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Queremos ser vida luz.

domingo, 4 de abril de 2021
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artwork_images_424157556_176230_david-lachapelleHermanos, cuando uno es cogido por la fuerza de la Resurrección de Jesús comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre apasionado por la vida de las personas y una vida digna. Oremos.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que la Iglesia sea, la comunidad creyente que busca hacerse presente allí donde se produce muerte, para luchar con todas las fuerzas ante cualquier ataque a la vida.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que todos nosotros seamos conscientes de la llamada permanente a ser y estar del lado de los más desfavorecidos; a despertar nuestra fe dormida, sabida y dejarnos sacudir por tanta situación injusta, insolidaria, egoísta…

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que todos los niños, jóvenes y adultos que durante esta Pascua van a recibir los Sacramentos del Bautismo y Confirmación, encuentren en muestras comunidades parroquiales y religiosas espacios donde compartir, reflexionar y madurar su opción por Jesús y su Reino.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que celebremos la Pascua acogiendo el testimonio de los pobres, la esperanza de los que luchan por la justicia, el canto de los que aman la vida, la alegría de los que se entregan , el gozo de los que perdonan, la ternura de los que ofrecen misericordia.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, te recordamos en esta mañana de Pascua a todos los hombres y mujeres que entregan su vida día a día por hacer posible la utopía de un mundo más justo y más a la medida de tu corazón.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

Padre, tú sabes que queremos ponernos tras las huellas de tu hijo Resucitado, reconocerle en el hermano o hermana que tenemos al lado, también en los lejanos y… dejarnos encontrar por Él… Que la alegría de celebrar la Pascua nos lance a la vida de los demás. Te damos las gracias por entregarnos nuevamente y para siempre a tu hijo Jesús.

Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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Sábado Santo: Vigilia Pascual en la noche Santa

sábado, 3 de abril de 2021
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22-VigiliapascualA

Textos para la Vigilia Pascual

Primera lectura:

Génesis 1,1-2,2

Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: “Que exista la luz.”

Y la luz existió.

Y vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla; llamó Dios a la luz “Día”; a la tiniebla, “Noche”.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.

Y dijo Dios: “Que exista una bóveda entre las aguas, que separe aguas de aguas.”

E hizo Dios una bóveda y separó las aguas de debajo de la bóveda de las aguas de encima de la bóveda.

Y así fue.

Y llamó Dios a la bóveda “Cielo”.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.

Y dijo Dios: “Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezcan los continentes.”

Y así fue.

Y llamó Dios a los continentes “Tierra”, y a la masa de las aguas la llamó “Mar”.

Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: “Verdee la tierra hierba verde que engendre semilla, y árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra.”

Y así fue.

La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.

Y dijo Dios: “Que existan lumbreras en la bóveda del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y sirvan de lumbreras en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra.”

Y así fue.

E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche, y las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar la luz de la tiniebla.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

Y dijo Dios: “Pululen las aguas un pulular de vivientes, y pájaros vuelen sobre la tierra frente a la bóveda del cielo.”

Y creó Dios los cetáceos y los vivientes que se deslizan y que el agua hizo pulular según sus especies, y las aves aladas según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Y Dios los bendijo, diciendo: “Creced, multiplicaos, llenad las aguas del mar; que las aves se multipliquen en la tierra.”

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

Y dijo Dios: “Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según sus especies.”

Y así fue.

E hizo Dios las fieras según sus especies, los animales domésticos según sus especies y los reptiles según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra.”

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó.

Y los bendijo Dios y les dijo: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra.”

Y dijo Dios: “Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra, a todo ser que respira, la hierba verde les servirá de alimento.”

Y así fue.

Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.

Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus ejércitos.

Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo que había hecho; y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.

*

Salmo responsorial: 103.

Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor;
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. R.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto. R.

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre. R.

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! R.

O bien; :

Salmo responsorial: 32.:

La misericordia del Señor llena la tierra

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.

La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos;
encierra en un odre las aguas marinas,
mete en un depósito el océano. R.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.

Segunda lectura:

Génesis 22, 1-18

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: “¡Abrahán!” Él respondió: “Aquí me tienes.” Dios le dijo: “Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré.”

Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios.

El tercer día levantó Abrahán los ojos y descubrió el sitio de lejos. Y Abrahán dijo a sus criados: “Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros.”

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos.

Isaac dijo a Abrahán, su padre: “Padre.”

Él respondió: “Aquí estoy, hijo mío.”

El muchacho dijo: “Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?”

Abrahán contestó: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío.”

Y siguieron caminando juntos.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: “¡Abrahán, Abrahán!”

Él contestó: “Aquí me tienes.”

El ángel le ordenó: “No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.”

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

Abrahán llamó aquel sitio “El Señor ve”, por lo que se dice aún hoy “El monte del Señor ve”.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: “Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa.

Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.”

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Vigilia Pascual (B)

sábado, 3 de abril de 2021
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resurreccionEl centro de esta vigilia no es un cuerpo, ni muerto ni vivo, sino el fuego y el agua. Ya tenemos la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Fuego y agua son los dos elementos indispensables para la vida biológica. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no puede haber vida: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo es agua. Recordar nuestro bautismo es la clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy, fuego y agua simbolizan a Jesús porque le recordamos VIVO y comunicando Vida.

La vida que esta noche nos interesa no es la física, ni la psíquica, sino la trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas vidas, nos hemos armado un buen lío con la resurrección de Jesús. La vida biológica no tiene ninguna importancia para la realidad que estamos tratando. “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. La psíquica tiene importancia, porque es la que nos capacita para alcanzar la espiritual. Solo el ser humano, que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Si nuestra preocupación se limita a lo biológico, estamos perdidos.

Lo que estamos celebrando esta noche es la llegada de Jesús a esa meta. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva, que es la de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero creo que no es hoy el más adecuado porque inconscientemente lo aplicamos a la vida biológica y psicológica, que son las que nosotros podemos descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo, palpando o razonando.

Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir la divinidad de Jesús. Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, solo puede ser objeto de fe. Para los apóstoles, como para nosotros, se trata de una experiencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren que tiene que estar él VIVO.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la Vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Jesús estuvo constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina. Tenemos del bautismo una concepción estática. Creemos que hemos sido bautizados un día a una hora determinada y que allí se realizó un milagro que permanece. Para descubrir el error, hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento.

Todos los sacramentos están constituidos por dos elementos: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios que está fuera del tiempo. En el bautismo, la realidad significada es esa Vida divina que significamos para hacerla presente y vivirla. Un día han hecho el signo sobre mí, pero vivir lo significado es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios, que es AMOR, es superando el egoísmo, es decir, amando.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Sábado Santo, Santo entierro: No quiso tumba, sino vivir en los hombres

sábado, 3 de abril de 2021
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Del Blog de Xabier Pikaza:

«Jesus no quiso un buen entierro, sino que llegara el Reino»

La tumba de los santos y fundadores de religiones suele ser un lugar sagrado. Pero ni Moisés ni Jesús tienen tumba.

Jesús nunca hubiera querido tener una tumba de honor, mientras los demás no la tenían. No quiso un buen entierro, sino que llegara el Reino. Por eso, los cristianos no pueden ser ni han sido veneradores de tumbas.

Jesús no es un cuerpo para monumento, una momia incorrupta o unos huesos santos, sobre los que pueden edificarse grandes pirámides o basílicas, para enterrar así la llama de su vida.

Jesús es un muerto sin sepulcro, un Muerto Vivo, pues ha empezado a resucitar no sólo en Dios que resucita a los muertos (cf. Rom 4, 23), sino en la fe de sus discípulos, en la vida de los hombres y mujeres que le aceptan, con todos los que han muerto y han sido sepultados como él en la fosa común de la historia.

Por eso, los cristianos no van a Jerusalén a ver la tumba de Jesús, sino a descubrir que Jesús no tiene tumba, pudiendo confesar así mejor su resurrección.

Tumba vacía, un muerto sin sepultura.

Muchas religiones han sido (y son) formas de sacralizar a los muertos (para pedir que ellos asciendan a lo divino o para impedir que retornen a este mundo). Solemos echar sobre ellos una capa de tierra o una losa, les encerramos bien o los quemamos, para que no salgan, de manera que podamos seguir viviendo nosotros, como si nada hubiera pasado, hasta que al final nos entierren también o nos quemen en un horno, para que todo siga (y así continúe la historia de violencia sobre el mundo).

Pero Jesús y los que han muerto con él no han terminado de esa forma: no pudieron arrojarles a una tumba bien cerrada, sin salida, sino que han salido y viven (hacen vivir), como indicaré evocando algunos rasgos sorprendentes y gozosos de la primera tradición cristiana.

Un Mesías sin tumba. Para sus primeros seguidores, Jesús fue un muerto sin tumba; su memoria no estuvo vinculada a un monumento donde se guardaron y se siguieron venerando por siglos sus huesos, como sucede con muchos sepulcros que llenan el duro valle de Josafat, junto a Jerusalén. Los cristianos comienzan su andadura histórica con un «menos» (no tienen ni siquiera el consuelo de la tumba). Pero ese menos se ha trasformado en un «más»: no poseen una tumba porque «tienen a Jesús todo entero», animándoles a retomar el camino del Reino.

Desde ese fondo han de entenderse algunos textos centrales de los evangelios en los que Jesús había condenado la religión de los sepultureros aprovechados: «Deja que los muertos entierren a los muertos…» (Lc 9, 59-60; cf. Mt 8, 21-22). «Ay de vosotros que edificáis los sepulcros de los profetas…» (Lc 11, 47-48; cf. Mt 23, 29-32). Jesús, que protestaba contra los constructores violentos de tumbas, no había comprado en Jerusalén una parcela donde pudieran enterrarle, ni quiso que le edificaran una tumba. No murió para dejar un monumento glorioso, sino para seguir viviendo en los pobres que mueren y esperan el Reino de Dios.

Sepulcros de adorno mentiroso. Jesús criticó una religión de «sepulcros blanqueados» (Mt 23, 27), propia de aquellos que elevan tumbas hermosas para los mismos muertos a quienes ellos o sus padres han asesinado (religión de muerte) para así seguir asesinando (religión que mata). Los que edifican sepulcros suponen que están honrando la memoria de los muertos, pero hacen algo diferente: quieren enterrar mejor a los asesinados, aprovechando su memoria para continuar imponiendo su violencia (es decir, para matar a los profetas del presente). El evangelio de Mateo ha insistido en el tema, aplicándolo a los escribas y fariseos (judíos de diversas tendencias, incluso judeo/cristianos): «Con esto dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros, pues, colmad la medida de vuestros padres!» (Mt 23, 31-32).

Al construir los monumentos de los profetas asesinados, diciendo así que quieren distanciarse de sus padres asesinos, los hijos siguen aprobando la violencia de esos padres y viviendo de ella. Necesitamos destruir para afirmarnos, matar para justificarnos, de manera que nuestra misma estructura social tiende a mostrarse como culto a la destrucción. Primero matamos y después (al mismo tiempo) divinizamos o sacralizamos a los muertos, para justificarnos mejor. Jesús descubrió y denunció ese mecanismo de muerte (vinculado al sistema religioso/social de Jerusalén) y por eso, entre otras cosas, le mataron.

No hubo «santo» entierro, ni Jesús tuvo sepultura honrada. La tradición más antigua es muy sobria y sólo dice que «fue enterrado» (1 Cor 15, 4), afirmando así que murió del todo y no pudo revivir en este mundo viejo (en contra de los que dicen que despertó en la tumba y salió para marchar hasta Cachemira). Algunos cristianos posteriores quisieron saber dónde se hallaba su tumba, suponiendo que debía ser «honorable», como aquellas que se hacían construir algunos ricos de Jerusalén. Pero, en contra de esa posibilidad (¡una tumba distinguida de Jesús!) se viene elevando desde antiguo un argumento muy sólido: los romanos solían dejar que los ajusticiados públicos quedaran sobre el patíbulo, para escarmiento general, o los arrojaban a una fosa común donde se consumían, sin cultos funerarios, también para escarmiento de otros posibles malhechores.

Cómo fue el entierro de Jesús.

 Muchos afirman que Jesús no fue enterrado con honor, sino arrojado por los mismos verdugos romanos a una fosa o pudridero para condenados, donde ningún hombre puro podía acercarse, pues su contacto manchaba. Pero otros piensan que, conforme a la tradición de los evangelios, resulta más probable que le enterraran “los judíos”, es decir, los delegados del Sanedrín o las autoridades israelitas de Jerusalén, que pidieron a Pilato los cuerpos de los ajusticiados, pues, quedándose al raso a lo largo de la noche, habrían manchado la tierra y corrompido la ciudad, sobre todo en una fiesta como Pascua (Jn 19, 31-37; cf. Dt 21, 22-23).

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Viernes Santo: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan

viernes, 2 de abril de 2021
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(Imagen Robert Recker gay Passion of Christ)

Isaías 52,13-53,12

Él fue traspasado por nuestras rebeliones

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. ¿Quien creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomo el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

*

Salmo responsorial: 30

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos;
me ven por la calle, y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cachorro inútil. R.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: “Tú eres mi Dios.”
En tu mano están mis azares;
líbrame de los enemigos que me persiguen. R.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor. R.

*

Hebreos 4,14-16;5,7-9

Aprendió a obedecer / y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado con todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

*

Juan 18,1-19,42

Pasión de N.S.Jesucristo según san Juan

C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús sabiendo todo lo que venia sobre él, se adelanto y les dijo:

+. “¿A quién buscáis?”

C. Le contestaron:

S. “A Jesús, el Nazareno.”

C. Les dijo Jesús:

+. “Yo soy.”

