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“¿Nacemos por casualidad, vivimos por inercia y morimos por accidente» (Sartre). O ponemos un principio y fundamento (S Ignacio)?

domingo, 31 de julio de 2022
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42301465-947E-4AEF-94BA-6BE54ABEC5A6Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre: 

01.- San Ignacio y su tiempo

San Ignacio vivió en el siglo XVI, siglo y tiempos recios como decía JI Tellechea en su biografía de San Ignacio. Es la época en la que comienza la modernidad (Galileo, Copérnico…) son los tiempos de Lutero, del Concilio de Trento, de San Ignacio. En la Iglesia existía una gran corrupción y se imponía una Reforma que no terminaba de llegar desde Roma.

Finalmente la Reforma se desencadena en el norte de Europa, en Alemania, promovida por Lutero, “padre” del protestantismo naciente contra el que reaccionará Roma con su Contrarreforma tridentina.

    Como fruto de la Contrarreforma (Trento) fueron surgiendo diversos movimientos e instituciones católicas con la buena finalidad de elevar un poco el nivel de una iglesia que se encontraba en una situación peor que decadente. Surgen varios movimientos sacerdotales: los jesuitas, el oratorio de sacerdotes de San Felipe de Neri (1515-1595), un poco más tarde los sacerdotes vicencianos (San Vicente de Paúl, 1576-1660), la Escuela sacerdotal francesa de San Sulpice del padre Olier ya en el siglo XVII, el movimiento sacerdotal promovido por el cardenal Bérulle (1575-1629), a su vez impulsado por San Francisco de Sales. Los jesuitas, fundados por san Ignacio (Compañía de Jesús) contribuirán también a esta reforma en la Iglesia.

02.- Principio y fundamento

    S Ignacio contribuyó a su tiempo y a la historia de la Iglesia con los “Ejercicios Espirituales”. Sobre todo la primera meditación: principio y fundamento.

Francisco Javier y toda la espiritualidad ignaciana se cimentarán en esta Roca que es Dios.

El fundamento de la existencia es Dios.

    Hoy en día vivimos en la llamada postmodernidad: después de lo moderno, después de la modernidad. Cultualmente vivimos en una gran frivolidad, superficialidad.

Han caído lo que llamábamos “grandes relatos”: el Éxodo, la libertad, incluso la justicia, la religión, etc. Y en estos tiempos que vivimos lo que nos interesa es el “relato pequeño”. A mí dame un buen sueldo a fin de mes, unas buenas vacaciones y déjame de libertad, de justicia, de idealismos, de patria, de honradez, de Dios, etc…

Podríamos aplicarnos aquello que decía JP Sartre (1905-1980) en su novela “La Náusea”: «Nacemos por casualidad, vivimos por inercia y morimos por accidente. Somos una pasión inútil«.

Nos hemos quedado sin principio ni fundamento. No tenemos cimiento, roca en la que cimentar nuestra vida. En lenguaje coloquial podríamos decir que “no tenemos fundamento” ni en la vida ni en la muerte.

    Hace unos días decía el presidente Sánchez que su pretensión (la de su gobierno) era hacer la vida más fácil. Yo creo que se trata de hacer una vida más digna, más fundamentada, mejor anclada, con criterios idealistas sanos y fuertes. Una vida blanda no vale mucho la pena.

    La vida no es un pasatiempo. Nos hará bien fundamentarla.

03.- También hoy la Iglesia necesita una gran reforma.

 El obispo de Roma: Francisco.

    Es evidente que la iglesia actual necesita una Reforma del peso y talante de la del siglo XVI.

El papa Francisco, jesuita, intenta como buenamente puede –y le dejan-  llevar adelante otra reforma con la cuestión de la sinodalidad.

Francisco podrá hacer mucho o poco. El tiempo, la historia y el bloque de cardenales, obispos, laicos y movimientos religiosos contrarios a Francisco dirán. (Es penoso el documento sobre la sinodalidad que ha sacado la Conferencia episcopal española).

Pero los gestos y símbolos de Francisco, su Magisterio  son más evangélicos: los pobres, vivir en Santa Marta y no en las estancias pontificias, la reducción de protocolos litúrgicos y políticos, “menos doctrinarismo” y mayor acercamiento a los pobres, su preocupación continua por los emigrantes, su viaje a Canadá para pedir perdón a los indios y por la pederastia, la cuestión de los homosexuales, la empatía con la laicidad del Estado, la firme voluntad de cambio, de renovación y saneamiento de la Curia, de la Iglesia. Por otra parte, no hay homilía o discurso en el que no haya una palabra del Dios de misericordia.

    Según me parece, Francisco podrá lograr poco, por lo que, quizás, habremos de quedarnos en el buen espíritu y tono vital-eclesial del papa Francisco. En mi opinión no se conseguirá mucho, pero no perdamos la memoria de que las cosas fueron y pueden ser de otro modo.

    Hoy en día, como en tiempos de San Ignacio es necesaria una Reforma en la contrarreforma que surgió después del Concilio Vaticano II, un saneamiento a fondo de tantas cuestiones eclesiásticas que no tiene nada que ver con el Evangelio de Jesús.

Como san Ignacio habremos de volver al principio y fundamento que no es el mundo eclesiástico, sino Dios.

¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios? (Romanos 8)

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El poder de la oración.

sábado, 30 de julio de 2022
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¡Cómo quisiera, amigo de Dios, que estuvieras siempre lleno del Espíritu Santo en esta vida! ¡Os juzgaré en aa condición en que os encuentre!, dice el Seńor [cf. Mt 24,42; Me 13,33-37; Lc 19,12ss). ¡Ay de nosotros si nos encuentra cargados de preocupaciones y fatigas terrestres!

Es cierto que toda buena acción hecha en nombre de Cristo confiere la gracia del Espíritu Santo, pero la oración lo hace más que cualquier otra cosa, ya que siempre está a nuestra disposición.

Podrías sentir el deseo, por ejemplo, de ir a la iglesia, pero la iglesia está lejos o bien han acabado los oficios; podrías sentir deseos de hacer limosna, pero no encuentras a ningún pobre o bien no tienes monedas en el bolsillo; es posible que quisieras encontrar alguna otra buena acción para hacerla en nombre de Cristo, pero no tienes fuerza suficiente o bien no se te presenta la ocasión; nada de todo esto, sin embargo, afecta a la oración: todo el mundo tiene siempre la posibilidad de orar.

Es posible valorar la eficacia de la oración, hasta cuando es un pecador el que la hace, si la hace con un corazón sincero, a partir de este ejemplo que nos refiere la santa Tradición: al oír la imploración de una madre desgraciada que acababa de perder a su único hijo, una prostituta, que había encontrado por el camino y se sentía conmovida por la desesperación de aquella madre, se atrevió a gritar al Seńor: ¡No por mí, indigna pecadora, sino a causa de las lágrimas de esta madre que llora a su hijo y sigue creyendo en tu misericordia y en tu omnipotencia, resucítalo, Seńor! Y el Seńor lo resucitó. Amigo de Dios, éste es el poder de la oración

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I. Garainof, Serafin de Sarov,
Milán 1995, p. 161.

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¿Podemos aún llamar “Dios” a lo que inspiró a Jesús?

viernes, 29 de julio de 2022
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jesus-hipsterDel blog de José Arregi Umbrales de luz:

Texto prolongado de mi intervención en la Consulta Internacional online Por un humanismo bioecocéntríco. ¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús? (5 de junio de 2022)

¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús al humanismo bioecocéntrico? No un plus de valores, ni un fundamento exclusivo, sino la inspiración de Jesús, la inspiración que lo movió y que emana de su figura humana, de sus actitudes y opciones vitales, de sus relaciones y prioridades, de sus palabras libres y de sus acciones liberadoras.

1. Como toda inspiración, como el aire que respiramos y espiramos, la inspiración de Jesús es universal y particular a la vez. Es universal, porque transciende toda forma física, psíquica, cultural; pero es también inevitablemente particular, parcial, y se expresa en una forma, en una vida, en una historia humana concreta, cuya memoria ha sido transmitida de manera libre, creativa, plural, no supeditada a la “verdad historiográfica”, en un rico lenguaje simbólico, complejo y coherente: mesianismo, liberación universal, sanación, fraternidad-sororidad, filiación divina, comensalía abierta, pan y vino, bienaventuranzas, justicia y paz universal, gracia, perdón, cielo nuevo y tierra nueva, encarnación, resurrección, cristificación, etc…

Ninguno de estos y otros motivos simbólicos por separado es exclusivo de la tradición de Jesús (casi todos provienen de la tradición judía), pero juntos forman un corpus lingüístico, narrativo, característico, e insisto: plural. Son palabras, figuras, relatos… que pueden reavivar una Presencia, infundir una inspiración, iluminar la conciencia e impulsar la acción. Pueden evocan y despertar la inspiración de Jesús, lo que le inspiró a él y lo que él nos inspira.

2. ¿Qué inspiró, pues, a Jesús? A Jesús le inspiró “ESO” mismo que anima al cosmos, la vida y también, por lo tanto, el compromiso en favor de un humanismo bioecocéntrico, un humanismo centrado en la vida de todos los vivientes y en la comunión de todos los seres. A ESO –el Espíritu que, según el mito del Génesis, vibraba o aleteaba sobre las aguas primordiales, es decir, el aliento profundo de la vida y de todo lo que es– Jesús lo llamaba “Dios” (Elohim) con diversos calificativos como Señor, Creador, Rey, Abbá… Y mi pregunta es: ¿podemos hoy todavía calificar a ESO con los mismos calificativos de Jesús? Es más: a ESO, a la hondura de la realidad, ¿podemos todavía llamarle también “Dios”?

Pero quede claro desde el principio: si la respuesta a la pregunta señalada fuese afirmativa, ello no significaría de ningún modo que el cosmos, la vida y el compromiso ético-político-ecológico carezcan de aliento profundo si negamos a “Dios” (una afirmación absurda que, sin embargo, sigue siendo muy frecuente en el discurso de muchos creyentes, teólogos y dirigentes eclesiásticos); significaría más bien lo contrario: que al aliento profundo o a lo más real de cuanto existe también se le podría llamar “Dios” (“Quien permanece en el amor permanece en Dios”: 1 Jn 4,16). Pero ¿es legítimo seguir todavía llamándolo así?

3. La palabra Dios es la más equívoca de todos los diccionarios. Es signo de contradicción no solo para quienes lo afirman como lo más real, sino también para quienes lo niegan como enteramente irreal. Quienes dicen “creer” en “Dios” creen en cosas muy distintas, incluso contradictorias; igualmente, quienes rechazan a “Dios” rechazan cosas muy diversas; y sucede a menudo que lo que afirman muchos llamados creyentes tiene poco que ver con lo que niegan muchos llamados ateos, y viceversa.

En estas condiciones de confusión, ¿merece la pena seguir hablando todavía de “Dios”? Es discutible, lo reconozco, pero personalmente –es una opción personal–, a pesar de todos los equívocos, pienso que sí. Y pienso que sí por tres razones fundamentales: en primer lugar, porque la palabra Dios, con todos sus equívocos, está ahí en todos nuestros diccionarios, y en nuestro lenguaje desde milenios antes que los diccionarios; en segundo lugar, porque, para lo mejor y también para lo peor, esa palabra forma parte inseparable de mi historia de la que no quiero renegar y que tampoco quiero canonizar; y, en tercer lugar, porque pienso que cualquier circunloquio con que quisiéramos reemplazar el término Dios no sería menos equívoco que éste.

4. En este tiempo de transición hacia un paradigma posteísta o transteísta, y a pesar de la certeza que albergo de que un día –seguramente más pronto que tarde– la imagen tradicional de Dios como Ente Supremo personal extrínseco al mundo y tal vez la misma palabra Dios desaparecerán, a pesar de ello, hoy todavía no descarto su uso. Dependiendo de cómo me siento o dónde o con quién me halle, no renuncio a decir “Dios” para referirme, no a ningún Ente Supremo omniexplicativo, sino al Misterio universal. No absolutizo ninguna palabra, menos aun la palabra Dios, porque el Misterio absoluto conlleva la radical desabsolutización de todo vocablo, de toda doctrina, de toda imagen.

Tampoco pretendo que todo el mundo atribuya a la palabra Dios el mismo significado, pues el significado cambia sin cesar, y Dios está más allá de todos los significados de los diccionarios y de los credos. Dígalo, pues, cada cual con los términos y las figuras que más sugerentes y razonables sean para él, de la manera que le resulte más coherente con su visión, su lenguaje, su gramática del mundo. Y aun cuando hablemos lenguajes distintos y tracemos significados diversos, en la medida en que el espíritu o el alma de la vida nos inspiren, todos respiraremos el mismo Aliento, todos nos entenderemos en lo Incomprensible más allá de la palabra.

Hoy, domingo 5 de junio de 2022, la liturgia católica celebra Pentecostés(“quincuagésimo” en griego), heredera de la fiesta judía de Shavuot, la fiesta primaveral de las “primicias” o de las primeras gavillas de la cosecha, 50 días después de la Pascua, la fiesta en que también celebraban la entrega por Dios a Moisés de las tablas de la Ley de la libertad. Pentecostés significa que la vida renace como el grano que se convierte en tallo, espiga y grano, en gavilla y en pan. La vida conlleva transformación, libertad y comunión, mientras que la fijación de una forma significa parálisis y conduce a la muerte, a la disgregación del organismo viviente. Pentecostés es, por lo demás, lo contrario de Babel: en Babel, la imposición de una única lengua, la lengua imperial, conduce a la confusión universal; en Pentecostés, cada uno habla su lengua, pero todos se encuentran en lo Indecible, en la lengua de fuego que habita y transciende toda lengua hecha de palabras.

5. Toda palabra es histórica. También, y sobre todo la palabra por antonomasia, Dios, que viene del latín Deus, que viene del griego Theos, que viene del sánscrito Deva, que viene de la raíz deiv, que significa “resplandor”… y ¿de dónde viene el resplandor? El resplandor es el origen de todas las imágenes, pero no está sujeto a ninguna imagen, a ningún “dogma” (que significa opinión y apariencia). Como todos los términos que se refieren a Dios, también todas sus imágenes tienen su origen en una época, una cultura, una forma de vida.

Digamos, pues, lo Inefable con libertad de pensamiento, de imaginación y de palabra. Y no nos precipitemos en censurar y condenar a nadie como “hereje” porque utilice otras palabras e imágenes para decir lo que no sabemos ni podemos aprehender. No hay ortodoxia que no haya sido antes una “herejía”, que significa “elección”. No hay lenguaje sin herejía, sin elección (siempre condicionada) de una manera de pensar y de hablar.

Jesús fue hereje, hizo opciones libres y arriesgadas, antes de que su movimiento herético se convirtiera en una religión, con su inevitable división de fieles e infieles (se llama “fieles” a los “nuestros”, a quienes optan por hablar o actuar como nosotros, e “infieles”  a los “otros”, los de fuera). Pablo fue hereje antes de que él mismo condenara a quienes no pensaban como él. Tomás de Aquino fue sospechoso de herejía, como el Maestro Eckhart, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila o Ignacio de Loyola. Lutero fue condenado y recondenado como hereje maldito, pero en el Instituto Católico de París, en los años 80 del siglo pasado, aprendí de Daniel Olivier, sacerdote católico y máxima autoridad mundial en la historia, la obra y el pensamiento del gran reformador, que éste ha sido el mejor teólogo de todos los tiempos.

7. ¿Qué lograron las autoridades eclesiásticas que condenaron a la hoguera a Margarita Porete, Giordano Bruno o Miguel Servet? ¿Qué lograron las autoridades judías de Ámsterdam que expulsaron a Spinoza y las autoridades católicas que le acusaron de panteísta e introdujeron sus obras en el Índice de los libros prohibidos, y los papas que silenciaron a Teilhard de Chardin, Edward Schillebeeckx, Bernard Häring y Hans Küng, porque hablaron de Dios, del mundo y de la vida de una forma nueva? ¿Qué lograron las iglesias protestantes que, ofuscadas por el prestigio teológico de K. Barth, relegaron a Bonhöffer, Tillich, Robinson o Spong, que tomaron en serio la “muerte de Dios” del teísmo tradicional?

Lograron que la inmensa –y creciente– mayoría de las mujeres y de los hombres de nuestro tiempo hayan identificado a Dios con un Ente Supremo omnipotente, arbitrario y alienante, y que, en consecuencia hayan desterrado –expulsado de su tierra, hecha de paraísos y de infiernos– no solamente la palabra Dios, lo que no tendría importancia, sino también todo aquello que asocian a “Dios”, como, por ejemplo, el riquísimo legado espiritual, simbólico, literario, ritual, ético, vital de las tradiciones religiosas teístas. Y ese destierro podría ser una pérdida para vivir y encarnar “poética” o creadoramente, inspiradora y liberadoramente, la Hondura de lo real.

8. Yo también me reconozco ateo del “Dios” que niegan los ateos de ayer o de hoy, pero pienso que la palabra Dios no designa ni sugiere únicamente lo que la religión dogmática y el ateísmo dogmático niegan.

