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Será todo en todos: Resurrección de la carne, vida perdurable . Amén

Martes, 24 de noviembre de 2020

Resurrección2Del blog de Xabier Pikaza:

La postal anterior de RD presentaba a Cristo como plenitud y juicio de la historia:Rey hambriento y sediento, extranjero y desnudo, enfermo y encarcelados, adelantedo y signo de la nueva humanidad (pero con riesgo de destrucción humana).

Sobre ese tema publiqué hace tiempo un estudio sobre el fin de la historia (Rev. Catalana de Teología). en un homenaje que amigos y colegas dedicábamos a J. M. Rovira Belloso. Retomo aquí la conclusión de aquel trabajo, que, situado en el contexto de su extensa obra, vinculaba la comunicación racional de la Ilustración y el Evangelio de la resurrección, expresando así la fe más antigua de la Iglesia: creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna, amén.

Para desarrollar el sentido de ese credo, con la resurrección de la carne (=historia) como meta y sentido de la creación he escrito el nuevo libro, La palabra de Dios se hizo carne. Retomo y condenso aquí el argumento de ese libro, con las páginas finales del homenaje a Rovira Belloso, respondiendo así a las especulaciones apocalípticas no cristianas de autores como las de L. Fanzaga, de las que he tratado también en una postal anterior de RD.

23.11.2020 | X. Pikaza

FRASES Un Mal Capitulo No Es El Fin De La Historia F@MisFrasesOk OFrase FacebookMisFrasesOk 🙄😌 | Facebook Meme on awwmemes.com

Hemos resuelto muchos problemas, pero queda abierto el misterio de la vida: el sentido y tarea de nuestro nacimiento, de la libertad y de la muerte en (con) los demás seres humanos, pues en ellos nos movemos, vivimos y somos (como sabe y dice Pablo en Hech 17, 28). El mismo Pablo añade que Dios es y será “todo en todos” (1 Cor 15, 28), pues en él son (seremos) vivificados todos.

Ésta es la experiencia cristiana radical, principio, sentido y meta de la historia, como sabe y dice el Credo Romano (=de los apóstoles): Creo en la resurrección de la carne y (o) en la vida perdurable.

Ese credo, que nos lleva con toda la teología de la Biblia del Dios creador del Principio al Dios Resucitador del final, constituye el tesoro, clave y tarea de la vida humana. Estamos llamados a la resurrección o culminación de la vida en Dios (en y por Cristo), pero corremos el riesgo de destruirnos, pues el Dios de la Vida no ha querido ni quiere imponerse a la fuerza, sino que deja su vida (se deja a sí mismo) en nuestras manos, de forma que pudiéramos destruirnos, creando un mundo sin él (contra él) para la muerte, como ha puesto de relieve el Papa Francisco (Lodato si, 2015).

Desde ese fondo retomo las páginas finales del trabajo de homenaje a Rovira Belloso, del año 2020, situando ese tema en el trasfondo de la modernidad, es decir, entre el siglo XX y XXI, traduciendo así la antigua esperanza apocalíptica en claves modernas de riesgo y experiencia creadora, dentro de un mundo abierto a la resurrección (desde un trasfondo de racionalidad operativa), pero con riesgo de destruirse a sí mismo, cayendo en el “infierno” de su propia muerte (pues Dios en Cristo ofrece su Vida, pero no nos la impone).

Fallece Josep Maria Rovira Belloso, teólogo de referencia en Cataluña
Estructura racional y super-estructura personal

Por un lado me sitúo en una línea racional que va de la antigua (siglo XVIII) a la nueva ilustración (siblo XX), destacando con M. Weber[1] que una visión de la historia lleva de la magia a la racionalidad operativa: vivíamos inmersos en un mundo sagrado, sometidos a sus ritmos; ahora somos nosotros los que proyectamos y aplicamos nuestros propios esquemas racionales sobre el mundo.

Pero, al mismo tiempo, acepto de un modo aún más intenso (en otro plano) el modelo y compromiso de vida y esperanza del evangelio cristiano. En el fondo de la razón y acción operativa existe y se despliega una más alta meta-razón de gratuidad, expresada en el menaje y vida (resurreccón) de Jesús. Desde ese fondo distingo y vinculo los dos niveles de la historia.

