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Todos somos Emmanuel: Dios-en-nosotros.

domingo, 22 de diciembre de 2019
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Ave-lápiz-300x225Domingo IV de Adviento 

22 diciembre 2019

Mt 1, 18-24

En el evangelio de Lucas es María quien recibe el “anuncio del ángel” (Lc 1,26-38); en el de Mateo, por el contrario, el destinatario es José. Ello nos muestra que nos hallamos ante un relato mítico, con el que los autores de ambos evangelios quieren presentar a Jesús como Hijo de Dios, nacido de una virgen.

          El parto virginal es un mito que se extendía en la antigüedad desde Egipto hasta la India. Horus, en Egipto, nace de la virgen Isis (tras el anuncio que le hace Thaw); Attis, en Frigia, de la virgen Nama; Krishna, en la India, de la virgen Devaki; Dionisos, en Grecia, y Mitra, en Persia, de vírgenes innominadas… Por cierto, de prácticamente todos ellos se dice que nacieron un 25 de diciembre, en el solsticio de invierno –en el hemisferio Norte–, justo cuando el Sol vuelve a “nacer”, venciendo a la noche.

          Sin embargo, tal mito encierra una gran sabiduría. En su propio lenguaje, podría expresarse de este modo: Dios está naciendo en todo lo que nace.

          Transcendido el mito, se comprende que Dios no es un Ser, sino un estado de ser, el Fondo último de todo lo que es. Tal como reconociera la mística beguina Margarita Porete, en el siglo XIII –“el único Dios verdadero es aquel del que nada puede pensarse”–, Dios no puede ser “alguien” pensado ni separado.

          O como advirtiera, en el mismo siglo, otro de los grandes místicos cristianos, el Maestro Eckhart, como una concesión a la mente pero evitando a la vez cualquier equívoco, se hace necesaria una distinción: “Deus” “Deitas”. Llamamos “Dios” (Deus) a “aquel” con quien nos relacionamos, en quien creemos y a quien oramos. Pero este “Dios” es una construcción de nuestra mente: puede ser nombrado y pensado. Sin embargo, la Deidad o Divinidad (Deitas) es inefable: nuestra mente ahí se silencia por completo, porque solo ve Vacío.

          “Dios” –la Divinidad– no se halla al alcance de la mente, porque es un estado de ser transmental. Es Aquello que somos todos en profundidad, la Mismidad de todo lo que es. Que puede ser vivido –es lo que somos–, pero no pensado. Y cada vez que lo intentamos pensar, creamos un ídolo.

          Ahí radica la sabiduría del mito acerca del nacimiento virginal de Jesús: todo es “Dios” naciendo, expresándose. Todos somos “Emmanuel”, no porque un “Dios” separado esté con nosotros, sino porque es nosotros en nuestra identidad última.

          Ante tal comprensión, no puede nacer sino la palabra de María: “Hágase en mí según tu palabra”. Que sea en mí lo que es, me rindo a la verdad última que somos, digo “sí” a la Vida en todo momento.

¿Vivo en un “sí” consciente a lo que es?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Sin espíritu no somos más que barro

domingo, 22 de diciembre de 2019
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imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Consideraciones para la oración y revisión de vida / homilía

  1. El Espíritu de Dios está sobre María.

La persona y la vida de María están presididas por el Espíritu de Dios. Es el mismo Espíritu del Génesis, de la creación de la vida y del ser humano:

         La tierra al comienzo era confusión y caos, las tinieblas cubrían la tierra, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas y surgió la luz y el sentido (Gn 1,2-3).

         Cuando Dios infunde aliento vital (espíritu) a la debilidad humana, la evolución alcanzó un momento cualificadamente diverso y superior, al barro (Gn, 2,7) y así el ser humano llega a ser viviente.

  • o La naturaleza humana, el barro humano sin espíritu somos un pequeño caos y confusión. La inteligencia, la libertad, la sexualidad, las capacidades humanas sin espíritu quedan en pura materialidad, sin espíritu, sin alma.
  • o ¿Mi vida es un caos, una confusión de cosas, deseos y pulsiones sin espíritu? ¿Hay aliento vital en mi vida? ¿”Soy viviente” o “vegeto” por la existencia? ¿Cuál es el espíritu de mi vida?

Dios guía y acompaña a su pueblo en la dura marcha hacia la libertad y se les hace presente en el FUEGO de la zarza del Sinaí. (Éxodo 3).

         En las dudas y oscuridades de la vida, el Espíritu es LUZ que ilumina nuestro caminar (Éxodo 13, 21).

  • o En el camino de la vida, -a veces duro-, podemos atravesar “noches oscuras”, problemas-crisis, hundimientos psíquicos, morales, desánimos, desierto… Tal vez solamente quedan fuerzas para intuir el fuego y la luz del Espíritu de Dios: fortaleza, sabiduría – comprensión. La oscuridad puede acoger la luz
  • o Si me quedan algunas fuerzas: ¿Hay luz en mi vida o vivo superficialmente, quizás en tinieblas? ¿Al menos miro hacia la Luz? ¿Amo y busco la Verdad?
  • o

          El Espíritu de Dios nos envuelve y hace amable la vida cotidiana como la suave brisa. (1Reyes 19, 12).

  • o Puede que ande “bajo de tono”, bajo de espíritu, sin muchas ganas de vivir. En ese caso, el espíritu pudiera ser la brisa de cada día: un encuentro, el amor, encuentro sentido a la enfermedad, el trabajo hecho lo mejor posible, una celebración familiar, una celebración cristiana, una buena palabra, etc.
  • o ¿Trato de poner buen espíritu -buen tono y talante- en la vida cotidiana con mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, de comunidad? ¿Procuro una cierta amabilidad en mis relaciones eclesiales?

El Espíritu es la fecundidad de María (Mt 1, 18)

  • o Cuando la sombra, el Espíritu, -el estilo de Dios- preside nuestra vida, como la de María, brota vida, brota El que es la Vida.
  • o La “sombra de Dios” protege y hace fecunda la vida humana y la llena de calma, de sentido, de libertad y creatividad. Lo que “veo y percibo” a la sombra de Dios, lo que “oímos” en silencio y comunidad es Palabra y es vida.
  • o Toda encarnación de Dios es obra del Espíritu y solamente obra del Espíritu.
  • o Sin el Espíritu, lo engendrado en la carne de la mujer galilea, es, sin más, hijo de María. Con y desde el Espíritu de Dios, el hijo de María es hijo de Dios.
  • o Toda encarnación de Dios en nuestra condición humana es obra del Espíritu. Sin el Espíritu, nuestra materialidad será siempre materia, barro.
  • o ¿Mi vida está sobrecargada de infinidad de “trastos”: trabajo, reuniones, clases, viajes, prisas, móviles e inmuebles? Las horas a la sombra de Dios quedan fuera de la agenda y son fecundas, son las que crean vida personal.
  • o ¿Con qué espíritu vivo y hago las cosas en mi vida? ¿El espíritu del que vivo me impulsa a crear vida en mi transcurrir por la existencia: familia, fe, cultura, ayuda a personas cercanas o lejanas?
  • o ¿Mi ideología política es de vida?

         El Espíritu es un bautismo de fuego y lucha en el desierto de la vida. (Mt 3,11.16).

  • o El Espíritu nos impulsa y nos hace críticos; nos saca de nuestra superficialidad y e intereses.

         Jesús vive una profunda alegría porque el Espíritu está en él. (Lc 10, 21).

         Cristo resucitado confiere su espíritu a la comunidad cristiana. Y ese Espíritu es paz, alegría e impulso e ilusión para vivir y para la misión. (Jn 20, 22).

  • o Cuando el buen espíritu (santo) impregna nuestra vida: nuestros criterios y nuestras tareas, la serenidad, alienta nuestra existencia.
  • o El Espíritu es quien nos anima y consuela en nuestros desánimos y momentos difíciles. (Jn 16, 7).
  • o ¿Soy persona de calma y alguna alegría o transmito nervios allá por donde voy? ¿Estoy siempre amargado? Los discípulos, los cristianos, se llenaron de alegría al ver al Señor: ¿es mi caso?
  • o ¿Soy “buen compañero de viaje”, sé animar y apoyar una idea, un proyecto? ¿Sé consolar, o más bien, soy derrotista y cierro las puertas de salida a los problemas y las crisis? ¿Acompaño cuando alguien sufre en mi derredor? Siempre en la discreción: ¿me preocupo y visito a los enfermos que me son más o menos cercanos, personas ancianas, etc.? ¿Doy limosna?

El Espíritu nos hace libresy no esclavos. (Rm 7; 8, 15). Hemos sido hechos hijos de la libertad por el Espíritu. (Gál 3, 13-14).

  • o El espíritu de Jesús nos hace libres y audaces. ¿Me da miedo la libertad, el pensamiento, la creatividad, los cambios? Prefiero atrincherarme en los “cuarteles de invierno ideológicos, eclesiásticos? (A mí que me dejen en paz).
  1. Jesús: Dios salva / Emmanuel: Dios con nosotros

Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (Mateo 1)

La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros». (Isaías 7 / Mateo 1)

  • o No sabemos cómo ocurrieron históricamente estas cosas, lo decisivo es que Dios se hace uno de nosotros. Cuando Dios decide acercarse a la humanidad lo hace salvíficamente y se hace Jesús: Dios salva. Dios se acerca a nosotros para ser con nosotros: Enmanuel.
  • o Dios está con nosotros para salvarnos: ¿Dios está en mi vida? ¿Dios cuenta algo en mi vida? ¿Dios está con nosotros?
  • o ¿O todo el asunto Dios–cristianismo lo reducimos a un “subproducto” por el que tenemos fácil acceso a unas “rebajas eclesiásticas” de cumplimientos más fáciles?
  • o Dios está con nosotros en Jesús: Dios salva. ¿Sigo teniendo miedo a Dios? ¿Mi mente y mi corazón viven asustados ante el Dios que nos salva?
  • o Dios se hace carne en la debilidad humana, en los más pobres y débiles. ¿Veo a Dios en los más pobres de la tierra?
  • o Dios asume la naturaleza humana en la naturaleza de María y desde ella queda bendecido todo el Universo, toda la materia, toda la humanidad.

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«¿Pero qué esperamos? «, por Carlos Osma

sábado, 21 de diciembre de 2019
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man31De su blog Homoprotestantes:

Estamos en tiempo de Adviento, tiempo de esperanza en el que cristianas y cristianos nos preparamos para la irrupción de la salvación. ¿Pero qué esperamos? Pues muchas cosas distintas diría yo, únicamente hemos que sacar la conversación con alguna amiga (a la que no le incomode hablar de esto), para ver la diversidad de esperanzas que entre todas y todos atesoramos. No digo que tanta diversidad sea mala, ¡dios me libre!, pero a veces me pregunto qué características debe tener una esperanza para considerarla evangélica.

Cuando era adolescente me invitaron a un ciclo de películas de temática cristiana, y recuerdo muy bien una de ellas que trataba sobre el arrebatamiento. Para quienes no estén familiarizados con este concepto, les invito a que buscar en Netflix series en la categoría ciencia ficción, terror, mi último vuelo, o bandas sonoras diabólicas, para hacerse una idea. Lo que la película explicaba era como llegaba el final de los tiempos y la forma milagrosa en la que los buenos cristianos eran arrebatados al cielo (se salvaban), mientras los que no lo eran tanto se quedaban en un mundo desolado esperando su destrucción mientras sonaba la canción “Te has quedado atrás”. Al acabar la película, si no te querías quedar atrás, o deseabas con todas tus fuerzas que dejaran de atormentar tus oídos con esa terrible canción, podías entregar tu vida a Cristo. Un amigo mío, que era aficionado al puenting lo hizo porque según me dijo si lanzarse al vacío era una experiencia increíble, subir volando hasta el cielo debía ser la hostia. A mí, la verdad, la esperanza que se vendía allí me pareció amenazadora, simple y muy cutre.

Las personas homófobas que dicen ser cristianas con las que me he encontrado también tienen esperanza, y siempre me han dicho (de manera más o menos directa) que la irrupción de la salvación en cualquier ser humano pasa irremediablemente por la heterosexualidad. Sin heterosexualidad, según ellos y ellas, no hay dios que nos salve, no hay esperanza ninguna. La verdad es que no consigo adivinar qué tienen de divinas las prácticas sexuales entre personas de diferente sexo, y porqué los homófobos que dicen ser cristianos hacen pasar sus esperanzas por ellas. No quiero ser mal pensada, pero a lo mejor es que proyectan sobre nosotros la esperanza de tener algún día una. Me sorprende eso sí, que tantas personas se hayan creído esas neuras, y que estén dispuestas a pasar (o hacer pasar a sus hijos e hijas) por terapias de reconversión. Y también me asombra, y cada día más, que justifiquen su homofobia (que siempre negaran) con textos sacados de contextos y lecturas fundamentalistas de la Biblia. Vamos, que en realidad ellos y ellas ponen su esperanza en un Jesús heterosexual, porque si hubiese sido marica enviarían la esperanza, el evangelio y a Jesús, donde están deseando enviarnos a ti y a mí: al infierno.

Dice Dostoyevski en su novela El idiota que “la belleza salvará al mundo”, y la juventud, la salud o la belleza física, son hoy en día la concreción de la esperanza que se relaciona directamente con la salvación. Estar salvado significa estar como un tren, y poder mantener con facilidad relaciones sexuales con todas las personas que quieras porque es difícil resistirse a tus encantos. La belleza y la salud nos abre puertas, ¿quién puede negarlo?, y nos ayuda a mantener la esperanza de no caer en la indiferencia y la mediocridad. Aunque también nos convierte en rivales de nuestro prójimo, obligándonos a preguntarle al espejo cada mañana “si hay alguien más guapo que yo”. Ropa, cremas, actividad física, dieta, medicación, quirófanos… La esperanza no es gratis, es de color verde y cotiza en las bolsas de todo el mundo. Tampoco es colectiva, pues únicamente pasa por nuestro cuerpo y nuestro bolsillo. Y lo más terrible de todo, es que es una esperanza efímera, incapaz de acompañarnos durante toda la vida.

