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Este es mi cuerpo. Esta es mi sangre.

Domingo, 3 de junio de 2018
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Mi cuerpo es comida

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

*

Pedro Casaldáliga

***

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

“¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

“Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

– “Tomad, esto es mi cuerpo.”

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo:

“Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.”

Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

*

Marcos 14,12-16.22-26

***

Vivir la misa. La expresión se ha vuelto ya un lugar común. Pero nunca es suficiente: especialmente en un período como el nuestro, en el que cristianismo está sometido a un trabajo de esencialización, en el que se ve disminuida toda estructura y ayuda desde el exterior, se hace más urgente que nunca la insistencia en estas ideas «esenciales». Urge enseñar de qué modo concreto puede y debe ser introducida la eucaristía en la vida de cada día, de qué manera puede y debe convertirse verdaderamente en aquella luz que explica y da su significado a los acontecimientos humanos.

Quien no tiene nada para ofrecer-sufrir no puede «participar» en la eucaristía: Cristo sufre y se inmola; también nosotros debemos sufrir-inmolarnos con él. Y estos sentimientos de víctima constituyen el alma de la misa. ¿Cómo se puede aplicar a la vida esta doctrina? Con un método muy sencillo: a menudo nuestras ¡ornadas laborales están llenas de cruces: el frío, el calor, el cansancio; contratiempos, fracasos, incomprensiones; enfermedades, fastidios, soledades; desánimos, depresiones, angustias: todo esto constituye un material preciosísimo para ofrecer durante la misa, que -para decirlo con el Concilio de Trento asume valor en virtud de los dolores de Cristo; es ofrecido por Cristo al Padre y por amor a la pasión de Cristo es aceptado por el Padre. Saber aceptar la vida con paciencia es vivir el sacrificio de la misa.

Vivir la comunión. Se trata de otro axioma clásico que implica convertir en «mística» la unión sacramental durante la jornada laboral: ésta debe llegar a ser un continuo «permanecer en Cristo». De este modo se prolonga «místicamente» la comunión: debemos adquirir la costumbre de trabajar, hablar, pensar por-con-en Cristo; se trata de adquirir la costumbre de hacerlo todo bajo el influjo, lo más actual-continuo que sea posible, de Cristo.

Es menester que nos ejercitemos en preguntarnos con frecuencia: «¿Cómo se comportaría Cristo si estuviera en mi lugar?». Es preciso que adquiramos la costumbre de «conmesurarnos» con él.

*

A. Dagnino,
La vida cristiana o el misterio pascual del Cristo místico,
Gnisello B. 19887, pp. 509-511; 534-539, passim).

***

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“Eucaristía y crisis”. Cuerpo y Sangre de Cristo – B (Marcos 14,12-16.22-26)

Domingo, 3 de junio de 2018
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corpus_bTodos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un «refugio religioso» que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa sin escuchar las llamadas del Evangelio.

El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

En los próximos años se pueden ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se dictan irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van quedando a merced de un futuro incierto e imprevisible.

Conoceremos de cerca inmigrantes privados de una asistencia sanitaria adecuada, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro claro… No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

 

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“Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre”. Domingo 03 de junio de 2018. Cuerpo y Sangre de Cristo.

Domingo, 3 de junio de 2018
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36-corpusB cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 24,3-8: Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros.
Salmo responsorial: 115: Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.
Hebreos 9,11-15: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia.
Marcos 14,12-16.22-26: Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.

Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.

Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidós mil espectadores. En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de «Las Vegas» del Mundo Mediterráneo. “Vivir como un corintio” era sinónimo de depravación; “corintia” era el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba “corintizar”.

En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.

Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.

Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que “mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban” (1 Cor 11,l7ss). (¡Qué actual es todo esto!).

Desde Éfeso, Pablo les dirigió una dura carta para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte, cuando, «mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. 23Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. 24Y les dijo: Esto es la sangre de la alianza mía que se derrama por todos».

Sería malentender a Jesús que lo que estaba haciendo era mandar ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo y compartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.

[Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico y el pobre, pobre, y salen los dos igual que entran. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: “Es imposible comer así la cena del Señor”. Dicho de otro modo, “así no vale la eucaristía”, pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, para que el rito no sea una farsa, partir, repartir y compartir.

La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe no puede ni debe celebrarse la cena del Señor. Los israelitas en el desierto comprendieron bien que la alianza entre Dios y el pueblo los comprometía a cumplir lo que pide el Señor, sus mandamientos. Jesús, antes de partir, celebra la nueva alianza con su pueblo y le deja un único mandamiento, el del amor sin fronteras. Éste es el requisito para celebrar la eucaristía: acabar con todo signo de división y desigualdad entre los que la celebran].

Habrá que recuperar, por tanto, el significado profundo del rito que Jesús realiza. «La sangre que se derrama por ustedes» significa la muerte violenta que Jesús habría de padecer como expresión de su amor al ser humano; «beber de la copa» lleva consigo aceptar la muerte de Jesús y comprometerse con él y como él a dar la vida, si fuese necesario, por los otros. Y esto es lo que se expresa en la eucaristía; ésta es la nueva alianza, un compromiso de amor a los demás hasta la muerte. Quien no entiende así la eucaristía, se ha quedado en un puro rito que para nada sirve.

