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Archivo para Domingo, 14 de abril de 2019

¿Quién es este que viene?

Domingo, 14 de abril de 2019
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Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

Hubo demasiadas conciencias alumbradas,
hubo demasiados privilegios trastornados,
hubo demasiadas palabras mal recibidas,
hubo demasiada mala fe:
detrás de esta puerta
con los dinteles elevados, todo va a jugarse,
lo sabe.
Posiblemente tiene miedo,
da el paso.
Entra.

Es aquí dónde se le espera.
¡Es ahora
cuando se va a verificar el perdón dado
hasta el múltiplo de setenta y siete,
la vida dada como único signo de amor,
el cuerpo y la sangre dados hasta el desgarro,
el Espíritu dado como un soplo de vida!

Ha llegado la hora.
Es ahora cuando su verdad saldrá a la luz.
Lo sabe;
da el paso.
Entra.

La semana comienza.

*

Charles Singer

***

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto por su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

***

El pueblo que fue cautivo
y que tu mano libera
no encuentra mayor palmera
ni abunda en mejor olivo.
Viene con aire festivo
para enramar tu victoria,
y no te ha visto en su historia,
Dios de Israel, más cercano:
Ni tu poder más a mano
ni más humilde tu gloria.

¡Gloria, alabanza y honor!
Gritad: “¡Hosanna!”, y haceos,
como los niños hebreos
al paso del Redentor.
¡Gloria y honor
al que viene en el nombre del Señor! Amén.

*

(Himnos de las Primeras Vísperas y de los Laudes de la Liturgia de las Horas del Domingo de Ramos, )

***

Evangelio: Lucas 22,14-23,56

***

No conocíamos la medida del sufrimiento de Dios hasta que tomó cuerpo ante nuestros ojos en la pasión de Cristo. La pasión de Cristo no es más que la manifestación histórica y visible del sufrimiento del Padre por el hombre. Es la suprema manifestación de la debilidad de Dios: Cristo -dice san Pablo- fue crucificado por su debilidad (2 Cor 1 3,4). Los hombres han vencido a Dios, el Pecado ha vencido y se yergue triunfante ante la cruz de Cristo; la luz se ha cubierto de tinieblas… Pero sólo por un instante: Cristo fue crucificado por su debilidad, pero vive por la fuerza de Dios, añade el apóstol. ¡Vive, vive! El mismo lo repite ahora a su Iglesia: “Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo poder sobre la muerte y los infiernos” (Ap 1,18) […].

Dios ha vencido sin dejar su debilidad, sino llevándola al extremo; no se ha dejado arrastrar al terreno del enemigo: “Injuriado, no respondía con injurias, sufría sin amenazar” (1 Pe 2,23). A la voluntad del hombre que pretendía aniquilarlo, no ha respondido con deseos de destrucción, sino con voluntad de salvarlo: “Yo soy el Viviente -dice el Señor-; no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (cf. Ez 33,11). Dios manifiesta su omnipotencia con la misericordia y el perdón [parcendo et miserando), como reza la oración de la Iglesia. Al grito Crucifige!, respondió con este grito: “Padre, perdónalos” (Le 23,34).

No hay palabras en el mundo como estas breves palabras: “Padre, perdónalos”. Toda la potencia y santidad de Dios están ahí resumidas; son palabras indomables, que no pueden ser superadas por ningún crimen, porque fueron pronunciadas en el más grande de los crímenes, en el momento en que el mal ha hecho su esfuerzo supremo y ya no puede más porque ha perdido su aguijón.

*

R. Cantalamessa,
El mistero pascual, Valencia 1996).

***

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“Ante el crucificado?” Domingo de Ramos – C (Lucas 22,14-23,56). 14 de abril 2019.

Domingo, 14 de abril de 2019
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06-RAMOS-C-600x400Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna; el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.

El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.

Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Así es Jesús. Ha pedido a los suyos «amar a sus enemigos» y «rogar por sus perseguidores». Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.

Esta petición al Padre por los que lo están crucificando lo hemos de escuchar como el gesto sublime que nos revela la misericordia y el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.

Marcos recoge un grito dramático del crucificado: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿No vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?

Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Nada ni nadie lo ha podido separar de él. El Padre ha estado animando con su Espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

Esta semana santa, vamos a celebrar en nuestras comunidades cristianas la pasión y la muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que él mismo pronunció durante su agonía.

José Antonio Pagola

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“He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer”. Domingo 14 de abril de 2019. Domingo de Ramos

Domingo, 14 de abril de 2019
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22-ramosC cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 50, 4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?.
Filipenses 2, 6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Lucas 22, 14-23. 56: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer.

El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos, como bien puede verse, es el del Mesianismo. Éste tiene varias etapas en la Biblia. «Mesías» significa ungido, siervo, enviado, pero en sí, la idea más profunda de «Mesías» que el pueblo de Israel asumió es la espera de la aparición salvífica de un líder carismático descendiente de David que habría de instaurar definitivamente en la tierra «el derecho y la justicia».

En el Primer Testamento es Isaías el profeta quien más profetiza y anuncia la llegada del Mesías de Dios. Mesías que él entiende como el Siervo de Yavé que llega. El Mesías es para el profeta la gran realidad de Dios viviendo con nosotros, la realidad del gran restaurador que libera de la esclavitud, de la gran violencia (violencia estructural diríamos hoy), de la gran miseria (pobreza extrema y masiva diríamos actualmente) a la que ha sido condenado el pueblo de Dios (los muchos pueblos de Dios). El Mesías, en su calidad de Ungido de Yavé, no es sino su enviado, su representante, el encargado de promulgar sus designios.

La idea del Mesías y de los tiempos mesiánicos estaba fundada en la esperanza de que Dios cumpliera plenamente las promesas hechas al pueblo elegido, a la nación que se creía a sí misma la elegida por Dios. La llegada del «Mesías» es la instauración del reinado de Dios en la historia y en el tiempo, y es allí donde, según la concepción judía (según, pues, un pensamiento muy humano, no según una revelación divina), Israel se vengaría de los «paganos» (la mayor parte de ellos tan religiosos como los propios israelitas), de los no judíos.

La idea mesiánica del Primer Testamento está basada en la fuerza político-militar de un enviado del Dios de Israel para dominar a todas las naciones de la tierra y hacer que Israel se convierta en una nación fuerte y poderosa capaz de someter a todos los pueblos que no tienen a Yavé por Dios. Como se ve, un mesianismo muy humanamente comprensible…

El Mesianismo es una de las herencias que el Segundo Testamento recibe de la tradición veterotestamentaria. En tiempo del Nuevo Testamento, gobernado el mundo de entonces por Roma con toda su fuerza, riqueza y pretensiones, también hay grupos mayoritarios que esperan la llegada definitiva del Mesías que los liberará del domino explotador romano. Todos esperaban entonces la intervención de Dios en la historia a través de un líder que fuera capaz de derrocar el poder imperial y hacer de Jerusalén la gran capital de Israel.