Pero dejémonos de tonterías, todo lo anteriormente dicho o cualquier otra esperanza que se nos pueda ocurrir, no tiene comparación con el dinero. Quien está forrado se salva, o mejor dicho, ya está salvado. Esa es una máxima tan aceptada, que en realidad el Adviento más que anunciar la llegada de la salvación el 25 de diciembre, podría apuntar más bien al día 22, que es el día de la Lotería de Navidad. La esperanza para quienes tenemos que levantarnos todos los días para ir a trabajar, es que nos toquen los 400.000 euros del premio gordo. Con dos o tres números de estos ya no nos importa quedarnos atrás si ocurre el arrebatamiento, dejaremos de ser maricones o bolleras pecadoras para convertirnos en hermanos y hermanas a los que es mejor no juzgar, y bueno, seremos eternamente bellos porque todo el mundo sabe que la gente con dinero está para comérsela. Esperanza del euro o del dólar. Esperanza redonda, a ver si sale mi bola.

Yo creo que la esperanza evangélica, y probablemente esté arrimando el ascua a mi sardina, para serlo realmente, se concreta donde no la habíamos puesto. La adhesión a una religión determinada, la heterosexualidad, la belleza, el dinero, o el resto de salvaciones que se nos puedan ofrecer, aunque hagan nuestras vidas diarias más o menos fáciles, no son esperanzas evangélicas. Quienes las venden como tal están mintiendo. La esperanza evangélica nos lleva siempre a otro lugar, que está situado fuera de lo que nos es permitido esperar. Los evangelios afirman que la esperanza no nos llevará hasta la cuna de un palacio, ni siquiera a la cama de un simple hostal, sino hasta el cajón donde se da de comer a las bestias de un pesebre. Es posible que despojarse de ideas preconcebidas, de deseos demasiado nuestros, de aquello que tenemos muy claro, sea la mejor manera de vivir el Adviento. Eso le da un cariz algo doloroso, porque desprenderse de esperanzas que afirmábamos eran divinas es realmente difícil si nos lo tomamos en serio. El Adviento es también tiempo de espera comunitaria, esperar solas pienso que nunca es una buen señal, los prójimos suelen ayudarnos a mantener las esperanzas ligadas al mundo de lo real. Ellas y ellos nos hacen ver en lo abyecto, lo vil, lo indecente, el lugar donde está a punto de hacerse presente la salvación. Es tiempo de reflexión, de permanecer alerta para poder captar algo de ese dios que es el que es, y que no quiere ser encasillado. Un dios que actúa de forma libre y que suele tener la mala costumbre de hacer pedacitos todas nuestras loables o mundanas esperanzas.

Carlos Osma

Esta Navidad regala el libro «Solo un Jesús marica puede salvarnos». Puedes conocer todos los lugares donde está disponible pulsando AQUÍ.

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«Entrelazar miradas y palabras. Ensayos de teología feminista», de Carmiña Navia Velasco.

lunes, 16 de diciembre de 2019
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teologia-femnaviaEste libro sistematiza el aporte y experiencia religiosa de mujeres que a lo largo de los siglos han sido invisibilizadas en la historia. Su motivación es la búsqueda de referentes femeninos que sirvan de soporte para el trabajo con mujeres de los barrios populares. Esta obra, sin lugar a duda, será un referente importante para estudiantes y profesoras de teología feminista, que quieran explorar el papel de las mujeres dentro del cristianismo e historia eclesiástica.

La novedad de este trabajo es ir a contracorriente y socavar de los estantes empolvados de las librerías, de los intersticios de la historia, aquello que no nos han contado los manuales tradicionales de teología, quizás por omisión o simplemente porque la contribución femenina no es considerada relevante desde la perspectiva androcéntrica y patriarcal.

En el capítulo primero, la autora se plantea la pregunta por la autoafirmación del ser femenino en relación con una espiritualidad que va más allá de los dogmas, jerarquías o instituciones eclesiásticas. Al hacer reminiscencia de la Diosa primordial, nos recuerda el papel mediador que las mujeres tuvieron en relación a lo sagrado. Las tensiones existentes entre el liderazgo masculino y el femenino se evidencian desde los relatos de la creación del Génesis, pasando por el movimiento de Jesús, las primeras comunidades cristianas y en la patrística.

Pero la autora va más allá al presentarnos los mecanismos de resistencia utilizados por las mujeres para no ser excluidas y desterradas del ámbito religioso. Presenta un itinerario de mujeres místicas, poetas y literatas que desde el siglo XII al XIV resistieron desde el monacato a pesar de oposición masculina jerárquica y eclesiástica.  En la contemplación, la poética y las palabras se abren caminos para la vivencia del amor, la autonomía y libertad de las mujeres.

En el capítulo dos la autora nos introduce aún más por los caminos espirituales, invitándonos a recuperar la autoridad femenina a través de la mediación de la memoria y la palabra. Estas voces, al conducirnos a la autoafirmación de nuestro ser, nos ayudan en la construcción de una identidad espiritual femenina y de esta forma se introduce un nuevo paradigma de relacionalidad entre las mujeres que inspiran las prácticas sororiales actuales.

Los capítulos tres y cuatro se centran en la espiritualidad mariana, más allá de una devoción y veneración popular. La autora entiende por espiritualidad aquellos aspectos que hacen de María una mujer cercana, amiga, cuya vida se asemeja a la que viven tantas mujeres en las periferias de nuestras ciudades. Una mujer autónoma, clara y decidida puede ser vista como el lado femenino de la Divinidad. Su sacralidad, puede ayudar a las mujeres a entender que en su corporalidad también está la Divinidad.

En el capítulo cinco la autora acude a los aportes del feminismo crítico y decolonial para inducirnos al interior de los fluidos menstruales que dan sentido a su ser femenino y la ubica en el origen mismo de la vida. Ante esto surgen las siguientes preguntas ¿en qué momento el misterio del sangrado femenino se convirtió en un tabú? ¿Por qué dejó de considerarse sagrada para convertirse en sucia y contaminante? La raíz fundante se encuentra en escritos sacerdotales oriundos del período del pos-exílio babilónico y se encuentra codificada en las leyes de pureza e impureza que se encuentra principalmente en el libro del Levítico. A partir del estudio del encuentro de Jesús con la sangre de las mujeres, en espacio público, se desautoriza las leyes de impureza y la sangre vuelve a adquirir su sacralidad, por la conexión que hay entre el fluido y el útero generador de vida.

En el capítulo seis se propone un ensayo que a simple vista pareciese que rompiese con la articulación interna del libro, pues toma el tema de la paz como eje articulador. ¿Pero será que es posible la paz sin una justicia de género? La respuesta está implícita en el texto, pues el Shalom bíblico describe las buenas prácticas interpersonales que hacen de este mundo un lugar armonioso y feliz. En este sentido, se acude al pacto entre mujeres a partir de una aproximación al libro de Rut para decir que sí es posible reconstruir el tejido social desde las periferias, desde las prácticas de acogida y las redes de apoyo solidario.

En los capítulos siete y ocho, se presenta un itinerario de la irrupción de las mujeres dentro del discurso teológico de liberación, haciendo una autocrítica a nuestros postulados que en muchas ocasiones se ampararon bajo el abanico patriarcal de divinidad. El desafío es reencontrarnos con los lenguajes e imaginarios de Dios elaborados por las mujeres medievales y por místicas de diversos tiempos, esta es una apuesta política en la lucha por nuestra autonomía como mujeres.

De igual forma, destaca los principales aportes del feminismo contemporáneo en los que las categorías: corporalidad, sexualidad, interculturalidad, autonomía, indecencia, queer, violencia sexual, ideología, género, colonialidad, derecho de decidir, relacionalidad, sospecha, espiritualidad, amor, cristología, María, culpa,  diálogo, pactos, continúan desafiando el quehacer feminista, al tiempo que nos lanzan retos y caminos por construir en complicidad sorora y en el respeto por esa diversidad de feminismos que siguen desafiando nuestros contextos y señalándonos rutas.

En términos generales destaco el trabajo serio y sistemático de la autora, en especial la rica y abundante bibliografía de teólogas feministas de varios continentes. La apuesta por un feminismo crítico, propositivo e interdisciplinar y su compromiso con mujeres de las bases constituyen un puente importante, en ese diálogo de saberes entre el mundo académico y nuestras mujeres de base, que desde los diversos movimientos sociales nos impulsan a seguir en la construcción de un futuro mejor. En este sentido, el diálogo entre nuestra tradición ancestral femenina y las nuevas generaciones es importante en ese tránsito intergeneracional, para que la memoria no se esclerotice y se vislumbre un futuro mejor para las generaciones venideras.

Bogotá 13 de noviembre de 2019

Maricel Mena López

(Doctora en Teología, profesora de la Udad. Santo Tomás en Bogotá)

Fuente Fe Adulta

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“La identidad de Jesús”. 3 Adviento – A (Mateo 11, 2-11)

domingo, 15 de diciembre de 2019
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03-adv-a-600x873Hasta la prisión de Maqueronte, donde está encerrado por Antipas, le llegan al Bautista noticias de Jesús. Lo que oye le deja desconcertado. No responde a sus expectativas. Él espera un Mesías que se imponga con la fuerza terrible del juicio de Dios, salvando a quienes han acogido su bautismo y condenando a quienes lo han rechazado. ¿Quién es Jesús?

Para salir de dudas, encarga a dos discípulos que pregunten a Jesús sobre su verdadera identidad: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La pregunta era decisiva en los primeros momentos del cristianismo.

La respuesta de Jesús no es teórica, sino muy concreta y precisa: comunicadle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Le preguntan por su identidad, y Jesús les responde con su actuación curadora al servicio de los enfermos, los pobres y desgraciados que encuentra por las aldeas de Galilea, sin recursos ni esperanza para una vida mejor: «Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia».

Para conocer a Jesús, lo mejor es ver a quiénes se acerca y a qué se dedica. Para captar bien su identidad no basta confesar teóricamente que es el Mesías, Hijo de Dios. Es necesario sintonizar con su modo de ser Mesías, que no es otro sino el de aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.

Jesús sabe que su respuesta puede decepcionar a quienes sueñan con un Mesías poderoso. Por eso añade: «Dichoso el que no se sienta defraudado por mí». Que nadie espere otro Mesías que realice otro tipo de «obras»; que nadie invente otro Cristo más a su gusto, pues el Hijo ha sido enviado para hacer la vida más digna y dichosa para todos, hasta alcanzar su plenitud en la fiesta final del Padre.

¿A qué Mesías seguimos hoy los cristianos? ¿Nos dedicamos a hacer «las obras» que hacía Jesús? Y si no las hacemos, ¿qué estamos haciendo en medio del mundo? ¿Qué está «viendo y oyendo» la gente en la Iglesia de Jesús? ¿Qué ve en nuestras vidas? ¿Qué escucha en nuestras palabras?

José Antonio Pagola

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“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Domingo 15 de diciembre de 2019. 3º de Adviento

domingo, 15 de diciembre de 2019
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03-advientoa3-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 35,1-6a.10: Dios viene en persona y os salvará.
Salmo responsorial: 145: Ven, Señor, a salvarnos.
Santiago 5,7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.
Mateo 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

La primera y la segunda lectura de hoy, del profeta Isaías y del apóstol Santiago, coinciden en el mensaje: merece la pena esperar, hay que esperar, debemos esperar, porque viene nuestro Dios, él mismo viene en persona, y trae el desquite… Hay que tener paciencia, porque es inminente su llegada, ya está a la puerta…

No dudamos de que esta forma de plantear la esperanza, de vivirla y de transmitirla, ha sido útil y muy eficaz para muchas generaciones anteriores a nosotros, pero tampoco dudamos de que hoy día, ese planteamiento pudiera no servir ya.

– Este motivo aducido clásicamente para fundamentar la esperanza de que Alguien viene, alguien va a irrumpir apocalípticamente en nuestra vida, incluso con inminencia, y de que nuestra esperanza consista en «esperar» (de espera, no de esperanza) su llegada… no resulta hoy ya plausible.

– Ese esquema conceptual según el cual Dios ha anunciado que vuelve, en una segunda venida que sellará el final del mundo, y que nosotros estamos por tanto en un tiempo intermedio, incierto y amenazado por la espada colgante (de Damocles) de esa sorpresa divina que llegará como la visita del ladrón… ha sido una imagen poderosa, que ha cautivado la atención de muchas generaciones, pero que hoy empieza ya a no funcionar.

– Esa idea de que debemos esperar que en el futuro Dios va a castigar a los malos… y así «poner las cosas en su sitio» y vengar las maldades de los que nos han hecho daño… probablemente fue muy efectiva en otro tiempo, como lo ha sido en pedagogía todo lo referente a los premios y castigos, las buenas y las malas notas, pero hoy ya muy pocas mentes lúcidas pueden aceptar que la pedagogía humana infantil pueda ser aplicada al misterio existencial del ser humano.

Aquellas generaciones tenían una comprensión del mundo míticamente religiosa, inserta en las coordenadas de la descripción del mundo que las mismas religiones habían elaborado: un mundo que consistía esencialmente en un «plan de Dios» para poner una prueba al ser humano y llevarlo a otra vida, mejor o peor según mereciera premio o castigo. Dentro de ese «pequeño mundo», dentro de esa cosmovisión religiosista que ocupó por milenios el imaginario de nuestros mayores, funcionaba el hablar de una segunda venida, de la prueba que Dios nos pone, de la amenaza que supone la posible sorpresa del Dios que viene e irrumpe en el mundo para finalizarlo e inaugurar otro eón, el de los premios y castigos. Este imaginario religioso (tradicional, antiquísimo, milenario…) está agotándose, desapareciendo con las generaciones mayores, desvaneciéndose y perdiendo vivacidad y plausibilidad en las generaciones medias, y siendo rechazada en las generaciones jóvenes, en las que no logra ya implantarse. La transmisión de ese tipo de fe se está interrumpiendo.

En el nuevo imaginario o cosmovisión que muchos estamos adquiriendo, fundamentado en la nueva imagen que la cosmología y el conjunto actual de las ciencias nos ofrecen, ya no cabe concebir la realidad tan «antropocéntricamente» como para pensar que todo consiste y todo se reduce a «un plan que Dios ha hecho para probar al ser humano». Al ser humano actual no le resulta ya plausible una espiritualidad que le dice que él es el centro del cosmos, y que este cosmos «ha sido creado simplemente para servir de escenario al drama humano de su salvación ultraterrena»… Y no le resulta plausible tampoco que el misterio tan respetable del más allá sea asociado con y puesto al servicio de la amenaza de castigos o la promesa de premios…

¿Es posible ser cristiano sin aceptar estas imágenes que hoy sentimos como no incorporables a nuestra cosmovisión? Sí, lo es, al costo de purificar nuestra esperanza -y, más ampliamente, nuestra cosmovisión religiosa global- de aquellas imágenes propias de un tiempo que ya no es el nuestro.

