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A Dios le hace bien perdonar y a nosotros también

Domingo, 13 de septiembre de 2020

abrazo-personasDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Mateo 18,21-35

Consideraciones sobre el perdón (a modo de homilía)
  1. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

(Lc 23,34).

Quiero comenzar esta homilía recordando el último gesto del Señor en la cruz. Jesús murió con el perdón en sus labios y en su corazón:

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lc 23,34).

Hoy estarás conmigo en el Paraíso, (Lc 23,43)

Lo último que hace Jesús a su muerte es lo que hizo durante toda su vida: perdonar. Jesús pasó la vida perdonando y haciendo el bien.

Jesús seguramente sintió lo mismo que sentimos todos. Ante Herodes, Caifás, Pilatos, ante el legalismo de los fariseos, ante quienes menospreciaban a la mujer, ante quienes querían matarle, etc. Jesús sentía lo mismo que sentimos nosotros.

Pienso que a Jesús, como a nosotros le hacía bien perdonar: a Él y los demás. A Dios le hace bien perdonar y a nosotros también.

Nadie, que sea sensato, dice que sea fácil perdonar:

¡Cómo no vamos a comprender a quien dice no poder perdonar! Cómo no entender expresiones afines: “perdono, pero no olvido”, o incluso, “ni perdono, ni olvido”. ¡Cómo no ser conscientes de que haya familias que no se hablen, hermanos (Caín y Abel) que se odian, vecinos totalmente enemistados, ciudadanos enfrentados por motivos políticos! Lo más común en la sociedad es que “quien la hace la paga”.

         También hay actitudes hondamente cristianas “Espero acabar perdonando antes de morir”, decía Ortega Lara, secuestrado durante año y medio, como todos recordamos.[1] Hay personas, posturas de una gran altura humana, moral, espiritual.

  1. Perdonar.

El término perdonar – perdón viene del latín y, viene a significar: per y donare, “pasar, cruzar, adelante, pasar por encima de” y “donar, donación, regalo”.

Perdonar sería un “pasar bondadosamente por encima” de muchas, y en ocasiones, viejas, situaciones.

  1. Dios y Jesús perdonan siempre.

Nos han enseñado que Dios es muy justo y que no tiene más remedio que condenar. Sin embargo lo que podemos apreciar en Jesús y en el Dios de Jesús es otra cosa: es alianza, es perdón, reconciliación. Dios no se hace respetar a golpe de condenación, sino de perdón. Dice el salmo 129,4: de Ti procede el perdón, y así infundes respeto.

         Y Jesús, lo mismo. Desde el comienzo de su predicación (vida pública) hasta su muerte, siente misericordia, lástima, compasión, perdón.

He sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva … y proclamar un año de gracia del Señor.  (Lc 4,18-19)

         Un Dios justiciero y vengativo no es el Dios de Jesús. Nuestro Dios es acogedor, perdonados siempre y con todos. En ocasiones, en alguna teología, da la impresión de que nos molesta que Dios sea bueno y perdonador.

  1. Perdonar es un proceso de sanación.

El furor y la cólera son odiosos (1ª lectura). La ira y el odio solamente sirven para seguir hurgando en viejas heridas que, por otra parte, no permiten sanar y serenar la vida.

Perdonar hace bien a todos, al que pide perdón y al que lo regala, (gracia).

Solamente el perdón rompe la espiral de la violencia interior, personal, y exterior

El perdón es un proceso de sanación. No es fácil perdonar cuando hay una herida, más o menos sangrante, que rasga nuestra psicología, daña nuestro pensamiento  y sentimientos y deja secuelas psíquicas, familiares, sociales, económicas políticas y siempre afectivas. La decisión de perdonar sana nuestro corazón, nuestra vida.

Resentimiento significa “re-sentir”, “volver a sentir”, estar siempre hurgando en la herida. Necesitamos perdonar para no hacernos más daño a nosotros mismos, así como tampoco transmitir más odio a los demás.

El perdón haría mucho bien en el proceso de pacificación de nuestro pueblo y de otras muchas situaciones socio.políticas. ¿Será posible la pacificación sin perdón?

  1. El perdón acontece en la interioridad del corazón.

         El perdón acontece y se vive en lo más íntimo de la conciencia y del alma. Es una actitud interior. Perdonar es reconocer el mal, pero para apaciguar pulsiones e iras, violencias y venganzas. Y todo ello desde el interior.

         El perdón no surge de una ley en un parlamento, ni tan siquiera de un tratamiento psicológico, aunque la psicología tenga también algo que ver en estas cosas. El perdón realiza un cambio de corazón.

         El perdón no arregla el pasado: lo que pasó, pasó…, pero el perdón abre un futuro mejor, sanado.

         El que perdona no olvida el pasado, pero lo recuerda de otro modo, con bondad. Posiblemente seguirán surgiendo sentimientos negativos, pero habrá que poner razón a las pulsiones de la ira y de las bajas pulsiones. Hay que ser razonables frente al odio.

         Probablemente perdonar es la forma más elevada y profunda de amar.

  1. Él odio hace daño a todos.

Ya en el campo, Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató. Dios dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: «No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» Replicó el Señor: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde la tierra. (Gn 4,1-9).

El odio no es solamente cosa de Caín y Abel, de dos personas, o de Caín con Dios, sino que “toda la tierra” y todos quedamos impregnados de la profundidad de la ira y del rencor. El odio y la venganza de Caín a Abel empaparon a toda la humanidad: la sangre de tu hermano clama al cielo. ¿En qué familia o comunidad, pueblo o iglesia no hay situaciones de enfrentamientos, odios, etc.?

  1. “abrir una salida” y “estar con” quien peca seriamente.

En ocasiones en la vida oímos y vemos que alguien ha hecho un daño grave (quizás nosotros mismos). En esa situación es una persona débil, fracasada y en esos momentos es cuando más necesita -necesitamos- del perdón. Todo ser humano necesita una vía de salida en la vida y más cuanto más cegados vemos los caminos.

¿Tenemos experiencia personal de haber sido perdonados?

Por otra parte, cuando perdonamos reconocemos el valor de la otra persona, le abrimos un camino de salud, de salvación. A todo ser humano hay que dejarle una puerta abierta de salida, de reconciliación, de seguir en paz el camino de la vida.

Naturalmente que en muchas circunstancias las relaciones no podrán volver a ser como lo fueron. Pero el perdón abre caminos y vuelve a encauzar la vida.

  1. Sin perdón no hay comunidad, ni eucaristía.

Cuando las heridas continúan abiertas, mal cerradas o cerradas en falso, es muy difícil una vida comunitaria sana, sea familiar, religiosa o cívica. Coexistiremos, pero sin perdón, y la vida será difícil, ¿o no lo está siendo en el orden político y eclesiástico?

         La Eucaristía es la asamblea de los pecadores, que nos sentimos reconciliados y con la buena voluntad de perdonar

No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

[1] Cfr. Vida Nueva , n 2751, 30 abril – 6 mayo, 2011, p 50.

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