En el ciclo C de la liturgia leemos el relato de la Pasión del Señor según Lucas. Consideremos las características teológicas que nos presenta este relato.

Lucas, como es sabido, es considerado como el evangelista de la misericordia, o lo que es lo mismo, como el evangelista que ha marcado toda la tradición que nos entrega, con el pensamiento del amor infinito de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas ha percibido como él la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres, entre los que sufren, entre los marginados. No es difícil constatar en el evangelio de Lucas la preocupación de Jesús por los débiles, por las viudas, por los huérfanos, por los pecadores, por las mujeres.

Este mismo interés se manifiesta en la narración de los acontecimientos de la Pasión del Señor. En primer lugar, porque todo este relato está sustentado por un conocimiento del alma de Jesús, cuya intimidad nos es desvelada por el evangelista cuando nos deja ver su estrecha relación con el Abba misericordioso, en los momentos de oración (Lc 22,42); o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento (Lc 22,43).

En segundo lugar, la cruz aparece en este relato de la Pasión como un verdadero sacramento del amor divino: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento. Lucas no pone la atención en los aspectos negativos y crueles de esta situación. En su narración se omiten recuerdos o referencias que aparecen en los otros evangelistas como la flagelación o la coronación de espinas que sirven para inculpar a los que llevaron a Jesús a la muerte. Lucas nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los hombres, aún en esta situación de dolor. Jesús no aparece abandonado en el Calvario (no se cita a Zac 13,6 sobre la dispersión del rebaño): está acompañado de amigos y conocidos (Lc 23,49 en contraposición con Mt 27,55-56 y Mc 15,40-41). Y reemplaza el grito del Salmo 21 (22) que cita Mateo por la manifestación ilimitada de confianza del Salmo 30,6 (31,6): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato de la Pasión la actitud del perdón, sólo explicable desde el misterio de la misericordia. En definitiva todo el mundo queda limpio y se insiste en hechos positivos, sólo explicables desde la virtud reconciliadora del sufrimiento de Jesús o desde su actitud de perdón: el caso de Pilato (Lc 23,4.13-15.20-22); el del agresor a quien Pedro cercenó una oreja y que es sanado por Jesús (Lc 22,51); el de Pedro (Lc 22,61); el de todos los judíos (Lc 23,34); el del malhechor bueno (Lc 23,39-43); el del centurión (Lc 23,47); el de la reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc 23,6-12).

Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Aun en el proceso de los romanos, Pilato proclama la inocencia de Jesús. El centurión también reconoce su inocencia.

Sólo en Lucas Jesús se dirige con palabras consoladoras a las mujeres que de lejos los siguen. Realmente, Lucas ha sido llamado el evangelio de las mujeres y de la misericordia con los más pobres e ignorados, y las mujeres hacían parte de la clase marginada en Israel. Pero para Jesús, en todo el evangelio de Lucas, las mujeres hacen parte del discipulado y merecen un trato respetuoso. Ahora, camino del Calvario, la fidelidad de las mujeres a su maestro es reconocida por el Señor.

La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Padre. Sólo quien ha comprendido una actitud tan conmovedora, como la que nos trae este evangelio en la parábola del padre misericordioso, podrá entender por qué el evangelista ha mirado así el misterio del sufrimiento y de la muerte de Jesús.

Lucas concibió el relato de la Pasión como una contemplación de Jesús. Por eso este relato es una invitación al lector-oyente a aproximarse al Señor, a seguirlo, a llevar con él la cruz de cada día (9,23). En la palabra que dirige en la cruz al malhechor arrepentido, ese ‘hoy’ nos remonta a Lc 4,21 cuando en la sinagoga de Nazaret, Jesús declara que “hoy se ha cumplido” el pasaje de Is 61,1-2 que acababa de leer. El tiempo se ha cumplido y él, que ha venido para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” ha cumplido su misión, porque va a morir colgado de la cruz pero seguirá viviendo en medio de nosotros.

Nota para lectores críticos

El evangelio de hoy es más largo que de ordinario: toda la Pasión de Jesús, por lo que muchas homilías hoy serán más breves. Por otra parte, la homilía debería enfocarse pues hacia el conjunto de la Pasión y su significado. También el viernes santo se leerá la Pasión, según san Juan. Y durante toda la semana, el trasfondo litúrgico-espiritual es ése: la pasión y muerte de Jesús. Es pues un momento apropiado para plantearse algunos criterios críticos respecto a la interpretación de la pasión de Jesús en su significado de conjunto.

Si somos cristianos, y si el cristianismo profesa la convicción de la significación salvadora de Jesús, necesitamos tener un «modelo soteriológico» («sotería» = salvación), o sea, una explicación de cómo Jesús salva a la humanidad y en qué consiste esa salvación. Es claro que esto es el corazón de la fe cristiana.

Pues bien, en la historia ha habido varios «modelos soteriológicos».

El modelo que nos ha llegado a nosotros es, fundamentalmente, el que elaboró san Anselmo de Cartebury en el siglo XI sobre la tradición jurídica del derecho romano. En este sentido. El ser humano ofendió a Dios con el pecado original, y con ello se rompieron las relaciones de Dios y la humanidad. Dios fue ofendido en su dignidad, y el ser humano, por su parte, quedó privado de la gracia de la relación con Dios y no tenía capacidad para superar esta situación, pues aunque había ofendido a Dios, no tenía capacidad para reparar una ofensa de carácter infinito. En su obra Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) Anselmo elabora la teoría de la «satisfacción penal sustitutoria»: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con ello la dignidad ofendida de Dios, y restablecer así las relaciones de Dios con la humanidad.

Por una parte, hay que hacer notar que esta explicación, que nos ha llegado a todos nosotros en una tradición tan longeva, no deja de ser «una» explicación, la del siglo XI en concreto; es decir: no es «la» explicación, no es la única. Además, no está en el Nuevo Testamento: es una elaboración teológica, muy posterior, que asume las categorías y la lógica del derecho romano «recepcionado» en el mundo feudal europeo de la alta Edad Media: el derecho inapelable y absoluto de los señores, la servidumbre de los siervos, las obligaciones jurídicas relativas a la ofensa y a la satisfacción o reparación. Es la teología de la «redención», del redimir («re-d-emere»), re-comprar al esclavo para liberarlo de su antiguo dueño.

Esta teología, hoy ya insostenible, es, sin embargo, la que la mayor parte de los cristianos y cristianas, incluyendo a muchos agentes de pastoral tienen todavía en su conciencia, en su comprensión del cristianismo, o en su subconsciente al menos. Y es para muchos de ellos «la» explicación mayor del misterio cristiano, el misterio de la «redención».

