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La psicología del pecado.

domingo, 11 de septiembre de 2022
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HIJO-PRODIGO

Lc 15, 1-32

«Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde»

El capítulo quince de Lucas expresa de forma sencilla la esencia misma de la buena noticia. A través de las tres parábolas que lo componen, Jesús nos dice que Dios no es el que nos juzga, el que nos aparta de sí por causa de nuestros pecados y nos condena si hemos pecado. Dios es el que nos busca cuando estamos perdidos; el que sale cada atardecer al camino a esperar nuestro regreso; el que nos restituye a nuestra condición de Hijos sin que medie ningún mérito para ello.

El protagonista indiscutible de la parábola del hijo pródigo es el paterfamilias que da al traste con su dignidad y la mitad de su hacienda porque ha recuperado al hijo que estaba perdido, pero hoy queremos extraer de este texto universal una enseñanza sobre la psicología del pecado.

En primer lugar, el pecado es error. El hijo pequeño se va porque piensa que va a vivir mejor lejos de la casa de su padre, pero se equivoca y arruina su vida.

Nuestra condición humana se ve atraída por lo que no le conviene y es propensa a engañarse acerca del bien y el mal. Nos apetece lo que no merece la pena; nos fascina lo que nos perjudica. Por eso, nuestra condición de pecadores significa, básicamente, que no sabemos distinguir; que nos sentimos atraídos por cosas que nos parecen buenas, pero que estropean nuestra vida y hacen daño a los demás. Una buena definición de pecado podía ser ésta: “Preferir el mal engañados por su apariencia de bien”.

Pero no cabe duda de que el pecado tiene también una componente de debilidad, de esclavitud, que, unida al error, nos arrastra a perder la dignidad e incluso la identidad; como le ocurre al hijo de la parábola. Pablo, en su carta a los romanos, se lamenta amargamente de ello: «Realmente, mi proceder no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, en realidad ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí»

«Me esclaviza la ley del pecado», dice Pablo en esa misma carta. El evangelio no nos considera libres sin más, sino esclavos del pecado, y desde esa óptica, el papel de Dios no es el del juez que juzga a personas libres y responsables, sino el del padre que ayuda a sus hijos a que vean mejor y se liberen de sus cadenas.

Finalmente, también podemos concebir el pecado como una pesada carga de la que Dios quiere librarnos. Como decía Ruiz de Galarreta: «Habitualmente hablamos del pecado cometido, pero rara vez del pecado padecido». Jesús nos libera de esa carga proponiéndonos un modo de vida mucho más atractivo que el que nos ofrece el mundo; nos descubre un tesoro escondido que, cuando alguien lo encuentra, renuncia a todo lo demás porque todo lo demás deja de tener valor para él.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fe Adulta

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¿Creemos en el Dios Abbá de Jesús? ¿Nos sentimos hijos e hijas?

domingo, 11 de septiembre de 2022
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hijo-prodigoLucas 15, 1-32

Nuestro Dios es siempre el que sale al encuentro, el que abraza, acoge, carga sobre sí y siente su corazón tan feliz y lleno de alegría al recuperar a uno solo de sus hijos e hijas, que no puede guardarla solo para sí y organiza una fiesta. ¿Vivimos la alegría de experimentarnos hijos e hijas?

Nos encontramos en este evangelio con dos tipos o grupos de personas muy definidos en el evangelio y en la sociedad de Jesús. Grupos muy distintos entre sí. Los publicanos y pecadores, a ambos se los considera perdidos, alejados de Dios y no cumplidores de la Ley. Y los escribas y fariseos, conocedores y cumplidores de la Ley, oficialmente buenos religiosos,  convencidos ellos mismos de ser “puros”  e intachables.

Estos dos grupos se acercan a Jesús de manera muy distinta. Los primeros van a escucharle, admirados y esperanzados ante sus palabras. Los segundos le critican y murmuran. Se acercan para echarle algo en cara o plantearle cuestiones que le pongan en una situación difícil. En esta ocasión, nos dice el evangelio, le acusan de ser amigo de los pecadores, de acogerlos y comer con ellos.

Comer con alguien, entre los judíos era signo de compartir la vida, de  amistad. No se invitaba a comer a cualquiera, en cualquier sitio, como podemos hacer hoy. Se invitaba a casa, de alguna forma se le daba entrada a la vida de la familia. Y esto, para extrañeza de los que se creían cumplidores de la Ley lo hacía Jesús con los pecadores. Jesús, el maestro, en quien algunos ponían las esperanzas reservadas al Mesías, al enviado de Dios.

Este es el escenario que enmarca las palabras de Jesús, ese mensaje largo de este domingo que va dirigido, tanto a los que se le acercan a escucharle con el corazón abierto como a los que se han acercado a criticarle. A todos responde con estas tres parábolas:

  • La del pastor que tiene cien ovejas y se le pierde una
  • La de la mujer que tiene diez monedas y pierde una
  • La del hijo pródigo.

Lo primero que puede sorprendernos es que Jesús no rebate la acusación, ni explica por qué se porta así con los pecadores. Jesús va al fondo de la cuestión: ¿Cómo es Dios? ¿Cómo es el Dios en quien creemos? Porque en definitiva lo que están cuestionando los escribas y fariseos es: ¿Quién es Dios? ¿Cómo se comporta con los hombres? ¿No está Dios solamente cerca de los que “cumplen” la ley?… Y Jesús responde revelando el verdadero rostro de Dios, el auténtico protagonista de estas parábolas. Las tres nos dicen que nuestro Dios:

  • Es el pastor que, entendiendo muy poco de matemáticas, deja noventa y nueve ovejas y sale a buscar a la que se ha perdido, o se ha escapado, o se ha querido esconder…
  • Es la mujer que no se conforma con asegurar las nueve monedas sino que revuelve toda la casa porque ha perdido una
  • Y es el Padre que por encima del dolor que le haya podido producir la marcha de su hijo y el ver como despilfarra sus bienes sale continuamente al camino a esperarle.

En los tres casos es el que sale al encuentro, el que busca, abraza, acoge, carga sobre sí y siente su corazón tan feliz y lleno de alegría al recuperar a uno solo de sus hijos e hijas, que no puede guardarla solo para sí y organiza una fiesta. El Dios Abbá “misericordioso con todos, que hacer salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45)

En ninguna parábola se nos narra un reproche, un “ya te lo dije”, “te avisé que…” Ni siquiera expresa su perdón, ni pide cambio de conducta… es sin duda chocante. ¿Cuántos de nosotros tratamos así a nuestros hijos, alumnos, amigos…? Es más, ¿nos tratamos así a nosotros mismos? O aún más importante, ¿nos creemos de  verdad que nuestro Dios, nuestro Abbá nos trata así?

¿Esperamos que vaya a buscarnos porque estamos perdidos, que nos abrace cuando nos dejamos encontrar, que nos restituya y nos siga tratando como a hijos, sin ni siquiera pedirnos cuentas?

Al escuchar estas parábolas, es fácil comprender la alegría que invadiría a los que se sentían pecadores y el malestar y enfado en el que caerían los que se creían mejores. El mismo Lucas, quizá para prevenir también a los primeros cristianos, nos lo dibuja en la persona del “hijo mayor” el bueno, el que nunca se ha ido de la casa del padre, el que no ha dejado el rebaño, el que nunca se ha perdido…

Este, posiblemente esperaba que el padre castigara al “mal hijo”, que le llamara al orden, quizá que lo perdonara y lo acogiera de vuelta también, pero que haga una fiesta… ¡hasta ahí podíamos llegar! Y aquí sale esa amargura y dolor: “Yo siempre, yo he hecho, yo… Y a mí nunca me has dado…”

No, no es malo el hermano mayor. El Padre con infinito amor y ternura tampoco le recrimina a él, solo le hace ver “Hijo mío, todo lo mío es tuyo, tu siempre estás conmigo…”. No es malo, lo que le pasa es que no se siente hijo.  Calcula, obedece, pero no ha descubierto el amor inmenso de su padre hacia él mismo, no porque sea bueno, solo porque es hijo. Esta es la Buena Noticia de Jesús, su evangelio, somos hijos de un Dios que es nuestro Padre y Madre. Imagen que choca con la imagen de Dios que muchos tenían en su tiempo.

Y ahora es bueno que nos preguntemos, ¿cómo me siento yo al leer esto? ¿Me entusiasma saber que soy amado, que soy amada así?  ¿Qué el amor que Dios me tiene no me lo estoy ganando, y por tanto no lo voy a perder, aunque me “pierda” o me “vaya”?

Lo importante es que nos dejemos grabar a fuego en nuestros corazones esta realidad del amor que Dios nos tiene.

Lo importante es vivir la experiencia de ser hijos e hijas. Porque perdernos, nos hemos perdido y nos vamos a perder muchas veces. Irnos, también nos hemos ido y  nos vamos a ir, pero si en el fondo de nosotros mismos está esta experiencia, de ser hijos e hijas amadas, volveremos, nos pondremos en camino para volver al corazón de Aquel que ya está en camino para encontrarnos y nos espera con los brazos abiertos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. Fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Gratuidad y Alegría.

domingo, 11 de septiembre de 2022
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4D7C3018-E426-452A-9968-CB2740799D82Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

11 septiembre 2022

Lc 15, 1-10

Muchos de nosotros hemos sido educados en la idea del mérito y el ideal de perfección. No dudo de que nuestros educadores, formados también en esas mismas claves, lo hicieron con la mejor intención.

Sin embargo, ambas claves conllevan riesgos graves, ya que, en la práctica, refuerzan el voluntarismo, el moralismo, el orgullo espiritual, el fariseísmo, la represión -y el consiguiente descuido- de la propia sombra, el juicio rápido a los otros -a quienes se mide con la vara del mérito y de la “perfección”- y el olvido de la gratuidad como dimensión básica de la existencia.

