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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
19.09.2022
Tras escuchar el pasado domingo aquellas palabras de Jesús: no podéis servir a Dios y al dinero, leemos hoy esta parábola del rico y el pobre Lázaro (Eleazar). Lázaro inspira una profunda compasión.
Todos somos ricos y tenemos Lázaros a nuestra puerta.
Lázaro significa: “Dios ayuda”. Si salimos de esta Eucaristía con la sensación de que Dios es nuestra ayuda en la vida (y en la muerte), será una dicha.
01.- A propósito de ver
En las parábolas de la misericordia hay un denominador común Ver o no ver.
El buen samaritano vio al herido y actúo, el sacerdote y el levita le vieron, pero dieron un rodeo y pasaron de largo.
El padre, ve venir al hijo pródigo y se alegró, mientras que el hijo mayor cuando vio venir a su hermano, protestó y no quiso celebrar nada.
Jesús ve a los discípulos y los llama, ve a la multitud y se conmueve
Es importante dónde y cómo estamos situados en la vida para ver las cosas y las personas de una u otra manera. A veces “miramos para otro lado” o ni tan siquiera miramos a los “lázaros” de todo tipo que viven junto a nosotros. Cuando estamos satisfechos como el rico epulón, ni miramos cómo están los demás, nos da igual.
02.- ¿Qué puede querer decir la parábola del pobre Lázaro?
Esta parábola no es una descripción de cómo se desarrollará la vida después de la muerte. Se trata de una parábola, no una topografía de ningún lugar. (Algún “ingeniero” de la teología ha llegado a calcular los grados de temperatura del purgatorio y del infierno).
Tampoco es una promesa-sedante a los pobres de un final feliz en compensación por lo mal que lo han pasado en esta vida. No es una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del status quo de los ricos. El “más allá” no va a solucionar las injusticias del “más acá”.
Tampoco se trata de una “escatología tarifada”: ¿Cuánto dinero me está permitido tener y almacenar de modo que Dios no me pueda echar nada en cara al final de los tiempos?
03.- Cambio abismo por valla y concertinas.
El texto evangélico de hoy dice que entre el rico epulón y el pobre Lázaro había un abismo imposible de pasar. Abismos y distancias entre ricos y pobres hay siempre.
Hoy en día quizás no les llamaríamos abismos, pero sí que hemos levantado vallas entre pueblos ricos y pobres: la valla de Trump entre EEUU y Méjico, la valla de Melilla; hemos puesto concertinas y alambres de espino, fronteras y “papeles” infinitos para los “lázaros” emigrantes que van y vienen. Los ricos somos los que impedimos que los barcos de rescate: el “open arms”, el “aita Mari”, etc. lleguen a los puertos con los migrantes. Siguen existiendo abismos, grandes diferencias y distancias entre ricos y “lázaros”
También hoy hay -habemos- ricos y “lázaros”.
04.- No perdamos de vista la misericordia de Dios.
El rico invoca a Abraham, al padre de Israel, de la religión, para que le alivie a él y a su familia. Pero el puente para pasar tal abismo es la misericordia.
¡Lázaro! (Eleazar) significa “Dios es mi ayuda”.
Esta parábola es la reafirmación de que el dinero hace perder la cabeza al ser humano, nos vuelve locos. El dinero rompe toda posibilidad de comunicación con Dios y con los más pobres, crea abismos e impide una solidaridad y convivencia entre los hombres y pueblos.
Con el dinero pretendemos hallar ayuda. En el dinero buscamos la seguridad porque no confiamos en Dios. Al rico le ayuda el dinero al pobre, a Lázaro le ayuda Dios.
El dinero es el que crea los abismos (hades) y los sufrimientos, las diferencias de clases sociales, las miserias humanas, las llagas y la tristeza
San Lucas es muy sutil y dice que solamente los perros se compadecían de Lázaro. Los dueños, no; son los perros los que se compadecen y alivian el dolor de Lázaro lamiéndole las llagas.
Y esta distinción tiene un transfondo teológico-cristiano: Perro, en el mundo bíblico, significaba extranjero-pagano. Los judíos, los religiosos no tenían misericordia. Son los paganos: los samaritanos (el buen samaritano), etc., quienes tienen compasión y sienten misericordia).
05.- Los que “montan la película” son los “religiosos”, no los que sufren, ni los cristianos.
Llama poderosamente la atención en esta parábola que ni Dios, ni Jesús ni Lázaro dicen ni palabra. Por ello, “me da” que todo el tinglado del infierno, la condenación, el fuego, la gota de agua, “te pido que”, etc., lo montan los “judíos”, es decir: los “hombres religiosos” de turno.
El pobre Lázaro está medio muerto, dormitando en cualquier cajero automático, enfermo, lleno de llagas y moscas, como los niños africanos que vemos en el telediario… Pero Lázaro, el pobre hombre, no dice nada, se calla: espera la ayuda de Dios.
Extrañamente el rico se dirige no a Dios Padre, ni a Lázaro, ni a Jesús (como el buen ladrón), sino a Abrahán. El rico, incluso en el “más allá”, no siente misericordia, no se acerca a Dios Padre, como el hijo pródigo. El rico epulón busca una especie de “tráfico de influencias” ·y apela a Abrahán, el padre de Israel, personaje más que importante. Y como Abraham es importante “me podrá echar una mano”.
Los infiernos, los purgatorios y las diferencias abismales (abismos) están en este mundo, En el “otro mundo”, las cosas serán muy de otra manera y para todos, gracias a Dios.
Yo no puedo solucionar el problema del hambre del mundo, pero sí puedo apaciguar el dolor del “Lázaro” que está a mí puerta.
Como Lázaro, confiemos en la ayuda de Dios. Dios nos ayuda.
Comentarios desactivados en José María Aguirre Oraa: Pensar a Dios: Una exploración
«La aventura filosófica es un camino sin fin, pero jamás en solitario»
«Una filosofía de la religión debe ser capaz de abrir la lógica de la razón misma a las dimensiones de la transcendencia, al Absoluto»
«Se trata de mostrar la posibilidad de un acceso a Dios a partir de los recursos propios del pensamiento. Aquí se juega, como ha sucedido siempre a lo largo de la historia humana, la credibilidad racional de la apertura a Dios»
«En estos tiempos de deconstrucción, de pensamiento postmoderno, de primacía de lo «científico», se hace más necesario que nunca justificar y consolidar esta perspectiva»
«El filósofo Jean Ladrière postula y fundamenta en sus abundantes escritos sobre la posibilidad de abrirse al sentido de la creatividad radical que opera en el cosmos y de todo lo que esta creatividad implica y de este modo abrirse al reconocimiento de la creación del Universo»
| José María Aguirre Oraa Profesor de Filosofía jubilado. Universidad de La Rioja
Una filosofía de la religión debe ser capaz de abrir la lógica de la razón misma a las dimensiones de la transcendencia, al Absoluto. Se trata de mostrar la posibilidad de un acceso a Dios a partir de los recursos propios del pensamiento. Aquí se juega, como ha sucedido siempre a lo largo de la historia humana, la credibilidad racional de la apertura a Dios. En estos tiempos de deconstrucción, de pensamiento postmoderno, de primacía de lo «científico», se hace más necesario que nunca justificar y consolidar esta perspectiva. Tras la crítica kantiana a las «pruebas cosmológicas» tradicionales, el camino de mostración del Absoluto se había consolidado en el imperativo moral del respeto absoluto al otro expuesto por Kant y profundizado por Fichte. Las exigencias del respeto absoluto del otro solamente pueden ser justificadas en última instancia por la «irrupción» o la «presencia» dentro de la dinámica de la razón de un Absoluto que fundamenta de manera radical esta exigencia del respeto absoluto. Esta perspectiva la desarrollaré en otro momento.
La vía cosmológica consiste en una línea de argumentación que busca una mostración del Absoluto a partir de las teorías explicativas del origen del mundo en línea de evolución. Estas teorías científicas o hipótesis científicas lo constituyen discusiones autónomas que tienen su lógica intrínseca físico-astronómica, su desarrollo no impuesto, pero también sus limitaciones categoriales y de significación.
Hay preguntas que van más allá del estricto campo de lo teórico-corroborable de las teorías científicas físicas y que no pueden ser respondidas con estos elementos científicos: ¿qué sentido tiene el Universo?, ¿tiene incluso algún sentido?, ¿se trata del desarrollo ciego y mecánico de una materia en evolución que surge y muere o hay un sentido, una finalidad en la creación? Ante cuestiones de este tipo la razón científica no puede responder satisfactoriamente con sus solos recursos a las demandas de la inquisición humana. Sin embargo, el pensamiento filosófico puede abrir nuevas vías de sentido, que no se juxtaponen artificialmente a las dinámicas intrínsecas del proceder científico, sino que buscan ahondar en estas mismas dinámicas.
En la historia del pensamiento, hay abundantes ensayos de pensadores que buscan fundamentar y justificar una posición teísta a partir del campo de las ciencias de la naturaleza o de las ciencias de la vida, a partir de los interrogantes abiertos y de los posibilidades inscritas en los nuevos conocimientos de estas ciencias. Pero, no se trata de «utilizar la ciencia» con fines apologéticos, sino de interrogar a la propia ciencia para desarrollar sus propios contenidos y sus exigencias de explicación global, más allá de sus conocimientos contrastados, es decir se trata de abrir la ciencia a las dimensiones de una reflexión más global y comprensiva.
Creatividad radical
El filósofo Jean Ladrière postula y fundamenta en sus abundantes escritos sobre esta temática que la razón científica comporta en sí misma, en su propia lógica interna, la posibilidad de abrirse al sentido de la creatividad radical que opera en el cosmos y de todo lo que esta creatividad implica y de este modo abrirse al reconocimiento de la creación del Universo. El «logos» interno que anima la ciencia comporta en sí, de modo constitutivo, la posibilidad de reconocer aquello de lo que este logos es una huella. A partir de esta visión de la ciencia, a partir de esta realidad de operatividad radical existe un relé filosófico que puede conducirnos a la idea de creatividad, idea que a su vez permite el paso a la idea de creación, que incluso postula la idea de la creación. Las resonancias kantianas con sus postulados de la razón son clarísimas. La lógica reflexiva es similar o se asemeja a la perspectiva de Kant.
La responsabilidad de la razón comporta el reconocimiento del sentido del universo como obra de creación, el reconocimiento de la inteligibilidad del mundo, de su armonía y de su verdad, no como afirmación de su propia gloria, de la «gloria de la vida», sino como manifestación, devenir visible, de una iniciativa que es del orden de un don. La realidad nos envía más allá de sí misma y, por tanto, aparece como habitada por un dinamismo constitutivo estructural que va en el sentido de una unión creciente con una subsistencia creadora.
Existe el presentimiento de una presencia personal que es, a la vez, Luz, Amor y Estallido, fuente de la inteligibilidad que existe en el mundo, de su armonía y de su belleza, fuente que es don, llamada, y promesa de sí misma en y por lo visible. Aquí aparece una consonancia posible, aunque no necesaria, entre la ciencia y la fe. La ciencia no proporciona por sí misma un acceso directo a la fe. La ligazón entre razón científica y fe cristiana no tiene una conexión lógicamente necesaria, ya que, en este caso comportaría un carácter necesario y constriñente que se impondría lógica y racionalmente. Esto no sucede así, lo sabemos muy bien. Sin embargo, la ciencia como tal nos hace ver la creatividad que opera incesantemente en el mundo.
