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10.8.25 No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el reino. (Lc 12, 32)

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 19 TO. Así empieza el evangelio de este domingo (Lc 12, 32, 48), centrado en dos ideas principales.

(a) No temas, pequeño rebaño; no tengas miedo, no pierdas el ánimo, ni desesperes. Vive con gozo, estás en manos de Dios.

(b) Porque  Dios tiene el gozo de concederos su reino. No tienes nada que hacer sino sólo acoger su regalo de amor que es la vida, compartiendo de esa forma la alegría de Dios, su felicidad, pues nada ni nadie os podrá destruir, ni quitaros el gozo de vivir en gozo y esperanza.

Así lo pondrán de relieve las reflexiones que sigue, que son un comentario de este pasaje de Lc 12,  leído desde la perspectiva de del anuncio del evangelio de Md 1, 15-15.

| Xabier Pikaza

No temas pequeño rebaño.  La alegría de ser pequeña iglesia

Éste es el evangelio  del amor de Dios hacia los hombres  que él ha creado, hacia la comunión de amor (iglesia) en la que él ha querido reunirnos. Así lo mostraré comentando este evangelio de Lc 12, desde la perspectiva de Mc 1,15 .

Después que Juan fue entregado… Eran y son tiempos malos. Han matado o silenciado a los profetas como Juan Bautista. Parece que no hay remedio.

Vino Jesús a Galilea. Han matado a Juan, pero Jesús viene a Galilea y comienza a proclamar su buena nueva. Jesús viene a Galilea y quiere que nosotros empecemos de nuevo desde Galilea.

Proclamando el evangelio de Dios.   Con Galilea pasamos del espacio del Bautista (desierto/río) al espacio del Reino de Dios, para acoger allí el mensaje de Jesús, abierto a todos los hombres. Jesús no se encierra  en una casa particular, susurrando al oído un secreto de iniciados; no se instala en una escuela, ofreciendo cursos de enseñanza especializada, no ofrece su palabra a la vera del templo sagrado (a los puros), ni a la orilla del río/desierto (con los especialistas de la penitencia). Viene a Galilea, ofreciendo su evangelio para todos; lo hace con claridad (que se entienda bien), en voz alta (que lo escuchen), como heraldo o pregonero de buenas noticias que deben extenderse por el pueblo.

En vez del  bautismo de Juan  para perdón viene a situarse la buena noticia del Reino de Dios (¡tú eres mi Hijo…!), como victoria sobre lo diabólico. De esa manera, la palabra de Dios a Jesús abre un camino universal de vida  en Galilea:

Se ha acercado (llega) el reino de Dios. Ésta es la experiencia original, el principio y motor del evangelio. La solución de los problemas que atenazan a los hombres no depende simplemente de ellos, de forma que no se encuentran condenados a buscar su salvación con obras propias, con un esfuerzo duro al servicio del cambio social o personal. Hay algo previo, el evangelio de Dios que existe y viene (está viniendo ya) para ofrecer su reino o señorío salvador para los hombres; hay en nuestra vida algo previo: Somos don, regalo de un Dios que nos dice: No temas, mi hijo (mi amigo), porque Dios ha querido daros el reino, su vida..

Se ha cumplido el tiempo.La llegada del Reino marca el cumplimiento del tiempo. Juan Bautista moraba todavía al otro lado, antes de que el tiempo terminara y se cumpliera. Por eso, dentro de la lógica de la profecía israelita, los oyentes de Juan debían mantenerse en actitud de conversión penitencial. Pero ahora, cuando llega el reino anunciado por Jesús, el tiempo (kairos) de los hombres se ha cumplido; ha llegado el tiempo de Dios en nuestra vid. Con Jesús pasamos al otro lado de la historia. Por eso, frente a las posibles pequeñas conversiones que sólo cambian por fuera lo que existe, dejando que en el fondo todo siga como estaba, Jesús nos ha ofrecido una mutación radical, es decir, el nuevo nacimiento. Dios nos hace ser, y de esa forma somos: herederos y testigos de su gracia. No nos limitamos a tener un tesoro, sino que somos tesoro y regalo de Dios.

Convertíos…Esta conversión no se expresa ya en forma de simple arrepentimiento y penitencia, sino de transformación (=mutación) de mente y vida, es decir, como meta-noia (μετανοεῖτε), cambio de ser, interior y exterior, no por obra humana, sino por presencia y acción de Dios. Los creyentes del evangelio no transforman su vida  por aquello que son (lo que ellos hacen) por sí mismos sino por lo que Dios hace en ellos. Superando el nivel previo de lucha mundo, de acción y reacción (de cumplimiento y paga o  sanción), viene a desplegarse ahora un extenso y gozoso continente de existencia filial en  gratuidad,  expresada como fe en el evangelio, es decir, como acogida de la buena noticia de Dios, es decir, de nuestra vida divina.

No es la conversión la que suscita el evangelio (¡no tenemos que ganar nada!), el evangelio el que nos convierte, nos transforma, haciéndonos capaces de acoger y construir la familia mesiánica o iglesia; somos el tesoro de Dios.

Creed en el evangelio. Frente a los principios antiguos de vida, que se expresan como lucha por la supervivencia, fuerte envidia y estrategia  de poder (como irá señalando el evangelio), Jesús pone a los hombres ante el principio de nuestra vida como don, tesoro de Dios. No se trata de creer en cualquier cosa, como ejercicio posible de autoengaño, sino de creer en el evangelio, buena nueva de Dios que ama a los hombres, que nos ama de tal forma que somos su tesoro, de tal forma que así podemos amarnos (agradecer nuestra vida en Dios),  de tal manera que podamos amar a nuestro prójimo como Dios nos ama y como nos amamos a nosotros mismos (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 33) . De una vez y para siempre, en Galilea, ha venido a realizarse la gran mutación, el cambio que conduce de la antigua a la nueva historia.   Aceptar el don de Dios, reconocerse amado: esta es la verdad, es el poder del evangelio de Dios en nuestra vida.

 Los cuatro momentos que acabo de exponer, con Mc 1, 15 y Lc 12se implican mutuamente. Viene Dios, ofreciendo al hombre un nuevo ser) como evangelio; por eso nos transforma por sí mismo, es decir, desde el principio de su gracia; pero es tan intenso su poder de amor que logra transformarnos de forma humana, colaborando con él, haciendo que nosotros mismos nos hagamos seres nuevos.

El evangelio no es anuncio de un Dios que flota sobre el mundo, dejando que la historia de los hombres siga como estaba, sino fuerza superior e interna del Dios que penetra en nuestra vida. Hasta ahora, esa actuación/presencia  inmediata de Dios no podía realizarse. Los hombres tenían una posibilidad teórica de ser transformados, pero no estaban en disposición de dejarse transformar. Tenían capacidad, pero no había llegado el momento social y personal, cultural y espiritual de que esa capacidad de amor se se realizara. Ellos tenían necesidad de que  viniera alguien distinto de parte de Dios, que les transformara y que ellos se dejaran transformar, alguien que sembrara en ellos la semilla de Dios, en forma de palabra y camino de Reino. Ése ha sido Jesús.

 Jesús ha sembrado en los hombres la semilla de Dios(cf. Mc 4). No nos ha pedido nada. No nos ha exigido nada. Simplemente ha querido que escuchemos” su palabra, que creamos  en ella, que la aceptemos y nos dejemos transformar por su ofrecimiento y su llamada.

Jesús no aparece como un suplicante que implora a Dios agua para el campo, hijos para la familia, fortuna para la casa, vida para los enfermos… Es simplemente un hombre ha ido en busca de Dios, con los penitentes del Bautista y ha escuchado la voz ¡eres mi Hijo! descubriendo que Dios no pide penitencia (no quiere que nos sacrifiquemos ante él), sino que nos ofrece gracia.  No nos pide nada, sino que nos da todo lo que él tiene, para que seamos con él y como él.

-El Reino es Dios mismo Palabra/Amor que nos llama, dialoga con nosotros, siendo, al mismo tiempo, comunicación de vida, capacidad de amor entre nosotros  . El Reino es palabra compartida, no propaganda para comprar, publicidad para vender, sino  ofrecimiento gratuito de amor, que viene de Dios y que los hombres pueden compartir amorosamente.

-El Reino es curación, esto es, salud: Que hombres y mujeres puedan no sólo  conversar, sino vivir en plenitud, regalándonos vida unos a otros. En esa línea, el evangelio identifica el Reino de Dios con la Salud, que es capacidad de amar y ser amado, que hombres y mujeres aceptan la vida como don de Dios, en  transparencia, encontrando y compartiendo así el tesoro de la vida en Dios unos en otros.

-El Reino es el tesoro divino de nuestra vida humana, comunicación amorosa de unos con (en) otros. No se trata de creer unas verdades separadas, sino de vivir en fe, es decir, “creerse” (compartir palabra uno  en otros), comunicándonos vida unos en otros. Ésta es quizá la nota distintiva del Reino que Jesús anuncia; el Reino de Dios es la vida como don, regalo gratuito

 Todo lo hace Dios (es de Dios) y, sin embargo, los hombres y mujeres han de realizarlo todo, no esperando de un modo pasivo, que llegue sino procurando  que llegue, siendo ellos mismos profetas mesiánicos, en comunicación de amor. En ese sentido decimos que todo hombre/mujer es Mesías (Reino de Dios, gran tesoro), porque Dios actúa/es en cada uno (especialmente el más pobre) es Dios para los restantes hombres y mujeres [1].

