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Pikaza: «Tú eres para mí Palabra y Pionero, Amigo y Sacerdote»

viernes, 28 de agosto de 2020
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Del blog de Xabier Pikaza:

¿Quién es Jesús para mí?

Mi experiencia eclesial, mi teología publiqué el viernes pasado la visión de varios teólogos e historiadores (Sobrino, Castillo y Pagola, Faus, Olegario y Piñero, Aguirre, Montserrat y Bermejo, Tamayo, Estrada y Vigil, Navarro, Espeja y S. Vidal etc.), prometiendo que hoy daría mi respuesta.

Así lo hago, como teólogo erudito, condensando en nueve apartados los rasgos de la identidad de Jesús en el NT y en la historia de la iglesia. Sólo en el décimo evoco, de modo telegráfico, mi experiencia y compromiso personal, con cuatro nombres: Jesús es mi Palabra y Pionero, Amigo y Sacerdote.

He publicado sobre el tema algunos libros, cuyas portadas presento a modo de ilustración, destacando las “Siete Palabras” de las que ya traté hace muchos años.

 1. JESÚS, JESUCRISTO

Era un nombre usual. Era el de Josué/Jesús, primer conquistador israelita, pero la tradición cristiana ha resaltado pronto su sentido mesiánico diciendo/descubriendo que significa “Dios salva” (Mt 1, 21) y añadiendo que era el Cristo, es decir, el ungido de Dios o Mesías (cf. Mc 8, 29 par). Esa tradición ha vinculado ese título (Cristo) con el nombre propio de Jesús, de forma que ambos vienen a hacerse inseparables, como indica ya san Pablo, que habla normalmente de Jesucristo.

A partir de aquí los seguidores de Jesús le han dado diversos títulos, que expresan su importancia para los creyentes, pero sin olvidar que Jesús, su nombre propio, puede entenderse ya como un programa de su vida y así puede compararse a la de Josué/Jesús, que introdujo a los hebreos en la tierra prometida, más que con Abraham o Moisés.

2. HIJO DE…

49389413._SX318_Entre los hebreos un hombre se definía por su padre (en hebreo ben, en arameo bar, en árabe ibn) y así Jesús aparece pronto como “hijo” de una serie de personajes que definen hasta hoy su identidad:

‒ Hijo de Abraham. Todos los judíos se consideraban hijos de Abraham, patriarca  original de los semitas occidentales, también se consideran hijos de Abraham (por línea de Agar e Ismael) los árabes… San Pablo le presenta así como Hijo de Abraham, heredero de las promesas en Gal 3‒4 y en Rom 4, lo mismo que Mt 1, 1.

‒ Hijo de David (Mc 10, 48; cf. 12, 37), heredero de las promesas mesiánicas, rey vencedor sobre los enemigos del pueblo… Pronto esa visión de Jesús como hijo de David toma matices distintos: Es sabio como Salomón, es misericordioso…

‒ Hijo de María (Mc 6, 3), denominación sorprendente de tipo metronímico, que le vincula con la madre más que con el padre… Esa es la visión que está en el fondo de la historia de los magos en Mt 2, lo mismo que en los evangelios de la infancia (Lc 1‒2, Mt 1‒2).Esa visión ha marcado toda la tradición cristiana.

‒ Hijo de José, hijo del carpintero… Así le llama el evangelio de Mateo 13, 55, y más el de Juan desde el principio (cf. Jn 1, 45). Ésta es una tradición y nombre que ha sido luego menos desarrollada por la Iglesia.

‒ Hijo de hombre, título que aparece en diversos contextos de poder (Mc 2, 10.28), de entrega de la vida (Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33) y de venida escatológica (cf. Mc 13, 26; 14, 62). Jesús es Hijo de hombre porque ha nacido de otros, integrándose en una experiencia y proceso de generación. Pero, al mismo tiempo, es Hijo de Dios: proviene de la humanidad, naciendo de Dios, conforme al testimonio unánime de los evangelios. Esta solidaridad receptiva le define, desde el principio de la iglesia como Aquel que depende de otros naciendo de Dios, como aquel que ofrece a los otros la vida del amor de Dios.

‒ Hijo de Dios, como pone de relieve Marcos en el comienzo de su evangelio (Mc 1, 1).  hijo de Dios. Este título tiene una larga prehistoria, no sólo en el paganismo ambiental (donde cualquier taumaturgo o místico puede llamarse Hijo de Dios), sino en el judaísmo, donde el pueblo israelita y su rey reciben de un modo especial este nombre de hijos de Dios. Por su especial vinculación con Dios, en plano de conocimiento profundo y obediencia (cumplimiento de la voluntad divina), Jesús se llamó a sí mismo Hijo de Dios. No es Hijo de Dios quien puede y manda, imponiéndose sobre los demás, sino quien puede y ama, obedeciendo en gesto de entrega de la vida. Siguiendo en esa línea, la comunidad cristiana le ha concebido después como el Hijo de Dios por antonomasia (el Hijo), no sólo en su vida temporal (en vocación/bautismo o nacimiento), sino en la misma intimidad de lo divino (cf. Mt 11, 25-30 par, y en todo el evangelio de Juan).

3. NOMBRES DE ACCIÓN, UN CRISTO COMPROMETIDO

‒ Exorcista, vencedor.Los evangelios le presenta como aquel que ha luchado contra el Diablo (Mc 1, 12-13), expulsando a los demonios, como indica la controversia de Mc 3, 21-30. En esa línea aparece como el gran Vencedor, el más Fuerte (Christus Victor), que libera a los hombres de la opresión (posesión) de lo diabólico.

‒ Sanador, curador… Éste es quizá (con el de exorcista) el nombre más importante que le atribuye la tradición sinóptica… La verdadera libertad es la “salud”: Que los hombres, en especial los enfermos y excluidos vivan… Una tradición muy temprana, propia de los adversarios, le llamará muy pronto mago, hechicero…, hombre de fondo diabólico que cura en un sentido para oprimir mejor.  Así le presentan los adversarios dentro del mismo judaísmo como en el mundo pagano, como ha puesto de relieve el filósofo Celso en el siglo II d.C. Cristo es el gran engañador.

‒ Maestro, rabino, rabbi… (cf. Mc 4, 18; 5, 35; 9, 17.38; 10, 17.20.35; 12, 14.19.32, etc.), título que se utiliza en varios niveles, desde dentro y desde fuera de la Iglesia, presentándole como alguien que tiene autoridad para enseñar y formar discípulos. Éste es el título más utilizado por la tradición cristiana primitiva… Jesús es el gran Maestro, el que enseña (el didáskalos…). No se impone como rey, sino que dirige e ilumina a los hombres por la verdad… En esa línea, en el juicio de Pilato, según el evangelio de Juan, él es rey porque “enseña”, porque dice la verdad.

‒ Profeta y siervo de Dios. Es Profeta (Mc 6, 15; 8, 28), no se limita a enseñar como maestro, sino que proclama la palabra, en gesto de anuncio y denuncia, en una línea que puede compararse a la de Juan Bautista. Pues bien, Jesús se ha pensado y presentado a sí mismo como Profeta escatológico en quien viene a culminar la esperanza israelita. Así le han visto e invocado también tras la pascua los judeo-cristianos. Pero, al mismo tiempo, ellos le han llamado Siervo (Servidor) de Dios, porque ha realizado la tarea de Dios sobre el mundo, en la perspectiva del Siervo de Yahvé del Segundo Isaías. Muchos israelitas veneraban (e incluso esperaban) la figura de un misterioso Siervo de Dios que debía enseñarles la lección fundamental de la historia: aceptar y transformar el sufrimiento. Aprender a sufrir y sufrir por los demás: ésta es la máxima experiencia salvadora. De un modo consecuente, siendo profeta escatológico, Jesús aparece también como el Siervo sufriente de Dios. No ha realizado su tarea triunfando, imponiendo su vida sobre los demás, sino muriendo por ellos, en actitud expiatoria (cf. Hch 4, 30; Mt 12, 15-21).

‒ Compasivo, misericordioso, hombre para los demás. Así le presentan sobre todo los evangelios de Mateo y Lucas (Manso y humilde de corazón, cargó con nuestros dolores…). Así le presenta la iglesia retomando un texto de Oseas, cf. Mt 9, 10‒13; 11, 1‒6.  Según eso, la presencia de Dios en el mundo es la misericordia… Puso la misericordia por encima de un tipo de culto sacral judío o de justicia romana y por eso le mataron.

‒ Fuerte, el más. Así aparece en la tradición del bautismo y de los exorcismo así vence a los poderes del mal, conforme a palabra que hallamos en el fondo de Mc 1, 7 y 3, 27. Esa fuerza de Jesús se interpreta como amor capaz de liberar a los posesos, como presencia suprema de Dios en el camino de entrega por los demás, conforme al primer himno cristológico de Flp 2, 6‒11

‒ Pastor, pescador… En la línea anterior, desde la perspectiva de su acción, la iglesia le presentará muy pronto como buen pastor, que guía a las ovejas (Jn 10)y también como pescador paradójico, con discípulos pescadores (Mc 1, 16-20). No pesca para matar a los peces, sino para salvar a los hombres…

‒ Mesías, el Cristo. Es quizá el nombre más discutido, aquel por el cual ha muerto, ha sido el Mesías o Cristo, como le llama Pedro (Mc 8, 29) y como supone la pregunta del sumo sacerdote (14, 61), con el sarcasmo de los sacerdotes (Mc 15, 32); para ellos, Jesús sería un pretendiente mesiánico (fracasado). Muchos judíos esperaban la llegada de un Mesías concebido sobre todo en términos políticos, instaurando y expresando sobre el mundo la verdad del Gobierno de Dios. Jesús estaba convencido de la verdad de esa visión (y en esa línea pudo presentarse como nazoreo), pero no quiso aceptar los aspectos militares vinculados con el mesianismo. Sabía que el Gobierno de Dios no se impone por las armas ni por otros medios de violencia. Por eso, evitó ese título a lo largo de su vida, aceptándolo sólo de manera abierta y clara al final de su camino, ante el tribunal que le condenaba a muerte. En esa línea, Rom 1, 2-3 afirma que Jesús fue “hijo de David” según la carne, es decir, en un plano histórico fracasado.  Jesús no se ha limitado a proclamar la venida de un Reino futuro, independiente de su vida, sino que ha visto su misma vida integrada en ese reino.

4. NOMBRES DE MUERTE Y ENTREGA. EL CRISTO DERROTADO

El Entregado, traicionado… (cf. Mc 9, 31 y 10, 33). Ésta es una de las tradiciones más importantes de los evangelios… Jesús no ha sido sólo crucificado (ajusticiado) por los hombres de la justicia de este mundo, sino que ha sido traicionado y entregado por aquellos en quienes había confiado…

El juzgado y condenado. Así le presenta no sólo la tradición sinóptica, sino el mismo Pablo en Gálatas. El hombre judío era el que estaba bajo la ley, el romano era el que estaba bajo la justicia… Pues bien, la mejor ley del mundo, la mejor justicia le han condenado. Así aparece Jesús como la piedra rechazada por los arquitectos de la historia (Mt 21, 42 par), conforme a una acerada tradición israelita (Sal 118, 22‒23). Así es Jesús, el hombre excluido, descartado para el templo del poder y sacralidad del mundo.

El que se dio a sí mismo… (Me amó y se entregó por mí: Gal 2, 20). Ésta es la experiencia que está al fondo de toda la tradición sinóptica y paulina… El camino de muerte (sacrificio) de Jesús no fue un camino de ira vengadora de Dios, ni de sacrificio expiatorio… sino de amor solidario y cercano. Jesús viene a presentarse así como el que ha amado a los demás muy en concreto, aceptando así un camino de muerte.

El Torturado, el Crucificado, hombre de dolores… (Mc 16, 6, en la línea de Is 53, 3). Así lellama el joven de la pascua, añadiendo que Dios le ha resucitado.  Al principio, la crucifixión era un escándalo, algo contrario a la fe, tanto en línea israelita como griega. Pero después, una vez que se ha visto a Jesús como hombre verdadero, Hijo de Dios, se puede afirmar también el valor salvador de la crucifixión, viendo en ella el testimonio más grande del amor de Dios: sólo así puede ser Mesías de Dios aquel que ofrecesu vida por todos, porque Dios es vida que se ofrece y se comparte.

Nazoreo-nazareno (Mc 14, 67; 16, 3). Así le presenta el título de la cruz… Jesús nazoreo, rey de los judíos (Jn 19, 19), que indica su procedencia y condición: su procedencia geográfica (de Nazaret de Galilea) o su origen mesiánico (forma parte del nezer o estirpe mesiánica de Jesé-David, como parece indicar Mt 2, 23 y Jn 19, 19). Es la raíz, es la semilla de la nueva humanidad

5. NOMBRES DE PASCUA, VICTORIA DE CRISTO

‒ Resucitado. Éste es el nombre y título puede verse en el en el fondo de toda la tradición sinóptica, desde Mc 16, 6, y de 8, 31; 9, 31; 1, 34; 14, 28.  Es el título de la tradición de San Pablo, la primera conocida y desarrollada por el mensaje de la iglesia. Resucitado no es el que sale de la historia de los hombres, para habitar en un mundo distinto de cielo supracósmico, sino aquel que es semilla de nueva humanidad.

Primogénito de entre los muertos, el Precursor… Primero de los que renacen de la muerte (cf. Ap 1, 5). En esa línea se le llama el “pródromos” o explorador (Hbr 6, 20), el que abre una vía de humanidad, camino de futuro, promesa de vida… en una historia siempre amenazada por la muerte. La tradición posterior insistirá en Juan Bautista como precursor de Jesús. Pero la carta a los Hebreos presenta al mismo Jesús como pro‒dromos (primer correror, precursor) de la nueva humanidad…  En esa línea se sitúa el evangelio de Juan cuando dice que Jesús ofrecerá a los hombres su espíritu (paráclito) para que hagan (hagamos) sus obras y aún mayores (Jn 14, 12)

Señor. Gran parte de los exegetas de la primera mitad del siglo XX pensaban que Jesús sólo había sido venerado como Kyrios o Señor* divino en las comunidades helenistas, influidas por la cultura y religión griega. Para los primeros cristianos palestinos Jesús habría sido simplemente un profeta moralista y un predicador del reino futuro. Eso significaría que el cristianismo como religión sólo pudo nacer en un contexto de cultura griega. Pues bien, en contra de eso, debemos afirmar que el título y culto del Kyrios divino provienen de la comunidad palestina, que invocaba ya a Jesús en arameo como su Marán o Señor, pidiéndole que venga a culminar su obra. Lógicamente, ese mismo título, que pone de relieve la condición divina de Jesús (presente en las comunidades de los cristianos), sirve para definir su experiencia social: los que veneran a Jesús como Kyrios, deben oponerse al culto político imperial del «Kyrios» de Roma. Éste Jesús muerto y resucitado es el Nombre sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús… (Flp 2, 6‒11).