A partir de esta visión de la ciencia, a partir de esta realidad de operatividad radical existe, podríamos llamarlo así, un relé filosófico que puede conducirnos a la idea de creatividad y que permite el paso a la idea de creación, o que incluso postula la idea de la creación. Las resonancias kantianas con sus postulados de la razón son clarísimas. La lógica reflexiva es similar o se asemeja a la perspectiva de Kant.
La ciencia deviene, por consiguiente, en su estricta lógica como una inmensa «parábola activa» de la creatividad universal operante en su seno. En este movimiento la especulación filosófica puede conducirnos al concepto de creación. La actualidad dinámica del cosmos manifiesta a la vez un campo de creatividad originario y manifestaciones concretas contingentes. La actualidad del acontecimiento-cosmos no puede ser pensada como actualidad en profundidad más que si está habitada por una creatividad subsistente, es decir habitada por una creatividad difusiva de sí misma. El esfuerzo especulativo consiste en interpretar el devenir universal, en su actualidad concreta, como término de una relación constituyente que le religa a una fuente subsistente, que aparecerá como pura creatividad. Aquí se abre una consonancia posible entre el esfuerzo especulativo y la fe cristiana.
Parece legítimo reconocer una afinidad positiva entre el pensamiento científico en su momento de comprehensión reflexiva y la experiencia religiosa, contemplada en su componente cognitivo. La posibilidad de la interacción entre ambos se encuentra sin duda en la co-participación de la religión y la ciencia en un mismo proceso fundamental, que es el propio movimiento de la existencia.
La ciencia tiene un primer momento que es el de una experiencia perceptiva y un segundo momento de encaminamiento de objetivación y de construcción de entidades articuladas. Pero, hay un tercer momento, el de la comprensión reflexiva, que vuelve sobre el recorrido efectuado acogiendo lo que anuncia. Esta comprensión que revela la profundidad del fenómeno es el paso a una comprensión que remonta de lo que se muestra hasta las condiciones de su manifestación, por tanto la entrada en esta regresión especulativa por la cual el pensamiento que busca la verdad intenta establecer una ligazón entre lo que se manifiesta y sus principios.
Al pronunciarse sobre la naturaleza de la transrealidad de donde puede venir, para la existencia, la respuesta a la espera de la salvación, la experiencia religiosa se compromete con un camino sostenido por la esperanza de que puede conducir a la existencia hasta lo Último. El pensamiento científico está llevado por la perspectiva de un acontecimiento que sería la manifestación total de lo verdadero, que sería, en relación a la búsqueda de un saber auténtico, efectivamente último. Para la conciencia religiosa, esto último del pensamiento puede y debe ser comprendido como refracción en la vida del espíritu de la presencia en ella de lo Último que evoca. «La afinidad entre la ciencia y la religión puede así ser pensada como una relación de analogía entre este camino que tiene como perspectiva lo último del saber y el camino que va al encuentro de lo último en la esperanza de la salvación. Esta analogía sugiere que el pensamiento científico, en lo más radical de su comprensión, comporta en él mismo el presentimiento de aquello que se efectúa en la experiencia religiosa y que él puede ser como un camino hacia el compromiso que presupone esta experiencia. En el pensamiento del mundo en su advenimiento existe ya, in actu exercito, el reconocimiento de la transrealidad del que él tiene su verdad»
Dios: proceso y realidad
Para esto Ladrière invoca también las reflexiones metafísicas de Whitehead y su concepción de Dios en perspectiva procesual. Uno de los aspectos más originales del pensamiento de Withehead es una concepción bastante extraña según la cual la naturaleza de Dios se divide en dos componentes, la naturaleza antecedente de Dios y la naturaleza consecuente de Dios. La naturaleza antecedente de Dios es la naturaleza de Dios considerada en ese aspecto de ella misma por la cual precede absolutamente al mundo y que el mundo hereda a cada instante. La naturaleza consecuente de Dios es la causa final última de todos los procesos de evolución del mundo, por tanto la causa final del mundo entero. Y este aspecto de Dios por el cual Dios recoge en él, como causa final y principio final de unificación, el mundo tal como él se hace, es a la vez aquello por lo que el mundo está como presentificado en Dios y aquello por lo que Dios está presente dentro de mundo. Hay una inmanencia del mundo en Dios y una inmanencia de Dios dentro del mundo.
Incluso hay una tercera naturaleza de Dios: la naturaleza «superjectiva» de Dios. La naturaleza superjectiva de Dios es Dios en tanto que habita el mundo y confiere un valor eterno positivo a todo lo que ha emergido en él, una versión que se asemeja al concepto teológico de Providencia. Por eso al final de su libro Process and Reality Withehead señala: «El principio de la relatividad universal no puede pararse en la naturaleza consecuente de Dios […]descubrimos el juicio de una ternura que no pierde nada de lo que puede ser salvado y también el juicio de una sabiduría que saca partido de todo lo que, en el mundo temporal, es puro naufragio». Para Whitehead «Dios no crea el mundo, hablando con propiedad, sino que lo salva o, más exactamente, él es el poeta del mundo, que le conduce con una paciencia tierna por su visión de verdad, de belleza y de bondad. Dios es el lugar supremo de actualidad y de realidad donde todo es salvado. Decir que el devenir del mundo es el devenir de Dios es decir que todo lo que sucede en el mundo, incluido lo que fracasa, incluido el sufrimiento y el mal, todo esto está retomado en Dios y se inscribe en una actualidad salvadora que transmuta en pura positividad todo lo que ha sucedido». En este sentido Dios es el gran compañero, el que sufre con, y el que comprende.
Por ello se puede decir que la transformación que se ha operado en la autocomprensión de la razón conduce a un estado de cosas en el que la racionalidad y la creencia se reconocen recíprocamente como dos dimensiones de la existencia, cada una con un orden propio, definido por una perspectiva específica. La racionalidad no es la conformidad del pensamiento a un modelo único (el de la ciencia de la naturaleza), que define un tipo de validez privilegiada, la racionalidad es una búsqueda, que responde a una vocación y es llevada por una esperanza.
La creencia, por su parte, no es una suerte de más allá inefable, sino exigencia de comprensión que acoge la ayuda que los instrumentos de la racionalidad pueden aportarle.«Reconociendo la vocación de la razón, la creencia cree poder interpretar, desde su punto de vista, la obra de la razón como una prolongación de la creación y el trabajo de investigación como una forma de alabanza. Y ella cree poder acoger en su propia esperanza, que es religiosa, la esperanza de la razón, que es la razón misma. El reconocimiento de las diferencias no es de ninguna manera la búsqueda de una síntesis, en el sentido de un discurso unificador. Pero ella puede perfectamente acompañarse con la creencia en una convergencia por venir. No es posible pensar la dinámica de la salvación sin pensar también que, de una manera que no nos es clara todavía, debe abrigar en sí misma la dinámica de la razón».
Por esta razón, Ladrière señala que, al realizarse, el discurso especulativo se sobrepasa y se destruye. Liberándose del discurso, la acción se descubre como la experiencia misma de la fe. Podemos pensar en la imagen de la marcha por el desierto, pero habitada por una presencia anterior que da a los peregrinos la fuerza de ir siempre más lejos. El aventurero del desierto jamás estará en reposo en la contemplación complacida de las verdades adquiridas. Estará siempre en marcha hacia nuevos territorios con la paciencia y el trabajo arduo de los que ansían la tierra prometida y avanzan con la esperanza de encontrarla o al menos de entreverla. Pero en esta marcha también existen oasis que permiten reposar y reparar las fuerzas para continuar la marcha. No todo es árido y seco. Y hay además otros aventureros que buscan el mismo fin y que hacen posible una marcha solidaria y compartida. La aventura filosófica es un camino sin fin, pero jamás en solitario.
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«Los hijos de este mundo son más sagaces en sus proyectos y asuntos que los hijos de la luz en los suyos» (Lc 16, 8b).
¿Y si Tú nos estuvieras poniendo
frente al auténtico dilema de nuestra vida?
¿Y si Tú nos estuvieras despertando
para que nos diéramos cuenta
quién manda en nosotros?
¿Y si Tú nos estuvieras invitando
a tomar conciencia de quiénes somos
en tu proyecto y sueño?
¿Y si Tú nos estuvieras animando
a vivir día a día con sagacidad y sabiduría
en vez de situarnos en una u otra orilla?
Pues en cada uno de nosotros
conviven la luz y las tinieblas,
y la experiencia nos dice
que, cuando nuestro ego se halla en juego,
activamos medios, recursos, tácticas,
argucias, estratagemas,y decisiones…,
con tal de salir airosos y asegurar la supervivencia
-la seguridad, el dinero, el status, lo mío-.
Pero, ¿qué ocurre cuando está en juego la luz que somos?
¿Qué hacemos con lo mejor de nosotros mismos?
¿Dónde está nuestra sagacidad para ganar amigos y vida?
¿Dónde nuestra sabiduría para que el reino
atraiga, emocione, enamore y agarre?
Si pusiéramos tanta motivación,
tantos medios, astucia y sabiduría
para que nuestra verdadera identidad
-la luz que somos y portamos- se manifestara,
nuestro mundo sería bien diferente
y tu mensaje y buena noticia resplandecería
en plazas y calles, oteros y valles,
sendas y autopistas,
lugares de refriega y oasis.
¡Qué ironía la tuya
al confrontarnos con nosotros mismos, y no con otros,
y poner al descubierto
que nos manejamos sabia y astutamente
en los asuntos que conciernen a las tinieblas
y no tanto en los que tienen que ver
con la luz, la vida y la buena noticia!
«Los hijos de este mundo son más sagaces en sus proyectos y asuntos que los hijos de la luz en los suyos» (Lc 16, 8b).
Mientras leía las escrituras litúrgicas de hoy, me sorprendió (nuevamente) el compromiso de solidaridad radical de Dios con los pobres. De los gritos condenatorios de Amos contra aquellos que estaban «pisotean [do] a los necesitados» y «destruy [endo] a los pobres» a nuestro salmista alabando a Dios por levantar a los pobres de la alcantarilla para sentarlos con príncipes, e incluso en la Aclamación al evangelio que canta que Jesús que «era rico [pero] se volvió pobre, de modo que por su pobreza se puede llegar a ser rico«, está claro una y otra vez que Dios toma partido. Y Dios se pone del lado de los pobres.
Como persona LGBTQ, sé que esto significa que Dios es radicalmente solidario con la comunidad LGBTQ desproporcionadamente pobre. Según el Williams Law Institute de UCLA, «las personas LGBT colectivamente tienen una tasa de pobreza del 21,6%, que es mucho más alta que la tasa de las personas heterosexuales cisgénero del 15,7%». Desglosando aún más los datos, entre las personas LGBT, las personas transgénero y las mujeres bisexuales tienen tasas de pobreza especialmente altas al 29%. Si Dios es solidario con los pobres, Dios es solidario con nosotros, personas LGBTQ, y especialmente es solidario con las personas transgénero y las mujeres bisexuales.