Una mala interpretación de las palabras de Jesús ha identificado el pan con su cuerpo y el vino con su sangre, llegándose a hablar del milagro de la «transustanciación o conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo». Los teólogos, por lo demás, se las ven y se las desean para explicar este misterio. Como si esto fuera lo importante de aquel rito inicial. El significado de aquellas palabras es bien diferente: «En la cena, Jesús ofrece el pan («tomad) y explica que es su cuerpo. En la cultura judía «cuerpo» (en gr. soma) significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar a tomar el pan/cuerpo, invita Jesús a asimilarse a él, a aceptar su persona y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello, al hacer pan/alimento. El efecto que produce el pan en la vida humana es el que produce Jesús en sus discípulos. El evangelista no indica que los discípulos coman el pan, pues todavía no se han asimilado a Jesús, no han digerido su forma de ser y de vivir, haciéndola vida de sus vidas. Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que «todos bebieron de ella». Después de darla a beber, Jesús dice que «ésa es la sangre de la alianza que se derrama por todos». La sangre que se derrama significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. «Beber de la copa» significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte. «Comer el pan» y «beber la copa» son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Éste es el verdadero significado de la eucaristía. Tal vez nosotros la hayamos reducido al misterio -por lo demás bastante difícil de entender y explicar- de la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

«Todos los domingos, en nuestra parroquia, juntos van a misa los trabajadores y los propietarios. Si todos reciben la gracia de Dios, esto no lo entiende ni Santa Lucía ni este servidor». Leer más…

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Dom 2.6.18. Corpus Christi: Cuerpo y Sangre de Cristo, Carne unos de otros

Domingo, 3 de junio de 2018
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8461417851_acfffa0646_zDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de Juan ha condensado la experiencia y novedad del cristianismo diciendo que “la Palabra de Dios se hizo Carne (sarx)” (Jn 1, 14).

En esa línea, siguiendo la terminología del mismo Juan (cf. Jn 6, 30-58), se puede y debe afirmar que la Palabra (=Dios) se hace cuerpo (sôma), de creyentes, en amor entregado y compartido.

No puedo precisar aquí la distinción de matices entre carne/sarx (ser humano en fragilidad) y cuerpo/sôma, (el mismo ser humano en comunión, pan compartido). Pero vinculando ambos términos, podemos afirmar que la Fiesta del Corpus (cuerpo y sangre de Cristo) es el día de la “carne” de Dios, que es carne de comunión universal.

Varias veces he tratado en este blog de la fiesta del Corpus y de la eucaristía,. Hoy quiero reformular este motivo desde la perspectiva de la Iglesia primitiva, dejando que los mismos lectores puedan sacar sus consecuencias.

cc-gesu-e-giovanni-iconaLa novedad del cristianismo no es una religión separada de la vida, sino la comunión de vida (carne y sangre, cuerpo) de los hombres. Por eso, ésta no es sólo la fiesta del Cristo Jesús separado, sino la fiesta de los creyentes que son (somos) que somos Carne y Sangre (Cuerpo) de Dios, siendo carne-Sangre (Cuerpo) unos de otros.

Por eso, ésta es la fiesta de la “caridad”, amor concreto, entregado y recibido, gozado y cultivado en la vida de los hombres y mujeres, en comunicación personal y en esperanza de resurrección Ésta es la fiesta de Cristo, es por tanto nuestra fiesta.

Buena fiesta del Corpus a todos.

La eucaristía en la historia de Jesús y de la Iglesia primitiva

Como saben los lectores de este blog, Jesús ha sido profeta y Cristo del pan compartido”. De esa forma ha creado una nueva familia que no se define por un tipo de ritos nacionales o sacrales, sino básicamente por la comunión del pan, a campo abierto (multiplicaciones), sin separación entre hombres y mujeres, judíos o gentiles, en la línea de eso que podemos llamar “eucaristía galilea”, centrada en la comida profana y sagrada (humana) de los panes y los peces, desde la bienaventuranza de los hambrientos a quienes se ofrece comida (Lc 6,21-22 par) hasta la bendición final del “juicio” de Mt 25,31-46 (tuve hambre y me disteis de comer)

En ese fondo, la Iglesia ha interpretado la última cena de Jesús en forma sacramental, como signo y presencia de Cristo en los creyentes. No todas las iglesias celebraron desde el principio de igual forma ese signo de la cena como rito especial, pero todas al fin lo aceptaron de un modo o de otra, de manera que ha venido a convertirse con el bautismo en sacramento bíblico por excelencia. En esa línea podría decirse que la misma Biblia es en el fondo (ante todo) un “libro sacramental” del Bautismo y de la Cena de Jesús.

De la cena de Jesús a la Eucaristía de la Iglesia

Las palabras de la cena (Mc 14, 22-15 par) retoman el sentido más profundo del mensaje y de la vida de Jesús y expresan su “donación mesiánica”, la reinterpretación de un tipo de pascua nacional judía que habían querido celebrar sus discípulos, de forma que esas palabras sólo han podido fijarse y formularse, en su forma actual (como recuerdo de Jesús y texto litúrgico), en la línea del nuevo “sacrificio” (alianza) del Reino. Así podemos decir que Jesús fundó la eucaristía a través de una larga experiencia eclesial, que se puede fijar, por comodidad, en cuatro momentos.

