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Jn 14, 15-21
DOMINGO VI DE PASCUA. 14/5/2023
Jn 14, 23-29
La comunidad de Juan siente que Jesús, al irse, no les ha dejado solos. Él sigue con ellos en otra dimensión. Y con Él, sienten la presencia del Espíritu de Dios en ellos. Para transmitirnos esa experiencia, elaboran este relato que trasluce su vivencia. Ponen en boca de Jesús lo que ellos están viven: “Yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros”. “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros”. El Evangelio de Juan une la marcha de Jesús a la casa del Padre (Resurrección) y Pentecostés (yo pediré al Padre que os envíe un nuevo Defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad).
El texto evangélico de hoy pertenece al discurso de despedida del Evangelio de Juan. En el momento que este Evangelio se escribe las primitivas comunidades cristianas están sufriendo las persecuciones y el martirio. Por eso necesitan un Defensor que hable por ellos, que salga en su defensa ante los tribunales. Este Espíritu de la verdad es nuestro defensor, fortaleza, consuelo y fuerza. Es la “impronta” de Dios en el ser humano. Su Presencia. Estará siempre con ellos y con nosotros para aconsejarnos, guiarnos y fortalecernos en la realización de la misión encomendada: implantar el Reinado de Dios en la tierra.
El Espíritu es el gran “don” de Dios al ser humano. El proceso evolutivo de la creatura humana avanza hacia la plenitud humana, plenitud espiritual. Hacia la plenitud humano-divina. Había sido anunciado por los profetas (Isaías, Ezequiel y Joel) que cuando se realizase definitivamente el proyecto salvador de Dios, el Espíritu sería derramado sobre «toda carne», es decir, sobre todos los humanos. Por tanto, el don, que es el Espíritu que Jesús Resucitado-Glorificado ruega al Padre que envíe a la comunidad, certifica y testimonia que Dios es fiel a su Palabra, a su Proyecto. Jesús de Nazaret es el modelo. El prototipo de la plenitud humano-divina.
Mi reflexión hoy ante el texto leído sobre la presencia del Espíritu en cada uno de los creyentes y en la comunidad es: No estamos solos. El Espíritu de Dios está siempre con nosotros. Estamos habitados por Él. ¿De verdad lo creemos? A mí me ayuda, para fortalecer mi fe, pensar: Que el Espíritu de Dios está en nosotros lo sabemos porque somos capaces de cumplir el mandamiento del amor a Dios en los hermanos. Somos capaces de vivir la fraternidad. El ser humano no es un lobo para otro ser humano, sino un hermano. Todos hijos de Dios y hechos a su imagen y semejanza. Todos iguales en la dignidad de ser hijos de Dios. Iguales pero diferentes. Unidad y diversidad juntas. Y esto no lo da la “carne”. Si cumplimos es que amamos, si amamos cumplimos. Somos semejantes a Dios si amamos como Él nos ama y porque Él nos amó primero. Nuestra bondad, buenas obras, ser capaces de hacer el bien, es el testigo, la transparencia de que Dios está con nosotros, que obra a través de nosotros. Que somos con Él y como Él. Que estamos ungidos como Jesús (Fr, Marcos). Dios está en nosotros y su Espíritu nos guía y fortalece. El abogado defensor al lado del acusado. No estás solo ante el peligro y dificultad.
Quiero acabar deseando que todos podamos decir como Jesús: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Que así sea.
La comprensión de lo que somos aleja definitivamente la soledad, porque lo que somos es uno con todo lo que es. Es cierto que pueden seguir existiendo sentimientos-recuerdos de la soledad vivida, con su mayor o menor carga psicológica. Podrán seguir igualmente activos nuestros condicionamientos psicológicos. Sin embargo, la comprensión nos permitirá resituarnos y conectar con la unidad de fondo.
No se trata de un ser divino que nos acompañaría en todo momento, y en quien podríamos depositar nuestra necesidad de seguridad y de confianza, tal como tiende a pensarse desde un nivel mítico de consciencia.
Los textos evangélicos siguen expresándose en esa dualidad, que percibe el Fondo de lo real como un Dios separado o un Espíritu que nos guía desde fuera. Porque es así como tiende a leerlo la mente y es así como se ha transmitido.
Sin embargo, Dios o el Espíritu no es algo (alguien) separado. Esos términos aluden a nuestra mismidad más profunda, a nuestra identidad más íntima.
No hay soledad posible, porque todo es uno: “Entonces sabréis que yo estoy con el Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros”.
La práctica meditativa o el cultivo del silencio mental es un camino privilegiado para, más allá del pensamiento, conectar esa realidad profunda, saborearla y vivirnos desde ella.
¿Frecuento la profundidad en la que me reconozco uno con todo lo que es?
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Pascua del enfermo.
Puede parecer una cierta ironía hablar de la Pascua del enfermo… Pero -al fin y al cabo- la situación de enfermedad es un tránsito, un paso difícil en la vida.
No estará de más recordarnos que la palabra “enfermo” viene del latín y significa: “el que no está firme”. Los seres humanos somos frágiles y, en ocasiones o en momentos más o menos largos de nuestra vida, “no estamos firmes”.
Nos creemos fuertes, potentes y más con la medicina, la ciencia, y todavía más con el super-ordenador IBM Quantum System One que Gobierno Vasco va a poner en Ibaeta el año que viene seremos los reyes de la tecnología, etc…
Sin embargo la enfermedad, la edad lentamente van haciendo su trabajo y vamos notando la decrepitud de la vida…
El enfermo es un paciente. Los términos paciencia y paciente vienen del griego: pathos: padecer. Enfermo es quien sufre, padece. Los padecimientos serán diversos según la enfermedad: dolor físico, sufrimientos psíquicos, morales, padecimiento por la decrepitud de la vida que se va o que no está en plenitud de energías y facultades.
Y la enfermedad nos sume en un mar de dudas, inestabilidad, quizás de angustia: ¿Qué será de mí? ¿Esta enfermedad será el comienzo del fin? ¿Qué será de mi familia, los hijos, etc?
Por otra parte, la enfermedad nos puede condicionar toda nuestra vida: nuestras relaciones, nuestro trabajo, etc…
(No olvidemos que detrás de toda enfermedad vive agazapada la muerte).
¿Hemos estado alguna vez o en alguna etapa de la vida seriamente enfermos?
¿Habrá habido algún ser humano que no haya sido “tocado” en su vida por la enfermedad?
02.- Salud y enfermedad.
El ser humano con salud (“sano”) vive en armonía y en la actividad que le es propia según sus capacidades, su edad, etc.
Vivir es tener un cuidado continuo ante la enfermedad, (finalmente la muerte).
La enfermedad somete al ser humano a una gran crisis (crisol) en la vida, que puede incluso cambiar la perspectiva y orientación de la existencia.
03.- La enfermedad nos sitúa en lo más íntimo de nosotros mismos.
En la enfermedad el ser humano está “muy cerca o muy dentro de sí mismo”.
Seguramente que al enfermo no le faltará la compañía de la familia, de los amigos, de todo el “universo” médico, quizás de alguna persona cercana en la amistad o en la fe.
Pero el enfermo vive él sólo, vive su enfermedad “por dentro” en su intimidad. Es uno quien vive su propia interioridad enferma.
Por otra parte cuando enfermamos no es que esté dañado solamente tal órgano o parte del cuerpo. La enfermedad “acontece” no solamente en un órgano de mi cuerpo, sino en lo más íntimo de mi ser. “Yo” me siento –estoy- enfermo. Todo mi yo está enfermo, no “está firme”.
Una enfermedad seria sobreviene como un “tsunami” y nos sume en un mar de dudas, preocupaciones, preguntas, amenazas de todo tipo: desde la rebeldía de Job, pasando por los dilemas que se me presentan, hasta la inseguridad del futuro. Y todo ello, quizás, agravado por el dolor, el sufrimiento.
04.- El enfermo es un paciente, que no es lo mismo que ser cliente de médicos y hospitales.
Seguramente que toda enfermedad tiene un tratamiento médico, al menos hasta un cierto límite.
Pero en la enfermedad necesitamos valor, afecto, horizonte, esperanza.
Algo de esto decía también el neurólogo donostiarra, J Félix Martí Massó en los cursos de verano de la UPV: la curación y la salida de las enfermedades “del alma” se asienta en tres piedras angulares: la medicina (química-farmacia), la logoterapia (grupo, familia, amigos, etc.) y en la dimensión espiritual.
05.- Jesús pasó su vida sanando enfermos.
Jesús pasó toda su vida sanando dolencias. Jesús no le dijo nunca a nadie: Dios te ha enviado esta enfermedad, ten paciencia, soporta, etc. Más bien, Jesús cura ciegos, leprosos, neuróticos – epilépticos (endemoniados), sana a la mujer hemorroísa, paralíticos, etc.
los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva, (Mt 11,5)
06.- Buenos samaritanos.
Podríamos decir que Jesús fue siempre un “buen samaritano”.
Siempre en la vida, pero más en las situaciones de sufrimiento físico o moral seamos buenos samaritanos.
Acerquémonos en silencio y discreción al enfermo con simpatía. Simpatía significa exactamente “padecer con”: compadecer con calma y amor, con respeto, sin verborrea inútil. Las personas: familiares, amigos, el pueblo, la Iglesia nos acompañamos en la salud, en el trabajo, en la fiesta, también en el dolor y la enfermedad.
En este día, en esta Pascua del enfermo tomemos conciencia de que somos seres muy limitados y que es muy humano acompañar (en silencio y en la oración) a los que sufren alguna enfermedad.
(Padre Carlos Mugica, a 49 años de su asesinato por la extrema derecha)
***
Cuando la causa es justa,
cuando lo que está en juego es la vida,
sea la propia o la ajena,
cuando los valores que anhelamos
son los de tu evangelio,
cuando se nos arrebata lo que nos diste gratis
desde el inicio de esta historia… ¿Cómo callarnos…? Haznos osados hasta la impertinencia, pero sin cambiar de bando.
Ante tantos desmanes de quienes elegimos
para ser nestros representantes
y para que nos defendieran en tiempos de crisis,
o de quienes llegaron junto a nosotros
como enviados para enseñarnos
a estar a tu lado y vivir como hermanos,
ante el buen vivir de quieres no nos dejan vivir… ¿Cómo callarnos…? Haznos osados hasta la impertinencia, pero sin cambiar de bando.
Hoy que parece estar todo atado y bien atado,
porque las leyes las hacen los de siempre;
hoy, que se impone el silencio y el rendimiento
y nos invitan a ser peones en el tablero;
hoy, que está mal visto alzar el vuelo
y mirar desde otro punto que no sea el de ellos;
hoy, que se nos sugiere que no merecemos lo que tenemos… ¿Cómo callarnos…? Haznos osdos hasta la impertinencia, pero sin cambiar de bando.