6. TÍTULOS ECLESIALES: COMPAÑERO, NOVIO, AMIGO

‒ Novio y esposo del creyente, el gran amigo. Esta visión ha sido más desarrollada por mujeres, pero también por varones, al menos desde la Edad Media. Tiene raíces bíblicas, pues el Nuevo Testamento presenta a Jesús, al menos implícitamente, como esposo (cf. Mc 2, 19; Mt 25, 1-13; 2 Cor 11, 2; Ef 5, 22-33), siguiendo un mensaje de los profetas del amor de Dios (como Oseas y el Segundo y Tercer Isaías). En esta línea, la fe mesiánica más honda aparece como experiencia de enamoramiento y unión con Jesús, quien viene a presentarse como encarnación personal del amor de Dios. Éste es el Cristo de Teresa y Juan de la Cruz, de los enamorados de (en) Dios de todos los tiempos de la Iglesia. Éste es el Cristo místico, centro y sentido de la vida de millones de creyentes.

‒ Hermano universal, familia de Dios. Según la tradición, Jesús no se ha perpetuado en unos hijos que transmiten su memoria. Ciertamente, el Nuevo Testamento habla de sus hermanos (Santiago, Judas etc.) y afirma que dirigieron la iglesia de Jerusalén. Pero Jesús no ha trasmitido su memoria a través ellos, sino por medio de discípulos (seguidores, hermanos, varones y mujeres), que le han visto tras la muerte, reconociéndole como Señor (=Kyrios) y hermano de todos los que sufren (cf. Mt 25, 31-46). Jesús no ha dejado una familia, no ha fundado un califato, donde el poder va pasando por generaciones, de padres a hijos, como en las dinastías de reyes y sacerdotes del mundo, sino que extiende su familia como fraternidad universal, diciendo «haced discípulos a todos los pueblos» (cf. Mt 28, 16-20) y añadiendo «no llaméis a nadie Padre, pues sólo uno es vuestro Padre, el de los cielos y todos vosotros sois hermanos» (cf. Mt 23, 7-12). Así le presentó Karl Adam en un libro (Cristo, nuestro hermano) que deberá reformularse en nuestro tiempo.

Hermano particular de los hambrientos y excluidos… No es hermano sólo espiritual, en línea genérica…, sino hermanos de los hambrientos, exilados, desnudos, enfermos y encarcelados de la tierra (Mt 25, 31‒47). Ciertamente, se puede cantar: “Porque Cristo nuestro hermano, nos ha redimido, Iglesia alégrate…”. Pero el canto se debe transformar en vida y obra: “Dar de comer a los hermanos más pobres, los hambrientos…”

Novio, amigo, amor… Así aparece en el evangelio y en la tradición del Discípulo Amado… Jesús es en primer lugar aquel “Amado” primigenio, que ha venido para dejarse amar (como afirma la tradición del Shema de Dt 6, 4‒6: Amarás, Dios es aquel que se deja amar). Viene desde el principio bajo la imagen del novio cercano (cf. bodas de Jn 2, 1‒11), aparece luego (¡al mismo tiempo!) como amigo de todos los amigos (Jn 15, 15), y termina apareciendo en Dios como amor de todos los amores (1 Jn 4, 7‒9). La tradición posterior ha interpretado la realidad como “ser”, construyendo una cristología más ontológica que mesiánica. Conforme al evangelio, el ser es amor, y Cristo el amor encarnado.

7. EVANGELIO DE JUAN, UN MANANTIAL DE TÍTULOS

Logos, palabra (Dabar). Es el primero de los títulos de Dios y de Jesús, desde Jn 1, 1. 14 hasta el fin del evangelio.Este título tiene paralelos en la literatura griega, en el hermetismo y en la gnosis; pero su identidad cristiana aparece ya, conforme al evangelio de Juan, en el primer judeocristianismo palestino vinculado con un tipo de judaísmo «heterodoxo» de Qumran y Samaría, donde se habla de un modo especial de la Palabra de Dios. En esta perspectiva se puede y se debe afirmar que Jesús es Logos (Verbo) de Dios, pues de Dios proviene, como ser divino y revelación de su misterio. Común a cristianos, judíos y griegos es la figura y función del Logos de Dios. Específicamente cristiana es la afirmación de que ese Logos de Dios se ha encarnado en la historia y/o vida terrena y pascual de Jesús de Nazaret. Por eso, lo propio del cristianismo no es el Logos en general, sino el logos como Verbo activo (más que como sustantivo), como contenido más hondo de todo que existe, como expresión de todo lo que se hace. En el principio era el Verbo, es decir, la acción creadora, amorosa, encarnada de Dios en Cristo y en todos los que aman.   Leer más…

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Ramón Hernández Martín: El lado oscuro de la vida. Martirio y santidad.

miércoles, 26 de agosto de 2020
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Etica-cuidado_2229687080_14589939_667x375La mañana nos obliga hoy a asomarnos al lado quizá más oscuro de la vida humana, al abismo infernal que, por mor de intereses y pasiones, los humanos se arrojan unos a otros. Dios no ha creado infiernos sencillamente porque no tiene poder para hacerlo, siendo como es él un Dios de ser, de positividad y de amor. Pero el hombre sí que lo tiene debido al error de perspectiva que puede cometer por su cortedad de miras al perseguir intereses a flor de piel y buscar el disfrute precipitado de cosas que le dañan.

Un infierno es, desde luego, el alcoholismo que anega en toxicidad las neuronas hasta hacerles creer que no hay vida fuera del encharcamiento en que se encuentran. Y también lo es la drogadicción por el paraíso alucinógeno que lleva aparejado, paraíso que suplanta todas las dimensiones y expectativas de la vida humana. Pero si estos infiernos, podría decirse, son individuales, incluso cuando uno ha sido arrastrado a ellos por otros, el horror que crean las armas es el más atroz de todos los infiernos porque su objetivo no es ya crear sucedáneos de vida individual, sino arrebatarla de forma indiscriminada, cruel y despiadada, por intereses tan mezquinos y parciales como el poder o la riqueza de unos pocos.

Esta prolija introducción se debe a que, un día como hoy de 1945, la humanidad, concentrada esencialmente toda ella en Hiroshima, recibió el pavoroso impacto de una bomba atómica, la primer arma de destrucción masiva que descargó toda su fuerza sobre la piel de ciudadanos normales, completamente ajenos a los intereses que se estaban jugando a otro nivel. La intensa radiactividad desplegada por esa bomba mató en pocos segundos a más de setenta mil personas y a decenas de miles más en los días y semanas siguientes. Creyendo que el castigo no había sido lo suficientemente duro, tres días después se lanzó otra bomba atómica sobre Nagasaki, con similar devastación. Cierto que se detuvo así una guerra que, de haberse continuado, habría producido quizá el doble o triple de víctimas, pero, además de que nunca se podrá justificar el sacrificio de una víctima inocente, hemos de reconocer que el lanzamiento de esas bombas causó un gran horror dentro de otro mayor, el de la guerra, de cualquier guerra, aunque sus únicos muertos fueran soldados obligados a combatir con quienes, de conocerse, probablemente podrían ser sus amigos.

El hecho nos lleva a la espantosa contemplación de la industria de la muerte que ha desarrollado la tecnología humana. Cierto que la autodefensa ha acelerado el desarrollo de tecnologías válidas para otros muchos usos que no sean el de matar, aunque, armándose de sentido común, valga el oxímoron, uno no entiende por qué la autodefensa agudiza más el ingenio que el hecho de no pasar hambre, hecho que, de suyo, mata a tantos diariamente de otra forma. Los cristianos deberíamos tener claro en este contexto que el “no matarás” incluye la fabricación de instrumentos de muerte. Se puede matar a un ser humano con una piedra o con un cuchillo de cocina, pero esos no son de suyo herramientas de muerte. Los fusiles, las granadas, los tanques y las bombas de toda clase, desde las caseras a las nucleares y bacteriológicas, son fabricados para matar, son instrumentos de muerte. ¡Qué ciega ha estado durante siglos nuestra Iglesia, esa que, habiendo sido creada como instrumento de vida, ha jugado descaradamente con la muerte por intereses que nada tenían que ver con la paz, cuando ella estaba obligada a predicar en todo tiempo y lugar la concordia y el amor!

Cierto que es muy encomiable y que nunca será reconocida del todo la inmensa labor de los cristianos en favor de la vida de los hombres en tantos lugares y tiempos como, por ejemplo, hace patente la actual pandemia, cuando un simple virus está llevando la delantera a una humanidad tan tecnificada y avanzada. Pero se trata de una encomiable labor de voluntariado que también se da en ámbitos muy alejados de la Iglesia, labor que brota del corazón compasivo de tantos seres humanos, aunque ni siquiera sean creyentes. Falta, pues, ver la alineación clara y precisa de nuestra Iglesia en favor de la vida no solo de los no nacidos, sino también de todos los nacidos. La Iglesia, como institución y agrupación humana, debería pasarse los días gritando la sinrazón de los hombres que hacen posible el hambre y, buscando la muerte violenta de muchos, cometen el horrendo pecado de fabricar armas mortíferas en vez de arados, azadones y mangueras de riego, pongamos por caso. Será mejor perder el tiempo debatiendo si las mujeres son “dignas de lo santo”, es decir, de ejercer los ministerios sagrados, o hilando fino sobre cómo, cuándo y con quién el ser humano puede desfogarse sexualmente. ¡Qué empecinamiento y qué cobardía!

El día nos pone en la mesa la presencia de un hombre en cuyo hieratismo parecían reflejarse todas las tristezas humanas. Eso fue lo que me pareció cuando un Miércoles de Ceniza, en Santa Sabina de Roma, tuve la ocasión de saludarlo y desearle “buena será”. Me refiero al santo varón, también santo canónico, que fue y sigue siendo en su magisterio, al papa Pablo VI, que murió un día como hoy de 1978. Mérito suyo sin ninguna duda fue la culminación de la magna obra emprendida por su predecesor, Juan XXIII, el Concilio Vaticano II, un concilio de siembra retardada cuyos principales frutos, es de desear, se verán en los años venideros. Un hombre inteligente y perspicaz, pero lastrado, a mi modesto entender, por una formación espiritual que le obligaba a mirar más a las alturas del cielo que a las cloacas de la tierra y que por ello, seguramente, nunca pudo entender la legítima y auténtica función de la sexualidad en la vida humana. Siendo yo todavía un recién nacido al pensamiento crítico, el mismo día en que fue publicada su “Humanae vitae” la leí de un atracón y me llevé un cabreo teológico monumental. ¡Bendito amigo san Pablo VI, ahora que vives en la claridad total, libra a la Iglesia que te honraste en presidir de la oscuridad que la sigue dominando!

Ahondando en la historia, hoy nos encontramos, además, con otro terrible episodio de muerte en España, en el que tiene mucho que ver la fe de los creyentes, de unos como justicieros diábolos y de otros como mártires devotos. En efecto, un día como hoy del año 953, doscientos monjes benedictinos del monasterio de san Pedro de Cardeña fueron ajusticiados por tropas musulmanas omeyas de Al-Ándalus en plena Reconquista española. Cuenta la leyenda que, en el aniversario de su muerte, el claustro del monasterio en el que fueron enterrados se empapaba de sangre. Parece ser que tan gran prodigio cesó de repente a finales del s. XV, cuando los árabes fueron definitivamente expulsados de la península ibérica. Sea o no cierto, lo terrible es la constatación de que han sido muchas las víctimas humanas cuya ejecución se ha atribuido a mandatos divinos en unos contextos en los que lo divino no era más que un instrumento mortífero en manos de los hombres.

Urge, pues, que los cristianos de nuestro tiempo llamemos al pan, pan, y que pongamos cada cosa en su sitio, discerniendo claramente lo que son sublimes mandatos divinos de los rastreros intereses humanos. No podemos de ningún modo jugar con mandatos tan claros como dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar al triste, albergar al peregrino y hacer, en suma, cuanto favorezca la vida de quienes viven a nuestro alrededor o en cualquier otra parte del mundo. La cosa es tan clara como que los cristianos estamos obligados a propugnar todo lo que favorece la vida humana y a luchar a brazo partido (aquí sí que deberíamos usar todas las armas disponibles) contra todo lo que la deteriora. ¡A buen entendedor, pocas palabras, pues no otra cosa significa que Jesús pasó por la vida haciendo el bien!

Ramón Hernández Martín

Fuente Fe Adulta

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Andrés Felipe Rojas Saavedra: La muerte del justo redime al pecador.

martes, 25 de agosto de 2020
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crucificado-campesinoLa crisis espiritual del cristianismo actual, se debe a una visión mesiánica veterotestamentaria, la misma que fue criticada por Jesús al ser propuesta por Simón Pedro.

La edad media, cargada de tantos fenómenos religiosos, llegó a repensar el cristianismo como un gran ejército que era capaz por la espada, de silenciar a los infieles y de instaurar el Reino de la Iglesia (no el Reino de Dios) con el Sumo Pontífice a la cabeza (no Cristo).

La idea de defender la religión y los lugares santos con la orden del Temple o las “Cruzadas” (instigado por algunos reyes católicos) es sin duda una de las tergiversaciones más graves del cristianismo, y aún hoy quedan esos vestigios de una religión guerrera, de una religión intransigente, incapaz de dialogar con el que piensa distinto. Debo confesar que hace poco viendo una representación de Miguel Arcángel, descubrí que no había imagen más anticristiana que la de un ángel levantando una espada pisando al “diablo”.