Cuando digo “Dios”, distingo el significado del término –que puede ser diferente para cada uno– y el referente –que transciende todas los conceptos y sus significados–. Cuando digo “Dios”, me refiero a la Realidad primera o última; no a una determinada realidad junto a otras realidades, no a un Ente o a una Forma, no a Algo ni a Alguien, a un objeto distinto de otros objetos, sino a Aquella/Aquel/Aquello –más allá de todo género y número– que hace que todo lo real sea, vaya siendo, se vaya haciendo; al Fondo de todo lo real, que es en todo, que no es nada de nada, sino la Nada que es Todo en todo.

Cuando digo “Dios”, no me refiero a “una Persona Absoluta” distinta de otras personas, de modo que “Dios” y yo seríamos dos, sino a la Interioridad sin exterioridad, a la Alteridad sin división, al Tú que es cada yo para sí, al Yo que encontramos en cada tú –en una persona, en un perro, en una hoja, en una gota de agua–, a Esa/Ese/Eso que no es “personal” ni “impersonal”, sino más que personal, “suprapersonal” o “transpersonal” (como enseñaron Tillich, Schillebeeckx, Küng…).

Cuando digo “Dios”, me refiero a la Relación universal que nos funda y sostiene a todos los seres, que hace que todas las cosas estén unidas y que cada cosa sea también Todo. Al Misterio de Relación que puedo invocar como el Tú originario, el Tú más profundo, el Tú suprapersonal que admiro, venero e invoco en todo tú: en el rostro humano y en todo animal, en el árbol, la fuente, la montaña y el firmamento sin fin.

Cuando digo “Dios”, me refiero al Misterio inefable, a la Realidad fontal, a la posibilidad creadora que emana de cada partícula y de cada átomo, de las galaxias en formación y del universo en expansión. Cuando digo “Dios”, me refiero a la creatividad ilimitada y perenne, a la energía originaria eterna e inagotable, al campo electromagnético eterno y ubicuo de cuya chispa se produjo el Big.Bang (incontables Big-Bangs tal vez) y brotó la luz y se creó este universo o incontables universos que siguen creándose.

Cuando digo “Dios”, me refiero al Espíritu o Aliento o Alma de la vida que “anima” el mundo, a la Bondad creativa o al Amor más fuerte que el ego y la muerte, a la Conciencia cósmica eterna en la que todo es y que todos los seres encarnan, mejor, que podemos ir encarnando, dándole forma y cuerpo, o haciéndolo ser más plenamente en una evolución sin comienzo ni término temporal.

9. Vivir humanamente, con hondura, es dejar que nuestra vida en general (sentimiento y conocimiento, palabra y praxis inseparablemente), y el humanismo bioecocéntrico que nos proponemos en particular, sea animado, alentado, inspirado. La experiencia de Dios, con este u otro nombre o sin nombre alguno, consiste en el aliento vital profundo que inspira o mueve nuestro deseo y nuestra opción hacia la bondad creativa, que nos impulsa al silencio profundo, a la contemplación admirativa, al respeto de cuanto es, a la compasión personal y política para con todos los heridos.

Esa es la experiencia profunda que movió a Jesús de Nazaret, de acuerdo a los relatos evangélicos, canónicos o apócrifos, en los que las primeras comunidades del movimiento cristiano plasmaron su recuerdo de Jesús de manera libre, creativa y plural. En un mundo en el que todo se vuelve epifanía o símbolo revelador del Todo, miro a Jesús como figura y símbolo de la encarnación del Fuego, del Eros, del Ágape que puede conducir el mundo a una mayor libertad y a una mayor comunión.

No necesito, sin embargo, afirmar a Jesús como la única ni como la perfecta ni siquiera como la más perfecta encarnación del fuego divino creador. Pero es para mí la figura más cercana y familiar que me inspira y me anima a encarnar el Aliento universal que le inspiró a él, que le animó a querer vivir la libertad solidaria y a encontrar ahí su bienaventuranza.

Tampoco necesito seguir imaginando a Dios como Jesús lo imaginaba, porque su imagen de Dios –junto toda su cultura– fue histórica, relativa, inacabada, abierta, como la nuestra. Quiero más bien dejarme llevar por el mismo Espíritu que le impulso a él a vivir como vivió: acompañando a los marginados, compartiendo la mesa, levantando a los caídos, sanando a los heridos, siendo hermano de todos empezando por los últimos.

10. Y no me siento sujeto ni a la historia particular de Jesús, ni a la letra de sus enseñanzas, pues él fue innovador de lo recibido y liberador de cadenas. Y decía: “Levántate y camina”.

Por eso, los “seguidores de Jesús” no tienen por qué expresar la inspiración que emana de Jesús con el mismo lenguaje en todos los lugares y tiempos. No tienen por qué sentirse sujetos a las creencias y a los dogmas referidos a Jesús, pues no hay creencias ni dogmas inamovibles, sino lenguajes abiertos, plurales, siempre en camino y en diálogo. Las primeras comunidades cristianas son el mejor ejemplo de libertad creativa y plural en la manera en que entendieron y transmitieron la memoria de Jesús. Nunca confesaron la “divinidad” de Jesús como esencia o naturaleza divina singular, una divinidad distinta de la humanidad, sino como la hondura humana y, por lo tanto, vocación universal de todos los seres humanos. Y lo dijeron de maneras muy distintas e incluso contradictorias, y nunca convirtieron su confesión de la divinidad en dogma inamovible. En definitiva, todos los dogmas y doctrinas cristológicas a lo largo de los siglos (divinidad, preexistencia, concepción virginal, muerte sacrificial, resurrección, ascensión, presencia eucarística “real” en oposición a “simbólica”…) se resumen en aquello que los Hechos de los Apóstoles ponen en boca de Pedro, pescador de Galilea: “Pasó la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hch 10,38). Todo lo demás son añadiduras.

Aizarna, 5 de junio de 2022

 

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«»Dios, el gran silencio del universo», por Juan José Tamayo Acosta, teólogo.

jueves, 28 de julio de 2022
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Jose-Saramago_2462463765_16105687_660x371«Mis encuentros con José Saramago»

«Estamos celebrando el centenario del nacimiento del escritor portugués José Saramago, ateo convencido. Efectivamente, la vida y la obra de Saramago fueron una permanente lucha titánica con-contra Dios»

«Muchas son las definiciones de Dios con las que me he topado. Pero, sin duda una de las más bellas definiciones de Dios es la de Saramago: ‘Dios es el gran silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio'»

«Siempre se declaró ateo, y desde su ateísmo fue un crítico impenitente de las religiones, de sus atropellos, de sus engaños, sobre todo de las guerras y cruzadas convocadas, legitimadas y santificadas por ellas en nombre de Dios»

«Durante los últimos cinco años de su vida tuve el privilegio de disfrutar de su amistad y compartir experiencias de fe e increencia, de solidaridad y trabajo intelectual, en total sintonía. Cabe destacar el sentido solidario de la vida que le caracterizó. Por eso me atrevo a aplicarle el nombre de ‘Buen Samaritano’, parábola liberada de toda connotación religiosa»

Estamos celebrando el centenario del nacimiento del escritor portugués José Saramago, que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1998 por su capacidad para “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. Y lo estamos haciendo con diferentes actividades en reconocimiento a una de las figuras más señeras de la literatura del siglo XX en el horizonte ético de la liberación de los pueblos oprimidos, con los que siempre se mostró solidario y a quienes defendió de los imperialismos y supremacismos. El pasado 18 de junio celebramos otra efeméride significativa: los doce años de su fallecimiento, que dejó un gran vacío y una orfandad difícilmente superable en el mundo literario no solo hispano-portugués, sino también a nivel mundial y en terreno de la ejemplaridad moral.

El 30 de mayo pasado celebramos un “Acto literario en recuerdo del Premio Nóbel: JOSÉ SARAMAGO. ÉTICA Y LITERATURA”, organizado por la Fundación Siglo Futuro, con sede en Guadalajara, en el que intervinimos: Juan Garrido, presidente de ls Fundación Siglo Futuro, Pilar del Río, periodista, esposa del Premio Nóbel y presidenta de la Fundación José Saramago, Nativel Preciado, periodista y escritora, Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz, y yo mismo. En este este artículo voy a desarrollar algunas de las ideas que expuse en dicho evento en el que participaron 200 personas.

Durante los últimos cinco años de la vida de Saramago tuve el privilegio de disfrutar de su amistad y compartir experiencias de fe e increencia, de solidaridad y trabajo intelectual, en total sintonía. Dos fueron los momentos especiales de dicho disfrute y un tercero que no pudo celebrarse.

«Dios es el gran silencio del universo»

El primero tuvo lugar en Sevilla en enero de 2006. Caminábamos por las calles sevillanas José Saramago, su esposa la periodista y traductora de sus obras al castellano Pilar del Río, la pintora Sofía Gandarias y yo en dirección del Paraninfo de la Universidad Hispalense para participar en un Simposio sobre Diálogo de Civilizaciones y Modernidad. A las 9 de la mañana, al pasar por la plaza de la Giralda, comenzaron a repicar alocadamente las campanas de la catedral de Sevilla –antes mezquita, mandada construir por el califa almohade Abu Yacub Yusuf-.

“Tocan las campanas porque pasa un teólogo”, dijo Saramago con su habitual sentido del humor.

-“No –le contesté en el mismo tono- repican las campanas porque un ateo está a punto de convertirse al cristianismo”.

En ese diálogo fugaz, la respuesta de Saramago no se hizo esperar:

Eso nunca. Ateo he sido toda mi vida y lo seguiré siendo en el futuro”.

De inmediato me vino a la mente una poética definición de Dios que le recité sin vacilar:

-“Dios es el gran silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”.

-“Esa definición es mía”, reaccionó sin dilación.

-“Efectivamente, por eso la he citado –le contesté-. Y esa definición está más cerca de un místico que de un ateo”.

Mi observación le impresionó. Nadie le había dicho nunca nada parecido y le dio que pensar, sin por ello dejarse embaucar por mi ocurrencia. Efectivamente, la vida y la obra de Saramago fueron una permanente lucha titánica con-contra Dios. Como lo fuera la del Job bíblico –al que Bloch llama “el Prometeo hebreo”, quien maldice el día que nació, siente asco de su vida y osa preguntar a Dios, en tono desafiante, por qué le ataca tan violentamente, por qué le oprime de manera tan inhumana y por qué le destruye sin piedad (Job, 10). O como el patriarca Jacob, quien pasó toda una noche peleando a brazo partido con Dios y terminó con el nervio ciático herido (Génesis 32,23-33). No es el caso de Saramago, que salió indemne de las peleas con Dios y nunca se dio por vencido.

Muchas son las definiciones de Dios con las que me he topado a lo largo de mis cincuenta años dedicado a la teología, precedidos de la formación católica catequética de la escuela y la parroquia de mi pueblo. Fue allí donde aprendí la primera definición de Dios en el catecismo del padre Gaspar Astete, la repetí de carrerilla muchas veces y todavía soy capaz de hacerlo hoy:

“Dios es una cosa lo más excelente y admirable que se puede decir y pensar, infinitamente Bueno, Poderoso, Sabio, Justo, Principio y Fin de todas las cosas,[premiador de buenos y castigador de malos]”.

Durante mis estudios de teología tuve que dar cuenta de la demostración de la existencia de Dios conocida como el “argumento ontológico”, de Anselmo de Canterbury, del que Albert Camus decía con razón que no conocía a ninguna persona que hubiera dado su vida por defenderlo.

Pero sin duda una de las más bellas definiciones de Dios es la de Saramago que acabo de citar. La leí en sus Cuadernos de Lanzarote, de 1993, y la he dado a conocer doquiera he hablado del premio Nobel portugués. Lo recuerda el propio Saramago en O Caderno. Textos escritos para o blog. setembro de 2008-março de 2009 de esta guisa:

“Hace muchos años, nada menos que en 1993, escribí en los Cuadernos de Lanzarote unas palabras que hicieron las delicias de algunos teólogos de esta parte de Iberia, especialmente Juan José Tamayo que, desde entonces, generosamente me ofreció su amistad. Fueron estas: ‘Dios es el gran silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio’. Reconózcase que la idea no está mal formulada, con su quantum satis de poesía y su intención levemente provocadora bajo el sobreentendido de que los ateos son muy capaces de aventurarse por los escabrosos caminos de la teología, aunque la más elemental” (Companhia Das Letras, Sâo Paulo, 2009, p. 144).

Esta definición merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones –con ella, veinticinco- de otros tantos sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los 24 filósofos (Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la Edad Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del universo quizá sea decir poco.

Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las místicas y los místicos judíos, cristianos y musulmanes como el Pseudo-Dionisio, Rabia de Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de Amberes, Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de Norwich, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov) cristianos laicos como Dag Hammarksjlöd, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y la mística laica Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto para con Dios, se crea o no en su existencia. “Si comprendes –decía Agustín de Hipona- no es Dios”.

Saramago en la presentación de Nuevo diccionario de Teología

El segundo encuentro tuvo lugar cuando le invité a presentar mi Nuevo Diccionario de Teología, publicado por la editorial Trotta a finales de 2005. Inicialmente su respuesta a mi invitación fue negativa. Yo atribuí su negativa a lo voluminoso del libro: 992 páginas a dos columnas, por tanto, cerca de dos mil páginas. Pero no, esa no fue la razón para rechazar mi invitación. El verdadero motivo era que a lo largo de tantas páginas no aparecieran las palabras “ateo” y “ateísmo”.

Efectivamente, no aparecían como entrada, pero sí al final, en la entrada TEISMO/ATEISMO. Cuando le advertí de ello, leyó con mucho interés los conceptos que más le interesaban y, por supuesto TEISMO/ATEÍSMO y aceptó participar en la presentación del libro junto con la filósofa Victoria Camps, celebrada en el Ateneo de Madrid. Hizo un elogio del Diccionario diciendo que era un libro fundamental tanto para personas ateas como para creyentes. Sus palabras confirmaron la orientación cultural y ética que quise dar a la obra desde el principio, muy alejada del carácter confesional y apologético que tienen no pocos diccionarios de teología.

Ateísmo y el «factor Dios»

Hubo un tercer encuentro programado que tristemente no pudo celebrarse por el fallecimiento de Saramago. Se trataba de un diálogo entre los dos. abierto al público en la biblioteca de su domicilio de Tías (Lanzarote) en torno a un tema que a ambos nos apasionaba “Ateísmo y el factor Dios”.

Saramago siempre se declaró ateo, y desde su ateísmo fue un crítico impenitente de las religiones, de sus atropellos, de sus engaños, sobre todo de las guerras y cruzadas convocadas, legitimadas y santificadas por ellas en nombre de Dios: “Una de ellas -afirma-, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones manda matar en nombre de Dios… Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción… han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana”. Con la historia en la mano, ¿quién va a negar tamaña verdad?

Pero la crítica de Saramago va más allá, y llega al corazón mismo de las religiones, a Dios mismo, en cuyo nombre, afirma, “se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, lo más horrendo y cruel”. Y pone como ejemplo la Inquisición, a la que compara con los talibanes de hoy, califica de “organización terrorista” y acusa de interpretar perversamente sus propios textos sagrados en los que decía creer, hasta hacer un monstruoso matrimonio entre la Religión y el Estado “contra la libertad de conciencia y el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa”.

Esta denuncia de Dios se sitúa dentro de las más importantes e incisivas críticas de la religión, como las de Epicuro, Demócrito y Lucrecio, las de los profetas de Israel/Palestina, de Jesús de Nazaret y del cristianismo primitivo, las de los maestros de la sospecha Marx, Nietzsche y Freud, y las de ateísmo moral que niega a Dios por su responsabilidad en el sufrimiento de las víctimas.

Aun cuando Saramago pensaba que los dioses son creación de la mente humana, le preocupaban los efectos del “factor Dios” -título de uno de sus más célebres y celebrados artículos-, que está presente en la vida de los seres humanos, creyentes o no, como si fuese dueño y señor de ella, se exhibe en los billetes del dólar, ha intoxicado el pensamiento y ha abierto las puertas a las más sórdidas intolerancias.

En su novela Caín recrea la imagen violenta y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, “uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial”, al decir de Norbert Lohfink, uno de los más prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en algunos teólogos medievales que presentan a Dios como dueño de vidas y haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo, para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios.

El Dios asesino de Caín sigue presente en no pocos de los rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos creyentes musulmanes que en nombre de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad Duradera; en la política sacrificial del Estado de Israel que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y único dueño de la tierra que califica de “prometida”, lleva a cabo operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y asesinatos de miles de palestinos.

Sentido solidario de Saramago

Junto a la crítica de la religión, de Dios y del “factor Dios”, cabe destacar el sentido solidario de la vida que caracterizó a Saramago. Desde la filantropía y sin apoyatura religiosa alguna, fue el defensor de las causas perdidas, algunas de las cuales se ganaron gracias a su apoyo. Cito sólo tres, de entre las más emblemáticas. Una, era la solidaridad con el pueblo palestino ante la masacre de que fue objeto entre diciembre de 2008 y enero de 2009 por parte del Ejército israelí que causó 1400 muertos, y que el Nobel portugués calificó de genocidio. La segunda, el apoyo y acompañamiento a la dirigente saharaui Aminatu Haidar durante su huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote. La tercera, haber destinado los derechos de autor de su entonces última novela a los damnificados del terremoto de Haití.

