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Sonrojarse a tiempo

domingo, 28 de agosto de 2016
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Avergonzado-620x419Lc 14,1.7-14

Pretendían pillarlo. ¡Qué ingenuidad!

No era la primera vez que lo intentaban. Jesús ya había vivido situaciones parecidas en las que los fariseos y los escribas, guardianes de la Ley, querían ponerle en evidencia buscando la forma de sorprenderle en alguna palabra (Mt 22,15). Había sucedido cuando le preguntaron si era lícito pagar los tributos al César; o cuando pusieron a la adúltera en medio para cumplir con el mandato del apedreamiento y le pidieron que fuera Él quien aplicara esa Ley de la que había dicho que estaba hecha para el hombre y no al revés; y todo esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle (Jn 8,6). Y en este episodio que recoge el evangelio del domingo 28 de agosto ocurre algo parecido, pues el Maestro había entrado en la casa de uno de los principales fariseos para comer, donde los mismos anfitriones buscaban el modo de pillarle. El Señor, desde el principio, se dio cuenta de que ellos le estaban espiando. Una de tantas situaciones incómodas que le tocó vivir, otra encerrona más.

Cuando uno sabe de antemano que ha sido invitado por pura cortesía, por compromiso o, peor aún, con la intención de ser blanco de burlas y sarcasmos de forma pública y notoria, el primer impulso –y quizás lo más sensato– es no acudir. Pero con Jesús no calcularon bien. En el Señor no había doblez. Imposible sorprenderle en un renuncio. Cometieron el error de pensar que era como ellos. Y se equivocaron. Aquel a quien pretendieron avergonzar, fue quien les sacó los colores con una tremenda habilidad.

El Maestro no renunciaba a hacerles comprender que la soberbia no es el camino. Deseaba su bien. Por eso, aunque no le extrañó la escena que contempló nada más llegar —los convidados escogían los primeros puestos— les propuso una parábola con la que pudieran, sin ánimo de ofender, identificar su arrogancia: es preferible ocupar el último puesto y que te llamen “amigo” y te requieran, a que te aparten por haberte colado (y colocado) en el lugar que no te correspondía. Creer que eres el amigo predilecto, el alma de la fiesta, el protagonista imprescindible, aquel con quien todo el mundo anhela estar… cuando en realidad el interés del anfitrión y de los invitados va por otro lado, resulta cuando menos grotesco y ridículo.

Al Señor le salió un ejemplo tan claro que traspasó las líneas rojas y entró en “zona de riesgo”, pues al ser humano le cuesta aceptar que le digan la verdad “a la cara”. Se necesita mucha humildad para asumir que merece la pena sonrojarse a tiempo, y reírse de uno mismo. Es el paso para cambiar. Quizás cuando los otros vean que lo que más nos preocupa es no amarles lo bastante, entonces nos llamarán.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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«No todo vale». 21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)

domingo, 21 de agosto de 2016
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21-TO-390x247Jesús va caminando hacia Jerusalén. Su marcha no es la de un peregrino que sube al templo para cumplir sus deberes religiosos. Según Lucas, Jesús recorre ciudades y aldeas «enseñando». Hay algo que necesita comunicar a aquellas gentes: Dios es un Padre bueno que ofrece a todos su salvación. Todos son invitados a acoger su perdón.

Su mensaje sorprende a todos. Los pecadores se llenan de alegría al oírle hablar de la bondad insondable de Dios: también ellos pueden esperar la salvación. En los sectores fariseos, sin embargo, critican su mensaje y también su acogida a recaudadores, prostitutas y pecadores: ¿no está Jesús abriendo el camino hacia una relajación religiosa y moral inaceptable?

Según Lucas, un desconocido interrumpe su marcha y le pregunta por el número de los que se salvarán: ¿serán pocos?, ¿serán muchos?, ¿se salvarán todos?, ¿solo los justos? Jesús no responde directamente a su pregunta. Lo importante no es saber cuántos se salvarán. Lo decisivo es vivir con actitud lúcida y responsable para acoger la salvación de ese Dios Bueno. Jesús se lo recuerda a todos: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha».

De esta manera, corta de raíz la reacción de quienes entienden su mensaje como una invitación al laxismo. Sería burlarse del Padre. La salvación no es algo que se recibe de manera irresponsable de un Dios permisivo. No es tampoco el privilegio de algunos elegidos. No basta ser hijos de Abrahán. No es suficiente haber conocido al Mesías.

Para acoger la salvación de Dios es necesario esforzarnos, luchar, imitar al Padre, confiar en su perdón. Jesús no rebaja sus exigencias: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»; «No juzguéis y no seréis juzgados»; «Perdonad setenta veces siete» como vuestro Padre; «Buscad el reino de Dios y su justicia».

Para entender correctamente la invitación a «entrar por la puerta estrecha», hemos de recordar las palabras de Jesús que podemos leer en el evangelio de Juan: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí será salvo» (Juan 10,9). Entrar por la puerta estrecha es «seguir a Jesús»; aprender a vivir como él; tomar su cruz y confiar en el Padre que lo ha resucitado.

En este seguimiento a Jesús, no todo vale, no todo da igual; hemos de responder al amor de Padre con fidelidad. Lo que Jesús pide no es rigorismo legalista, sino amor radical a Dios y al hermano. Por eso, su llamada es fuente de exigencia, pero no de angustia. Jesucristo es una puerta siempre abierta. Nadie la puede cerrar, solo nosotros si nos cerramos a su perdón.

José Antonio Pagola

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«Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios». Domingo 21 de agosto de 2016 21º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 21 de agosto de 2016
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46-ordinarioC21 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 66, 18-21: De todos los países traerán a todos vuestros hermanos.
Salmo responsorial: 116: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Hebreos 12, 5-7. 11-13: El Señor reprende a los que ama.
Lucas 13, 22-30: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. En este contexto alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del «cuántos» al «cómo» nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan «cuándo» se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando «cómo» prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que sirven para el Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.

Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes». En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: «Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta «otra cosa» es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la «puerta estrecha». Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una al vida y una a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didaché–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras lo opuesto, a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: «El Señor corrige al que ama…». El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y «volver a entrar»

Pero, ¿porqué camino «ancho» y camino «estrecho»? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió «cuál es su fin», o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada «comunidad» ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: «no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos».

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: «no puedo soportar falsedad y solemnidad» (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús «aléjense de mí, operarios de iniquidad». El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la «puerta estrecha», que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por «esforzarse». Indica una lucha, una especie de «agonía»; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no se reduce a ciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción. Leer más…

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Dom 21.8.16. ¿Serán pocos los que se salven?

domingo, 21 de agosto de 2016
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 21. Ciclo C. Lc 13, 22-30. Ésta es una pregunta central del evangelio, que ha sido desarrollado por Lucas, y que ha emocionado y angustiado a millones de cristianos, de Hermas a San Agustín, de Lutero a Francisco.

Algunos lo aplican al futuro lejano (o al cielo final, más allá de este mundo), pero en el contexto de Jesús, se aplica al un tiempo próximo, a nuestro futuro inmediato, ya, en una o dos generaciones: ¿Podrán salvarse los hombres de la gran catástrofe que llega? ¿Muchos? ¿Sólo unos pocos?

‒ ¿Puede mantenerse de verdad la vida en la tierra en las actuales condiciones de violencia, injusticia, consumo y despilfarro de energía, o nos dominará pronto un infierno de fuego o de frío, de gran injusticia??

‒ ¿Quiénes pueden salvarse en el caso de que llegue y explote el gran conflicto, cuyos signos estamos viendo por doquier? ¿Quiénes se salvarán, los del gran bunker económico y militar?

‒ ¿Qué se puede pensar y hacer en un tiempo como éste, desde quiénes y con quiénes… con qué tipo de medios? ¿Qué respuesta y camino ofrece en este momento la iglesia?
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Jesús no responde sin más a todas nuestras preguntas, tal como nosotros las planteamos. Más aún, parece escaquearse, hablando en un lenguaje casi “místico”, de escatología propia del judaísmo antiguo y de ciertos círculos cristianos.

Pero si leemos con interés el texto, si nos comprometemos, descubriremos pronto su inquietante (y gozosa) actualidad, el mensaje que nos sigue ofreciendo Jesús.

Siga quien lo desee. Ofreceré un esquema del texto de Lucas y comentaré su sentido partiendo de texto aún más inquietante de Mateo 22, 14. Sigan los que quieran meditar conmigo, mejor dicho, con el evangelio. Buen fin de semana, en pleno agosto.

Texto: Lc 13, 22-30

Alguien le pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Y él contesta:
a) Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos»; y él os replicará: «No sé quiénes sois.»
b) Entonces comenzaréis a decir. «Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.» Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.»
c) Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

1. El texto puede dividirse en tres partes, cada uno con su tema:

a) Hay una puerta estrecha… precisamente para nosotros, los que llevamos siglos de cristianismo organizado y que, a veces, hemos confundido el evangelio con nuestras propias ideas y egoísmos de grupo (Jesús habla para algunos “judíos instalados” de entonces; el texto se puede aplicar a muchos cristianos instalados de ahora).

b) Hemos comido contigo… No sé quiénes sois. Nos creemos privilegiados, comensales de Dios. Jesús nos respondo que no confiemos en eso, no nos confiemos por creer que somos privilegiados, dueños del evangelio.

c) Pero se abre una puerta anchísima: Vendrán de oriente y occidente. Cuando pensamos que todo está perdido, cuando el mismo Cristo del evangelio nos dice que tengamos cuidado… descubrimos que se abre una puerta ancha… Es la puerta de una misión distinta, de una experiencia en la que no habíamos caído.

2. Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos

Al final del texto introduce el evangelio de Lucas un refrán que aparece en Mt 19, 30 (Mc 10, 31): “Pues muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros”. Este refrán nos sirve para invertir los juicios normales de aquellos que piensan que la vida se salva con más poder, más dinero o más medios…

Este pasaje proclama de esa forma una inversión, que ha de entenderse en la línea de las inversiones evangélicas, en las que se dice que los pequeños (niños) serán los más grandes, como pone de relieve Mt 20, 16.27.

En esa línea, muchos que eran “primeros” (ricos y poderosos) vendrán a ser pobres y carentes de poder, si no comparten la comunidad formada por cien casas y campos (con los familiares correspondientes), mientras que muchos últimos y despreciados, carentes de todo, podrán compartir casa/campos y relaciones familiares, volviéndose primeros.

‒ Los últimos son/serán los primeros. En un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido el evangelio destacado la importancia de los niños y pequeños (cf. Mt 18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo a los pobres (Mt 19, 16-29). En esa línea se dice que los últimos (los que no se reservan nada) serán los primeros, sentencia que aparece así como un una crítica contra los que presumen de mérito ante Dios.

‒ Esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que se opone a que nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tuvieran sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no hubieran servido para nada. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de la última hora”, que serían, en general, los pagano-cristianos.

‒ Esta sentencia recoge la revelación básica del evangelio de Lucas, centrada en el Canto de María, donde se dice que “derriba del trono a los potentados y eleva a los oprimidos, a los ricos los despide vacíos y llena de bienes a los pobres” (Lc 1, 56-65) y en la Bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres, hay de vosotros los ricos (6, 20-21).

2. ¿Serán pocos los que se salven? Versión de Mateo

Ésta era la pregunta con la que empezaba el evangelio de hoy… la pregunta que los discípulos planteaban a Jesús: Los que se salven en este mundo, que es camino y revelación del Reino de Dios, los que se salven en la “eternidad” de Dios.

Todo el evangelio de este día ofrece una respuesta nerviosa y creadora a esa pregunta, y dejo su sentido a los lectores. Pero quiero poner de relieve el argumento que ha sido más desarrollado por el evangelio de Mateo, que incluye, en este mismo contexto un refraán inquietante.

Mt 22, 14 Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos

Esta advertencia escatológica recoge una sentencia apocalíptica que ha sido extensamente elaborada por 4 Esdras 7, 43-61, en un contexto de gran pesimismo antropológico, tras la guerra del 67-70 d.C., retomando el motivo clásico del “resto”, que aparecía con cierta frecuencia en los profetas (cf. Am 3, 12; 4, 11; Is 7, 3.9, Jer 31, 7-10 etc.). La gran muchedumbre de Israel tiende a la ruina, sólo queda un pequeño “resto”, formado por aquellos que cumplen la voluntad de Dios y alcanzan la salvación; sólo ese resto, unos pocos, logrará salvarse.

Gran pesimismo de algunos judeo-cristianos. 4 Esdras

Conforme a la visión de 4 Esdras, la destrucción de la gran masa del pueblo se debe al hecho de que el “mal corazón” ha prevalecido en la historia de los hombres, por lo que Dios ha debido crear dos mundos, uno para la condena (abundante como la arcilla de la tierra) y otro para la salvación (escaso como el oro y la plata). En ese contexto se añade que el Dios justo se alegra en los pocos que se salvan, sin apenarse por los muchos que se pierden (4 Esd 7, 60-61), tal como lo ratifica el texto clave de 4 Esd 8, 1-3: “Dios ha creado este mundo por (para) muchos, pero el futuro a causa de pocos…Muchos ciertamente han sido creados, pero pocos se salvarán” (8, 3). Leer más…

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«Cuántos, cómo y quienes se salvan». Domingo 21 ciclo C

domingo, 21 de agosto de 2016
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narrow-door-2Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Durante siglos, a los israelitas no les preocupó el tema de la salvación o condena en la otra vida. Después de la muerte, todos, buenos y malos, ricos y pobres, opresores y oprimidos, descendían al mundo subterráneo, el Sheol, donde sobrevivían sin pena ni gloria, como sombras. Quienes se planteaban el problema de la justicia divina, del premio de los buenos y castigo de los malvados, respondían que eso tenía lugar en este mundo. Sin embargo, la experiencia demostraba lo contrario, y así lo denuncia el autor del libro de Job: en este mundo, los ladrones y asesinos suelen vivir felizmente, mientras los pobres mueren en la miseria.

Con el tiempo, para salvar la justicia divina, algunos grupos religiosos, como los fariseos y los esenios, trasladan el premio y el castigo a la otra vida. Dentro de los evangelios, la parábola del rico y Lázaro refleja muy bien esta idea: el rico lo pasa muy bien en este mundo, pero su comportamiento injusto y egoísta con Lázaro lo condena a ser torturado en la otra vida; en cambio, Lázaro, que nada tuvo en la tierra, participa de la felicidad eterna.

Entre los judíos que creen en la resurrección cabe otra postura, importante para comprender el comienzo del evangelio de hoy: sólo los buenos resucitan para una vida feliz, los malvados no consiguen ese premio, pero tampoco son condenados.

Una pregunta absurda: “Señor, serán pocos los que se salven?»

Bastantes cristianos actuales habrían formulado la pregunta de manera distinta: ¿serán muchos los que se condenen? Sin embargo, el personaje del que habla Lucas parece formar parte de ese grupo que sólo cree en la salvación. Jesús podría haber respondido con otra pregunta: ¿qué entiendes por “pocos”? ¿Cuatro mil? ¿Veinte millones? ¿Ciento cuarenta y cuatro mil, como afirman los Testigos de Jehová? La pregunta sobre pocos o muchos es absurda, aunque hay gente que sigue afirmando con absoluta certeza que se condena la mayoría o que se salvan todos.

Una enseñanza: “entrar por la puerta estrecha”

Jesús no entra en el juego. Ni siquiera responde al que pregunta, sino que aprovecha la ocasión para ofrecer una enseñanza general. «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán

La imagen, tal como la presenta Lucas, no resulta muy feliz. Quienes no pueden entrar por una puerta estrecha son las personas muy gordas, y eso no es lo que está en juego. El evangelio de Mateo ofrece una versión más completa y clara: “Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta, qué angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que dan con ella!” (Mateo 7,13-14).

En cualquier caso, la exhortación de Jesús resulta tremendamente vaga: ¿en qué consiste entrar por la puerta estrecha? En otros momentos lo deja más claro.

Al joven rico, angustiado por cómo conseguir la vida eterna, le responde: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En el evangelio de Mateo, la parábola del Juicio Final indica los criterios que tendrá en cuenta Jesús a la hora de salvar y condenar: “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis”.

La experiencia demuestra que vivir esto equivale a pasar por una puerta estrecha, pero al alcance de todos.

Un final sorprendente y polémico: quiénes

La pregunta sobre el número de los que se salvan ha provocado una respuesta sobre cómo salvarse; pero Jesús añade algo más, sobre quiénes se salvarán.

El librode Isaías contiene estas palabras dirigidas por Dios a los israelitas: “En tu pueblo todos serán justos y poseerán por siempre la tierra” (Is 60,21). Basándose en esta promesa, algunos rabinos defendían que todo Israel participaría en el mundo futuro; es decir, que todos se salvarían (Tratado Sanedrín 10,1). ¿Y los paganos? También ellos podían obtener la salvación si aceptaban la fe judía.

Sin embargo, la parábola que cuenta Lucas afirma algo muy distinto. El amo de la casa es Jesús, y quienes llaman a la puerta son los judíos contemporáneos suyos, que han comido y bebido con él, y en cuyas plazas ha enseñado. No podrán participar del banquete del reino junto con los verdaderos israelitas, representados por los tres patriarcas y los profetas. En cambio, muchos extranjeros, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se sentarán a la mesa.

La conversión de los paganos ya había sido anunciada por algunos profetas, como demuestra la primera lectura (Is 66,18-21) que copio más abajo. Pero el evangelio es hiriente y polémico: no se trata de que los paganos se unen a los judíos, sino de que los paganos sustituyen a los judíos en el banquete del Reino de Dios. Estas palabras recuerdan el gran misterio que supuso para la iglesia primitiva ver cómo gran parte del pueblo judío no aceptaba a Jesús como Mesías, mientras que muchos paganos lo acogían favorablemente.

Moraleja y matización

Lucas termina con una de esas frases breves y enigmáticas que tanto le gustaban a Jesús: «Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.» En la interpretación de Lucas, los últimos son los paganos, los primeros los judíos. El orden se invierte. Pero los primeros, los judíos como totalidad, no quedan fuera del banquete, también son invitados. El mismo Lucas, cuando escriba el libro de los Hechos de los Apóstoles, presentará a Pablo dirigiéndose en primer lugar a los judíos, aunque en generalmente sin mucho éxito.

