que una ciudad imperial como Roma (o una ciudad sacral como Jerusalén) se destruye a sí misma:lleva en sí el germen de la muerte, porque vive de ella, es decir, de la imposición. No se trata sólo de que venga otra ciudad u otro imperio, como los anteriores (cosa que es obvia, como sabe Dan 7), sino de que surja un tipo de humanidad distinta, desde los pobres, en línea de perdón creador… (por eso, la destrucción del Roma se identifica al fin con el perdón de Dios sobre Roma). Cuando surja una humanidad de perdón acabará esta humanidad hecha de violencias.

Pues bien, esa certeza se expresa en un compromiso práctico de trasformación social, en línea de perdón. Estoy convencido de que nadie, jamás, logrará demostrar en un plano racional que el perdón es posible (¡no hay en este nivel demostraciones!). Pero habrá muchos que actuarán perdonando, no por debilidad, sino porque han sido capaces de situarse en un plano más alto, dejándose trasformar por la “mutación” de Jesús (o de otros hombres como él).

 El perdón es gracia, no ley. Por eso, no puede establecerse y ofrecerse cristianamente desde una iglesia centrada en su poder. No tengo respuesta para los devotos de los santos armados, pero no logro entenderlos desde la lógica de Jesús (desde su mutación, en línea de perdón). Ya sé que el Señor Santiago Matamoros es una imagen (que se remonta al tiempo del Beato de Liébana, hace ahora mil años justos, tras las razzias de Almanzor); sé que los moros vencidos y “malos” de sus imágenes (cuadros, estatuas, relieves) son símbolo del mal, es decir, de los demonios, de las no-personas, que deber morir para que surjan las personas… Pero quiero que en el futuro no vayan los obispos o curas a las guerras, ni las bendigan, como han hecho hasta hace poco

  Todavía no tenemos la respuesta, pero tenemos un camino abierto y creo que ese camino es camino de perdón. No todo da lo mismo, no todo vuelve en eterno retorno sin remedio. Por eso hablo de perdón, no de fatalidad. Por eso quiero añadir que el perdón pueden cambiar y cambiará a las personas de una forma que aún no logro comprender. Por eso digo que sigo creyendo en el Reino de Dios, no en el triunfo de algunos sobre otros. No sé cómo serán las cosas en el futuro, pero estoy convencido de que se puede comenzar perdonando a todos. Si iniciamos ese camino, sabremos un día que el perdón es posible para todos.

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