Mientras releía su novela Caín me vinieron a la memoria las palabras de Epicuro: “vana es la palabra del filósofo que no sea capaz de aliviar el sufrimiento humano”. También la afirmación del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, mártir del nazismo, que pagó con su vida su lucha contra Hitler “No estamos simplemente para vendar las heridas de las víctimas bajo las ruedas de la injusticia, estamos para trabar la rueda misma con la palanca de la justicia”.

En el caso de Saramago, sus palabras y sus textos no fueron vanos. Estuvieron cargados de solidaridad y de compromiso con las personas más vulnerables y los pueblos oprimidos, como el palestino, el saharaui y el haitiano. Por eso me atrevo a aplicarle el nombre de una parábola evangélica, quizá la más hermosa y de mayor contenido ético compasivo: el “Buen Samaritano”, liberada de toda connotación religiosa.

Esta parábola es, sin duda, una de las más severas críticas contra la religión oficial, leguleya e insensible al sufrimiento humano; una de las denuncias más radicales contra la casta sacerdotal y clerical, adicta al culto y ajena al grito de las víctimas, y uno de los más bellos cantos a la ética de la solidaridad, de la compasión, de la projimidad, de la alteridad, de la fraternidad-sororidad. Una ética laica, en fin, no mediada por motivación religiosa alguna.

El sacerdote y el clérigo, funcionarios de Dios, pasan de largo, peor aún, dan un rodeo para no auxiliar a la persona malherida. El samaritano, que estaba fuera de la religión oficial y era considerado un hereje para los judíos, aparece, a los ojos de Jesús y del propio jurista, como ejemplo a imitar por haber tenido entrañas de misericordia. Por su comportamiento humanitario, el hereje se convierte en sacramento del prójimo; por su actitud inmisericorde, el sacerdote y el levita devienen anti-sacramento de Dios: es la religión del revés o, si se prefiere, la verdadera religión, la que consiste en defender los derechos de las víctimas, caminar por la senda de la justicia y seguir la dirección de la compasión. Así entendieron la religión los profetas de Israel, los fundadores y reformadores de las religiones.

Se comparta o no la lectura de la Biblia judía que hace Saramago, creo que hay que estar de acuerdo con él en que “la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros lo entendemos a él”. ¡Excelente lección de contra-teología!

Cualquiera fuere la responsabilidad de Caín o de Dios en la muerte de Abel, queda en pie la pregunta que hoy sigue tan viva como entonces o más, y que apela a la responsabilidad de la humanidad en el actual desorden mundial, en las guerras y las hambrunas que asolan nuestro planeta: “¿Dónde está tu hermano”? (Génesis 4,9). Y la respuesta no puede ser un evasivo “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”, sino, siguiendo con la Biblia cristiana, la parábola evangélica del Buen Samaritano, que demuestra compasión con una persona malherida, que es religiosamente adversaria suya. ¡Excelente lección de ética solidaria!

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Por su bien.

martes, 26 de julio de 2022
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D7E686EE-6A7C-4AF1-8E35-1C33B1ECFEDDLa reflexión de hoy es de Allison Connelly, colaboradora de Bondings 2.0, cuya biografía está disponible aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 17 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Mi corazón alegre dio un vuelco de ansiedad cuando vi que la primera lectura de hoy hacía referencia a Sodoma y Gomorra. Todo cristiano gay sabe que el “pecado de Sodoma” se interpreta predominantemente como el “pecado de la homosexualidad” (aunque el consenso académico es que fue el pecado de la falta de hospitalidad). Esta creencia es lo que condujo a las “leyes de sodomía” aplicadas principalmente para ilegalizar los actos sexuales entre personas del mismo género. Para que no piense que tales leyes son historia simple, el juez Clarence Thomas reveló recientemente que quiere revisar un caso de la Corte Suprema que anuló las leyes de sodomía en Texas. Sodoma sigue siendo relevante, pero en más formas de las que podrías suponer.

La buena noticia llega cuando pasamos de las primeras oraciones de nuestra lectura de Génesis: ¡no hay referencia a la sexualidad pecaminosa aquí! De hecho, lo que presenciamos en este texto es que Abraham practica la solidaridad y la alianza a lo grande: está suplicando que la gente de Sodoma se libre del castigo divino.

Aunque Abraham conoce muy bien el “gran clamor” contra el pueblo de Sodoma y Gomorra, pone su relación con Dios, y de hecho, su relación con el poder, en juego para abogar por el bienestar y la supervivencia de este pueblo que se enfrenta a la aniquilación. . Al hacerlo, Abraham es un aliado, negociando estratégicamente con Dios al recordarle los valores de Dios. Abraham le dice a Dios: “¡Lejos esté de ti hacer tal cosa, hacer que el inocente muera con el culpable!” y “¿No debe el juez de todo el mundo actuar con justicia?

Como personas queer y trans, ¿qué más podemos pedir a nuestros aliados? A menudo (y sin embargo, no lo suficiente), veo a los aliados de la comunidad LGBTQ hacer los mismos argumentos: “¿No te acuerdas? El mayor mandamiento es el amor” o “¿No modeló Jesús nuestra responsabilidad de cuidar e incluir a los marginados?” Este compromiso de llamar a la gente de vuelta a sus convicciones fundamentales en nombre de la justicia y la liberación: esto es lo mejor de la alianza.

A menudo pienso en esta historia en mi ministerio, cuando me encuentro ministrando a o con grupos tan pequeños en estos días. Pequeños grupos de ancianos que ya no tienen la capacidad de ofrecerse como voluntarios para la iglesia como solían hacerlo. Pequeños grupos de adolescentes que están totalmente desconectados de sus comunidades de fe después de COVID. Pequeños grupos de adoradores en persona y pequeños grupos de adoradores de Zoom, ambos mucho menos numerosos que antes de la pandemia. En mi ministerio, cuando me siento cansado y agotado, frustrado por poner tanto esfuerzo por tan pocas personas, encuentro que los papeles en esta historia de Sodoma y Gomorra están invertidos. Dios me pregunta: “¿Vale la pena este club de lectura para diez ancianos? ¿Dirigirás esta clase de comunión para cuatro estudiantes? ¿Está dispuesto a invertir tiempo real en este servicio de adoración para 20 feligreses?” En esta situación, es Dios, y no yo, el aliado de aquellos a quienes ministrar. Dios me recuerda mis valores: mi compromiso de proporcionar alimento espiritual integral, formación significativa en la fe, experiencias litúrgicas y rituales creativas e imaginativas.

Pero estos valores son difíciles de vivir de manera coherente. En estos días, hay tantas cosas que se sienten derrotadas y abrumadoras: como persona queer, la Corte Suprema posiblemente vuelva a implementar las leyes de sodomía y haga que mi matrimonio sea ilegal; como persona con útero, los tribunales y los gobiernos locales me están despojando de mi capacidad para tomar decisiones de atención médica que salvan vidas por mí mismo; como un futuro padre esperanzado, los órganos de gobierno nacionales e internacionales están destruyendo el planeta que habitarán mis hijos. Me desplazo sin pensar por mi suministro de noticias, oscilando salvajemente entre estar devastado y desconsolado por cada nueva injusticia y estar completamente insensible y emocionalmente desconectado del constante estado de crisis en el que parecemos vivir.

Y, sin embargo, Dios viene a mí, siempre aliado de los vulnerables, y me pregunta: “¿Lo harás por ellos? ¿Ministrarás a estas personas, estas personas queer y trans, estos pacientes y proveedores de abortos, estos padres e hijos que son ahora y que aún serán, estos seres creados amenazados por la catástrofe climática? ¿Lo harás por ellos?”

En mi mejor momento, siento el apoyo de generaciones de ancestros queer y fieles que me han precedido, que han sobrevivido a horribles esfuerzos intencionales para destruir a aquellos que dedican sus vidas a la liberación. En mi mejor momento, con mi comunidad detrás, dentro y alrededor de mí, digo: “Sí, Dios, lo haré por su bien”. En mi mejor momento, como Abraham ante Dios como aliado de Sodoma, digo: “Lo haré, por el bien de los diez; por el bien de los cuatro; por el bien de los veinte.

—Allison Connelly, 24 de julio de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Necesitamos orar”. 17 Tiempo ordinario – C (Lucas 11,1-13)

domingo, 24 de julio de 2022
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38_17-TO-C_1588148Quizá la tragedia más grave del hombre de hoy sea su incapacidad creciente para la oración. Se nos está olvidando lo que es orar. Las nuevas generaciones abandonan las prácticas de piedad y las fórmulas de oración que han alimentado la fe de sus padres. Hemos reducido el tiempo dedicado a la oración y a la reflexión interior. A veces la excluimos prácticamente de nuestra vida.

Pero no es esto lo más grave. Parece que las personas están perdiendo capacidad de silencio interior. Ya no son capaces de encontrarse con el fondo de su ser. Distraídas por mil sensaciones, embotadas interiormente, encadenadas a un ritmo de vida agobiante, están abandonando la actitud orante ante Dios.

Por otra parte, en una sociedad en la que se acepta como criterio primero y casi único la eficacia, el rendimiento o la utilidad inmediata, la oración queda devaluada como algo inútil. Fácilmente se afirma que lo importante es «la vida», como si la oración perteneciera al mundo de «la muerte».

Sin embargo necesitamos orar. No es posible vivir con vigor la fe cristiana ni la vocación humana infra alimentados interiormente. Tarde o temprano la persona experimenta la insatisfacción que produce en el corazón humano el vacío interior, la trivialidad de lo cotidiano, el aburrimiento de la vida o la incomunicación con el Misterio.

Necesitamos orar para encontrar silencio, serenidad y descanso que nos permitan sostener el ritmo de nuestro quehacer diario. Necesitamos orar para vivir en actitud lúcida y vigilante en medio de una sociedad superficial y deshumanizadora.

Necesitamos orar para enfrentarnos a nuestra propia verdad y ser capaces de una autocrítica personal sincera. Necesitamos orar para irnos liberando de lo que nos impide ser más humanos. Necesitamos orar para vivir ante Dios en actitud más festiva, agradecida y creadora.

Felices los que también en nuestros días son capaces de experimentar en lo profundo de su ser la verdad de las palabras de Jesús: «Quien pide está recibiendo, quien busca está hallando y al que llama se le está abriendo».

José Antonio Pagola

 

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“Pedid y se os dará”. Domingo 24 de julio de 2022. 17º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 24 de julio de 2022
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42-ordinarioC17 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 18, 20-32: No se enfade mi Señor, si sigo hablando. 
Salmo responsorial: 137: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.
Colosenses 2, 12-14 Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados.
Lucas 11, 1-13: Pedid y se os dará.

Primera lectura

Este texto, continuación del que se leía el domingo pasado, nos muestra a Abraham, padre de la fe y antepasado de Israel, como gran intercesor antes los habitantes de estas ciudades. Muestra una actitud a imitar: apertura y ayuda a los demás. La negociación entre el intercesor y Dios, recuerda el estilo oriental (y muy latinoamericano, también) del regatear. Lo que se busca es acentuar la insistencia intercesora de Abraham y la magnitud del pecado de Sodoma y Gomorra. El texto es el mejor ejemplo de oración como diálogo audaz y comprometido con Dios, en el que vemos a Abraham hablar con el Señor y tratar de convencerlo a partir de su bondad y justicia, pero, al parecer, abusando de su confianza. El estilo y modo de proceder es, obvio, de una mentalidad semítica: poner en juego el honor de Dios, su reputación de justicia pero que muestran la confianza en Dios y la proximidad de los hombres a El. Por otra parte , este texto, puede ser modelo para el tema de la hospitalidad: Al narrar como estos “tres seres” escuchan a Abraham atentamente. Esta “atención” le permite entrar en el misterio. Uno se revela como el Señor (18,10.13.20) y los otros dos como sus ángeles (19,1). La narración, que al principio hablaba tres hombres, adquiere aquí un carácter teofánico y manifiesta el sentido profundo de la hospitalidad.

Segunda lectura

A partir de este texto los cristianos consideraban la pila bautismal como un sepulcro en el que somos sepultados con Cristo; por otra parte, es también como la madre que engendra a la vida; de ahí, el expresivo ritual de la inmersión. Pero el ritual que representa esta muerte y esta resurrección sólo tiene eficacia si corresponde a la fe en Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos. Esta expresa, pues, la vinculación entre bautismo y fe. Pecado y muerte, fe y bautismo son correlativos. La inserción al misterio de Cristo acontece en el bautismo, pero se funda en la fe. Haber resucitado significa en realidad vivir en Cristo, como consecuencia de haber obtenido el perdón de los pecados como resultado de la muerte del Señor. Siendo coherente, Pablo dice que “el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado (cf. Rom 7,7-9). La mejor expresión paulina al respecto se encuentra aquí como imagen. La Ley ha sido clavada en la cruz.

Evangelio

La oración forma parte de la vida del pueblo judío. Los piadosos volvían su espíritu a Dios varias veces al día. Jesús aprende, desde el pueblo y su tradición a orar. Como buen judío, aprendió a rezar en la familia y en la sinagoga. En su ministerio, su oración toma adquiere una particularidad: su acercamiento a Dios, “su Abbá”. Lucas lo describe en oración varias ocasiones (3,21; 5,16; 6,12; 9,29). Los exegetas reconocen en Lucas la transmisión más fiel de la oración del Padrenuestro y que es la más breve. Del arameo pasó al griego y así la incluyó Lucas en su narración.

PADRE, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: o sea que Dios sea conocido, dado a conocer, alabado, amado, bendecido, glorificado y agradecido por todas las gentes del mundo. Que el nombre del Señor, o sea el mismo Dios, reciba estimación, amor veneración, y piadosa adoración por todos y cada vez más. Hay que volver a notar el orden de la oración en el Padrenuestro. Primero que Dios sea reverenciado y amado.

VENGA TU REINO: es una oración misionera. Lo que buscan los misioneros es hacer que Dios reine en las gentes de las tierras que ellos están misionando desde sus culturas e idiosincrasia. Y es lo que debemos desear y pedir y buscar todos en todos los tiempos: que reine Dios. Que venga su Reino. Si primero buscamos el Reino de Dios, todo lo demás vendrá por añadidura. Es un deseo de que Dios reine en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro hogar, en la sociedad, en la nación y en el mundo entero. Y en cuantas naciones y personas todavía no reina!

DANOS EL PAN DE CADA DÍA. Pedimos para cada día el pan, sin afanarnos por el futuro, porque Dios estará también en el futuro y El proveerá. Como el Maná del desierto, el pan de cada día es un don maravilloso de la bondad del Señor. Con esta petición del pan diario le estamos queriendo pedir que nos libre del desempleo o de la demasiada carestía, y de las inundaciones y sequías que acaban con los cultivos, y de las guerrillas que impiden a los campesinos recoger sus cosechas, empleo para el esposo que tiene que mantener una familia, ayudas económicas para esa madre abandonada; protección para el anciano echando a un lado por la sociedad. El corporal y el espiritual. Todos los días los necesitamos, por eso tenemos que pedirlo todos los días.

PERDONANOS NUESTROS PECADOS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN. El perdón es un arte que se consigue con infinitos ejercicios. San Agustín enseña que a algunos no les escucha Dios la oración que le hacen, porque antes no han perdonado a los que los han ofendido, o no le han pedido perdón al Señor por sus pecados. Sin pedirle excusas por los disgustos que le hemos proporcionado, ¿cómo queremos que nos conceda las gracias que le estamos suplicando?. Es un recuerdo muy oportuno para que no se nos vaya a ocurrir nunca la mentirosa idea de creernos buenos. Dios pone una condición para perdonarnos: no podemos obtener perdón del cielo, si no perdonamos en la tierra. El día del Juicio no tendrás disculpas: te juzgarán como hayas juzgado. Te condenarán si no quisiste perdonar a los demás, y te absolverán si supiste perdonar siempre (San Cripriano): El Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

ÉL LES DARÁ EL ESPÍRITU SANTO. El objetivo final y el contenido de la oración cristiana es llegar a recibir el Espíritu que es capaz de renovar la faz de la tierra, incluidos nosotros. El Espíritu Santo es la fuerza que viene de lo alto con poder avasallador y aleja los vicios y nos trae muchos buenos pensamientos y deseos. El Espíritu Santo quiere ser nuestro Huésped, y es enviado por el Padre Celestial si se lo pedimos con fe y perseverancia. El Espíritu Santo es el que nos hace comprender las Sagrada Escrituras. El Espíritu Santo cuando viene nos ofrece: orar mejor, arrepentirnos de nuestros pecados y tener deseo de dedicarnos a agradar a Dios. Leer más…

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Dom 24. 7. 22. Enséñanos a orar. El domingo del Padrenuestro (Lc 11, 1-13)

domingo, 24 de julio de 2022
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123a1e1cd1f20ed130070a69cc206178Del blog de Xabier Pikaza:

El domingo  anterior (10, 38-42), María estaba a los  pies de Jesús, escuchando… Hoy, todos los discípulos e quieren aprender (¡enséñanos a orar!) y Jesús se revela ante ellos como maestro de oración y vida. Así lo muestra este texto que comentaremos en tres partes, como fundamento y sentido de la oración y de la acción cristiana.

