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10.9.17, La Iglesia no es Multinacional. Cada comunidad es Iglesia,

domingo, 10 de septiembre de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 23, ciclo A: Mt 18, 15-20. Este evangelio define la esencia de la Iglesia en forma la comunidad de aquellos que se reúnen, se organizan, oran a Dios y se aman en nombre (a ejemplo, con la fuerza) de Jesús.

En domingo anteriores he venido comentando la autoridad y servicio de Pedro (con la de Pablo, Santiago, Magdalena…), desde una perspectiva marcada por la influencia de los grandes líderes. Pero la esencia de la iglesia no la definen los líderes, sino la propia comunidad, que aparece así, de forma autónoma, como «espacio de Dios», fraternidad mesiánica en el mundo, como ha puesto de relieve este evangelio.

Desde aquí pueden sacarse algunas consecuencias básicas:

a. Cada comunidad es Iglesia uniéndose en nombre de Cristo, orando a Dios Padre y resolviendo por sí misma sus problemas (sin duda, en comunión con otras iglesias); ninguna iglesia es sucursal de otras, ni es colonia de otras más grandes. Cada una es signo y presencia de Jesús en la tierra.

b. Las comunidades cristianas se vinculan entre sí, porque las une el mismo Cristo y porque en ellas se invoca al mismo Dios; pero cada una tiene su propia vida, siendo así un espacio mesiánico de amor mutuo y de esperanza mesiánica, cada una es independiente, sin necesidad de referendum ni ley de autonomía.

c. Cada Iglesia es responsable de su propio camino de oración, comunión y decisión, de forma que ha de tomar con responsabilidad sus sus propias decisiones y crear sus instituciones, desde el diácono y los presbíteros al propio oispo.. Ni el amor, ni la toma de conciencia de «estar en Cristo», ni la solución de los posibles problemas (de fraternidad, de sacramentos…) pueden delegarse en otra comunidad más alta, aunque todas son solidarias y se unen entre sí por el mismo Cristo

d. Esta forma de entender las iglesias concretas y la comunión de todas en la Iglesia de Cristo ha sido formulada por Mateo, pero responde igualmente a la teología y experiencia de Pablo. Por razones de comodidad y de imitación política a las estructuras del Imperio, las iglesias posteriores han tendido a crear iglesias jerárquicas, con subordinación de unas a otras.

salvador-55Hoy debemos volver en esto al evangelio, porque no nos vale el esquema romano de imperios y órdenes jerárquicos, pero tampoco el esquema de las multinacionales, por mucho que queramos al Papa Francisco y nos sintamos contentos de que sea Papa.

— El Papa no es el Presidente y Director General de una gran multinacional religiosa, de forma que él no tiene todo el poder (la autoridad es Cristo: Mt 28, 16-29), y tiene la exclusiva de “las patentes” de la Iglesia Católica.

— El Papa no tiene un “Supervisory Board”, ni un Consejo de Ministros (con autoridad colegiada…,ni los Concilios pueden actuar como “Órganos Supervisores”… ni siquiera como un “Organismo consultor”.

— La única autoridad de la Iglesia es la misma comunidad, como declara este evangelio… De esa forma, cada comunidad es presencia del Cristo… aunque es muy bueno y necesario que haya representantes de las comunidades (obispos…) y un Papa como signo de unidad y comunión (no como un poder paralelo y/o superior).

Esta imagen del Papa como Gran Jefe de la Gran Multinacional Católico-romana no responde a la esencia de la Iglesia, aunque a veces ella pueda dar esa impresión. La Iglesia universal no es una Multinacional (Christ Corporation HN), sino una comunión de comunidades, y el Obispo de Roma, llamado cariñosamente Papa (como cualquier vecino papa), representa la comunión de todas las iglesias; no está para suplantar la autoridad de las comunidades concretas, sino para garantizarlas. Buen domingo

Texto. Mt 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
–Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.

— Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
— Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

1. Introducción Autoridad y diálogo: lo que atareis en la tierra…

El evangelio de Mateo valora a los escribas-sabios, que interpretan la ley, en clave de evangelio, y también a los buenos profetas. Pero siente prevención contra aquellos carismáticos profetas, que ponen sus dotes al servicio del propio egoísmo: lógicamente, en cuanto tales, no pueden dirigir la iglesia ¿Quién lo hará?

¡La iglesia debe dirigirla la misma comunidad reunida!

Al formular este principio, el Jesús de Mateo ha seguido así la mejor tradición del judaísmo: no ha creado nuevos «ministerios», pues acepta y despliega, en forma cristiana, el ministerio del diálogo fraterno, que aparecía ya en el judaísmo.

Precisando el tema, podemos afirmar que Mt 18, 15-20 aplica a la comunidad unas palabras que Mt 16, 17-19 atribuía a Pedro quien, como hemos visto, ha sido el buen escriba, fundamento o roca duradera de la iglesia. Pues bien, esa función de Pedro han de cumplirla luego, día a día, las iglesias particulares, resolviendo de manera dialogada sus posibles disensiones, conforme al principio de Hech 15, 28: «nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros».

2. Mt 18, 15-17. Pertenencia eclesial: los límites de la comunidad.

El pasaje que sigue refleja el comportamiento de la iglesia ante un miembro que peca (rompe su armonía). El tema y método seguido se parece al de otros grupos judíos del tiempo, por ejemplo el de Qumrán; pero en Qumrán decide una instancia jerárquica especial y bien organizada de sacerdotes miembros perfectos; en Mt, en cambio, decide la comunidad reunida:

1. Y si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele a solas;
si te escucha, has ganado a tu hermano.

2. Si no te escucha, toma contigo a uno o a dos, pues
todo problema se resuelva por dos o tres testigos.
3. Y si no les escucha llama a la iglesia y si no la escucha, sea para ti como gentil y publicano (18, 15-17)

((Formulación hipotética (no apodíctica) de perdón y exclusión comunitaria, con cita de Dt 19, 19. La iglesia o comunidad cristiana aparece con autonomía jurídica: independiente de la sinagoga. Fuera de ella quedan el gentil y publicano, es decir, aquellos que en terminología judía, ni pueden participar en la vida del pueblo de Dios)).

La comunidad reunida es instancia suprema: acepta en su seno a quienes creen en Jesús y dice que no forman parte de ellas quienes rompen la unidad fraterna. Así establece Mt el «derecho» de la Iglesia para instituirse como grupo autónomo y visible. Leer más…

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¡Qué fácil es criticar, qué difícil corregir! Domingo 23 Ciclo A.

domingo, 10 de septiembre de 2017
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med-2Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:

* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:

* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:

* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

Así dice el Señor: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
― Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad:

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales.

Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea. (…)

Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos en Qumrán

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscri­tos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los gran­des.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castiga­do durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».

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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. 10 Septiembre, 2017

domingo, 10 de septiembre de 2017
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d23

“Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos.”

(Mt 18, 15-20)

Realmente el tema del perdón, de la reconciliación, es algo “sagrado”. Incluso diría que hace de puente entre lo divino y lo humano. Dicho de otra manera: el perdón nos hace parecernos más a Dios.

Y este fragmento del Evangelio de Mateo es una hermosa lección de lo que es la reconciliación y de lo implicadas que estamos todas en el buen o mal camino de nuestras hermanas.

El texto empieza diciendo: “si tu hermano peca.” Es decir, si descubres que alguien cercano va por mal camino tienes el deber de avisarle. Si te das cuenta de que su vida toma un rumbo deshumanizante: ¡díselo!

No, no se trata de que vayamos por la vida dando lecciones a los demás. Ni que juzguemos como pecado ajeno todo aquello que no cuadra con nuestros esquemas. No, eso no.

Pero si tenemos a alguien cercano precipitándose por malos caminos no podemos quedarnos callados. Y con respeto y humildad hay que saber decir lo que una ve.

Y es curioso cómo insiste el evangelio. “Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos… y si no hace caso, díselo a la comunidad…”

A quien se equivoca hay que darle más de una oportunidad. Hay que hacer todo lo posible por aquellas personas que andan perdidas. Salir a buscarlas una y otra vez. Cargarlas sobre los hombros y alegrarnos de recobrarlas. En eso nos parecemos a Dios Abba que no quiere que ni uno solo se pierda.

Sí, Dios necesita que nos apuntemos a “mujer que barre la casa” o “a pastor que busca ovejas perdidas”. A Él le interesan las últimas, las pequeñas, las perdidas… y siente una enorme predilección por ellas.

Oración

Aquí nos tienes, Trinidad Santa, dispuestas a buscar la moneda o la oveja perdida. Deseosas de que nuestro corazón se parezca cada vez más al tuyo y se movilice ante la debilidad humana. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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¿Por qué nos interesa tan poco el bien espiritual de los demás?

domingo, 10 de septiembre de 2017
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abrazoMt 18, 15-20

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mt comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros de la comunidad. Hay que notar que este texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida, que termina con la frase: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. El tema de hoy no es el perdón. Los textos lo dan por supuesto y van mucho más allá al tratar de ganar al hermano que ha fallado.

Lo que nos relata el evangelio de hoy es seguramente reflejo de una costumbre de la comunidad de Mt. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo en la sinagoga. En este evangelio es muy relevante la preocupación por la vida interna de la comunidad (Iglesia). El evangelio nos advierte que no se parte de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos.

En la primera frase tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado a nosotros distintas versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Lo que está claro es que ninguna de estas versiones se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al pecar contra ti, debía corresponder el perdón. El próximo domingo, Jesús dirá a Pedro que tiene que perdonar ‘setenta veces siete’.

Si tu hermano peca, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado, sencillamente porque no existía. La práctica penitencial de los primeros siglos se fue desarrollando en torno a los pecados contra la comunidad. No se tenía en cuenta, ni se juzgaba la actitud personal con relación a Dios, sino el daño que se hacía a la comunidad. La respuesta de la comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado, sino su relación con la comunidad, que tiene que velar por el bien de todos sus miembros.

