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Que digan lo que quieran, pero yo os digo que Dios os ama

domingo, 16 de febrero de 2020
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unnamedDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Se os dijo … pero yo os digo.         Las bienaventuranzas comienzan y presiden este capítulo quinto de Mateo y toda la moral / ética del cristianismo.

         (Tengamos presente que Mateo es un evangelio escrito para cristianos de origen judío, que conocían muy bien el AT)-

         Por eso en el NT cambia toda la decoración: Jesús -y ya no Moisés-, sube a un monte, que no es el Sinaí, y promulga un nuevo decálogo, que no son los diez mandamientos, mucho menos los 613 preceptos de los judíos, sino las bienaventuranzas.

         Mateo hila muy fino y compone este esquema literario, que pone en boca de Jesús: En el AT, en el Sinaí se os dijo, ahora: pero yo os digo

         Hemos de pensar que el AT es también palabra revelada y es palabra de Dios. Pero Jesús tiene “la osadía” de prescindir y dejar en un segundo plano ese AT y “soy yo quien os digo”.

Jesús propone unas antítesis de las que hoy hemos escuchado cuatro: el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento.

  1. alternativas.

         ¿Cuál pueda ser nuestro criterio de comportamiento moral (ética)?

  1. En el cristianismo, la mentalidad legalista no es fuente de moralidad, la letra por la ley, mata, el espíritu es quien da vida (2Cor 3,6). Jesús da un vuelco a la moralidad legalista del Derecho Canónico. La ley, el sábado han sido hechos para el hombre y no el hombre para la ley, (Mc 2,27)
  1. Podemos caer en un fundamentalismo legalista eclesiástico. Si los judíos tenían 613 preceptos, el Código de Derecho Canónico tiene 1752 cánones además de centenares de normas eclesiásticas, litúrgicas, etc…
  1. Se os dijo, pero yo os digo. ¿Y qué es lo que dice JesuCristo. El único criterio cristiano de moralidad es cristiano es el amor: amar a Dios y al prójimo.

La moralidad cristiana es acoger lo que Jesús dijo: la Misericordia de Dios.

  • o Jesús no dijo: eres una adúltera, sino yo no te condeno, (Jn 8,36).
  • o Jesús no dijo: eres una histérica, sino que curó a aquella mujer que perdía la vida (sangre), (Lc 8,43).
  • o Jesús no dijo: eres un neurótico perdido, sino que equilibró a aquellos hombres epilépticos, neuróticos (endemoniados), (Mt 9,32).
  • o Jesús no dijo: este centurión romano es un invasor y opresor, sino que dijo: no he visto en Israel una fe tan grande, (Lc 7,9).
  • o Jesús no dijo a Pedro: me has negado, sino que le dijo ¿me amas? (Jn 21,15-17).
  • o Jesús no dijo a Judas: eres un traidor, sino que tras darle el pan le dirá para hacerle recapacitar: amigo ¿con un beso me entregas? (Mt 26,60).
  • o Jesús no dijo: eres un vulgar ladrón. Sino que dijo: hoy estarás conmigo en el paraíso, Lc 23,39.
  • o Jesús no dijo a Dios en la cruz: mátalos a todos, sino: Padre perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lc 23-24).

Se nos han dicho e impuesto con un sinfín de normas, leyes; ¡se nos han dicho tantas cosas ajenas al Nuevo del Nuevo Testamento y al pensamiento de Jesús!. Incluso se nos ha amenazado con la condenación del infierno, sin embargo Jesús nos dijo y habló de la alegría del cielo: Jesús nos ha dicho: no perdáis la calma, no tengáis miedo, yo os aliviaré…

  1. La predicación de Jesús (el Reino de Dios)

La predicación de Jesús expresa sobre todo la presencia de la bondad y la misericordia de Dios para con el ser humano. El concepto fundamental y central del Evangelio de JesuCristo es la misericordia y es la clave de la vida cristiana.[1]

Escribía Paul Tillich, teólogo luterano de mediados del siglo XX:

Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares. Si alguna vez Le seguís a Jesús, olvidad toda la moral cristiana, vuestros logros y vuestras dudas particulares. Nada se os pide -ninguna idea de Dios, ninguna bondad especial propia, ni que seáis religiosos, ni que seáis cristianos, ni siquiera que seáis sabios, ni que os atengáis a una moral. Lo que se os pide es tan sólo que os abráis a lo que se os da y que queráis aceptarlo: el Nuevo Ser (JesuCristo), el ser de amor, de justicia y de verdad que se manifiesta en Aquel cuyo yugo es llevadero y cuya carga es ligera.[2]

La ética y la moral cristiana es lo que Jesús nos dice:

Se os ha dicho y nos pueden decir todo lo que quieran,

 pero yo os digo… que Dios es amor.

[1] W. Kasper, El desafío de la misericordia, Maliaño-Cantabria, Ed Sal Terrae, 2015, 74).

[2] P. Tillich, Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, Barcelona, Ed Nopal, 1968, 160.

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La Buena Noticia

viernes, 14 de febrero de 2020
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(Foto de David la Chapelle)

La «buena noticia» del Evangelio es el anuncio de un perdón otorgado de manera indistinta a todos, un perdón gratuito, alegre, preveniente, sin condiciones ni «penitencias», salvo la de abrirse a él y dejarle cambiar nuestros corazones. Pero he aquí que Jesús nos habla de pecados irremisibles y eternos. ¿Existe, pues, un pecado que no puede ser perdonado? ••] El Antiguo Testamento era el reino del Padre, que se revelaba a través de la naturaleza y la historia del pueblo judío; ahora bien, esta revelación era provisional y progresiva y convenció a pocos. […] El Nuevo Testamento es el reino del Hijo, pero su gloria estuvo velada durante los días de la encarnación e irradió sólo después de la ascensión. Decepcionó, desanimó, produjo descontento entre sus conciudadanos, sus seguidores, su familia, sus discípulos. […]

        Ahora bien, el tiempo de la Iglesia es el reino del Espíritu Santo. Se trata del esfuerzo supremo, definitivo, de Dios para manifestarse a nosotros. Ya no es preciso esperar otros, porque no hay una cuarta persona de la Trinidad. A quienes no convenza el testimonio del Espíritu Santo no les queda más esperanza de salvación. En efecto, por continuar esperando, a pesar de todo, una nueva revelación de Dios, terminan por caer en las trampas del Anticristo. Este recogerá a cuantos piensan que Dios no hubiera debido hacerse reconocer a través del amor, sino a través de signos más eficaces, como la fuerza, el prestigio, el miedo, el dinero, la disciplina, la eficiencia. […] Nuestras iglesias, frías e impersonales, son, con frecuencia, lugares en los que circula poco el Espíritu de amor incluso cuando están llenas de cristianos. Estos se encuentran más yuxtapuestos que reunidos.

        La indiferencia recíproca que reina entre los presentes desanima el intento de un encuentro fraterno. Por eso el Espíritu de amor no se hace visible, y nadie se convierte asistiendo a ciertas misas dominicales. […] Nuestro mundo dividido, desfigurado por el odio, por el racismo, por la droga, por la violencia, se convertirá ante comunidades cristianas en que valga la pena vivir, creer, comprometerse. Es fácil convertir al mundo: basta con hacer visible al Espíritu Santo.

*

Louis Evely,
Meditazioni sul Vangelo,
Asís 1975, pp. 154-156

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Con un poco de sal

lunes, 10 de febrero de 2020
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salt-of-the-earthJesús se ve que conocía la costumbre riojana. Cuando se asan chuletas al fuego encima de la parrilla, se echa sal a las ascuas, para que tomen fomento y se enciendan más.

Es sorprendente cuando me encuentro con algún texto de personas, creyentes o no, que me impresionan y me hacen pensar. Una tarea a realizar como misión evangelizadora es dar a conocer lo bueno y lo positivo. Hay muchas películas y libros y videos… Qué labor más bonita y cómo animan. Después de ver Silencio, muchas personas nos interrogamos tanto, por lo menos, como si viéramos una película religiosa.

Los que estamos con problemas de tensión arterial, nos ponen poca sal en las comidas. Y da la impresión de que en nuestra iglesia andamos mal de tensión y enseguida se nos sube de tono, y rechazamos y no descubrimos a Jesús en lo no religioso.

Ayer me encontré con un señor a quien le falta una pierna y va sobre una bicicleta: “voy a la cárcel de jóvenes porque un joven quiere hablar conmigo” y allá se va y rocía de sabor la vida y abre horizontes.

Por las noches en el verano está el campo plagado de luciérnagas. Pequeñas lucecitas. Si damos a conocer menos discursos pero más hechos positivos, con un poco de sal, eso son lucecitas. Ahí creo que está mi misión como cristiano.

Ya lo decía Helder Camara: “La sal tiene que estar mezclada con las alubias” Si no, no da sabor. Nuestras experiencias no las podemos dejar guardadas en nuestro arcón, sino en la vida, saliendo al periódico, dialogando en las pequeñas terrazas de la vida, del trabajo, de la diversión.

Me sorprende. Soy aficionado a escribir cartas al director en el periódico y sé que hay muchas personas que lo leen y que llegan a pensar a favor o en contra, pero intento que transmitir el sabor de la vida.

