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La búsqueda y la rendición.

domingo, 21 de marzo de 2021
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Salir-hacia-dentroDomingo V de Cuaresma

21 marzo 2021

Jn 12, 20-33

La búsqueda constituye uno de los temas centrales del cuarto evangelio. Empieza con la pregunta de Jesús a sus dos primeros discípulos –“¿a quién buscáis?” (Jn 1,38)y concluye constatando que también los paganos desean encontrarlo.

     La búsqueda suele nacer de una doble fuente: la insatisfacción –o vacío– que reclama respuesta o salida y el Anhelo profundo que nos hace añorar nuestra “casa” y clama porque nos reencontremos con nosotros mismos. En el primero caso, la búsqueda es interesada porque nace del sufrimiento o del malestar provocado por la lejanía de nosotros mismos; en el segundo, aun sin saberlo conscientemente, es expresión de nuestra verdad profunda.

   No es raro que la búsqueda vaya acompañada de ansiedad, cuando no de miedo y de frustración. Sin embargo, a medida que crece la comprensión, la propia búsqueda se empieza a vivir de forma más desapropiada para, finalmente, cesar. Cesa cuando has comprendido que, en tu verdad profunda, ya eres lo que andabas buscando y que, por tanto, no hay nada que buscar.

  A partir de ese momento, se empieza a entrever que la búsqueda desorienta porque, al hacernos pensar que hay “algo” que tenemos que perseguir fuera o en el futuro, nos aleja de lo que realmente somos. Con la promesa de un señuelo exterior, nos embarca en un camino que cada vez nos aleja más del tesoro auténtico.

 Tiene razón, sin duda, el dicho según el cual, “quien busca encuentra”, pero la tiene igualmente –somos una realidad paradójica– aquel otro que afirma que “buscar es el mejor modo de no encontrar”. Y, tal vez, en cierto sentido, ambas afirmaciones quedan sintetizadas en aquella otra que lo resume de este modo: “La salida es hacia dentro”.

   La salida se halla en la comprensión de que lo realmente somos. Ahí cesa la búsqueda. Y al cesar, se vive una profunda aceptación de lo que es, que llega a rendición –consciente y lúcida– y se plasma en la actitud de fluir con la vida. No buscas nada; permites que la vida, que ya has reconocido como tu identidad más profunda, se exprese en cada momento a través de ti.

  El hecho de que cese la búsqueda no significa que cese la acción. Lo que cambia, de modo radical, es el lugar de donde la acción nace: antes lo hacía, generalmente, del yo ansioso; ahora brota, se despliega o, mejor, fluye de la plenitud que somos en lo profundo. Por eso, en el primer caso, la acción es egocentrada; en el segundo, desapropiada.

¿Cómo me sitúo ante la búsqueda?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El Dios de Jesús es perdón

domingo, 21 de marzo de 2021
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palomas-amanecer-2-copiaDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Nota previa:

El evangelio de este domingo y de estas semanas está tomado de Juan. Un evangelio muy diferente a los sinópticos (Mt, Mc, Lc). El evangelio de Juan es el último que se escribió, (cercano ya al año 100). Un evangelio que refleja una reflexión y una elaboración teológica muy sofisticada, de difícil comprensión, con frecuencia.

El Jesús que en este evangelio se refleja, el Jesús que discute con “los judíos”, no es en absoluto el Jesús histórico. Todas esas frases lapidarias, solemnes, mayestáticas, autoritativas, “Yo soy”…, etc., no son de Jesús. Han sido puestas por el evangelista y las pone en boca de Jesús como un procedimiento literario-teológico para expresar la reflexión teológica que la comunidad joánica ha elaborado…

En la predicación, en la catequesis, en el comentario bíblico, no se suele “entrar en profundidades” y se comentan sin más las palabras de Jesús “como si” de hecho fueran palabras directas,

  1. Queremos ver a Jesús

         Comienza el texto de hoy presentando a unos griegos que habían ido a Jerusalén a celebrar la fiesta. ¿Griegos convertidos al judaísmo? El hecho de que sean griegos quienes buscan a Jesús tal vez sea un símbolo de universalidad del evangelio, “incluso los extranjeros, quizás paganos buscan a Jesús”.

         No se trata de un mero ver de curiosidad, tal vez de cortesía. Si volvemos a leer la primera lectura de hoy (Jeremías) Dios dice que en la “nueva alianza” me conocerán, todos me ´veréis, me conoceréis cuando en la nueva Alianza perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.

         La nueva alianza, la nueva relación entre Dios y los hombres se sella con JesuCristo. Y esa nueva alianza de Dios con los hombres es perdón y amor.

¿Nosotros, vemos, conocemos a Jesús? ¿Conocemos y vivimos la nueva alianza del perdón y del amor de Dios para con nosotros, los seres humanos?

En el ámbito eclesial y, gracias a Francisco, estamos recuperando el sentido ´de la bondad de Dios, del perdón. Pero en el subconsciente eclesiástico permanece y sigue haciendo carrera el Dios de terror y del pánico. El Dios de muchos obispos y curas católicos es aquel que decía un cura rural con mucho realismo y algo de humor: “El Dios de los católicos es muy justo, porque condena a los malos y a los buenos en cuanto se descuidan”.

Ver a Jesús es conocer, vivir el perdón y el amor.

         Ahondando un poco más, podríamos preguntarnos si la sociedad, la civilización occidental, sobre todo Europa “ve o quiere ver a Jesús”, la salvación y el perdón de Jesús, del Dios de Jesús.

         Tres líneas de pensamiento han desviado la mirada de ver a Jesús y la han puesto en otros puntos:

  1. El siglo XVIII con la Ilustración (pongamos a Kant) se seculariza la salvación, la esperanza, los valores como el perdón y el amor. La Ilustración nos propone como salvación el progreso, el desarrollo, la tecnología, etc… Pero bien sabemos que ahí no está la salvación. No nos podemos dar a nosotros mismo la salvación, la felicidad plena.
  2. Ya en el siglo XIX con los maestros de la sospecha, la salvación y la ética pasan a ser la sociedad perfecta, la dictadura del proletariado (Marx, Feuerbach, etc.). Pero tampoco la sociedad perfecta parece que fuese el paraíso terrenal.
  3. A mediados – finales del siglo XIX- nos invade la “nada”. “Dios ha muerto” (Nietzsche, muere en 1900). Ya no hay valores y “una noche espesa nos invade”, así es que: vive, come, disfruta y muérete como has vivido, sin enterarte.

         Estas tres líneas no se han dado en otras latitudes como África, Latinoamérica, el Lejano Oriente y ello hace que seamos culturas diferentes y tengamos diferentes modos de vivir las religiones.

         La gente probablemente desconoce estas tres líneas, pero están ahí, en el “subconsciente” de nuestra cultura y sociedad.

Pero también hoy queremos ver a Jesús. El ser humano tiene unas “cuestiones y nostalgias últimas”, que brotan siempre.

Transmitamos, enseñemos que también nosotros tenemos necesidad y queremos ver a Jesús.

  1. Si el grano de trigo no muere.
  1. v 23. Ha llegado la hora.

La “hora” es uno de los temas centrales del evangelio de Juan: aparece al menos en veinticinco ocasiones.

         María, la madre del Señor, aparece dos veces en el evangelio de San Juan: la primera al comienzo, en las bodas de Caná, cuando “todavía no ha llegado mi hora”, la hora de Jesús, (Jn 2,4). La segunda vez aparece María en la cruz, a la muerte de Jesús, “cuando ya ha llegado la hora” (Jn 19,25).

En ambos pasajes de María van unidos la “mujer y la hora”. En Caná Jesús le dice a María: “Mujer; todavía no ha llegado mi hora” (2,4). Junto a la cruz Jesús vuelve a llamarla a María: “mujer”‘ y añade que “desde aquella hora, el discípulo la recibió como suya”, (19,27), El misterio de la “mujer” tiene relación con el misterio de la “hora” y de la vida.

Jesús da una cierta explicación de este binomio: mujer-hora, mujer-vida cuando en un momento de la Cena. Jesús evoca y repite las palabras mujer y hora:

la mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque ha llegado su hora” (16,21).

Se trata de un trance doloroso que hará que surja una nueva vida, hará que “nazca un ser en el mundo”.

Toda explicación de la “mujer” y de la “hora” en la tradición joánica hemos de interpretarla con los armónicos del misterio de la maternidad mesiánica: la vida.

¿Qué significa esta hora?

Esta expresión ha pasado al lenguaje y cultura de muchos pueblos: “le ha llegado la hora”.

La hora joánica tan repetida: “todavía no ha llegado la hora” resulta casi obsesiva, crea un suspense, una tensión que dinamiza todo el cuarto evangelio. A partir de un cierto momento del evangelio, todo se va a precipitar hasta que ya ha llegado la hora.

La hora es el momento de la plenitud, el cumplimiento de la esperanza humana.

  1. v 24. La semilla cae en tierra y da fruto de vida. El que se busca a sí mismo, se pierde, pierde la vida… El grano de trigo ha de morir para dar vida.

         Es como la propuesta que Jesús les hace a aquellos griegos que se acercan a él: he de caer en el surco para dar vida.

         A veces pensamos que Jesús fue como un extraterrestre que aterrizó entre nosotros, pero sin que lo humano de Jesús tenga demasiado importancia, porque total, como sabía que iba a resucitar, para que preocuparse.

         Esto no fue así: Mi alma está agitada, hemos escuchado hoy. ´La víspera de su muerte Jesús dice: Mi alma está triste hasta la muerte, (Mt 26,38). Y en la cruz Jesús se siente abandonado por lo que grita con el salmo 21: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

         Finalmente, Jesús muere -como ha vivido- con total confianza en Dios: En tus manos encomiendo mi espíritu, mi vida, (Lc 23,46).

En algunas misas de funeral me parece muy adecuado decir que los cristianos no enterramos, sembramos.

         Jesús entregó su vida por los demás: El que se ama a sí mismo se pierde y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. Y entregando su vida, nos logró la vida a nosotros.

         El triunfo de Jesús está en su “derrota”.

       Algunas breves referencias de nuestro existir actual:

  • o No es raro escuchar a jóvenes parejas -que se casan o se unen-, decir algo así como que: durante unos años vamos a vivir, luego ya tendremos hijos. ¿los hijos, la familia no son vida?
  • o Decía una modelo: primero quiero realizarme como mujer, luego ya tendré hijos.
  • o Cuidar de los padres enfermos para algunas personas es una desgracia que puede caer en una familia. Te rompen la

Vivir, lo que se dice vivir, no es el trabajar, ni crear vida, cultura, etc. sino que vivir es el mes de vacaciones… Basta que observemos cómo en la pandemia que estamos atravesando, se quiere vivir: lo más importante, la vida consiste en si podemos ir a la segunda vivienda, si podremos viajar en Semana Santa, ir al pueblo de al lado…

Me parece que es cierto aquello de que la gran preocupación del capitalismo es que la gente no se entere que se aburre, porque cuando la gente es consciente del aburrimiento, saltan chispas, cuando no depresión, soledad, tristezas, etc. ¿Vivir es divertirse?

¿Una familia no es vida? ¿Cuidar a un enfermo o a los padres ancianos, no es vivir? Pero vivir no consiste en pasárselo bien, vivir es transmitir vida, como la semilla de trigo.

Estar siempre dando vueltas a mi persona, mi salud, mi bienestar, mis vacaciones, mis derechos, es “perder” la vida, el tiempo y el humor.

Aunque tengamos poca salud, todo ser humano está lleno de vida, como el humilde grano de trigo, que está lleno de vida. Y los humanos tenemos vida por nuestra pequeña dosis de inteligencia y, sobre todo, de amor: el que ama crea vida: la pareja que se ama, crea vida, quien ama un ideal noble y se entrega a él, crea vida. Y creamos vida, porque nos entregamos, nos esforzamos, trabajamos por esas personas, por esos ideales. Vamos muriendo, como el trigo en tierra, para que brote la espiga, el trigo, el pan, la Eucaristía.

         Dar la vida, dar nuestro tiempo, nuestras capacidades, mirar a los demás es crear vida.

         Queremos ver a Jesús, que es fuente de perdón y de vida.

