Vivir para el Señor
Existe una obediencia a Dios, con frecuencia muy exigente, que consiste sencillamente en obedecer a las situaciones. Cuando se ha visto que, a pesar de todo el esfuerzo y las oraciones, se dan, en nuestra vida, situaciones difíciles, incluso a veces absurdas y, a nuestro parecer, espiritualmente contraproducentes, que no cambian, hay que dejar de dar coces contra el aguijón» y empezar a ver en tales situaciones la silenciosa pero no menos cierta voluntad de Dios con nosotros. Es preciso, además, dejar todo, para hacer la voluntad de Dios: trabajo, proyectos, relaciones […].
La conclusión más hermosa de vida de obediencia sería «morir por obediencia», es decir, morir porque Dios dice a su siervo «¡Ven!», y él viene. La obediencia a Dios en su forma concreta no es exclusivo de los religiosos en la Iglesia, sino que está abierta a todos los bautizados. Los laicos no tienen, en la Iglesia, un superior al que obedecer -por lo menos no en el sentido en que lo tienen los religiosos y clérigos-, pero, en compensación, tienen un «Señor» al que obedecer. Tienen su Palabra. Desde sus más remotas raíces hebreas, la palabra «obedecer» indica la escucha y se refiere a la Palabra de Dios. El camino de la obediencia se abre al que ha decidido vivir «para el Señor»; es una exigencia que se desprende la verdadera conversión.
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Ricardo Cantalamessa,
La obediencia,
Milán 1986, 59-63, passim
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