La comida demasiado salada no hay quien la coma, con un poco de sal, da gusto.

No se trata de atiborrar de grandes enseñanzas. Con una pizca de sal, especialmente si tiene humor, cala y penetra más. Me va sucediendo que los últimos cuatro domingos, se me ha ocurrido un chiste en cada evangelio. Y eso cala. Somos sal y luz con la vida, la palabra, los hechos. Aunque a veces la sal escuece las conciencias.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Ser luz, ser sal…

domingo, 9 de febrero de 2020
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El canto quiere ser luz…

El canto quiere ser luz.
En lo oscuro el canto tiene
hilos de fósforo y luna.
La luz no sabe qué quiere.
En sus límites de ópalo,
se encuentra ella misma,
y vuelve.

*

Federico García Lorca

***

El Señor ha puesto su mirada sobre nosotros;
ha puesto su confianza y su esperanza;
el Señor Dios ha hablado y cuenta con nosotros.

Nos pusiste , Señor, en esta tierra,
como luz, como hoguera abrasadora,
a nosotros que apenas mantenemos encendida
la fe de nuestras lámparas.

Nos dejaste , Señor, como testigos,
como anuncio brillante entre la gente,
a nosotros, tu pueblo vacilante,
tus seguidores de lengua temblorosa.

No te oirán si nosotros nos callamos,
si tus hijos te apartan de sus labios.
no verán el fulgor de tu presencia,
si tus fieles te ocultan con sus sombras.

Fortalece , Señor, nuestra flaqueza,
que tus siervos anuncien tu Palabra;
resuene tu voz en nuestra boca;
que tu Luz resplandezca en nuestras vidas;
que tu fuego sea siempre llama viva en nuestros corazones.

Quiero entrar en el ritmo gozoso de tu Palabra;
quiero encontrar en tu llamada, mi libertad.
Dame tu fe, que rompan los esquemas que me cercan;
Dame tu fe, que entre en la luz de tu camino.
Dame tu fe, para que ame la verdad de corazón.

Aquí estoy , Señor,
desbordado por el sermón de la montaña,
fascinada por tus retos,
desconcertada ante tus exigencias.

Aquí estoy, Señor, apasionado por la utopía,
eres audaz, eres arriesgado en tu mensaje,
eres un imposible al corazón de la persona,
sólo posible en tu Espíritu.

Necesito un corazón pobre, humilde , sencillo,
capaz de firmeza y esperanza,
capaz de buscar tu voluntad y hacerla ley en mi comportamiento.
Un corazón misericordioso, compasivo,
que acoge al que sufre,
que vive en la verdad y la transparencia,
que trabaja por la paz y la justicia.

Jesús, Señor del camino lleno de exigencias, de utopía, de esperanza,
abre mi corazón a tu horizonte,
y alienta mi empeño con tu Espíritu de vida.

Jesús ha puesto su mirada en nosotros
y nos dice que seamos sal y luz de la tierra.
Sal y luz para dar sentido a la vida;
para hacer ver que merece la pena ser vivida
desde el proyecto de Jesús.

*

(De una celebración de las Hijas de la Caridad)

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

*

Mateo 5,13-16

***

 

Y lo que le sucede a la Iglesia nos sucede también a cada uno de nosotros en particular. Sus peligros son nuestros peligros. Sus combates son nuestros combates. Si la Iglesia fuera en cada uno de nosotros más fiel a su misión, ella sería, sin duda ninguna, lo mismo que su mismo Señor, mucho más amada y mucho más escuchada; pero también, sin duda alguna, sería, como él, más despreciada y más perseguida «Yo les he dado Tu Palabra y el mundo los aborreció» (Jn 17,iA; ci i5,10-2]   Si los corazones se manifestaran más claramente, el escándalo sería mucho más evidente, y este escándalo supondría un nuevo impulso para el cristianismo, porque «adquiere un poder mayor cuando es aborrecido por el mundo» (san Ignacio de Antioquía, Ad Ro- manos Ill, 3). El que el anticlericalismo esté «en baja», cosa de lo que solemos felicitarnos, puede no ser siempre una señal feliz. Es verdad que este fenómeno puede ser debido o un cambio en la situación objetiva o a un mejoramiento tanto de una parte como de la otra, pero también podría significar que aquellos por quienes se conoce a la Iglesia, aun proponiendo todavía al mundo algunos valores dignos de estimación, se hubiesen acomodado a él, a sus ideales, a sus cláusulas y a sus costumbres.

En ese caso, dejarían de ser embarazosos. Que la sal se puede desazonar es cosa que nos repite el Evangelio. Y si vivimos —me refiero a la mayor parte de los hombres – relativamente tranquilos en medio del mundo, esto quizá sea debido a que somos tibios.

*

Henri-Marie de Lubac,
Meditación sobre la Iglesia,
Ediciones Encuentro, Madrid °1988, 162

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“La luz de las buenas obras”. 5 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,13-16)

domingo, 9 de febrero de 2020
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12-05-to-600x894Los seres humanos tendemos a aparecer ante los demás como más inteligentes, más buenos, más nobles de lo que realmente somos. Nos pasamos la vida tratando de aparentar ante los demás y ante nosotros mismos una perfección que no poseemos.

Los psicólogos dicen que esta tendencia se debe, sobre todo, al deseo de afirmarnos ante nosotros mismos y ante los otros, para defendernos así de su posible superioridad.

Nos falta la verdad de «las buenas obras», y llenamos nuestra vida de palabrería y de toda clase de disquisiciones. No somos capaces de dar al hijo un ejemplo de vida digna, y nos pasamos los días exigiéndole lo que nosotros no vivimos.

No somos coherentes con nuestra fe cristiana, y tratamos de justificarnos criticando a quienes han abandonado la práctica religiosa. No somos testigos del evangelio, y nos dedicamos a predicarlo a otros.

Tal vez hayamos de comenzar por reconocer pacientemente nuestras incoherencias, para presentar a los demás solo la verdad de nuestra vida. Si tenemos el coraje de aceptar nuestra mediocridad, nos abriremos más fácilmente a la acción de ese Dios que puede transformar todavía nuestra vida.

Jesús habla del peligro de que «la sal se vuelva sosa». San Juan de la Cruz lo dice de otra manera: «Dios os libre que se comience a envanecer la sal, que, aunque más parezca que hace algo por fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las buenas obras no se pueden hacer sino en virtud de Dios».

Para ser «sal de la tierra», lo importante no es el activismo, la agitación, el protagonismo superficial, sino «las buenas obras» que nacen del amor y de la acción del Espíritu en nosotros.

Con qué atención deberíamos escuchar hoy en la Iglesia estas palabras del mismo Juan de la Cruz: «Adviertan, pues, aquí los que son muy activos y piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios… si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración».

De lo contrario, según el místico doctor, «todo es martillear y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aún a veces daño». En medio de tanta actividad y agitación, ¿dónde están nuestras «buenas obras»? Jesús decía a sus discípulos: «Alumbre vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria al Padre».

José Antonio Pagola

 

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“Vosotros sois la luz del mundo”. Domingo 9 de febrero de 2020 5º Domingo Ordinario

domingo, 9 de febrero de 2020
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13-ordinarioa5Leído en Koinonia:

Isaías 58,7-10: Romperá tu luz como la aurora.
Salmo responsorial: 111: El justo brilla en las tinieblas como una luz.
1Corintios 2,1-5: Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.
Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo.

Las lecturas de hoy tienen como tema central la justicia de Dios, expresada plenamente en el amor misericordioso para con el prójimo. El relato que leemos del profeta Isaías se enmarca en el contexto del ayuno, en donde se realiza una fuerte crítica al pueblo de Israel por sus prácticas religiosas desarticuladas de la fe y la justicia con los pobres. El profeta llama a realizar el verdadero culto a Yahvé, ligado íntimamente con la justicia y la misericordia. Las prácticas religiosas deben salir del corazón y deben dar como fruto una verdadera justicia social, concretizada en el compartir del pan con el hambriento, en la solidaridad con los que sufren, en preocuparse visceralmente por los hermanos pobres, pues en ellos, en los abatidos, en los mal vistos, es donde el mismo Dios se revela; es en ellos donde la luz de Dios se hace presente; es donde el Dios de Israel verdaderamente habita.

En relación con lo anterior, Pablo expresa a los corintios que el misterio de Dios anunciado por él no se fundamenta en la sabiduría humana, sino en el mismo Señor crucificado, lo cual significa que es Dios quien ha actuado en Pablo y en la comunidad. Es relevante que Pablo se refiera a la cruz de Cristo como el elemento esencial de su predicación. Con ello quiere hacer presente el verdadero rostro de Dios que se revela no a los sabios ni a los poderosos, sino a los más vulnerables de la sociedad. De ahí que el anuncio de la Palabra transformadora de Dios no pertenezca al mundo de la sabiduría humana, sino a la fuerza salvífica del Espíritu de Dios; es decir, que la fe y su debido comportamiento moral, sintetizado en la justicia y en la misericordia, sea una iniciativa exclusiva de Dios, una acción liberadora que penetra en el corazón del ser humano y que lo empuja a actuar de una manera coherente con la Palabra escuchada. Por tanto, el anuncio del misterio de Dios realizado por Pablo a la comunidad griega de Corinto es su propia experiencia de Cristo; lo que realmente anuncia es la vivencia de ese mensaje.