Texto. Lucas 11, 1-13

(a)Introduccion.Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

(b) Padrenuestro. Él les dijo: «Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»

(c) Añadidos.Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.»Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos. «Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros:Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

PADRENUESTRO. PRESENTACÓN BÁSICA

     Lucas presenta a Jesús como “maestro de oración” y así le muestra varias veces, orando en la montaña, de noche (Lc 6, 12; 9, 28) y diciendo a sus discípulos que oren sin cesar (18, 1). También ahora ha estado orando y sus  discípulos le ven y le piden: “enséñanos a orar….como Juan enseñó a sus discípulos”. Ese añadido (como Juan enseñó…) es muy significativo y muestra en conjunto (con lo que sigue) cuatro cosas.

(1) Los discípulos de Juan formaban una “comunidad orante”, que tenía una oración específica, distinta de las oraciones de otros grupos judíos (sacerdotes,  fariseos). Quizá lo que más distinguía a los discípulos de Juan era un tipo de oración escatológica, pidiendo la llegada del Reino de Dios, en actitud de ayuno (pues de dice que ellos ayunaban, y el ayuno y la oración solían ir unidos: cf Mc 2, 18).

(2) Es muy posible que, al principio, los discípulos de Jesús oraran lo mismo que los de Juan. Además, todo nos permite suponer que los discípulos de Juan eran más orantes que los discípulos de Jesús… Juan parecía más “piadoso”. Por el contrario, Jesús ponía más de relieve otros aspectos de la vida: el pan compartido, la acogida mutua, la solidaridad…En ese primer momento, los cristianos no tenían una oración característica, de tal manera que ni Pablo ni Marcos recogen una oración típicamente cristiana de cierta extensión. Sólo el “Abba” y el “Maranatha” parecen haber distinguido a los cristianos, que en el resto de las oraciones serían como los demás judíos… como los discípulos de Juan.

(3) De todas formas, la tradición cristiana recuerda una oración específica de Jesús,  el Padrenuestro, que aparece transmitida por la tradición del Q (Mateo y Lucas), aunque en formas distintas. Podemos suponer que Jesús enseñó de alguna forma esa oración, que está vinculada a todo su mensaje, a su visión del reino. La versión de Lucas parece más cercana a las palabras de Jesús. Los añadidos de Mateo (nuestro, que estás en los cielos; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; más líbranos del mal…) forman parte de la liturgia de la Iglesia.

(4) Tanto en su forma reducida (Lucas) como en su su forma externa, el Padrenuestro podría ser (es) una oración judía, pues todas sus palabras tienen una resonancia israelita. No tiene nada cristiano específico: ni Trinidad, ni Jesús como Hijo de Dios, ni Iglesia, ni Espíritu Santo, ni Eucaristía, ni sacramento… Jesús oró como un “judío mesiánico” y así nos enseñó a orar. Pero, al mismo tiempo, su oración es una universal, pues pueden asumirla todos los que creen en Dios y se atreven a invocarle con el símbolo de «Padre», pidiéndole pan compartido y perdón. No contiene tampoco ninguna referencia que sea exclusivamente judía (nombre de Yahvé, patriarcas, Moisés, Ley, templo, ciudad/tierra sagrada, expiación ritual, tradiciones nacionales, alimentos puros, purificaciones, fiestas o Mesías especiales…). Todo lo que el Padrenuestro pide es universal (padre, pan, perdón), siendo, al mismo tiempo, muy judío, muy cristiano, es decir, humano.  Aquí comentamos el texto de Lucas:

Padre

El paralelo de Mateo es más  extenso: Padre nuestro que estás en los cielos (Mt 6, 9). El Lucas es más sobrio y reza simplemente «Patêr ¡Padre!». A Jesús y a sus compañeros les basta decir eso. Han dejado a un lado los restantes títulos y nombres de Dios, vinculados a la tradición de Israel (Yahvé, Dios de patriarcas o templo, de Ley o de pueblo), han superado las posibles elevaciones sacrales (o metafísicas) y sólo ponen de relieve aquello que vincula a Dios con todos los hombres, diciendo: ¡Padre!

Por situarse en un contexto más litúrgico, Mt 6, 9 ha querido ampliar la invocación: «¡Padre nuestro que estás en los cielos!». De esa forma se acerca a los modos de orar del judaísmo, pues palabras como esas aparecen en textos rabínicos que empiezan diciendo: Abinu she-ba-shamayim (¡Nuestro Padre de los cielos!) o, de un modo más usual, Abinu Malkenu (¡Padre nuestro, Rey nuestro!), como en la plegaria de las Dieciocho Bendiciones. El orante de Lucas decía simplemente «Padre», en actitud de confianza radical, en gesto de nuevo nacimiento y eso resultaba suficiente.

Poder decir Padre (Padre/Madre) eso es ser cristiano: Saber que estamos en manos del Padre, que somos presencia de Dios (que él vive y se expresa en nosotros), esa es la oración cristiana. Nada más, eso sólo: Abba, Padre/Madre, dicho y vivido…para así crecer  y ser personas desde Dios, eso es orar…

Santificado sea tu Nombre (hagiasthêtô to onoma sou).

El nombre de Dios es Padre (no es Rey, ni Ser Excelso, ni Señor Infinito…). Por eso, pedirle que su nombre sea santificado es decirle: Muéstrate como Padre; nosotros queremos mostrar que tú eres Padre.Hay que fijarse en la formulación, que está en una forma que suelen llamar “pasivo divino”: ¿Quién tiene que santificar el nombre de Dios? ¡Dios mismo! Por eso le decimos a él que santifique su nombre, que se muestre como Padre. Pero, al mismo tiempo, nosotros nos comprometemos a hacerle: queremos que, a través de nuestra vida, Dios se muestra en todo el mundo como Padre.

Pero aquí se utilizar la palabra “santificar”, es decir, mostrarse como “santo”. Éste es un tema tradicional israelita, que aparece ya en Ez 36, 23, donde el profeta pide a Dios que manifiesta su santidad… ¿Cómo debe hacerlo? liberando y salvando a los oprimidos y liberando a los presos…Eso es lo que hace aquí Jesús, es lo que hacen aquellos que le siguen: piden a Dios que manifieste su honor y su gloria de Padre, que no se expresa a través de un tipo de victoria cósmica o militar, sino con la vida y honor de sus hijos. Dios santifica su Nombre (mostrándose santo) allí donde libera en amor a sus hijos oprimidos.

La santidad de Dios no es un edificio exterior (como Santa Sofía de Bizancio o San Pedro de Roma), ni tampoco una comunidad eclesial llena de poderío. La santidad o gloria de Dios es la vida de los hombres, como decía Ireneo (Gloria Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei: Adv. Haer., IV, 20, 7) y más en concreto la vida de los pobres: que ellos puedan “ver” a Dios, descubrirle como amor liberador. Es evidente que quien ora de esta forma debe santificar a Dios ayudando a los pobres.

Venga tu Reino (elthetô hê basileia sou).

 La tradición judía conoce ya la relación entre Santidad y Reino de Dios. Pero Jesús ofrece una novedad muy significativa: el Reino que pedimos no viene de un Rey, sino de un Padre. La oración no se dirige a un monarca poderoso en línea militar, en clave de imposición o dominio, sino al Padre, que ofrece vida a todos, en amor generador, no por la fuerza.

 Quiero repetir esta idea: el que puede instaurar el Reino no es un Rey….  sino el Padre. Eso significa que el Reino de Dios no se instaura mandando y dominando, sino amando como ama el Padre, para que los hijos crezcan y vivan…Los portadores del Reino son aquellos que aman como un Padre, no los que se imponen como un Rey.

De esa forma, esta oración del Padrenuestro, que es la misma que Jesús emplea, aparece como una confesión de fe que Jesús comparte con los oprimidos de Galilea. Todos, Jesús y los pobres, pueden apoyarse en un Padre que es más poderoso que el Rey del imperio, más fuerte que el “Dios” de aquellos que se imponen a la fuerza, por encima de los pobres.

La oración de Jesús nos pone un Reino sin rey impositivo, ante un Reino de Padre. Por eso, los pobres de Jesús oran diciendo “venga (a nosotros) tu reino”, comprometiéndose a recibirlo y compartirlo con todos. Cuando decimos “venga tu Reino” estamos diciendo: y nos comprometemos a ser tu Reino, a traer tu Reino.

Danos cada día nuestro pan cotidiano (ton arton hêmon…).

 Jesús pasa del Padre y del Reino al “pan nuestro”, es decir, al alimento compartido. El primer signo del Padre Dios no es la Ley, Torah de Israel, ni la iglesia cristiana, ni algún tipo de institución social o religiosa (templo, imperio), sino el pan concreto, fraterno, es decir, la comida compartida, nuestra. El primer signo de la santidad de Dios y de su Reino no es una gloria “sagrada especial”, sino el pan: que los hombres y mujeres coman, que compartan el alimento y la vida. Eso es Reino, eso es Santidad.

 Los que piden así son aquellos que “viven al día”, los que no tienen asegurado el alimento de mañana, los campesinos sin campo, los artesanos sin trabajo rentable y, de un modo especial, los ptôjoi (prescindibles, mendigos). Desde esa situación oran a Dios, carentes de todo, pidiéndole vida (expresada por el pan) Han empezado pidiendo Reino; ahora quieren algo que parece más sencillo que, en el fondo, pero que se identifica con el mismo Reino: el pan nuestro de cada día. Sólo aquellos que necesitan pan y quieren compartirlo pan pueden decir “Padre nuestro”.

Pan (arton) es la comida elaborada, hecha de trigo que se siembra y de harina que se muele, alimento de cultivo y cultura  social, a diferencia de los saltamontes y miel silvestre del Bautista (Mc 1, 6). Por eso, al pedir el «pan nuestro», los orantes se comprometen a cultivarlo, elaborarlo y compartirlo, en un proceso de trabajo social (cultural). Los campesinos sin campo y los mendigos sin mañana asegurado (los discípulos de Jesús en Galilea) piden su “pan”, un pan de todos, no de algunos privilegiados, el pan de la gracia de Dios para los hombres.

Perdónanos nuestros pecados,porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo

Del pan pasamos al perdón, entendido como principio de comunicación: sólo si hay perdón puede hablarse de pan compartido. En la versión de Mateo, que parece más antigua,  se dice: “perdona nuestra deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. La versión de Lucas distingue los dos niveles:

Ante Dios, pecados: “perdona nuestros pecados…” (hamartia)

Ante el prójimo, deudas: como nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo (opheilonti)

Esta petición de Lucas supone que lo que llamamos  “pecados” ante Dios se puede traducir y se traduce en forma de “deudas” ante el prójimo: por eso, cuando pedimos a Dios que nos perdone los pecados (ofensas, blasfemias, orgullos…), tenemos que decirle que creemos en el perdón y que, también nosotros, queremos perdonar a los que nos deben algo. Por eso nos parece poco exacta y, en el fondo, menos evangélica, la traducción oficial del Padrenuestro en España y muchas partes de América: “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Eso está bien, pero tendríamos que seguir diciendo: “como nosotros perdonamos a todos los que os deben algo, en plano económico y social”.

. Muchos campesinos pobres de Galilea estaban llenos de “deudas” legales, que no podían pagar… Pero los verdaderos deudores eran los comerciantes y terratenientes ricos, que se habían “apoderado” de las posesiones y tierras de los pobres, de un modo quizá “legal” pero contrario al orden de Dios. Pues bien, Jesús no dice aquí a los ricos que perdonen (¡ellos no pueden perdonar, porque en el fondo  lo que tienen no es suyo;  lo que tendrían que hacer es devolver)… Por eso, los que de verdad pueden perdonar son los discípulos pobres de Jesús a quienes los ricos de entonces han robado sus tierras. Ellos a Dios que les perdone sus “pecados”  como ellos perdonan a sus deudores (a los ricos) aquello que les han “robado”.

Estamos en el centro de la paradoja del Reino. Los que de verdad pueden y deben perdonar no son los ricos (¡ellos no tienen derecho a perdonar, sólo deber de devolver lo robado!), sino los pobres, que renuncian desde Dios a exigir aquello que les han robado, para iniciar un camino más fuerte de gracia compartida. La comunidad que surge en torno a Jesús tiene como ley suprema el perdón, tanto en plano religioso como social, en plano personal como económico, pues la palabra «deudas» incluye esos aspectos. Llevado hasta el final, este principio del perdón iguala a judíos y gentiles, a creyentes y no creyentes, a religiosos y a no religiosos, pues a todos se ofrece y se pide lo mismo: ¡Que se perdonen unos a otros!

Ésta es la religión de Jesús, éste su culto. No hay otro mandamiento ni otro rito, sino el amor mutuo expresado en el pan compartido y el perdón, desde los pobres, que perdonan a quienes les han robado… y desde Dios que perdona todos los pecados de los hombres.

 Y no nos dejes caer, no nos introduzcas (eisenenkes) en tentación (peirasmon).

  El texto resulta difícil de traducir. Si el mê eisenenkês se toma en forma activa, le decimos al Padre “que no nos introduzca” en la tentación: lo normal sería que lo hiciera, como parece haberlo hecho en el principio (Gen 2-3); pues bien, nosotros, débiles humanos, le pedimos que no nos ponga a prueba, que no nos conduzca al peirasmos, que es la tribulación escatológica, en la que debió entrar Jesús en el huerto de los olivos. Pero el texto se puede interpretar en clave permisiva: no nos hagas caer (=no permitas que caigamos) en tentación. Se supone que hay tentación, hay prueba; pero el Padre puede y quiere ayudarnos; por eso le pedimos que no nos abandone ni rechace en medio de ella.

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“Aprendiendo a rezar. Domingo 17 del Tiempo Ordinario. Ciclo C”. Domingo 17 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 24 de julio de 2022
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Jesús-y-sus-discípulos-Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, el evangelio nos animaba a escuchar a Jesús, como María. Hoy nos anima a hablarle a Dios. Ante una persona importante es fácil quedarse sin palabras, no saber qué decir. Mucho más ante Dios. Quizá por eso, los discípulos no rezan. Pero les suscita curiosidad ver a Jesús rezando. ¿Qué dice? ¿Por qué no les enseña a hablarle a Dios? Este será el tema del evangelio. La primera lectura ofrece un tipo de oración muy curioso: la intercesión a través del regateo.

Primera lectura: Un regateo inútil (Génesis 18, 20-32)

            En aquellos días, el Señor dijo:

            ‒ La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.

            Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.

            Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios:

            ‒ ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?

            El Señor contestó:

            ‒ Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.

            Abrahán respondió:

            ‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?

            Respondió el Señor:

            ‒ No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.

            Abrahán insistió:

            ‒ Quizá no se encuentren más que cuarenta.

            Le respondió:

            ‒ En atención a los cuarenta, no lo haré.

            Abrahán siguió:

            ‒ Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?

            Él respondió:

            ‒ No lo haré, si encuentro allí treinta.

            Insistió Abrahán:

            ‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?

            Respondió el Señor:

            ‒ En atención a los veinte, no la destruiré.

            Abrahán continuó:

            ‒ Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?

            Contestó el Señor:

            ‒ En atención a los diez, no la destruiré.

            He titulado este episodio “Un regateo inútil” porque, en definitiva, no sirve de nada. Sodoma y Gomorra desaparecen irremisiblemente porque no se encuentran en ella ni siquiera diez personas inocentes.

            En realidad, el mensaje fundamental de este episodio no es la oración de intercesión sino la dificultad de compaginar las desgracias que ocurren en la historia con la justicia y la bondad de Dios. Este tema preocupó enormemente a los teólogos de Israel, sobre todo después de la dura experiencia de la destrucción de Jerusalén y del destierro a Babilonia en el siglo VI a.C.

            En una religión monoteísta, como la de Israel, el problema del mal y de la justicia divina se vuelve especialmente agudo. No se le puede echar la culpa a ningún dios malo, o a un dios secundario. Todo, la vida y la muerte, la bendición y la maldición, dependen directamente del Señor. Cuando ocurre una desgracia tan terrible como la conquista de Jerusalén y la deportación, ¿dónde queda la justicia divina?

            El autor de este pasaje del Génesis lo tiene claro: la culpa no es de Dios, que está dispuesto a perdonar a todos si encuentra un número mínimo de inocentes. La culpa es de la ausencia total de inocentes.

            El lector moderno no está de acuerdo con esta mentalidad. Tiene otros recursos para evitar el problema. El más frecuente, no pensar en él. Si piensa, decide que Dios no es el responsable de invasiones, destrucciones y deportaciones. De eso nos encargamos los hombres, que sabemos hacerlo muy bien. Con este planteamiento salvamos la bondad y la justicia divina. Los antiguos teólogos judíos veían la acción de Dios de forma más misteriosa y profunda. No eran tan tontos como a veces pensamos.