 

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José I. González Faus: «¿Cómo hacer oración? Una invitación»

lunes, 15 de marzo de 2021
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Oracion_2216788316_14447695_667x375De su blog Miradas Cristianas:

«La plegaria es algo así como la respiración del alma»

«La mejor definición de la oración no es la de ‘hablar con Dios’ sino la de ‘buscar a Dios'»

«Una postura cómoda pero no repantigada, vertical más bien; cobrar conciencia del movimiento de inspirar y espirar: lentos y hasta el fondo de los pulmones»

«Cuando esa respiración silenciosa (o casi silenciosa) se haya convertido en un hábito, es muy probable que vaya dejando en nosotros una sensación profunda del misterio que nos envuelve»

«Quedan ahora las diversas partituras a seguir: reflexionar sobre una palabra de Jesús, o imaginar una escena evangélica, o contemplar desde nuestra interioridad la enorme maldad y el inmenso sufrimiento que hay en nuestro mundo, o desgranar las palabras de alguna plegaria oral compuesta por otros; o simplemente, seguir estando ahí paladeando esa sensación de Misterio»

Cualquier acompañante espiritual, habrá recibido varias veces la pregunta de cómo hacer oración. Antes que una respuesta, estas líneas quisieran ser una invitación. Dicen que la plegaria es algo así como la respiración del alma. Quizá pues sea útil comenzar partiendo de la respiración del cuerpo: porque respirar es  la actividad más importante y más inconsciente de todas las que hacemos. Vayamos a empezar por haderla conscie nte.

1.- Una postura cómoda pero no repantigada, vertical más bien; cobrar conciencia del movimiento de inspirar y espirar: lentos y hasta el fondo de los pulmones. Este movimiento repetirlo una y otra vez sin palabras. En realidad (como decía Jesús), en la oración sobran las palabras; si son necesarias es solo para evitar nuestras constantes distracciones. Pero la meta es un silencio lleno, no un silencio vacío. Y que acabará siendo solo silencio exterior pero no interior.

Intentemos pues llenar ese silencio de pequeños mantras que procuren ser expresiones de afectos y necesidades personales, bien breves y dichas bien despacio (Te adoro, quiero amarte, gracias, necesito tu ayuda, quiero confiar en Ti, dime qué debo hacer… o alguna petición del Padrenuestro).

2.- Esto será en los comienzos un mero ejercicio que habría que procurar convertir en hábito: los hábitos vuelven fácil lo que antes era difícil. Si resulta costoso, tengamos en cuenta que la mejor definición de la oración no es la de “hablar con Dios” sino la de “buscar a Dios” (Ignacio de Loyola no temía decir que de cien personas que dicen tener mucha oración es probable que noventa no la tengan). Por tanto: la sensación de tiempo perdido o de distracciones, convirtámosla en una demostración práctica de que eso de encontrar a Dios, me importa tanto que estoy dispuesto a gastar todo el tiempo y todo el esfuerzo que haga falta. Recordando aquella “quimera del oro” de Charlot, hagamos nosotros una auténtica “quimera de Dios”.

3.-Cuando esa respiración silenciosa (o casi silenciosa) se haya convertido en un hábito, es muy probable que vaya dejando en nosotros una sensación profunda del misterio que nos envuelve. En contraposición a lo que es mero “enigma”, el verdadero misterio sigue siendo más misterio cuanto más te adentras en él: porque el misterio es la infinitud. Eso que llamamos Dios es el Infinito. Por eso, cuando queremos encerrarlo en nuestros esquemas o nuestras ideas, lo falsificamos y lo convertimos en ídolo.

 Esa percepción de Misterio que nos envuelve irá dejándonos una sensación de paz. De profunda paz. Entonces ya no acudiremos a la oración como quien va a un ejercicio pesado e inútil, sino buscando esa paz. Y esa búsqueda ya es ejercicio de un afecto no expresado.

4.- Luego, según tradiciones diversas, pero válidas para todos, esa sensación del Misterio puede desplegarse por diversos caminos.

4.1.- Para las tradiciones orientales, el Misterio está «dentro de mí», en lo más profundo de mí: bajar a esa profundidad de mi ser equivale a encontrarme con lo mejor de mí mismo; y eso es lo que pide la plegaria cristiana cuando reza “ven Espíritu Santo”.

4.2.- La tradición judía tiene muy presente que el Misterio es el Creador y el Liberador. Creador quiere decir que es la Fuente de todo, pero de manera incomprensible para mí y no de la manera como yo puedo fabricar cosas. Los teólogos discutieron si era mejor llamar a Dios Causa o Fundamento. Y esa discusión, que no tiene respuesta, sirve para mostrar que la acción de Dios es diferente de todo lo que podemos imaginar: se ha comentado a veces el acierto de la Biblia cuando usa para la creación de Dios un verbo (barah) que no usa nunca para las obras humanas. Las lenguas latinas lo quisieron hacer más comprensible usando esa palabra “crear” para las obras de arte: como cuando algún Mozart saca “de la nada” una melodía y unos acordes que no estaban en ninguna parte, o Miguel Ángel saca un moisés de un bloque de mármol donde no estaba el tal personaje. Pero es aún más fina la intuición bíblica.

Liberador quiere decir que nosotros tenemos algo o mucho de esclavitud no reconocida en nuestro interior. El libro del Éxodo cuenta que los hebreos se quejaban en Egipto de la esclavitud exterior a que los sometía el Faraón. Pero, contra todo pronóstico, cuando Dios llama a Moisés para que los saque de Egipto y los libere, una de las objeciones que le pone Moisés es esta: “Señor, ellos no van a querer” (6,12). Efectivamente: nos es más fácil renegar de las esclavitudes exteriores que buscar nuestra libertad interior.

4.3.- Finalmente, la tradición cristiana añade a esas experiencias del Misterio algo increíble: ese Misterio es Amor. Tanto que, por amor al ser humano, y para llevarnos plenamente hasta Él, ha llegado a vivir nuestra misma vida, tomando fragilidad humana y exponiéndose a nuestra maldad, en aquel “Empapado” (o “Ungido” = Cristo) de Dios, que fue Jesús de Nazaret.

Luego la razón y las culturas humanas trataron de explicar eso y hablaron de subsistencia y naturalezas: lenguaje que hoy se nos escapa, pero resultaba inevitable desde la cultura griega (y que dio lugar a esa extraña expresión de “unión hipostática”). Como seguramente, si el cristianismo se hubiese implantado en India, habrían hablado de “advaita” o “no-dualidad”: una expresión que nosotros solemos deformar desde nuestro orientalismo barato, pero que viene a decirnos que nosotros solo somos una pretensión de advaita y que Cristo es la plenitud de esa no-dualidad que hace que no seamos (como creía Sartre) “una pasión inútil”.

Resumiendo: la apertura al Misterio puede tener la forma de llamada a lo más profundo de mí mismo, de conciencia de mi situación de dependencia (pero una dependencia del amor), de oferta de una libertad plena y de llamada al amor más desinteresado, sobre todo hacia aquellos en quienes la autonomía y el pecado de la creación impiden que aparezca la voluntad amorosa del Creador (por eso, en la vida de Jesús, los enfermos y los pobres y oprimidos fueron los verdaderos protagonistas).

5.- Con estos contextos de fondo, todo ese hábito de respiración serena y profunda llenará el silencio con unas sensaciones afectivas y unos estados de ánimo que quizá necesiten alguna palabra para no distraernos, como antes dije, pero saben bien que todo nuestro lenguaje, por elaborado que nos parezca, no pasa de ser algo así como los sonidos que emite el bebé cuando comienza a hablar y que solo puede entenderlos su madre.

6.- Todo lo anterior no ha sido más que ese afinar los instrumentos que solemos oír cuando vamos a un concierto antes de que comience la música. Quedan ahora las diversas partituras a seguir: reflexionar sobre una palabra de Jesús, o imaginar una escena evangélica, o contemplar desde nuestra interioridad la enorme maldad y el inmenso sufrimiento que hay en nuestro mundo, o desgranar las palabras de alguna plegaria oral compuesta por otros; o simplemente, seguir estando ahí paladeando esa sensación de Misterio. Aquí ya no puedo describir más estos caminos que el orante podrá ir encontrando con facilidad cuando haya afinado su instrumental.

7.- Pero sí quisiera concluir con otra observación: el título que di a estas reflexiones es una parodia de la complicada “Invitación al vals” de C. M. von Weber, que luego Berlioz orquestó y la hizo más asequible para nosotros los profanos. Ahora bien: el título alemán de la obra de Weber era propiamente “invitación a la danza”, pero sus compases tienen esos armónicos de placidez y sugerencia, tan típicos del vals, donde parece que, más que bailar, eres bailado; y supongo que de ahí viene el título castellano. He querido decir con esa parodia que la oración puede convertirse en una especie de descanso, plácido y sugerente como la danza.

Sí. Pero una danza que, en nuestra situación de Alianza, nos lleva a la esperanza e, inmediatamente, a ese esfuerzo de la “labranza”.

Budismo, Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, Islam, Judaísmo , , , , ,

Jesús, la luz que salva al mundo…

domingo, 14 de marzo de 2021
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¡ Tanto ama Dios al mundo!

Más de lo que podemos soñar y desear,
más de lo que podemos anhelar y esperar,
nos amas Tú.
Más de lo que nadie nos ha amado y amará,
más de lo que somos capaces de amar,
nos amas Tú.

Nuestra vida, desde el vientre materno,
es una historia de amor
que penetra y fecunda
todos los rincones de nuestro ser
haciéndonos vivir, crecer y madurar
a ritmo de más humanidad.

Y, día a día, el manantial de tu amor
se desborda y riega nuestro espíritu,
nuestros sueños y proyectos,
nuestros sentidos y tiempo,
manteniéndonos lúcidos
en la travesía del desierto.

La creación entera siente tu amor
y, a veces, gime y, otras, canta agradecida
porque en sus dolores de parto
se siente acompañada y realizada,
con luz en su horizonte
y esperanza renovada en tus brazos.

Las cruces que encontramos en el camino,
a lo largo de las estaciones y años,
nos ofrecen luz y vida,
nos liberan de cárceles y condenas,
de desengaños y tinieblas,
porque Tú estás en ellas.

Tanto nos amas Tú
que, a pesar de las noches y oasis,
somos personas que alzamos la vista
y miramos con esperanza,
fijos los ojos en Jesús,
iniciador y meta de nuestra aventura.

Y nuestro caminar, hasta llegar a tu regazo,
será una historia de amor
llena de sorpresas y encuentros,
de lágrimas, dudas y gozos
que nos harán madurar
como hij@s con espíritu
para vivir liberad@s la fraternidad.

¡Cómo brilla tu luz en nuestra oscuridad
al amarnos como nadie sabe amar!

*

Florentino Ulibarri

***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él…

… Habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

*

(Juan 3,14-21)

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Jesús vino ciertamente para padecer, pero su ideal no es la cruz, sino la obediencia, ese modo de vivir la relación con su Padre, testimoniarlo hasta el fondo, sin echarse atrás ante la dificultad ni ante el interrogante más dramático de su vida. El ideal de Jesús es único: la obediencia, una obediencia que no acaba en la muerte, porque quien muere de ese modo sólo puede concluir en la resurrección. La obediencia tiene como contenido el don de sí mismo por nosotros, la donación de Jesús a nosotros. El ideal de Jesús no es el dolor.

¿La cruz de Jesús es una palabra dirigida al dolor humano que, queriendo realizar el ideal del bien, de la justicia, de la virtud, encuentra y padece contradicción? ¿O es también una palabra para el dolor humano en todas sus facetas, para el dolor que nos viene sin buscarlo, sin quererlo, el dolor repentino, el dolor que parece llegar de modo absurdo? La respuesta es única: la cruz del Señor es una palabra para todo el dolor humano. El cristiano no dice: padecemos el dolor, Jesús también lo padeció. Ha aprendido, más bien, a razonar de otro modo. Ha aprendido que la cruz de Jesús es precisamente su dolor, el nombre que se debe dar también al dolor humano. El cristiano mira al crucifijo, ve el dolor de Jesús y dice: este dolor es una palabra para el dolor del hombre, que no puede tener otro nombre que el nombre de la cruz. Si redujésemos la cruz de Jesús a un caso particular de dolor del mundo, no cambiaría nada. Dar un nombre significa la posibilidad de encontrar un sentido. Vivir tiene significado si lleva consigo dolor. La resurrección de Cristo me lo recuerda en cuanto es el éxito de un padecer y morir que no ha puesto en tela de juicio el sentido de la vida.