Atar y desatar. Es una imagen del AT muy utilizada ya por los rabinos de la época; aquí se refiere a la capacidad de aceptar a uno en la comunidad o de excluirlo de ella. Así lo entendieron también las primeras comunidades, cuyos miembros eran todos judíos. El concepto de pecado, como ofensa a Dios que necesita también el perdón de Dios, tal como lo entendemos hoy, no fue objeto de reflexión en la primera comunidad. No se trata de un poder conferido por Dios para perdonar las ofensas contra Él.

Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mt decía exactamente lo mismo, referido a Pedro. ¿Cuál de los dos textos estará en la verdad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra un sólo dato que haga pensar en una autoridad que toma decisiones. Teniendo en cuenta el contexto, podemos concluir, que son las personas individuales las que tienen que acatar el parecer de la comunidad y no al revés, como se nos quiere hacer ver.

Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta (está en medio) cuando hay por lo menos dos (comunidad). La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga patente. Hoy sabemos que también las relaciones con los animales e incluso con la naturaleza tienen que ser verdaderamente humanas. Se trata de estar identificados con la actitud de Jesús, es decir, buscando únicamente el bien del hombre, de todos los seres humanos, también de los que no pertenecen al grupo.

Es imposible cumplir hoy ese encargo de la corrección fraterna porque está pensado para una comunidad, donde se han desarrollado lazos de fraternidad y todos se conocen y se preocupan los unos de los otros. Lo que hoy falta es precisamente esa comunidad. No obstante, lo importante no es la norma concreta, que responde a una práctica de la comunidad de Mt, sino el espíritu que la ha inspirado y debe inspirarnos a nosotros la manera de superar los enfrentamientos a la hora de hacer comunidad.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios y con los demás. Insiste en que hay que agotar todos los cauces para hacer salir al otro de su error, pero una vez agotados todos los cauces, la solución no es la eliminación del otro, sino la de apartarlo, con el fin de que no siga haciendo daño a la comunidad. La solución final manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si la comunidad tiene que apartarlo es que no tiene capacidad de integrarlo.

El sentido de la comunidad es la ayuda mutua en la consecución de la plenitud del hombre. La Iglesia debe ser sacramento (signo) de salvación para todos. Hoy día no tenemos conciencia de esa responsabilidad. Pasamos olímpicamente de los demás. Seguimos enfrascados en nuestro egoísmo incluso dentro del ámbito de lo religioso. El fallo más letal de nuestro tiempo es la indiferencia. Martín Descalzo la llamó “la perfección del egoísmo”. Otra definición que me ha gustado es esta: “es un homicidio virtual”. Seguramente es hoy el pecado más extendido en nuestras comunidades.

Cualquier persona que vaya, sin saberlo, por un camino equivocado, agradecería que alguien le indicara su error y le mostrara el verdadero camino. Si una persona que camina por la carretera hacia Andalucía, te dice que se dirige a Santander, le harías ver que está equivocado. Si al hacer hoy la corrección fraterna, damos por supuesto que el otro tiene mala voluntad, (concepto moderno de pecado) será imposible que te acepte la rectificación. Desde esa perspectiva estás dando por supuesto que tú eres bueno y el otro malo.

La corrección fraterna no es tarea fácil, porque el ser humano tiende a manifestar su superioridad. En este caso puede suceder por partida doble. El que corrige puede humillar al corregido queriendo hacer ver su superioridad moral. Aquí tenemos que recordar las palabras de Jesús: ¿Cómo pretendes sacar la mota del ojo del tu hermano, teniendo una viga en el tuyo? El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez humana no fácil de alcanzar.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla en realidad es la capacidad de los cristianos para convencer al otro de su equivocación, y que siguiendo por ese camino se está apartando de la meta que él mismo pretende conseguir. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del corregido. No solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta. Apartado de los demás, ningún hombre conseguiría el más mínimo grado de humanidad.

Meditación

La máxima manifestación de desamor es la indiferencia.
Camuflarla, bajo el manto de respeto o tolerancia, es cobardía.
Si no me comprometo con el bien espiritual del otro,
es que su presente y su futuro me importan un comino.
Debo ir al encuentro del otro para ayudarle a ser él mismo,
sin juzgarle, sin tener en cuenta su bondad o maldad.
Si no busco sinceramente el bien del hermano.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Salvar al hermano.

domingo, 10 de septiembre de 2017
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si_tu_hermano_peca_reprendelo_a_solasTenemos que estar aquí para nosotros mismos, tenemos que estar aquí para las personas que amamos y tenemos que estar aquí para la vida, con todas sus maravillas. El mensaje de la práctica budista es muy sencillo y claro: “Estoy aquí para ti” (Thich Nhat Hanh)

10 de septiembre. Domingo XXIII del TO

Mt 18, 15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano (V 15)

El film de Pier Paolo Pasolini, Teorema (1968), nos presenta un modelo de este delicado quehacer de salvación relatado por Mt 18, 15 y Lc 17, 3. El cineasta italiano narra la historia de un misterioso visitante –el Extranjero- que llega a la casa de una familia burguesa, representante del orden establecido. Su presencia provoca una conmoción en cada uno de sus miembros, sacudiendo el dogmatismo y la vida monótona burguesa de dicha familia.

El filósofo francés Jacques Derrida hace una reflexión en torno al tema expuesto, con estas palabras: “El Extranjero sacude el dogmatismo amenazante del logos paterno: el ser que es, y el no-ser que no es. Como si el Extranjero debiera comenzar por refutar la autoridad del jefe”.

Indiscutiblemente, Jesús sería el misterioso visitante que cada día llega a nosotros mismos para advertirnos que necesitamos la liberación del tedioso dogmatismo y la vida monótona burguesa que atenazan y bloquean el personal desarrollo. ¿En qué grado su presencia nos hace darnos cuenta de lo que debemos ser como cristianos?

El Dalai Lama vietnamita Thich Nhat Hanh hace resaltar en su obra “Estás aquí. La magia del momento presente” la idea de que el ser humano tiene como misión prioritaria “salvar al hermano”: Tenemos que estar aquí para nosotros mismos, tenemos que estar aquí para las personas que amamos y tenemos que estar aquí para la vida, con todas sus maravillas. El mensaje de la práctica budista es muy sencillo y claro: “Estoy aquí para ti”. Y el evangelio de Mt de este domingo nos lo hace resaltar en su versículo 15: “Si te hace caso, has salvado a tu hermano”.

En la película de Steven Spielberg Mi amigo el Gigante (2017), sus protagonistas, la niña Sophie y el gigante bondadoso BGF mantienen es siguiente diálogo:

BGF: Los sueños, en realidad son cosas muy misteriosas. Yo voy a cazar sueños todos    los días.

Sophie: Yo voy contigo a cazar sueños

BGF: Pero las mejores historias siempre las escucho de las mismas plantas y árboles. Sí, siempre están creciendo y viviendo y riendo y charlandoAquí es donde mis sueños comienzan.

El profeta Ezequiel en 33, 8 recuerda a su pueblo que si le niega la palabra al malvado, le pedirá cuenta de su sangre; y en los Salmos 94 y 95, Yahveh, abogado justo, apremia a Israel a que sea piadoso con los malos, y le recuerda que no sea duro de corazón como en Meribá, como el día de la prueba en el desierto.

San Pablo nos lo recordó en su Carta a los Romanos: ”El que ama no hace mal al prójimo, pues el amor es la plenitud de la ley” (Rom 13, 10). Y la siguiente historia judía lo confirma.

¿CUÁNDO ES DE DÍA?

Un viejo rabino preguntaba una vez a sus alumnos cómo se puede conocer el momento preciso en que se acaba la noche y empieza el día.

-Quizás, cuando se puede distinguir con facilidad un perro de una oveja.

-No, dijo el rabino.

-Cuando se distingue una palmera de una higuera.

-No, repitió el rabino.

¿Entonces, ¿cuándo?, preguntaron los alumnos.

-El rabino respondió: Cuando al mirar el rostro de una persona cualquiera, tú reconoces en él a un hermano o una hermana. Hasta ese momento aún es de noche en tu corazón.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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En su nombre.

domingo, 10 de septiembre de 2017
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correccion-lev-1917(Mt 18,15-20)

El evangelio de hoy es un texto significativamente comunitario. Mateo emplea por primera vez aquí el término hermano para hacer referencia a las personas que forman parte de la comunidad y muestra costumbres que, seguramente, formaban parte de la organización y el modo de vida de las primeras comunidades.

El relato refleja, desde la memoria de estas comunidades mateanas, la importancia que tenía para quienes profesaban la fe en Jesucristo, el cuidado de las relaciones interpersonales. Por eso el evangelista pone en boca de Jesús lo que conocemos como corrección fraterna (Mt 18,15-18) y oración en común (vv.19-20).

“Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos”. En algunas de las traducciones nos encontramos con otra expresión diferente: “si tu hermano te ofende”. Quizás esta segunda variante nos ayude a relacionar mejor que el pecado no es sólo una falta “contra Dios” sino también contra el hermano. Aún más, que pecamos, es decir, “ofendemos a Dios”, cuando actuamos negativamente con su Creación y sus creaturas.

Esto nos recuerda lo necesario del diálogo y de la compasión en nuestras relaciones humanas. Relaciones que son, en definitiva, el eje principal de nuestra vida comunitaria y eclesial. De nada sirven las reuniones, celebraciones o proyectos que llevamos a cabo si no cuidamos -en lo concreto- la relación con los demás, con las hermanas y hermanos que el Señor nos ha regalado como compañeros de camino, con los otros seres vivos y con todo el planeta que nos acoge.

