«Tengamos bajos sentimientos de nosotros mismos, acordémonos de nuestros pecados, repasemos con frecuencia en nosotros mismos la doble historia de las gracias recibidas de Dios y de nuestras infidelidades, de nuestras ingratitudes, de nuestras faltas de correspondencia y de nuestros pecados. Hundámonos en conocimiento de nosotros mismos: hagamos con cuidado nuestros exámenes de conciencia y pidamos humildemente perdón. Que el recuerdo de nuestros pecados nos haga suaves tolerantes, indulgentes para los otros, llenos de esperanza en la conversi-on y en la santificación de toda alma, cualquiera que pueda ser… Seamos verdaderamente hermanos y hermanas del Corazón de Jesús imitando su humildad»
*
Carlos de Foucauld, Consejo Evangélicos o Directorio
Comentarios desactivados en Me convertiré, Seré Evangelio viviente
Del blog de Alfonso J Olaz El Rincón del Peregrino:
| Alfonso Olaz OFS
¡Detente ya caminante!
Tus caminos desde antiguo,
ya son de los pasos perdidos,
no de los caminos de Jesus redimido
¡Detente ya hermano!
Aprisa, sube al monte de la luz
Aligera ya toda tu pesada carga
Arrollidate y da gracias a tu creador
Ahora ya, lleno de su fuerza,
con la hermana humildad
Y de la mano del hermano- Jesús,
sube con esperanza al monte de la Cruz, la de los dos
Hermano
¡Hasta ahora hiciste todo lo que quisiste!
Ahora, sé brújula del creador
y reorienta tus pasos fatigados:
por sus caminos, para ti blanqueados
Ya no tengas miedo
y abre tu corazón al hermano evangelio, al suyo
Déjate amar por él
Y conocerás al Amor
Para ser su amor
Que todo lo cuestiona
Serás un loco libre del amor
Del hermano cuerdo del evangelio
Testigo subversivo de El Salvador, de la incomodidad del mal
Para contar con tu vida
la vida de Jesús hermano
Con Él todo es posible
hasta Amar para encontrar La Vida
Con la tuya, ser ya la Suya
para siempre
Para Ser- Vida
Para ser Vida, para todos, para todos…
Aquí estoy, Señor, a tus pies,
asustada, y aturdida,
temblorosa y silenciosa,
estremecida y expectante,
sabiendo que he llegado acusada,
pero sintiendo que avivas, en mi corazón,
las cenizas del deseo y la esperanza
y despiertas, con tu mirada y roce
mis entrañas yermas.
Aquí estoy, Señor, a tus pies
rodeada por quienes ves
y sus corazones de piedra,
abrumada por mis hechos
y mi conciencia mal enseñada,
juzgada y condenada
sin poder decir una palabra.
Soy carne despreciada y chivo expiatorio
de quienes pueden y mandan
Aquí estoy, Señor, a tus pies
sin dignidad ni autoestima,
con los ojos desorientados
pero con el corazón palpitando,
con el anhelo encendido,
con el deseo disparado,
aguardando lo que más quiero – tu abrazo–,
luchando contra mis fantasmas y miedos,
desempolvando mi esperanza olvidada,
y nuestros encuentros y promesas enamoradas.
Aquí estoy, Señor, a tus pies,
medio cautiva, medio avergonzada,
necesitada, sin entender nada…
pero queriendo despojarme
de tanto peso e inercia,
rogándote que cures las heridas de mi alma
y orientes mis puertas y ventanas
hacia lo que no siempre quiero
y, sin embargo, es mi mayor certeza.
“Jesús fue verdaderamente libre. Su libertad estaba arraigada en su conciencia espiritual de que era el hijo amado de Dios, Sabía, en lo profundo de su ser, que pertenecía a Dios antes de nacer, que había sido enviado para proclamar el amor de Dios y que retornaría a Dios después de haber cumplido su misión. Esto le dio la libertad de hablar y obrar sin tener que complacer al mundo y el poder de responder al sufrimiento de las gentes con el amor de Dios, que sana.
Por eso dice el Evangelio : ‘Toda la multitud buscaba tocarlo, porque de él salía una virtud que sanaba a todos (Lucas 6, 19).”
*
Henri Nouwen
***
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
– “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
– “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.”