En realidad, lo que importa es el contenido profundo, la experiencia espiritual, la dimensión de esperanza (en este caso), no el soporte de categorías, esquemas mentales, cosmovisiones apocalípticas o esquemas de concepción del tiempo de los que echaron mano nuestros antepasados. El cristianismo, a lo largo de su historia, ya ha abandonado muchas imágenes que en su tiempo fueron comunes, que luego se oscurecieron, y que finalmente nos resultaron inaceptables (de algunas de las cuales hoy incluso nos avergonzamos). Durante muchos siglos, el predominio del pensamiento estático, el supuesto de la ahistoricidad, y el desconocimiento del carácter evolutivo de todo, nos ha querido hacer pensar que no podemos cambiar nada, que debemos creer a la letra lo que expresaron nuestros mayores, sin remontarnos a revivir su misma experiencia profunda pero con libertad y creatividad, y que nada puede ser innovado. Pero la misma historia está ahí para mostrar lo contrario a quien sepa y quiera verlo. Y también está ahí el presente: son muchos ya, de hecho, los cristianos/as que «creen de otra manera».

El evangelio de Mateo nos presenta la llamada «prueba mesiánica». Juan el Bautista desde la cárcel manda emisarios para preguntarle a Jesús si es él el esperado o si deben esperar a otro. Jesús no responde con algunas pruebas teologicas, ni con citas bíblicas apologéticas, o con algunos dogmas o doctrinas, sino que se remite y remite a los consultantes a los puros hechos, que pueden ser «vistos y oídos»: «los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia el Evangelio, la Buena Noticia». Estos «hechos», estas buenas noticias, son la prueba de identidad del Mesías. Y serán, tienen que ser, la prueba de identidad de quienes sigan al Mesías, al Xristós, o sea, los «cristianos». Sólo si nuestra vida produce esos mismos hechos, sólo si somos «buena noticia para los pobres», sólo entonces estaremos siendo seguidores de aquel Mesías, del Xristós, o sea, «cristianos». Leer más…

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15.12.19. Tercer Domingo de Adviento, ciclo A (Mt 11, 2‒11) Los ciegos ven, los cojos anden… Navidad: Las obras de Cristo

domingo, 15 de diciembre de 2019
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1MACHAERUSfig001-k45D-U204280518739jTH-510x650@abcDel blog de Xabier Pikaza:

Juan Bautista: Salir al desierto para encontrar a Cristo

El evangelio de este domingo 3 de Adviento (ciclo a) tiene dos partes:

1. ¿Eres tú el que ha de venir?  Navidad, obras de Cristo (Mt 11, 2‒6). Pregunta Juan Bautista, preguntan sus discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir?

     Jesús responde: los ciegos ven, los cojos andan, los enfermos son curados y los muertos resucitan… Éstas son las obras de la Navidad de la Iglesia. Que los ciegos vean, que los cojos anden, que muertos. Ésta es la Navidad de Jesús, ésta es su Iglesia.

2. ¿Qué habéis salido a buscar al desierto? El Adviento de  Juan (Mt 11, 7‒11). Él preguntaba a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir?  Jesús responde a la gente que Juan es el Adviento: No es una caña movida por el viento, alguien que se deja llevar por conveniencias…; No es hombre de palacio, vestido de lujo a costa de los pobres,  sino un testigo de la justicia de Dios… Aquel que prepara el camino de la Nueva Humanidad, cuando los ciegos vean, los cojos anden… y los muertos resucitan.

 Este mensaje doble, que define la identidad de Jesús (obras del Reino) y la de Juan Bautista (el que prepara su venida) define el mensaje y tarea de este  domingo 3 de  Adviento.

(Imagen 1: Maqueronte, el lugar donde estaba preso Juan Bautista; fortaleza militar, bajo la luz del Adviento)

Pregunta del Bautista. ¿Eres tú el que ha de venir? Las obras del Cristo (Mt 11, 2-6)

03-Cabeza-del-Precursor_Ortodoxos-IconosLa escena conserva un fondo histórico. El mismo Juan Bautista, ya en prisión, antes de ser ajusticiado, podría haber dirigido esta pregunta a Jesús, a través de sus discípulos, aunque parece más probable que la hayan dirigido, en un tiempo posterior, los mismos discípulos de Juan, a quienes hemos encontrado en Mt 9, 14, al lado de los fariseos, ocupándose de ayunos. Pero aquí aparecen ellos solos, los discípulos de Juan. No critican a Jesús, aunque tampoco parecen aceptarle plenamente. Por eso preguntan:

 11 2 Habiendo oído en la cárcel las obras del Cristo, Juan envió desde la cárcel a unos discípulos para preguntarle: 3 ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?  Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: 5 los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena noticia, 6 ¡y dichoso aquel que no se escandalice de mí!

   Conforme a la visión de Mateo, Juan Bautista sólo contaba con agua de purificación, pero anunciaba la llegada de un erkhomenos (venidero: 3, 11) que bautizará en espíritu santo y fuego (3, 11). Por eso, desde la cárcel, en espera de la muerte (cf. 14, 1-12), habiendo escuchado las obras del Cristo (11, 2), Juan envía a sus discípulos para preguntar a Jesús ¿eres tú el erkhomenos? (11, 3), cosa que nosotros, a diferencia del Bautista, ya sabemos.

evangelio-de-mateoJesús responde (Mt 11, 4-6) remitiendo a sus obras, y apareciendo por ellas como el Mesías de los cojos-mancos-ciegos, de los expulsados-enfermos-muertos. De esa forma inaugura la nueva humanidad liberada, a través de unos milagros, esto es, de unas obras de sanación (curar ciegos, cojos y sordos), purificación (limpiar leprosos), y transformación social y escatológica (anunciar la buena noticia a los pobres, resucitar a los muertos). Según eso, la plenitud futura de la humanidad (esto es, el surgimiento de la Iglesia) se interpreta como curación mesiánica, transformación humana[1].

− Los ciegos ven (cf. Mt 11, 5). Al ponerse en contacto con Jesús, algunos ciegos han recobrado la vista. Sobre el contenido físico de esa curación, y sus elementos psico-somáticos y/o religiosos discuten los especialistas, pero es evidente que la presencia de Jesús se expresó en las curaciones, como muestran otros textos de Mateo, 9, 27-30; 20, 30-34 (cf. 15, 31), que recogen elementos de Marcos (curación del ciego de Betsaida y el de Jericó: Mc 8, 22-26 y Mc 10, 46-52), con la tradición del ciego de nacimiento de Jn 9, 1-41. Este motivo de la ceguera (Mt 13, 10-17) y de la curación de los ciegos define la controversia de Jesús con el rabinismo.

Los cojos andan (cf. Mt 11, 5). La tradición recoge curaciones de paralíticos, mancos, encorvados y cojos. Entre las que parecen tener más fondo histórico, puede citarse la del paralítico de Cafarnaúm, Mt 9, 2-7, con la del siervo/amante del centurión (Mt 8, 5-13). Cf. también 15, 30-31; 21, 14. El evangelio se define así como una marcha mesiánica que muchos contemporáneos se negaron a compartir, quedando así (según el evangelio) nuevamente impedidos, cojos, en su situación antigua.

Captura-de-pantalla-2018-08-13-a-las-11.49.34-1 − Los leprosos quedan limpios (Mt 11, 5). No es fácil precisar la enfermedad de la que se trata, pues la palabra “lepra” se aplicaba entonces a una extensa gama de afecciones de la piel, que tenían un intenso carácter social, pues se las consideraba signo de impureza. Los evangelios recuerdan casos de curación de leprosos con probable fondo histórico, como el de Mt 8, 2-4 (cf. Mc 1, 40-45), y presentan a Jesús como sanador de leprosos, de manera que ellos pueden integrarse en la comunidad  cristiana,  rompiendo la barrera que la Ley había establecido (cf. Lev 13-14).pues sus discípulos pueden también curarles (Mt 10, 8).

− Los sordos oyen (Mt 11, 5). La tradición les ha vinculado con los mudos, pues ambas carencias solían ir unidas. En esa línea parece situarse el texto ya citado de Mt 9, 33-34, que reaparece en 12, 22, con motivo de la acusación satánica contra Jesús. Se trata sin duda de un milagro con fuerte simbolismo mesiánico: La novedad de Jesús se expresa en el hecho de que él puede crear (está creando) un grupo de gentes que ven y caminan, que consiguen la pureza y pueden escuchar, abriéndose a la palabra, en contra de aquellos que se encierran en su ceguera y sordera (como veremos en el capítulo de las parábolas: cf. 13, 14-15).

e65dd50f964112487fe55275e19f9b9d− Los muertos resucitan (Mt 11, 5). Más difíciles de valorar son las resurrecciones. Se corrió sin duda la fama de que Jesús las había realizado, haciendo volver a la vida a personas que parecían muertas (cf. Mc 5, 21-43) o que lo estaban de hecho (cf. Mt 9, 18-23), aunque pueda discutirse sobre el carácter “biológico” de los hechos. En este contexto se sitúa la autoridad que Jesús ha concedido a sus discípulos, dándoles el poder de “resucitar a los muertos” (10, 8), con el pasaje profundamente simbólico de 27, 52-53 donde se dice que los cuerpos de muchos que “estaban dormidos” (=muertos) resucitaron en el momento de la muerte de Jesús. De esa forma, su movimiento vinculado a la resurrección de los muertos, unida a la de Jesús, conforme a un motivo que resulta muy cercano al de Pablo, cuando afirma que él está preso como cristiano por creer en la resurrección de los muertos (Hch 24, 15.21; 25, 23).

‒ Y los pobres reciben la buena noticia (11, 5). Pobres (ptôkhoi, mendigos) son aquellos que no pueden mantenerse por sí mismos, pues carecen de trabajo o medios para subsistir, a diferencia de los trabajadores de clase humilde (penêtes) capaces de alimentarse, aunque a costa de un duro esfuerzo. Evangelizar a esos mendigos no es darles un simple mensaje espiritual, sino abrir para ellos un camino (bienaventuranza: 5, 3), con lo que implica de cambio en sus condiciones personales y sociales, de forma que ellos puedan mantenerse (vivir) en dignidad y relacionarse en alegría con otros, y volverse así misioneros, curando a los mismos ricos, como supone el envío de 10, 8-10. Eso significa que la obra de Cristo es “buena nueva para los mendigos”, un cambio social que invierte las estructuras de conjunto de la vida, no sólo en Galilea, sino en todo el mundo conocido[2].

slide_28‒ Y bienaventurado aquel que no se escandaliza de mí (11, 6). Las obras anteriores (sanación, resurrección, liberación de los pobres…) definen la historia y proyecto de Jesús, que ha suscitado un  fuerte rechazo (¡promovido por la oligarquía aldeana de Galilea!), de manera que él mismo se ha visto obligado a completar su respuesta añadiendo: ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mí! Es como si Jesús temiera el “escándalo” no sólo de Juan, sino, y sobre todo, del conjunto de la población, resignada a mantener su estatuto social.

   En un sentido, era más fácil el mensaje del Bautista: Que venga el juicio de Dios y transforme las condiciones del mundo, a la fuerza, desde arriba… Más difícil resulta el “milagro” que Jesús propone: Un  cambio que debe realizarse desde dentro de la misma vida, no por juicio exterior o imposición, sino por nueva creación, no a la fuerza (con hacha, huracán y fuego…), sino por transformación personal y social de los campesinos de Galilea[3]. Leer más…

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Destierro, desconcierto y paciencia. Domingo 3º Adviento. Ciclo A.

domingo, 15 de diciembre de 2019
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jesus-mas-cerca-de-los-q-sufren-12-12-10Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Las lecturas no tienen relación entre ellas, pero siguen en la misma onda de los domingos anteriores. La primera (de Isaías) vuelve a tratar uno de los grandes problemas antiguos y actuales: el de los deportados y desplazados. El evangelio se relaciona de forma muy estrecha con el del domingo precedente (que este año no hemos leído debido la solemnidad de la Inmaculada): la actividad de Jesús provoca el desconcierto de Juan Bautista. La carta de Santiago ofrece un nuevo consejo para vivir el Adviento.

  1. Destierro y repatriación de hace siglos; refugiados y desplazados de ahora

            Los dos primeros domingos de Adviento nos recuerdan los graves problemas de la guerra y las injusticias, ofreciendo como contrapartida la esperanza de la paz y un nuevo paraíso. El texto de Isaías de este tercer domingo aborda otra de las grandes experiencias que tuvo el pueblo de Israel: la del destierro.

            La primera deportación importante la sufrieron los israelitas del norte a finales del siglo VIII a.C. (año 720). Pero las más famosas fueron las que tuvieron como protagonistas a los judíos a comienzos del siglo VI a.C. (años 598 y 586). Fue grande la tragedia, angustia y odio que provocaron estas deportaciones. Pero más fuerte aún fue en muchos casos, no siempre, el deseo de volver a la patria. Numerosos textos proféticos en los libros de Jeremías, Ezequiel, Isaías, anuncian esta repatriación.

            En esta línea se orienta la primera lectura del tercer domingo de Adviento. Para comprenderla debemos recordar que el camino de miles de kilómetros entre Babilonia y Jerusalén no era entonces (tampoco ahora) una maravillosa autopista transitada por cómodos autobuses con aire acondicionado. Cualquier caravana que hacía ese largo recorrido tenía la impresión de atravesar un terrible y árido desierto. Un grupo del que formaran parte ancianos, mujeres embarazadas, niños, podía desanimarse fácilmente ante la difícil empresa. El profeta los anima con palabras enormemente poéticas.

oasis

            El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría.

            Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.

            Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis.»

            Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.

            Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.

         Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

            Esta lectura del tercer domingo nos obliga a pensar en tantos millones de personas que se encuentran en la misma situación que los antiguos israelitas y necesitan como ellos una palabra y una acción que les lleve esperanza y consuelo.

  1. Desconcierto (Mt 11,2-11)

            Si el domingo pasado hubiéramos leído el evangelio correspondiente al segundo de Adviento, habríamos oído a Juan Bautista hablar de un Mesías enérgico, con el hacha en la mano dispuesto a talar todo árbol improductivo, y con el bieldo para quemar la paja en el fuego. Sin embargo, las noticias que le llegan a la cárcel de la actividad de Jesús son muy distintas.