Jesús, con sus palabras, muestra una vez más comprensión y firmeza, sensatez y libertad. La corrección fraterna, en cualquier grupo, se nos hace difícil. Quizás sea de las cosas que más nos cuesta vivir con madurez. Pero ésta se hace sencilla cuando parte del cariño y de la humildad. Del saber que todos nos equivocamos en algún momento y que “hoy te toca a ti y mañana a mí”. Esta corrección busca, desde el corazón, no humillar, sino sostener en las dificultades al hermano. Y esto es así porque le muestra a éste aquello que no ha hecho del todo bien para que pueda crecer y ser mejor persona. La corrección “no hace ruido”, por eso Jesús invita a estar “a solas entre los dos” y si no, como mucho, “en comunidad”. Es justamente todo lo contrario a la murmuración, tan frecuente en los grupos humanos. Y, por supuesto, tan diferente a pregonar a viva voz las debilidades de los demás.

En realidad la corrección fraterna debe ser parte de nuestra vida, de las relaciones familiares, fraternas, de amistad, comunitarias… No está llamada a ser un acto puntual sino un modo de vivir en el que la otra persona es más importante para mí que los actos que realiza. Por eso busco su bien, su crecimiento, su desarrollo como persona y como creyente desde el amor verdadero. Bien vivida es de las experiencias más enriquecedoras para ambas personas porque el reto no es sólo para el que debe acoger la corrección, sino también para el que la realiza pues implica para éste madurez, amor, bondad, libertad y espíritu de discernimiento. Igualmente, consciencia de que todos somos “santos y pecadores” y, por tanto, todos necesitamos de esa persona amiga que nos haga ver con mayor claridad si nos hemos desviado del camino por alguna causa. Como suele suceder en todo lo humano, quien mejor sabe llevar a cabo la corrección fraterna es quien la ha experimentado en su propia piel y ha saboreado el bien que conlleva.

“Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo”. Esta expresión es dicha con anterioridad a Pedro (cf. 16,19) como cabeza de la comunidad. Ahora Mateo expone que la gracia (y el deber) de perdonar es concedido a toda la comunidad, a cada miembro. Nadie queda excluido de la búsqueda de diálogo o de soluciones ante un conflicto. De todos es la responsabilidad de la marcha comunitaria y del bien común. A todos se nos exige una madurez que estamos llamados a ir alcanzando poco a poco. Para ello, la corrección fraterna y el acompañamiento mutuo se hacen indispensables.

“Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La certeza de su Presencia en medio de nosotros nos acompaña y alienta. Jesús nos ofrece una clave que ojalá nunca olvidemos: todo lo que hacemos, incluso el hecho mismo ya de reunirnos, ha de ser en su nombre. El centro de ese encuentro, de ese espacio, de esa acción es Él. De nuevo somos invitados a trascender todo para dirigirnos a Quien es el sentido último de nuestra existencia.

Los cristianos nos reunimos con mucha frecuencia. Para celebrar, proyectar, rezar, actuar, evaluar… A comienzos de un nuevo curso seguro que nuestras agendas ya se van llenando de acontecimientos comunitarios. La invitación que Mateo nos hace es a no perder el fin –y el principio- último de todo lo que realizamos. Somos llamados a cuidar el porqué de todo lo que vivimos y hacemos, alimentar el sentido y recrear la presencia de Jesús entre nosotros desde la confianza en su promesa. Lo que vivamos en su nombre será bueno porque Él estará siempre entre nosotros.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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“Aprender a perder”. 03 de Septiembre de 2017. 22 Tiempo ordinario (A). Mateo 16, 21-27.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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Take_Up_Your_Cross_by_Angry_Eyes

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?

La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?

Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.

José Antonio Pagola

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“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo”. Domingo 03 de Septiembre de 2017. 22º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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45-OrdinarioA22Leído en Koinonia:

Jeremías 20,7-9: La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí
Salmo responsorial 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
Romanos 12,1-2: Presentad vuestros cuerpos como hostia viva
Mateo 16,21-27: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

La liturgia de hoy centra la atención sobre las consecuencias dolorosas del ministerio profético y del seguimiento de Jesús. Tanto Jeremías como Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesús.

La experiencia del exilio marcó la vida del pueblo de Israel. Fue un momento muy doloroso que le exigió replantear su fe en el Dios de la Alianza. En este marco histórico se ubica el Profeta Jeremías.

Este pasaje pone de relieve el clamor del profeta porque Dios le ha seducido y le ha forzado, ha sido objeto de burla de todos y la palabra ha sido motivo de dolor y desprecio. Por eso el profeta ha querido desentenderse de la misión pero la Palabra ha sido más fuerte y, prácticamente, lo ha vencido.

La mayoría de los profetas bíblicos han sufrido experiencias similares a las de Jeremías. Son rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos tuvieron que sufrir la muerte o el destierro. Pero pudo más la fidelidad a Dios y a su Pueblo que su propia seguridad y bienestar. La Palabra de Dios actúa en el profeta como un fuego abrasador que no lo deja tranquilo y lo mantiene siempre alerta en el cumplimiento de su misión.

La segunda lectura de la carta de Pablo a los cristianos de Roma utiliza un lenguaje imperativo. Estos versículos sirven de enlace entre la parte anterior de orden más indicativo. El lenguaje es exhortativo. Les habla no sólo como hermano en la fe sino con la autoridad del Apóstol. Les invita a hacer de su cuerpo una ofrenda permanente a Dios. El verdadero culto no se reduce a ritos externos sino que procede de una vida recta. El cuerpo, vehículo de la vida interior, debe ser un canto de alabanza y gratitud a Dios. En esto consiste la conversión para Pablo: en una vida totalmente transformada por el Espíritu de Dios, en el cambio de mentalidad, de valores, de horizonte. Sólo así se podrán tener los criterios de discernimiento para buscar, encontrar y realizar la voluntad de Dios.

En el evangelio nos encontramos con un bello esquema catequético «sobre el discipulado como seguimiento de Jesús hasta la cruz». Jesús pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección está estrechamente vinculado a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Pero los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no han comprendido esta realidad. Ellos están convencidos del mesianismo glorioso de Jesús que se enmarca dentro de las expectativas mesiánicas del momento. Jesús rechaza enfáticamente esta propuesta, pues la voluntad del Padre no coincide con la expectativa de Pedro y los discípulos. Por eso Pedro aparece como instrumento de Satanás delante de Jesús para obstaculizar su misión.

El maestro invita al discípulo a continuar su camino detrás de él porque aún no ha alcanzado la madurez del discípulo. Luego Jesús se dirige a todos los discípulos para señalarles que el camino del seguimiento por parte del discípulo también comporta la cruz. No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio del evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y resurrección de Jesús. La pérdida de la vida por la Causa de Jesús habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios.

En el Bautismo hemos sido consagrados sacerdotes profetas y reyes. Por lo tanto la dimensión profética de nuestra fe es intrínseca a la consagración bautismal. Hoy no podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesús. Y sabemos que las consecuencias del profetismo, vinculado estrechamente a la misión evangelizadora, son la oposición, la persecución, el rechazo y el martirio. Muchos hombres y mujeres en distintas partes del mundo se han jugado la vida por la fe y la defensa de los valores evangélicos. Si se quiere seguir a Jesús en fidelidad tendremos que enfrentar muchas contradicciones, caminar a contravía de lo que propone el orden establecido, la cultura imperante y la globalización del mercado –que no es otra cosa que la globalización de la exclusión–.

Quisiéramos vivir un cristianismo cómodo, sin sobresaltos, sin conflictos. Pero Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al evangelio. ¿Cómo vivimos en la familia y en la comunidad cristiana la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos/as a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera? Leer más…

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Dom 3.8.17. El Reino de Dios no se conquista con guerra

domingo, 3 de septiembre de 2017
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9788466652827Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 22 tiempo ordinario. Ciclo A. Mt 16, 21-27. En días pasados he ofrecido un comentario al evangelio anterior (Mt, 16, 13-20), destacando la promesa de Jesús que dice a Simón: ¡Tú eres Petros/Piedra y sobre esa Petra/Roma edificaré mi Iglesia!

Pero la historia sigue con el evangelio de hoy (Mt 16, 21-27), y el mismo Simón cuya palabra y compromiso aparecía Roca de Cimiento (Papa, Padre) viene a presentarse ahora como Piedra de Tropiezo (Satanás, tentador/tentación, en el sentido original de “skandalon”: lo que hace caer). Estamos pues ante dos “pedros” que son uno:

— Roca de fundamento de la Iglesia, signo de las iglesia
— Piedra de escándalo (Satán), riesgo para todas las iglesias

Marcos 8 sólo citaba el primer rasgo, como si Pedro no hubiera cumplido todavía sus “deberes” de Piedra/Roma (cf. Mc 16, 7-8). Mateo 16 los une de forma sorprendente:

Entre lo más alto (ser roca de cimiento) y lo más bajo (ser piedra de escándalo satánico, riesgo de caída para el edificio) se ha dado y sigue dándose una intensa conexión que nos sitúa ante el principio, la historia y la actualidad de la Iglesia:

a. Principio. Tanto en la historia de Jesús como en el nacimiento de la Iglesia Pedro ha sido una figura ambivalente. Histórico ha sido su destino de “piedra”, pero también es histórico el “escándalo” asociado a su figura, según dice Pablo en Gal 1-2. A pesar de ello (o quizá por ello), Pedro ha sido venerado en principio de la Iglesia, como signo de humanidad ambigua al servicio del evangelio.

imagesb. Historia. A lo largo de los tiempos, la Iglesia de Roma (no así la ortodoxa ni la protestante) ha tendido a silenciar el rasgo escandaloso de Pedro, vinculado al deseo de Poder(es decir de “no sufrir”). Por eso, ella ha destacado su función de Piedra Firme… olvidando a veces que ella ha podido convertirse en “escándalo”, haciendo tropezar y caer a otros.

c. En la actualidad nos hallamos ante los dos rasgos de Pedro, tanto del Pedro histórico como de su «sucesor», que según la Iglesia católica es el Papa, como obispo de Roma, que habría sido la sede final de Pedro (tras Jerusalén y Antioquía). El Papa actual, llamado Francisco, obispo de Roma, es un hombre privilegiado.

a. Francisco sigue siendo roca de cimiento de la Iglesia, y así le vemos muchos, no sólo entre los católicos, sino también entre los no católicos.

b. Pero, Francisco, como Papa de Roma, sigue formando parte del «escándalo» de la Iglesia, que se mantiene dividida. Es normal, también Jesús fue piedra de escándalo para muchos (como sabe Jn 8)

Ambas cosas a la vez ha sido Pedro (y puede ser actualmente Francisco de Roma), según el evangelio que vamos a leer. Ambas funciones ha cumplido en la historia, aunque una (la del Escándalo) debería desaparecer, para que podamos seguir bendiciendo a Dios por Pedro, y hoy por Francisco.