El evangelio de hoy, de Mateo, expresa cuál es la misión de los creyentes de todos los tiempos: ser sal y luz para el mundo. Tanto la sal como la luz son elementos necesarios en la vida cotidiana de las familias. La sal da sabor a las comidas, conserva los alimentos, purifica; en la antigua Palestina servía para encender y mantener el fuego de los hornos de tierra. Por su parte, como es sabido, la luz disipa las tinieblas, ilumina y orienta a las personas; es la metáfora perfecta que emplea el AT para hacer referencia a Dios; y es la tarea de los profetas y en especial la del Mesías: ser luz de las naciones (Is 42,6). Sal y luz, entonces, hablan de la tarea del seguidor fiel de Jesús: Expresar la fe, su integración con el proyecto de Dios a través del testimonio de vida, a través de las buenas obras, de los buenos frutos; tiene la misión de mantener el sabor y la luminosidad de la Palabra de Dios en todo tiempo y lugar del mundo –empresa que únicamente se logra por medio de una conciencia plena de la necesidad de fomentar en la comunidad mundial la justicia y la solidaridad entre los hermanos. Leer más…

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9.2.20 . 5º domingo tiempo ordinario. ciclo A. “Sal de la tierra, Luz del cosmos. Eso es la iglesia”.

domingo, 9 de febrero de 2020
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LUZDel blog de Xabier Pikaza:

Iglesia «sabrosa«, iglesia luminosa

Sois la sal de la tierra… Vosotros, es decir, el grupo de discípulos y amigos, reunidos en la Montaña de la Nueva Creación, en torno a Jesús (Mt 5,1), los que acaban (acabamos) de escuchar y aceptar la bienaventuranzas (Mt 5,3‒12).

Vosotros (Hymeis), reunidos y preparados, “en salida”, como quiere el Papa Francisco, sois Sal de la tierra, Luz del mundo (cosmos). Sólo así sois iglesiaEsta es vuestra más honda identidad, expresada en palabras esenciales, la más honda, precisa y creadora definición de la Iglesia, que es por un lado muy pretenciosa.

Vosotros (=nosotros) sois (somos) la “sal” que sazona, conserva y pone en marcha la historia de la humanidad. Ciertamente, la Sal es Jesús, él podría haber dicho (y dice en algunos textos sapienciales): Yo soy la sal del mundo. Sal para que el mundo  tenga gusto y sabor, la “salsa” de la tierra sal que conserva e impide que la tierra se pudra, se destruya a sí misma, se vuelva un infierno, se queme a sí misma se vuelva un “basurero” de escorias, la sal de la ecología. Hemos de ser la sal para conservar la tierra.

La iglesia tiene organizaciones, ministerios, historias, jerarquía, todo eso y mucho más, incluso dinero. Pero, en sí misma, la iglesia es sal de la tierra (gê), luz del mundo (kosmos).

Sal de la tierra, en griego “ge”, en hebreo aretz. Tierra significa aquí la zona habitada del planeta: Arriba está el cielo (ouranos), por eso se dice que al principio creó Dios el cielo arriba y la tierra abajo (Gen 1, 1). Y en el piso inferior esta “lo de más abajo”, el infierno de la condena… Y el gran riesgo es convertir la tierra en invierno (en puro basurero, en gehena).

Vosotros (nosotros) sois (=somos) la luz del kosmos. La traducción bueno no es “mundo”, que es la tierra frente al “cielo”, sino kosmos, que es la totalidad de cielo y tierra, la creación entera como expresión de Dios.  En este caso, Jesús dice Yo soy la luz del Kosmos (Jn 8, 12), es decir, de la totalidad, de lo que hoy diríamos el “universo”, que abarca el cielo arriba, la tierra abajo, con los mundos inferiores. Pero Jesús no dice aquí “yo soy”, sino vosotros sois “la Luz”.

Sin hombres, el cosmos es oscuridad, se pierde en su vacío, en eso que pudiéramos llamar el “agujero negro de sí mismo”.

La luz es la primera creación… Es Dios mismo que se expande… Por eso, de manera sorprendente, la Biblia empieza diciendo que el primer día Dios creó la luz (Gen 1, 3‒4). En el principio de todo, en el primer día de Dios (Dios mismo saliendo en amor hacia los hombres) surgió la luz. La esencia de todo lo que existe es luz, en palabra sorprendente que de alguna forma ha sido confirmada por la ciencia.

La luz en sí es Dios (Dios es luz, 1 Jn 1, 5‒7; Cristo es Luz (Jn 8, 12). Pues bien ahora, de forma sorprendente, Jesús dice: Vosotros (hymeis) sois la luz del kosmos.  La luz alumbre, permite  ver, ilumina… Pues bien, siendo la sal de esta tierra, los hombres (la iglesia), somos luz del kosmos entero, detodas las cosas, entendidas como hermosura, equilibrio… En ese sentido se utiliza todavía la palabra kosmos‒cosmética: Aquello que adorna y embellece.

Esto ha de ser la Iglesia de Jesús. Iglesia no sólo en salida, como quiere Francisco, sino Iglesia en esencia, en su identidad más honda:

  1. La iglesia  es Sal‒Halas tês gês (sal de la tierra). Esta es la iglesia‒sal, la humanidad que conserva y sazona, la humanidad que da sabor a todas las cosas… La humanidad salario. Salario es la paga con sol, es el “dinero” del ejército romano, quería “conquistar el mundo entero” con la paga de sal (=salario) que daba el emperador o el general a los soldados. Ése es el auténtico “capital”, el verdadero “salario” de la Iglesia, de la nueva humanidad, no para apoderarse de todo, sino para transformarlo todo en tierra de sabor, tierra viva, sin riesgo de muerte. Ésta es la mayor riqueza, el “capital” de la iglesia, su auténtico “dinero”, dinero que es “sal” para conservar la tierra, que sea sabrosa, gozosa… Eso debemos ser, la iglesia en esencia, sal de la tierra entera.
  2. La iglesia  es Luz‒Phos tou kosmou (luz del mundo entendido como kosmos, totalidad hermosa…). La Luz es lo que nos permite ver, los que modela la figura de todas las cosas, lo que alumbra, nos permite vernos, compartir la vida… Es la hermosura del mundo. Esto es la luz, esto es la Iglesia… Como una ciudad iluminada sobre el mundo, para que todos vean, como sentido y vida del cosmos. Esto es la Iglesia (presencia de Dios, que es luz; presencia de Cristo que es Luz).

Sal‒Lux, éste es mi primer recuerdo de la teología y vida de la Iglesia. Yo era un niño, el año 1949-1950, cuando supe que mi tío Antonio Ibarrondo, que había sido oficial y soldado en la Guerra de España, alistado a la fuerza en las fuerzas «nacionales» cuando estudiaba en el teologado mercedario en Poio  (del 1936 al 1939) (a diferencia del resto de sus hermanos, “republicanos” vascos)…, que era “maestro de estudiantes” del coristado  o “coro de frailes” de Poio había fundado una revista llamada Sal‒Lux, el año 1949 (imágenes).

Le pregunté más tarde por qué ese nombre Sal‒Lux, Sal‒Luz, y me dijo… “porque vi en la guerra”, entre trincheras de violencia, que era necesaria una iglesia que fuera sal de vida para todos (para conservar y dar sabor, no para matar); porque vi que era imprescindible una iglesia luz para todos (para alumbrar con la vida, no con las bombas de guerra, como en la batalla del Ebro donde sobrevivimos algunos por milagro de Dios).

 Y así fue como mi tío maestro y sus estudiantes “coristas” mercedarios de Poio crearon una revista titulada Sal‒Lux, que se publicó durante veinte años (hasta el 1969‒1970), como referencia cultural y religiosa. En esa revista (cf. imágenes) aprendí a escribir; de esa revista fui director dos años (1962‒1964). Por esa revista y el ideal de Iglesia que latía en su fondo soy lo que soy como teólogo y hombre de Iglesia.

   A continuación, para el que quiera seguir leyendo, pongo el texto que dedica a este pasaje del evangelio de hoy (Mt 5, 13‒16) en mi Comentario de Mateo… Y un par de referencias de mi Diccionario de la Biblia. Un saludo a todos. Buen domingo de la iglesia Sal, de la iglesia Luz del mundo.

 Sal de la tierra, luz del mundo

  Estos símbolos habían sido utilizados por Marcos (cf.  mMc 9, 50; 4, 21), y reutilizados por Lucas en su contexto antiguo (14, 34-35 y 11, 33). Sólo Mateo los ha vinculado y unificado desde la perspectiva de las bienaventuranzas (5, 3‒11), que habían aparecido como programa mesiánico/sapiencial abierto a todos (en tercera persona). Antes de precisar la aplicación de la nueva “ley” de Jesús vienen estas palabras sobre la experiencia clave de la comunidad, entendida desde la tradición del judaísmo; ellas expresan ahora la identidad más honda de la Iglesia (¡vosotros sois!), en una línea que puede compararse a la de la semilla y la levadura de Mt 13, 31-33:

5 13 Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se desala ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada, sino para ser arrojada afuera y pisoteada por los hombres.14 Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada sobre un monte. 15 Ni encienden una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos[1].