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
– “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?“
Ella contestó:
– “Ninguno, Señor.”
Jesús dijo:
– “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”
*
Juan 8, 1-11
***
Quizás no hemos comprendido que Jesús se ha revelado al más lejano, al más despreciado. Jesús no pide a la samaritana, a la adúltera o al ladrón que se confiesen. Pero cuando les mira con ternura infinita se rinden.
Pero, en el fondo, ¿qué es el pecado?, ¿en qué consiste el mal? Donde vemos una injusticia, un pecado, quizás Dios descubra sólo un sufrimiento, un grito de socorro que él escucha. ¿Es esto misericordia? ¿Es éste el motivo de su venida a nuestro mundo? Cuando Dios se hace hombre, todo el mal del mundo cae sobre sus espaldas. Y él de este mal sabe sacar sólo amor, amor que manifestará hasta su último aliento de vida, hasta la última gota de sangre, hasta experimentar el mayor sufrimiento humano: la muerte.
Pero luego resucita: el amor es más fuerte que la muerte. El sufrimiento padecido por todos los humanos, desde el del más pequeño, el más frágil, el todavía no nacido, el niño que nunca crecerá, hasta el del criminal o el del santo, él lo ha rescatado en su propia piel, lo ha transformado en puro amor para la eternidad. Basta que le sigamos por el mismo camino. Se trata de aceptar, de acoger el sufrimiento tratando de impedir que se transforme en mal. En el otro sólo debo ver el sufrimiento que hay que superar con el amor. Jesús asumió el sufrimiento de la Magdalena. Este sufrimiento que ella, por ligereza, o por venganza, o por miedo a sufrir, dejó transformar en pecado […].
El que se ha equivocado mucho contra Cristo pero percibe que él ha asumido todo su sufrimiento, se convierte en loco de amor por Dios y no ve la hora de hacer por los demás lo que Jesús ha hecho con él. Los verdaderos convertidos no pueden menos de asemejarse a Cristo, uniéndose en su lucha contra el mal, convirtiéndose en otros tantos crucificados clavados por el sufrimiento de los otros hasta hacerlo resucitar en amor. El mundo habla de arrepentimiento, de penitencia… es sólo el amor el que arde.
*
E.-M. Cinquin, Tufti contro, meno Dios. L’utopia di Betania,
Turín 1984, 49-52, passim.
Comentarios desactivados en «Vivir en profundidad la vida», por Miguel Ángel Mesa
De su blog Otro Mundo es posible:
«El que no valora la vida, no se la merece» (Leonardo da Vinci).
Preocupados y agobiados como andamos todos los días por el trabajo (o la falta del mismo), por el coche que se ha estropeado, por los estudios de los hijos, por la enfermedad del padre o la madre… nos queda poco tiempo para percibir lo que sucede a nuestro alrededor, en nuestro entorno más cercano o en el mundo más allá de nuestras fronteras.
Se nos escapan las miradas cómplices, los deseos de que escuchemos o atendamos a alguien, la ducha que nos relaja al levantarnos, la comida en familia, con las risas o las preocupaciones de cada uno, la llamada del amigo para saber cómo estoy, la mano del mendigo en el metro por la tarde, la canción que está tocando el joven en la esquina de mi calle… Son tantos los detalles que nos pasan desapercibidos y que nos ofrece la vida cada día, los pequeños placeres, las llamadas de atención, las súplicas por atender…
Y es que la vida es lo único que tenemos en las cuencas vacías de nuestras manos. Y la vida está palpitando, brotando, sintiendo, mostrándose descarada, reflejándose en las miradas, circulando por las calles o las arterias, emocionando, conmoviendo, naciendo… a cada instante, en este mismo instante.
Cuando pasamos de largo, nos desentendemos, no deseamos escuchar, ni ver la realidad tan dura que a veces nos ofrece la vida, como en esta crisis de valores, económica, estructural que estamos padeciendo, nos alejamos también de la vida, de lo que nos puede transmitir, regalar, para transformar nuestra existencia. Sí, porque el dolor y el sufrimiento también puede remover nuestras entrañas, para tomar la senda del compromiso, la solidaridad y el cuidado, para proteger la vida, todas las vidas, y que se puedan desarrollar en plenitud.