Esta es la pretensión del cristiano frente al dolor, que él llama cruz: la pretensión de que esta realidad, tan difícil y misteriosa, tenga una posibilidad de sentido .

*

G. Moioli,
La parola della croce,
Viboldone 1987, 51-54, passim.

***

***

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“Dios ama al mundo”. 4 Cuaresma – B (Juan 3,14-21)

domingo, 14 de marzo de 2021
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04_cuar_bNo es una frase más. Palabras que se podrían eliminar del evangelio sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.

«Dios ama el mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.

Primero. Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no solo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Solo quien se acerca a Jesús como el gran regalo de Dios puede ir descubriendo en él, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.

Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo, es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: la Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.

Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Solo con el corazón lleno de amor a todos podemos llamarnos unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús, sino otra cosa: tal vez nuestro resentimiento y enojo.

Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos que introducen en el mundo amor, amistad, compasión, justicia, sensibilidad y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.

José Antonio Pagola

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“Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él”. Domingo 14 de marzo de 2021. Domingo cuarto de Cuaresma

domingo, 14 de marzo de 2021
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22-cuaresmaB4 cerezoLeído en Koinonia:

2 Crónicas 36,14-16.19-23: La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.
Salmo responsorial: 136: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
Efesios 2,4-10: Estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo
Juan 3,14-21: Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

Jn 3,14-21 corresponde a la respuesta que Jesús da a Nicodemo cuando pregunta «¿cómo puede ser eso?», refiriéndose al nuevo nacimiento en el Espíritu. Es también la segunda y última parte del diálogo de Jesús con este “jefe” de los fariseos de Jerusalén.

Nicodemo, cuyo nombre significa “el que vence al pueblo”, aparece varias veces en el evangelio de Juan (3,1-21; 7,50-52; 19,39). No es un cualquiera. Por su filiación religiosa es un fariseo, es decir, un rígido observante de la Ley, considerada como la expresión suprema e indiscutible de la voluntad de Dios para el ser humano. Es el primer rasgo que señala Juan antes del nombre mismo. Nicodemo se define como hombre de la Ley antes que por su misma persona. Juan añade otra precisión sobre el personaje: en la sociedad judía es un “jefe” título que se le aplica particularmente a los miembros del Gran Consejo o Sanedrín, órgano de gobierno de la nación (11,47). En éste, el grupo de los letrados fariseos era el más influyente y dominaba por el miedo a los demás miembros del Consejo (12,42).

Nicodemo habla en plural (3,2: sabemos). Es, pues, una figura representativa. La escena va a describir un diálogo de Jesús con representantes del poder y de la Ley. Nicodemo llama a Jesús “Rabbí” (3,2), término usado comúnmente para los letrados o doctores de la Ley que mostraban al pueblo el camino de Dios. Así es como este fariseo adicto ferviente de la Ley, ve a Jesús. Es extraño, porque hasta el momento, Jesús no ha dado pie para semejante interpretación de su persona. En realidad, Nicodemo está proyectando sobre Jesús la idea farisea de Mesías-maestro, avalado por Dios para interpretar la Ley e instaurar el reinado de Dios enseñando al pueblo la perfecta observancia de la Ley de Moisés. Está lejos de comprender el cambio radical que propone Jesús. Para los fariseos, en la Ley está el porvenir de Israel; para Jesús, el nacimiento en el Espíritu abre el reino de Dios al porvenir humano. El ser humano no puede obtener plenitud y vida por la observancia de una Ley, sino por la capacidad de amar que completa su ser. Sólo con personas dispuestas a entregarse hasta el fin puede construirse la sociedad verdaderamente justa, humana y humanizadora. La Ley no elimina las raíces de la injusticia. Por eso, una sociedad basada sobre la Ley, no sobre el amor, nunca deja de ser opresora, codiciosa, injusta.

La segunda parte del diálogo de Jesús con Nicodemo se centra en el que “bajó del cielo”, sin dejar de ser “del cielo”, “para que todo el que crea tenga vida eterna”. La reflexión de Jesús resalta la relación que hay entre creer y vivir en las obras de la vida eterna, es decir, en el Reino de Dios. “Bajar del cielo” y ser “levantado” es un asunto de amor de Dios. Veamos los énfasis teológicos propuestos por el discurso:

Frente a la centralidad farisaica de la Ley, el evangelio de Juan propone la dinámica liberadora de la fe en Jesús “levantado” (levantado en la cruz, crucificado), como la serpiente que Moisés levantó en el desierto. Creer es la respuesta al inmenso amor de Dios. Es la reciprocidad del amor. Creer no es un concepto, o una doctrina; es un acto de amor, por el que adviene el Reino de Dios. El juicio sobre la humanidad tiene como criterio la fe, como acto de amor recíproco. Nuevamente llegamos a la insistencia de Juan: una humanidad justa y feliz sólo es posible sobre el amor, no sobre la Ley. Ésa es la fe que proclama Juan.

Pablo, después de agradecer el don de la fe (Ef 1,3-14), contrasta y contrapone dos tiempos: el de la muerte y el de la resurrección. El tiempo de la muerte (Ef 2,1-3) corresponde a “delitos y pecados” según el “proceder de este mundo” bajo la dominación de Satanás. Es tiempo de esclavitud e infrahumanidad. De ese tiempo Dios rescata tanto a judíos como a gentiles, por ser “rico en misericordia”, vivificándolos “juntamente con Cristo”, por su resurrección. Sólo la gracia mediante el don de la fe puede “explicar” tal sobreabundancia de amor divino. El tiempo de la resurrección es tiempo de “nueva creación” en Cristo Jesús, lo que se expresa en las “buenas obras” practicadas por quienes han sido vivificadas y vivificados. No es de extrañar que la “medida” de las buenas obras sea como la medida de Dios: el amor. El tiempo de la resurrección es el tiempo de afirmación de la vida en el amor. Para la fe cristiana, la muerte (la esclavitud) no tiene la última palabra. Vivir a plenitud como nuevas criaturas el tiempo de la resurrección es el llamado que Pablo hace a lo largo de esta carta a la Iglesia nacida entre la gentilidad. Leer más…

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Dom 14.3.21. Lázaro (iglesia) ponte en pie. La cinco resurrecciones (Jn 11)

domingo, 14 de marzo de 2021
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DFE19748-D552-48A3-B028-50C4ACED4AD7Del blog de Xabier Pikaza:

La liturgia del 4º domingo de cuaresma ofrece la Cuarta Catequesis pascual. La 1ª ha sido la de la tentación de Jesús. La 2ª la transfiguración. La 3ª la de la “purificación” del templo. Como 4ª catequesis quiero escoger hoy (en vez de la de Nicodemo) la de la Resurrección de Lázaro.

Esta “historia» de Lázaro es la más verdadera de las historias cristianas, pero no puede tomarse en sentido historicista: no se trata de un suceso externo, acontecido una vez, un día determinado, el «prodigio»de un muerto físico que resucitó a la vida anterior, sino de una catequesis honda, gratuita y exigente, de la resurrección, elaborada por la comunidad del Discípulo amado, con un fondo de recuerdos y tradiciones históricas (que aparecen sobre todo en Lucas en el Evangelio de Lucas (la casa Marta y María, la parábola Lázaro el mendigo).

En ese contexto ofreceré una reflexión sobre las cinco resurrecciones: 1. Resurrección final, todos los muertos. 2. Jesús resucitado. Yo soy la resurrección y la vida. 3 Lázaro: Tu eres un resucitado.4 La Iglesia, comunidad de resucitados.5 La vida humana, experiencia y camino de resurrección. Quiero insistir en la resurrección de la Iglesia.

Texto. Jn 11, 1-46

 En aquel tiempo, [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.] Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo…

 [Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.] Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama.» Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.»] Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,] sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Donde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal fuera.» El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar…

(1) Primera resurrección, aquella en la que creían los judíos (como Marta): Así dijo Marta: “Mi hermano resucitará en la resurrección del ultimo día”. Ésta es la fe de gran parte de Israel, en tiempos de Jesús, la fe de los fariseos y los apocalípticos. Al final de los tiempos, los muertos se alzarán de las tumbas, unos para la vida eterna, otros para la condena. Así es como creen, todavía, la mayor parte de los cristianos. No está mal esta fe, pero no es la esencia de la vida cristiana, que se centra en la resurrección de Jesús en la historia.

(b) Segunda resurrección: Jesús, la fe en Jesús. Cristiano es aquel que cree que Jesús ha resucitado, no por no morir, sino precisamente por haber muerto a favor de los demás.  La resurrección es la experiencia y gracia de la vida que tenemos (que somos) al regalarla y compartirla con los otros. Por eso dice Jesús: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”.  Esta resurrección está vinculada a la experiencia del encuentro con Jesús, que vence al pecado (el poder de la muerte), haciendo que se exprese en nosotros, aquí, en este mundo, el poder de la Vida. “El que cree en mí… aunque haya muerto”, es decir, aunque se encuentre dominado por el pecado (por el miedo, por la ira…), recibirá el perdón, obtendrá la gracia, podrá vivir, aquí, en este mundo.

(c) Tercera resurrección. Tú eres Lázaro.  La historia de Lázaro no es la de un hombre del pasado…sino la de cada uno de los creyentes. Lázaro eres tú mismo, somos todos y cada uno de los creyentes. Por eso dice Jesús “el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. El que “está vivo” es aquel que ha renacido en Jesús, que ha experimentado su vida (la presencia y gracia de Dios en su propia existencia).

              Por eso, que creen de verdad (los que están vivos en Cristo), los que acogen, comparten y regalan la vida  a los otros no pueden morir, no morirán nunca jamás (aunque externamente fallezcan). Nadie que vive en Cristo (es decir, en la Palabra de Dios, en el Seno de su Amor) puede morir. Cambia de vida, su vida se transforma, pero él no muere. Esta experiencia de vida (el que cree y vive en Jesús no muere) no es un engaño interior, sino la experiencia suprema de la Fuerza de la Vida, que es Dios en nosotros. De esta fe en la resurrección ya acontecida han vivido y viven los grandes creyentes, de oriente y occidente. De ella seguiremos hablando en días sucesivos, aunque ya aquí quiero, a modo de apéndice, ofrecer algunas reflexiones.

(d) Cuarta resurrección: Una iglesia al servicio de la vida, en comunión de amor, desde los más pobres.  La experiencia de la resurrección no es algo “privado”, de cada creyente, sino una experiencia comunitaria de vida que se comparte, en forma de comunión, de entrega mutua, de servicio a los últimos y pobres; por eso, la resurrección se expresa en la vida de los pobres y excluidos (que son ya presencia de Dios) y en el servicio de la Iglesia a favor de ellos.
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“Amor de Dios y respuesta humana”. 4º domingo de cuaresma. Ciclo B

domingo, 14 de marzo de 2021
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VacunaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

[Después de escribir el comentario, se me ocurrió una comparación del evangelio de Juan con el problema actual de la pandemia y las vacunas. Lo añado por si a alguno le ayuda.]

La única vacuna válida

La pandemia del coronavirus y la multiplicidad de vacunas existentes ayudan a comprender el evangelio de Juan. Para él, la humanidad se enfrenta a una epidemia de vida o muerte. Pero solo hay una vacuna válida: la fe en Jesús como Hijo de Dios. El que se la inocula, consigue la inmunidad en esta vida y la supervivencia en la otra. El negacionista que la desprecia, será víctima de su obstinación.

Para nosotros, la vacuna es gratis. Pero al fabricante le ha costado la vida de su hijo. Los dos han aceptado el sacrificio con sumo gusto. 

Comentario a las lecturas

Una lectura rápida de las tres lecturas de este domingo revela una relación clara entre ellas: el amor de Dios. En la primera, provoca la liberación de los judíos desterrados en Babilonia. En la segunda afirma Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó…” En el evangelio, Juan escribe la famosa frase: “De tal manera amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único”. Si leemos los textos más tranquilamente, advertimos algo más profundo: ese amor se manifiesta perdonando en distintas circunstancias y por diversos motivos. Al mismo tiempo, requiere una respuesta de parte nuestra. Es preferible leer los textos en el orden cronológico en que fueron escritos. Por eso dejo para el final la carta a los Efesios.