− Principio: Jesús celebró con sus discípulos una Cena de solidaridad y despedida, asumiendo y superando los rituales de la pascua nacional judía (cordero sacrificado), para insistir en el pan compartido (multiplicaciones) y el vino del Reino. Es probable que esa Cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta “real” de sus discípulos. En ese contexto histórico puede y debe situarse el “logion escatológico” de 14, 25, que marca el rasgo distintivo de la esperanza de Jesús, centrada en la ofrenda del vino (que no se identifica todavía con su sangre).

− Comunidades “hebreas”. Expresando su experiencia pascual, los discípulos mantuvieron y actualizaron (celebraron) el signo de la cena, centrada en el pan de la vida y, de un modo especial, en el vino de la promesa del Reino. Esas celebraciones eran momentos fuertes de experiencia pascual, centrada en Jesús resucitado, a quien sus seguidores fueron descubriendo de un modo especial al juntarse y recordarle en la mesa: en el pan compartido (signo básico de su proyecto/mensaje) y en el vino de la esperanza del Reino. En este momento, las “eucaristías” se identificaban con las mismas reuniones alimenticias de la comunidad (como sabemos por Hechos), sin que existan “celebraciones sacramentales” separadas.

− Comunidades helenistas (Pablo). En un momento dado, que sólo conocemos por Pablo (1 Cor 11, 23-26), algunas comunidades nuevas, de Jerusalén y Damasco, de la costa palestina y de Fenicia y después en Antioquía “descubren” (encuentran y despliegan) un sentido especial en los signos de la cena de memoria y despedida de Jesús, interpretando el pan como “cuerpo mesiánico” (sôma) del Cristo y el vino de la promesa del reino como “copa mesiánica” (que evoca la sangre-haima de la nueva alianza que Dios ha realizado con los hombres por Cristo).
(nota 1).

− El evangelio de Marcos recoge esa tradición (que Pablo ha “recibido” y transmitida) y la integra en la historia de Jesús, en el contexto de su cena histórica, poniendo así de relieve la afirmación central de Pablo, que había introducido su fórmula con una frase enigmática: «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan…» (1 Cor 11, 23). Sólo en el fondo de esa “entrega histórica” (que Marcos ha puesto de relieve en todo su relato de la pasión) se puede entender e interpretar el signo eucarístico del pan como cuerpo mesiánico y del vino como sangre de la alianza. Eso es lo que Marcos ha destacado al situar la eucaristía en este momento de la “entrega” de Jesús. Leer más…

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La sangre y el pan. Fiesta del Corpus Christi. Ciclo B.

Domingo, 3 de junio de 2018
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corpuschristiDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino. Las lecturas, sin restar importancia a estos aspectos, centran la atención en el compromiso del cristiano con Dios, sellado con el sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo.

1ª lectura: la sangre y la antigua alianza (Éxodo 24,3-8)

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: «Haremos todo lo que dice el Señor.» Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.» Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

       La lectura cuenta el momento culminante de la experiencia de los israelitas en el monte Sinaí. Después de escuchar la proclamación de la voluntad de Dios (el decálogo y el código de la alianza), manifiesta su voluntad de cumplirla: «Haremos todo lo que el Señor nos dice».

            En una mentalidad moderna, poco amante de símbolos, esas palabras habrían bastado. El hombre antiguo no era igual. Un pacto tan serio requería un símbolo potente. Y no hay cosa más expresiva que la sangre, en la que radica la vida. Siglos más tarde, algunos caballeros medievales sellaban un pacto haciéndose un corte en el antebrazo y mezclando la sangre. Naturalmente, Dios no puede sellar una alianza con los hombres mediante ese rito. Por muchos antropomorfismos que usen los autores bíblicos al hablar de Dios, él no tiene un brazo que cortarse ni una sangre que mezclar. Tampoco se puede pedir a todos los israelitas que se hagan un corte y den un poco de sangre. Se recurre entonces al siguiente simbolismo: Dios queda representado por un altar, y la sangre no será de dioses ni de hombres, sino de vacas. Al matarlas, la mitad de la sangre se derrama sobre el altar. Se expresa con ello el compromiso que Dios contrae con su pueblo. La otra mitad se recoge en vasijas, pero antes de rociar con ella al pueblo, se vuelve a leer el documento de la alianza (Éxodo 20-23), y el pueblo asiente de nuevo: «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.»

            Pero en la antigüedad hay también otra forma, incluso más frecuente, de sellar una alianza: comiendo juntos los interesados. Esta modalidad también aparece en el relato del Éxodo (pero ha sido omitida por la liturgia). Después de la ceremonia de la sangre con todo el pueblo, Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta dirigentes de Israel suben al monte, donde comen y beben ante el Señor (Éxodo 24,9-11). Esta segunda modalidad será esencial para entender el evangelio.

2ª lectura: la sangre, el perdón y la nueva alianza (Hebreos 9,11-15)

               Como diría un cínico, los buenos propósitos nunca se cumplen. En el caso de los israelita llevaría razón. El propósito de obedecer a Dios y hacer lo que él manda no lo llevaron a la práctica a menudo. Surgía entonces la necesidad de expiar por esos pecados, incluso los involuntarios. Y la sangre vuelve a adquirir gran importancia. Ya que en ella radica la vida, es lo mejor que se puede ofrecer a Dios para conseguir su perdón. Pero el Dios de Israel no exige víctimas humanas. La sangre será de animales puros: machos cabríos, becerros, toros, vacas, corderos, tórtolas, pichones.