Primera lectura: Isaías 66, 18-21

El primer párrafo es el que está en relación con el evangelio: habla de la conversión de los paganos desde Tarsis (a menudo localizada en la zona de Cádiz-Huelva) hasta Turquía (Masac y Tubal), y con dos importantes regiones de África (Libia y Etiopía). El punto de vista es distinto al del evangelio: aquí sólo se habla de conversión, no de salvación en la otra vida (tema que queda fuera de la perspectiva del profeta).

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Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 21 agosto, 2016

domingo, 21 de agosto de 2016
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TO-D-XXI

Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” Él les dijo: “Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán””.

Lc 13, 22-30

Entrar por la puerta estrecha

  • Un escenario: Jesús “caminando hacia Jerusalén”. Consciente de que allí le esperan el juicio y la muerte.
  • Una pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”
  • Una imagen: una puerta estrecha.

Detente ante esa puerta. Cierra los ojos y contémplala interiormente. Cómo es, qué forma tiene, dónde está… Y así, delante de ella, deja que resuenen en tu corazón otras palabras de Jesús en las que también habla de “salvarse”, y de “la puerta”,  y de los “tamaños”… y del Banquete.

“Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a una persona haber ganado el mundo entero si ella misma se pierde o se arruina?” (Lc 9, 24-25)

¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino…” (Lc 22, 27-30)

“Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo” (Jn 10, 9)

Perder. Hacerse pequeña. Servir. Perseverar. La puerta estrecha se presenta ante nosotras casi a cada instante. Jesús la ha atravesado primero. Y hoy mismo, en Irak, en Siria, en Egipto y en muchos otros lugares, hermanos y hermanas nuestros, cristianos como nosotros, perseveran en su amor en medio de la persecución. Ellos atraviesan cada día la Puerta de la Vida.

 

¡Señor Jesús, Puerta de la Vida!

Abre mis ojos para reconocerte,

y mi corazón para entrar por ti.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Si «alguien» quiere pasar, la puerta se cierra

domingo, 21 de agosto de 2016
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puerta-2Lc 13, 22-30

El texto nos recuerda una vez más, que Jesús va de camino hacia Jerusalén, que será su meta. Sigue Lc con la acumulación de dichos sin mucha conexión entre sí, pero todos tienen como objetivo ir instruyendo a los discípulos sobre el seguimiento de Jesús. Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, es un proceso de descentración del yo, que hay que tratar de llevar lo más lejos posible. Trataremos de adivinar por qué no responde a la pregunta y lo que quiere decirnos.

No es fácil concretar en que consiste esa salvación de la que se habla en los evangelios. Ya entonces, pero sobre todo hoy, tenemos infinidad de ofertas de salvación. El concepto hace referencia, en primer lugar, a la liberación de un peligro o de una situación desesperada. El médico está todos los días curando en el hospital, pero se dice que ha salvado a uno, cuando estando en peligro de muerte ha evitado ese final. Aplicar este concepto a la vida espiritual puede despistarnos. El mayor peligro para una trayectoria espiritual es dejar de progresar, no que se encuentren obstáculos en el camino. La salvación no sería librarme de algo sino desplegar un máximo de plenitud humana durante toda la existencia.

¿Serán muchos los que se salvan? Podíamos hacernos infinidad de preguntas sobre la salvación. De hecho ha habido discusiones teológicas interminables sobre el tema. Podíamos preguntarnos: ¿Para cuándo la salvación?¿Salvación aquí o en el más allá? ¿Salvación material o salvación espiritual? ¿Quién nos salva?¿Nos salva Dios? ¿Nos salva Jesús? ¿Nos salvamos nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión? ¿Salvan los sacramentos? ¿Salva la oración, la limosna o el ayuno? ¿Nos salva la Escritura? ¿Cómo es esa salvación?¿Salvación material o salvación espiritual? ¿Salvación individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Se puede conocer antes de alcanzarla? ¿Podemos saber si estamos salvados?

Resulta que es inútil toda respuesta, porque las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que está perdido y debe ser salvado. Debemos darnos cuenta de que la salvación no es alcanzar la seguridad para mi yo individual, sino que consiste en superar toda idea de individualidad. La religión ha fallado al proponer la salvación del falso yo que es el anhelo más hondo de todo ser humano, sino en descubrir nuestro verdadero ser y vivir desde él la armonía y unidad con todos los demás seres.

En realidad todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea ese progreso. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque por muchos que sean los logros de una vida humana, siempre podría haber avanzado un poco más en el despliegue de su humanidad. Todos estamos, a la vez, salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque lo único que nos tranquiliza de verdad es la seguridad de alcanzarla o de estar ya salvados.

Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Esta frase nos puede iluminar sobre el tema que estamos tratando. Pero la hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá. No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir para después de morir.

Otra trampa en la que todos caemos es la creencia generalizada de que la salvación consiste en la liberación de todo aquello que percibo como carencia, es decir, que alguien me saque de las limitaciones que no acepto porque no asumo mi condición de criatura y por lo tanto limitada. Esas limitaciones no son fallos del creador, ni accidentes desagradables, sino que forman parte esencial de mi ser. La salvación tiene que consistir en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. Esto exige la aceptación de mis limitaciones y una renuncia a ser perfecto. La verdadera salvación es posible a pesar de mis carencias porque se tiene que dar en otro plano, que no exige la eliminación de mis imperfecciones.

Ni el sufrimiento ni la enfermedad ni la misma muerte pueden restar un ápice a mi condición de ser humano. Mi plenitud la tengo que conseguir con esas limitaciones, no cuando me las quiten. Lo que se puede añadir o quitar pertenece siempre al orden de las cualidades, no es lo esencial. Pensar que la creación le salió mal a Dios y ahora solo Él puede corregirla y hacer un ser humano perfecto es una aberración que nos ha hecho mucho daño. La salvación no puede consistir en cambiar mi condición de ser humano por otro modo de existencia.

Para tomar conciencia de dónde tenemos que poner el esfuerzo es imprescindible entender bien el aserto. Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta, sino en el que debe atravesarla. No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto alguien pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos nadie, se abrirá de par en par. Mientras no captes bien esta idea, estarás dando palos de ciego en orden a tu verdadera salvación.

No estamos aquí para salvar nuestro yo, sino para desprendernos de él hasta que no quede ni rastro de lo que creíamos ser. Cuando mi falso ser se esfume, quedará de mí lo que soy de verdad y entonces estaré ya al otro lado de la puerta sin darme cuenta. Cuando pretendo estar seguro de mi salvación o cuando pretendo que los demás vean mi perfección en realidad estoy alejándome de mi verdadero ser y enzarzándome en mi propio ego.

En realidad no estamos aquí para salvarnos sino para perdernos en beneficio de todos. El domingo pasado decía Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¿qué más puedo pedir si ya está ardiendo? Todo lo creado tiene que transformarse en luz, y la única manera de conseguirlo es ardiendo. El fuego destruye todo lo que no tiene valor, pero de esa manera purifica lo que vale de veras. Este es el proceso: consumir todo lo que hay en mí de ego y potenciar lo que hay de verdadero ser.

Somos como la vela que está hecha para iluminar consumiéndose; mientras esté apagada y mantenga su identidad de vela será un trasto inútil. En el momento que le prendo fuego y empieza a consumirse se va convirtiendo en luz y da sentido a su existencia. Cuando nos pasamos la vida adornando y engalanando nuestra vela; cuando incluso le pedimos a Dios que, ya que es tan bonita, la guarde junto a Él para toda la eternidad, estamos renunciando al verdadero sentido de una vida humana, que es arder, consumirse para iluminar a los demás.

No sé quienes sois. Toda la parafernalia religiosa que hemos desarrollado durante dos mil años no servirá de nada si no me ha llevado a desprenderme del ego. El yo más peligroso para alcanzar una verdadera salvación es el yo religioso. Me asusta la seguridad que tienen algunos cristianos de toda la vida en su conducta irreprochable. Como los fariseos, ha cumplido todas las normas de la religión. Han cumplido todo lo mandado, pero no han sido capaces de descubrir que en ese mismo instante, deben considerarse “siervos inútiles”.

Esta advertencia es mucho más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. El grado de salvación que hayamos conseguido se manifiesta en cada instante de nuestra vida por la calidad de nuestras relaciones con los demás. No se trata de prácticas ni de creencias, sino de humanidad manifestada con todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera salvación.