Teniendo en cuenta el recordatorio de la solidaridad radical de Dios, el Evangelio, que me cofundió a primera vista, tiene más sentido. Jesús les cuenta a sus discípulos una historia sobre un mayordomo que, cuando supo que sería despedido de su posición, se puso un poco sombrío. En este sentido, estoy usando «sombrío» según la tercera definición de Merriam-Webster (y la primera definición de la mayoría de los millennials): «de mérito cuestionable». Con la esperanza de la auto-preservación, el mayordomo decide hacer lo que pueda para obtener la gratitud de los deudores que le deben a su maestro. Invita a los deudores a reescribir sus deudas: ahora, en lugar de deberle al amo del mayordomo cien medidas de aceite de oliva, un deudor vuelve a escribir su deuda para deber solo cincuenta. Otro deudor ahora debe ochenta kors de trigo en lugar de cien. Y así sucesivamente.
La frase que me viene a la mente cuando leo esta historia es «Solidaridad sombría«. Este tipo, a punto de perder su trabajo, se da cuenta de que, para tener una relación correcta con su comunidad, con el din de esperar la hospitalidad de quienes lo rodean, para ser solidario con ellos, necesita dar algo a cambio. La solidaridad es siempre mutua. Él ofrece lo que tiene: su acceso al dinero. Él sabe que el poder que tiene puede hacer que la vida de las personas en su comunidad pueda ser verdaderamente diferente, tal vez, con suerte, una diferencia suficientemente grande como para volver a ponerse en la relación correcta con ellos. Lo que hizo fue definitivamente sombrío. Y sin embargo, Jesús llama a sus acciones «dignas de confianza». ¿Por qué?
Pensemos en ello. Si el jefe del mayordomo, un hombre rico, se parece en algo a los ricos de la época de Amos, obtuvo su riqueza deshonestamente. Tal vez, como escribe Amos, «arregló subalanza para hacer trampa» o compró «al humilde para la plata» o «alos pobres por un par de sandalias». Lo que hizo el mayordomo fue definitivamente en contra de la ley: alterar documentos financieros para estafar a su jefe por dinero. Pero, según cómo lo mires, el error más grande fue que su amo acumulara su riqueza de forma deshonesta en primer lugar. Santo Tomás de Aquino nos recordaría: “Cualquier ley que eleva la personalidad humana es justa; Cualquier ley que degrada la personalidad humana es injusta » y San Agustín nos diría que «una ley injusta no es una ley en absoluto «. ¿Quién degradó la personalidad humana? Seguramente el hombre rico, que acumuló su riqueza y no compartió con los pobres. ¿Quién levantó la personalidad humana? Seguramente el mayordomo, que actúa en solidaridad con los pobres en su comunidad. Si una ley injusta mantenía a los pobres endeudados y privados de sus derechos mientras un hombre rico se hacía más rico, la única respuesta moral es quebrantar la ley injusta. Al negarse a cumplir con las leyes injustas, el administrador demuestra que se puede confiar en él: actuando en solidaridad sombría.
Nuestro comentario concluye con este versículo frecuentemente citado: «Ningún siervo puede servir a dos señores … no se puede servir tanto a Dios como a Mammon». «Mammon» es traducido por el Oxford English Dictionary como «riqueza considerada como una mala influencia o falso objeto de adoración y devoción». Vemos en esta historia un siervo que toma una decisión: debe ser fiel a la riqueza adorada por su amo a expensas de los pobres o ser solidario con los pobres y los deudores en su comunidad. Su elección de solidaridad con los pobres – aunque sombría- también es la elección De Dios: la elección de Dios de ser solidario con todos los pobres, incluida la comunidad LGBTQ despropiadamente pobre. Que la verdadera solidaridad, que asume riesgos y rechaza la injusticia, sea también nuestra elección.
—Ollison Connelly-Vetter (ella/ella), 18 de septiembre de 2022
(A Gustavo Gutiérrez, maestro espiritual en los altiplanos de la Liberación, por su itinerario latinoamericano “Beber en su propio pozo’‘).
+
“Por aquí ya no hay camino”.
¿Hasta dónde no lo habrá?
Si no tenemos su vino
¿la chicha no servirá?
¿Llegarán a ver el día
cuantos con nosotros van?
¿Cómo haremos compañía
si no tenemos ni pan?
¿Por dónde iréis hasta el cielo
si por la tierra no vais?
¿Para quién vais al Carmelo,
si subís y no bajáis?
¿Sanarán viejas heridas
las alcuzas de la ley?
¿Son banderas o son vidas
las batallas de este Rey?
¿Es la curia o es la calle
donde grana la misión?
Si dejáis que el Viento calle
¿qué oiréis en la oración?
Si no oís la voz del Viento
¿qué palabra llevaréis?
¿Que daréis por sacramento
si no os dais en lo que deis?
Si cedéis ante el Imperio
la Esperanza y la Verdad
¿quién proclamará el misterio
de la entera Libertad?
Si el Señor es Pan y Vino
y el Camino por do andáis,
si al andar se hace camino
¿qué caminos esperáis?
(Desde la Amazonia brasileña,
en tiempos de probación
y de invencible esperanza criolla).
*
Pedro Casaldáliga El Tiempo y la Espera.
Ed.Sal Terrae, 1986
***
No podéis servir a Dios y al dinero
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
–“Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.”
El administrador se puso a echar sus cálculos:
“¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. “
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”
Éste respondió: “Cien barriles de aceite.”
Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.”
Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”
Él contestó: “Cien fanegas de trigo.”
Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta.”
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.
Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.”
*
Lucas 16, 1-13
***
El testimonio de la pobreza evangélica reviste diversas formas, que van desde el compromiso para desarraigar la pobreza a poner todos los bienes a disposición de la causa evangélica; desde llevar una vida sobria a compartir la vida de los más pobres. Cada Instituto tiene su forma de pobreza. Lo importante es que no sea sólo decorativa o de sólo palabras, sino que se caracterice por la entrega y la austeridad personal.
En el sínodo sobre la Vida consagrada, impresionó la intervención del japonés monseñor Soto, que confesó cándidamente que había comprendido a fondo el valor de la pobreza leyendo esta frase de santa Clara: «Amo la pobreza, porque fue amada por Jesús». Ahí reside el significado de la pobreza religiosa.
*
P. G. Cabra, Iconos de la vida consagrada,
Sal Terrae, Santander 1999, p. 157
Comentarios desactivados en “Compromiso imposible”. 25 Tiempo ordinario – C (Lucas 16, 1-13)
El mensaje de Jesús obliga a un replanteamiento total de la vida; quien escucha el Evangelio intuye que se le invita a comprender, de manera radicalmente nueva, el sentido último de todo y la orientación decisiva de su conducta.
Es difícil permanecer indiferente ante la palabra de Jesús, al menos si uno sigue creyendo en la posibilidad de ser más humano cada día. Es difícil no sentir inquietud y hasta cierto malestar al escuchar palabras como las que hoy nos recuerda el texto evangélico: «No podéis servir a Dios y al Dinero».
Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos y vivir al mismo tiempo esclavo del dinero y del propio interés. Solo hay una manera de vivir como «hijo» de Dios, y es vivir como «hermano» de los demás. El que vive solo al servicio de sus dineros e intereses no puede ocuparse de sus hermanos, y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios.
El que toma en serio a Jesús sabe que no puede organizar su vida desde el proyecto egoísta de poseer siempre más y más. A quien vive dominado por el interés económico, aunque viva una vida piadosa y recta, le falta algo esencial para ser cristiano: romper la servidumbre del «poseer» que le quita libertad para escuchar y responder mejor a las necesidades de los pobres.
No tiene otra alternativa. Y no puede engañarse, creyéndose «pobre de espíritu» en lo íntimo de su corazón, pues quien tiene alma de pobre no sigue disfrutando tranquilamente de sus bienes mientras junto a él hay necesitados hasta de lo más elemental.
Tampoco podemos engañarnos pensando que «los ricos» siempre son los otros. La crisis económica, que está dejando en paro a tantos hombres y mujeres, nos obliga a revisar nuestros presupuestos, para ver si no hemos de reducirlos para ayudar a quienes han quedado sin trabajo. Sería un buen test para descubrir si servimos a Dios o a nuestro dinero.
Comentarios desactivados en “No podéis servir a Dios y al dinero”. Domingo 18 de septiembre de 2022. 25º Ordinario
Leído en Koinonia:
Amós 8, 4-7: Contra los que “compran por dinero al pobre”. Salmo responsorial: 112: Alabad al Señor, que alza al pobre. 1Timoteo 2, 1-8: Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven. Lucas 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero.
El profeta Amós nos ubica en el contexto de la cuarta visión y su interpretación, que va contra los defraudadores y explotadores. El profeta, en todo su libro, nos presenta cinco visiones sobre el destino del pueblo de Israel (7,1 – 9,10). El mensaje de Amós estaba dirigido principalmente al reino del norte, Israel, pero también menciona a Judá (el reino del sur) y a las naciones vecinas de Israel (sus enemigas): Siria, Filistea, Tiro, Edom, Amón, Moab. La razón del juicio: la codicia de los ricos. Amós grita y denuncia: Escuchen esto los que pisotean al pobre y quieren arruinar a los humildes de la tierra (v. 4). El profeta, al hacer sus juicios y lanzar sus amenazas, da los motivos y hace las denuncias por las cuales serán castigados y corregidos. Denuncias contra las casas ostentosas, fruto de la opresión a los pobres y débiles. Y esto por no cumplir con la justicia en el trabajo y en el comercio. Engañan y roban en las balanzas fraudulentas, en los precios y salarios. También hay juicios contra un culto exterior que quiere encubrir toda esa injusticia con sacrificios, ofrendas y cantos, que así no son gratos a Dios. Al tema del fraude, tan presente en esta cuarta visión, le sigue el juramento divino y el castigo
En el siglo XXI, esta invectiva profética de Amós contra la explotación humana necesitamos ampliarla a la explotación de la naturaleza. Hace casi 3000 años, metidos ya como estaban en plena época de la agricultura y de la explotación de la tierra, y una vez que, a partir del IVº-Vº milenios, tras la invasiones indoeuropeas, ya la divinidad había sido separada de la naturaleza (desacralización de la Pachamama), no podían percibir la perspectiva ecológica. Casi sólo prestaron oídos a la explotación interhumana. También es verdad que entonces no se escuchaba tan fuerte como hoy «el grito de la Tierra», los síntomas de la crisis ecológica, y se pensaba que el grito sólo era de los pobres… Hoy necesitamos ampliar esa queja profética; queremos abarcar en ella no sólo la explotación de los pobres, sino también la explotación de la naturaleza, las selvas mutiladas, los bosques calcinados, los ríos contaminados, las montañas horadadas, los animales acorralados en su hábitat invadido, la Pachamama profanada… No es una ampliación indebida; prolonga simplemente los mismos argumentos de justicia y de utopía del profeta. Hoy Amós se sumaría al reconocimiento del grito de la Tierra, desde su misma conciencia profética.