Porque la vida no solo es la que tienen los seres humanos, hombres y mujeres. La vida es mucho más amplia en nuestra tierra, en el universo; nosotros somos solo una parte más del entramado de la vida en nuestro planeta, por eso debemos sentirnos hermanados con los animales, las plantas, los bosques, los océanos, la atmósfera, para sentirnos unidos, en simbiosis y parte integrante de todo el ecosistema de la vida.
Y en este contacto con la vida que se desarrolla a nuestro alrededor, que podemos observar, tocar, compartir y sanar, nos sentimos profundamente unidos al Misterio, a la Fuente de la Vida, que está latiendo y dando consistencia a todo lo que palpita y existe. Para ello necesitamos vivir con otro talante, con otra mística, con lo que podríamos expresar como «espiritualidad de la vida» (aunque la espiritualidad impregne toda la vida y la vida transpire por todos sus poros su propia diafanidad y trascendencia), mediante una forma distinta de contemplar, escuchar, acoger, admirar, cuidar y relacionarnos.
Una auténtica espiritualidad de la vida debe recuperar y acrecentar el amor por la vida, que está ya presente en todo el universo y en todos los seres vivos en comunión, que anhelan más vida, vida en abundancia. Para seguir creciendo, en camino hacia su plena realización, junto a los demás, pues el egoísmo no es una característica de la vida, sino la sinergia, la correspondencia y la relación.
«Felices quienes cierran los ojos y sienten vibrar, circular, brotar, latir la vida dentro de sí mismos».
Comentarios desactivados en “ La utopía sirve para caminar”, por Miguel Ángel Mesa
De su blog Otro mundo es posible:
«“Utopía” puede significar también “buen lugar” (eu-topos). Caminar con dirección es ya un buen lugar, y caminando así llegamos sin cesar a infinidad de buenos lugares que hacen la vida estimulante y buena» (José Arregi).
Es complicado anunciar hoy que los nuevos tiempos que estamos viviendo, con la economía por los suelos, y la esperanza de la gente que no está entre las élites de poder empresarial, especulativo y político, precisa de nuevos paradigmas y, por lo tanto de un cambio radical para que no se vuelvan a repetir hechos como estos, planificados para destruir derechos, eliminar conquistas sociales y meter miedo en la población, para que no se salga de casa y se deje hacer lo que quiera a la clase política, dependiente en todo del poder económico actual, que todo lo controla y maneja.
Pero no podemos dejar nuestras vidas en manos de los demás. Ni mucho menos nuestras ilusiones y esperanzas. Eduardo Galeano lo dice, como siempre, con un lenguaje entendible, poético, movilizador:
«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar».
Sí, porque cuando nos quedamos parados estamos perdidos. En el camino está ya de alguna forma presente la meta, las mieles del triunfo, la compañía durante los momentos de alegría o soledad. En el paso a paso de cada día se intuyen los frutos maduros de una fraternidad posible.
El esfuerzo de ese camino no tiene por qué volvernos hoscos, duros, exigentes. Al contrario, la belleza del paisaje, con sus valles y montañas, sus manantiales y embalses, los bosques y los prados, los amigos que te acompañan, la gente que conoces en cada nuevo pueblo por el pasas… todo nos invita al diálogo, la comprensión, el cuidado y la atención en los momentos duros, la sonrisa para aliviar tensiones, la risa en común para sentirnos vivos.
En tiempos de dolor, de sufrimiento, de falta de ideales, tendemos a refugiarnos en el pasado, para no detenernos a mirar hacia lo que tenemos alrededor y por delante; por eso no tenemos otra alternativa que refrescar y recrear los sueños y esperanzas con el rocío de cada mañana. Con el testimonio y los escritos de tantos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, no se han dejado vencer por las circunstancias adversas de la vida, en tiempos y circunstancias mucho más difíciles que las nuestras de hoy. Hombres y mujeres del pasado y del presente, porque hoy también podemos encontrar verdaderas estrellas en nuestro firmamento oscuro, que nos pueden ayudar a seguir adelante, a despertar, a regenerar las utopías, desde lo concreto del día a día.
«Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana» (Eduardo Galeano).