– Plano estructural: un mundo en el que todo se define por la ciencia. Un tipo de historia culmina allí donde, con medios científicos, surge y se organiza un sistema mundial de razón, al servicio de todos los humanos, ofreciendo a todos unas mimas posibilidades económicas, educativas, sociales. Por ventaja del sistema y para bien de cada uno de sus miembros, a ese plano podría surgir una ley que vincula e iguala a todos (como puso de relieve Benedicto XVI, Spe Salvi).

Eso significa que debe (puede) terminar la historia de las viejas disputas nacionales o sociales: todos los humanos podrán vivir y desarrollarse dentro de un mismo sistema universal de intercambios racionales[2]. En ese nivel no podría hablarse de “libertad”: cada uno debería aceptar las posibilidades y deberes que le ofrece el sistema, dentro de una estructura universal de relaciones (de educación, trabajo y consumo) avalado por el “sistema racional” (supra-personal).

– Plano supra-estructural. Sobre la base anterior, obligatoria para todos, se eleva un ancho campo de elecciones y gozos, realizaciones y libertades, que cada individuo o grupo particular podrá desarrollar en plano afectivo y/o religioso, artístico o deportivo, de descanso y juego. La misma “necesidad” estructural ya resuelta (no habrá agobio por la comida, ni falta de trabajo o de vivienda) liberaría una serie inmensa de posibilidades de gozo y plenitud humana por ahora insospechada.

Resueltos en el plano anterior los problemas estructurales, se abrirá un ancho campo de libertad, para que cada individuo (o grupo) particular pudiera expresar y cultivar sus “aventuras”, sus ideales y gozos personales y comunitarios (de familia o grupo). Sólo en ese plano seguirá abierto el camino de la historia: como búsqueda de dignidad personal y reconocimiento mutuo, de gozo y amor, en el campo afectivo, artístico y religioso. No podemos ni imaginar lo que será el florecimiento humano a ese nivel: nacerá entonces la historia verdadera.

Nuevo nicho religioso

– Cambiarían a ese nivel, o tendrán que replantearse, algunas de tradiciones religiosas: no se podrá hablar de la bienaventuranza de los pobres, en sentido puramente material, pues no habría pobres en un mundo de abundancia organizada; tampoco se podrá decir que los mártires son felices, pues la sociedad no tendrá necesidad de mártires. Un tipo de tradiciones religiosas seguirían conservando un valor, pero sólo como recuerdo o la memoria de los tiempos “prehistóricos”, pues sus aportaciones (liberadas de oscurantismos e irracionalidades) habrán sido recogidas para siempre en la riqueza de la nueva experiencia ética y estética de la humanidad ya liberada de las violencias del pasado[3].

-Pero con eso se abriría y debería desarrollarse un nuevo “nicho” ecológico y religioso, en un nivel de gratuidad, no de necesidad, de mística de amor (a Dios y a los demás en los demás), en un plano de comunicación gratuita, de identificación original con Dios y de experiencia divina de la vida, en la que se valora la muerte como experiencia de entrega personal signo de resurrección (de recuperación y pervivencia o super-vivencia de la vida, en la vida de los demás (resurrección en Dios, es decir, en la comunión interhumana).

Se dividen, según eso, los niveles de la vida humana.

(a) Los problemas de tipo económico y social pueden resolverse en plano estructural, es decir, planeando y organizando una estructura mundial de comunicación, abierta a todos los humanos… Pero con un doble riesgo: (1) Que la estructura o sistema ahogue a las personas, convirtiéndolas en puro engranaje mortal de una máquina de muerte. (2) Que el poder opresor de algunos (los privilegiados, los “ricos”) viva a costa de los pobres…

(b) Pero los hombres no vivimos sólo en ese plano económico-social, que puede regularse en forma de sistema, sino que formamos parte de una vida que nace de la vida de otros (en Dios) y que supra-vive en ellos, en una perspectiva en la que son esenciales los temas del nacimiento gratuito, de la comunicación en gratuidad y de la muerte como apertura a un futuro de resurrección.

Como herederos de la ilustración, seguimos pensando que la historia es un proceso racional de crecimiento y despliegue de los poderes de un sistema que engloba y cierra a todos. Pero, como herederos de una experiencia religiosa, vinculada al cristianismo, sabemos (sentimos) que la vida es don gratuito, que cada ser humano es una experiencia de “absoluto”, es decir, una creación vinculada al nacimiento (cada nacimiento es una apertura en la trama del sistema), al despliegue personal (cada persona es trascendente al sistema), y a la muerte (entendida como entrega de la vida personal en la persona y vida de los otros, en forma de resurrección).