Porque queremos ser tus hijos
y no olvidarnos de que somos hermanos,;
porque queremos ejercer nuestros derechos,
los que tú nos diste al inicio;
porque nos susurras que no renunciemos
a tu soplo y Espíritu;
porque no queremos otros señores… ¿Cómo callarnos…? Haznos osados hasta la impertinencia, pero sin cambiar de bando.
El conocido teólogo Karl Rahner afirmó que “el cristiano del futuro será místico o no será cristiano” y ya estamos en el “futuro” -en referencia a sus palabras- y es válido pensar si está frase se está cumpliendo y si, precisamente por no ser místicos, más y más gente se aleja de la vivencia de la fe.
Pero vayamos por partes. Lo primero será entender que significa “ser místico”. Algunos creen que es retirarse del mundo y dedicarse exclusivamente a los ámbitos que comúnmente llamamos “sagrados”. Supondría gastar horas y horas en liturgias y oraciones, entre más solemnes y misteriosas, más valiosas, y rodearse de símbolos religiosos, espacios religiosos, cantos religiosos. Todo esto tiene valor en su justa medida, pero ninguna de esas realidades garantiza la experiencia mística. En realidad, la mística se refiere a la experiencia de Dios que tiene una persona de una manera fuerte, profunda, totalizante y que se expresa en su manera de ser y de actuar. Pero aquí es donde viene una necesaria reflexión para discernir cuándo es una experiencia mística y cuando puede ser un ritualismo externo.
La clave nos la da el Dios en quien creemos los cristianos y con el que nos relacionamos: Jesús de Nazaret. Podemos saber cómo es Dios -sin pretender decir que lo abarcamos plenamente ya que Él siempre supera nuestra comprensión humana- porque Jesús nos lo reveló con sus palabras y obras. El Dios que conocemos a través de Jesús es el de la misericordia infinita. Es el que pone al ser humano como valor fundamental frente a lo cual todo lo demás ha de ser para su bien y no para ningún tipo de opresión, exclusión o sujeción. El Dios de Jesús es el que propone la mesa común de los hermanos y hermanas reunidos en su nombre. Es el que apuesta por el diálogo y la paz renunciando a toda guerra y vencimiento por la fuerza. El Dios del reino es el que se asegura que los desfavorecidos y descartados -como dice el papa Francisco- sean los privilegiados para que no se queden por fuera en ningún sentido. El Dios revelado por Jesús es el que cree en la diversidad, en el valor de lo pequeño, en la gratuidad, en la fiesta, en el gozo por cada situación que logra transformarse para el bien. Es el que siembra a manos llenas la semilla por todos los campos y espera pacientemente hasta su cosecha. Es el que paga igual sin importar la hora de llegada y el que dice que el mayor en el reino es el que se hace servidor de todos. Estas características y muchas otras que podrían señalarse, son las que invitan a entender que la mística cristiana no tiene nada que ver con alejarse del mundo sino con meterse en él buscando encarnar esta manera de ser de Dios y la llamada que nos hace. Algunos llaman a esto, “mística de ojos abiertos” porque, en efecto, se experimenta a Dios en la historia presente y se responde a su amor en esta realidad.
Algunos grupos no parecen ser místicos de ojos abiertos, sino que proponen la mística en el sentido al que nos referimos al inicio. Aunque estos grupos cuentan con un significativo número de personas -que nos hacen preguntarnos si no será por ahí el camino-, una mirada atenta nos hace ver que muchas de sus propuestas y prácticas no están en consonancia con la experiencia del Dios de Jesús. Definitivamente, la mística no consiste en encerrarse en el intimismo, moralismo, ritualismo o tradicionalismo, aunque esas formas den seguridad. La mística consiste en atender a los “signos de los tiempos”, lugar donde el Espíritu de Dios continúa hablando, para encontrarle allí donde está revelándose y donde se puede dar esta experiencia de encuentro con Él o experiencia mística como se le ha llamado.
Desde estas aclaraciones, podríamos decir que muchos cristianos de hoy siguen en deuda con una experiencia religiosa que los vuelque hacia el mundo, que no le teman, que no lo satanicen, que no lo consideren perdición, sino que lo vean como lugar de encuentro con Dios para más amarle, más servirle, más garantizar que esta historia pueda ser historia de salvación para todos. Sigue pendiente que los cristianos acompañen las búsquedas sociales, culturales, políticas, etc., de las personas de hoy, especialmente, de los más jóvenes. Que lo hagan con humildad y sin pretensión de tener la verdad absoluta. A fin de cuentas, la experiencia de vivir es un misterio que cada día nos sorprende, invitándonos a acoger y realizar con esperanza y creatividad, la novedad del vivir, del amar.
Personalmente creo que las personas se alejan de la institución eclesial porque la ven muchos pasos atrás de la realidad del mundo -siempre con temores y resistiéndose a los cambios- y se alejan de la experiencia de fe porque no logran explicarla de manera encarnada y significativa para este presente. No será por más rezar o por más celebrar liturgias solemnes como se conseguirá que la gente vuelva a la experiencia de fe. Será por ser místicos de ojos abiertos -como tal vez lo diría hoy Rahner-, como la fe seguirá viva y fecunda en los tiempos de secularización que vivimos. Si nos atreviéramos a poner en práctica la fe histórica de la que somos depositarios, la fe encarnada que Jesús nos mostró, la fe comprometida que su praxis nos señaló, posiblemente hablaríamos menos de pérdida de fe y nos sorprenderíamos de la riqueza y fecundidad de la fe cristiana cuando es capaz de caminar al ritmo de los tiempos.
Dios de la paz, tú buscas depositar en nosotros una alegría del evangelio:
Ella está ahí, muy cerca, reanimada por tu mirada de confianza sobre nuestras vidas.
¡Alabado seas!
Dios de consuelo, por tu Santo Espíritu, vienes a transfigurar nuestro corazón.
En nuestras mismas pruebas, Tú haces crecer la comunión contigo.
¡Alabado seas!
Jesucristo, buscamos tu mirada, ella viene a disipar el dolor de nuestros corazones.
Y Tú nos dices, «No te inquietes; incluso invisible, yo siempre estoy contigo. «
¡Alabado seas!
Jesús, alegría de nuestros corazones, a quien vive de tu perdón y tu misericordia,
Le das a presentir ciertas certezas: donde hay misericordia, allí está Dios.
¡Alabado seas!
Jesús, nuestra esperanza, tu Evangelio nos hace percibir que,
Hasta en las horas de oscuridad, Dios nos quiere felices.
Y la paz de nuestro corazón puede hacer bella la vida a los que nos rodean.
¡Alabado seas!
Jesús, nuestra paz, Tú llamas a cada uno a seguirte.
¿A quién iríamos más que a Ti, el Cristo?
Tú tienes las palabras que dan vida a nuestro corazón.
¡Alabado seas!
Espíritu Santo, tú haces crecer en cada uno de nosotros una vida de comunión con Dios.
Y florecen allí la bondad de corazón y el olvido de sí en favor de los demás.
Comentarios desactivados en Afirmar que Dios está más allá del género abre caminos para la inclusión LGBTQ+, escribe teóloga
Hna. Barbara E. Reid, OP,
“¿Tiene Dios un género?” La Hna. Barbara E. Reid, OP, hace esta pregunta en una entrevista reciente en la columna católica U.S. Catholic, y su respuesta tiene una gran relevancia para los problemas LGBTQ+.
Reid, la presidenta de la Unión Teológica Católica, Chicago, responde rápidamente a la pregunta sobre el género de Dios con un «no» definitivo, y continúa explorando las metáforas y analogías de género presentes en las Escrituras y cómo la trascendencia del género de Dios es importante, particularmente para las comunidades LGBTQ+.
Ella presenta varias imágenes bíblicas de la masculinidad tradicional, como «Señor», «rey» y «padre», y señala que este ha sido durante mucho tiempo el idioma occidental dominante para lo Divino. Sin embargo, las Escrituras también están llenas de descripciones femeninas de Dios, que incluyen una miríada de metáforas para dar a luz o mujeres en trabajo de parto, Dios como partera y como una mujer que busca monedas perdidas o aboga por el juez injusto.
Solo con estas descripciones, todavía estaríamos atrapados en una comprensión binaria del género que simplemente estamos transponiendo a Dios. Reid nos recuerda que todo lenguaje para Dios es simbólico en el mejor de los casos. Con lenguaje figurado, intentamos hablar de descripciones de lo divino en el mejor de los casos, reconociendo que nuestro vocabulario limitado solo puede comenzar a describir nuestra experiencia de lo intangible.
Y, de manera crucial, Reid establece la conexión entre el lenguaje de Dios y cómo nos relacionamos con la humanidad, creada imago Dei:
“Si solo usamos lenguaje masculino para Dios, entonces estamos afirmando que los hombres son más parecidos a dioses que las mujeres. Sin embargo, Génesis 1:27 dice que tanto los hombres como las mujeres están hechos a la imagen de Dios. Cuando tomamos en serio las imágenes femeninas de Dios en las Escrituras, eso nos permite ver que tanto las mujeres como los hombres están hechos a imagen y semejanza divinas y que lo divino se revela con igual poder en las experiencias femeninas que en las masculinas”.
“Además, cuando afirmamos que Dios está más allá del género, abre el camino para la aceptación de todas las personas, cualquiera que sea su identidad de género, ya sea cisgénero, transgénero o cualquier parte del espectro de género, como igualmente hechas a imagen y semejanza de Dios. Dios no se limita a ningún género, y el ser amoroso de Dios lo abarca todo».
Al no limitar nuestro lenguaje sobre Dios a un género binario, Reid nos recuerda que todos nosotros, dondequiera que caigamos en un espectro de género, somos creados y amados por Dios; que todos nos imaginamos a Dios mismo en nuestro propio ser. El lenguaje da forma a nuestra realidad y si el lenguaje de las Escrituras puede describir ampliamente a un Dios que no es ni hombre ni mujer, pero que está más allá de nuestra limitada comprensión del sexo y el género, también puede hacerlo nuestra defensa, afirmación y aceptación de todos los hijos de Dios.
—Angela Howard McParland (ella/ella), New Ways Ministry, 2 de mayo de 2023
Hay una casa en mis sueños
que es casa solariega
con mucha historia,
espaciosa,
bien asentada
y acogedora.
Está abierta a cualquiera
que pasa y detiene su marcha
para compartir
lo que lleva
en su alforja
y en su alma.
Es casa con umbral y ventanas,
limpia y bien oreada,
que ofrece siempre
descanso y paz,
diálogo, alimento
y fresca agua.
Tiene muchas estancias,
muy diversas
y bien preparadas,
pues está pensada con amor
para hijos e hijas diferentes
que andan errantes.
Dicen los más ancianos
que su hacedor y Señor
marchó, a otros lares
a abrir nuevos horizontes,
y nos dejó su casa solariega
para ser felices.
Hoy día parece estar fuera
de los caminos que frecuentan
la mayoría de los hombres y mujeres,
poco atractiva
y necesitada
de gran reforma.