El Reino es Dios en nuestra  vida (¡como vida!) de seres humanos, no de un modo abstracto, como idea, sino a partir de la realidad concreta de los pobres, desde la marginación de los campesinos y artesanos de Galilea, donde muchos podían pensar que Dios no existe (no actúa) porque la vida de hombres y mujeres está al borde de la quiebra.  En ese contexto ofrece Jesús su programa y camino de Reino:

-El Reino  es banquete compartido no puro alimento material. (Lc 14, 16-24; Mt 22, 1-14; cf. Ev. Tom 64). Según una tradición antigua, Dios había preparado su comida para todos y de un modo preferente para los “buenos judíos” (representantes de unas “clases” superiores, “elegidas”). Pero, siguiendo la inspiración y experiencia del Bautista, Jesús ha descubierto que los invitados preferentes han rechazado la llamada. Esos preferentes no han venido, ni quieren que otros vengan a compartir el banquete, porque lo quieren sólo para ellos, y así lo pierden

-El reino es comunión, es vida compartida, no cada uno por sí mismo, sino cada uno  con los otros, superando las fronteras de los “elegidos” de Israel, como muestra el pasaje de la mujer siro-fenicia que pide a Jesús para su hija las “migajas” de la mesa de los hijos del reino israelita (cf. Mc 7, 28). Avanzando  en esa línea, un nuevo pasaje afirma que vendrán personas de todas las naciones (de norte y sur, levante y poniente), para tomar parte en el banquete final, que no es comida para cuando el mundo acabe, sino para este mismo mundo, empezando por los antes excluidos (Mt 8, 11-12; Lc 13, 28).

 Notas

[1] Cf.  Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Mt 25,31-46), Sígueme, Salamanca 1984.

[2] Ésta es una experiencia que ha sido formulada de un modo especial tras la muerte de Jesús, en el principio de la Iglesia, pero ella puede y debe situarse también en el tiempo de su vida, pues él ha interpretado el Reino como banquete abierto a las naciones, empezando por los más pobres.  Cf. S. Vidal, Jesús Galileo, Sal Terrae, Santander 2006. Cf. G. Theissen y – A. Merz,  Jesús histórico,  Sígueme, Salamanca  2000, 300-301.

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Cuando menos lo penséis. Domingo 19 Ciclo C

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Estad como los que esperan a su señor

El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús o “la vuelta del Señor, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.

A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).

            Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.

            [El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. 

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:

1) uno que vuelve de un banquete o una boda, y al que esperan sus criados;

2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

Dos comparaciones anticuadas

Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.

La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.

Los protagonistas 

En el primer caso, los protagonistas somos nosotros, presentados como criados que esperan a su señor, Jesús. En el segundo, el dueño de la casa también nos representa a nosotros, atentos a que no nos roben. Imagen bastante atrevida, porque el ladrón es “el Hijo del hombre”.

Dos consejos distintos

Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre. Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.

De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor

            A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.

            En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.

            Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como deja claro la continuación del evangelio (en la forma larga que puede omitirse).

La primera lectura (Sabiduría 18,6-9)

            La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio. El texto dice así.

            La noche de la liberación [de Egipto] se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

            Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

            El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

            El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

            En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

            Segundo punto de contacto: solidaridad

            Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

            En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.

Reflexión final

            Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 10 agosto, 2025

domingo, 10 de agosto de 2025
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“Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.”

(Lc 12, 35-40)

Este domingo el Evangelio nos invita a esperar. Pero esta espera tiene que ser activa, expectante. No como quien espera el autobús, sino como quien espera la visita de alguien importante. Es una invitación a estar preparadas, para que no se nos escapen las cosas buenas.

La espera que nos enseña Jesús nada tiene que ver con “mirar al cielo(cfr. Hch 1, 11). Hacia donde hay que mirar es hacia los hermanos. La espera que nos enseña Jesús tiene que ver con el servicio.

Para relacionarnos con el Dios de Jesús es imprescindible atender a las hermanas, a las personas que nos rodean, sirviendo a quienes lo necesiten. La espiritualidad cristiana es una espiritualidad encarnada por eso el mejor termómetro de nuestra relación con Dios es nuestra vida cotidiana. De nada sirven muchas horas de oración ni haber asistido a misa todos los domingos de nuestra vida si nuestro amor a Dios no se traduce en amor al prójimo.

Pero tampoco vale lo contrario: de nada sirve ser voluntario en tres ONGs si al final llevo una vida vacía porque he desconectado con la Presencia viva de Dios que me habita.

Necesitamos de muchos ratos sentadas a los pies del Maestro para que nuestro “hacer” se depure de todo activismo, de todo afán de protagonismo, de toda apariencia. Pero necesitamos también levantarnos, abandonar el cómodo espacio de intimidad con Dios y volvernos hacia quienes puedan necesitarnos sirviendo.

Jesús, el gran orante, la noche que en que iba a ser entregado, “se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies…” (Jn 13, 4-5)

En el itinerario que nos ofrece Jesús, oración y servicio van juntas, no se pueden separar, se alimentan mutuamente y nos hacen crecer armónicamente. Tampoco nuestro cuerpo y nuestro espíritu son dos realidades separadas, si descuidamos nuestro cuerpo o nuestro espíritu nuestra vida se resiente, se enferma.

Oración

Trinidad Santa, ayúdanos a vivir con la cintura ceñida para el servicio
y la lámpara de la oración siempre encendida. ¡Amén!”

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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¿De qué Dios nos habla el Evangelio?

domingo, 10 de agosto de 2025
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DOMINGO 19 (C)

Lc 12,32-48

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos y tesoros en el cielo o que Dios llegará como un ladrón, nos ha alejado del Dios de Jesús. Dios no tiene que venir de ninguna parte, menos como ladrón. Está llamando siempre, pero desde dentro. No puede pretender entrar en nosotros sino aflorar a nuestra conciencia.

No hay que confiar en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe en Él, sino confianza absoluta en lo que de Dios hay en nosotros que nunca podrá rallarnos.

Hay que estar despiertos, no porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que realmente somos y no es fácil de descubrir. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros desde el momento en que ‘decidió’ darse él mismo sin limitación alguna.

A la institución no le interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. Si el Reino-Dios es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. El Reino es el mismo Dios escondido en mí. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino-Dios.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me explico con claridad: Dios es un continuo presente, es eternidad. Esa eternidad es la que tengo que descubrir en mí aquí y ahora en el presente.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma, no es un medio para alcanzar algo. Todo lo que proyectamos para el futuro está ya aquí a nuestro alcance.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará, sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando siempre. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Para eso hay que estar despiertos.

Los seguidores de Jesús, todos judíos, fueron incapaces de librarse del Dios del AT. El Dios de los evangelios es una mezcla de ese Dios y de la increíble novedad del Dios Abba que descubrió. Lo preocupante es que después de dos mil años, nosotros nos sentimos más a gusto con aquel Dios justiciero y antropomórfico que con el Dios amor de Jesús.

El Dios de Jesús ni puede castigar por un pasado ni puede prometer nada para un futuro, porque ni tiene pasado ni tiene futuro. Dios es un eterno presente. No tiene ningún sentido preguntarnos si interviene en la historia, porque Él no tiene historia

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Estado del Bienestar.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Lc 12, 32-48

«No acumuléis tesoros en la tierra…»

Da la impresión de que el recelo que siente Jesús por la riqueza está injustificado, porque la cultura de la riqueza nos ha proporcionado un bienestar inimaginable hace tan solo unos años. Al menos en apariencia, la felicidad es la tónica general entre los ciudadanos de las sociedades opulentas (como la nuestra), y esta felicidad es el fruto de nuestra apuesta por la riqueza que nos ha permitido alumbrar una nueva sociedad basada en la garantía de las libertades públicas, la educación universal, la sanidad para todos, la asistencia social para los más desfavorecidos, el subsidio digno de jubilación y el acceso generalizado tanto a la cultura, como a productos y servicios que hasta ese momento habían sido patrimonio exclusivo de los ricos.

Y es evidente que la mejora de las condiciones de vida de las personas supone un logro de enorme importancia para la humanidad, tanto, que cabe preguntarse si al menos una parte de ella (la más próspera) ya está alcanzando su destino y lo único que le queda por hacer como tal humanidad, es extender este modelo a todo el mundo. Al menos en apariencia, la plenitud con la que han soñado tantos filósofos de todos los tiempos está a la vuelta de la esquina. Hemos hecho lo más difícil y sólo nos queda seguir por este camino para consolidar lo conseguido.

Pero esto es un mero espejismo. Algo falla en nuestro modelo porque, a pesar de la prosperidad alcanzada, el avance de la medicina, el poder adquisitivo de bienes y servicios tanto necesarios como suntuarios, el acceso a la información y la cultura, y tantos otros beneficios que reporta la sociedad de consumo, resulta patente que los ciudadanos de los países desarrollados no gozan de la felicidad que disfrutaron sus abuelos y deben refugiarse en el trabajo compulsivo, el ocio compulsivo, el alcohol y las dogas para olvidar la falta de sentido de sus vidas y el vacío que ello conlleva. Este vacío empuja el hombre actual a sobrenadar la vida en vez de sumergirse de lleno en ella, es decir, a desperdiciar el don irrepetible de la vida.

Y nos viene a la memoria Sören Kierkegaard, quien afirma que cuando el hombre ignora lo eterno que hay en él, siente vacío, angustia y desesperación. Es evidente que el estado del bienestar ignora lo eterno que hay en nosotros, y el resultado es que no llena, ni mucho menos, la vida de los ciudadanos. Si fuésemos un simple animal más evolucionado que el resto, como se afirma en las tesis reduccionistas, los ciudadanos de los países ricos estaríamos viviendo en una especie de paraíso en la Tierra, y el vacío que sentimos es suficiente prueba para demostrar que somos mucho más que lo que dicen estas teorías.

Pero la crisis de sentido no sólo provoca la falta de realización personal de los ciudadanos, sino que ha generado, y sigue generando, tal cúmulo de desequilibrios en todos los ámbitos de nuestra existencia, que hacen necesario y urgente el cambio de paradigma. En este comentario nos vamos a limitar a los tres más representativos.

El primero es la insostenibilidad. Esto no puede durar. Por una parte, harían falta varios planetas como el nuestro para disponer de los recursos necesarios para su mantenimiento y absorber las emisiones, vertidos y residuos que generamos. Por otra, el calentamiento global –más patente cada año que pasa– nos hace temer que las predicciones de los científicos acaben siendo ciertas, y que nuestro planeta acabe por convertirse en inhabitable. De una forma u otra, nuestra civilización tiene los días contados.

El segundo es la desigualdad creciente entre unas regiones y otras; entre unos ciudadanos y otros, lo que provoca que mientras unos pueden derrochar sin medida, otros no tienen ni lo necesario para vivir; su mayor logro es sobrevivir cada día. Jamás esta brecha ha sido mayor y sigue creciendo. Para ilustrar esta situación diremos que Luxemburgo tiene una renta per cápita de 153.000 $. Los dos países más poblados de la tierra, China e India, tienen respectivamente, 13.000 $ y 2.500 $, y el más pobre, Burundi, tiene 193 $; es decir, casi ochocientas veces menos que los más ricos.