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:

«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

Jesús les respondió:

-«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

            El comienzo es muy significativo: «Juan se enteró… de las obras que hacía el Mesías». No dice Jesús, sino el Mesías. Y «las obras» se refiere a todo lo que se ha contado anteriormente: palabras, curaciones, misión. Pero lo que debía animar a Juan provoca en él la duda. Había esperado un Mesías que solucionase definitivamente los problemas; dispuesto a cortar el árbol que no diese buen fruto (3,10), a distinguir entre el trigo y la paja, para quemar lo inútil en una hoguera inextinguible (3,12). Jesús le falla; al menos, lo desconcierta. Actúa de forma muy distinta a como actúa él: no va vestido con una piel de camello, no se alimenta de langostas y miel silvestre, no enseña a rezar a sus discípulos, no les obliga a ayunar, en vez de a dar hachazos se dedica a curar enfermos y contar historias bonitas. Juan, después de estar convencido de que Jesús era el Mesías esperado, se pregunta ahora ‒y le pregunta‒ si hay que seguir esperando a otro.

            La respuesta de Jesús es desconcertante a primera vista: repite lo que Juan ya sabe. Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Sin embargo, es distinto saber y comprender. Y las obras del Mesías se comprenden cuando son contempladas a la luz de la Escritura. No se trata de saber que Jesús ha curado a dos ciegos, a un mudo, o a un leproso. Lo importante es que en todo eso se está cumpliendo lo anunciado por los antiguos profe­tas.

«Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abri­rán,

saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará» (Is 35,5)

«Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán,

despertarán jubilosos los que habitan en el polvo» (Is 26,19)

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.

Me ha enviado para la buena noticia a los que sufren» (Is 61,1)

            A partir de esas promesas elabora Jesús su respuesta, que pasa de la enfermedad física (ciegos, cojos, leprosos, sordos) a la muerte y a la evangelización de los pobres. A partir del libro de Isaías se podría haber construido una imagen muy distinta, más en la línea de Juan Bautista. Jesús elige la que solo subraya lo positivo. Y esto puede provocar una reacción en contra. Por eso termina con un serio aviso: «¡Dichoso el que no se escandalice de mí!» Esto es lo que los discípulos de Juan deben comunicarle en la cárcel.

            Este episodio es muy importante para examinarnos de nuestra imagen de Jesús. Generalmente partimos de que Jesús es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Por consiguiente, cualquier cosa que diga o haga debe ser perfecta. Esta actitud es muy peligrosa porque impide profundizar en la fe.

            Las palabras y las obras de Jesús desconcertaron a Juan Bautista, escandalizaron a los escribas y fariseos, no fueron entendidas por los discípulos. Es absurdo pensar que nosotros no tendríamos ninguna dificultad en aceptarlas.

            El episodio anterior puede dejar mal sabor de boca con respecto a la figura de Juan Bautista. Por eso, el evangelio añade unas palabras de Jesús sobre él.

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:

-¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.» Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

            Para comprender este pasaje hay que recordar un dato fundamental. Nosotros siempre hemos visto a Juan Bautista en relación con Jesús. Su única misión era anunciar la venida del Mesías. Esto significa una simplificación muy grande. En los ambientes judíos de comienzos del siglo I, Juan Bautista era más conocido que Jesús; y sus discípulos llegaron a Grecia antes incluso que los cristianos. Por otra parte, los episodios ante­riores demuestran que los discípulos de Juan Bautista no perdie­ron su identidad al aparecer Jesús, sino que siguieron vinculados a Juan, viviendo según sus enseñanzas (por ejemplo, con respecto al ayuno).

            Se creó, entonces, entre los discípulos de Jesús y los de Juan cierta tensión sobre quién de los dos era más importante. Aquí se aborda el tema, exaltando a Juan y, al mismo tiempo, poniéndolo en su justo sitio.

            Las afirmaciones son bastante distintas, y a veces enigmáticas. Ante todo, Jesús elogia las cualidades humanas de Juan: firmeza, austeridad. Pero es más que un asceta: es un profeta, e incluso más que eso: el mensajero que prepara el camino del Señor, «el Elías que tenía que venir» (Ex 23,20; Mal 3,1). Por eso, «no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista».

            Sin embargo, la dignidad de Juan radica precisamente en ser el precursor de Jesús, y se queda en el ámbito del Antiguo Testamento. Por eso, «el más pequeño en el Reino de Dios [en la comunidad cristiana] es más grande que él». Esta frase resulta muy dura, pero encaja en la idea bíblica de que los hombres no son lo importante sino Dios y lo que él hace. Encandilarse con la grandeza de las personas, incluso de los mayores santos, no es un buen método para valorar la acción de Dios.

  1. Paciencia (Snt 5,7-10)

El tercer consejo procede de la carta de Santiago y se centra en la paciencia y el aguante, poniendo como ejemplo a personas tan distintas como los campesinos y los profetas.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

  El problema de fondo es el retraso de la vuelta de Jesús, que los primeros cristianos esperaban muy pronto. Por eso el autor de la carta insiste en que «la venida del Señor está cerca» y que «el juez está ya a la puerta». La Iglesia terminó aceptando que la vuelta de Jesús no sería inminente, pero los consejos de la carta siguen siendo válidos para los momentos en los que la vida nos exige paciencia y fortaleza en los sufrimientos.

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Tercer Domingo de Adviento. 15 diciembre, 2019

domingo, 15 de diciembre de 2019
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Jesús les respondió:
“-Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: las ciegas ven y las inválidas andan; las leprosas quedan limpias y las sordas oyen; las muertas resucitan, y a las pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichosa quien no se sienta defraudada por mí!”

(Mt 11, 2-11)

En el evangelio de este domingo se nos presenta de nuevo la figura de Juan. Igual de decidido que la semana pasada pero también confuso. Se encuentra en prisión y sabe que las cosas pueden empeorar para él. Tiene muy clara su vocación: él no es el Mesías, él simplemente anuncia la llegada del Mesías. Oye hablar de  lo que hace y dice Jesús, y todo junto le confunde. Jesús no es exactamente el tipo de Mesías que esperaba Juan. Por eso, desde la cárcel le envía a sus discípulos con una pregunta directa: “¿eres tú el Mesías o tenemos que esperar a otro?”

Pero la respuesta de Jesús, como siempre, obliga a la responsabilidad y a la toma de postura. Podría haberle dicho: -Juan, tranquilo, yo soy el Mesías, aunque vemos a Dios de distinta manera, no te preocupes que conmigo no te equivocas.

Sin embargo, en lugar de una respuesta tranquilizadora, lo que hace es obligar a Juan a hacer uso de su libertad. Le lleva a otra manera de ver a Dios y de ser Mesías. (Recuerda que la semana pasada Juan nos hablaba de un Dios bastante enfadado, esperando la conversión con el hacha en la mano…)

Jesús le dice: -Nada de hachas, Dios no es un juez permanentemente enfadado. La Buena Noticia es que Dios no se cansa de darnos nuevas oportunidades y sus preferidas son las personas marginadas, aquellas que la Ley y la sociedad han dejado fuera del sistema. Y luego añade: -¡Dichosa quien no se sienta defraudada por mí! Que sería lo mismo que decirle: -Juan o rompes la imagen de Dios que tienes y te vuelves al Dios de la Vida o no podrás ser feliz.

Y nosotras podemos pensar qué imágenes de Dios nos tienen atrapadas sin dejarnos salir tras la huellas del Dios Vivo.

Oración

Dichosa quien no se sienta defraudada por mí. Quien sepa ver en la liberación de quienes más sufren la mano de Dios presente en la historia.

Dichosa la que se deje abrir los ojos a la novedad del Reino. La que se deje movilizar por todo aquello que devuelve la dignidad a las últimas de las últimas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Te sentirás defraudado si confías en lo externo.

domingo, 15 de diciembre de 2019
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1198252518_fMt 11, 2-11

Después de haber hablado de la vida pública de Jesús durante ocho capítulos, el evangelio de Mt vuelve a hablar de Juan de una manera sorprendente. Mt ya nos ha dicho quién es Jesús, pero Juan desde la cárcel no las tiene todas consigo. La pregunta de los enviados es muy concreta, pero él responde a dos cuestiones muy distintas. De sí mismo responde de manera indirecta con lo que dice Isaías del Mesías. De Juan responde por su cuenta y riesgo, de una manera también sorprendente. El relato que nos propone el evangelio de hoy es desconcertante. El Precursor dudando que el anunciado sea auténtico.

¡Cómo que Juan no sabía quién era Jesús! ¿No había dicho que no era digno de llevarle las sandalias? ¿No había dicho que su bautismo era solo de agua, que él bautizaría con Espíritu Santo? ¿No había dicho que él era el que tenía que ser bautizado por Jesús? ¿No había visto al Espíritu bajar sobre él? ¿No había oído la voz del cielo: Este es mi Hijo amado? ¿A qué viene ahora la pregunta ingenua de, si es o no es, el que ha de venir? Podría reflejar la duda por no responder a las expectativas que había sobre el mesías.

Una vez más recordamos que los evangelios no son crónicas de sucesos. Aunque algunas veces puedan hacer referencia a hechos que sucedieron, la intención al relatarlos es aclarar problemas teológicos. El tema que se propone hoy fue muy difícil de resolver para los primeros cristianos, que eran judíos. Su mensaje y su manera de comportarse, nada tenía que ver con lo que los judíos de su tiempo esperaban del Mesías. No se trata de hablar de Juan, cuanto de intentar que todos se den cuenta del significado de Jesús.

Los evangelios nacen en una cultura oriental, completamente distinta de la cultura grecorromana donde se desplegó más tarde el cristianismo. En aquella cultura, la manera de comunicar verdades era el relato. Contando una historia, se le dice al interlocutor lo que se le quiere comunicar. Nada que ver con la cultura grecorromana, que había desarrollado un lenguaje lógico, discursivo, racional, que por medio de silogismos accedía y comunicaba la verdad. Sigue siendo una catástrofe para la interpretación del evangelio que nos empeñemos en mirarlo como lenguaje lógico.

Da verdadera pena oír hablar de los relatos de la infancia de Lc y Mt como si fueran historia, cuyo objetivo es comunicarnos lo que pasó. Y todo, sin hacer puñetero caso a los exégetas que llevan más de dos siglos diciendo que esa no es la manera adecuada de entenderlos. No sólo distorsionamos los textos, haciéndoles decir lo que no dicen; sino que nos quedamos sin el verdadero y profundo mensaje, y esto es mucho más grave. Podéis imaginar lo que yo siento cuando veo a una persona salirse de la iglesia por oírme decir que esos relatos no son historia. No hay manera de superar los prejuicios.

Contadle a Juan lo que estáis viendo. No les está diciendo que su misión es curar a los inválidos. Lo que hace Jesús es recordar la manera de hablar de Isaías, para que Juan asociara lo visto con los tiempos mesiánicos anunciados. Ni todos los leprosos van a quedar limpios, ni todos los sordos van a oír, (en realidad no llegan a una docena los milagros que nos cuentan los evangelios). También nos dice Isaías que el lobo habitará con el cordero y la pantera se tumbará con el cabrito, que el desierto y el yermo se regocijarán, que se alegrarán el páramo y la estepa. Estas imágenes no tenemos más remedio que entenderlas como símbolos. ¿Por qué esperamos que las otras no lo sean?

¿Por qué habla de ciegos, sordos, cojos, inválidos, leprosos, y muchos otros colectivos que siguen siendo objeto de marginación? El texto quiere decir que la llegada del Reino tendrá consecuencias para todos, pero sobre todo para los más desfavorecidos. Quiere decir que el que acoja el Reino, saldrá de la dinámica de la opresión y entrará en la del servicio. Por cierto, entre los signos de la presencia del Mesías no hay ni un solo signo religioso. Esto tenía que hacernos pensar. Los cristianos nos olvidamos con frecuencia que, para Jesús, lo primero es el hombre; incluso antes que el culto (Dios).

La buena noticia, que se anuncia a los pobres, es que Dios es Abba para todos. La noticia de que la salvación viene de Dios y ya se la ha concedido a todos. La noticia de que Dios no va a pedirnos cuenta de nuestros pecados, sino que nos ha liberado ya de todos ellos. La noticia de que no son los sabios y entendidos los que descubrirán ese Dios sino los sencillos. La noticia de que no son los que detentan el poder, sea civil o religioso, los que están más cerca de Dios, sino los que lo sufren y padecen. La noticia de que no son lo “buenos” los que encontrarán a Dios de cara, sino las prostitutas y los pecadores.

Ni Juan ni los apóstoles estaban capacitados para entender a Jesús. Su figura no se ajusta al Mesías que ellos esperaban. Jesús rompe todos los moldes, desbarata todas las expectativas. Lo que aporta va en la dirección contraria de lo que esperaban. No viene a imponer nada, sino a proponer una dinámica de servicio. Su actitud de no-violencia, de no defenderse de los enemigos, de no destruir al adversario, escandaliza a todos, incluido a Pedro. No sólo no viene a imponer “justicia” sino que acepta la injusticia en su propia carne. De ahí la frase final de Jesús: “y dichoso el que no se escandalice de mí”.

El Reino no lo hacen presentes los ciegos o sordos o cojos curados, sino el que se preocupa de ellos. Por no tener esto en cuenta, creemos que lo importante es librar al pobre de sus carencias. El objetivo primero debe ser librarme yo de mi inhumanidad. Incluso para un ciego, más importante que ver, es recuperar su humanidad machacada por el que le desprecia. Que esa disponibilidad sea para con un rico o para con un pobre, no tiene ninguna importancia; lo que importa es la actitud. Tampoco importa que al necesitado se le dé un millón o sólo una sonrisa; en ambos casos allí está Dios.

Esa advertencia sirve también para nosotros. Seguimos escandalizándonos porque la salvación que Jesús nos trajo no responde a la que nosotros seguimos esperando. Seguimos sin enterarnos de que el amor que predica Jesús es absolutamente eficaz solo si se hace vida, pero es inútil si se queda en teoría. El amor nunca se pondrá al servicio de nuestro ego para alcanzar provecho personal. El amor va siempre en dirección a los demás y se olvida de sí. Nos empujará siempre a desprendernos de nuestro ego. El amor compasivo es nuestra verdadera naturaleza. El egoísmo es nuestra destrucción.

La inmensa mayoría de las miserias humanas no están a la vista. Todos estamos rodeados de carencias, más importantes que las estrictamente vitales como pueden ser alimento y vestido. La falta de alimento me puede matar biológicamente, pero la falta de amor me mata como ser humano. Todos necesitamos ayuda de los demás en mil aspectos, que ni siquiera queremos reconocer. Pero también yo puedo ayudar a todos los seres humanos que encuentro en mi camino. Cada uno necesitará algo distinto, pero puedo estar seguro de que todos esperan algo de mí. Entraré en la dinámica del Adviento cuando haga presente el Reino, no defraudando al que espera algo de mí.