Esta imagen del arcángel es tomada por el libro del Apocalipsis para asociarlo a la imagen de los mártires que con su sangre son capaces de proclamar la victoria del Cordero (Ap. 12, 7-9); dicho relato presenta la expulsión del “cielo” del “acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12, 10) una clara evocación al personaje que ocasiona los males al justo Job, cuyo mito tiene como intención hablar de la ley de la compensación y responder a la pregunta ¿por qué le pasan cosas malas a los justos? (Job. 1, 6)

No es precisamente un combate entre iguales; dicho libro, el apocalipsis, puede manifestar muy bien la intención final de esta reflexión, los oprimidos alcanzan la victoria, no levantándose en armas contra sus victimarios, sino asumiendo la misma condición del Cordero degollado, lavando sus vestiduras en la sangre del martirio (Ap. 7, 14).

Algunas imágenes de Dios, en el antiguo testamento, lo presentan como el Tsebaoth צבאות (Dios de los ejércitos) al estilo del dios griego Ares, con su equivalente romano: Marte, dios de la guerra. Junto al pueblo de Israel, conquistando la tierra prometida, está la mano poderosa de Dios contra sus adversarios; pero muchos de estos relatos son post Babilónicos, es decir, tuvieron la intención de recuperar el sentido de nación de Israel luego de la deportación y casi desaparición de ellos como pueblo, se puede hacer una lectura con las mismas herramientas hermenéuticas del libro del apocalipsis, sobre todo con los libros del Éxodo, Josué, Jueces, entre otros.

El Dios que lucha, lo hace del lado de los pequeños, de los pobres, de los oprimidos. Dicha visión del Dios protector, del pastor, incluso del עִמָּנוּאֵל (Emanuel) se acompaña de la triada completada por profetas como Isaías: huérfanos, viudas y extranjeros.

Pero la lectura superficial de los textos veterotestamentarios, pueden llevar a la confusión de creer que YHWH es un “dios de guerra”, dicha visión queda absolutamente abolida o más bien zanjada en la presentación mesiánica de Jesús y su proyecto de Reino, distinto a la visión de los judíos de la época. Si Dios era Rey, no lo era como los de este mundo (Mt. 10, 43-45), y si la espada se utilizaba para conquistar, debía ser envainada porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. (Mt. 26, 52)

La imagen del siervo sufriente, adoptada por Jesús, es el único camino para la consecución de los valores auténticos del Reino. El malvado, de frente al rostro sin apariencia humana (Isaías 53, 2) no tiene de otra más que verse identificado en el reflejo de inhumanidad y sentirse tocado por aquellos que sufren, aunque no se de en el mismo momento o incluso a largo plazo.

La redención del malvado se da en ese espiral de relaciones inhumanas, el criminal al verse confrontado con la paciencia y amor ágape (ἀγάπη) de la víctima, redescubre su propia humanidad perdida, y para completar la escena de misericordia, sucede algo impensable, la víctima muere perdonando, sus últimas palabras no son de venganza, ni de odio, sino de una profunda espiritualidad que viene concebida de la confianza en el Dios que resucita.

Por eso el autor de la doble obra neotestamentaria (Lucas y Hechos) presenta a Jesús perdonando (Lc. 23, 34) y al primer mártir imitando a su maestro (Hc. 7, 60). El libro de Hechos, que es un evangelio proyectado en la vida de los seguidores de Jesús, presenta como la persecución e incluso la muerte, se convierten en semillas de nuevos cristianos, como aseguraba Tertuliano (año 197), que de seguro se inspira en las palabras del Señor, cuando evoca la realidad de la semilla que cae en tierra y muere (Jn. 12, 24)

Yo he sido un convencido que el relato de la conversión de Pablo camino a Damasco es una respuesta “reflejo” del apóstol frente a los que el perseguía, Jesús se le presenta como el perseguido y el reconoce el rostro del Señor en todos aquellos que había enviado a la cárcel y hecho azotar.

Por eso es impensable que un cristiano asuma la violencia o la guerra, como una salida mediática para el conflicto del mundo de hoy, no se puede ni siquiera consentir en el pensamiento ideas que promuevan conflictos armados o “venganzas a propia mano”. Hace poco se viralizó una noticia acontecida en México de dos ladrones que se subieron a una combi (bus de transporte público) y uno de ellos fue presa de sus víctimas quienes le proporcionaron una golpiza que lo llevo finalmente a la muerte, mucha gente celebró enfáticamente el trágico acontecimiento, pero sin duda puede que los redimidos no haya sido los que se libraron del atraco sino el atracador, porque esa es la lógica ilógica de Dios, a quién no le podemos reprochar el modo de gobernar el mundo (Mt. 20, 1-16).

Y en Colombia, una gran parte de la población siente un odio visceral por los grupos armados al margen de la ley, muchos de ellos ni siquiera estuvieron en el fuego cruzado en los momentos más duros de la guerra, pero aún así existe en el imaginario colectivo una visión de “la muerte redentora” es decir, la idea que matando a los malos se logrará la paz, en el fondo la guerra nunca se irá porque quedarán los victimarios de los victimarios, es como un circulo de violencia de nunca acabar. Una tarea grande que se tiene en este país, que se profesa de mayoría cristiana, es ayudarles a redescubrir la humanidad de todos, incluso de los que se consideran malos, ya que muchos de ellos fueron reclutados siendo niños y no conocieron otra realidad más que la guerra.

En la película de Harry Potter y la orden del Fénix, sin pretender hacer apología de la “brujería” o cosa parecida, en un diálogo entre Harry y su padrino Sirius, él le recuerda que “las personas no se dividen en buenos y malos; todos tenemos luz y oscuridad en nuestro corazón. Lo importante es qué parte decidimos potenciar” o en la traducción latina “lo que importa son los caminos que tomamos”. Dicha escena puede concluir cuando al final de la película Sirius es asesinado y, en el recuerdo de la imagen de su padrino, Harry opta por perdonar a la asesina.

El mensaje de Jesús es contundente, perdonar a los que nos ofenden, orar por quienes nos persiguen e imitar al Padre que hace brillar el sol sobre justos e injustos (Mt. 5, 45). El cristianismo no puede seguir divido, entre los que son buenos y merecen premios temporales y los que son malos y deben ser rechazados por la comunidad, esa división, según los relatos Bíblicos, no se da sino hasta el juicio del Hijo del Hombre sobre el mundo (Mt. 14, 24; 25, 32), Él es el único con la autoridad de juzgar (Mt. 7, 2), además puede correrse el riesgo que todos los que se consideraron a sí mismos como trigo, resulten siendo cizaña, o que sean como el hijo mayor de la parábola, creyendo que por vivir en la casa del Padre estaba con su corazón embotado totalmente a su voluntad (Lc. 15, 11-32).

Estos postulados no implican un silencio frente a las injusticias o a la denuncia profética de las estructuras de muerte, al contrario, asumir la actitud del siervo sufriente, es una denuncia mucho más locuaz que las mismas palabras. Se contagia con un testimonio capaz de desenmascarar a los verdaderos “diablos” y llevar a los perversos a caminos de humanización.

Y esta tarea de humanización es bidireccional, en desarmar a los que se creen buenos y en convertir por la fuerza de la bondad interior a los que usan la violencia como instrumento de poder. Esta misión urge en un mundo donde crece el individualismo ateo y donde cada vez más crece una brecha entre, unos que se creen buenos y otros que son considerados como malos, en el fondo dicha brecha va a acompañada, no exclusivamente, en la división de estratos sociales.

Comprender ese misterio del Reino de Dios no es algo fácil; el Señor nos pone a prueba no en los momentos felices de nuestra vida, sino en los momentos límites, el que pierde su vida la ganará (Mt. 10, 37 ss), pero la religiosidad actual, se encuentra en crisis, la negación de los compromisos auténticos del cristianismo, ha llevado a un tipo de religiosidad peligrosa: con valores torcidos, con visiones híbridas de un espiritualismo medieval, un capitalismo salvaje y un consumismo individualista y deshumanizado. Al punto llegaremos a ser hombres y mujeres profundamente creyentes en un más allá vacío y en un más acá sin sentido.

Tendríamos que tener el valor de la mujer que vio a todos sus hijos morir y solo confiaba en la promesa de recuperarlos en la eternidad “Él, en su misericordia, les devolverá la vida y el aliento” (2 Mac. 7, 23)

A modo de conclusión, como afirmaba Hans Kung, en su obra Ser Cristiano, “cristianismo y humanismo no son polos opuestos; los cristianos pueden ser humanistas, y los humanistas, cristianos… el cristianismo sólo puede entenderse rectamente como humanismo radical” (Cfr. Pág. 29. Ed. 1977) Dicho humanismo no pone al ser humano como el centro del universo, dominando y controlando al resto de la creación, más bien pone al hombre al servicio del hombre, y ese servicio implica una integración con todo lo que lo rodea, cambiando el modo de estar el mundo y abriendo su corazón al Evangelio, capaz de hablar en medio de las tormentas del mundo de hoy y dar respuestas radicales frente a una sociedad relativa.

Solo hay dos caminos, el primero lleva a la Resurrección, pero dicho camino implica el sufrimiento y la cruz asumidos con valentía profética, y el segundo camino termina en el calvario, con las armas empuñadas y mirando una cruz vacía, con unos edictos de guerra sin sentido y un fratricidio que terminará con las vidas de todos los involucrados en el conflicto.

La muerte de los que siguen el camino de Jesús, hará brotar la esperanza en un mundo dividido, redimiendo y perdonando a los que persiguen.

Andrés Felipe Rojas Saavedra, CM

Fuente Fe Adulta

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«Adhesión viva a Jesucristo», 21 Tiempo ordinario – A (Mateo 16,13-20)

domingo, 23 de agosto de 2020
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b9eea6d5973bb9580b1be4a38a7ebf0d502089705bf52bb27b5a255eb565741bNo es fácil intentar responder con sinceridad a la pregunta de Jesús: «¿Quién decís que soy yo?». En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de veinte siglos de imágenes, fórmulas, devociones, experiencias, interpretaciones culturales… que van desvelando y velando al mismo tiempo su riqueza insondable.

Pero, además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que somos nosotros. Y proyectamos en él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta lo empequeñecemos y desfiguramos, incluso cuando tratamos de exaltarlo.

Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas o unas costumbres.

Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a él con postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos atrae a una vida nueva. Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo.

Jesús es peligroso. Percibimos en él una entrega a los hombres que desenmascara nuestro egoísmo. Una pasión por la justicia que sacude nuestras seguridades, privilegios y egoísmos. Una ternura que deja al descubierto nuestra mezquindad. Una libertad que rasga nuestras mil esclavitudes y servidumbres.

Y, sobre todo, intuimos en él un misterio de apertura, cercanía y proximidad a Dios que nos atrae y nos invita a abrir nuestra existencia al Padre. A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a él. Solo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirlo.

Seguir humildemente sus pasos, abrirnos con él al Padre, reproducir sus gestos de amor y ternura, mirar la vida con sus ojos, compartir su destino doloroso, esperar su resurrección. Y, sin duda, orar muchas veces desde el fondo de nuestro corazón: «Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad».

José Antonio Pagola

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“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos”. Domingo 23 de agosto de 2020. 21º domingo de tiempo ordinario

domingo, 23 de agosto de 2020
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44-OrdinarioA21De Koinonia:

Isaías 22,19-23: Colgaré de su hombro la llave del palacio de David
Salmo responsorial: 137:
Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Romanos 11,33-36: Él es el origen, guía y meta del universo
Mateo 16,13-20:
Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

El texto de Isaías se refiere, con mucha probabilidad, a la época inmediatamente anterior a la primera deportación. Recordemos que como represalia a un intento de rebelión, el imperio babilónico exilió, en el año 597 a.e.c, a los miembros más prestantes de la sociedad y los trasladó a varias ciudades y campos de Mesopotamia. Esto significó un duro golpe para las pretensiones de la familia monárquica que se consideraba inamovible del trono.

La profecía de Natán que, en realidad, era una exhortación para que el rey se mantuviera fiel a la voluntad del Señor, se había convertido ya en la época salomónica en un recurso ideológico para legitimar el monopolio del poder. Al inicio del siglo VI la situación de Judá cambió completamente, con la entrada en escena del imperio babilónico, que pretendió crear un imperio mediante el sometimiento de todos los pequeños reinos y el control de las tribus dispersas por toda el llamado «Creciente Fértil». Jerusalén era sólo una fortaleza más a conquistar.

La profecía de David se dirige contra las pretensiones de la clase dirigente que se consideraba la propietaria perpetua del trono. El caso más patético era el de los primeros ministros, que remplazaban al rey en su ausencia. Estos personajes, casi siempre provenientes de la alta aristocracia, cobraban singular importancia cuando podían gobernar el país y darse todos los honores regularmente reservados al rey.

Parece que el mayordomo del palacio real de Jerusalén, llamado Sobna, se excedió en sus pretensiones y no se contentó con ostentar la ‘banda’ del rey sino que convirtió las llaves del palacio en símbolo de su creciente poder. Todas estas manifestaciones de arrogancia ponían en evidencia cuán arruinadas estaban las instituciones monárquicas y el grado extremo de decadencia en el que había caído la corte. Isaías pronuncia un oráculo de condenación contra este ministro presuntuoso, denunciando todas las arbitrariedades que había cometido y anunciándole cuál sería el final de todas sus hazañas. El que se había construido una tumba elegante moriría en un campo desolado en tierras extranjeras. La llave que el primer ministro ostentaba, terminaría en manos de otra persona más capaz. Los caminos del Señor no son los del individuo engreído y alienado. Todo lo que un sistema social construye sobre la explotación, el abuso del derecho y la falsedad, termina irremediablemente condenado a la insignificancia.

Pablo, haciendo eco de los himnos a la sabiduría, recuerda la distancia enorme que hay entre las absurdas pretensiones individualistas y megalómanas, y el sabio designio de Dios que dispone únicamente lo que es provechoso para el ser humano.

Esa contraposición entre las desmedidas pretensiones de ciertos individuos y grupos sedientos de poder y los insondables caminos del Señor, se hace patente en el episodio del evangelio. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Las respuestas nos sorprenden. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Parecería que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

Jesús sí es el Mesías, pero no el Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas Causas humanas. Jesús sí es el profeta; pero no el profeta que anuncia la supremacía de la propia religión o de la ideología de su grupo, sino el profeta del amor, la justicia y la paz.