C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:

+. “¿A quién buscáis?”

C. Ellos dijeron:

S. “A Jesús, el Nazareno.”

C. Jesús contestó:

+. “Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.”

C. Y así se cumplió lo que había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me diste.” Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:

+. “Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?”

* Llevaron a Jesús primero a Anás

C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.” Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:

S. “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?”

C. Él dijo:

S. “No lo soy.”

C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentÁndose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contesto:

+. “Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.”

C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:

S. “¿Así contestas al sumo sacerdote?”

C. Jesús respondió:

+. “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”

C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.

¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy

C. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:

S. “¿No eres tú también de sus discípulos?”

C. Él lo negó, diciendo:

S. “No lo soy.”

C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:

S. “¿No te he visto yo con él en el huerto?”

C. Pedro volvió a negar, y enseguida canto un gallo.

Mi reino no es de este mundo

C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en le pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:

S. “¿Qué acusación presentáis contra este hombre?”

C. Le contestaron:

S. “Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.”

C. Pilato les dijo:

S. “Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.”

C. Los judíos le dijeron:

S. “No estamos autorizados para dar muerte a nadie.”

C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:

S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”

C. Jesús le contestó:

+. “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?”

C. Pilato replicó:

S. “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mi; ¿que has hecho?”

C. Jesús le contestó:

+. “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.”

C. Pilato le dijo:

S. “Conque, ¿tú eres rey?”

C. Jesús le contestó:

+. “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”

C. Pilato le dijo:

S. “Y, ¿qué es la verdad?”

C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:

S. “Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?”

C. Volvieron a gritar:

S. “A ése no, a Barrabás.”

C. El tal Barrabás era un bandido.

* ¡Salve, rey de los judíos!

C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los saldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:

S. “¡Salve, rey de los judíos!”

C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:

S. “Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.”

C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:

S. “Aquí lo tenéis.”

C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:

S. “¡Crucifícalo, crucifícalo!”

C. Pilato les dijo:

S. “Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.”

C. Los judíos le contestaron:

S. “Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.”

C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:

S. “¿De donde eres tú?”

C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:

S. “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”

C. Jesús le contestó:

+. “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.”

¡Fuera, fuera; crucifícalo!

C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:

S. “Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.”

C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:

S. “Aquí tenéis a vuestro rey.”

C. Ellos gritaron:

S. “¡Fuera, fuera; crucifícalo!”

C. Pilato les dijo:

S. “¿A vuestro rey voy a crucificar?”

C. Contestaron los sumos sacerdotes:

S. “No tenemos más rey que al César.”

C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Lo crucificaron, y con él a otros dos

C. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: “Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos.” Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

S. “No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos.””

C. Pilato les contestó:

S. “Lo escrito, escrito está.”

Se repartieron mis ropas

C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Y se dijeron:

S. “No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca.”

C. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. Esto hicieron los soldados.

Ahí tienes a tu hijo. – Ahí tienes a tu madre

C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

+. “Mujer, ahí tienes a tu hijo.”

C. Luego, dijo al discípulo:

+. “Ahí tienes a tu madre.”

C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Está cumplido

C. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:

+. “Tengo sed.”

C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:

+. “Está cumplido.”

C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

*Todos se arrodillan, y se hace una pausa

Y al punto salió sangre y agua

C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron.”

Vendaron todo el cuerpo de Jesús, con los aromas

C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

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***

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

(24 de marzo de 1978)

Queridos hermanos:

Después de escuchar la palabra de Dios en esta tarde del Viernes Santo, narrándonos la tragedia del Calvario, mejor sería guardar silencio y con el corazón agradecido adorar al Divino Redentor. Pero es necesario, es obligación del celebrante, aplicar esta palabra eterna a los que estamos viviendo esta ceremonia. Y es que la liturgia no es simplemente un recuerdo, la liturgia es actualización; aquí en la Catedral esta tarde de marzo de 1978, Cristo nos está ofreciendo la fuente inagotable de su redención a los que hemos venido con fe, con esperanza, a contemplar este misterio de la redención.

Es como si en este momento lo que se acaba de leer estuviera pasando aquí ante nuestros ojos y fuéramos nosotros los que nos estamos salpicando con esa sangre que se derrama en el Calvario. Las tres preciosas lecturas nos dan la medida sin medida de este gesto de amor que se llama la redención.

La primera lectura nos presenta el abatimiento de Cristo hasta la profundidad de una humillación que no tiene nombre. La segunda lectura, carta a los Hebreos exalta ese personaje humillado en la cruz hasta las alturas del cielo hecho pontífice supremo de nuestra salvación. Y el precioso relato de la pasión que los jóvenes seminaristas acaban de hacer, nos dice cómo sucedió todo esto: la humillación y la exhaltación. Leer más…

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Viernes Santo, día de los condenados a muerte

viernes, 2 de abril de 2021
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jesus-crucificado1Del blog de Xabier Pikaza:

Viernes Santo (2.3.21): memoria de un condenado a muerte y con él de todos los condenados a muerte. Día de tiniebla, «anti-fiesta» de los ajusticiados. Día de luz, porque los condenados a muerte (rechazados por un tipo de justicia del mundo) son acogidos por Dios para la Vida.

 Trataré en este contexto de la Pena de Muerte en la Biblia, para interpretar después el cristianismo como religión de un condenado a muerte.  Jesús dijo «tuve hambre y me disteis de comer… o no me disteis de comer». Pudo haber seguido diciendo «fui condenado a muerte y me acompañasteis y…».

Un día como hoy, Viernes Santo, quiero reflexionar sobre la pena de muerte en la  Biblia (AT), y sobre la necesidad de reinterpretarla y superarla desde el NT (y desde una ética humanista), como he destacado en Historia de Jesús y Diccionario de la Biblia.  

Deseo que esta»postal» sea descriptiva, más que valorativa. Apenas hago juicios, quiero limitarme a presentarhechos. El lector interesado sabrá interpretarlos. Espero, sin embargo, que queden claras cuatro ideas de fondo:

1. La visión de la pena de muerte en el AT forma parte de una historia «superada» de la que venimos. Presento esa historia como «recuerdo» de un pasado de falsa seguridad y de «venganza» (talión) que (desgraciadamente) sigue aún dominando en amplias franjas de la tierra, incluso en zonas de tradición cristiana.

2. La historia de la vida y muerte de Jesús es una crítica contra la pena de muerte, que así  aparece como expresión de violencia, del miedo y de la inhumanidad de un tipo de poderes establecidos que quieren imponerse «matando» a los otros. La pena de muerte no puede apelar al conjunto de la Biblia (ni al cristianismo ni a gran parte del judaísmo moderno).

3. Frente a la pena de muerte puede y debe elevarse no sólo el cristianismo (la figura de Jesús, asesinado por la justicia), sino un tipo de ética humanista. Sin duda, cierto cristianismo (casi hasta el día de hoy) ha sido y sigue siendo anti-cristiano en su forma de valorar y aplicar la pena de muerte (en inquisiciones y en tribunales amparados, al menos de forma indirecta por un tipo de Derecho Canónico que no ha sido evangélico).

4. Aprovecho este día (Viernes Santo) para elevar elevar mi protesta contra la Pena de Muerte, partiendo de una lectura más honda del AT y del Evangelio. Por eso he querido que este día sea «día de los condenados a muerte». Con Jesús y con millones de condenados como él por una justicia de poder político-sacral hagamos hoy un camino de superación evangélica y humana de la pena de muerte.

ANTIGUO TESTAMENTO, PENA DE MUERTE

 por-un-mundo-sin-pena-de-muerte_560x280 La Biblia (AT) no es un libro meramente «espiritual», sino que expone también las «cosas del César», es decir, de la organización económica y social, penal y militar del pueblo. Por eso incluye una serie dede tipo jurídico en los que arbitra y defiende, conforme a las costumbres de aquel tiempo, la pena de muerte.

En ese sentido, el AT resulta duro y hasta extraño, pues impone con cierta «generosidad» la pena de muerte.

(1) Pena de muerte para defender la identidad religiosa.La primera de las causa de pena de muerte en Israel ha sido la defensa de la propia identidad religiosa, vinculada a la elección de Dios y al mantenimiento del pueblo, conforma a los primeros mandamientos del decálogo: no hay más Dios que Yahvé, no profanar el nombre de Yahvé, no hacer ídolos, no profanar las fiestas (cf. Ex 20, 3-10; Dt, 5-7-12).

(a) Los extranjeros, reos de muerte. En un momento dado que condenaron a muerte a los que no formaban parte de pueblo de Israel, siguiendo un tipo de «ley de genocidio» (cf. Ex 23, 20-33; 34, 10-16; Dt 7 y 20; Jc 2, 1-5). Más tarde, cuando los israelitas carecen de independencia política y poder para matar a los extranjeros, ellos se comprometen a expulsarlos de la tierra, sobre todo a las mujeres no israelitas, para cumplir de esa manera una exigencia de pureza étnica que aparece en los libros de  Esdras y Nehemías (Esd 9–10).

(b) Pena de muerte contra los que profanan un lugar sagrado. Así dice el Éxodo: «No subáis al monte [de Dios], ni toquéis su límite. Cualquiera que toqueel monte, morirá irremisiblemente. Nadie pondrá sus manos sobre él, porque ciertamente será apedreado o muerto a flechazos. Sea animal u hombre, no vivirá. Sólo podrán subir al monte cuando la corneta suene prolongadamente» (Ex 18, 12-13). Esta ley no es exclusiva de Israel, sino que aparece en muchos códigos antiguos, en los que la profanación del templo se castigaba con pena de muerte. Los que redactaron este pasaje están pensando ya en el templo de Jerusalén, donde se condenaba a muere a los profanadores de su santidad.

(c) Los que profanan el sábado. Así sigue diciendo el Éxodo «Guardaréis el sábado, porque es sagrado para vosotros; el que lo profane morirá irremisiblemente. Cualquiera que haga algún trabajo en él será excluido de en medio de su pueblo… Seis días se trabajará; pero el séptimo día os será sagrado, sábado de reposo consagrado a Yahvé. Cualquiera que haga algún trabajo ese día morirá. (Ex 31, 14; 36, 2).

(d) Los que profanan el nombre o identidad de Yahvé. En este contexto se sitúa, sobre todo el castigo por la blasfemia: «El que blasfeme el nombre de Yahvé morirá irremisiblemente. Toda la congregación lo apedreará. Sea extranjero o natural, quien blasfeme del Nombre morirá » (Lev 24, 16). Esta ley se amplia y se aplica, de un modo más general y difícil de precisar a los que rechazan a los sacerdotes: «Quien proceda con soberbia y no obedezca al sacerdote o al juez, esa persona morirá» (Dt 17, 12).  También se condena a muerte a los falsos profetas: «Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre una palabra que yo no le haya mandado hablar, o que hable en nombre de otros dioses, ese profeta morirá» (Dt 18, 20).

(e) Los que adoran a otros dioses. Idolatría.Éste es el motivo más detallado de pena de muerte. La vinculación de los israelitas con Yahvé forma parte de su propia identidad, de manera que el israelita que rompa el pacto con Yahvé debe morir, de forma irremisible: «Si te incita tu hermano, hijo de tu madre, o tu hijo, o tu hija, o tu amada mujer, o tu íntimo amigo, diciendo en secreto: Vayamos y sirvamos a otros dioses, que tú no conociste, ni tus padres, dioses de los pueblos que están en vuestros alrededores, cerca de ti o lejos de ti, como está un extremo de la tierra del otro extremo de la tierra; no le consientas ni le escuches. Tu ojo no le tendrá lástima, ni tendrás compasión de él, ni lo encubrirás. Más bien, lo matarás irremisiblemente…» (Dt 13, 6-10).

(f) Los hechiceros.En el contexto anterior se sitúa la ley que castiga con pena de muerte a los que ofrecen a sus hijos a Moloc, sacrificándolos ante su Dios dentro de la tierra de Israel; esta es una ley que se aplica por igual a israelitas y extranjeros: todos los que ofrezcan sacrificios humanos a Dios han de morir (Lev 20, 2). También los hechiceros y adivinos son castigados con pena de muerte: «El hombre o la mujer que tenga relación con los espíritus de los muertos o que sea adivino morirá irremisiblemente. Los apedrearán; su sangre será sobre ellos» (Lev 20, 27).

(g) Defensa de la familia.La ley israelita resulta extremadamente dura en este campo, precisando, de forma negativa, el sentido positivo del «honrarás a tu padre y a tu madre». Según eso, «el que hiera a su padre o a su madre [y no sólo el que los mate, como en los restantes casos] morirá irremisiblemente» (Ex 21, 15); también debe morir el que maldiga a su padre o a su madre (Ex 21, 17; Lev 20, 9). La ley condena también a los desobedientes: «Si un hombre tiene un hijo contumaz y rebelde, que no obedece la voz de su padre ni la voz de su madre, y que a pesar de haber sido castigado por ellos, con todo no les obedece, entonces su padre y su madre lo tomarán y lo llevarán ante los ancianos de su ciudad, al tribunal local… y todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá» (Dt 21, 18-21).