Evangelio: la oración modelo y la importancia de insistir (Lucas 11,1-13)

            El evangelio recoge dos cuestiones muy distintas: la oración típica del cristiano, la que distingue a sus discípulos, y la importancia de ser insistentes y pesados en nuestra oración, hasta conseguir que Dios se harte y nos conceda… ¿Qué nos concederá Dios?

            Demasiada materia para un solo domingo. Comentaré los dos temas por separado.

            Aprendiendo a rezar (Lucas 11, 1-4)


            Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

            ‒ Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. 

            Él les dijo:

            ‒ Cuando oréis decid:

            “Padre,

            santificado sea tu nombre,

            venga tu reino,

            danos cada día nuestro pan del mañana,

            perdónanos nuestros pecados,

            porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo,

            y no nos dejes caer en la tentación.”

Nota previa: En Lucas faltan dos peticiones que conocemos por Mateo: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y “líbranos del mal”. La liturgia traduce “nuestro pan del mañana; debería traducir, como en la misa, “nuestro pan de cada día”, ya que la fórmula griega es la misma en Mateo y Lucas (to.n a;rton h`mw/n to.n evpiou,sion). Pero existe una discusión muy antigua sobre si epiousion se debe interpretar del alimento cotidiano o como referencia a la eucaristía. Parece que la liturgia se ha inclinado en este caso por la interpretación eucarística.

            El “Padre nuestro” es la síntesis de todo lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos. En torno a estos temas giran las peticiones (sean siete como en Mateo o cinco como en Lucas).

            Frente a un mundo que prescinde de Dios, lo ignora o incluso lo ofende, Jesús propone como primera petición, como ideal supremo del discípulo, el deseo de la gloria de Dios: “santificado sea tu Nombre”; dicho con palabras más claras: “proclámese que Tú eres santo”. Es la vuelta a la experiencia originaria de Isaías en el momento de su vocación, cuando escucha a los serafines proclamar: “Santo, santo, santo, el Señor, Dios del universo” (Is 6). La primera petición se orienta en esa línea profética que sitúa a Dios por encima de todo, exalta su majestad y desea que se proclame su gloria.

            Ante un mundo donde con frecuencia predominan el odio, la violencia, la crueldad, que a menudo nos desencanta con sus injusticias, Jesús pide que se instaure el Reinado de Dios, el Reino de la justicia, el amor y la paz. Recoge en esta petición el tema clave de su mensaje (“está cerca el Reinado de Dios”), en el que tantos contemporáneos concentraban la suma felicidad y todas sus esperanzas.

            Como tercer centro de interés aparece la comunidad. Ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, que necesita día tras día el pan, el perdón, la ayuda de Dios para mantenerse firme. Peticiones que podemos hacer con sentido individual, pero que están concebidas por Jesús de forma comunitaria, y así es como adquieren toda su riqueza.

            Cuando uno imagina a ese pequeño grupo en torno a Jesús recorriendo zonas poco pobladas y pobres, comprende sin dificultad esa petición al Padre de que le dé “el pan nuestro de cada día”.

            Cuando se recuerdan los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender a Jesús, sus envidias y recelos, adquiere todo sentido la petición: “perdona nuestras ofensas”.

            Y pensando en ese grupo que debió soportar el gran escándalo de la muerte y el rechazo del Mesías, la oposición de las autoridades religiosas, se entiende que pida “no caer en la tentación”.

            El Padre nuestro nos enseña que la oración cristiana debe ser:

            Amplia, porque no podemos limitarnos a nuestros proble­mas; el primer centro de interés debe ser el triunfo de Dios;

            Profunda, porque al presentar nuestros problemas no podemos quedarnos en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir cristianamente, el vernos libres de toda esclavitud.

            Íntima, en un ambiente confiado y filial, ya que nos dirigimos a Dios como “Padre”.

            Comunitaria. Padre nuestro”, danos, perdónanos, etc.

            En disposición de perdón.

Necesidad de ser insistentes en la oración (Lucas 11,5-13)

            Y les dijo:

            ‒ Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 

            Pues así os digo a vosotros:

            Pedid y se os dará,

            buscad y hallaréis,

            llamad y se os abrirá;

            porque quien pide recibe,

            quien busca halla,

            y al que llama se le abre. 

            ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

            ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente?

            ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

            Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?

            El ejemplo del amigo importuno

            En las casas del tiempo de Jesús los niños no duermen en su habitación. De la entrada de la casa a la cocina no se va por un pasillo. No existe luz eléctrica ni linterna. Un solo espacio sirve de todo: cocina y comedor durante el día, dormitorio por la noche. Moverse en la oscuridad supone correr el riesgo de pisar a más de uno y tener que soportar sus quejas y maldiciones.

            El “amigo” trae a la memoria un simpático proverbio bíblico: “El que saluda al vecino a voces y de madrugada es como si lo maldijera”. Este amigo no saluda, pide. Y consigue lo que quiere.

            Este individuo merecería que le dirigiesen toda la rica gama de improperios que reserva la lengua castellana para personas como él. Sin embargo, Jesús lo pone como modelo. Igual que más tarde, también en el evangelio de Lucas, pondrá como modelo a una viuda que insiste para que un juez inicuo le haga justicia.

            La bondad paternal de Dios y un regalo inesperado

            En realidad, no haría falta ser tan insistentes, porque Dios, como padre, está siempre dispuesto a dar cosas buenas a sus hijos.

            Aquí es donde Lucas introduce un detalle esencial. Las palabras tan conocidas “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá…” se prestan a ser mal entendidas. Como si Dios estuviera dispuesto a dar cualquier cosa que se le pida, desde un puesto de trabajo hasta la salud, pasando por aprobar un examen. Esta interpretación ha provocada muchas crisis de fe y la conciencia diluida de que la oración no sirve para nada.

            El evangelio de Mateo, que recoge las mismas palabras, termina diciendo que Dios “dará cosas buenas a los que se las pidan”. La oración de Jesús en el huerto de los olivos demuestra que Dios tiene una idea muy distinta de nosotros, incluso de Jesús, de lo que es bueno y lo que más nos conviene.

            Pero las palabras del evangelio de Mateo a Lucas le resultan poco claras y ofrece una versión distinta: “vuestro Padre celestial dará Espíritu Santo a los que se lo piden”. Para Lucas, tanto en el evangelio como en el libro de los Hechos, el Espíritu Santo es el gran motor de la vida de la iglesia. En medio de las dificultades, incluso en los momentos más duros de la vida, la oración insistente conseguirá que Dios nos dé la fuerza, la luz y la alegría de su Espíritu.

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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. 24 julio, 2022

domingo, 24 de julio de 2022
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Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

(Lc 11,1- 13)

Lo habitual en la vida de Jesús es orar,  los textos hacen referencia a su oración muchas veces. En esta ocasión Jesús no está solo, cerca de él están sus discípulos, que oran con él. Jesús ora con frecuencia, y se deja ver orando. No se esconde el testimonio creíble del poder de la oración. Y despierta el deseo de Dios en los corazones que lo ven: «Enséñanos a orar».

Son ellos, sus discípulos, quienes toman la iniciativa, de donde sale la propuesta… Esto no deja de ser un reto para nosotras y para todas las personas que llevan en el corazón la Buena Noticia y desean contarla a quienes están a su lado. A veces, nos perdemos en fórmulas y teorías que no despiertan ningún deseo en quienes nos miran; y eso que los textos de nuestra tradición ya nos dicen que «la letra mata y el Espíritu da vida». (2 Cor. 3,6).

Estamos viviendo tiempos convulsos, violentos, agresivos. Duele vernos tan perdidas, tan rapaces…. Indigna verse tan manipulada por las noticias, donde nos presentan buenos buenísimos y malos malísimos, como en las películas de indios y vaqueros. Como si no existieran las personas que trabajan por la paz, que oran por la paz, que encuentran en la religión la consistencia de la vida. Como si no fueran muchos más quienes mueren fieles a Dios que quienes matan por un pseudodios. Y en este tsunami la gente busca, y busca con deseo de algo más profundo, y aparecen los guías espirituales, gurús, chamanes…

¿Y en la Iglesia? ¿Dónde están los maestros de oración que tanto estamos necesitando? Esos que despiertan el deseo de Dios, como lo hace Jesús.

El Papa escribe a las monjas: «Vivid (….) contribuyendo a que Cristo nazca y crezca en el corazón de las gentes sedientas, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es camino, verdad y vida.» (cfr. Vultum Dei nº.37). El reto está en mostrarnos, en dejarnos ver orando, con hondura, sencillamente, sin fórmulas vacías, con espontaneidad y sobre todo, sobre todo, con profunda confianza. Y Cristo nacerá en los corazones sedientos, nacerá y crecerá con raíces hondas, libres, fuertes.

¿Cómo, dónde, cuándo? No tenemos respuestas, ni teorías, solo deseo, un profundo deseo de relacionarnos con Dios, Abba, como Jesús lo hace. Deseo de sumergirnos en la relación amorosa de la Trinidad. Para ello ya nos lo dice Jesús, ¡pidamos el Espíritu a nuestro Padre!

Oración

Enséñanos a orar, también a nosotras, como hiciste aquellos primeros discípulos.

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios es infinitamente más que padre y madre.

domingo, 24 de julio de 2022
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DOMINGO 17 (C)

Lc 11,1-13

El Padrenuestro es mucho más que una oración de petición. Es un resumen de las relaciones de un ser humano con el absoluto, consigo mismo y con los demás. Es muy probable que el núcleo de esta oración se remonte al mismo Jesús, lo cual nos pone en contacto directo con su manera de entender a Dios. El Padrenuestro nos trasmite, en el lenguaje religioso de la época, toda la novedad de la experiencia de Jesús. La base de ese mensaje fue una vivencia única de Dios, que no tuvo más remedio que expresar en el paradigma de su cultura.

Esto no quiere decir que Jesús se sacó el Padrenuestro de la manga. Todas y cada una de las expresiones que encontramos en él se encuentran también en el AT. No es probable que lo haya redactado Jesús tal como nos ha llegado, pero está claro que tiene una profunda inspiración judía. Tanto Jesús como los primeros cristianos eran judíos sin fisuras. No nos debe extrañar que la experiencia de Jesús se exprese o se interprete desde la milenaria religión judía. Esto no anula la originalidad de la nueva visión de Dios y de la religión.

Entendido literalmente, el Padrenuestro no tiene sentido. Ni Dios es padre en sentido literal; ni está en ningún lugar; ni podemos santificar su nombre, porque no lo tiene; ni tiene que venir su Reino de ninguna parte, porque está siempre en todos y en todo; Ni su voluntad tiene que cumplirse, porque no tiene voluntad alguna. Ni tiene nada que perdonar, mucho menos, puede tomar ejemplo de nosotros para hacerlo; ni podemos imaginar que sea Él el que nos induzca a pecar; ni puede librarnos del mal, porque eso depende solo de nosotros.

Es imposible abarcar todo el padrenuestro en una homilía. Cuentan de Sta. Teresa, que al ponerse a rezar el padrenuestro, era incapaz de pasar de la primera palabra. En cuanto decía “Padre” caía en éxtasis… ¡Qué maravilla! Efectivamente, esa palabra es la clave para adentrarnos en lo que Jesús vivió de Dios. Comentar esa sola palabra nos podía llevar varias horas de meditación. De todas formas, vamos a repasar brevemente el de Lucas.

Padre. En el AT se llama a Dios padre. Sin embargo, el “Abba” es la clave del evangelio. Se pone una sola vez en labios de Jesús, pero con tal rotundidad, que se ha convertido en señal de su mensaje. El llamar a Dios Papá supone sentirse niño pequeño, que no sabe lo que debe pedir. Esta actitud es muy distinta de la nuestra que nos comportamos como personas mayores que podemos decir a Dios lo que tiene que hacer. La petición debe convertirse en confianza absoluta en aquel que sabe mejor que yo lo que necesito y está dándomelo.

Dios es Padre en el sentido de origen y fundamento de nuestro ser, no en el sentido de dependencia biológica. Queremos decir mucho más de lo que esas palabras significan, pero no tenemos el concepto adecuado; por eso tenemos que intentar ir más allá de las palabras. Procedemos de Él sin perder nunca esa dependencia, que no limita mis posibilidades de ser, sino que las fundamenta absolutamente. El padre natural da en un momento determinado la vida biológica. Dios nos está dando constantemente todo lo que somos y tenemos.

Por aplicar a Dios solo la idea de padre, le hemos aplicado también la idea de dominador y represor. Esto nos ha llevado a proyectar sobre Él los complejos que con frecuencia sufrimos con relación al padre natural. Por eso es liberador atrevernos a llamarle Madre. No se trata de un superficial progresismo. Se trata de tomar conciencia de que Dios es más de lo que podemos decir de Él. Uniendo el concepto de padre y el de madre, superamos la trampa del paternalismo y nos obligamos a ampliar el abanico de atributos que le podemos aplicar.

No hay padre ni madre si no hay hijo; y no puede haber hijo si no hay padre y madre. Para la cultura semita, Padre era, sobre todo, el modelo a imitar por el hijo. Este es el verdadero sentido que da Jesús a su advocación de Dios como Padre. “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. Cuando Jesús dice que no llaméis a nadie padre, quiere decir que el único modelo a imitar por el seguidor de Jesús es únicamente el mismo Dios. Si todos somos hijos, todos somos hermanos y debemos comportarnos como tales. Ser hermano supone el sentimiento de pertenencia a una familia y de compartir todo lo que se tiene y lo que se es.

Santificado sea tu nombre. Aquí “nombre” significa persona, ser. En el AT se manifiesta en numerosas ocasiones que la tarea fundamental del buen judío era dar gloria a dios. Nada ni nadie puede añadir algo a Dios. Está siempre colmado su ser y no se puede añadir ni una gota más. Lo que quiere decir es que nosotros debemos descubrir esa plenitud en nosotros y en los demás. Debemos vivir esa realidad y debemos darla a conocer a los demás tal como es a través de nuestra propia existencia. Santificamos su nombre cuando somos lo que tenemos que ser, respondiendo a las exigencias más profundas de nuestra naturaleza.

Venga tu reino. El Reino es la idea central del mensaje evangélico. Pero el mismo Jesús nos dijo que no tiene que venir de ninguna parte ni está aquí ni está allí, “está dentro de vosotros”. Nuestra tarea consiste en descubrirlo y manifestarlo en la vida con nuestras obras. Debemos contribuir a que ese proyecto de Dios, que es el Reino, se lleve a cabo en nuestro mundo de hoy. Todo lo que tiene que hacer Dios para que su Reino llegue, ya está hecho. Al expresar este deseo, nos comprometemos a luchar para que se haga realidad. Se trata de un ámbito en el que todos los seres humanos puedan desplegar su humanidad.

Danos cada día nuestro pan de mañana. Encontramos aquí una clara alusión al maná, que había que recogerlo cada mañana. Dios no puede dejar de darnos todo lo que necesitamos para ser nosotros mismos. Sería ridículo un dios que se preocupara de dar solo al que le pide y se olvidara del que no le pide nada. No se trata solo del pan o del alimento en general, sino de todo lo que el ser humano necesita, tanto lo necesario material como lo espiritual. Jesús dijo: “Yo soy el pan de Vida”. Al pedir que nos dé el pan de mañana, estamos manifestando la confianza en un futuro que se puede adelantar.

Perdónanos, porque también nosotros perdonamos. En la biblia descubrimos muchas referencias a que Dios solo perdona cuando nosotros hemos perdonado. Sería ridículo que nosotros pudiéramos ser ejemplo de perdón para Dios. Más bien deberíamos aprender de Él a perdonar. Dios no perdona, en Él los verbos no se conjugan, porque no tiene tiempos ni modos. Si en Él no hay tiempo, no puede hacer o dejar de actuar.

No nos dejes ceder en tentación. Encontramos en el AT muchos pasajes en los que se pide a Dios que no tiente a los que rezan. Se creía efectivamente, que Dios podía empujar a un hombre a pecar. De ahí que tanto el griego como el latín apuntan a que “no nos induzca a pecar” el mismo Dios, lo cual no tiene para nosotros ni pies ni cabeza. Los intentos que se hacen al traducirlo no terminan de aclarar los conceptos. Pensar que Dios puede dejarnos caer o puede hacer que no caigamos es ridículo.

Meditación

Como Padre, es fundamento de todo lo que yo soy.
Mi existencia depende totalmente de Él en todo momento.
Como Padre es el único modelo al que debo imitar.
Cuando experimente que yo y el Padre somos uno,
habrá terminado mi camino de perfección.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Orar.

domingo, 24 de julio de 2022
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«Venga a nosotros tu Reino»

Para los hombres y mujeres que vivieron con anterioridad al siglo veinte, la vida era sinónimo de dificultad, inseguridad y opresión, y en esas condiciones volvían la mirada al interior y se amparaban en él. Su mejor refugio era la oración, y a ella recurrían para dar gracias por lo recibido o buscar consuelo en momentos de desolación. Establecían así una relación cotidiana con Dios que serenaba su espíritu y les confortaba ante la adversidad.