Estos elementos permiten captar la ironía de Jesús cuando habla de “los justos que no necesitan arrepentirse”. Quienes se hallan asentados en el pedestal de la “perfección” -quienes se creen “justos”- no pueden sino mirar con desprecio a los “pecadores”. Sin advertir que en ellos mismos ha desaparecido la actitud más clara de madurez -o de perfección bien entendida-: la gratuidad. Por el contrario, quienes reconocen y aceptan su propia sombra no caerán en la trampa de creerse por encima de los demás. El autoconocimiento constituye, sin duda, la mejor escuela de humildad.

Quien sabe que todo es gracia, aun valorando el esfuerzo e incluso el mérito, no hace de estos el “ideal” de vida, sino que vive en apertura, disponibilidad y gratitud, sin apropiarse de algo que no es suyo.

La vivencia de la gratuidad es, al mismo tiempo, la fuente de la alegría. Alegría que desaparece cuando predomina la apropiación y la dinámica del ego. Y es sustituida por la sensación de carga, la tensión y, con frecuencia, por el resentimiento más o menos amargado.

Para quien recibe todo como regalo y aprende a vivir diciendo “” a la vida, se abre el manantial de la alegría y de la compasión. O, como dice Jesús, la “alegría en el cielo”.

¿Qué lugar ocupa la gratuidad en mi vida?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando todo está perdido, allí está Dios.

domingo, 11 de septiembre de 2022
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Rembrandt_Harmensz._van_Rijn_-_The_Return_of_the_Prodigal_SonDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Algunas notas previas.

– Estas tres parábolas constituyen el evangelio del Evangelio, el núcleo central del mensaje de Jesús, del cristianismo.

– Es un evangelio, es la buena noticia, dicha de tres modos distintos. Son las tres parábolas de la misericordia.

– Estas tres parábolas están tejidas de infinidad de aspectos, actitudes y todos muy valiosos. Las hemos meditado y podemos volver sobre estas parábolas mil veces en nuestra vida.

         Fijémonos hoy en el eje o esquema sobre el que están construidas las tres parábolas:

  • Alguien se pierde en la vida.
  • Un Dios que sufre hasta que encuentra lo perdido.
  • La fiesta, la alegría que causa el encuentro.

02.- Cuando nos hemos perdido

En la parábola del hijo pródigo: un padre tenía dos hijos. Dos fueron Caín y Abel: es decir, toda la descendencia de la humanidad.

         Nosotros podemos ser (¿somos?) la oveja que ha marchado del redil del pueblo, de la familia, de “nosotros mismos”. Podemos ser ese dracma que se ha desgajado de la iglesia, de la vida eclesial o de la familia, o que hacemos nuestra vida por libre en la comunidad. Tal vez somos seres humanos alejados de la humanidad, de la convivencia.

         Quién sabe si estamos perdidos en la vida: nuestra psicología se halla descolocada, podemos andar descentrados afectivamente, quizás no sabemos dónde pisamos ideológicamente, sin un “redil cristiano” o religioso habitable, tal vez vivimos a descampado sin poder asumir nuestras limitaciones, nuestras situaciones familiares. Quizás hemos perdido la ilusión y la esperanza; tal vez estamos perdiendo la salud, las facultades

03.-Cuando y donde todo está perdido, está Dios.

         Hay situaciones en la vida en las que “tocamos fondo” y no podemos salir: física, moral, psíquicamente nos podemos ver hundidos. En esa profundidad está Dios. Y Dios nos conoce en esos bajos fondos.

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
(Salmo 138)

Cuando todo está perdido, allí está Dios con nosotros. Y lo decisivo es que Dios esté con nosotros. Otras cuestiones eclesiásticas: litúrgicas, dogmáticas, etc., son de menor importancia.

El Dios de Jesús no se queda tan tranquilo ante nuestros hundimientos. Desciende hasta los infiernos para encontrarnos y rescatarnos. Esto es lo que significa que Jesús descendió a los infiernos, es decir: hasta las profundidades de la condición humana.

La actitud más genuina del Dios de Jesús es salir a buscar lo que estaba perdido.

No estamos muy acostumbrados a estas cosas en el catolicismo. Las actitudes han sido y son otras: de condenas eclesiásticas, castigos, excomuniones, descalificaciones, heterodoxias, etc.

Si queremos saber quién y cómo es el Dios de Jesús, es la parábola del Padre y del hijo pródigo (y el hermano mayor), Dios es el Buen pastor que nos busca siempre en la vida.

Humanamente cuanto más íntimo es algo que se pierde o que perdemos, mayor es el sufrimiento. Cuando nos perdemos, sufrimos nosotros, sufren quienes conviven con nosotros; y sufre Dios. Por eso Dios sale disparado al encuentro de la oveja, de la dracma, de su hijo (s) perdidoso (s). La actitud cristiana es salir al encuentro, buscar, acoger al que está sufriendo, al que está perdido.

La parábola la “preside” el padre, con bondad, amor y compasión. La parábola es un canto al amor de Dios hacia sus hijos perdidos. El amor del padre se dirige hacia el hijo perdido. El hijo mayor está en casa (planteará otros y más graves problemas). El Padre prefiere perderse él a perder un hijo. La presidencia en el cristianismo está en las búsquedas, en la alegría del encuentro, en el amor, no en el báculo ni en la mitra. A Dios no le cuesta ningún trabajo ser bondadoso ni perdonar.

El buen pastor busca la oveja perdida, las otras 99 están en el redil. Prefiere arriesgar su vida para encontrar lo que estaba perdido.

         El sufrimiento del Padre por un hijo perdido expresa el valor y amor que siente por cada ser humano. Un solo ser humano tiene un valor infinito para Dios.

         Y, sobre todo, en lo más profundo de nuestro interior, cuando nos podemos sentir “lejos de casa”, perdidos, quizás “medio muertos”, precisamente en esas situaciones, Dios está en nuestra profundidad.

04.-La memoria de los dos hijos respecto del Padre.

Los dos hijos guardan una memoria muy distinta del Padre.

El hijo perdido.

El hijo perdido / muerto (¿y quién no somos hijos pródigos y en situaciones de muerte?) recuerda a su padre como padre, aún en las situaciones más bajas y sombrías de su vida. En su memoria hay nostalgia de Padre:

¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre!…Padre, no merezco llamarme hijo tuyo…

El hijo perdido tiene el recuerdo de su buen padre. Siente pena en su interior.

El hijo pródigo comienza a preparar el examen de conciencia y va haciendo la lista de pecados: iré y le diré… Pero el Padre “no hace ni caso, le “tapa la boca”: se conmueve, le abraza y le devuelve a la vida: abrazos, túnica, sandalias, anillo, fiesta, ternero cebado, música…

La memoria del Padre es sanante, liberadora, este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida.

También nosotros podemos llegar a situaciones de muerte, a abismos profundos y no solamente por el pecado, sino también por los fanatismos que podemos ejercer o soportar, por la depresión, por las noches oscuras del alma, abatimientos, decepciones, por situaciones de odio, venganzas

La memoria -el recuerdo- del Padre abre horizontes, sana, devuelve a la vida..

La última palabra del Dios de Jesús (del cristianismo) es la bondad, la gracia. La realidad última y definitiva cristiana es la casa el Padre: la vida, la fiesta.

El hijo mayor.

l personaje trágico de esta parábola es el hijo mayor

Nunca llama padre a su padre.

Nunca llama hermano a su hermano: ese hijo tuyo…

No es el Padre, sino el hijo mayor quien condena a su hermano menor. (El Dios de Jesús no enjuicia a los “hijos perdidos”). La mirada que el hermano mayor dirige a su hermano pequeño es la de Caín a Abel, es la mirada de los hermanos mayores a su hermano pequeño, José, (que le venden).

         El hijo mayor se siente no un hijo, sino un asalariado de su padre al que éste, le debe pagar.

La memoria y recuerdo del hijo mayor es una memoria legalista y cumplidora, justiciera, super-religiosa, etc., pero no cristiana

El hijo mayor no quiere entrar en la fiesta de la bondad y de la vida. [2]

05.-Alegría y celebración del encuentro.

         Las tres parábolas, (el único evangelio) expresan alegría por encontrar lo que estaba perdido: ¡felicitadme! porque he encontrado la oveja perdida, el miembro de la comunidad, de la familia, de los amigos (dracma) perdido. Y por eso hay que celebrar una fiesta. El encuentro, todo encuentro entre personas es siempre motivo de paz, de serenidad, de alegría. Cuando un matrimonio se reencuentra, cuando un hijo vuelve a casa es motivo de gran alegría…

Cuanto más profundo e íntimo es aquello que hemos perdido y que encontramos, mayor es la alegría. Había que celebrar una fiesta.

06,- ¿Y entre nosotros?

         Nos hace falta recordar, memoria, la bondad de Dios.

La misericordia y bondad crea memoria sanante, cicatriza viejas heridas.

  • La memoria de los obispos, cardenales, curas y laicos contrarios y polémicos con el papa Francisco han perdido el norte de la bondad, de la misericordia, de los débiles, de los que sufren por un divorcio, etc.
  • En nuestra propia diócesis hemos vivido largos años sin misericordia ni bondad. Hemos visto decretos, ventas inmobiliarias, adoración al santísimo, viajes, pero no vemos alegría, ni encuentros, ni fiesta, ni paz. Hemos vivido la mentalidad del hijo mayor, pero hemos perdido la memoria del Padre, de la bondad, de la misericordia. Una diócesis en las que las relaciones las presidiera el Padre de la parábola, sería una iglesia muy distinta de la que conocemos. (No es lo mismo tener -o pretender tener- la razón a tener bondad en la vida). No sigamos cultivando una religión leguleya y farisaica.
  • Quiera Dios que quien haya de ser nuestro nuevo obispo crea en la actitud de estas parábolas y sea hombre de búsquedas, misericordia, hombre de encuentro, de alegría y celebración porque esta diócesis estaba medio muerta y ha vuelto a la vida.