Las tres lecturas nos muestran cuán impredecibles y certeras son las sendas de Dios y cuán caducos y esquemáticos son nuestros trillados caminos. El evangelio nos invita a aprender de Jesús cuál es el camino auténtico que nos conduce al Padre, porque «no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos». Leer más…

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Teólogos e historiadores españoles responden a la pregunta: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?»

domingo, 23 de agosto de 2020
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Teologos-historiadores-espanoles-responden-pregunta_2261183899_14849216_660x371Del blog de Xabier Pikaza:

 Así pregunta Jesús este domingo (23.8.20) según el evangelio:«Al llegar a la región de Cesarea, Jesús preguntó a sus discípulos:»¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»…Y vosotros, ¿quién decís que soy?» (Mt 16, 13-14).

Mañana responderé por mi. Hoy quiero dar la palabra a los teólogos de España, pues deberían saber quién es Jesús. No es para que respondan por nosotros, sino para ayudarnos a pensar y decidir. Perdonen los teólogos si les interpreto mal. Éste es una encuesta principal para los creyentes (y también para los no creyentes).

Entre los autores que destaco están Sobrino y O. de Cardedal, Faus y J. M. Vigil, Pagola y Senén Vidal, Rico y Aguirre, Espeja, Estrada y M. Navarro, Piñero y Montserrat, Bermejo y Puente Ojea, Sayés, Arregi y Tamayo, con otros que han marcado y siguen marcando la vida cristiana y el pensamiento de España, en estos momentos de gran cambio. Otros han quedado en la tinta… Perdonan los que vean mi lista menguada o excesiva.

1. EL TEMA VIENE DE ATRÁS, LA DISPUTA DE LOS AÑOS SETENTA

El año 1977, J. Galot SJ, profesor «consagrado» de la Universidad Gregoriano, publicó un trabajo acusando de herejes (no calcedonianos) a tres teólogos de España, y levantando su sospecha contra un cuarto. El trabajo apareció en la revista oficial de aquella  universidad (La Filiation divine du Christ. Foi et interprétation”: Gregorianum 58,1977, 239-275.Los teólogos eran J Sobrino, y J. I. G. Faus (con un servidor), y el cuarto sospechoso O. González de C.:

Tres ensayos recientes, publicados en lengua española, llaman la atención por su orientación no calcedonense y por la posición que adoptan con respecto a la divinidad de Cristo, que se puede llamar la de una divinidad antropológica”.  

 Empezaré ofreciendo la respuesta de esos tres «acusados» (la mía la daré mañana, en la línea del libro que pongo en la imagen), para ocuparme después de otros teólogos hispanos, situados ante la pregunta de Jesús: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?

Jon Sobrino:  Tú eres el liberador, el hombre crucificado y resucitado

 Sobrino, jesuita vasco (* 1937), profesor de la UCA (Salvador CA), escribió una Cristología desde América Latina (CRT, México 1976), releyendo la figura y obra de Jesús desde las sociales de América, bajando de su transcendencia ontológica, más allá de los problemas del mundo y de la historia, para introducirse, como portador de una fuerte crítica social y salvadora en el corazón de un mundo crucificado.  Él inició así (con otros teólogos americanos como G. Gutiérrez y L. Boff, y en especial con I. Ellacuría, vasco como él) una labor teológica y pastoral de gran envergadura. Entre sus libros posteriores, cf. La resurrección de la verdadera iglesia, Sal Terrae, Santander 1981; Jesucristo Liberador, I-II, Trotta, Madrid 1993/8).

La obra de Sobrino ha estado desde entonces en el centro de una gran controversia teológica (pastoral y eclesial), expresada en dos textos de la Congregación para la Doctrina de la fe (Libertatis Nuntius, 1984; Libertatis Conscientia, 1986) y en la Notificación que esa misma Congregación dictó el año 2006, sobre dos obras de Sobrino: Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret (Madrid, 1991) y La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas (San Salvador, 1999).

La respuesta de Sobrino sigue siendo clare: Tú eres el liberador,  que actúa en la historia de los hombres. Por eso te seguimos y queremos que quieras acogernos a tu lado.

    Por decir esto y presentar así a Jesús, los soldados del «orden» sin orden ni justicia, mataron una noche a los compañeros de J. Sobrino, quien aquel día no estaba en casa.  Sobre el sentido antropológico y eclesial  de su respuesta, cf. Enrique Gómez,Pascua de Jesús, Pueblos crucificados. Antropología mesiánica de Jon Sobrino, Secretariado Trinitario, Salamanca 2012.

 J. Ignacio González Faus: Tú eres el rostro humano de Dios, principio de vida y libertad para los hombres

             González Faus, jesuita valenciano (*1935), afincado en Barcelona, es autor de La Humanidad Nueva. Ensayo de Cristología (Sal Terrae, Madrid 1974), donde interpreta la figura y obra de Jesús desde las condiciones sociales de su tiempo, destacando su libertad frente a la ley y su compromiso en favor de los más pobres. Más que la Encarnación Ontológica del Verbo (importante en su nivel) le ha interesado la encarnación histórica y social (y eclesial) de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, en la historia de los hombres.

      En esa línea, él entiende la cristología como un proceso y camino  concreto de conversión, al servicio de la libertad y justicia, de la dignidad de los hombres… Eso significa que  no se puede hablar de la divinidad de Jesús separada de su humanidad, pues el mismo Jesús hombre es el Hijo de Dios, y sólo en su historia concreta encontramos al Hijo Eterno  (cf. El rostro humano de Dios, (Santander 2007).

La respuesta de G. Faus constituye un proyecto y programa de “encarnación”, en contra de todo escapismo gnóstico y de toda  elaboración ideológica de un poder eclesial que puede caer en la tentación de absolutizarse, en vez de ponerse al servicio de los pobres, como Cristo. Faus se ha situado en esa línea en el cruce de caminos de la Iglesia y de la vida, no para dividir, sino para recoger, desde los más pobres, a todos los hombres, compartiendo con (desde) ellos el camino de Jesús, a la luz del evangelio.

Sin su palabra y presencia a lo largo de cinco decenios (desde el 1969, en que publicó su tesis doctoral, Carne de Dios. Sobre la Encarnación en la Cristología de San Ireneo, hasta el 2018) la teología hispana hubiera sido mucho más pobre. En esa línea, él signo respondiendo a  Jesús:  Tú eres el rostro humana de Dios, y yo te veo y acompaño en el rostro y vida de los pobres.

Sobre su cristología, cf. Michael P. Moore, Creer en Jesucristo: una propuesta en diálogo con O. González de Cardedal y J.I. González Faus, Sec. Trinitario, Salamanca 2011

 O. González de Cardedal: Tú eres la conciencia humana de Dios

Galot citaba en su nota a Olegario G. de Cardedal (*1934), profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, autor de un trabajo cardinal, titulado Jesús de Nazaret. Aproximación a la cristología (BAC, Madrid 1975), donde al parecer tampoco dejaba clara la naturaleza divina de Jesús y su constitutivo personal en línea ontológica. Aquella crítica (o, al menos, sospecha) no era justa, como el mismo O. de Cardedal ha precisado después exponiendo de un modo sistemático su pensamiento, en numerosos trabajos entre los que destaca Fundamentos de Cristología. I-II,(BAC, Madrid 2005 y 2006), por los que recibió el año 2011, de manos del mismo Benedicto XVI, el premio Ratzinger de Teología, que ratifica y consagra su fidelidad al pensamiento oficial de la Iglesia.

  G. de Cardedal, ha intentado recrear los dogmas básicos de la cristología (Nicea y Calcedonia) desde una experiencia ampliada de racionalidad, en sintonía con un tipo de pensamiento tradicional, presentando a Jesús como conciencia humana de Dios

Él ha desarrollado una cristología de la conciencia de Jesús (en una perspectiva que puede recordar la de Schleiermacher), destacando la identidad del Hijo eterno de Dios con el Cristo que nace en el tiempo. De esa forma, su cristología se expresa en categorías de encuentro personal entre el hombre y Dios en Cristo, sabiendo que la filiación divina de Jesús sólo puede decirse y proclamarse en plenitud desde la experiencia pascual de los discípulos, tal como ha sido asumida por la iglesia.

Éste es, a mi juicio, el centro de su teología, que ofrece un testimonio fuerte de coherencia intelectual y rigor académico. Si Jesús le preguntara «quién soy», Olegario le podría responder. Tú eres la conciencia humana de Dios,  y así descubro también que en conciencia  es hogar y espejo de la identidad divina.

 . Para una presentación de su vida y obra hasta el 2006, cf. A. Cordovilla (ed.), Dios y el hombre en Cristo. Homenaje a Olegario González de Cardedal (Salamanca 2006).

 2. J. A.  PAGOLA. UN CASO DE IGLESIA. TÚ ERES LA MISERICORDIA DE DIOS

Por encima de los tres anteriores ha influido en España y en otros países la respuesta de  J-A. Pagola (*1937), teólogo vasco,  con su libro Jesús. Aproximación histórica (Madrid 2007), origen de un duro debate teológico-eclesial, que entiendo como termómetro para medir la «TEMPERATURA» de la cristología hispana, diciendo:  Tú eres la misericordia de Dios.

El debate comenzó con una crítica de Mons. Demetrio Fernández (hoy obispo de Córdoba) en el Boletín de la diócesis de Tarazona(Diciembre 2007), a la que siguieron las críticas de algunos oficialesde la Comisión de la Doctrina de la Fe (J. Rico, J. A. Sayés, J. M. Iraburu), afirmando que Pagola habría negado o silenciando afirmaciones básicas del dogma sobre la divinidad de Jesús, haciéndose de alguna forma arriano, en la línea condenada por Nicea, Éfeso y Calcedonia. Empezaré exponiendo los valores del libro de Pagola:

 Pagola ofrece una aproximación histórica de la vida de Jesús, desde una perspectiva kerigmática, de anuncio cristiano del evangelio, retomando los “acontecimientos” que van desde el Bautismo por Juan hasta el mensaje de Pascua. Lógicamente, en ese contexto, no puede tratar expresamente de temas como la Concepción por el Espíritu, la preexistencia de Jesús o su nacimiento.

Pues bien, ignorando el argumento y finalidad del libro, y a pesar del Nihil Obstat de Mons Uriarte, obispo de San Sebastián, la Comisión Episcopal de la Doctrina de la fe, con la autorización de la Comisión Permanente de la CEE, publicó el 16 de junio del 2008,  una “nota oficial y desgraciada y desagradecida” sobre la Cristología de Pagola, desde una perspectiva dogmática, acusándole de las siguientes omisiones o errores:

‒  Estas son las deficiencias y errores que la comisión ha visto en Pagola:

  • a) presentación reduccionista de Jesús como un mero profeta;
  • b) negación de su conciencia filial divina;
  • c) negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte;
  • d) oscurecimiento de la realidad del pecado y del sentido del perdón;
  • e) negación de la intención de Jesús de fundar la Iglesia jerárquica;
  • f) confusión sobre el carácter histórico-trascendente de la resurrección

En el origen de las cuestiones señaladas se encuentran dos presupuestos que condicionan negativamente la obra: la ruptura entre la investigación histórica de Jesús y la fe en Él, y la interpretación de la Sagrada Escritura al margen de la Tradición viva de la Iglesia. El Autor parece dar a entender que, para mostrar la historia se debe dejar de lado la fe, logrando una historia incompatible con la fe. (http://www.conferenciaepiscopal.es/doctrina/documentos/pagola.html).

      Estos acusadores de Pagola yerran de bulto, no han comprendido ni la primera ni la última página del libro, donde él responde a la pregunta de Jesús, diciéndole desde su vida y experiencia, con los evangelios: Tú eres la misericordia humana de Dios .

 Los críticos de Pagola

No han leído ni entendido a Pagola, pero tienen su respuesta preparada de ante manos.    Los dos principales responden a la pregunta de Jesús con libros muy densos:

‒ J. Rico Pavés: Tú eres el Cristo del dogma de la Iglesia.

  J. Rico (Granada *1966) (cf.Cristologia y soteriologia, BAC, Madrid 2016)ha sido Secretario de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (2001-2013) y promotor de la “condena” de Pagola, y es desde el 2012 obispo de Mentesa y auxiliar de Getafe.  Su libro quiere ser fiel a las indicaciones del Vaticano II, pero lo hace presentando primero los  “datos” de la Escritura, Tradición y Magisterio sobre la persona y obra de Jesucristo, para ordenarlos y elaborarlos después en una segunda parte sistemática, de un modo ontológico (dogmático). El intento es bueno, pero corre el riesgo de entender la historia de Jesús como una “excusa”, para insistir en un Cristo ultra-dogmática que no se parece mucho a Jesús de Nazaret.

 — J. A. Sayés: Tú eres el Cristo ontológico

H. A. Sayés (Peralta, Navarra *1944, cf. Cristología fundamental, Cete, Madrid 1985 y Señor y Cristo. Curso de Cristología (Palabra, Madrid 2015) sigue en la línea de Rico Pavés, pero de una forma aún más insistente. Tiene una gran capacidad especulativa, como ha mostrado en la Facultad de Teología de Burgos, pero el estudio bíblico (es decir, la identidad evangélica de Jesús) desaparece casi totalmente de sus libros, apareciendo casi como excusa, para tratar después del Cristo ontológico, que sería lo que importa, en un contexto de Iglesia establecida que impone sobre los fieles actuales un tipo de enseñanza medieval.

3. LA RESPUESTA DE LOS HISTORIADORES (CREYENTES O NO CREYENTES)

                El caso Pagola remite a la Biblia, y entre los estudiosos de ella hay que empezar citando a Rafael Aguirre (*1941), que ha estudiado el entorno socio-cultural del NT, y en especial del surgimiento de la Iglesia, y es autor de docenas de trabajos sobre la vida de Jesús (cf. https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=16266), aunque no ha escrito, que yo sepa, ningún estudio de conjunto sobre su vida, a no ser uno obra en colaboración con C. Bernabé y C. Gil: Qué se sabe de… Jesús de Nazaret (VD, Estella 2009)Esta es una obra significativa por su contenido, pues condensa y reformula lo mejor que se sabe de la historia de Jesús: El contexto de Jesús (Gil). La enseñanza de Jesús (Aguirre).  Los hechos de Jesús (Gil). La experiencia religiosa de Jesús (Aguirre). El conflicto final de Jesús (Bernabé). ¿Quién es Jesús? (Aguirre). Leer más…

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“Pedro, entre Dios y Satanás”. Domingo 21. Ciclo A.

domingo, 23 de agosto de 2020
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cristo-ordenando-a-sus-apostoles1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor. El pasaje de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.