Quiero hoy rogar por el Papa de Roma, a fin de que pueda seguir siendo un signo de evangelio, de la Buena Nueva de Jesús, no sólo dentro de la Iglesia Católica, sino ante todas las iglesias y ante el mundo entero. En esa línea quieren moverse, en un plano más histórico-exegético las reflexiones que siguen. Buen domingo a todos
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Texto: Mateo 16,21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, porque eres “escándalo” para mí (me haces tropezar); tú piensas como los hombres, no como Dios.»

Entonces dijo a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

1. El Hijo de Hombre tiene que sufrir.

Después de aceptar la respuesta de Simón (¡Tú eres el Cristo!) y de llamarle Pedro (¡Piedra de la Iglesia!), Jesús profundiza en el tema y entiende (interpreta) su mesianismo (su tarea de Reino) en una línea de entrega (hasta la muerte, si hace falta) a favor de los demás. No es Mesías el que gana y se impone, sino aquel que quiere y puede dar la vida (como indicado su mensaje de no-juicio, de perdón y amor al enemigo).

El tema no es ya sólo cómo viene el Reino de Dios, sino qué hace él (Jesús) y que hace Pedro para que venga. En un momento dado, Jesús ha descubierto que él debe encarnar y cumplir en su vida la verdad de ese mensaje:

Ha de entregarse en amor, no para sufrir sin más (en gesto masoquista), sino para amar, regalando su vida hasta el final en Jerusalén y ratificando de esa forma su tarea, pues sólo así podrá hacer que llegue el Reino (de un modo distinto al que querían Pedro y los demás discípulos).

En esa línea, Jesús no aparece ya como Cristo sin más, sino como Hijo de hombre, en un sentido personal. No ha venido para instaurar un Reino por la fuerza, sino para encarnar en su vida la verdad y tarea del Reino, precisamente en Jerusalén, como quiere Pedro, pero subiendo allí sin armas, no para triunfar sin para amar (es decir, para encarnar y cumplir en su vida su propio mensaje).

Disputa con Pedro: Quítate de mi vista Satanás, pues eres escándalo para mí.

Pedro no acepta esa visión y ese proyecto de Jesús y así sigue pensando en aquello que el Reino ha de darle, atreviéndose a corregir a Jesús, en nombre de una buena tradición israelita. Pues bien, Jesús rechaza a Pedro y su manera de entender el mesianismo como triunfo propio.

En ese contexto, el evangelio recoge un duro enfrentamiento que ha debido darse al interior del grupo de Jesús, en el comienzo de la Iglesia: su proyecto de Reino resultaba discutible y ha sido discutido de hecho (en el tiempo de Jesús o en el tiempo de sus primeros discípulos). En el fondo de esa discusión se halla, sin duda, la forma en que Jesús y sus discípulos han interpretado la subida a Jerusalén y la llegada (implantación) del Reino. Leer más…

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Pedro, portavoz de Satanás, y la parábola del maletín y el joyero. Domingo 22. Ciclo A

domingo, 3 de septiembre de 2017
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el-joyero-y-el-maletin-domingo-22-ciclo-amaletinDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato lo podemos dividir en tres escenas.

1ª escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estas tres clases sociales. Sin embargo, aquí coinciden en el deseo de hacer sufrir y eliminar a Jesús. Pero todo esto, que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.

Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimien­to y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.

2ª escena: Pedro y Jesús (vuelven las tentaciones)

Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

― ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

― Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

         Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»

Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.

Esta función de tentador que desempeña Pedro en el pasaje y la reacción tan enérgica de Jesús nos recuerdan que las mayores tentaciones para nuestra vida cristiana no proceden del demonio, sino de las personas que están a nuestro lado y nos quieren. Frente a una mentalidad que mitifica y exagera el peligro del demonio en nuestra vida, es interesante recordar este episodio evangélico y unas palabras de santa Teresa que van en la misma línea. Después de contar las dudas e incerti­dumbres por las que atravesó en muchos momentos de su vida, causadas a veces por confesores que le hacían ver el demonio en todas partes, resume su experiencia final: «…tengo yo más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confe­sores, inquietan mucho, y he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he podido sufrir» (Vida, cap. 25, nn.20-22).

3ª escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

― El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

            No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.

En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 3 Septiembre, 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017
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d22

Impresiona este texto del Evangelio y mucho más si lo situamos en el contexto. Echemos la mirada hacia atrás, rebobinemos unos pasos y veamos la escena con más amplitud.

Dichoso tú, Simón“… una bienaventuranza, …”porque esto te lo ha revelado mi Padre“. Simón, reconocido delante de los demás discípulos por su clarividencia, recibe una nueva identidad. Ahora es Pedro, roca. Y recibe una promesa, una profecía, ”sobre esta Piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá“. Pero, como nos suele pasar a los humanos, Pedro malinterpreta su identidad… y se convierte en piedra de tropiezo. Se siente con la confianza suficiente como para llevar aparte a Jesús, y recriminarle. No quiere oír hablar de sufrimientos ni de muertes… ¡Dios nos libre! Pasamos de Pedro, la Roca, a Pedro, el tentador.

“Aléjate, Satanás”.
“Quieres hacerme caer.”
“Piensas como los hombres, no como Dios.”

Vaya impacto que el Maestro te diga semejante cosa. Y este contraste da mucho que pensar, para meditar sobre la propia vida y las propias maneras de actuar y de interpretarnos.

¿Seré también piedra para la gente cercana? Llevada por mi miedo al sufrimiento, a la muerte, con mi mejor intención, ¿manipulo y malinterpreto los acontecimientos a mi gusto? ¿Vivo bloqueando o dejando fluir?

Y Jesús se vuelve a los discípulos. Ya no es una conversación privada entre Pedro y Él. E invita, no impone ni obliga, propone:

“Si alguien quiere seguirme…”

Seguir es un verbo de movimiento, indica dinamismo y vitalidad. Y la entrega relacionada con el seguimiento también. Una entrega que no es sometimiento ni  vasallaje, sino ofrenda y renuncia. Aunque no nos guste ni oír hablar de eso de la renuncia. ¡La identificamos con falta de libertad! Podemos ser piedra que hace tropezar o piedra sobre la que construir, sobre la que cimentar. Y Jesús nos lo dice claro, ponte detrás de mí, y renuncia a la tentación de controlarlo todo, de encuadrarlo todo según tus criterios. No enganches, suelta. No bloquees, fluye.

Oración.

Me cuesta renunciar a mi,

pero quiero ser ofrenda.

Me gusta cuando lo entiendo todo,

pero, en verdad, no sé nada…

Y sigo queriendo seguirte,

aunque no me gusta queme hables de cruz ni de muerte.

No renuncio a la palabra con la que lo transformas todo:

Hágase.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Ni el placer ni el dolor deben condicionar mi plenitud.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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indiceMt 16, 21-27

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

Meditación

Nacer de nuevo, nacer del Espíritu, es la propuesta de Jesús.
En lo biológico estamos siempre; es el punto de partida.
Lo espiritual hay que descubrirlo y vivirlo.
Si no entro en la dinámica del Espíritu,
permaneceré en el ámbito de lo sensible
y quedará frustrado lo humano en mí.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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No ser, sino servir.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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22-TOA-evSolo te pido lo que quieras darme…

– Si te sobra una florecilla, dámela para mi corazón.
-¿Y si la flor tiene espinas?
-¡Dame también las espinas! (R. Tagore)

3 de septiembre. Domingo XXII del TO

Mt 16, 21-27

Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo

Lo que Jesús nos propone con esta invitación, no es un acto de compasión. Es una propuesta de compromiso personal con los problemas de los demás, y una empresa de transformación del mundo y de uno mismo. Estoy de acuerdo con la consideración que José Enrique Galarreta hace de Jesús cuando dice que “Hay que leer la pasión mirando el corazón de ese hombre; se queda uno pasmado del corazonazo que tiene, tan sensible y tan valiente, tan maravillosamente humano”.

Ideas plenamente bíblicas, que nos proponen el uso y el disfrute de los bienes terrenales como parte de lo divino humanamente encarnado. Solo un par de muestras. En el Sal 19, 11, dice el salmista: “Tus preceptos son mi herencia perpetua, son el gozo de mi corazón”. Y Jn 16, 24 pone en boca de Jesús estas palabras: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa”Alegría y gozo transformados en felicidad, e igualmente compartidos por el budismo, que nos impulsará a hacer a los demás felices. Aunque, como propone el Dalai Lama, buscándola dentro de uno mismo.