Meditación-contemplación

He venido a prender fuego a la tierra.
El fuego que Jesús trae, me tiene que consumir a mí.
Mi falso yo, sustentado en lo material,
tiene que consumirse para que surja el verdadero ser.
…………………

Todo lo que trabajemos para potenciar la individualidad,
será ir en dirección contraria a la verdadera meta.
Mientras más adornos y capisayos le coloque,
más lejos estaré de mi verdadera salvación.
……………………

Para que surja el oro de mi verdadera naturaleza,
tiene que arder la escoria de mi ego.
La luz que ya existe en el fondo de mi ser,
solo se manifestará cuando arda mi materialidad.
……………………

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Un Reino sin aduanas

domingo, 21 de agosto de 2016
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marcheur“Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía sino justicia” (Don Quijote de la Mancha)

21 de agosto, domingo XXI del TO

Lc 13, 22-30

Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Un Reino de Dios sin aduanas ni fronteras, como auguró Isaías: ”Vendré para reunir a las naciones de toda lengua”(Is 66, 18-19). Una invitación a un cambio radical desde el interior de cada uno, punto de partida para el inicio de una nueva humanidad, de una sociedad nueva y de una nueva creación. Una Organización de Naciones. Unidas, con libertad de peaje y sin aranceles sobre capitales, mercancías y personas. De ello estarán también exentos los bienes espirituales.

Jesús anuncia entrada y barra libre en ese Reino: de norte y sur, de oriente a occidente. Puerto franco donde podrá atracar su velero todo el mundo. Sin previo pago de impuestos, sin exigencias de sello autorizado por la jerarquía establecida. Todos los seres somos libres, con capacidad  para decidir el propio futuro. “Necesito liberarme, encontrar mi camino, que no puede ser continuación del vuestro”, escribía Beethoven a su maestro Haydn.

Los grandes Maestros de la Sabiduría Universal han coincidido en su magisterio con lo que el filósofo francés Olivier Reboul (1925-1992) escribió en su Filosofía de la educación: “Educar no es fabricar adultos según un modelo sino liberar en cada hombre lo que le impide ser él mismo, permitirle realizarse según su ‘genio’ singular”.

Uno de los capítulos más importantes de este plan educativo es el de la compasión con los sin techo, que cada día llegan a nuestro puerto personal. Lo cantaba Gustavo en el Acto I de la ópera de Verdi Un ballo in maschera: “Es indigno del poder el que no enjuga las lágrimas de sus súbditos”. Menester preferencial del Evangelio y de quienes ostentamos su franquicia. El Papa Francisco lo dejó claro en El nombre de Dios es Misericordia: ”La Iglesia no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia divina”.

Pero la misericordia de Dios es humo de paja si no se enciende en el hogar humano. Y el humo no calienta corazones, como las nubes no riegan los campos. Han de dar un paso al frente y convertirse en fuego y lluvia. Nos lo aconsejaba nuestro Ingenioso Caballero de La Mancha: “Dad crédito a las obras no a las palabras”,que aunque nunca cabalgó hasta Roma, sí sabía mucho de ser compasivo con los necesitados. Y cuando se encontró con los galeotes (I cap. XXII), lanza en ristre dijo: “Como quiera que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza y no de su voluntad. Así es, dijo Sancho. Pues de esa manera, dijo su amo, aquí encaja la ejecución de mi oficio, deshacer fuerzas, y socorrer y acudir a los miserables”. Fue la misión de Jesús que él mismo se atribuye al decir que ha sido enviado a dar buenas noticias a los pobres, a aliviar a los afligidos, anunciar libertad a los presos, liberar a los que están cautivos.

EL CABALLO

Compañero del hombre en paz y en guerra
te dejas cabalgar en toda forma.

Indómito en Milán hollando el templo
con Atila, -el Azote de Dios-
a tus lomos. Y con los Caballeros
de la Tabla Redonda, a su servicio.

Con tus crines al aire
galopas las estepas del Oriente.
Y en el Apocalipsis
abre Jesús el primer sello,
y el arquero que monta el corcel blanco
será el propagador del Evangelio.

Yo te ruego no impongas tu doctrina.
Permite a cada pueblo componer variaciones
en tu sagrada partitura.

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Comprometerse

domingo, 21 de agosto de 2016
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compromisoLas palabras y las acciones de Jesús generaban mucha expectación entre la gente de aldeas y ciudades por las que pasaba, pero seguirle y comprometerse con su misión era otra cosa muy diferente. En muchas ocasiones aparece en los evangelios cuestionando la tibieza y las medias tintas en su seguimiento, pero sobre todo es especialmente duro con aquellos que se creian muy seguros de su buen comportamiento ante Dios.

En este episodio Lucas sitúa a Jesús camino de Jerusalén (Lc 13, 22). Esta localización nos remite al momento más decisiva de su vida. El rechazo y la creciente persecución que experimenta le lleva a tomar la decisión de llevar su mensaje al centro del poder religioso de Israel y el lugar   por excelencia de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Camino de Jerusalén Jesús siente la urgencia del Reino, sabe que es un momento decisivo, ya no se puede esperar, hay que decidirse, porque el Padre de entrañas maternas espera impaciente para derramar su amor y misericordia sobre sus hijos e hijas. Jesús es consciente del riesgo de ir a la ciudad santa pero su fidelidad es más fuerte que cualquier razón.

En un momento indeterminado del camino alguien le pregunta sobre quienes se salvarán (Lc 13, 23). La respuesta de Jesús refleja con claridad la intensidad vital que vive el maestro. Para él la cuestión no está en el numero o en quienes han de ser privilegiados ante Dios, sino que cada una de las palabras que pronuncia expresan la urgencia de tomar una decisión frente a él y consecuentemente frente a la oferta salvadora del Dios del Reino.

Lucas para poder transmitir la fuerza de este momento reúne varias sentencias del maestro, que en los otros sinópticos aparecen dispersas y que posiblemente fueron pronunciadas en contextos diferentes. Esto hace que a lectores contemporáneos como nosotras/os nos resulten un poco inconexas y enigmáticas.

El discurso comienza con una sentencia que se centra en la imagen de la “puerta estrecha” (lc 13,24).  Esta imagen, como a veces se piensa, no quiere remitir a experiencias de humildad o las dificultades del seguimiento, sino que alude a una realidad mucho más concreta y familiar a sus oyentes. Todas las ciudades en la antigüedad estaban amuralladas y tenían una serie de puertas que durante el día permitían la entrada y salida de la ciudad de los vecinos o visitantes. Al llegar la noche esas puertas se cerraban y solo se podía acceder a la villa por unas puertas pequeñas, contiguas a las principales, que permanecían vigiladas por soldados y no eran de libre acceso.  A estas puertas es a las que Jesús se refiere para expresar que ya ha pasado el tiempo de puertas abiertas por los caminos de Galilea, de ilusión e utopía. ahora camino de Jerusalén las puertas se cierran y la apuesta por el reino es ahora más difícil porque la oposición es más fuerte y la apuesta mucho más dura.

La segunda imagen nos sitúa a la puerta de una casa cuando a la caída del día el amo cierra el portón y ya no se reciben visitas (Lc 13, 25). La idea es semejante a la de la anterior sentencia, pero se añade algo significativo: el duro rechazo del amo de los que se pretendían amigos. Para Jesús la subida a Jerusalén supone el juicio definitivo de quienes han rechazado su mensaje o no se lo han tomado suficientemente en serio. Estas palabras en boca de Jesús quizá nos suenen duras, pero del mismo modo que Mateo en el capítulo 25, señalan hacia el lugar vital donde se pone en juego la auténtica acogida de la experiencia salvadora de Dios.

La metáfora del banquete es una de las preferidas de Jesús para expresar la llegada del Reino de Dios. Cualquiera de sus oyentes podía evocar con facilidad las palabras de Isaías 25, 6-9 que presentaban la llegada de la salvación de Dios como un gran banquete y sin duda muchos/as vieron encarnada en las comidas de Jesús y en muchas de sus parábolas esa esperanza mesiánica proclamada por el profeta. En la última parte del discurso que comentamos vuelve a aparecer la imagen del banquete. Jesús camino de la ciudad santa lleva ya sobre los hombros el rechazo de una parte significativa de su pueblo.  Sabe que muchos siguen aferrados a una idea exclusivista de la salvación de Dios por eso, de nuevo evoca el texto de Isaías para recordarles que Dios invita a su mesa a todos/as sin distinción (Is 25,6-7) y que aquellos o aquellas que sigan defendiendo los muros de pureza religiosa o manteniendo las fronteras que separan a los elegidos/as de los excluidos/ se están equivocando porque con sus muros y fronteras lo único que van a conseguir es su propia exclusión del banquete del Reino y perderán su condición de herederos/as de Abraham, Isaac, Jacob y de todos los profetas que lo anunciaron (Lc 13, 28). Por eso, todos/as aquellos/as que eran considerados “últimos” en el camino de la salvación, son ahora “los primeros” invitados por Dios.

Estas palabras de Jesús recordadas de esta forma particular por Lucas, nos llaman a tomarnos en serio el mensaje de Jesús, a no conformarnos con compromisos tranquilos, a superar cualquier frontera que intente limitar el amor y la misericordia de Dios. Como seguidores/as de Jesús el conflicto estará presente en nuestras vidas, más de una vez tendremos que iniciar la subida a Jerusalén, pero también como él hemos de mantener la fidelidad y el compromiso.

Estamos salvadas/os pero necesitamos apropiarnos de esa salvación para que realmente sea una experiencia de vida y de encuentro con Dios.

Carmen Soto

Fuente Fe Adulta

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Amo porque amo, amo por amar

sábado, 20 de agosto de 2016
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Celebramos hoy la fiesta de San Bernardo,  místico del camino  hacia la unión espiritual con Dios, cantor del amor esponsal… Traemos uno de los textos del Oficio de Lectura preparados para hoy… Excelente meditación.