La sal es un signo ambivalente, es desolación y desierto (como en el Mar de la Sal, Mar Muerto, a poca distancia de Jerusalén), y de condimento alimenticio y componente de los sacrificios (cf. Lev 2, 13). Un texto enigmático de Marcos afirma que «todo será salado en (con) fuego. Buena es la sal. Pero si la sal se desala, ¿con que la sazonareis?» (Mc 9,50). Esta imagen   ofrece una interpretación de conjunto de la realidad, partiendo del riesgo de condena que Jesús ha vinculado al rechazo (escándalo) de los pobres.

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La sal y la luz. Domingo 5º TO. Ciclo A

domingo, 9 de febrero de 2020
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imagesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Brille vuestra luz a los hombres

El domingo pasado, al celebrar la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, no leímos el comienzo del Sermón del monte, las bienaventuranzas, fundamentales para entender estas dos breves parábolas que siguen.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

            Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

            Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Diseccionando el texto

            Aunque empiezan de forma muy parecida, el desarrollo de las dos parábolas es distinto.

            La primera consta de dos elementos: afirmación (vosotros sois la sal) y advertencia sobre el peligro de perder el sabor.

            La segunda es más compleja, consta de cuatro elementos: entre la afirmación (vosotros sois la luz) y la advertencia sobre el peligro de meter la lámpara en el armario, encontramos una nueva imagen sobre la ciudad en lo alto del monte, y termina con una exhortación a hacer brillar nuestra luz.

            Pido perdón por destripar el texto, pero lo hago para dejar claro la difícil tarea de los evangelistas, que reunieron palabras pronunciadas por Jesús en diversos momentos, y no tenían la posibilidad moderna de marcar bloque y trasladar o borrar sin enorme gasto de tiempo y de dinero.

El contexto: las parábolas y las bienaventuranzas

            El evangelio de Mateo sitúa estas dos parábolas inmediatamente después de las bienaventuranzas, que hablan de las personas que pueden interesarse por el mensaje de Jesús y entenderlo, las que pueden entrar a formar parte de la comunidad cristiana (el reinado inicial de Dios). Proclamando los valores más inauditos, son un canto de esperanza para todos los que se sienten marginados por la sociedad y el estamento religioso: Dios Rey los acoge como súbditos.

            Pero Mateo, siempre realista, no quiere que los cristianos lancemos las campanas al vuelo, que nos sintamos maravillosos y al seguro. Por eso, antes de entrar en el cuerpo central del Sermón del Monte, nos da un doble toque de atención con estas dos parábolas.

Los dos peligros

            Leídas juntas, las dos parábolas pretende ilusionar a los oyentes recordándoles que Dios les ha concedido la capacidad de dar sabor, y energía para iluminar a todos los hombres, redundando en gloria de Dios.

            Pero caben dos peligros: el prime­ro, perder la energía (parábola de la sal); el segundo, ocultarla (parábola de la luz del mundo).

            ¿Cómo se puede perder la energía? Más adelante, en la parábola del sembrador, Mateo ofrece unas pistas cuando habla de la semilla sembrada entre cardos: las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza lo ahogan, y no da fruto (Mt 13,22).

            ¿Cómo conservar la energía? Si tomamos como modelo a Jesús, sus dos fuentes de energía fueron la oración (tema que subrayan los cuatro evangelios) y el contacto directo con el prójimo, especialmente con los más necesitados (enfermos, marginados).

            ¿Cómo ocultar la luz? Dejándonos arrastrar por lo cómodo y fácil. Jesús fue luz del mundo porque no se recluyó cómodamente en su mundo, prefirió el esfuerzo, el riesgo, el cansancio, la adversidad y la muerte.

¿Cómo hacer que brille nuestra luz? 1ª lectura (Is 58,7-10)

            La primera lectura, tomada del c.58 de Isaías, encaja perfectamente con la parábola de la luz.

            Así dice el Señor:
Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
viste al que ves desnudo,
y no te cierres a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora,
en seguida te brotará la carne sana;
te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor, y te responderá;
gritarás, y te dirá: «Aquí estoy».
Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia,
cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente,
brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

            Tras la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia (año 586 a.C.), la situación del pueblo judío fue trágica, incluso después de la vuelta del destierro (año 538 a.C.). La capital siguió prácticamente despoblada hasta mediados o finales del siglo V (época de Nehemías) y la situación económica era de absoluta penuria. El pueblo se sentía como un cuerpo enfermo y sumergido en tinieblas.

            En esas circunstancias de desánimo, busca la solución en una serie de ceremonias religiosas, especialmente el ayuno (que implicaba no sólo abstenerse de alimentos sino también realizar otros ritos, como cubrirse de saco y ceniza, etc.), para ganarse el favor de Dios. Pero Dios no hace nada. Y el pueblo se queja y protesta. «¿Para qué ayunar si no haces caso?» Dios responde por medio del profeta: si quieres que tu situación mejore, que brille tu luz en las tinieblas, que rompa tu luz como la aurora, comprométete con el que pasa hambre, tiene sed, está desnudo y sin techo (las famosas obras de misericordia, que se conocían ya en el antiguo Egipto); destierra la opresión y la maledicencia.

            Hay una idea capital en esta lectura. Cuando habla de los necesitados termina diciendo: «y no te cierres a tu propia carne». El hambriento, desnudo o sin techo no es un ser extraño, ajeno a mí, al que hago un favor si me apetece. Es mi propia carne, que reclama cuidado y atención, como un miembro cualquiera de nuestro cuerpo.

¿Cómo hizo brillar Pablo su luz? 2ª lectura (1 Corintios 2,1-5)

            Buscando una relación entre esta lectura y el evangelio, la luz con la que Pablo intenta iluminar a los corintios es la persona y el mensaje de Jesucristo. Pero la fuerza del texto recae en el modo de hacer brillar esa luz. La comunidad de Corinto había sido fundada por Pablo. Pero cuando apareció por allí Apolo, un judío convertido al cristianismo, encandiló a todos con su sabiduría y su excelente oratoria. Muchos terminaron prefiriendo a Apolo y su modo de transmitir el evangelio. Pablo reacciona con dureza, afirmando que él nunca quiso presumir de sabio o elocuente, sino anunciar a Jesucristo, y no de cualquier manera, sino en su aspecto más escandaloso: crucificado. «Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios».

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Domingo V del Tiempo Ordinario. 9 febrero, 2020

domingo, 9 de febrero de 2020
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Alumbre así vuestra luz a las gentes

para que vean vuestras buenas obras

y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

(Mt 5, 13-16)

Imagínate por un momento que eres una artista famosa en el campo que quieras: poesía, escultura, pintura, cine, fotografía, moda, canto…

Tienes que imaginarte que eres una renombrada artista. Famosa, conocida, valorada. De esas que se han abierto camino poco a poco y con dificultades. Con un talento que no siempre se ha sabido reconocer.

¿Estás en situación? ¡Bien! Ahora ya eres famosa y reconocida, lo que significa que tu talento ha sido probado y educado. Te encuentras en lo mejor de tu carrera profesional y acabas de realizar tu gran obra. Todo gran artista tiene una gran obra que lo define.

Estás delante de tu escultura, tu película o tu novela acabada. Sabes que es la mejor. La cumbre del trabajo de toda tu vida.

Pues ahora redobla tu capacidad de imaginar e imagínate (si puedes) que decides no firmar tu obra maestra. No corras, piénsalo despacio.

Piensa en qué podría moverte por dentro a hacer algo así. Para ayudarte a tu reflexión puedes pensar en aquellas obras conocidas de autoras anónimas. Tantos libros y canciones antiguas…

Quizá alguna vez ha caído en tus manos algo hermoso, tan hermoso que has querido saber quién lo ha hecho y cuando te has puesto a investigar no has podido dar con el autor/autora. ¿Quién es capaz de hacer algo bonito y no firmarlo? ¿Qué puede buscar quien hace algo así?

Podemos pensar que a veces sale algo de nosotras tan bueno y bonito que descubrimos que en ello hay algo más que nuestra impronta personal, nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.

Imagínate ahora algo más sencillo y cotidiano: un buen guiso, un jardín bonito, una casa limpia y ordenada, un cliente bien atendido, o una buena gestión…Una cosa sencillita que te ha salido tan bien que hasta tú misma te has quedado sorprendida y se te escapa una sonrisa acompañada de un gracias.

Pues algo así parece que nos invita a hacer el evangelio de hoy, a dejar que nuestras obras (grandes o pequeñas) alumbren, den luz, pero una luz, un calor, que quienes las reciban (e incluso nosotras mismas) lo que les salga sea dar gracias a Dios. O lo que es lo mismo: “den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

Oración                        

“Alumbre así vuestra luz a las gentes para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Déjate iluminar e iluminarás. Preocúpate de ser una persona salada.

domingo, 9 de febrero de 2020
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mateo-5-13-16Mt 5,13-16

El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mt. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran valor para la vida del cristiano, pues su tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.

