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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 14 agosto, 2016

domingo, 14 de agosto de 2016
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TO-D-XX

“He venido a traer fuego a la tierra,

¡y cuánto deseo ya que arda!”  (Lc 12, 49)

Lc 12, 49-53

Ponte en situación. Cierra los ojos e intenta visualizar el texto, al menos esta frase de Jesús con la que comienza el evangelio de hoy. Céntrate, visualiza… ¿qué ves?, ¿algo que no pega mucho con el evangelio?, ¿algo que no le pega a Dios?

Sinceramente, la escena que veo yo va por ahí: Jesús caminando a hurtadillas, cual ladrón en la noche, cerilla encendida en mano… y de repente todo se convierte en una gran bola de fuego. ¡¡¡A ver si va a resultar que Jesús es pirómano!!!

En efecto, esto no le pega a Dios. Pirómano no, pero se me ocurre “choquémano” por no decir “terapiadechoquémano”. Nos pensamos que eso de la terapia de choque es novedad, que es algo de nuestro tiempo. En una ocasión leí algo sobre una medicación para tratar algunas alergias y consistía en unas pastillas con cierta cantidad de ese componente a lo que se tuviera alergia. Por ejemplo, ¿alergia a la lactosa?, pues pastillas con lactosa tratada, pero lactosa. Parece ser que funcionaban. La terapia de choque, empiezo a pensar que es tan antigua como Dios. Si nos fijamos en la biblia, podemos comprobar que Dios elige a los “torpes” para misiones importantes, que no se fija en los fuertes y poderosos; se queda con Jeremías y sus quejas, su salirle todo al revés, se queda con Moisés y la torpeza de su lengua.

¿Y contigo?, ¿qué hace contigo? Si te mueves como pez en el agua con un cuestionario tipo test, Dios va, y te pone uno de preguntas largas, a desarrollar, y con esa frase temible después de cada enunciado: razona tu respuesta. Y sudas, te agotas solo con pensarlo, tus pobres neuronas enloquecen, no sabes ni por dónde empezar… Y ahí, aparece Jesús caminando a hurtadillas para no asustarte más de lo que estás, cerilla encendida en mano para avivar el fuego de tu corazón, para alentarte, sostenerte, re-animarte y te dice “¡cuánto deseo ya que arda y te pongas en camino!

Trinidad Santa, reaviva tú nuestro fuego cada vez que intentemos sofocarlo. Abre nuestra escucha como a los discípulos de Emaús: ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?

Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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No puede haber verdadera vida sin lucha

domingo, 14 de agosto de 2016
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kAtnpMHiamrbEH5S8Ezs7BMODGwLc 12, 49-53

Como colofón a la larga instrucción sobre la confianza y la vigilancia, Jesús habla brevemente de sí mismo de una manera un tanto enigmática. ¿Qué clase de fuego trae al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases enigmáticas que no es fácil colocar en un contexto que las hagan significativas para nosotros.

No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista. Se trata del fuego que purifica y da vida. El AT está plagado de imágenes en este sentido y ahí se apoya Jesús para transmitir la idea de renovación. Jesús viene a traer fuego, pero no contó con la capacidad que tenemos nosotros de abrir cortafuegos y usar extintores. Nos defendemos con uñas y dientes contra todo lo que pueda socavar nuestro yo. El bautismo (ser sumergido por las aguas) era signo de pruebas terribles, las aguas caudalosas del AT que destruyen todo lo que encuentran a su paso. Está haciendo clara alusión a su muerte, la gran prueba que demostrará la autenticidad de su ser.

Una vez más nos encontramos con una tajante contradicción. ¿Cómo podremos armonizar estas palabras: “no he venido ha traer paz, sino división”, con aquellas otras: «La paz os doy, mi paz os dejo?» A veces, la mejor manera de comunicar una idea difícil, es la paradoja, que obliga a salir de los caminos trillados. La primera lectura nos habla de la guerra que le hicieron a Jeremías por ser auténtico. Pablo nos habla de otra guerra, la que debemos hacernos a nosotros mismos. Vamos a intentar salir de toda esta maraña de guerras y paces, examinando distinta realidades a las que llamamos guerra y paz. Ni todas las guerras son malas, ni toda paz puede ser bendecida sin más.

1.- Tenemos en primer lugar la paz romana, que se consigue con violencia. La paz que conseguían los romanos cuando conquistaban un país. Ponían allí sus tropas, y nadie se movía, había paz. Es una paz que nace de la injusticia, nunca puede ser auténtica ni duradera. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Por ejemplo la paz que existe en muchos matrimonios, porque uno de los miembros está anulado, y ya no tiene posibilidad de rechistar.

2.- Existe otra clase de paz que podíamos llamar la paz justa: Es la que se da entre personas o países que dialogan, que defienden posturas distintas, pero que saben atender y respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de fuerzas o de intereses. Es una paz positiva, aunque no se trata de la verdadera paz, porque no es suficiente.

3.- La paz que equivaldría a la ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es una paz que todos de alguna manera buscamos; incluso vamos a la religión o a Dios en busca de esta paz. Que no nos compli­quen la vida, que se solucionen los problemas. Es una paz que anula la vida, porque la vida es, por naturaleza lucha, superación de obstáculos. Si llegáramos a conseguir esa paz y en la medida que la consigamos, dejamos de vivir, estamos ya muertos.

4.- La paz que Jesús propone es la armonía interna; es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser, cuando todo su ser está de acuerdo con las exigencias de su ser profundo. Esta es la autentica paz. Esta es la paz (Shalom) que los judíos se deseaban al saludarse y al despedirse. Esta es la base de toda paz verdadera. Esa armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con los demás y con Dios. Esta paz es la consecuencia de un descubrimiento de lo trascendente como fundamento de nuestro ser.

Tenemos paralelamente cuatro clases de guerra que debemos analizar con cuidado:

1.- La guerra que se hace para someter al otro, para subyugarlos y utilizarlo, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona libre. Es la ley de la selva. Es el fruto del egoísmo más refinado. Surge siempre que utilizamos la superioridad biológica, mental o psicológica para machacar al otro. Es la guerra más frecuente y más dañina.

2.- La guerra que hace el que está sometido, para salir de su situación. Es una guerra que se ha llamado «justa». A primera vista, parece lo más natural del mundo, pero hay que tener mucho cuidado de no caer en la trampa de la misma violencia contra la que se lucha. Todo ser humano tiene la obligación de luchar por su libertad, pero si lo hace utilizando los mismos medios que el opresor, no tiene nada de cristiano. La Iglesia ha bendecido a través de la historia cañones y bombardas. Y sin embargo, no cualquier clase de guerra es evangélica. En el evangelio se dice. Todo el evangelio es un canto a la no-violencia. Esta vivencia surge cuando el sometido supera la opresión sin entrar en su misma dinámica.

3.- La guerra que se hace a otro por ser auténtico, porque su manera de ser denuncia nuestra maldad. Es la guerra que le hicieron a Jeremías por ser fiel a sí mismo por no querer halagarles el oído a aquellos jefes, que por su mal comportamiento estaban llevando a su pueblo al desastre. Esta guerra no hay que temerla. Esto no es fácil, porque, la mayoría de las veces, actuamos pensando más en el que dirán que en nuestras convicciones y lo que determina que obremos de una o de otra manera, es la respuesta que vamos a obtener de los demás. Si tratamos de no molestar a los demás para que no se vuelvan contra nosotros, antes o después caeremos en la trampa y dejaremos de ser auténticos.

4.- La guerra de la que habla Pablo, la que debemos hacernos a nosotros mismos. Dentro del ser humanos existen fuerzas y tendencias que le obligan a estar en tensión. Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar un objetivo humano. El objetivo del ser humano es el amor. Pero el amor cristiano es una posibilidad que no está en el ADN. Los instintos, los apetitos, las pasiones están ordenadas a la supervivencia y bienestar del ser biológico, no están orientadas a la plenitud específicamente humana. Al decir esto, la mayoría de los mortales caemos en al trampa de creer que los instintos son malos. Para nada. Todos los logros de la evolución son buenos. Solo el ser humano es capaz de tergiversar los instintos y hacerlos malos. Para conseguir el objetivo de su existen­cia, el ser humano tiene que esforzarse para desarrollar lo verdadero de su ser.

Con todos estos datos, cada uno podrá descubrir, qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar, qué guerra debemos evitar a toda costa, y qué “guerra” debemos aceptar como la cosa más natural del mundo. Pero debemos estar muy atentos, porque la diferencia es a veces muy sutil. El falso yo que creemos ser nos puede jugar una mala pasada porque puede hacernos creer que estamos luchando por nuestro bien y solo estamos potenciando ese falso ser. Si no tomamos conciencia de la diferencia, la guerra está perdida.

Jesús se presenta no solo como objeto de conflicto, sino como la misma causa del conflicto.

La actitud de Jesús no es la causa de la división, sino la aceptación o no de esa actitud vital que él exige a los que le escuchan. Jesús no viene a garantizar una paz exterior como esperaban lo judíos de su mesías. La paz o la guerra exterior no afectarán para nada a la interioridad de los que le sigan. Mi paz os doy, pero yo no la doy como la da el mundo.