Porque las utopías no son lo irrealizable, sino el modelo ideal sobre el que tenemos que construir, en la realidad de hoy, la justicia, la paz, la fraternidad, la libertad. Para que no se nos adormezcan las manos ni el espíritu, para no perder la pasión, ni el entusiasmo, ni que se nos desvanezca la ilusión. Consiguiendo las pequeñas victorias de cada día, lo que es posible conseguir «golpe a golpe, paso a paso», y lo que a veces parece inaudito e incluso milagroso.
«Felices a quienes los sueños no les quitan nunca el sueño, si sueñan despiertos».
Comentarios desactivados en Letanía del hijo pródigo el día del encuentro.
Me amas como río que fluye
y me lleva dentro, en su corriente,
por cascadas, pozos, remansos y afluentes.
Me amas, invisible, cual el aire que respiro,
pero haciéndote presente como viento,
brisa, cierzo o huracán al instante.
Como la primavera que renace, así me amas
despertándome y seduciéndome
con tu savia, perfumes y flores.
Como el verano que abre horizontes
con su calor, luz, sueños y frutos,
abres mi alma y vientre amándome.
Como el otoño tranquilo y maduro,
después de haberme vestido de colores,
me amas despojándome y serenándome.
Como el invierno que, en paz y silencio,
cubre de nieve cumbres, llanuras y valles,
así me amas siempre, sin cansarte.
Me amas como sutil lagartija
que busca luz, sol y calor febrilmente
recorriendo los entresijos de mi vientre.
Como ciervo que brama y corre veloz
a las fuentes de agua que calman su sed,
así me amas, alcanzas y sorbes.
Como pelícano que se entrega y desvive
por alimentar a su crías más débiles,
así me amas Tú, alimentándome.
Y a veces me amas como corzo arrogante
que, que en época de berrea, todos los días
suspira y reclama encontrarme y rozarme.
Me amas con un corazón desbocado
que se entrega sin importarle los riesgos
cuando percibe gemidos humanos.
Me amas con unos ojos que me traspasan,
desnudan y llevan, en armonía,
al primer paraíso y a la tierra prometida.
Me amas con tus entrañas tiernas y cálidas
que dan y cuidan la vida anhelada,
siempre nueva, hermosa y, a la vez, desvalida.
Me amas al alba, entre trinos y danzas,
con la fuerza, la pasión y el mimo
de quien ha descansado y busca nuevos caminos.
Y, al atardecer, cansado y casi en silencio,
me abrazas más fuerte que la última vez,
porque tu amor es así y solo puede querer.
Así me amas y siento tu querer, una y mil veces,
en mi rostro, en mi mente, en mi vientre,
en mi corazón… ¡en todo mi ser!
Por eso no me extraña tu forma de comportarte:
que anheles mi vuelta a pesar de mis andanzas,
que otees el horizonte desde tu atalaya,
que me veas, a lo lejos, antes que nadie,
que se te enternezcan las entrañas,
que salgas corriendo a mi encuentro,
que me abraces con fuerza y llenes de besos…
Y tampoco me extraña tu anillo, traje y banquete,
y el que no dudes en acogerme como hijo,
pues no quieres renunciar a ser Padre.
Comentarios desactivados en Me convertiré, Seré Evangelio viviente
Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:
| Alfonso Olaz OFS
Detente ya caminante!
Tus caminos desde antiguo,
ya son de los pasos perdidos,
no de los caminos de Jesus redimido
¡Detente ya hermano!
Aprisa, sube al monte de la luz
Aligera ya toda tu pesada carga
Arrollidate y da gracias a tu creador
Ahora ya, lleno de su fuerza,
con la hermana humildad
Y de la mano del hermano- Jesús,
sube con esperanza al monte de la Cruz, la de los dos
Hermano
¡Hasta ahora hiciste todo lo que quisiste!