Pero pasó el tiempo y las cosas cambiaron. La vida dejó de ser un valle de lágrimas y nosotros dejamos de sentir necesidad de Dios. Nos abrimos al mundo, clausuramos la puerta de entrada a nuestro interior y olvidamos la oración. Dios se convirtió así en un extraño con quien somos incapaces de mantener una relación personal que nos aliente; que nos libere del vacío y la angustia que —según Kierkegaard— se produce al ignorar lo eterno que hay en nosotros.

A veces tratamos de suplir esa falta de intimidad a través de una relación en clave racional, no afectiva, pero solemos caer en un intelectualismo estéril que nada nos aporta. Como decía Unamuno: «Con la razón solo llegamos a la idea de Dios, no a Dios mismo». A Dios se llega con el corazón; se llega con la oración, pero nos resulta muy difícil “elevar el corazón a Dios” sin que nuestra psique se sienta incómoda y se apresure a sofocar de raíz nuestro intento.

Afortunadamente existe otro tipo de oración que se manifiesta en la empatía con todos, en el perdón; en compartir, en consolar, en ayudar, en servir, en trabajar por la justicia…  Sabemos que Jesús pasó por la vida haciendo el bien y ayudando a los oprimidos por el mal, es decir, creando humanidad a su alrededor, y ésa debe de ser nuestra mejor guía y nuestra mejor oración.

Pero aparte de su actividad profética, sabemos también que se retiraba con frecuencia a orar, y podemos imaginar que allá en la soledad de la montaña se dirigía a Abbá para contarle sus anhelos, sus desvelos, sus fracasos y sus tentaciones; como cualquier hijo. Porque Jesús había asumido sinceramente, íntimamente la condición de hijo. Y esta faceta suya nos interpela con fuerza, porque nos hace conscientes de que, si queremos vivir la vida con toda su amplitud y todo su sentido, necesitamos mantener una relación de intimidad con Dios que no logramos.

Lucas nos cuenta que un día, a orillas del lago, se alzó una voz entre la multitud que gritó: «Enséñanos a orar», y como siempre ocurría, la respuesta de Jesús sobrepasó toda expectativa, porque en ella nos hizo entrega de su Dios, Abbá, y partícipes de su propia relación con Él. Cuando oréis, nos dijo, no debéis dirigiros al Dios todopoderoso y eterno, sino a Abbá, vuestro padre, vuestra madre. Y pedid lo importante; el Reino, el alimento, el perdón y la liberación de la esclavitud a que nos somete el mal.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Insistencias, descaros e inoportunidades.

domingo, 24 de julio de 2022
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SER HERMANO - MEMORIA PROFETICA DE JESUS - ESP - sin cintillo_resizeLa vida está llena de esos fastidios y todos tratamos de sacudírnoslos de encima como podemos. Nadie pondrá nunca en su curriculum: “Soy inoportuno, insistente y descarado”, pero son precisamente esas cualidades las que aparecen como valiosas en el texto evangélico de este domingo. Y no solamente en esta parábola de Lucas, sino en otros personajes del Evangelio: la mujer cananea que tenía un hija con problemas, también lo era y Jesús se comporta al principio con ella exactamente igual que el amigo que se resistía a abrir en la parábola: “No me molestes, soy judío y tú pagana, así que déjame en paz” (Mc 7,24-30). Otro padre, esta vez con un hijo epiléptico, escucha como quien oye llover las evasivas quejosas de Jesús y sigue dando la brasa: “Vale, de acuerdo, tienes razón, somos una generación incrédula y perversa pero ¿qué hay de lo de mi niño?” (Mc 9, 14-29). Y los amigos del paralítico, en un alarde de obstinación, hacen un agujero en el tejado para descolgar por allí la camilla de su amigo (Mc 2,1-12) sin importarles el ruido, el polvo, los cascotes o los desperfectos.

Todos esos personajes se salen con la suya gracias a su terca tenacidad, consiguen que sus recomendados obtengan curación y su inoportunidad es alabada como ejemplar y digna de admiración.

A este reconocimiento sorprendente de la insistencia rayana en el descaro (así traduce el diccionario la anaideia del amigo demandante), no le veo más explicación que el que debe formar parte de las cualidades, rasgos y atributos del Altísimo, junto a la infinitud, la inmensidad, la omnipotencia o la inmutabilidad que describe el catecismo. Y todos sabemos con cuánta indulgencia valoramos los rasgos de nuestro propio perfil y la secreta complicidad que experimentamos cuando los vemos reflejados en otros.

El perfil con que se presenta el propio Jesús es el de un pastor que no se cansa de buscar su oveja perdida -quizá la más vieja y cojitranca- , el de un padre que sigue asomado a la ventana cada día por si vuelve el hijo tarambana, el de una mujer que pone su casa patas arriba con tal de encontrar su monedilla, el de un Maestro que ha elegido a un grupo de discípulos torpes pero que se mantiene en su terca convicción de que llegará a hacer de ellos pescadores de hombres de alta cualificación.

Cada uno de nosotros está en ese estado de “busca y captura” por parte del Insistente, del Incansable, del Persistente y del Tenaz y en el lote del discipulado que recibimos en el bautismo va incluida la llamada a permitirle “que se salga con la suya”.

Allá cada cual con su consentimiento.

Dolores Aleixandre rscj

Fuente Fe Adulta

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El yo y la oración de petición.

domingo, 24 de julio de 2022
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9CEAEF73-C7E6-496E-9471-99C74C282968Domingo XVII del Tiempo Ordinario

24 julio 2022

Lc 11, 1-13

Una vez que nos hemos identificado con el yo, no podemos perseguir otra cosa que no sea sobrevivir y perpetuarnos: así se explica el miedo a la muerte.

Consciente de su propia vulnerabilidad, por más que se esfuerce en disfrazarla, el yo vive “atrapando” y suplicando y, cuando es religioso, hace de la oración de petición su último asidero al que amarrar su confianza, con un único objetivo: sostenerse y perpetuarse.

La trampa se halla en el mismo inicio, al no ser conscientes de que nos estamos identificando con algo que no somos y proyectando en ese yo nada menos que nuestra identidad.

Lo que llamamos “yo” es solo un objeto -nuestra “personalidad”-, pero en ningún caso lo que realmente somos. Todos tenemos una consciencia inmediata y autoevidente de ser “sujetos”. Por tanto, identificarnos con algo que es “objeto” hace que nos encerremos en un laberinto de confusión que es un callejón sin salida.

Si queremos avanzar en la indagación rigurosa, sin dar por supuesto lo que hemos aprendido desde niños y hemos asumido de una manera crédula y acrítica, hay una pregunta que puede orientar nuestra búsqueda: ¿cómo distinguir lo que es objeto de lo que es sujeto?

Objeto es todo aquello que podemos observar, delimitar, pensar y nombrar adecuadamente: puede ser material o mental, externo o interno. Por el contrario, sujeto es Eso que es consciente de los objetos, y que no puede ser observado, pensado ni nombrado con propiedad. Porque carece de límites, trasciende por completo la mente.

Como “práctica” de indagación, puedes probar lo siguiente: habitualmente vivimos depositando nuestra atención en los objetos (externos o internos). Pues bien, prueba a poner la atención, no en los objetos, sino en Eso que es consciente de ellos. ¿Qué descubres?

Al comprender, dejamos de identificarnos con el yo -que solo es un objeto observable- y nos reconocemos en Eso que es consciente. Esta comprensión nos permite percibir también nuestra paradoja: somos consciencia -identidad- que se expresa en una forma concreta -personalidad-. En cuanto yo, nos percibimos limitados, frágiles, vulnerables, impermanente: de aquí nace nuestra necesidad de ayuda. Sin embargo, en nuestra verdadera identidad, somos plenitud ilimitada.

Al comprenderlo, dejamos de ligar nuestra suerte y nuestro destino al yo. Y caemos en la cuenta de que el objetivo de la existencia no es perpetuar el yo, sino liberarnos de la identificación con él. El yo, en cuanto forma impermanente, está destinado a desaparecer; la consciencia permanece. Cae la oración de petición; vive la aceptación y alineación con la vida.

¿Hasta dónde vivo identificado con el yo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Orar es demorarse en Dios Padre y en la vida

domingo, 24 de julio de 2022
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2C1CFB9C-EA01-4A9E-83D9-EEC8BCC36EB7Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  • Las dos lecturas que acabamos de escuchar nos hablan de la oración. Los dos textos reflejan un modo y un contenido diverso de oración. Tanto Abraham como Jesús vivían en oración.
  • En el AT -primera lectura- Abraham dirige a Dios su petición de perdón para su pueblo. El evangelio de hoy nos presenta a un Jesús para quien la oración es la expresión de su experiencia de un Dios Padre de todos nosotros
  • Las personas necesitamos orar.

Quizás orar es abrirse a la ultimidad, a Dios. Quizás orar es “demorarse en Dios”. Orar es vivir en referencia a Dios, a la ultimidad: confrontar, contrastar, compartir  nuestras vidas con Dios…

La vida y la fe es bueno que sean oradas: nuestra fe, toda fe ha de ser orada.

La oración no es algo que tenga poca importancia o que queda para los ratos libres, como tampoco es una obligación o una ley de la iglesia: ir a misa los domingos… La oración es un clima habitual de diálogo con Dios Padre, es poner nuestros criterios, nuestros problemas y preocupaciones, nuestras tareas y esperanzas en el ámbito de Dios en ese horizonte de ultimidad y verdad hacia el que caminamos.

    En la reciente biografía que el jesuita azpeitiarra, JM Guibert [1] ha escrito sobre S Francisco Javier, dice que el santo navarro tenía en su vida cuatro grandes actitudes: La oración, la amistad (relaciones), la misión (evangelización) y  las letras (el estudio). De las cuatro la más importante es la oración. El fundamento, la roca de su vida era el encuentro con Dios. Javier, como Jesús, pasaba también largas noches en oración allá en el lejano Oriente.

El pasado domingo veíamos cómo María representaba esta actitud de quietud, de silencio y oración. Los seres humanos necesitamos, como Jesús, retirarnos al desierto, pasar ratos de silencio, de reflexión, de oración, a no ser que reduzcamos la vida a una pura evasión o a un formulismo eclesiástico.

  • Naturalmente que Jesús conocía los modos de oración del AT: como judío que era muchas veces habría cantado los salmos o el aleluya, muchas veces habría acudido al templo. Pero posiblemente, porque conocía bien ese tipo de oración, es por lo que nos dice:
  • Cuando oréis, orad en silencio, no metáis ruido como las liturgias de los fariseos y letrados, como los eclesiásticos del templo: orad en el fondo de vuestro corazón: no tanto en el templo suntuoso, porque ha llegado el día en que a Dios se le adora no el suntuoso templo de esta basílica o de aquel templo, sino que a Dios se le adora en espíritu y en verdad, en el fondo de vuestro corazón: el diálogo con Dios, con la verdad, con la justicia, con la paz acontece en el fondo de nuestro ser.

Por ello la oración más genuina y cristiana es la de contemplación y abandono en Dios Padre. La oración consiste en poner la vida, ponerse en manos de Dios Padre.

  • Y cuando oréis no digáis muchas palabras, sino basta con decir PADRE

Aquí estamos ante la experiencia más importante de Jesús: Cristo no se pierde en el maremagnum de filosofías, teologías y liturgias: Cristo tiene la experiencia y se dirige a  Dios como PADRE.

Quizás Jesús podía habernos dicho que Dios era Creador o eterno o todopoderoso; o podía habernos hecho un diseño de la Trinidad o del misterio de Dios,  etc., pero ni lo hizo ni nos lo transmitió así.

El Dios de Jesús es Padre y, por tanto bondad y salvación, ahí estamos en el núcleo, en los latidos más profundos de Jesús… Por ello cuando nos dirijamos a Dios hemos de hacerlo llamándole por su nombre: Padre…

Creer en el Dios de Jesús y orar al Dios de Jesús es creer y dirigirse a un ser que es Padre y, por tanto, alguien bueno. La oración cristiana es permanecer en la bondad de Dios.

Esto tiene una gran importancia para nuestro ser cristiano. Somos cristianos cuando creemos en la bondad y paternidad de Dios. Otro tipo de experiencias de Dios no son cristianas; no digo que sean malas, sino que no son cristianas.

La imagen de un Dios de puro moralismo, pecado y confesión  no es lo más mínimo cristiana.

Creer en el Dios de Jesús es saberse llamado, acogido, amado, perdonado y reconciliado. Nos hará bien recuperar esa experiencia de Dios Padre Quizás nuestra tradición, religiosa es una tradición muy religiosa, pero al mismo tiempo muy poco cristiana. Quizás somos muy religiosos, pero muy poco cristianos. Esa tradición nos habla de un Dios que puede ser temido, de un Dios juez, de un Dios al que hay que rendir cuentas, pero no de un Dios al que valga la pena amar: ese Dios es temible, no amable. Por ello necesitamos recuperar la fe y la oración en el Dios y Padre de NS Jesucristo que nos ha liberado.

En todo caso, levantemos nuestra mirada hacia Dios Padre y vivamos en referencia a Él y desde Él estructuremos nuestra vida. Y cuando nos dirijamos a Dios, llamémosle confiadamente: PADRE NUESTRO.

[1] JM Guibert, El viaje de Javier. Un itinerario de discernimiento, Bilbao, Ed Mensajero, 2021, pp 169ss

 

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«Bienvenido. Siéntate a mi lado.»

lunes, 18 de julio de 2022
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F911338D-1FC7-42A1-B0F4-CB2B63C75783La reflexión de hoy está escrita por el colaborador invitado Mark Hakes (ellos/ellos), Subdirector del Ministerio Universitario y Director del Instituto de Teología Juvenil en el Colegio de St. Scholastica en Duluth, Minnesota. Su trabajo se centra en ayudar a los estudiantes a profundizar en la espiritualidad, participar en el trabajo de servicio y justicia, y participar en el discernimiento de identidad, valores y vocación.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar haciendo clic aquí.

A lo largo de las Escrituras cristianas, las enseñanzas de Jesús nos llaman continuamente a salir de nuestra comodidad y a la justicia activa. Como dice 1 Juan 3:18, “…amemos, no de palabra ni de palabra, sino en verdad y en hechos”. Sí, estamos llamados a dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al extranjero, cuidar de los enfermos y visitar a los encarcelados. También nosotros estamos llamados a una acogida radical. Una bienvenida que no le pide a alguien que cambie o deje partes de sí mismo en la puerta antes de que pueda entrar, sino que simplemente dice: «bienvenido, siéntate a mi lado».

En la lectura del evangelio de hoy, Marta y María le dan la bienvenida a Jesús a su hogar, pero como dice la conocida historia, solo María se sienta al lado de Jesús. En nuestras vidas ajetreadas y plenas es fácil ser como Martha. Estamos tan absortos en el trabajo (a menudo importante) que tenemos que hacer que perdemos de vista a Cristo y la forma en que está presente para nosotros, especialmente en las personas que nos rodean.

John Veltri, un sacerdote jesuita que dedicó la mayor parte de su vida a trabajar en la dirección espiritual, escribió una oración que describe cómo estar presentes los unos con los otros es una parte importante de dar la bienvenida. La oración comienza: “Enséñame a escuchar, oh Dios, a los que están más cerca de mí, mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Ayúdame a ser consciente de que sin importar las palabras que escuche, el mensaje es: ‘Acepta la persona que soy’. Escúchame.'»

La inclusión es el trabajo de reconocer primero todo lo que aporto a un espacio y luego escuchar activamente e invitar a otros a que también aporten su propia totalidad. Es nuestra singularidad divina lo que nos permite a cada uno de nosotros dejar nuestra propia marca indeleble en las personas que nos rodean. Ahora, como escribió una vez San Francisco de Sales: “Sé quien eres, y sé así de bien”. Esta es la vida espiritual: descubrir quiénes somos y caminar junto a otros mientras ellos hacen lo mismo.

Como católico queer que trata de vivir activamente esta bienvenida extravagante, es fácil darme palmaditas en la espalda en este punto, felicitándome por practicar este tipo de hospitalidad radical, destacando mi aceptación de la diversidad como prueba. Conozco profundamente el dolor de la exclusión experimentado por tantos en nuestras iglesias, y no quiero que otros experimenten lo mismo.

Y sin embargo: el otro día estaba en una ferretería mirando felpudos (algunos de los cuales decían «bienvenidos…») y un hombre entró en mi pasillo. Lo primero que noté de él fue su sombrero rojo, adornado con un eslogan político popular, y pensé: «¿Hay lugar en mi iglesia para este hombre?» Honestamente, mi respuesta fue no. Mi juicio fue que esperaría que se quitara el sombrero, guardara en el bolsillo lo que percibo como su odio y reprimiera sus opiniones antes de darle la bienvenida a mi banco.

Pero el Reino de Dios no puede estar presente, no puede existir entre nosotros si no trabajamos para comprendernos, si no nos reconocemos como personas. Parafraseando 1 Juan 4:20: Si alguien dice: “Amo a Dios”, pero odia a su hermano, entonces es un mentiroso. Quien no ama a un hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien nunca ha visto.