En resumen podíamos decir que en estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo de ser humano que tienen que imitar los que le siguen. Debemos afrontar el bautismo como una inmersión en aguas abismales que son el signo de lucha y sufrimiento. Pero ese fuego y ese bautismo son deseados porque de ellos surgirá la verdadera paz. Las tensiones e incluso las rupturas violentas no las origina Jesús, sino los que deciden rechazarle.

Meditación-contemplación

Una acertada guerra, me conducirá a la verdadera paz.
Miles de años de experiencia humana, nos dicen que no es fácil acertar.
Jesús nos da unas orientaciones valiosísimas.
Con esas claves podemos intentar la travesía sin miedo.
…………………..

No son las fuerzas externas las que me impiden alcanzar la armonía.
La primera y más importante guerra la tengo que librar dentro de mí.
Sólo cuando dentro haya conseguido la paz,
estaré preparado para ganar otras batallas.
……………………

No te quedes en la superficialidad del ego.
Baja más al fondo de ti mismo y descubrirás la armonía.
Tu verdadero ser es paz, es armonía y es felicidad.
Vete más allá de tu falso ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Guerra y Paz

domingo, 14 de agosto de 2016
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fuego-300x240“La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido” (Nietzsche)

14 de agosto, domingo XX del TO

Lc 12, 49-53

¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No paz, os digo, sino guerra

Jesús ha venido al mundo para renovarlo y purificarlo. Su misión es salvadora y, a la vez, dramática. Como la de Jeremías que, igualmente fiel a la misión encomendada, fueron ambos perseguidos e incomprendidos por su pueblo. Jueces de Paz entre los suyos –La paz sea entre vosotros”– lucharon convirtiendo las armas en herramientas, como vaticinó Isaías en el AT: “De las espadas forjarán arados / de las lanzas, podaderas. / No alzará la espada pueblo contra pueblo, / ya no se adiestrarán para el combate” (Is 2, 4). Y como en los Juegos Olímpicos de Río 2016 donde los atletas y deportistas participan, no para vencer a nadie sino para batir records y superarse a sí mismos.

Las aves rapaces vuelan bajo este gélido invierno y “Las zorras tienen madriguera (…) pero este hombre no tiene donde recostar la cabeza (Mc 8, 20). Los terratenientes, ávidos de bienes materiales y espirituales olvidaron el deseo de Isaías y combaten perennemente sin piedad por ellos. Arados y podaderas de los labradores sueñan de brazos cruzados en los campos. Aunque no son tan ingenuos que crean que algún día “el lobo y el cordero pastarán juntos, el león como el buey comerá paja”  (Is 65, 25).

Los hombres honestos no disponen de corazas, de cascos, ni de escudos. Están desamparados y reciben golpes que dejan muy maltrecho su cuerpo. ¿Están perdiendo la batalla y la vida en este empeño? ¿O la perdió Dios solamente, con ellos o sin ellos? En la película Guerra y Paz, dirigida por King Vidor en 1956, se mantiene este diálogo ilustrativo entre Natacha y el príncipe Andrei:

“Cuando hubiese un caso complicado o cualquier arbitrariedad, vos juzgaríais y vuestra palabra sería ley.

¿Por qué yo?

Porque vuestro corazón es puro y sois bueno”.

Posiblemente fuera oportuno recordar aquí también las palabras de Vitelia, protagonista de La Clemenza di Tito -ópera de Mozart- “Antes que se oculte el sol / quiero muerto al indigno. / Sabes que usurpa un reino / que me dio por destino el cielo”. La obra concluye con todos los personajes alabando la extrema generosidad de Tito, mientras éste ruega a los dioses que acaben con su vida el día en que su prioridad no sea el bienestar del pueblo romano. ¿Sería oportuno reenviarlo por WhatsApp a Roma? Y tampoco estaría demás autoenviarlo a nuestro personal domicilio.

“La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido”, dijo Nietzsche. Quizás porque él, como sabio, no ignoraba que tener paz conlleva mantener la calma y el amor en el corazón. Como lo tenía Carolina, la española casada con el compositor ruso Serguéi Prokófiev. Estando condenada en el gulag siberiano puso especial énfasis en que sus hijos le mandaran “El deseo”, de Chopin. Quería representarla en el campo de concentración, pues le gustaba esa historia de amor que hablaba de libertad y de amor incondicional. La sociedad repulsa a quienes desprecian a los demás y no colaboran.

ASAMBLEA EN LA CAPINTERÍA
1. Desavenencias

Cuentan que en la carpintería
hubo una vez una extraña asamblea.
Las herramientas querían arreglar
sus diferencias.

El tonante martillo
pidió ejercer la presidencia.
Mas como hacía demasiado ruido
y se pasaba el tiempo golpeando,
la Asamblea
propuso su renuncia.
Aceptó su culpa y pidió sin reservas
la expulsión del tornillo:
había que darle muchas vueltas
para que al fin sirviera de algo.

Aceptó el tornillo la oferta,
pero pidió también que se expulsara
a la lija, que era
muy áspera de trato,
y andaba con todos a la gresca.
Aceptó la lija dicho acuerdo
a condición de que el metro fuera
expulsado, pues se pasaba el día
midiendo a los demás con su medida
como si fuera el único perfecto.

Todos gimieron juntos: -“¡Ay qué pena!”

(SOLILOQUIOS. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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He venido a prender fuego en el mundo

domingo, 14 de agosto de 2016
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no he venidoLc 12,49-53

En estos momentos en los que las noticias nos bombardean con múltiples informaciones sobre rupturas, faltas de acuerdo y divisiones; sobre fronteras y diferencias, impacta leer el evangelio de este XX Domingo del Tiempo Ordinario. “¡No!” podemos pensar… lo que justamente necesitamos es lo contrario, ¿cómo va a venir Jesús a crear más división? ¿Cómo va a prender fuego en un mundo tan necesitado de paz y encuentro?

Este texto evangélico requiere, pues, una lectura más sosegada y profunda. ¿Qué puede significar? ¿Cómo puede iluminar hoy nuestra vida?

La imagen del fuego aparece en numerosas ocasiones a lo largo de toda la Biblia. En algunas ocasiones es símbolo de castigo y destrucción (Gn 19,24); otras veces es imagen de purificación (Is 1,25; Zac 13,9). El mismo Lucas nos ha dicho que Juan bautizaba con agua, pero que Jesús bautizaría con fuego (Lc 3,16), como símbolo de una nueva vida en el Espíritu.

A lo largo de la historia, muchas mujeres y varones de Dios, han utilizado también el fuego como símbolo. Teresa de Jesús expresa su experiencia mística utilizando este término: “Viale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. […] Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios(Libro de la Vida, cap. XXIX). Santos como Ignacio de Loyola o Antonio Mª Claret son considerados “hombres de fuego”. Este último animaba a cada uno de sus hijos a ser “un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor” (Autobiografía, 494) y Joaquina de Vedruna, mujer apasionada por Jesús y su causa, decía a sus hijas: “Si sois fieles a la gracia, el mismo Señor os iluminará, porque en la intimidad de la oración, os manifestará su gran amor. Y si tenéis deseos de corresponderle, suplicaréis sin cesar que os encienda en el fuego de su mismo amor (Epistolario, 98).

Todos ellos entendieron y utilizaron el simbolismo del fuego para explicar metafóricamente la pasión irrefrenable que nace del amor de Dios. Todos ellos, siguiendo los pasos de Jesús, dedicaron su vida a propagar ese “fuego” que ardía en su corazón, que motivaba sus acciones y que les hacía desear que cada ser humano quedara contagiado por el mismo ardor.

Ese fuego, que arde en el corazón de Jesús y en todos los que le han seguido y le siguen con radicalidad, es la pasión por Dios y por su Reino. Es por tanto, la pasión por vivir como Jesús, compadeciéndose ante quienes han caído por el camino; ofreciendo ternura a quienes necesitan una palabra de ánimo; abriendo las puertas a quienes huyen de un peligro mortal; alargando los brazos para abrazar todas las necesidades y avivando la conciencia de que, al llamar a Dios “Abbá”, “Padre”, quedamos comprometidos a vivir como verdaderos hermanos.

Ese fuego es la llama del Espíritu, de la Ruah Santa, que aviva los corazones de todas las personas que se abren a su Presencia y se dejan transformar por ella.

Nos puede sorprender las palabras de Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Pero el mismo Lucas, en el capítulo 2, ya había anunciado que Jesús sería fuente de división, “señal de contradicción” (Lc 2,34); y vemos, en muchos de los relatos vocacionales, en los que Jesús invita a su seguimiento, que hacerlo lleva intrínseco romper con la familia y el entorno (5,1-11; 18,18-30), algo extremadamente convulso en la cultura mediterránea del siglo I, en la que el “grupo familiar” y el “yo” no eran dos entidades separadas, sino dos aspectos de la misma condición[1]. Jesús invita a crear un nuevo grupo familiar, una nueva familia humana en torno a su Padre, y eso conlleva dificultades indiscutibles, propias de toda salida de nuestro círculo de confort, de lo conocido, de lo acostumbrado. En el fondo es lo que ya sabemos… si leer el Evangelio no nos deja inquietos tendríamos que preguntarnos qué lectura estamos haciendo del mismo.