 

Jesús comía con pecadores. La Iglesia de Jesús no es una comunidad de élite, de puritanos, de ultra-ortodoxos, sino una asamblea de gente perdida: pobres hombres y mujeres, separados y divorciados, impuros, pobres,

¡Cuando estamos perdidos es cuando más necesitados estamos del amor de Dios! Y Él no nos niega nunca su cercanía.

¿Va a resultar que lo eclesiástico dificulte o impida los acercamientos de Dios a quienes andamos perdidos en la vida?

Celebremos la Eucaristía, celebremos la vida porque estábamos perdidos y Dios nos ha encontrado y llevado a su casa.

[1] Nostalgia significa: dolor por la vuelta.

[2] El cuadro de Rembrandt sobre el esta parábola representa bien al hijo mayor a la puerta de casa, sin querer entrar.

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La madre siempre es memoria para los hijos

jueves, 8 de septiembre de 2022
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1322758554_madre_adolescente__crop_629x356_thDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Natividad de María, madre de JesuCristo.

En el NT, en los evangelios, no hay ninguna alusión al nacimiento de María, madre de Jesús.

María aparece en algunos momentos decisivos: nacimiento de Jesús, las bodas de Caná, (Jn 2). María está presente al pie de la cruz en la muerte de Jesús, (Jn 19). Por lo demás, María queda siempre en un discreto y creyente segundo plano. Se nos dice que María guardaba en su corazón todo lo que veía y vivía en su hijo, Jesús, ¡y lo meditaba! María pensaba y oraba.

No es crear fantasías pensar que María le daría más de cuatro vueltas en su cabeza y en su corazón a las actitudes, gestos y palabras de Jesús: discutiendo con fariseos, con la gente del Templo, acogiendo a enfermos, conviviendo con gente de “mal vivir”. María no entendería ni palabra a la Palabra, por eso meditaba y pensaba las cosas y por eso María llegó a la fe en su hijo. No es extraño que María llegara a conocer, reconocer y creer en su hijo. Se podría decir que María vive discreta y silenciosamente el camino a la fe en su hijo.

Nos lo pensamos y meditamos.

02.- Una madre (una familia) con entereza. (2 Macabeos)

El contexto de la primera lectura (2 Mac) se sitúa hacia el año 100 a.C., es decir, prácticamente en vísperas de JesuCristo.

Israel, el pueblo, estaba llegando a una fe clara en la “vida más allá” de esta vida, poco a poco, ya va tomando cuerpo la fe en la resurrección.

Políticamente Israel se encuentra bajo el dominio seléucida y los Macabeos [1], es decir, los soldados israelitas luchan contra el dominio opresor.

La cuestión de fondo del segundo libro de los Macabeos es que los soldados en el campo de batalla, tienen otra vida en el más allá.

En este marco, esta madre “¿coraje?” sostiene la fe y la esperanza de sus siete hijos que no se postran ante Antíoco Epífanes, ni traicionan sus costumbres, su tradición, su ley. Los siete hijos y la madre mueren por su ideal con la esperanza puesta en el Dios de la vida.

03.- Tres grandes instituciones en crisis.

Si miramos y analizamos nuestra sociología actual, podemos darnos cuenta de que las tres grandes instituciones encargadas de transmitir la tradición, la cultura, la identidad de una fe y de un pueblo, etc., las tres se encuentran en una profunda crisis: la Iglesia, la Familia y la Escuela (mundo de la educación).

La familia.

La madre es como el punto de referencia e identidad, como la memoria y el cordón umbilical en la transmisión de la fe. Pero la familia, en gran medida, se ha venido abajo. No es momento de juzgar ni de culpabilizar nada ni a nadie, pero las cosas son como son y están como están.

La visión de la familia, de la sexualidad, de los hijos es muy distinta a otros tiempos y hacen que la vivencia de la familia sea muy diferente a la de otros tiempos ni lejanos.

Naturalmente que también hoy hay madres y familias que cuidan y transmiten criterios, valores, ideales. Pero la familia, sociológicamente hablando, está como está.

La Iglesia

La Iglesia también va como va. Gracias a Dios, que parece estar cambiando el rumbo de las cosas, aunque en nuestra diócesis sigamos en posiciones ultramontanas, por lo que este sistema eclesiástico transmite poco -más bien nada- de la esperanza de aquella madre de los siete hermanos macabeos y poco o nada de la esperanza de María.

Podríamos pensar que la ultra-ortodoxia no significa que esté en posesión ni de la fe ni de toda la verdad. Los cañonazos doctrinales, causan brechas e incendios, pero no transmiten evangelio ni paz. La “construcción de la ciudad” y el evangelio están en otros esquemas de diálogo, libertad, escucha, hermenéutica, etc.

La escuela

Una universidad que se limite a transmitir conocimientos y no aborde y dé respuesta a los problemas de su tiempo, es un almacén, un hangar de datos o un bachiller a lo bestia, pero no una Universitas.

Pensemos si nuestras ikastolas, colegios, universidades transmiten, lo que aquella madre de los macabeos transmitía a sus hijos: la propia cultura, la fe, aquella madre infundía ánimo y esperanza a sus hijos.

         Tal vez María nos evoque que la vida está compuesta por otros y más importantes elementos de los que habitualmente barajamos hoy en la vida.

04.- María presente en el nacimiento de la Iglesia.

         La madre es siempre la memoria de la familia.

         En la tradición de San Juan, la Iglesia nace al pie de la cruz. Allí están presentes María (la madre) y el Creyente – Discípulo Amado- [2] (hijo).

         Si la Iglesia es algo, es la memoria presente de JesuCristo en esa comunidad que está al pie de la cruz: la madre y todos los “discípulos amados”. La Iglesia no es, -no debe ser- una institución doctrinalmente vociferante, sino la comunidad que al pie de la cruz acoge con la madre (memoria del Hijo) su Espíritu: Jesús inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), que no es entregar el alma a Dios, sino entregarnos su Espíritu a la Iglesia naciente.

María, la madre -como toda madre- es memoria, referencia hacia el Hijo.

María nos mantiene unidos en familia eclesial.

Ahí tenemos a nuestra madre.

[1] Macabeo significa soldado. El actual equipo de baloncesto de Tel aviv se llama: Maccabi: soldados.

[2] Discípulos amados somos todos.

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“ La Sagrada Escritura como fuente de vida y fecundidad cristiana”, por Consuelo Vélez

miércoles, 7 de septiembre de 2022
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De su blog Fe y Vida:

Septiembre, mes de la Biblia

«Todavía falta mucho para que la Sagrada Escritura sea un “alimento” central en la vida cristiana»

«Nuestras liturgias siguen manifestando que el clero es el que enseña y el laicado es el que aprende»

«Algunos programas teológicos, tienen más asignaturas sobre dogma y magisterio que sobre Biblia»

Septiembre se conoce como el mes de la Biblia, especialmente porque el día 30 se celebra la fiesta de San Jerónimo, quien fue el que tradujo la Biblia del hebreo, del arameo y del griego al latín, en el siglo IV, -versión que se conoce como la Vulgata (edición para el vulgo, para el pueblo)- posibilitando así que muchas más personas pudieran tener acceso a ella. Al recordar este hecho la pregunta que nos surge es sí, en realidad, la Biblia ha llegado “al pueblo”, si es parte de la espiritualidad cristiana y si constituye la referencia primera y fundamental de nuestra Iglesia.

En una mirada rápida y, tal vez, superficial, se respondería afirmativamente porque en la eucaristía ocupa un lugar central e incluso, en muchas celebraciones, se hace una entronización de este libro sagrado con mucha solemnidad. Además, muchos creyentes la tienen en su casa y muestran un respeto real hacia ella.

Pero si profundizamos un poco más, nos damos cuenta de que todavía falta mucho para que la Sagrada Escritura sea un “alimento” central en la vida cristiana. Todavía no se ha logrado -como tal vez lo han logrado más las iglesias cristianas no católicas- que el creyente lea la biblia, la medite, se deje interpelar por esa palabra, encuentre en ella la fuerza y orientación para su vida.

Hay varias causas que podrían explicar este poco acercamiento de los creyentes a la Biblia. Nombremos algunas a manera de propuesta de reflexión, sin tener la total certeza de que esas sean las razones más claras que lo expliquen.

Comencemos fijándonos en la liturgia. El único que proclama el evangelio y lo explica es el ministro ordenado. El resto del pueblo de Dios escucha -cuando no se distrae lo cual es fácil en situaciones de solo escucha- y no tiene ninguna posibilidad de establecer un diálogo frente a lo que escuchó y mucho menos de compartir lo que ese texto le dice. En otras palabras, nuestras liturgias siguen manifestando que el clero es el que enseña y el laicado es el que aprende. Así lo determina la liturgia actual y no será este comentario el que la cambie. Pero conviene pensarlo para propiciar, algún día, cambios que son necesarios porque en la medida que tomemos conciencia de lo que vivimos, podremos empujar para que las cosas cambien.

Si nos fijamos en las prácticas de oración que la iglesia fomenta mayoritariamente, estas consisten en realizar novenas, rosarios, procesiones, adoraciones al santísimo, etc. Todas estas prácticas son valiosas y ayudan a sostener la fe de las personas. Pero en estas prácticas no está muy incorporada la Sagrada Escritura. Parece que da tranquilidad el saber que se cumplió con los pasos que se proponen para rezar una novena, por ejemplo, y esto es suficiente.