 (h) Condena del homicidio.En la base de la ley israelita está la defensa de la vida, conforme lo exige el talión más antiguo: «El que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios él hizo al hombre» (Gen 9, 4). Esta ley y condena ha sido precisada en las diversas legislaciones. Así, por ejemplo, en el Código de la alianza se dice: «El que hiere a alguien causándole la muerte morirá irremisiblemente» (Lev 21, 12).  En este contexto, la ley israelita ha conservado sus tradiciones más antiguas: el encargado de matar al asesino es el «vengador de la sangre», es decir, el familiar más cercano, con autoridad y poder para ello, el → goel (cf. Num 35, 19). Para casos de homicidio involuntario se buscaron ciudades de refugio o santuarios, donde el asesino quedaba resguardado de la ira del vengador de sangre (cf. Lev 21, 1 3; Num 35, 25-28; Jos 21, 13-38). Las implicaciones de esta ley de defensa de la vida son tan grandes que se condena a muerte incluso al hombre que tiene un buey que acornea y que, sabiéndolo, lo deja suelto, causando la muerte de otra persona (cf. Ex 21, 28-32).

(i) Condena del adulterio. Casi todas las leyes del oriente antiguo consideran el caso del adulterio de la mujer como digno de pena de muerte, pues va en contra del derecho del varón casado y destruye la familia, impidiendo que se mantenga la pureza genealógica, que resulta esencial para la identidad del pueblo. En principio se condena al adúltero y a la adúltera, pero la mujer sufre sin duda penas mayores: «Si un hombre comete adulterio con una mujer casada… el adúltero y la adúltera morirán irremisiblemente» (Lev 20, 10). «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer de otro hombre, ambos morirán: el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer. Así quitarás el mal de Israel» (Dt 20, 22). Hemos dicho que la mujer a la que se toma como → adultera sufre penas mayores (cf. Dt 22).

(j) Condena del robo de hombres.El mandamiento de «no robar» se refiere ante todo al robo de hombres, como muestran las leyes que lo condenan: «El que secuestre a una persona, sea que la venda o que ésta sea encontrada en su poder, morirá irremisiblemente» (Ex 21, 16). «Si se descubre que alguien ha raptado a alguno de sus hermanos, los hijos de Israel, y lo ha tratado brutalmente o lo ha vendido, ese ladrón morirá. Así quitarás el mal de en medio de ti» (Dt, 24, 7). De esa forma se condena el tráfico de hombres y/o mujeres.

irangays(k) Plano de género: homosexualidad.La ley israelita defiende un orden sexual donde las funciones del varón y la mujer aparecen distintas y separadas: «No te acostarás con varón como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22). «Si un hombre se acuesta con un hombre, como se acuesta con una mujer, los dos cometen una abominación. Ambos morirán irremisiblemente; su sangre será sobre ellos» (Lev 20, 13).

(l) Condena de la bestialidad: «Si alguno tiene cópula con un animal, morirá irremisiblemente. Mataréis también al animal. Si una mujer se acerca a algún animal para tener cópula con él, matarás a la mujer y al animal. Morirán irremisiblemente; su sangre será sobre ellos» (Lev 20, 15-16). En todos estos casos, la pena de muerte viene establecida por el Código de la Santidad, empeñado en mantener la pureza ritual y sexual de los israelitas.

JESÚS, CONDENADO A MUERTE

Condenado por los sacerdotes saduceos 

Ciertamente, Jesús era un «buen» israelita, pero, conforme a su mensaje, el buen pueblo de la ley perdía su identidad nacional y su separación sagrada. Lógicamente, los defensores de esa identidad le han condenado. No había otra salida: conforme a la ley del buen sistema, Jesús tenía que morir, pues su movimiento ponía en riesgo el valor del templo.

Los sacerdotes oficiales le vieron como un peligro para el pueblo y en nombre del Dios de su pueblo tuvieron que condenarle blasfemo (Mc 14, 64) porque se apropiaba de un poder y autoridad que sólo corresponde a Dios. La acusación contra Jesús no ha sido una calumnia perversa, ni su juicio y condena una expresión de maldad alborotada, como parece suponer más tarde Lucas (Hech 2, 23; 3, 13 ss; 4, 10: 7, 52), sino exigencia de la misma ley de seguridad nacional de un tipo de judaísmo, que se sentía amenazado por la blasfemia y ruptura de este pretendiente mesiánico galileo. Jesús había desafiado a la autoridad de su pueblo.

Lógicamente, la autoridad se defiende y le condena a muerte. Esa autoridad habría comprendido y aceptado casi todo: un asceta duro, como Juan, pregonando el juicio en el desierto; un vidente apocalíptico, anunciando la guerra de Dios; un esenio, opuesto al orden actual del mismo templo; un político celota, comprometido de forma violenta con la liberación del pueblo; un político realista, aliado a Roma… Pero no pudo aceptar a un hombre mesiánico como Jesús, que integraba en el Reino de Dios a los infieles y enemigos, corriendo el riesgo de unir a puros con manchados, rompiendo la identidad sagrada del pueblo.

Ejecutado los romanos por rebelde como peligroso para el Estado.

 La razón fundamental de su condena fue política como muestra el cartel de la sentencia: «Rey de los judíos» (Mc 15, 26). La tradición sinóptica supone que Jesús procuró ocultar (o matizar) su condición mesiánica, por las ambigüedades nacionalistas y militares que implicaba. Sin embargo, parece totalmente seguro que, al final de su carrera, Jesús ha mantenido firme su actitud, no se ha vuelto atrás, sino que se ha presentado como, sin negar las implicaciones político-sociales de su misión.

Con esa certeza, en un momento determinado, en el contexto de la → pascua, es decir, de la fiesta de la liberación de los hebreos y de la revelación salvadora de Dios, subió a Jerusalén a fin de presentar abiertamente su mensaje. Todo nos permite suponer que subió expresamente decidido a «forzar la ruptura», a provocar a las autoridades con una serie acciones públicas que expresaran una pretensión real de tipo davídico davídico (entrada en Jerusalén, purificación del templo).

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Viernes Santo. Celebración de la Pasión. Ciclo B. 02 abril, 2021

viernes, 2 de abril de 2021
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Yo soy”

(Jn 18, 1- 19,42)

Hoy corremos el riesgo de perdernos entre tantos encuentros y desencuentros que se dan en estos dos capítulos del Evangelio de Juan. Además creemos que nos lo sabemos de memoria: el arresto, el sumo sacerdote, las negaciones de Pedro, Pilato, los gritos de ¡crucifícalo!, Jesús en la cruz, María y Juan, la lanza que atraviesa el costado, José de Arimatea y Nicodemo dando sepultura al cuerpo.

Es la “parte fea” de la vida de Jesús. Son los momentos en los que nos gustaría cerrar los ojos y los oídos. Y nos pasa en nuestra vida también. En los momentos de dolor, de incertidumbre, de enfermedad que lleva a la muerte… queremos cerrar el corazón y no sentir porque duele mucho.

Al comienzo de todo este relato, Jesús dice “Yo soy”. En una primera lectura podemos pensar que es algo así como “presente” o “aquí estoy”. Pero los judíos que lo escucharon supieron entender el significado y por eso “comenzaron a retroceder y cayeron en tierra”. Esas dos palabras son el nombre que Dios le había dado a Moisés (Ex 3,14) para que pudiera decir a los israelitas que Dios mismo lo estaba enviando. Jesús es Dios encarnado. También nosotras podemos escuchar ese nombre en nuestras vidas: en la enfermedad, en la soledad, en lo que experimentamos como fracaso, ante una persona que nos descoloca…

Otro detalle. El proceso ante Pilato es importante para Juan, le dedica más espacio que los demás evangelistas. Llama la atención ese doble escenario: en el interior del palacio y fuera donde estaban los que lo acusaban. Dentro hay una conversación entre él y Jesús en la que el primero le pregunta sobre su identidad y parece no encontrar nada peligroso el él. Fuera, necesita guardar las apariencias, parecer un hombre respetable y poderoso. Si observáramos nuestra forma de actuar… Quizás nos parecemos más a Pilato de lo que nos gustaría… Hoy es un buen día para callar y escuchar a Dios en el silencio, en el interior de nuestro palacio.

Oración

Haznos escuchar, Trinidad Santa, tu nombre en el interior de nuestro ser.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús no es lo que es porque le mataron, le mataron por lo que fue.

viernes, 2 de abril de 2021
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Las tres partes en que se divide la liturgia de este viernes, expresan perfectamente el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando en este día de Viernes Santo. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho insólito que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión es la celebración de una muerte, en la que podemos descubrir la Vida.

Se ha insistido, y se sigue insistiendo tanto en lo externo, en lo “folklórico”, en lo sentimental, que es imposible olvidarnos de todo eso e ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No es el dolor lo que nos salva. Tampoco debemos apelar a la voluntad de Dios. Dios ni programó ni permitió ni aceptó la muerte de Jesús. Menos aún “sucedió para que se cumplieran las Escrituras”. Ese amor, manifestado en el servicio a los demás, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad. Mientras el cristianismo siga siendo un ropaje exterior, nos podemos sentir abrigados y protegidos, pero no nos cambia interiormente; y por tanto no nos salva.

¿Qué añade la muerte de Jesús al mensaje de Jesús? Aporta una dosis de autenticidad. Sin esa muerte y sin las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil para los discípulos dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del AMOR. En la muerte, Jesús dejó absolutamente claro que el servicio incondicional a los demás era más importante que la misma vida biológica. Aquí podemos y debemos encontrar el verdadero sentido de esa muerte, no en el pago a Dios de una deuda que nosotros habíamos adquirido por nuestros pecados.

La muerte de Jesús, como resumen de su vida, nos lo dice todo sobre su persona. Nos dice todo sobre nosotros mismos, si queremos ser humanos como él. Además nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro si es que es el mismo. Sobre Jesús, nos dice que fue plenamente un ser humano. Una trayectoria humana que comenzó naciendo, como la de todos los hombres, nos demuestra que las limitaciones humanas, incluida la muerte, no impiden al hombre alcanzar su plenitud.

La buena noticia de Jesús fue que Dios es amor. Pero ese amor se manifiesta de una manera insospechada y desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de todo lo que nosotros podemos llegar a comprender, que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo. Un Dios que se anonada, se deshace, se aniquila para dejarnos ser nosotros mismos, no puede ser atrayente. Como no aceptamos ese Dios, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y da acá, que desplegamos entre nosotros los humanos, no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús. Por eso el Dios de Jesús nos desconcierta y nos deja sin saber a qué atenernos.

Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es realmente difícil confiar en alguien que no va a manifestarse nunca. Es muy complicado tener que descubrirle en lo hondo de mi ser, pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en el fundamento de mi ser, siendo parte de mi ser en lo que tiene de fundamental. Nos descoloca un Dios que es impasible al dolor humano, sin darnos cuenta de que al aplicar a Dios sentimientos, lo estamos haciendo a nuestra propia imagen. Al hacerlo, nos estamos fabricando nuestro ídolo. Nuestra imagen de Dios, siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más.

Un Dios que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener un “ego” más potente en el más allá sino para quedar identificados con Él, que es ya nuestro verdadero ser, no puede ser atrayente para nuestra conciencia de individuos separados. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo, pero si muere da mucho fruto”. Este es el nudo gordiano que es imposible desenredar. Es el rubicón que no nos atrevemos a pasar. Como decía el Maestro Eckhart: un Dios hecho nada no puede identificarse conmigo si estoy lleno de mí mismo y creyéndome el ombligo del mundo.

La muerte de Jesús deja claro que su objetivo es imitar a Dios. Si Él es Padre, nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre de tal modo que viendo al hijo se descubra cómo es el padre. Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es don total, entrega incondicional a todos y en toda circunstancia. No solo no hemos entrado en esa dinámica, la única que nos puede asemejar a Jesús, sino que vamos en la dirección contraria, cuando buscamos en nuestra relación con Dios seguridades, incluso para el más allá.

La muerte en la cruz no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria. La suprema gloria de un ser humano es hacer presente a Dios en el don total de sí mismo, sea viviendo, sea muriendo para los demás. Dios está solo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Él. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está Él también. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz es la certeza de un amor autentico, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le podía costar la vida, es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino fundamental en su vida. Lo esencial no es la muerte, sino la actitud de Jesús que le llevó a una total fidelidad. El que le mataran podía no tener mayor importancia; pero que le importara más la defensa de sus convicciones que la vida nos da la verdadera profundi­dad de su opción vital. Había experimentado la verdadera Vida y comprendido que la vida biológica y psicológica tenía solamente un valor relativo y efímero.

Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su consumación. En ese instante puede decir: Yo y el Padre somos uno. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento. Si seguimos pensando en un dios de “gloria”, ausente del sufrimiento humano o exigiéndolo para poder perdonarnos, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Dios no puede abandonar a ningún ser humano y menos al que sufre. Dios está en el dolor dándole verdadero sentido y convirtiéndolo en plenitud.

Al adorar la cruz esta tarde debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Debemos tener muy claro que es un signo que nos permite descubrir la realidad de una vida entregada a los demás. Poner la cruz en todas partes, incluso como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz y vivir en el más refinado hedonismo indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar.

Aún tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tiene para nosotros. Su muerte es el resumen de su vida. Se trata de una muerte que manifiesta sin ambages la verdadera Vida. Pero no se trata tanto de la muerte física cuanto de la muerte al yo y al egoísmo. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro «falso yo» sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco celebrar su “resurrección”.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Entregarse para comunicar vida.

viernes, 2 de abril de 2021
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Camino del CalvarioAnoche acabábamos con la oración de Jesús en el huerto. Noche, soledad, miedo, angustia… La situación se ha complicado mucho y huele a muerte… Lo que quieren tanto la ocupación romana como los líderes religiosos, es solucionar los problemas de raíz y para eso no ven nada mejor que quitar a Jesús de en medio.

Seguimos en esa dinámica de que Jesús es el discípulo; él ha aprendido de los profetas del Antiguo Testamento que el pueblo no quiere oír hablar de sus infidelidades ni de sus injusticias, y si hace falta, se acaba con ellos. La discípula, todxs nosotrxs, no queremos la muerte de Jesús, ni por supuesto la propia.