Hay que recordar que los modelos soteriológicos, como todo el resto de la teología, no dejan de ser un lenguaje metafórico, y que la metáfora nunca debe ser tomada al pie de la letra, tanto sea en n sentido directo como en un sentido metafísico, sobre todo en el segundo término al que traslada el sentido (“meta-fora” = cambio, traslado de sentido). Las teologías y los modelos soteriológicos se apoyan sobre las lógicas y los símbolos de las culturas en las que son creados. Por eso, cuando la evolución cultural cambia de lógica y de símbolos, esos modelos soteriológicos, y en general, esas teologías, aparecen crecientemente desfasadas, se hacen incluso ininteligibles, y finalmente quedan obsoletas. La visión de Dios como «Señor» feudal irritado por una ofensa de la primera pareja humana… para cuyo aplacamiento habría sido necesaria la reparación de la ofensa por medio de la muerte cruel y cruenta de su Hijo, es una imagen de Dios hoy sencillamente insostenible, e inaceptable. La sola idea de que un mítico pecado de Adán y Eva hubiera torcido los planes de Dios, y hubiera sumido en las tinieblas del pecado y del alejamiento de Dios a toda la humanidad desde la primera pareja, durante miles y miles de años –hoy la ciencia nos dice que habrían sido millones de años-, hasta la aparición de Jesús, es absolutamente inaceptable para la mentalidad actual. La misma fórmula jurídica de la «satisfacción sustitutoria» resulta hoy día inviable desde los mínimos éticos de nuestra época. Un Dios así resulta increíble, provoca ateísmo, con razón.

Si este modelo nos parece hoy día sobrepasado, no debemos dejar de considerar que ha habido otros modelos todavía más inadecuados. En el primer milenio la teología dominante, en efecto, no fue la de la «satisfacción sustitutoria», sino la del «rescate»: por el pecado de Adán la humanidad había quedado «prisionera del demonio», literalmente bajo su poder (sic). Según san Ireneo de Lyon (+ 202) y Orígenes (+ 254) el Diablo tendría un «derecho» sobre la humanidad, debido al pecado de Adán. Jurídicamente, la humanidad estaba bajo su dominio, le pertenecía, y Dios «quiso actuar con justicia incluso frente al diablo» (Ireneo, Adversus Haereses, V, 1,1), al anular tal derecho sólo mediante el pago de un rescate adecuado. Para ello, entregó a su Hijo a la muerte, a fin de liberar a la humanidad del dominio «legítimo» del diablo. San Agustín lo dice aún más explícitamente: Dios decretó «vencer al Diablo no mediante el poder, sino mediante la justicia» (De Trinitate XIII, 17 y 18).

Este modelo del «rescate pagado al Diablo» para rescatar a la humanidad, aún resuena en las personas que tuvieron una formación cristiana. Pero hoy nos resulta no sólo inaceptable, sino inimaginable, y hasta grotesco: no podemos aceptar un Diablo, concebido como un contra-poder cuasi-divino, que está apostado frente a Dios y que retiene a la humanidad bajo su poder, durante milenios, hasta que es «justamente resarcido» por Dios, nada menos que con la muerte del Hijo de Dios, un Diablo que sólo así sería «derrotado por la victoria de Cristo»…

¿Qué queremos decir con todo esto? Muchas cosas:

-que las teologías son metafóricas, no narraciones históricas ni descripciones metafísicas;

-que las teologías son muchas, variadas, no sólo una… y que cuando adoptamos una de ellas no debemos nunca perder de vista que se trata sólo de «una» teología, no de «la» teología;

-que las teologías son contingentes, no necesarias;

-que son elaboraciones humanas, no revelaciones divinas bajadas en directo del cielo, y que están construidas con elementos culturales de la sociedad en la que han sido concebidas;

-que son también transitorias, no eternas, y que con el tiempo y los correspondientes cambios culturales pierden plausibilidad y hasta inteligibilidad y pueden acabar resultando inaceptables y hasta desechadas;

-que los agentes de pastoral que atienden al Pueblo de Dios han de estar atentos a no prolongar la vida de una teología sobrepasada, superada, que ya no habla de un modo adecuado a las personas de hoy;

-que pueden (y deben) tratar de encontrar nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas respuestas interpretativas de parte de nuestra generación actual a las preguntas de siempre.

La Semana Santa no es el único momento en el que debemos referirnos a la significación de la salvación operada por Cristo, pues ésta es una referencia central de la fe cristiana; pero sí es una ocasión privilegiada para plantearnos la conveniencia de la revisión de nuestros esquemas teológicos al respecto. Leer más…

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14.4.19. Ramos 1, una fiesta de bodas

Domingo, 14 de abril de 2019
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21D44775-DF3A-4377-BEB6-28F697CC142FDel blog de Xabier Pikaza:

La entrada de Jesús en Jerusalén, montado sobre un asno, ha marcado hasta hoy la conciencia cristiana, de forma que en todas las iglesias del mundo se lee la escena, y se interpreta de forma mesiánica, política y social: Como mensajero mesiánico de Dios, Jesús entra en su ciudad en un asno de paz, no en caballo de guerra etc.

              Pero hay una interpretación antigua,  que han destacado de forma paralela el evangelio de Mateo 21, 4‒7 y el Juan 12, 14‒15, que interpreta la escena en forma de entrada del novio a la fiesta de bodas, con la novia que se alegra y baila,conforme a las palabras de Zacarías 9, 9‒10. Ésta es pues una escena de bodas, y todo el resto de la pasión de Jesús, hasta su pascua de resurrección ha de entenderse como celebración de las bodas de Dios, que son bodas de la humanidad que sale como novia al encuentro del Cristo del Asno.

La escena repite el motivo de las bodasde oriente (que se han seguido celebrando hasta el día de hoy en ciertas zonas de Siria), en las que el novio viene sobre un asno, y la novia le espera bailando. Lógicamente, las palabras del texto se dirigen a la novia, invitándole a que baile ante su Cristo. Así lo han sabido y lo han dicho Mateo y Juan, los evangelios más judíos del Nuevo Testamento.

El texto de Zac 9 que citan Mateo y Juan forma parte de la tradición de la Hija‒Sión, es decir, de la Novia‒Sion, humanidad hecha mujer, ciudad de Sion, todo el pueblo de Israel, que espera a su mesías.  Por eso, empezaré citando y comentando ese pasaje, situándolo después en la tradición citada de la Hija Sion, representada por Sofonías y el Proto‒Zacarías.

Mañana comentaré el texto desde los evangelios. Buen día a todos.