El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal que demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación, ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, necesariamente quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto de iluminado? ¿Qué es una persona plenamente humana?

Todos los líderes espirituales, pero sobre todo en el budismo, enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! En realidad solo lo podemos comprender en la medida que nosotros mismos estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material ni de ningún conocimiento especial. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir, que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.

Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y en consecuencia, capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.

Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que Mi existencia solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.

La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad térmica y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar la tierra de los caminos.

Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la se desvirtúa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latían “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud, ¿cómo podrá recuperarse?  Esa sal “quemada” no servía más que para pisarla.

No podemos hacernos una idea de lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplos pero seguro que no hacía referencia a conocimiento doctrinal ni a normas morales ni a ningún rito litúrgico. Seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos: la sal y la luz es lo humano. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Muy probablemente estas comparaciones, utilizadas en los evangelios, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.

La sal actúa desde el anonimato, ni se ve ni se aprecia. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”

Jesús dice que “sois la sal, sois la luz”. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal, que no hay otra luz. Todos tienen derecho a esperar algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. La única historia, el único mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada. No debemos atosigar a los demás con nuestras imposiciones.

Cuando se nos pide que seamos luz del mundo, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes, no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz y calor. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollar la suya propia. Ser luz significa desplegar nuestra vida espiritual y poner todo ese bagaje al servicio de los demás.

Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos imponerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje son las obras. Una actitud verdaderamente evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina muy elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra propia ideología o manera de entender la realidad. Se trataría más bien, de ayudarle a descubrir su propio camino desde los condicionamientos personales en lo que vive.

En las obras que los demás perciben se tienen que poner al descubierto mis actitudes internas. Las obras que son fruto solo de una programación externa no ayudan a los demás a encontrar su propio camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz. Los que tenemos una cierta edad nos hemos conformado con un cristianismo de programación, por eso nadie nos hace

Meditación

Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
o puedo seguir toda mi vida siendo insípido.
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
o puedo estar apagado y llevar frío y oscuridad a los demás.
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida que vivo mi verdadero ser.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ser luz.

domingo, 9 de febrero de 2020
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luz-para-demasEs delicioso quedar inmersos en esta especie de luz líquida que nos hace seres diferentes y en ascuas (Paul Claudel)

9 de febrero. DOMINGO V DEL TO

Mt 5, 13-16

Brille igualmente vuestra luz ante los hombres

En la visión de Isaías de la ciudad irradiando luz desde lo alto y atribuyendo a todos los pueblos de la tierra, ve el evangelista la misión da anunciar la Buena Nueva.

Ser luz para los demás significa comprometerse con el hermano, convivir, perdonar, servir, hacer que la convivencia sea un oasis de alegría y apoyo recíproco.

Con dos imágenes de comprensión muy fácil, traza Jesús el retrato del creyente en la Iglesia:

Mt 5, 13-16
La de Sal y la de la Luz.

Y estas dos cosas las ven los demás en nosotros, cuando las mostramos con nuestras buenas obras.

Habrá que valorar también el acento en lo humilde y pequeño, un poquito de sal da mucho sabor, y una pequeña luz ilumina tanto. Pequeño o grande, como el papa Silvestre II (999-1003), al que se le conoció como “la luz de la Iglesia y la esperanza de su siglo”.

Y no olvidemos que la luz orienta y la sal condimenta.

Hemos sido invitados no a convertir todo el mundo en una salina, ni a incendiarlo, sino a permanecer generosos y fieles a nuestra vocación, que nos configura cristianos; y así sembraremos en los demás el gusto y el gozo de la esperanza.

 

No somos dueños de los cielos, ni de las grandes tormentas, pero sí siervos de sal y de la luz, que son despertadores que nos despiertan y levantan como el sonar del sol por la mañana, cuando ilumina las ideas, y la ballesta, que, con la cuerda tensa del deseo, dispara hacia los demás nuestra fosforescencia.

Se incendia, entonces sí, el bosque oscurecido de los otros, y la sal les conserva los valores.

Y al mismo tiempo que suscita en esos bosques apagados la esperanza de ser ellos también ballestas que descargan toneladas de sal y miríadas de luz, sobre los que la tienen apenas.

Y, como dijo Víctor Hugo:

“Cada hombre camina hacia la luz en su noche”.

Willigis Jäger ha escrito en Sabiduría eterna estas frases alusivas a la sal y la luz que nos atañen:

“La energía primordial que configura todas las formas y estructuras y nos regala a los hombres la auténtica interpretación de nuestra vida” 

“Adentrarse en su conocimiento representa un paso decisivo en el proceso de maduración de la humanidad” 

“La sabiduría eterna conduce a una vida en armonía con el fondo primordial del ser y nos familiariza con el auténtico significado de nuestra condición humana”.

Y Paul Claudel apunta a una luz líquida y a una sal sólida que nos ponen en brasas:

“Es delicioso quedar inmersos en esta especie de luz líquida que nos hace seres diferentes y en ascuas”.

EL BOSQUE DE LA NOCHE

Diarios de que la noche
constituía en cierto modo la patria de Julien Green,
autor de la novela.

En una ocasión dijo:
“He comprendido que somos sordos y ciegos,
que venimos de la noche para volver a la noche
sin saber nada de nuestro destino”,
en tono un tanto pesimista,
pues le pesaba el damero de la religión católica.
Y Víctor Hugo en cambio,
a quien el damero de la religión no le pesaba nada,
escribió en Las Contemplaciones esta estrofa:

“Cada hombre camina hacia la luz en su noche,
siempre el mismo tallo con la misma flor”.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Somos luz y sabor.

domingo, 9 de febrero de 2020
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mt-5-13-16Mt 5, 13-16

9 de febrero de 2020

El evangelio de este domingo nos regala unas palabras que Mateo pone en boca de Jesús con un mensaje de mucha trascendencia para el discipulado. Este texto pertenece a la segunda parte de este Evangelio en el que se refleja la intención de Jesús de construir una nueva Humanidad a pesar de la ruptura provocada en los que le escuchan. Se trata de un texto intimista en el que revela la identidad y la misión de los que deciden pertenecer a su movimiento.

Es importante destacar que las palabras de Jesús dirigidas al discipulado no son una promesa sino una realidad existencial porque les dice que ya son sal y ya son luz. Utiliza estas dos metáforas para que comprendan que están equipados de sabiduría y luz para iniciar este camino. El despliegue de esta identidad sí puede encontrarse con obstáculos que lo bloqueen, pero no que lo anulen o aniquilen.

La sal sirve para dar sabor. Las palabras sabor y sabiduría tienen la misma raíz lingüística: así como está el sabor de los alimentos, también está el sabor de la vida. Lo que le da gusto o sentido a la vida, la sabiduría, es decir: aprender a vivir como personas sin mucha más explicación. El arte no sólo de hacer las cosas, sino de hacerlas con dignidad, con consciencia, con responsabilidad, con alegría profunda. La verdadera sabiduría nos ayuda a descubrir la honda raíz de la vida y cómo invertir, de la mejor marera y en su justa medida, nuestras energías vitales. Pero hay una fuerte alerta: “si la sal pierde su sabor ¿cómo seguirá salando?” Esta frase es un proverbio usado en la literatura rabínica. Se alude a una sal extraída del mar Muerto y que perdía su sabor muy pronto. Ahora pone delante una gran responsabilidad al discipulado: la inutilidad de una fe creída desde la mente y no vivida desde la hondura humana. Situarse simplemente desde una fe creída genera ideología, pero vivida como raíz existencial genera sentido para llegar a ser lo que somos en potencialidad.

“Sois la luz del mundo”, nuevamente no es una expresión de futuro sino de lo que ya es presente. Si retomamos el relato de la Creación en el Génesis, lo primero que apreciamos es que Dios crea la luz, es la primera palabra que pronuncia como potencia creadora y que posibilita la vida. Se trata de una referencia a la luz no como materia sino a la luz como “conocimiento”, la consciencia de existir y de ser, la esencia de la que está hecha la verdadera naturaleza humana. Las tinieblas, las sombras, la oscuridad es no ser y no existir. Nuestra fuente original es LUZ. El simbolismo de la luz está muy presente en las Escrituras, pero hay dos claves que sitúan la temática de la luz en un nivel muy profundo: en la primera carta de Juan que define a Dios como LUZ sin mezcla de tinieblas; y la alusión de Pablo, en no pocas ocasiones, a que somos hijos de la luz, a caminar en la luz, a desenmascarar las tinieblas, a conectar con la luz para que nuestras obras sean luz.