Pablo exhorta a que se ore por todo el mundo y de manera especial por los encargados de dirigir política y religiosamente al pueblo, porque la intención de Dios es salvar a todo el ser humano, y que estos lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Esa verdad se nos fue revelada por su Hijo Jesús, donde Él mismo se presentó como el Camino, la Verdad y la Vida. Es la verdad que nos hará libre. Pablo coloca a Jesús como el único mediador entre Dios y el ser humano: porque hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús. Es la universalidad de Cristo en el acontecimiento salvífico de la humanidad, que con su muerte se entregó a sí mismo como rescate por todos.
Esta parábola –no siempre bien interpretada– va dirigida a los fariseos que son amigos del dinero, su verdadero Dios. Representa, como tantas otras, un caso extremo: un hombre que está a punto de ser despedido de su trabajo y que necesita actuar urgentemente para garantizarse el futuro, antes de quedarse sin empleo. Para ello plantea una estrategia. Acusado de derrochar los bienes de su amo (16,1), causa por la que se va a quedar sin trabajo, decide rebajar la cantidad de la deuda de cada uno de los acreedores de su amo, renunciando a la comisión que le pertenece como administrador. Es sabido que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo con frecuencia intereses desorbitados a los acreedores. La actuación de administrador debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite había recibido prestados cincuenta nada más, los otros cincuenta eran la comisión correspondiente a la que el administrador renuncia con tal de granjearse amigos para el futuro. Renunciando a su comisión, el administrador no lesiona en nada los intereses de su amo. De ahí que el amo lo felicite por saber garantizarse el futuro dando el “injusto dinero” a sus acreedores.
El amo alaba la estrategia de aquel “administrador de lo injusto”, calificativo que se da en el evangelio de Lucas al dinero, pues, en cuanto acumulado, procede de injusticia o lleva a ella.
Para Lucas, todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa –desprendiéndose de él– para “ganarse amigos”, hace una buena inversión no en términos bursátiles, ni bancarios, sino en términos humanos cristianos. El injusto dinero, como encarnación de la escala de valores de la sociedad civil, sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad del discípulo a poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados.
El “injusto dinero” es calificado en la conclusión de la parábola como “lo de nada” y “lo ajeno”, en cuanto opuesto a “lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro”. Y “lo que vale de veras” no es el don del dinero, sino el del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (“cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden”, cf. Lc 11,13). Eso sí, para recibir el Espíritu (que es comunicación de la vida de Dios que potencia al hombre) se requiere el desprendimiento y la generosidad hacia los demás (11,34-36).
La parábola termina con esta frase lapidaria: “No pueden servir a Dios y al dinero”. La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar entre dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que compartir lo que poseen con los que no lo tienen, con los oprimidos y desposeídos, los desheredados de la tierra.
El afán de dinero es la frontera que divide el mundo en dos; es la barrera que nos separa de los otros y hace que el mundo esté organizado en clases antagónicas: ricos y pobres, opresores y oprimidos; el ansia de dinero es el enemigo número uno que imposibilita que el mundo sea una familia unida donde todos se sienten a la mesa de la vida. Por eso el discípulo, para garantizarse el futuro, debe estar dispuesto en el presente a renunciar al dinero que lleva a la injusticia y hace imposible la fraternidad. Leer más…
Comentarios desactivados en Dom 18.9.22. Dinero de iniquidad: Ante una «conversión» de la economía (Lc 16, 1-13)
Del blog de Xabier Pikaza:
Este pasaje incluya una parábola enigmática, algunas aplicaciones y una sentencia fundamental, con la oposición, ya conocida, entre Dios y Mamón y la exigencia radical de una conversión (¿posible?) de la economía. Dos son sus afirmaciones fundamentales:
Todo dinero actual es, en principio, injusto:mammona tês adikias, capital injusto
Nadie puede «servir» (honrar, obedecer) al mismo tiempo al dinero o a Dios.Este es un evangelio prácticamente imposible de entender y de cumplir. Por eso es salvador y exigemeta-noia, un cambio total de pensamiento y vida, como he comentado en Dios y la economía
| X.Pikaza
Enigmática parábola (Lc 16, 1-7).
Parábola
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.»
El administrador se puso a echar sus cálculos: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. «
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Éste respondió: «Cien barriles de aceite. Él le dijo: Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: Cien fanegas de trigo.» Le dijo: Aquí está tu recibo, escribe ochenta (Lc 16, 1-7).
Normalmente se piensa que ese hombre rico es Dios, pero el texto le presenta como dueño de una gran hacienda, con un administrador a su servicio. Normalmente tendemos a pensar que tiene razón, y que su riqueza era buena y justa, de manera que derecho a mantener asegurado su capital. Pero, el contexto de Lucas (con la parábola siguiente de Epulón y Lázaro: Lc 16, 19-31), puede hacernos pensar que él es injusto, digno de reprobación, porque no pone su riqueza al servicios de los lázaros hambrientos, dejando así abierto el tema de su posible justicia (o injusticia):
‒ Un hombre rico tenía un administrador al que denunciaron… No sabemos si la denuncia se funda en hechos reales o falsos, pues el administrador podía tener enemigos, que le envidiaban y querían quitarle su puesto. No sabemos, pues, si era ya un corrupto o no, sino sólo que se porta de un modo corrupto (e inteligente) cuando sabe que su amo va a expulsarle, y así cambia la documentación mercantil de la empresa, a favor de los deudores del amo, para que ellos le ayuden cuando él haya caído ya en desgracia.
‒ La parábola nos sitúa así ante un caso normal de corrupción, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos, un caso en que el mismo dueño de la empresa alaba la sabiduría de su administrador, por la forma en que le ha engañado, asegurando su futuro. Ciertamente, Jesús no alaba la “moral” del administrador, ni se pronuncia sobre la justicia de su gesto, sino sólo su sabiduría, la forma cómo ha respondido y actuado en un caso de crisis.
Este administrador utiliza a su favor las normas del sistema económico, que posiblemente son también injustas, de manera que podemos preguntarnos: ¿Quién es más corrupto, el dueño del negocio o su administrador sagaz? De todas formas, el tema no es que el administrador sea justo o injusto, sin que haya logrado logra romper un sistema de dinero cerrado en sí mismo, de tal forma que el mismo dinero injusto le sirve para crear redes de solidaridad personal entre los deudores del amo. Dentro de su espacio de trabajo “legal”, como dependiente (criado) del sistema, en el último momento en que ejerce su cargo, el administrador (a quien el amo elogiará) utiliza el dinero injusto para crear unas redes de solidaridad subversiva (a su servicio), poniendo los valores del compartir, la hospitalidad y la reducción de la deuda por encima de los intereses del capital acumulado [1].
Primeras aplicaciones (Lc 16, 8-12).
Son tres, y han de verse desde la perspectiva de conjunto de Lucas, de manera que pueden relacionarse entre sí:
1. Y el señor felicitó al administrador injusto (de injusticia: tês adikias), porque había actuado de un modo astuto (inteligente) porque los hijos de este siglo son más astutos que los hijos de la luz para sus cosas (Lc 16, 8). El mismo señor descubrió y ensalzó la astucia de su administrador, pues ella le capacitaba para resolver a su favor problemas de este mundo.
Este señor no se hace ilusiones, pues sabe que sus administradores pueden engañarle. A pesar de eso, o quizá por eso mismo, no ha creado un sistema “blindado” de seguridad económica, porque está convencido de que donde hay tesoros materiales habrá ladrones (cf. Lc 12, 34: Mt 6, 19), y donde hay formas de administración injusta surgirán “corruptos” como este administrador, que le está robando/engañando al servicio de sí mismo (o de otros). Por más astuta e inteligente que sea la ley del amo, siempre podrá haber administradores que le engañen, y que lo hagan con inteligencia.
2. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas (Lc 16, 9). Aquí ya no habla el administrador, como en el caso anterior, sino el mismo Jesús, que nos invita a comportarnos en un plano como administradores injustos, engañando al mismo sistema injusto, para bien de los hombres concretos (=de los pobres). En esta línea se puede hablar de una “corrupción buena”, en contra del orden económico, al servicio de los hombres concretos.
‒ Jesús afirma que los bienes del amo (el sistema) son Mammón injusto (o de injusticia: tês adikias), un tema que he desarrollado al comentar la oposición de Mt 6, 24: No podéis servir a Dios y a Mammón). Jesús afirma así que el dinero de este mundo es inicuo, es Mammón de injusticia, pues está al servicio de sí mismo y no de los necesitados. Eso significa que la propiedad del Gran Amo de la parábola es signo y medio de injusticia [2].
‒ Con este dinero injusto, ganaos amigos, para que os reciban en la morada eterna. Éste es un texto de condena radical del dinero, pero no para destruirlo, sino para re-utilizarlo “para ganar amigos”. El dinero en cuanto capital (Mammón) no tiene amigos, pues sólo se quiere a sí mismo, pero un hombre astuto, como este administrador, puede “blanquearlo”, poniéndolo al servicio de los amigos, que, en esta palabra de Jesús, no son ya los beneficiarios corruptos de la parábola (los que deben al amo una cantidad de trigo o aceite), sino los pobres como tales. Esta es la doctrina de Mc 10, 21 (vender los bienes, darlos a los pobres) y la de Lc 12, 33-35: Limpiar el dinero significa ponerlo al servicio de los pobres.
Que en una empresa, un banco, o un partido político, haya un administrador ladrón, que incluso hace trampas para disimular sus robos, no tiene nada de extraño. Que algunos de sus amigos o partidarios lo aprueben y defiendan, también puede ocurrir. Pero que Jesús ponga de modelo a un sinvergüenza, a un administrador ladrón y tramposo, es algo que desconcierta y escandaliza a mucha gente. Por eso, la traducción litúrgica no pone la alabanza en boca de Jesús, sino en la del “amo”; una opción bastante discutible. De hecho, Juliano el Apóstata (s. IV) usaba la parábola para demostrar la inferioridad de la fe cristiana y de Jesús, su fundador. El cardenal Cayetano (s. XVI) y Rudolph Bultmann (s. XX) la consideraban ininteligible; otros muchos piensan que es la más difícil de entender. [Quien desee conocer los diversos problemas puede consultar mi comentario El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (Verbo Divino, 2021), 355-360].
Como en otros casos, la liturgia permite elegir entre una versión breve y otra larga.
Una parábola irónica (Lucas 16,1-9) [Versión breve]
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
‒Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando. El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer, ahora que el amo me quita el puesto? Para cavar no tengo fuerzas, pedir limosna me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me licencien, alguno me reciba en su casa. Fue llamando uno por uno a los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Contestó: Cien barriles de aceite. Le dijo: Toma el recibo, siéntate enseguida y escribe cincuenta. Al segundo le dijo: Y tú, ¿cuánto debes? Contestó: Cien fanegas de trigo. Le dice: Toma tu recibo y escribe ochenta.
El amo alabó al administrador deshonesto por la astucia con que había actuado. Pues los ciudadanos de este mundo son más astutos con sus colegas que los ciudadanos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con la riqueza injusta, de modo que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
Las dificultades para entender esta parábola parten de los presupuestos en los que se basa Jesús, contrarios a nuestra forma de ver:
Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo usemos rectamente.
Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas”.
Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.
La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo que interceda por ti en el momento decisivo.
La idolatría del dinero (Lucas 16,10-13) [Versión larga]
El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si en no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Desarrollando el tema de la parábola, el primer párrafo contrapone los bienes materiales («lo poco», «la riqueza injusta», «lo ajeno») y el bien supremo («lo mucho», «la riqueza verdadera», «lo vuestro») y anima a portarse rectamente en el uso de la riqueza.
El segundo párrafo es más famoso y merece un comentario. Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo, donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre entre Dios y el dinero.
Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento («no tendrás otros dioses frente a mí»). Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría. Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idolatría del dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de tres formas:
1) mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Amós.
2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos el próximo domingo.
3) mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hacen perder la fe en la Providencia.
Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7
Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo:
«¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?» Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.
Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:
1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado, equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede servir a Dios y al dinero”.
2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (lo ocurrido tras la guerra de Ucrania es un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.
3) El comercio humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se dan casos de auténtica esclavitud (como los chinos traídos para trabajar a escondidas en fábricas de sus compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos; salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).
Reflexión final
Puede resultar irónico, incluso indignante, hablar del buen uso del dinero y de los demás bienes materiales cuando la preocupación de la mayoría de la gente es ver cómo afronta la crisis económica actual y la que se avecina. Sin embargo, Jesús nunca ofreció un camino cómodo a sus seguidores. Tanto la parábola como la enseñanza siguiente y el texto de Amós nos obligan a reflexionar y enfocar nuestra vida al servicio de los más necesitados.
De buenas a primeras parece que Jesús hace una interesante “apología de la corrupción”. Como si nos invitara, como si nos abriera la puerta grande del engaño, la picaresca, la astucia y la doblez. Algunas traducciones dice literalmente: “Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”.
Visto así parece que el mensaje de Jesús es que “nos curemos en salud”, “que no pongamos toda la carne en el asador” o que “nos guardemos un as debajo de la manga”. Pero lo que hará el propio Jesús no tiene nada que ver con todo esto…
Esta otra traducción puede darnos otra perspectiva: “Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas”. Aquí parece decirnos que pongamos nuestros bienes al servicio de los demás. Que no nos apeguemos tanto a las cosas y a las realidades que lucen como imprescindibles y nos vayamos despojando, poco a poco, y libremente. Porque una cosa es cierta: al morir no nos vamos a llevar nada material. Aquí se quedarán nuestras riquezas, nuestro dinero, todo lo que hayamos acumulado.
Así tiene más sentido que a renglón seguido nos diga: “Quien es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; quien no es honrada en lo menudo, tampoco en lo importante es honrada.” Si no sabemos poner nuestros bienes pasajeros al servicio de las demás no estamos haciendo una buena inversión a los ojos del Reino. Según esta lógica quien pierde o fracasa a los ojos del mundo es quien gana el Reino.
Jesús se queda solo, desnudo y humillado hasta el último aliento en la tortura de la cruz. Y es ese condenado a muerte el que resucita glorioso, lleno de dignidad y VIDA.
¿Para qué atarnos a lo menudo?
Oración
Ven, Trinidad Santa,
y pon “patas arriba” nuestra lógica
para que se parezca a la de tu Reino.
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DOMINGO 25(C)
Lc 16,1-13
Comienza indicando que la parábola va dirigida a los discípulos; pero al final dice: “estaban oyendo esto los fariseos que son amates del dinero”. Esta frase nos indica la falta de precisión a la hora de determinar los destinatarios de esta parábola y la del rico Epulón que leeremos el domingo que viene. Debemos tener en cuenta que a las primeras comunidades cristianas solo pertenecieron pobres. Solamente a principios del s. II se empezaron a incorporar personas importantes de la sociedad. Si los evangelios se hubieran escrito en esa época se hubiera matizado más.
Jesús hablaba para que le entendiera la gente sencilla. Hay explicaciones demasiado rebuscadas. Por ejemplo: Que el administrador, cambiando los recibos, no defrauda al amo, sino que renuncia a su propia comisión. No parece verosímil que el administrador se embolsara el 50% de los recibos de su señor. Otra explicación demasiado alambicada es que el administrador hizo lo que tenía que hacer, es decir, ceder sus bienes a los que no pueden pagar su deuda. Por eso es alabado el administrador. En este caso perderían sentido las últimas palabras del relato.
Seguramente Lucas ya modifica el relato original, añadiendo el adjetivo de “injusto”, tanto para el administrador como para el dinero. Este añadido dificulta la interpretación de la parábola. En primer lugar porque no se entiende que se alabe al administrador injusto. En segundo lugar porque podemos devaluar el mensaje al pensar que se trata de desautorizar solo la riqueza conseguida injustamente. La riqueza injusta se descalifica por sí misma; no es el tema de la parábola. En el relato se trata de la riqueza que, aunque sea “justa”, puede convertirse en dios.
Debemos evitar toda demagogia. Pero no podemos ignorar el mensaje evangélico. En este tema, ni siquiera la teoría está muy clara. Hoy menos que nunca, podemos responder con recetas a las exigencias del evangelio. Cada uno tiene que encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para su falso yo sino para su verdadero ser. Si somos sinceros, descubriremos que en nuestra vida confiamos demasiado en las cosas externas y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios.
“Los hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz”. Esta frase explica el sentido de la parábola. No nos invita a imitar la injusticia que el administrador está cometiendo, sino a utilizar la astucia y prontitud con que actúa. Él fue sagaz porque supo aprovecharse materialmente de la situación. A nosotros se nos pide ser sabios para aprovecharnos en el orden espiritual. Hoy la diferencia no está entre los hijos del mundo y los hijos de la luz sino en la manera que todos los cristianos tenemos de tratar los asuntos mundanos y los asuntos espirituales.
No podéis servir a Dios y al dinero. No está bien traducido. El texto griego dice mamwna. Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. Servir al dinero significaría que toda mi existencia está orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida el falso yo y buscar la potenciación y seguridades de ese yo.
Podemos dar un paso más. A Dios no le servimos para nada. Si algo dejó claro Jesús fue que Dios no quiere siervos sino personas libres. No se trata de doblegarse con sumisión externa a lo que mande desde fuera un señor poderoso. Se trata de ser fiel al creador, respondiendo a las exigencias de mi ser. Servir a un dios externo, que puede premiarme o castigarme, es idolatría y, en el fondo, egoísmo. Hoy podemos decir que no debemos servir a ningún “dios”. Al verdadero Dios solo se le puede servir sirviendo al hombre. Aquí está la originalidad del mensaje cristiano.
Es curioso que ni siquiera cuestionemos que lo que es legal puede no ser justo. El dinero es injusto, no solo por la manera de conseguirlo, sino por la manera de gastarlo. Las leyes que rigen la economía están hechas por los ricos para defender sus intereses. No pueden ser consideradas justas por parte de aquellos que están excluidos de los beneficios del progreso. Unas leyes económicas que potencian la acumulación de las riquezas por parte de unos pocos, mientras grandes sectores de la población viven en la miseria, no podemos considerarlas justas.
Lo que nos dice el evangelio es una cosa obvia. Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, solo podemos tener un “fin último”. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último (haceos amigos con el dinero injusto). No se trata de rechazar esos fines intermedios, sino de orientarlos todos a la última meta. La meta debe ser “Dios”. Entre comillas por lo que decíamos más arriba. La meta es la plenitud, que para el ser humano solo puede estar en lo trascendente, en lo divino que hay en él, no en lo biológico.
“Ganaos amigos con el dinero injusto”. Es una invitación a poner todo lo que tenemos al servicio de lo que vale de veras. Utilizamos con sabiduría el dinero injusto cuando compartimos con el que pasa necesidad. Lo empleamos sagazmente, pero en contra nuestra, cuando acumulamos riquezas a costa de los demás. Nunca podremos actuar como dueños absolutos de lo que poseemos. Somos simples administradores. Hace poco tiempo oí a De Lapierre decir: Lo único que se conserva es lo que se da. Lo que se guarda, se pierde.
El tema de las riquezas, planteado desde la pura renuncia, no tiene solución. La programación lleva siempre a posturas artificiales que no puede cambiar mi actitud fundamental. Si de verdad quieres ser rico no te afanes en aumentar tus bienes sino en disminuir tus necesidades. Con demasiada frecuencia compramos el dinero demasiado caro. Esto quiere decir que no seguimos el consejo del evangelio que nos invita a ser sagaces. Descubre que lo que forma parte de ti es tu mayor riqueza.
Lo que tenemos debemos subordinarlo siempre a lo que somos. Somos plenitud, somos totalidad. De lo esencial no nos falta nada. Si echamos algo en falta podemos estar seguros de que pertenece a lo accidental. Bebemos los vientos buscando lo que nos falta y no somos capaces de vivir lo que ya tenemos. No necesito más de lo que tengo sino menos. La invitación del evangelio es a vivir con menos necesidades materiales y buscando crecer en el orden espiritual.
Meditación-contemplación
No podéis servir al Dios de Jesús y al dios dinero
Jesús no dice que no “debéis”, sino que no “podéis”…
Lo que “tenemos” debemos subordinarlo a lo que “somos”.
Si he descubierto el “tesoro” escondido en lo hondo de mi ser,
el resto quedará iluminado por su brillo.
«Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz».
Es ésta una parábola desconcertante y controvertida sobre la que los especialistas no terminan de ponerse de acuerdo. Es posible que Jesús quiera decirnos que nos irían mejor las cosas si la astucia que mostramos para las cosas del mundo la aplicásemos a la construcción del Reino… pero no lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que el género parabólico es un género característico de Jesús, hasta tal punto, que tanto Mateo como Marcos llegan a decir que sólo hablaba a la gente en parábolas.
Es frecuente confundir las parábolas con alegorías, lo que puede dificultar su correcta interpretación. Una parábola tiene un solo mensaje global, y los detalles son solo elementos narrativos sin significado. Hay parábolas —como la del hijo pródigo— que presentan dos cumbres, pero esto no cambia el concepto general de “parábola” que aquí estamos exponiendo. Las alegorías son relatos en los que cada detalle tiene un carácter simbólico y representa algo. Lo vemos en la parábola del sembrador, cuyo perfil alegórico es la excepción a la regla general.
Jesús se dirige a la gente en parábolas para que todos le entiendan. De hecho, toma sus parábolas de la vida cotidiana y, en muchos casos, de los sucesos de actualidad que a la sazón la gente está comentando en la calle. Eso sí, en un momento dado del relato, le imprime un giro paradójico, sorprendente, al objeto de captar la atención de quienes le escuchan y grabar mejor el mensaje central en su mente.
Hay quien sostiene que hablaba en parábolas para hacer más difícil su comprensión, y citan a Mateo (13, 10) para afirmarse en su tesis: «A vosotros se os comunica el secreto del reinado de Dios: a los de fuera se les propone en parábolas, de modo que por más que miren, no vean». Pero nada más lejos del estilo de Jesús, lo que revela el riesgo de sacar conclusiones de un texto suelto sin tener en cuenta las líneas de fuerza que se desprenden de la lectura del conjunto del evangelio.