            El autor de la carta a los Hebreos contrasta esta práctica antigua con la de Jesús, que se ofrece a sí mismo como sacrificio sin mancha. Con ello, no sólo nos consigue el perdón sino que, al mismo tiempo, sella con su sangre una nueva alianza entre Dios y nosotros.

Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Evangelio: pan, vino y nueva alianza (Marcos 14-12-16. 22-26)

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

          La acción de Jesús en la Cena de Pascua reúne las dos formas de sellar una alianza que comentamos en la primera lectura, pero invirtiendo el orden. Se comienza por la comida, se termina aludiendo a la sangre de la nueva alianza. Aparte de esto hay diferencias notables. Los discípulos no comen en presencia de Dios, comen con Jesús, comen el pan que él les da, no la carne de animales sacrificados; y el vino que beben significa algo muy distinto a lo que bebieron las autoridades de Israel: anticipa la sangre de Jesús derramada por todos.

            ¿Dónde radica la diferencia principal entre la antigua y la nueva alianza? En que la antigua no cuesta nada a nadie; basta matar unos animales para obtener su sangre. La nueva, en cambio, supone un sacrificio personal, el sacrificio supremo de entregar la propia vida, la propia carne y sangre.

            Pero no podemos quedarnos en la simple referencia al pan y al vino, al cuerpo y la sangre. Para Jesús son la forma simbólica de sellar nuestro compromiso con Dios, por el que nos obligamos a cumplir su voluntad.

            El cuarto evangelio, que no cuenta la institución de la Eucaristía, pone en este momento en boca de Jesús un largo discurso en el que insiste, por activa y por pasiva, en que observemos sus mandamientos, mejor dicho, su único mandamiento: que nos amemos los unos a los otros.

            Si la celebración del Corpus Christi se limita a una expresión devota de nuestra devoción a la Eucaristía o, peor aún, si se convierte en simple fiesta de interés turístico, no cumple su auténtico sentido. Es fácil lanzar flores a la custodia por la calle; lo difícil es tratar bien a las personas que nos encontramos por la calle.

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“Domingo del Corpus Christi, el Pan y el Vino”. 2 de junio de 2018

Domingo, 3 de junio de 2018
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“Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio…
cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.”

(Mc 14, 12-16.22-26)

Hoy celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y esta fiesta puede ayudarnos a hacer un pequeño examen de conciencia, puede ser una llamada de atención, un reclamo.

Como seres humanos que somos tenemos que buscar siempre un equilibrio ya que nuestra tendencia a los extremos es grande. Hoy podemos quedarnos tranquilamente adorando el Pan y el Vino al tiempo que olvidamos el sufrimiento de la humanidad con lo cual nos estaríamos alejando del verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.

Jesús no nos dejó su Cuerpo y su Sangre para contemplarlos, sino para comerlo y beberla. Para “tragarlo”. Tragar el Cuerpo y la Sangre de Jesús significa querer ser UNO con Él y con su manera de vivir.

Cuando comulgamos estamos diciendo públicamente que queremos vivir como vivió Jesús. Que creemos en el Dios que anunció y que estamos dispuestas a acompañarlo hasta las últimas consecuencias.

El Pan y el Vino son, nada más y nada menos, el signo de la entrega amorosa que vendrá despues de la Cena. El Pan y el Vino son el Cuerpo entregado y la Sangre derramada en una muerte violenta, injusta y madita.

Cuando tomamos el Pan y el Vino de la Eucaristía no solamente nos unimos a quienes en nuestro mundo sufren y entregan sus vidas, sino que expresamos de una manera pública que nosotras estamos dispuestas a sufrir y a entregar nuestras vidas por amor.

Por eso el Cuerpo y la Sangre de Cristo apenas se pueden adorar porque una voz nos recuerda que no podemos quedarnos mirando al cielo, o al Pan o al Vino, sino que tenemos que ir y hacer lo mismo.

Oración

Trinidad Santa, haznos valientes para asumir el compromiso que nos reclaman el Pan y el Vino de tu Reino.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La plenitud consiste en darse como pan.

Domingo, 3 de junio de 2018
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b38e1f35f42276d461b9a8ff6ab0251cMc 14, 12-26

La eucaristía es el sacramento de nuestra fe. A pesar de haberles dedicado miles de horas de lectura y reflexión, siguen siendo el más difícil cuando intento hablar de él. Por muy claras que tenga las ideas y por muy razonada que sea la explicación, siempre termina pesando más la postura tradicional ante esta realidad. Pero resulta que la tradición que prevalece no es la original, sino la que se fue elaborando a través de los siglos, al tiempo que se perdía el sentido original del sacramento. ¿Alguien puede imaginarse a Pedro poniéndose de rodillas ante el trozo de pan que le ofrecía Jesús o recogiendo las migas que habían caído?

Los sacramentos son signos que hacen referencia a realidades trascendentes que no pueden entrar por nuestros sentidos. Signo es cualquier sonido, gesto o realidad que, a través de nuestros sentidos, provoca en nuestra mente una imagen concreta. Los signos son la única manera que tenemos los humanos de trasmitir lo que tenemos en nuestro cerebro. Cuando los signos hacen referencia a realidades físicas, pueden ser sustituidos por la cosa en sí. Pero las realidades trascendentes no caen bajo el objeto de nuestros sentidos, por lo cual, si queremos hacerlas presentes, no tenemos más remedio que utilizar signos.