La vida del discipulado transcurre en un complejo discernimiento para encontrar la medida justa de sal/sabor y la medida justa de luz. Un exceso de sal convierte en intragable cualquier alimento, un exceso de luz deslumbra hasta no ver. A veces, el discipulado se ve envuelto en un ego que vierte un exceso de sabor hasta alejar a los comensales. De la misma manera, un exceso de luz deslumbra y hace permanecer en la sombra a los que va dirigida. Esto suele ocurrir cuando se vive el discipulado como una elección exclusiva de Dios y que excluye a otros que parece no haber sido llamados. Lo mismo cuando la dosis es menor y genera una falta de sabor que diluye el sentido original o la poca luz que genera un ambiente sombrío y frío. Es la tibieza de un discipulado que no se atreve a vivir con orgullo esta misión porque sus raíces se han desconectado de la fuente y se han quedado en cumplir con los mínimos que les permite seguir justificando una vida de fe.  Las palabras en sí mismas no son luz, no son los discursos los que se convierten en faros de otras vidas o de la propia vida, sino esas palabras encarnadas, vividas, haciendo coherentes a quienes las pronuncian, sí son luz.

A través de estas palabras de Jesús somos invitados a aprender a gestionar nuestra luz y sabor / sabiduría, a vivir en conexión con nuestra verdadera identidad, a generar espacios de conocimiento de lo que es esencial para que nuestra Iglesia, nuestras comunidades, nuestro mundo, nuestra casa común, sean reflejo del movimiento profundo de la fuente de la VIDA.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Somos luz y sal

domingo, 9 de febrero de 2020
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Luz.3Domingo V del Tiempo Ordinario 

9 febrero 2020

Mt 5, 13-16

La lectura moralista –“tienes que…”, “debes…”– introduce en un voluntarismo, no solo peligroso en sus consecuencias, sino profundamente engañoso en su origen.

          Es peligroso porque, en la práctica, se desliza fácilmente hacia el fariseísmo y termina inflando el ego, que se apropia de la acción y de su esfuerzo: creo que soy “yo” el que hago, y hago “más” que otros que no se exigen tanto como yo.

          Y es engañoso porque parte de la creencia errónea de que somos carencia. Tal creencia aflora de manera espontánea en cuanto se produce la identificación con el yo. Al reducirnos a él, no podemos percibir sino su fragilidad, debilidad, necesidad y carencia. Todo ello es cierto –esa es nuestra “personalidad”–, pero no lo es que esa sea nuestra identidad.

          No somos la “forma” –carenciada– en la que se expresa; somos “Eso” que se expresa temporalmente en toda forma. Y “Eso” es plenitud atemporal e ilimitada, pura Consciencia, una con todo lo que es.

          “Eso” es luz y sal, si queremos utilizar estas metáforas. La llama no necesita hacer un “esfuerzo” para iluminar; basta –como apunta la parábola de Jesús– con no ponerle encima un celemín. Ya somos luz: solo se requiere no bloquearla. Lo cual implica actitudes de autenticidad y de transparencia.

          Así como la llama ilumina por sí misma, la luz brota en nosotros en cuanto nos vivimos con limpieza, siendo canales transparentes por los que fluye. A nosotros, como a la llama, nos basta ser lo que somos y vivirnos en coherencia con ello. Lo notaremos porque crecerá en nosotros una actitud de desapropiación y de libertad interior: dejaremos que la Vida fluya, dando luz y sabor en cada momento.

¿Desde dónde me vivo habitualmente?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Sabor a Evangelio

domingo, 9 de febrero de 2020
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5b91b-luz2bdel2bmundoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Sal y luz: sabor y color de la vida.

         El evangelio de hoy es la conclusión de las bienaventuranzas, (Mt 5), que no leímos el pasado domingo por coincidir con la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo.

Las dos lecturas de hoy ensamblan dos símbolos: la sal y la luz. Vosotros sois la sal y la luz.

  1. Sal

         La sal conserva los alimentos además de dar sabor a la comida. La sal es un símbolo de cierta viveza: sabor y saber en la vida.

(Saber) Sabiduría no es lo mismo que ciencia: Se puede tener conocimientos y carreras universitarias, pero no saber vivir ni saborear la vida. Cuántas personas no tienen ciencia, pero saben vivir, tienen sabiduría y

         Los cristianos, la comunidad eclesial es sal de la tierra: Vosotros sois la sal de la tierra.

         Cristiano es quien tiene y transmite el buen sabor de Cristo. No quien transmite órdenes, sino quien transmite la bondad de Cristo.

         Escuchábamos al profeta Isaías en la primera lectura:

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz.

La sal ¿se ha vuelto insípida?

         Llevamos unos años en los que la iglesia jerárquica –sobre todo un gran sector de la jerarquía hispana- dice poco, transmite escaso sentido cristiano. Anda atosigada con media docena de cuestiones morales, que no son centrales ni mucho menos al cristianismo: la propiedad del patrimonio eclesiástico, la fecundación in vitro, la homosexualidad, la cuestión de género, peregrinaciones, etc.

         ¿Dónde ha quedado el contenido y el sabor del Evangelio de JesuCristo?

         ¿Dónde han quedado las bienaventuranzas, el amor?

Dónde han quedado el: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres en ti mismo

  1. Luz

     El símbolo de la luz está muy presente en la Biblia (y en la vida). La luz es el principio de la creación de la vida (Gn 1,3). El pueblo que vivía en tinieblas, vio una gran luz, (Mt 4,16). Yo soy la luz (Jn 8,12; 9,5).

Solemos emplear el símbolo de la luz en los momentos más importantes de la vida: las madres “dais a luz”. Cuando morimos, alguien nos deseará y pedirá a Dios Padre que nos “conceda la luz eterna”. En situaciones difíciles: no vemos la luz, la salida. A veces nos encontramos con personas que “no tiene luces” o a nosotros mismos nos “faltan las luces” por debilidad, cansancios, etc.

         Como cristianos nos acercamos a quien es la Luz para que Él ilumine nuestra vida y nosotros transmitamos, reflejemos un poco de luz. Los cristianos somos como Juan Bautista, no somos la luz: Cristo es la luz.

  1. Todos hemos de iluminar y ser sal en la vida.

         La vida nos llama a ser luz: como padres de familia que ilumináis la vida de vuestros hijos; a veces como compañeros y amigos que no ayudamos, nos “iluminamos”: “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”, dice la Biblia, aunque no hace falta que lo dijera. En una comunidad religiosa es importante la luz y el sabor que proyectamos y dejamos, (hay quien todo lo ve negro y de sabor amargo; también se puede encender una vela y hacer un poco de luz). La responsabilidad de un profesor, de un maestro es grande a la hora de iluminar, de enseñar más con su testimonio que con su ciencia. Los psicólogos, los médicos iluminan también la vida, los problemas de las personas: un buen consejo, enseñar a vivir, etc. Los presbíteros, los catequistas tenemos una responsabilidad de transmitir la luz de Cristo

         Otras profesiones también iluminan (a veces no sé si ciegan) la vida de los demás: periodistas, científicos, incluso políticos

  1. alumbre así vuestra luz.

Lo eclesial y lo eclesiástico en nuestro momento diocesano.

         Dado el momento y la situación de nuestra diócesis. Necesitamos luz, sal, paz, calma, interioridad. ¿O es que no se quieren ver las cosas?

La luz y la sal no están en la doctrina teórica, ni en disciplina eclesiástica, menos en el uso del poder despótico, (1Ped 5,1-4).

La luz cristiana está en el corazón compasivo y misericordioso

         ¿Cuándo alumbra la luz del evangelio, cuándo transmitimos esa luz? La respuesta la encontramos en la primera lectura de hoy del profeta Isaías:

«Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía

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Una Palabra…

sábado, 8 de febrero de 2020
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Una palabra habló el Padre,
que fue su Hijo,
y esta habla siempre
en eterno silencio,
y en silencio
ha de ser oída del alma”.

*
San Juan de la Cruz.
Dichos de amor y de luz. N.99

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

Pedro Castelao: «En la oración aspiramos a que lo imposible, sea posible. A que lo ya irremediable pueda tener remedio»

viernes, 7 de febrero de 2020
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Pedro-Castelao-oracion_2195790454_14255021_660x467«Orar es un sentirse bañado y personalmente acompañado por la envolvente atmósfera de quien sostiene el compás del tiempo»

«No es cierto que, en sí misma, cualquier actividad sea oración, pero sí lo es que todo puede convertirse en oración»

«Lo decisivo no es ni el momento, ni el lugar, ni el modo, sino la activación de nuestro interno receptor de eternidad»

«La oración nos hace vivir adelantadamente una leve fracción de esa plenitud, pero a veces nos parece ensoñación y otras un vano autoengaño»

«Somos llevados por la atracción de un movimiento que no dominamos hacia cumbres insondables que nos dejan sin palabras sin que nosotros nos movamos en absoluto del lugar que ocupamos ni del habitáculo en el que nos sentamos»

«Estad siempre gozosos. Orad sin interrupción. Dad gracias por todo» (1Tes 5, 16-18a). Orar es cobrar conciencia explícita de la presencia omnímoda del amor de Dios y dirigirse a Él como un hijo habla con su padre o con su madre. Es ponerse en presencia de Dios, abrirse al influjo de su Espíritu y dejarse moldear por su Verbo.

Pero no es sólo, ni principalmente, un acto de conciencia. Se trata más bien de un sentirse bañado y personalmente acompañado por la envolvente atmósfera de quien sostiene el compás del tiempo, para percibir su imperceptible «estar», más allá y más acá de toda otra forma ordinaria de habitar el espacio y la secuencialidad temporal.