Acojamos, por tanto, la invitación a dejarnos quemar por el fuego de Jesús, aquel que puede transformar nuestras propias vidas y nuestro mundo. ¿Qué fuego arde en tu corazón? ¿Qué pasión te embarga? ¿El encuentro con Jesús hace arder tu corazón, como les pasó a los discípulos de Emaús (Lc 24,32)? ¿Hacia dónde te moviliza? Que su fuego arda en nuestras entrañas: https://open.spotify.com/track/6pux1DvWRsVN9VqsfOND2r.

Inma Eibe


[1] MOXNES, Halvor, Poner a Jesús en su lugar. Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios, EVD, Navarra 2005, 119

Fuente Fe Adulta

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Dentro de mí

sábado, 13 de agosto de 2016
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De blog Nova Bella:

SUFI 22

«Debajo de esta túnica

está Dios

y nada más que Dios”

*

Abu Yazid Bistami

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¡Felices los corazones sencillos!

martes, 9 de agosto de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

Vivamos el verano con el libro “15 días con el Hermano Roger de Taizé “ escrito por Sofía Laplane en la Editorial Ciudad Nueva: 

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En el Evangelio, una de las primeras palabras de Cristo es ésta:
«¡felices los corazones sencillos! »
Sí, feliz quien avanza hacia la sencillez,
la del corazón y de la vida.
Un corazón simple procura vivir el momento presente,
acogiendo cada día como un hoy de Dios.
¿El espíritu de sencillez no se transparenta
en la alegría serena e incluso en el gozo?
Simplificar tu vida te permite compartir
con los más pobres, con el fin de aliviar las penas,
allí dónde está la enfermedad, la pobreza, el hambre.

 

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Durante el verano, vuestras hermanas y hermanos de Cristianos Gays rezan contigo y por tí. De hecho, nuestro deseo es vivir nuestra vida cotidiana, iluminados interiomente por medio de Jesucristo. Queremos estar cerca de los que pasan las pruebas.

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«Los necesitamos más que nunca». 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

domingo, 7 de agosto de 2016
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19-TO-600x740Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que  solo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.

Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los problemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

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«Estad preparados». Domingo 7 de agosto de 2016. 19º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 7 de agosto de 2016
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44-ordinarioC19 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19:  Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48: Estad preparados.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?»

El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?

Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio. Leer más…

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Dom 7.8.16. Talegos que no envejecen, tesoros que no pueden robar los ladrones

domingo, 7 de agosto de 2016
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13887020_1581756662126395_1850254258936604726_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 19. Ciclo C. Lc 12, 32-48. Esas palabras son el centro del evangelio del dominto, un programa básico de transformación social y personal, religiosa y cultura.

‒ Talegos son bolsas donde se llevaba el dinero o las cosas de valor… y por ampliación se aplica a la Banca y Bolsa, al capital del FMI o de la BM, a la riqueza de la Multinacionales… Pues bien, Jesús sabe que esos tesoros de talego envejecen y mueren, como murió la riqueza de Creso y la del imperio Romano, como está muriendo la Segunda Ola del Gran Comercio mundial fundado en el Carbón, el Petróleo y los combustibles fósiles, y como morirá la Tercera, hecho de tesoros virtuales…

Tienen un valor esos tesoros, pero todos envejecen y mueren. Por eso nos dice que Jesús que busquemos otros tesoros culturales, morales y humanos que no mueren, porque el alma y corazón del hombre es inmortal, a no ser que él quiera acabar y morirse, matando en el camino a otros..

‒ Tesoros que lo ladrones no puedan robar… Lo malo de los tesoros de talego es que han sido siempre robados (se amasan a base del hambre de los pobres…) y excitan el deseo de nuevos ladrones, que acaban logrando de algún modo su objetivo. Estamos en un mundo de ladrones y contra-ladrones, de robos y sistemas de antirrobo, desde la alarma de tu casa hasta los sistemas militares e informáticos más sofisticados.

Por eso nos dice Jesús que busquemos un tesoro que no puede robarse, pues está hecho de gratuidad y comunicación, como el Tesoro de Dios, al que no se puede robar pues lo da y comparte todo.

Éste es un evangelio esencial (Lc 12, 32-48), que no puedo comentar por entero, y así me limito a las primeras palabras (12, 33-34), en la que Jesús pide a sus discípulos:

que vendan (que se liberen de) todo para dárselo a los pobres, consiguiendo de esa forma una riqueza superior, propia “del cielo” (un tesoro de amor y de fraternidad)
— y que así comparten todo con los hombres y mujeres de la tierra, para encontrar un tesoro (margarita preciosa) de gracia y amistad, que no muere ni puede robarse.

El texto es radical, y plantea unas preguntas esenciales, que los cristianos han de escuchar y aplicar este cansino verano del hemisferio norte, como indicaré en un contexto de iglesia (que en un segundo momento puede aplicarse al capital y comercio del mundo entero):

‒ ¿Lo que dice Jesús lo dice sólo de la Iglesia o debe aplicarse a todos los hombres, fuera y dentro de la Iglesia, como mensaje y cultura universal de vida, fundado en el tesoro superior que no envejece, en la riqueza que no puede robarse? El Pacto de las Catacumbas afirma que lo dice principalmente a la Iglesia y que los primeros en cumplirlo han de ser los obispos.

‒ ¿Quién debe venderlo todo y dárselo a los pobres, en la Iglesia, sólo los curas y y frailes y monjas, o todos los cristianos, empezando por nuestros obispos (los que firmaron el Pacto de las Catacumbas)…y por el Vaticano que en cuanto tal no lo firmó?

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3) ¿Qué bienes se deben vender en la Iglesia para dárselos a los pobres, que son, según Jesús, sus propietarios, sólo algunos bienes que sobran o también los edificios y vasos sagrados, incluida la catedral de mi pueblo y el Estado Vaticano? ¿Quedan algunos excluidos?

4) ¿Qué se puede hacer cuando se vende todo y no se tiene nada? ¿Cómo vivir, producir y compartir? ¿Cómo dar si ya no queda algo que dar? Se trata de vender para que un día nadie pueda (ni deba) vender ni comprar, sino que todo se pueda compartir. ¿Será posible llegar a ese día? ¿Quién puede iniciar el camino, algunos «locos» como Francisco, todos los cristianos…?

5) ¿O será mejor no tomar en serio ese evangelio, escucharlo como música celeste (¡qué buena era la que ayer cantaban dos amigos canta-autores en el Carmelo de Toro!), que no se aplica en esta tierra, ni en la Iglesia, un baile hermoso para niños? ¿O será mejor decir que ese evangelio es apócrifo?

Quien quiera saber algo más que lea. Que no me eche a mí la «culpa» del tema, que la tiene el evangelio y la liturgia del domingo.

En un momento determinado, el gran Lutero, cuyo centenario preparamos, dijo que estos evangelios no eran para cumplirlos, sino para saber que no podemos cumplirlos, de manera que no tenemos más remedio que lanzarnos a los brazos de Dios confesándonos pecadores. No estoy convencido de las cosas sean así, pero al menos este Lutero fue sincero.

Imagen 1. Un recuerdo de Mons. Angelelli (amigo de un gran amigo mío, uno de los promotores del Pacto de los Obispos Pobres o de las Catacumbas), asesinado hace 40, en la Rioja de Argentina, por decir y cumplir cosas como las de este Evangelio, en un país que se decía gobernado por militares cristianos

Imagen 2. Imagen de la edición inglesa del Pacto de los Obispos Pobres, llamado Pacto de las Catacumbas, que tomó su inspiración en el evangelio de este domingo. Era simplemente un pacto de evangelio, quería simplemente que los obispos fueran cristiano.
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Texto
El evangelio de este domingo (Lc 12, 32.48) es un texto largo que consta de varias unidades, recogidas en este primer conjunto “escatológico”, donde Lucas trata del dinero y de la vuelta del Señor Jesús. Quien quiera, que lea en su Biblia todo el texto y analice sus diversas partes. Yo hoy sólo quiero comentar dos versículos centrales:

Vended vuestros bienes y dadlos en limosna;
haceos talegos que no envejezcan,
un tesoro en el cielo que nunca se agote,
donde no puedan acercarse los ladrones y robar
donde no pueda roerlos la polilla.
Porque allí donde está vuestro tesoro
allí estará también vuestro corazón (Lc 12, 33-34).

Ubicar el texto. El cielo está aquí, no simplemente más allá

Éste es un texto central del evangelio, que ha de leerse en conjunto, al lado del pasaje del “joven rico” al que Jesús le pide que lo venda todo y lo dé a los pobres, para que así tenga un tesoro en el cielo y después (al mismo tiempo) pueda seguirle (cf. Mc 10, 21 par). Como precisa bien el evangelio, en otro lado, no se trata de vender, dejar y abandonar la vida activa (irse al desierto), sino de vender para dárselo a los pobres y para compartirlos, recibiendo así el ciento por uno en casa, familia y posesiones (cf. Mc 10, 28-31 y par).

Este pasaje de “vender y hacer tesoros para el cielo” ha sido transmitido también y de forma, y de un modo más “antiguo” (más completo) por Mt 6, 19-21. No se trata de atesorar para “el más allá” (de tener tesoros amontonados un tipo de Banco de San Pedro, para después de esta vida), sino de atesorar aquí, en este mundo, para estos pobres concretos que nos rodean, formando ellos el tesoro del reino.. Leer más…

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Vigilancia veraniega. Domingo 19. Ciclo C

domingo, 7 de agosto de 2016
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velasDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

En este mes de vacaciones (al menos en Europa), cuando se repiten los consejos de seguridad y vigilancia, también la liturgia nos invita a vigilar, aunque en cuestiones muy distintas.