Pero dicen los que cuentan historias,
que quienes entran en ella
desnudos y sin prejuicios,
a pesar de las apariencias,
tarde o temprano,
vuelven y se aposentan.
Hay una casa en mis sueños, Señor,
que es tu casa solariega,
que me atrae y emociona
con su historia,
con sus inquilinos
y sus ofertas.
Comentarios desactivados en Conociendo lo Divino en la Trinidad y el Tiempo Queer
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Barbara Anne Kozee, quien es estudiante de doctorado en Ética Teológica en Boston College y tiene un M.Div. de la Universidad de Santa Clara. Como católica queer, Barb investiga la ética sexual y familiar, la teología feminista queer y la ética política. Síguela en Twitter: @barbkozee.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el quinto domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.
El tiempo litúrgico entre el Domingo de Pascua y Pentecostés es uno de mis períodos favoritos debido a su misterio, liminalidad e incompletitud. Como comunidad, hemos sido testigos gozosos de la resurrección y esperamos con anticipación la venida del Espíritu Santo. Nuestra identidad trinitaria está en proceso de convertirse, ¡qué podría ser más extraño!
Igual de misteriosas son las lecturas a las que volvemos durante este tiempo, que no siempre son cronológicas. Por ejemplo, en la lectura del Evangelio de hoy, volvemos al último discurso de Jesús en el Evangelio de Juan, sus mensajes finales antes del comienzo de la narración de la Pasión. De esta manera, en realidad volvemos a las palabras de consuelo de Jesús a sus angustiados discípulos antes de su muerte y resurrección. En ellos, Jesús subraya que será conocido por ellos, y por nosotros como cristianos, de una manera nueva, por el don del Espíritu Santo. Estas lecturas nos muestran que el tiempo litúrgico en nuestra iglesia no es lineal ni progresivo.
Creo que este enfoque no lineal del tiempo de “ni aquí ni allá” tiene significados importantes sobre cómo debemos vivir como católicos, y creo que los católicos queer son particularmente conocedores de esta forma de vida.
Sandra Schneiders, IHM, una renombrada estudiosa de las Escrituras, escribe que el conocimiento en el Evangelio de Juan no es intelectual ni informativo, sino que es el tipo de conocimiento que uno tiene de un amigo que le hace decir: “Nos conocemos íntimamente”. Entonces, en el Evangelio de hoy, Jesús le pregunta a su amigo: «¿He estado contigo todo este tiempo, Felipe, y todavía no me conoces?» En esta pregunta, a Jesús le duele no ser reconocido por sus amigos más cercanos. Se esfuerza por consolarlos, afectado por la limitación del lenguaje para describir las percepciones divinas sobre el mundo venidero lleno del Espíritu.
Los católicos queer pueden resonar con este tipo de lucha para articular percepciones divinas a quienes nos rodean sobre nuestras experiencias vividas y formas de estar en el mundo. ¿Por qué nos quedamos en la iglesia? ¿Qué significa creer? ¿Es compatible con la identidad queer? Como muchos, siempre estoy luchando por encontrar formas de relacionar mejor las respuestas a estas preguntas para que otros en nuestra iglesia puedan llegar a saber sobre la fe y la vida queer.
“La Trinidad” de Lance McNeel
El tiempo queer celebra las vidas que existen en momentos únicos y la belleza dentro de líneas de tiempo contraculturales, fuera del tiempo definido por nuestra productividad o eficiencia. La memoria, la justicia y la encarnación se vuelven valores comunitarios especialmente importantes por esta razón. Asimismo, en este tiempo litúrgico intermedio y no lineal, en el ya de la resurrección y en el aún no de la dispensación del Espíritu, los invito a reflexionar y celebrar los caminos en los que siempre peregrinamos juntos. . Viajamos para saber lo que significa ser una iglesia trinitaria, una comunidad que celebra la morada del Espíritu y la presencia continua y misteriosa de Jesús resucitado. Nunca estamos completamente completos, siempre en movimiento liminal.
El teórico queer José Esteban Muñoz escribe que podemos sentir lo queer “como la cálida iluminación de un horizonte imbuido de potencialidad”. Miro hacia el horizonte queer dentro de nuestra Iglesia Católica, cuyos atisbos son posibles dentro del proceso sinodal actual. Sin embargo, también estoy en deuda con el momento presente radical y con las personas queer que me rodean, cuyo conocimiento espiritual me recuerda que el Espíritu siempre está obrando en nuestra vida diaria. Jesús en nuestro Evangelio de hoy no quiere que nos perdamos su mensaje sobre la naturaleza permanente de Dios a nuestro alrededor y entre nosotros.
Jesús está en un momento raro, y nuestra liturgia católica nos invita a estar allí con él también.
Comentarios desactivados en “¿Qué es el Cristianismo?: Una nueva forma de vivir. 07 de mayo 2023. 5 Pascua (A). Juan 14, 1-12.
Los cristianos de la primera y segunda generación nunca pensaron que con ellos estaba naciendo una religión. De hecho, no sabían con qué nombre designar a aquel movimiento que iba creciendo de manera insospechada. Todavía vivían impactados por el recuerdo de Jesús, al que sentían vivo en medio de ellos.
Por eso, los grupos que se reunían en ciudades como Corinto o Éfeso comenzaron a llamarse «iglesias», es decir, comunidades que se van formando convocadas por una misma fe en Jesús. En otras partes, al cristianismo lo llamaban «el camino». Un escrito redactado hacia el año 80 y que se llama carta a los Hebreos dice que es un «camino nuevo y vivo» para enfrentarse a la vida. El camino «inaugurado» por Jesús y que hay que recorrer «con los ojos fijos en él».
No hay duda alguna. Para estos primeros creyentes, el cristianismo no era propiamente una religión, sino una forma nueva de vivir. Lo primero para ellos no era vivir dentro de una institución religiosa, sino aprender juntos a vivir como Jesús en medio de aquel vasto imperio. Aquí estaba su fuerza. Esto era lo que podían ofrecer a todos.
En este clima se entienden bien las palabras que el cuarto evangelio pone en labios de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Este es el punto de arranque del cristianismo. Cristiano es un hombre o una mujer que en Jesús va descubriendo el camino más acertado para vivir, la verdad más segura para orientarse, el secreto más esperanzador de la vida.
Este camino es muy concreto. De poco sirve sentirse conservador o declararse progresista. La opción que hemos de hacer es otra. O nos organizamos la vida a nuestra manera o aprendemos a vivir desde Jesús. Hay que elegir.
Indiferencia hacia los que sufren o compasión bajo todas sus formas. Solo bienestar para mí y los míos o un mundo más humano para todos. Intolerancia y exclusión de quienes son diferentes o actitud abierta y acogedora hacia todos. Olvido de Dios o comunicación confiada en el Padre de todos. Fatalismo y resignación o esperanza última para la creación entera.
Comentarios desactivados en “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Domingo 07 de mayo de 2023. 5º Domingo de Pascua.
Leído en Koinonia:
Hch 6,1-7: Eligieron a siete hombres llenos de espíritu Salmo responsorial 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti 1Pe 2,4-9: Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real Jn 14,1-12: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida
En la comunidad lucana descrita en la primera lectura, los apóstoles tienen plena conciencia que no lo pueden hacer todo y que necesitan valerse de otros para atender a las necesidades urgentes de la comunidad pero sin desatender el ministerio de la Palabra. Pero ellos no imponen. Invitan a la comunidad a escoger sus propios servidores, animadores. Les presentan a siete personas que son «autorizados» por los apóstoles para satisfacer las necesidades de la comunidad. No son servidores de segunda. Son personas encargadas o enviadas a realizar ministerios diferentes. Pero todos estaban empeñados en la difusión de la Palabra y en el crecimiento numérico y cualificado de la comunidad.
Así mismo, el autor de la carta de Pedro quiere subrayar el papel de todos los miembros de la comunidad creyente en la construcción del templo vivo de Dios. Jesús es la piedra viva, el fundamento, la base para construir la casa de Dios. Sobre esa piedra se instalan las demás piedras, los seguidores de Jesús. De manera pues que no somos sólo espectadores de la construcción. Somos artífices y al mismo tiempo materia fundamental para alcanzar la construcción del gran edificio humano, levantado sobre la roca, Jesucristo, sostenido por la columna del Espíritu Santo y estructurado con la activa cooperación de cada uno de los bautizados. El sacerdocio, más que un honor, un privilegio, una casta… es un dinamismo desatado por el Espíritu para el servicio de la comunidad eclesial. Todos somos ministros, todos sacerdotes, todos servidores en una densa experiencia fraternal al servicio del Reinado de Dios.
El evangelio de Juan revela la situación crítica que vive la comunidad naciente provocada por el ambiente hostil y peligroso en que se va desarrollando. Jesús no sólo es la piedra fundamental, sino que Jesús es también camino, verdad y vida. Los discípulos están confundidos ante las Palabras de Jesús. En los anteriores versículos Jesús ha anunciado la traición de Judas y la negación de Pedro. Este episodio refleja la situación de crisis de los discípulos porque no entienden el camino de Jesús. Las palabras que Jesús pronuncia pretenden alentarles en la esperanza, fortalecerlos en medio de la angustia, devolverles el horizonte de vida.
Jesús es camino, es decir, es proyecto, horizonte de vida para muchos. Su muerte está llena de sentido porque en ella se manifiesta el amor de Dios por la Humanidad y les devuelve la razón de vivir en momentos de confusión y desesperación.
Jesús es verdad: la mentira, el engaño, la corrupción se apodera del corazón de la persona humana. La Palabra anunciada y testimoniada por Jesús, que es la Palabra del Padre, se convierte en criterio de verdad, en transparencia que devuelve la luz.
Es vida: frente a las fuerzas de la muerte que causan terror, Jesús da sentido a la vida, se revela como Señor de la vida y vencedor de la muerte. Y en él todos los que apuestan a favor de un proyecto de vida, de verdad y amor como horizonte que puede salvar a la Humanidad del caos, la injusticia, la corrupción, la exclusión y la maldad.
Quién cree en Jesús cree en el Padre y será transparencia del Resucitado. En el fondo eso es ser cristiano, que es una forma de ser en plenitud hijos/hijas de Dios. Pero la propuesta de Jesús no es un asunto meramente individual, intimista, espiritualista. El proyecto de su seguimiento es exigente y radical. También la persona cristiana, integrada al cuerpo comunitario, debe ser camino, verdad y vida. Estamos llamados a ser una alternativa de vida, junto con otras alternativas de vida -representadas por otras personas y comunidades inspiradas por otras religiones- en medio de un mundo desorientado que con frecuencia no encuentra el sentido de la existencia. Somos servidores de la Vida aún en medio de la muerte que siembra el egoísmo humano cuando desatiende la sabiduría que se manifiesta «por los muchos caminos de Dios». La desatención a esta sabiduría divina manifestada por tantos caminos, repercute en las crecientes injusticias sociales y guerras que pretenden justificarse con apelos a la defensa de la libertad y de la seguridad, o a la imposición de la democracia o de la «libertad de comercio»… pero que en el fondo esconden mezquinos intereses económicos y hegemónicos de las grandes potencias y plagan de hambre y de miseria a los pueblos pobres.