Lo que Jesús entiende en esa noche del prendimiento está a años luz de lo que entienden sus seguidores, que solo buscan la manera de no verse involucrados en este proceso tan confuso y violento. (Jn 18: 1-14)

Pedro, que representa a los discípulxs, no ha comprendido la entrega de Jesús, que no consiste en triunfar dando muerte sino en entregarse para comunicar vida.

Después de la entrega de Judas a los guardias oímos tres veces de boca de Jesús: “Yo soy”. Esta expresión es la formulación en primera persona del evangelio de Juan de “El que es” o “Lo que es”, (Yhwh). Jesús “ha llegado” a la plenitud de su ser siendo hijo con todas las consecuencias. “Yo soy” es el núcleo de nuestra auténtica identidad.

Esa confianza y seguridad que tienen un referente inconfundible para Jesús: Abba, hace posible la ternura. El hecho de saberse amado infinitamente por Dios, le proporciona esa firmeza que le ayudará a llegar al final de la entrega, no de una manera estoica sino como culminación de una entrega voluntaria, paulatina, que ve el culmen en la entrega en la cruz. Jesús no intenta escapar sino que pone a salvo a sus amigos, por quienes va a dar la vida.

Entrega es la palabra que me sugieren las lecturas para este Viernes Santo en el que intentamos abarcar tanto: el pasado y el presente, la vida y la muerte, el sentido y el sinsentido del sufrimiento y cuál es nuestra imagen de Dios a partir de todo ello.

Por eso ante la actitud violenta de Pedro para “salvar” a Jesús recibe una recriminación por su parte. La aceptación de la muerte entra en el designio de Dios: presentar la alternativa del amor ante el odio y la violencia. En un mundo de tiniebla y violencia guiado por un sistema opresor en el tiempo de Jesús y hoy. Jesús no busca el dolor pero lo acepta cuando es consecuencia del testimonio del amor y la denuncia de la opresión; no responde a la violencia con violencia ni al odio con odio para mostrar que Dios es puro amor, ajeno a la violencia.

Contra la fuerza del poder civil y religioso unidos por una misma causa solo vale una actitud la de la entrega por amor: un amor afectivo y efectivo, un amor de entraña el término “rahamim” (de la raíz “rehem”: seno materno, entrañas maternas) se remite a una parte del cuerpo humano marcadamente femenina: el útero, como “el lugar donde la vida misma es concebida, acogida, protegida y alimentada para que pueda, posteriormente, crecer, desarrollarse y salir a luz. ‘Rahamim’ es utilizado, entonces, para designar el amor de Dios en directa comparación con el amor de una madre, que se conmueve y experimenta compasión por el hijo de sus entrañas. Esa es la ternura y la compasión que vive Jesús, que identificado con el amor de Dios, pasa por encima de las manifestaciones de poder, prepotencia y opresión de los suyos y es capaz de ver su fondo de miseria, inseguridad, que les hace actuar como marionetas movidas por los hilos del poder económico, militar, civil y religioso.

(Jn 18: 15-27)

El evangelio de Juan nos presenta el contraste entre quienes entienden y siguen a Jesús en un discipulado comprometido y los que no. Para poder seguir a Jesús y “entregarse” como Él hay que haber experimentado su amor. Pedro se siente defraudado en sus expectativas mesiánicas; él habría querido otro tipo de Mesías y se encuentra “mezclado” con los enemigos de Jesús. Más que darle adhesión a Jesús se la había dado a su propio ideal de un Mesías de poder. No ha alcanzado la libertad y no tiene fuerza para definirse como su seguidor.

Lecciones tan prácticas y tan actuales para nuestras vidas. Mientras todo va de manera favorable nos gusta estar cerca de quien está alcanzando el éxito; en cuanto algo se tuerce tenemos mil argumentos para dejar el camino de seguimiento de lado y excusarnos de mil maneras. Por eso, para ser discípulx, es imprescindible “vivir” unido a ese corazón, a esa entraña de Jesús que transforma, no nuestras ideas, sino nuestro ser.

A Jesús le ha llegado su hora, a la que acude de manera consciente, no llevado por las circunstancias sino que se entrega de manera consciente con todas las consecuencias. SU OBJETIVO ES DEMOSTRAR SU AMOR SIN CONDICIONES. Ese es el único auténtico y al que aspiramos en nuestras relaciones con los demás, del tipo que sean

Ese amor incondicional que llamamos el auténtico amor lo ha ido trabajando a lo largo de toda su vida y por eso el final es sólo el culmen de una experiencia en la que no se puede separar el amor experimentado del amor entregado.

Jesús no basa su entrega en el amor que experimenta por parte de sus seguidores o de aquellos a los que les devuelve su dignidad humana a través del perdón, la curación, la liberación en una palabra…

NO SIGO ADELANTE PORQUE ME AMÁIS Y ME ENTENDÉIS

NO SIGO ADELANTE PORQUE ME COMPENSA VUESTRA RESPUESTA

NO SIGO ADELANTE PORQUE ESTOY SEGURO DE QUE SALDRÉ VICTORIOSO…

El amor experimentado es el que me sostiene y me hace capaz de amar con todo y a pesar de todo.

Ser discípulx es ir entrando en estos sentimientos de Jesús, viviéndolos en nuestras circunstancias personales creciendo cada día en la entrega, sin miedos, con libertad.

Carmen Notario, SFCC

Fuente Fe Adulta

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Mirarán al que transpasaron

viernes, 2 de abril de 2021
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a20-cristo-crucificado-1631-32Mirarán al que atravesaron

(Jn 19,37)

  1. silencio y adoración.

         Ante el crucificado tal vez lo más humano y cristiano es guardar un silencio interior para. Mirar al que transpasaron.

Dios también guardó silencio, el “silencio de Dios” contempló y rompió en llanto a la muerte de Jesús, su Hijo y de todos sus hijos que vivimos y morimos en la historia de la humanidad

         Dios no es impasible, padece con y por nosotros.

  1. Yo soy

         El Viernes Santo leemos y escuchamos la pasión según San Juan.

         Se podría decir que esta tradición evangélica joánica está redactada desde la fe como “largas catequesis” que terminan siempre con un “yo soy”. El evangelio de Juan “aplica” a Jesús lo que ya aparece en el AT: Dios es: “Yo soy el que soy” (Dt 3,14), le dice Dios a Moisés.

En el NT, la cristología de Juan es siempre un “yo SOY” aplicado a Cristo: Cristo es Dios: Yo soy el pan de vida, yo soy el agua, yo soy el buen pastor, yo soy la puerta, yo soy la luz, yo soy el camino, yo soy la resurrección y la vida…

En los relatos de la pasión y muerte según san Juan, también está presente este “Yo soy”:

  • o Cuando le van a detener a Jesús en Getsemaní, a la pregunta de “¿A quién buscáis”?, Jesús responde “yo soy” y -con la ironía que caracteriza a Juan-, todas las fuerzas religioso – militares, caen “patas arriba”. Extraño, ¿no?, que todo un batallón caiga por tierra ante Cristo y tres discípulos medio dormidos.
  • o Ante Pilato Jesús contesta: “yo soy” rey, si bien no como los de este mundo.

         Jesús había ya anunciado: Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que yo soy, (Jn 8,28).

No hay vacuna que pueda vencer a la muerte, solamente el “Yo soy”.

         Solamente Cristo crucificado perdona el pecado.

         Solamente el Señor crucificado nos libera de toda ley.

         JesuCristo es, “yo soy”, no desde el poder, sino desde su entrega redentora, que es lo que celebramos el Viernes Santo.

  1. contemplar la muerte de Jesús.

         Muchos vieron la muerte de Jesús en Jerusalén, en el Calvario: las autoridades religiosas y políticas: fariseos, zelotas, mucha gente del pueblo, soldados, etc., pero fueron pocos quienes contemplaron al crucificado:

  •  Varias mujeres: María, la madre del Señor, María de Cleofás, María Magdalena, (Jn 19,25-27), Salomé, seguramente no estaría lejos Nicodemo, etc.
  •  También tuvo la sensibilidad de estar al pie de la cruz el Discípulo Amado, (Jn 19,27), es decir todo discípulo que se siente amado por el Señor: todos nosotros.
  •  Cercanía trágica y humilde para mirar a Jesús la de quien estaba crucificado con él, el buen ladrón. ¡Acuérdate de mí!… Hoy estarás conmigo en el paraíso, (Lc 23,39.-43).
  •  El centurión romano, responsable inmediato de ejecutar la sentencia de muerte, termina contemplando al crucificado: Verdaderamente este hombre era justo, es hijo de Dios. (Mt 27,54; Mc 15,39; Lc 23,47).
  •  A la muerte de Jesús gran parte del pueblo volvía a Jerusalén dándose golpes de pecho y pidiendo perdón. Lc 22,66-71
  •  José de Arimatea, que era bueno y justo, contempló a Jesús y tuvo la compasión y la valentía de pedirle a Pilato el cadáver para darle una digna sepultura, (Mc 15,44-46; Jn 19,38). En este último gesto de “dar tierra” estaba presente también Nicodemo.
  •  Todas estas personas cercanas a Jesús contemplaban la muerte de Jesús y dónde ponían a Jesús. (Mc 15,47; Jn 19,41-42).

¿Contemplo yo al que transpasaron?

¿Me siento querido, amado por el Señor como el discípulo a quien Jesús quería? ¿Contemplo a Cristo desde mi pecado profundo como el buen ladrón y me siento perdonado, salvado? ¿Quizás contemplo y sigo a Jesús como María Magdalena, porque también han salido de mí siete demonios? Cómo José de Arimatea y Nicodemo ¿contemplo con compasión y audacia a Jesús transpasado y a los crucificados de este mundo?

Somos nosotros quienes miramos al Señor desde nuestra situación personal. Es muy diferente mirar a Jesús como Pilatos, Herodes, zelotismo, fariseos y poder religioso, desde el poder, a mirar a la cruz como publicano, pecador, “magdalena”, buen ladrón, etc.

La sociedad actual mira al crucificado (las procesiones de Semana Santa) pero como mero interés turístico, (si bien este año también eso ha quedado truncado por la pandemia)

Contemplar a Cristo crucificado infunde una gran paz, perdón, bondad en lo más profundo de nuestro ser. Quizás no hayamos de dar ningún paso más: El Viernes Santo es la redención universal.

         La crucifixión de Jesús es redención de los abismos más profundos del ser humano: hundimientos personales de todo tipo. Jesús descendió al abismo, a los infiernos y nos liberó del pecado y de la muerte

  1. De la cruz desciende perdón, redención, agua y sangre, espíritu.

         Humanamente poco puede descender de la cruz. El paredón de ejecución poco puede ofrecer.

Allá en el Génesis, en el comienzo de la vida, Dios llena el barro de “todo Adán”, Dios infunde su aliento vital (espíritu) en el vacío humano: y el barro (por evolución o como fuere) llega a ser viviente. La existencia humana en principio está llena de sentido y de vida.

Jesús en la cruz descendió a lo más profundo de los vacíos humanos, a los infiernos. Él se sintió abandonado; ¿por qué me has abandonado? ¿Cuántos seres humanos han vivido también esta misma experiencia de abandono y vacío? ¿No estamos viviendo en esta pandemia una cierta sensación de angustia, de soledad, de abandono?

Desde la contemplación del sufrimiento resuenan ecos de perdón: perdónales porque no saben lo que hace, hoy estarás conmigo en el paraíso. A tus manos encomiendo mi espíritu.

          Jesús en la cruz, inclinando su cabeza, entregó su Espíritu, nos entregó su espíritu a la humanidad, a la comunidad cristiana representada en María y el Discípulo Amado.

Cristo nos entrega su Espíritu del Reino: la justicia, la paz, la libertad, la gracia, llenan, son capaces de llenar los vacíos humanos. El espíritu de Cristo perdona nuestros pecados, confiere ánimo a nuestras depresiones.

  1. Contemplemos al que transpasaron.

         Cuando nos sentimos vacíos, débiles, pecadores, cansados, mirar al crucificado es fuente de paz y serenidad infinitas. San Pablo dirá quién nos podrá acusar

¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rom 8).

         La obra del barro inicial de la creación termina ahora en la cruz: consumatum est. El Señor no abandona la obra de sus manos, (Salmo 137), por todo ello, estamos salvados, redimidos de nuestros fracasos, pobrezas y nuestro vacío existencial está lleno del Espíritu de vida de JesuCristo.

Contemplemos al que transpasaron

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«Ante la Semana Santa», por Gabriel Mª Otalora

viernes, 2 de abril de 2021
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Entre todas las semanas del año, la más importante para los cristianos es la llamada Semana Santa, santificada precisamente por el acontecimiento que conmemoramos en la liturgia y que no es otro que el amor extremo que Cristo manifiesta a toda la humanidad, en presente continuo. La frase central para meditar durante toda a Semana Santa sería esta: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final” (Jn 13,1). Antiguamente se le conocía como “la semana grande” y la “Pascua en la cumbre” por constituir el centro y el corazón cristiano de todo el año.

Hasta el Concilio de Nicea (325 d.C.), la iglesia sólo celebraba el día de la Pascua, que empezaba el sábado por la noche y concluía el domingo por la mañana, en la que se conmemoraba la liberación del pueblo israelita de la esclavitud. Por tanto, la Resurrección era lo esencial, la Buena Noticia. Luego se compensó este mensaje finalista con el de la Cruz como la consecuencia inevitable de seguir el camino de Jesús transmitiendo la Buena Noticia desde el ejemplo (evangelización).