Perdón para los judíos basado en la fidelidad a la palabra dada. ¿Encontrará respuesta? (2 Crónicas 36, 14-16. 19-23)

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.»

En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia:  «El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!»»

La primera lectura nos traslada a Babilonia, en el año 539 a.C., donde los judíos llevan medio siglo deportados. La ciudad cae en manos de Ciro, rey de Persia, y Dios lo mueve a liberarlos. Para justificar el medio siglo de esclavitud, la lectura comienza hablando del pecado de los israelitas, que no se limita a un hecho concreto, se prolonga en una larga historia. A la idolatría e infidelidades del comienzo respondió Dios con paciencia, enviando a sus mensajeros para invitarlos a la conversión. Pero los judíos los despreciaron y se burlaron de ellos. Entonces, la compasión de Dios dio paso a la ira, y los babilonios incendiaron el templo, arrasaron las murallas de Jerusalén, deportaron a la población. Años más tarde, la actitud de Dios cambia de nuevo y mueve a Ciro de Persia a liberar a los judíos. ¿A qué se debe este cambio? De acuerdo con la mentalidad más difundida en el Antiguo Testamento, el pueblo, tras sufrir el castigo, se convierte y Dios lo perdona. Igual que el niño que hace algo malo: su madre le riñe, pide perdón, la madre lo perdona. Sin embargo, en esta primera lectura no aparece la idea del arrepentimiento del pueblo. El único motivo por el que Dios perdona y mueve a Ciro a liberar al pueblo es por ser fiel a lo que había prometido. Volviendo al ejemplo de la madre, como si ella le hubiera dicho al niño: “Hagas lo que hagas, terminaré perdonándote”. Y lo perdona, sin que el niño se arrepienta, para cumplir su palabra. ¿Cómo reaccionan los judíos ante la noticia? El texto no lo dice, pero lo sabemos: unos pocos volvieron a Judá, arriesgándolo todo, sin saber lo que iban a encontrar; otros prefirieron quedarse en Babilonia. (¿Cuántos afroamericanos estarían dispuestos a volver de Estados Unidos a los países de origen de sus antepasados?)

Perdón universal basado en el amor, que puede ser aceptado o rechazado (evangelio)

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

̶ Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

El evangelio enfoca el tema del amor y perdón de Dios de forma universal. No habla del amor de Dios al pueblo de Israel, sino de su amor a todo el mundo. Pero un amor que no le resulta fácil ni cómodo, en contra de lo que cabría imaginar: le cuesta la muerte de su propio hijo. Además, el evangelio subraya mucho la respuesta humana: ese perdón hay que aceptarlo mediante la fe, reconociendo a Jesús como Hijo de Dios y salvador. Esto lo hemos dicho y oído infinidad de veces, pero quizá no hemos captado que implica un gran acto de humildad, porque obliga a reconocer tres cosas:

  1. a) que soy pecador, algo que nunca resulta agradable;
  2. b) que no puedo salvarme a mí mismo, cosa que choca con nuestro orgullo;
  3. c) que es otro, Jesús, quien me salva; alguien que vivió hace veinte siglos, condenado a muerte por las autoridades políticas y religiosas de su tiempo, y del que muchos piensan hoy día que sólo fue una buena persona o un gran profeta.

Usando la metáfora del evangelio, es como si un potente foco de luz cayese sobre nosotros poniendo al descubierto nuestra debilidad e impotencia. No todos están dispuestos a este triple acto de humildad. Prefieren escapar del foco, mantenerse a oscuras, engañándose a sí mismos como el avestruz que esconde la cabeza en tierra. Pero otros prefieren acudir a la luz, buscando en ella la salvación y un sentido a su vida.

Perdón para los paganos basado en la compasión. Respuesta: fe y buenas obras (carta a los Efesios, 2,4-10)

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

La salvación universal de la que habla el evangelio la concreta la carta a los Efesios en una comunidad concreta de origen pagano: la de la ciudad de Éfeso (situada en la actual Turquía). Antes de convertirse, estaban muertos por los pecados, con un agravante: Dios no les había hecho ninguna promesa de salvación, como a los judíos deportados en Babilonia. Sin embargo, los perdona. ¿Por qué motivo? Porque es “rico en misericordia”, “por el gran amor con que nos amó”, “por pura gracia”. Esto es lo que san Pablo llama en otro contexto “el misterio que Dios tuvo escondido durante siglos”: que también los paganos son hijos suyos, tan hijos como los israelitas. Esta prueba del amor de Dios espera una respuesta, que se concreta en la fe y en la práctica de las buenas obras.

Reflexión final

En el contexto de la cuaresma, que se presta a subrayar el aspecto del pecado y del castigo, la liturgia nos recuerda una vez más que nuestra fe se basa en una “buena noticia” (evangelio), la buena noticia del amor de Dios. Nosotros, que somos los herederos de los efesios, de los corintios, de los tesalonicenses, debemos reconocer, como ellos, que todo es don de Dios y no mérito nuestro, y que debemos responder con fe y dedicándonos “a las buenas obras” que él nos ha asignado.

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Cuarto Domingo de Cuaresma. 14 de marzo, 2021

domingo, 14 de marzo de 2021
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Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

(Jn 3, 14-21)

¿Cuántas veces leemos en la prensa titulares sacados de contexto y terminamos malinterpretando las noticias? O en lugar de malinterpretarlas no las entendemos y acabamos perdiendo cualquier atisbo de interés.

Reconozcamos que, en ocasiones, eso mismo nos ocurre con el evangelio y llegamos a la conclusión de que no entendemos a Jesús.

Fijándonos solo en esta cita nos encontramos con unas palabras de Jesús, vamos a ubicarlas en su contexto. Jesús lleva un tiempo en Jerusalén, le acabamos de ver (el domingo pasado) echando del templo a los mercaderes, continúa enseñando y curando.  Una noche, Nicodemo, un judío importante, va en su busca y entablan una conversación de la que hoy somos partícipes, pero no de todo el diálogo, solo de una parte.

Escuchamos a Jesús hablar de varias cosas: de Moisés y la serpiente de bronce, de que Dios entregó a su Hijo único, de no perecer, de condena, luz y tinieblas.

Ahora contemplemos a Nicodemo y pongámonos junto a él, junto a este fariseo y como tal, defensor de la ley. A pesar de estar en plena noche, nos ponemos en camino, en busca de Jesús, de la luz. Reconocemos que viene de Dios, creemos en él. Y entonces lo que escuchamos ahora, desde esta situación, son palabras de amor y vida eterna.

El ser humano quiere, con esas connotaciones de poseer, de interés, de “segundas intenciones” que este verbo puede tener. Pero Dios nos ama, porque sí, sin un motivo en concreto. Y porque nos ama, nos da vida eterna; y eterna es mucha más vida de la que podamos imaginar. Vida de la gozamos hoy, y además, VIDA ante Dios cara a cara de la que gozaremos cuando Él quiera.

Con este plan… ¡¡qué bueno es esto de CREER!!

Oración

Gracias, Trinidad Santa, solamente gracias. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Nadie tiene que venir a salvarme desde fuera.

domingo, 14 de marzo de 2021
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img_men_2073_2014-4-29_6Jn 3,14-21

Estamos en el c. III. Este evangelio es un esquema teológico. Cada capítulo tiene identidad por sí mismo, aunque éste es el que menos unidad interna muestra. El punto de partida es el diálogo con Nicodemo: “Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le responde: “Eso es imposible”. Jesús insiste: “El que no nazca del agua y del espíritu no puede entrar en el Reino de Dios; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu”. ¿Cómo puede ser eso? Comienza el discurso que hemos leído.

El domingo pasado, Jesús arremetió contra el culto que se desarrollaba en el templo. Hoy arremete contra la manera de interpretar la Ley que tienen los fariseos. En ambos casos se trata de instituciones antiguas vacías de contenido que hay que sustituir. No se trata de una nueva interpretación, (que es lo que busca Nicodemo), sino de algo completamente distinto: hay que nacer de nuevo. No debemos pensar en discursos pronunciados por Jesús. Juan pone en boca de Jesús una cristología propia de finales del s. I.

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente. Lo que hizo Moisés es recordar al dios egipcio Ranenutet (representado por una serpiente). Su Dios le manda construir la imagen de otro dios. Es imprescindible saber que el dios egipcio era a la vez veneno y antídoto; muerte y vida; opresión y salvación. Al ser crucificado, Jesús representa a la vez muerte y vida, humillación y exaltación. Al decir “levantado”, va más allá de una alusión a la serpiente. La cruz es manifestación de la lealtad de Dios. Es la exaltación de Jesús.

Para que todo el que lo haga objeto de su adhesión, (crea) tenga Vida definitiva. «Vida definitiva» denota la calidad de vida propia del estadio definitivo. Traducir por «eterna» empobrece el significado, por insistir solo en la duración y no en la calidad. La consecuencia de “ser levantado en alto”, es alcanzar plenitud de Vida. El Espíritu que nos comunicará, será la fuente de verdadera Vida para todos los que le acepten.

Demostró Dios su amor al mundo. El amor se hizo visible en un acto. No se dirige solo a los cristianos, sino al mundo. Jesús es el don de Dios a la humanidad. «Dar a su Hijo» no se refiere aquí sólo a la encarnación, sino a la crucifixión. Para Juan, Jesús es enviado al mundo. Para los sinópticos, a Israel. La salvación está destinada a todos. No solo al pueblo elegido, sino a todas las naciones. Se acabaron los privilegios. La Vida del Espíritu se ofrece a todos. A finales del s. I. el cristianismo era ya una religión universal.

El que le presta adhesión no tendrá sentencia. El que se la niega, ya tiene la sentencia. No hay lugar para la indiferen­cia. La sentencia negativa o positiva, no es consecuencia de un acto de Dios. Es el resultado de una actitud por parte del hombre. Si comprendiéramos bien este versículo, cambiaría todo el modo de entender la moral. Desde la visión farisaica (y la nuestra), Dios juzgaba a los hombres después de ver sus acciones. Si eran conforme a la Ley, los salvaba, si eran contrarias a la Ley, los condenaba. Dios es justicia. Todo está siempre en equilibrio. Cada acto del hombre le coloca en su sitio.

Los hombres han preferido las tinieblas a la luz. «Su modo de obrar» denota el proceder habitual, no un acto puntual.     En el prólogo se nos había dicho: «Y la Vida era la luz de los hombres». No es la luz la que da Vida (como maestro), sino al revés, es la Vida la que te iluminará. Sin Vida no se puede aceptar la luz. La falta de Vida lleva consigo el rechazo de la luz. Mantener una relación con Dios desde la Ley, desde lo externo, sin Vida, es mantener la relación de injusticia en que están los dirigentes religiosos. El que oprime al hombre no puede aceptar la luz. La adhesión a Jesús exige salir de la situación de opresión.

El que obra con bajeza… El que practica la lealtad. «Obrar con bajeza” (practicar lo malo), se opone a “practicar la lealtad”. «Hacer la verdad» es un semitismo que utiliza Juan, y lo opuesto es «hacer la falsedad». El que es cómplice de la muerte no puede aguantar la Vida. La considera como una agresión. No se eligen las tinieblas por el valor que puedan tener en sí, sino por odio a la luz. No son las doctrinas (Luz), las que separan de Dios, sino la conduc­ta (Vida). Quien daña al hombre con su modo de obrar, se opone al amor-vida. Rechazando la luz, cree poder continuar haciendo el mal sin ser descubierto.

Practicar la lealtad es lo contrario de obrar con bajeza. Equivale a hacer lo que es bueno para el hombre. Al emplear «lealtad» nos está diciendo que el amor no es algo teórico, sino práctico. La Vida es anterior a la luz. El acercamiento a la luz se hace por amor a la luz, no para que se vean las obras «realizadas en unión con Dios». No obras hechas según Dios, sino algo más. Obras en las que, con la actividad del hombre, se ve la de Dios revelando su gloria-amor. Creer va unido a las obras buenas. La incredulidad acompaña a las malas.

En el trozo del discurso que acabamos de analizar nos encontramos con los aspectos más originales de la salvación ofrecida por Jesús según este evangelio: 1) La salvación es Vida. 2) Viene de Dios, que es VIDA. 3) Es don gratuito e incondicional. 4) Es absoluto, no una alternativa a la condenación. 5) Exige la adhesión a Jesús. 6) Se manifiesta en las obras. Cada uno de estos puntos nos tendría que advertir de los errores en que caemos a la hora de hablar de esa salvación. Tendemos a esperar de Dios una salvación raquítica.