Nuestra misión, pues, como personas cristianas, es juntarnos con muchas otras personas y comunidades creyentes, practicantes de otras religiones, y ser alternativa de vida, de resistencia y esperanza para todos.
En una época como la que vivimos, marcada por la entrada en curso en un nuevo paradigma, el paradigma pluralista, hemos de leer y proclamar con cuidado tanto la expresión de Pedro de un «linaje escogido», como la expresión de Juan, que él pone en labios de Jesús: «Yo soy ‘el’ Camino»… Esta última sobre todo no deja de ser una expresión propia de un lenguaje confesional, un lenguaje de amor y de fe, cultual, y en ese contexto hay que entenderla. No hay que perder de vista que, en otro sentido, son muchos los caminos de Dios, «sus caminos, que no son nuestros caminos», y que nos pueden sorprender siempre con el descubrimiento de «nuevos caminos» de Dios. Recomendamos la lectura de la serie «Por los muchos caminos de Dios», de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo, en la colección «Tiempo axial» (http://latinoamericana.org/tiempoaxial). O el libro de José María VIGIL Teología del pluralismo religioso, disponible en la red (http://cursotpr.adg-n.es/?page_id=3). Leer más…
Comentarios desactivados en 7.5.23. Camino, verdad y vida. Evangelio de cada día (2023), Biblia de toda la vida.
Del blog de Xabier Pikaza:
El evangelio de hoy (dom. 5 Pascua, Jn 14,1-12) presenta a Jesús camino, verdad y vida: ¿Quién ese ése que viene y me dice: Soy tu camino, tu verdad y vida? ¿Quién puede hablarme a sí en este mundo en un mundo de abandonados, perdidos, arrojados sin camino vida?
Ése que viene a tu encuentro esta mañana de pascua es Jesús, Dios amigo/compañero que te dice: Soy tu camino, verdad y vida… Así lo mostraré comentando este pasaje (Jn 14, 1-12), con el evangelio de todos los días del año (2023) y con la Biblia-Ciudad de todos los lugares y tiempos del mundo
| X. Pikaza
El evangelio de hoy (dom. 5 Pascua, Jn 14,1-12) presenta a Jesús camino, verdad y vida: ¿Quién ese ése que viene y me dice: Soy tu camino, tu verdad y vida? ¿Quién puede hablarme a sí en este mundo en un mundo de abandonados, perdidos, arrojados sin camino vida?
Ése que viene a tu encuentro en la mañana de pascua es Jesús, Dios amigo/compañero que me dice y te dice: Soy tu camino, verdad y vida… Así mostraré comentando este pasaje (Jn 14, 1-12), con los evangelio de todos los días del año (2023) Biblia-Ciudad de todos los lugares y tiempos del mundo
Voz que llama y nos dice: Quiero ser-con-vosotros ¿venís a mi casa, compartís mi ciudad?
No es un muerto del pasado, ni un fantasma de mentira, sino aquel que te da la mano, te abre el corazón, te pone en pie y te dice: vamos, soy contigo, hacemos camino, seremos Verdad, tendremos Vida, uno en el otro y para el otro.
No es voz de ultratumba(un muerto fantasma), ni mandato de dominio, que te niega (¡sólo yo soy, tú no eres…!), sino canto de amor hondo que te dice soy el que soy contigo para que tú seas, para que seamos… Invitación de amor que insiste diciendo: Tengo para ti y para mí, para nosotros (para todos) una casa, la casa de mi Padre, la casa de mis hermanos. Así empieza este diálogo de Jesús con sus dos amigos íntimos, uno se llama Tomás, otro Felipe… Pero pueden ser y son María, Salomé, Susana…
Texto. Tengo una casa para ti, una Ciudad para todos
En la casa de mi Padre hay muchas estancias (moradas, salas de estar, habitaciones íntimas…) si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar, un hogar? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?… Creed en mis obras, en lo que yo hago, en lo que haréis vosotros:. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.» (Jn 14, 1-12).
Tengo una casa (la casa del Padre), soy tu ciudad, el espacio y tiempo de tu vida.
para que vengas, para que vengamos, para que nos amemos y seamos. Advertirá el lector que he cambiado un poco el final de la lectura, poniendo al final del camino, la verdad y la vida la casa de Dios, la morada- ciudad de la vida.
Las moradas del Padre, la casa de mi Padre, mi casa…. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas o estancias…”. Todos los caminos llevan no a Roma, sino al Padre, a las Moradas del amor, que supo describir Santa Teresa, toda la vida buscando su casa, que era la casa del Padre, del amado, preparada para ella.
Jesús es Camino, es plaza, es ciudad Caminantes somos (¡navegantes!), y todos los caminos se centran y condensan para nosotros Cristo. Por eso, quien toma su camino, que es camino de Evangelio, está ya en manos del Padre.
En este evangelio hay dos maestros caminantes que preguntan, dos voces que preguntan: una es de Tomás, otra de Felipe. Significativamente, ellos aparecen más tarde como autores de los dos evangelios misteriosos más significativos de la Iglesia, uno es el de Tomás, otro el de Felipe… el tercero es tu evangelio, tu camino de Jesús
El “yo” de Jesús: soy el Camino, Verdad y la Vida…
Si alguien me ama cumplirá escuchará mi vos, nos amaremos y mi Padre le amará y vendremos a él haremos en él una morada” (Cf. Jn 14, 23). Que todos seamos uno, como tú, Padre, en mí y yo en tí…para que sean uno como nosotros somos uno; Yo en ellos y Tú en mí… para que el mundo conozca que Tú me has enviado y que les amas como a mí me has amado (17, 20-23).
En mi ciudad hay mucha tarea: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque voy al Padre (Jn 14, 12).
Así termina este evangelio, de un modo admirable… Es como si yo le dijera a Jesús: No soy nadie, no puedo nada, no te valgo. Pero Jesús me contesta, te contesta… Estoy contigo y puede. Yo te necesito, y harás mis obras y aún mayores…
No quiso que fuéramos menores que él, sino mayores, que hiciéramos lo que él hizo, y cosas aún más grandes que las suyas. Que no nos limitáramos a mirarle y adorarle diciendo «tú eres Dios y nosotros pobres hombres». Al contrario, precisamente por eso, por ser él Dios y nosotros hombres, pudo decirnos que hiciéramos sus obras y aún mayores, pues él se iba al Padre para eso, pues él iba al Padre y nos daba su Espíritu
No somos súbditos de un Jesús siempre mayor, sino herederos suyos, capaces de aumentar y mejora su obra.
Éste es un evangelio provocador y escandaloso que termina con unas palabras increíbles (que quizá pocos creen de verdad en esta iglesia): Os aseguro: quien cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo voy al Padre.
Las obras (erga) de Jesús han sido claras a lo largo del evangelio de Juan, en una línea semejante a la Mt 11, 2-4 (cf. Lc 7, 18-23):los ciegos ven, los cojos andan, que los leprosos quedan limpios, los sordos oyen… los pobres reciben la buena noticia.
La iglesia es según eso el lugar (la casa la comunidad comunidad) donde se realizan las obras de Jesús y aún mayores… Por eso, Jesús termina el evangelio de este domingo (Jn 14, 1-12) diciendo que ellos seguirán haciendo la obras que él ha hecho y aún mayores. Pues bien, yo me atrevo a pensar humildemente que, en sentido general, la iglesia posterior no ha creído ni cree en esto que ha dicho aquí Jesús: ¡Ella no se cree capaz de hacer las obras que hacía Jesús y aún mayores!
Éste es el tema del evangelio este 7 de Mayo del 2023, en un tiempo abierto a la nueva creación de Dios… Jesús fue haciendo unas obras, y al final, cuando se iba, nos dijo que el Padre quería hacer por nosotros sus obras, y aún mayores… Éste es el evangelio de nuestra casa, el Jesús de nuestra ciudad y camino..,, no para pararnos y morir, sino para retomar el camino de la verdad y la vida
Libro de la Casa/Iglesia del Padre, con el evangelio de cada día del año (2023)
En la línea de las reflexiones anteriores he preparado una introducción y comentario al evangelio de cada día de este año 2023. Un evangelio en cuya portada está la casa… la casa de Dios, la casa de la Iglesia… nuestra casa, con una reflexión para cada día.
Es un libro de reflexiones bíblicas, de oraciones, de contamplaci`´onpara buscar cada día un breve tiempo de lectura, meditación y contemplación de los evangelios según la liturgia
Evangelio de Dios somos, y por eso es importante que dediquemos cada día un pequeño tiempo (de diez a quince minutos) para leer, meditar, contemplar y aplicar el evangelio, siguiendo las lecturas de la misa, en unión con los cristianos que avivan, razonan y celebran su fe, siguiendo los textos de la liturgia. Leer más…
Como indiqué el domingo pasado, las tres lecturas de los domingos de Pascua nos hablan de los orígenes de la Iglesia, de las persecuciones de la Iglesia, y de nuestra relación con Jesús.
Iglesia naciente
La primera lectura nos cuenta la institución de los diáconos y el aumento progresivo de la comunidad, subrayando el hecho de que se uniesen a ella incluso sacerdotes.
En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
– «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.»
La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
La comunidad de Jerusalén estaba formada por judíos de lengua hebrea y judíos de lengua griega (probablemente originarios de países extranjeros, la Diáspora). Los problemas lingüísticos, tan típicos de nuestra época, se daban ya entonces. Los de lengua hebrea se consideraban superiores, los auténticos. Y eso repercute en la atención a las viudas. Lucas, que en otros pasajes del libro de los Hechos subraya tanto el amor mutuo y la igualdad, no puede ocultar en este caso que, desde el principio, se dieron problemas en la comunidad cristiana por motivos económicos.
Los diáconos son siete, número simbólico, de plenitud. Aunque parecen elegidos para una misión puramente material, permitiendo a los apóstoles dedicarse al apostolado y la oración, en realidad, los dos primeros, Esteban y Felipe, desempeñaron también una intensa labor apostólica. Esteban será, además, el primer mártir cristiano.
Dignidad de la Iglesia sufriente
La primera carta de Pedro recuerda las numerosas persecuciones y dificultades que atravesó la primitiva iglesia. Lo vimos el domingo pasado y lo veremos en los siguientes. Pero este domingo, aunque se menciona a quienes rechazan a Jesús y el evangelio, la fuerza recae en recordar a los cristianos difamados e insultados la enorme dignidad que Dios les ha concedido.
Mientras los judíos, después de la caída de Jerusalén (año 70), se encuentran sin templo ni posibilidad de ofrecer sacrificios al Señor, los cristianos se convierten en un nuevo templo, en nuevos sacerdotes que ofrecen víctimas a Dios por medio de Jesucristo.
Al final, recogiendo diversas alusiones del Antiguo Testamento, traza una imagen espléndida de la comunidad cristiana: «Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa».