  1. Lo que piensa la gente a propósito de Jesús

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

― ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

Ellos contestaron:

― Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

 ¿Cómo es posible que la gente ofrezca respuestas tan extrañas? La culpa es en gran parte de Jesús por usar una expresión que se presta a equívoco: bar enosh puede entenderse de formas muy distintas, y podríamos traducirlo con minúscula o con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

            Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

            La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

  1. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Él les preguntó:

― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

― Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. 

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

  1. Las promesas de Jesús a Pedro

Jesús le respondió:

― ¡Dichoso tú, Simón hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: «Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías». Sin embargo, Mateo introduce aquí estas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar».

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras «y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación («te daré las llaves del Reino de Dios») se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar, sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era «el Papa», ni gozaba de la «infalibilidad pontificia», las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. «Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva

            Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

            Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Por no alargarme, basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

            Lo mismo ocurre en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?

            Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

            Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús.

Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.

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Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 23 Agosto, 2020

domingo, 23 de agosto de 2020
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“En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”

Mt 16, 13-20

Nos encontramos al final de la segunda parte del Evangelio de Mateo. En torno a Jesús aumenta el rechazo y la incomprensión. Entonces, Jesús pregunta a sus discípulos: “-¿Quién dice la gente es el Hijo del Hombre?” Y los discípulos lo reconocen como el Mesías y el Hijo del Dios vivo.

Las dificultades, los fracasos y las crisis nos ayudan a plantearnos la vida y las opciones de una manera seria y decidida. En realidad, nos llevan a esas dos preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿qué hago aquí? Dos preguntas que no acabamos de cerrar nunca, que crecen y evolucionan con nosotras. Pueden pasar temporadas como dormidas pero despiertan de vez en cuando cuestionando nuestra identidad y nuestra misión.

Jesús, que fue plenamente humano, también se cuestionó, en más de una ocasión, su identidad y su misión. Se preguntaba quién era y qué hacía y por eso le preguntaba a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Las personas que tenemos cerca nos ayudan a vernos a nosotras mismas con más claridad. Nos devuelven la imagen que proyectamos, nos hacen de espejo. Nos encaran con nuestra verdad y con las mentiras que usamos de armadura protectora. Por eso necesitamos otros puntos de vista para crecer. En ocasiones son las otras personas las que nos descubren partes de nosotras mismas que no alcanzamos a ver con claridad.

Así, con lo que nos dicen y lo que conocemos de nosotras mismas vamos creciendo en el camino de la vida, en el camino del seguimiento de Jesús.

Oración

Danos, Trinidad Santa, la audacia de confrontarnos y cuestionar lo que somos y lo que hacemos para poder continuar nuestro camino desde la autenticidad. Amén.

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Solo si descubres tu verdadero ser, conocerás a Jesús.

domingo, 23 de agosto de 2020
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pelicula-la-vida-de-jesusMt 16,13-20

Otra vez Jesús se retira con sus discípulos; ahora a la región de Cesarea de Filipo. Se van a tratar temas que desbordan la problemática estrictamente judía, y por eso Mateo coloca la escena en territorio gentil, fuera de una concepción del Mesías demasiado nacionalista, para dar a entender que estamos en una apertura a los gentiles. Ni lo que dice sobre Jesús, ni lo que dice sobre la Iglesia podía ser aceptado por un judío normal.

Dos temas nos proponen hoy las lecturas: Quién es Jesús y el poder de las llaves. Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y por lo tanto reflejan, no lo que entendieron mientras vivieron con él, sino lo que las primeras comunidades pensaban de él. También es lógico que se preocuparan por la estructura de la nueva comunidad: El texto expresa vivencias pascuales de la primera comunidad. Esto no le quita importancia sino que se la da.

Se quiere diferenciar la opinión de la gente de la de los discípulos. Mejor sería decir que la diferencia sería entre lo que la gente y los discípulos pensaron de Jesús mientras vivía y lo que pensaron de él después de la Pascua. Mientras vivieron con él le mostraron una gran estima, pero no se dieron cuenta de la novedad que aportaba. A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de una interpretación nacionalista del Mesías, a la del verdadero mesianismo que representaba Jesús. Solo después de Pascua consiguieron dar el paso.

Antes de esa experiencia, Pedro nunca pudo decir a Jesús que era el Hijo de Dios. Los judíos no tenían un concepto de Hijo de Dios en el sentido que hoy le damos. En el AT se llamaba hijo de Dios al rey, a los ángeles, al pueblo judío, pero en sentido simbólico. Para un judío lo más que se podía decir de un ser humano es que era el Ungido (Mesías). Los griegos sí tenían un concepto de Hijo de Dios. Gracias al contacto con la cultura griega, los cristianos pudieron expresar la experiencia pascual con el término ‘Hijo de Dios’.

A Jesús nunca le pasó por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su mensaje, fue purificar la religión judía de todas las adheren­cias que la hacían incompatible con el verdadero Dios. Tampoco los primeros seguidores de Jesús pensaron en apartarse del judaísmo. Fue el rechazo frontal de las autoridades judías, sobre todo de los fariseos después de la destrucción del templo, lo que les obligó a emprender su propio camino.

De Jesús, como ser humano concreto, sí podemos hablar adecuadamente, porque cae dentro de las posibilidades de nuestros conceptos. De lo divino que hay en Jesús, nada podemos decir con propiedad, porque escapa a nuestra capacidad intelectual. Pero lo divino se manifestó en su humanidad y aunque no podemos definirlo, podemos intuirlo. Si nos empeñamos en pensar lo divino y lo humano como diferentes, imposibilitamos una respuesta coherente. Si Jesús fue Dios es porque es hombre, y si es hombre cabal es porque es Dios. No hay incompatibilidad entre ambas realidades. Todo lo contrario, Dios está en lo humano y el hombre solo puede llegar a su plenitud en lo divino, que ya es.

La respuesta que pone Mt en boca de Pedro parece, a primera vista, certera, aunque no supone ninguna novedad, porque todos los evangelistas lo dan por supuesto desde las primeras líneas de los evangelios. Está claro que el objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual. Si Pedro hubiera pronunciado esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un “hijo de Dios” en el sentido en que lo entendían los judíos; como persona muy cercana a Dios o que tiene un encargo especial de su parte.

No podemos definir con dogmas a Jesús, pero tampoco podemos dejar de hacernos la pregunta. Lo que es Jesús, nunca lo descubriremos del todo. ¿Quién es este hombre? Todo intento de responder con fórmulas cerradas no solucionará el problema. La respuesta tiene que ser práctica, no teórica. Mi vida es la que tiene que decir quién es Jesús para mí. Del esfuerzo de los primeros siglos por comprender a Jesús, debemos hacer nuestras, no las respuestas que dieron sino las preguntas que se hicieron.

Dar por definitivas las respuestas de los primeros concilios nos ha sumido en la ruina. Lo que nos debe importar es descubrir la calidad humana de Jesús y descubrir la manera de llegar nosotros a esa misma plenitud. Se trata de responder con la propia vida a la pregunta de quién es Jesús. Y tú, ¿quién dices que soy yo? ¿Qué dice tu vida de mí? Si creemos que lo importante es la respuesta, como ya estaba dada, todos en paz y eso es lo grave. Hoy sabemos que lo importante es que sigamos haciéndonos la pregunta.

Desde el punto de vista doctrinal la historia se encarga de demostrarnos que nunca nos aclararemos del todo. O exageramos su divinidad convirtiéndole en un extraterrestre o afianzamos su humanidad y entonces se nos hace muy difícil aceptar que sea plenamente hombre y a la vez divino. Una vez más tenemos que decir que la solución nunca la encontraremos a nivel teórico. Solo desde la vivencia interior podremos descubrir lo que significa Jesús como manifestación de Dios. Solo si nos identificamos con Jesús, haciendo nuestra su vivencia de Dios, comprenderemos lo que fue Jesús.

Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos. En primer lugar, los textos paralelos de Mc y de Lc no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es éste un dato muy interesante, que tiene que hacernos pensar. Marcos es anterior a Mateo. Lucas es posterior. Tanto la confesión de Hijo de Dios como la promesa de Jesús a Pedro, es un texto exclusivo de Mt. Si tenemos en cuenta que Mt y Lc copian de Mc, descubriremos el verdadero alcance del relato de Mt. Lo añadido está colocado ahí con una intención determinada: Revestir a Pedro de una autoridad especial frente a los demás apóstoles.

Es la primera vez que encontramos el término “Iglesia” para determinar la nueva comunidad cristiana. Utiliza la palabra que en la traducción de los setenta se emplea para designar la asamblea (ekklesian). El texto intenta afianzar a Pedro en la presidencia de esa organización, pero es exagerado deducir de él lo que después significó el papado. Hay que tener en cuenta que existe otro texto paralelo, también de Mt, que leeremos dentro de dos domingos, que va dirigido a la comunidad: “Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Es curioso que en dos lugares tan próximos del mismo evangelio dé el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Los textos no se contradicen, se complementan. La última palabra la tiene siempre la comunidad, pero esta tiene que tener un portavoz. Pedro, o su sucesor, cuando hablan expresando el común sentir de la comunidad, tienen la garantía de acertar en los asuntos importantes para la comunidad. No es la comunidad la que tiene que doblegarse ante lo que diga una persona, sino que es el representante de la comunidad el que tiene que saber expresar el común sentir de ésta.

Meditación

Ser cristiano significa responder a la pregunta de Jesús.
No de manera teórica y aprendida,
sino con las actitudes vitales que él me exige hoy.
En el momento que deje de hacerme la pregunta,
o si tengo ya la respuesta definitiva,
me he colocado fuera del camino.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Mente abierta,

domingo, 23 de agosto de 2020
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mente_abierta_llavesCuando una puerta a la felicidad se cierra, otra se abre, y con frecuencia nos quedamos mucho tiempo mirando la cerrada y no vemos la que se abre (Paulo Coelho).

23 de agosto. DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO.

Mt 16, 13-20

A ti te daré las llaves del reino: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Un texto denso y muy elaborado, que recoge los hechos tal como los ha entendido vivido la comunidad: se trata, en primer lugar, de identificar al Maestro.

¿Quién es? Es la búsqueda de respuesta a la pregunta que Jesús hizo a sus discípulos en la región de Cesarea de Felipe: ¿Quién dice la gente que es este Hombre?

A nuestro personaje, podríamos aplicarle, en cierto modo, esta frase del Rabí Pinhas de Korets: “En cada hombre hay algo precioso que no se encuentra en otro hombre”, y en Jesús, especialmente.

Pregunta abierta, incluso en nuestros días, que se puede responder desde el punto de vista de la gente. De la apreciación humana de este personaje histórico o desde el de punto de vista de Dios, el de la revelación.

La gente buena, que ha presenciado su actividad, le considera un enviado de Dios que prepara la era mesiánica, y Simón Pedro declara que es el Mesías esperado, razón por la que el apóstol recibe una alabanza: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo!

Cosa que el propio Jesús ratifica declarando que la confesión procede del Padre, como se puede ver en 11, 27: “Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al hijo sino el Padre sino el hijo y aquel a quien el hijo decida revelárselo”.

 

Jesús propone construir un “templo”, una comunidad nueva, Petra en griego, que significa sillar o roca donde se asienta un edificio; y en el versículo 18, Jesús emplea términos similares: “Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia”.

Este edificio o comunidad pertenece a Jesús, “mi Iglesia”, en la que Pedro tendrá una función papel central.

Todo este texto que hemos comentado del evangelio, ha originado muchas discusiones entre católicos y protestantes sobre la figura del Papa como sucesor de Pedro.

La tradición católica sostiene que estas palabras se aplican a Pedro, y también a todos lo que le suceden en la tarea de presidir en la fe y el amor.

La tradición protestante, sin embargo, ha visto en las palabras de Jesús una alabanza referida, no a la persona de Pedro, sino a su actuación de fe.

El novelista Paulo Coelho (1947), escribió esta sugerente frase, que tiene mucho que ver con lo de desatar en el cielo del versículo 19, y con una “mente abierta”: “Cuando una puerta a la felicidad se cierra, otra se abre, y con frecuencia nos quedamos mucho tiempo mirando la cerrada y no vemos la que se abre”.

En mi libro Yo amo el Planeta, este poema:

HOSPITALIDAD VIRGEN

Te presento mis respetos
Tierra-Madre, por tu carácter sagrado
y tu cuasi divinidad en ciernes.

Me amparas en tu casa,
una hospitalidad virgen,
que da seguridad a mi sustento.

Tu generosidad rompe siempre y siempre,
más allá de los ojos y del viento,
los límites hexagonales de la mente abierta.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Simón Pedro y sus descalabros.

domingo, 23 de agosto de 2020
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med-2En uno de los relatos pascuales aparecen estas palabras de Jesús dirigidas a Pedro: “Cuando eras joven, te ceñías e ibas donde querías; cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres…” (Jn 21,18). La frase suena a uno de esos lugares comunes en los que solemos coincidir cuando hablamos de lo que es propio de las edades de la vida. Es evidente: cuando eres joven te mueves con autonomía y vas donde te da la gana. De viejo, ya es otra cosa.

Sin embargo, en la escena que nos relata el Evangelio de hoy y tratándose de Jesús, los principios generales se trastocan: Pedro intenta “ceñir” a Jesús, que es joven, para impedirle seguir adelante por un camino que a su parecer es un desvarío. De manera subliminal está queriendo obligarle a “extender las manos” y a dejarse llevar por otro menos alocado (“estos jóvenes…”) y más sensato.

La reacción de Jesús es virulenta: “¡Ponte detrás de mí, Satanás!”. Si ya el apelativo “Satanás” es fuerte, el reproche que sigue, si se traduce libremente es aún peor: “Eres en mi camino una piedra en la que pretendes que me estrelle”. El diagnóstico final es demoledor: “Piensas al modo humano, no según Dios” (Mc 8,33).

El tópico joven-que-hace-lo-que-le-viene-en-gana está saltando por los aires porque el joven Jesús ni va “a su bola”, ni camina “a su aire”, ni alardea de su “indomable libertad”. Es alguien que no solo “extiende sus manos” para dejarse conducir por Otro, sino que se “extiende” todo él como un lienzo en blanco sobre el que pintar, como un tapiz por tejer, como un lacre blando sobre el que imprimir un sello. Si de niño había ido creciendo “en edad, en sabiduría y en gracia” (Lc 2,52), de mayor va ha ido ensanchando su “pensar según Dios”, ha ido sintiendo la vida y escuchándola desde más allá de sí mismo para conformar su sentir con el de su Padre. Un día le llenó de alegría reconocer esa coincidencia: Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Lc 10, 22). Lo mismo que su antepasado Abraham, abandonaba la tierra familiar de lo que le habían dicho y enseñado y se adentraba en otra en la que solo importaba el “pensar” del Padre. Se había dado cuenta de que iban a una, como dos que caminan bajo el mismo yugo, unánimes y con-cordes en la inclinación de su corazón hacia los que carecían de saberes, de nombre y de significación. Eso le llenaba de alegría y nada vuelve tan audaz y tan determinado a alguien como el vivir en contacto con la fuente del propio júbilo.