El tercero es la agresión brutal al medioambiente. Ya hemos mencionado la amenaza de que nuestro hábitat se convierte en inhabitable, pero mientras tanto, las condiciones de vida de los ciudadanos puede convertirse en un infierno.  Una de las conclusiones más inquietantes del último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) –elaborado por científicos de prestigio, y no por ecologistas exaltados decía lo siguiente:

«La humanidad está condenada a padecer una escasez trágica de recursos esenciales para la vida debido a la pérdida de cosechas y la destrucción de los fondos marinos, y, como consecuencia, se van a producir migraciones masivas en busca de estos recursos y conflictos generalizados por obtenerlos».

Y de todo ello sacamos la conclusión de que quizá Jesús no andaba tan descaminado; que la riqueza nos endurece el corazón y nos incapacita para amar y compadecer; que nos impide entrar en el Reino y nos arroja en manos de una tiranía despiadada que nos impide vivir con sentido, nos esclaviza y nos deshumaniza… Tanto a cada uno de nosotros, como al conjunto de la humanidad.

«Bienaventurados los pobres», decía Jesús por boca de Lucas.

«Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida», decía Jon Sobrino, abriendo la única vía de salvación que le queda a este mundo.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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No descuidéis la vida. Apuntes para el camino.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Lc 12, 32-48

El relato evangélico que nos ocupa nos sumerge en una amplia enseñanza de Jesús a su discípulos/as que, quizá, en una primera lectura nos resulte difícil de entender. Pero, si vamos poco a poco escuchando, podemos descubrir algunos de los hilos que tejen el mensaje y encontrarnos, una vez más, con ese horizonte desafiante que es seguir a Jesús.

En esta sección del evangelio, Lucas, une diversas enseñanzas de Jesús con el propósito de ayudar a su comunidad a responderse algunas preguntas que iban surgiendo en su caminar creyente: ¿Cómo mantener viva la utopía del Reino? ¿Qué valores hemos de priorizar en la comunidad? ¿Cómo sostener la esperanza en un mundo a veces hostil y otras indiferente?

Confía y comparte

Lucas y su comunidad saben muy bien que ser discípulo/a de Jesús no consiste en aprender o aceptar una serie de verdades sino adoptar un estilo de vida. Un estilo de vida que, tampoco, se queda en meras prácticas ascéticas, sino que abarca todo lo que son y hacen desde lo más cotidiano hasta lo más excepcional.

Las palabras de Jesús que Lucas recuerda buscan sostener ese estilo y lo hacen invitando a estar atentos/as a no dejarse vencer por el miedo o el desánimo y a ser responsables de no dejar que se apague la esperanza.

Jesús comienza su enseñanza invitando a los discípulos/as a no tener miedo porque Dios-Abba está sosteniendo sus vidas en el camino de seguir encarnando la Buena Noticia del Reino como comunidad y como miembros de una sociedad que no siempre los acoge y los entiende.

Esa confianza en el Dios del Reino se refleja, de forma significativa, para Lucas, en el uso de los bienes. La llamada a desprenderse de lo que se tiene y a repartirlo con quien lo necesita es un imperativo del discipulado. No se trata de ser generoso/a con los pobres sino de vivirse liberado/o de las etiquetas de poder y estatus que suponen la riqueza.

Para la Lucas la gratuidad es un signo de pertenecía a la comunidad no un tema ascético. La llamada es a educar el corazón desde la gratuidad, a mirar al otro/a desde el vínculo que nace de sentirse hermano/a y compañero/a de camino.

Atentos/as y responsables

Seguir a Jesús supone, además, estar siempre atentos/as a la vida, cuidándola e impulsándola. No se trata simplemente de un mandato, aunque sea evangélico, sino de una invitación a hacerse corresponsable en la tarea del Reino.

En esta tarea la recompensa es la acogida mutua, la hospitalidad y la mesa compartida. La invitación es a reorganizar las partencias, a cambiar el honor por el servicio, el tu por el nosotros.  Permanecer ahí no es fácil porque es fácil dejarse arrastrar por el cansancio, el desencanto o el fracaso.

El desafío es permanecer alentados/as por la esperanza, no dejar que el tiempo haga rutinario el camino o vacío el deseo. El desafío es hacernos cargo de la Buena Noticia del Reino con gratuidad, responsabilidad y pasión.

Vivir el discipulado desde unos “mínimos aceptables” y no desde un horizonte de vida plena y plenificada empequeñecerá cualquier cosa que emprendamos, vaciará de aliento cualquier proyecto y sobre todo, pondrá freno a la Buena Noticia de Dios que es, en definitiva, la a misión que toda/o discípula/o de Jesús nos hemos comprometido.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Buscadores/as del Tesoro.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 10 agosto 2025

Lc 12, 32-48

La del buscador es una parábola sobre la existencia humana que se ha repetido en diversas tradiciones sapienciales. En síntesis, viene a decir que “algo” en nosotros sabe que hemos perdido o ignorado un tesoro -el tesoro por excelencia, que contiene nuestra plenitud-, por lo que todo nuestro recorrido vital no es sino un viaje para descubrirlo o recordarlo. “Conoce quién eres”, “recuerda quién eres”, repiten una y otra vez aquellas tradiciones.

De entrada, la aventura humana empieza como una búsqueda, en cuyo origen es posible rastrear una doble motivación, lo cual nos alerta del riesgo que encierra. Por un lado, nace de la necesidad; por otro, del Anhelo.

Al percibirnos como seres sumamente necesitados, frágiles y carenciados, se pone en marcha en nosotros un impulso que nos lanza a buscar algo que nos complete y nos sacie. Porque la experiencia de carencia nos resulta insoportable.

Pero ese no es el único motor que nos pone en marcha. En otro nivel más profundo, se activa un Anhelo, que nace del “recuerdo” (inconsciente) antes mencionado, y que tiene un sabor diferente al de la necesidad.

La necesidad termina confundiéndonos, al hacernos creer que aquello que habría de completarnos se encuentra fuera y en el futuro. De ese modo, no solo erramos el camino, sino que incrementamos la ansiedad, al no encontrar nunca aquello que habría de saciarnos.

El Anhelo, por el contrario, es la voz de nuestra profundidad, que nos llama a casa. Lo que anhelamos no se halla fuera ni un futuro lejano; es más íntimo que nuestra propia intimidad: es lo que somos. Únicamente lo habíamos olvidado.

Por ese motivo, en el camino de búsqueda, acertamos al comprender que no hay nada que buscar; hay, más bien, que dejarse encontrar. Cesamos de ser buscadores; en cuanto lo comprendemos, somos, sencillamente, “reconocedores”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Vivir es un continuo acto de confianza.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Fe – confianza.

        Habitualmente la homilía (conversación) versa sobre el Evangelio y así tiene que ser. Pero todos los textos del Nuevo Testamento (de la Biblia) son Palabra, expresión de Dios. Por eso hoy la homilía ´la centro en el pasaje de la carta a los Hebreos que, aunque no es de la pluma de San Pablo, sí recoge su tradición, su modo de pensar.

El texto que hemos escuchado hoy, es un canto a la fe, y pertenece a la más genuina tradición de San Pablo: el justo vive por la fe, (Rom 1,17).

Esta actitud de creyente, de fe, aparece hoy siete veces en el texto que hemos escuchado

02.- La fe como confianza y la fe como contenido.

        La fe tiene como dos vertientes:

        +      la fe con la que creo (fides qua)

        +      la fe en la que creo (fides quae).

La fe con la que creo: mi confianza en Dios

        Inicialmente la fe es poner nuestra confianza en Dios, me fío de Dios, confío en Dios. Podemos decir que tengo confianza en Dios, soy amigo de Dios, Es la fe fiducial, de confianza: es aquello que dice la tradición de San Pablo: sé de quién me he fiado. (2Tim 1,12). Es la fe con la que creo.

        En este sentido, por ejemplo un protestante luterano o un ortodoxo creen en JesuCristo con la misma confianza que nosotros católicos, si no más.

La fe en la que creo

        La fe tiene un contenido: creo en Dios, en JesuCristo, podríamos poner el  Credo entero…

        En este sentido podemos tener algunas diferencias en la fe de un evangélico, un ortodoxo, un anglicano  y nosotros, católicos.

        Pero la fe no es meramente una doctrina, unos dogmas, una ideología. La fe es la confianza que yo pongo en Dios. Creer es confiar.

        Pensemos y recapacitemos un poco si confiamos en Dios o, más bien, le tenemos miedo. ¿A Dios hay que tenerle calmado? ¿Dios no es de fiar?

03.- Vivir es un acto de confianza continuo.

        Inicialmente vivir en la fe, –el justo vive por la fe-, es vivir serenamente en una actitud de confianza en la vida, en la familia, en las personas con las que convivimos, con las que trabajamos, confiar en las instituciones, confiar en Dios.

  • Es sensato y bueno que la pareja confíe uno en el otro, que los hijos confíen en sus padres, los hermanos entre sí.

Los padres confían sus hijos a un colegio, a unos maestros que, se supone, tienen algunos criterios sanos. Confiamos en el médico que nos atiende. Es más que razonable confiar en los amigos. Confiamos en el sacerdote. Es razonable confiar en quien conduce el autobús o el avión. Confiamos en que los alimentos, los medicamentos son y están buenos. Vivir es un continuo acto de confianza.

  • Por otra parte confiamos en el testimonio que se nos ha transmitido: testimonios y tradiciones familiares, históricas, políticas, festivas, culturales. Por principio no dudo, sino que acepto de buen grado, serenamente la sabiduría que me han transmitido mis padres, la tradición eclesial en la que he nacido y vivo, la tradición popular de mis raíces.

04.- No es lo mismo fe (confianza) que doctrina o dogma

Las afirmaciones religiosas dogmáticas son siempre limitadas, porque son humanas y hemos de confiar, creer no en la materialidad de las palabras sino en lo que estas quieren decir.