Para lograrlo, hay que vencer la tentación de utilizar la religión en provecho propio y en dominio sobre los demásNo se trata de ser, sino de servir. La magia se utilizó en ocasiones para controlar las fuerzas de la Naturaleza y las espirituales en este espurio sentido. La Iglesia lo calificó de simonía -pretensión de la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales-, uno de los principales pecados de la sociedad eclesiástica de la Edad Media: como la venta de cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, etc. El nombre viene de la historia de Simón Mago, relatada en Hechos de los Apóstoles, capítulo 8.

¡Qué posición tan opuesta a la adoptada, una vez más, por la Naturaleza! Los expertos en arrecifes coralinos, dicen que los corales -en parte animal, en parte vegetal, y en parte mineral-, se embarcan en ingentes proyectos comunales de construcción que se extienden sobre muchas generaciones. Cada uno de los individuos, conocidos con el humilde nombre de pólipos, contribuye a la edificación del exoesqueleto colectivo de su colonia. En un arrecife, miles de millones de pólipos que pertenecen a un centenar de especies distintas se dedican en cuerpo y alma a esta misma tarea fundamental.

Podríamos decir que para estos pequeños organismos, el objetivo fundamental de su existencia se centra en la tarea de servir, en colaborar en la prolongación de la vida de la especie. Rabindranath Tagore lo asume en estos versos del Poema 26 de El Jardinero:

Solo te pido lo que quieras darme…
– Si te sobra una florecilla, dámela para mi corazón.
-¿Y si la flor tiene espinas?
-¡Dame también las espinas!

Lo repitió Jesús a sus discípulos: “Quien quiera ser el primero, que se haga vuestro esclavo. Lo mismo que este Hombre no vino a ser servido sino a servir: Mt. 20, 28; Mc 10, 45; Lc. 22, 27. Y el Papa Francisco, atento siempre a lo que supone donación y servicio, lo manifiesta muy poéticamente en estos versos:

«Los ríos no beben su propia agua;
los árboles no comen sus propios frutos.
El sol no brilla para sí mismo;
y las flores no esparcen su fragancia
para sí mismas.
Vivir para los otros es una regla de la naturaleza…

La vida es buena cuando tú estás feliz; pero es mucho mejor cuando los otros son felices por causa tuya”.

 

Vicente Martínez

 Fuente Fe Adulta

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La palabra seduce y crea.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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wp_20170802_13_59_22_pro-e1503912088272La Palabra es medio de comunicación y medio de Creación. Dios “dice y crea”, pero no de una vez para siempre, sino que en esa comunicación con lo creado se va desarrollando el fascinante universo en el que habitamos.

La Palabra cada vez es más nítida, más clara. Anuncia y denuncia porque el propósito de la Creación es la armonía entre todos los seres, el disfrute de las cosas bellas, la vida en plenitud. Sin embargo, la codicia, el orgullo, el miedo a que no haya suficiente para todos hace que los más fuertes opriman a los más débiles, que se marquen diferencias entre razas, pueblos, incluso entre religiones.

La Palabra es el medio por el que Dios se ha comunicado con su pueblo desde nuestros primeros padres y madres. Es la que sedujo a Jeremías a seguir hablando a pesar de las burlas y malos tratos. Suena fuerte la palabra pero sí, le sedujo porque la palabra no es un vocablo, es Alguien vivo, que quema en las entrañas como fuego ardiente, que aunque intentes contenerla no puedes, como dice el profeta.

La Palabra es la búsqueda del corazón humano. Con ansia, con pasión, con sed, con deseo. Si no es así no es búsqueda de verdad. Nuestra expresión verbal siempre se queda corta cuando quiere describir lo que albergamos por dentro porque es todo nuestro ser el que desea: la mente, el corazón y todo nuestro cuerpo. Desea la plenitud para la que fuimos creados, desea a Dios.

No entiende quien se para ante las contradicciones, quien busca la lógica en un lenguaje que no se atiene a las reglas establecidas. “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”, dice Pablo en la carta a los Romanos. Estad atentos, escuchad con el corazón y viviréis.

La Palabra se hace uno de nosotr@s en Jesús. Muy pronto su vida se convierte en denuncia como la de los profetas. Y Él tiene que vencer no sólo su miedo a perder la vida sino también el miedo de los que le siguen. Ellos no quieren cambiar su mentalidad, en el fondo se buscan a sí mismos, no a Dios. La Palabra no ha calado en sus corazones y piensan como “todo el mundo”.

La Palabra intenta hacerse un hueco entre nosotr@s hoy después de veinte siglos. Esa Palabra sigue diciendo y creando; por nuestro lado la búsqueda y la sed están ahí como parte de nuestra identidad. Estamos sedientos de vida con sentido, de plenitud de creación, de Palabra hecha vida.

“Decir y crear” es nuestra tarea. En la comunicación con lo creado se va desarrollando el fascinante universo en el que habitamos.

Carmen Notario

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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Preguntas… y certeza.

sábado, 2 de septiembre de 2017
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Si lo encuentro con gran facilidad, quizás no sea mi Dios.
Si no puedo tener ninguna esperanza en encontrarlo,
¿será mi Dios?
Si lo encuentro en cualquier parte que me plazca,
¿lo habré encontrado?
Sí.
Él me puede encontrar en cualquier lugar que desee
y me dice quién es Él
y quien soy yo,
y si luego sé que aquel a quien no pude encontrar
me ha encontrado
entonces sabré que Él es el Señor, mi Dios.
Él me ha tocado con el dedo que me formó de la nada. «

*

Thomas Merton.
Tocado por el dedo de Dios.
Los hombres no son islas (132).

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

Dr. Norberto Levy: La relación con Dios.

miércoles, 30 de agosto de 2017
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2011-05-11-norberto-levy¿Es posible hablar con Dios?

Apelemos a una metáfora: imaginemos a un glóbulo rojo que tuviera conciencia de su vida individual y se percibiera único y diferente de todas las demás células. Y que a este glóbulo se le dijera: ¿sabías que además de ti existen millones y millones de glóbulos que cumplen tu misma función, que llevan oxígeno y traen anhídrido carbónico? Y no sólo eso, sino que además están coordinadas con millones y millones de otras, que realizan tareas muy distintas a la tuya, pero que todas en su conjunto forman parte de una misma unidad?

Imaginemos la sorpresa de este glóbulo al percibir semejante contraste entre su tamaño y el de esa unidad de la cual forma parte. Si él sólo se percibe a sí mismo en lo que tiene de diferente del resto, en su propio «nombre y apellido», su sensación de pequeñez sería enorme, casi innombrable. Similar tal vez a la que uno siente cuando contempla la infinita vastedad del cielo estrellado.

Imaginemos ahora que a nuestro desconsolado glóbulo se le dijera después: Pero hay una parte tuya que es idéntica a esa vastísima unidad. Si te fijas con cuidado observarás que hay algo, que es tu código genético, que está presente por igual en todas esas millones de células….Y que él orientara su percepción hacia ese componente de su ser en donde está el código genético común. Mientras lo hace percibiría que su sensación de sí mismo, su identidad, trasciende los límites de su propio cuerpo y se enlaza con una vastedad desconocida para él. «¡Uuaauuh!!! Qué sorpresa!!! Me he conectado con Dios… Y está en mí…» La inmensidad de esa experiencia lo transformaría por completo, y cuando volviera a sus tareas «cotidianas» como glóbulo rojo, aunque siguiera haciendo lo mismo, él ya no sería el mismo. Y no lo sería porque ya sabe que él es mucho más que ese glóbulo, y simultáneamente, también es ese glóbulo. Y que cuando ese glóbulo cese, él no va a cesar.

En ese momento habrá completado el ciclo evolutivo de su conciencia individual.

¿Y cómo es esta experiencia en nosotros, los seres humanos?

Lo que nosotros intentamos nombrar con la palabra Dios y lo que sentimos al acercarnos a esa dimensión es similar a lo que el glóbulo sentiría al percibir esa zona de su ser que está más allá de su identidad particular. Aníbal Sabatini, un querido maestro que tuve decía: «Los seres humanos somos células integrantes y conscientes del gran organismo universal». La vivencia de tomar contacto con la pertenencia a ese organismo es lo que llamamos experiencia trascendente, experiencia transpersonal o experiencia mística.

¿Y dónde se la encuentra?

Cuando uno habla de Dios, en última instancia está hablando del Amor. Y el Amor no es algo misterioso o estrafalario, es simplemente una calidad de relación. Es respeto, solidaridad y cooperación. Esa es la esencia. Luego adoptará las diferentes formas según el vínculo en el que se active: puede ser el amor pasional, el amor a los hijos, a la naturaleza, a una mascota, etc.

Cuando uno siente esa calidad de sentimiento sabe lo que es disolverse gozosamente en algo más grande. El amor en sí adquiere presencia en sí misma, es como otra identidad, que a uno lo trasciende y lo incluye. En esos momentos uno siente que es amor, siente a Dios en uno y se siente uno con Dios.

Sentir a Dios en uno no es arrogancia, no es algo especial o exclusivo, es algo natural, que siempre y en todos está. Es la posibilidad que tiene «lo creado» de tomar contacto con el creador.

Un estudiante de budismo estaba meditando con la foto del Buda enfrente reverenciando la conciencia y el amor de esa figura, y lo hacía arrojando pétalos de rosa sobre esa foto…hasta que en un momento tuvo una intensa revelación y, espontáneamente, continuó arrojando los pétalos, pero también sobre sí mismo. La revelación había sido el encontrar en él mismo lo que antes percibía sólo en el Buda.

¿A Dios se le habla con la mente o con el corazón?

Tal vez habría que revisar la idea misma de la opción: La mente «o» el corazón. En el nivel de la opción: es con el corazón. Si trascendemos ese plano y dejamos de pensar en términos excluyentes te diría que le hablamos con ambos simultáneamente. No encuentro ninguna razón para retirarle a la mente la posibilidad intrínseca que también existe en ella de hablar con Dios. Se dice y con razón que la mente es un terrible amo y un excelente sirviente. Cuando la mente, en su crecimiento, alcanza la madurez y recupera su rol esencial de excelente sirviente, desde ahí es también un digno y noble interlocutor de Dios.