Amo porque amo, amo por amar

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El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.

El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?

Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.

Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

*

De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los Cantares
(Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)

***

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No esperes mucho más

miércoles, 17 de agosto de 2016
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Del blog del  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa:

a_ew4No, no esperes mucho más,

que no es el momento de frenar la historia.

¿Por qué quieres atar más cabos?

¿Por qué pretendes entenderlo todo con el intelecto?

¡Usa el alma, desarrolla el corazón!

¿Aún no sabes que el amor es incomprensible para la mente,

pero claro para el corazón?

No esperes a ser mejor,

a estar más tranquila,

no aguardes a tener tiempo (¿se posee el tiempo?),

a ser perfecta,

a encontrar el momento concreto para detener el alma.

Ahora, ahora mismo.

¿No ves que tus lágrimas son mi voz?

¿No percibes que tu incomodidad,

tu desasosiego y desazón

es mi manera de reclamarte?

Estoy a tu puerta,

golpeando tranquila pero tenazmente.

Los latidos de tu corazón son el golpeteo de mis nudillos

a la puerta de tu vida.

No esperes más,

levanta tu rostro

y mírame.

¿No ves cuánto te necesito?

Sencillamente estar juntos,

vivir lo mismo, el mismo sueño.

Así, como eres, así te necesito,

ni mejor ni peor, que ya conozco yo

el oleaje de tu vida.

Así te quiero,

por ello mismo te quiero.

Pero ahora soy yo quien te necesita

y te espero.

No me cierres la puerta,

ábreme tu vida,

y seré tu único horizonte.

Tu único Señor.

Un solo latido.

***

 

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La Asunción

lunes, 15 de agosto de 2016
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ASUNCIÓN

Plenitud de agosto,
vuelo de Asunción.
Bodega con mosto
de tu Corazón.

Rutas de Araguaia,
con mi pueblo en cruz.
Mi «seca» y tu playa:
la Paz de Jesús.

Lograda María,
llegada Asunción,
que reclama y guía
nuestra romería
de Liberación.

*

Pedro Casaldáliga

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María de todos nuestros deseos
y de todas nuestras esperanzas …

Te saludo María,
madre de todos nuestros deseos de ser felices.
Eres la tierra que dice sí a la vida.
Eres la humanidad que consiente en Dios.
Eres la fruta de las promesas del pasado
y el futuro de nuestro presente.
Eres la fe que acoge lo imprevisible,
eres la fe que acoge lo invisible

Te saludo María,
madre de todas nuestras búsquedas
de este Dios imprevisto.
Del Templo donde lo pierdes,
al Calvario donde es colgado
su camino te parece una locura.
Eres cada uno de nosotros que busca a Jesús,
sin comprender bien su vida y sus palabras.
Eres la madre de las oscuridades de la fe,
tú quién observas todos los acontecimientos en tu corazón,
profundizas y meditas todos nuestros ” ¿por qué? ”
Y quien confía en el futuro de Dios, tu Señor.

Te saludo María,
madre de todos nuestros sufrimientos.
Eres la mujer de pie
al pie del hombre crucificado,
eres la madre de todos los que lloran
la inocencia masacrada y el preso torturado.

Te saludo María,
madre de Jesús y del discípulo que creyó.
Eres la madre de los Hombres y de la Iglesia,
estás en la encrucijada de la historia de la salvación
que Dios inventa desde Abraham y Moisés.

Te saludo María,
madre de todos nuestros pentecostés.
Eres, con los apóstoles,
la Iglesia que ruega y acoge los dones del Espíritu Santo.

Te saludo María,
madre de todas nuestras esperanzas.
Eres la estrella radiante de pueblo en marcha hacia Dios.
Eres el anuncio de la humanidad transfigurada,
eres el éxito de la creación
que Dios hizo para su eternidad.

*

Michel Hubaut
Oración extraída de « Cristo nuestra felicidad, aprender a orar con san Francisco de Asís y Santa Clara de Asís », Éditions Fayard, 1986

2

***

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Lunes 15 de Agosto de 2016. La Asunción

lunes, 15 de agosto de 2016
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De Koinonia:

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1ª LECTURA

Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab

Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo:

“Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.”

Salmo responsorial: 44

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,

de pie a tu derecha está la reina,

enjoyada con oro de Ofir. R.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,

olvida tu pueblo y la casa paterna;

prendado está el rey de tu belleza:

póstrate ante él, que él es tu Señor. R.

Las traen entre alegría y algazara,

van entrando en el palacio real. R.

2ª LECTURA

1Corintios 15,20-27a

Primero Cristo como primicia; después todos los que son de Cristo

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

EVANGELIO

Lucas 1,39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludo a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

María dijo:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.”

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

*

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy (15 de Agosto de 1977)

 SU CUMPLEAÑOS

… todo este gesto tan amable de su presencia y sobre todo de su oración, por este servidor de ustedes, a quien abruma este cariño del pueblo y por el cual estoy dispuesto a seguir dando los años que el Señor me conceda. Y considero como un bello regalo de cumpleaños, que la Iglesia misma se hace, este nuevo diácono que vamos a ordenar.

LA ASUNCIÓN DE MARIA

Y en el ambiente del misterio que celebramos hoy, cómo recobra encanto toda esa fiesta de la Arquidiócesis en su Catedral. La asunción en cuerpo y alma de la Virgen al cielo no es una opinión piadosa. Es un dogma de fe, el dogma diríamos, de moda, el más reciente. Fue al clausurar el año de 1950 aquel gran Año Santo, que llevaba a Roma muchedumbres y que recibía aquel gran Pontífice que fue Pío XII. Durante esos años, se hizo una consulta muy interesante a todos los obispos del Mundo: ¿Cómo estaba en el pueblo la creencia de esta verdad, de que María ha sido llevada en cuerpo y alma al cielo? Al mismo tiempo que recogía la tradición de la liturgia, de la teología, y todo lo profundo que la Iglesia tiene en sus estudios, pudo tener la seguridad, el 1º de noviembre de aquél Año Santo, de proclamar como dogma de fe, y que por tanto es obligatorio creerlo todos los católicos, que María, después de terminar su curso mortal en la tierra, fue asunta, como recogida por Dios, en cuerpo y alma. Podemos decir, hermanos, porque una verdad que corresponde a los orígenes de nuestro cristianismo, a los orígenes del mismo Cristo, apenas en nuestro tiempo se proclama dogma de fe, no es que el Papa Pío XII inventó que María ha sido llevada en cuerpo y alma, como si hubiera inventado esa verdad hoy en 1950. Los dogmas no los hace el Papa. El Papa lo que hace es poner el sello de su autoridad, de su magisterio, para darle seguridad al pueblo de que esa verdad está contenida en la divina revelación. Y lo creemos no sólo porque lo dice el Santo Padre, sino sobre todo porque lo ha dicho Dios y lo ha revelado en la Sagrada Biblia y en la tradición viviente de la Iglesia. Leer más…

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«Seguidora fiel de Jesús». Asunción de María – C (Lucas 1,39-56)

lunes, 15 de agosto de 2016
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20-Asunción-385x1024Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

José Antonio Pagola

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15.8.16. Muerte y resurrección: La Asunción de María

lunes, 15 de agosto de 2016
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180px-4972-20080122-0741UTC--jerusalem-mary-sarcophagusLa Iglesia católica celebra este día el «dogma» de la Asunción de María, que se inscribe dentro del misterio de la Resurrección de Jesús, en una línea que está abierta a todos los creyentes, es decir, a todos aquellos que reconocen el carácter ejemplar de su camino creyente.

En la conciencia de la Iglesia Católica, María, la madre de Jesús, ha sido la primera que ha muerto y resucitado con él, no en un sentido cronológico, sino de experiencia y comunión creyente. Eso significa que María no ha muerto sola, ni ha «resucitado» tampoco de una forma aislada, sino que lo ha hecho con Jesús, su Hijo, abriendo un camino de comunión y esperanza para todos los cryentes.

En esa línea, pienso debemos hablar de la muerte y resurrección (elevación o plenificación) de María, como signo y promesa de resurrección para todos los que confesamos el misterio de Jesús (para todos los hombres y mujeres). Hay otras figuras importantes en la Cristiandad, empezando por Pedro y Pablo, por Juan Bautista y los profetas de Israel, pero entre todos loa iglesia destacado el camino creyente de María, por connaturalidad, por respeto a la historia de Jesús, por agradecimiento creyente.

230px-Mary's_tomb_PA180052Por eso quiero elaborar hoy algunas reflexiones en torno a la Muerte y Resurrección (Asunción) de la Madre de Jesús, en una línea más bien antropológica, sin detenerme en datos bíblicos, ni en dogmas de la iglesia.

Históricamente, tras la muerte de Jesús, María formó parte de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén, donde fue venerada como Gebyra (Madre del Señor). Allí debió morir, siendo enterrada, posiblemente, en el lugar que ahora se llama Basílica de la Asunción (junto al torrente Cedrón, cerca del Huerto de los Olivos).