En nuestra época, cuando la Iglesia parece cada vez menos importante y se ve atacada y condenada en numerosos ambientes, estas palabras de la carta nos pueden servir de ánimo y consuelo.
Queridos hermanos:
Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino.
Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.
Iglesia creyente
El evangelio nos sitúa en la última cena, cuando Jesús se despide de sus discípulos. En el pasaje seleccionado podemos distinguir tres partes: el hotel, el camino hacia él, los huéspedes.
El hotel
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
En la primera parte, Jesús sabe el miedo que puede embargar a los discípulos cuando él desaparezca y queden solos. Y los anima a no temblar, insistiéndoles en que volverán a encontrarse y estarán definitivamente juntos en el gran hotel de Dios, repleto de estancias. Como diría san Pablo, hablando de lo que ocurrirá después de la muerte: «Y así estaremos siempre con el Señor». Esta primera parte, válida para todos los tiempos, adquiere especial significado en esos meses en los que la epidemia del coronavirus ha causado tantas muertes y miles de personas no han podido ni siquiera despedirse de su seres queridos. No están solos. Están con el Señor.
El camino.
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
La objeción lógica de Tomás, realista como siempre, le permite a Jesús ofrecer una de las mejores definiciones de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.» ¿Cómo hablar de Jesús a quienes no lo conocen o lo conocen poco? La mejor fórmula no es la del Concilio de Calcedonia: «Dios de Dios, luz de luz…». Es preferible esta otra: camino, verdad y vida.
Sugiere que para llegar a Dios hay muchos caminos, pero para llegar a Dios como Padre el único camino es Jesús. El musulmán alaba a Dios como Fuerte (Alla hu akbar). El cristiano lo considera Padre.
Jesús es también la verdad en medio de las dudas y frente al escepticismo que mostrará más tarde Pilato. La pregunta correcta no es: «¿Qué es la verdad?», sino «¿Quién es la verdad?». La verdad no es un concepto ni un sistema filosófico, se encarna en la persona de Jesús.
Jesús es también la vida que todos anhelamos, la vida eterna, que empieza ya en este mundo y que consiste «en que te conozcan a ti, único dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo».
Los huéspedes
Felipe le dice:
– «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica:
– «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»
Una nueva interrupción, esta vez de Felipe, desemboca en el pasaje más difícil y desconcertante. Ahora no hace falta recorrer ningún camino para llegar al Padre. Para verlo, basta con mirar a Jesús. Estas palabras, que a oídos de los judíos sonarían como pura blasfemia, nos invitan a creer en Jesús como se cree en Dios; a creer que, quien lo ve a él, ve al Padre; quien lo conoce a él, conoce al Padre; que él está en el Padre y el Padre en él. Y al final, el mayor desafío: creer que nosotros, si creemos en Jesús, haremos obras más grandes que las que él hizo. Parece imposible. El padre del niño epiléptico habría dicho: «Creo, Señor, pero me falta mucho. Compensa tú a lo que en mí hay de incrédulo».
La Iglesia debatirá durante siglos la relación entre Jesús y el Padre, y no llegará a una formulación definitiva hasta casi cuatrocientos años más tarde, en el concilio de Calcedonia (año 452). El evangelio de Juan anticipa la fe que hemos heredado y confesamos.
Así, de primeras, ¿cómo te imaginas a Jesús en este momento?
Sí, sí, así. Me refiero a eso que percibes que puede haber detrás de sus palabras, de esta frase, además, sin reparar en el contexto. Más bien tal vez te suene algo así como “Llevo taaaaaaanto tiempo…, ¡¡¿y todavía no me conoces, Felipeee?!!”, a modo mosqueo in crescendo. Aunque también se me ocurre que tal vez, solo tal vez, te lo imagines desanimado; Jesús desanimado, frustrado, triste, encontrándose con sus límites y su ser de barro. En definitiva, Jesús humano.
Pero vamos a entrar en el contexto. Este evangelio nos sitúa en la que llamamos última cena. Jesús ha hecho un gesto de servicio a sus discípulos, les ha lavado los pies; un servicio en esa época asignado a las mujeres y a los esclavos. Y ahí se ha encontrado con la objeción de Pedro, un tanto fanfarrón: “no me lavarás los pies”, pero también con su seguimiento incondicional cuando le responde: “Señor, no sólo los pies, también las manos y la cabeza”. En definitiva, Pedro humano.
Cenan, y al terminar Jesús parte un pan y se lo reparte, toma una copa de vino y se la pasa. Hace un gesto de entrega. Y ahí, se encuentra con que otro discípulo, Judas, sale del lugar en el que están porque ha quedado con las autoridades religiosas para llevarles, a cambio de unas monedas, hasta Jesús. Judas el oportunista, el “por interés te quiero Andrés”, el negociante. Judas humano, al fin y al cabo.
Y ahora, después de estos gestos tan significativos y culmen de su vida, ahora que les está hablando del Padre, que se reconoce Hijo y Hermano… es aquí cuando descubre que otro de los suyos, Felipe, o no se ha enterado de nada o de muy poco. Felipe el despistado, distraído, tal vez incluso el “mente embotada”. Felipe humano, claramente humano.
Ahora sí. Ahora, ¿cómo te imaginas a Jesús en este momento? Adéntrate a verlo, apostando por los suyos una vez más, dándoles otra oportunidad a pesar de todo. En definitiva… Jesús humano.
Oración
Abre nuestros ojos, Señor.
Y abre nuestro corazón, Señor.
Abre nuestra escucha a tu susurro “no temáis, soy yo”.
Comentarios desactivados en Jesús no es otro Dios sino el mismo Dios-Vida.
DOMINGO 5º DE PASCUA (A)
Jn 14,1-12
El contexto de este evangelio es el discurso de despedida después de la cena en el evangelio de Juan. En el capítulo 13 el centro es Jesús. Termina con la despedida, diciendo: a donde yo voy vosotros no podéis venir. En este capítulo 14 el centro es el Padre. El ambiente es de profunda inquietud y zozobra. La traición de Judas, el anuncio de la negación de Pedro, el anuncio de la partida. Todo es terriblemente inquietante. Está justificada la repetida invitación a la confianza. La clave del mensaje en este capítulo es la relación de Jesús y la de sus discípulos con el Padre.
Aunque Juan pone en boca de Jesús todo el discurso, en realidad se trata de reflexiones de la comunidad a través de muchos años de vivencias. Lo que se propone como futuro es ya presente para el que escribe y la comunidad para la que se escribe. Pero este presente deja entrever un nuevo futuro que el Espíritu irá realizando. Se nota la dificultad que tiene la comunidad de expresar su experiencia. Esta vivencia pascual está anclada en la presencia viva de Jesús, del Espíritu y del Padre. Los tres forman parte de una Realidad que los acompaña y les transforma.
Creed en Dios y creed también en mí. “Pisteuete eis”, no significa creer, en el sentido que damos hoy a la palabra. Sería “creer en sentido bíblico, es decir, poned la confianza en alguien. Juan utiliza esta construcción 30 veces, aplicada a Jesús. Solo en 12,44 y aquí pone como término a Dios, indicando claramente la identidad de ambas adhesiones. La confianza en Jesús y la confianza en Dios son la misma realidad. Si buscan a Dios, están en el buen camino, porque están con él. No tienen nada que temer porque en Jesús está ya el Padre con el que está identificado.
En el hogar de mi Padre, hay sitio para todos. El lenguaje mítico nos puede despistar. Jesús va al Padre para procurarles un tipo de relación con Dios, similar a la suya. No se trata de un lugar, sino del ámbito del amor de Dios. En el corazón de Dios, todos tienen cabida. Todos estamos llamados a formar en Dios una misma Realidad con Él. Jesús está en el seno del Padre y todos pueden descubrirse allí.
Todo es lenguaje mítico-simbólico. Me voy, me quedo, vuelvo, no se puede entender literalmente. Esta teología es clave para entender la marcha de Jesús y a la vez, su permanencia. Aunque la formulación es mítica, el mensaje sigue siendo válido. Hoy tendríamos que decir que la meta de todo está en Dios. Lo que tenemos que descubrir y vivir ya aquí es esa identificación con Dios. En Jesús, Dios ha manifestado su proyecto para el hombre, que se tiene que realizar en cada uno.
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Lo que se quiere decir está más allá de la capacidad del lenguaje. Camino, Verdad, Vida hacen referencia al Padre que está, identificado con Jesús. No hay un Jesús separado que se identifica con Dios sino una única Realidad que se manifiesta en Jesús. Se han dado infinidad de interpretaciones desde los primeros padres y siguen hoy los exégetas intentando desentrañar el significado del texto que desborda toda explicación.
Jesús es Camino, que empieza y termina en Dios. No hay ningún espacio entre Jesús y Dios. Desde Dios hasta Dios no puede haber ningún trecho. Jesús es, como todo ser humano, un proyecto ya realizado, porque recorrió el camino que le llevó a la plenitud humana. Ese camino es el amor total que abarca toda su vida. Los que le siguen deben recorrer también ese camino es decir ir de Dios que es su origen hasta Dios que es la meta. En el AT el camino era el cumplimiento de la Ley. Ahora es Jesús.
Yo soy verdad, es decir, soy lo que tengo que ser. No se trata de la verdad lógica sino de la verdad ontológica que hace referencia al ser. Jesús es auténtico, hace presente a Dios, que es su verdadero ser. Lo contrario sería ser falso. “Yo soy” es el nombre que se dio a sí mismo Dios en la zarza. Juan repite hasta la saciedad el “yo soy”. El complemento puede ser cualquiera: puerta, pastor, camino, vida, verdad, vid. Si descubro y vivo que Dios está identificado conmigo, ya lo soy todo.
Yo soy Vida, es decir, lo esencial de mi ser está en la energía (Dios) que hace que sea lo que soy. «El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me coma vivirá por mí.» Está hablando de la misma Vida-Dios que se le ha comunicado a él y que se nos comunica a nosotros. De la misma manera que no podemos encontrar la vida biológica independientemente de un ser que la posea, así no podemos encontrarnos con un Dios ahí fuera separado de un ser que lo manifieste.
Nadie va al Padre sino por mí. También se podía decir: a nadie viene el Padre si no es por mí. En c. 6 había dicho: “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae”. Las dos ideas se complementan. Para el que nace del Espíritu, el Padre no es alguien lejano ni en espacio ni en tiempo, su presencia es inmediata. Hacerse hijo es hacer presente al Padre. La identificación con Jesús hace al discípulo participar de la misma Vida-Dios. Ni el Padre tiene que venir de ninguna parte ni nosotros tenemos que ir.
“Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre”. Una vez más se refleja el “ya, pero todavía no” de la primera comunidad. El seguimiento de Jesús es un dinamismo constante. No se trata de progresar en el conocimiento, sino en la comunión por amor. El conocimiento vivencial de Jesús, hará que el Padre se manifieste en el discípulo. Lo que pide Felipe es una teofanía como las narradas en el AT. Piensa que Jesús es un representante de Dios, no la presencia de Dios.
¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? Esta queja es una clara reflexión pascual. En su vida pública, sus seguidores no entendieron ni jota de lo que era Jesús. Felipe sigue separando a Dios del hombre. No ha descubierto el alcance del amor-Dios ni su proyecto sobre el hombre. No se han enterado de que Dios sólo es visible en el hombre. Desde esta perspectiva, Jesús podía decir: quien me ve a mí, ve a mi Padre. Y, si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre porque el Padre es más que yo. Seguimos cayendo en la trampa de querer ver a Dios.
“Las exigencias que os propongo no son mías”. “Remata” no significa dicho o palabra sino propuesta, exigencia manifestada en la vida. A continuación, habla de obras: “el Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras”. Las obras son la manifestación de que Dios está en Jesús. El Padre ejerce su actividad creadora a través de Jesús. Él propone las “exigencias” que Dios le pidió y realizó.
Si hay un adjetivo que le cuadra bien al evangelio, es “interpelante”. Si el evangelio no nos interpela; si no afecta a nuestras vidas, no sirve para nada. Podemos sentirnos muy ufanos del conocimiento profundo que tenemos de él, podemos presumir de lo bien que lo interpretamos a la luz de la exégesis más moderna e independiente, podemos teorizar y elucubrar sobre él hasta la saciedad, pero si no respondemos, «de nada nos sirve».
El evangelio es una constante invitación a caminar, y Jesús es el camino. Pero un camino no es para conocerlo, sino para recorrerlo. Y es cierto que podemos decidir no caminar, optar por instalarnos en este mundo y olvidar nuestro destino, pero es evidente que a la larga esta actitud nos va a producir vacío y angustia, porque, como decía Kierkegaard, «no podemos ignorar lo eterno que hay en nosotros».
Una excelente metáfora de la vida podría ser la ascensión a una montaña. El montañero que sacude la pereza, abandona la comodidad del refugio y se echa al monte en busca de la cima, se siente vivo, motivado, estimulado por cada obstáculo que logra superar, y en muchos momentos exultante de optimismo y felicidad. El que decide permanecer al abrigo del refugio, se aburre, se hastía y acaba frustrado y asqueado. La cima que Jesús nos propuso a los cristianos es una sociedad fraterna, humana y solidaria, y el camino que nos lleva a la cima es Jesús mismo; sus criterios, su ejemplo, su compromiso con la misión hasta dar la vida por ella, su convencimiento de que merecía la pena hacerlo…
En momentos de máxima tribulación es cuando encontrar un buen camino adquiere toda su importancia. Imaginémonos perdidos en el monte, hace frío, se acerca la noche, no vemos salida… y de pronto encontramos un camino prometedor. ¡Estamos salvados!, pensamos, y nos apresuramos a tomarlo con la esperanza de que nos devuelva a la vida.
Hoy vivimos momentos de gran tribulación. Hoy estamos en una encrucijada histórica en la que está en juego nuestra civilización e incluso nuestra supervivencia. Hemos seguido el camino que nos proponía el mundo y es evidente que nos hemos equivocado. El resultado es un planeta herido de muerte donde las sequías se han generalizado y los océanos agonizan. Donde la ostentación y el derroche conviven con la miseria, donde la vida se banaliza, la sociedad se mercantiliza, las relaciones humanas han dejado de ser humanas y el hombre es todavía más lobo para el hombre…
Los cristianos conocemos otro camino, pero de momento preferimos seguir en el refugio discutiendo si los que vienen son galgos o podencos. Es preciso salir del refugio y enfilar la cima con decisión y con la esperanza de que otros nos sigan… o estamos perdidos. Jon Sobrino, jesuita compañero de Ignacio Ellacuría en el Salvador, nos invita a reanudar la marcha y nos marca una meta ajustada a la situación que vive el mundo: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida»… ¿Empezamos?
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en Estudio orante de la palabra.
Jn 14, 1-12
COMENTARIO V DOMINGO DE PASCUA
(7 de Mayo 2023)
Suenan cantos de Resurrección a la vez que tambores de guerra. Rememoramos los comienzos del Cristianismo y a la vez pasamos un poco ante tanta palabra, y tanto por asimilar. O tal vez, simplemente, un año más, pasamos página después de leer por encima los comentarios… yo preguntaría ¿Cuál es tu comentario? ¿Cuánto profundizas de todo lo leído? ¿Has probado de escribir tus reflexiones?
Sabemos que si no se trabajan los textos, entran y salen con demasiada facilidad y es por ello que necesitamos más y más. Es el síndrome del que no digiere bien y siempre tiene hambre.
Por ello voy a intentar, con mucha sencillez, invitaros a trabajar un poquito los textos de esta semana, método que puede servir para cualquier texto.
Es hacer el estudio orante de la Palabra. El trabajo del monje y de la monja que en su silencio escudriñan la Palabra hasta hacerla suya. Y el método es muy sencillo, y hoy es practicado por millones de cristianas y cristianos laicxs de todas las iglesias cristianas.
1. Leemos los textos, despacio, varias veces.
2. Dejamos que resuene dentro alguna palabra, sin forzar
3. Volvemos a leer, uno tras otro, los textos, despacio, a lo largo de la semana, en tu tiempo de silencio orante, de madrugada, sin noticias, sin ruido… y dejamos resonar una frase…
4. Tomamos nota y oramos lo que se nos ha comunicado
5. Tratamos de escuchar lo que Dios a través de su Palabra mezclada con mi vida, mi realidad socio-política me está comunicando.
6. Dialogo con esta Palabra dirigida a mí personalmente y después, sólo después, tomo decisiones, compromisos…
El evangelio de hoy a mí me resonaba así:
“No estéis intranquilos; mantened vuestra adhesión a Dios manteniéndola a mí… Si llegáis a conocerme conoceréis también a mi Padre… Quien me ve a mí está viendo al Padre… Os lo aseguro: Quien me presta adhesión, hará obras como las mías… (Jn 14, 1-12)
Hay una progresión del Evangelio donde Jesús comparte su identidad con el grupo y les hace partícipes de ella, indicándoles su linaje, su identidad compartida, el sentido de su consagración por su pertenencia consciente y libre a un envío claro, firme a anunciar esta buena noticia, porque la llevamos en nuestro ADN.
La segunda lectura, la 1Pe1, 5 y 9) me llega hondamente:
“…también vosotrxs como piedras vivas, vais entrando en la construcción del templo espiritual, formando un sacerdocio santo… Vosotrxs, sois linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios…” (1Pe1, 5 y 9)
¿Qué sientes ante esta Palabra dirigida a ti? Tú y yo somos piedras vivas, sacerdocio real, pertenencia de Dios… ¿Se nos puede dar, regalar más? ¿Nos quejamos de que los y las laicas no tenemos lugar en una institución hecha por varones que se apropian de lo de todos? Cuando lo sientas por dentro, reclama tu herencia, poniéndola al servicio del Pueblo de Dios…
Y la primera lectura nos dice cómo podemos hacerlo:
“…nosotrxs nos dedicaremos a la oración y al servicio del mensaje” (Hechos 6, 4)
Ahí está la fuerza. Dedicarnos al máximo al mensaje: orado y proclamado de mil maneras y estilos.
Ese compartir la Palabra o predicación no es exclusiva de los ordenados, es para todo creyente, como los textos de Resurrección le dicen a María Magdalena que anuncie que Él vive a los que luego se autoproclaman los herederos…
Reclamemos nuestra herencia con la Palabra en la mano y sobre todo en las entrañas, como fuego que quema la mediocridad y nos da la fuerza para surgir de entre las cenizas de un cristianismo que por falta de poner en práctica la Palabra está agonizando.
Es interesante que la primera lectura hace que nos identifiquemos con los invitados a servir las mesas en lugar de escuchar en el corazón que se nos envía como discípulxs a estar con el Resucitado, adheridas a él y compartirlo, comunicarlo.
Me atrevo a decir que una interpretación sesgada de estos textos nos han paralizado y puesto en multitud de servicios importantes sí, pero en detrimento de una predicación real, viva, en nuestros hogares, comunidades…
Muchas personas pueden servir las mesas, incluso los no creyentes lo hacen mejor que nosotrxs. Nosotrxs tenemos otra llamada, otra tarea, nos la concedan los ordenados canónicamente o no; es la llamada que viene de dentro. Desde los 16 años, después de una experiencia importante de Jesús Vivo en mí, predico, muy pocas veces en el contexto litúrgico, porque como mujer no tengo derecho. Pero como hija de Dios soy enviada y dotada de cualidades idóneas para ello: poder estudiar, escribir, proclamar presencial y online…es imparable.
Quien experimenta esta invitación por dentro deja de perder el tiempo y de poner pegas y de exigir espacio canónico, y como ellas y ellos, los primeros, en sus casas y aldeas, en sus campos y orillas comparten, comunican, forman comunidades de apoyo y de anuncio. Todo lo demás es historia. La fuerza está en el origen, en tu origen, en tu identidad y herencia.
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Domingo V de Pascua
07 mayo 2023
Jn 14, 1-12
El autor (autores) del cuarto evangelio construye(n) un extenso “discurso de despedida” (o “testamento espiritual”) de Jesús, que abarca los capítulos 13 al 17, en el que insiste(n) en temas que al propio autor le resultan particularmente queridos, y entre los que destaca el referido a la unidad.
Si en un capitulo anterior había puesto en boca de Jesús la expresión: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30), ahora vuelve sobre ello, haciéndole afirmar que “quien me ve a mí, ve al Padre”.
En el cuarto evangelio, Jesús se vive en la consciencia clara de ser uno con el Padre. Y esa es la fuente de su amor, su confianza, su paz y su alegría.
Ser uno con el Padre -ser uno con el Fondo de lo que es- no es una creencia, ni es fruto de la voluntad. No es algo que pudiéramos alcanzar tras haber cumplido determinados requisitos. Es lo que ya somos, aunque con frecuencia vivamos ignorándolo en la práctica. Es justamente esa ignorancia la que impide vivir los rasgos que acabo de enumerar.
“Quien me ve a mí, ve al Padre”: ¿qué significan esas palabras? Aplicadas a Jesús por el autor del evangelio, son válidas para todos nosotros. Si sabemos mirar, podremos ver al Padre en todos los seres, y lo veremos también en nosotros mismos. Porque lo que el evangelio llama “Padre” no es sino lo realmente real, el Fondo que sostiene y del que están brotando en permanencia todas las formas, nosotros incluidos.
El “Padre” es nuestra identidad última, Aquello que es consciencia, vida, amor… La experiencia y la palabra de Jesús constituyen una invitación para que sepamos descubrirlo y, más allá de las inercias que nos hacen vivir en la superficie de lo que somos, con sus secuelas de hastío y vacío, nos reencontremos con la verdad más profunda de nosotros mismos. Solo ahí es posible experimentar la plenitud.