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Una semana para descubrir la «inagotable fuente de sentido» de la Biblia.

Lo anterior no quiere decir que, algunas personas no oren con el texto bíblico, pero no es una oración que se fomente con la intensidad con la que se insiste en las otras prácticas. La meditación de la Sagrada Escritura es más propia de la vida religiosa o de alguna porción del laicado que comparte la espiritualidad de una congregación religiosa, pero no para el conjunto del pueblo de Dios que acude a la parroquia y a las celebraciones litúrgicas.

Otra realidad que también acompaña a la Iglesia católica es que a veces se le ha dado más importancia al magisterio que a la Sagrada Escritura. Muchas veces las predicaciones se centran en la doctrina -reforzándola con lo dicho por el magisterio- más que en el anuncio de la Buena Noticia que trae la Palabra de Dios. De hecho, el papa Francisco insistió en la Exhortación Evangelii Gaudium (2013) que “el texto bíblico debe ser el fundamento de la predicación” (n. 146). Bien sabemos que muchas homilías son más “moralistas y adoctrinadoras” (n. 142), que un diálogo entre Dios y su pueblo. Vaticano II afirmó que la Biblia “es el alma de la teología” (Optatam Totius n. 16) y, sin embargo, algunos programas teológicos, tienen más asignaturas sobre dogma y magisterio que sobre Biblia.

Como podemos ver, es difícil el camino que hemos de recorrer para que la Sagrada Escritura pueda ser esa palabra rica, capaz de alimentar, sostener, animar la vida creyente; pero precisamente esa es la tarea que podemos seguir impulsando al conmemorar el mes de la Biblia. El texto del profeta Isaías (55, 10-11) nos ayuda a pensar en la manera como la palabra de Dios actúa en la vida cristiana: “como desciende la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié”.

¿Es la Biblia «Palabra de Dios»?

Ahora bien, no olvidemos que la biblia hay que interpretarla adecuadamente para no hacerle decir lo que no dice. En eso tanto católicos como cristianos no católicos tienen mucho que aprender. Abunda el “fundamentalismo” en la lectura bíblica. La Palabra de Dios ha de interpretarse y por eso es necesario hacer mínimo dos preguntas: ¿qué quiso decir el texto bíblico en el contexto en el que se escribió? y ¿qué quiere decirnos hoy para nuestro contexto? No podemos olvidar los géneros literarios en los que fue escrita la biblia, las condiciones socio culturales del tiempo en el que se escribió que no corresponden a las nuestras y, de ahí, la necesidad de una interpretación adecuada.

Busquemos, entonces, fortalecer nuestra vida cristiana con el contacto asiduo, directo, constante con la Palabra de Dios. Deseemos aprender a interpretarla. Pongamos los medios para ello. Esto redundará en frutos de vida y vida en abundancia (Jn 10.10) porque la palabra de Dios interpela, renueva, consuela, anima, desinstala, impulsa, en otras palabras, mantiene la vitalidad de nuestro amor a Dios y al prójimo, razón de ser de nuestra vida cristiana.

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En septiembre, Verbo Divino invita a hacer un recorrido por la Biblia a través de treinta libros

miércoles, 7 de septiembre de 2022
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4D138C6D-A9D3-4249-8303-6B5C5693C3B4Septiembre, un recorrido por la Biblia

Este año queremos dedicar la celebración de SEPTIEMBRE, MES DE LA BIBLIA a hacer un recorrido por una selección de 30 libros de la Biblia y redescubrir desde ellos el atractivo de la Palabra de Dios

Dedicaremos cada día del mes a un libro bíblico sirviéndonos del contenido de la Guía joven de la Biblia

La Guía joven de la Biblia es una obra que, como su nombre indica, trata de ayudar a los jóvenes —y a todas las personas con espíritu joven— a descubrir la Biblia y, sobre todo, su mensaje

(Editorial Verbo Divino).- La Biblia es el fundamento de la vida espiritual de los creyentes y la Iglesia se fortalece cuando la escucha, medita, celebra y estudia. Por ello, este año queremos dedicar la celebración de SEPTIEMBRE, MES DE LA BIBLIA a hacer un recorrido por una selección de 30 libros de la Biblia y redescubrir desde ellos el atractivo de la Palabra de Dios. En definitiva, pretendemos favorecer la confianza y familiaridad con la Biblia de manera que estemos más preparados y que la Palabra ocupe el centro de la vida eclesial.

Dedicaremos cada día del mes a un libro bíblico sirviéndonos del contenido de la Guía joven de la Bibliaobra de la que tomaremos algunos retazos de sus explicaciones, fotos, reflexiones y otras claves que ayudarán a identificar en las páginas sagradas la historia de la propia vida con sus interrogantes, anhelos, limitaciones, respuestas a tantos interrogantes, mensajes y enseñanzas para la vida.

La Guía joven de la Biblia es una obra que, como su nombre indica, trata de ayudar a los jóvenes —y a todas las personas con espíritu joven— a descubrir la Biblia y, sobre todo, su mensaje, con un diseño en el que se ha dado gran importancia al aspecto gráfico, tan importante en nuestros días, como una pantalla para hacer más atractivos sus profundos contenidos, redactados en un lenguaje claro y ameno.

Este libro está disponible en formato digital y en papel. Para la compra del libro en formato papel ofrecemos el 10% de descuento durante el mes de septiembre, utiliza el código de descuento: 10JOVEN.

Y para acceder a las fichas…

¡Apúntate a hacer este recorrido!

 

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“Seguidores lúcidos”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 4 de septiembre de 2022
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072D80F3-164B-4A90-83F4-02044769141AEs un error pretender ser «discípulos» de Jesús sin detenernos a reflexionar sobre las exigencias concretas que encierra seguir sus pasos y sobre las fuerzas con que hemos de contar para ello. Nunca pensó Jesús en seguidores inconscientes, sino en personas lúcidas y responsables.

Las dos imágenes que emplea Jesús son muy concretas. Nadie se pone a «construir una torre» sin reflexionar sobre cómo debe actuar para lograr acabarla. Sería un fracaso empezar a «construir» y no poder llevar a término la obra iniciada.

El Evangelio que propone Jesús es una manera de «construir» la vida. Un proyecto ambicioso, capaz de transformar nuestra existencia. Por eso no es posible vivir de manera evangélica sin detenernos a reflexionar sobre las decisiones que hay que tomar en cada momento.

También es claro el segundo ejemplo. Nadie se enfrenta de manera inconsciente a un adversario que le viene a atacar con un ejército mucho más poderoso sin reflexionar previamente si aquel combate terminará en victoria o será una derrota. Seguir a Jesús es enfrentarse con los adversarios del reino de Dios y su justicia. No es posible luchar a favor del reino de Dios de cualquier manera. Se necesita lucidez, responsabilidad y decisión.

En los dos ejemplos se repite lo mismo: los dos personajes «se sientan» a reflexionar sobre las exigencias, los riesgos y las fuerzas con que cuentan para llevar a cabo su cometido. Según Jesús, entre sus seguidores siempre será necesaria la meditación, el debate, la reflexión. De lo contrario, el proyecto cristiano puede quedar inacabado.

Es un error ahogar el diálogo e impedir el debate en la Iglesia de Jesús. Necesitamos más que nunca deliberar juntos sobre la conversión que hemos de vivir hoy sus seguidores. «Sentarnos» para pensar con qué fuerzas hemos de construir el reino de Dios en la sociedad moderna. De lo contrario, nuestra evangelización será una «torre inacabada».

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 4 de septiembre de 2022. 23º Ordinario

domingo, 4 de septiembre de 2022
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48-ordinarioC23 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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Dom 4.10.22 Quien no renuncie a todo no puede ser mi discípulo

domingo, 4 de septiembre de 2022
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asurbanipalDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 23. Tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 14, 25-33. Los hombres necesitan dinero y medios para conseguir sus objetivos: Ganar guerras, conquistar castillos enemigos. Jesús, en cambio, promueve otro tipo de campaña y sólo quien renuncia a todo tipo de ganancia  puede ser discípulo suyo.

            El texto no necesita muchas aclaraciones Principio y final se corresponden (hay que renunciar a todos para seguir a Jesús). En medio quedan los ejemplos de contraste (una torre un rey).

Lucas 14, 25-33.

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Principio. Dejar todo, todo, todo

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

            Así solía decir Juan de la Cruz: nada, nada, nada… Nada de familia, nada de uno mismo, en pura cruz. Nada de nada, para poder tenerlo luego todo, pero de otra forma: en gratuidad compartida, en libertad gozosa. Nada de nada, para poder disfrutarlo todo (padre y madre, mujer e hijos…), para disfrutar de sí mismo (¡negarse a sí mismo, para así poder gozarse!). Éste es el camino. Vivimos sobre una tierra donde queremos gozar teniendo, poseyendo, con una familia “exclusiva”, hecha de egoísmo, con un deseo que nos cierra en nosotros mismos… Sólo una cruz que rompe ese “cierre” egoísta puede abrirnos al todo.

Primer contraste, la torre

e41b536895224f2c8f0878d7bb81382aAsí, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            Somos constructores de torres, desde el gran relato de Babel (cf. Gen 10). Cada uno hace su torres, todos juntos queremos hacer la gran torre de la cultura mundial capitalista, que se cuente y mide con dinero. Pero ¿tenemos dinero suficiente para hacer una torre donde resguardarnos para siempre? ¿Nos podemos salvar por lo que hacemos? La vieja tierra está llena de ruinas de torres caídas. Entre ellas caminamos, sin darnos cuenta de que caerá pronto la nuestra.