Desconocía lo que era aferrarse a “disponer de sí” porque el deseo y la voluntad de Otro imantaban su querer y de ahí le venía esa despreocupación que, según él, había aprendido de los pájaros y de los lirios del campo que no se inquietan por el día de mañana. Había dejado de ocuparse de su propio camino, confiando en manos de Otro su trazado, su recorrido y su final y no consentía que nadie intentara desviarle de ahí. Lo habían avisado los Profetas: Su voz puede ser tan estremecedora como el rugido de un león (Am 1,3), sus celos, tan peligrosos como una osa si le quitan los cachorros (Os 13,8).

Así que Simón, hijo de Jonás, colega nuestro en la pretensión de querer torcer Sus caminos y traerle a los nuestros: más nos vale desistir en el intento porque saldremos descalabrados.

Con el Hijo hemos topado, amigo Simón.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Literalismo y verdad.

domingo, 23 de agosto de 2020
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SoltarDomingo XXI del Tiempo Ordinario

23 agosto 2020

Mt 16, 13-20

Las respuestas que los discípulos dan a Jesús parecen expresar las diferentes opiniones de las primeras comunidades, en torno a la figura del Maestro. A pesar de sus diferencias, todas ellas coinciden en reconocer a Jesús como “profeta”, tal como este término se entendía en el pueblo judío: el que habla en nombre de Dios o hace presente a Dios en las circunstancias que vive el pueblo, en definitiva, el que vive en la verdad y la expresa.

     La respuesta que el evangelista pone en boca de Pedro constituye ya una elaborada afirmación del credo cristiano de la comunidad de Mateo, que manifiesta su fe en Jesús como el Mesías esperado y el “hijo de Dios” (aunque fuera en un sentido judío, donde el término “hijo” se aplicaba a alguien que gozaba de una especial intimidad con Dios).

    Esa misma comunidad, que considera a Pedro como el “primero” de los apóstoles, pone en boca de Jesús unas palabras que este nunca habría pronunciado. Nos encontramos, por tanto, no ante palabras del Jesús histórico, sino ante la fe de una comunidad que vive casi a finales del siglo I.

    Lo que ello pone de manifiesto es el hecho de que una comprensión adecuada de los textos libera de posturas dogmáticas y de discusiones interminables a partir de la defensa a ultranza de un literalismo –una especie de idolatría de los textos– que resulta insostenible. (Tiene su punto de ironía el hecho de que se haya querido fundamentar el “primado de Pedro” e incluso la institución del papado en palabras que Jesús nunca habría pronunciado. Superado aquel literalismo insostenible, hoy parece evidente que Jesús no instituyó ninguna iglesia ni fundó ninguna religión).

    La comprensión y la vivencia espiritual no consiste en repetir textos memorizados ni en exigir una adhesión a los mismos que, a fuerza de ser literal, termina traicionándolos en su verdadero sentido.

   La vivencia espiritual puede tener como referencia algunos textos –como “mapas” que resultan útiles para balizar el camino en un momento determinado–, pero antes o después habrá de conducir a soltar todos ellos –dejando caer todas las creencias– para apoyarse en la desnuda certeza de ser, en el silencio consciente que conduce a la verdad que se encuentra más allá (más acá) de todo concepto y de toda creencia.

¿Cómo me relaciono con las creencias?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No es lo mismo doctrina que fe, ni es lo mismo fanático que creyente

domingo, 23 de agosto de 2020
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icono_cristo_pantocratorDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Quién es JesuCristo.

  Responder a la pregunta de quién sea JesuCristo no es una cuestión académica dogmática que han de resolver los teólogos. (Recordemos las no lejanas polémicas contra Pagola, Dupuis, Schillebeecx, etc.). En la historia de la Iglesia siempre han surgido polémicas en torno a la “identidad” de Cristo, o al menos en cuanto a la formulación de las afirmaciones sobre Cristo. Y Dios nos libre a nosotros y a Jesús de quien crea tener todo atado y bien atado sobre Jesús. Lo malo es que hay quienes lo tienen todo resuelto respecto de Dios, de la Trinidad, de Jesús… y eso está ya tocando la raya roja del fanatismo, si no la pasan. Y lo malo es que los hay.

          Se trata de una pregunta más bien existencial. En la comunidad cristiana naciente, en la Iglesia de Mateo surge la cuestión. ¿Quién y “qué” es este Jesús y qué supone en mi vida?

          Responder a la cuestión de quién es JesuCristo no les fue tarea sencilla ni a los primeros creyentes, ni tampoco es un asunto menor para nosotros. De hecho esta pregunta aparece con frecuencia en el NT:

  •  ¿Quién es éste a quien obedecen el viento y el mar? ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Si eres el Hijo de Dios… ¿Y vosotros, quién decís que soy yo?
  •  ¿Qué interés puede tener Cristo? ¿Tiene algún significado Cristo también hoy? ¿Quién es Cristo para nosotros?
  •  Quizás lo más grave pudiera ser que hayamos hecho de Cristo un personaje irrelevante en la sociedad y en la Iglesia

Jesús sigue siendo una pregunta (¡mejor, una respuesta!) para todo ser humano que se encuentre con él en todos los tiempos, también para nosotros.

  1. JesuCristo: Tú eres el mesías, el hijo de Dios vivo

          Jesús: revelación de Dios.

A los contemporáneos de Jesús no les resultó sencillo creer que aquel hombre, Jesús, que convivía con ellos, hablaba junto al lago, discutía con fariseos y sacerdotes, sanaba, curaba. No les parecía que Jesús fuese expresión, palabra, revelación de Dios, Mesías e Hijo de Dios.

El relato de la Transfiguración de Jesús[1], (Lc 9,28.-36) recoge bien el “paso” de Jesús (hombre) a Cristo (expresión-sacramento de Dios). Pedro, Santiago y Juan (la comunidad cristiana naciente) terminan por ver (fe) en Jesús al Hijo de Dios.

La fe no va a venir porque la Iglesia facilite las cosas y se convierta en unas rebajas morales o teológicas de verano. Mucho menos llegaremos a la fe en una Iglesia férrea que imponga una normativa litúrgica, moral y fanática, una dogmática que nadie entiende.

Jesús es la Palabra, el logos e Dios. Los hijos son expresión de sus padres. Lo que Dios nos quería decir es Jesús. Jesús es la expresión de Dios.

  Y lo que Dios nos quería decir es que nos ama.

Si nos acercamos a los evangelios, vemos quién es Jesús y lo que hace: sana, se acerca al ser humano, perdona, acoge. Pues eso es Dios. En Jesús Dios se expresa. Dios se expresa salvándonos

Llegaremos a la fe cuando “veamos” en Jesús la Palabra de Dios.

  1. La pregunta por JesuCristo se nos vuelve a nosotros mismos.

Detrás -o al mismo tiempo- de la pregunta por JesuCristo, está la pregunta por nosotros mismos. En este entramado de preguntas y respuestas lo que está en juego no es tanto la identidad de Jesús, sino la nuestra, la del ser humano.

El problema no es interrogar a Dios o a Cristo, si existen y quiénes son, sino que al final de las preguntas que nos hacemos en la vida, surgen también unas respuestas con las que configuramos el ser humano y su existencia.

Cuando unos padres mandan a sus hijos a tal ikastola o a un determinado colegio, detrás de esa opción hay una concepción del ser humano, quieren que su hijo sea “así”,  aunque ya sabemos que luego, los hijos saldrán como salgan. En el fondo de nuestros criterios, opciones y decisiones hay una concepción del ser humano. Cuando optamos por Cristo, hay una concepción del ser humano.

En última instancia se trata de dejarse preguntar por Dios (Cristo) y desde Dios nos estamos contestando ¿quién soy yo? ¿quién es el ser humano? ¿qué es el ser humano?

No es lo mismo configurar y construir la vida desde Cristo, desde el humanismo, desde los valores, que desde otras instancias y criterios.

  1. La fe de Pedro. La fe hace feliz: Dichoso tú

Pedro personifica el acto de fe cristiano en Jesús: Él es el Mesías, el Hijo de Dios.

Y la fe «no procede de la carne ni de la sangre», es decir, no es posible llegar a la fe solamente a través de la lógica y de la razón humana. La fe es posible únicamente gracias a la revelación de Dios Padre.

La fe implica elementos racionales-teológicos. Pero el ser humano, por muy inteligente que sea, es radicalmente incapaz de acceder al misterio de Dios. Podemos (y si se me permite, debemos) poner medios humanos: búsquedas, caminos, silencio, educación, estudio, etc. Pero al final es Dios, la ultimidad de Dios y la vida, quienes nos abren la puerta de la fe.

Eso no te lo ha revelado la carne y la sangre, sino mi Padre.

  1. La fe es una dicha.

La fe hace dichosa la vida. Dichoso, Pedro; dichosa, María porque has creído; seréis  bienaventurados y dichosos

La fe no es un catecismo, una doctrina. La fe es confianza en la vida, en el ser humano, en JesuCristo, en Dios. Creer es confiar, descansar totalmente en la ultimidad. La fe no es seguridad, es confianza.

San Ignacio de Loiola habla de los aspectos irracionales de la fe. No es que la fe sea un “trágala intelectual”: aceptas esto aunque no entiendas nada de nada y te callas. No, no es esto. Las dimensiones más profundas de la vida se producen en los sentimientos razonables: el amor, la confianza, la amistad, que no son cuestiones científico-racionales, sino que son vivencias humanas.

La fe tiene su dimensión razonable, pero es afecto, confianza, fiarse de una persona, de Dios.

No es lo mismo confiar que buscar la seguridad y certeza. El creyente confía, se pone en manos de Dios. El fanático no se fía, por eso busca la seguridad doctrinal, de poder, la seguridad legal y por eso los fanáticos agreden, embisten, condenan, castigan. Esto lo podemos observar en muchos políticos, obispos, curas, etc. El que ha conocido y vive en confianza, afecto, amor, serenidad, no arremete, más bien vive serenamente. Estos creen confían, aquellos topan. Quien tiene sentimientos nobles de afecto, confía, cree en la persona, en Dios.

La tradición de San Pablo (cartas Pastorales) dice: Sé de quién me he fiado, (2Tim 1,12).

Una Iglesia, una diócesis -como la nuestra- en la que hay tanta tensión y tristeza, está lejos de ser la comunidad de creyentes que se llenaron de alegría al ver al Señor, (Jn 20,20). ¿Jesús nos diría como a Pedro: Dichoso tú? Podemos ser una diócesis de orden y disciplina eclesiásticas, ultramontanos en las vestimentas, en los ritos, doctrina.

La obediencia y comunión son algo más hermoso y noble que el mero sometimiento por dominación.

En nuestra diócesis estamos lejos de la confianza, serenidad y gozo del Evangelio.

La fe no es una carga eclesiástico-religiosa-sociológica, sino una infinita confianza que nos hace libres, un gozo profundo. La fe nos abre el horizonte de nuestra razón y conocimientos.

¿Confiamos en la vida? ¿Somos dichosos? ¿Nos sentimos queridos en la Palabra que Dios nos dirige por medio de su hijo JesuCristo?

  1. Algunas preguntas para terminar.
  •  ¿Quién decís vosotros que es el Hijo del Hombre?
  •  ¿Quién y qué es el ser humano?
  •  ¿El prójimo es para mí sacramento de Cristo, y por tanto sacramento de Dios?
  •  ¿La única forma de construir la vida y la sociedad es según la carne y la sangre?
  •  ¿Cómo ser bienaventurado y dichosos en la vida?

[1] Celebrábamos esta fiesta el pasado día 6 de agosto-

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Bernardo de Claraval: Amo porque amo, amo por amar.

jueves, 20 de agosto de 2020
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Celebramos hoy la fiesta de San Bernardo,  místico del camino  hacia la unión espiritual con Dios, cantor del amor esponsal… Traemos uno de los textos del Oficio de Lectura preparados para hoy… Excelente meditación.

Amo porque amo, amo por amar

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El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.

El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?

Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.

Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

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De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los Cantares
(Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)

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Bernardo de Claraval – obra de Rowan Lewgalon

Bernardo, primer abad de Clairvaux (Claraval) y doctor de la Iglesia, nació el año 1090 en el seno de una familia noble de Borgoña. Inflamado por el Espíritu y enardecedor de almas desde su juventud, entró a los 20 años en el monasterio de Cíteaux, conquistando para el ideal monástico a muchos jóvenes nobles.

Tras ser nombrando en 1115 abad de Claraval, convirtió muy pronto su monasterio en un cenáculo de vida espiritual y en un auditorio del Espíritu Santo. Fue llamado por príncipes, obispos y papas, refutó herejías, defendió los derechos de la Iglesia y al papa legítimo. Como doctor de la unión mística con el Verbo y cantor sublime de la Virgen María, es autor de numerosos tratados, cartas y sermones. Murió en 1 153, llorado en Claraval por más de 700 monjes y siendo padre de más de 160 monasterios.

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El fin del hombre es el reconocimiento de la verdad, que es Dios, lo que implica el conocimiento de la relación del hombre con Dios, que es una relación de indigencia. Como el obstáculo es el orgullo, el remedio es la humildad; la condición es la gracia, el encuentro con Dios en Cristo. El resultado es la estima del hombre por su dignidad recuperada de imagen de Dios: mientras que la ignorancia de sí y el orgullo disminuyen el valor del hombre, la humildad, reconocimiento de la necesidad de Dios, pero también de la capacidad de Dios que hay en el hombre, revela a éste lo que él mismo es. De este modo, «sale» de él mismo y se eleva, crece, «se extiende» a nuevas dimensiones, las del amor a Dios y al prójimo. El ser humilde se vuelve manso, misericordioso. Así, la fe vivida y, por así decirlo, transformada en humildad, en caridad, hace, según los modos de hablar de nuestro tiempo, salir al «mí mismo» del «yo»: despierta al yo a la libertad del «mí mismo», le hace convertirse en persona en presencia de Dios, en comunión de solidaridad con todos.