Meditación

Todos nos sentimos de una u otra manera defraudados.
La realidad no se presenta como nosotros la queremos.
Seguimos esperando que Dios arregle el mundo.
La preocupación inmediata por nuestro ser biológico
puede impedir el descubrimiento de nuestro ser más profundo
y arruinar nuestras posibilidades como seres humanos.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Una caña en el desierto.

domingo, 15 de diciembre de 2019
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4CDB1E18-D4BF-4D7D-B876-72CBC6F82840Necesito a Jesús y no a algo que se le parezca (C. S. Lewis)

15 de diciembre. DOMINGO III DE ADVIENTO

Mt 11, 2-11

Cuando se marcharon, se puso Jesús a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salisteis a contemplar en al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento

Estas afirmaciones son una construcción literaria que dejan claro quién es Juan y quién es Jesús, sin duda, con características peculiares.

Lo que también debe ser construcción literaria es lo que San Juan evangelista dice en Apocalipsis 1, 7: “Mira que llega entre las nubes: Todos los ojos lo verán”, pues lo que indudablemente es cierto, es que ni llegará entre las nubes ni lo verán nuestros ojos.

Para nosotros los cristianos, lo más transcendente y vital de todas estas desconcertantes visiones, es descubrir la realidad de todo ello, cosa no fácil a lo que parece fue, para las primeras comunidades cristianas.

¿Pero nos han marcado pautas para hacerlo? Los que seguían a Jesús eran hombres y mujeres comunes y corrientes, que ayudaban a los marginados, que vivían viajando, casi siempre sin ningún techo sobre sus cabezas y pasaban gran parte de su tiempo aprendiendo, contemplando en silencio y preparándose para llevar la Buena Nueva al mundo entero, sin forzar voluntades.

Otra característica suya, posiblemente la más destacada era ésta, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, de Lucas 22, 39, de donde se deriva la necesidad de no ser severo ni juzgar a los demás innecesariamente, porque existe solo un único Juez.

El rabino Akiva ben Iosef, fue  uno de los sabios tanaim, que vivió a finales del sigo I y principios del II, dice que este es el propósito de toda la enseñanza y revelación de la Torá, y que “ama a tu prójimo como a ti mismo” es la totalidad del propósito de todo trabajo espiritual, que la verdad es que cuando dice que tienes que amar a los demás como a ti mismo, en realidad es más que eso: tienes que preocuparte por ellos más de lo que lo haces por ti.

Un tanaim era un sabio que acompañaba a los jueces, citaba los textos cuando era solicitado y agregaba nuevos comentarios.

También todos debemos ser al menos un poco tanaim, y ser capaces de opinar sabiamente sobre cuestiones que nos incumben o incumben a los demás, como lo fueron en estas y otras cuestiones tantas personas.

La sabiduría es la habilidad de una persona para emitir juicios certeros basados en el conocimiento y la experiencia, una destreza que ha sido eminentemente valorada desde la antigüedad, desde las grandes tradiciones filosóficas y religiosas, que nos obliga a observar el mundo en tonos grises, no en blancos y negros únicamente.

Los sabios son especialistas en la que experto en estrategia Roger Martin llamaba el pensamiento integrador, que es la capacidad para mantener dos ideas diametralmente opuestas en su cabeza y saber conciliar éstas en cada situación.

El filósofo alemán (1724-1804) Immanuel Kant, fue claro al respecto: “El sabio puede cambiar de opinión, el necio, nunca”.

Como decía. S. Lewis (1898-1963) apologista cristiano:

“Necesito a Jesús y no a algo que se le parezca”

Y ahora cabe preguntarnos: Qué salimos a contemplar al desierto, ¿cañas sacudidas por el viento?

 

CONÓCETE A TI MISMO

Un director de orquesta necesita ser capaz
de pensar acústicamente, ser espontáneo,
conocer la partitura, dominar la técnica,
y comprender a los músicos.

El principio de la música de cámara es el diálogo,
comprender y respetar que cada instrumento hable de forma diferente,
que cada músico interprete la melodía de distinta manera,
y que al final, todos y todo se funden en el otro.

El Talmud y la Biblia nos enseñan,
no sólo a tratarnos a nosotros mismos,
sino también a nuestro prójimo.

Primer capítulo del Evangelio:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Los griegos lo interpretaron de este modo:
Γνῶθι σεαυτόν (Conócete a ti mismo),
Porque, como añadió la sibila del Olimpo:
Si te conoces a ti mismo, conocerás a los dioses.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

domingo, 15 de diciembre de 2019
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3_adv_aMt 11,2-11

¿Reconocemos a Jesús como el Mesías que esperábamos? ¿Descubrimos su presencia en esos signos de transformación de la sociedad, que parten del dolor de los marginados? ¿O seguimos esperando a otros mesías más acordes con nuestra mentalidad raquítica, o con los valores del momento?

El evangelio de hoy empieza, como tantos otros domingos, con el consabido “en aquel tiempo…” Según vamos leyendo seguro que nos damos cuenta de que sería igualmente exacto decir: “En estos tiempos… en nuestro tiempo…”

Porque hay personas, muchas, que se hacen o nos hacemos hoy, preguntas parecidas. Preguntas con menos calado quizá, en las que con frecuencia hemos perdido la referencia a Dios, fruto del secularismo que nos envuelve. Y cambiamos la pregunta sobre Jesús en preguntas sobre nuestras pobres aspiraciones o deseos. Algo así como: ¿qué o a quien tenemos que esperar? Porque dan o damos por supuesto que “tenemos que esperar” que tal como estamos no nos gustaría seguir.

Y en estos días, cercanos a la Navidad, escuchamos múltiples respuestas a nuestro alrededor, casi todas en el mismo sentido: “Tenemos que esperar al “Black Friday” para hacer nuestras compras, para adquirir todo lo que pensamos que vamos a necesitar en Navidad. Tenemos que esperar que nos toque la lotería y para ello “mantenernos unidos por un décimo”. Tenemos que esperar que se inaugure la iluminación de nuestras calles y luego salir a verlas, para convencernos de lo luminosa que va ser nuestra realidad social…

Pero el evangelio nos plantea la pregunta de otra forma. Nos plantea la pregunta definitiva, la que marca la diferencia esencial de nuestra vida: “¿Eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Esta pregunta estaba en el ambiente de la época, y resume en su brevedad toda la historia de Israel, una historia orientada por la esperanza de la llegada del Mesías.  Ante la presencia inquietante de Jesús que empieza a obrar y a hablar de manera muy distinta a la de Juan Bautista, muchos judíos discípulos de Juan se preguntan, ¿es este el Mesías que Juan anunciaba? Podemos imaginarnos el desconcierto de estos discípulos, y sus dificultades ante un posible mesías que no responde a sus expectativas, que no se hace valer expulsando a los romanos… ¿cómo es posible? Mateo, recoge esta preocupación en su evangelio poniendo la pregunta en boca del mismo Juan, ya en la cárcel. Así la pregunta tiene más autoridad.

Hoy, en un ambiente mucho menos religioso, también a nosotros nos invita el evangelio a preguntarnos y a preguntar a Jesús, ¿Eres tú? ¿Eres tú el que colma todas nuestras esperanzas o tenemos que seguir esperando a otros?

Y Jesús, como tantas otras veces, nos sorprende con una respuesta novedosa e inesperada. Nos ayuda a ver y oír la realidad que Él está inaugurando en aquel tiempo y hoy: “…los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

Él, como Mesías está transformando la sociedad, pero el punto de partida es el dolor de los marginados. Se ha acercado a quienes no tenían nada, a quienes no podían acudir al médico, a quienes habían sido expulsados de los pueblos y ciudades y forzados a vivir en los cementerios para no contagiar. Su revolución empieza por un cambio social que devuelve la dignidad a cada hombre y mujer, empezando por los últimos. Ver, percibir ese cambio, conlleva un cambio de mentalidad, dirigirse a Dios de otro modo, reivindicar la justicia… No ha empezado en un programa electoral, sino en unos signos patentes y concretos. Pero como esos signos iban contracorriente de la mentalidad de entonces el riesgo era no entenderlos y escandalizarse.

Esta dificultad es la que también hoy podemos tener nosotros. El evangelio nos está invitando a ver estas señales e interpretarlas. Es el camino de la fe, que arranca de hechos visibles y conduce al reconocimiento de Jesús, como mesías, salvador. Es importante recordar que esta enumeración de las obras de Jesús, “los ciegos ven…” enlaza estrechamente con la promesa del mesías del profeta Isaías (Is 35, 5s; 61,1) y nos lleva a reconocerle, a no escandalizarnos de Él, aunque su lenguaje nos siga resultando sorprendente.

¿Reconocemos estos signos de su presencia transformadora? ¿Creemos en Él como nuestro Señor y Salvador o nos sentimos escandalizados, escandalizadas de su manera de obrar, de su forma de hablar de Dios y de relacionarse con Él? De nuestra respuesta sincera depende el que seamos “dichosos” o sigamos en el grupo de los eternos buscadores de pequeñas promesas que no llegan a colmar nuestra esperanza profunda de una vida plena.

Nuestra respuesta vital es también la clave que nos sitúa en referencia a Juan Bautista, a la dinámica del Antiguo Testamento, del cumplimiento de la Ley. El evangelio pone en boca de Jesús el gran piropo referido a Juan Bautista: “es más que profeta”. En el “escalafón” de los nacidos de mujer Juan ocupa el puesto principal, pero para Jesús hay otra manera de situarse: quien está en el Reino (no en los cielos, sino en la dinámica del reino) es o puede ser más grande que Juan.  A eso se nos invita a todos, esa es la gran posibilidad que se nos regala. Ojalá el evangelio de este domingo, tan próximo a la Navidad, nos ayude a responder a la pregunta con una fe firme, aun en nuestra fragilidad: ¡Tú eres el mesías, el que esperábamos!

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp.

Fuente Fe Adulta

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Lo que esperamos ya está aquí

domingo, 15 de diciembre de 2019
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Puente-y-árboles.2-300x225Domingo III de Adviento 

15 diciembre 2019

Mt 11, 2-11

Los relatos evangélicos transmiten hechos concretos de la vida de Jesús, desde el filtro de la experiencia de aquellas primeras comunidades en las que nacieron, y con un objetivo catequético. Lo que buscan no es tanto fidelidad histórica –tal como la entendemos hoy–, cuanto sostener la fe de los discípulos y leer todo lo acontecido desde su propia experiencia creyente.

       Todo ello es patente en numerosas páginas del evangelio y, entre ellas, en lo que se refiere a la figura de Juan el Bautista. Carecemos de datos mínimos que nos permitan conjeturar qué papel jugó en la vida de Jesús, así como de la relación que mantuvieron. Sin embargo, los textos evangélicos fueron “adornando” progresivamente su figura hasta convertirlo, no solo en discípulo del Maestro de Nazaret, sino en “el más grande de los nacidos de mujer”.

         La catequesis de Mateo que leemos hoy arranca con una pregunta decisiva: “¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?”. Decisiva porque toca una fibra muy sensible del ser humano, de la que brota una de las grandes preguntas kantianas: “¿Qué me cabe esperar?”.

         La respuesta de Jesús remite a “lo que estáis viendo y oyendo”. De ese modo, la catequesis cristiana lo presenta como el Mesías esperado o, mejor aún, como aquel en quien se realiza la plenitud de los tiempos, tal como había escrito Pablo –no olvidemos que los escritos paulinos son anteriores a los evangelios– en la carta a los Gálatas (4,4): “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo”. Lo que encontramos, por tanto, en el texto de Mateo es una confesión de fe de aquella primera comunidad.

         Sin embargo, y sin negar la legitimidad de esa lectura, la comprensión transpersonal ahonda más, al hacernos ver que lo que esperamos ya está aquí. En profundidad, somos ya todo aquello que buscamos. Es una trampa situar la plenitud “fuera” o en el “futuro”. Se trata solo de despertar, caer en la cuenta, comprender… y vivir anclados y en conexión con lo que somos. De esa conexión brotará en todo momento la acción adecuada, más creativa y más eficaz que nunca.

¿Vivo en la esperanza o en la comprensión?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Tu verdad? No, La verdad y ven conmigo a buscarla: (al desierto); la tuya guárdatela.

domingo, 15 de diciembre de 2019
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002Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. la vida es un desierto.

Juan Bautista y frecuentemente Jesús se retiraban al desierto

         La vida es un desierto, un amino muchas veces áspero y lleno de dificultades. Pero el desierto es el camino hacia la libertad (Éxodo). El camino del desierto es duro; por el desierto se va con lo imprescindible, es el lugar de la aridez y del vacío.

         Atravesamos muchos desiertos en la vida: crisis de salud, crisis morales, conflictos matrimoniales – familiares, angustias psíquicas, indignaciones ante situaciones sociales y eclesiásticas.

         Podemos escuchar a Dios en situaciones de bonanza, pero también en la marginalidad y dureza de nuestra existencia. El camino después del Éxodo, Job, Juan Bautista, el mismo Jesús vivieron el desierto

Es difícil -¿imposible?- escuchar a Dios en el aturdimiento de la vida, La Palabra es imposible en el black Friday, o en la vorágine de los viajes.

La Palabra de Dios vendrá sobre nosotros como le vino a Juan Bautista en el silencio y vacío de nuestro propio desierto.

La Palabra vino sobre Juan Bautista. La Palabra no vino sobre Tiberio, Herodes, Anás o Caifás, (poderes político – religiosos). Vino sobre un hombre marginal, en el desierto: Juan Bautista.

         La Palabra no está en las grandes concentraciones o en los grupos de poder, etc., sino que está en las gentes sencillas y pobres de las periferias, en las iglesias de las diásporas, en los pobres.

En el desierto de la vida hay mucho que escuchar. En silencio percibimos la libertad, la ética, el bien y el mal, la gracia y el amor de Dios y de nuestros hermanos, la cercanía de la comunidad, el alimento, los sufrimientos, la fuerza de la enfermedad y de la vida, etc. En la profundidad del silencio percibimos el sentido de la vida, la esperanza, el horizonte, el ser.

El desierto es duro, el camino largo. Dice el sacerdote, nieto del filósofo Eugenio d´Ors:

El silencio crea una cierta adicción. Tiene una primera fase, primerísima, de encantamiento. ¡Qué paz! ¡Qué bien se está!, nos decimos. Pero bastan pocos minutos, o en el mejor de los casos, horas, para que esa agradable sensación se disipe y el silencio muestre su cara más árida: el desierto.[1]

La Palabra no nos viene en una hoja que llega del Obispado, ni en los pactos políticos, sino que la Palabra, la razón, la sensatez nos sobreviene en el silencio del desierto de la vida.