Pero la cruz del negarse a sí mismo no significa legitimar las cargas religiosas formalistas que agobian el alma (Mt 11, 29) y fomentan el miedo impidiendo la paz auténtica que viene de Dios.

Podemos distinguir dos o tres cruces, según se mire. La primera es la cruz humana que se deriva de la existencia imperfecta y finita; ocasiona no pocos dolores sin que hayamos hecho nada para ello. El mundo, el planeta Tierra, no es estático, la naturaleza está viva, se transforma, ocurren terremotos, mil situaciones que pueden provocar mucho sufrimiento por causas naturales. Nuestra propia limitación humana hace el resto: vejez, enfermedades, fallos y accidentes fortuitos. A lo que hay que añadir nuestras carencias capitales: envidias, egoísmos de todo tipo, codicias, venganzas, calumnias…

La segunda cruz, la genuinamente cristiana, se puede dividir en dos: la que Jesús nos pide para seguir implantando la Buena Noticia de que Dios es Amor a través del ejemplo. Es lo que llamamos evangelizar o mostrar la Buena Noticia quitando o aliviando las cruces de los demás; ofrezco consuelo, soy compasivo y misericordioso, me pongo de parte del débil, no soy indiferente a las injusticias, perdono de corazón y me implico con amor en los sufrimientos ajenos.

La otra parte de esta cruz cristiana tiene que ver con la actitud. Se trata de trabajar nuestro interior para ser luz para otros; esto supone un verdadero esfuerzo hasta el punto de que existen tiempos fuertes en la liturgia para trabajar en ello: se llaman Cuaresma, conversión, cambio de actitud para predicar con el ejemplo mediante la humildad y la oración que pide al Espíritu luz para saber qué y cómo hacer y fuerza para hacerlo en lo cotidiano; es algo exigente si queremos hacernos disponibles con amor, más allá de la filantropía. Igual que resulta exigente para el deportista modelar su cuerpo antes de competir en condiciones.

La consecuencia suele ser la incomprensión e incluso la persecución: la cruz cristiana no es, en absoluto, abandonarnos en nuestros sufrimientos, sino trabajar para salir de ellos; no provocarnos dolores y sí realizar el esfuerzo por vivir de manera confiada en Dios. Tomar la Cruz de Cristo es aceptar con humildad lo que no podemos cambiar sin perder de vista los dones recibidos por Dios con actitud agradecida. Abrirnos a los demás queriéndonos mejor es el plan. Amar al prójimo “como a ti mismo” y ser egoísta son polos contrarios pues, quien se quiere sanamente se acepta y valora, mientras que mirarse el ombligo juzgando a los demás por su utilidad, se incapacita para amarse y amar a los demás. Reconozcámoslo, es más fácil hacer sacrificios con privaciones, aunque sean radicales, que ejercitarnos en el verdadero amor al prójimo, la única cruz querida por Dios.

Esta es la llave para sentir verdadera alegría, plenitud interior y la paz. Y en cuento a las limitaciones sobrevenidas de la vida (enfermedades, fracasos…), Jesús nos dejó un mensaje en forma de promesa: todo lo demás se nos dará por añadidura, sin olvidar los mensajes consoladores de “pedid y se os dará” y “te basta mi gracia”.

Ante la Semana Santa delcoronavirus, es necesario reflexionar en oración pidiendo luz y fuerza. La fe pascual en el Resucitado alimenta nuestra esperanza sabiendo que la vida ha vencido a la cruz, cualquiera que esta sea, transformada con nuestra actitud en expresión del Amor, el verdadero protagonista de todo este acontecimiento Pascual.

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Jueves 01 de Abril de 2021. “Jueves Santo”.

jueves, 1 de abril de 2021
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De Koinonia:

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1ª Lectura:

Éxodo 12,1-8.11-14

Prescripciones sobre la cena pascual

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: “Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido.

Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones.””

***

Salmo responsorial: 115

El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.

¿Como pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre. R.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R.

***

2ª Lectura:

1Corintios 11,23-26

Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.” Lo mismo hizo con él cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.” Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

***

Evangelio:

Juan 13,1-15

Los amó hasta el extremo

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?” Jesús le replicó: “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.” Pedro le dijo: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.” Simón Pedro le dijo: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.” Jesús le dijo: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.” Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios.”

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.”

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***

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

Queridos hermanos:

Con esta ceremonia en honor de la institución de la Eucaristía se inicia lo que litúrgicamente se llama el Solemne Triduo Pascual. Tres días para celebrar el acontecimiento religioso cristiano más grande de la historia y naturalmente, del año litúrgico. San Agustín llamaba a este triduo: la fiesta de la Pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Esta noche, pues, es como una síntesis, como un resumen de toda la Pascua que estamos celebrando. Para comprenderlo, las lecturas de hoy nos han colocado en una historia vieja de Israel que desemboca en Cristo Nuestro Señor y que El, Cristo, la encarga a su Iglesia para que la lleve hasta la consumación de los siglos.

He aquí tres pensamientos de esta noche santísima del jueves Santo: una historia de Israel.

Un Cristo que la encarna

Y una prolongación eucarística hasta la consumación de los siglos.

1 º UNA HISTORIA DE ISRAEL

La vieja historia nos la ha contado el libro del Exodo que se acaba de leer. Los judíos celebraban en esta luna llena del mes de Nisan, un mes hebreo que coincide con nuestro marzo-abril. “Este será el primer mes del año -les había dicho- celebraréis la Pascua”. La Pascua era la celebración de dos grandes ministerios del Viejo Testamento: la liberación de Egipto y la Alianza con el Señor. Pascua y Alianza. La Pascua era aquel momento en que los israelitas esclavizados por el Faraón en Egipto no podían salir hasta en la décima plaga terrible, que consistió en que todos los primogénitos de Egipto iban a morir esa noche. Y para que se libraran las familias hebreas Dios les dijo, por medio de Moisés, que mataran un cordero y que con su sangre marcaran los dinteles de las puertas porque esa noche iba a pasar el ángel. El paso del ángel, eso quiere decir la Pascua: el paso de Dios que para los egipcios va a ser castigo y para Israel va a ser liberación.

Y aquella noche, mientras los egipcios lloraban a sus primogénitos que morían, los israelitas marcados con la sangre del cordero, salían de la esclavitud todas las familias para atravesar el desierto y encaminarse hacia la tierra prometida. Todos los años celebraban algo así como nuestro 15 de septiembre, la fiesta de la emancipación, la fiesta de la libertad, la fiesta en que Dios pasó salvando a Israel. Y al mismo tiempo que hacían actualidad esta fiesta del pasado, recordaban que había una alianza entre Dios y aquel pueblo, por la cual Israel se comprometía a respetar la ley de Dios y Dios se comprometía a proteger de manera especial a ese pueblo. La Pascua y la Alianza encontraron eco en fiestas que ya se celebraban entre los pastores pero que a través de estas revelaciones y de estos signos, tenían ya un sentido de profecía. La Pascua y la Alianza iban a encontrar una personificación cuando el más grande de los judíos, el nacido de Abraham, de David, de la descendencia santa de Israel, va a celebrar la Pascua.

Esta noche, Cristo Nuestro Señor, como buen israelita, con su grupo de israelitas que eran los apóstoles formando una familia, mandaron también a matar su corderito para comerlo en la noche del jueves Santo como lo comían todas las familias de Israel, recordando la vieja historia de la liberación y de la Alianza. ¡Cómo bullían en la mente de Cristo tantos recuerdos de la historia sagrada, cómo se hacían presente en la vida del Señor esta noche de emociones profundas toda la historia de Israel! No ha habido un patriota con más cariño a su pueblo, y a su tierra, y a sus costumbres, que Nuestro Señor Jesucristo. Cuando queramos ser auténticos salvadoreños miremos a Cristo que fue el auténtico patriota que vio la historia de su pueblo, que sintió como suya y como presente la esclavitud de Egipto, y vivió con agradecimiento a Dios la libertad y la alianza entre Dios y el pueblo. Leer más…

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Jueves Santo. Ni Grial ni Mantel, nosotros somos la Cena de Cristo

jueves, 1 de abril de 2021
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eucaristia-720_270x250Del blog de Xabier Pikaza:

«Jesús en nosotros, desde y con los pobres, excluidos, oprimidos y perdidos de la tierra»

Los de Valencia dicen que el Grial, del que bebieron Jesús y sus discípulos, es suyo. Los de Coria (Cáceres) responden que el paño o mantel lo tienen ellos. Pero los cristianos creemos que la Eucaristía  de Jesús o Jueves Santo, somos nosotros mismos.

Jesús nos hizo para siempre sus amigos (su sangre y cuerpo) en la Última Cena, confiándonos así su testamento: «Vosotros sois yo, yo soy vosotros». Por eso, la Eucaristía no es un Grial ni un Paño, ni siquiera un rito separado, sino nuestra existencia, en comunión del pan y vino (comida, bebida), con los hombres y mujeres en Cristo.

No está de más el paño, ni el cáliz, pero la Eucaristía  es Jesús en nosotros, nosotros en él, y unos en otros, desde y con los pobres, excluidos, oprimidos y perdidos de la tierra. Comer con ellos, compartiendo vida, desde y con Cristo, ésa es la verdad del evangelio (Gálatas 2, 5.14).

No es sólo rezar unos al lado de los otros,  sino «compartir la comida» (syn-esthiein, dice Pablo),  de forma que seamos con Jesús comida/vida compartida.

Así define Jesús su evangelio, desde la bienaventuranza de los hambrientos (Lc 6,21-22 par.) hasta la bendición de Mt 25,31-46, donde dice: Venid, benditos, porque tuve hambre y me disteis de comer…”. 

Éste es el amor real, Cena que recrea y enamora el Jueves Santo,fiesta cristiana de Eucaristía[1]. De ello trata lo que sigue, de manera algo más técnica, siguiendo el texto de La Palabra se hizo carne (=eucaristía»), ampliado al final con algunas notas técnicas. Buen Jueves Santo a todos

Xabier Pikaza

De Jesús a Pablo

Las palabrasde la cena (Mc 14, 22-25 par) retoman el mensaje y vida de Jesús, es decir, su “novedad mesiánica”, como reinterpretación de la pascua judía, que habían querido celebrar sus discípulos. En su forma actual esas palabras sólo han podido fijarse (como recuerdo histórico y texto litúrgico), desde una perspectiva pascual, según estos cuatro momentos[2]:

 − Cena (comida). Jesús celebró con sus discípulos una cena de solidaridad y despedida, marginando (superando) los rituales de la pascua nacional judía (cordero sacrificado), para insistir en el pan compartido (multiplicaciones) y el vino del Reino. Es probable que esa cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta real de sus discípulos (que seguían buscando un triunfo político/mesiánico). Sea como fuere, ella es el centro de la Historia de Jesús.

Primera comunidad. Los seguidores de Jesús mantuvieron y actualizaron (celebraron) su signo en las cenas/comidas comunitarias, centradas en el pan compartido y, de un modo especial, en el vino de la promesa del Reino. Esas cenas eran momentos fuertes de celebración de Jesús resucitado, a quien sus seguidores descubrían al juntarse y recordarle en el pan de su proyecto/mensaje y en el vino de la esperanza del Reino. En este momento, las “eucaristías” se identificaban con las mismas reuniones de oración, recuerdo y comida de las iglesias (en ese fondo puede situarse Mc 14, 3‒9).

Comunidades helenistas (Pablo). En un momento dado, que podemos conocer de algún modo por Pablo (1 Cor 11, 23-26), algunas comunidades de Jerusalén y Damasco, de la costa palestina y de Fenicia y después en Antioquía “descubrieron” (encontraron, desplegaron) un sentido especial en los signos de la cena, como memoria de Jesús, interpretando el pan como “cuerpo mesiánico” (sôma)del Cristo y el vino de la promesa del reino como “copamesiánica” (sangrehaima) de la nueva alianza que Dios ha realizado en y por Cristo[3].

El evangelio de Marcos recoge esa tradición de las comunidades y de Pablo y la integra en la historia de Jesús, en el contexto de su cena histórica, situando en un contexto biográfico la afirmación central de Pablo: «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan…» (1 Cor 11, 23). En el fondo de esa “entrega histórica” (descrita bien por Marcos) recibe su sentido el signo del pan como cuerpo mesiánico y del vino como sangre de la alianza.

Jesús y la Iglesia no han tenido que crear los signos, estaban ahí, el pan y el vino de las fiestas judías y de la última cena, que pueden relacionarse con la pascua judía, pero recibiendo nuevo sentido, en la línea de la entrega de Jesús por el reino.

1 Cor 11, 23-25

  1. 23 Yo recibí del Señor lo que os he transmitido:
  2. el Señor Jesús, la noche en que fue entregado,
  3. tomó pan, 24 y dando gracias, lo partió y dijo:
  4. – Esto es mi Cuerpo (dado) por vosotros.
  5. +Haced esto en memoria mía.
  6. 25 De igual modo el cáliz, después de cenar diciendo:
  7. – Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre.
  8. +Haced esto… en memoria mía

Mc 14, 22-2

  1.  22 Y estando ellos comiendo, tomando pan, bendiciendo, lo partió y se lo dio y dijo:
  2. – Tomad, esto es mi Cuerpo.
  3.  23 Y tomando (un) cáliz, dando gracias, se lo dio y bebieron todos de él. Y les dijo:
  4. −Ésta es la sangre de mi alianza derramada por muchos

 Marcos presenta estas palabras a modo de conclusión y compendio del evangelio, para indicar que aquello que Jesús había comenzado a realizar, proclamando su mensaje (1, 14-15), lo ha culminado y ratificado al fin, al presentarse como pan y vino de Reino para nueva comunidad mesiánica. Pablo, en cambio, sitúa esas palabras en un contexto de “celebración ritual” de la Iglesia, añadiendo que él ha recibido del Señor (parelabon apo tou kyriou) la tradición que ha transmitido (ho kai paredôka hymin), de manera que puede ofrecer y ofrece una formulación nueva de la “Cena del Señor” (kyriakon deipnon: 1 Cor 11), sin limitarse a repetir lo que decía la comunidad anterior, sino aportando lo que ha recibido por revelación pascual[4].