En Bernardo está siempre presente este mensaje de gloria, condicionado por su mensaje de humildad, este realismo extremo en la consideración de la miseria del hombre, y esta confianza indefectible en la gloria que está ya en él y no espera más que manifestar sus efectos. La función de la expresión literaria será hacer ver un poco de esta luz oculta que percibe la mirada de la fe. En Bernardo, como también en otros grandes espirituales que fueron escritores, la intensidad de la experiencia explica el carácter ferviente, apasionado de la expresión y, por consiguiente, la parte de exageración que ésta pueda tener: tanto si evoca las profundidades de nuestra bajeza o la sublimidad de las visitas del Verbo, parece ir a veces demasiado lejos, rebasar los límites de lo razonable y, en todo caso, de lo normal y de lo habitual. A decir verdad, se limita simplemente a revelar, a propósito de él mismo, lo que puede ser el caso de todos.

Sus escritos manifiestan un pensamiento a la vez contemplativo y tan comprometido como es posible. Cada uno de ellos empezó siendo un acto bien preciso, pero en cada uno de ellos alcanza Bernardo lo universal. Cuanto más lúcido es un ser sobre sí mismo, más ilumina a los otros sobre ellos mismos.

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J. Leclercq,
Bernardo de Claraval,
Edicep, Valencia 1991, pp. 212-213.

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Andrés Rojas: «Es impensable que un cristiano asuma la violencia o la guerra como una salida mediática para los conflictos de hoy»

miércoles, 19 de agosto de 2020
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Cristianismo-violencia_2258484171_14832604_660x371La muerte del justo redime al pecador

«Aún hoy quedan esos vestigios de una religión guerrera, de una religión intransigente, incapaz de dialogar con el que piensa distinto. Debo confesar que hace poco viendo una representación de Miguel Arcángel, descubrí que no había imagen más anticristiana que la de un ángel levantando una espada pisando al ‘diablo'»

«El Dios que lucha, lo hace del lado de los pequeños, de los pobres, de los oprimidos. Dicha visión del Dios protector, del pastor, incluso del עִמָּנוּאֵל (Emanuel) se acompaña de la tríada completada por profetas como Isaías: huérfanos, viudas y extranjeros»

«Dicha visión de un Dios de la guerra queda absolutamente abolida o más bien zanjada en la presentación mesiánica de Jesús y su proyecto de Reino»

La crisis del cristianismo actual se debe a una visión mesiánica veterotestamentaria, la misma que fue criticada por Jesús al ser propuesta por Simón Pedro.

La Edad Media, cargada de tantos fenómenos religiosos, llegó a repensar el cristianismo como un gran ejército que era capaz por la espada, de silenciar a los infieles y de instaurar el Reino de la Iglesia (no el Reino de Dios) con el Sumo Pontífice a la cabeza (no la de Cristo).

La idea de defender la religión y los lugares santos con la orden del Temple o las “Cruzadas” (instigado por algunos reyes católicos) es sin duda una de las tergiversaciones más graves del cristianismo, y aún hoy quedan esos vestigios de una religión guerrera, de una religión intransigente, incapaz de dialogar con el que piensa distinto. Debo confesar que hace poco viendo una representación de Miguel Arcángel, descubrí que no había imagen más anticristiana que la de un ángel levantando una espada pisando al “diablo”.

Esta imagen del arcángel es tomada por el libro del Apocalipsis para asociarlo a la imagen de los mártires que con su sangre son capaces de proclamar la victoria del Cordero (Ap. 12, 7-9), dicho relato presenta la expulsión del “cielo” del “acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12, 10), una clara evocación al personaje que ocasiona los males al justo Job, cuyo mito tiene como intención hablar de la ley de la compensación y responder a la pregunta ¿por qué le pasan cosas malas a los justos? (Job. 1, 6)

No es precisamente un combate entre iguales; dicho libro, el Apocalipsis, puede manifestar muy bien la intención final de esta reflexión, los oprimidos alcanzan la victoria, no levantándose en armas contra sus victimarios, sino asumiendo la misma condición del Cordero degollado, lavando sus vestiduras en la sangre del martirio (Ap. 7, 14).

Algunas imágenes de Dios, en el antiguo testamento, lo presentan como el Tsebaoth צבאות (Dios de los ejércitos) al estilo del dios griego Ares, con su equivalente romano: Marte, dios de la guerra. Junto al pueblo de Israel, conquistando la tierra prometida, está la mano poderosa de Dios contra sus adversarios; pero muchos de estos relatos son post Babilónicos, es decir, tuvieron la intención de recuperar el sentido de nación de Israel luego de la deportación y casi desaparición de ellos como pueblo. Se puede hacer una lectura con las mismas herramientas hermenéuticas del libro del Apocalipsis, sobre todo en los libros del Éxodo, Josué, Jueces, entre otros.

El Dios que lucha, lo hace del lado de los pequeños, de los pobres, de los oprimidos. Dicha visión del Dios protector, del pastor, incluso del עִמָּנוּאֵל (Emanuel) se acompaña de la tríada completada por profetas como Isaías: huérfanos, viudas y extranjeros. Pero la lectura superficial de los textos veterotestamentarios pueden llevar a la confusión de creer que YHWH es un “dios de guerra”. Dicha visión queda absolutamente abolida o más bien zanjada en la presentación mesiánica de Jesús y su proyecto de Reino, distinto a la visión de los judíos de la época. Si Dios era Rey, no lo era como los de este mundo (Mt. 10, 43-45), y si la espada se utilizaba para conquistar, debía ser envainada porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. (Mt. 26, 52)

La imagen del siervo sufriente, adoptada por Jesús, es el único camino para la consecución de los valores auténticos del Reino. El malvado, de frente al rostro sin apariencia humana (Isaías 53, 2) no tiene de otra más que verse identificado en el reflejo de inhumanidad y sentirse tocado por aquellos que sufren, aunque no se de en el mismo momento, o incluso a largo plazo. La redención del malvado se da en esa espiral de relaciones inhumanas, el criminal al verse confrontado con la paciencia y amor ágape (ἀγάπη) de la víctima, redescubre su propia humanidad perdida, y para completar la escena de misericordia, sucede algo impensable, la víctima muere perdonando, sus últimas palabras no son de venganza, ni de odio, sino de una profunda espiritualidad que viene concebida por la confianza en el Dios que resucita.

Por eso el autor de la doble obra neotestamentaria (Lucas y Hechos) presenta a Jesús perdonando (Lc. 23, 34) y al primer mártir imitando a su maestro (Hc. 7, 60). El libro de Hechos, que es un evangelio proyectado en la vida de los seguidores de Jesús, presenta cómo la persecución e incluso la muerte, se convierten en semillas de nuevos cristianos, como aseguraba Tertuliano (año 197), que de seguro se inspira en las palabras del Señor, cuando evoca la realidad de la semilla que cae en tierra y muere (Jn. 12, 24)

Yo he sido un convencido de que el relato de la conversión de Pablo camino a Damasco es una respuesta “reflejo” del apóstol frente a los que él perseguía. Jesús se le presenta como el perseguido y él reconoce el rostro del Señor en todos aquellos que había enviado a la cárcel y hecho azotar.

Por eso es impensable que un cristiano asuma la violencia o la guerra, como una salida mediática para el conflicto del mundo de hoy, no se pueden ni siquiera consentir en el pensamiento ideas que promuevan conflictos armados o “venganzas a propia mano”. Hace poco se viralizó una noticia acontecida en México de dos ladrones que se subieron a una combi (bus de transporte público) y uno de ellos fue presa de sus víctimas, quienes le proporcionaron una golpiza que lo llevó finalmente a la muerte. Mucha gente celebró enfáticamente el trágico acontecimiento, pero sin duda puede que los redimidos no hayan sido los que se libraron del atraco sino el atracador, porque esa es la lógica ilógica de Dios, a quien no le podemos reprochar el modo de gobernar el mundo (Mt. 20, 1-16).

Y en Colombia, una gran parte de la población siente un odio visceral por los grupos armados al margen de la ley, muchos de ellos ni siquiera estuvieron en el fuego cruzado en los momentos más duros de la guerra, pero aún así existe en el imaginario colectivo una visión de “la muerte redentora”, es decir, la idea de que matando a los malos se logrará la paz. En el fondo la guerra nunca se irá porque quedarán los victimarios de los victimarios, es como un círculo de violencia de nunca acabar. Una tarea grande que se tiene en este país, que se profesa de mayoría cristiana, es ayudarles a redescubrir la humanidad de todos, incluso de los que se consideran malos, ya que muchos de ellos fueron reclutados siendo niños y no conocieron otra realidad más que la guerra.

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‘Bojayá entre fuegos cruzados’, documental dirigido por Oisín Kearney

En la película de Harry Potter y la orden del Fénix, sin pretender hacer apología de la “brujería” o cosa parecida, en un diálogo entre Harry y su padrino Sirius, él le recuerda que “las personas no se dividen en buenos y malos; todos tenemos luz y oscuridad en nuestro corazón. Lo importante es qué parte decidimos potenciar” o en la traducción latina “lo que importa son los caminos que tomamos”. Dicha escena puede concluir cuando al final de la película Sirius es asesinado y en el recuerdo de la imagen de su padrino, Harry opta por perdonar a la asesina.

El mensaje de Jesús es contundente, perdonar a los que nos ofenden, orar por quienes nos persiguen e imitar al Padre, que hace brillar el sol sobre justos e injustos (Mt. 5, 45). El cristianismo no puede seguir dividido entre los que son buenos y merecen premios temporales y los que son malos y deben ser rechazados por la comunidad, esa división, según los relatos Bíblicos, no se da sino hasta el juicio del Hijo del Hombre sobre el mundo (Mt. 14, 24; 25, 32). Él es el único con la autoridad de juzgar (Mt. 7, 2). Además, puede correrse el riesgo de que todos los que se consideraron a sí mismos como trigo, resulten siendo cizaña, o que sean como el hijo mayor de la parábola, creyendo que por vivir en la casa del Padre estaba con su corazón embotado totalmente a su voluntad (Lc. 15, 11-32).

Estos postulados no implican un silencio frente a las injusticias o a la denuncia profética de las estructuras de muerte, al contrario, asumir la actitud del siervo sufriente es una denuncia mucho más locuaz que las mismas palabras. Se contagia con un testimonio capaz de desenmascarar a los verdaderos “diablos” y llevar a los perversos a caminos de humanización.

Y esta tarea de humanización es bidireccional, en desarmar a los que se creen buenos y en convertir por la fuerza de la bondad interior a los que usan la violencia como instrumento de poder. Esta misión urge en un mundo donde crece el individualismo ateo y donde cada vez más crece una brecha entre unos que se creen buenos y otros que son considerados como malos. En el fondo dicha brecha va a acompañada, no exclusivamente, en la división de estratos sociales.

Comprender ese misterio del Reino de Dios no es algo fácil, el Señor nos pone a prueba no en los momentos felices de nuestra vida, sino en los momentos límites, el que pierde su vida la ganará (Mt. 10, 37 ss). Pero la religiosidad actual se encuentra en crisis, la negación de los compromisos auténticos del cristianismo ha llevado a un tipo de religiosidad peligrosa: con valores torcidos, con visiones híbridas de un espiritualismo medieval, un capitalismo salvaje y un consumismo individualista y deshumanizado. Al punto llegaremos a ser hombres y mujeres profundamente creyentes en un más allá vacío y en un más acá sin sentido. Tendríamos que tener el valor de la mujer que vio a todos sus hijos morir y solo confiaba en la promesa de recuperarlos en la eternidad: “Él, en su misericordia, les devolverá la vida y el aliento” (2 Mac. 7, 23).

A modo de conclusión, como afirmaba Hans Kung en su obra Ser Cristiano, “cristianismo y humanismo no son polos opuestos; los cristianos pueden ser humanistas, y los humanistas, cristianos… El cristianismo sólo puede entenderse rectamente como humanismo radical” (Cfr. Pág. 29. Ed. 1977) Dicho humanismo no pone al ser humano como el centro del universo, dominando y controlando al resto de la creación, más bien pone al hombre al servicio del hombre, y ese servicio implica una integración con todo lo que lo rodea, cambiando el modo de estar el mundo y abriendo su corazón al Evangelio, capaz de hablar en medio de las tormentas del mundo de hoy y dar respuestas radicales frente a una sociedad relativa.

Solo hay dos caminos, el primero lleva a la Resurrección. Pero dicho camino implica el sufrimiento y la cruz asumidos con valentía profética, y el segundo camino termina en el calvario, con las armas empuñadas y mirando una cruz vacía, con unos edictos de guerra sin sentido y un fratricidio que terminará con las vidas de todos los involucrados en el conflicto. La muerte de los que siguen el camino de Jesús, hará brotar la esperanza en un mundo dividido, redimiendo y perdonando a los que persiguen.

Fuente Religión Digital

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«Aliviar el sufrimiento». 20 Tiempo ordinario – A (Mateo 15,21-28)

domingo, 16 de agosto de 2020
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1touchoffaithJesús vive muy atento a la vida. Es ahí donde descubre la voluntad de Dios. Mira con hondura la creación y capta el misterio del Padre, que lo invita a cuidar con ternura a los más pequeños. Abre su corazón al sufrimiento de la gente y escucha la voz de Dios, que lo llama a aliviar su dolor.

Los evangelios nos han conservado el recuerdo de un encuentro que tuvo Jesús con una mujer pagana en la región de Tiro y Sidón. El relato es sorprendente y nos descubre cómo aprendía Jesús el camino concreto para ser fiel a Dios.

Una mujer sola y desesperada sale a su encuentro. Solo sabe hacer una cosa: gritar y pedir compasión. Su hija no solo está enferma y desquiciada, sino que vive poseída por un «demonio muy malo». Su hogar es un infierno. De su corazón desgarrado brota una súplica: «Señor, socórreme».

Jesús le responde con una frialdad inesperada. Él tiene una vocación muy concreta y definida: se debe a las «ovejas descarriadas de Israel». No es su misión adentrarse en el mundo pagano: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos».

La frase es dura, pero la mujer no se ofende. Está segura de que lo que pide es bueno y, retomando la imagen de Jesús, le dice estas admirables palabras: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

De pronto Jesús comprende todo desde una luz nueva. Esta mujer tiene razón: lo que desea coincide con la voluntad de Dios, que no quiere ver sufrir a nadie. Conmovido y admirado le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas».