¿Dios también puede estar en la mirada de otra persona o en un atardecer?

Puede estar en la mirada, en la nariz, en la boca, en cualquier parte de su cuerpo…y en cualquier hora del día. Sin duda que hay momentos, como los que nombras, que estimulan más esa conexión: No por nada a los ojos se los llama la ventana del alma. Pero la trama amorosa e inteligente que constituye la vida se manifiesta en todo lugar, y en todo momento. La Madre Teresa de Calcuta decía: «Cuando cuido a un mendigo enfermo de lepra, a quien yo veo y siento que estoy cuidando es a Cristo mientras atraviesa uno de sus momentos más difíciles«.  De modo que no es tanto dónde está, si no cómo son los ojos que lo miran.

¿El amor es un sentimiento?

Es también un sentimiento pero es mucho más que eso. Es una calidad de energía, una calidad de relación. Para presentarlo en su dimensión más simple: ¿Qué es lo que hace que dos células cooperen para realizar una tarea necesaria para el organismo? Esa energía básica es el Amor. Y esto está presente en cada una de las células, en relación con cada una de las otras. Millones y millones de veces, segundo tras segundo. Si simplemente pudiéramos imaginar ese universo comenzaríamos a percibir hasta qué punto estamos impregnados de Amor, y que en última instancia somos ese Amor. No sólo en el nivel microscópico sino también en su opuesto, el macroscópico. Se dice que el Amor es el pegamento que mantiene unido al universo. Goethe lo expresó con mucha belleza cuando dijo: «He visto el Amor que mueve al sol y las demás estrellas». Cuando podemos entrar en contacto con esta calidad de energía en nuestro ser logramos comprender mejor la actitud del estudiante que comenzó a arrojarse pétalos de rosa, o al glóbulo rojo imaginario que sintió el éxtasis de estar en contacto con Dios.

¿En los seres humanos el amor esta sólo en el nivel celular?

Claro que no. Ese es sólo un nivel. Por eso es necesario alinear el cuerpo, las emociones, la mente y el alma (que sería nuestro código genético cósmico) para realizar nuestra unión consciente con Dios. Algunos místicos dicen que si contáramos los granos de arena de la playa sabríamos las veces que como seres humanos hemos intentado realizar la Unicidad con Dios.

¿Cómo saber si estamos hablando con El o con un impostor, una fantasía creada por nosotros mismos?

Para conocer a Dios primero es necesario aprender a escuchar todas las voces interiores: la del miedo, el enojo, la venganza, el deseo de dominación… Cuando uno ha aprendido a escucharlas, identificarlas y asistirlas, más sencillo se hace reconocer la amabilidad, el calor y la luz de la propia sabiduría interior.

Pero no podemos conocer su aspecto o su figura. Así como el glóbulo rojo no puede conocer cómo es el ser humano en el que vive porque no tiene los medios para acceder a esa dimensión, nuestra mente humana es demasiado pequeña para poder percibir esa vastedad. Por esta razón algunas religiones prohíben nombrar o representar a Dios a través de alguna imagen. Es una manera de decir que quien ha accedido a esa vastedad sabe que no puede abarcarla. Quien cree que la puede abarcar y entonces le da una forma es porque no la ha conocido. Esto conduce a cierta humildad natural que reconoce sus límites y sabe que puede reconocer la existencia de algo más vasto, que puede sentir su presencia pero no puede ir más allá.

¿Qué hacer si los consejos de Dios van en contra de nuestros intereses personales?

El alejamiento de Dios fue el inicio de un viaje de amor. La conciencia individual pretende, a través de la experiencia humana, conocerse a sí misma por completo y poder regresar así a la Unicidad con un conocimiento mayor. Ese es un supremo acto de amor que implica momentos de olvido, escisión, desconexión. De la fricción de esos momentos, de las peripecias humanas con su cuota de duda, dolor, aprendizaje, es que se va gestando el crecimiento de la conciencia individual. Cada vez que se inicia un movimiento humano de alejamiento del Orden Divino ya está implícito en él, con las vicisitudes y el tiempo que sea, el camino de retorno, con su aprendizaje y su crecimiento.

Todo está latiendo: la galaxia, la tierra, las células del propio cuerpo, la separación de Dios y el regreso a Él.
Se trata del latido creador del universo.

¿Sólo podemos comunicarnos con Dios rezando o meditando?

Es bueno distinguir el camino de la meta. Rezar o meditar son caminos pero no los únicos. Nos comunicamos con Dios cuando nos conectamos con la trama amorosa básica que nos constituye y de la cual estamos hechos. Y eso puede ocurrir en cualquier situación, generalmente cuando nos sentimos amando, ya sea a otra persona, o a la vida misma en cualquiera de sus formas.

¿De qué manera nos habla?

El código es muy personal. Esa sabiduría interior puede llegar a través de un sueño, de una imagen, de una palabra, de una resonancia distinta que se produce ante un mismo hecho habitual, y tantas otras formas… Y también es variable la contundencia con la que lo percibimos. A veces tenemos la clara certeza de su verdad, otras veces aparece como un susurro que nos invita en cierta dirección y que requiere de nosotros un acompañamiento para observar qué nos produce…es decir, que no es tanto una fotografía estática y definitiva sino más bien una película que se va desenvolviendo.

¿Sus respuestas tardan en llegar?

Lo que tarda es muy variable. Lo que sí es seguro es que el tiempo no depende, y muchas veces no coincide, con el de nuestro deseo personal.

¿Es pecado pedirle ganar más dinero?

De ninguna manera. Vivimos en un mundo físico y el dinero es un medio para obtener los objetos materiales que necesitamos para vivir en este mundo. Lo que es importante es descubrir qué hacemos con ese dinero, al servicio de qué lo ponemos. Si de la expansión, el disfrute y la cooperación, o al servicio del dominio y la explotación. De modo que el tema no es el dinero sino el uso que cada uno le da.

¿Qué sucede si desobedecemos sus consejos?

Por supuesto que no hay tal cosa como penitencia o castigo. Es una oportunidad más para observar cómo siguen los acontecimientos y realizar el aprendizaje hasta donde podamos. En este sentido es similar a ese relato en el que la abuela le dice al nieto: «No te sientes allí porque te vas a quemar«. Cuando la abuela se aleja, el niño, atraído por su curiosidad, va y se sienta. Estalla en llanto por el dolor, la abuela viene, se da cuenta de lo que pasó…, le dice: «¡Yo te avisé!» y le coloca una pomada donde se quemó. Tal vez ni hace falta que le dijera que le avisó. El niño ya hizo su aprendizaje, en otro escalón en donde por cierto hay mucho más dolor, pero es al que necesitó llegar para comprender lo que no entendía. Leer más…

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«Infierno», por José Mª Castillo, teólogo

martes, 29 de agosto de 2017
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36121459720_4b6ef97be6_zDe su blog Teología sin Censura:

Recientemente he publicado, en esta misma página, una memoria muy resumida de la excelente Semana Bíblica sobre el tema de «La Muerte«, que han explicado los profesores Alberto Maggi y Ricardo Pérez Márquez, del «Centro Studi Biblici G. Vannucci», de Montefano (Italia). En este Encuentro, yo intervine para exponer (de forma resumida) dos temas necesariamente relacionados (para los creyentes) con la muerte: el pecado y el infierno.

Confieso que me ha impresionado la reacción de muchos lectores de Religión Digital. No por la violencia y la agresividad de algunos de tales lectores, en sus comentarios, sino por la ignorancia que dejan patente en lo que dicen. Cuando una persona no tiene más respuesta que el insulto, para expresar su desacuerdo, es que carece de argumentos para rebatir lo que piensa que debe rechazar.

Pero vamos al asunto que interesa. Ante todo, el «infierno». En la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, no está definida, como dogma de fe, la existencia del infierno.

Lo que el Magisterio papal ha enseñado es que «quienes se van de este mundo en pecado mortal» se condenan (Denz.-Hün., 1002, 1306). Pero lo que no está definido en ninguna parte es que alguien haya muerto en pecado mortal. Ni de Judas se puede afirmar tal cosa. Porque trasciende este mundo. Y jamás ha estado, ni podrá estar a nuestro alcance. Por tanto, aunque en algunos documentos eclesiásticos aparezca la palabra «infierno», semejante término no pasa de ser una mera hipótesis, que nadie ha dicho que exista realmente.

Además -y esto es lo más elocuente- si el infierno existiera, solamente Dios lo podría haber hecho; y solamente Dios lo podría mantener. Pero realmente ¿es eso posible? El infierno, por definición, es un castigo. Y un castigo eterno. Ahora bien, un castigo -sea el que sea- se puede programar y realizar como medio o como fin. Como «medio», lo hacemos constantemente: se castiga para educar, para corregir, para evitar que un delincuente siga delinquiendo, etc. Pero, si el castigo es «eterno», en ese caso (único), no puede ser medio para nada. O sea, no tiene (ni puede tener) otra finalidad que hacer sufrir.

Pero en este supuesto, ¿se puede compaginar la bondad absoluta de Dios con la maldad absoluta que lleva en sí mismo el hecho de hacer sufrir sin otra posible finalidad que hacer sufrir?

Todo esto supuesto, no hay que calentarse mucho la cabeza para llegar a una conclusión: o creemos en Dios o creemos en el infierno. Armonizar ambas creencias, ocultando lo que interesa para «que cuelen», y sobre todo para meter miedo a los indefensos oyentes de tantos apasionados sermones de iglesia, eso es usar (y abusar) de Dios, para conseguir lo que a nosotros nos conviene.