Segundo contraste, el rey que va a la guerra

7E333A6D-460D-4D69-89E9-795F8524B1A5¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Aquí no se habla sólo de reyes lejanos, emperadores, monarcas, presidentes de grandes naciones o multinacionales, siempre en guerra. Aquí se habla de nosotros: queremos ganar a los demás, cada uno nuestra guerra y después la guerra de nuestros grupo (los blancos, colorados, mikeletes o marines…). Todos queremos hacer la guerra pensando que así podremos mantenernos.

Final. Renunciar a todo

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Ésta es la torre de Jesús, ésta su guerra: no necesita nada más que el amor de la gente, el amor y la vida de aquello que saben renunciar a todo… Sólo así, cuando no se apegan a nada, cuando no quieren nada para sí mismos pueden tenerlo todo… buscando el Reino, que es don y regalo, que es gracia…

            Jesús no pone ninguna condición (saber latín, hacer teología…), no quiere gente que tenga carreras ilustres (para hacer torres, para ganar guerras…). Quiere gente que sea capaz de renunciar, de de-construir torres, de de-sertar de guerras… Gente que renuncie a todo en amor, para tener todo, de forma distinta, en amor de Reino.

SEGUNDA PARTE (Lc 14,28‒33). EL PROYECTO DE JESÚS

  Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22):

 ¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión. El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los casos anteriores(más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino).

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 4 de septiembre de 2022
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852215AD-98BF-4568-9778-67D5020A4886Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quede completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún que ésta. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico es pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

La multitud y los discípulos

            Para entender el evangelio de hoy es importante distinguir entre estos dos grupos. El evangelio de Lucas habla a menudo de la multitud de gente que acude a escuchar a Jesús (5,1.19) y a ser curados (5,15); vienen de todas partes (6,17), lo acompaña a Naín (7,11), lo siguen al zonas descampadas (9,14), lo siguen a miles (12,1). A estas personas les interesa lo que Jesús dice y hace, se benefician de su enseñanza y sus milagros. Pero nada más.

            Existe otro grupo mucho más reducido, el de los discípulos. El término se aplica generalmente a los Doce; pero otras veces se habla de un gran número de discípulos (6,17; 19,37), y de este grupo más amplio escoge a setenta y dos para enviarlos de misión (10,1).

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús sin ser discípulos suyos: En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús. Es posible que por la mente de alguno de ellos pase la idea de entrar a formar parte del grupo de los discípulos. Jesús, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

            Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

            Dijo a sus padres: No os hago caso;

            a sus hermanos: No os reconozco;

            a sus hijos: No os conozco.

            Cumplieron tus mandatos

            y guardaron tu alianza.

             (Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

            ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.”

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

            Por consiguiente, antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo. Evidentemente, Jesús no se parecía en nada a esos directores espirituales que animaban a los y las jóvenes a entrar en el seminario o el noviciado sin pensarlo seriamente.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al joven rico (aunque Lucas lo presenta como un jefe): Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme.      Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

   Mientras iban de camino, uno le dijo:

   ‒ Te seguiré adonde vayas.

 Jesús le contestó:

  ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

A otro le dijo:

   ‒ Sígueme.

 Le contestó:

    ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

   Le replicó:

    ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

 Otro le dijo:

    ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

 Jesús le replicó:

 ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente sí tuvieran que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, y en la que los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús supuso en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, e incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, un padre de la Iglesia que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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XXIII Domingo Ordinario. 4 septiembre, 2022

domingo, 4 de septiembre de 2022
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“Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:…”

(Lc 14, 25-33)

Renunciar, no está de moda, ni mucho menos. Es una palabra que no resuena bien en nuestro interior y por tanto no la utilizamos en nuestras conversaciones. Parece que el hecho de renunciar a algo es similar a perder la libertad, esa que te permite hacer lo que quieres, sientes o piensas. Sin embargo cada día hacemos renuncias, aunque no pongamos atención en ellas o no las consideremos importantes. De hecho, por aquello de que todo el mundo lo hace, nos conformamos con seguir inercias que nos vacían o nos hieren profundamente. Lo diferente asusta, llama la atención, crea crítica y provoca nerviosismo….

Pero Jesús nos habla de renuncia en el Evangelio. No lo dice de pasada, se detiene, se vuelve a quienes le siguen, hacia quienes le queremos seguir, y, con claridad, explica lo que significa el seguimiento. Habla a mucha gente y no se deja seducir por los números, no pone “paños calientes” a la multitud. Invita a cambiar sus esquemas y a tomar una decisión, a re-enunciar, o re-elaborar, o re-pensar las relaciones, la  propia vida, las posesiones… para poder ser discípulo o discípula en verdad y autenticidad.

Llama la atención cómo este texto tan incisivo llega hasta nuestros días, a nuestra cultura, fresco como una lechuga; lo entendemos perfectamente, no hacen falta interpretaciones. Lo que sí hace falta es tomar esa decisión que te hace doblar la espalda para tomar la propia miseria, y con ella, ponerse en camino.

El primer paso es desearlo:

¿Quieres ser discípula de Jesús? ¿Reorientar tu vida, tus afectos, tus bienes tu todo hacia su Todo?

Oración

Para este camino una oración de la Madre Teresa de Calcuta:

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor a ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada…

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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No podemos caminar en dos direcciones.

domingo, 4 de septiembre de 2022
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Lc 14,25-33

Sigue en camino hacia Jerusalén y Jesús advierte a la multitud, que le seguía alegremente, de las dificultades que entraña un auténtico seguimiento. Les hace reflexionar sobre la sinceridad de su postura. Solo en el contexto del seguimiento de Jesús, podemos entender las exigencias que nos propone. Hace unos domingos, Jesús decía al joven rico: Si quieres llegar hasta el final… Hoy nos dice: si no piensas llegar hasta el final, es mejor que no emprendas el camino. Si no eres capaz de concluir la obra has fracasado. Si decides caminar con él, deja de caminar en otra dirección.

Una de las interpretaciones equivocadas de este radicalismo, es entender el mensaje como dirigido a unos cuantos privilegiados, que serían cristianos de primera. Jesús no se dirige a unos pocos, sino a la multitud que le seguía. Pero lo hace personalmente. “Si uno quiere…” La respuesta tiene que ser también personal. No hay cristianismo a dos velocidades; una la de los clérigos, y otra la de los laicos. Esta visión no puede ser más contraria al mensaje. Todos los seres humanos estamos llamados a la misma meta.

No se trata de machacar o anular el instinto (es lo que hemos predicado con frecuencia). Sería una tarea inútil porque el instinto es anterior a mi voluntad y escapa a su control. Se trata de que el instinto no sea manipulado por la voluntad, torciéndolo hacia una chata obtención de placer o seguridades. El fin que el instinto quiere garantizar es bueno en sí. El placer que ha desplegado la evolución es un medio para garantizar el objetivo. Si nuestra voluntad convierte el placer en fin, estamos tergiversando el instinto.

Tres son las exigencias que propone Jesús: .- Posponer a toda su familia. .- Cargar con su cruz. .- Renunciar a todos sus bienes. Las tres se resumen en una sola: total disponibilidad. Sin ella no puede haber seguimiento. No es fácil entender bien lo que Jesús propone. La manera de hablar nos puede despistar. En una lengua que carece de comparativos y superlativos, tiene que valerse de exageraciones para expresar la idea. Lo notable es que se haya mantenido la literalidad en el texto griego, que dice “misei” = odia, aborrece, ten horror. No podemos entenderlo al pie de la letra.

Tampoco podemos ignorarlas. Son como los famosos “koan” del zen. Tienen que hacernos trascender la formulación y meternos por el camino de la intuición. Fallamos estrepitosamente cuando queremos comprenderlas racionalmente. La verdad que quieren trasmitir no es una verdad lógica, sino ontológica. No podemos entenderla con la razón, pero podemos intuir por dónde van los tiros. Para la primera exigencia la clave está en: “incluso a sí mismo”. El amor a sí mismo puede ser nefasto si se refiere al falso yo que lleva al egoísmo. El ego tiene también su padre y su madre, sus hijos y hermanos.

El amor a la familia puede ser la manifestación de un egoísmo amplificado, que busca afianzar el individualismo en los “yoes” de los demás. Lo que se busca en ese amor es mi egoísmo, sumado al egoísmo de los demás. Ese yo ampliado es mucho más fuerte y asegura mejor el pequeño yo de cada uno. El seguir a Jesús está basado en el amor. Pero el amor que nos pide no está reñido con el verdadero amor al padre o a la madre. Si el seguimiento es incompatible con el amor a la familia es que ese amor está mal planteado. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más también a nuestros familiares.

Otro problema muy distinto es que ese seguimiento provoque en los familiares la oposición y el rechazo, como le pasó al mismo Jesús. Entonces no se puede ceder a las exigencias del instinto, porque está maleado. Si los familiares, muy queridos, te quieren apartar de tu verdadera meta, está claro que no puedes ceder. El hombre alcanza su plenitud cuando despliega su capacidad de amor, que es lo específicamente humano. Este amor no puede estar limitado, tiene que llegar a todos. Por eso, el profesar un verdadero amor a una persona no puede impedir ni condicionar la entrega a otros.

Cargar con la cruz hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Jesús va a Jerusalén precisamente a ser crucificado. No olvidemos que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y la tienen siempre presente. Está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús, todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo.

Renunciar a todos sus bienes. Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran a disposición de todos lo que tenían. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos. Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo puede ser causa de miseria para otros.

Debemos aclarar otro concepto. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos hablando de renuncia, es que no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser. Jesús vivió esa exigencia. La profunda experiencia interior le hizo comprender a dónde podía llegar el ser humano si despliega todas sus posibilidades de ser. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación. Jesús nos indica el camino mejor.