A merced de lo que decida el sacerdote

            El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Dos motivos aconsejan decidirse por la breve: 1) el calor de agosto en Europa y el frío en América; 2) la lectura larga mezcla tres temas, dos de ellos muy distintos, y puede volver un poco locos al predicador y a los predicados. Me limitaré, por tanto, a la breve, con algunas indicaciones finales sobre la larga.

Tres señores muy distintos

            Si se lee el evangelio de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, teniendo en cuenta que los discursos de Jesús los escriben los evangelistas uniendo frases sueltas pronunciadas por él en distintos momentos, cuando se lee el texto con atención encontramos tres señores. Dice así:

            Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

            Aunque comienza dirigiéndose a los criados (que somos nosotros), luego habla de tres clases de señores.

  1. Un señor que vuelve de una boda; los criados tienen que esperarlo y abrirle la puerta.
  2. Un señor que llega no se sabe de dónde; encuentra a los criados esperándole y, lleno de alegría, se pone a servirles.
  3. Un señor que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

            Lo que une estas tres imágenes tan distintas es la idea de la espera: los criados esperan a su señor (casos 1 y 2), el señor espera al ladrón (caso 3).

            Y todo esto sirve para transmitir la enseñanza más importante: también nosotros debemos estar vigilantes, esperando la llegada del Hijo del Hombre.

El problema psicológico del texto

            Hablar de vigilancia y de esperar la venida del Hijo del Hombre mientras la gente se abanica o piensa en lo que va a hacer cuando termine la misa supone un desafío para el sacerdote. ¿Interesa realmente todo eso? En caso de que interese, ¿se puede pedir una actitud continua de vigilancia, con la cintura ceñida y la lámpara encendida, como dice el evangelio?

            Sería muy bueno que la gente se plantease estas preguntas y respondiese: “No me interesa nada, no pienso nunca en la vuelta de Jesús, y si me dicen que no se trata de que vaya a volver pronto, sino de que puedo morirme en cualquier momento y encontrarme con Él, prefiero no amargarme con la idea de la muerte”.

            Esta respuesta sincera tendría una ventaja: obliga a pensar en lo que representa realmente Jesús en nuestra vida. ¿Alguien a quien queremos mucho, pero que no tenemos prisa ninguna por ver, y cuanto más se retrase el encuentro, mejor? Amistad curiosa, pero muy frecuente entre los cristianos.

Vigilar no significa vivir angustiados

            A pesar de lo anterior, la mayoría de la gente vive a diario el mensaje del evangelio de hoy. Está con el cinturón ceñido y la lámpara encendida. Porque la vigilancia se traduce en el cumplimiento adecuado de sus obligaciones.

            Así queda claro en la continuación del evangelio (la que puede omitirse). En ella, Pedro le pregunta a Jesús si esa parábola del señor y los criados la ha contado por ellos o por todos. Y Jesús le responde con una nueva parábola. Pero ahora no habla solo de un señor y sus criados sino que introduce en medio la figura de un administrador que está al frente de la servidumbre (es clara la referencia a Pedro y a los responsables de la comunidad cristiana).

            Este administrador puede adoptar dos posturas: cumplir bien su obligación con los subordinados, o aprovechar la ausencia del señor para maltratar a los criados y criadas y darse la buena vida. Queda claro que vigilar no consiste en vivir angustiados pensando en la hora de la muerte sino en cumplir bien la tarea que Dios ha encomendado a cada uno. El texto dice así.

            El Señor le respondió:

            ¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: “Mi amo tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.

La primera lectura

            La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría 18, 6-9, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio. El texto dice así.

            La noche de la liberación [de Egipto] se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

            Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

            El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

            El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

            En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

            Segundo punto de contacto: solidaridad

            Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

            En el evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo. (Este punto de contacto sólo se advierte leyendo el comienzo de la lectura larga).

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 7 agosto, 2016

domingo, 7 de agosto de 2016
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TO-D-XIX-1

“Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.”

(Lc 12, 35-40)

Este domingo el Evangelio nos invita a esperar. Pero esta espera tiene que ser cativa, expectante. No como quien espera el autobús, sino como quien espera la visita de alguien importante. Es una invitación a estar preparadas, para que no se nos escapen las cosas buenas.

La espera que no nos enseña Jesús nada tiene que ver con “mirar al cielo” (cfr. Hch 1, 11). Hacia donde hay que mirar es hacia los hermanos. La espera que nos enseña Jesús tiene que ver con el servicio.

Para relacionarnos con el Dios de Jesús es imprescindible atender a las hermanas, a las personas que nos rodean. La espiritualidad cristiana es una espiritualidad encarnada por eso el mejor termómetro de nuestra relación con Dios es nuestra vida cotidiana. De anda sirven muchas horas de oración ni haber asistido a misa todos los domingos de nuestra vida si nuestro amor a Dios no se traduce en amor al prójimo.

Pero tampoco vale lo contrario: de nada sirve ser voluntario en tres ONGs si al final llevo una vida vacía porque he desconectado con la Presencia viva de Dios que me habita.

Necesitamos de muchos ratos sentadas a los pies del Maestro para que nuestro “hacer” se depure de todo activismo, de todo afán de protagonismo, de toda apariencia. Pero necesitamos también levantarnos, abandonar el cómodo espacio de intimidad con Dios y volvernos hacia quienes puedan necesitarnos.

Jesús, el gran orante, la noche que en que iba a ser entregado, “se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies…” (Jn 13, 4-5)

En el itinerario que nos ofrece Jesús, oración y servicio van juntas, no se pueden separar, se alimentan mutuamente y nos hacen crecer armónicamente. Tampoco nuestro cuerpo y nuestro espíritu son dos realidades separadas, si descuidamos nuestro cuerpo o nuestro espíritu nuestra vida se resiente, se enferma.

“Trinidad Santa, ayúdanos a vivir con la cintura ceñida para el servicio y la lámpara de la oración siempre encendida. ¡Amén!”

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene que venir de ninguna parte y menos como un ladrón

domingo, 7 de agosto de 2016
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19-TOCLc 12, 32-48

El texto del evangelio de este domingo forma parte de un amplio contexto, que empezaba el domingo pasado con la petición de uno a Jesús: “dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. A partir de ahí, Lc propone una larga conversación con los discípulos que abarca 35 versículos y toca muy diversos temas de difícil armonización. Naturalmente se trata de pensamientos dispersos que el evangelista organiza a su manera para ir aclarando las exigencias de Jesús. Sin duda reflejan la manera de ver la vida de la primera comunidad, como lo demuestra la conciencia de ser un pequeño rebaño.

Que el texto utilice a veces, el lenguaje escatológico nos puede despistar un poco. También el que nos hable de talegos o tesoros en el cielo que nadie puede robar, o que Dios llegará como un ladrón en la noche, nos puede confundir. Este leguaje mítico a nosotros hoy no nos sirve de nada. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está llamando siempre pero desde dentro. No pretende entrar en nosotros sino salir a nuestra conciencia y manifestarse en nuestras relaciones con los demás. Debemos superar la idea de un Dios que actúa desde fuera.

El domingo pasado se nos pedía no poner la confianza en las riquezas. Hoy, además, se nos dice en quién hay que poner la confianza para que sea auténtica. No en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe, sino afianzamiento en una actitud que debe atravesar toda nuestra vida. Confiadamen­te, tenemos que poner en marcha todos los recursos de nuestro ser, conscientes de que Dios actúa solo a través de sus criaturas, y que solo a través de cada una de ellas la creación evoluciona. Ayúdate y Dios te ayudará.

Se trata de estar siempre en actitud de búsqueda. Más que en vela, yo diría que hay que estar despiertos. No porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige una atención a lo que está más allá de los sentidos y no es nada fácil de descubrir. El tesoro está escondido, y hay que “trabajar” para descubrirlo. No se trata de confiar en lo que nosotros podemos alcanzar, sino en que Dios ya nos lo ha dado todo. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros en el momento en que ha decidido darse él mismo sin limitación ni restricción alguna. Lo único que espera es que nosotros mismos descubramos ese don y vivamos de él.

Si de verdad hemos descubierto el tesoro que es Dios, no hay lugar para el temor. A las instituciones y a las personas que las dirigen no les interesa para nada la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios ni manipulaciones. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad. El miedo paraliza a la persona, que inmediatamente tiene necesidad de alguien que le ofrece su ayuda, para poder conseguir con gran esfuerzo, aquello que ya poseían plenamente antes de tener miedo.

Cuentan que una madre empezó a meter miedo de la oscuridad a su hijo pequeño. El objetivo era que no llegara nunca tarde a casa. Con el tiempo, el niño fue incapaz de andar solo en la noche. Eso le impedía una serie de actividades que hacía muy difícil desarrollar su vida. Entonces la madre, fabricó un amuleto y dijo al niño: esto te protegerá de la oscuridad. El niño convencido, empezó a caminar en la noche sin ningún problema, confiando en el amuleto que llevaba colgado del cuello. ¡Sin comentario!

