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Sábado Santo, Santo entierro: No quiso tumba, sino vivir en los hombres

Sábado, 3 de abril de 2021

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Del Blog de Xabier Pikaza:

“Jesus no quiso un buen entierro, sino que llegara el Reino”

La tumba de los santos y fundadores de religiones suele ser un lugar sagrado. Pero ni Moisés ni Jesús tienen tumba.

Jesús nunca hubiera querido tener una tumba de honor, mientras los demás no la tenían. No quiso un buen entierro, sino que llegara el Reino. Por eso, los cristianos no pueden ser ni han sido veneradores de tumbas.

Jesús no es un cuerpo para monumento, una momia incorrupta o unos huesos santos, sobre los que pueden edificarse grandes pirámides o basílicas, para enterrar así la llama de su vida.

Jesús es un muerto sin sepulcro, un Muerto Vivo, pues ha empezado a resucitar no sólo en Dios que resucita a los muertos (cf. Rom 4, 23), sino en la fe de sus discípulos, en la vida de los hombres y mujeres que le aceptan, con todos los que han muerto y han sido sepultados como él en la fosa común de la historia.

Por eso, los cristianos no van a Jerusalén a ver la tumba de Jesús, sino a descubrir que Jesús no tiene tumba, pudiendo confesar así mejor su resurrección.

Tumba vacía, un muerto sin sepultura.

Muchas religiones han sido (y son) formas de sacralizar a los muertos (para pedir que ellos asciendan a lo divino o para impedir que retornen a este mundo). Solemos echar sobre ellos una capa de tierra o una losa, les encerramos bien o los quemamos, para que no salgan, de manera que podamos seguir viviendo nosotros, como si nada hubiera pasado, hasta que al final nos entierren también o nos quemen en un horno, para que todo siga (y así continúe la historia de violencia sobre el mundo).

Pero Jesús y los que han muerto con él no han terminado de esa forma: no pudieron arrojarles a una tumba bien cerrada, sin salida, sino que han salido y viven (hacen vivir), como indicaré evocando algunos rasgos sorprendentes y gozosos de la primera tradición cristiana.

Un Mesías sin tumba. Para sus primeros seguidores, Jesús fue un muerto sin tumba; su memoria no estuvo vinculada a un monumento donde se guardaron y se siguieron venerando por siglos sus huesos, como sucede con muchos sepulcros que llenan el duro valle de Josafat, junto a Jerusalén. Los cristianos comienzan su andadura histórica con un «menos» (no tienen ni siquiera el consuelo de la tumba). Pero ese menos se ha trasformado en un «más»: no poseen una tumba porque «tienen a Jesús todo entero», animándoles a retomar el camino del Reino.

Desde ese fondo han de entenderse algunos textos centrales de los evangelios en los que Jesús había condenado la religión de los sepultureros aprovechados: «Deja que los muertos entierren a los muertos…» (Lc 9, 59-60; cf. Mt 8, 21-22). «Ay de vosotros que edificáis los sepulcros de los profetas…» (Lc 11, 47-48; cf. Mt 23, 29-32). Jesús, que protestaba contra los constructores violentos de tumbas, no había comprado en Jerusalén una parcela donde pudieran enterrarle, ni quiso que le edificaran una tumba. No murió para dejar un monumento glorioso, sino para seguir viviendo en los pobres que mueren y esperan el Reino de Dios.

Sepulcros de adorno mentiroso. Jesús criticó una religión de «sepulcros blanqueados» (Mt 23, 27), propia de aquellos que elevan tumbas hermosas para los mismos muertos a quienes ellos o sus padres han asesinado (religión de muerte) para así seguir asesinando (religión que mata). Los que edifican sepulcros suponen que están honrando la memoria de los muertos, pero hacen algo diferente: quieren enterrar mejor a los asesinados, aprovechando su memoria para continuar imponiendo su violencia (es decir, para matar a los profetas del presente). El evangelio de Mateo ha insistido en el tema, aplicándolo a los escribas y fariseos (judíos de diversas tendencias, incluso judeo/cristianos): «Con esto dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros, pues, colmad la medida de vuestros padres!» (Mt 23, 31-32).

Al construir los monumentos de los profetas asesinados, diciendo así que quieren distanciarse de sus padres asesinos, los hijos siguen aprobando la violencia de esos padres y viviendo de ella. Necesitamos destruir para afirmarnos, matar para justificarnos, de manera que nuestra misma estructura social tiende a mostrarse como culto a la destrucción. Primero matamos y después (al mismo tiempo) divinizamos o sacralizamos a los muertos, para justificarnos mejor. Jesús descubrió y denunció ese mecanismo de muerte (vinculado al sistema religioso/social de Jerusalén) y por eso, entre otras cosas, le mataron.