En cuanto a las dos parábolas, lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir. Preferir el hedonismo es un error de cálculo. Las parábolas quieren decirnos que se trata de la cuestión más importante que nos podemos plantear, y no debemos tratarla a la ligera. Para que un avión despegue debe alcanzar una velocidad crítica. Si no la consigue, seguirá rodando por la pista indefinidamente. Es lo que hacemos nosotros.

Antes de poner los cimientos de un edificio debemos calcular si podré terminarlo con los medios que tengo. Si no me alcanza, es mejor que no empiece a construir porque será perder lo que tengo. Si declaro la guerra a otro y no calculo bien mis fuerzas, está claro que el que va a salir perdiendo soy yo. Los cristianos nos conformamos con rodar y rodar por la pista sin darnos cuenta de que estamos haciendo el ridículo. Estamos diseñados para despegar. Si nos conformamos con rodar, nuestro diseño no ha servido para rada. Bien entendido que lo logrado no va ser el resultado de nuestro esfuerzo.

Meditación-contemplación

Jesús no impone nada, simplemente propone.
Las condiciones no las impone él:
son exigencia de la misma naturaleza humana.
Solo la sabiduría puede llevarme a la meta.
Mientras no alcance esa luz, andaré dando tumbos.
Descubierto el tesoro, todo lo demás pierde valor.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Reino tiene un precio.

domingo, 4 de septiembre de 2022
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Lc 14, 25-33

«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se alcanza con gente tibia y poco comprometida, sino con personas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.

Y visto desde esta perspectiva, el texto de Lucas se entiende mucho mejor. En él se nos dice dos cosas importantes: una, que la búsqueda del Reino es lo primero —por delante de lo más querido por nosotros, como es la familia—, y la otra, que quien acepta la misión debe medir bien sus fuerzas porque éste es un camino que acarrea renuncias y sacrificios.

Tradicionalmente se ha entendido que esa renuncia debía estar basada en el esfuerzo ascético, pero una lectura rigurosa del evangelio nos dice que la cosa es justo al revés; que no se trata de dejarlo todo a base de fuerza de voluntad con la esperanza de encontrar el tesoro, sino de encontrar el tesoro y renunciar a todo lo demás porque todo lo demás ha perdido su valor a nuestros ojos. Como decía Ruiz de Galarreta: «No es primero la renuncia para llegar a la alegría: es primero la alegría, y de ella se derivan las renuncias».

Pero el camino que propone Jesús tiene dos obstáculos imponentes. El primero es encontrar el tesoro, porque el mundo nos propone otros tesoros mucho más palpables que lo ocultan. El segundo es tener el valor necesario para aceptar la apuesta. Podemos estar convencidos de que su propuesta es nuestra mejor opción de felicidad, pero carecer del valor necesario para atrevernos a iniciar el camino que nos propone.

Hay un hecho que juega a nuestro favor, y es ver que las personas que sí se han atrevido, no sienten las renuncias como tales, sino como liberación. Porque el Reino nos invita a renunciar a lo que no merece la pena; a lo que estropea nuestra vida. Nos invita a no conformarnos con poco, nos invita a la plenitud, a saberse querido por Dios, a ser conscientes de nuestra misión, a convertirnos en protagonistas de la aventura humana, y, en definitiva, a encontrar el sentido profundo de nuestra vida.

Pedro, Santiago, Juan, María Magdalena… fueron sus primeros seguidores, y el evangelio muestra su proceso de conversión: le conocieron, quedaron fascinados por él, y solo después, lo dejaron todo y le siguieron. Lo primero es conocerle y fascinarse, no hay otro camino, pero hoy Jesús es un valor a la baja del que es difícil oír hablar (y mucho menos oír hablar con rigor) ni siquiera en las eucaristías; y no digamos en otros foros cristianos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Dejad de poseer.

domingo, 4 de septiembre de 2022
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cruz-recordatorio-padre-nuestro-1-153Lc 14, 25-33

Quisiera iniciar mi comentario refiriéndome, por un momento, a la segunda lectura de este domingo.

Filemón 1, 15-1… Si te dejó por algún tiempo fue tal vez para que ahora lo recobres definitivamente, y no ya como esclavo, más que como esclavo, como hermano querido…

La lectura del evangelio, reforzada por las líneas de la carta de Pablo a Filemón, es un grito profético, que parece lo estoy oyendo desde los bosques ardiendo, desde las inundaciones, desde las guerras…

Y ese grito es un imperativo, que denota urgencia, inminencia, necesidad: DEJAD DE POSEER para tratar a todas, a todos, a Todo lo creado, no como esclavos, sino como hermanas y hermanos queridos.

Así nos hablan los profetas del medio ambiente sobre la situación del Planeta. La Tierra está enferma, nos está diciendo que tiene una fiebre alta, y eso es malo, muy malo, para la vida.

La causa de la infección es el ego; ese ego que busca poseer personas y cosas, y que trata a la naturaleza de forma posesiva, arrancándole la vida, como una violación de sus derechos básicos, sin ningún tipo de relación de intimidad, de complicidad. La trata como si fuese de su propiedad, como si la poseyera, como si fuera su esclava.

Pablo nos dice en este precioso texto donde vemos como el cristianismo está aboliendo la esclavitud, algo que no podemos obviar, que el rico Filemón, dueño de Onésimo es invitado a recibirle ahora como a hermano querido. Menudo cambio: de esclavo a hermano querido.

Nos dicen los profetas del Planeta que así es como tenemos que cambiar individualmente y como colectivos: tratar a las personas y a la Tierra, al agua, los bosques, de usarlos a relacionarnos familiarmente con ellos. Ese cariño que se fragua en una relación lo opuesto a posesiva: relación de igualdad, de respeto, de diálogo… es el medio, la herramienta que sana todas las distancias y diferencias, y nos hace ser y tratarnos de diferente manera.

Parece que algo de esta relación más cercana, ya se ha obtenido con los animales domésticos, pero no deja de haber una búsqueda de beneficio propio siempre.

Si así tratáramos al Planeta, al mundo vegetal, al mundo de las aguas, cada vez más escasas, a los mares y océanos en estado febril, todo sería diferente.

¿Y si así se tratara a la mujer? El eje del Planeta volvería a su Centro, la armonía dentro de la diversidad se haría una realidad. El Reinado de Jesús emergería con toda su fuerza, y a ello nos invita el Evangelio de hoy, tantas veces interpretado erróneamente.

En el fondo nos dice una cosa: en caso de conflicto de intereses en tu vida, en tus decisiones, siempre tiene que prevalecer la adhesión a Jesús. Y esta, por encima de la familia, siempre interesada, también por encima de tus intereses personales, ya que esa adhesión es la garantía para la igualdad, la justicia respetuosa.

Vivimos en una cultura occidental cristianizada culturalmente pero no en el corazón. Por eso seguimos tolerando, con cierta indiferencia, las desigualdades.

Hace años, una mujer latinoamericana muy comprometida y formada nos comentó a un grupo de mujeres preocupadas por la desigualdad infinita de la mujer en la iglesia, que la teología de la liberación no había progresado en LA porque de fondo el varón seguía siendo exasperadamente machista, poseedor de su mujer… Dijo ella, conocida de todos, pero por respeto no citaré su nombre: en las reuniones, en la calle, en los textos, todo era igualdad, pero cruzando la puerta de casa, la mujer “seguía siendo propiedad del varón, de hecho”.

También este es el trato que se le ha dado, y se sigue dando a la Tierra: es “mía”, la puedo explotar, contaminar, cementar, no cuidar.

¿Queremos acabar con la injusticia? Dejemos de “poseer”. Y así, como Pablo le invita al rico Filemón, quien entre líneas, parece decirle: deja de creer que porque compartes tus bienes eres bueno, más bien, empieza a tratar al que era tu esclavo como a un hermano querido, y yo creo que Jesús añadiría, y entonces, serás discípulo mío.

Y si al esclavo añadimos la esclava, el panorama se abre como un abanico inabarcable de rostros de mujeres a nuestro alrededor, que nosotros, los seguidores de Jesús, todavía tenemos que mirar y valorar de modo distinto: la chica de la limpieza, la señora que cuida a mi madre, las mujeres africanas y afganas, las ucranianas…no son de otra pasta, son mi hermana, y tienen sentimientos y necesidades y añoranzas, mucha añoranza de su país, de sus hijos, de sus raíces, de vivir en su casa y no en la de los ancianos que cuidan, de cuidar de su madre y no de la mía… pero como dicen ellas “no me queda otra”.

Pero a nosotros nos cuesta verlas como a nuestras hermanas queridas.

Si dejamos de “poseer” el rango que nos auto adjudicamos por ser Europeos, o blancos, o cultos…y compartimos lo que somos y tenemos, empezaremos a ver hermanas y hermanos. Y seremos discípulas. Sí, entonces Jesús nos invitará a ser del grupito que “lo va pillando” para que siga su mensaje y su persona viva, a través de nosotros, en el tiempo y en todo lo que está vivo.

Hoy Jesús nos mueve a preocuparnos también por tantas jóvenes, que por lo menos en Europa, vemos desconcertados por ese cambio tan radical de paradigma, de realidad, que hace que su futuro, incluso su vida en el Planeta se vea cuestionada, algo que los que tenemos ya unos años, jamás cruzó por nuestra mente.

Las estadísticas dicen que en España se han triplicado los suicidios e intentos de suicidio estos últimos años en mujeres jóvenes. ¿Por qué? Estas personas tienen un panorama nada fácil a nivel laboral, a nivel profesional, a nivel religioso. Hay que proponer nuevos paradigmas, y apoyarlos, con sus proyectos y procesos, antes de que sea demasiado tarde.