Para descubrir el sentido de esa confianza, tenemos que descubrir los errores que hemos desarrollado sobre lo que Dios es. No se trata de un ser externo en el que debo confiar, sino en mi propio ser en lo que tiene de fundamento que me proporciona todas las posibilidades desde dentro de mí mismo. Esto es lo que significa: “vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. El dios araña que necesita chupar la sangre al ser humano para salvar su trascendencia, no es el Dios de Jesús. El dios del que depende caprichosamente mi fututo, no es el Dios de Jesús. El dios que me colmará de favores cuando yo haya cumplido la Ley, no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es don total, incondicional y permanente. Esto es lo que nos tiene que llevar a la más absoluta confianza. La fe consiste en fiarse de ese Dios.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. No tengáis miedo, estad preparados, etc., depende de esta verdad. Si el Reino es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. Nuestra tarea será descubrir el tesoro, todo lo demás vendrá espontáneamente. El Reino es el mismo Dios escondido en lo más hondo de mi ser. Él es la mayor riqueza para todo ser humano. Todos los demás valores que puedo encontrar en mi vida, deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino.

“Dar el reino”, aplicado a Dios, no tiene el mismo sentido que puede tener en nosotros el verbo dar. Dios no tiene nada que dar. Dios se da el mismo, pero a nosotros se nos da antes de que nosotros seamos. De ese modo Dios se convierte en el sustrato y fundamento de mi ser. Sin Él, yo no sería nada. Ese don descubierto y vivido es la raíz de todas mis posibilidades de ser. Todo lo que puedo llegar a ser más allá de mi pura biología, es consecuencia de esa presencia de Dios en mí que me capacita para llegar a ser lo que Él mismo es.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me entendéis bien: Dios no tiene futuro. Es un continuo presente. Ese presente es el que tengo que descubrir y en él lo encontraré todo. No se trata de esperar a que Dios me dé tal o cual cosa dentro de unos meses o unos años. El colmo del desatino es esperar que me dé, después de la muerte, lo que no quiso darme aquí.

La idea que tenemos de una vida futura, desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá, nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Lo que proyectamos para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora, puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo al alcance de la mano.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará, sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada, ya lo está haciendo. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que hay en mí. Por eso hay que estar despiertos. Por eso no podemos pasar la vida dormidos. Por eso tenemos que vivir el momento presente, porque cualquier momento es el definitivo, porque en un momento, puedo dar el paso a la experiencia cumbre. Ese sería el momento definitivo de mi vida.

Demostramos falta de confianza y exceso de miedos, cuando buscamos a toda costa seguridades, sea en el más acá, sea para el más allá. El miedo nos impide vivir el presente y nos atenaza para esperar el futuro. En realidad solo vivimos cuando perdemos el miedo. Debemos caminar aunque no tengamos controlado ni el camino ni la meta. Nietzsche dijo: “Nunca ha llegado el hombre más lejos que cuando no sabía a donde le llevaban sus pasos”. Mientras más se acerca a la plenitud un ser humano, más vasto es el horizonte de plenitud que se le abre. Esto que en sí mismo es un don increíble, a veces lleva a la desesperanza, porque la vida humana es siempre un comienzo, un volver a empezar.

meditación-contemplación

“No temas, porque Dios te ha dado el Reino”.
Si no has descubierto esto, toda religión será inútil para ti.
El único objetivo de toda religión debía ser llevarte al interior,
donde te encontrarás con el mismo Dios como centro de tu ser.
…………………….

Una vez descubierto el tesoro, sabrás que todo lo demás es arena.
No te costará ningún esfuerzo poner en él tu corazón
y apartarlo de todo lo que no es auténtico,
por muy atrayente y reluciente que aparezca.
………………….

Antes de descubrirlo, la confianza es imprescindible.
Nadie tira por la borda las seguridades, si no encuentra la total seguridad.
Muchas veces te han dicho que tienes que vender todo lo que tienes.
Pero la realidad es muy tozuda. Nadie da todo por nada.
……………………..

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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«Jesús, luz del mundo», por Vicente Martínez

domingo, 7 de agosto de 2016
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450px-usa_antelope-canyon11“La oscuridad no puede conducirte fuera de la oscuridad: sólo la luz puede” (Martín Lutero King)

7 de agosto, domingo XIX del TO

Lc 12, 32-48

Tened la cintura ceñida y encendidos los candiles.

El novelista y filósofo inglés  H. G. Wells (1866-1946),  dijo del Maestro de Nazareth: “es, sin duda, el personaje más prominente de la historia de la humanidad”. Referido al título de nuestra colaboración de esta semana, Luz del mundo, matizaremos lo de “más prominente” de Wels afirmando que luminarias de este grado y en este sentido ha habido muchas desde tiempos inmemoriales y seguirá habiendo.

Pero lo más trascendental es que la luz que hemos recibido no es para guardarla, sino para –como hacen el sol, la luna  y las estrellas– iluminar el día y la noche de cuantos somos fieles compañeros suyos de viaje. Tener en las manos las lámparas encendidas es un escenario que indica las actitudes que debe tener quien espera: estar en vela, ceñida la cintura y en actividad permanente.

Erhart Küng Steinmetz las esculpió en piedra en la entrada principal de la catedral de Berna -Pórtico del Juicio Final- en el siglo XV. Al izquierda del tímpano las necias y a la derecha las prudentes.  Las primeras, dormidas y sin aceite en sus lámparas; las segundas bien despiertas, en vigilancia constante y con las suyas encendidas y en actitud de espera. Es el tiempo de espera activo necesario, que mantiene el camino y la mente iluminados y abiertos para cualquier encuentro. Se cuenta que Buda Shakyamuni se iluminó y exclamó al ver la Estrella de la Madrugada: “En este mismo momento, simultáneamente, yo y todos los seres del Gran Universo realizamos el camino”.

Una mente y un camino trazados en el guión de la vida de cuantos la vivimos y la disfrutamos en la Tierra. ¿O quizás tiene más razón A. Machado cuando dice “caminante no hay camino, se hace camino al andar”? Los místicos y los poetas creen que el camino no tiene mapa, que no es una autopista, que es como la golondrina que  cruza el cielo sin dejar rastro.

Buda, Laotsé, Jesús, recorrieron el suyo. Y Osho dijo en La Armonía oculta, conversaciones sobre Heráclito: “Dondequiera que estoy es mi meta. Lo que quiera que soy es mi meta. El momento presente, toda mi vida converge en mí; no tengo otro lugar a donde ir. Por consiguiente, deseo celebrar este momento en su totalidad”. Otro ilustre Maestro, Albert Einstein, afirmó: “Cuando niño recibí instrucción tanto de la Biblia como del Talmud. Soy judío, pero estoy impactado por la luminosa figura del Nazareno”.

En los primeros fotogramas de la película estadounidense dirigida por Lee Daniels El Mayordomo, aparece esta frase de Martín Lutero King: “La oscuridad no puede conducirte fuera de la oscuridad, sólo la luz puede”. De luz a luz, como esperaba Pablo la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios (Heb, c. 10). Simeón dice de Jesús en la Presentación  que es luz para todas las naciones.

LOS OLIVOS
1. Luz, Aceite y Evangelio

Olea europaea, generosa y longeva,
nacida junto al mar Mediterráneo,
y mecida en la misma santa cuna
que nació y se meció el Evangelio.

Jesús en Galilea, Ignacio en Antioquía,
Tertuliano en Cartago, Ireneo en Esmirna.
En Atenas Clemente, Hipólito de Roma,
Orígenes Adamantius, en Alejandría.

La Vírgenes prudentes mantuvieron
encendidas sus lámparas de aceite.
Velaron y salieron al encuentro
del cortejo nupcial, y con el novio
entraron en el Reino de los Cielos.

Como en su nacimiento, el Cristianismo
-perennifolio del Nuevo Testamento-
siempre ligado a la luz y al aceite,
vive encarnado en cualquier suelo
y cultura; a todos se aclimata.

…………

Brinda fruto Paz, de Amor y de Misterio.

(SOLILOQUIOS. Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Testigos de la Vida: Jesús, Kolbe, Francisco… (miles de judíos)

domingo, 7 de agosto de 2016
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13645238_624766737700522_1154847358455451675_nDel blog de Xabier Pikaza:

Este imagen recoge un momento clave del testimonio de Francisco en la habitación de Maximiliano Kolbe, en Polonia:

El papa Francisco, sentado y a oscuras, reza en silencio, en la celda que ocupó San Maximiliano Kolbe, en el campo de exterminio de Auschwitz…

San Maximiliano Kolbe, hermano de Francisco de Asís, dio testimonio de su fe, regalando su vida a un compañero, como Jesús, que regaló su vida a todos los hombres, siendo así testigo de Dios, que es Vida que se da gratuitamente.

Junto a esa habitación de Kolbe, están los barracones y las cámaras donde miles y miles de Judíos y de otros perseguidos por los nazis fueron testigos de la Vida de Dios, de la gracia de la vida. No puedo citar nombres de judíos (de cristianos, comunistas, anarquistas, gitanos…). La mayoría fueron judíos, por eso les quiero hoy recordar, con M. Kolbe, con el Papa Francisco.

Éste es para los auténticos cristianos, judíos y musulmanes, el más hondo testimonio de la Verdad: El Don de la Vida, como signo de Dios, para que otros vivan.

Biblia judía, Biblia Cristiana. La verdad del testimonio

La verdad bíblica (cristiana) es la verdad del testimonio, no la del razonamiento, como puede ser la la verdad filosofía, ni es la verdad de una mayoría «democrática», ni la del triunfo de algunos privilegiados.