¿Dios creó el mundo en siete días? ¿El hombre es realmente de barro? ¿El Éxodo fue como el desembarco de Normandía? ¿JesuCristo se puso en pie como un robot la mañana de Pascua? ¿María fue asunta a los cielos en cuerpo y alma?

A veces buscamos seguridad “matemática” en las palabras dogmáticas, pero más bien hemos de confiar en lo que significan

        Porque no es lo mismo confianza que seguridad. La confianza -la fe- es una actitud en la vida que construye personas amablemente, con sentido. La confianza es una actitud interior, ¿una virtud? que descansa en Dios

05.- No temas, pequeño rebaño.

        La primera afirmación del evangelio de hoy es: no temáis. “No temas pequeño rebaño”. ¡Cuántas veces repite Jesús esta actitud!

        El fundamento de la religión es el miedo. La religión es el esfuerzo titánico (imposible, por otra parte) para controlar y dominar a Dios.     El fundamento del cristianismo es la confianza, el amor de Dios, la bondad. No temáis, no perdáis la calma, confiad… El cristiano confía, se fía de Dios, de JesuCristo.

        La persona religiosa cumple con lo que la religión le manda. El cristiano confía en el Dios y Padre de nuestro Señor JesuCristo.

        Cuando uno confía, se fía de JesuCristo, principalmente en las cuestiones y situaciones límite halla una paz profunda en su alma, descansa. Me pase lo que me pase, que no me pase sin Ti, Señor.

¿No habéis experimentado en vuestra alma esa honda paz interior?

        En la vida nos puede pasar de todo. Nos van a pasar muchas cosas y vivencias: problemas, crisis, infidelidades, pecado, sufrimientos, enfermedades, muerte. No temas, pequeño rebaño.

        Podríamos terminar la Palabra de hoy con aquella oración de Teilhard de Chardin: cuando tengas y sientas en tu interior angustia, tristezas, culpabilidad, miedos en la vida y en la muerte:

Adora y confía.

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“Mantener la fidelidad a la tarea encomendada”, por Consuelo Vélez

domingo, 10 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XIX Domingo del Tiempo Ordinario 10-08-2025

Jesús se dirige a sus discípulos llamándolos “pequeño rebaño” e invitándolos a no tener miedo porque el reino prometido por el Padre será una realidad

Por esa confiaza les recomienda vender sus bienes para que el corazón esté del lado del verdadero tesoro que nadie podrá arrebatarles. Ese tesoro es el reino que se comienza a vivir aquí esperando su plenitud en el más allá

Han de estar vigilantes para la llegada del Señor, llegada que expresa con los símbolos del reino: la mesa compartida, el servicio del mismo Jesús a los suyos

Pidamos saber vivir en la vigilancia activa, conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos para hacer fructificar el reino de Dios en nuestra vida y en el mundo en el que vivimos, manteniendo la fidelidad a la tarea encomendada.

Consuelo Vélez

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

+ «No temas, pequeño rebaño, porque el Padre ha tenido a bien darles el reino. Vendan sus bienes y denlos en limosna; háganse bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está su tesoro, allí estará también su corazón. Tengan ceñida su cintura y encendidas las lámparas. Ustedes están como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad les digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre».

Pedro le dijo:

– «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».

Y el Señor dijo:

+ «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

(Lucas 12, 32-48)

El evangelio de hoy continúa con un tema similar al evangelio del domingo pasado donde se invitaba a no atesorar riquezas en la tierra. En esta ocasión, Jesús dirige el mensaje a sus discípulos a quienes llama “pequeño rebaño”, invitándolos a no tener miedo porque el reino prometido por el Padre será una realidad. Esta confianza hace posible las peticiones que les hace: “vender los bienes y darlos en limosna, es decir, entrar en la dinámica del compartir que supone el reino de Dios. De esa manera el corazón estará del lado del verdadero tesoro que nadie puede arrebatarles. Ese tesoro es el reino que se comienza a vivir aquí esperando su plenitud en el más allá.

Continúa el evangelio invitando a la vigilancia con las expresiones “tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. La vigilancia tiene un motivo: la llegada del Señor el cual, al encontrarlos en vela, él mismo se sentará a la mesa y se pondrá a servirles. Notemos que los símbolos empleados son los del reino: la mesa compartida, el servicio del mismo Jesús a los suyos. Jesús refuerza esta invitación con el ejemplo del hombre que si supiera a qué horas viene el ladrón, no dejaría que entrará. De la misma manera, los discípulos han de mantener la vigilancia para el momento definitivo que no se sabe cuándo será, pero frente al cual se ha de estar preparados.

Ante estas recomendaciones, Pedro le pregunta si esa parábola la dice por ellos o por todos y Jesús responde con una pregunta en la que podríamos decir nos incluye también a nosotros: todos aquellos a los que Dios les confía la administración de la buena noticia han de vivir con la diligencia que corresponde. Pone de nuevo un ejemplo, en esta ocasión, del administrador que reparte la ración de alimento a tiempo, es decir, que cumpla con todas sus obligaciones para que cuando llegue el dueño, pueda recompensarlo. Pero si hace lo contrario, pensando que el dueño no va a llegar todavía, tendrá la suerte de los que no cumplen con su responsabilidad. Jesús utiliza un lenguaje que todos pueden entender, hablando de ser recompensado o castigado, pero hemos de tener en cuenta que nuestro Dios no es un Dios de premios y castigos, sino un Dios misericordia y amor incondicional que siempre estará ofreciéndonos la salvación. Por eso, la última frase del texto hemos de entenderla desde nuestra propia responsabilidad: somos nosotros mismos quienes con nuestras obras habremos aprovechado las muchas bendiciones dadas o las habremos derrochado. En este último caso, seremos nosotros los que decidamos apartarnos del Señor, no aceptando su amor gratuito y total.

Pidamos saber vivir en la vigilancia activa, conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos para hacer fructificar el reino de Dios en nuestra vida y en el mundo en el que vivimos, manteniendo la fidelidad a la tarea encomendada.

(Foto tomada de: https://www.chimbotenlinea.com/evangelio-dominical/10/08/2014/es-en-el-partir-y-compartir-el-pan-donde-se-descubre-al-discipulo-y)

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“Velemos – San Lucas 12, 32-48 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 10 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

¡No temáis, pequeño rebaño!

La palabra fuerte y tranquilizadora de Jesús nos alcanza en este momento conflictivo y violento, quejumbroso y banal, resignado y despreocupado, y nos ayuda a orientar la vida, a devolverle sentido, vigor y esperanza.

¡No temáis, pequeño rebaño!

Sí, somos un pequeño rebaño, somos pocos, pero elegimos tener un solo pastor, el pastor hermoso que sabe adónde llevarnos, que, a diferencia de los mercenarios, se interesa por nosotros por lo que somos, no por lo que producimos. 

¡No temáis, pequeño rebaño!

No tengamos miedo, aunque nos cueste (¡cuánto!) no perder la esperanza. Pero confiamos, tenemos fe, como el padre Abraham, como Sara, porque nos hemos descubierto amados, y hemos elegido amar.

La confianza nace de la experiencia: hemos conocido cuánto nos ama el Señor Jesús.

Sabemos que ha dado su vida por nosotros. Porque Dios ama con un amor libre y liberador, vital y vivificante, concreto y cotidiano.

No debemos temer porque al Padre le ha complacido regalarnos el Reino.

Nos ha sido regalado, donado, sin condiciones, gratuitamente.

Porque Dios es así: da. Y se da a sí mismo.

El Reino está donde Dios reina, donde mora su presencia de luz y paz.

Pero para darnos cuenta de su presencia, para no dejarnos abrumar por el miedo, para descubrir realmente que el Reino está entre nosotros, que ya está aquí, debemos vivir como personas libres y debemos velar.

Buenos administradores

Hagamos cuentas, con serenidad y seriedad.

Veamos qué vale la pena vivir, dónde estamos invirtiendo tiempo y energía, recursos y cualidades en nuestra vida. Si el Evangelio es solo un apéndice (sano y santo) dentro de nuestra vida cotidiana o si, por el contrario, ha cambiado nuestra forma de ver las cosas.

El tiempo que estamos viviendo es un tiempo intermedio, en espera de que vuelva el Señor de la gloria.

A nosotros, aquí y ahora, Dios nos confía la gestión del Reino, para hacerlo presente, para vivir como hijos de Dios. Nuestras comunidades se convierten entonces en sucursales del Reino, páginas publicitarias de la nueva humanidad porque está reconciliada, profecía de un mundo nuevo.

Aunque no seamos capaces, aunque no seamos dignos, aunque cojeemos.

Por eso hacemos sinodalidad: para preguntarnos con franqueza evangélica si la forma en que anunciamos es la mejor forma, hoy, de hablar de Dios. 

Estad preparados 

Estad preparados, advierte Jesús.

Listos para viajar, listos para cuestionar todo resultado, toda certeza, más aún si proviene de la fe y la religiosidad. Si hemos comprendido que nuestro corazón está hecho para el infinito y buscamos el infinito, estemos dispuestos a buscarlo infinitamente.

Es la actitud saludable del discípulo, la conciencia del «ya sí y todavía no».

Ya conozco a Dios, pero todavía no lo poseo.

Ya he vivido una experiencia afectiva maravillosa, pero sé que ningún amor llena mi corazón definitivamente.

Ya he descubierto, a la luz del Evangelio, cuánta gracia y luz interior llenan el corazón, pero aún vivo momentos de desánimo y oscuridad.

Ya he comprendido quién soy, pero aún no sé quién seré.

Una tensión sana, hermosa, que nos lleva a lo esencial, que nos separa de la pesadez de la cotidianidad, que nos devuelve al realismo. 

Estad preparados, nos pide el Maestro. Y nosotros velamos en la noche.

Esta noche de la Historia. Cada noche. Escudriñando el Oriente, esperando la aurora.

¡Cuánta fe nos pides, Señor! 

Nómadas

Como Israel, cuyas hazañas, enfatizadas y mitificadas, leemos, también nosotros estamos llamados a salir de la esclavitud, de toda esclavitud, para aprender, en el desierto, a confiar en Dios. Esclavos de la idea que tenemos de nosotros mismos, esclavos y preocupados por la imagen que debemos dar a los demás, esclavos de las falsas necesidades que nos suscita la publicidad, podemos redescubrir, a la luz de la Palabra, que o el hombre es buscador o no es, o el hombre es mendigo o no es. O el hombre está en camino interior o no es.