La imagen 1 recuerda el lugar donde ella fue enterrada, conforme a una tradición que parece fiable. Los creyentes de su comunidad (los judeo-cristianos de Santiago) buscaron para ella un sepulcro honroso, en la zona baja de la ciudad de Jerusalén, fuera de las murallas.

Allí se mantuvo la tradición de la vida y muerte de la Madre de Jesús, en el contexto de una iglesia judeo-cristiana, que mantuvo cierta independencia respecto a las Iglesias helenistas.

La imagen 2 , la fachada de la actual Basílica de la Asunción, con el lugar de la tumba de María, que está en manos de Cristianos ortodoxos orientales. Es una Iglesia humilde, de origen antiguo, con fachada románica «occidental», del siglo XII, construida en tiempo de las cruzadas. Sigue siendo la Iglesia mMriana más importantes de la Cristiandad, aunque los cristianos católicos no la tengamos muy en cuenta y «prefiramos» a veces los modernos santuarios Marianos, desde Santa María la Mayor de Roma, hasta las basílicas de Guadalupe (España y Méxido) Lourdes y Fátima.

icono_la_dormicionLa iglesia helenista posterior, partiendo de los evangelios de Lucas y de Juan, puso de relieve el valor simbólico de la Madre de Jesús, por su decisión al servicio de la fe (de la encarnación del Hijo de Dios), de manera que ella vino a convertirse pronto en signo y testimonio de vida cristiana, tanto en Oriente (en la Iglesia ortodoxa actual), como en Occidente.

En esa línea, la Iglesia «descubrirá» y confesará más tarde que María murió con Jesús (vinculada a su misterio) y que resucitó con él (de un modo radical, no puramente físico)… De esa forma, sobre esa base, la Iglesia estableció la fiesta de su Asunción de María a los cielos.

Desde ese fondo (como heredero de las iglesias helenistas y queriendo recuperar la vida histórica de María, una mujer judía, madre querida de Jesús) quiero ofrecer en esta fiesta una simples reflexiones sobre el signo de la Asunción de María

En esa línea ofreceré una reflexión que puede inspirarse en la Imagen 3, que es el icono» tradicional de la fiesta de la Muerte y Asunción de María.

Conforme a una tradición antigua, Maria murió rodeada por los apóstoles, que fueron a despedirla. El mismo Jesús «bajó» para recoger su «alma» (su identidad personal, su vida entera, su cuerpo y alma en sentido actual) e introducirla en el misterio de la humanidad que culmina de Dios.

En el principio está la muerte.
Sólo el hombre nace, sólo el hombre muere
Así murió la Virgen María.

Las restantes plantas y animales ni nacen ni mueren, sino que forman parte de un continuo biológico, sin identidad personal.

Sólo el hombre nace, sólo el hombre muere… Así lo han destacado sobre todo los judíos, el pueblo de María; ellos no han querido evadirse de la muerte, como han hecho otras culturas. De esa forma, mirando cara a cara hacia la muerte, han aprendido y han sabido que la muerte nos reduce a la suma soledad, pudiendo, al mismo tiempo, abrirnos a la vida de los otros (por quienes morimos, con quienes morimos).

Si no muriéramos no dejaríamos sitio en el mundo para los que vienen. Si no muriéramos haríamos imposible la vida de nuestros sucesores. Tenemos que morir para que otros vivan, abriendo con nuestra vida y muerto un cuerpo en el que ellos pueden encarnarse y seguir el camino de Dios.

La muerte nos da miedo, el miedo supremo

Pero sólo por la muerte podemos gozar de verdad y dar la vida a los demás.

«Por la muerte, por el miedo a la muerte empieza el conocimiento del Todo… Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal».

Así comenzaba Rosenzweig su libro más inquietante y luminoso de antropología judía (La Estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca 1997 43-44).

En un sentido, ese saber sobre la muerte es maldición, como ha visto el relato del “pecado ejemplar” de Adán/Eva, en Gen 2-3: “el día en que comas morirás…”. Pero, en otro sentido, este morir (saber que se muere) puede y debe convertirse en bendición, en el momento culminante del sí a la vida, a la vida de Dios, a la vida de los otros. Sólo los hombres pueden morir por los demás; sólo los hombres pueden dar de verdad su vida, abrir su cuerpo, para que otros vivan de su mismo cuerpo (como Jesús, como María).

Sólo porque sabemos que vamos a morir podemos vivir, arriesgarnos y amar de verdad a los otros. Un hombre de este mundo, condenado a no morir, sería el mayor de los monstruos, un ser angustioso y angustiante.

Morir es muy duro. Pero mucho más duro sería no morir

Una vida para siempre sólo tiene sentido cuando cambien las condiciones de este mundo, como ha querido Jesús, como han querido y quieren millones de personas, que esperan y desean una resurrección. Sólo por la muerte (cuando damos la vida a los otros, como Jesús en la cruz) puede haber resurrección (ascensión al cielo).
Así lo han descubierto los cristianos en la Pascua de Jesús, sabiendo que Jesús ha muerto porque vivía, ha muerto para vivir (para que llegue el Reino), ha muerto para que otros vivan. Así lo visto la iglesia, descubriendo que todos los creyentes (¡todos los pobres!) mueren y resucitan y suben al cielo con Jesús, a un cielo de carne, de cuerpo y alma. Por eso han podido aplicar esta experiencia a María, madre y hermana de todos, en Jesús.

Sólo aquel que acepta la muerte puede vivir en plenitud

Sólo aquel que acepta la muerte (y que es capaz de morir en amor y por amor) puede vivir en plenitud, vive por siempre (como vemos en María).

El autor judío ya citado, Rosenzweig, supone que muchos filósofos y pensadores religiosos han querido engañar a los hombres con una mentira piadosa, diciendo que son inmortales y añadiendo que la muerte no es más que una apariencia. Pues bien, ese consuelo es mentiroso y se sitúa en la línea de la evasión gnóstica o espiritualista.

Ninguna respuesta compasiva puede aquietar a los hombres, que nacen y mueren, ninguna teoría teórica puede convencerles. Los hombres mueren ese el destino; mueren y no son felices… pero todavía serían más infelices si no pudieran morir. Los hombres mueren, pero pueden descubrir en la muerte la mano de Dios y ofrecer su mano de amor a todos, como ha hecho Jesús, como ha hecho María.

Morir en cristiano es dar la vida

En ese contexto se sitúa la respuesta de la fe, cuando afirma que el sentido de la vida está en vivir para los demás… y que de esa forma la misma muerte, sin perder su bravura y dureza y enigma (¡Dios mío, Dios míos! ¿por qué me has abandonado?), se convierte en signo de solidaridad, en vida que se abre (como ha visto de un modo impresionante el evangelio de Juan, al descubrir que del costado muerto de Jesús brota la vida, de manera que la misma muerte es ya resurrección).

Pues bien, la Iglesia ha creído que María ha muerto como Jesús, dando la vida. Por eso la venera en la muerte, como signo de Resurrección y de Ascensión (Asunción). Éste es el contenido de la fe, de la fe en la carne resucitado y compartida.

Asunción de María

Morimos solos, pero morimos, al mismo tiempo, para todos y con todos. Morimos en Dios, de manera que nuestra vida (nuestra carne) pueda hacerse vida y carne (cuerpo) para los demás. Leer más…

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La evolución es posible gracias a una involución

lunes, 15 de agosto de 2016
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virgen-embarazadaLc 1, 39-56

No debemos caer en el error de considerar a María como una entidad paralela a Dios, sino como un escalón que nos facilita el acceso a Él. El cacao mental que tenemos sobre María, se debe a que no hemos sido capaces de distinguir en ella dos aspectos: uno la figura histórica, la mujer que vivió en un lugar y tiempo determinado y que fue la madre de Jesús; otro la figura simbólica que hemos ido creando a través de los siglos, siguiendo los mitos ancestrales de la Diosa Madre y la Madre Virgen. Las dos figuras han sido y siguen siendo muy importantes para nosotros, pero no debemos mezclarlas.

De María real, con garantías de historici­dad no podemos decir casi nada. Los mismos evangelios son extremadamente parcos en hablar de ella. Una vez más debemos recordar que para aquella sociedad la mujer no contaba. Podemos estar completamente seguros de que Jesús tuvo una madre y además, de ella dependió totalmente su educación durante los once o doce primeros años de su vida. El padre en la sociedad judía del aquel tiempo, se desentendía totalmente de los niños. Solo a los 12 ó 13 años, los tomaban por su cuenta para enseñarles a ser hombres; hasta entonces se consideraban un estorbo.

De lo que el subconsciente colectivo ha proyectado sobre María, podíamos estar hablando semanas. Solemos caer en la trampa de equiparar mito con mentira. Los mitos son maneras de expresar verdades a las que no podemos llegar por vía racional. Suelen ser intuiciones que están más allá de la lógica y son percibidas desde lo hondo del ser. Los mitos han sido utilizados en todos los tiempos, y son formas muy valiosas de aproximarse a las realidades más misteriosas y profundas que afectan a los seres humanos. Mientras existan realidades que no podemos comprender, existirán los mitos.