A comienzos del III a.C., asumiendo temas y signos anteriores de la tradición de la Hija de Sión y de sus bodas, un autor a quien llamamos Zacarías II amplía e interpreta la primera parte del libro (Zac 1‒8), vinculando a la Hija‒Sion con el Mesías davídico, montado en un asno:

Danza con fuerza, Hija-Sion; grita aclamando, Hija-Jerusalén; he aquí que tu rey viene a ti; justo y vencedor es él; humilde, montado sobre un asno, sobre un pollino, cría de borrica.  Destruirá el carro de Efraím y el caballo de Jerusalén. Y destruirá el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones; y su dominio será de mar a mar, del torrente a las extremidades de la tierra (Zac 9,9-10).

La traducción del texto es fácil, aunque al principio del verso 10 el TM utiliza la primera persona (y yo destruiré…), como si el mismo Dios y no el rey mesiánico fuera el encargado de que­brar la fuerza guerrera de Efraím y Jerusalén, pues ese rey no viene como guerrero a caballo, sino en asno de paz. Sea como fuere, el sentido de fondo es el mismo y así conservamos la traducción más usual, en tercera persona: el anunciador profético sigue invitando a la Hija-Sion al canto de gozo, en la línea Sof 3,14-18 y Zac 2,14-17, pero ahora vincula su danza a la llegada del Mesías montado en un asno.

Este pasaje resalta el gozo de la Hija-Sion, que ha de danzar en gesto de fiesta solemne, grita de gozo porque llega su rey como esposo. El texto nos sitúa una liturgia de entronización: avanza el rey, se forma el cortejo y, mientras va llegando, se acerca la Hija-Sion (la ciudad mesiánica) que recibe a su Rey Mesías. Estas son las bodas finales de Dios y de su pueblo. Sof 3,14-18 evocaba ya una danza nupcial; Zac 2,14-17 invi­taba al baile mesiánico; pues bien, ahora, Zac 9,9-10 nos introduce en la gran ceremonia de coronación mesiánica, con la Hija‒Sión que recibe emocionado a su rey esposo‒salvador.

El rey que llega y la mujer que sale a reci­birle danzando forman el misterio final, el último acto de la historia. Desaparecen o pasan a segundo plano los restantes ofi­cios y figuras: sacerdotes, soldados, potentados… Toda la humanidad se ha condensado en esta Hija-Sion, ciudad­-mujer, muchacha, que inicia la danza triunfal de su rey, sin más oficio que cantar y alegrarse. En los casos anteriores (Sof y Zac I) el rey parecía un personaje excelso. Por eso, la Hija-Sion significaba la humanidad entera, varones y mujeres incluidos en esa figura femenina. Sin negar esos rasgos, el rey es ahora una figura humilde, montado en un asno, y la Hija-Sion es el signo de la humanidad salvado (del pueblo redimido). Leer más…

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Ramos 2. Por Jerusalén lloró Jesús, por Roma lloramos

Domingo, 14 de abril de 2019
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images2Del blog de Xabier Pikaza:

Dominus Flevit, cuando Dios sólo puede llorar

Llanto por el templo vaticano

Presenté el otro día   la escena de Ramos (entrada de Jesús en la ciudad‒Iglesia) desde la perspectiva de la Hija de Sion, Iglesia‒Novia que se alegra y canta, baila y exulta, por la llegada de su Novio, conforme a la cita de Zacarías, utilizada por el evangelio de Mateo y el de Juan.

Después he comentado la carta‒documento del expapa Benedicto XVI y de su entorno vaticano sobre la situación de la Iglesia, desde la perspectiva de la pederastia y problemática sexual de una parte del clero, carta dura, documento estremecedor de un expapa que llora y acusa, pidiendo conversión para la Iglesia, desde una perspectiva de “estado” vaticano, es decir, de poder de Iglesia.

Pues bien, en ese contexto, al entrar en la Semana de la Pasión del Señor, quiero ofrecer una reflexión sobre el llanto mesiánico del Cristo ante Jerusalén que es signo de la Iglesia. Voy a suponer que Jesús lloraba no tanto por la vieja ciudad, que sería destruida muy pronto (a los 40 años), sino por la Iglesia actual, con la estructura de “Estado” (un estado de poder),que va a caer, quizá en menos de 40 años.

dominus_flevit_by_ipott(Imagen 2: Vista de Jerusalén desde el lugar del llanto de Jesús, Dominus Flevit)

 Como todas las grandes comparaciones, ésta que voy a establecer a continuación no puede tomarse tampoco al pie de la letra; las cosas no se repiten sin más. Pero pienso que es adecuada y conveniente. Suponed que Jesús entra con asno y su látigo en la Ciudad Estado del Vaticano, ante los lamentos del expapa Benedicto VI, ante el dolor de Francisco. ¿Qué haría? Seguid leyendo, si queréis pensar conmigo. Pienso que al final del texto sólo quedarán claras dos cosas:
  1. Lo que Jesús haga para destruir un tipo de templo vaticano servirá para que los niños canten. Todo ha de ser para alegría y vida de los niños, por encima de un tipo de opresión o pederastia que les tiene atenazados.
  2. Lo que Jesús haga será para alegría y bodas de la Hija‒Sión, es decir, de una humanidad llamada al amor.

 Buen día a todos con este Ramos 2.

Jesús perseguido, ya no andaba en público.

Jesús ha preparado su misión de manera programada, para culminar su tarea en Jerusalén; en ella son claves los textos sobre la entrada en la ciudad y el signo sobre el templo.  Pero al principio de todo está la escena de Jesús perseguido. En un pasaje sorprendente, Jn presenta a Jesús fugitivo, perseguido por los sacerdotes que buscan su muerte:

Ya no andaba en público por Judea;se retiro a una ciudad llamada Efrom,junto al desierto y se quedó allí con sus discípulos (Jn 11, 54).

Como prófugo y bandido que calcula su momento y se defiende, evitando todo riesgo innecesario, Jesús permanece se­mi-oculto, en Efrom, aldea de proscritos. Pero llega el momento y se decide, subiendo a Jerusalén como profeta mesiánico que llama a las puertas de su pueblo. Sin ingenuidad, pero en gesto de arrojo y confianza, ­cuando los presagios eran adversos, ha comenzado la subida, acompañado de algunos discípulos como Tomás que dicen: vayamos también nosotros, y muramos con él (Jn 1 1, 16). La Escritura les presenta atenazados por el miedo, admirados y llenos de asombro (cf. Mc 10, 32). No estamos ante el ruralismo galileo de unos pobres aldeanos que se acercan ingenuamente a la ciudad, sino ante la decisión de ­un profeta mesiánico que viene a realizar sus signos: entra como rey, declara el fin del viejo templo.

Entrada pacífica, una paz más dura que la guerra, pero paz sanadora

Pocos años después tomaron la ciudad violentamente los rebeldes‒insurgentes contra Roma; muchos judíos habían soñado conquistar­la y liberarla para siempre; pues bien, Jesús ha decidido entrar en ella de un modo pacífico, pero muy provocativo. No necesita soldados: no viene a declarar la guerra, pero junta a sus seguidores y con ellos “toma” la ciudad:

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos discípulos, diciéndoles:

– Id a esa aldea de enfrente y encontraréis en seguida una borrica atada, con un pollino; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, contes­tadle que el Señor los necesita. 

[Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:Decid a la ciudad de Sión:Mira a tu rey que llega, humilde, montado en un asno,en un pollino, hijo de acémila (Is 62, 11; Zac 9, 9)]. 

Fueron los discípulos e hicieron lo que Jesús les había mandado: trajeron la borrica y el pollino, les pusieron encima los mantos y Jesús montó. La mayoría de la gente se puso a alfombrar la calzada con sus mantos. Otros la alfombraron con ramas que cortaban de los árboles. Y los grupos que iban delante y detrás gritaban:

– Hosanna al Hijo de David!      Bendito el que viene en nombre del Señor!    

Hosanna al que está en las alturas!Al entrar en Jerusalén, la ciudad entera preguntaba alborotada: ¿Quién es éste?La gente contestaba: Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (Mt 21, 1-11).

  He presentado el texto de Mateo, que elabora el relato de fondo de Mc 11, 1-11, conservando su extrañeza y fuerza. No es asunto de teoría o catequesis, sino historia mesiánica que sólo se puede narrar si se ha vivido. Jesús la ha preparado y realizado, como profeta que cuida sus gestos: en el momento decisivo de su vida quiere mostrar a su ciudad que es rey y como rey penetra triunfador en ella. Recordando a Zac 9, 9, viene sobre un asno, mansamente, rechazando el mesianismo de la guerra:

Destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén,destruirá los arcos de la guerra y dictará paz a las naciones,dominará de mar a mar, del gran mar al confín de la tierra (Zac 9, l0). 

No quiere superar la vieja guerra con otra más justa, sino con el don de su vida, a cuerpo de amor. Por eso se presenta inerme, como rey de paz. Alguna gente le comprende y como a rey le acogen, extendiendo ante su paso vestidos y ramos. Como a rey le aclaman, proclamando: ¡Viva (hosanna) al Hijo de David!

La escena resulta sobriamente intensa y sobrecogedora. No podía haber mostrado con más fuerza su pretensión y tarea: sus seguidores cantan el salmo de la fiesta escatológica: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Mt 21, 9; cf. Sal 118, 26). Se acerca el reino de David (cf. Mc 11, 10). Jesús viene sin duda como pretendiente mesiánico.

Jesús derrotado de antemano, Dios que llora

 Esta es una escena para ser imaginada. Ha empezado a bajar la colina del monte de los Olivos. Ante sus ojos se extiende, entera y dura, la hiriente Jerusalén. ¡Cuántos con­quistadores han soñado tomar la ciudad y realizar en ella las promesas! Pero todos los guerreros de violencia acaban destruyendo aquello que conquistan. Jesús lo sabe y llora. Llora por su ciudad, se lamenta por su iglesia vaticana:

Al acercarse y ver la ciudad dijo llorando:¡Si al menos tú supieras en este día lo que lleva hacia la paz!Pero no, quieres que se oculte ante tus ojos.Pues bien, vendrán los días en que tus enemigos te rodearán de trincheras,te sitiarán, apretarán el cerco y te arrasarán, a ti y a tus hijos,no dejando piedra sobre piedra,porque no reconociste el tiempo en que Dios te visitaba (Lc 19, 42-44).

 Sigamos imaginando. Jesús ha “tomado” mesiánicamente la ciudad sin violencia exterior. Humildemente ha entrado, sobre un asno, no en caballo o con carros de combate; abiertamente ha entrado, ofreciendo lugar en su proyecto a los marginados y excluidos de la tierra; no ha traído soldados sino amigos que le cantan y cantan al Dios de fraternidad, reino prometido.

Pues bien, la ciudad no ha querido recibirle: es contraria a su mesianismo y propone su muerte, sin saber que al hacerlo se está condenando a sí misma. Jesús, responde llorando, no por sí mismo, sino por la ciudad que, al rechazar su paz, termina entregándose en las manos de los profesionales de la muerte, la desnuda violencia interhumana.

Jesús mismo “destruye” su templo, la casa “vaticana” de la Iglesia.

Fuerte ha sido el signo mesiánico de la conquista de la ciudad. Más fuerte es aún el signo mesiánico y anti-sacerdotal que Jesús realiza sobre el templo, corazón de la ciudad. La casa de Dios ha venido a convertirse por lucro y ambición de sus jerarcas en objeto de disputa y luchas económicas, con sus vendedores y cambistas, profesio­nales del dinero que comercian con el culto. Pues bien, Jesús se acerca: como ha tomado la ciudad quiere tomar el templo, pero no para cambiar sus estructuras de injusticia, sino para indicar que el mismo tiempo del templo ha terminado porque llega el reino.

No quiere purificar el templo en el sentido técnico del término, pues eso implicaría introducir un tipo distinto de pureza en el lugar de la impureza. Jesús no quiere limpiar, sino que se destruya. Leer más…

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La Pasión según Lucas. Domingo de Ramos. Ciclo C.

Domingo, 14 de abril de 2019
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Titian_-_Christ_and_the_Good_Thief_-_WGA22832Tiziano, Jesús y el buen ladrón

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Resulta imposible comentar en pocas líneas el relato de la Pasión en el evangelio de Lucas. De los diversos episodios exclusivos suyos, considero de especial interés las tres palabras que pone en boca de Jesús en la cruz. Como es sabido, ninguno de los evangelios trae las siete famosas palabras de Cristo en la cruz. Mateo y Marcos, solo una; Juan, tres; Lucas, otras tres. Sumándolas tenemos siete. Las tres de Lucas pueden servir de reflexión y oración.

  1. Morir perdonando

            Jesús y los dos malhechores acaban de llegar al Calvario. Crucificar a tres personas es un trabajo más lento y cruel de lo que puede imaginarse, pero Lucas no entra en detalles. Se limita a indicar lo que decía Jesús en este momento: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

            El tema de los enemigos y del perdón ha aparecido en este evangelio desde el comienzo. Zacarías, el padre de Juan Bautista, alaba a Dios porque ha suscitado a un descendiente de David “para que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos con santidad y justicia toda nuestra vida”. Su esperanza no se cumplirá como él espera. A su hijo lo decapitará Herodes. Y Jesús no habla de verse libres de los enemigos. Lo que manda a sus discípulos es: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ahora, en el momento decisivo, Jesús va más adelante. No solo reza por los enemigos, sino que intenta comprenderlos y justificarlos: “no saben lo que hacen”.