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Vicky Irigaray: Jueves Santo.

jueves, 1 de abril de 2021
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jueves-santoHermanos y hermanas, como lo hizo con sus discípulos hoy Jesús también quiere reunirnos, sentarnos a su lado en la mesa, lavarnos los pies y mirarnos a los ojos y hablarnos al corazón. Oremos.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús quiere una Iglesia reunida, donde tengan su lugar todos y todas; nos quiere unidos porque nos sabe dispersos; reclina su pecho porque nos sabe a falta de amor.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús nos invita a su mesa como muestra de amistad y confianza; quiere que en su mesa no falte nadie: los pobres, enfermos, abandonados y hambrientos. Nos invita a la mesa del pan y de la vida, donde lo que se sirve es el alimento que nos nutre y restaura nuestra dignidad.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús quiere lavarnos nuestros pies y en ese lavarnos nos declara su amor y su vida que es servicio. Poniéndose a nuestros pies nos recuerda que nos tenemos que tratar con esmero y ternura. Su amor es entrega total de la vida.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús nos pide que nos dejemos hacer, que nos dejemos afectar por su invitación, que nos atrevamos a escucharle con el corazón y cruzar nuestra mirada con la suya.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

Padre Madre buena, una vez más tú vas por delante, Buscas, deseas que comprendamos que somos amados por tu amor sin medida, gratuito que brota desde tus entrañas. Te damos las gracias por el regalo que nos haces en tu hijo Jesús.

 

Vicky Irigaray

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Jueves Santo. la Cena del Señor. Ciclo B. 01 de abril de 2021

jueves, 1 de abril de 2021
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“Lo que estoy haciendo, tú no lo puedes comprender ahora, lo comprenderás después”

(Jn 13, 1-15).

El Evangelio de hoy está cargado de símbolos en los que es interesante profundizar. En la actualidad, a nosotras, como personas que seguimos a Jesús, más de dos milenios después, nos puede resultar muy enriquecedor pararnos en la actitud de los discípulos, porque, como nos ocurre a nosotras, ellos tampoco entendían qué estaba pasando en sus vidas.

“Lo que estoy haciendo, tú no lo puedes comprender ahora, lo comprenderás después”, dijo Jesús a Pedro cuando se negaba a que le lavara los pies. ¡Cómo nos cuesta aceptar esta frase! ¡Qué poco nos gusta no comprender todo en el instante en que nos lo proponemos! Vivimos con la meta de conocer, de controlar cada situación. Pedro continúa negándose y Jesús le responde: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. A veces necesitamos parar en seco para reaccionar y optar. ¿Queremos tener que ver con Jesús? ¿En qué cambia nuestra vida el llamar a Jesús “maestro”?

Hoy también celebramos el día del amor fraterno, sororal, y este podría definirse como ese amor que no se entiende, que no se comprende. El amor que lleva a servir, a acoger, a entregarse gratis, sin esperar nada a cambio… ¿Nada? Eso tampoco lo entendemos. Resulta que eso es lo que Jesús hizo cada día de su vida y es lo que nos propone, a quienes nos denominamos cristianas, como guía en nuestra vida.

Hoy es el día del “porque sí”. Esa frase que de pequeños hemos dicho mucho, y que podemos escuchar responder a los pequeños de las familias. Y resulta que Dios nos quiere “porque sí”, que se entregó y se entrega cada día “porque sí”, que nos pide que nosotras hagamos lo mismo “porque sí”.

Oración

Lávanos, Jesús, aunque nos peleemos contigo porque no entendamos, y haznos personas entregadas por amor, por tu Amor.

 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El amor manifestado en Jesús es el Ágape.

jueves, 1 de abril de 2021
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os_he_dado_ejemploJn 13,1-15

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado, celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días intentamos manifestar de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Jn nos debe hacer pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan. Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino, tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estas cuestiones, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto a la ligera. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exégetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida se lo dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la primera comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo y símbolo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción más original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico y estereotipado que a nada compromete. Aquí está la razón por la que Jn se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor. “Hasta el extremo” (eis telos) = en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.

Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cuál debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto y singular a cada persona.

Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos, imitando a Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación que el evangelista pone en boca de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación personal de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al suyo.

Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres.

Es una pena que una vivencia tan profunda se haya reducido a celebrar hoy el día de la “caridad”. Tranquilizamos nuestra conciencia con un donativo de algo externo a nosotros, siempre de lo que me sobra, o por lo menos, que en nada compromete mi nivel de vida. Podemos aceptar que no somos capaces de seguir a Jesús, pero no tiene sentido engañarnos a nosotros mismos con ridículos apaños. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. Él fue pan partido y preparado para ser comido. Él fue sangre (vida) derramada para que todos los que encontró a su paso la tuviera también. Jesús promete y da Vida definitiva al que es capaz de seguirle por el camino que nos marcó. La misma Vida de Dios, la comunica a todo el que acepta su mensaje. No al que es perfecto, sino al que, con autenticidad, se esfuerza por imitarle en la preocupación por el ser humano.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Magdalena Bennasar: La ternura no se piensa.

jueves, 1 de abril de 2021
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jesus-curaCon estas meditaciones y reflexiones quisiéramos dar continuidad a una experiencia que la mayoría estamos practicando, que es ahondar en la oración afectiva, no como método, sino como experiencia vital que emerge de un seguimiento que deja atrás etapas principiantes que preceden a la madurez en una relación donde ya hay complicidad.

El discípulo será estos días en nuestra Pascua: Jesús. La discípula: tú, yo, y algunos personajes del NT que nos acompañarán.

El tema de fondo e ingrediente fundamental de estos días de profundización es: descubrir la ternura en la pasión, muerte y resurrección, como hilo conductor de cada gesto, mirada, palabra, silencio, entrega.

Si algún elemento da belleza y sentido a la vida, ése es, la ternura como la expresión más serena y firme del amor. Gracias a la ternura las relaciones afectivas crean raíces de vínculo.

La doctora Kübler-Ross, afirma que los recuerdos que nos acompañan en los últimos instantes de la vida no tienen que ver con el éxito o poder, sino con encuentros profundos con un ser amado. Y quedan grabados en la memoria gracias a la luz de la ternura.

Paradójicamente la ternura no es blanda, sino fuerte y audaz. Implica seguridad en uno mismo y expresa la calidad de una relación. Desde lo que hoy conocemos como inteligencia emocional, la ternura forma parte de ese bloque maravilloso que llamamos el cerebro del corazón. Así como nos dicen que la inteligencia está distribuida por todo el cuerpo, podemos deducir que la ternura es una exquisitez fruto de la empatía.

Desde ahí, tratemos de entrar en el mundo del discípulo y la discípula, durante estos cuatro días cargados hasta el borde de intensidad y ternura. De violencia respondida con no-violencia. De odio respondido con silencio. Y de actitudes de todo tipo provenientes de corazones egoístas que no pillan los pasos que da el discípulo del Abba.

No se comprende el Jueves Santo, esa cena con sus palabras y gestos, si no se ha recorrido, con Jesús, el trayecto anterior. El día a día, en el que nos vemos expuestos a tantas situaciones que debemos discernir, y decidir si las discernimos con el barómetro del Evangelio o con el propio.

Ella, una discípula, lo discierne así: te invitamos a leer el texto de Juan 12, 1-8.

(Por favor, toma tu Biblia en tus manos, y siente el amor y la vida de miles de años de historia de salvación, ahí, en estas páginas, para que las sintamos, comprendamos, acariciemos; son vida de nuestra vida, en ellas está también nuestra historia.)

Dicen algunos exégetas que este gesto de María, hermana de Lázaro según narrado en el Evangelio de Juan, inspiró a Jesús a realizar el gesto que hoy celebramos y que Juan nos relata en el capítulo 13.

María, apasionadamente agradecida, sobrecogida por la calidad de amor que ha experimentado, en un gesto expresa lo que muchas personas deseamos vivir y que el mismo Jesús, según Juan, realizará en su última cena:

María, en un solo gesto vive y reproduce lo que el corazón del evangelio nos indica:

* Amor apasionado: la ternura y cariño de la mujer son indescriptibles. No hay indicio de inhibición y sí hay una absoluta muestra de respeto infinito.

* Servicio entrañable como derroche de todo su perfume, de todo su amor, de su agradecimiento. Derroche de entrega gratuita sin medida. Gesto reprochado por los que no saben amar y con su rigidez legalista juzgan y condenan. La generosidad de esta mujer es libertad absoluta para amar hasta el extremo, en un vaciamiento de sí a través del perfume derramado.

* “Shema”: “escucha Israel: amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza…”Y María, “escucha” el latido alterado del corazón del amigo, alterado por la inminente traición que se percibe, que intuye…y ante ese dolor, ella muestra su fidelidad respondiendo con su gesto femenino, sensual, liberador. María obedece escuchando al Amor y realizando lo que su corazón y conciencia le sugieren.

Juan 13,1-32

Jesús se encuentra con aquellas personas más íntimas, a las que ha ido confiando todo lo que iba experimentando de su relación con el “Abba”, y de un estilo de vida capaz de transformarnos en hijos de Dios, y a las estructuras sociales en hogar para todos, y a los bienes del Planeta en casa común, compartida, respetada…

Jesús ya no tiene palabras para ellos: se ha vaciado totalmente y se da cuenta de que ellos están lejos de donde él se encuentra porque ha sido fiel, como los profetas, a una vida de “shema”.

Y en un último esfuerzo acude a un gesto que divide la historia en un antes y un después: el Señor prestando el servicio de sirviente-esclavo:

*mírale a tus pies, los lava con mimo, te lo dice todo con su beso, te deja sentir el amor de Dios que estremece y conmueve: amor de ágape, amor abierto; el gesto es para cada uno, pero a cada uno con toda la pasión del amor de Dios: personal, cercano, íntimo, gratuito.

¿Necesita Jesús en ese gesto, sentir él el calor de tu presencia a través de tu piel, ya que tantas veces, como los discípulos, estamos con la atención y el corazón en otra parte y el amigo languidece solo, sin nuestra presencia y cariño?

* El derroche de su amor, no se muestra, en este texto, con perfume, como en el caso de María, sino con la tremenda expresión “sangre y carne” comidas, compartidas, entregadas. Jesús llega a la pobreza máxima de comprender que sólo puede entregar ya su propio cuerpo, metáfora de su SER.

* ¿Por qué tanta radicalidad? Porque ha “escuchado” de nuevo el rugir del león, del ego, del miedo parapetado en el poder, el dinero, el deseo de los primeros puestos… “ha escuchado y percibido los miedos infantiles de aquellos que tienen que continuar la obra que el Abba ahora les encomienda a ellos, y se da cuenta de que “no llegan”, ante lo cual se enternece y conmueve aún más y pronuncia “tomad y comed todos, este es mi cuerpo, esta es mi sangre, entregada por todos. Haced esto cada vez que deseéis mi presencia, mi Amor”

Te invito a hacer Silencio “escuchando” tu latido al unísono del suyo. Sin prisa, dejando que en esa intimidad añorada, el Señor se te manifieste.

Y, de este silencio, emerge, gratuita, la ternura. Jesús no les lava los pies porque considere que los discípulos estén “sucios” por dentro o por fuera. Es otro el talante y significado del gesto.

El gesto lleva una carga enorme de sentimiento, de necesidad de abrazar y besar los pies de los que han andado con él en tantas situaciones y lugares. Abrazar y besar ante el presagio de un fuerte sufrimiento o ante la certeza de que se marcha y la vulnerabilidad de los y las discípulas le llena de ternura materna- paterna y fraterna- sororal.

Y repite el gesto por antonomasia de partir el pan, como estilo de vida: partir, compartir, dar de lo que no te sobra, de tu pan…partir tu salud, tu mente y corazón para que otros tengan luz, paz, alimento…

Y el otro gesto. Echarse a los pies de las personas a las que sirve. Él recibió este gesto de parte de María de Betania, y de otros que a lo largo del camino le han querido pedir o agradecer algo vital. Y revive cómo se sintió al ver a una persona a sus pies y al sentir su tacto delicado y profundamente ungidor. Desea contagiar esa ternura a estas personas atemorizadas y acobardadas ante la hecatombe que se avecina y que todos presienten.

El discípulo se convierte en Maestro a los pies de sus discípulos y se tergiversa la pirámide. El Maestro les levanta de su mediocridad abajándose más allá de los límites. Algo así como “basta de asuntillos de quien manda más, de quien es más importante…” es hora de que sintáis el estremecimiento del Amor a vuestros pies, la ternura de Dios abrazando vuestra humanidad. Lo cual es imprescindible para una madurez afectiva sana.

La ternura no se piensa, es una experiencia que brota, como un perfume que permea todo. Es un hecho pero no para filosofar o discutir, es la manera de comunicarse Dios con una humanidad que se ha hecho el centro de todo. Es el David frente al Goliat del ego.

La ternura es como la primavera que madre naturaleza pone delante de nuestros ojos estos días: espléndida, engalanada de flor y perfume. Derramando lo mejor de sí: lo que trabajó en lo escondido durante el largo invierno.