Hablar de salvación, es plantearse el sentido último de la vida. Sería desplegar las más elevadas posibilidades humanas. El término “salvación” tiene connotación negativa y eso es muy peligroso a la hora de entender el evangelio. El pensar en la salvación en términos negativos ha paralizado nuestro desarrollo. Hemos creído que, si elimino el pecado, estoy salvado. Salvarse no es evitar la condenación. La salvación es siempre positiva. Sería llevarnos a una plenitud de ser, llevando al límite las posibilidades de nuestro verdadero ser.

La salvación no me viene de fuera. La salvación surge de lo hondo de mí ser. Desde ahí, Dios-presencia posibilita mi plenitud. Hay que tener muy claro que me salva totalmente Dios y me salvo totalmente yo. La acción de Dios y la del hombre, ni se suman ni se restan ni se interfieren, porque son de naturaleza distinta. «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Agustín). Todo lo que depende de Dios ya está hecho. Mi salvación depende solo de mí.

La conciencia que tenemos de que Dios puede no salvarme, es prueba de que esperamos una salvación equivocada. Queremos que Dios nos libere del sufrimiento, la enfermedad, la muerte. Todo eso forma parte de nuestra condición de criaturas y es inherente a nuestro ser. Ni Dios puede hacer que sigamos siendo criaturas sin limitacio­nes. Buscar la salvación por ahí es un error garrafal. La salvación tiene que realizarse a pesar de mis limitaciones.

La salvación no es cambiar lo que soy ni añadir nada a lo que ya soy. Es una toma de conciencia de lo que en realidad soy y vivir en esa conciencia. Es descubrir el tesoro que está escondido dentro de mí y disfrutar de él. “La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo”. Se trata de “conocer”.

Meditación

Hay que nacer de nuevo.
Somos fruto de la evolución de la carne.
No he nacido como ser espiritual ya realizado.
Tengo la capacidad de llegar a serlo,
pero debo desplegar esa capacidad que se me ha dado.
Si no la despliego, me quedaré en la carne.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jesús es para todos.

domingo, 14 de marzo de 2021
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jesus-y-nicodemo“Un camino espiritual puede vivirse en todas partes y en todo tiempo. Supera confesiones y dogmas y no requiere una comunidad organizada, templo ni catedral”. (Willigis Jäger).

Domingo 14 de marzo DOMINGO IV DE CUARESMA

Jn 3, 14-21 “Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a darle a su Hijo único”.

El evangelio es luz para nuestra existencia. Jesús, como regalo de Dios a la Humanidad, no ha sido enviado para sentenciar a los que no le sigan sino como una luz para las tinieblas, como las estrellas que iluminan la noche o los relámpagos los espacios abiertos sobre el mar.

En su conversación con el fariseo Nicodemo declara que es necesario nacer de nuevo para ver el reino de Dios, puesto que no se trata de un simple cambio o conversión, sino de hacer algo nuevo. No de manera biológica; es el Espíritu el agente de este nuevo nacimiento o génesis -que significa comienzo- como se dice en el primer capítulo y primer versículo del Génesis, mediante la fe vivificadora.

La espiritualidad es, como el amor para Carmen en su famosa habanera, “un pájaro rebelde que nadie puede enjaular”.

 

El espíritu divino –ave en la iconografía cristiana e igualmente libre y rebelde– no puede considerarse hacienda personal de nadie.

El Maestro de Nazaret es lugar de atracción para todos los seres humanos: judíos, cristianos, herejes o hinduistas. A saber: Pedro y Pablo como judíos; Santa Mónica y San Agustín, como cristianos; Lutero y Calvino como herejes o Mahatma e Indira Gandhi como hinduistas.

De mi libro Naturalia, este Poema

EL ÁGUILA

Tu sueño, a velas desplegadas,
que sienten la montaña, el mar, el bosque.
Que subes sus entrañas
hasta el cielo.
Enséñame a elevar mis pensamientos.
Que descansen
en tu corona real y en el regazo
del Dios que los creó.
Enséñame a ver la tierra
desde las alturas.
Si de día, mis iluminaciones;
si de noche, mis oscuridades,
que también son mías y las quiero.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Vida eterna y eternizar la Vida.

domingo, 14 de marzo de 2021
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nicodemoJn 3, 14-21

14 de marzo de 2021

Avanza el tiempo de Cuaresma y, en este cuarto domingo, nos encontramos con un discurso de Jesús esencial para comprender su recorrido hacia la Pascua. Este texto forma parte del diálogo tan profundo que mantuvieron Jesús y Nicodemo. Nicodemo era un rico fariseo, maestro en Israel y miembro del Sanedrín, pero con una concepción del judaísmo más abierta y con el convencimiento de que Jesús era un enviado del Dios de Israel.

El diálogo con Nicodemo tiene un momento central en el que Jesús le dice que es necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios. Los escritos joánicos suelen referirse al Reino de Dios y a la Vida eterna como realidades similares; por eso, en este texto, el Hijo juega un rol fundamental, no de condena o juicio sino para despertar en el corazón de la humanidad esa vida que trasciende nuestro paso por este mundo, una realidad que forma parte de lo que somos. Moisés levantó la serpiente de bronce para que los Israelitas siguieran con vida, ahora es el mismo Dios hecho humano quien va a mantener con Vida Eterna a toda la humanidad.

En la primera parte del texto, parece que Jesús hace un claro alegato al tema de la Salvación, cuestión fundamental para el judaísmo y que basan en una liberación de los sufrimientos esclavitudes, situaciones visibles necesitadas de redención y de perdón. Para ello, son necesarios mediadores, profetas, enviados por el Dios de Israel que recordarán la tensión que han de vivir entre el cumplimiento de la Ley y la salvación definitiva con la llegada del Mesías. Los más conservadores exigirán un estricto cumplimiento de normas y mandatos, signos que, si no son cumplidos o creídos, si no se da un apego a los mandatos de su Dios, la persona quedará en manos de un juicio y un triste final. Supongo que ya no arrastramos esta visión de la salvación ¿verdad?

Ahora bien, Jesús deconstruye esta concepción farisaica de la Salvación al referirse no al cumplimiento de signos externos sino a la consciencia de una nueva dimensión del ser humano que sostiene las profundidades de su existencia: la Vida Eterna. La Vida Eterna está asociada al Hijo, a ese nuevo referente y espejo del ser humano que, desde la libertad, elige conectar con la LUZ y dejarse inspirar por ella: “para que aparezca con toda claridad que es Dios quien inspira sus acciones”.

La primera acción y palabra de Dios en el relato de la Creación del Génesis es precisamente dar existencia a la LUZ, la Luz que es la consciencia y la capacidad de comprender, de dar sentido a la realidad creada. Separa la LUZ de las tinieblas y el texto de hoy nos recuerda que vivir en la LUZ nos encamina hacia la verdad de lo que somos. Podemos elegir entre vivir desde el poder de la Luz, que nos mueve a hacer el bien, a realizar acciones inspiradas por el Dios-Amor, a co-crear una nueva humanidad, o vivir desde la tiranía de las tinieblas que nos enredan en la oscuridad de las trampas, justificaciones y la supremacía de nuestros egos. Camino complejo, de avances y retrocesos, pero si nos ponemos bajo la influencia de la LUZ podremos avanzar sin perder el horizonte de la Vida Eterna, eternizando la Vida, como plenitud de lo que ya somos, pero todavía no.

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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¿Qué nos salva?

domingo, 14 de marzo de 2021
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iceberg-1Domingo IV de Cuaresma

14 marzo 2021

Jn 3, 14-21

  Los niños esperan la “salvación” de fuera y la conciben, además, de forma mágica. La humanidad en su conjunto ha conocido también esa forma de entender su propia salvación. La imagen de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Num 21,4-9), capaz de curar a quien la mirara, es el paradigma de la salvación entendida de aquel modo.

 Con el tiempo, las religiones han podido cambiar la referencia –no se habla ya de una serpiente–, pero han seguido manteniendo el mismo esquema: seríamos salvados, desde fuera, por un Dios que envía a su Hijo como emisario divino y salvador.

 De la misma manera que nos entiende como seres carenciados que necesitan ser “completados” por algo exterior, una lectura mental nos ve como “pecadores” que necesitan ser “salvados” desde fuera.

 Sin embargo, así como ahora vemos inasumible la literalidad del mito –aun respetando su valor o significado simbólico–, a cada vez más personas la lectura que hace la mente nos resulta igualmente inapropiada.

 Más allá de la forma concreta con la que nuestra mente nos identifica, somos plenitud. Más allá de lo que pensamos, sentimos y hacemos, hay “Algo” en lo que nos reconocemos y que permanece estable en medio de todos los cambios que afectan a nuestra persona. Eso es lo que somos. Y eso es “completo”. Descubrirlo es sentirse “salvados”.

 Estamos ya salvados –siempre lo hemos estado–. Pero no en nuestro pequeño yo –en una supuesta actitud de orgullo religioso que suelen criticar quienes malinterpretan aquella afirmación primera–, sino en esa Realidad profunda que constituye nuestra identidad. El yo no puede presumir de estar salvado, pero lo que somos no necesita salvación alguna. Lo único que realmente necesitamos es reconocerlo.

 En lenguaje cristiano, una vez superado el mito, podría llegar a decirse que Jesús no nos salva desde fuera ni nos salva de nada. Nos “salva” porque nos muestra, en él mismo, que somos ya plenitud. Que, como él, cuando no nos reducimos al ego, podemos decir con toda razón: “Yo soy la vida”. Como todas las personas sabias, nos ayuda a ver.

¿Qué ideas tengo acerca de la “salvación”?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Nicodemo / Francisco en Irak

domingo, 14 de marzo de 2021
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  1. C37B2855-A2BC-4028-AC85-8DD4166BE18EFrancisco en Irak.

         Hace unos días Francisco “visitaba” Irak, país de 41 millones de habitantes, con un 95 % de la población musulmana (aproximadamente 60 % sunies y 40 % chiítas). Los cristianos pudieran llegar a un 5%. En 2003 había en Irak millón y medio de cristianos, en el 2013, el número de cristianos descendió a 450.000. Hoy en día parece que apenas llegan a 250.000 cristianos y todo ello debido a la persecución que sufren los cristianos principalmente por el Estado islámico. El exilio de cristianos es constante. Por ejemplo:

En la actualidad, miles de cristianos católicos iraquíes viven en Alemania. La Comunidad Católica Caldea en Múnich, está formada por alrededor de 20.000 cristianos caldeos viviendo en Alemania, según aseguró a Deutsche Welle.

         Irak es la antigua Mesopotamia, con los ríos Tigris y Éufrates, lugar en el que la Biblia y la mitología sitúan el “paraíso terrenal.

No sé si Adán y Eva fueron expulsados del paraíso terrenal, pero quienes están siendo “expulsados” hoy son los cristianos.

         En un clima tenso, difícil, Francisco ha visitado a esta minoría cristiana (no se da un baño de masas). Francisco acude a consolar, a ayudar a esta iglesia cristiana de varios ritos: caldeo, siro-ortodoxa, armenio, asirio).

         Francisco predica con el ejemplo. Hay que vivir abiertos y salir a las periferias.

Los viajes del papa Francisco, en sus ocho años de pontificado, se han diferenciado de los de sus antecesores porque no han tenido como destino los grandes centros católicos del mundo -Europa, Sudamérica y regiones de África-, sino que ha viajado allí donde los cristianos son minoría: Tailandia, Emiratos Árabes Unidos, Japón, Corea del Sur.

         El tono abierto y dialogante de Francisco ha tenido dos momentos culminantes:

  1. El histórico encuentro de Francisco con el ayatolá, Al Sistani, en la ciudad de Nayaf. Al Sistani es el principal líder religioso chiíta.

Quiera Dios que este encuentro entre ambos ayude a mejorar las relaciones no solamente entre el Vaticano y el islam (sería una cuestión política), sino entre los cristianos y el islam.

  1. La visita del papa a Ur de Caldea, donde la tradición dice que nació Abraham, padre las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo.