  1. Nunca es tarde para convertirse

            Que Jesús fue crucificado entre dos malhechores lo dicen también Mateo y Marcos (aunque estos los llaman “ladrones”, que equivale a “terroristas”, cosa más lógica porque a los ladrones no los crucificaban, sino que los vendían como esclavos). Pero la mayor diferencia consiste en que en Mateo y Marcos los dos insultan a Jesús. Lucas cuenta algo muy distinto: mientras uno anima irónicamente a Jesús a salvarse y salvarlos, el otro lo defiende, reconoce su inocencia y le pide que se acuerde de él cuando llegue a su reino. Todos sabemos la respuesta de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

            Algún escéptico podría decir que Lucas ha inventado esta conversión tan inesperada del buen ladrón. Él respondería: “Si no fue así, pudo serlo”. Porque lo que intenta enseñarnos es que nunca es tarde para convertirse. En una parábola que comentamos hace tres domingos, el labrador pedía un año de plazo para la higuera estéril. Zaqueo tuvo el resto de su vida para demostrar su conversión. El buen ladrón solo dispone de unas horas antes de morir, aprovecha la ocasión de inmediato, y esas pocas palabras le sirven para salvarse. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús suponen un consuelo para todos nosotros cuando se acerque la muerte: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

  1. Morir en manos de Dios

            Lo último que dijo Jesús antes de morir también varía según los evangelios. Marcos y Mateo ponen en su boca el comienzo del Salmo 22: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he has desamparado?”. Parece un grito de abandono, sin esperanza. Quien sigue leyendo el salmo advierte que el olvido de Dios y el sufrimiento dan paso a la victoria final. Aunque esto sea cierto, Lucas piensa que sus lectores no van a entenderlo y se pueden quedar con la sensación de que Jesús murió desesperado. Por eso, las últimas palabras que pone en su boca son: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. De este modo, el final de la vida terrena de Jesús empalma con el comienzo de actividad apostólica. En el bautismo escuchó la voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado”. Ahora, en el momento del dolor y la muerte, cuando parece que Dios lo ha abandonado, Jesús lo sigue viendo como “Padre”, un padre bueno al que puede entregarse por completo.

El relato de la pasión es una historia de dolor, injusticia, sufrimiento físico y moral para Jesús. Pero Lucas ha querido que sus últimas palabras nos sirvan de enseñanza y consuelo para vivir y morir como él.

 

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14 Abril. Domingo de Ramos. Ciclo C

Domingo, 14 de abril de 2019
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D-Ramos

 

“Todos sus conocidos se mantenían a distancia,

y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.”

(Lc, 22,14-23,56)

El domingo de Ramos nos abre un gran pórtico que nos muestra, este año a través del Evangelio de Lucas, lo que vamos a celebrar a lo largo de esta Semana Santa.

¡Siéntate, corazón mío!

Como “todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, que estaban allí presenciando todo” (Lc 23,49), déjate tocar, déjate asombrar, déjate enamorar.

¡Siéntate, silénciate, contempla…!

Accede, corazón mío, a ese pórtico, ábrete a que sea el Espíritu mismo de Jesús quien te ayude a descubrir la fidelidad del Maestro en su entrega total, su confianza en el Padre. Es el corazón misericordioso que Jesús te ofrece lo que te hará misericordioso. Y esa misericordia entrañable te acercará a las hermanas/os que hoy siguen el camino de Jesús de Nazaret en medio de persecuciones, abusos, torturas, arrestos e incluso la muerte por ser fieles al Maestro. Recordamos los sentimientos de aquel cristiano, en tierras sirias, que en medio de la tortura dijo algo así a sus verdugos: “queréis que renuncie a mi fe cristiana, pero no puedo, porque mi corazón es de Cristo, está marcado por el amor a Cristo Jesús”.

Corazón mío, no hagas de estos días santos como aquella “gente que había acudido al espectáculo” (Lc 23,48) sino déjate sorprender, para que con el amor que Dios Padre te entrega a través del Espíritu puedas tú también decir con la confianza y abandono de Jesús: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Lo que te preparas a celebrar no es la muerte, aunque ésta sea la de Jesucristo, sino el camino hacia la Pascua.

Oración

Tiempo de vida, tiempo de de luz, tiempo de amor.
Señor, Jesús, Maestro bueno,
dame un corazón que sepa
contemplar, acoger, perdonar, amar…
coge mi mano y conduce mis pasos
a escuchar tu invitación: ¡Sígueme!

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Celebramos una muerte, no cabe mayor atrevimiento

Domingo, 14 de abril de 2019
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jesus-crucificado1Lc 22,14- 23,56

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada “triunfal”, y termina recordando una muerte. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte. Los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de su actividad. La muerte se considera como la meta de su vida. En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo, paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios.

Jesús fracasó estrepitosamente porque la salvación que él ofreció no coincidía con la que esperaban los judíos. Jesús pretendió llevarlos a la plenitud de su verdadero ser. Ellos solo querían salvar sus intereses, su ego. Nosotros seguimos en la misma dinámica. Dios “quiere” para nosotros lo mejor. Ni siquiera quiere lo menos bueno. Y nosotros, estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que nuestra plenitud está en asegurar nuestra individualidad. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús nos invita a reflexionar sobre el sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios? Sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad humana. Fue el pecado del mundo, el poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. Lo que Dios esperaba de Jesús fue su fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió, era lógico que lo eliminaran.

Dios no está solamente en la resurrección, está siempre en el hombre mortal, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios. Es una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo también en el dolor y la limitación.

Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología narrativa que no tienen como objetivo informarnos sino el trasmitir la vivencia sobre la muerte de Jesús de los primeros cristianos. Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lc tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Mc u otra más antigua que ya utilizó el mismo Mc, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lc elimina los elementos negativos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de Jesús en ese trance fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos a su enseñanza y a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, no eran depravados que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendían ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida, de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos, defender la Ley y el templo era defender al mismo Dios.

Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le apartaba de la religión judía. La respuesta no era sencilla. Por una parte percibían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, la cercanía a los que sufren y los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos, ante la muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban blasfemo?

¿Por qué murió? No podemos saber la actitud de Jesús ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo no le entendía y dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con ignorarlo. Sabiendo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel, a sí mismo y a Dios, que salvar la vida es lo decisivo. Eso era lo que Dios esperaba de él y eso es lo que hizo.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para sus seguidores fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero descubrieron el significado profundo de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización y a descubrir, en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías, Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte de Jesús, tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior.