Que la vida, que toda vida, es una liberación interior progresiva.

¡Cuánta fe nos pides, Señor!

Abraham escucha su voz interior.

No es un joven presa de delirios místicos: es un hombre realizado, no abrumado por pasiones impetuosas. Es un hombre probado por la vida, desilusionado y que, sin embargo, siente una llamada irrefrenable hacia la interioridad. «Ve», siente en su corazón, «ve a ti mismo».

¡Loco Abraham, que dejará todas sus certezas y su papel social para seguir un instinto interior, para reencontrarse a sí mismo! Y este gesto suyo será inmensamente fecundo: él es el padre de todos los que buscan a Dios.

Ve a ti mismo, amigo, hermano, descúbrete viajero, en serio.

Aunque pienses que has vivido lo suficiente, o que has sufrido demasiado, o que has tomado tus decisiones.

Todos somos extraordinariamente libres, capaces de emprender nuevos caminos incluso cuando todo parece decidido, erróneo, inamovible.

Ve a ti mismo. 

La espera

La vida se convierte entonces en una espera inquieta (y feliz), la espera del regreso, la espera del encuentro con el amo que vuelve de la boda.

Espera: mi vida, tu vida es espera.

De un sentido, de superar tu dolor, de la clave para comprender tu vida, de una persona a quien amar, de un hijo a quien abrazar y besar, de un mundo mejor, de la luz infinita que ilumine tus miedos, de Dios.

Espera.

El hombre es el único ser vivo capaz de esperar, de velar, de insistir, de creer.

Por la noche, a menudo, en el largo y denso silencio de la noche, sentimos crecer nuestra fe, abandonarse nuestro corazón, comprendemos lo que es esencial para nosotros. Por la noche, como centinelas que esperan el amanecer, nos convertimos en creyentes, en discípulos.

Cuando las rodillas tiemblan, cuando el cansancio es grande, cuando nos parece que no podemos esperar, cuando la desesperación presiona la puerta del corazón, podemos mirar a los testigos, mirar a los padres de la fe, a los muchos, a los muchísimos que, como nosotros, creyeron en la noche y vieron la luz, al fin.

La fe es este misterioso ya y todavía no, este silencio ensordecedor, esta noche luminosa.

Velemos, pues.

Amados. Amando.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 10 de agosto de 2025

 

1.- El servicio es la clave para entrar en el Reino.

2.- Y el amo se pone a servirnos a nosotros, pobres siervos.

3.- Preparaos para el encuentro con un Dios que se inclina hacia el hombre.

4.- Dios está al servicio de nuestra felicidad.

5.- La belleza de un Dios que se hace siervo.

6.- Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.

7.- Velemos – San Lucas 12, 32-48 –.

 ***

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Bendice, Señor, el espíritu quebrantado de los que sufren.

sábado, 9 de agosto de 2025
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Con Santa Teresa Benedicta de la Cruz  (Edith Stein), mártir en Auschwitz, recordemos a las víctimas de tantos genocidios que el ser humano ha sido y sigue siendo capaz de perpetrar… Y que, a pesar de no ver, de no entender, sigamos siendo instrumentos de Paz y de Misericordia…

 

Bendice, Señor
el espíritu quebrantado de los que sufren,
la pesada soledad de los hombres,
de aquél que no encuentra nunca reposo,
el sufrimiento que nunca se le confía a nadie…
Y bendice el cortejo de las gentes
que en la noche no se dejan amedrentar
por el espectro de los caminos desconocidos.
Bendice la miseria de los hombres que están muriendo ahora.
Dales, Señor, un buen fin.
Bendice los corazones, Señor, los corazones llenos de amargura.
Sobre todo, alivia a los enfermos,
concede el olvido a aquellos a quienes has privado
de su bien más querido.
No dejes que nadie en la tierra  viva angustiado
Bendice a los alegres, Señor y protégeles,
A mí nunca me has librado, hasta ahora, de la tristeza.
Y a veces me pesa demasiado;
pero Tú me das fuerza
y así puedo cargar con ella.

*

***

Edith Stein,
Extracto de La Ciencia de la Cruz.

***

https://www.youtube.com/watch?v=OqEtID-kArE

*

La séptima Morada, película sobre Edith Stein, video 1 de 8 en Youtube

***

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“¡No! en nombre De Dios“, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 7 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

¿Qué clase de religión es esa que legitima, justifica y ofrece un fundamento teológico a guerras, genocidios, suspensión total de la ayuda humanitaria, exterminios y proyectos de aniquilación de poblaciones enteras perseguidos con lucidez y una ferocidad cada vez más violenta? 

No es una cómoda pregunta, y sí una provocación también teniendo en cuenta la inaceptable tragedia que se está consumiendo ante nuestros ojos en Gaza. Creo que somos conscientes de que en el conflicto de Palestina todas las partes en lucha también están sostenidas por razones religiosas fuertes y vinculantes. También los islamistas de Hamás. Pero si el judaísmo es la religión que promueve el shalom ¿cómo explicar que hoy en Israel sean precisamente los partidos religiosos los menos dispuestos a la paz y lleguen a proponer una suspensión total de la ayuda humanitaria a Gaza?

Estamos ante otro ejemplo de esa perversa conexión que une «Dios-guerra-violencia», presente en todas las religiones y que corre el riesgo de convertirse en indisociable cuando la religión y la política se funden en un único proyecto, condicionando las instituciones de la otra. Romper el escándalo entre «Dios-guerra-violencia» y mantener separado el plano religioso del político son los dos grandes retos a los que todos estamos llamados si queremos poner fin al escándalo de matar y hacer morir en nombre de Dios.

Fue David Hume (1711-1776) quien sostenía que los errores de la filosofía son siempre ridículos; los de la religión son siempre peligrosos. No estoy seguro de que los errores de la filosofía siempre hagan sonreír. Sin embargo, estoy seguro —y comparto la segunda parte de la máxima de David Hume— de que las interpretaciones religiosas erróneas no solo crean peligros para toda la humanidad, sino verdaderas tragedias, conflictos, sufrimientos e incluso guerras.

Somos testigos de ello: todas las religiones más importantes del mundo profesan esencialmente, además del amor por lo Absoluto —en cualquiera de sus formas—, también la paz y la fraternidad. Sin embargo, por miedo, por interpretaciones imprecisas y a veces falsas de los textos sagrados, por errores clamorosos sobre acontecimientos humanos o porque se quiere imponer el propio credo, las religiones acaban transformando la paz y la hermandad «predicadas» en guerras fratricidas infinitas e inhumanas.

Liberar a las confesiones religiosas de los componentes de maldad y violencia que se esconden en su interior es, por lo tanto, un ejercicio crítico indispensable y urgente para convivir en el signo de la fraternidad. Una tarea que incumbe tanto a quienes ejercen funciones de liderazgo y responsabilidad en las comunidades religiosas como a los fieles que se reconocen en ese credo. Pero liberar a las religiones de las cuotas de violencia y maldad que se esconden en ellas es también responsabilidad de la cultura, del mundo educativo, de los contextos formativos, para llegar luego a involucrar también a quienes ocupan cargos políticos y gubernamentales.

Esto significa que el administrador político debe comprometerse a que las actividades políticas, legislativas y administrativas realizadas por el bien común no solo sean «distintas» de la esfera religiosa, sino también «separadas», para evitar que los códigos de conducta religiosos se impongan con la fuerza de la ley (¡que es violencia!) a quienes no se reconocen en ese «credo».

Cuando en nombre de Dios se impone a todos un comportamiento derivado de la propia creencia religiosa o se considera al otro como enemigo por pertenecer a otras confesiones religiosas, por ser diferente, se entra inevitablemente no solo en el «peligro de las religiones» expuesto por David Hume, sino que se crean también las premisas para que el debate político degenere en un enfrentamiento y un conflicto difícilmente reconciliable.

El Dios que se hizo hombre en Jesús —dicen algunos teólogos cristianos— nos ha liberado de la religión. Y esta afirmación no pretende condenar en sí misma la experiencia religiosa, que sigue siendo fuente de vida y espiritualidad cuando se vive sin traicionar sus raíces. Sin embargo, quiere recordar a todos que ningún hombre en la Tierra está autorizado a utilizar el nombre de Dios para legitimar su poder o para someter y dominar a otros seres humanos.

Impedir que la religión como tal sea gestionada de manera despiadada o fanática hasta el punto de sembrar la muerte en quienes la adoptan y en quienes les rodean es el imperativo urgente al que todos estamos llamados. Como dice el Cardenal Ravasi: «Hay una religiosidad estrecha y mezquina que, paradójicamente, aleja de Dios y del aliento libre y gozoso de su Espíritu. Por eso debemos vigilar sin cesar nuestro interior, custodiar la pureza de la fe, verificarla con la medida del amor».

Y aquí está otro punto de vital importancia en la reflexión: «No tomarás el nombre de Dios en vano» (el texto se encuentra en el libro del Éxodo y es más articulado: «No tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no deja impune a quien toma en vano su nombre» -Éxodo 20, 7-). Es uno de los Diez Mandamientos que se estudiaban (¡de memoria!) en el Catecismo para aprender los Diez Mandamientos.

A nivel ético y popular, era el fundamento bíblico para condenar la mala costumbre del lenguaje vulgar que llega a la blasfemia. Sin embargo, en el texto no se prohíbe todo uso del nombre de Dios, sino cualquier forma de uso que tenga por objeto «apropiarse» de la fuerza divina que contiene. Cuando Dios revela su nombre —«Yo seré el que seré» (Éxodo 3,14)—, manifiesta al mismo tiempo que es una Presencia Fiel que nunca abandonará a su pueblo, y que es inaccesible, inasible e imposible de poseer.

Lo mismo ocurre con nosotros: el «nombre» es mucho más que la designación convencional que se da a las cosas, los animales o las personas. El conocimiento del nombre nos introduce en la confianza, la comunión y la intimidad. Pero el otro —con su nombre— sigue siendo un misterio inagotable e imposible de manipular y manejar para nuestro propio uso y consumo.