5286CB6D-2683-4FB4-A62F-D27D19B66204A Dios sólo lo conocemos en parte, en la forma en que irrumpe en nuestra vida. Cuando nos liberamos de nuestra exclusividad a veces estrecha, cuando nos abrimos a los demás, especialmente a aquellos a quienes nos cuesta amar, nuestra visión de Dios se amplía. Necesitamos dejar de estar ocupados y prestar atención a la forma en que Cristo está presente en la persona que tenemos delante.

El libro de Apocalipsis habla de un cielo nuevo y una tierra nueva porque lo viejo pasó. El cielo y la tierra antiguos son los que están llenos de muros y divisiones, los de adentro y los de afuera, los bienvenidos y los rechazados. Este cielo nuevo y tierra nueva es la Comunidad Amada, donde todas las personas, sin importar ninguna parte de ellas, son bienvenidas. Isaías 11 lo describe así, “El lobo vivirá con el cordero, el leopardo con el cabrito se acostará, el becerro y el león y el animal cebado juntamente”, el ejecutivo petrolero y el líder indígena, el queer y el gay -basher, el hombre negro desarmado y el policía cegado por prejuicios, el pro-vida y el pro-elección, el oficial de ICE y la persona indocumentada. Hay lugar al pie de la cruz para cada uno de nosotros. Esta no es una visión futura de una existencia utópica: esto es lo que la Iglesia está llamada a ser.

¿Jesús nos pide que cambiemos el mundo? No, ese es su trabajo. Ni siquiera nos pide que cambiemos a los demás. Simplemente nos pide que nos relacionemos unos con otros, aun cuando sea difícil. Especialmente cuando es difícil. Ser quienes somos lo mejor que podamos, escuchar activamente las historias y experiencias de los demás e invitar a todos a sentarse en nuestro banco.

—Mark Hakes, 17 de julio de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“El maestro interior”. 16 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,38-42)

domingo, 17 de julio de 2022
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16-TO-CMientras la jerarquía católica insiste en la necesidad del «magisterio eclesiástico» para instruir y guiar a los fieles, sectores importantes de cristianos orientan hoy su vida sin tener en cuenta sus directrices. ¿Hacia dónde nos puede conducir este fenómeno? La cuestión inquieta cada vez más.

Algunos teólogos creen necesario recuperar la conciencia del «magisterio interior», tan olvidado entre los cristianos. Se viene a decir esto: de poco sirve insistir en el «magisterio jerárquico» si los creyentes –jerarquía y fieles– no escuchamos la voz de Cristo, «Maestro interior» que sigue instruyendo a través de su Espíritu a quienes de verdad quieren seguirlo.

La idea de Cristo «Maestro interior» arranca del mismo Jesús: «No llaméis a nadie maestro, porque uno es vuestro Maestro: Cristo» (Mateo 23,10). Pero ha sido sobre todo san Agustín quien lo ha introducido en la teología reivindicando con fuerza su importancia: «Tenemos un solo Maestro. Y bajo él somos todos condiscípulos. No nos constituimos en maestros por el hecho de hablaros desde un púlpito. El verdadero Maestro habla desde dentro».

La teología contemporánea insiste en esta verdad demasiado olvidada por todos, jerarquía y fieles: las palabras que se pronuncian en la Iglesia solo han de servir de invitación para que cada creyente escuche dentro de sí la voz de Cristo. Esto es lo decisivo. Solo cuando uno «aprende» del mismo Cristo se produce «algo nuevo» en su vida de creyente.

Esto trae consigo diversas exigencias. Antes que nada para quienes hablan con autoridad dentro de la Iglesia. No son los propietarios de la fe ni de la moral cristiana. Su misión no es enjuiciar y condenar a las personas. Menos aún «echar fardos pesados e insoportables» a los demás. No son maestros de nadie. Son discípulos que han de vivir «aprendiendo» de Cristo. Solo entonces podrán ayudar a otros a «dejarse enseñar» por él. Así interpela san Agustín a los predicadores: «¿Por qué gustas tanto de hablar y tan poco de escuchar? El que enseña de verdad está dentro; en cambio, cuando tú tratas de enseñar te sales de ti mismo y andas por fuera. Escucha primero al que habla por dentro, y desde dentro habla después a los de fuera».

Por otra parte, todos hemos de recordar que lo importante, al oír la palabra del magisterio, es sentirnos invitados a volvernos hacia dentro para escuchar la voz del único Maestro. Nos lo recuerda también san Agustín: «No andes por fuera. No te desparrames. Adéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior». Es aleccionadora la escena en que Jesús alaba la actitud de María, que, «sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra». Las palabras de Jesús son claras: «Solo una cosa es necesaria. María ha escogido la parte mejor».

José Antonio Pagola

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” Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor”. Domingo 17 de julio de 2022. 16º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 17 de julio de 2022
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41-ordinarioC16 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 18, 1-10a: Señor, no pases de largo junto a tu siervo.
Salmo responsorial: 14: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?
Colosenses 1, 24-28: El misterio escondido desde siglos, revelado ahora a los santos.
Lucas 10, 38-42: Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor

El texto de la primera lectura nos presenta una escena familiar. Abraham, sentado ante la tienda, recibe la visita del Señor. Abraham lo recibe con hospitalidad. Dios lo premia con la fecundidad de Sara.

Tres rasgos fundamentales caracterizan el texto: la fe de Abraham al reconocer al Señor. La hospitalidad con que se recibe al Señor y la familiaridad de Dios con Abraham y su familia. Es un bello ejemplo de la relación y acogida de Dios por el ser humano, la única posible para caminar.

Volvemos a encontrar en la segunda lectura de hoy el pensamiento de Pablo sobre el misterio de Dios y su revelación por medio de la predicación y lo que Pablo aporta a esa revelación por el sufrimiento. Cristo revela la riqueza de Dios en la pobreza de la cruz y el apóstol será el distribuidor de la misma a hombres y mujeres.

Un primer comentario al evangelio de hoy:

Lucas nos presenta finalmente una anécdota perteneciente al fondo de las tradiciones recibidas por el evangelista en el círculo de sus discípulos, especialmente mujeres. Marta y María, hermanas de Lázaro, reciben en su casa al Señor.

El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la Palabra de Dios es todo, menos ocasional.

Nos encontramos con un cuadro familiar en el que Jesús visita en su casa a unas amigas suyas. Ellas, Marta y María lo reciben en su casa. Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio para atender al huésped, y Jesús la reprende porque anda inquieta “con tantas cosas”.. Marta no encuentra la colaboración de nadie. La hermana, en efecto, se ha sentado a los pies de Jesús y está ocupada completamente en la escucha de su palabra.

El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder, y por consiguiente la necesidad de sacrificar lo urgente a lo importante.

Pero el desfase en el comportamiento de Marta resulta, sobre todo, del contraste respecto a la postura asumida por la hermana. María, frente a Jesús, elige “recibirlo”, Marta, por el contrario, toma decididamente el camino del dar, del actuar; María se coloca en el plano del ser y le da la primacía a la escucha.

Marta se precipita a “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la palabra de Dios, por lo que corre el peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en su casa. María lo acoge “dentro de sí”, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por él, y que está reservado para él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.

Según el juicio de Jesús, María ha elegido inmediatamente, “la mejor parte” (que, a pesar de las apariencias, no es la más cómoda: resulta mucho más fácil moverse que “entender la palabra”). Marta, desgraciadamente, que no quiere que falte nada al huésped importante, que pretende llegar a todo, acaba dejando pasar clamorosamente por alto “la única cosa necesaria”. Marta reclama a Jesús, no sabe lo que él prefiere. El problema es precisamente éste: descubrir poco a poco qué es lo que quiere Jesús de mí. Por eso es necesario parar, dejar el ir y venir, y sacar tiempo para escuchar la Palabra de Jesús y comprender cuál es realmente la voluntad de Dios sobre mi vida.

Un segundo comentario al evangelio de hoy:

En el evangelio de Lucas el camino de Jesús a Jerusalén marca una progresiva manifestación del Reino. A medida que avanza va formando a los discípulas y discípulos en actitudes de misericordia, de abandono de las pretensiones de poder, y en la atenta escucha de la Palabra. En ese camino, al igual que los misioneros que han venido anunciando su presencia, Jesús es recibido por dos mujeres en una casa de familia.

Allí se topa con dos actitudes diferentes. Una de total atención y escucha, la otra, de afán por los quehaceres habituales y de distracción. El trajín de la vida cotidiana había atrapado a Marta y, probablemente, la había vuelto sorda a la Palabra de Dios. Ella recibe a Jesús pero no lo escucha. Aunque Jesús entra a su casa, ella lo deja por puertas. Jesús propone un plan encaminado a formar verdaderos oyentes de la Palabra -auténticos discípulos- que Marta no está dispuesta a atender.

María, al contrario, comprende bien el proyecto de Jesús y rompe con los prejuicios culturales de su época. En lugar de andar atareada con los oficios domésticos “propios de las mujeres” (las “labores propias de su sexo”, como se ha dicho y pensado durante tanto tiempo), se pone “a los pies del Señor para escuchar su palabra”. Este gesto, reservado entonces culturalmente a los discípulos varones, la acredita como discípula.

Marta, al fatigarse con el interminable trabajo de la casa, cuestiona la contradictoria actitud de María e interpela al Maestro para que “ponga a la mujer en su sitio”. Jesús le da una respuesta inesperada: felicita a María porque ha acertado en su elección y reprende a Marta por dejarse envolver en las preocupaciones cotidianas sin atender a lo importante. Efectivamente, María ha hecho la mejor opción, la única necesaria para ponerse en el camino de Jesús y ser su discípulo: ha decidido aprender a escuchar la Palabra y se deja interpelar por la presencia del Maestro.

En su camino Jesús va formando, pues, a sus seguidores en las actitudes indispensables para llegar a ser verdaderos discípulos. Una de esas actitudes es la de escuchar atenta y serenamente su Palabra. Actitud que exige romper con el ritmo loco e interminable de la vida cotidiana para ponerse, serena y atentamente, a los pies del Maestro. Esta elección que a los ojos de la eficiencia puede parecer superficial e inútil, es una condición fundamental para llegar a ser un auténtico discípulo.

Nosotros hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los medios proporcionados por la tecnología para ahorrar tiempo… también multiplican las ocupaciones y acaban haciéndonos caer en un activismo desenfrenado. Y el exceso de preocupaciones nos lleva a olvidarnos de lo fundamental…

Nuestro cristianismo se convierte así en un tímido cumplimiento de algunas obligaciones religiosas, sin espacio para la escucha de la Palabra. Se nos exhorta, se nos bombardea continuamente con mensajes que nos invitan a ser “eficaces, productivos y competitivos”… Pero con Marta y María, Jesús nos interpela y nos llama a respetar la jerarquía de valores y a poner en su sitio la “opción por lo fundamental”: ponernos a sus pies y escuchar su palabra. Jesús nos invita a que nuestro cristianismo sea un verdadero discipulado.

Para aprender la lección del Maestro, debemos formarnos en la escucha atenta de la Palabra en la Biblia y en la vida. La Biblia no puede permanecer guardada en un cajón mientras nosotros nos ahogamos en el interminable torbellino de los quehaceres cotidianos. La Palabra de Dios está hecha para caminar con nosotros paso a paso, día a día, minuto a minuto. Para enseñarnos a vivir en comunidad la solidaridad que hace efectivo aquí y ahora el reinar de Dios. Para ayudarnos a escuchar la Palabra que Dios nos dirige en la difícil realidad de nuestros pueblos: en las inhumanas condiciones de las grandes ciudades, en la soledad y el aislamiento de los campos. Debemos pues optar por las actitudes que nos conviertan en verdaderos discípulos de Jesús y auténticos cristianos. Leer más…

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Marta y María, toda la iglesia. Estudio exegético 1 (17.7.22, Dom 16)

domingo, 17 de julio de 2022
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db19882207a3c173138ac73908340b36Del blog de Xabier Pikaza:

El relato de Marta y María (Lc 10,38-42) ofrece la mejor visión bíblica de la Iglesia, representada por dos mujeres, que son obispos y más que obispos.

Marta es símbolo del poder ejecutivo de la Iglesia. María  es símbolo de interioridad y pensamiento, del «poder orante»y «legislativo». La dos son más que obispos, como he  dicho.

Hay temas sobre los que todos puede opinar (como en una charla de café o de vino). Pero hay otros de tipo exegético e histórico  de los que sólo se puede opinar si uno tiene ciertos conocimientos.

Ciertamente, se pueden mantener las cosas de iglesia como hoy son, entre los católicos, pero sabiendo que en principio ellas fueron distintas. De ese principio según Lc 10 trata precisamente este trabajo, del que publiqué una versión académica (Iglesia de mujeres,Marta y María), en I. Gómez-Acebo (ed.), En clave de mujer. Relectura de Lucas, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998, 117-178. Aquí recojo, resumo aquel texto base, en dos “postales”, una  hoy, otra mañana. Buen fin de semana de Marta y María.

Significativamente, toda la prensa católica ha publicado estos días el hecho de que el Papa Francisco ha nombrado tres mujeres  para la Congregación de Obispos, encargada de seleccionar y proponer obispos para la Iglesia católica. No serán “obispesas” se dice, pero ayudarán a nombrar obispos (cosa que parece lógicamente ilógica). En ese contexto será bueno reflexionar este domingo sobre “Marta y María” que fueron las primeras “obispas”, y aún más, en el origen de la Iglesia. Como he dicho, el tema seguirá mañana o pasado.

Texto. Evangelio del Dom 17.7.22.

             Lc 10, 38 Mientras iban ellos de camino, él entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta le recibió. 39 Y ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 40 Marta, en cambio, estaba afanada (distraída) con mucho servicio; y acercándose {a El, le} dijo: Señor ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude. 41 Respondiendo el Señor, le dijo: Marta, Marta, te preocupas y estás perturbada por muchas cosas; 42 una (sola) cosa es necesaria; en efecto, María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada.

  1. Mientras iban de camino (10, 38a).

Así comienza la escena. El relato no está situado en el de los mitos, ni en el érase una vez de los cuentos clásicos, sino en el camino de Jesús con sus discípulos y/o amigos. Esta no es una marcha cualquiera sino el camino mesiánico de subida a Jerusalén y de culminación humana que, conforme a Lucas, autor del evangelio de su nombre (=Lc) ha empezado en 9, 51 (Jesús toma la decisión de ir a Jerusalén) y se ha expresado en 9, 57-62 (Jesús propone sus condiciones a los que quieran hacerle compañía en el camino).

En ese contexto de camino mesiánico, que culmina de forma muy precisa en el versículo final de la parábola del buen samaritano (¡Vete!: 10, 37) se inscribe e inicia nuestro texto (mientras iban de camino: 10, 38). El escriba autosuficiente (¡quiere justificarse a sí mismo: cf. 10, 29) a quien Jesús cuenta la parábola debe ponerse en camino, para convertirse de esa forma en buen samaritano, acogiendo y ayudando a los demás. Pues bien, ahora, al ponerse en camino, ellos (Jesús y los suyos) aparecen como buenos samaritanos. Sólo dirigiéndose hacia Jerusalén podrán descubrir lo que significa el seguir a Jesús, el surgimiento de la iglesia [1].

En ese contexto de camino mesiánico se inscribe nuestro texto. No ofrece una verdad abstracta sobre el ser humano, ni una teoría general sobre la hospitalidad, sino que expone la novedad de la acogida de Jesús (el surgimiento y esencia de la iglesia), en el contexto de su ascenso hacia Jerusalén, vinculando los dos libros de Lucas (Lc= Evangelio y Hech=Hechos):

 *Lc 10, 38-42 recuerda una historia pasada. Es muy posible que Jesús haya sido acogido en la casa algunas buenas mujeres, que le han ofrecido no sólo hospitalidad externa, sino también cercanía humana, casa familiar. Junto a las mujeres que le siguen con los otros discípulos ambulantes (cf. Lc 8, 1-3) aparecen aquí las mujeres que le acogen, pudiendo presentarse de esa forma como signo de la iglesia.

* Lo que dice Lc 10, 38-42 ha de situarse en el trasfondo de Hechos donde aparece el camino misionero de los discípulos de Jesús, simbolizados de un modo especial por Pedro y los Doce, por los Siete helenistas y finalmente por Pablo. Son ellos, los cristianos ambulantes, los que están al fondo de la afirmación general con que comienza el texto: mientras iban de camino. La subida de Jesús a Jerusalén (Hech 9, 51) viene a presentarse de esa forma como signo de la gran marcha de la iglesia desde Jerusalén hacia los confines de la tierra (Hech 1, 8).

* Desde el libro de los Hechos debemos volver a Lc 10, 38-42 descubriendo en el camino y gesto de Jesús el paradigma o ejemplo de la vida de toda la iglesia posterior. No es que empecemos estudiando Lc y luego completemos su visión con Hech, sino al contrario: lo que en Hech se dice en un plano de historia eclesial ha de entenderse desde la parábola fundante de Jesús (evangelio), que viene a presentarse así como lugar y fuente de surgimiento eclesial.