Comentarios desactivados en No perdáis la calma / ¿Sacerdotes o psiquiatras?
Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
01.05.2023
01.- Nuestro corazón está turbado, hemos perdido la calma.
Jesús nos anima a vivir en paz, que no se turbe nuestro corazón.
Estas palabras las dice Jesús en un contexto de mucha agitación: Judas ha salido ya de la cena, los acontecimientos últimos de Jesús se van precipitando, los discípulos presienten la pérdida de Jesús.
El mismo Jesús en el huerto de los olivos (Getsemaní) se siente angustiadoy con una tristeza mortal (Mc 14,33-34) ante lo que se le venía encima. Mi alma está triste hasta la muerte, (Mt 26,38).
También nosotros podemos estar turbados y perder la calma por mil motivos: por razones de salud-enfermedad, por desestabilizaciones físicas, psíquicas, por decepciones profundas, por el mismo pecado, por los cansancios existenciales…
La frustración, la decepción, la ansiedad, el miedo y la angustia, la acedia, la melancolía, la tristeza, el stress, la depresión, el vacío pueden embargar nuestra vida.
Incluso la misma religión ha sido y sigue siendo causa de pavor y angustia, porque la religión tiene un gran poder para crear angustia, miedo, culpabilidad, escrúpulos, condenación, infierno… Esta experiencia de terror religioso es la experiencia de la que parte Lutero hacia la confianza, hacia la justificación en Cristo.
Y lo malo es que ese miedo religioso parece que se quiere recuperar e instalar en muchos sectores del ámbito católico actual.
Sin embargo el miedo y el “terrorismo” (terror) no son cristianos, no es un “arma” con la que Cristo jugara. ¡Cuántas veces Jesús repite: No tengáis miedo
Jn 6,20 (saliendo del lago) Pero Él les dijo : Soy yo; no temáis.
Jn 14,1 No perdáis la calma, creed en Dios: creed también en mí.
Jn 14,17 La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo.
Jn 16, 33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo
Jn 20,19-21 Entonces, al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas los discípulos encontraban por miedo a los judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.
Jesús crea paz y serenidad en la vida, Jesús no es fuente de angustia y tragedia religioso-eclesiástica. El cristianismo es la posibilidad de vivir en calma, en paz. No temáis: confiad.
02.- Depresión (y suicidio).
Tal vez en nuestro tiempo la depresión (y su deriva hacia el suicidio) [1] es una de las enfermedades más extendidas e impregnan la vida de muchos de nuestros conciudadanos
Se suele decir que la depresión es la enfermedad del alma de nuestro tiempo.
Por depresión entendemos el conjunto de síntomas que determinan un estado de ánimo triste y “abatido”, con una falta de interés y carencia impulsiva, una inhibición motriz y psíquica, con contenidos mentales típicamente depresivos y con determinados trastornos somáticos. [2]
Esta situación nos lleva a preguntarnos ¿por qué hoy en día la depresión, tristeza, la ansiedad invade el alma humana?
La sociedad científica moderna (postmoderna) nos ha llenado la vida de cosas para vivir, pero no nos ofrece ganas de vivir. Tenemos cosas para vivir, lo que no tenemos son ganas ni sentido para vivir.
03.- ¿Ocaso de la religión ó de del sentido de la vida?
Decía Einstein que “preguntarse por el sentido de la vida es ser religioso”.
Mucho se está discutiendo sobre si tiene que impartirse la asignatura de religión en la escuela o no. No lo sé. Pero es grave que no se imparta pensamiento, filosofía, sentido de la vida. Luego ya vendrá, si tiene que venir, el cristianismo. Un maestro –los planes de educación, la consejería de cultura y educación, el ministerio de educación- han de transmitir que la vida tiene sentido. El mismo Nietzsche, -ateo macizo- se dio cuenta de que mejor cualquier sentido- a ningún sentido.
Nos falta el espíritu del Génesis por el que el barro deviene ser viviente. Carecemos de “aliento vital”.
La depresión es una enfermedad psíquica con hondas raíces y causas espirituales.
Por eso su terapia habrá de ser psiquiátrico-farmacológica, pero también necesariamente de corte espiritual.
Dicho de manera coloquial, el psiquiatra es necesario, pero al mismo tiempo es necesario un tratamiento psíquico espiritual, un acompañamiento espiritual.
Cuando digo acompañamiento espiritual no me refiero a aquellos “confesores contables de pecados y dispensadores de broncas y condenaciones pontificales al penitente”, sino que me refiero a que la melancolía, el vacío existencial, la depresión necesitan de un mundo espiritual, quizás también alguien de la comunidad cristiana o humana que acompañe en ese valle de cañadas oscuras.
La farmacopea es necesaria, pero la depresión no es un problema exclusivamente médico, sino humano, que necesita una palabra cálida, serena y sensata que trate de devolver las ganas de vivir y, como los dos de Emaús, podamos sentir: ¿no ardía nuestro corazón?
04.- Confiad.
La confianza (fe) y el miedo son opuestos. En la confianza, en el amor no hay temor, (1Jn 4,18). No tenemos miedo a aquella persona en la que confiamos, más bien todo lo contrario, la estimamos, la queremos, nos fiamos de ella.
El Dios de JesuCristo no es de “armas tomar” (posiblemente el Dios que hemos recibido, sí es un Dios con el que hay que andar con “mucho cuidado”). Al Dios de Jesús no le hemos de temer, y no porque tengamos las “cuentas claras”, sino porque Dios es amor. Confiad…
La esperanza es la relación amable con el futuro. La relación amable nace de la confianza. Confío, me fío, por tanto, espero.
La esperanza será la fuerza que nos impulsa a vivir con ánimo tanto personal como comunitario en la paz de Cristo. Confiamos en el futuro, en el horizonte, en la Vida.
Jesús llama al futuro “estancias” o “banquete abierto a todos”, quizás “vuelta a la casa del padre del hijo perdido” que podemos ser nosotros. ¿Quién sabe cómo será el futuro? De algún modo hemos de hablar… La cuestión no es cómo será el futuro, el cielo [3], sino lo decisivo es que será.
El cielo no es un lugar, sino terminar en Cristo. El lugar final del ser humano, el sentido de la vida es Dios.
No perdáis la calma, confiad.
[1] La Consejería de Educación y Salud han presentado hace pocos meses un protocolo para reducir la conductas suicidas en los colegios de Euskadi.
[2] JOSÉ SARAIVA MARTINS, La depresión: fenómeno clínico, antropología bíblica, fe cristiana, en: Actas Actas de la XVIII conferencia internacional sobre la Depresión, Ciudad del Vaticano, 2004, p 19.
[3] ¿Hace cuánto tiempo que no hemos hablado ni hemos escuchado algo sobre el cielo, de la casa del Padre?
Comentarios desactivados en Pedro Miguel Lamet: El futuro de la Religión según José María Castillo. Reflexiones sobre su último libro.
Leído en su blog:
Al prologar sus «Memorias», definí su libro como la confesión de un profeta de nuestro tiempo, y, como tal, de un hombre rompedor, libre, molesto para unos, providencial para otros, que a sus noventa y dos años de vida escribe sus memorias sin tapujos, con humildad y osadía
Llega a afirmar que la Teología es “un saber sometido a censura”. Su clave para entenderla es la encarnación como humanización de Dios
Castillo en su nuevo libro ha desarrollado de una manera, si cabe más radical y apasionada, esta tesis tantas veces defendida, de que lo que más daño ha hecho al cristianismo y a la Iglesia es convertirse en Religión establecida y renunciar a vivir el Evangelio
De ahí la importancia que el profesor Castillo concede al «Dios humanizado», que ve como única vía de hacer presente a Dios en nuestro lacerado mundo, y por una Iglesia que esté centrada en el Evangelio, porque “una Iglesia empeñada en observar fielmente la Religión es una institución que vive y comunica un Evangelio falsificado”
En su opinión, lo que la gente de hoy rechaza de La Iglesia no es la “maldad”, sino la “mentira”, la contradicción entre lo que predica y lo que vive
Al final pide como utopía cristiana diócesis más pequeñas, obispos nombrados por participación de la base, actualización de la liturgia inspirada en la primera Cena, estudio bíblico por parte de los fieles del Evangelio, diálogo con las Conferencias Episcopales y el obispo de Roma, y sobre todo insistencia en el Evangelio como una forma de vida y seguimiento de Jesús.
Mis preguntas sobre el futuro de la religión:
1: Aparte del cristianismo y la Iglesia: ¿no está buscando el hombre de hoy una experiencia de Dios por libre? ¿No era el tiempo dedicado a la oración la fuente del mensaje troncal de Jesús y «la vid y los sarmientos»?
2: ¿No ha puesto Dios en el fondo del hombre una semilla de radical inquietud y búsqueda de lo transcendente, donde quiera que esté? ¿No ha llegado el momento de maduración de la humanidad que pueda acceder a cierta mística, aunque sea en calderilla?
A través de la oración o el silencio, un vacío, una nada ilimitada, no pocos hombres y mujeres buscan hoy su verdadera identidad. Ya lo dijo también Jesús: «Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. (Mt 6.6).
| Pedro Miguel Lamet
El pasado jueves 13 de abril tuve la oportunidad de presentar junto a José Manuel Vidal el último libro de José María Castillo,«Declive de la Religión y futuro del Evangelio», en la iglesia de San Antón, ese espacio de libertad que mantiene vivo el padre Ángel. Un libro excelente sobre muchas de las contradicciones que vivimos en la Iglesia. Pero quiero ofrecer aquí el texto escrito y completo de mi intervención porque considero importante que se conozcan algunos matices que expuse allí, ya que, aunque comparto enteramente la tesis de Castillo, creo que se están produciendo otros hechos que quizás puedan complementar y ampliar cómo se vive hoy la Religión en sentido amplio en muchos puntos de nuestro mundo.
Hace un par de años, cuando José María Castillo, me concedió el privilegio de prologar sus Memorias escribí: tienes entre las manos la confesión de un profeta de nuestro tiempo, y, como tal de un hombre rompedor, libre, molesto para unos, providencial para otros, que a sus noventa y dos años de vida escribe sus memorias sin tapujos, con humildad y osadía, gracias a una prodigiosa mezcla de vida y pensamiento, que constituye todo un aldabonazo a nuestra sociedad y sobre todo a la Iglesia católica a partir de la centralidad del Evangelio.
La experiencia del profesor Castillo
Subrayaba entonces su experiencia humana e intelectual en los centros de estudio donde ha ejercido su profesorado como Córdoba, Granada, Roma, El Salvador y otros muchos lugares. Sobre ello Pepe afirma: “Esta Iglesia, a la que tanto debo, es la Iglesia que vive en una enorme y palpable contradicción. Es la contradicción que consiste en que la Iglesia enseña (o pretende enseñar) exactamente lo contrario de lo que vive. Y es el “clero”, lo digo sin rodeos, el que lleva la batuta de esta enorme orquesta ruidosamente desafinada”. Particularmente sensible a las contradicciones, estas estallan en su vida cuando se le prohíbe enseñar en Granada y al mismo tiempo se le admite, e incluso se le anima, a hacerlo en la UCA de San Salvador. “¿En Granada yo era peligroso y en El Salvador no lo era? ¿Cómo se explica esta contradicción?”. ¡Por lo visto la razón formal es que la de Granada era facultad eclesiástica y la de San Salvador civil! Como si la verdad dependiera de etiquetas.