Meditación

La verdadera Vida está ya en mí.
Lo único que tengo que hacer es descubrirla.
Toda “muerte” (entrega, servicio) es signo de Vida.
Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de “muerte”.
La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.
No la encontraré en lo superficial y accidental.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Repartirlo entre vosotros

Domingo, 14 de abril de 2019
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repartPablo Moñino Lostalé

“Cuando vayas subiendo saluda a todos. Seguro que son los mismos que vas a encontrar cuando vayas bajando” (Papa Francisco)

14 de abril. Domingo de Ramos:

Isaías 43, 16-21 Ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo (v 20)

Lc 22, 14-23

Y tomando la copa, dio gracias y dijo: Tomad esto y repartirlo entre vosotros 

En evangelio de Juan, Jesús se ha convertido en el “pan de vida” (6, 35) y el “pan vivo que bajó del cielo” (6, 51)

Tengo un pariente cercano que un día sintió la Llamada de África; dejó su sobresaliente título colgado de un muro aquí en Madrid, hizo las maletas y se marchó a Turkana en 2015.

Lo que dice el Salmo 21, 6 parece escrito para Pablo:

“Grandezas es su prestigio por tu victoria,
le has conferido honor y majestad.
Le has otorgado bendiciones incesantes,
le colmas de gozo en tu presencia”.

Los ha dejado a todos herederos -convecinos, ganado, huertos, chozas- herederos de toda su personal fortuna. Lo ha repartido entre ellos, fiel al mandato de Jesús en Lucas 22, 17: “Tomad esto y repartirlo entre vosotros”.

Y no sólo a su cabeza, a sus manos, a su corazón y a sus pies, sino también a todos sus convecinos y familiares: chozas convertidas en casas, pozos para sacar agua para los cuerpos y los campos: ¡Fecunda cosecha en los yermos desiertos del que sana desahuciadas hambrunas de los pastores del pueblo nilótico keniata!

En el prefacio de su libro Lo pequeño es hermoso, Michael Shumacher (1969), expiloto alemán de automovilismo de carreras, dice en el Prefacio de su libro:

“¿Vamos a seguir aferrándonos a un estilo de vida que crecientemente vacía el mundo y desbasta a la naturaleza por medio de su excesivo énfasis en las satisfacciones materiales, o vamos a emplear los poderes creativos de la ciencia y la tecnología, bajo el control de la sabiduría en la elaboración de formas de vida que se encuadren dentro de las leyes inalterables del universo y que sean capaces de alentar las, más altas aspiraciones de la naturaleza humana”.

Y eso es lo que el protagonista de nuestro artículo de esta semana hizo, como también lo hizo hace dos mil años otra ilustre figura: Jesús de Nazaret el galileo.

Papa Francisco dijo “Cuando vayas subiendo saluda a todos. Seguro que son los mismos que vas a encontrar cuando vayas bajando”.

En mi libro Variaciones Goldberg, he dedicado a Pablo, brillante Ingeniero de Caminos que un día dejó su patria y se marchó a África para ayudar a los keniatas, este Poema, que en mi parecer expresa cuanto él ha hecho y sigue haciendo.

Pablo Moñino Lostalé

La oscuridad de tu piel, África,
se tornó blanca
el día que un ingeniero sabio
amaneció en Turkana.

Amaneció con un brillante expediente bajo el brazo
y una ilusión de oro sobre alma,
que tu llevaste en tu exigua maleta
desde tu patria, España.

Tus blancas manos llenas de proyectos,
diseñaron caminos y trazaron albas
que dieron luz a tus ensueños,
y encendieron en tu gente esperanza.

Amasaron el barro de tus campos,
yermos antes de tu llegada,
y con graneros llenos, tu sonrisa, Pablo,
iluminó la oscuridad de tu piel africana.

De tu piel africana y la de tu mujer Fridah,
que se fundió contigo en amorosa mirada.

……………………………..

Entregaste sin límite tu vida a los más pobres,
¡Misionero Seglar de Cuerpo y Alma!

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Con el corazón entero

Domingo, 14 de abril de 2019
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Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end. Las lecturas de este domingo de Ramos nos sitúan de nuevo ante, quizá, la experiencia más honda y difícil de la vida de Jesús. La decisión de subir a Jerusalén, la entrada en la ciudad, la cena como sus amigos y amigas, la rápida condena y la cruz, son acontecimientos que parecen precipitarse en un agujero negro de dolor y tristeza difícil de asimilar.  Sin embargo, los relatos de la pasión no están pensados para que nos quedemos centradas y centrados en el dolor y la tristeza, la impotencia y la debilidad que se entretejen a lo largo de los episodios, sino que están transitados por la esperanza, el perdón y el amor.

El texto de Isaías 50, 4-7, leído desde la vida de Jesús, nos invita a poner la no violencia en la base de nuestro proyecto humano. El siervo de Yahvé no es un cobarde pusilánime, sino alguien consciente de que la única opción es mirar de frente el mal, afrontarlo con valentía, pero sin devolver la jugada. Y esto es así porque el Dios que sostiene su vida es un Dios de entrañas maternas que siempre espera. El siervo de Yahvé consuela al abatido/a porque sabe lo que es perder, lo que es resistir ante el mal. Desde él, miramos a Jesús, comprendemos su decisión de ir a Jerusalén; desde él descubrimos la sabiduría de quien resiste al mal a fuerza de Bien (Rm 12, 21).

En la carta a los filipenses (2, 6-11), Pablo recuerda un himno, que seguramente formaba ya parte de la formulación de fe de muchos grupos cristianos, pero que a él le sirve para invitar a la comunidad a revisar su forma de actuar. En una ciudad como Filipos, en la que adquirir honores y subir en el escalafón era casi un proyecto de vida, seguir a Jesús suponía abandonar expectativas sociales y modos de conducta ampliamente reconocidos para asumir una propuesta diferente: hacer el camino de descenso hacia lo pequeño y humilde, renunciando a privilegios y lugares destacados. Y esto, no como un mero camino ascético y voluntarista, sino porque la fe que habían abrazado se sostenía en un Dios vaciado de títulos y cuyo único poder era el amor. Un Dios que, en Jesús, abrazaba el abismo de la impotencia y la muerte para poder ofrecer su salvación a todo ser humano sin distinción. Abajarse para entrar en el espacio del encuentro. Abajarse para poder mirar de frente la humanidad sin adornos.

El largo relato de Lucas 22, 14-23,-56 nos ayuda a recorrer los últimos momentos de la vida de Jesús, contemplando su proceso de entrega y encuentro renovado con Abba, que en todo momento sostuvo su vida. Jesús actúa en este momento dramático sin victimismos, sabiendo que el horizonte está más allá de su propia persona.

Sentado junto a los hombres y mujeres que le habían acompañado desde Galilea, comparte con ellos y ellas lo que conmueve su alma. Sabe que su enfrentamiento con las autoridades políticas y religiosas ha llevado su vida a un punto sin retorno. Los gestos del pan y el vino compartidos adquieren una densidad inaudita porque en ellos se expresa su entrega y su renuncia, su fidelidad y la gratuidad que brota de su existencia (Lc, 22, 14-23).