Durante muchos siglos se ha minusvalorado la importancia de las parábolas a la hora de interpretar el mensaje evangélico, pero hoy en día se admite de forma generalizada que si prescindimos de las parábolas nos quedamos sin mensaje. Las parábolas nos dicen lo más profundo que se puede decir de Dios y del ser humano, y lo hacen a través de imágenes porque su contenido no podría expresarse a través del lenguaje conceptual propio de nuestra cultura. Algunos pensamos que Jesús ha hecho la mejor teología de la historia a través de estos relatos sencillos al alcance de todos.
Pero quizá lo más importante para nosotros los cristianos sea su capacidad de interpelar; de hacer que nos sintamos aludidos y comprometidos. Como decía Ruiz de Galarreta: «Más que dar un mensaje, las parábolas provocan la necesidad de dar una respuesta».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
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La parábola del administrador infiel sorprende e incluso desconcierta porque de entrada parece que Jesús no solo no cuestiona el modo de actuar del administrador astuto, sino que parece alabar su conducta. La cuestión sin embargo no está en el contenido concreto de la historia sino en lo que Jesús espera de quien ha decidido seguirlo.
Las parábolas presentan hechos cotidianos fácilmente reconocibles por l@s oyentes para invitarl@s a imaginar realidades diferentes. A quienes las escuchan no se les pide que analicen pormenorizadamente los contenidos, los interpreten y saquen conclusiones, se les pide que se dejen interpelar, que conecten con la experiencia que subyace al relato y se abran a valorarla de una forma nueva. En definitiva, el mensaje de una parábola no está tanto en lo que cuenta sino en lo que puede evocar en nosotr@s eso que se cuenta.
Desde este modo de entender el uso de las parábolas vamos a intentar acercarnos a la invitación que Jesús estaba haciendo a quienes lo escuchaban y también a nosotr@s hoy con la parábola que recuerda Lucas.
El contexto socio-económico de la parábola
En tiempos de Jesús era frecuente que los propietarios ricos contrataran a un administrador que les gestionase sus propiedades. Estas personas tenían poder para arrendar tierras, hacer prestamos o liquidar deudas en nombre del dueño. Con estas operaciones cobraban comisiones y por tanto era normal que buscasen hacerlas sacando el máximo beneficio. Por otro lado, si la transacción salía mal y eran considerados responsables de las pérdidas que pudiesen acarrear al dueño, podían llegar incluso a ser encarcelados si no podía pagar. Si su actuación, además, dañaba la reputación de su amo y era denunciado podía ser castigado públicamente.
En el Israel antiguo quien arrendaba una tierra podía pagar con un tanto por ciento de la cosecha, con una suma fija por el producto o con dinero a través de un contrato de alquiler. Era frecuente que los campesinos se endeudasen por los excesos de impuestos o por malas cosechas lo que los llevaba a perder las tierras y convertirse en siervos o incluso en esclavos. Esto ponía cada vez más tierra en manos de un numero pequeño de los terratenientes y agrandaba la brecha entre una minoría rica y una mayoría cada vez más pobre.
El administrador de la parábola y su modo de actuar se entiende en este contexto y sería fácilmente reconocible por quienes escuchaban a Jesús.
Un relato provocador
El protagonista de la parábola había usado los bienes que administraba en su propio beneficio. Al ser denunciado y despedido busca una salida que le permita tener apoyos cuando se haga pública su situación y así no acabar en la miseria. Lo que el administrador buscaba era ganarse amigos entre los deudores del propietario para tener quien le ayudase al perder su puesto. Su estrategia fue rebajar lo que aquellas personas debían renunciando a la comisión que le correspondería tras el cobro de la deuda.
Llama la atención la rapidez y astucia de su maniobra para asegurarse el futuro, pero también sorprende la generosidad del propietario estafado que lo despide, pero no le exige devolver lo robado ni lo denuncia. Incluso, cuando conoce lo que ha hecho tras ser despedido lo felicita por su sagacidad para asegurarse un futuro.
En una sociedad en la que la mayoría de la gente vive en el límite de la pobreza y están, a menudo, a merced de la generosidad o compasión de quienes poseen riqueza para poder sobrevivir, este relato resultaría provocador en boca de Jesús. L@s oyentes podrían hacerse muchas preguntas ante la parábola. Podrían evocar situaciones vividas, podrían indignarse ante la falta de ética del administrador o considerar insuficiente la respuesta del propietario. Pero Jesús los está invitando, sobre todo, a dar un paso más: a valorar su modo de situarse ante los bienes materiales y el valor que les otorgan.
Un nuevo espacio de lectura
La parábola, sin duda, resulta un tanto enigmática y es necesario entenderla en el marco de la reflexión que Lucas hace, a lo largo de su evangelio, en relación con el uso de los bienes. Lucas se dirige a una comunidad que vive la posesión y el reparto de lo que se posee con cierta conflictividad y por eso para él es importante iluminar con frecuencia esta situación y dar claves para afrontarla.
La audiencia de Lucas es heterogénea social y económicamente y esas diferencias no eran fáciles de articular en el marco de las exigencias que planteaba la aceptación del mensaje del Reino de Dios. Ricos y pobres deben ahora compartir honor y bienes (Hch 2, 42-46) y en esta redistribución la generosidad de los ricos/as juega un papel fundamental. Ellos y ellas están llamados a compartir sin esperar nada a cambio, resocializando sus valores desde el lugar social de los/las que tienen menos.
En este contexto, escuchar la parábola del administrador injusto les recuerda que si alguien así es capaz de ser “generoso” para poder sobrevivir después de perder el empleo, cuanto más quienes pertenecen a la comunidad de Jesús. Estos no solo han de ser generosos/as sino gratuitos/as en su modo de compartir y de administrar los bienes recibidos.
Cuando alguien rico había decidido seguir a Jesús tenía no solo que compartir con los pobres sino vincular su vida con ellos/as pues solo así podían de verdad formar parte de la comunidad inclusiva del Reino (cf. 12,21.33) y crear espacios donde la justicia fuera el horizonte del compartir (Lc 16, 9).
Esta actitud, sin embargo, no debía ser algo puntual o fruto de un acto heroico sino un modo de vida. Para ello, era necesario mantenerse fiel cada día en lo cotidiano y en lo pequeño (Lc 16, 10-12), compartiendo no solo los bienes sino el compromiso de luchar contra cualquier injusticia producida por el egoísmo e insensibilidad de muchos/as ricos/as.
Todo ello dejaba en evidencia la dificultad de vivir coherentemente la fe en el Dios que Jesús había anunciado si se permanencia apegado/a a las riquezas (Lc 16, 13) creyendo que poseerlas era un signo de honorabilidad. Jesús había dicho que “no había venido a ser servido sino a servir” y por tanto la honorabilidad en la comunidad de creyentes en él, nacida del servicio que igualaba desde abajo a tod@s los miembros, se adquiría poniendo los bienes al servicio de todos y todas.
Dentro de las dificultades de comprensión que entraña esta parábola lo importante en ella no es juzgar las conductas de los protagonistas del relato sino plantearnos el recto uso de los bienes, en el ámbito personal y comunitario, desde los criterios que brotan del servicio y la gratuidad como Lucas les proponía a la comunidad a la que dirigió su evangelio.
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Domingo XXV del Tiempo Ordinario
18 septiembre 2022
Lc 16, 1-13
La parábola no reclama una lectura literal, justificando, en este caso, un comportamiento manifiestamente deshonesto o incluso corrupto. Leída en clave simbólica, constituye, más bien, una invitación a desarrollar la agudeza para “acertar” en la vida, acierto que no consiste en tener dinero -calificado como “injusto”-, sino en “ganar amigos que reciban en las moradas eternas”.
En esa misma clave, la expresión “moradas eternas” se refiere a aquello en nosotros que es permanente (eterno). Descubrirlo, reconocerlo y vivirlo es acertar; ignorarlo significa vivirnos desconectados de nuestra verdad profunda.
Lo permanente solo puede ser lo no nacido, ya que todo lo que nace está llamado a morir. ¿Y qué es lo no nacido o lo permanentemente estable, sino la consciencia misma (la vida)?
El mundo de los objetos o de las formas -todo aquello que puede ser observado- se halla sometido a la ley de la impermanencia: en cambio constante hasta finalmente desaparecer. Absolutizar los objetos y absolutizar el yo como si constituyera nuestra verdadera identidad, es caer en la ignorancia, con sus secuelas de confusión y de sufrimiento.
Vivir con acierto -con sabiduría-, por el contrario, significa trascender la identificación con las formas, particularmente con el yo, y anclarnos en Eso que es consciente, lo que observa y no puede ser observado, lo único realmente real (“eterno”, en lenguaje religioso).
A ello se han referido las tradiciones sapienciales con términos como “desapego”, desapropiación, desasimiento o, más recientemente, desidentificación, con una invitación nítida: no te identifiques con -ni te reduzcas a- nada que sea impermanente.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Un momento difícil.
Estamos terminando un verano que está siendo difícil: los últimos rebrotes de la pandemia, un verano con muchos incendios, con la larvada guerra de Rusia-Ucrania, que está provocando muchas muertes y una gran crisis energética al mismo tiempo que una subida de los precios y de la vida.
Y en esta situación escuchamos hoy en el evangelio unas palabras muy extrañas que sacuden nuestra conciencia: no podéis servir al dinero.
02.- Jesús fue pobre.
Cristo no fue rico, fue pobre. Jesús no fue un “super-Dios”. Jesús nace pobremente, fuera de la ciudad, porque no había sitio para esta familia en la ciudad (Lc 2, 7), porque los suyos no le recibieron, que dice el evangelio de Juan (1, 11). Jesús fue un emigrante, que con su familia hubo de huir a Egipto (Mt 2, 13-23), Jesús no tuvo dónde reclinar su cabeza y murió también fuera de la ciudad, en el Calvario, (Mc 15, 22). Jesús no fue un hombre hacendado, no fue un terrateniente, ni un eclesiástico, no tuvo poder ni riqueza política. En otras palabras menos narrativas y más teológicas dice San Pablo que Jesús vivió y murió en un desprendimiento absoluto y se entregó a la muerte y una muerte de cruz. (Flp 2, 5-11).
Jesús es enviado a los pobres. Jesús les dice a los discípulos de Juan Bta: he sido enviado a anunciar el evangelio: a los pobres se les anuncia el evangelio, (Mt 11, 2-6). Jesús se siente enviado a los pobres: El Espíritu del Señor está sobre mí porque he sido enviado a anunciar el evangelio y la liberación a los pobres, (Lc 4, 16-30).
A Jesús se le ve siempre entre gente pobre y sencilla: Jesús se pasa la vida entre los leprosos (Mc 1, 40-45), ciegos (Jn 9), epilépticos (Mc 5), paralíticos (Mc 9, 14-29) y enfermos en general (Mc 6, 53-56). Jesús está siempre defendiendo la causa de los niños (que, en las culturas primitivas son pobres, (Mc 10, 13-16).