Hay innumerables formas de oración. Y todas son saludables si nos ayudan a ponernos en presencia de Dios.

Unos rezan con breves fórmulas repetitivas sin apenas callarse. Otros en completo silencio sin casi proferir palabra. Unos rezan con la Biblia, otros con la contemplación de la naturaleza. Hay quien entona salmos, otros meditan los Evangelios. Otros observan distantes su flujo interno de conciencia en la máxima quietud que les es posible. Otros rezan en el metro transfigurando el ajetreo de la ciudad luego de visitar enfermos en el hospital o de trabajar en barrios pobres con inmigrantes o marginados. Otros experimentan la presencia de Dios en su activa lucha por la justicia y otros cultivan la disciplina de la lectura, el estudio, la meditación y la escritura.

No es cierto que, en sí misma, cualquier actividad sea oración, pero sí lo es que todo puede convertirse en oración.

No hay oración cuando estamos horizontalmente dispersos en la superficie de nuestros quehaceres, por más que estemos arrodillados ante la custodia.

Y no hay situación o actividad, por más caótica o tumultuosa que sea, que no pueda servir como catalizadora de un impulso de transcendencia que nos catapulte realmente ante la presencia última de Aquel frente al cual todo es penúltimo.

Lo decisivo no es ni el momento, ni el lugar, ni el modo, sino la activación de nuestro interno receptor de eternidad sean cuales sean las circunstancias externas o internas en las que nos veamos.

Orar es, pues, unirse con nuestros sentidos, afectos, sentimientos, pensamientos e imaginación con Dios, en una relación de intimidad en la que nos mostramos, querámoslo o no, desnudos de todos nuestros roles y de todos nuestros relatos de propia justificación para confesar el mal que hacemos, el bien que dejamos de hacer y, en la medida en que nos es dado recibirlo y gustarlo, experimentar el perdón de un amor de Dios que nos impulsa a ser mejores y más exigentes con nosotros mismos y mucho más indulgentes con los demás.

Orar contribuye decisivamente a nuestra sanación interior, a la más honda integración de todas aquellas tendencias que, a veces, tiran de nosotros en direcciones opuestas hasta el punto de desgarrar nuestro interior.

Orar repercute en todo nuestro ser, pues somos una unidad. Y toda ella vive tanto nuestras alegrías y éxitos como nuestras heridas y fracasos.

Orar es como ponerse moreno. Uno lo hace queriendo y sin querer. Hay que exponerse, queriendo, a los rayos solares, pero una vez ahí son ellos los que, sin querer, activan la melanina que tiñe nuestra piel.

Y es que la iniciativa, la actividad incitadora, el protagonismo es siempre de esa divinidad que, como el sol, jamás deja de comunicarnos los destellos de su amor, porque, aunque su recepción inmediata implica la acción positiva de nuestra libertad, esta no es nunca lo primero, por más que lo parezca, sino la respuesta a una llamada anterior que antecede completamente todo nuestro obrar.

En la oración aspiramos a que lo imposible, sea posible. A que lo ya irremediable pueda tener remedio.

Y no me refiero aquí a esas primarias e infantiles peticiones que convierten la oración en un ejercicio inverso de lo que, en realidad, debería ser. La oración consiste en estar abiertos a la voluntad de Dios, a su palabra, a su moción. Y es, entonces, el ejercicio espiritual en el que debemos dejarnos convencer y moldear, en nuestros sentimientos, deseos e ideas, por el amor de Dios, en lugar de, endurecidos en nuestro ego, pretender convencer a Dios para que se cumpla nuestra voluntad estableciendo con quien todo nos lo da una horrible relación de mercantil compraventa.

Lo que los niños hacen con su imaginaria hada madrina podemos hacerlo nosotros con Dios —¡ay!— cuando, en lugar de ponernos nosotros a su servicio —y ninguna plenitud es mayor para el hombre que el servicio de Dios— pretendemos que sea Dios el que nos sirva a nosotros realizando aquello que creemos desear. Porque lo cierto es que, la mayoría de las veces, no sabemos ni lo que queremos, y somos como infantes caprichosos e inconstantes, como en todas esas incontables ocasiones en las que, queriendo algo con todas nuestras fuerzas, resulta que luego no lo reconocemos como lo que, en realidad, queríamos.

La cuestión es, pues, de escucha, adoración y entrega y no tanto de petición, exigencia y trueque, porque lo que realmente está en juego en la oración es si es posible lo imposible y si lo ya irremediable, puede tener remedio en Dios.

El problema real es el mal, el dolor, el sufrimiento y la muerte como realidades cuya derrota definitiva sólo Dios puede llevar a cabo en la plenitud escatológica allende la historia ordinaria de la creación.

Y es ahí donde el cristianismo, en la oración, nos anticipa lo imposible y lo irrealizable. Aquello sobre lo que Unamuno reflexionó en su escrito Nicodemo el fariseo y que consiste fundamentalmente en que Dios pueda sanar nuestras heridas, curar nuestras cicatrices, perdonar el mal cometido y borrarlo completamente del universo transformándolo de tal manera que fuese como lo nunca acontecido al quedar totalmente desactivado y carente de negatividad.

Nuevo nacimiento, sanación completa, redención absoluta, perdón incondicional. Eso es lo que la oración nos hace pregustar aquí y ahora en unas condiciones bien precarias tendentes a la dispersión espiritual y al sometimiento a las condiciones horizontales de una existencia ante la que dichas condiciones se presentan como definitivas y últimas. Como si una palabra de salvadora eternidad no sólo fuese impensable, sino del todo imposible.

La oración nos hace vivir adelantadamente una leve fracción de esa plenitud, pero a veces nos parece ensoñación y otras un vano autoengaño.

Las aproximaciones de la neurología o la psicología profunda a la cuestión de la oración —siendo en sí mismas extraordinariamente interesantes— adolecen todas de un mismo déficit.

Tienden a confundir la profundidad de la mente y sus internos mecanismos fisiológicos con el abismo del espíritu humano. Y es que el yo profundo, por más profundo que sea, por más estructuras transpersonales de las que se libere, por más que se disuelva su perfil, por más inconsciente y oscuros que sean los sótanos de su trastienda, no son —en este nivel analítico, transegoico o neurofisiológico— sino la superficie más accesible de una personalidad que, cerebralmente sostenida por interacciones sinápticas y procesos bioquímicos, se muestra, ciertamente, fascinante, compleja y profunda, pero con una hondura y profundidad de un alcance siempre medible, evaluable y explorable en términos de análisis, sondeo y experimentación.

Quiere esto decir que, siendo del máximo interés todo cuanto la neurobiología y o la psicología nos pueda enseñar sobre la complejidad y profundidad de nuestro yo cerebral, la dimensión hacia la que apunta la oración transciende infinitamente todo fenómeno fisiológico para emboscar al ser humano en un nivel de profundidad en el que las brújulas se vuelven locas, los sónares tienen comportamientos extraños y no hay mecanismo de verificación empírica que funcione, en definitiva, de manera cabal.

Porque de lo que aquí se trata, finalmente, es de nuestro yo místico, de nuestra identidad abisal, de la raíz última de nuestro ser de criatura, creada a imagen y semejanza de Dios, y constituido en su hondura más íntima por una singularidad tan especial y genuina que, curiosamente, permanece siempre ella misma a lo largo de la vida como si fuese sin edad durante todas las edades de su biografía. Como si su verdadero tiempo y su verdadero lugar no fuesen de este mundo y, por tanto, pudiese percibirse a sí misma siendo niña, joven, adulta o anciana, siendo todo esto a la vez y ninguna de ellas por separado al margen del flujo vital en el que está. Me estoy refiriendo a ese hondón de nuestra alma y de nuestro espíritu al que siempre se han referido los autores espirituales y místicos que en el mundo han sido. Es en esa dimensión y en esa insondable profundidad de nuestro yo en la que acontece la experiencia de la oración.

Como se ve, no se trata, pues, del alcance cuantitativo de una hondura determinada de conciencia, sino del encuentro con una infinitud —la divina— que diviniza la condición humana al transportarla a una dimensión en la que el tiempo ya no es duración, el espacio no es extensión y la materia —como en la transfiguración— se vuelve translúcida.

En esta dimensión a la que somos transportados —sin movernos de donde estamos y sin que, en apariencia, nada cambie cuando, en realidad, ya todo es distinto— en los momentos de mayor lucidez e intensidad orante nos situamos en la onda vital de lo que la Escritura y la Tradición han llamado Espíritu Santo.

Y es en él, en el movimiento incesante del Espíritu divino, donde nuestro espíritu humano se encuentra con la fuente de toda vitalidad, con el dador de vida, con aquel que, sin ser creación, literalmente anima a todo lo creado desde su más íntimo interior.

En un interior en el que, en la oración, somos siempre invitados a configurarnos con la hechura biográfica de Jesucristo, siendo nuevamente remitidos al anclaje vital, espacio temporal, histórico y concreto del que nunca hemos salido.

Y es que en el proceso orante ocurre —pero sin histrionismos, ni gritos, ni aceleraciones— lo mismo que en una gigantesca noria o en una montaña rusa.