En la eucaristía, el signo no es el pan sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido y el vino como sangre (vida) que se pone al servicio de los demás. En ambos casos, la realidad significada es el AMOR, que es Dios. Esta realidad, por ser trascendente, divina, está siempre ahí porque no está sometida al tiempo y al espacio. Ni se trae ni se lleva, ni se pone ni se quita. DIOS-AGAPE está invadiéndolo todo e identificándolo con Él en todo instante, pero nosotros podemos no ser conscientes de ello, por eso necesitamos los signos para tomar conciencia de una realidad que está siempre ahí pero puede pasar desapercibida.

Dios no puede estar más en un lugar que en otros. Ni siquiera está más en una persona que en otra. Está siempre en todos de la misma manera. Somos nosotros los que podemos pasar toda nuestra vida sin enterarnos o podemos tomar conciencia de esta realidad y vivirla. El signo lo necesitamos nosotros porque las cosas llegan a nuestro cerebro a través de los sentidos. Dios, ni necesita los signos ni está condicionado por ellos. Dios no está más presente en nosotros después de comulgar que antes de hacerlo. Celebramos la eucaristía y comulgamos para tomar conciencia de una realidad que nos abre infinitas posibilidades.

Creo que estamos en condiciones de comprender que los sacramentos ni son magia ni son milagros. La experiencia me dice lo difícil que va a ser superar la comprensión de la eucaristía como magia. Cuando celebramos una eucaristía, ni el sacerdote ni Dios hacen ningún milagro. Lo que hacemos es algo mucho más profundo, pero lo tenemos que hacer nosotros mismos. Tomar conciencia de lo que fue Jesús durante su vida mortal y comprometernos a ser nosotros lo mismo. Lo que pasa fuera de mí, lo que puedo ver u oír es solo un medio para descubrir dentro de mí, una realidad que me transciende.

Lo repito: el signo no es el pan, a secas, sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido. El partir el pan forma parte de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese gesto, no en la materia del pan. Si comprendiéramos bien esto, se evitarían todos los malentendidos sobre la presencia real de Jesús en la eucaristía. El pan consagrado hace siempre referencia a una ‘fracción del pan’, (celebración eucarística). Lo mismo en la copa. El signo no es la copa sino el cáliz bebido, es decir, compartido. Para los judíos la sangre era la vida. La copa derramada es la vida de Jesús (no la muerte) puesta al servicio de todos.

Debemos superar el “ex opere operato”. Ninguna celebración puede tener valor automático. Cuando me llamaron al orden, me dijeron: “Tú tienes que ser como el farmacéutico, que despacha las pastillas a los clientes sin explicarles lo que han hecho en el laboratorio”. Mi desacuerdo con esta propuesta es absoluto. El ácido acetilsalicílico produce su efecto en el paciente automáticamente, aunque no tenga ni idea de su composición. Pero los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada que no se puede dar si no contamos con una mente despierta. Sin esa conexión, el rito se queda en puro garabato.

La realidad significada es Jesús como don; es Dios-Ágape, manifestado en Jesús. La palabra hebrea que traducen al griego por soma, no significa exactamente cuerpo. En la antropología judía, el ser humano era un todo único, pero distinguían distintos aspectos: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Hombre cuerpo no hace referencia a la carne, sino a la persona sujeto de relaciones. El soma griego tiene varios significados; al traducirlo por “corpus”, terminó por imponerse el significado físico y esto distorsionó el mensaje original. Jesús no dijo: Esto en mi cuerpo sino esto soy yo, esto es mi persona.

La eucaristía resume la actitud vital de Jesús, que consistió en manifestar, amando, lo que es Dios. Como buen hijo hace siempre presente al padre. La realidad significada, por ser espiritual, no está sometida el tiempo ni al espacio. Hacemos el signo no para crearla sino para descubrir su presencia y poder así vivirla conscientemente. No podemos celebrar la eucaristía sin los demás. Solo en nuestras relaciones con los demás podemos hacer presente el amor. Con demasiada frecuencia hemos convertido la eucaristía en una devoción particular en la que los otros incluso nos molestan como me han comentado alguna vez.

Jesús nunca hizo hincapié en que amaba mucho a su Abba; sino en su unidad con Él. Esa misma es la experiencia de todos los místicos de todas las religiones. S. Juan de la Cruz: “¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!” Dios no puede hacerse presente en un lugar acotado, sencillamente porque no puede dejar de estar en todo lugar. Tampoco puede estar más presente aquí que allí. Nosotros, como seres humanos, no tememos más remedio que percibirlo en un lugar para poder tomar conciencia de su realidad.

Cuando Jesús propone el mandamiento nuevo, Jesús está hablando de las consecuencias que debía tener en nuestra vida, el amor (ágape) del Padre. El fin último de la celebración de una eucaristía, es hacer presente con los signos, este ágape que nos fundiría con Dios y nos abriría a los demás, hasta sentirlos fundidos en Dios también. El hombre tiene el privilegio de poder tomar conciencia de este hecho y vivirlo. El que lo descubre y lo vive descubre su verdadero ser y disfruta siéndolo. Nunca se nos ocurra pensar que dándonos a los demás, les estamos haciendo un favor. Con esa actitud de entrega, estás alcanzando tú la plenitud.