Ahora, sé brújula del creador
y reorienta tus pasos fatigados:
por sus caminos, para ti blanqueados
Ya no tengas miedo
y abre tu corazón al hermano evangelio, al suyo
Déjate amar por él
Y conocerás al Amor
Para ser su amor
Que todo lo cuestiona
Serás un loco libre del amor
Del hermano cuerdo del evangelio
Testigo subversivo de El Salvador, de la incomodidad del mal
Para contar con tu vida
la vida de Jesús hermano
Con Él todo es posible
hasta Amar para encontrar La Vida
Con la tuya, ser ya la Suya
para siempre
Para Ser- Vida
Para ser Vida, para todos, para todos…
Del evangelio a la vida
De la vida al evangelio
Comentarios desactivados en La unión con Jesucristo
Dietrich Bonhoeffer con estudiantes del Seminario Finkenwalde
…Probablemente no exista ningún cristiano a quien Dios no conceda, al menos una vez en la vida, la gracia de experimentar la felicidad que proporciona una verdadera comunidad cristiana. Sin embargo, tal experiencia constituye un acontecimiento excepcional añadido gratuitamente al pan diario de la vida cristiana en común. No tenemos derecho a exigir tales experiencias, ni convivimos con otros cristianos gracias a ellas. Más que la experiencia de la fraternidad cristiana, lo que mantiene unidos es la fe firme y segura que tenemos en esa fraternidad. El hecho de que Dios haya actuado y siga queriendo obrar en todos nosotros es to que aceptamos por la fe como su mayor regalo; to que nos llena de alegría y gozo; to que nos permite poder renunciar a todas las experiencias a las que él quiere que renunciemos.
– ¡Qué dulce y agradable es para los hermanos vivir juntos y en armonía!- Así celebra la sagrada Escritura la gracia de poder vivir unidos bajo la autoridad de la palabra. Interpretando más exactamente la expresión « en armonía», podemos decir ahora: es dulce para los hermanos vivir juntos por Cristo, porque únicamente Jesucristo es el vínculo que nos une. «Él es nuestra paz». Sólo por él tenemos acceso los unos a los otros y nos regocijamos unidos en el gozo de la comunidad reencontrada.
*
Dietrich Bonhoeffer Vida en comunidad,
Salamanca, Sígueme 1982, 9.27
Comentarios desactivados en “Soneto de primavera”, por Miguel Ángel Mesa
De su blog Otro mundo es posible:
Acude a su cita, puntual, vivificante, sigilosa,
leal a la llamada de la donación sin medida,
para dar a luz desde el misterio, impetuosa,
el brotar de la savia ascendente de la vida.
No ha podido retenerla ni la nube gris, ni el frío
de este invierno de olas, vientos y alaridos,
pues habitada en sus raíces por un caudaloso río,
aguardó paciente el anhelado florecer y su estallido.
Nos aguardan aún lluvias y granizos traicioneros,
que nos invitarán a abrigarnos ante la certeza
de la escarcha que asolará los frutos primeros.
Pero aquí está, fiel, jubilosa, exuberante, cumplidora,
revestida con el manto delicado y azul de la belleza,
como si fuera su vez primera, hermosa, tentadora.
Comentarios desactivados en Conversión… Saber esperar
Sabemos que nos esperas, Señor, porque sabes que la espera es esperanza… y esperamos también que riegues nuestras vidas con tu ternura… para que nuestra vida sea un reflejo de tu bondad y de frutos de justicia que haga mejor la de los demás…
Saber esperar; sabiendo
que el tiempo no existe ya.
Ni el correo ni la prensa
tienen caja forestal.
El sol es de ayer, de siempre.
Y un día es un día más.
La noche, con “muriçoca”.
La tuna, no es de fiar.
Mañana será otro día,
y arroz no nos faltará…
Despertaremos cansados,
“com vontade de sentar”;
pero con la espera al hombro,
¡y nos tocará esperar
otro día, todo el día,
…para aprender a esperar!
*
Pedro Casaldáliga
Clamor elemental. Ed Sígueme, 1971
***
En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:
–“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”
Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.
*
Lucas 13, 1-9
***
Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser “pecadores en conversión”.
Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación. Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías: “Haznos volver a ti, Señor, y volveremos” (Lam 5,21; cf. Jr 31,18).
*
André Louf, A merced de su gracia,
Madrid 1991, 19-24, passim.
Es el amor de Dios el que calienta con el sol y el que envía la lluvia refrescante.
Es el amor de Dios el que envía los días de invierno cuando tengo frío y estoy enfermo,
y el verano tórrido cuando mis ropas se llenan de sudor mientras trabajo.
Es Dios quien me envía el viento suave que viene del ría y la brisa que viene del bosque.
Es el amor de Dios el que habla en las aves y en los arroyos,
pero también detrás del clamor de la ciudad.
Si estas semillas arraigadas en mi libertad,
y si la voluntad de Dios creciera en ella,
mi cosecha sería su gloria y mi alegría.
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