No hubo «santo» entierro, ni Jesús tuvo sepultura honrada. La tradición más antigua es muy sobria y sólo dice que «fue enterrado» (1 Cor 15, 4), afirmando así que murió del todo y no pudo revivir en este mundo viejo (en contra de los que dicen que despertó en la tumba y salió para marchar hasta Cachemira). Algunos cristianos posteriores quisieron saber dónde se hallaba su tumba, suponiendo que debía ser «honorable», como aquellas que se hacían construir algunos ricos de Jerusalén. Pero, en contra de esa posibilidad (¡una tumba distinguida de Jesús!) se viene elevando desde antiguo un argumento muy sólido: los romanos solían dejar que los ajusticiados públicos quedaran sobre el patíbulo, para escarmiento general, o los arrojaban a una fosa común donde se consumían, sin cultos funerarios, también para escarmiento de otros posibles malhechores.

Cómo fue el entierro de Jesús.

 Muchos afirman que Jesús no fue enterrado con honor, sino arrojado por los mismos verdugos romanos a una fosa o pudridero para condenados, donde ningún hombre puro podía acercarse, pues su contacto manchaba. Pero otros piensan que, conforme a la tradición de los evangelios, resulta más probable que le enterraran “los judíos”, es decir, los delegados del Sanedrín o las autoridades israelitas de Jerusalén, que pidieron a Pilato los cuerpos de los ajusticiados, pues, quedándose al raso a lo largo de la noche, habrían manchado la tierra y corrompido la ciudad, sobre todo en una fiesta como Pascua (Jn 19, 31-37; cf. Dt 21, 22-23).

 Parece que Hech 13, 29 nos sitúa en esa misma línea, cuando afirma que «los judíos bajaron a Jesús de la cruz y lo enterraron». Sea como fuere, no hubo un “santo entierro” en el sentido piadoso del término: le bajaron de la cruz y le pusieron bajo tierra los representantes de los asesinos, para que todo pudiera seguir su curso, como si nada hubiera sucedido. Críticamente, leyendo en el fondo de los textos, se pueden trazar tres posibilidades, y las tres encuentran defensores entre los historiadores actuales, cristianos o no cristianos.

Le enterraron soldados romanos. Los judíos podrían haber pedido a Pilatos que bajara de la cruz a los tres ajusticiados, pero fueron los mismos soldados romanos quienes les enterraron, en una fosa común o sumidero para condenados, allá cerca, en algún hueco de la cantera abandonada de la crucifixión (bien analizada por los arqueólogos), llamada Gólgota o Calvario, Lugar de Calavera (cf. Mc 15, 22; Lc 23, 33). Había allí huecos abundantes para muertos.

Delegados del sanedrín. Otros investigadores piensan que los delegados del Sanedrín judío pidieron los cadáveres y ellos mismos los enterraron con prisa, antes de que llegara el sábado pascual, sin unción ni ceremonia funerarias, en una fosa común de ajusticiados e impuros, no en el Gólgota, sino al otro lado de la colina, quizá en el valle de la Gehenna (lugar asociado a la muerte). En este caso, lo mismo que en el anterior, los discípulos (mujeres) podrían haber mirado de lejos el “entierro apresurado de Jesús”, pero sin participar en él, ni poder separar después el cadáver de Jesús de los otros cadáveres, de manera que se quedaron sin su cuerpo.

Amigos de Jesús. Esta posibilidad es una ampliación de la anterior. No se puede negar la posibilidad de que Jesús hubiera tenido un amigo judío “influyente”, llamado José de Arimatea, un “aristócrata bueno”, que consiguió que le dieran el cuerpo y lo enterró de prisa, pero con cuidado, mientras las mujeres amigas miraban de lejos, sin poder acercarse a su tumba “noble y pura”, excavada en la roca. Los cristianos debieron reconocer que ellos no habían enterrado a Jesús: ¡No tenían autoridad para eso! Pero pudieron añadir que le enterró un buen judío, amigo de Jesús, y que las mujeres miraban de lejos. (Pues bien, en ese caso, si José era amigo ¿por qué no llamó a las mujeres o se acercaron ellas para acompañarle y ayudarle?). Sea como fuere, los cristianos podían decir que el sepulcro de Jesús fue limpio, propiedad de un rico (pues sólo los ricos podían tener un sepulcro así en Jerusalén).