Jesús propone la pobreza no como modelo de virtud, ni como desprecio de los bienes materiales o por motivos puramente ascéticos, (Mc 14, 3-9, sino como modo de ser persona y feliz: Bienaventurados los pobres (Mt 5, 3). La riqueza no es un modelo humano para ser feliz. No son bienaventurados los ricos, sino los pobres. Dios despide a los ricos vacíos (Lc 1, 52).
03.- El dinero no genera ni solidaridad ni felicidad.
Las lecturas de hoy denuncian que el amor al dinero y a las riquezas conduce a cometer graves injusticias. El dinero nunca puede ser el valor principal ni el bien absoluto. Dios y el dinero son radicalmente incompatibles, no los podemos colocar a la misma altura.
Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres y vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés. Esta actitud es muy frecuente en temperamentos religiosos: utilizan a Dios pero para servirse del dinero.
En otro orden de cosas el amor al dinero genera miseria, injusticia, insolidaridad, hambre, paro, etc. El dinero y la riqueza crean más problemas de los que resuelven. Sea en el ámbito familiar, laboral, social, político. Media humanidad pasa hambre mientras la otra medida está harta (en todos los sentidos). Pensemos en las guerras, en el tráfico de armas, en el tráfico de drogas, en el encarecimiento de la vida por los intereses económicos.
04.- La pobreza hace personas serenas y felices
Probablemente esto no se lo cree nadie. Siempre ponemos nuestras excusas de que el dinero es necesario y que hay que tener medios para vivir, el dinero ayuda a ser feliz, lo cual es verdad hasta cierto punto.
Más bien, la riqueza es un impedimento para ser persona y para ser feliz. ¡Qué difícil es que el rico entre en el reino de los cielos! (Mc 10, 23-27).
Quien confía en el dinero termina teniendo dinero y solamente dinero. Y eso es ser rico: amar el dinero.
Hemos rezado comentando el salmo 20,7:
Unos confían en sus carros de combate, otros en sus misiles, otros en su dinero; nosotros confiamos en nuestro Dios.
Esto no significa que los ricos no vayan a ir al cielo. Eso es otra historia, que mejor la dejamos en manos de Dios. Lo que significa es que la riqueza no ofrece ni felicidad. No se puede ser rico y serenamente feliz. El ídolo dinero (mamón es una palabra aramea que significa: “dios de la avaricia”) genera un ansia insaciable. Amar el dinero es como querer saciar la sed con agua del mar.
La visión que sobre el dinero y la riqueza tienen los evangelios podría resumirse así: el dinero constituye una continua fuente de preocupación para los seres humanos, impropia de los seguidores de Jesús, cuyo interés fundamental ha de ser que reine la justicia y solidaridad de Dios Padre
05.-Por qué la pobreza es realizadora y constructiva y el dinero, no.
Pues, porque la pobreza -libremente elegida- crea libertad. La pobreza nos hace libres ante las cosas. El dinero, el amor al dinero da cosas, (basta mirar un supermercado – consumismo) pero crea una esclavitud radical. El dinero promete paraísos terrenales, pero en el fondo es lo más parecido a la droga: crea una adición y una profunda esclavitud.
El modo de ser persona, de ser libre y feliz es la pobreza. Una pobreza libremente elegida
Dios libera, el dinero esclaviza. El evangelio de hoy tiene como transfondo la cuestión de fe: no podéis servir a Dios y al dinero. ¿En quién confío, en Dios o en el dinero?
En el fondo es un problema de fe. El dinero no cree ni en Dios ni en el hombre. Creer en el ser humano cambiaría muchas situaciones en la vida, en la sociedad, en la convivencia.
06.- Dios y el dinero son dos amos mal avenidos.
Dios -y si no somos muy creyentes: el humanismo- se llevan muy mal con el dinero.
Dios y el dinero son dos principios que ven la vida de modo antitético y son como dos motores que encauzan la vida por derroteros opuestos
No es lo mismo ver la vida desde el humanismo cristiano (o humanismo no cristiano), que desde el dinero, o desde la patria o desde el placer o desde el fanatismo religioso o desde el dinero.
Si mi finalidad en la vida es ser rico, entonces la justicia, la paz, los pobres y el hambre saltan por los aires. Me llevo tus materias primas y te vendo armas químicas o no químicas y a correr. Si mi etnia es mejor, más fuerte y más rubia que la tuya, tú no serás sino un ser inferior a mi servicio, etc.
Esto tiene poco que ver con: todos vosotros sois hermanos, dad el dinero a los pobres, seréis felices en la pobreza, etc.
La pobreza acontece en el fondo de nuestro ser
La pobreza es algo bueno, aunque no nos lo creamos. La pobreza, como la libertad, como la bondad acontecen en el fondo de nuestro ser, de nuestra alma. Quiero ser libremente pobre para vivir despegado de las cosas, confiar en Dios y crear un ambiente solidario.
Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo (cf. Flp 2,6-11). La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.
Estaríamos enajenados hasta el punto de permitirnos el lujo de buscar a Dios, en las horas cómodas del ocio, en templos lujosos, en liturgias pomposas y a menudo vacías, y de no verle, oírle y servirle allí dónde está, y nos espera, y exige nuestra presencia: en la humanidad, en el pobre, en el oprimido, en la víctima de la injusticia de la que somos, muy a menudo, cómplices?
Orar, es penetrar despacio, tranquilamente,
En el silencio de Dios,
Dejar a Dios darse y darme su silencio,
Para que pueda dejar mi corazón
latir al unísono del suyo,
dejar mi respiración entrar
En la respiración de Dios,
Dejarme penetrar por Su presencia,
Darme cuenta cada vez más
de que Dios está dentro de mí,
No, evidentemente, para evitar a mis hermanos
Sino para llevarles más,
Porque es verdaderamente imposible acercarse al crucificado
Sin acercarse a los crucificados del mundo entero.
*
Jean Vannier
***
Jesús conquista a los hombres por la cruz, que se convierte en el centro de atracción, de salvación para toda la humanidad.
Quien no se rinde a Cristo crucificado y no cree en él no puede obtener la salvación. El hombre es redimido en el signo bendito de la cruz de Cristo: en ese signo es bautizado, confirmado, absuelto.
El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.
La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.
Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada – y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.
La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado .
*
G. di S. M. Maddalena, Infinita divina, Roma 1980, pp. 342ss
Basta un uso básico de la razón -don del Dios verdadero- para ver la evidencia de esta afirmación: «Un dios intervencionista NO existe, porque si existiera sería un canalla».
¿Has visto o padecido alguna de las infamias, dolores y horrores de este mundo? Entonces no puedes creer en un «dios intervencionista». Si existiera, evitaría todo eso y más. ¿No lo haría cualquier madre?
Dios NO puede intervenir en la administración de este mundo porque la ha confiado a nuestra inteligencia, voluntad y libertad. Lo dice claramente el Génesis: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y gobernadla» (Gn 1,28). No seríamos verdaderamente libres si estuviéramos «intervenidos». Y Dios quiso crearnos libres, a su imagen, para que creciéramos conduciendo nuestra existencia.
Pero nos han metido en la «rutina errónea» de pedir y pedir que Dios intervenga, hasta en los más pequeños detalles: que el niño apruebe, que se me quite el dolor de rodilla, que se cure mi padre, que se convierta mi vecino, etc. Y ahí andamos enrolados, sin meditar en lo absurdo de nuestra actividad religiosa.
Dios no tiene más manos, ni pies que los tuyos. Eres tú el que puede y debe actuar para hacer crecer el bien en el mundo, eres tú el que tiene que buscar los remedios y las soluciones. Lo dice claramente la «parábola de la viña arrendada» (Mt 21,33): el dueño se ausentó y la dejó en manos de los viñadores. Algún día volverá y pedirá las cuentas. Lo mismo se lee en otras parábolas como «la de los talentos» (Mt 25,14).
Por cierto, una de las decisiones que no valoramos lo suficiente es el «voto democrático». Muchísima gente vota con las tripas en vez de usar la cabeza y elige a quienes nos conducen a la ruina. En vez de votar a «los mejores, los más preparados, los que han demostrado que levantan la nación», como ya proponían los sabios griegos. Muchos votan por ideología religiosa, política, familiar, por resentimiento, odio, egoísmo, etc.
La administración de un país hay que confiarla a quienes saben administrar este mundo y conducirnos a la prosperidad y libertad. ¡Cuánto dolor reparten los embaucadores que nos llevan a la ruina! Muchas veces envueltos en banderas de igualdad, defensa de los pobres, progreso, etc. Sin embargo «sus hechos históricos» son nefastos y totalmente contrarios a sus efímeras promesas.
¡Cuántos países hay hoy mismo que se han hundido por votar ideologías ya fracasadas, por elegir a ignorantes, mentirosos o parlanchines, por seguir a «flautistas de Hamelín» que conducen al precipicio con su magia musical!
De nada te servirá después pedir a Dios que resuelva los problemas, que nos dé paz y prosperidad, que ilumine a los gobernantes, etc. como hacemos inútilmente en la Misa. Podría responderte desde el cielo: «¿Te informaste y elegiste bien? La administración de este mundo es cosa vuestra, para eso os doté de inteligencia, voluntad y libertad».
Si fuéramos conscientes de lo que nos jugamos a la hora de ir a votar, nos entrarían escalofríos. Un enorme porcentaje de nuestra vida depende del «entorno» en que vivimos y por tanto de quienes nos gobiernan. Esta es la verdadera «causa de la pobreza» de muchos países y no la «pecadora injusticia» que muchos magnifican.
Y es que Dios nos ha regalado un enorme jardín con todo lo necesario para vivir bien y progresar. Él nos apoya y nos ilumina desde dentro para que acertemos en el uso de nuestra libertad y nos empuja a progresar a través del íntimo «dinamismo de crecimiento». Si interviniese en este mundo, estaría condicionando nuestra libertad que no sería plena. Cuando El nos da algo, nos lo da completo, aún a riesgo de que no lo administremos bien. ¿No has leído la «parábola del hijo pródigo» (Lc 15,11)? ¿Qué más necesitas para entender?
Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Por qué la Iglesia camina en dirección contraria al sentido común? ¿Por qué nos han enseñado a pedir en todo momento la «intervención» de Dios? ¿Por qué la mayoría de oraciones le insisten que intervenga y cumpla sus obligaciones? ¿No debería ser a la inversa?
Somos nosotros los que tenemos que aprender a discernir nuestros deberes humanos y administrar bien nuestras vidas. Pero esta certeza apenas la promocionan los «maestros de la ley». Prefieren inducirnos a creer en un supuesto «dios perchero».
Por eso esa pregunta deberías hacérsela a los dirigentes de la Iglesia, «venerados y ensalzados» por el instintivo «clericalismo» con que nos educaron. En mi opinión, se han distanciado del Evangelio, lo que nos lleva camino de Babilonia, es decir, al destierro. Del que solo volveremos cuando nos abracemos a Jesús de Nazaret y su Evangelio. Una vez más la historia se repite.
Te convencerás solo con ver que los sacerdotes disminuyen, que su edad media está en más de 65 años, que jóvenes y adultos huyen de una «religión irracional», rutinaria y aburrida, que la mayoría de la gente pasa de las moralinas clericales, que los colegios católicos se han descafeinado, etc. Solo prospera la Iglesia en aquellos países que todavía viven sumergidos en la ignorancia, la magia, los mitos y las imaginadas intervenciones sobrenaturales.