Somos llevados por la atracción de un movimiento que no dominamos hacia cumbres insondables que nos dejan sin palabras sin que nosotros nos movamos en absoluto del lugar que ocupamos ni del habitáculo en el que nos sentamos. Y las cosas que vemos, sentimos y gustamos en esos movimientos de oscilación —que no son ni cosas, ni visibles, ni sensibles, ni gustables— hacen que nuestro punto de inicio —del que jamás nos hemos movido ni un ápice— lo percibamos, después de y durante la experiencia de la oración, de un modo cualitativamente transfigurado, cuando, sin saber muy bien por qué, finaliza la oración —cosa que, en el fondo, querríamos que no ocurriese nunca.

Y en nuestro punto obligado de llegada nos volvemos a encontrar con la referencia cristológica que nos mueve al seguimiento de quien, en el mismo mundo, en la misma línea espacio temporal que nosotros habitamos ahora, vivió en transparencia diáfana su relación con Dios.

Por eso la oración no nos hace huir de la vida, como no hizo huir a Jesús de la suya, sino que nos resitúa ante sus problemas y vicisitudes de una forma enteramente nueva: en la lógica del Reino, del amor a Dios y del amor al prójimo.

Vista desde una perspectiva tecnocrática y meramente utilitaria la oración no sirve para nada. Comprendida en su ser más auténtico lo es todo.

En ella se encuentra el hombre con su Creador y es invitado a vivir como su Hijo eterno siendo interiormente transformado por el amor infinito de su santo Espíritu.

Fuente Religión Digital

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Jesús “pasa”…

jueves, 6 de febrero de 2020
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Jesús «pasa»: en el carácter opaco y al mismo tiempo transparente de las cosas que acaecen. Pasa: en la superposición de las inspiraciones, que iluminan el corazón. Pasa: en la pobreza y en la desesperación del hombre. «Pasa»: por la rendija del egoísmo humano encerrado en sí mismo. Pasa: en la decepción de las cosas que se prometen y no se cumplen. Pasa: en la seguridad del bienestar y en la fatua satisfacción del llamado «nuevo rico».

        Pasa y vuelve: como la lanzadera de un telar. Como el amante encarnizado que no se resigna a la renuncia de su propio amor. Pasa cuando menos te lo esperas: así atraviesa el Señor tu vida. Pasa y se va; pasa y se queda, al mismo tiempo. De todos modos, deja huellas visibles y sensibles de su paso: la atracción de una invitación persistente, el clamor de una Palabra que no es posible callar, el tormento de un deseo que renace, la alegría de un compromiso que agita las fuerzas del hombre…

        Jesús pasa. Es uno de los muchos transeúntes con los que nos cruzamos en la calle. Son incontables los que nos «pasan» a derecha e izquierda, los que saltan, obstaculizan, cortan la calle, nos observan con una perfecta indiferencia. Muchos, demasiados, no se dan cuenta de nada. Pasan y no ven. Jesús pasa y «ve»… Se da cuenta de nosotros. De mí. Ve: en el corazón. A través de los deseos y las aspiraciones profundas. Ve: no tanto los rasgos de nuestra fisonomía y las actitudes de nuestro comportamiento.

        Ve: la dimensión interior del hombre: pensamientos, deseos, afectos, intenciones, disponibilidad, propósitos. La dureza del corazón ve y hace ver. Ve: la verdad entera que hay en el hombre. Me ve a mí… Jesús necesita encontrar en nosotros al hombre. Al hombre es a quien dirige su Palabra divina.

*

F. Berra,
lo ho scelto voi,
Roma 1990, pp. 41-43

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Tú caminas a mi lado

martes, 4 de febrero de 2020
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       Tú caminas a mi lado, Señor. No deja huellas en la tierra tu paso. No te veo: siento y respiro tu presencia en cada tallo de hierba, en cada átomo de aire que me nutre.

        Por el sendero oscuro que discurre entre los prados me llevas a la iglesia de la aldea, mientras arde la puesta del sol detrás del campanario. Todo en mi vida ardió y se consumió como la hoguera que ahora prende a occidente y dentro de poco será cenizas y sombra: sólo me queda salva esta pureza de infancia que remonta, intacta, el curso de los años por la alegría de volver a encontrarte. No me abandones más. Hasta que no caiga mi última noche -aunque sea esta misma-, colma sólo de ti desde los rocíos a los astros, y transfórmame en gota de rocío para tu sed y en luz de astro para tu gloria.

*

A. Negri,
Fons Ámoris, Milán 1946

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Dichosos…

domingo, 2 de febrero de 2020
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Hoy celebramos la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, pero no nos resistimos a meditar el evangelio que corresponde al IV domingo del Tiempo Ordinario con el que coincide este año:

MESIAS

Te seguiré donde quiera que Tú vayas
y tu Palabra siempre escucharé.
Serás mi luz, mi vida, mi esperanza,
serás el agua viva de mi fe.
Yo creo en ti, en tu sueño de fraternidad
porque el amor el mundo cambiará,
voy a sembrar contigo la felicidad
en casa, en el trabajo, en mi ciudad.
Será Jesús manantial en el camino
y su Palabra el agua de verdad,
será su amor la fuerza y la alegría,
la luz que nuestros pasos guiará.
Y se unirán a nosotros mil amigos,
compartiremos agua, vida y pan
y viviremos juntos como hermanos,

seremos mensajeros de la paz.

***

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”

*

Mateo 5,1-12a

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Entre los diez grupos en que se pueden distribuir y agrupar las diferentes bienaventuranzas bíblicas, sólo una hace referencia a la posesión de bienes materiales. Es lo dicho de aquel padre que, por la fecundidad de su mujer, se encuentra rodeado de un determinado numero de hijos, sanos y robustos, y que, por ello, es honrado y respetado entre sus congéneres. Otras Bienaventuranzas de tipo material no existen. Ni los ricos, ni los poderosos, ni los prepotentes, ni los dominadores, ni mucho menos los vividores, tienen cabida, directamente, en las bienaventuranzas bíblicas, entre el número de los bienaventurados. Ni la riqueza, altamente estimada entre los bienes deseables de la vida del hombre en la mentalidad bíblica veterotestamentaria. Es verdad que pobreza e indigencia nunca tuvieron buena acogida. En cambio, a diferencia de las bienaventuranzas egipcias o griegas, las bienaventuranzas bíblicas nunca consideraron que la riqueza, por si sola, bastase para dar la felicidad. Ni tampoco la gloria, el honor o el prestigio.

Ciertamente, todos estos bienes san altamente apreciados y estimadas. Pero nunca han sido considerados como constitutivos de la felicidad humana. Son bienes complementarios, pero no constitutivos.

Sirviéndonos de esta distinción, bienes constitutivos y bienes complementarios, en realidad el mayor bien constitutivo, según nueve de los diez grupos de bienaventuranzas, no es otro que Dios. O dicho de otra forma, la posesión por parte del hombre de todas las actitudes mas genuinas y auténticas relacionadas can la realidad divina: fe en un único Dios (grupo I); plena confianza y esperanza en su acción salvífica (II); respeto profundo, temor y amor (III); confesión humilde de los pecados y deseo de perdón (IV); estima y anticipación activa en el culto y la liturgia del templo (IV); mirada vigilante y escucha atenta a la presencia de Dios en el mundo y en la historia (V); consideración de la Ley como reflejo y testimonio de la manifestación de la acción salvadora de Dios (VI); respetuoso comportamiento ante la justicia (VII) y, finalmente, aceptación humilde de algunas carencias físicas, de un estado de sufrimiento (VIII).

Estamos, como se puede apreciar; ante un conjunto de actitudes religiosas, mediante las cuales las personas toman conciencia de sus incapacidades, limitaciones, y no se cierran orgullosamente en si mismas, sino que reconocen que solo en Dios encuentran su plenitud.

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A. Mattioli,
Beatifudini e Felicita nella Bibbia d’IsraeIe,
Prato I992, 542ss.

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“Fe sencilla”. Presentación del Señor – A (Lucas 2,22-40)

domingo, 2 de febrero de 2020
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presentationEl relato del nacimiento de Jesús es desconcertante. Según Lucas, Jesús nace en un pueblo en el que no hay sitio para acogerlo. Los pastores lo han tenido que buscar por todo Belén hasta que lo han encontrado en un lugar apartado, recostado en un pesebre, sin más testigos que sus padres.

Al parecer, Lucas siente necesidad de construir un segundo relato en el que el niño sea rescatado del anonimato para ser presentado públicamente. ¿Qué lugar más apropiado que el Templo de Jerusalén para que Jesús sea acogido solemnemente como el Mesías enviado por Dios a su pueblo?

Pero, de nuevo, el relato de Lucas va a ser desconcertante. Cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres.

Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus «tradiciones humanas» en los atrios de aquel Templo. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana.

Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como Enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón («El Señor ha escuchado»), la anciana se llama Ana («Regalo»). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios.

Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el «Grupo de los Pobres de Yahvé». Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la «consolación» que necesita su pueblo, la «liberación» que llevan buscando generación tras generación, la «luz» que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

Esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva es la fe de la mayoría. Una fe poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, que se formula en expresiones poco ortodoxas, que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger.

José Antonio Pagola

 

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