Además, admitiendo de buen grado la teoría del evolucionismo: venimos de especies inferiores (Darwin), y permaneciendo, también de buen grado, en la mitología y los símbolos bíblicos, puesto que, en esa tierra de Mesopotamia (hoy Irak), la Biblia ubica ahí el paraíso terrenal, Francisco visitó la tierra en la que nació la humanidad, Adán y Eva.

         Francisco se acercó a las fuentes de la tradición. Tradición, traditio, no significa fanatismo, mantener a capa y espada costumbres, ritos, formas que, tal vez ya no sirven, sino que tradición significa acoger lo que se nos entrega.

         Abraham es nuestro padre en la fe, se fio de Dios. Abraham fue quien “descubrió” que el sentido de la vida y la salvación radica en confiar, en fiarse en la vida de Dios.

        Es bueno vivir de lo que hemos recibido, de lo que se nos ha entregado.

         Como hijos de la Ilustración seguimos pensando y viviendo que la solución a la vida la tenemos en el próximo ordenador, en llegar a Marte. Lo pasado, la traditio ya no “nos sirve para nada”. Lo viejo es “malo”, lo mismo da que sea un odenador, que un móvil o una persona.

         René Latourelle (1918-2017), uno de los teólogos más notables de la época conciliar (Vaticano II), escribía:

Nuestros contemporáneos están instalados en las ramas de un árbol que no tiene raíces. La historia comienza con ellos. Hay que oír las declaraciones de determinados magos del mundo político y religioso. Cada uno se parece a un polluelo que acaba de romper el cascarón y que, totalmente desnudo y sin pelos todavía, exclama: ¡Aquí estoy yo! ¡comienza el mundo! La imagen ni siquiera resulta caricaturesca. Lo repetimos: un presente que no tiene pasado carece de futuro.

La historia de la humanidad es la de una tradición, de una transmisión de patrimonio, con momentos de discontinuidad, cierto, pero nunca de ruptura total. El hombre del rechazo devastador y del reino del yo siente la tradición como un obstáculo al proceso de emancipación total de su libertad. Desafía a toda autoridad, niega toda paternidad, olvidando que el rechazo de toda tradición le hace retroceder, porque significa la abolición de todo el patrimonio adquirido…

LATOURELLE, R. Una llamada a la esperanza, Salamanca, Ed Sígueme, 1997, 47.

         Francisco en Ur de Caldea volvió a las raíces de nuestra fe, de nuestra cultura, de nuestra traditio.

  1. nicodemo

         El evangelio de hoy nos ofrece el encuentro entre Jesús y Nicodemo.

         Nicodemo es un intelectual, un jefe dentro de la secta farisea.

Nicodemo es un hombre honrado: se enfrentará al sanedrín cuando van a arrestar a Jesús ya que la ley “obliga a escuchar primero al acusado antes de condenarle, (Jn 7,32.45-52). Fue igualmente valiente al ir con José de Arimatea a dejar piadosamente ungido con un bálsamo de mirra y áloe el cadáver de Jesús (Jn 19,30).

Y es un hombre que accede a Jesús de noche y la noche en San Juan significa una actitud espiritual, la esfera de las tinieblas y de la mentira, que no admiten o se oponen a Jesús. (Cuando Judas sale del cenáculo, era de noche, Jn 13,30). Los hombres amaron más las tinieblas que la luz, (Jn 3,19).

         Acercarnos a Jesús es acercarnos a la luz. Y acercarnos a Jesús es acercarnos al amor de Dios, al Dios de amor, porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo al mundo para que tengamos vida. Dios es amor, 1Jn 4,9)

         Dios ama a la humanidad y su designio es que toda la humanidad se salve y llegue al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4).

         Hemos vivido momentos eclesiásticos duros, todavía en algunas diócesis estamos en una teología, moral, etc. violenta, fanática.

Como Nicodemo, acudamos en nuestras noches a Jesús: luz y amor. Y demos gracias a Dios porque el papa Francisco trata de reformar la Iglesia y la misericordia de Dios se hace más presente. Esperemos que llegue algún día también a nuestra iglesia local).

         Cuando Dios habla, ama. Y el amor de Dios es liberador.

Cuando nos pese la vida, cuando lo eclesiástico diocesano se torna castigo, descalificación y sufrimiento, volvamos al Dios de Jesús que nos ama.

         No le tengamos miedo a Dios. Dios es “buena gente” y nos ama.

  1. Mirarán al que transpasaron

         El Hijo del hombre tiene que ser elevado. Es el momento culminante de nuestra salvación.

         Dios le manda a Abraham que eleve su mirada y mire las estrellas del cielo: son expresión de la creación y bondad de Dios. San Juan nos recuerda: mirarán al que transpasaron, (Jn 19,13).

         Cuando miramos a JesuCristo crucificado, nos infunde una profunda paz y serenidad, es la redención, estamos salvados. No nos hace falta más, basta con mirar al que crucificaron, sus heridas nos han curado, (1Ped 2,24).

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Ramón Hernández: Jesús vive. Figura primigenia de humanidad.

viernes, 12 de marzo de 2021
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jesusDe su blog Esperanza radical:

Figura primigenia de humanidad

No hay duda de que el Dios de Abrahán nos resultaría hoy poco menos que un salvaje o, peor, un verdugo impasible. Ni siquiera le serviría de excusa el hecho de que, según advertimos en la primera lectura de este domingo, no se propusiera llevar a término el atroz mandato de sacrificar a su hijo que le exigía a su sufrido siervo Abrahán, pues ello no lo exoneraría de haber practicado una horrorosa tortura mental. Pensemos que el relato es solo una fábula que, incluso siendo muy cruel para los tiempos en que fue escrita, no tenía más sentido que el de sentar que Dios está por encima de cuanto es y contiene nuestra vida y de su derecho a tomarlo cuando le plazca. Por lo demás, el relato literario es tan dramático y bello como expeditivo a la hora de reafirmar y testimoniar una fe y una confianza inquebrantables en la palabra divina, en la promesa hecha al protagonista de ser padre de muchas naciones a pesar de ser viejo y de verse ahora obligado a sacrificar a su único hijo.

San Pablo, por su parte, catequizando a los romanos, vuelve al tremendismo de la idea de sacrificio humano hasta convertir a Dios, ahora sí, en el despiadado verdugo que, cayendo en la trampa que le había tendido a Abrahán para probar su fe, exigió a su Hijo una atroz muerte redentora en la cruz. El también fantasioso relato teológico de Pablo nos repugnaría si lo entendiéramos literalmente, pero la explicación dada por el mismo apóstol nos deja claro que realmente no se trata de una muerte cruel, sino del perdón incondicional de nuestras fechorías y de la entrega total que se nos hace a los seres humano de la vida del Hijo de Dios hasta el punto de que, estando él de nuestra parte, nadie podrá nada contra nosotros. Si Dios es quien nos elige y justifica, nadie nos condenará. Y menos el Cristo, que, en vez de condenarnos, murió y resucitó por nosotros. Deberíamos deducir de todo ello que la Iglesia no tiene ningún poder condenatorio y que lo propio suyo es perdonar y justificar, verdad que se da de bruces con muchos de los comportamientos pretendidamente cristianos.

El evangelio va mucho más lejos al anticiparnos de alguna manera la visión y gozo de lo que el perdón y la justificación conllevan. La transfiguración de Jesús en el monte Tabor y el arrebato de gloria que se apodera de los discípulos que lo acompañan fue seguramente una experiencia religiosa de profunda oración invasiva, que siempre va acompañada de un gozo indescriptible. No me cabe la menor duda de que son muchos los cristianos que sienten ese mismo gozo cada vez que su oración alcanza el nivel de una íntima y confiada conversación con Dios. Pero, ¿por qué les prohibiría Jesús hablar de tan hermosa experiencia hasta que resucite de entre los muertos? ¿Qué significa eso de resucitar de entre los muertos? Tal vez la mejor forma de entender la resurrección de Jesús, tema que sorprende a los discípulos que lo acompañan, sea la convicción que tenemos los cristianos de que Jesús sigue vivo a nuestro lado.

Como creyente convencido, tengo a Jesús por paradigma de humanidad, como figura en la que no solo pueden descubrirse los trazos de la mejor forma de vida humana a que podemos aspirar, sino también alcanzar la consumación de la vida de cada cual. Tal es la más hermosa conclusión que he sacado de la trascendental obra filosófica sobre los valores de mi maestro fray Eladio Chávarri. En la vida y en la predicación de Jesús se da ya la plenitud del amor que lo une como Hijo al Padre y como hermano a todos y cada uno de nosotros. Por ello, causa desazón y decepción padecer los vaivenes de una Iglesia, pretendida como la suya, que se atrinchera en la negación y en la condena en vez de hacerlo en la consumación y la gloria. Por muy sembrado de cruces que esté su camino y por dura que sea la conversión permanente que ser cristiano exige, el cristianismo que no sea alegría y gozo es usurpador. El cristianismo auténtico solo puede anticiparnos el gozo de los frutos de la consumación de nuestra vida, agrandando y perfilando nuestra propia condición de humanos Todo lo demás que se diga y se haga en su nombre obedecerá a intereses espurios.

A la sombra de la idea de sacrificio, en la que tanto abunda la liturgia de hoy, y como contrapunto del hombre nuevo que es Jesús, cuya humanidad nos sirve de modelo para perfilar la nuestra, Chávarri subraya la espectacular explotación y el desorden universal agresivo que está causando en nuestras vidas el “hombre productor consumidor” que domina nuestro tiempo: “Las relaciones de señor y esclavo se reproducen por doquier, sutilmente animadas por valores tan estimados como la eficacia, la competitividad, el dinamismo, la optimización del lucro y la reducción de los costes. Hasta se establecen pactos de competitividad entre los agentes sociales. Los dioses siempre han exigido sacrificios. Actualmente, el hombre, bajo el culto a los valores biopsíquicos y económicos, ordena para sí el holocausto de los seres. No importa que sean niños hambrientos, dioses, tradiciones seculares, jóvenes condenados al ostracismo, pueblos reducidos a la miseria, pollos, ríos, mares, bosques y tierras. Entre los que han requerido ofrendas, sacrificios y holocaustos, el HPC no es precisamente el más compasivo. Su experiencia básica denota, más bien, un espacio interior impregnado de crueldad” (Perfiles de nueva humanidad, pág.  51).

No hay futuro, al menos un futuro largo y halagüeño, para el tipo de hombre que somos. Pero, por muy conscientes que seamos de su depravación y de la cortedad de sus miras, no podemos tirarlo a la basura porque es el único tipo de hombre que tenemos y del que forzosamente deberemos partir si queremos mejorar nuestra entidad. El hombre que ahora somos nos está demostrando que es muy poderoso a la hora de preservar la salud y de instrumentalizar la naturaleza para que produzca mucho más y mejor, pero está haciendo tabla rasa de otros muchísimos valores que necesitamos para colmar de humanidad la vida humana: además de salud y riqueza, pues no solo de pan vive el hombre, debemos alimentarnos de muchísimos otros valores de discernimiento, de conducta, de belleza, de entretenimiento, de convivencia y de los relativos a una proyección que dé consistencia y sentido a nuestra misma existencia. Por ello, deberemos limar las aristas de la tremenda explotación que ejercemos sobre todos los seres  y encauzar las fuerzas de la crueldad que tan generosamente derrochamos, fuerzas que nos están arrastrando a la autodestrucción. Salud y dinero son dos excelentes valores, pero no más ni más decisivos que todos los demás aludidos, valores que se tornan contravalores en la medida en que desplazan o avasallan todos los demás. La mejora real de nuestra vida, además de salud y comida, requiere conocimiento, convivencia, diversión, belleza, amor y confianza en un Dios que esté de nuestra parte.

Mírense como se miren los tiempos actuales, lo cierto es que el Dios humanizado que habita en nosotros se reverbera en las lágrimas de tantos seres humanos. Los puñetazos que nos propina el coronavirus demuestran con contundencia no solo que la vida es muchísimo más importante que el dinero, sino también que se trata de un preciado bien que no podemos conservar sin el apoyo y el sacrificio de los demás: yo te ayudo a ti a vivir y tú haces otro tanto conmigo, hasta el punto de que, si abandonamos a un solo ser humano a su triste suerte, corremos el peligro de convertirlo en arma letal de destrucción masiva. Definitivamente, queda tajantemente prohibido que Abrahán apuñale a su hijo, que adoremos a dioses que demandan holocaustos y que un ser humano clave a otro en la cruz. Aunque esté nublado y caigan chuzos de punta, Jesús nos asegura que todos vivimos ya en el monte Tabor y que el reino de Dios ha venido para quedarse.

