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La Eucaristía no es un rito. Solidaridad.

Domingo, 23 de junio de 2019

eucaristia-720_270x250Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Corpus Christi: cuerpo de Cristo.

Celebramos hoy la fiesta de la presencia de Cristo en nosotros en la celebración de la Eucaristía.

La presencia de Cristo no es una cuestión fisiológica (seamos delicados), se trata de que Cristo está siempre presente en medio de los creyentes: donde estáis dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo. (Mt 18,20). Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. (Mt 28,19). Guardad mi presencia en medio de vosotros, haced esto en memoria mía, (1Cor 11).

Tampoco se trata de que la Eucaristía sea un simple rito.

La Eucaristía es la reunión de los cristianos que celebran la presencia del Señor, el pan de vida, la solidaridad. El Señor está presente en la asamblea cristiana, en medio de nosotros: comparte nuestra vida.

El Señor nos invitó a guardar su memoria en medio de nosotros: haced esto en memoria mía.

Vivir en eucaristía: en agradecimiento

Eu – Xaris: buen regalo, buena gracia.[1]

Celebrar la Eucaristía no es sola ni principalmente celebrar un mero rito, sino vivir agradecidamente: agradecidos a la vida, que cantaba Violeta Parra. Gracias a la vida que me ha dado tanto… Gracias a Dios, gracias a nuestros padres y familia, a nuestros amigos, compañeros, gracias a nuestros maestros, a los médicos que nos cuidan, gracias por tantos favores que nos hacen en la vida.

“De bien nacidos es ser agradecidos”, dice un refrán castellano. Vivir agradecidamente es muy humano y muy cristiano.

Multiplicar los panes en plena crisis y en un mundo que vive-muere de hambre.

En esta fiesta del Corpus hemos escuchado el evangelio de la multiplicación de los panes según S Lucas. Es un hecho que impactó mucho en la Iglesia naciente, pues los evangelios narran este hecho hasta siete veces.

La multiplicación de los panes no es una cuestión de magia o de prestidigitación, sino de solidaridad.Es un milagro que el ser humano dé, pero cuando Cristo está presente en nuestra mente y en nuestro corazón, cuando celebramos la Eucaristía con lo poco que hay, apenas cinco panes y dos peces, se reparte y llega para todos. Nos saciamos todos e incluso llega a sobrar. La multiplicación de los panes es multiplicar la vida, el trabajo, la solidaridad.

El milagro es la solidaridad y la generosidad.

La solución a la crisis económica no está tanto en la economía, cuanto en el corazón y solidaridad de las personas. Lo que transforma el mundo no son las leyes, sino el corazón.

Multiplicar los panes es tener buen corazón y compartir.

Celebrar la Eucaristía es también hacer lo que podamos por la vida, por crear una sociedad justa: respeto a todas las personas, crear trabajo, viviendas y educación para todos.

La caridad organizada está muy bien, Cáritas, porque siempre habrá necesidades de todo tipo; pero la solución a la miseria y pobreza social no está en Cáritas, sino en la solidaridad y en la justicia.

La Eucaristía es una mesa, un banquete abierto a todos.

La Eucaristía hemos de situarla en el contexto de las muchas comidas, cenas salvíficas que Jesús celebró con mucha gente: comidas de encuentro y de vida.

Recordemos:

o El encuentro del hijo pródigo con el Padre se sella con un banquete, porque ese hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida (Lc 15, 11-32). Es la Eucaristía.
o A Jesús le echaban en cara que comía con pecadores y publicanos, (Mc 2,16). En el fondo eran Eucaristías reconciliadoras.
o Recordemos el encuentro de Jesús con Zaqueo: hoy tengo que cenar en tu casa: ha entrado la salvación a esta casa, (Lc 19, 1-10).
o Recordemos la infinidad de momentos en los que Jesús evoca el banquete, el banquete de bodas, el banquete del Reino, la comida como encuentro de salvación (Mt 22,1-14).
o San Juan no sitúa la Eucaristía no tanto en la última Cena, sino en el cp. 6: en la multiplicación de los panes, (Jn 6). El pueblo tiene hambre. Cristo es pan de vida: Yo soy el pan de vida (Jn 6).
o El Reino de los cielos se parece a un banquete, (Mt 22,24), especialmente para los desheredados, para los pobres.
o Recordemos cómo Cristo resucitado come con sus compañeros y discípulos.
o Los dos de Emaús reconocen la Vida al partir el pan (Lc 24, 13-35, v 30: Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio). La decepción (depresión) de los dos de Emaús se tornas en vida: arde su corazón.
o Junto al lago Jesús les dice a los suyos si tienen algo que comer, comen pan y pescado (Lc 24, 36-49) y cuando compartieron el pan, se les abrió la inteligencia y comprendieron (v 45).
o La multiplicación de los panes, que hemos escuchado en el Evangelio es una Eucaristía (Lc 9, 11b-17: v 16: Jesús tomando los cinco panes, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio para que los sirvieran a la gente).