Un hombre descubrió la manera de hacer fuego. Viendo la importancia del invento, se fue a la tribu más cercana y les enseñó el proceso. Todos quedaron maravillados al ver aparecer el fuego. Se marchó creyendo que les había ayudado. Mucho tiempo después volvió a ver lo que habían avanzado con la utilización del fuego. Cuando les preguntó, le sacaron a un lugar donde habían construido un altar y habían guardado en una urna de oro los instrumentos de hacer fuego. Todos los días iban a adorar aquellos útiles que tenían tanto poder. Pero no vio fuego por ninguna parte. Eso hemos hecho nosotros con la eucaristía.

Meditación

Esto soy yo, pan que me parto y me reparto.
Esto tenéis que ser vosotros.
Todo el mensaje de Jesús esta aquí.
Celebrar la eucaristía es comprometerme con los demás.
Es aprender, de Jesús, el camino de la entrega.
El pan que me salva no es el pan que recibo sino el pan que doy.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Compartir el pan.

Domingo, 3 de junio de 2018
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eucaristiaYo no sueño en la noche, yo sueño todos los días. Yo sueño para vivir (Steven Spielberg)

3 de junio. Festividad del Corpus Christi

-Mc 14, 12-16. 22-26

Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos

En los inicios del cristianismo, hombres y mujeres podían presidir indistintamente, la celebración eucarística.  Solo a partir del cuarto concilio de Letrán (1215) se estableció que no podía celebrar la eucaristía -decir misa- nadie que no fuera un sacerdote válida y lícitamente ordenado. Y desde siglo V presidirla fue un oficio exclusivo de los presbíteros, convertidos ya en “profesionales de lo sagrado”.

En Otro Dios es posible. Parte II, María y José Ignacio López Vigil escriben que durante la Edad Media se exageró la devoción por el “milagro eucarístico” despojando a la eucaristía de su carácter simbólico y comunitario -compartir la comida y las palabras de Jesús-, y revistiendo de poderes “mágicos” a los sacerdotes que hacían ese “milagro”.

Ya en el apócrifo Evangelio de Tomás se expone esta sentencia atribuida a Jesús: “Levanta una piedra: ahí está Dios. Parte un trozo de madera: ahí lo encontrarás”. Lo que nos induce a concluir que para el propio Jesús, a Dios le podemos encontrar en cualquiera parte, y no únicamente en la iglesia: en el hermano necesitado que nos demanda una ayuda, en el enfermo, entre los árboles del bosque, en las flores cuando son amadas, como decía el poeta indio Rabindranath Tagore.

Ya San Pablo insistía en su primera Carta a los Corintios, que los templos de Dios eran los propios cristianos. Y en el siglo III los cristianos sirios afirmaban en la Didascalia Apostolorum que “las viudas, los huérfanos, los pobres y los ancianos son el único altar de Dios”.

La escultora alemana Eva Hesse (1936-1970) dijo en una ocasión: “En mi arte, alma interior y vida son inseparables”Otra doble dimensión en la que es posible compartir y comulgar el pan de la existencia.

En este sentido el versículo 24 de Marcos 14:“Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”, adquiere su más profundo sentido de alimento universal para el hombre -y ¿cómo no?, pues sería una gran injusticia con ellas- para el resto de las criaturas que pueblan este Planeta.

En el libro anteriormente citado, repiten los autores: Al final de la entrevista, Jesús le habla a Raquel del viento, para que entienda que hay realidades que no se comprenden racionalmente, que sólo las capta el espíritu, un espíritu abierto. En el evangelio de Juan, Jesús utiliza la metáfora del viento (Juan 3, 8). En un relato de un jesuita hindú aparece también “el viento” como elemento “explicativo” del camino que nos lleva al misterio de Dios”.

Un sugerente viento que eleva nuestro espíritu a soñar, como soñó el cineasta americano Steven Spielberg (1946):“Yo no sueño en la noche, yo sueño todos los días. Yo sueño para vivir”. Para vivir y alimentar el cuerpo y alma, como tan bellamente cantó en este soneto el sacerdote español José Luis Martín Descalzo (1930-1991).

CORPUS CHRISTI

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste,
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento. 

“Así mi cuerpo os doy por alimento…”
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste
diste tu carne al pan y te nos diste
Dios, en el trigo para sacramento. 

Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.

Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así sencillamente.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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…Y todo empieza ¡cómo no! en torno a la mesa.

Domingo, 3 de junio de 2018
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eucaristia0Así de sencillo y normal, así de cotidiano y desmitificado, la Iglesia, la comunidad cristiana empieza alrededor de la mesa, del compartir sabores y saberes. Del mostrarnos como somos, del contar la vida y lo que nos la deteriora…

Con la renovación litúrgica del Concilio se dio el gran paso de “altar de sacrificio y de ofrenda para calmar la ira de Dios o conseguir su favor: rodillas, latín, incienso… sentido de expiación, mujeres con velo, separadas de los hombres, el sacerdote –como en el AT– era el intermediario imprescindible ante Dios.

La reforma litúrgica, cambia el sentido de fondo: no es altar de sacrificio sino mesa alrededor de la que se reúne la comunidad. Todo da un giro: lengua vernácula, distribución del mobiliario significativo de lo que queremos ritualizar, participación del pueblo o comunidad.

Ya no es altar de sacrificio (AT) sino mesa de la comunidad. Celebración, no expiación.