Es verdad que, al negar la existencia del infierno, dejamos al descubierto el problema de la justicia divina. La justicia de la que echamos mano para explicarnos la solución última que tendrá la incontable cantidad de maldades que vemos y sufrimos en este mundo. Pero lo que, en este caso, tenemos que preguntarnos es, si no ocurre, más bien, que le cargamos a Dios que sea él quien haga la justicia que nosotros no tenemos ni la libertad ni el coraje de hacer.

Además, no es lo mismo el «delito» que el «pecado». Quienes, según sus creencias, se vean a sí mismos como pecadores, se las tendrán que ver con Dios. Pero, si somos honestos y coherentes, tendremos que aceptar que este mundo está tan destrozado y es causa de tanto sufrimiento porque somos nosotros los que permitimos y aceptamos que las leyes, la justicia y el derecho, no existan, en unos casos; no se apliquen, en otros, de manera que los incipientes e incompletos Derechos Humanos, que hemos llegado a redactar, en los asuntos de más graves consecuencias, se queden en meros enunciados que jamás se aplican en defensa de quienes tienen que soportar lo más duro de la vida.

¿Y le vamos a exigir a Dios que nos saque las castañas de fuego? ¿Para eso nos va a servir la religión? ¿Para exigirle a Dios que resuelva lo que nosotros tendríamos que resolver? Si este mundo está tan roto como está, no es porque Dios lo ha hecho así. Lo hemos hecho nosotros. Y a nosotros nos corresponde humanizarlo y hacerlo más habitable.

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“¿Qué decimos nosotros?”. 27 de agosto de 2017. 21 Tiempo ordinario (A). Mateo 16, 13-20

domingo, 27 de agosto de 2017
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b9eea6d5973bb9580b1be4a38a7ebf0d502089705bf52bb27b5a255eb565741bTambién hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?

José Antonio Pagola

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“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos”. Domingo 27 de agosto de 2017. 21º domingo de tiempo ordinario

domingo, 27 de agosto de 2017
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44-OrdinarioA21De Koinonia:

Isaías 22,19-23: Colgaré de su hombro la llave del palacio de David
Salmo responsorial: 137:
Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Romanos 11,33-36: Él es el origen, guía y meta del universo
Mateo 16,13-20:
Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

El texto de Isaías se refiere, con mucha probabilidad, a la época inmediatamente anterior a la primera deportación. Recordemos que como represalia a un intento de rebelión, el imperio babilónico exilió, en el año 597 a.e.c, a los miembros más prestantes de la sociedad y los trasladó a varias ciudades y campos de Mesopotamia. Esto significó un duro golpe para las pretensiones de la familia monárquica que se consideraba inamovible del trono.

La profecía de Natán que, en realidad, era una exhortación para que el rey se mantuviera fiel a la voluntad del Señor, se había convertido ya en la época salomónica en un recurso ideológico para legitimar el monopolio del poder. Al inicio del siglo VI la situación de Judá cambió completamente, con la entrada en escena del imperio babilónico, que pretendió crear un imperio mediante el sometimiento de todos los pequeños reinos y el control de las tribus dispersas por toda el llamado «Creciente Fértil». Jerusalén era sólo una fortaleza más a conquistar.

La profecía de David se dirige contra las pretensiones de la clase dirigente que se consideraba la propietaria perpetua del trono. El caso más patético era el de los primeros ministros, que remplazaban al rey en su ausencia. Estos personajes, casi siempre provenientes de la alta aristocracia, cobraban singular importancia cuando podían gobernar el país y darse todos los honores regularmente reservados al rey.

Parece que el mayordomo del palacio real de Jerusalén, llamado Sobna, se excedió en sus pretensiones y no se contentó con ostentar la ‘banda’ del rey sino que convirtió las llaves del palacio en símbolo de su creciente poder. Todas estas manifestaciones de arrogancia ponían en evidencia cuán arruinadas estaban las instituciones monárquicas y el grado extremo de decadencia en el que había caído la corte. Isaías pronuncia un oráculo de condenación contra este ministro presuntuoso, denunciando todas las arbitrariedades que había cometido y anunciándole cuál sería el final de todas sus hazañas. El que se había construido una tumba elegante moriría en un campo desolado en tierras extranjeras. La llave que el primer ministro ostentaba, terminaría en manos de otra persona más capaz. Los caminos del Señor no son los del individuo engreído y alienado. Todo lo que un sistema social construye sobre la explotación, el abuso del derecho y la falsedad, termina irremediablemente condenado a la insignificancia.

Pablo, haciendo eco de los himnos a la sabiduría, recuerda la distancia enorme que hay entre las absurdas pretensiones individualistas y megalómanas, y el sabio designio de Dios que dispone únicamente lo que es provechoso para el ser humano.

Esa contraposición entre las desmedidas pretensiones de ciertos individuos y grupos sedientos de poder y los insondables caminos del Señor, se hace patente en el episodio del evangelio. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Las respuestas nos sorprenden. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Parecería que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

Jesús sí es el Mesías, pero no el Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas Causas humanas. Jesús sí es el profeta; pero no el profeta que anuncia la supremacía de la propia religión o de la ideología de su grupo, sino el profeta del amor, la justicia y la paz.

Las tres lecturas nos muestran cuán impredecibles y certeras son las sendas de Dios y cuán caducos y esquemáticos son nuestros trillados caminos. El evangelio nos invita a aprender de Jesús cuál es el camino auténtico que nos conduce al Padre, porque «no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos». Leer más…

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25. 8.16. Pedro, la Roca. Una decisión de la Iglesia de Mateo

domingo, 27 de agosto de 2017
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20708066_841876389322888_6787966425053980405_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 21, A. Mateo 16, 13-20. Los judeo-cristianos apelaban a Santiago como intérprete de Jesús, fundamento de su iglesia. Muchos pagano-cristianos miraban a Pablo como pionero de la misión universal (Efesios), el iniciador del gran camino salvador de la Iglesia.

— Mateo asume las tradiciones más helenistas de Marcos y las integra en una iglesia que toma como base el judeo-cristianismo de Santiago, pero definiéndose a sí misma como auténtico Israel, pues en ella se cumple de un modo universal (abierto a todos) la verdadera ley judía (cf. Mt 5-7). De esa manera, él ha vinculado la tradición de Santiago (ley judía) y la de Pablo (apertura universal), y para ello, partiendo de Marcos y de la tradición de su Iglesia, recrea la figura y función histórica de Pedro.

— Ciertamente, este texto viene de Jesús, pero del Jesús pascual, tal como ha sido interpretado por Mateo, escribiendo así un evangelio universal, que asume las tradiciones opuestas de Santiago y Pablo, y las vincula en la figura y tarea de Pedro.

20729722_841877649322762_5672154457517123949_nLeído así, este pasaje supone que había posturas cristianas contrapuestas (simbolizadas por Santiago y Pablo), pero, a juicio de Mateo, no eran excluyente, pues habían quedado asumidas por Pedro que es, al mismo tiempo, testigo de la misión universal de Jesús (línea de Pablo) y garante de la ley judía (como Santiago).

Mateo no inventa esa función de Pedro, sino que interpreta y ratifica lo que ha sido su tarea al servicio de la iglesia, al asumir la misión universal de los helenistas (Pablo), y vincularla con la visión israelita de los judeocristianos, garantizando y fundando así la unidad de las iglesias, desde la confesión de Jesús como Cristo, Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Mateo habla pues del Pedro histórico, pero interpreta su función a la luz de su experiencia eclesial, unos veinte años después de su muerte, superando así la visión restrictiva de Mc 8, 29.

Texto. Primera parte

Mt: 16 13 Llegando a la zona de Cesárea de Felipe Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? 14 Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. 15 Él les preguntó: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? 16 Y, respondiendo, Simón dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente

Este pasaje recoge con algunas variantes la confesión de Pedro (cf. Mc 8, 27-30), tal como ha sido reinterpreta por la Iglesia:

Pregunta de Jesús, identificaciones: 16, 13-14. Los discípulos de Mc 8, 28 comparaban a Jesús con el Bautista, con Elías o algún otro profeta. Mt 16, 14 añade la figura de Jeremías, quizá porque le permite entender mejor a Jesús como profeta inmerso en una historia de sufrimiento al servicio de Dios. Elías era profeta de fuego y juicio, en la línea del Bautista. Jeremías, en cambio, es profeta de denuncia y entrega (muerte), en la línea del Jesús Mateo. Otros le han visto como nuevo Jeremías, no sólo por su sufrimiento, sino por su forma de criticar un tipo de culto del templo (cf. 21, 14 y Jer 7, 11).

Respuesta de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente (16, 15-16). Donde Mc 8, 29 decía “tú eres el Cristo”, Mt 16, 16 añade: “el Hijo de Dios Viviente”, destacando el carácter más elevado de su misión, pues no es simplemente mesías israelita, sino presencia radical y universal de Dios (cf. Mt 11, 25-30). Quizá por eso, al final de la escena, allí donde, según Mc 8, 30, Jesús prohibía a sus discípulos que hablaran de él, sin más matizaciones (=que no manipularan su figura), Mt 16, 20 les prohíbe que digan que es el Cristo de Israel (¡no que él es el Hijo del Dios Viviente!), porque la figura y función del Cristo puede ser manipulada.

Pedro define a Dios como Viviente, en contra de los dioses muertos o ídolos, siguiendo la más honda confesión israelita, en una línea que ha puesto de relieve la tradición de Pablo (1 Tes 1, 9; Rom 9, 26; 2 Cor 3, 3; 6,16; etc.), como hará la de Juan (cf. Jn 6, 57.6). Mateo y su comunidad asumen, una confesión que ratifica el carácter salvador de Jesús (Hijo de Dios) y el sentido de la iglesia, que supera un tipo de judaísmo nacional, una salvación que se extiende a todos los pueblos.