Jesús es esa primavera, siempre, en la vida de cada persona. Recientemente me encuentro con personas que van descubriendo la fuerza que da la experiencia de una oración madura, fiel, constante y fecunda.

Magdalena Bennasar, SFCC

Fuente Fe Adulta

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Se levantó de la mesa…

jueves, 1 de abril de 2021
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041317-jn-13-1-15-660x330En la noche en que iba a ser entregado, Jesús realizó un gesto insólito: se levantó de la mesa distanciándose del lugar reservado a quienes presiden y se situó en el de los que, entonces y ahora, pertenecen a la categoría de “los que sirven”. Sabía que el lugar en que estemos situados condiciona nuestra mirada y por eso tomó distancia y adoptó la perspectiva que le permitía percibir otras dimensiones de la vida. Desde ese lugar se toca de cerca el barro, el polvo, el mal olor, la suciedad…, todo eso de lo que los sentados a la mesa creen estar a salvo o sencillamente ignoran y desprecian. A ras del suelo y en contacto con los pies de los demás, se produce un cambio de plano que revela lo elemental de cada persona, su desnudez, las limitaciones de su corporalidad. Y miradas desde ahí, cualquier pretensión de superioridad o dominio se descubre como ridícula y falsa.

Desde aquel lugar, el de “uno de tantos”, él veía cerca y dentro a los que otros consideraban lejos y fuera y, en cambio, los de arriba resultaban estar abajo. Porque para él los más, los mayores y los importantes eran aquellos que a nuestros ojos son menos. El lugar en que había decidido situarse había creado esta “revolución de adverbios” que tanto nos sobresalta y a la que tanto nos resistimos. La sola posibilidad de ese desplazamiento nos resulta amenazadora porque nos saca del terreno de lo conocido y nos invita a descubrir nuevos significados que no coinciden con los que consideramos evidentes. Y sin embargo él se lo exigirá a quien quiera seguirle: tendrá que estar dispuesto, lo mismo que él, a “no tener dónde reclinar la cabeza”, a ir más allá de todo aquello en lo que la cabeza (la de ellos y la nuestra) “se reclina”, descansando en lo que se cree saber, controlar o dominar.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Decía el P. Arrupe que mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será completa. Jueves Santo

jueves, 1 de abril de 2021
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icono-del-lavatorio-de-los-pies-40x60-cmDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. La Eucaristía y las comidas de Jesús.

         Eucaristía no es solamente la Última Cena, la cena que nosotros llamamos del Jueves Santo. Eucaristía es la infinidad de veces que Jesús comió con publicanos y pecadores: comidas salvíficas Eucaristía es la multiplicación de los panes: Jesús toma el pan, lo bendice, lo reparte por medio de sus discípulos, (Jn 6).

  •  Se sentó a la mesa con recaudadores de impuestos en casa de Leví, publicanos, prostitutas, (Mc 2,14-17).
  •  Jesús aceptó la hospitalidad de Zaqueo y fue a hospedarse en su casa (Lc 19,1-10).
  •  Jesús comía con publicanos y pecadores” (Mc 2,16).

Por otra parte, las comidas de Jesús tenían un enorme significado porque violaban casi todas las normas judías. Jesús comía con personas con las que un buen judío no podía, ni debía compartir la mesa. Además declaraba que todos los alimentos eran puros, no observaba el ayuno ni quería que sus discípulos lo hicieran (Mc 2,18-22).

Las comidas de Jesús fueron siempre salvíficas y gozosas:

Zaqueo hoy tengo que cenar contigo, porque ha entrado la salvación en tu casa.

Ya a la mesa, los dos de Emaús se llenaron de alegría.

La Eucaristía no es, no debe de ser un rito, sino la celebración gozosa de la salvación, no un cumplimiento, ni un amasijo incomprensible de ritos hieráticos.

  1. He deseado comer esta Pascua con vosotros. (Lc 22,15).

Jesús deseaba vivamente comer con pecadores y publicanos, hombres y mujeres.

La comida, las comidas siempre han tenido un carácter de encuentro, de acogida, de compartir la palabra y el alimento, la amistad, las comidas son encuentro, celebración, solidaridad.

Jesús deseó ardientemente toda su vida encontrarse, acoger, compartir, hablar, celebrar la vida con sus hermanos. Santo Tomás de Aquino recoge muy bien este deseo de Jesús cuando escribió aquel himno, que tantas veces hemos cantado (Pange lingua):

In supremae nocte coenae recumbens cum fratribus: En la noche suprema, estando sentado con los hermanos.

Jesús nos ama y por ello, quiere convivir y compartir con nosotros.

  1. La mesa de Jesús está abierta a todos.

         La mesa, la palabra y el pan de Cristo están abiertos a todos. En la mesa de Jesús todos tenemos un sitio.

         Este año –estos años- celebramos el jueves santo en esta crisis de pandemia y económico social por la que unos cuantos millones de personas quedan fuera de la mesa del capital.

         No podemos tampoco olvidar el hambre del tercer mundo, la hambruna de África, las enfermedades. (Si el paludismo fuese una enfermedad del primer mundo, hace años que habría desaparecido).

La banca y los banqueros ¿se sientan a la mesa o sientan a su mesa a los débiles? ¿Desean ardientemente celebrar, ser felices con los más desheredados?

         ¿Celebro la Eucaristía al margen de los demás, sin tener en cuenta mis relaciones, familia, sociedad?

         La mayor parte de los cristianos y no cristianos creo que sentimos una gran impotencia, ¿qué podemos hacer ante la crisis, ante el tercer mundo? Podremos hacer poco, pero no dejemos de hacer lo que podamos en forma de ayuda, de protesta, de indignación. Dadles vosotros de comer.

         Decía el P. Arrupe que mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será completa.

         tres notas en el jueves santo:

  1. Fácilmente calificamos de ateos o increyentes a muchas personas que trabajan por la justicia en el mundo sindical y se dice de ellos que si son de izquierdas, comunistas, anticlericales, y tonterías por el estilo. Los parados y quienes trabajan por la mesa del Reino son pobres, no paganos. Los pobres es lo más evangélico que tenemos en nuestras iglesias y sociedad. Salid a las calles y caminos y llamad a todos. Todos esos son trabajadores no sé si pertenecen a la Iglesia, ciertamente sí al Reino de Dios.
  1. Brutal y pseudo-litúrgicamente excluimos de la Eucaristía a muchas personas cuya vida afectivo-matrimonial se ha tambaleado o entrado en crisis. Excluimos igualmente de la comunión a personas que viven situaciones difíciles. Jesús no excluye a nadie de su mesa. Jesús no tiene prejuicios sociales ni étnicos, ni morales ni religiosos: Jesús se sienta fraternal y con cariño con todos sus hermanos. ¿A qué otra realidad se referiría Cristo con aquella parábola del banquete del Reino cuando les dice a los criados: id y salid a los caminos e invitad a todos?

Decía Francisco el pasado Domingo de Ramos: «Sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo».

Cristo está presente no solamente en el pan y en el vino, sino -sobre todo-: “Con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está allí, en los últimos, en los rechazados” (Francisco en la homilía del Domingo de Ramos pasado).

  1. La misma tradición de san Juan dice que en el amor os conocerán que sois mis discípulos, (Jn 123,35).

¿Realmente trato de ser cristiano en la vida respetando, siendo caritativo, ayudando lo que sé y puedo?

¿Realmente en nuestra iglesia diocesana de San Sebastián nos caracterizamos por el respeto, comunión y amor que mantenemos las diversas líneas de pensamiento y pastoral, la jerarquía, el presbiterio y los laicos? ¿Buscamos la comunión, el amor o la victoria?

  1. actitud servicio en el amor.

         La última cena del Señor con los suyos tiene una solemnidad intensa, pero no por la grandeza y “esplendor del Templo”, sino por la dignidad de Jesús que

  • Primero amó a los suyos hasta el final
  • Y por eso se quita el manto de Señor y se ciñe la toalla de esclavo para lavar los pies de los suyos. Amor y servicio constituyen la dignidad de Jesús, (no el poder).
  • El lavatorio de los pies ha pasado de refilón en la iglesia y apenas ha quedado reducido a un pequeño rito. Sin embargo el lavatorio de los pies es un momento fundacional de la iglesia.
  • Hay iglesia de Jesús donde hay servicio y amor, otras cosas puede que sean estructuras religiosas, pero lejanas a Jesús

El cristianismo está en el amor y el servicio.

         La teología de Jesús no se ventila en las academias o en el Santo Oficio, sino en su cercanía hacia los débiles, hacia los suyos, los pobres. Jesús hace una teología en vivo.

Os he dado ejemplo, haced vosotros lo mismo.

Haced esto en memoria mía.

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“Se les escapó desnudo (Mc 14,52)”, por Dolores Aleixandre.

miércoles, 31 de marzo de 2021
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tumblr_n4795vxaML1s3px5po1_500Un artículo que ya habíamos publicado pero que volvemos a traer por este nuevo personaje, también misterioso, como el hombre del cántaro y que aparece en el relato de la Pasión escrito por Marcos y que parece indicarnos al Jesús despojado al que hemos de seguir despojados nosotros también…

De su blog Un grano de mostaza:

«Lo seguía también un muchacho envuelto en una sábana sobre la piel. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo» (Mc 14,51-52). En este personaje misterioso del evangelio de Marcos y más allá de las preguntas que despierta (¿por qué aparece ahí? ¿qué tipo de seguidor representa? ¿qué significa ese lienzo de lino que le arrebatan? ¿está anticipando al otro joven que aparecerá después en el sepulcro?…), nos es posible contemplar una metáfora del propio Jesús que, despojado de todo, atraviesa desnudo y libre su Pasión.

Conocía los preceptos que acompañaban la celebración de la Pascua: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano…» (Ex 12,11) y se preparó para vivirla (“se dispuso” diría Ignacio) como aquel rey de la parábola que, antes de lanzarse a combatir, se sentó a calcular con qué fuerzas contaba (Cf. Lc 14,31).

¿Podemos saber algo sobre ello? “Saber” no es el verbo adecuado, como tampoco lo serían “constatar” o “comprobar”: el modo de aproximación sería una lectura contemplativa de las acciones y palabras de Jesús que preceden en Marcos al relato de la Pasión, disponiéndonos también nosotros a recibirlas, hospedarlas y ser alcanzados por ellas. Y esperar pacientemente, por si nos ofrecen algún indicio de cómo Jesús se iba disponiendo, cómo se iba simplificando, qué iba dejando atrás, qué convicciones y actitudes iba reforzando para que fueran el cinturón, las sandalias y el bastón que lo acompañarían en su viaje.

«Entró en Jerusalén y se dirigió al templo» (Mc 11,11)

La escena de la entrada de Jesús en Jerusalén tiene un final extraño: en el comienzo, la narración se demora ofreciendo todo tipo de detalles: envío de dos discípulos para buscar al borrico, resultado de su búsqueda, diálogo con los que preguntan el por qué de su acción y más tarde descripción de los gestos y aclamaciones de la comitiva que le acompaña. En cambio, la conclusión de esa entrada se resume en un solo verso: «Cuando entró en Jerusalén se dirigió al templo y observó todo a su alrededor pero, como ya era tarde, se fue a Betania con los doce» (Mc 10, 11).

Un viaje tan largo para un desenlace tan breve; tantos preparativos para una llegada que no suscita ninguna reacción; tanta solemnidad para entrar ahora en la ciudad a pie, sin cabalgadura, sin compañía y sin tumulto: un hombre solo haciendo un callado acto de presencia en el lugar que es para él «casa de oración» (Mc 11,17). Muy pronto se va a enfrentar con los que la han convertido en cueva de ladrones y va a pronunciar anuncios, enseñanzas y parábolas: ahora sólo importa su presencia de Hijo en ese espacio en que late la presencia de aquel a quien él llama Padre y que le ofrece tienda para hospedarse (Sal 15,1), recinto protector en el que guarecerse durante el peligro, escondite en el que abrigarse (Sal 27,5).

«Shema Yisrael: ´Adonay Elohenu Adonay ejad»: el Dios que es uno pide la respuesta de un corazón entero, único, no dividido y es eso lo que Jesús pone ante Él: ha dejado atrás cualquier pretensión de disponer de sí, cualquier previsión, estrategia o búsqueda propia. Está más allá de toda preocupación o inquietud: «Una sola cosa pido al Señor, eso voy buscando: habitar en su casa todos los días de mi vida…» (Sal 27,4). Había llegado para él el momento de descansar solo en Dios, de poner en Él solo la esperanza (Cf. Sal 62,6). Por eso aquella tarde no necesitaba ya hacer ni decir nada: le bastaba estar ahí, hacerse presente al Padre y contemplarlo todo con su mirada penetrante. Empezaba a anochecer. Ya era tiempo de emprender, silenciosamente, el retorno a Betania.

«Ha hecho una obra bella conmigo» (Mc 14,6)

Gracias a los evangelistas sabemos algo acerca de la extraña manera de Jesús de usar adverbios y adjetivos, tan poco coincidente con la nuestra: para él estaban dentro, cerca y arriba los que nosotros solemos considerar fuera, lejos y abajo y su criterio sobre lo más y lo menos, lo mucho o lo poco aparece con claridad en su juicio sobre el donativo de aquella viuda pobre: sus dos moneditas eran para él más que el mucho de los fariseos (Mc 13,43). Ella, junto a tantos otros pequeños, insignificantes y últimos, pertenecía a los que para el Reino son grandes, importantes y primeros.