La esperanza del desierto es el futuro.

  1. Juan Bautista no era un hombre convencional.

         Juan Bautista no parece que fuera un arrivista o un hombre del “sistema político ni eclesiástico”:

No vestía a la moda (Mt 3,4 / 11,8), más bien con piel de camello No comía en restaurantes de “estrellas Michelin”, sino más bien “en el banco de alimentos” (Mt 3,4): saltamontes y miel silvestre. Tenía una palabra recia que clamaba con energía contra el sistema: fariseos y saduceos: Raza de víboras… (Mt 3,7)

Por eso estuvo en la cárcel y por eso fue degollado por Herodes.

Juan Bautista fue un hombre que no se colgó medallas ni se arrogó méritos. Fue un hombre que buscó y remitió a Xto.

Es una noble actitud en la vida: no ser acomodaticio y arrivista, estancado en los sistemas eclesiásticos o políticos. Juan Bautista fue un hombre audaz que amaba la verdad y hacia ella, hacia Xto, encauzó a los suyos.

  1. Hay que salir.

Jesús -por tres veces- dice a la gente: ¿qué salisteis a ver? (Éxodo) Salir y ver: dos cuestiones harto difíciles para quienes o para cuando estamos instalados.

¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta?

Francisco, obispo de Roma, subraya con energía que hemos de ser una Iglesia en salida, en Éxodo. Vivir en Éxodo es una postura muy cristiana: estar siempre en actitud de búsqueda, dejando nuestras trincheras y cuarteles de invierno.

         Vivir en actitud profética: intentar leer la vida en profundidad es algo muy humano y cristiano.

Dejémonos de instalaciones faraónicas, patrimoniales y dejemos de lado la frivolidad de las cañas vacilantes de la moda y pancartas ondulantes de las grandes concentraciones y manifestaciones donde el “yo” se diluye en masas amorfas.

         Ser mensajeros de la Palabra, del sentido es una noble tarea y dedicación en la vida. Vayamos por los mundos de Dios siendo testigos de Cristo, como Juan Bautista.

No nos escandalicemos del Evangelio

[1] Pablo D´Ors, Biografía del silencio, Madrid, Ed Siruela, 2012, p 77. Curiosamente al pobre hombre le andan ya metiendo en la heterodoxia eclesiástica, ¡por hablar del silencio!

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Los dos “Advientos”

jueves, 12 de diciembre de 2019
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1574454224_667067_1574454773_noticia_normalJuan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 02/12/19.- Estamos ante dos maneras diferentes, en cierta manera contrarias, de prepararse para el acontecimiento que da sentido a ambos: la Navidad. Por un lado, a nivel litúrgico y religioso, la Iglesia recuerda a sus fieles que estaría bien mantener una actitud fuerte de vigilancia durante las cuatro semanas previas a dicho acontecimiento. De vigilancia no respecto a posibles intrusiones externas, sino a todo lo que pueda suponer desde el interior una distracción que impida descubrir donde se encuentra hoy para todo hombre y mujer la Buena Noticia. Para ello, las iglesias y lugares de culto se adornan de manera especial, dentro de la austeridad requerida. El color morado es el que predomina, acompañado de un signo propio y exclusivo de este tiempo litúrgico como es la corona de Adviento. Yendo más al fondo, en cuanto al mensaje y al testimonio, son los profetas los encargados de recordar que el momento está muy cerca y que, por ello, se hace necesario mantener una actitud activa y expectante de vigilia y de espera. Principalmente Isaías, por lo que al Antiguo Testamento se refiere, es el que recuerda que el “tiempo ya se ha cumplido” y que, por tanto, es hora de despertar y mantenerse alerta. Juan Bautista, en el Nuevo, será quien con su palabra y también su testimonio urgirá a abrir caminos que hagan posible la entrada de Aquel, el único, que trae la paz. Finalmente, María, también José, encarnarán de manera muy especial el mejor ejemplo de que no hacen falta ruidos ni aspavientos; el silencio es el instrumento más idóneo a la hora de oír ese susurro de “Aquel que viene sin romper la caña cascada”.

Lo que me temo es que quizás toda esta preparación no sirva más que para dar pábulo a un cierto sentimiento y sensiblería personal que la imaginación popular ha ido tejiendo a lo largo de veinte siglos a partir de algunos datos, poco precisos ciertamente, del nacimiento de un niño allá, por las tierras de Judea. Todo ello, en vez de asumir en forma de compromiso lo que un día más tarde este recién nacido espetará sin más a los discípulos que el Bautista le envió para preguntarle si era Él realmente el Mesías. “Id y decid a Juan -les respondió- lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los mudos hablan, los cojos caminan…” (Lc. 7, 22-23).

Junto a esta manera de prepararse para la Navidad, la sociedad en general, “cristiana” precisamente, lo vive y lo espera de manera muy diferente. En este sentido, cabe reconocer que acostumbra a madrugar un poco más. Hace algunos días que la mayoría de las calles y plazas de nuestras ciudades comenzaron a iluminarse de manera muy especial. No de la manera que se hace cada año, sino con mayor intensidad, cuando esto es posible; pues, no en vano, los unos y los otros se retan y compiten para a ver quién logra superar mejor el espectáculo conseguido el año anterior. La luz, con todo lo que supone y significa, en este caso deja de tener finalidad en si misma, para convertirse en instrumento y medio que conduce a otras realidades. Así, pues, la luz queda convertida, por un lado, en signo y señal; mientras por otro, se la intenta imbuir de algo mucho más incisivo; es el mejor de los reclamos que llama a los unos y los otros, no solo para que compren lo que en muchos casos podría ser necesario; sino para que lo hagan hasta llegar al paroxismo, si hace falta.

A la calle salen también unos cantos que otrora solamente se cantaban en los templos. Unos cantos preñados de una ternura y de un sentimiento profundo que obligan casi a la fuerza a hacerse portador/a de valores muy especiales. Valores tales como la bondad hacia todo y para con todas las personas; la solidaridad con el pobre, el perdón para con el ofensor, el deseo de paz para quienes, en un sentido o en otro, son víctimas de violencia o de abuso. Hablo de obligar, no porque alguien, desde fuera, imponga deberes más o menos onerosos que haya que esforzarse por llevar a cabo para convertir en realidad los valores antes aludidos. Se trataría de un esfuerzo en la línea, más bien, de una especie de auto obligación interior que nadie va a fiscalizar, sino que va a ser cada una y cada uno quienes lo ponga en práctica con la mayor generosidad del mundo y, curiosamente también, con una inmensa alegría. Vaya; que sí o sí, hay que ser buenos y buenas, porque toca; sin pretender ir más allá. Y eso mal que les pudiera pesar a no sé quién, o, incluso, a nosotras y a nosotros mismos.

Claro que, vistos así estos “Advientos”, muy poco o nada se puede esperar de los mismos a corto y, mucho menos, a largo plazo; pues tengo la impresión de que no son fruto de convicciones sólidas y profundas, sino, más bien, de sentimientos bastante superficiales en general y, por lo visto hasta el momento, muy, pero que muy pasajeros.

A pesar de todo, no estoy abogando, por si alguien lo pudiera llegar a pensar, por un año, en este caso por un diciembre 2019, sin Navidad; ¡Dios me libre! Mis deseos son totalmente otros: ¡Quiero la Navidad; solo faltaba! Pero, eso sí: una Navidad menos mezquina, menos superflua, menos sensible religiosamente, menos… Una Navidad de sentimientos profundos que, a su vez, esté libre de experiencias baladís. Una Navidad que sea fruto de una religión que predica y es testimonio de un compromiso con todas las consecuencias. Y, puestos a pedir, mi deseo es que fuera una Navidad más “evangélica”.

Y, como los deseos son gratis, vayan todos los más posibles por delante, en cuanto a mi se refiere. De manera especial un sincero Adviento y una feliz Navidad para todos los hombres y mujeres sin ningún tipo de distinción ni diferencia.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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¡¡¡En Adviento, regocíjate!!!

lunes, 9 de diciembre de 2019
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211573-joven-reconociendo-la-grandeza-de-dios«Estén siempre alegres en el Señor,
les repitoy, estén alegres. El Señor
está cerca…
»
(Fil 4, 4)

En pleno tiempo de Adviento, un anuncio alto y claro para quienes somos Iglesia, la palabra que nos invita a alegrarnos, sin interrumpir la actitud de esperanza, ante la inminente manifestación de nuestro Señor. El regocijo y la esperanza se hacen, de aquí en adelante, la clave para disponerse en serio a vivir la Navidad.

No obstante, no siempre es fácil encontrar la palabra y gesto oportuno, que mueva al sincero regocijo, en los pasos cotidianos de la vida cristiana. A pie, por las calles, abriéndonos paso entre las muchas dudas y cuestionamientos, juicios y retos, carencias y debilidades; el regocijo parece a veces utopía, cuando tantas noticias desagradables nos invaden sin piedad:

¿Cómo podríamos regocijarnos sinceramente, en medio de tantos rostros hermanos que están llorando, víctimas del sufrimiento?

¿Cómo podría nuestro regocijo parecer sincero y adulto, en medio de tantas palabras hirientes, gestos culpabilizantes y acciones crueles de unos contra otros?

¿Cómo podemos regocijarnos de verdad, sin perder de vista la urgente necesidad de tomarnos en serio la misericordia y la solidaridad?

¿Cómo invitar reiteradamente a la humanidad al regocijo, sin que suene a cierto cinismo, ante las infamias y los crímenes de los que sin cesar somos testigos impotentes?

¿Cómo conseguir estar siempre alegres, aún en medio de la violencia y la tempestad?

¿Quién se atreve a invitar al regocijo, a quien sufre la depresión o le invade la angustia en la enfermedad de un ser querido, o sumergido en el duelo por la pérdida de alguien amado?

Sin embargo, no solamente es invitación seria y adulta, también es una respuesta inteligente ante lo que nos cuestiona. Hoy es importante invitar al regocijo. No es tonto ni ingenuo el regocijo del Adviento, cuando se mantiene humedecido con lágrimas, e impregnado de sudor. No es una burla, ni una salida fácil ante las consecuencias del pecado. Es una forma muy madura de hacer frente a la historia, con perdón y amor.

Por eso:

Regocíjate; Iglesia que estás en Adviento, esperando sin expectativas pero con esperanza, a tu Salvador, quien recrea tu vida y te ofrece felicidad plena.

Regocíjate, pueblo sacerdotal, porque a quien esperas es la razón de tu alegría más completa, y en la comunión a la que te invita, se encuentra tu fortaleza para seguir luchando por la paz y la justicia.

Regocíjate. No te digo regodéate. No engordes tus seguridades, ni intentes guarecer tus pertenencias. Muestra al mundo que, en realidad, no tienes tanto como parece, ni necesitas tanto como puedas obtener. Te basta con la diaria solidaridad.  Fortalece tu ánimo, fortaleciendo el ánimo de los demás.

Regocíjate, no por los bienes que poseas, porque aún sin necesidad de conseguir, tener y retener, vives nutrida por el gozo que viene de la presencia de tu Señor. Ni los privilegios, ni el poder te harían tan feliz como esa sonrisa, esbozada en la pobreza, ese abrazo, apretujado con afecto en el sufrimiento y esa bondad, que se consigue mantener, tenazmente, en la guerra

Reitero:

Regocíjate, aún en las situaciones más oscuras. Aún en el llanto y la soledad, en el fracaso y la injusticia; ahí precisamente, llena de gozo los huecos, ábrete paso sin darte por vencida.

Regocíjate, y mantén vivas las ascuas de la esperanza, que te den luz y abrigo aún en la más densa oscuridad. Encuentra tu fortaleza en la humildad, no intentes ocultar tu vergüenza, y pide perdón con sinceridad.

Regocíjate, y une tus manos; busca sin darte por vencida la unidad fraterna, aún en la diversidad. No temas a quienes piensen diferente, ni intentes eliminar a quienes puedan parecer amenazantes. Acógelos, como acoge tu Señor, y ofrece franco tu humano corazón. Colabora con las iniciativas en favor de la paz y la equidad.

Regocíjate, y viste de rosa tu liturgia sin pudor. Celebra desde la ternura y la debilidad, que en todo puede mucho, y sonríe francamente ante la humanidad. Que todas las personas, sea cual sea su identidad, su situación vital o su discurso ante la sociedad, encuentren en ti, un cálido y seguro hogar.

Regocíjate, porque son muchas las mujeres, consagradas y laicas, las madres y padres de familia, los jóvenes y ancianos, los diáconos, ministros y obispos; que siguen apostando por el Evangelio sincero y audaz.

En este tiempo de espera… ¡Regocíjate, de verdad!

Rogelio Cárdenas, msps

Fuente Fe Adulta

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“Recorrer caminos nuevos”. 2 Adviento – A (Mateo 3,1-12)

domingo, 8 de diciembre de 2019
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02-adv-a-600x825Por los años 27 o 28 apareció en el desierto en torno al Jordán un profeta original e independiente que provocó un fuerte impacto en el pueblo judío: las primeras generaciones cristianas lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.

Todo su mensaje se puede concentrar en un grito: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Después de veinte siglos, el papa Francisco nos está gritando el mismo mensaje a los cristianos: abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio.

Su propósito es claro: «Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos». No será fácil. Hemos vivido estos últimos años paralizados por el miedo. El papa no se sorprende: «La novedad nos da siempre un poco de miedo porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida». Y nos hace una pregunta a la que hemos de responder: «¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas que han perdido capacidad de respuesta?».

Algunos sectores de la Iglesia piden al papa que acometa cuanto antes diferentes reformas que consideran urgentes. Sin embargo, Francisco ha manifestado su postura de manera clara: «Algunos esperan y me piden reformas en la Iglesia, y debe haberlas. Pero antes es necesario un cambio de actitudes».

Me parece admirable la clarividencia evangélica del papa. Lo primero no es firmar decretos reformistas. Antes es necesario poner a las comunidades cristianas en estado de conversión y recuperar en el interior de la Iglesia las actitudes evangélicas más básicas. Solo en ese clima será posible acometer de manera eficaz y con espíritu evangélico las reformas que necesita urgentemente la Iglesia.

El mismo Francisco nos está indicando todos los días los cambios de actitudes que necesitamos. Señalaré algunos de gran importancia.

Poner a Jesús en el centro de la Iglesia: «Una Iglesia que no lleva a Jesús es una Iglesia muerta».

No vivir en una Iglesia cerrada y autorreferencial: «Una Iglesia que se encierra en el pasado traiciona su propia identidad».