¿Podemos decir que la fiebre de la Tierra, es paralela a la inestabilidad que las mujeres con futuro experimentan? Ambas realidades son consecuencia de un mundo entendido con mente de varón, donde lo que importaba era la productividad. También por una Iglesia que margina a la mujer y donde la espiritualidad no es una buena invitada. No en formas y lenguaje de hoy.

Hermana querida Tierra y generación de jóvenes adultas, quisiéramos poder decir “contad con nosotras”.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

 Fuente Fe Adulta

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¿Desde dónde tomar las decisiones?

domingo, 4 de septiembre de 2022
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1088268B-0C4B-4D1B-A63B-7C6FC1B4B730Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

4 septiembre 2022

Lc 14, 25-33

La invitación evangélica a hacer “cálculos” lúcidos antes de emprender una acción importante -esa es la tarea del discernimiento- me lleva a plantear la cuestión acerca de la toma de decisiones.

En principio, una decisión puede nacer de tres lugares diferentes: de las necesidades, del superyó o de la docilidad a lo que la vida quiere vivir en nosotros.

Las necesidades son una llamada a decidir. Pero, entre ellas, podemos distinguir las “normales” (adecuadas) y las desproporcionadas. Alimentarse, protegerse, cuidar la integridad psíquica, etc., pertenecen a las primeras. Acumular sin medida, buscar el aplauso de los demás o pretender imponerse a ellos son ejemplos de desproporción. Sin duda, la desproporción hará que las decisiones tomadas desde ella sean erradas porque, más allá de la intención con la que se hagan, nacen de una mentira.

Las decisiones pueden nacer también del superyó, es decir, desde una instancia moralista, previamente internalizada, que se expresa en constantes “deberías”. También en este caso nacerán viciadas, ya que conllevan un componente de alienación: la persona, aun sin ser consciente de ello, queda alienada a exigencias externas. Siguiendo imperativos provenientes de algún tipo de autoridad -parental, social, religiosa…-, la persona termina desconectada de sí misma: son otros los que han decidido por ella y en su lugar.

Las decisiones acertadas nacen de la docilidad a la vida. En cierto sentido, puede decirse que “pasan” a través de nosotros, pero tienen su origen “más allá” de nosotros. Dicho con más precisión: no soy yo quien elige; elige la vida. Lo que a mí me toca es decir “” y fluir con ella.

A primera vista y a falta de experiencia en ello, alguien podría decir que nos hallaríamos ante otra alienación: al final, no decido yo. Sin embargo, la comprensión nos permite ver que la vida no es “algo” al margen de nosotros, sino que constituye nuestra verdadera identidad. De ahí que ser dóciles a la vida, entregarnos a ella, es identificarnos con lo que realmente somos. No elige el yo que, erróneamente, creemos ser, sino la vida que somos.

Es cierto que también aquí cabe el engaño: alguien puede pensar que es la vida quien decide cuando, en realidad, se trata de una elección egocéntrica. El criterio que puede ayudarnos a superar tal tipo de trampas se llama desapropiación. Advierto que es la vida la que decide porque en la decisión no busco apropiarme de nada, sino que, más bien al contrario, solo pretendo ser dócil.

Cuando se recibe el regalo de la comprensión, se advierte que ya no «se toman» decisiones; no hay nada que decidir: es la vida la que decide. Solo queda decir “sí”. En ese momento, la pregunta que surge no es: “qué quiero vivir” o “qué le pido a la vida”, sino “qué quiere la vida vivir en mí”.

¿Confío en la sabiduría de la vida y me ejercito en vivir diciendo sí?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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María Magdalena: pionera de la igualdad.

jueves, 1 de septiembre de 2022
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41B6A585-F775-4646-B032-C47BCF42AEC6Del blog de Juan José Tamayo:

«Tenemos una tarea urgente: despatriarcalizar a Dios, a Jesús de Nazaret y a las organizaciones cristianas»

Durante las últimas décadas se está produciendo un fuerte movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas de la biblia cristiana, que leen los textos en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras

Fue precisamente esa corriente que pretendía emanciparse del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como discipulado igualitario de hombres y mujeres, en el que estas ocuparon un lugar central y no puramente periférico

Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal

Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a anunciar la resurrección

El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias

María Magdalena nos convoca el 22 de julio, día de su fiesta, a un gran encuentro contra las brechas de la desigualdad cada vez mayores entre el Norte Global y el Sur Global y los dualismos excluyentes, por la sororidad-fraternidad eco-humana y la  ciudada-nía y cuidada-nía entre los seres humanos y la naturaleza con capacidad para superar las discriminaciones e injusticias de género y de todo tipo que destruyen  el tejido eco-social. Con motivo de tan importante efeméride voy a hacer una reflexión sobre la figura de María Magdalena, la otra Magdalena desconocida, olvidada, maltratada, a quien defino como “pionera de la igualdad (no clónica)”.

Durante las últimas décadas se está produciendo un fuerte movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas de la biblia cristiana, que leen los textos en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras, que llevan a cabo una reconstrucción antipatriarcal de los primeros siglos del cristianismo, y de la teología feminista, que hace unalúcida y certera hermenéutica de la sospecha de los textos patriarcales. Papel fundamental han desempeñado en esta recuperación los evangelios de carácter gnóstico, entre los que cabe citar el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de María y Pistis Sophia.

El movimiento igualitario de Jesús de Nazaret

Las actuales investigaciones sociológicas, de historia social, antropología cultural y hermenéutica feminista sobre los orígenes del cristianismo sitúan el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo del siglo I, junto con los esenios, terapeutas, penitenciales y otros. Lo ubican asimismo dentro de los movimientos que lucharon contra la explotación patriarcal en las distintas culturas: griega, romana, asiática y judía. En la historia de Israel/Palestina hubo intensas luchas protagonizadas por mujeres que ocuparon un lugar político y cultural muy importante.

Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas que se reunían para comidas comunes, eventos de oración y encuentros de reflexión religiosa con el sueño de la liberación de las mujeres en Israel/Palestina. Fue precisamente esa corriente que pretendía emanciparse del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como discipulado igualitario de hombres y mujeres, en el que estas ocuparon un lugar central y no puramente periférico. La presencia y el protagonismo de las mujeres en dicho movimiento, reconoce la teóloga Elisabeth Schüssler Fiorenza, fue de la mayor importancia para la praxis de la solidaridad desde abajo. Su actividad fue determinante para que el movimiento de Jesús continuara después de la ejecución del fundador y se extendiera fuera del entorno judío.

Las diferentes tradiciones evangélicas coinciden en señalar que estas mujeres fueron protagonistas en momentos fundamentales del movimiento puesto en marcha por Jesús de Nazaret: al comienzo en Galilea, en su seguimiento como itinerantes, junto a la cruz en el Gólgota y en la resurrección como primeras testigos. La mayoría de las veces se citan tres nombres de mujeres dentro de un grupo femenino numeroso (Lucas 8,2-3, por ejemplo, cita a María Magdalena, Juana y Susana). Es la misma tendencia seguida en el caso de los varones (Pedro, Santiago y Juan). Con ello se pretende mostrar el lugar destacado que unas y otros ocupan en la comunidad.

La mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar en el grupo de las amigas y discípulas de Jesús es María Magdalena, que toma el nombre de su lugar de origen, Magdala, pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberíades. Ella es discípula de primera hora, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar preeminente en él, hace el mismo camino que el Maestro hasta Jerusalén, comparte su proyecto de liberación y su destino. Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal.

La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran “cuando vienen mal dadas”, en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte, los discípulos varones huyen por temor a ser identificados como miembros de su movimiento y correr la misma suerte que él. Solo las mujeres que le habían seguido desde Galilea le acompañan en el camino hacia el Gólgota y están a su lado en la cruz. Dentro del grupo de mujeres, como acabo de indicar, los evangelios citan a María Magdalena en primer lugar. Ella funge como discípula fiel no de un Mesías triunfante, sino de un crucificado por subvertir tanto el orden establecido religioso como el político de carácter imperial y patriarcal.

Testigo de la resurrección

Los distintos relatos evangélicos coinciden en presentar a las mujeres como testigos de la resurrección y a María Magdalena como la primera entre ellas. Es precisamente ella quien comunica la noticia a los discípulos, quienes reaccionan con incredulidad. Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a anunciar la resurrección. El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias.

Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos dela Biblia cristiana, el testimonio de las mujeres ya no aparece, y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe a que la Iglesia estaba empezando a someterse al dominio masculino, que muy pronto comenzó a suprimir el importante lugar ocupado por las mujeres en el movimiento de Jesús.

El silenciamiento, por parte de Pablo y de otras tradiciones de la Biblia cristiana, de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres llevó derechamente a la exclusión de estas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria. Pero, a pesar de ese silenciamiento, las mujeres constituyen la referencia indispensable de la transmisión del mensaje evangélico; más aún, son el eslabón esencial para el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres, hoy quizá no habría Iglesia cristiana.

Interlocutora preferente de Jesús

En los diálogos de revelación de los Evangelios de tendencia gnóstica, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Cristo resucitado y hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera del Salvador.

Esa posición privilegiada provoca celos en algunos apóstoles, especialmente en Pedro, quien, según el apócrifo Pisis Sophia, reacciona en estos términos: «Maestro, no podemos soportar a María Magdalena porque nos quita todas las ocasiones de hablar; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir».

Apóstola de apóstoles es el título que da a María Magdalena Hipólito de Roma, quien no considera a las mujeres mentirosas, sino portadoras de la verdad, y las llama apóstolas de Cristo. En la misma línea se expresa Jerónimo, quien reconoce a María Magdalena el privilegio de haber visto a Cristo resucitado «incluso antes que los apóstoles».