Jesús, que parecía tan seguro de su propia misión, se deja enseñar y corregir por esta mujer pagana. El sufrimiento no conoce fronteras. Es verdad que su misión está en Israel, pero la compasión de Dios ha de llegar a cualquier persona que está sufriendo.

Cuando nos encontramos con una persona que sufre, la voluntad de Dios resplandece allí con toda claridad. Dios quiere que aliviemos su sufrimiento. Es lo primero. Todo lo demás viene después. Ese fue el camino que siguió Jesús para ser fiel al Padre.

José Antonio Pagola

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“Mujer, qué grande es tu fe”. Domingo 16 de agosto de 2020. 20º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 16 de agosto de 2020
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43-OrdinarioA20Leído en Koinonia:

Isaías 56, 1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Salmo responsorial: 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Romanos 11, 13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.
Mateo 15, 21-28: Mujer, qué grande es tu fe

A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad.

Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «Mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo, ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», es ecir, por la Utopía del Dios de la Vida, por el Ben Vivir que desea Dios para sus hijos e hijas, un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos… Leer más…

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Pero ella dijo (Mt 15, 27). La mujer que convirtió a Jesús (y que convertirá su Iglesia)

domingo, 16 de agosto de 2020
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B4801101-817B-43B8-89B5-1E0FF7D27586Del blog de Xabier Pikaza:

La iglesia necesita una cananea como aquella, con su hija enferma. Estas dos mujeres cambiaron el dogma de Jesús, que era bueno, pero estaba equivocado (Mt 15, 21-28), una pidiendo por la otra, y las dos abriendo sus ojos para hacerle mesías verdadero, pasando del Antiguo Testamento de pequeña Ley de pueblo al mesianismo (cristianismo) universal de vida.

Estas dos mujeres son el signo de la transformación de la humanidad, una pidiendo por la otra, y las dos enseñando a Jesús, que sabía ya muchas cosas, pero no las principales. Conocía bien el Antiguo Testamento, sus promesas y dogmas, pero estas dos mujeres conocían mejor al Dios de la vida y la salud, una sufriendo, otra pidiendo por la otra, ambas paganas, las dos cananeas. Jesús había aprendido bien la doctrina de Juan el Bautista, pero le enseñaron mejor estas mujeres.

Ellas le cambiaron, por ellas fue quien fue, hizo lo que hizo. También hoy, año 2020, la Iglesia necesita unas mujeres como estas, capaces de cambiar sus «dogmas» cerrados de pueblo pequeño, para ser lo que ha de ser: Un camino universal de vida, empezando por las mujeres proscritas y sufrientes, que saben y enseñan con vida, como estas cananeas

Ésta es la historia de una mujer que pide por la otra, se lo pide a Jesús con su argumento de vida, refutando y superando así los dos “dogmas” principales de la tradición israelita (actualmente de la Iglesia),

        Es el tema y argumento de Mt 15, 21-28, el evangelio de este domingo 16.8.20.  Jesús cambió por la experiencia y palabra de dos mujeres. La iglesia oficial apenas cambia desde hace siglos, a pesar de leer año tras año este evangelio y contestar después “palabra de Dios”. El argumento es muy sencillo. Primero lo presento, luego leo el texto y lo comento:

  1. El dogma de esta mujer con su hija (su amiga) es la vida. Todas las restantes religiones y verdades, con los imperios comerciales (Tiro, Sidón) y naciones o estados han de estar al servicio de la vida de las personas, y en especial de las sufrientes que  son la encarnación (carne) de Dios, como dijo más tarde un cristiano llamado Ireneo.
  2. Jesús viene con dos dogmas. Uno es: “He sido enviado a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Según eso, Jesús mesíasl tiene un pueblo al que debe cuidar: Su buena nación, su iglesia, su patria, su raza, su economía… Los demás que se arreglen si pueden (como puedan) o que mueran. Esta mujer cananea refuta y supera con su vida y dolor este dogma, y Jesús lo admite, sabe perder y pierde ante ella.
  3. El segundo dogma es semejante al primero No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros. Es un dogma establecido en Israel por siglos. Así le han enseñado a Jesús, así debe cumplirlo, porque está mandado. Éste es el dogma de casi todos los pueblos del mundo, el pueblo de una Iglesia que ha dicho «extra ecclesia nulla es salus», fuera de ella no hay pan.
  4. La mujer en cambio tiene un dogma, que es mejor que el de Jesús, mejor que el de la Iglesia. Es el  dogma de la niña cananea, una niña  cualquiera. El dogma práctico de Jesús y de su Iglesia es que esa niña no muera de hambre, de falta de atención, de abandono. Que esa niña «cananea» (universal) pueda vivir, éste es el dogma de Dios, como estas mujeres paganas enseñaron a Jesús. «Gloria Dei vivens puer»,  la gloria de Dios es que la niña vida, como dirá más tarde Ireneo. Ante ese dato (dogma divino por ser humano) cesan todos los dogmas de Israel, las lecciones que había aprendido Jesucristo.
  5. Jesús traía bien sabidoslos dogmas de la Biblia de Israel, de la enseñanza del Bautista, y quiere recorrer con ello su camino de Mesías: Sólo hay salvación para los buenos, los nuestros, los hijos de la casa. Pero viene una mujer cananea y le enseña con el argumento de su vida (¡pero ella dijo!) que la casa de Dios es la casa de todos…y Jesús aprende y se convierte al evangelio de la vida universal, del pan de los llamados «perros», pues todos son hijos de Dios
  6. Una mujer con la niña enferma cambia la vida de Jesús… y él es capaz de cambiar, de rehacer (superar) sus dogmas anteriores… Precisamente eso, el hecho de cambiar ante la llamada concreta de la vida, indica que es “mesías”, presencia salvadora de Dios.
  7. Éste es un evangelio social… para judíos y cananeos, para hispanos y americanos, para todos los hombres y mujeres de la tierra… El primer y único dogma es la vida para esta niña, para todos los niños del mundo. Es el dogma de esta mujer, al servicio de la vida.
  8. Es un dogma que la Iglesia “católica” tiene dificultad en aprender,  porque ella sigue poniendo  sus  verdades de hombres por encima de la vida, y en especial de la vida de las mujeres… Un mal copista de Pablo dijo «que las mujeres callen en la Iglesia» (1 Cor 14, 34), pero esta mujer no hizo caso y levantó su voz ante Jesús y Jesús le escuchó y respondió «grande es tu ve, dirige tú mi iglesia».
  9. Da la impresión de que un tipo de Iglesia  lleva siglos sin “escuchar” de verdad a las mujeres como éstas, para mantener así sus dogmas «machos» (perdónese la expresión, dogmas de hombres) por encima de todo, pase lo que pase. Pero esta mujer cananea de Mt 15 fue la maestra de Jesús, la que le hizo cambiar su visión del mesianismo, de la vida. Hoy necesitamos mujeres como aquellas, que cambien la forma de vida de la Iglesia, cerrada en un tipo de dogma sacral de varones
  10. Este evangelio de Mt 15 es una lectura necesaria para tiempos de “pandemia”:  El “dogma” primero, aceptado por Jesús (por encima de todos los dogmas y principios de Israel y de la Iglesia posterior) es que la niña viva. Éste es el dogma que se pone de rodillas para pedirle a Jesús que aprenda, que cambie.
  11. Y Jesús cambió…por la fe de esta mujeres, de mujeres como esas que desde la base de la vida enseñan a Jesús a ser Mesías, y a la Iglesia a ser comunidad de vida, para todos.

Texto y comentario.

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.

‒ Y he aquí que una mujer cananea, saliendo de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está duramente oprimida por un demonio. 23 ‒ Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: Despídela, pues nos sigue gritando.

‒ Él contestó: No he sido enviado, sino las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Pero ella, llegando, se postró ante él, diciendo: Señor: ¡Socórreme!

‒ Él le contestó: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.

‒ Pero ella dijo: Tienes razón, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

‒ Y entonces Jesús respondiendo le dijo: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas, En aquel momento quedó curada su hija (Mt 15, 21‒28) [1]

De un modo lógico, asumiendo las tradiciones de su pueblo, como Hijo del David nacional, en la línea del primer envío misionero de sus discípulos (10, 6), Jesús responde a la mujer diciendo que Dios le ha enviado solamente a las ovejas perdidas (15, 24) de la casa de Israel, y que no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos. Supone así que los israelitas son hijos queridos de Dios; los gentiles, en cambio, son perros, en la línea de 7, 6: “No echéis lo santo a los perros… (en el sentido de perros asilvestrados)”.

Pues bien, esta mujer cananea acepta ese lenguaje, y pide a Jesús sólo las sobras, pues también a los perritos (kynariois) kahora en el sentido de perros pequeños, caseros) se les dejan las migajas que caen de la mesa de los hijos. Ante esa palabra, de un modo sorprendente, Jesús se deja convencer, descubriendo y aceptando la gran fe   de esta mujer.

– Esta mujer saluda a Jesús llamándole: Señor, Hijo de David (15, 21-22).El título que le concede (Hijo de David) le arraiga en la historia mesiánica de Israel, desde una perspectiva pagana. Es como si los paganos empezaran reconociendo el mesianismo judío, pero con un matiz muy novedoso, presentando a ese Mesías, Hijo de David, como sanador universal. Dos ciegos judíos le habían pedido que tuviera compasión de ellos (Mt 9, 27), llamándole también “Hijo de David” pero ellos eran en principio judíos. Ahora, en cambio, es una mujer cananea la que le pide que se apiade de ella (15, 22 porque su hija (es decir, la humanidad pagana) se encuentra enferma, suponiendo así que ante la enfermedad no hay diferencia entre judíos y gentiles. De esa forma, una mujer pagana (cananea, de los enemigos de Israel) interpreta el mesianismo de Jesús en línea de misericordia sanadora.

(Las palabras de la cananea «pero ella dicho» son el título de un libro famoso de una teóloga llamada Schüssler Fiorenza)

‒ La hija de la cananea y el pan de los “hijos”(15, 22.26). El texto empieza oponiendo dos tipos de “hijos”: por un lado la hija de la cananea (15, 22); por otro los hijos (15, 26) de los israelitas, como hijos especiales del mismo Dios. Esta madre no es una “griega” en general, aunque de nación siro-fenicia (cf. Mc 7, 26), sino cananea, de la raza de aquellos enemigos que los libros antiguos habían mandado exterminar (Mt 15, 22; cf. Ex 23, 23-33; 34, 11-16; Dt 7, 1-6; 20, 17; Js 24, 11). Pues bien, como veremos, tras un diálogo de maduración, en vez de dejar que mueran (de matar) a las hijas de las cananeas, para que los buenos israelitas no se casen y perviertan con ellas (como seguía mandando la legislación de Esdras-Nehemías), Jesús cura a esa hija cananea, con lo que eso implica en la historia de Israel, invirtiendo la historia anterior de rechazo de los cananeos (y especialmente de las cananeas)[2].

‒ No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos(15, 26). Este pasaje distingue entre perros (los de fuera) e hijos (los de dentro, los buenos judíos y/o cristianos). La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo se refiere casi siempre a los perros de un modo negativo, de manera que llamarle a un hombre «perro» era un insulto (cf. 1 Sam 17, 43; Is 56, 10-11). Leer más…

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La mujer que calló a Jesús. Domingo 20. Ciclo A.

domingo, 16 de agosto de 2020
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548290_4706116344630_2034407079_nDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

 Dos reacciones muy distintas ante un texto problemático

             El evangelio de Marcos cuenta el encuentro de una mujer pagana con Jesús, en el que este responde a su petición de forma fría, casi insultante. Lucas, tan interesado por los paganos, omitió este pasaje en su evangelio. Mateo, igualmente defensor de los paganos, adoptó una postura muy distinta: en vez de omitir el episodio, lo amplió, haciéndolo mucho más dramático.

 El Mesías antipático y la pagana insistente

             Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida.

            Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma, acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

            Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y rojo en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

― Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó:

― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

― Señor, socórreme.

Él le contestó:

― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso:

― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:

― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

 Los cambios que introduce Mateo

  • El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.
  • La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.
  • La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
  • La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.
  • Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.
  • Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Poco más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda a otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

            En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

            Sin embargo, ni a María ni a la cananea les convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

            Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

            En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel»

            Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

            Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.

 Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

Así dice el Señor:

«Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.»

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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 16 Agosto, 2020

domingo, 16 de agosto de 2020
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“Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: -Señor, socórreme.”

Mt 15,21-28

Esta mujer despierta una profunda admiración. En principio es una más de esa larga lista de marginadas y desesperadas. A Jesús se le acercaban multitudes implorando salud. Los evangelios nos cuentan con detalle algunas curaciones pero fueron muchas más porque en diferentes lugares leemos: “le llevaron a muchos enfermos y los curó a todos”.

Lo dicho, en principio, esta mujer que grita tras Jesús y sus discípulos es una de tantas. Lo sorprendente, en primer lugar, es que Jesús no le hace caso. Sin embargo, ante su indiferencia, ella sigue gritando y por lo visto también corre, se planta delante de Jesús y de rodillas le suplica. Y de nuevo Jesús nos sorprende diciéndole que su condición de extranjera la priva de ser atendida.

Una mujer extranjera, desesperada, arrodillada ante un hombre que puede salvar a su hija, pero que no quiere atenderla e incluso acaba de insultarla, permanece con la dignidad intacta y desde ahí le reclama su parte.

Si no quieres darme, pan dame migajas, que con eso me basta. Y Jesús se desarma: -Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla lo que deseas. Y el deseo de aquella mujer no era solamente que su hija se sanara sino que toda persona pudiera disfrutar de la salud que trae Jesús.

Con esa niña que queda liberada de su enfermedad la Buena Noticia de Jesús se abre de manera Universal. Jesús comprende y aprende que nadie puede quedarse fuera. El amor de Dios no conoce fronteras. Ante los ojos del Abba no hay extrajeras, solo hijas e hijos.

Gracias a esta mujer que sabe ponerse de rodillas manteniendo toda su dignidad, la humanidad crece, y seguirá creciendo pues de estas mujeres no ha habido una sola.

Oración

Danos, Trinidad Santa, la humildad que dignifica, esa que nos hace reconocernos pequeñas pero de un valor inmenso ante tus ojos. ¡Amén!

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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