La Biblia no demuestra ni impone, sino que ofrece el testimonio personal de aquello que han visto y vivido en su camino unos hombres y mujeres que no tienen más tarea ni mérito que el ser testigos de Dios con su vida.

Por eso, la Biblia cristiana es un libro narrativo, que cuenta, describe, recuerda el testimonio de aquellos que han muerto por ser fieles a su verdad, sin violencia, sin venganza. Por eso, los creyentes de la Biblia (judíos y cristianos, incuso musulmanes) son ante todo mártires, que ofrecen a los demás el testimonio de su vida, y lo hacen de un modo fidedigno.

— Esto es lo que hicieron los judíos, en los momentos más duros de su historia, en Babilonia (siglo VI a.C.), en tiempo de los macabeos (II a.C.), en los años de establecimiento de la Iglesia, impulsada (creada) por los testigos de Jesús.

Esto es lo que han hecho y quieren hacer los cristianos, con Jesús, que ha sido eliminado (crucificado) simplemente porque era testigo de Dios. No quiso tener otro título. Quiso ser y fue testigo de Dios con su vida.

Eso es lo que quiso ser Maximiliano Kolbe, que fue simplemente un cristiano, un testigo del Dios de Jesús, que «regaló» su vida (como Jesús) a otra persona que tenía ocupaciones familiares más urgentes. En la habitación de Kolbe, un cristiano del siglo XX, testigo del Dios de Jesús, dios de la vida reza el Papa Francisco.

Testigos de Dios

Los cristianos (con todos los hombres religiosos…) quieren ser personas que han visto y tocado a Dios (es decir, al Absoluto, al Amor original), en el sentido más hondo de su vida, a través de un “tacto” superior, centrado en la humanidad del Cristo, “pues a Dios nadie le ha visto…, pero aquel que estaba en el seno del Padre nos lo ha manifestado…” (Jn 1, 18).

Por eso, como dice Jn 19, 35, el evangelio es la obra y recuerdo de unos testigos, que han vista a Jesús, y al verle (al escucharle y seguirle, al tocarle y compartir con él los caminos de la vida) han descubierto que estaban viendo a Dios.

‒ Testigos del Dios de la alianza. Los judíos mantienen de esa forma el testimonio del “Yo soy”, del Dios que se hace presente y actúa por ellos, de manera que son hombres y mujeres de “memoria”. Lógicamente, no han tenido que apelar a razones, ni han podido imponer su religión a través del poder político o del influjo social, sino que se han limitado a mantener la memoria (zakar, zikkaron) de aquello que Dios ha realizado en ellos, a fin de que no se olvide nunca. Otros pueblos han ofrecido otras aportaciones culturales, sociales, económicas o militares. Los judíos, en cambio, han querido ser y han sido, básicamente, testigos de una presencia de Dios, de quien se sienten enviado.

«Vosotros sois mis testigos, dice Yahvé: sois mis servidores a quienes yo escogí, para que me conozcáis y me creáis, a fin de que entendáis que Yo Soy. Antes de mí no fue formado ningún dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Yahvé; fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié y salvé; yo proclamé, y no algún dios extraño entre vosotros. Vosotros sois mis testigos, y yo soy Dios, dice Yahvé» (Is 43, 10-13). Estas palabras describen bien la identidad israelita: vosotros mis testigos, y yo Dios).

Testigos mesiánicos del Dios de Jesús. Por su parte, el Nuevo Testamento mantiene el testimonio judío, y lo actualiza por Jesús, testigo fiel (o` ma,rtuj( o` pisto,j, Ap 1, 5), aquel que ha venido a ofrecer sobre la tierra (dentro de la historia) el recuerdo pleno de Dios. De esa forma ha culminado y cumplido el camino de fe de los israelitas fieles a la palabra Dios, definiendo ya de un modo pleno su sentido:

«La fe es la fundamento, la sub-stancia (hypostasis) de las cosas que se esperan y la comprobación de los hechos que no se ven. Por ella dieron testimonio (evmarturh,qhsan) los antiguos… ». (Heb 11, 2). «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos de todo impedimento, y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el iniciador y consumador de la fe, que es Jesús (Heb 12, 1-2).

Jesús no es por tanto un filósofo que razona, sino un testigo de la fe, alguien que da testimonio de ella, de manera que aquellos que le siguen pueden confiar en él, vinculándose de esa manera a Dios. Por eso, se le llama “testigo fiel (Martir Pistón; Ap 1, 5; cf. 3, 14), mártir de Dios en quien ha confiado, proclamando e iniciando en su nombre el Reino.

Así nos muestra con su vida el valor de la fe, de manera que también nosotros podamos mantener el buen testimonio de Dios, como él lo mantuvo ante P. Pilato (cf. 1 Tim 6, 13). Lógicamente, los cristianos han de ser ante todo mártires/testigos de Jesús “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (cf. Hch 1, 8; cf. 2, 32; 3, 15).

Si no hubieran mantenido el testimonio de su alianza especial con Dios a través de los siglos, los judíos habrían desaparecido, como lo han hecho la mayoría de los pueblos y culturas de los siglos VII a.C. al I d.C. Por trasmitir el recuerdo activo de Dios, ellos han seguido existiendo y se han renovado, sin convertirse nunca en un fósil del pasado.

Por eso han conservado, comentado y cumplido los libros de su recuerdo (Sagrada Escritura), para avanzar con y por ellos hacia el futuro de la tierra prometida. Pero ellos siguen esperando todavía la llegada del tiempo mesiánico, cuando se experiencia y testimonio puede ofrecerse y compartirse entre todos los pueblos.

A diferencia de eso, los cristianos (con los musulmanes) creen que ha llegado el tiempo mesiánico, de forma que la experiencia de Jesús (en su caso el testimonio del Corán) puede abrirse a todos los pueblos de la tierra. En esa línea se mantiene y avanza la comunidad de Juan, a quien se llama el Discípulo Amado, por ser testigo de un amor universal. El testimonio de ese amor se expresa en un texto clave de su tradición:

“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida…, lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…” (1 Jn 21, 1-3).

Otras pretendidas verdades pierden su importancia, los argumentos se pueden manipular, las demostraciones falsearse… Sólo el testimonio de la vida permanece. Por eso, los seguidores de Jesús han de ser ante todo testigos y transmisores de aquello que han visto y oído y han tocado con sus propias manos”.

En este contexto se entiende el título supremo de Jesús: Ha sido y sigue siendo el testigo de Dios para aquellos que confían en él. Más tarde, con el influjo del pensamiento griego y de una administración eclesial de tipo más romano, los cristianos pueden haber dejado en segundo plano esta verdad del testimonio, para destacar la argumentación racional o la eficacia administrativa. Pero, conforme a la visión del conjunto de la Biblia y, en especial del Nuevo Testamento, el cristianismo sigue siendo la religión del testimonio, que se expresa de un modo privilegiado en el “martirio”, pues mártir es aquel que ofrece con su vida el testimonio de aquello en lo cree (incluso muriendo por ello).

(Tema tomado parcialmente de Gran Diccionario de la Biblia, Verbo Divino, Estella 2015).

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Cristo es la Transparencia

sábado, 6 de agosto de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

Vivamos el verano con el libro “15 días con el Hermano Roger de Taizé “ escrito por Sofía Laplane en la Editorial Ciudad Nueva: 

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Dios mismo vino sobre la tierra como un pobre,
como un humilde.
Vino a través de Cristo Jesús.
Dios permanecería lejos de nosotros si
Cristo no fuera la transparencia.
Desde el comienzo Cristo estaba en Dios.
Desde el nacimiento de la humanidad,
era palabra viva.
Vino sobre la tierra para hacer accesible
la confianza de la fe.
Resucitado, hace su morada en nosotros,
nos habita por el Espíritu Santo.
Y descubrimos que el amor de Cristo se expresa ante todo
por su perdón y por su presencia continua dentro de nosotros.

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***

Durante el verano, vuestras hermanas y hermanos de Cristianos Gays rezan contigo y por tí. De hecho, nuestro deseo es vivir nuestra vida cotidiana, iluminados interiomente por medio de Jesucristo. Queremos estar cerca de los que pasan las pruebas.

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , ,

«Ricos y ricas para Dios» por Carmen Soto

viernes, 5 de agosto de 2016
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Lc-12-13-21-400x400En el capítulo 12 Lucas nos presenta a Jesús rodeado de mucha gente que busca consuelo y respuestas a sus preguntas (Lc 12,1). El maestro se deja interrogar, cuestionar, a la vez que va proponiendo su enseñanza con claridad y contundencia, tanto dirigiéndose a la multitud como al grupo más reducido de sus discípulos y discípulas.

El texto de este domingo comienza con una petición que uno de los presentes le hace en relación al reparto de la herencia: “Maestro di a mi hermano que reparta conmigo la herencia” (Lc 12, 13). Jesús rechaza intervenir en la cuestión (Lc 12, 14), pero propone una enseñanza que busca iluminar el origen del conflicto que el oyente le había planteado y como han de actuar quienes quieren formar parte de la nueva familia de Reino de Dios a la que él está convocando (Lc 12, 15-34).