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La opción de Jesús ante el amor de Magdalena

Sin embargo, con el proceso de patriarcalización, clerizalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, es representada como la penitente y la sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus. Mejor suerte tuvo María de Nazaret, madre de Jesús, que fue declarada Madre de Dios, elevada a los altares y tratada casi con honores divinos.

Veinte siglos después, se vuelve a hacer justicia a María Magdalena. Lo que hace falta es vencer las resistencias del pensamiento androcéntrico y de la organización patriarcal de la mayoría de las iglesias cristianas, y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales en el seguimiento de Jesús y el proseguimiento de su causa de liberación de todas las esclavitudes.

El movimiento feminista ha reconocido a María Magdalena como “pionera de la igualdad”. Es hora ya de que las iglesias cristianas hagan el mismo reconocimiento en su seno y devuelvan a las mujeres el protagonismo que tuvieron en el movimiento de Jesús y en el cristianismo primitivo y que deben recuperar hoy.

La patriarcalización de Dios y de Jesús se traduce en organizaciones cristianas jerárquico-patriarcales, que, en un círculo vicioso, legitiman, apoyan y refuerzan el patriarcado político, familiar, moral, educativo, etc. Patriarcado religioso y patriarcado político ejercen una doble legitimación

Despatriarcalizar a Dios y a Jesús de Nazaret

Afirma la prestigiosa intelectual feminista Mary Daly (1928-2010) en su libro emblemático Más allá de Dios Padre. Hacia una filosofía de la liberación de la mujer (1973): “Si Dios es varón, el varón es Dios”. En la misma dirección apunta Kate Millet, referente del feminismo radical, en su obra pionera Política sexual (1970): El patriarcado tiene a Dios de su lado”. Hoy se sigue presentando a Dios como varón, que solo se deje presentar por varones y convierte a estos en “masculinidades sagradas”, en contra del relato de la creación del Génesis que habla del hombre y de la mujer creados a imagen de Dios. Se continúa patriarcalizando a Jesús de Nazaret, convirtiendo un hecho biológico en principio teológico que excluye a las mujeres de toda representación jesuánica. La patriarcalización de Dios y de Jesús se traduce en organizaciones cristianas jerárquico-patriarcales, que, en un círculo vicioso, legitiman, apoyan y refuerzan el patriarcado político, familiar, moral, educativo, etc. Patriarcado religioso y patriarcado político ejercen una doble legitimación.

Tenemos una tarea urgente: despatriarcalizar a Dios, a Jesús de Nazaret y a las organizaciones cristianas. Es condición necesaria para recuperar el cristianismo igualitario de María Magdalena y re-crear comunidades cristianas libres de discriminaciones de género, religión, cultura, identidad sexual, clase social, etc. Dicha tarea hay que llevarla a cabo en sintonía y colaboración con los movimientos feministas, que deben apoyar la causa de la igualdad y la justicia en las iglesias y las religiones, al tiempo que las comunidades cristianas y religiosas igualitarias deben hacer causa común con los movimientos de emancipación de las mujeres.

Deconstruir las masculinidades hegemónicas y sagradas

Ah, y sin olvidar que dicha causa requiere luchar contra las masculinidades hegemónicas en la sociedad y contra las masculinidades sagrada en las religiones, lo que exige la implicación de los varones feministas en la deconstrucción de las masculinidades tóxicas, que predominan en las mentes y las prácticas de los varones y dominan todas las esferas de la vida pública, y la construcción de nuevos modelos de masculinidad: masculinidades otras, alternativas, que eliminen, y no reproduzcan, los roles aprendidos desde la infancia en torno a lo femenino y lo masculino.

Fuente Religión Digital

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Jesús y el leproso

miércoles, 31 de agosto de 2022
Comentarios desactivados en Jesús y el leproso

curacion de un leprosoMaite Parga
Monforte de Lemos (Lugo).

ECLESALIA, 18/07/22.- Es bien conocido el texto de la curación del leproso que se acerca a Jesús, le dice desde lejos “Señor, si quieres puedes curarme” y Jesús se acerca y le toca diciendo, “quiero, queda curado” (Marcos 1,40-45).

Confieso que durante mucho tiempo lo vi como un relato tierno, bonito, que mostraba el poder de Jesús, que es Dios además de hombre, y ya. Otras veces oía a sacerdotes aprovechar para hablar de la necesidad de convertirse, de ir a confesarse. Tampoco les daba para más. Pero cuando empecé a estudiar en serio la Biblia y cuando entré en contacto con el ecumenismo y con los otros hermanos, la cosa cambió radicalmente, esta historia se actualiza a cada momento.

Hay dos hombres, el leproso y Jesús. Me quedo primero con el leproso. En aquella época cualquier enfermedad de la piel era considerada como una lepra, desde la soriasis a la misma lepra. Solían ser enfermedades casi mortales y la lepra, además era muy  destructiva. Como no se conocían los virus, se achacaba al pecado, así que la persona leprosa era considerada pecadora, impura, y tenía que ser expulsada de la sociedad, vivir aparte, no podía acercarse a una persona sana, pues la volvía impura. Por eso este leproso, que sabe que está enfermo (no importa si era lepra de verdad o no), va porque tiene fe en Jesús. No va a Caifás, ni a los fariseos, va Jesús y le llama Señor, Adonai, palabra que en la Biblia griega sustituye al nombre de Yahveh. Lo cierto es que eso lo pone la comunidad en la que se escribe el Evangelio, que está compuesto por relatos pascuales en los tiempos en los que se reconoce que Jesús es el Señor, y es eso lo más interesante.

El leproso, no ruega ser curado, no manda, dice simplemente “si quieres puedes”. El decir si quieres, implica que acepta que no quiera; no hay exigencias, el enfermo no va acompañado de un grupo para hacer presión, ni pretende sobornar diciendo, si me curas te doy… no, dice simplemente, “si quieres”, si no quiere tendrá que aguantarse. Lo segundo que dice es “puedes”; él no piensa si no me cura es que no puede, no, él sabe que puede, sabe que Jesús le puede sanar. Seguramente las personas que redactaron este relato estuvieran pensando en la “lepra” que suponía entonces el imperio romano.

El leproso no toca a Jesús, ni se le acerca, sabe que lo volvería impuro. Quiere curarse para integrase en la sociedad, para poder ir al templo, para ser un judío más, y ese debería ser el motivo de toda conversión, vivir de nuevo en la comunidad.

Y ahora voy con Jesús. Jesús es un hombre modelo. Como judío que es, Jesús sabe que si un leproso le toca accidentalmente, lo vuelve impuro, tiene que quemar su ropa, bañarse, dar una ofrenda al templo, ponerse ropa limpia. Jesús respeta la ley, no duda que la ley fuese necesaria para evitar contagios, pero él no tiene miedo. Aquel que tiene delante es su hermano, hijo del Padre, es imagen del Padre, del Espíritu, y, del él mismo, en cuanto Dios; es un ser humano, un judío como él, por eso, no le grita desde lejos, “quiero queda curado”, se acerca y le toca, no le importa que los demás lo consideren impuro, no le hace impuro tocar la obra de su Abba, Él es la pureza infinita, nada lo puede volver impuro.

Jesús no obedece una ley que, pese a estar escrita en la Torá, ya no era justa. Nos enseña a no tener miedo de acércanos a los demás, a los que es posible que veamos aún algo lejanos, a no tener miedo a tocarles, a tratarlos, a verlos como lo que son, hermanas y hermanos. Porque no hay seres humanos impuros, solo es impuro el pecado.

Podemos aprender de Jesús a actualizar la fe y la Palabra, a no vivir anclados en el pasado, a acercarnos unos a otros, pues todas y todos tenemos algo de leprosos y todas y todos somos parte de Jesús, el Cristo.

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“Invitar a los pobres”. 22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

domingo, 28 de agosto de 2022
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22-TO-C-600x401Jesús vivió un estilo de vida diferente. Quien quiere seguirlo con sinceridad se siente invitado a vivir de manera nueva y revolucionaria, en contradicción con el modo «normal» de comportarse que observamos a nuestro alrededor.

¿Cómo no sentirnos desconcertados e interpelados cuando escuchamos palabras como estas? «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado… Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Se nos invita a actuar desde una actitud de gratuidad y de atención al pobre, que no es habitual. Se nos llama a compartir sin seguir la lógica de quienes buscan siempre cobrar las deudas, aun a costa de humillar a ese pobre que siempre está en deuda con todos.

Jesús piensa en unas relaciones humanas basadas en un nuevo espíritu de libertad, gratuidad y amor fraterno. Un espíritu que está en contradicción con el comportamiento normal dentro del sistema, que siempre termina abandonando a los más indefensos.

Los seguidores de Jesús hemos de sentirnos llamados a prolongar su estilo de vivir, aunque sea con gestos muy modestos y humildes. Esta es nuestra misión: introducir en la historia ese espíritu nuevo de Jesús; contradecir la lógica de la codicia y la acumulación egoísta. No lograremos cambios espectaculares, y menos de manera inmediata. Pero con nuestra actuación solidaria, gratuita y fraterna criticaremos el comportamiento egoísta como algo indigno de una convivencia sana.

El que sigue de cerca a Jesús sabe que su actuación resulta absurda, incómoda e intolerable para la «lógica» de la mayoría. Pero sabe también que con sus pequeños gestos está apuntando a la salvación definitiva del ser humano.

José Antonio Pagola

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“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Domingo 28 de agosto de 2022. Domingo 22º Ordinario

domingo, 28 de agosto de 2022
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47-ordinarioC22 cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios.
Salmo responsorial: 67: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.
Hebreos 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

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