AMBIENTACIÓN ANTROPOLÓGICA:

– Jesús, compañero de mesa, no nos obliga a ir a misa, nos invita a ser mesa de acogida y de compartir si queremos ser sus amig@s.

La eucaristía cristiana es un sacramento hondamente arraigado en la vida humana. La Eucaristía es, ante todo, la comida humana, el hecho del comer, que deviene sacramento dentro de una vivencia de fe.

La eucaristía como signo central de la fe arraiga en el simbolismo, que ya de por sí posee la comida humana, por el cual remite a lo trascendente y queda abierta al Misterio.

Podemos distinguir una triple dimensión en el comer:

– es ante todo un hecho humano: sentido antropológico

– puede ser un hecho sacral: sentido religioso

– finalmente puede devenir un hecho evangélico: sentido cristiano

Desde el punto de vista antropológico su sentido simbólico se ramifica en tres aspectos:

a) Es y expresa una comunicación con la tierra de la que proviene. Comer es entrar en comunión con las energías y fuerzas cósmicas vehiculadas por lo que se degusta e ingiere. Es recibir esa energía que renueva la vida, se regenera la persona, y se experimenta una sensación de plenitud no sólo fisiológica, sino síquica, existencial.

La Tierra y el Cosmos son a su vez símbolos máximos de Vida, epifanías de una Energía renovadora a través del campo, su fertilidad, sus frutos; a través del sol, de la luna con sus ciclos y estaciones, del mar… Están lindando con lo Trascendente y, por tanto, con lo religioso, inseparable de lo antropológico.

Se entra en comunión con toda la realidad cósmica, primero a través de la respiración, del baño en las aguas y la recepción de los rayos solares y finalmente a través del comer.

b) La comida-bebida es expresión de dependencia, de creaturidad. Por esta acción manifestamos y experimentamos que necesitamos salir de nosotros mismos para subsistir. En ella nos encontramos con algo que nos viene de fuera y que necesitamos vitalmente, ya que no podemos sacarlo de nuestro interior.

Somos solidarios del universo porque dependemos de él. Es nuestra dimensión cósmica más palpable. Vivimos gracias a los frutos de la tierra. Este sentido de religación nos insinúa ya lo religioso.

c) El comer es signo de comunicación interhumana, tendemos a comer con, y no a solas. La comida es de raíz una acción que implica comunidad, comunión, comunicación.

Si falta esta dimensión la comida se convierte en simple nutrición. No es un acto humano integral:

– comer y beber juntos es expresión de nuestra unidad de origen y de nuestra solidaridad en la condición humana: compartimos un mismo origen y destino, un mismo arraigamiento en la tierra, en el cosmos.

– comer es muchas veces el resultado de un acto de convidar. La comida deviene convite. Es un hacer común la vida. Se desdobla en dos momentos: en un dar de comer y en un aceptar el comer acogiendo el don.

El que convida le está diciendo a su huésped: te doy mi alimento y mi bebida, con ellos te doy y deseo la salud que producen en mí, así compartimos la misma vida. Mi vida será tu vida, y mi persona será tu persona, te doy mi amistad. Cuando se dan estas circunstancias el convite significa unión personal. Aquí ya vislumbramos la eucaristía como sacramento de la presencia.

– Comer juntos no es sólo entre dos, es muchas veces la acción de un grupo. Como dicen los antropólogos, el comer juntos significa sellar la unión del grupo (familia, pueblo, barrio…), pensemos en ciertas fiestas, romerías… todos se sientan alrededor de la sartén, la hoguera, el cordero… de ahí surge la comensalidad y la convivialidad. Todos tienen un mismo sentimiento de alegría, se contagian un mismo afecto, se generaliza el intercambio de confianza.

Este sustrato popular de comer y beber es terreno abonado para que surja y crezca la comunidad, la eucaristía. Tema hospitalidad, pastoral de la mesa.

¿Por qué pan y vino?

El pan ha sido el alimento base de la cultura mediterránea. Acompaña todo o se come sólo. No sólo sustenta la vida de tantas personas sino que la simboliza por los nueve meses que necesita el trigo para crecer y madurar, el tiempo de una gestación. El pan proviene del trigo cereal que nos recuerda las tierras de secano de donde brota. El vino, bebida fundamental mediterránea, nos recuerda además de la tierra, el sol que caldea la vid.

Su color recuerda a la sangre, el alcohol evoca al espíritu que anima, alegra, desata las lenguas, moviliza los sentimientos cálidos de efusión y comunicación.

Eucaristía y justicia: la eucaristía solo se puede celebrar con pan no arrebatado a los pobres, con pan de justicia, con pan amasado en el compromiso por el interés del pobre, con pan de vida.

Tampoco se puede celebrar la Eucaristía con un pan, símbolo de unas vidas, que se alimentan de la explotación de la tierra para conseguir una producción que quiere engordar los bolsillos de algunos explotadores. Si es el banquete del Reino, los explotadores no tienen sitio a no ser que se conviertan a los valores de Jesús.

Concluyendo este apartado: en el pan y en el vino nos llegan los cuatro elementos de madre naturaleza: la tierra, el sol, el agua y el aire. A través del pan y el vino entramos en contacto con esa naturaleza que nos envuelve y cobija maternalmente. Comulgamos con ella, de esa comunión surge nuestra humanidad, en la que se encarna el Hijo de Dios.