La tradición cristiana, partiendo de Marcos (cf. Mc 15, 42-47), ha desarrollado (al menos simbólicamente) esta tercera posibilidad (que, como he dicho, es una variante de la segunda); según ella, los romanos o el sanedrín dejaran el cadáver de Jesús en manos de un simpatizante mesiánico que había estado escondido en el momento de la condena de Jesús, un hombre rico, que actuó después de forma decidida (aunque como delegado del Sanedrín), enterrando al “buen” crucificado, Jesús (no a los otros dos), en su propio sepulcro, excavado en la roca, sin contar con los “familiares” del crucificado, ni con sus discípulos, ni con las mujeres amigas. Esa afirmación aporta un dato muy importante: ese hombre “rico” garantizó la pureza del entierro y de la sepultura de Jesús y sirvió para afirmar que el cuerpo de Jesús no estaba después en el sepulcro, sino que había resucitado.

No hay tumba de Jesús (ni con cuerpo, ni sin cuerpo).

 Desde el punto de vista histórico y teológico, resulta más coherente pensar que Jesús murió y fue enterrado con los pobres, en la línea de Is 53, 9 («fue con los impíos su sepultura»), de manera que su muerte respondió a lo que fue toda su vida: un gesto de solidaridad con los rechazados y expulsados del buen sistema social. En esa línea, reinterpretando el texto de los evangelios actuales (Mc 16, 1-8 par), sabemos que las mujeres no pudieron encontrar el cadáver de Jesús, sea porque lo habían arrojado a una fosa común que ellas no podían abrir (estaba custodiada), sea porque el sepulcro donde, al parecer, le había colocado José de Arimatea se encontró vacío, por la causa que fuere.

 En un caso o en otro, las mujeres y los demás amigos (discípulos) no pudieron encontrar el cadáver de Jesús, ni embalsamarle y enterrarle con honores y volver cada semana (o cada año) al monumento para celebrar la memoria de su muerte. Jesús no tuvo tumba propia, pero, en compensación, tuvo buenos amigos, quizá escondidos al principio, pero muy visibles luego, los primeros cristianos, que empezaron siendo un grupo de fugitivos (dejaron morir a Jesús), para convertirse después en testigos de su vida y esperanza. Así surgieron los cristianos, como amigos de un muerto cuyo cadáver no pudieron encontrar ni honrar, porque estaba vivo.

¿Una fosa común? Un muerto que no necesita tumba. Ésta es la respuesta más verosímil y coherente: la vida histórica de Jesús acabó donde tenía que acabar, en la fosa común de los asesinados de la historia, al lado de los miles de expulsados, de aquellos que mueren de un modo violento y son arrojados, aplastados, sin honor, en cualquier cuneta o pudridero de la humanidad triunfante. Allí quisieron echarle, allí le echaron con los otros dos crucificados (quizá con la intervención de un hombre llamado José de Arimatea), para que los otros (¡los judíos y romanos triunfadores!) pudieran seguir celebrando de forma orgullosa una fiesta dedicada al Dios de la victoria de los «buenos».

En ese contexto, la Iglesia ha dicho que Jesús bajó al infierno de la historia humana, a través de la fosa común, para dar vida a los muertos, según confiesa estremecida la tradición (credo romano). De esa forma, lo que podía ser suprema maldición (¡morir sin buen entierro, pudrirse sin sepultura honrada!) vino a presentarse como bendición suprema, revelación del Dios de Jesucristo, en la línea de todo el evangelio Por eso, no pudieron labrarle un sepulcro (como a Mahoma en Medina, a Pedro y Pablo en Roma, a Lenin en Moscú), pues él mismo se había convertido en Vida para todos y en todos ellos (en los que sigue viviendo). Venerar a Jesús en una tumba significaría clausurar el evangelio. Por eso, el ángel de pascua dijo a las mujeres: «No está aquí, id a Galilea… y allí le encontraréis con aquellos que siguen su camino» (cf. Mt 16, 7-8).

No hay necesidad de tumba, porque Dios le ha resucitado. Desde ese fondo puede leerse el relato simbólico de Mt 28, 1-4 que evoca la acción escatológica de Dios, que ha empezado a romper las tumbas de los muertos antiguos, para ofrecer una esperanza a los crucificados y a todos los muertos (cf. Mt 27, 51-53). Es muy difícil asegurar lo qué pasó externamente con el cadáver. Lo que importa es lo que pasó de verdad, en sentido teológico: Jesús «bajó a los infiernos», entró del todo en el reino de la podredumbre y de la muerte, para iniciar desde allí un camino de pascua (cf. 1 Ped 3, 18-22). El signo de la historia de Jesús, la prueba de su pascua, no es la desaparición físico-biológica de su cadáver, sino la experiencia de sus seguidores. Por eso, cuando los textos evangélicos (a partir de Mc 15, 42-16, 8) evocan una tumba honorable, no están hablando de algo físico, sino de un misterio de fe: Dios mismo ha recogido a Jesús desde el abismo de la muerte, para asumir toda su vida y resucitarle, con los crucificados y expulsados de la historia, haciéndole fuente de vida.