Actuar siempre movidos por la misericordia de Dios hacia todos sus hijos: no cultivar «un cristianismo restauracionista y legalista que lo quiere todo claro y seguro, y no halla nada».

Buscar una Iglesia pobre y de los pobres. Anclar nuestra vida en la esperanza, no «en nuestras reglas, nuestros comportamientos eclesiásticos, nuestros clericalismos».

José Antonio Pagola

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“Convertíos, porque está acerca el reino de los cielos”. Domingo 8 de diciembre de 2019. Domingo 2º de Adviento

domingo, 8 de diciembre de 2019
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02-advientoa2-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 11,1-10: Juzgará a los pobres con justicia.
Salmo responsorial: 71: Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.
Romanos 15,4-9: Cristo salva a todos los hombres.
Mateo 3,1-12: Convertíos, porque está acerca el reino de los cielos.

La primera lectura es uno de esos varios preciosos textos de Isaías –y de los profetas bíblicos en general– que nos «describen» la «utopía» bíblica. Por definición, la utopía «no tiene lugar», no se la puede encontrar, todavía no se ha concretado en ningún sitio, no existe… y en ese sentido tampoco se puede describir cómo es. Pero si hablamos de la utopía -y si incluso soñamos con ella- es porque sí tiene alguna forma de existencia. No es que no exista, simplemente, sino que «no existe… todavía». Como decía Ernst Bloch, no sólo existe lo que es, sino lo-que-no-es-todavía (el “noch nicht Sein”). No es, pero puede llegar a ser, quiere ser y, como podemos comprobar de tantas maneras, lucha por llegar a ser. Y será. Como decía Ebeling, «lo más real de lo real, no es lo real mismo, sino sus posibilidades»…

El pensamiento utópico es un componente esencial del judeocristianismo. No lo es de otras religiones, incluidas las grandes religiones. No hay sólo un tipo de religiosidad. Podemos encontrar varias corrientes en las religiones «neolíticas», las de los últimos cinco mil años. Unas experimentan lo sagrado sobre todo en la conciencia (la interioridad, el pensamiento silencioso, la experiencia de la iluminación, de la no dualidad… una especie de «estado modificado» de conciencia); otras lo experimentan en la naturaleza, en la experiencia cósmica… (la experiencia de sintonía con la naturaleza, de unidad e interdependencia con ella, de su sacralidad imponente, de la Pachamama… lo que Mircea Elíade llamó la «experiencia uránica», ésa que todos los pueblos han sentido al contemplar la belleza del cosmos, del cielo estrellado…). Las religiones abrahámicas, un tercer grupo, por su parte, han experimentado lo sagrado «en la historia», por medio de la fe, la esperanza y el amor, a través del llamado de una Utopía de Amor-Justicia. Véanse los tres enfoques diferentes de las tres gamas o ramas del árbol de las religiones: la interioridad de la conciencia, la misteriosidad de la naturaleza, y el llamado utópico de la justicia en el decurso de la historia…

Este tercer foco es, concretamente, el ADN de nuestra religión. Todo lo demás (doctrina, moral, liturgia, institución eclesiástica…) añade, reviste, completa… pero la esencia de la religiosidad abrahámica es esa fuerza espiritual que experimentamos en el llamado de la Utopía del Amor-Justicia. Que, por ser “amor-justicia”, obviamente, siempre estará de parte de los pobres, de los “injusticiados”, en cualquier nivel o tipo de injusticia (económica, cultural, racial, de género…) en que se realice.

Los profetas, Isaías en el caso de la lectura de hoy, «describe» la Utopía, «cuenta el sueño» que le anima: un mundo amorizado, fraterno, sin injusticia, sin injusticiados, en armonía incluso con la naturaleza… La Utopía fue tomando en Israel el nombre de «reinado de Dios»: cuando Dios reina el mundo se transforma, la injusticia deja lugar a la justicia, el pecado al perdón, el odio al amor… las relaciones humanas descompuestas se recomponen en una red de amor y solidaridad. El conocido estribillo del canto del salmo 71 (el de la liturgia de este domingo) lo dice magistralmente: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia, tu Reino es Paz, tu Reino es Gracia, tu Reino es Amor». Donde Dios está presente y «reina», es decir, donde se hacen las cosas «como Dios manda», allí hay Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gracia y Amor. Por eso hay que clamar con el estribillo cantado de ese salmo: «Venga a nosotros tu Reino, Señor». No hay sueño ni Utopía más grande, aunque esté tan lejana.

El adviento es, por antonomasia, el tiempo litúrgico de la esperanza. Y la esperanza es la «virtud» (la virtus, la fuerza) de la Utopía, la fuerza que la Utopía provoca, crea en nosotros para esperar contra toda esperanza. Adviento es por eso un tiempo adecuado para reflexionar sobre esta dimensión utópica esencial del cristianismo, y un tiempo para examinar si con el paso del tiempo nuestro cristianismo tal vez olvidó su esencia, tal vez arrincónó tanto la utopía como la esperanza.

El evangelio de Mateo nos presenta a Juan Bautista pidiendo a sus coetáneos la conversión, «porque el reinado de Dios [reinado “de los cielos” dirá Mateo, con el pudor reverencial judío que evita «tomar el nombre de Dios en vano»] está cerca». En aquellos tiempos de mentalidad precientífica y apocalíptica, la propensión a imaginar futuras irrupciones del cielo o del infierno servía para mover a las masas. Hoy, con una visión radicalmente distinta sobre la plausibilidad de tales expectativas apocalípticas, la argumentación de Juan Bautista ya no sirve, resulta increíble para la mayor parte de nuestros contemporáneos. No es que hayamos de cambiar (que hayamos de convertirnos) «porque el reino de Dios está cerca», sino exactamente al revés: el Reino de Dios puede estar cerca porque (y en la medida en que) decidimos cambiar nosotros (convertirnos), y es con ello como cambiamos este mundo… Ya no estamos en tiempos de apocalipsis (una irrupción venida de fuera y de arriba), sino de praxis histórica de transformación del mundo y de su historia (una transformación venida de abajo y desde dentro). El reinado de Dios -la Utopía, para decirlo con un lenguaje más amplio e interreligioso- no es ni puede ser objeto de «espera» (como ante algo que sucederá al margen de nosotros), sino de «esperanza» (la desinencia «anza» expresa ese matiz de actividad endógena). La esperanza es esa actitud que consiste en «desear provocando», desear ardientemente una realidad todavía «u-tópica», tratando de hacerla «tópica», presente en el «topos», en el lugar y en el tiempo, aquí y ahora, en la Tierra, no en el cielo futuro.

Insistimos: otras religiosidades discurren por otro tipo de experiencia de lo sagrado –y ello no es malo, es muy bueno, y es muestra de la pluriformidad de la religiosidad–, pero la vivencia espiritual específicamente judeocristiana es esta esperanza activa histórico-utópica comprometida. En este Adviento podríamos hacer de esto una materia de reflexión y examen.

Por cierto, la segunda lectura, de la carta a los romanos, coincide curiosamente con este mismo enfoque esencial: «Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza»… Mantener la «esperanza», mantener esa tensión de compromiso histórico-utópico es el objetivo de las Escrituras (por cierto, de «todas las Escrituras», no sólo de la Biblia…). Es decir: las Escrituras fueron escritas para eso. No para fines piadosos, para fines estrictamente transcendentes o sobrenaturales… sino «para mantenernos en la esperanza», por tanto, para comprometernos en la historia, para encontrar lo divino en lo humano, el Futuro absoluto en el futuro histórico y contingente. Cualquier utilización bíblica que nos encierre dentro de la Bíblia misma, nos separe de la vida o nos haga olvidar el compromiso histórico de construir apasionadamente la Utopía en esta tierra, será un uso malversado –o incluso perverso– de la Biblia. Leer más…

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8.12. Dom 2º Adviento. María Inmaculada y Juan Bautista

domingo, 8 de diciembre de 2019
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74155316_1367110946799427_27766357978251264_nDel blog de Xabier Pikaza:

Puerta de Adviento: Juan Bautista y María, promesa de libertad

Juicio de Dios y esperanza humana

Este año 2019, el 8 de Diciembre es Fiesta de la Inmaculada y  Domingo 2º de Adviento, dedicado a la figura y mensaje de Juan Bautista. La fiesta de la Inmaculada, como dogma de la Iglesia Católica es reciente (del año 1854), aunque la veneración de María como Llena de Gracia (Inmaculada) es muy antigua y más antigua todavía su relación con Juan Bautista, como testigos del Adviento de Jesús y portavoces más significativos de su juicio.

              Pienso que, en esa línea, sería conveniente que la fiesta de la Inmaculada se trasladara al Dom. 2º de Adviento, y se vinculara la con la fiesta y mensaje de Juan Bautista, reinterpretando así un elemento clave del dogma de la Inmaculada, en la línea del Adviento de Jesús, en unión con Juan Bautista. Desde ese fondo expondré los dos “textos” principales de esta fiesta del Adviento de Juan y de María, evocando después algunos rasgos importantes de la iconografía sobre el tema.

  1. El Adviento de Juan. Evangelio del Domingo:

7 Juan, pues, decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: –¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Producid, pues, frutos digno de arrepentimiento y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: «A Abraham tenemos por padre.» Porque os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham (Lc 3, 7‒17)

9 El hacha ya está cayendo sobre la raíz de los árboles. Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.16. Ése bautizará con Espíritu Santo y fuego.17 Tiene el bieldo está en su mano para limpiar su era y juntar el trigo en su granero, pero quemará la paja en el fuego que nunca se apagará (Mt 3,7‒12).

  1. Hijos de ira, portadores de veneno. Juan aparece aquí como testigo y portador de la Ira Venidera, vinculada al juicio de Dios (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Conforme a una extensa experiencia israelita, la humanidad se hallaba envuelta en pecado; por eso, muchos sacrificios expiatorios del templo tenían como fin el aplacar a Dios. Para Juan, eso es inútil: va a estallar la Ira de Dios, pues la humanidad (el pueblo de Israel) está envenenado, es portador de muerte, como hijos de víbora, portadores de veneno[1].
  2. Frutos dignos de arrepentimiento. (Mt 3, 8; Lc 3, 8). De la imagen de la víbora, que no puede cambiar, pasamos a la imagen del árbol, que debe fruto. La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo ha comparado a Israel con un árbol o planta (higuera, viña, olivo…). El árbol de Israel debe dar frutos, a través del arrepentimiento.
  3. Hijos de Abraham las piedras… (Mt 3, 9; Lc 3, 8) Hay una confianza genealógica d Israel que se funda en la pura descendencia (hijos de Abraham). Juan, profeta escatológico tiene que ir en contra de esa confianza… La filiación de Abraham no es un seguro inmediato, sino que ella está vinculada a las buenas obras…
  4. Trae en su mano el Hacha, para cortar los árboles que no produzcan fruto (Mt 3, 10; Lc 3, 9). No es Sembrador, sino recolector y Leñador, vigilante que mira y distingue, árbol tras árbol, para separar a los buenos de los malos. No es mensajero del amor de Dios, ni de su Paternidad, sino de su justicia destructora.
  5. Bautizará a los suyos en Espíritu Santo… y fuego (3, 11: evn pneu,mati a`gi,w|,), realizando así el juicio divino. Espíritu significa aquí viento: es huracán que sopla con fuerza aterradora, desgajando y destruyendo aquello que se encuentra poco cimentado sobre el mundo; es santo (a`gi,w), en línea de separación, para destruir aquello que se opone a la pureza de Dios. Les bautizará con Fuego (3, 11: evn,… puri). Al Viento de Dios sigue su Incendio. Ambos unidos, huracán y fuego, expresan la fuerza judicial y destructora (escatológica) de Dios y se vinculan mutuamente, como indica la tradición del AT (falta el terremoto de 1 Rey 19, 11-13).
  6. Tiene en su mano el Bieldo y limpiará su era… (3, 12; Lc 17). Así culminan las imágenes anteriores: el Espíritu/Viento sirve para separar la paja del trigo, el Fuego para quemarla.  El Venidero, antes Leñador (tenía en su mano el hacha para cortar y quemar los árboles sin fruto), se vuelve así Trillador o Aventador (con la horquilla o bieldo separador en su mano).

Con su gesto profético (bautismo) y su mensaje, Juan eleva su amenaza final, anunciando el juicio de Dios, que viene como Hacha que corta (derriba los árboles sin fruto), con su gran promesa mesiánica.

Bartolomé_Esteban_Perez_Murillo_021La amenaza se centra en el huracán que barre (limpia la era), el Hacha que corta y el y Fuego que destruye (la madera corta, la paja). Ciertamente, llegará el tiempo nuevo de la salvación (con la tierra prometida), pero ella implica juicio y destrucción para todo lo perverso.

Pero con la amenaza viene la promesa de Adviento: El mismo anuncio del juicio y la espera del nuevo bautismo abre un tiempo de conversión para aquellos que se arrepienten y quieren superar la ira que se acerca, cruzando el umbral de la muerte (simbolizada por el fuego y huracán) para entrar en la Tierra Prometida, como Josué en otro tiempo (cf. Jos 1-3).

Juan descorre así un resquicio de adviento, rescatando a los hombres de la muerte que se acerca para así ofrecerles la promesa del Cristo. En ese resquicio se sitúa la llegada del Más Fuerte que bautiza en Espíritu Santo, realizando la purificación definitiva, que implica destrucción de todo lo perverso. Juan se encuentra todavía al otro lado del río, en la zona del desierto. Pero ese espacio reducido debe abrirse con la llegada del Más Fuerte, que “recoge el trigo en la era”, abriendo así un tipo de vida distinta, de pan, de justicia y banquete. Eso significa que el del mundo camina a la ruina, con su templo y sus sacerdotes, con sus reyes y sus gobiernos, pero, sobre esa ruina, se revela la gracia de la vida en Cristo.

  1. El Adviento de María, la palabra de juicio y promesa de la Inmaculada

            Hemos tendido a vincular la Inmaculada de Adviento con una imagen etérea de belleza extra‒mundana… Pues bien, el mensaje de María es el mismo de Juan Bautista. En el Adviento, la palabra de la madre de Jesús, profetisa de juicio y salvación es el mismo de María, según el evangelio de Lucas. En este contexto de Adviento nos limitamos a citar y comentar el centro de Magnificat (Lc 1, 51‒53), como profecía del gran cambio de los tiempos, en la línea en la línea del anuncio de Juan Bautista, con quien ella concuerda.

  «Ha desplegado el poder de su brazo: dispersa a los soberbios de corazón; derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos» (1,51-53).