A través de esta unión entre lo cósmico, lo humano y lo divino, nace la nueva creación. A través del alimento eucarístico hay una reconciliación entre el hombre-mujer, la naturaleza y Dios. Hay unión, armonía entre creación cósmico-humana y Creador. Hay una reconciliación pacificadora que es comunión entre humanidad, cosmos y Dios.

Eucaristía es Acción de Gracias, por todo, por todos.

Magdalena Bennásar Oliver

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Fuente Fe Adulta

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Mesa abierta a todos.

Domingo, 3 de junio de 2018
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a1e6420544cb8837dab9297a0f6ebb27898cd4b570fdf17a8bpimgpsh_fullsize_distrDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01. MEMORIA DEL SEÑOR
Jesús nos invitó a guardar su presencia en medio de nosotros: Haced esto en memoria mía, lo cual no coincide exactamente con guardar el pan de vida de la Eucaristía sobrante en el sagrario, sino que Jesús se refiere, más bien, a guardar su presencia en nuestras personas, en nuestras vidas, en la comunidad eclesial.

En la Eucaristía nos reunimos para y porque guardamos la memoria del Señor y hacemos presente a Cristo e nuestras vidas, en nuestra iglesia, en la sociedad.

Mucho se ha discutido en la historia acerca de cómo Cristo esté presente en el pan y vino de la Eucaristía, pero de lo que se trata es que el Señor esté presente en nuestras vidas.

En la Eucaristía está presente Jesús. Pero en la Eucaristía no nos comemos el cuerpo histórico de Jesús, el cuerpo que nació de María, el que recorrió los caminos de Palestina, el que murió en la cruz . No comemos ese cuerpo, porque ese cuerpo ya no existe. En la Eucaristía recibimos al Cristo resucitado. Lo recibimos realmente de verdad. Pero eso se ha explicado en la Iglesia de distintas maneras. Esta comunión la entendió la Iglesia de formas simbólica durante más de diez siglos. Comulgar no es recibir una “cosa” santa y sagrada. Comulgar es unirse a Cristo de forma que la persona y la vida de Jesús están presentes en la vida del que comulga. (JM CASTILLO)

De todos modos, lo decisivo es que JesuCristo esté presente en nosotros.

02. LA EUCARISTÍA ES VIDA.

image2sLa Eucaristía no es un sacramento que le haya servido a la iglesia para instaurar un nuevo mandamiento para que la gente asista a la Misa el domingo y las fiestas de guardar.

La Eucaristía es un sacramento de vida y de esperanza, es el alimento de la Palabra de vida, es pan de vida y es la celebración de la Resurrección de JesuCristo, esperanza definitiva de nuestra vida.

03. LA EUCARISTÍA Y LAS COMIDAS SALVÍFICAS DE JESÚS.

La Eucaristía tiene sus raíces en la Última Cena de Jesús, pero haríamos bien en situarla en el contexto de los muchos encuentros en los que Jesús comía con pecadores y publicanos, multiplicaba los panes con lo que nos decía que: Yo soy el pan de vida, (Jn 6).

Jesús instituyó la eucaristía en una comida compartida y salvífica, no en un ritual religioso. Y sabemos que Jesús añadió: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19b). Es decir: el recuerdo de Jesús está inseparablemente unido al hecho de realizar lo que realizó Jesús. En los evangelios -en el NT 1 Cor 11, 23-26- podemos percibir que la Eucaristía está asociada a la comida compartida.

04. ENCUENTROS, COMIDAS SALVÍFICAS

pobresEucaristías fueron los muchos encuentros salvíficos que Jesús celebró en su vida.

o La multiplicación de los panes en la tradición de San Juan (Jn 6) es el acontecimiento en el que Jesús se presenta como: Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo. Cristo se hace pan de vida para los hombres.

o Jesús comía con publicanos y pecadores (Mc 2,16).

o Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa. (Lc 19, 1-10).

o La parábola del hijo perdido, del hijo pródigo se resuelve en un banquete de vida: celebremos un banquete, porque este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. (Lc 15, 1-32).

o Los dos de Emaús celebran la Eucaristía y conocen (reconocen) al Señor en la fracción del pan, (Lc 24). En el fondo el relato de los dos de Emaús es una Eucaristía.

o Son frecuentes las alusiones de Jesús a que el Reino de los cielos se parece a un banquete. La Eucaristía como banquete del Reino.

La Eucaristía no es un, pues, meramente un rito ni una ley a cumplir, sino que es la salvación vivida en una comida en la que Cristo está presente.

05. LA EUCARISTÍA ES CELEBRACIÓN DE LA REDENCIÓN

La Eucaristía es hacer memoria gozosa y agradecida de la Redención de Cristo.

El único día del año en que no se celebra la Eucaristía es el Viernes Santo, porque recordamos y agradecemos que la Eucaristía se celebró en el sacrificio de Cristo en la cruz. La Eucaristía es una inmensa gratitud (acción de gracias) porque estamos salvados y redimidos.

La Eucaristía es una acción de gracias por el perdón, por la libertad y la vida.

06. ACCIÓN DE GRACIAS.

Eu – Xaris significa buen regalo, una acción de gracias.

Vivir en gracia es vivir agradecidamente, vivir dando gracias a Dios y a la vida.

Vivir en esa gratuidad de Cristo redentor es fuente de una serenidad y gozo profundos.

VIVAMOS AGRADECIDAMENTE LA MEMORIA DEL SEÑOR

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