En una sociedad machista, en la que Dios es signo de poder y autoridad, el subconsciente ha encontrado la manera de hablar de lo femenino de Dios a través de una figura humana, María. No se puede prescindir de la imagen de lo femenino si queremos llegar a los entresijos de la divini­dad. Hay aspectos de Dios, que solo a través de las categorías femeninas podemos expresar. Claro que llamar a Dios Padre o Madre son solo metáforas para poder expresarnos. Usando solo una de las dos, la idea de Dios queda falsificada porque podemos quedar atrapados en una de las categorías masculinas o femeninas.

El hecho de que la Asunción sea una de las fiestas más populares de nuestra religión es muy significativo, pero no garantiza que se haya entendido correctamente el mensaje. Todo lo que se refiere a María tiene que ser tamizado por un poco de sentido común que ha faltado a la hora de colocarle toda clase de capisayos que la desfiguran hasta incapacitarla para ser auténtica expresión de lo divino. La mitología sobre María puede ser muy positiva, siempre que no se distorsione su figura, alejándola tanto de la realidad que la convierte en una figura inservible para un acercamiento a la divinidad.

La Asunción de María fue durante muchos años una verdad de fe aceptada por el pueblo sencillo. Solo a mediados del siglo pasado, se proclamó como dogma de fe. Es curioso que, como todos los dogmas, se defina en momentos de dificultad para la Iglesia, con el ánimo de apuntalar privilegios que la sociedad le estaba arrebatando.

Hay que tener en cuenta que una cosa es la verdad que se quiere definir y otra muy distinta la formulación en que se mete esa verdad. Ni Jesús, ni María, ni ninguno de los que vivieron en su tiempo, hubieran entendido nada de esa definición dogmática. Sencillamente porque está hecha desde una filosofía completamente ajena a su manera de pensar. Para ellos el ser humano no es un compuesto de cuerpo y alma, sino una única realidad que se puede percibir bajo diversos aspectos, pero sin perder nunca su unidad.

La fiesta de la Asunción de María nos brinda la ocasión de profundizar en el misterio de toda vida humana. A todos nos preocupa cuál será la meta de nuestra existencia. Se trata de la aplicación a María de toda una filosofía de la vida, que puede llevarnos mucho más allá de consideraciones piadosas.

En la más clásica filosofía occidental encontramos tres conceptos que se han calificado como trascendentales: “unum”, “verum”, “bonum” (unidad, verdad y bondad). Pero la más simple lógica nos dice que, si esos conceptos se pueden aplicar a todos los seres, no hay lugar para sus contrarios: multiplicidad, falsedad y maldad. Esta contundente conclusión nos lleva a desestimar estas cualidades contrarias y negativas, como realidades realmente existentes. Este aparente callejón sin salida nos obliga a considerar estas tres últimas realidades como apariencias sin consistencia verdadera.

Allí donde encontramos multiplicidad, falsedad, maldad, debemos profundizar hasta descubrir la hondura de todo ser: la unidad, la verdad y la bondad. Toda apariencia debe ser superada para encontrarnos con la auténtica realidad. Esa REALIDAD está en el origen de todos y está escondida en todo. En el momento que desaparezcan las apariencias, se manifestará toda realidad como una, verdadera y buena. Es decir que la meta de todo ser se identificará con el origen de toda realidad.

La creación entera está en un proceso de evolución, pero aquella realidad hacia la que tiende, es la realidad que le ha dado origen. Ninguna evolución sería posible si esa meta no estuviera ya en la realidad que va a evolucionar. Ex nihilo nihil fit, (de la nada, nada puede surgir) dice también la filosofía. Si como principio de todo lo que existe ponemos a Dios, resultaría que la meta de toda evolución sería también Dios.

Lo que queremos expresar en la celebración de una fiesta de la Asunción de María, es precisamente esto. No podemos entender literalmente el dogma. Pensar que un ser físico, María, que se encuentra en un lugar, la tierra, es trasladado localmente a otro lugar, el cielo, no tiene ni pies ni cabeza. Hace unos años se le ocurrió decir al Papa Juan Pablo II que el cielo no era un lugar, sino un estado. Pero me temo que la inmensa mayoría de los cristianos no ha aceptado la explicación, aunque nunca la doctrina oficial había dicho otra cosa.

El dogma es un intento de proponer que la salvación de María fue absoluta y total, es decir, que alcanzó su plenitud. Esa plenitud solo puede consistir en una identificación con Dios. Como en el caso de la ascensión, se trata de un cambio de estado. María ha terminado el ciclo de su vida terrena y ha llegado a su plenitud. Pero no a base de añadidos externos sino por un proceso interno de identificación con Dios. En esa identificación con Dios no cabe más. Ha llegado al límite de las posibilidades. Todas las apariencias han sido superadas. Esa meta es la misma para todos. En lenguaje bíblico, “cielos” significa el ámbito de lo divino, por tanto María está ya en “los cielos”.

Cuando nos dicen que fue un privilegio, porque los demás serán llevados de la misma manera al cielo, pero después del juicio final, ¿de qué están hablando? Para los que han terminado el curso de esta vida, no hay tiempo. Todos los que han muerto están en la eternidad, que no es tiempo acumulado, sino un instante. Concebir el más allá, como si fuera continuación del más acá, nos ha metido en un callejón sin salida; y parece que muchos se encuentran muy a gusto en él. Del más allá no podemos saber nada. Lo único que podemos descartar es que sea prolongación de la vida de aquí.

 

Meditación-contemplación

El Magníficat es un excelente cántico de alabanza,
resumen de las aspiraciones de todo un pueblo,
que confía plenamente en Dios
y en la salvación que había prometido a los antepasados.
……………………

Este poema pone en boca de María estos sentimientos
y nos invita a desarrollarlos interiormente,
teniendo en cuenta que las obras de Dios
nunca se manifiestan en fenómenos espectaculares.
……………………

La obra la desplegó Dios en María.
Fue posible porque fue capaz de decir “Fiat”.
La seguirá desplegando en cada uno de nosotros,
en la medida en que sepamos estar, como ella, disponibles.
…………………

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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«Prender fuego». 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-53)

domingo, 14 de agosto de 2016
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20-TO-300x232Son bastantes los cristianos que, profundamente arraigados en una situación de bienestar, tienden a considerar el cristianismo como una religión que, invariablemente, debe preocuparse de mantener la ley y el orden establecido.

Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús dichos que invitan, no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división».

No nos resulta fácil ver a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a las personas.

El creyente en Jesús no es una persona fatalista que se resigna ante la situación, buscando, por encima de todo, tranquilidad y falsa paz. No es un inmovilista que justifica el actual orden de cosas, sin trabajar con ánimo creador y solidario por un mundo mejor. Tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.

El que ha entendido a Jesús actúa movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total. El verdadero cristiano lleva la «revolución» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de estado», cambio cualquiera de gobierno, insurrección o relevo político, sino búsqueda de una sociedad más justa.

El orden que, con frecuencia, defendemos, es todavía un desorden. Porque no hemos logrado dar de comer a todos los hambrientos, ni garantizar sus derechos a toda persona, ni siquiera eliminar las guerras o destruir las armas nucleares.

Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas. Una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. H. Marcuse escribía que necesitamos un mundo «en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la crueldad y la masacre ya no tengan razón de ser».

Quien sigue a Jesús, vive buscando ardientemente que el fuego encendido por él arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, se exige a sí mismo una transformación radical: «solo se pide a los cristianos que sean auténticos. Esta es verdaderamente la revolución» (E. Mounier).

José Antonio Pagola

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Domingo 14 de agosto de 2016. 20º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 14 de agosto de 2016
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45-ordinarioC20 cerezoLeído en Koinonia:

Jeremías 38, 4-6. 8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país.
Salmo responsorial: 39:Señor, date prisa en socorrerme.
Hebreos 12, 1-4: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos.
Lucas 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.

Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra. Leer más…

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Dom 21.8.16. He venido a prender fuego. Muerte y resurrección de la familia

domingo, 14 de agosto de 2016
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imagesDom 20 C. Lc 12, 49-53. Éstas son para muchos las palabras más fuertes del Evangelio:

— He venido a prender fuego… a dividir las familias: Tres contra dos y dos contra tres…
— el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre…

Jesús ha venido a prender fuego y quemar (superar) un tipo de «leyes naturales» de familia, para crear otras que se funden en la libertad y la gratuidad del evangelio.

Éste es un principio que algunos no entienden o no quieren entender, pensando que Jesús ha venido a ratificar sin más un tipo de familia natural que ya existía. Pues bien, él podía haberlo dicho quizá más alto,pero no más claro: Él ha venido a destruir un tipo de familia, para crear otra más alta:

Hay un amor más grande que el de padre-hijo o de madre-hija en la línea de la ley natural, hay un amor de libertad, de persona a persona, en gratuidad, un amor que no niega lo anterior, pero lo transfigura y suprema. Por eso, en un sentido muy hondo, Jesús dice que ha venido a prender fuego, a destruir un tipo de amor de padre-hijo y de madre hija.

la-familia-en-la-bibliaEstas palabras forman parte de la novedad del evangelio, son la buena nueva de Dios, que capacita a los hombres y mujeres para amarse de un modo gratuito, superando unos principios de familia, género y raza que parecían divinos, inmutables.