Jesús recrea de esa forma a Pedro y le presenta como receptor de una revelación que es la Roca fundante de la Iglesia. Mateo ha introducido para ello (entre Mc 8, 30 y 8, 31) una cuña poderosa (Mt 16, 17-19), que, en un nivel, parece ir en contra del contexto, pero que, en otro, desarrolla su sentido. Sólo más tarde (16, 20) retoma la prohibición de decir que Jesús es el Cristo (no de hablar de él, ni presentarle como hijo de Dios, cf. Mc 8, 31).

Texto, segunda parte:

Mt 16 17 Pero Jesús respondiendo le dijo: Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo te digo que tú eres piedra, pero sobre esta Roca edificaré mi iglesia, y las puertas del hades no prevalecerán sobre ella. 19 Te daré las llaves del Reino de los cielos: y lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

Esta inserción bien precisa, muy ajustada, define la identidad del evangelio de Mateo, con su visión de Pedro como intérprete del mesianismo de Jesús, en un momento clave de apertura eclesial a los gentiles. Estamos ante una doble confesión (Pedro confiesa a Jesús, Jesús a Pedro) que marca el centro del evangelio de Mateo, en un camino ascendente (de Pedro a Jesús Hijo del Dios viviente) y descendente (de Jesús a Pedro y a la iglesia) .

1. Tú eres el Cristo, el hijo del Dios Viviente. Revelación del Padre. Jesús empieza presentando a Pedro con su nombre oficial: “Bienaventurado eres tu Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (16, 17). Se llamaba Symeôn (cf. Hch 15, 14 y en 2 Ped 1,1), nombre que ha sido helenizado como Simón (Si,mwn, cf. Mt 4, 18; 17, 25), y su padre era Jonás (=Juan, cf. Jn 1, 41-42; 21, 15). Pues bien, ese Simón hijo de Juan ha sido destinatario de una revelación superior, que no proviene de la carne y sangre (es decir, de los poderes normales de la inteligencia humana), sino del mismo Dios Padre de Jesús.

Esta revelación es para Mateo un (=el) acontecimiento definitivo del despliegue de la Iglesia, en la línea de 11, 25, donde se hablaba del misterio de Dios, escondido para los grandes y prudentes, pero revelado a los pequeños, entre los que sobresale Simón, como objeto de una revelación comparable a la que se atribuye personalmente Pablo (cf. Gal 1, 16). Como he dicho en la introducción, Pedro aparece así como receptor de una revelación semejante (superior) a la de Pablo, y como fundamento de la Iglesia, por confesar a Jesús como el Cristo, Hijo del Dios Viviente .

Esta iglesia de Simón había corrido el riesgo de perder su identidad en la disputa entre judaizantes (=nomistas) y partidarios de la separación total respecto al judaísmo. Pero el mismo Dios Padre le ha revelado que Jesús es no sólo el Cristo, en una línea que podría ser discutida, quizá como en Mc 8, 20 (en la línea del Hijo de David según la carne, de Rom 1, 3), sino el Hijo de Dios Vivo (16, 16:,en la línea del Hijo de Dios, por la resurrección, de Rom 1, 4). Éste es el principio de la identidad cristiana, el objeto de la revelación definitiva, un tema que la primera tradición ha puesto en el centro de su fe.

Jesús no es un Hijo en general, sino el Hijo, en absoluto (ho uios), revelación definitiva, el mismo Dios en la historia humana. Éste es el centro de la confesión, que la primera carta de Pablo ha vinculado a la llegada del fin de los tiempos (1 Tes 1, 9-10), el punto de partida de la fe pascual de los creyentes, conforme a la confesión central de Rom 1, 3-4, la gran revelación proclamada por los grandes teólogos testigos: Pablo (Gal 4, 4; Rom 8, 3. 32) y Juan (3, 16-17) .

Por gracia de Dios Padre, Simón Baryona ha formulado de manera definitiva la fe cristiana, confesando que Jesús es el Cristo, Hijo del Dios Viviente, vida encarnada del mismo Dios. Ésta ha sido según Mateo la revelación pascual de Simón, el principio de la fe cristiana, como de algún modo ha reconocido incluso Pablo, cuando ha presentado como primera la “aparición” pascual de Cefas, en el principio de la fe de la Iglesia (2 Cor 15, 5). Es muy posible que Mateo esté evocando aquí esa primera revelación, realizada de un modo especial por “mi Padre que está en los cielos”, sobre todos los poderes de la carne y de la sangre (cf. en esa línea Mt 1, 18-25; 3, 17; 11, 22-27 y 28, 16-20).

Estas dos revelaciones especiales de Dios, una a Simón (Mt 16, 17-19) y la otra a Pablo (Ef 2-3), se han formulado desde perspectivas complementarias, de manera que han de verse unidas, pues se vinculan con dos de los grupos más significativos en la vida y conciencia de la Iglesia: un grupo ha fundado su experiencia y tarea en la revelación de Pablo, que habría recibido el encargo de Dios para iniciar la misión de Jesús a los gentiles (Efesios); otro en la experiencia y compromiso de Pedro (según Mateo), como he puesto de relieve en la introducción de este comentario. Lasdos revelaciones (de Pedro y Pablo) abren un espacio y camino de universalidad no excluyente, de manera que pueden vincularse y enriquecerse entre sí, aunque cierta Iglesia posterior haya dado primacía a la de Pedro y una parte considerable de la exégesis haya insistido más en la de Pablo.

20729276_841875825989611_3697320692019792147_n2. Tú eres una piedra (16, 18). Como he mostrado en la introducción de este libro, pienso que la fórmula más antigua es la de Efesios, y que Mateo responde de alguna forma a ella; ciertamente, no niega la versión efesina de Pablo, pero la matiza y completa, en un contexto más judeo-cristiano, desde Antioquía, para indicar que la revelación de Pedro es anterior y más amplia, pues Simón Baryona ha sido el primero en confesar a Jesús resucitado como Cristo (1 Cor 15, 5), de manera que su confesión de fe ha sido de hecho fundamento de una Iglesia (en la que se inscribe la misión de Pablo). Sea como fuere, ambas declaraciones (petrina y paulina) se han vinculado, y han sido acogidas en el único canon del NT, sin que las iglesias hayan visto contradicción entre ellas.

Jesús ha empezado diciendo Bienaventurado eres Simón, evocando su nombre completo y oficial, que le define como “hijo de Yona” (=Jonás, Juan; cf. Jn 1, 42; 21, 15-17). Éste Simón lleva el nombre del segundo de los patriarcas (hijos de Israel/Jacob), y su padre es Juan/Yona. Al presentarle así, con una bienaventuranza personal (cosa que el NT sólo atribuye además de él a la madre de Jesús: Lc 1, 45. 48; cf. 11, 27), Mateo anuncia la importancia de lo que va a decir (como revelación especial de Dios Padre: cf. Mt 16, 17).

Y yo te digo: tú eres una piedra (petros sin artículo, 16, 18). Es muy posible que Jesús haya puesto a Simón ese nombre (Cefas, pe,troj, Piedra, Pedro) en el tiempo de su vida (cf. Mc 3, 16; Jn 1,42), destacando así (quizá irónicamente) su dureza o también su falta de estabilidad, como guijarro del camino, canto rodado del arroyo, piedra de escándalo/tropiezo (como recordará Mt 16, 23), aunque, paradójicamente (por una inversión común en el Nuevo Testamento) ese nombre haya recibido después un sentido positivo. En su forma aramea (Cefas, apak) aparece sin traducción en ocho pasajes significativos de Pablo (1 Cor 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 8.11.14), que reconoce así la singularidad de Cefas, a quien una vez llama también Petros, en griego (Gal 2, 7), lo que indica que ese nombre/apodo era bien conocido en las comunidades.

‒ Pedro ¿nombre personal o apelativo impersonal: el piedra? No es fácil responder. Ciertamente, Petros, Piedra, termina apareciendo como nombre propio de Simón, en la tradición (de Mc 8, 19 a Hch 15, 7; de Mt 10, 2 hasta Jn 21, 21. Es el nombre más utilizado en Mateo (15 veces), y fue sin duda muy importante en las iglesias, pudiendo tener un sentido positivo (la piedra es dura), pero también negativo o irónico, pues las piedras son cantos rodados de camino, sin estabilidad, causa de escándalo, tropiezo o caída .

Parece claro que petros/Pedro fue ya el apodo que Jesús quiso darle a Simón, pero no es seguro que tenga un sentido positivo, pues puede suponerse que Jesús dice a Simón algo así como: Tú eres sólo un petros (pe,troj), simplemente una piedra. Eso parece haber sido Simón en principio, para Jesús y para la comunidad más antigua. Pero Mateo añade ahora que él ha recibido una revelación especial ¡definitiva! de Dios, de tal forma que por ella (por don del Padre), por su confesión de fe, sin dejar de ser petros/guijarro, él se ha convertido en Pe,tra/Roca firme de la fe, cimiento de la Iglesia de Jesús.

3. Y (pero) sobre esta Roca… (Petra: 16, 18). En sentido estricto, Simón es petros, piedra, y ese apodo parece haber sido originalmente ambiguo, de tipo irónico (piedra movediza, guijarro sin estabilidad ni fundamento). Pues bien, paradójicamente, a través de un proceso que vemos también en otros casos, lo que empieza siendo palabra de ironía o condena tiende a convertirse en expresión de dignidad y distinción, de manera que lo más débil (un petros/guijarro) viene entenderse en otro plano como roca de la fe. En esa línea, escribiendo este pasaje en torno al 85 dC, Mateo ha querido vincular con ese apodo, petros/Pedro, en masculino, otro más significativo, que es petra/Roca en femenino, con el sentido de peña o fundamento firme (como en Mt 7, 24), palabra que la tradición de Pablo había relacionado ya con Cristo (cf. 1 Cor 10, 4). Leer más…

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