Juicio Final – Wikipedia, la enciclopedia libre
Somos seres de frontera, vivimos en dos mundos… que son inseparables pero distintos. Por una parte tenemos que crear “sistemas racionales” (jurídicos, económicos, sociales…) para seguir viviendo como humanos. Por otra parte rompemos todos los sistemas…, por cada nacimiento, por cada libertad personal, por cada muerte en esperanza de resurrección. En ese sentido podemos hablar de dos diálogos:

– El diálogo estructuralestá marcado por las leyes de la ciencia social, económica y/o política. Todos los humanos podemos y debemos integrarnos en un tipo de gran “ordenador” que nos sitúa en nuestro puesto de estudio y trabajo, de rendimiento y posesiones materiales. Este es el nivel de sumisión al sistema. En lugar de la dictadura temporal y dolorosa del proletariado que había propuesto Marx, hallamos aquí la universal y duradera exigencia del sistema, que nos pone en manos de la humanidad mundial. No habrá poder de personas sobre personas, sino organización supra-personal de la humanidad. Aprender a dialogar significa aquí aprender a obedecer, aceptando el sistema en que nacemos. Un tipo antiguo de historia habrá parado, pero el sistema seguirá perfeccionándose, ofreciendo más posibilidades materiales (de trabajo y posesión de bienes) a los individuos.

– El diálogo supraestructural viene abierto por los gozos y deseos más profundos de cada individuo o pequeño grupo. En este diálogo se puede hablar de todo y compartirlo todo, gozando sin límite, explorando las posibilidades humanas sin más barrera que el amor y el bien de los demás, siempre que se respeten las normas básicas del juego estructural. La vida emerge a este nivel como aventura creadora, que desborda las obligaciones biológicas o materiales (aunque sin desvincularse en modo alguno de ellas). Hasta ahora, los humanos se hallaban sometidos a la angustia estructural, dominados por la falta de comida, amenazados por el riesgo de violencia de los varios grupos enfrentados. Cuando el conjunto humano les ofrezca base suficiente de comida y educación, en libertad, ellos podrán gozar en plenitud, abriéndose a los valores de la gratuidad compartida. Para ello tendrán que aprender a dialogar en libertad, descubriendo y cultivando el placer de la comunicación gratuita.

La Resurrección – Renace Bogotá
(a) El plano estructural ha de trazarse a través de un diálogo científico donde intervienen sociólogos y médicos, educadores y psicólogos, economistas y físicos, es decir, todo tipo de personas dedicadas al estudio de lo humano. En este nivel no puede hablarse de Dios o dioses, de ideales filosóficos o experiencias religiosas. Todo sucede como si Dios no existiera. Este ateísmo metodológico resulta importante, pues impide que sacralicemos un tipo de mediación o idea, de religión particular o raza, de tradición filosófica o estatal, de nación o sexo. A ese nivel, todos los humanos hemos de ser igualmente valiosos, actores de un mismo diálogo universal, en oriente y occidente, en USA o África.

(b) Plano super-estructural. Sólo en ese nivel podemos hablar de transcendencia personal, entendiendo cada nacimiento como nueva “presencia personal” (encarnación) de Dios, cada vida humana como revelación divina, cada muerte en gratuidad, por y con los demás como principio de resurrección. El único “dios” del que se puede hablar es la capacidad (¿voluntad?) de dialogar. Éste es el nivel supraestructural de la vida humana, en el que se sitúa el principio de la gratuidad, la vida como don, como regalo, como entrega de unos a los otros, en plano de muerte (en esperanza de resurrección)

Pues bien, el diálogo universal no impositivo de los hombres y mujeres en cuanto personas no puede conseguirse sin una apertura al plano de las opciones e ideales, de las utopías religiosas o sociales, centradas para el cristianismo en la muerte y resurrección de Jesús. Sin ese descubrimiento de la gratuidad, del valor de la vida que se da y comparte, de la prioridad de los más pequeños (hambrientos y sedientos, extranjeros y desnudos, enfermos y encarcelados: Mt 25,31-46), es imposible que los actuales “beneficiarios” del sistema renuncien a sus beneficios, para que todos los humanos se descubran y sean iguales.

El sistema más perfecto, la racionalidad más eficiente puede convertirse en infierno de opresión y muerte para todos (o al menos para la mayoría), si olvidamos que la vida es gracia, y que sólo como gracia, en línea de trascendencia y comunión amorosa, puede convertirse y ser camino de resurrección de la carne, como sabe y formula el credo cristiana, con su gracia de conversión, es decir, de meta-noia, de ascenso de nivel de pensamiento y comunión de amor.