Posiblemente quien pedía la intercesión de Jesús era el hijo menor de alguien que había muerto sin repartir su herencia. El hijo mayor, que era quien estaba llamado a sustituir a su padre como jefe de la familia, había asumido todo el patrimonio sin compartir con su hermano. La costumbre israelita estipulaba que si uno de los hijos solicitaba el reparto había que hacerlo, por eso este hombre pide al maestro que actúe de mediador para que pueda recibir su parte reconociéndole autoridad para mediar en el conflicto. Sin embargo, Jesús no acepta la propuesta y plantea la cuestión de otra manera.

Para entender la respuesta de Jesús y la orientación de la parábola que propone es necesario situarse desde las creencias sociales que sus oyentes comparten. En el mundo antiguo existía un principio básico que guiaba la mayoría de las interacciones sociales: la conciencia de que todos los bienes existentes eran limitados. Estos bienes no solo incluían los de tipo material: tierras, dinero, comida…sino también el honor, el poder, el estatus, la amistad… Nada podía producirse ilimitadamente y quien aumentaba sus riquezas, aunque fueran fruto de sus negocios o su trabajo, no podía acumularlas y debía actuar con generosidad compartiéndolas con otros a través de acciones de beneficencia o patronazgo. De no hacerlo así era considerado un ladrón o un avaro porque se consideraba que si alguien aumentaba sus bienes era porque se la había quitado a otro. La generosidad sin embargo no era un acto gratuito, sino que era recompensado con reconocimiento público, lo que hacía crecer el honor de la persona. Un valor que era mucho más importante que cualquier otro bien material.

Jesús al proponer la parábola, va a recoger la sabiduría tradicional sobre la avaricia y la acumulación de riqueza (Ecl 11, 19-20) recordando que el problema de la acumulación de riqueza además de una injusticia social, es una falta de fe en Dios (Ecl 2,1-11). Para el pensamiento bíblico la falta de fe no se corresponde con la incredulidad, sino con la desconfianza. La fe es una experiencia de confianza en la bondad y la misericordia de Dios que actúa constantemente en nuestra vida, quien se aparta de Dios es porque ha puesto su confianza en otros bienes como la riqueza, o el honor y se refugia en ellos para sostener su existencia. Ser necio o insensato, no es para la Biblia una cuestión de habilidades sociales o limitaciones psicológicas, es el término que designa la falta de fe.

Por eso, Jesús al proponer la parábola no cuestiona solo la actitud del hermano que no quiere repartir la herencia, ni a quienes actúan de forma similar, sino que está planteando algo más hondo: apostar por la radical experiencia de confiar en Dios como el bien más absoluto, desde la certeza de que lo que recibiremos siempre de él es su amor gratuito y su bondad infinita. Para Jesús no basta con ser generoso como proponía su sociedad. Para él lo importante es la gratuidad, el dar sin recibir nada a cambio, el actuar con el hermano y la hermana como lo hace Dios. Hacerse rico para Dios es atesorar en el corazón todas esas actitudes, pero no como una mera experiencia espiritual, sino como la base desde donde construir ese otro mundo posible con el que Dios sueña. Un mundo en igualdad, justicia y libertad.

Carmen Soto

Fente Fe Adulta

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» Las seguridades son una trampa» por Fray Marcos

miércoles, 3 de agosto de 2016
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image002.jpg@01C6F625.2FCCC690Lc 12, 13-21

Por una vez, las tres lecturas coinciden en el tema principal. Recordad que Jesús va camino de Jerusalén y el evangelista aprovecha distintos episodios para que Jesús vaya formando a sus discípulos en el verdadero seguimiento. El relato tiene dos partes: En la primera, Jesús se niega a ser árbitro en un conflicto económico. ¡Cuantos problemas se habría evitado la Iglesia si hubiera seguido su ejemplo! En la segunda, advierte del riesgo de buscar seguridades terrenas, olvidando el verdadero objetivo de toda vida humana.

Desplegar la verdadera Vida no depende de tener más o menos, sino de ser. Que lo acumulado lo vaya a disfrutar otro, tampoco aclara nada, porque en el caso de que lo pudiera disfrutar él mismo, parece que sería válida la acumulación de riquezas. Tampoco se trata de proponer como alternativa el ser rico ante Dios, si se entiende como acumulación de méritos que después te tendrán que pagar, porque eso sería seguir pensado en potenciar el ego. Esta propuesta va en contra del mensaje de Jesús que nos pide olvidarnos del yo.

En este episodio Jesús manifiesta claramente no tener ninguna política concreta, ni económica ni social. No tiene como objetivo la liberación de las carencias materiales. Jesús pretende la liberación personal, sin la cual la liberación social o económica es incompleta. Con demasiada frecuencia se ha querido etiquetar como cristiana una política concreta. No podemos confundir el mensaje evangélico con ninguna ideología política. Jesús va al centro de la persona y no está condicionado por credos ni doctrinas. Más que a un contexto social, el evangelio responde a un contexto antropológico. Se trata de dar auténtico valor a la vida humana. El tema de hoy es el superar toda una escala de valores para aferrarse a otra escala que es la que nos puede llevar a nuestra plenitud humana.

Si el primer objetivo de todo hombre es desplegar al máximo su humanidad y el evangelio nos dice que tener más no nos hace más humanos, la conclusión es muy sencilla en teoría: la posesión de bienes de cualquier tipo, no puede ser el objetivo último de ningún ser humano. La trampa de nuestra sociedad de consumo está en que no hemos descubierto que cuanto mayor capacidad de satisfacer necesidades tenemos, mayor número de nuevas necesidades desplegamos; con lo cual no hay posibilidad alguna de marcar un límite. Ya los santos padres decían que el objetivo no es aumentar las necesidades, sino el conseguir que esas necesidades vayan disminuyendo cada día que pasa. Ese sería el objetivo personal.

¡Mucho cuidado! Las tres lecturas podemos entenderlas rematadamente mal. La vida es un desastre solo para el que no sabe traspasar el límite de lo caduco. Querámoslo o no, vivimos en la contingencia y eso no tiene nada de malo. Nuestro objetivo es dar sentido humano a todo lo que constituye nuestro ser biológico. Lo humano es lo esencial, lo demás es soporte. Aspirar a los bienes de arriba y pensar que lo importante es acumular bienes en el cielo, es contrario al verdadero espíritu de Jesús. Ni la vida es el fin último de un verdadero ser humano ni podemos despreciarla en aras de otra vida en el más allá. Dios quiere que vivamos lo más dignamente posible; pero nunca a costa de los demás seres humanos.

Es muy difícil mantener un equilibrio en esta materia. Podemos hablar de la pobreza de manera muy pobre y podemos hablar de la riqueza tan ricamente. No está mal ocuparse de las cosas materiales e intentar mejorar el nivel de vida. Dios nos ha dotado de inteligencia para que seamos previsores. Prever el futuro es una de las cualidades más útiles del ser humano. Jesús no está criticando la previsión, ni la lucha por una vida más cómoda. Critica que lo hagamos de una manera egoísta, alejándonos de nuestra verdadera meta como seres humanos. Si todos los seres humanos tuviéramos el mismo nivel de vida, no habría ningún problema, independientemente de la capacidad de consumir a la que hubiéramos llegado.

El ser humano tiene unas necesidades como ser biológico, que no tiene más remedio que atender. Pero a la vez, descubre que eso no llega a satisfacerle y anhela acceder a otra riqueza que, de alguna manera, le transciende. Esta situación le coloca en un equilibrio inestable, que es la causa de todas las tensiones que padece. O se dedica a satisfacer los apetitos biológicos, o intenta trascender y desarrollar su vida espiritual, manteniendo en su justa medida las exigencias biológicas. En teoría, está claro, pero en la práctica exige una lucha constante para mantener el equilibrio. Bien entendido que la satisfacción de las necesidades biológicas y el placer que pueden producir, nada tiene de malo en sí. Lo nefasto es poner la parte superior del ser, al servicio de la inferior.

Solo hay un camino para superar la disyuntiva: dejar de ser necio y alcanzar la madurez personal, descubriendo desde la vivencia lo que en teoría aceptamos: El desarrollo humano, vale más que todos los placeres y seguridades; incluso más que la vida biológica. El problema es que la información que nos llega desde todos los medios nos invita a ir en la dirección contraria y es muy fácil dejarse llevar por la corriente.

El error fundamental es considerar la parte biológica como lo realmente constituyente de nuestro ser. Creemos que somos cuerpo y mente. No tenemos conciencia de lo que en realidad somos, y esto impide que podamos enfocar nuestra existencia desde la perspectiva adecuada. El único camino para salir de este atolladero, es desprogramarnos. Debemos interiorizar nuestro ser verdadero y descubrir lo que en realidad somos, más allá de las apariencias y tratar de que nuestra vida se ajuste a este nuevo modo de comprendernos.

La parábola nos dice que la codicia incapacita para vivir una vida humana. Se trata de desplegar una vida verdaderamente humana que me permita alcanzar una plenitud en lo que tengo de específicamente humano. Solo esa Vida plena, puede darme la felicidad. Se trata de elegir entre una Vida humana plena y una vida repleta de sensaciones, pero vacía de humanidad. La pobreza que nos pide el evangelio no es ninguna renuncia. Es simplemente escoger lo que es mejor para mí. No se trata de la posesión o carencia material de unos bienes. Se trata de estar o no, sometido a esos bienes, los posea o no. Vale más ser dueño de 1 € que esclavo de un millón. Es importante tomar conciencia de que el pobre puede vivir obsesionado por tener más y malograr así su existencia.