Sea como fuere, la trayectoria teológica de Pepe Castillo, insuflada de una enorme cultura y cientos de libros asimilados y otros escritos por él, es una continua superación de censuras y de problemas de libertad de cátedra. Llega a afirmar que la Teología es “un saber sometido a censura”. Su clave para entenderla es la encarnación como humanización de Dios. Por eso afirma en una estrecha unión de inmanencia y trascendencia: “Si luchamos en serio por ‘humanizar’ esta sociedad y este mundo, entonces y sólo entonces, podremos pensar en serio que estamos luchando por ‘divinizar’ nuestra existencia”. Para señalar lo que distingue a un cristiano del que no lo es, afirma que se produce cuando “sólo queda en pie el amor, la bondad y el comportamiento que cada cual ha tenido en su vida con sus semejantes”.
Pues bien, en este libro que presentamos, titulado Declive de la Religión y futuro del Evangelio, Castillo ha desarrollado de una manera, si cabe más radical y apasionada, esta tesis tantas veces defendida, de que lo que más daño ha hecho al cristianismo y a la Iglesia es convertirse en Religión establecida y renunciar a vivir el Evangelio. Lo hace a través de 55 breves capítulos de fácil y amena lectura, donde expone esta contradicción desde muy diversos ángulos, como un berbiquí o vueltas de tornillo donde de forma histórica, exegética y teológica; lo que permite al lector taladrar de manera sencilla y a la vez implacable el fondo de estas contradicciones.
El Dios humanizado
Ya en sus Memorias y en sus otros libros Castillo defendía que el problema del hombre es Dios, y solamente en el Evangelio de Jesús, algo que en su opinión la Iglesia ha olvidado, volvemos a la centralidad. “Hizo falta pasar por la crisis religiosa, que provocó la Ilustración, para darnos cuenta de que a Dios no lo conocemos. Y ahora, que hemos entrado, en picado, en la crisis de la Religión y de Dios, empezamos a tomar conciencia de que al Dios trascendente solamente podemos conocerlo en la humanización de Dios, tal como lo vemos y lo palpamos en el Evangelio, en la vida y en las obras de Jesús”. De ahí la importancia que el profesor Castillo concede al Dios humanizado, que ve como única vía de hacer presente a Dios en nuestro lacerado mundo, y por una Iglesia que esté centrada en el Evangelio, porque “una Iglesia empeñada en observar fielmente la Religión es una institución que vive y comunica un Evangelio falsificado”.
No hace falta recordar que Pepe ha declarado en muchas ocasiones su amor a la Iglesia, “pero precisamente porque la quiero tanto -afirma-, por eso no me puedo callar lo que yo veo como el fenómeno de fondo que ha desquiciado lo que quiso Jesús, mi verdadero Señor, cuando se despojó de todo rango y dignidad, de toda posesión de bienes y grandeza”. Por eso la Iglesia no tiene futuro si no es desde el seguimiento de Jesús y recuperando como centro el Evangelio. En su opinión lo que la gente de hoy rechaza de La Iglesia no es la “maldad”, sino la “mentira”, la contradicción entre lo que predica y lo que vive, y será creíble cuando sea capaz de romper las fronteras discriminatorias entre el clero y el laicado, el hombre y la mujer, y no convierta los ritos en una forma de liberarse de los miedos o de enorgullecerse como el fariseo frente al pobre publicano.
Quizás la mayor novedad, que ya ha apuntado Pepe en otros escritos, es su sintonía con el papa Francisco. La humanidad de un papa que a duras penas tolera distinciones y superioridades y centra su pastoral en la cercanía con los pobres, los ancianos, los inmigrantes, los enfermos, los más pequeños. Quizás un aspecto que corrobora este talante de Francisco es que en los diez años de su pontificado no ha condenado a un solo teólogo, en contraste con lo que he señalado en un reciente artículo publicado en «Vida Nueva», Los años de la mordaza, una época donde casi a diario asistíamos a un episodio de censura, condena, represión o castrantes medidas contra la investigación y libertad teológica, de opinión, información y expresión, fenómeno que, como sabemos, experimentó, el profesor Castillo en propia carne.
Frente a la Religión, entendida como estructura de poderío, dinero y corrupción, que está propiciando la desafección y decadencia de la Iglesia, defiende como solución la vuelta al seguimiento de Cristo y su Evangelio. Comulgo enteramente pues con la tesis de este lúcido último libro de mi maestro y amigo, así como sus consecuencias finales que rozan la utopía: diócesis más pequeñas, obispos nombrados por participación de la base, actualización de la liturgia inspirada en la primera Cena, estudio bíblico por parte de los fieles del Evangelio, diálogo con las Conferencias Episcopales y el obispo de Roma, y sobre todo insistencia en el Evangelio sobre todo como una forma de vida y seguimiento de Jesús, más allá de ritos y ceremonias, “que se revela la humanización del Dios transcendente y en la que se humaniza el ser humano”.
Otra búsqueda de lo trascendente
Ahora bien, como Pepe es un hombre de diálogo y apertura humanista, tengo un par de dudas que me sugiere la lectura de esta obra profética y que ahora quiero proponerle:
Primero: La tesis de José María Castillo está dirigida al pueblo de Dios católico y cristiano. Pero ¿cómo proponer una liberación al que ya no lo es para un mundo secularizado, que más que anticlerical y ateo, da espalda definitiva a las religiones monoteístas y ante tanta angustia busca un camino, el que sea? ¿Se le puede ofrecer y presentar de forma ejemplar y creíble el estilo de Jesús a ese mundo? Pero ¿y si ya está, como sucede de hecho, de espaldas o indiferente a todo eso?
Segundo: Karl Rahner dijo antes de morir que “el siglo XX ha sido el siglo del Hombre, y el XXI será el siglo de Dios”. ¿Qué quería decir con esta osada afirmación? ¿Se puede decir que esta profecía se está cumpliendo? En mi humilde opinión, el hombre actual secularizado, desde la libertad y la mayoría de edad que arranca de su nueva autonomía alcanzada a partir de la Ilustración, busca, tomando de aquí y de allá, una vía propia de espiritualidad para relacionarse con la trascendencia por libre. Está, podríamos decir, en un proceso de acercarse a la divinidad o al fondo trascendente de la realidad desde una síntesis personal, donde hay mucha ganga, sí, pero también una búsqueda sincera desde “el sabor a más de este mundo”, a través de prácticas de oración de Oriente y Occidente, meditación, silencio, yoga, zen, contemplación o como se quiera llamarlo. Esto no es una elucubración, es un hecho hoy también constatable, junto al sin sentido y el deterioro de una sociedad dominada por la tecnocracia
Castillo dedica un párrafo en la página 217 a la “intensa y frecuente vida de oración que practicaba Jesús”. Pero ¿no es lo más central de su vida? ¿No era su unión con el Padre la fuente esencial, principal y continua de su vida? ¿No es su imagen de la vid y los sarmientos, junto al mandamiento del amor, el mensaje troncal a sus seguidores poco antes de morir?
Por supuesto que comparto enteramente, como imprescindible y urgente, la tesis de que el seguimiento ha de ponerse en la vida, los principios éticos que nos legó, que suponen primero dejar, renunciar a todo, sobre todo del propio ego, principal escollo de los apóstoles para entender el Reino anunciado a los pobres. Pero esto, ¿no lo llegaron a alcanzar sus seguidores más comprometidos solo plenamente al recibir, después unidos en oración con María, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés?
Y de aquí se deduce en consecuencia otra pregunta: ¿Qué hace un hombre perdido en una isla o en su mundo ajeno al mensaje del Evangelio o inmerso en tradiciones y religiones que nada tienen que ver con Jesús? A veces no tienen otro referente que su Religión, aunque sea primitiva y limitada ¿El concepto de Religión solo se puede circunscribir entonces a estructuras de poder, dinero y sometimiento? ¿No hay algo más? ¿No ha puesto Dios en el fondo del hombre una semilla de radical inquietud y búsqueda de lo transcendente, donde quiera que esté? ¿No ha llegado el momento de maduración de la humanidad que pueda acceder a cierta mística, aunque sea en calderilla?
La experiencia de lo Uno
El monje benedictino Willigis Jäger, maestro zen y autor de numerosos libros de espiritualidad, reconoce, a pesar de sus limitaciones, que las religiones han sido un factor importante en la evolución desde que el hombre se hace las preguntas “de dónde”, “hacia qué” y “por qué”, aunque concluye que la mística es al mismo tiempo el punto de partida y el fin de toda religión, y que es sobre todo una experiencia, la experiencia de lo Uno.“Lo Uno -exclama en su libro Sabiduría eterna- es mi verdadera naturaleza y la de todos los seres”. Una mística, una vivencia personal, que no deber ser una huida del mundo, sino la única fuente duradera de toda praxis.
A través de la oración o el silencio, un vacío, una nada ilimitados, no pocos hombres y mujeres buscan hoy su verdadera identidad. Ya lo dijo también Jesús: «Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6.6). Es lo que él mismo hacía tantas noches y amaneceres de su vida. La recompensa no es otra que la conciencia de pertenencia a un mar de amor del que somos olas, y, por consiguiente, como olas también somos Mar. De aquí que el mandamiento de Jesús sea amarnos los unos a los otros, el único imperativo que nos devuelve a nuestra auténtica naturaleza como pedazos que somos de ese Uno. Es lo que han vivido los grandes maestros también del cristianismo con San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola. Por ejemplo, la gran palanca de este último, los Ejercicios Espirituales, que tantas veces el propio Castillo ha practicado y dirigido para interiorizar el seguimiento de Jesús. Y es que no hay Marta sin María. El propio Pablo, con todos sus defectos señalados por Castillo, era un místico.
Pepe Castillo en este libro testimonial, profético y necesario, pone el acento, con lenguaje asequible, datos irrefutables y fuerza radical, en la contradicción que hemos vivido en nuestras instituciones respecto a esa doctrina hecha vida en Jesús. Ese es su mérito. Para que fuera un aldabonazo y despertarnos de tópicos y conciencias dormidas, quizás era necesario que se centrara solo en eso, en el escándalo eclesial de la contradicción entre la doctrina y la práctica. Muchas gracias una vez más, Pepe, por tu valentía, tu profesionalidad teológica y denuncia iluminada, cuando defiendes una y otra vez al subrayar “lo determinante y decisivo en el cristianismo, y por tanto en la Iglesia: porque Jesús es la encarnación de Dios, es la humanización de Dios. Dios se ha revelado a la humanidad humanizándose Él”.
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