Sabemos lo poco que le impresionaba la grandeza de las edificaciones del templo que tanto admiraban sus discípulos (Mc 13,1-2) y en la escena del joven que acudió a él llamándole «Maestro bueno”, conocemos su reacción ante otro adjetivo:

«- ¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno» (Mc 10,18).

Y sobre lo bello ¿qué opinaba? Solo conservamos su apasionada defensa del gesto de la mujer que ungió su cabeza con perfume: «¡Dejadla! Ha hecho una obra bella conmigo» (kalós en griego es a la vez “bello” y “bueno”). Para él, la acción de la mujer no era sólo un ejemplo de generosidad o de bondad sino de belleza y así se va a recordar «allí donde se anuncie la buena noticia» (Mc 14,3-9).

El narrador se detiene en detalles sobre la calidad y el valor del frasco y del perfume, como si pretendiera conectar con lo que suele ser la reacción normal y espontánea ante lo valioso: guardarlo, retenerlo, administrarlo con cuidado y precaución. Por eso sorprende que el gesto de la mujer sea tan inadecuado e imprudente tratándose de un recipiente tan costoso y de un perfume tan exquisito: «lo rompió» y «lo derramó». La opinión de los asistentes a la cena (qué derroche, qué desperdicio, cuánto despilfarro, qué afrenta para los pobres…) descubre cuánto valoraban las posesiones caras y qué modo de manejarlas les parecía apropiado y satisfactorio. Pero la opinión de Jesús es otra: él encuentra bella la acción excesiva, desbordante y carente de medida de la mujer, tan parecida a su manera de amar. Por eso le brinda el juramento solemne de que su gesto, nacido de la gratuidad del amor, va a convertirse en una profecía viva de la que todos podrán aprender.

Como en tantas otras ocasiones, estaba dejando atrás la instintiva costumbre humana de retener y guardar y se adentraba en el ámbito de la gratuidad. Aquel frasco hecho mil pedazos sobre el suelo, se convertía en la parábola silenciosa que el Padre le narraba aquella noche y que convocaba su existencia al vaciamiento y a la entrega. Pero estaba también la promesa de que aquel perfume derramado y libre que él iba entregar cuando llegara su hora, iba a convertirse en la vida y la alegría del mundo. Y en su extrema y paradójica belleza.

«Al atardecer llegó con los doce» (Mc 14,17)

En el relato de Marcos sobre los preparativos de la cena pascual, hay un significativo desplazamiento de lenguaje. El texto comienza diciendo: «El primer día de los ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?… » (Mc 14,12). Sin embargo, cuando es Jesús quien da las instrucciones para el dueño de la casa, habla de «cenar con mis discípulos», desaparecen las alusiones a lo litúrgico y no hay ya ni una palabra sobre ázimos, cordero, hierbas amargas, oraciones o textos bíblicos: solo pan y vino, lo esencial en una comida familiar. Quiere cenar con los suyos y para eso necesitan encontrar una sala en la que haya espacio para estar juntos: ese es el único objetivo que permanece y que Lucas subraya aún con más fuerza « ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua!» (Lc 22, 15). El «con vosotros» es más intenso que la conmemoración del pasado, lo ritual deja paso a los gestos elementales que se hacen entre amigos: compartir el pan, beber de la misma copa, disfrutar de la mutua intimidad, entrar en el ámbito de las confidencias.

Su relación con ellos venía de lejos: llevaban largo tiempo caminando, descansando y comiendo juntos, compartiendo alegrías y rechazos, hablando de las cosas del Reino. Él buscaba su compañía, excepto cuando se marchaba solo a orar: había en él una atracción poderosa hacia la soledad y a la vez una necesidad irresistible de contar con los suyos como amigos y confidentes. Al principio ellos creyeron merecerlo: al fin y al cabo lo habían dejado todo para seguirle y se sentían orgullosos de haber dado aquel paso; les parecía natural que el Maestro tomara partido por ellos, como cuando los acusaron de coger espigas en sábado y él los defendió (Mc 2,23-27); o cuando el mar en tempestad casi hundía su barca y él le ordenó enmudecer (Mc 4,35-41); o cuando volvieron exhaustos de recorrer las aldeas y se los llevó a un lugar solitario para que descansaran (Mc 6,30-31).

Sin embargo, las cosas que él decía y las conductas insólitas que esperaba de ellos les resultaban ajenas a su manera de pensar y de sentir, a sus deseos, ambiciones y discordias y una distancia en apariencia insalvable se iba creando entre ellos: le sentían a veces como un extraño venido de un país lejano que les hablaba en un lenguaje incomprensible.

Pero aunque ninguno de ellos se sentía capaz de salvar aquella distancia, Jesús encontraba siempre la manera de hacerlo. El día en que admiró la fe de los que descolgaron por el tejado al paralítico (Mc 2,5), estaba en el fondo reconociéndose a sí mismo: también él removía obstáculos con tal de no estar separado de los suyos y nada le impedía seguir contando con su presencia y con su compañía, como si los necesitara hasta para respirar. Ellos se comportaban tal y como eran, más ocupados en sus pequeñas rencillas de poder que en escucharle, más interesados en lo inmediato que en acoger sus palabras, torpes de corazón a la hora de entenderlas. Pero él se había ido inmunizando contra la decepción: los quería tal como eran sin poderlo remediar, los disculpaba, seguía confiando en ellos.

«Todos vais a tropezar, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mc 14,27), dijo durante la cena. No habló de culpa, ni de abandono, ni de traición: eran amigos frágiles que tropezaban y no se puede culpar a un rebaño desorientado cuando se dispersa y se pierde. Sabía que iban a abandonarle pronto y que, si no habían sido capaces de comprenderle cuando les hablaba de sufrimiento y de muerte, tampoco lo serían para afrontarlo a su lado, pero sobre sus hombros no pesaba carga alguna de reproches o de recriminaciones. Libre de toda exigencia de que correspondieran a su amor, estaba seguro de que, lo mismo que su abandono en el Padre le daría fuerza para enfrentar su hora, aquel extraño apego que sentía por los suyos sería más fuerte que su decepción por su torpeza. Y seguiría considerándolos amigos, también cuando uno de ellos llegara al huerto para entregarle con un beso.

«El Hijo del hombre se va» (Mc 14,20)

Hay muchas maneras de narrar las cosas. En lugar del enunciado: «mi final está próximo», «emprendo el camino hacia la muerte»…, o alguna otra expresión semejante, en el anuncio de Marcos se elude el término “muerte” o el verbo “morir” y aparece el verbo hypagō que sugiere un modo de caminar no escogido por propia iniciativa sino guiado, conducido, sometido, bajo presión de algo o de alguien. “Irse” no significa “morir”, aunque haya que pasar por ahí: es el modo de caminar de Jesús como «Hijo del hombre», es consecuencia de haber elegido una determinada forma de existir. Según el texto, él no « se entrega» sino que «es entregado». Han sido su manera de vivir, sus elecciones, sus palabras, sus gestos, sus compañías, las que han ido tejiendo la trama en la que ahora tropieza y queda apresado. Con frecuencia, para hablar de situaciones así empleamos frases como: “él se lo ha buscado”, “se veía venir…”, “ahora, que se atenga a las consecuencias…”. Y esas son precisamente las causas del hypagō: si no se hubiera señalado tanto, si hubiera sido un poco más prudente, si hubiera medido más sus palabras, si no hubiera frecuentado ciertas compañías, si no hubiera provocado a los poderosos, si…

Y además ¿no ha elegido entrar en lo más hondo de la condición humana?, ¿no se ha atrevido a descender a donde están los últimos?, ¿no ha abrazado su misma condición, comportándose como un hombre cualquiera? No puede quejarse ahora y por eso «se va» de esa manera: sometido a las leyes que rigen la vida de los que carecen de privilegios, arrastrado por las consecuencias de sus opciones, aplastado por los resultados de conductas que podía haber evitado.

«El Hijo del hombre se va…», sometido como tantos seres humanos al poder de la violencia y de la injusticia pero promete: «Cuando sea puesto en pie, iré delante de vosotros a Galilea» (Mc 14,28). El “Pastor herido” se pone a la cabeza de quienes avanzan tras él recorriendo su «camino nuevo y vivo» (Heb 10,20). Y lo hacen con la confianza de saberse precedidos por el que no retuvo ávidamente la elección de su propio destino y se dejó conducir por Otro, también por las cañadas oscuras de la humilde obediencia.

«Servir y dar la vida en rescate por todos» (Mc 10,45)

«Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es nuestro redentor» (Is 63,16). Posiblemente algún sábado en la sinagoga escucharía Jesús esta invocación profética que hablaba de Dios como go’el. Y aprendería también en las tradiciones de su pueblo que, cuando la vida de alguien estaba en juego, ahí tenía que estar su go’el como pariente más próximo para hacerse cargo de su rescate (Lv 25, 47); y que si era sometido a la esclavitud, se arruinaba o moría sin descendencia, su go’el debía acudir a liberarle, a pagar sus deudas e impedir que su nombre se perdiera para siempre (Cf. Lv 25,25; Rt 4,1-11). Había sido un paso de gigante para Israel atreverse a invocar al Altísimo como go’el , considerarle como su familiar más próximo, recordarle que era cosa suya sacarles de la opresión y arrancarlos de la muerte.

«El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos» (Mc 10,45), afirmó Jesús un día, como quien ha comprendido y asumido el sentido de su existencia: quería estar junto a sus hermanos cuando su vida estuviera en juego, cuando peligrara su libertad, cuando les amenazaran la ruina y el olvido. No había venido a establecer principios, a imponer normas o a corregir errores, sino a alcanzar a los que se sentían lejos de Dios, sanar sus heridas, contarles historias de pastores que buscan y de hijos que vuelven a casa. Estaba entre ellos para querer a cada uno tal como era y a ponerse a su lado para llevarle más allá de donde estaba, hacia esa vida buena y abundante de la que afirmaba poseer el secreto.

Por eso se compadeció de la situación de aquella mujer encorvada y la enderezó (Lc 13,10-17); por eso sintió el clamor de vergüenza de la mujer del flujo de sangre y su respuesta fue hacer fluir hacia ella la fuerza sanadora que había recibido del Padre (Mc 6,21-34); por eso supo ver en la sirofenicia una oveja perdida más allá de la casa de Israel y curó a su hija (Mt 15, 21-28); por eso se dejó atraer por la llamada silenciosa del hombrecillo que le observaba oculto detrás de las ramas de una higuera y le pidió hospedarse su casa (Lc 19,1-10).

Había elegido estar entre sus hermanos como uno de tantos, sirviendo en los lugares de abajo, allí donde estaba la gente más hundida por sentencias que los aplastaban: “está leproso”, “es una pecadora”, “es ciego de nacimiento”, “está muerta”, “ya huele mal”… Él hacía saltar por los aires aquellos yugos y los levantaba hacia la vida con la autoridad de su palabra: «queda limpio», «vete en paz», «recobra la vista», «está dormida», «¡sal fuera! ».

Realizó en medio de ellos los signos de su presencia de go’el y dominó el arte de acoger, amparar y ofrecer asilo entre sus brazos a las vidas heridas y a los cuerpos maltrechos de tantos hombres y mujeres: apiñados en torno a él, le escucharon proclamarlos «dichosos”, probaron el mejor de los vinos en una boda de pueblo, se sentaron en la hierba y comieron pan y peces hasta saciarse.

La noche en que iba a ser entregado, se quitó el manto, y con él toda pretensión de poder o de dominio. Se ciñó la toalla y, de rodillas, como el último de todos, fue lavando los pies de sus discípulos. Era esa su manera de disponerse a recibir el Nombre sobre todo nombre.

«Tomad, esto es mi cuerpo» (Mc 14,22)

Una vez contó la historia de un hombre que, para guardar su cosecha, derribó sus graneros y construyó otros mayores (Lc 12,18). Era una conducta incomprensible para él, que no sabía nada sobre acumular, guardar o retener y que tenía costumbres pródigas: dar, perder, dejar, vender, derramar, partir, entregar. Había nacido a la intemperie para que ninguna barrera le separara de nosotros y para hacer desaparecer cualquier miedo al tocar la carne frágil de un niño; murió fuera de los muros de la ciudad, sin protección ni defensas, porque nada hay tan vulnerable como el costado de un hombre crucificado. Sobre su cruz pusieron un titular malintencionado y equívoco que le arrebataba la verdad de su nombre y le imponía una identidad que nunca pretendió: ser «Rey de los judíos» (Jn 19,19).

Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena final de la vida de Jesús coincide con la de su nacimiento: en Belén lo contemplamos en un establo, un lugar abierto, sin puertas, cerrojos o alambradas. En el Calvario echan a suertes su túnica y vuelve a estar tan desnudo como en el pesebre. No era un extraño final para alguien que, a lo largo de toda su vida, había formado parte del colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo: desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir «mi Padre» y «mis hermanos».

«Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocaba a cada uno» (Mc 15,24). La expresión griega es escueta: tís tí are, «quién cogía qué» sería su traducción elemental; o esta otra: “que cada cual coja lo que quiera”. Una trampa compleja y sombría, tejida con ocultos intereses, había caído sobre él atrapándolo como a un pájaro en la red de un cazador, pero él escapaba desnudo y su libertad despojada se convertía en la palabra definitiva de Dios al mundo. Ya no le quedaba nada, salvo su amor hasta el extremo y la túnica que ahora echaban a suertes. Le habían escuchado decir: «Mi vida es para vosotros: tomad, comed…» Ahora esas palabras cobraban un nuevo sentido: cada uno podía tomar de él lo que quisiera.

Y seguir haciendo lo mismo en memoria suya.

Dolores Aleixandre

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