Para terminar te traeré la voz de una joven mística que tuvo que bajar a lo más profundo de sí misma para sentir el abrazo de Dios y comprenderle. Hay verdades que se hacen evidentes desde el más intenso desamparo.
Etty Hillesum (1914-1943). Joven holandesa de origen judío, aunque conocía y apreciaba el Evangelio. Sus vivencias espirituales profundas quedaron recogidas en sus diarios. Fue deportada y murió en Auschwitz. A propósito del sufrimiento que le circundaba, oraba y escribía:
«Corren malos tiempos, Dios mío. Esta noche me ocurrió algo por primera vez: estaba desvelada, con los ojos ardientes en la oscuridad, y veía imágenes del sufrimiento humano. Dios, te prometo una cosa: no haré que mis preocupaciones por el futuro pesen como un lastre en el día de hoy, aunque para eso se necesite cierta práctica…
Te ayudaré, Dios mío, para que no me abandones, pero no puedo asegurarte nada por anticipado. Sólo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros.
Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Sí, mi Señor, parece ser que tú tampoco puedes cambiar mucho las circunstancias; al fin y al cabo, pertenecen a esta vida…Y con cada latido del corazón tengo más claro que tú no nos puedes ayudar, sino que debemos ayudarte nosotros a ti y que tenemos que defender hasta el final el lugar que ocupas en nuestro interior…»
No existe, pues, el «silencio de Dios». Él está presente en nuestro interior siempre. Pero somos nosotros sus «delegados» para construir la humanidad en este mundo que nos ha entregado para que lo administremos.
Si existiera un «dios intervencionista» que hubiese permanecido inactivo ante los horrores de la Segunda Guerra, por ejemplo, sería un «dios despreciable, perverso y canalla». Pero los cristianos tenemos la revelación del Abba de Jesús y sabemos que Dios es todo amor y ternura, como desgrana el Evangelio y nuestro interior corrobora. Somos nosotros los que tenemos que buscar, encontrar y sembrar el «reino de Dios» en este mundo.
Una última observación. Todos los dolores y horrores de aquellos años comenzaron con una «democrática votación» a favor del «nacional socialismo».
Aquel error inicial de tanta gente, muchos buenos seguramente, fue el origen de una inmensa barbarie.
Nosotros administramos el mundo y el mundo sufrirá si no acertamos en nuestras decisiones. «Quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos».
Comprendo perfectamente que a muchos asuste esa «responsabilidad» de ser conductores de sus vidas. Prefieren ser eternamente «niños» y colgarse de un supuesto «dios niñera» al que hay que «usar» para satisfacer nuestras necesidades a golpe de insistente petición. Esto es lo que nos han enseñado y a lo que nos inducen con las plegarias oficiales.
En contraposición a ese «dios externo y mágico», está el Dios de Jesús que se ausenta discretamente de nuestras vidas (lo repite el Evangelio) para que seamos responsablemente «libres». Pero permanece en nuestro «interior» siempre para iluminarnos, motivarnos, apoyarnos y fortalecernos como un Padre amantísimo.
Y nos ha dado una Tierra llena de recursos y regalos para que la gobernemos y consigamos todo lo que necesitamos. Es un Dios que no interviene directamente en este mundo porque ya nos ha dado toda su herencia. Pero es un «Dios siempre presente» para que consigamos humanizar el mundo, extender su Reino y ser felices.
P.D. Había terminado esta meditación cuando cayó en mis manos una homilía de un humilde y gran teólogo. Copié este luminoso párrafo:
«De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros« (Fr. Marcos).
Jairo del Agua
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Comentarios desactivados en Escapando de la Crueldad del Rebaño: Repensando la Parábola de la Oveja Perdida
Hermana Luisa Derouen, OP
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Luisa Derouen. La Hna. Luisa es una Hermana Dominica de la Paz que comenzó a ministrar entre la comunidad transgénero en 1999 y ha sido compañera espiritual formal e informal de unas 250 personas transgénero en todo el país. Ahora está semijubilada en St. Catharine Motherhouse en el centro de Kentucky.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 24 del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.
Me desperté tarde una noche con el timbre de mi teléfono. Era Shane, un joven trans que amaba su fe católica, pero había dejado de ir a la iglesia porque se sentía atacado y rechazado. Estaba sollozando. No dejaba de decir: “¡Extraño ir a Misa y extraño recibir la Sagrada Comunión! Pero no puedo volver a la iglesia porque no estoy seguro allí. La Iglesia Católica no me quiere”.
En otro momento, una mujer trans recurrió a los obituarios del periódico de la mañana. Vio que alguien de su familia inmediata había muerto. Su familia la había rechazado por completo y, para su sorpresa, vio que figuraba en la lista (con su nombre masculino anterior) ¡por haber precedido a esta persona en la muerte! No puedo imaginar cómo se sentiría si mi familia me repudiara hasta el punto de nombrarme públicamente muerta.
El Evangelio de hoy del conocido capítulo 15 de Lucas, las parábolas de una oveja perdida, una moneda perdida y un hijo perdido, es lo que me trajo a la mente estos recuerdos. La parábola que quiero reflexionar aquí es la historia de la oveja perdida. Para la mayoría de nosotros, la interpretación familiar de esta parábola es que la oveja se distrajo y se separó de las demás. Tal vez era demasiado joven para conocer el peligro de irse solo. Tal vez solo estaba siendo terco y no quería ir con el rebaño. Cualquiera que sea la explicación que se dé, generalmente la responsabilidad de este dilema recae sobre la oveja perdida. Ninguna de las otras ovejas está realmente implicada.
Pero desde que leí el libro de Austen Hartke, transforming: The Bible and the Lives of Transgender Christians, pienso en esta parábola de manera muy diferente. Él ofrece la posibilidad de que tal vez la oveja realmente no se alejó en absoluto, sino que estaba tratando de escapar de la crueldad del rebaño. Tal vez el rebaño lo rechazó rotundamente y lo echó fuera de entre ellos. Hartke escribe que se sabe que las ovejas rechazan a una de las suyas si son demasiado diferentes.
Los seres humanos tienen una historia notoria de, en el mejor de los casos, marginar a aquellos que decidimos que son «otros» y, en el peor de los casos, matarlos. Muchos de ustedes que son personas preciosas LGBTQ+ de Dios saben bien lo que se siente ser mal juzgado y expulsado por su comunidad católica. ¡Cuánto anhelamos que los pastores de nuestra Iglesia te busquen y te abracen! Hay algunos obispos valientes que están con vosotros y por vosotros, pero todavía son muy pocos.
Pero a lo largo de las Escrituras, Dios nos llama a algo muy diferente. Dios nunca nos rechaza a ninguno de nosotros, y como el pastor, la mujer y el padre amoroso en las parábolas de hoy, Dios nos busca cuando estamos perdidos o echados fuera. Dios ha elegido consistentemente manifestarse precisamente a través del “otro”, el marginado, el inaceptable. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).
Dos ejemplos de las Escrituras hebreas son la historia de Rut y la historia de Naamán. Rut era una extranjera moabita, pero su valentía y fidelidad hicieron de su hijo el abuelo del rey David. Naamán, un oficial militar de una nación gentil, no solo era “otro”, sino un enemigo otro. Sin embargo, tuvo más fe que muchos israelitas y se curó de su grave enfermedad de la piel (2 Reyes 5).
De nuestras Escrituras cristianas tenemos al centurión gentil cuya fe en Jesús sanó a su hijo, y de quien recibimos el anuncio de fe que profesamos en cada Misa: “No soy digno de tenerte bajo mi techo” (Mateo 8:1- 13). Después de veinte siglos de ser calumniada, María Magdalena finalmente es reconocida nuevamente como la Apóstol de los Apóstoles.
Jesús se propuso abrazar a aquellos que eran «otros» en su sociedad precisamente porque sabe bien lo que experimentan las personas LGBTQ+ y otras personas en los márgenes. Desde su nacimiento hasta su muerte, fue aceptado y rechazado. Sabía que estas son precisamente las personas que tienen tanto que enseñarnos sobre nosotros mismos y sobre Dios.
He experimentado esta gracia tantas veces como tuve el privilegio de acompañar a muchos de vosotros. He aprendido de ti cómo es tener el coraje de vivir en tu propia verdad aunque pagues un alto precio. He aprendido mucho sobre la fuerza interior, la compasión y la increíble capacidad de perdonar a aquellos que han sido malos al juzgarte. Tienes mucho que dar a nuestra Iglesia si tan solo te recibiéramos como el precioso pueblo de Dios que eres.
En este aniversario de la tragedia del 11 de septiembre, también recordamos al primer héroe de ese terrible día, el P. Mychal Judge, un sacerdote gay de Dios. En la muerte nos regaló a todos la maravillosa oración que lo guiaba cada día. Es una buena oración también para nosotros en nuestro deseo de ser buenos pastores para todos.
Señor, llévame a donde quieras que vaya;
Déjame conocer a quien quieres que conozca;
Dime lo que quieres que diga,
Y mantenme fuera de tu camino.
Comentarios desactivados en “La mejor metáfora De Dios”. 24 Tiempo ordinario – C (Lucas 15,1-32)
La parábola más conocida de Jesús, y tal vez la más repetida, es la llamada «parábola del padre bueno». ¿Qué sintieron los que oyeron por vez primera esta parábola inolvidable sobre la bondad de un padre preocupado solo por la felicidad de sus hijos?
Sin duda, desde el principio quedaron desconcertados. ¿Qué clase de padre era este que no imponía su autoridad?, ¿cómo podía consentir la desvergüenza de un hijo que le pedía repartir la herencia antes de morirse?, ¿cómo podía dividir su propiedad poniendo en peligro el futuro de la familia?
Jesús los desconcertó todavía más cuando comenzó a hablar de la acogida de aquel padre al hijo que volvía a casa hambriento y humillado. Estando todavía lejos, el padre corrió a su encuentro, le abrazó con ternura, le besó efusivamente, interrumpió su confesión y se apresuró a acogerlo como hijo querido en su hogar. Los oyentes no lo podían creer. Aquel padre había perdido su dignidad. No actuaba como el patrón y patriarca de una familia. Sus gestos eran los de una madre que trata de proteger y defender a su hijo de la vergüenza y el deshonor.
Más tarde salió también al encuentro del hijo mayor. Escuchó con paciencia sus acusaciones, le habló con ternura especial y le invitó a la fiesta. Solo quería ver a sus hijos sentados a la misma mesa, compartiendo un banquete festivo.
¿Qué estaba sugiriendo Jesús? ¿Es posible que Dios sea así? ¿Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que no anda obsesionado por la moralidad de sus hijos y que, rompiendo las reglas de lo correcto, busca para ellos una vida dichosa? ¿Será esta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan «perdidos» y suplicando a los que le son fieles que acojan con amor a todos?
Los teólogos han elaborado durante veinte siglos discursos profundos sobre Dios, pero ¿no es todavía hoy esta metáfora de Jesús la mejor expresión de su misterio?
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