Correo electrónico: ramonhernandezmartin@gmail.com

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“Complicidad”, por Dolores Aleixandre.

lunes, 8 de marzo de 2021
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magdalena-jesus-640x480Jesús miraba de frente a las mujeres, escuchaba, dialogaba, no rehuía su contacto, ni sus perfumes ni su afecto.

No hay mejor palabra para expresar lo que seguramente sintieron las mujeres que escucharon hablar a Jesús. Debió asombrarles que, cuando hablaba de Dios, incorporaba a su lenguaje las pequeñas cosas de la vida cotidiana que ellas conocían tan bien: la levadura que hundían en la masa para hacerla fermentar; el manto que se rompía si echaban un remiendo de tela nueva; el candil que encendían al atardecer para alumbrar la casa; el agua que iban a buscar cada día a la fuente; la sal con la que condimentaban las comidas; el arcón en el que guardaban cosas nuevas y viejas; el aceite de sus alcuzas, el barrer cuidadoso que les permitía encontrar una moneda perdida. Se sentían incluidas al escuchar nombrar cosas que les ocurrían a ellas cada día: una boda, una enfermedad, niños que jugaban en la plaza, un hijo que se iba de casa, una semilla de mostaza plantada en el huerto, una recién parida con su hijo en brazos. Aquellas realidades dejaban de ser irrelevantes y se convertían en la escala que Jacob había visto en sueños y por ellas bajaban y subían los mensajes de Dios; eran la arcilla de la que aquel Maestro se servía para modelar sus palabras, la zarza ardiente en la que Dios se revelaba.

Muchas se abrieron a aquella inaudita novedad y sintieron caer las cargas que pesaban sobre sus hombros. Alguien hablaba del reino de Dios como de un espacio sin dominación, anulaba las pretensiones de superioridad masculina, no se interesaba por cuestiones de sexo o de pureza, actuaba con asombrosa libertad, se relacionaba con las mujeres a través de sus cinco sentidos: miraba de frente, escuchaba, dialogaba, no rehuía su contacto, ni sus perfumes ni su afecto.

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”, exclamó entusiasmada una de ellas. “Dichosos más bien quienes escuchan la Palabra de Dios y la guardan”, respondió él (Lc 11,27). Era una bienaventuranza que anunciaba un mundo de iguales y abría ante ellas las puertas del discipulado.

El 8 de Marzo es una buena fecha para recordarlo.

Fuente 21 RS Marzo 2021

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El verdadero Templo… Predicamos a Cristo crucificado… y resucitado.

domingo, 7 de marzo de 2021
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Crucifixión 2

Y al entrar en el templo…

Demasiados monseñores y excelentísimas,
demasiados vicarios y reverendísimas
para ser espacio de igualdad y libertad;
¡ y cuántos padres para vivir en fraternidad,
cuando Tú nos dijiste que sólo aceptáramos
y llamáramos así a quien hace salir para todos el sol
y nos da gratuitamente su ternura y amor !

Demasiados títulos, honores y poderes,
demasiadas intrigas, prebendas e intereses
para ser casa solariega familiar;
¡ y cuántos códigos, normas y leyes,
burocracia, papeles e imposiciones
para ser posada de abrazos y acogida
para quienes andan necesitados !

Un espacio abierto que se amuralla,
un oasis que ya no atrae ni serena,
un refugio que cierra sus puertas y ventanas,
una barca para náufragos que anda a la deriva,
una casa solariega que exige reserva,
una viña con lagar que no alegra…
¡ ya no es lugar de Dios ni de oración !

Yo quiero una Iglesia en la que se pueda respirar,
que tenga pastores que huelan a oveja,
que acoja y defienda a emigrantes y sin papeles,
que se embarre con los que no pueden limpiarse,
que tenga un aire festivo y alegre,
que sus puertas permanezcan abiertas
aunque no haya dueños ni porteros vigilantes…

Quiero una Iglesia que sea templo de Dios,
lugar de encarnación,
punto de encuentro,
casa de fraternidad,
fábrica de sueños y proyectos,
experta en humanidad…
¡ no cueva de ladrones ni refugio de vividores !

*

Florentino Ulibarri

***

 

“Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres,

pero, para los llamados, sabiduría de Dios.

Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres;

y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.”

*

(1ª Corintios 1,22-25)

***

El templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron lo que había dicho y creyeron en la Escritura y en las palabras que él había pronunciado.

(Juan 2,13-25)

La encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María inaugura una etapa absolutamente nueva en la historia de la Presencia de Dios: etapa nueva y también definitiva, pues ¿qué mayor don podrá ser dado al mundo? No hay ya sino un templo en el que podamos adorar, rezar y ofrecer y en el que encontremos verdaderamente a Dios: el cuerpo de Cristo. En él el sacrificio deviene enteramente espiritual al mismo tiempo que real: no sólo en el sentido de que no es otra cosa que el mismo hombre adhiriéndose filialmente a la voluntad de Dios, sino también en el sentido de que procede en nosotros del Espíritu de Dios que nos ha sido dado.

A partir de la Encarnación, ha sido dado el Espíritu Santo verdaderamente; es, en los fieles, un agua que brota en vida eterna (Jn 4,14) y los constituye en hijos de Dios, capaces de poseerle de verdad por el conocimiento y el amor. Ya no se trata sólo de una presencia, sino de una  inhabitación de Dios en los fieles. Cada uno personalmente y todos en conjunto, en su misma unidad, son el templo de Dios, porque son el cuerpo de Cristo, animado y unido por su Espíritu. Así es el templo de Dios en los tiempos mesiánicos. Pero en este templo espiritual, tal como existe en la trama de la historia del mundo, lo carnal continúa todavía no sólo presente, sino dominador y obsesionante. Cuando todo haya sido purificado, cuando todo sea gracia, cuando la parte de Dios aparezca de tal modo victoriosa que “Dios sea todo en todos”, cuando todo proceda de su Espíritu, entonces el Cuerpo de Cristo será establecido para siempre, con su Cabeza, en la casa de Dios.

La alabanza del mundo precisa la del hombre, quien ha de ser su intérprete y mediador por su trabajo y, sobre todo, por el canto de sus labios (Heb 13,15). Mas el culto espiritual del hombre y la gracia que hacen de él un templo de Dios no son perfectos sino en cuanto representan aquella religión filial, única relación auténtica de la criatura con su Dios, que no puede venir sino de Jesucristo. Es Cristo quien es, en definitiva, el único templo verdadero de Dios. “Nadie sube al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo” (Jn 3,13).

*

Yves  Marie Congar,
El misterio del templo,
Barcelona 1964, 264-265.275-276, passim.

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“El amor no se compra”. 3º de Cuaresma – B (Juan 2,13-25)

domingo, 7 de marzo de 2021
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03_cuar_b-300x300Cuando Jesús entra en el Templo de Jerusalén no encuentra gentes que buscan a Dios, sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a «vendedores y cambistas» no es sino la reacción del Profeta que se encuentra con la religión convertida en mercado.

Aquel Templo, llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor fiel, se ha convertido en lugar de engaños y abusos, donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.

Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de su mensaje es la gratuidad de Dios, que ama a sus hijos e hijas sin límites y solo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.

Por eso, una vida convertida en mercado, donde todo se compra y se vende -incluso la relación con el misterio de Dios-, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover. Es cierto que nuestra vida solo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.

Casi sin darnos cuenta nos podemos convertir en «vendedores y cambistas» que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.

Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor, y el amor no se compra. Por algo decía Jesús que Dios «quiere amor y no sacrificios».

Tal vez, lo primero que necesitamos escuchar hoy en la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado, donde todo es exigido, comprado o ganado, solo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo, pues es el signo más auténtico del amor.

Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida: tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.

Quien conoce «la sensación de la gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.

José Antonio Pagola

 

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“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Domingo 7 de marzo de 2021. Domingo tercero de Cuaresma

domingo, 7 de marzo de 2021
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21-cuaresma B3 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 20,1-17: La Ley se dio por medio de Moisés.
Salmo responsorial: 18: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
1Corintios 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios.
Juan 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

El evangelio de Juan coloca esta manifestación mesiánica de Jesús al comienzo de su actividad pública y en el contexto de una fiesta de Pascua en Jerusalén. Para Juan es muy importante poner a Jesús y a su comunidad en ese marco de la sucesión de las fiestas judías. Eso lo vemos a lo largo de todo el evangelio, pues no hay ningún acontecimiento fuera de ese marco. Juan optó por encuadrar toda la actividad pública de Jesús en el tiempo religioso de los que su propio Evangelio define como “los judíos” (!). Al organizar la narración en función de una serie de fiestas judías, deja entrever una construcción ideológica y cultural rica, articulada e intencionada (hoy sabemos que las cosas no se sucedieron así, sino que se trata de una organización literaria de la narración, con una intención significativa).

La pascua judía es confrontada por Jesús y su comunidad discipular tres veces en el evangelio de Juan. Es evidente el simbolismo: con Jesús irrumpe una nueva Alianza (tres siempre simboliza el nacimiento de algo nuevo). El tiempo del Reino construye una nueva festividad. El tiempo de las fiestas judías es contrapuesto con un tiempo inusual y alternativo. El relato centra su interés en la dialéctica entre la estructura simbólica y temporal del judaísmo, y una estructura nueva alternativa que se quiere afirmar e institucionalizar.

El simbolismo de la revelación mesiánica de Jesús es sumamente resaltado en la confrontación con el templo. El relato necesita hacerlo; al fin y al cabo se está construyendo y afirmando una nueva identidad. El templo de Jerusalén es el centro de las instituciones y símbolo de la gloria y el poder de la nación judía (tanto la residente en Palestina como la que se encuentra en la Diáspora). El evangelio emplea un símbolo conocido para indicar la presentación mesiánica de Jesús: el “látigo con cuerdas”. Era proverbial la frase “el látigo del Mesías” para significar la violencia que implica la irrupción de la era mesiánica. El uso que Jesús hace del “látigo” no deja la menor duda acerca de su identidad y del proyecto que encarna: con él arroja fuera del templo el ganado que se vendía para los sacrificios, las ovejas y los bueyes. Sacrificios, como ovejas y bueyes, así como sus potenciales compradores (sólo los ricos podían ofrecer este tipo de ganado en el sacrificio) son puestos fuera del horizonte del nuevo proyecto mesiánico-profético.

Al echar todos afuera del templo con sus ovejas y sus bueyes, Jesús declara la invalidez del culto de los potentados, del que los sacrificios constituían el momento cumbre. Jesús no denuncia solamente, como habían hecho los profetas, «el culto que encubre la injusticia», sino que declara infame «el culto que es en sí mismo una injusticia», por ser medio de explotación, pero sobre todo «por ser legitimación religiosa de la injusticia y del crimen». No propone una reforma del culto, sino su abolición.

La expulsión de los bueyes tiene que ver con la misma constitución de la sociedad tributaria-monárquica. El primer rey de Israel se constituyó a partir del “grupo de campesinos propietarios de bueyes”. No es de extrañar que a partir de entonces, latifundistas, bueyes y sacrificios en el templo estén articulados en un solo proyecto, y que se correspondan ideológica y religiosamente. Además el dios Baal de los agricultores cananeos se representaba con un buey. La agricultura y la ganadería necesitan su propio dios y su propio culto. Los latifundistas fueron aliados importantes de Herodes para la consolidación de su poder, y él, como retribución, mantuvo en forma opulenta al templo. Así podemos entender por qué el templo estaba lleno de bueyes, si la ideología religiosa dominante cuyo centro simbólico estaba allí era la justificación principal del sistema social estratificado y concentrador en Palestina desde la Reforma de Josías.

La expulsión de las ovejas del templo tiene también un rico sentido simbólico. Las ovejas son figura del pueblo, encerrado en el recinto donde está condenado al sacrificio. Los dirigentes explotan y asesinan al pueblo –verdadera víctima del culto–, sacrifican y destruyen al rebaño, a cuya costa viven. Jesús no se propone reformar aquella institución religiosa propósito por cierto inútil, sino rescatar al pueblo de ella.