 Por eso, nuestro texto ha de entenderse en dos líneas o direcciones que son complementarias. Por una parte está la linea que va de la historia de Jesús hacia la iglesia: el camino pasado de Jesús constituye para Lucas (autor de Lc y Hech) el punto de partida y el lugar de referencia para entender la vida de la iglesia. Por otra parte está la línea que va de la iglesia hacia Jesús: todo lo que la iglesia vive y hace ha de entenderse a la luz de lo que ha sido el camino de Jesús. Por eso, cuando se dice que Jesús envió a sus discípulos a los lugares donde él debía «venir él», para que le precedieran, podemos hablar de dos misiones: la misión pre-pascual de los Doce (cf. Lc 9, 1-6) que iban subiendo con Jesús hacia Jerusalén; y la misión post-pascual de los Setenta y dos (cf. 10, 1-12) que son signo de todos los misioneros de la iglesia.

De esta forma, los Setenta y dos quedan integrados en el mismo camino histórico de Jesús. En un nivel, ellos van a todo el mundo (cf. Hech 1, 8), abriendo el camino-de Jesús; pero, en otro nivel, ellos siguen recorriendo el mismo duro ascenso de Jesús que va a Jerusalén para entregar la vida.

De esta forma, Lucas nos ofrece una fusión de horizontes: el camino pasado de Jesús ilumina nuestro pesente eclesial; el presente de la iglesia nos invita a reinterpretar el pasado de Jesús. El éxodo o salida (cf. Lc 9, 31) y el ascenso o subida (cf. Lc 9, 51) de Jesús en Jerusalén viene a presentarse así como espacio y contexto simbólico donde se puede inscribir la historia de la iglesia, tal como lo muestra en otra perspectiva, en el libro de los Hechos .[2]

Así podemos volver al comienzo de nuestro pasaje: Y sucedió que mientras iban de camino… (10, 38a). Jesús ha decidido dirigirse a Jerusalén (9, 51), proponiendo las condiciones de su seguimiento a quienes quieran acompañarle (9, 57-62). Le preceden los Setenta y Dos discípulos [3] (cf. 10, 1-12.17-24). Con ellos avanza Jesús y va creando iglesia, tanto en perspectiva de misión (fundan iglesia quienes le acompañan, expandiendo su mensaje) como de acogida (son iglesia aquellos que le reciben, ofreciéndole una casa).

Sucedió que mientras iba de camino… Todo sucede en el camino de ascenso y entrega, en la vida hecha proceso de ascenso a Jerusalén y misión universal de reino. Precisamente ahora, allí donde Jesús y sus discípulos ofrecen al mundo unos modelos de entrega y acogida surgirá la iglesia. En las reflexiones que siguen quiero desarrollar de manera expresa este segundo aspecto (de acogida) reflejado por las dos hermanas que reciben a Jesús, recibiendo a sus discípulos (varones y mujeres) que hacen por el mundo camino de evangelio. Estamos, por tanto, en el tiempo de que habla el libro de los Hechos (tiempo de la iglesia); desde ese presente de misión eclesial volvemos a la historia de Jesús, para descubrir el ella el sentido de esta iglesia de mujeres, centrada en lacomunidad que forman las dos hermanos.

  1. Mientras ellos iban, Jesús entró (10, 38a).

 De manera sorprendente, el texto pasa del plural al singular : mientras ellos siguen de camino, él entra en una aldea y casa… [4] Es como si la experiencia eclesial se dualizara, de manera que para descubrir su contenido deben distinguirse los dos contextos fundamentales, los dos «espacios» básicos del evangelio:

* Por una parte están todos ellos que siguen de camino... De esa forma se sitúan en la línea del escriba de la parábola del Buen samaritano (10, 25-37) al que Jesús le ha dicho que «vaya». Ellos son sin duda alguna los discípulos de Jesús, que van de camino (desde 9, 51) y de un modo especial los setenta y dos a quienes ha enviado expresamente para precederle (10, 1). Así podemos afirmar que él, Jesús, está con aquellos que caminan; forma parte de la gran comunidad misionera que anuncia el evangelio, la buena noticia del éxodo y ascenso mesiánico. [5]

 * Por otra parte, Jesús aparece separado de los Setenta y Dos… Nuestro supone que mientras ellos siguen preparando su camino (realizando su misión pascual) él se separa y entra en una aldea, siendo recibido en una casa. Pasamos así de la iglesia del envío y camino, representada por los Setenta y Dos misioneros de 10, 1.12 (entre los cuales parece evidente que también hay mujeres, como supone 8, 1-3) a la iglesia de la acogida y casa (representada ahora por las dos mujeres que van a recibir a Jesús).

 Este Jesús acogido en la aldea (o casa) es símbolo del conjunto eclesial. No aparece ya en forma individual histórica, como un hombre del pasado, sino como figura pascual: es el Señor al que se acoge, el Señor que constituye el centro de la vida de la comunidad. Es ciertamente Jesús, como supone todo lo que sigue, pero al mismo tiempo podemos identificarle con el conjunto de la iglesia que acoge en la «casa» de su vida y cuidado a quienes vienen.

En este Jesús que llega a la aldea-casa de la iglesia (representada por dos mujeres) está simbolizada la totalidad de la misión eclesial. Ente la iglesia caminante (enviada) y la iglesia acogedora (que recibe a los caminantes) se establece una profunda y necesaria simbiosis que iremos precisando.

Entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió…(10, 38) [6]

 El tema de la acogida se encuentra preparado en 9, 52-56, donde se dice que una aldea samaritana no quiso recibir a Jesús, y en 10, 4-12, donde se habla de las casas-ciudades que acogen o no acogen a los misioneros de Jesús.

Los dos niveles se encuentran a mi juicio vinculados, de manera que recibir a Jesús se identifica con recibir a sus enviados y viceversa. La misma existencia de la iglesia está vinculada a la acogida de Jesús, con todo lo que ella implica. Presentaremos el tema a partir del contexto más general de la misión (10, 4-12). Desde ese fondo entenderemos las dos escenas (la de la aldea samaritana y la de Marta-María) como variantes de un mismo modelo narrativo:

* 10, 1-11: Recibir o rechazar a los enviados de Jesús. Jesús envía a todos sus discípulos (a los Setenta y dos) sin otra seguridad que su palabra y poder de curaciones. Van sin dinero ni seguridades, quedando así a merced de que las gentes (pueblos, casas) les acojan o rechacen. No van a descansar como curiosos vagabundos, ni a imponerse como señores, sino a ofrecer el reino, como obreros que realizan un duro trabajo de evangelio. Son ministros del reino y salvación de Dios, pero quedan a merced del ministerio de la acogida (comida, hospitalidad total) de las casas o pueblos donde vayan.

Por eso dice el texto que donde no les reciban (10, 10) deben sacudirse hasta el polvo de los pies, marchándose sin nada de aquel lugar de no acogida. Creer en el evangelio no es una pura experiencia interior, una fe desligada de la vida. Creer es acoger a los enviados de Jesús, compartiendo con ellos la casa.

* 9, 52-56. La aldea de los que no reciben a Jesús. Ese tema de la acogida queda ejemplificado, negativamente, en una aldea de samaritanos. Jesús envía a sus mensajeros (ángeles) para que le anuncien y preparen el camino. Ellos (en plural, los mensajeros) entran en una aldea (kome) de samaritanos, pero ellos no le quieren recibir, no le aceptan su en su pueblo, no abren la casa para ellos. Recibir (en pueblo o casa) es la señal suprema de acogida mesiánica, como hemos visto en 10, 4-10, aunque allí, en contexto más amplio de misión helenista se hable de ciudad y lugar (polis y topos: 10,1ss), mientras que aquí, en contexto más galileo-palestino se hable de aldea (kome: 9, 52).

Esta aldea de los samaritanos es signo de todas las ciudades y lugares que no aceptaran la misión de Jesús, rechazando a sus discípulos. Esta es la aldea que no se hace iglesia (casa acogedora), aldea que Santiago y Juan, situándose en plano de violencia apocalíptica, quieren destruir con fuego que baja del cielo; evidentemente, el Jesús de la acogida libre, de la casa voluntario, les rechaza, diciéndoles que no conocen su espíritu.

* 10, 38-42. Marta y María. La aldea de los que reciben a Jesús.Se repite el esquema y las palabras principales del pasaje anterior, aunque ahora no se dicen que los discípulos (mensajeros) preparan el camino de Jesús, sino simplemente que van (con el verbo poreuein en 9, 52.56 y 10, 38). Ellos van, pero es Jesús el que entra. El pasaje anterior acababa diciendo que ellos (Jesús y discípulos) fueron a otra aldea en busca de una acogida que no sabemos si recibieron (9, 56).

Pues bien, la nueva escena comienza diciendo (cf. 10, 38) que Jesús entra en una aldea (kome), como habían entrado ya los discípulos en la aldea samaritana (9, 52); pero ahora, en vez de rechazarle a él hay una mujer que le recibe y que se llama Marta (10, 38). Frente a los samaritanos anónimos que no le acogen, aparece aquí ella como signo y representante de toda la aldea que recibe a Jesús (y que sin duda recibe a sus discípulos, creando así comunidad con/para ellos))

 En este contexto se iluminan de manera sorprendente muchos elementos de nuestra escena. Estamos, como indica 10, 1-12, en el centro de la gran misión eclesial. Jesús no entra en la casa de Marta por casualidad, sino porque sigue realizando su misión, a través de sus discípulos. No entra por pasar un simple rato de placer, en compañía, con dos amabilísimas mujeres, sino porque quiere crear iglesia, quedándose en la casa de aquellos que le reciben.

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Marta, Marta (2). Contra unos “obispos” ocupados en hacer cosas, sin amor ni escucha de Jesús (acusando encima a las “marías”)

domingo, 17 de julio de 2022
Comentarios desactivados en Marta, Marta (2). Contra unos “obispos” ocupados en hacer cosas, sin amor ni escucha de Jesús (acusando encima a las “marías”)

B9FC437F-C4C9-4FF1-A0EA-D932B7599968Del blog de Xabier Pikaza:

Presenté  ayer (14.7) el tema (Marta y María 1),insistiendo en una iglesia de “martas/martos” (obispos/gestores) centrados en hacer cosas, sin escuchar a otros, obispos que corrigen de plano a  Jesús, sin cumplir su plan y encima se quejan ante él, acusando a las “marías”.

Hoy destaco la respuesta de Jesús que corrige a las “martas” y defiende a las “marías”, insistiendo en la necesidad de “escucharse” mutuamente (amar) y no en hacer cosas sobre (contra) otros.

| X Pikaza Ibarrondo

Palabra de Jesús:

Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán (Lc 10). (imagen: Marta y María en la Catedral de Baiona).

Advertencia de Juan de la Cruz

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores,que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta.

Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil,mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra maneratodo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt. 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios (Cántico Espiritual B,  Canción 28).

Introducción

             El tema responde a la situación de la iglesia en tiempos de Lucas (final siglo I d.C.), pero recoge la problemática del siglo XXI, con una iglesia de obispos  a los que Jesús acusa de hacer cosas secundarias (y a veces malas) sin escuchar ni amar como María.

Como sabe Jn 10 (y el puesto muy de relieve en el capítulo final de Hombre y mujer en las religiones, Marta cumplía y cumple otras funciones positivas en la iglesia, pero debe cambiar de un modo radical, si quiere vivir según el evangelio de Jesús.

No es un conflicto entre hombres y mujeres, como se ha supuesto después…, conforme a una mala interpretación de todo el Nuevo Testamento.  Es un conflicto entre grupos que quieren mandar y otros que han de estar sometidos. Éste es un conflicto que aparece a lo largo y a lo ancho de todo el evangelio, es un conflicto de poder, puro y duro como seguiremos viendo.

COMENTARIO (sigue tema de 14.07.22)

  1. Conflicto en la iglesia. Acusación de Marta (10, 40b)

  La acusación de Marta, diciendo que María la abandona en el trabajo y pidiendo a Jesús que le reprenda, nos sitúa en el centro de un conflicto eclesial en torno a poderes y servicios. Ciertamente, Lucas sabe que existe una causa de conflicto intra-eclesial: la búsqueda de poder: ¿quién es el más grande? Significativamente (defendiendo la memoria de los apóstoles), él ha omitido la tradición donde se hablaba del deseo de poder de los zebedeos (Mc 10, 35-40; Mt 20, 20-23), pero el tema de fondo sigue siendo el mismo: es un tema de poder.

90C59B7A-6D2B-488D-BA7D-DBC184F67211Lucas sabe que los discípulos han buscado los primeros puestos, queriendo establecer una sociedad jerárquica donde ellos mismos sean los privilegiados; y sabe que Jesús ha respondido, diciendo que es preciso hacerse niños (pequeños) para así volverse grandes. (Lc 9, 46-48). En ese fondo se sitúa nuestro texto. Por eso lo citamos en tercer lugar, después de haber presentado otros dos pasajes donde Lucas alude a las disputas eclesiales por causas del «servicio»:

* Lc 24, 24-30. Disputa sobre la grandeza. En el contexto más solemne de la vida de Jesús, el día de la ultima cena, ha situado Lucas la discusión de los discípulos de Jesús sobre quien de ellos parece ser más grande (22, 24). Ha culminado el camino del mensaje, están en Jerusalén, y cuando resulta que debían haber resuelto todos los problemas de este tipo, ellos disputan buscando grandezas y poderes.

 Jesús les responde acudiendo a la comparación del servicio en la mesa y pidiendo a los discípulos que se vuelvan servidores o diakonos de los demás, pues él mismo ha querido comportarse en medio de ellos como el servidor. [1] Así ha venido a comportarse dentro de la iglesia como auténtica Marta (si este nombre vale). Por eso, lo que Marta realiza en 10, 38-42 al servicio de la comunidad pertenece al misterio de Jesús. El problema no estará por tanto en servir, sino en la forma de hacerlo.

Una vez y para todas, Jesús ha elevado en la iglesia, en el momento más solemne de su cena de despedida, el ideal y ejercicio del servicio, convirtiéndolo en clave de su vida. Por tanto, toda división parcial entre mujeres servidoras y hombres jerarcas, entre martas trabajadoras y marías contemplativas resulta contraria al evangelio.

 * Hech 6, 1-7. Disputa en torno al servicio: mesas y palabra. El problema de la iglesia no es el servicio, sino el no servicio, o la manera partidista de realizarlo. Así lo muestra este pasaje que recrea, dentro de la obra general de Lucas y en ámbito de iglesia, los motivos que hemos descubierto en el nuestro (en Lc 10, 38-42).

Los «helenistas» (judíos de lengua y cultura más griega) murmuran contra los «hebreos» (comunidad oficial de Jerusalén, de lengua aramea, centrada en los Doce) porque sus «viudas» quedan relegadas en el servicio diario, es decir, en la asistencia personal (Hech 1) La disputa la resuelven los Doce, afirmando que ellos deben mantenerse fieles a la oración y al servicio de la palabra (en una línea que parece propia María) y pidiendo que la comunidad reunida elija a Siete personas responsables del servicio de las viudas y las mesas (es decir, en una obra que parece más cercana a la de Marta).

Como vemos, el problema de Hech 6 sigue siendo el de Lc 1o, 38-42, pero de algún modo se ha invertido: los helenistas no protestan porque tienen mucha diaconía(como Marta), sino porque ella no está bien realizada, porque las viudas (servicio personal) y las mesas (servicio alimenticio) no están bien atendidas.

En contra de lo que sucede en Lc 10, 38-42, el libro de los Hechos resuelve el problema dividiendo las funciones (los Doce se siguen encargando del servicio de la palabra y los Siete de las mesas) de una manera que acaba resultando irónica o, quizá mejor, paradójica. Lucas sabe, por un lado, que el servicio de mesas y palabra resulta inseparable, pues los Siete de las mesas, a quienes ordinariamente se llama los diakonos(olvidando que la diaconía pertenece también el servicio de la palabra: cf. Hech 6, 4), realizan inmediatamente un ministerio en línea de palabra.

Por otro lado, los pioneros de la apertura universal de la iglesia no han sido los Doce (encargados «oficialmente» de la Palabra), sino los Siete: la Palabra del evangelio sólo ha podido extenderse allí donde se realiza el servicio de las viudas y las mesas: la misión cristiana se ha extendido y realizado precisamente a través de los helenistas, es decir, de los servidores, como sabe el resto de Hechos. Han sido ellos, los representados por la Marta de 10, 38-42, los que han extendido de verdad la iglesia.

Eso significa que la disputa en torno a palabra y servicio resulta por un lado normal y por otro ella no puede conducirnos a una división nítida de funciones (por un lado ministerios sociales, por otro contemplativos o de la palabra), pues no existe en verdad tal ruptura. Significativamente, en este pasaje, tanto los Doce (palabra) como los Siete (mesas) aparecen personificados en varones. En el fondo, el poder eclesial está vinculado al servicio y palabra. [2].

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