Sus compañeros de camino entienden con dificultad lo que está pasando. Siguen soñando con resultados poderosos, con puestos de gobierno. Frente a un Jesús profundamente conmovido y dispuesto a afrontar las consecuencias de su predicación y de sus praxis, sus discípulos sueñan con recibir premios y estatus. Pero el maestro les recuerda que solo es posible seguirle desde abajo y de frente. El Reino de Dios no se conquista, el Reino de Dios se encuentra cuando se sirve la mesa, una mesa sin presidencias ni lugares de honor. Una mesa donde el pan y el vino es de todas y todos, porque todas y todos somos sostenidas/os por el amor y el perdón gratuito de Dios. (Lc 22,24-38).

El camino desde el huerto de los olivos a la cruz es un camino lento. De cerca las mujeres que subieron desde Galilea con él a Jerusalén le acompañan. Ellas resisten a pesar del dolor y el miedo, ellas sienten la derrota, pero saben que nada les apartará del amigo y del maestro que las liberó, las eligió y les invitó a ser sus discípulas y compañeras en el proyecto del Reino. (Lc 23, 49)

Ellas lo observaban todo de cerca, comenta Lucas, no podía hacer más, pero a pesar de la impotencia y el desconsuelo, permanecieron, y su permanencia les hará capaces de ser las primeras testigos de la Resurrección, reactivando su esperanza, sus recuerdos y su fe. (Lc 23, 55-56).

Carmen Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Morir confiadamente

Domingo, 14 de abril de 2019
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Crucifixión 2Domingo de Ramos

14 abril 2019

Lc 23, 1-49

Parece seguro que, en un primer momento, existía un relato del proceso a Jesús y de su crucifixión, que habría servido de base para todos los evangelistas. Más aún, según los especialistas, tal relato habría sido el primero en escribirse. A partir de él, el autor (o autores) de cada evangelio fueron construyendo su propia narración, de acuerdo con sus intereses y las necesidades de la comunidad a la que se dirigían.

El relato de Lucas llama la atención, entre otras cosas, por las palabras que pone en boca del crucificado. Parece claro que tales palabras no pudieron salir de los labios de Jesús: su situación agónica no lo hubiera permitido, ni la distancia exigida por los soldados a quienes acompañaban a los torturados las habrían hecho audibles.

Es lógico pensar que, con tales expresiones, Lucas –como los autores de los otros evangelios– busca transmitir lo que intuye que vive Jesús, a la vez que subraya aquellos valores que le resultan más característicos del Maestro.

En concreto, las expresiones que pone Lucas en boca del crucificado son tres: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”“Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Perdón que nace de la comprensión, certeza de que la Vida no muere y confianza radical en la Fuente de la vida: he ahí las claves que definen el modo de morir de Jesús y que se hallan en clara continuidad con lo que había sido toda su existencia.

El perdón auténtico nace siempre de la comprensión. Cuando no es así, suele adoptar tintes de paternalismo, de superioridad moral o de obligación voluntarista. Solo cuando se comprende que el daño nace de la ignorancia –y que cada persona hace en todo momento lo que puede y sabe– se alcanza a comprender que el perdón genuino consiste en ver que no hay nada que perdonar.

La certeza de que la Vida no muere viene igualmente de la mano de la comprensión: quien comprende, como Jesús, que nuestra verdadera identidad es la vida, se sabe siempre a salvo. El crucificado es el mismo que, según uno de los autores del cuarto evangelio, dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). La muerte en la cruz es trágica, pero no alcanza a matar aquello que realmente somos.

La confianza radical en la Fuente de la vida (el “Padre”) había coloreado toda la enseñanza de Jesús. Su mensaje fue un canto a la confianza, que brotaba de su propio modo de vivir, totalmente entregado, confiado y dócil, hasta poder decir: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34).

Perdón, certeza de que somos Vida, confianza: ¿cómo vivo estas actitudes?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Jesús es más sencillo que una campaña electoral. Entrada en Jerusalén

Domingo, 14 de abril de 2019
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F0EB4B8C-CAEB-4BB9-B0F0-405FF670006BDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

1. Domingo de Ramos y campaña electoral.

Ayer comenzaba la campaña electoral. Los líderes políticos entran cada cual con su ideología e intereses en las ciudades.

Jesús entró en Jerusalén de modo mucho más humilde y por razones muy diversas a las de una campaña electoral. Jesús entra en Jerusalén porque ha llegado su hora de entregar su vida y redimir nuestra existencia.

El Domingo de Ramos es el ocaso de los mesías y mesianismos triunfalistas de los poderosos de este mundo, que tienen dinero y poder, pero nada más queso: dinero y poder. La bondad, la justicia liberadora, el perdón entran en la vida humildemente…

En el torbellino de “slogans” políticos, noticias y acontecimientos de la vida en los que estamos inmersos: corrupción, desahucios, crisis, situación socio-política, tensiones eclesiásticas, además de las cuestiones personales, la Semana Santa puede ser un tiempo de calma, de cierto silencio interior, de contemplación de Cristo crucificado y resucitado.

2. Tres actitudes de Jesús.

Hemos escuchado la pasión del Señor según San Lucas. Y en esta tradición hay dos gestos, tres actitudes de Jesús que nos hacen bien, que sanan nuestra alma:

1.1. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

1.2. Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso, (Lc 23,43).

Lo último que hace Jesús entre nosotros es lo que ha hecho toda su vida: perdonar. Son gestos de una bondad infinita.

* ü Nos pille como nos pille la vida y la muerte tengamos confianza (te lo aseguro) en Jesucristo. Dios y Jesucristo no se cansan nunca de perdonar. La confianza en Dios Padre es el acto de fe más fundamental que podemos hacer y en el que podemos vivir.

* ü hoy: no mañana, hoy, -ahora- estamos ya salvados. Es el hoy de San Lucas: hoy nos ha nacido un salvador, hoy se cumple la salvación que acabáis de escuchar, hoy ha entrado la salvación a esta casa. Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Hoy estamos ya salvados: esa incógnita queda despejada por el Señor en la cruz.

Gocemos, disfrutemos hoy ya de una historia que solamente termina bien. “Dios no se cansa de perdonar”.

* ü El Paraíso es el símbolo de que esta historia nuestra (cuya realidad fáctica no podemos, no sabemos describir) termina bien en Dios.

1.3. Padre en tus manos confío mi espíritu (mi vida).

Jesús se sintió abandonado por Dios, por eso rezó en la cruz el salmo 21: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.

Durante toda su vida Jesús ha confiado en el Padre, pero es en la cruz donde proclama su confianza, su fe, en Dios Padre: Mi vida la pongo en tus manos, a tus manos encomiendo mi espíritu

También nosotros hemos podido tener, quizás estamos viviendo y tenemos recorridos de sufrimientos, dudas, angustias, sufrimientos de todo tipo, enfermedades. No temamos. Nuestra vida está en manos de Dios Padre. En tus manos pongo mi vida.

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