Todos los grupos judíos esperaban la utopía del Reino, de forma que la agitación del primer siglo hizo a muchos pensar que la hora estaba próxima. Para los zelotas era la hora de tomar las armas contra la ocupación romana para instaurar el reino de Dios en el cual el templo y su personal ya no estuvieran sujetos a ningún imperio. Los saduceos no esperaban activamente el Reino y se contentaban con mantener como mejor podían el culto del templo con la ayuda de las autoridades romanas. Los esenios, como los zelotas, estaban listos para tomar las armas por el Reino, pero se habían retirado al desierto en espera del momento oportuno (kairós), considerando que el templo estaba en manos ilegítimas. Los fariseos también consideraban que para que llegara el Reino había que acabar con el dominio extranjero y restaurar la autonomía del templo. Sin embargo, no entraron a ninguna guerrilla y se dedicaron a la más riguroso observancia de la ley.

A diferencia de los grupos anteriores, la actitud de Jesús y de su comunidad discipular es de tajante oposición al templo, lo que aparece de una manera mucho más radicalmente –no sólo como rechazo de un culto de los poderosos– en las acciones contra los cambistas, a quienes les desparrama las monedas, y contra los vendedores de palomas, a quienes les ordena quitar de en medio su mercancía.

Los cambistas representaban “el sistema financiero” de la época. Todos los varones judíos mayores de 21 años estaban obligados a pagar un tributo anual al templo, e infinidad de donativos en dinero iban a parar al tesoro del templo. Además, en la antigüedad, los templos, por la inmunidad que les confería su carácter sagrado, eran el lugar elegido por los pudientes para depositar sus tesoros. El templo de Jerusalén llegó a ser uno de los mayores bancos de la antigüedad. Pero pagar el tributo y los donativos no se podía hacer en monedas que llevasen la efigie imperial, considerada idolátrica por los judíos: el templo acuñaba su propia moneda y los que iban a pagar tenían que cambiar sus monedas por las del templo. Los cambistas cobraban, naturalmente, su comisión. Al volcar sus mesas y desparramar sus monedas, Jesús estaba atacando directamente el tributo al templo y, con él, al sistema económico religioso dominante. El templo es para Jesús una empresa que explota económicamente al pueblo. De hecho, el culto proporcionaba enormes riquezas a la ciudad y a los comerciantes, sostenía a la nobleza sacerdotal, al clero y a los empleados. La acción de Jesús toca, por tanto, un punto neurálgico: el sistema económico e ideológico que representaba el templo en Israel.

La acción contra los vendedores de palomas es igualmente de enorme impacto ideológico. Las palomas eran animales sacrificiales de menor importancia, pues con ellas los pobres ofrecían sus cultos a Dios; sin embargo el hecho de que sus vendedores hayan sido los únicos a quienes Jesús se dirige y a los que hace responsables de la corrupción del templo, quiere hacer ver la enorme preocupación de Dios por la suerte de los pobres y su enojo por quienes hacen negocio con su pobreza. En contraste con las dos acciones anteriores, Jesús no ejecuta acción alguna, sino que se dirige a los vendedores mismos acusándolos de explotar a los pobres por medio del culto, del impuesto, y del fraude de lo sagrado.

El templo es “casa del mercado”, y allí el dios es el dinero. Al llamar a Dios mi Padre, Jesús no lo identifica con el sistema religioso del templo. La relación con Dios no es religiosa sino familiar, está en el ámbito de la casa familiar. La relación se desacraliza y se familiariza. En la casa del Padre ya no puede haber comercio ni explotación, siendo casa-familia acoge a quien necesite amor, intimidad, confianza, afecto.

Aún, Jesús da un paso más en su confrontación radical con el templo al proponerse él mismo como santuario de Dios. Frente al poder de Herodes (cuarenta y seis años de construcción del templo) emerge el poder del resucitado (tres días). En el Reino de Dios no se requiere templos sino cuerpos vivos. Éstos son los santuarios de Dios, donde brilla su presencia y su amor, si viven dignamente. Jesús no viene a continuar la línea religiosa tradicional. Vino a proponer una humanidad restaurada a partir del principio de la ultimidad de la vida en cuerpos que viven con dignidad. Sobre esta base es posible soñar y construir otra manera de vivir y otra manera de creer. Leer más…

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Dom 7.3.21. El Templo, Cueva de ladrones o Casa de negocios

domingo, 7 de marzo de 2021
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950F97FB-67E6-452E-9953-E5BA71396A55Del blog de Xabier Pikaza:

Tras haber entrado en Jerusalén, para iniciar el reinado de Dios, Jesús quiso limpiar la religión, esto es, el Templo, expulsando a los ladrones o negociantes que allí se habían establecido. No lo digo yo, no me hubiera atrevido, lo dice el evangelio de este domingo del 7.3.2021.

La primera comparación (cueva de ladrones) viene de Mc 15, 17, que la toma de Jer 7, 11. Según ella, el templo/religión es una “cueva o guarida” de políticos y sacerdotes “bandidos” (lêstôn), que emplean su poder y religión para robar con violencia y guardar (justificar) así lo robado.

Jeremías utilizó esas palabras en torno al 600 a.C., cuando Nabucodonosor rey de Babel (actual Irak) se creía justificado por Dios para conquistar/robar medio mundo, haciéndose llamar “civilizador”, enviado del Dios Marduk. Pues bien, a juicio de Jeremías, los sacerdotes/ricos de Jerusalén seguían en el fondo la misma política/religión de Nabucodonosor, justificando sus robos con el templo. Según el evangelio de Marcos, Jesús sigue pensando en su tiempo lo mismo.

La segunda comparación (casa de negocios) la introduce el evangelio de Juan 2, 16 “no convirtáis la casa de mi Padre en un emporio, es decir, en un centro comercial o de negocios”. Evidentemente, Juan ha pasado del lenguaje de reyes/bandidos militares y los templos ligados a esos reyes al lenguaje “comercial” de fenicios y griegos que, en vez de robar haciendo guerras de conquista con soldados, crearon “emporios” o colonias comerciales, a lo largo y a lo ancho del Mediterráneo y del mundo occidental, enriqueciéndose a costa de los pobres.

Pues bien, conforme a la visión de Jesús, según el evangelio de Juan, el templo de Jerusalén se había convertido en un emporio, centro o casa comercial al servicio de los ricos (conforme a la nueva economía de mercado de fenicios y griegos.

Este es el tema de fondo del evangelio de este domingo 7.3.21 (3º de Cuaresma) que comentaré en lo que sigue, comparando la visión de Marcos y la de Juan, teniendo a fondo las dos expresiones: Cueva de ladrones, casa de negocios. 

E616969A-90A7-44CD-9116-015CF27E4B8CDos evangelios, una misma experiencia de fondo

Marcos: “Llegaron a Jerusalén y entrando en el templo comenzó a expulsar a los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían las palomas, y no consentía que nadie pasase por el templo llevando cosas. Luego se puso a enseñar diciéndoles: ¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en cueva de bandidos/ladrones (Mc 11, 15-18).

Juan: “Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis la casa de mi Padre en un Oikos emporiou (esto es, en emporio o Centro de negocios)” (Jn 2, 14-17).

Marcos pone su pasaje hacia el final del evangelio, como culminación del mensaje y camino de Jesús, que será condenado a muerte por decir y hacer precisamente eso. Juan en cambio pone este evangelio al principio de su texto, como punto de partida de su visión del cristianismo.

Marcos. El modelo de la Cueva de Bandidos. Según Marcos los responsables del templo lo han convertido en “cueva de ladrones” (spelaion lêstôn: cf. Jer 7, 11), un lugar para robar al pueblo fiel, en nombre de Dios. Ese es el modelo más oriental de los imperios ladrones, que estaban conquistando y robando a lo bruto, es decir, en aquel tiempo (en torno al 600 a.C. los babilonios).

Pues bien, Jeremías dice a los sacerdotes de Jerusalén y “nobles” de Jerusalén que están haciendo lo mismo que los babilonios, están convirtiendo el templo en una sucursal de los bandidos político/militares, con la diferencia de que lo hacen en nombre del Dios de Israel.

Juan. El modelo de la Casa de Comercio. Según Juan, los sacerdotes han convertido la Casa de su Padre en centro de negocios (oikos emporiou, casa de comerciantes). De esa forma pasa de la terminología del imperio-ladrón (Babilonia) a la de un comercio colonial, conforme al esquema de los fenicios y griegos que habían creado “colonias” a lo ancho del Mar Mediterráneo para “cambiar mercancías con ventaja” y así enriquecerse, sin necesidad de mantener grandes tropas imperiales caras.

El evangelio de Juan utiliza esta nueva terminología, empleada también por el Evangelio de Tomás 64); según ella, el soldado-ladrón puro de Mc 11 (que roba pero no sabe negociar con lo robado) se convierte en director comercial de un emporio (es decir, de un imperio comercial, que no roba a mano armada, pero negocia enriqueciéndose a costa de los más pobres.

(Anotación para “hispanos”: Los fenicios crearon “emporios” comerciales en la zona del estrecho de Gibraltar,, en especial en Tarsis-Cádiz… Los griegos lo hicieron más al norte, y así crearon un emporio en la zona actual de Gerona, una ciudad que aún lleva el hombre de Emporio-Ampurias).

Tema de fondo, derribar el templo, destruir el negocio de la religión

A19EEB89-61F1-41FD-91EF-914CB8B41136La lógica del reino ha llevado a Jesús al templo, para culminar su obra, que en este contexto tiene sentido destructor. No se limita a purificarlo, condenando sus excesos, para que vuelva a estar limpio, como siempre debió hallarse, sino que anuncia y expresa simbólicamente su ruina (en el signo de la higuera): ¡Qué nadie coma nunca más de sus frutos! (cf. Mc 11, 14).

Expulsa a vendedores y compradores (Mc 11,15b). De esa forma hace imposible todo el ejercicio de los sacrificios de violencia, fundados en la compra de animales puros. En un sólo gesto ha «expulsado» del templo (es decir, de lo sagrado) a los poderes económicos que lo controlan

Derriba las mesas de cambistas de dinero y de los vendedores de palomas (Mc 11,15c). No se limita a expulsar a los vendedores, sino que derriba ese centro material del templo que es la mesa de los cambios, el banco de la economía y de la venta de palomas. Ése es un gesto simbólico: Como derriba Jesús estas mesas, vendrá a derrumbarse en el suelo el edificio «sagrado» del templo.

Jesús indica de esa forma el fin de este templo, con sus tres funciones (económica, política y religiosa) Otros (muchos judíos helenizados) querían destacar al interior del culto una especie de verdad espiritual. Pues bien, según Jesús, esa verdad profunda del templo implica su destrucción externa, en los tres niveles indicados[1]:

Función económica. El templo de Jerusalén constituía el centro mercantil del pueblo israelita, que se había comprometido a mantener sus instituciones y su culto, al menos tras la “restauración” del exilio (año 525 a. C.) y las reformas de Esdras y Nehemías (cf. Neh 10, 2-39). En principio, había sido un “santuario real”, de manera que los reyes debían financiar su culto. Pero tras el exilio vino a convertirse en “santuario de la nación”, de manera que, aunque los reyes como Herodes (e incluso los romanos) contribuyeran a sostenerlo y/o reconstruirlo, su mantenimiento fundamental se hallaba en manos del conjunto del pueblo judío.

Por otro lado, como indican bien las controversias y guerras del tiempo de los macabeos, el templo funcionaba como “banco” donde los fieles depositaban (y los sacerdotes administraban) grandes sumas de dinero. El mismo Nuevo Testamento evoca en términos “irónicos” el dinero del templo (cf. Mt 17, 24-27). Por otra parte, la mayoría de los habitantes de Jerusalén vivían, de una manera o de otra, de las construcciones y trabajos del templo, de manera que el judaísmo de Judea y Jerusalén funcionaba como una “economía de templo”, como supone, de un modo crítico, el mismo Marcos (Mc 14, 10 par), cuando señala que los sacerdotes emplearon su dinero para “sobornar” (o pagar) a Judas. De un modo consecuente, Mc 11, 17 dice que el templo es una “guarida de ladrones”, y que su religión es un latrocinio. En la misma línea, pero todavía con más fuerza, Jn 2, 16 afirma que el templo se ha convertido en una “casa de negocios” (emporion).

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