La Eucaristía no es un precepto para cumplir con la Iglesia y salvar mi alma. No me imagino a Jesús diciendo a los suyos: tenéis que ir a Misa los domingos, etc. Les dijo: guardad mi presencia en medio de vosotros.

La Eucaristía es algo más, más serio y profundo que una norma de ir a Misa: la eucaristía es vida. Impregnemos nuestra vida de Vida. Disfrutemos de la vida.

A veces pensamos en una Iglesia de perfectos, gente de élite, milimétricos, estrechos y leguleyos en moral, espartanos en ética, puros hasta el escrúpulo. Sin embargo la Iglesia nunca fue así y nunca lo será, porque estamos los que estamos: pecadores profundos, que amamos la vida, pero no acertamos.

La mesa del Señor está abierta a todos.

Se hace extraño cómo el rigor litúrgico y moral han ido reduciendo “los cubiertos de los comensales” de la mesa de JesuCristo.

Para los que viven del entramado moral-litúrgico, la Eucaristía es un restaurante de no sé cuántas estrellas y con la “rigidez litúrgica del desfile del día de la victoria”. Para los que andamos como podemos en la vida, la Eucaristía es la última Cena, es Emaús, pobres hombres y mujeres desesperanzados, incluso traidores, (Judas[2] y Pedro), pero que tienen la fortuna de encontrarse con Cristo y se sientan a la mesa con él.

Es de mucho consuelo saber que la mesa del Señor está abierta a todos, especialmente a los pecadores y publicanos.

La mesa de los ricos y de los poderosos está cerrada a los pobres, probablemente “por razones de seguridad”. La mesa del Señor está abierta incluso a Judas y le ofrece un trozo de pan.

Jesús disfrutaba comiendo con los pobres, pecadores. Él mismo era pobre y era buena gente.

¿Y nosotros?

Da mucho alivio saber que todos tenemos sitio en la casa, en la mesa, en la fiesta del Padre. No importa nuestra condición moral, nuestro pecado. Sí, en cierto sentido todos somos hijos pródigos, publicanos, “magdalenas”, hemorroísas, pero Dios nos sienta a su mesa y encantado. Dios nos tiene ya preparado el sitio para el banquete. Nuestro sitio es sobre todo su corazón, su amor.

La Eucaristía crea la Iglesia.

Cristo dijo a los suyos: “haced esto en memoria mía…”, y va y nos inventamos el sagrario.[3] ¡No! Lo que Jesús nos dijo es: “quiero estar en medio de vosotros: en vuestro pensamiento, en vuestro corazón, en vuestras opciones y decisiones, en vuestra vida, en vuestros pobres. Se trata de que El Señor esté presente en nosotros, en nuestras vidas, haced esto en memoria mía…

Conforme, Cristo está en el sagrario, ¿pero está en mi vida y en la nuestras parroquias y diócesis?

Dadles vosotros de comer.

Demos gracias a Dios, que eso es la Eucaristía: acción de gracias.

Celebrar la Eucaristía es un gozo, independientemente del cura y de los ritos, vivir agradecido a Dios y a la vida, es una honda satisfacción.

Hay gente que se pregunta con un cierto escándalo: ¿Y qué hace Dios que permite el hambre en el mundo, la guerra, que tantos niños mueran de paludismo?

Pues la respuesta está en el evangelio de hoy: Dios nos ha hecho a nosotros

Dadles vosotros de comer

[1] “Eu” en griego significa bueno y “Xaris” es la misma palabra que el ángel le dijo a María: Dios te salve María, llena eres de gracia (“Xaris”).

[2] La Iglesia nunca ha dicho de nadie, ni de Judas, esté condenado.

[3] El sagrario tiene el sentido de una cierta prolongación de la Eucaristía, especialmente en la vida monástica, así como también para los enfermos.

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