Si esto es así para las personas, aún más, dice el libro del Éxodo, para la realidad de Dios, cuyo nombre lo describe como una presencia misteriosa e inalcanzable.

El término «en vano», en cambio, en hebreo puede traducirse, según los especialistas, por «vano, falso o inútil», y es la palabra con la que se designa también al ídolo («Hablan contra ti con engaño, abusan de tu nombre» – Salmo 139,20-). Relacionado con la prohibición de esculpir imágenes de «ídolos», este precepto recuerda a Israel que no debe caer en la tentación de querer representar a Dios con la intención de «capturarlo» con un «nombre» pronunciado mágicamente y propiedad de quien puede nombrarlo.

¿Y si tomáramos al pie de la letra esta petición y dejáramos todos de usar el nombre de Dios de manera «falsa» para legitimar nuestros pequeños-grandes objetivos de afirmación, éxito, victoria, prestigio…?

Cuántas veces el nombre de Dios es un velo que cubre motivaciones —políticas, económicas…— de quienes creen no solo actuar en nombre de Dios, sino también que su Dios les permite cometer actos terribles, que no es descabellado llamar ‘genocidas’.

Esta es la verdadera blasfemia que Dios no absuelve: apropiarse del nombre de Dios para ejercer el poder, para iniciar guerras y para dominar o matar a seres humanos considerados arbitrariamente enemigos.

No hay otro camino: se nos pide que sigamos profundizando y poniendo en práctica esta laicidad severa, pero liberadora -«vivir como si Dios no existiera»- (Dietrich Bonhoeffer), que nos pide que no nos apropiemos —¡jamás!— del nombre de Dios, si queremos que las religiones no se alejen de los hombres y de la paz.

Finalizo reproduciendo la oración a Dios escrita por el ilustrado Voltaire, que se encuentra en su Tratado sobre la tolerancia (1765). Voltaire la compuso en un siglo marcado por fuertes contrastes ideológicos y religiosos. Su objetivo era oponerse con todas sus fuerzas (morales y racionales) al fanatismo intolerante que caracteriza a quienes se adhieren a una confesión religiosa de forma pasiva y acrítica. La Oración a Dios es una súplica a un Dios universal, no vinculado a religiones específicas, por la misericordia y la tolerancia entre los hombres.

Un texto que merece la pena conocer y que considero una buena lectura en este caluroso verano de 2025 ensuciado y vilipendiado por guerras inaceptables, intolerables y que, vergonzosamente, se llevan a cabo en nombre de Dios:

Ya no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades. 

Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra; que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata:

Hasta puede ser que el documento internacional más importante de los últimos tiempos haya pasado dejado de la mano de Dios… y olvidado de la conciencia humana al ángulo oscuro del salón del olvido. Me refiero al acuerdo internacional más relevante de los últimos años y que fue firmado entre el Papa Francisco y el gran imán Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayeb, el 4 de febrero de 2019. Siento hasta un cierto punto de tristeza cuando ya no oigo aludir, mucho menos aún citar, aquel Documento sobre la Fraternidad Humana. Y, sin embargo, sospecho que ahí, precisamente ahí, reside la clave para promover la paz mundial y la convivencia común a través del diálogo interreligioso, la libertad religiosa, la ciudadanía y la fraternidad.

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Cristo es la Transparencia

miércoles, 6 de agosto de 2025
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Dios mismo vino sobre la tierra como un pobre,
como un humilde.
Vino a través de Cristo Jesús.
Dios permanecería lejos de nosotros si
Cristo no fuera la transparencia.
Desde el comienzo Cristo estaba en Dios.
Desde el nacimiento de la humanidad,
era palabra viva.
Vino sobre la tierra para hacer accesible
la confianza de la fe.
Resucitado, hace su morada en nosotros,
nos habita por el Espíritu Santo.
Y descubrimos que el amor de Cristo se expresa ante todo
por su perdón y por su presencia continua dentro de nosotros.

*

“15 días con el Hermano Roger de Taizé “
escrito por Sofía Laplane
Editorial Ciudad Nueva

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar.

Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

En esto aparecieron conversando con él dos hombres. Eran Moisés y Elías,  que, resplandecientes de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros, aunque estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos que estaban con él.

Cuando éstos se retiraban, Pedro dijo a Jesús:

Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, vino una nube y los cubrió, y se asustaron al entrar en la nube. De la nube salió una voz que decía:

Este es mi Hijo elegido; escuchadlo.

Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto.

*

Lucas 9,28b-36

***

Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración del Señor -la nuestra- empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo.

La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente, todo ser humano -sea cual sea la impresión que suscita en nosotros- es esta profundidad de Dios.

Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz. Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin consumir, y así puede enseñarnos a vivir.

Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en el hombre -Cristo- nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso sobre toda muerte.

El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. Él está en el hombre, nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy diferente a nuestro servicio en este mundo .

*

J. Corbon,
La alegría del Padre, Magnano 1997

***

Durante el verano, vuestras hermanas y hermanos de Cristianos Gays rezan contigo y por tí. De hecho, nuestro deseo es vivir nuestra vida cotidiana, iluminados interiormente por medio de Jesucristo. Queremos estar cerca de los que pasan las pruebas.

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¿Qué le importa a Dios y cómo podemos enriquecernos con ello?

lunes, 4 de agosto de 2025
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La reflexión de hoy es de Jeromiah Taylor, coordinador de contenido digital de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 18º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

“Así será para todos los que atesoran para sí mismos, pero no son ricos en lo que importa a Dios.”

Esta última línea del pasaje del Evangelio de hoy en la Misa plantea una pregunta más amplia: ¿qué le importa a Dios y cómo nos enriquecemos en ello?

Creo que las secciones del leccionario de hoy sugieren que las prioridades de Dios tienen algo que ver con el “nuevo ser” al que alude San Pablo en la segunda lectura de hoy. Parece verlo como algo que nos “revestimos” después de haber muerto, escondidos en Cristo. Algo renovado a imagen de su Creador.

Para los católicos queer, ser renovados a imagen de nuestro Creador podría significar vivir en honor a la vida que se nos ha dado. O aceptar nuestra dignidad, belleza y bondad como las huellas de las manos de nuestro Creador en la suave arcilla de nuestros cuerpos. San Pablo añade que las divisiones humanas que desgarran nuestro viejo ser son disueltas por Cristo, quien es todo y en todos.

Nacer en nuestro nuevo yo lleva tiempo y, creo, es probablemente un proceso recurrente. Desafortunadamente, también requiere que muramos muchas veces. Pero cada vez que lo hacemos, más de Él crece en nosotros y nosotros en Él. No debemos preocuparnos por hacerlo mal o por que nuestro nuevo yo nazca muerto. El salmo responsorial nos insta a no endurecer nuestros corazones al escuchar la voz de Dios. En otras palabras, cuando escuchamos un llamado a ser nuevos, es una invitación amorosa, hacia la cual solo debemos dar un paso a la vez.

Cada lectura de esta semana se refiere a la fragilidad humana. La primera lectura, del Eclesiastés, la llama vanidad. El salmista la llama un corazón endurecido. San Pablo la llama el viejo yo. Jesús la llama necedad. Todas estas definiciones equivalen a valorar las cosas equivocadas y también a falta de confianza o de disposición a la entrega. Nos advierten contra confiar en nuestros propios recursos para evitar amenazas a nuestra seguridad, especialmente si leemos los demás pasajes bíblicos que rodean la selección del Evangelio de hoy en Lucas 12. Estos incluyen varias parábolas que enfatizan una visión matizada del conocimiento, la culpabilidad y la responsabilidad: haber sabido más y haber elegido peor.

El mensaje principal es que las ansiedades humanas son fútiles y moralmente trágicas.

Nuestra tarea no es construir defensas, sino escuchar el llamado de Dios. Un Dios que nos llama a todos, incluyendo a los católicos queer, a una mayor confianza en Él, a una mayor intimidad con Él y a una fiel aceptación de nuestra condición de amados, del hecho de que Él tiene contados los cabellos de nuestra cabeza. La visión que Dios tiene del mundo nos mantiene en una gran red de la que todos somos miembros valiosos. Donde no estamos en un terreno hostil, un mundo que debe ser negociado o superado, sino más bien contenidos en una red de amor. Ser amados es nuestra identidad, nuestra naturaleza y nuestro destino.

Las escrituras litúrgicas de hoy nos instan a no aceptar nada menos que aquello para lo que fuimos creados: un ecosistema personal de amor perdurable, superior a su parte e imbuido de buena voluntad mutua. Las dos alternativas inferiores que se presentan en sus lecturas son la avaricia y la división.

Como católicos queer, no renunciemos a ninguno de estos identificadores. No renunciemos a ser «católicos» sucumbiendo a la mundanalidad espiritual, ni renunciemos a ser «queer» sometiéndonos a las divisiones que desgarran los límites de nuestro «viejo yo». En cambio, proclamemos el amor de Dios por todos celebrando su amor por nosotros.

Amén.

—Jeromiah Taylor, Ministerio New Ways, 3 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“De manera más sana”. 18 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,13-21)

domingo, 3 de agosto de 2025
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«Túmbate, come, bebe y date una buena vida»: esta consigna del hombre rico de la parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no pocos a lo largo de la historia, pero hoy se vive a gran escala y bajo una presión social tan fuerte que es difícil cultivar un estilo de vida más sobrio y sano.

Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo: casi todo se orienta a disfrutar de productos, servicios y experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: «Date una buena vida». Lo que se nos ofrece a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, naturalidad, poder, bienestar, felicidad. La vida la hemos de alimentar en el consumo.

Otro factor decisivo en la marcha de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes y gustos fluctuantes. Lo nuevo es el «imperio de la moda», que se ha convertido en el guía principal de la sociedad moderna. Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan los comportamientos de la mayoría. La publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia o la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir y a satisfacer las «necesidades artificiales» del momento.

Otro rasgo que marca el estilo moderno de vida es la seducción de los sentidos y el cuidado de lo externo. Hay que atender al cuerpo, la línea, el peso, la gimnasia y los chequeos; hay que aprender terapias y remedios nuevos; hay que seguir de cerca los consejos médicos y culinarios. Hay que aprender a «sentirse bien» con uno mismo y con los demás; hay que saber moverse de manera hábil en el campo del sexo: conocer todas las formas de posible disfrute, gozar y acumular experiencias nuevas.