La clave está en mantener la libertad para avanzar hacia la plenitud humana. Todo lo que te impide progresar en esa dirección, es negativo. Puede ser la riqueza y puede ser la pobreza. La pobreza material no puede ser querida por Dios. Jesús no fue neutral ante la pobreza/riqueza. Tampoco puede ser cristiana la riqueza que se logra a costa de la miseria de los demás. No se trata solo de la consecución injusta, sino del acaparamiento de bienes que son imprescindibles para la vida de otros. Aquí no se puede andar con tapujos. El progreso actual es radicalmente injusto, porque se consigue a costa de la miseria de una gran parte de la población mundial. El progreso desarrollista en que estamos inmersos, es insostenible además de injusto.

Confiar en que las riquezas nos darán la felicidad, es la mayor insensatez. La riqueza puede esclavizar hasta límites increíbles. Nos han convencido de que si no poseo aquello o no me libro de esto otro, no puedo ser feliz. Tú eres ya feliz. Solo tu programación te hace ver las cosas desde una perspectiva equivocada. No tienes que hacer nada para conseguir la felicidad, sencillamente porque ya la tienes. Si el ojo está sano, lo normal es la visión, no hay que hacer nada para que vea (Tony de Mello). Aún sin tener nada de lo que ambicionamos normalmente, podríamos ser inmensamente felices. Aquello en lo que ponemos la felicidad, puede ser nuestra prisión. En realidad, no queremos la felicidad sino seguridades, emociones, satisfacciones, placer sensible. Esto es lo que nos mata.

Meditación-contemplación

Codiciar es desear con ansia lo que da seguridad a tu ego.
Pon todo tu empeño en desplegar tu ser verdadero.
Solamente una justa valoración, evita la codicia.
Estás fallando si te quita el sueño lo secundario.
…………………….

Me debo ocupar de las necesidades materiales;
pero mi preocupación debe ser el desplegar mi humanidad.
El único camino es tomar conciencia de lo que soy.
El tesoro no está en las cosas ni en el cielo, sino dentro de mí.
………………..

Dentro de ti está la plenitud, está la felicidad. Descúbrela.
Necios somos si nos empeñamos en buscarla fuera.
No la encontraré en las cosas de este mundo,
pero tampoco en un cielo futuro o en un dios fuera de mí.
…………………….

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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«Cultura del ser y del dar», por Vicente Martínez

lunes, 1 de agosto de 2016
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teresa_de_calcuta_2“La pobreza no la hizo Dios, la hacemos tu y yo cuando no compartimos lo que tenemos” 
(Teresa de Calcuta)

31 de Julio, domingo XXIII del TO

Lc 12, 13-21

Uno de lagente dijo: Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo

Una demanda, a modo de ruego, con la que aquel “uno de la gente” se acoge el amparo de Jesús en sus necesidades. En proyección evangélica, lo que se nos demanda es un pasar de la cultura del saber y tener a la cultura del ser y dar. Un presupuesto clave y fundamental para generar la convivencia y la vivencia de relaciones justas entre todos los seres humanos. El ser sin el dar, por otro lado, carece de sentido.

La Iglesia así lo ha interpretado. Ya las primeras comunidades cristianas entendían el dar como expresión de su ser, compartiendo bienes con los necesitados. Una melodía gregoriana medieval de autor desconocido y muy utilizada en la liturgia de Semana Santa -lavatorio de pies e institución de la Eucaristía-, lo expresaba en esta antífona: “Ubi caritas et amor Deus ibi est”.

Gérard Lairesse (1640-1711), artista holandés polifacético y de amplia cultura, escribió refiriéndose a la institución eucarística:“La Iglesia no es una colección de edificios de gran belleza; es una fuerza viva y activa que realiza obras admirables a lo largo y ancho de nuestro paías: cuando la gente carece de hogar allí está la Iglesia porporcioando alimentos calientes y cobijo; cuando la gente es aplastada por la adicción o está deshauciada; cuando la gente sufre o está desolada, ahí está la Iglesia”.

El Papa Francisco hizo su versión propia de esta vivencia eclesial en la Sala Regia del Vaticano ante jefes de estado y de gobierno de diversos países con motivo del 66 aniversario de su fundación de Europa: “Sueño con una Europa donde ser emigrante no sea un delito, sino la llamada a un mayor compromiso a favor de la dignidad de cada ser humano”.

El Evangelio está jalonado de joyas de este compromiso. “Jesús vivió por nosotros”, reza el título de uno de los libros de Fray Marcos. Es decir, vino a enseñarnos una manera de vivir. Un vivir plenamente volcados en la atención a las necesidades del prójimo. Y joyas son el “deja la ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5, 24), “da a todo el que te pide, al que te quite algo no se lo reclames” (Lc 6, 30), “dijo al hombre: Extiende la mano. El hombre la extendió y su mano quedó sanada” (Mc 3, 5).

Nuestra sociedad padece egotitis aguda, y no parece hoy preocupada por encontrarle eficaz remedio. Un deplorable ejemplo de lo que ya Epicuro de Samos (341-270 aC) predicaba: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. San Pablo recuerda en (1 Cor 15, 32) sus palabras.

La pobreza no la hizo Dios, la hacemos tu y yo cuando no compartimos lo que tenemos”dijoTeresa de Calcuta. Y Verdi recordaba a los poderosos en el Acto I de Un ballo in maschera que “Es indigno del poder el que no enjuga las lágrimas de sus súbditos”.

PRIMERO ESTÁ LA TIERRA

Primero está la Tierra,
luego el Cielo.
Lo del Infierno… un mito,
infierno de conciencias.

La Tierra está en el Cielo
y en el Cielo la Tierra.

-“¡De Potosí y las minas
prudente habla a los mendigos!”,
aconseja el poeta.

La Tierra está en el Cielo
y en el Cielo la Tierra,

pero…el estómago del pobre
urge terrenal respuesta.

¡Cielo¡ ¡Infierno!

Granizo en primavera
sobre el pobre.

(EN HIERRO Y EN PALABRAS.
Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

Fuente Fe adulta

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«Desenmascarar la insensatez». 18 Tiempo ordinario – C (Lucas 11,13-21)

domingo, 31 de julio de 2016
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18-TO-600x448El protagonista de la pequeña parábola del «rico insensato» es un terrateniente como aquellos que conoció Jesús en Galilea. Hombres poderosos que explotaban sin piedad a los campesinos, pensando solo en aumentar su bienestar. La gente los temía y envidiaba: sin duda eran los más afortunados. Para Jesús, son los más insensatos.

Sorprendido por una cosecha que desborda sus expectativas, el rico propietario se ve obligado a reflexionar: «¿Qué haré?». Habla consigo mismo. En su horizonte no aparece nadie más. No parece tener esposa, hijos, amigos ni vecinos. No piensa en los campesinos que trabajan sus tierras. Solo le preocupa su bienestar y su riqueza: mi cosecha, mis graneros, mis bienes, mi vida…

El rico no se da cuenta de que vive encerrado en sí mismo, prisionero de una lógica que lo deshumaniza vaciándolo de toda dignidad. Solo vive para acumular, almacenar y aumentar su bienestar material: «Construiré graneros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come y date buena vida».

De pronto, de manera inesperada, Jesús le hace intervenir al mismo Dios. Su grito interrumpe los sueños e ilusiones del rico: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?». Esta es la sentencia de Dios: la vida de este rico es un fracaso y una insensatez.

Agranda sus graneros, pero no sabe ensanchar el horizonte de su vida. Acrecienta su riqueza, pero empequeñece y empobrece su vida. Acumula bienes, pero no conoce la amistad, el amor generoso, la alegría ni la solidaridad. No sabe dar ni compartir, solo acaparar. ¿Qué hay de humano en esta vida?

La crisis económica que estamos sufriendo es una «crisis de ambición»: los países ricos, los grandes bancos, los poderosos de la tierra… hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades, soñando con acumular bienestar sin límite alguno y olvidando cada vez más a los que se hunden en la pobreza y el hambre. Pero, de pronto nuestra seguridad se ha venido abajo.

Esta crisis no es una más. Es un «signo de los tiempos» que hemos de leer a la luz del evangelio. No es difícil escuchar la voz de Dios en el fondo de nuestras conciencias: «Basta ya de tanta insensatez y tanta insolidaridad cruel». Nunca superaremos nuestras crisis económicas sin luchar por un cambio profundo de nuestro estilo de vida: hemos de vivir de manera más austera; hemos de compartir más nuestro bienestar.

José Antonio Pagola

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«Lo que has acumulado, ¿de quién será?». Domingo 31 de julio de 2016. 18º domingo del Tiempo Ordinario.

domingo, 31 de julio de 2016
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43-ordinarioC18 cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Colosenses 3, 1-5. 9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Lucas 12, 13-21: Lo que has acumulado, ¿de quién será?.

La 1ª lectura nos enfrenta con preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales. La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuya finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.

Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)

Éste parece un libro muy poco religioso. ¿Cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.

Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…

En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.

No está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del carpe diem (aprovecha el día)… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Evangelio: la vida no depende de los bienes

Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de ellos: poner la felicidad en la acumulación insaciable de bienes, la codicia. Leer más…

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