En esa línea dice Jesús que ha venido a prender fuego al mundo… para empiece el gran incendio de Dios, desde la familia, que ha de ser recreada sobre otras bases de amor en libertad.

–Jesús no fue un mesías militar, eso seria fácil, siguiendo en la línea de viejos y nuevos caudillos militares, de Ciro el Grande y Alejandro Magno hasta Napoleón. Ganando la guerra no se logra prácticamente nada.

— Jesús tampoco fue un mesías político, un creador de Estado, como Augusto…Éso sería relativamente fácil. Él ha venido a proclamar e iniciar la revolución más grande, que es la de la familia . Ésa fue su tarea y sigue siendo la tarea de su Iglesia.

Utilizo para desarrollar este programa del evangelio del domingo unos temas de dos libror:strong>Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2013) La familia en la Biblia (Verbo Divino, Estella 2014)…

Evangelio del domingo: Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

Un movimiento mesiánico

Jesús inició un movimiento de paz, desde los más pobres, superando la lógica de enfrentamiento que regulaba la vida de familias y grupos de su tiempo, en Galilea. Fue una revolución desde abajo, desde aquellos que vivían en el margen de la sociedad establecida, un movimiento de seguidores y amigos, integrado básicamente por personas que habían sido expulsadas del nuevo (des-)orden social que se estaba imponiendo en Galilea, a causa de la trasformación económica y política vinculada al Imperio Romano.

Apoyándose en antiguas tradiciones (como la ley del jubileo: Lev 25) e invirtiendo el modelo dominante de política y economía importada de Roma, partiendo de su fe en Dios/Abba, Jesús no quiso formar grupos de dominio (para así imponer su proyecto en Galilea), sino de creatividad religiosa y de comunicación humana desde los más pobres.

Por eso empezó “curando” a los enfermos y haciéndose prójimo de los posesos e impuros a quienes invitaba a formar parte de su nueva familia social (eclesial), entendida a modo de comunión de personas unidas desde el mensaje y camino de Reino. Por eso invitó de un modo especial a los pobres, haciéndoles iniciadores de su proyecto de familia pacificada de hermanos (hijos) de Dios.

Una guerra de familia.

El movimiento de paz de Jesús no empezó con grandes reformas económicas y/o políticas, en sentido global, sino con la creación de grupos familiares pacificados, abiertos desde los pobres (itinerantes) hacia todos los hombres y mujeres, intensificando la comunicación personal. No anunció una paz sólo futura, ni quiso que sus pobres arrebataran la hacienda de los ricos, sino que ellos mismos (los pobres) empezaran a superar el sistema de propiedad particular (violenta), pero no matando o despojando de sus bienes a los ricos, sino ofreciéndoles salud y curación (paz), precisamente a partir de los mismos pobres a quienes ellos habían expulsado y arrebatado los biens.

Lógicamente, por querer y buscar esa paz (y por hacerlo como lo hacía) tuvo que enfrentarse a los violentos del sistema dominante.

El imperio romano, que dominaba en Galilea, se había formado como un “asunto de familia”, una jerarquía descendente, a partir de los niveles superiores, de manera que el gran orden de la sociedad reproducía un modelo de buena familia patronal (¡cosa nostra!), donde los más altos “beneficiaban” a los bajos (y los bajos se apoyaban a los altos, como clientes de un sistema patronal). El Imperio era un sistema de violencia controlada, de manera que su paz era el resultado de la imposición de unos sobre otros. Lógicamente, Dios era el Orden, el Valor de los valiosos, el sistema.

En contra de eso, Jesús quiso crear unas agrupaciones de familias no patriarcalistas, donde hubiera espacio para todos, desde los más pobres. Para eso tuvo que oponerse a los esquemas de familia tradicional, pues era una familia impositiva, centrada en el valor superior de los “patriarcas” (padres de familia, varones), dejando a los demás miembros de la familia en un lugar inferior y expulsando a los huérfanos-viudas-extranjeros (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22), víctimas de un tipo de vida y economía mercantil.

Para superar la violencia de la familia establecida (que, por otra parte, era incapaz de mantenerse en la nueva situación), Jesús tuvo que crear un nuevo tipo de familia más extensa, no patriarcalista, donde cupieran todos, no sólo los de dentro, sino los del entorno social, desde los más pobres. Ésta fue su revolución, esta su “guerra”, más difícil y dura que las guerras de Julio César o Augusto.

Lógicamente, al buscar lo que buscaba, una familia abierta a todos, para crear lo que él quería crear (grupos de Reino), no pudo empezar reforzando las instituciones existentes (¡más familia patriarcal, más orden, más ley, más templo!), sino que comenzó “creando familia” desde los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, desde aquellos que estaban siendo rechazados por la buena sociedad establecida.

No tuvo más remedio que oponerse a un tipo de familia dominante, de carácter jerárquico-impositivo, porque ella iba en contra de su opción de Reino y porque funcionaba con modelos de imposición jerárquica, expulsando a los más pobres (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). Lógicamente, tuvo que decir a sus discípulos que “aborrecieran” a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 14, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3).

¿Aborrecer a los padres?
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Con su duro lenguaje, Jesús dijo a sus seguidores que debían “aborrecer” a sus familiares (Lc 14, 26). Al decir eso, él no negar o criticar unos “lazos de sangre”, de tipo biológico y social, para impulsar un tipo de comunión espiritualista, sin vínculos de tipo “carnal” (como parece querer ya el Evangelio apócrifo de Tomás), sino que rechazó un modelo de familia exclusivista, para crear otro modelo de familia muy concreta (muy de carne y sangre, de amistad y comunión), pero no exclusivista; una familia donde importan los hombres y mujeres, cada uno de ellos y todos en relación concreta, sin imposiciones ni exclusiones, una familia donde cupieran los expulsados de las otras “tribus” y malas familias de su tiempo. Fue una revolución como nunca se ha dado.

La terapia de Jesús, resurrección de la familia: Fuego, bautismo, espada

Para explicar esa transformación de la de familia, el Evangelio de Lucas pone en boca de Jesús tres palabras simbólicas de una importancia enorme. Cada una de ellas marca una ruptura, las tres juntas evocan “la ruptura” esencial de Jesús, que así puede presentarse como impulsor de un nuevo Adán/Eva donde caben todos. Para ello recoge explosivas, que pueden aparecer separadas en otro contexto de la tradición evangélica, pero que aquí se unen para indicar la importancia de la “lucha” de familia: fuego, agua, división (espada). Más fuerte no podía haberse dicho.

1. Fuego. «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». El tema del fuego mesiánico (del Dios/Fuego) ha sido ya aplicado a Jesús por Juan Bautista, cuando anuncia la llegada de uno más fuerte, que no bautiza en agua, sino con Espíritu Santo y Fuego (cf. Lc 3, 16; Mt 3, 10). El fuego es el poder del juicio de Dios, que purifica o destruye (para recrear).

Estamos ante el tema Jesús/Fuego, elaborado en especial por la tradición casi gnóstica del Evangelio de Tomas, que recoge este pasaje de Lucas, vinculando fuego y bautismo (EvTh 16), pero que añade otros impresionantes: «He arrojado fuego sobre el mundo y he aquí que lo estoy vigilando hasta que arda en llamas» (Ev Th 10) «Jesús ha dicho: Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino» (Ev Th 82).
Jesús es un fuego espiritual, sin duda, como indica el Evangelio de Tomas (apócrifo). Pero Tomás corre el riesgo de entender ese fuego en línea sólo intimista, como una llama que arde en el corazón de cada hombre o mujer que hace el camino de la santidad. Pues bien, conforme al evangelio de Lucas, ese fuego arde en familia, cambia las relaciones familias.

2. Bautismo.

«Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!». El bautismo no es ya un rito exterior de purificación, sino gesto de inmersión en el “agua de la vida”, gesto de entrega total, para crear la nueva humanidad. Está vinculado también la promesa del Bautista que decía que Jesús “bautizará (agua) con Espíritu y fuego”. Pues bien, el agua de Jesús lleva a crear nuevas relaciones, como las que él dice a los zebedeos cuando les invita a participar en su bautista de servicio para todos, sin jerarquías no poderes impositivos (cf. Mc 10, 38-39)

3. Espada.

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. Lucas pone división (diamerismón). Mateo conserva quizá el término primitivo de “espada” Majaira (Mt 10, 34). Ésta es la espada de una guerra no militar, que penetra y divide y recrea, como un bisturí de doble filo (Hebr 4, 12), que corta, quita y cura; como espada de la palabra del Jinete del Logos, del logos de Dios (Ap 19, 15), que destruye a los poderes perversos, para crear la familia de los hijos de Dios, las bodas del Cordero. Leer más…

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«Fuego, vida y división». Domingo 20 ciclo C

domingo, 14 de agosto de 2016
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bautismo_cruz_agua_fuegoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio del próximo domingo Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

            Presupuesto para entender este evangelio es la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

            Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

 La misión: prender fuego

            He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

            Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

            Tengo que pasar por un bautismo.

            También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva.         El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

            ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

            Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

            Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

            Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

            ¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

            Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

* * *

            Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida ya la uso Pablo, y es especialmente actual en estos días de Olimpiada: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

            Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

            Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo.

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4

Hermanos:
Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

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