Sería un error «satanizar» esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desarrollar una vida integral e integradora. Pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que se puede encerrar en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta pasarlo bien. El ser humano no es solo un animal hambriento de placer y bienestar. Está hecho también para cultivar el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio de lo trascendente, agradecer la vida, vivir la solidaridad. Es inútil quejarnos de la sociedad actual. Lo importante es actuar de manera inteligente.

José Antonio Pagola

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“Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Domingo 03 de agosto de 2025. 18º domingo del Tiempo Ordinario.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Colosenses 3, 1-5. 9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Lucas 12, 13-21: Lo que has acumulado, ¿de quién será?.

La 1ª lectura nos enfrenta con preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales. La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuya finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.

Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)

Éste parece un libro muy poco religioso. ¿Cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.

Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…

En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.

No está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del carpe diem (aprovecha el día)… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Evangelio: la vida no depende de los bienes

Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de ellos: poner la felicidad en la acumulación insaciable de bienes, la codicia.

A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.

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3.08-25. Dom 18 TO. Ley de herencias, rico tonto (Lc 12, 13-21): Avaricia y Mamona

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de este domingo consta de dos partes, que son de tipo sapiencial, propio de Lucas. No parece que provengan de Jesús, ni de la fuente original de Lucas  (que se distinguen por su radicalidad mesiánica (cf Magníficat y bienaventuranzas: Lc 1 y Lc 6 ) sino del sustrato sapiencial, propio de un judaísmo helenista, que aparece en el mensaje moral, no apocalíptico, de Juan Bautista (Lc 3, 10-14), que puede compararse con el  de Flavio Josefo y algunos rabinos sabios del nuevo judaísmo naciente, con los que Lucas dialoga.

 Estas son palabras propias de una ética convencional que sirve de vinculación entre el mensaje de Jesús y el moralismo judeo-helenista del entorno de Lucas, en la línea de los códigos domésticos de las Pastorales. Son buena doctrina, pero no  evangelio¸ son sabiduría humana, no mensaje radical de Cristo.

Sobre el mensaje de Jesús tratan las dos últimas partes de esta postal: Una sobre la avaricia, otra sobre la Mamona.

| Xabier Pikaza

Jesús no es juez de herencias (Lc 12, 13-15)

Este relato retoma ni motivo de sabiduría universal, importante en Israel (al menos desde Abrahán), que Jesús había planteado en la parábola de los viñadores homicidas, que matan al heredero (hijo del dueño), para quedarse con la herencia (cf. Mc 12, 1-12):

En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre, ¿Quién me ha nombrado juez o árbitro sobre vosotros? Y les dijo: Mirad y guardaos de toda avaricia, pues aunque uno sea rico su vida no depende de las riquezas que él tiene (Lc 12, 13-15).

 Más que de ganancias, vivimos de herencias, esto es, de aquello que gratuitamente y/o según ley nos han en familia, sociedad o Iglesia: del amor que nos han ofrecido, del lenguaje que nos han enseñado para comunicarnos, de las tradiciones culturales y sociales que nos han legado, de la tierra que han cultivado previamente, de los animales que han domesticado etc. En ese sentido, la herencia o tradición) es necesaria y sin ella no se podría hablar de vida humana (por tradición recibimos genoma y cultura), pero si un tipo de herencia (sobre todo económica) define y fija el lugar de cada uno, en oposición a otros tipos de familia o grupo, destruimos la verdad del evangelio, que es buena “nueva”, ruptura y novedad frente a leyes que dividen y fijan a los hombres en lo ya sido.

Hubo sociedades, como la judía en tiempos de Jesús, que organizaron de manera minuciosa tradiciones y riquezas de tipo familiar y social, cultural, religioso y económico, de manera que la misma religión era tema de herencia y de práctica garantizada por los antepasados (los presbíteros), religión hecha de leyes y buenas posesiones, de manera que la tarea más importante de todos y en especial de  los maestros (escribas) era regular lo transmitido, para que pasara de padres a hijos, tradición, de forma ellos (escribas, maestros religiosos) eran, ante todo, jueces y expertos en herencias, como sigue mostrando la Misná, libro de repeticiones de los maestros rabínicos en el siglo II-III d.C.

Pero Jesús no aceptó ese esquema, al servicio de la gente rica en sabiduría antigua y posesiones (dueños de fortunas, tierras o bienes que pudieran transmitirse), porque pensó que se debía superar el etilo legal de esas herencias, al servicio de familias y grupos importantes en religión y dinero. En esa línea, él quiso abrir la Gran Herencia del Reino para todos, empezando por los pobres y excluidos de las posesiones del mundo, y por eso pidió al hombre que quiso seguirle que renunciara a la herencia  de su (que los muertos entierren a sus muertos: Lc 9, 60), lo mismo que al rico que quería alcanzar la vida eterna (Lc 18, 18-23; cf. Mc 10, 17-22).

La ley de herencias implicaba un tipo de discriminación, una forma de perpetuar el orden social clasista. Por eso, Jesús no quiso resolver por ley estas cuestiones, sino subir de plano y enseñar a compartirlo todo, de manera que no se pudiera hablar de transmisión cerradas de herencias particulares, desde unos presbíteros a sus sucesoras, sino de apertura y comunión de bienes, de todos con todos, para enriquecerse de esa forma unos a otros, conforme al modelo del mismo Jesús que da/regala su existencia (cuerpo y sangre) a modo de comida superior, eucaristía.

En esa línea, Jesús quiso que todos los bienes se hicieran regalo (al menos en ámbito de Reino), añadiendo en Lc 12, 15 un último verso, de hondo sentido antropológico: La vida del hombre es más que todo lo que él tiene, de manera que no por ser rico uno puede convertirse en dueño de ella. Lo que importa es la riqueza personal, que se comparte en gratuidad, en comunión, sobre un tipo de posesión individual (egoísta) y de transmisión igualmente particular de bienes,  en un contexto de familias contrapuestas, donde unos pueden tener mucho y otros no tienen nada [1].

Un tipo de judíos organizaban de manera minuciosa el legado familiar, social, cultural y religioso, y en esa línea la religión era para ellos “tradición”: mantener el buen depósito, una herencia garantizada por leyes apropiadas, normas de separación, posesiones familiares. Una tarea básica de la religión consistía en regular esas herencias, y en esa línea los escribas eran jueces y expertos en hacerlo (como indica la Misná, con leyes del tiempo de Jesús, aunque codificadas siglo y medio más tarde).

‒ Jesús no quiso regular herencias particulares, sino impulsar la comunión de todos.
Ciertamente, él admitió el código o signo principal de la herencia de Israel (la Escritura, la confesión de fe), pero pensó que se debía superar el “etilo legal” de herencias, al servicio de familias ricas. Por eso pidió al hombres que quiso seguirlo y que tenía muchos bienes, que los dejara (vendiera) los diera a los pobres, renunciando a su herencia para así acompañarle (Lc 18, 29-31; cf. Mc 10, 28-31).

 Ciertamente, él apeló a las tradiciones originarias (Abrahán, Éxodo), tanto en plano familiar, como social y religioso (matrimonio, dignidad humana), poniendo la vida de los hombres a la luz de la gracia de Dios Padre; pero, desde ese fondo, superó un nivel de herencias especiales, abriendo un camino de libertad personal y universalidad social, como indican los textos que siguen:

‒ Dejar padre-madre y familia… Para seguir a Jesús en aquel contexto debía superarse un tipo de estructura familiar, una herencia que servía para mantener la sociedad establecida, al servicio de los privilegiados. En esa línea (precisamente para conservar y recrear el don de Dios, y abrirlo a todos), Jesús debió trascender el esquema de una tradición cerrada en sí, de manera que sus seguidores debían “aborrecer” a su padre y a su madre, es decir, superar el sistema de herencias legales, que mantenían al hombre cerrado en la red de las tradiciones establecidas (cf. Lc 14, 26; cf. Mc 3, 31-35; 10, 28-31).

‒ Deja que los muertos entierren a los muertos… (Lc 9, 60; Mt 8, 22). La norma de la tradición es “cuidar” a los padres para recibir su herencia, manteniendo de esa forma el sistema de las separaciones… Pues bien, en contra de eso, Jesús pide a sus discípulos que abandonen ese sistema (al mismo padre como autoridad), para iniciar un camino de vida y hermandad universal. Sólo así, superando la ley de las herencias se puede y se debe cuidar en concreto a los padres necesitados como personas (Mc 7,10-12).

‒ Vende todo y sígueme… (Lc 18, 22; Cf. Mc 10, 17-22). Jesús dice al rico, propietario sin duda de gran herencia, que lo venda todo y que la dé a los pobres…, compartiendo de esa forma sus bienes con los necesitados, para seguirle a él, es decir, para crear una humanidad donde los bienes sean compartidos, donde la herencia se abra para todos, no para unas familias o grupos especiales [2].

El sistema particular de herencias resultaba a su entender injusto, pues mantenía la superioridad de unos sobre otros, en contra de la ley de jubileo (Lev 25), que proponía el reparto igualitario de las tierras. Ésta experiencia está al fondo de la Iglesia o comunidad de Jesús, que ha de entenderse en forma de gratuidad y comunión de bienes. No se trata, pues, de regular con un tipo de justicia legal las herencias, sino de superar ese nivel de justicia particular para crear una comunión de gratuidad, abierta a todos, empezando por los necesitados, en un mundo en el que Dios se expresa en el amor gratuito y en la comunión entre los hombres [3].

Rico tonto, que atesora para sí y no para Dios (Lc 12, 16-21)

 Este nuevo pasaje, expuesto en forma de parábola, es una continuación del anterior (Lc 12, 13-15: reparto de la herencia), cuya enseñanza retoma de un modo más concreto, como indica la conclusión, donde se habla de la locura del hombre que atesora para sí (con el riesgo de perderlo todo), y no para Dios, quien conserva y mantiene los bienes para siempre (Lc 12, 21):

Y les dijo una parábola: El campo de un hombre rico dio mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha? Y dijo: Esto haré, demoleré mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Goza, come, bebe, sé feliz. Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿para quién serán? Así es quien atesora riquezas para sí, y no según Dios (Lc 12, 16-21) [4].