Necesidad de meta-noia (trans-formacion) humana

Partiendo de esa dualidad de niveles, la transformación o conversión humana ha de ser integral: ha de darse, al mismo tiempo, en el nivel de la estructura y la superestructura, de las relaciones sociales de conjunto y de la transformación personal, que haga posible la comunicación gratuita, la donación y comunicación de vida entre los hombres y mujeres. Eso significa que la transformación estructural al servicio de todos sólo es posible si es que se vincula con una transformación super-estructural, en línea de amor gratuito y de entrega por los demás hasta la muerte (es decir, en esperanza de resurrección, de renacer en la vida de los otros que nos preceden y siguen).

– Sin un proceso (moral) religioso de conversión (renuncia a los propios beneficios) de los que favorecidos hoy por el sistema resulta imposible la comunión estructural de la humanidad en su conjunto. Sin un tipo de evangelio de la gratuidad y comunicación personal de vida es imposible crear una estructuras de comunicación de amor, de acogida y entrega mutua, entre todos los hombres. Ese proceso de conversión y renuncia, que hace posible la participación de todos los humanos en los bienes y valores de la tierra, no puede imponerse en un plano puramente estructural, de ciencia, sino que ha de fundarse en el diálogo amoroso desde aquello que empiecen poniendo su vida al servicio de la vida de todos, en Dios (=que es la gratuidad pura), en clave de amor al prójimo” y de esperanza en la resurrección. Sin ese amor o conversión, los fuertes seguirán hallando las maneras de utilizar el sistema a su servicio.

– Ese proceso de vinculación universal exige una opción por los más débiles, una valoración y elevación de aquellos a quienes la historia anterior ha colocado en situaciones de inferioridad: los enfermos y marginados (de tipo psicológico), los miembros de grupos culturales y sociales deprimidos, los llamados “asociales”, los extranjeros, los desnudos, los enfermos (de Mt 5, 31-46)… Nuestra sociedad tiende a expulsar (en la cárcel o psiquiátrico, en las cloacas de la ciudad o en las “reservas” raciales) a los perdedores. De esa forma surge, por un lado, el orgullo de los triunfadores y, por otro, el resentimiento de los dominados. Por eso, sin un gesto fuerte (no paternalista) de acogida de los triunfadores y sin un perdón real de los antes marginados resulta imposible la transformación humana.

– Pero ese plano super-estructural no puede desligarse del sistema estructural (económico, político…). El hombre es un ser”unitario”; no podemos definirlo de antemano, no podemos deslindar sus campos, diciéndole por un lado lo que debe hacer (haciéndole esclavo en plano estructural) para marcarle luego aquellos campos o lugares donde puede avanzar en libertad. El humano es un ser sorprendente, abierto a los más fuertes destellos del amor y a los ataques de egoísmo más intenso, débil en su enfermedad, psicológicamente muy frágil. Así debemos aceptarlo, así debemos ofrecerle un camino de culminación histórica, donde se vinculen los diversos aspectos de su vida. En este campo ofrecen su más honda palabra las tradiciones religiosas, las experiencias artísticas y los enigmas del amor interhumano, sobre todo en plano íntimo, de amistad y enamoramiento.

Por eso, siendo en principio valiosa, la distinción entre estructura y superestructura no puede absolutizarse, pues los problemas y niveles del humano están relacionados. Sin un fuerte proceso “moral” de conversión no es fácil que los “beneficiarios” del sistema renuncien a sus privilegios para inscribirse en el diálogo de todos los humanos.. Hasta ahora, los seres humanos se encontraban demasiado centrados en la solución de problemas infra-estructurales: comida y casa, educación de los hijos y organización social. La nueva sociedad resolverá muchos de esos prolemas, liberando a los humanos para el gozo y la exigencia de un camino superior, donde reciben su fuerza rasgos y momentos vitales que antes parecían secundarios:

Imagen de Dios – Wikipedia, la enciclopedia libre
– Para ello ha de volverse prioritario el amor a los más débiles, es decir, a los que parecen menos necesarios para el gran sistema: los ancianos y enfermos, los humanamente insatisfechos, los niños… Para que el sistema continúe y se mantenga se vuelve necesario un excedente de ternura activa, de amor creador, en los bordes del propio sistema. De lo contrario, el triunfo de la estructura puede convertirse en nueva y más peligrosa idolatría de la fuerza.