El recuerdo de Jesús no es una tumba. Jesús no está allí donde quisieron arrojarle y encerrarle, rápidamente, para que su cuerpo no contaminara el aire de Pascua, sino que está en el Dios de la vida de los hombres y mujeres que le siguen. Por eso, los cristianos no son guardianes de un sepulcro cerrado, sino mensajeros de una tumba abierta, vacía de muerte, pero lleno de Vida pascual. Esta tumba abierta no se encuentra ya Jerusalén, sino en cualquier lugar del mundo donde los seguidores de Jesús se muestran y actúan como testigos de la Vida de Dios que resucita a los crucificados de la historia.

El posible dato de la tumba rica que Jesús habría tenido, para ser allí recordado, resulta secundario e incluso molesto para el evangelio de la Cruz cristiana. El recuerdo de Jesús no está vinculado a una tumba venerable, como la del Rey David, sepultado con majestad y gloria en Jerusalén (cf. Hech 2, 29), ni a un espíritu-fantasma, que actúa a través de otros personajes, que reciben su poder y pueden realizar así prodigios (como piensa Herodes, refiriéndose al Bautista; cf. Mc 6, 14-16). El recuerdo de Jesús se identifica con la vida de sus discípulos que expanden su evangelio, y con la vida de los pobres de la tierra, que siguen siendo arrojados y expulsados a sepulcros sin honor ni gloria, asesinados por el mismo sistema de poder que enterró a Jesús en una tierra (que ellos creían) infame.

Conclusión. Sentido histórico y teológico de la tumba.

Desde las reflexiones anteriores se entienden los bellísimos relatos de los evangelios (Mc 16, 1-8; Mt 28, 1-15; Lc 23; Jn 20) sobre la tumba vacía, que la Iglesia ha transmitido. Esos relatos no son una prueba histórica de la resurrección, sino un signo de la fe pascual de los cristianos, que “han visto a Jesús resucitado”, de manera que ya no necesitan volver a la posible tumba o a la fosa común donde Jesus había sido enterrado. Lógicamente, esos textos poseen un gran valor simbólico y catequético. Por eso, en un plano de historia física (saber lo que pasó) y de biología (saber cómo se descompuso o desmaterializó el cadáver de Jesús), debemos tener mucha sobriedad, pues resulta difícil alcanzar conclusiones «científicas».

Así decimos, en conclusión, que con los medios de la exégesis, parece difícil afirmar que Jesús tuvo un entierro honorable y que su tumba (propiedad de un rico y famoso judío) se encontró después vacía, sin que humanamente se pudiera saber lo que pasó. Sin duda, pudo haber una tumba rica (¡para recuerdo mundano del muerto!), que después se halló vacía. Pero, a mi juicio, es más probable que Jesús fuera enterrado como un ajusticiado peligroso y que ninguno de los suyos pudiera llegar hasta su fosa (maldita y quizá protegida por una prohibición), distinguiendo su cadáver, para honrarlo, mientras que los demás cadáveres de los crucificados o ajusticiados seguían abandonados, sin honor alguno. Jesús nunca abandonaría a los demás ajusticiados, pues quiso compartir con ellos su suerte para siempre.

Jesús nunca hubiera querido tener una tumba de honor, mientras los demás no la tenían. Jesús no quiso tener una tumba, sino que llegara el Reino. Sea como fuere, en uno u otro caso, tuviera o no una tumba propia, Jesús ha sido y sigue siendo para la iglesia un muerto sin monumento funerario. Por eso, los cristianos no pueden ser ni han sido veneradores de tumbas. Jesús no es un cuerpo para monumento, una momia incorrupta o unos huesos santos, sobre los que pueden edificarse grandes pirámides o basílicas, para enterrar así la llama de su vida.

Jesús es un muerto sin sepulcro, un muerto Vivo, pues ha empezado a resucitar no sólo en Dios que resucita a los muertos (cf. Rom 4, 23; en pura trascendencia), sino en la fe de sus discípulos, en la vida de los hombres y mujeres que le aceptan, con todos los que han muerto y han sido sepultados como él en la fosa común de la historia. Por eso, los cristianos no van a Jerusalén a ver la tumba de Jesús, sino a descubrir que Jesús no tiene tumba, pudiendo confesar así mejor su resurrección

(Diccionario de las tres religiones,1162-1166)

 

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