Nivel teológico, revelación de Dios. «Dispersó a los soberbios de corazón». En la línea de los versos siguientes se podría añadir: «y acoge a los mansos». El verso anterior del Magniticat, María ha situado frente a los soberbios a los hombres que temen al Señor y aceptan su presencia (1,50). Soberbios son, en cambio, los que buscan el orgullo de su propia gloria, divinizan su poder (saber) y miran a todos los restantes hombres como seres de segundo plano, servidores.

 Pues bien, allí donde se viene a desplegar la fuerza y gloria verdadera del brazo del Señor esa grandeza soberbia de los hombres se disipa y se dispersa como el humo de la paja que arrebata el viento. Ninguna ideología humana puede llamarse salvadora. Sólo aquellos que confían en Dios y que dialogan de manera gratuita con los otros pueden encontrar su plenitud dentro del misterio.

Nivel político. «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los oprimidos». Poderoso es quien pretende apoyarse en su poder, el que se eleva por encima de los otros y al hacerlo les oprime, les aplasta. Esta parece ser la condición de nuestra tierra: suscitamos una forma de existencia donde todo tiende a resolverse por la fuerza, interpretada como imposición; construimos un mundo donde todo es competencia, sin lugar para que vivan y desplieguen su verdad los más pequeños, los enfermos, marginados, fracasados.

Pues bien, María ha descubierto que la mano de Dios actúa de manera diferente, como gratuidad y amor abierto a los que están perdidos en el fondo de la tierra. Por eso invierte la antigua perspectiva: mira la historia desde abajo, desde los pobres, derrotados y aplastados; pero mira bien y sabe que la historia cambia, porque Dios «destrona a los que están sentados sobre el trono» y salva, en unidad de diálogo fraterno y en amor universal, a todos los humildes de la tierra.

Nivel económico. «A los hambrientos los colma de bienes, a los ricos los despide vacíos». También aquí María ha comprendido que sólo existe verdad y realidad si es que a los hombres se les mira desde abajo. Ricos son los que se asientan en los bienes de la tierra: los que buscan su seguridad en el tener, esclavizando y oprimiendo para ello a los que no pueden (no quieren) triunfar de esa manera y pasan hambre.

Pues bien, María se coloca entre esos pobres: con ellos siente, con sus ojos mira, descubriendo la presencia de un Dios transformador y justiciero que los colma de bienes. Surge desde abajo, desde el mismo fondo de la tierra, un hombre nuevo que no oprime a los demás, que no se monta ya en el trono, que no toma la riqueza como forma de dominio sino como expresión de amor y signo de encuentro, mesa compartida. Así terminan los ricos opresores y se ofrece un banquete de amor universal sobre la tierra de los viejos pobres.

Tales son, en síntesis, los rasgos primordiales de esta acción liberadora de Dios que María ha descubierto y proclamado, en apertura al conjunto de la humanidad como “inmaculada”, es decir, como signo y profeta de la salvación de Dios

 Sus palabras son profunda teología. Ellas desvelan el misterio de Dios como poder de libertad gratuita. Son palabras de humanismo creador donde comienza a realizarse la utopía (¡ahora verdad localizada!) de la tierra nueva en que no existen más imposiciones ni injusticias. Son palabras jubilosas de una mujer elevada por el gozo del misterio canta al Dios de su nueva humanidad ya liberada, por fin reconciliada. ¿Cuándo será esto? ¿Cómo lo podemos conseguir? Estas son las preguntas que nos deja María, la mujer que ha preguntado en el momento decisivo de la historia (cf. Lc 1,34)[2].

De esta forma se explicita la protesta y esperanza de María. Sigue viva entre los hombres su voz de manifiesto salvador y su llamada al cambio de la historia. Ella ha transmitido a todos el deseo de una tierra liberada donde al fin podamos realizarnos como humanos, en fraternidad universal. Por eso, el himno de María es canto de liberación revolucionaria que se funda en la vivencia de la gratuidad de Dios y en la exigencia de la entrega creadora entre los hombres.

JUAN Y MARÍA COMO TESTIGOS DE ADVIENTO

41_00373094~ikonenmalerei_deesis---icon-by-angelos---c15th            74155316_1367110946799427_27766357978251264_n   Desde tiempos antiguos la Iglesia ha vinculado a Juan Bautista y María figuras de Adviento, abriendo el camino de Jesús, anunciando su llegada, preparando y acompañando su juicio. Voy a presentar tres “imágenes”

1. Icono tradicional de las iglesias de Oriente y Occidente (desde el siglo IV.V de.C.) Representan la «deisis» o glorificación de Cristo. La Madre María y el Bautista le dan su testimonio. De un modo o de otro preside todas las iglesias antiguas de oriente y occidente. Izquierda, un icono antiguo… Derecha: puerta de «adviento», con María y Juan a los lados de Jesús, con ángeles en la bóveda… Entrada en un monasterio del Monte Athos.

El_Juicio_Final,_Catedral_Vieja_de_SalamancaEJaLfK2WsAAUpiH2. Imagen medieval, de tipo icónico. Izquierda: Ábside de la Catedral de Salamanca. Se concentra en el «juicio final». Se mantiene a lo largo de toda la Edad Media, hasta el siglo XV (como esta obra de N. Fiorentino, de la segunda mitad del siglo XV.  Cristo aparece juzgando, y en especial condenando a los de su izquierda. El juicio final de condena se impone sobre el anuncio mesiánico de salvación. Riesgo de un cristianismo que justifica un tipo de violencia de Dios sobre el pecado de los hombres. Derecha: cuadro flamenco del siglo XV

 3. Pintura no icónica de Miguel Ángel. Capilla Sixtina, Vaticano (siglo XVI)

capilla-desnudos-cDeja de ser un icono, pierde su sentido cristiano… Cristo juzga y condena, en una línea no evangélica, más pagana que mesiánica… Sigue estando la Virgen a su lado (vestida por mandato de un Papa), admirada, casi «espantada» del juicio de condena de su Hijo. Juan Bautista desaparece entre los santos del entorno. Posiblemente sea el segundo, a la derecha de San Andrés, que está con su cruz en aspa, tras Maria vestida… Es una figura de gigante desnudo… pero sin rasgo distintivo ni misión específica.

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Paraíso, conversión, acogida. Domingo 2º de Adviento. Ciclo A

domingo, 8 de diciembre de 2019
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brote2-960x350Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

  1. Injusticia ‒ paraíso (Isaías 11,1-10)

            La lectura de Isaías del primer domingo de Adviento hablaba de la experiencia de la guerra y la esperanza de un mundo sin conflictos militares ni carrera de armamentos. Este segundo domingo se dedica a la experiencia de la injusticia y su contrapartida de un mundo feliz, una vuelta al paraíso. Los profetas fueron quienes denunciaron la situación de injusticia con más energía. Aunque no veían fácil solución al problema, estaban convencidos de que el remedio dependía de unos jueces y monarcas justos, que implantaran la justicia en el país. El texto más claro y utópico en esta línea es el que se lee en el segundo domingo de Adviento.

            Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago.

            Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor.

            No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados.

            Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios.

            La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.

            Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.

            La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.

            No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

            La mejor forma de entender este poema es verlo como un tríptico. La primera tabla ofrece un paisaje desolador: un bosque arrasado y quemado. Pero en medio de esa desolación, en primer plano, hay un tronco del que brota un vástago: el tronco es Jesé, el padre de David, y el vástago un rey semejante al gran rey judío.

            En la segunda tabla, como en un cuento maravilloso, el vástago vegetal adquiere forma humana y se convierte en rey. Pero lo más importante es que él vienen todos los dones del Espíritu de Dios: prudencia y sabiduría, consejo y valentía, ciencia y respeto del Señor. Y todas ellas las pone al servicio de la administración de la justicia. El enemigo no es ahora una potencia invasora. Lo que disturba al pueblo de Dios es la presencia de malvados y violentos, opresores de los pobres y desamparados. El rey dedicará todo su esfuerzo a la superación de estas injusticias.

            La tercera tabla del tríptico da por supuesto que tendrá éxito, consiguiendo reimplantar en la tierra una situación paradisíaca. Y esto se describe uniendo parejas de animales fuertes y débiles (lobo-cordero, pantera-cabrito, novillo-león) en los que desaparece toda agresividad. Nos encontramos en el paraíso, y todos los animales aceptan una modesta dieta vegetariana («el león comerá paja con el buey»), como proponía el ideal de Gn 1,30. Y como ejemplo admirable de la unión y concordia entre todos, aparece un pastor infantil de lobos, panteras y leones, además de ese niño que introduce la mano en el escondite de la serpiente. El miedo, la violencia, desaparecen de la tierra. Y todo ello gracias a que «está lleno el país del conocimiento del Señor». Ya no habrá que anhelar, como en el antiguo paraíso, comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Hay una ciencia más profunda, el conocimiento de Dios, y ésa no queda recluida dentro de unos límites prohibidos, sino que inunda la tierra como las aguas inundan el mar.

            Esta esperanza del paraíso no se ha hecho todavía realidad. Pero el Adviento nos anima a mantener la esperanza y hacer lo posible por remediar la situación de injusticia.

  1. Conversión (Mateo 3,1-12)

            El evangelio del primer domingo nos invitaba a la vigilancia. El del segundo domingo exhorta a la conversión, basándose en la predicación de Juan Bautista.

            Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”».

            Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.

           

            El evangelio de Mt es muy impreciso con respecto al momento histórico en que comienza la actuación de Juan («por aquel tiempo»), y también con respecto a lugar de su predicación: «en el desierto de Judea».

            El mensaje se resume en pocas palabras: «Arrepentíos, porque el Reinado de Dios está cerca». La llamada a la conversión es típicamente profética. Al comienzo del libro de Zacarías, se dice: «Volved a mí y yo volveré a vosotros. No seáis como vuestros antepasados, a quienes predicaban los antiguos profetas: “Así dice el Señor de los ejércitos: Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas acciones”; y no me escucharon ni me hicieron caso» (Zac 1,4). Según este texto, toda la predicación profética se resume en la llamada a la conversión, que me implica dos aspectos distintos y complementarios: volver a Dios y cambiar de conducta.

            Juan aduce un motivo típicamente apocalíptico: «el reinado de Dios está cerca». A nosotros esta frase puede resultarnos exagerada y ridícula. Aunque rezamos continuamente «venga a nosotros tu reino», tendemos a reaccionar de manera escéptica cuando oímos hablar de la cercanía de ese reinado. La reacción de los judíos del siglo I, sobre todo de los que sintonizaban con la mentalidad apocalíptica, era muy distinta. A gente pobre, sencilla, oprimida por los romanos y sus colaboradores, Juan le anuncia un mundo nuevo, de justicia, paz, tranquilidad, amor, en el que Dios será el verdadero rey. Así se comprende el éxito que encuentra entre sus contemporáneos: acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán. La gente busca y encuentra en él hago algo que no encuentra entre los dirigentes religiosos.

            El evangelio del segundo domingo de Adviento no termina ahí. Continúa con un duro enfrentamiento de Juan con los fariseos y saduceos.         Las palabras que Juan dirige a este grupo constan de saludo y dos partes. El saludo no habría ganado un premio en un concurso de retórica: ¡Camada de víboras! Juan no quiere ganarse a sus oyentes sino provocarlos para que se conviertan.       La primera parte dice así:

¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abraham es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego.

            Cuando habló al pueblo, Juan adujo como motivo para convertirse la inminencia del reinado de Dios. Aquí indica un motivo distinto: la inminencia del castigo, que se compara con un hacha dispuesta a talar los árboles. Y añade que la conversión debe ser práctica, acompañada de obras; como el árbol que da buen fruto, o de lo contrario es cortado. En medio de esta amenaza, fariseos y saduceos pueden pensar en una escapatoria: «Somos israelitas, hijos de Abrahán, y no podrá ocurrirnos nada malo, Dios no nos castigará». Lo mismo que afirmaron siglos antes los contemporáneos de los profetas Amós y Jeremías. Pero Juan, igual que los antiguos profetas, les advierte que esta falsa confianza no les servirá de nada.

            La segunda parte del discurso acentúa el tono amenazador:

Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

            Juan cumple ahora otro aspecto de su misión de precursor del Mesías: habla de este personaje, acentuando su dignidad («no merezco ni llevarle las sandalias») y su poder («yo bautizo con agua, él con fuego»). El verbo bautizar significa «lavar» (en el evangelio se dice que los fariseos «bautizan» los platos y vasos). Juan considera que su lavado es suave, con agua; el del Mesías será una purificación con fuego. Basándose en el Salmo 2, algunos textos concebían al Mesías con un cetro en la mano para triturar a los pueblos rebeldes y desmenuzarlos como cacharros de loza. Juan no lo presenta con un cetro, utiliza una imagen más campesina: lleva un bieldo, con el que separará el trigo de la paja, para quemar ésta en una hoguera inextinguible.

            Sumando los datos anteriores, tenemos dos imágenes terribles para exhortar a la conversión: la del hacha dispuesta a talar los árboles inútiles y la del bieldo echando a la hoguera a quienes son como la paja.

            ¿Está justificado este carácter tan duro del mensaje de Juan? El texto más parecido, incluso por la imagen, se encuentra al final del libro de Amós:

                        Mirad, daré órdenes de zarandear a Israel entre las naciones,

como se zarandea una criba sin que caiga un grano a tierra.

                        Pero morirán a espada todos los pecadores de mi pueblo;

los que dicen: No llega, no nos alcanza la desgracia (Am 9,9-10).

            Otro ejemplo, tomado del final del libro de Isaías:

11Pero a vosotros, que abandonasteis al Señor olvidando mi Monte Santo,

(…)

12yo os destino a la espada, y todos os encorvaréis para el degüello:

porque llamé y no respondisteis, hablé y no escuchasteis,

hicisteis lo que no me agrada,           escogisteis lo que no quiero. (Is 65,11-12)

            Esta mentalidad influirá en que algunos israelitas piadosos consideren plenamente justificado el recurso a la violencia cuando advierten un comportamiento indigno. En la conferencia cito los ejemplos de Fineés, Elías y Matatías. Conviene recordar la dureza de estos textos para valorar justamente el evangelio del próximo domingo.

  1. Acogida (Romanos 15,4-9)

            Las primeras comunidades cristianas estaban formadas por dos grupos de origen muy distinto: judíos y paganos. El judío tendía a considerarse superior. El pagano, como reacción, a rechazar al cristiano de origen judío. En este contexto escribe Pablo:

            Hermanos:

            Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

            En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así, dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre». 

            Hoy día no existe este problema, pero pueden darse otros parecidos, que dividen a los cristianos por motivos raciales, políticos o culturales.

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