– Se abrirán nuevos espacios al amor. Hasta ahora, en un mundo que se centra en el poder, el amor parecía secundario, estaba al servicio del dominio de unos (los varones) y de la procreación de otros (de los hijos). Pues bien, conforme al deseo más hondo de Jesús, el amor no es dominio o imposición del sistema, sino gesto y camino de gratuidad compartida. Por otra parte, la ampliación de la vida y la regulación de la maternidad/maternidad hace que el amor esponsal (sexual) pueda recibir y reciba toda su belleza y fuerza por sí mismo.

Quizá por vez primera en nuestra historia, hombres y mujeres pueden llegar a ser aquello que habían entrevisto y proclamado algunos textos testigos privilegiados de la antigüedad, como el Cantar de los Cantares, Jesús o San Juan de la Cruz: vivientes enamorados. Antes, el amor parecía regulado por la ley, codificado por principios formales y sociales, al servicio de otra cosa (de la procreación, del orden social, del poder de los varones…).

Ahora, desde el fondo del mensaje de Jesús, hombres y mujeres están invitados a ser lo que de algún modo sabían, pero no podían apenas cumplirse: seres para el amor. No intentamos con esto ofrecer soluciones, sino abrir un camino más firme en la historia. Una vez que se van resolviendo los problemas infra-estructurales (si de verdad queremos resolverlos), podremos ser lo que somos: seres para el amor. Así se abre un camino de aventura y exigencia humana mucho más intensa que todo lo que hasta ahora habíamos vivido y pensado. Descubrimos el gozo de dar la vida a los demás y compartirla con ellos. Nosotros mismos nos volvemos responsables de nuestro presente y futuro, siendo responsables del presente y futuro de los demás, pues en ellos nos movemos, vivimos y somos (como sabe y dice Pablo en Hech 17, 28)

Somos vivientes complejos (paradójicos, casi contradictorios). Todavía no hemos resuelto el problema más sencillo: la búsqueda y surgimiento de una infraestructura de libertad y comunicación que ofrezca un lugar para todos los humanos. Así podemos afirmar que vivimos aún en una especie de pre-historia. En el nivel de la política y economía, de pactos militares y organizaciones estatales, seguimos en manos de la pura lucha. Por eso, es necesario proyectar y crear un espacio más hondo de diálogo y participación básica donde quepan todos los humanos. Pero, al mismo tiempo, debemos cultivar los elementos más fuertes del gozo y gratuidad, del amor mutuo y fiesta compartida de la vida. De lo contrario, bien pudiera suceder que el mundo acabe volviéndose cárcel (con la eterna división de los vigilantes y los vigilados.

Para que la humanidad sea casa y no cárcel de la mayoría, para que la vida humana se vuelva camino de realización universal gozosa, y no mera obligación de vivir, sigue siendo necesaria la esperanza: ella es un don, regalo que emerge allí donde los humanos se quieren y esperan en la vida eterna, es decir, en la vida perdurable, en el futuro de la resurrección del conjunto de la humanidad, tal como se expresa en el evangelio de Jesús. Para ello deben destacarse los rasgos creadores de la nueva historia: el don y gozo de la gratuidad, la alegría de la finitud compartida y la esperanza de la vida en medio (por encima) de la muerte. Sólo así, el fin de la historia vieja puede convertirse en principio de nueva historia.

Notas

[1]Cf. Ensayos sobre sociología de la religión I-III, Taurus, Madrid 1987

[2] De esa forma pueden resolverse, técnicamente, todos los problemas estructurales de la humanidad, si es que sus miembros se vuelven “racionales” y aceptan el diálogo comunicativo.

[3] Cf. J. Habermas, Teoría de la acción comunicativa I-II, Taurus, Madrid 1988. No podemos desarrollar aquí su teoría comunicativa, sino sólo evocarla. Es significativo el hecho de que Habermas suponga que todos los problemas de la historia actual (hambre, subdesarrollo, injusticia, violencias parciales…) podrían resolverse en unos cuantos años, si es que los humanos se volvieran “racionales” y quisieran dialogar. Evidentemente, quedan fuera de esa solución algunos problemas o misterios que no tienen solución: la libertad ética, la soledad y comunicación afectiva, ciertas enfermedades mentales y la muerte. Es significativo el hecho de que las grandes religiones, especialmente el cristianismo y budismo, han insistido en sos problemas “insolubles”.

[4]Es significativo que F. Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona 1992, no haya citado ni a Girard ni a Habermas. Ese dato puede servir para mostrar las graves carencias de su análisis

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