 Esta parábola no trata de una herencia, sino de un hombre que ha “heredado” y se ha hecho rico (plousios), tras haber recogido en su campo una cosecha inmensa. Éste nuevo rico no es comerciante, ni especulador, sino un propietario de un gran campo, que le ha dado lo suficiente para vivir sin preocuparse más, un hombre que se siente afortunado y no plantea preguntas éticas sobre la justicia de la adquisición y disfrute de sus propiedades. No tiene a la puerta de su casa un pobre Lázaro, como el epulón de Lc 16, 19-31, y así puede vivir sin problemas sociales, sin más ocupación que ocuparse de sí mismo, sin contar con otros, sin tener que luchar por hacerse más rico.

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Dos sabios ante la riqueza. Domingo 18 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Un sabio pesimista (¿u optimista?): Qohélet (Eclesiastés 1,2; 2,21-23)

            El nombre de Qohélet le suena a muy pocas personas. Sin embargo, muchos han oído citar su famosa frase: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», con la que comienza la primera lectura de este domingo. Pero su enseñanza no se refiere hoy a la vanidad sino a la riqueza.

En el Antiguo Testamento, la riqueza se ve a veces como signo de la bendición divina (casos de Abrahán y Salomón); otras, como un peligro, porque hace olvidarse de Dios y lleva al orgullo; los profetas la consideran a menudo fruto de la opresión y explotación; los sabios denuncian su carácter engañoso y traicionero. En esta última línea se inserta la primera lectura de hoy, que recoge dos reflexiones de Qohélet.

            La primera reflexión afirma que todo lo conseguido en la vida, incluso de la manera más justa y adecuada, termina, a la hora de la muerte, en manos de otro que no ha trabajado (probablemente piensa en los hijos).

¡Vanidad de vanidades, dice Qohélet;

vanidad de vanidades, todo es vanidad!

Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto,

y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado.

También esto es vanidad y grave desgracia.

            La segunda se refiere a la vanidad del esfuerzo humano. Sintetizando la vida en los dos tiempos fundamentales, día y noche, todo lo ve mal.

Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?

De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.

También esto es vanidad.

            Ambos temas (lo conseguido en la vida y la vanidad del esfuerzo humano) aparecen en la descripción del protagonista de la parábola del evangelio.

Un sabio optimista (¿o pesimista?): Jesús (Lucas 12,31-21)

            En el evangelio de hoy podemos distinguir tres partes: el punto de partida, la parábola, y la enseñanza final.

El punto de partida

            En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

            ‒ Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.

            El le respondió:

            ‒ ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?

            Y les dijo:

            ‒ Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Si esa misma propuesta se la hubieran hecho a un obispo o a un sacerdote, inmediatamente se habría sentido con derecho a intervenir, aconsejando compartir la herencia y encontrando numerosos motivos para ello. Jesús no se considera revestido de tal autoridad. Pero aprovecha para advertir del peligro de codicia, como si la abundancia de bienes garantizara la vida. Esta enseñanza la justifica, como es frecuente en él, con una parábola.

La parábola.

Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” Y se dijo: “Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”

A diferencia de Qohélet, Jesús no presenta al rico sufriendo, penando y sin lograr dormir, sino como una persona que ha conseguido enriquecerse sin esfuerzo; y su ilusión para el futuro no es aumentar su capital de forma angustiosa sino descansar, comer, beber y banquetear.

            Pero el rico de la parábola coincide con el de Qohélet en que, a la larga, ninguno de los dos podrá conservar su riqueza. La muerte hará que pase a los descendientes o a otra persona.

            La enseñanza final. Si todo terminara aquí, podríamos leer los dos textos de este domingo como un debate entre sabios.

Pesimismo, optimismo y realismo

            Qohélet, aparentemente pesimista (todo lo obtenido es fruto de un duro esfuerzo y un día será de otros) resulta en realidad optimista, porque piensa que su discípulo dispondrá de años para gozar de sus bienes.

            Jesús, aparentemente optimista (el rico se enriquece sin mayor esfuerzo), enfoca la cuestión con un escepticismo cruel, porque la muerte pone fin a todos los proyectos.

            Pero la mayor diferencia entre Jesús y Qohélet la encontramos en la última frase.

            Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.

Frente al mero disfrute pasivo de los propios bienes (Qohélet), Jesús aconseja una actitud práctica y positiva: enriquecerse a los ojos de Dios. Y este consejo es tremendamente realista porque no se fija en lo que ocurrirá al final de la vida, sino en lo que puedo y debo hacer desde ahora mismo.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 03 agosto, 2025

domingo, 3 de agosto de 2025
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Maestro, dile a mi hermano que reparta
conmigo la herencia… “Tened mucho
cuidado con toda clase de avaricia; que
aunque se nade en la abundancia, la vida no
depende de las riquezas
”.

(Lc 12,13-21)

El Maestro trasciende esa petición. “Y añadió: tened mucho cuidado con toda clase de avaricia”, cambia de persona (del singular al plural), ya no es uno el que le ha expuesto la petición, son todos los que le escuchan: tened mucho cuidado. He aquí cómo Jesús nos sugiere lo necio que es un corazón ambicioso, un corazón que su única esperanza es “llenar sus graneros”, “nadar en la abundancia.

Lucas nos deja entrever que para Jesús las posesiones, el dinero, no tienen más valor que aquello que nos facilita una vida en paz. Una vida que nos ayude a crecer como personas, a descubrir la belleza de lo sencillo y lo pequeño.

Hoy, a ti y a mí, se nos ha ofrecido la novedad de una jornada para vivirla en toda su plenitud. ¡Y eso es una inmensa riqueza! Se nos ofrece la posibilidad de acercarnos a la persona necesitada y compartir con ella lo que tenemos y ella necesita. ¡Y esa es la mejor herencia!

Disfrutar de la inmensidad de la vida, del aire, de una amigable compañía. ¡Eso es la felicidad más intensa! No dejes que la envidia, la avaricia, el egoísmo o el rencor posean tu corazón. Deja que el Señor de tu existencia sea el Dios de la ternura, el dar y darnos, el amor sin medida. ¡Esa es la mejor posesión!

¡Y saberte vivida desde la comunión con Dios Trinidad! Escucha asombrada, desde el silencio como Jesús te dice: “con amor eterno te amo”. Eso desbordará tus “graneros” que nunca se vaciarán y compartirás, repartirás y siempre tendrás más para entregar.

Oración

Trinidad Santa, Tú que eres comunión, relación y entrega:

Hoy,
yo te pido en nombre de las personas pobres, marginadas,
de las perseguidas, de quienes te buscan:
Maestro, dile a mi hermana/o que reparta conmigo la herencia”,
que reparta tu amor, que reparta y comparta lo que le sobra
y así, construiremos un mundo más humano, más justo,
en el que todos cabemos y todos podemos tener espacio.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Acaparar los bienes necesarios para la vida de otro es causar muerte.

domingo, 3 de agosto de 2025
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DOMINGO 18 (C)

Lc 12,13-21

Es imposible hablar de riqueza y pobreza sin caer en demagogias simplistas. El problema no está solo en los ricos que acumulan a costa del trabajo de otro por un sueldo injusto. El problema está también en los pobres que alegando la justicia social pretenden vivir tan ricamente sin dar un palo al agua. No tener esto en cuenta también es demagogia.

Se trata de un mensaje muy sutil. El mismo relato insinúa que ni el que lo escribió lo tenía muy claro. En efecto. El rico no es necio porque lo que ha acumulado lo va a disfrutar otro. Sería igual de insensato si toda la riqueza acumulada pudiera disfrutarla él mismo.

Tampoco es válido el “debemos ser ricos ante Dios” ni “no acumuléis riquezas en la tierra”. Nos invitan a valorar las riquezas espirituales. Es una propuesta también descabellada, entendida como obligación de hacer obras buenas que se acumularían para garantizar una felicidad para el más allá proporcional a lo buenos que hayamos sido aquí abajo.

Este planteamiento que hemos mantenido durante dos mil años sigue siendo insuficiente, porque sigue proponiendo la necesidad de seguridades para el falso yo. No importa que sean seguridades espirituales y para el más allá, porque siguen siendo necesidad de seguridades que necesita el falso yo para subsistir y afianzarse. Jesús nunca pudo hacer esta propuesta.

Intentaré explicarme. Si necesito cualquier seguridad o echo algo en falta, es señal de que estoy planteando mi existencia desde mi falso ser (“creatural”, decía Eckhart). Mi verdadero ser es absoluto y no le falta nada. Este ser que soy ha existido siempre. Ni ha nacido ni puede morir. No debo echar en falta ni siquiera la vida que sería el aparente valor supremo.

El evangelio nos está diciendo que tener más no nos hace más humanos. La posesión de bienes de cualquier tipo no puede ser el objetivo último. La trampa está en que cuánta mayor capacidad de satisfacer necesidades tenemos, mayor número de nuevas necesidades desplegamos; con lo cual no hay posibilidad alguna de alcanzar la meta definitiva.

El hombre tiene necesidades biológicas, que debe atender. Pero descubre que eso no llega a satisfacerle y anhela acceder a otra riqueza que está más allá. Esta situación le coloca en un equilibrio inestable. O se dedica a satisfacer los apetitos biológicos, o intenta trascender y desarrollar su vida espiritual, manteniendo en su justa medida las exigencias biológicas.

Es muy difícil mantener un equilibrio. Podemos hablar de la pobreza muy pobremente y podemos hablar de la riqueza tan ricamente. No está mal ocuparse de las cosas materiales e intentar mejorar el nivel de vida. Jesús no está criticando la previsión, ni la lucha por una vida más cómoda. Pero rechaza que lo hagamos a costa de las carencias de los demás.

Se trata de desplegar una vida plenamente humana que me permita alcanzar una plenitud. Solo esa Vida plena puede darme la felicidad. Se trata de elegir entre una Vida humana plena y una vida repleta de sensaciones, pero vacía de humanidad. La pobreza que nos pide el evangelio no es ninguna renuncia. Es simplemente escoger lo que es mejor para mí.

La clave está en mantener la libertad para avanzar hacia la plenitud humana. Todo lo que te impide progresar en esa dirección, es negativo. Puede ser la riqueza y puede ser la pobreza.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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