Comentarios desactivados en “Oda contra la desesperanza”, por Gabriel Mª Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
No creo equivocarme cuando percibo un desánimo general social causado por las malas noticias que leemos y escuchamos cada día. Decía en sus diarios el Premio Nobel de Literatura, Imre Kertész, que la realidad es todo lo contrario a la teoría darwinista: el principio de la naturaleza es la contra-selección, no dominan los mejores, sino los peores. Lo decía como constatación, no porque le pareciera acertado para vivir de la manera más humana. Creía que “los malos” están ganando el día a día, y así parece a primera vista también en este tiempo nuestro.
Nuestra Iglesia no es ajena a esta reflexión, desgraciadamente. Una persona del grupo de Biblia en el que participo, expresó una sensación similar hace unos días y fue precisamente ahí cuando vislumbré la situación contraria, que lo bueno sobrevive dando grandes frutos a pesar de las actitudes contrarias al Evangelio, aunque el corto plazo parezca desmentirlo. La razón es porque ocurre de manera silenciosa y no apreciable, como la hierba cuando crece de noche. De hecho, los comportamientos egoístas en sus muy diferentes manifestaciones parecen ganar casi siempre a corto plazo… pero ocurre lo contrario a largo plazo.
Reflexionemos con algún ejemplo: Juan de la Cruz estuvo perseguido por su orden religiosa hasta el punto que algunos de sus dirigentes lo encerraron en Toledo en una celda sin luz ni ropa para cambiarse, según cuenta el propio frailecillo. Allí le torturaron con un flagelo de cuerdas tres veces por semana aunque lograra escapar de milagro. “Fue más doloroso el azote de las palabras que el de los verduguillos”, calumniado y vejado por sus hermanos por mantenerse él en aplicar la reforma carmelita. ¿Quién se acuerda de esta gran y santa lumbrera mística? ¿Quién se acuerda de su poema Noche oscura del alma, creado mentalmente y memorizado en aquellos meses de dolor y zozobra? Sin embargo, ¿cuántos se acuerdan del nombre de sus perseguidores? Lo mismo podemos decir de Antonio Mª Claret, expulsado de su orden y hoy un santo de referencia en la Iglesia. Y tantos y tantas más…
En el lado opuesto ocurre algo similar; nadie se acuerda de Papas como Sergio III y su ejemplo nefando, mientras ocurre todo lo contrario con León XIII, “el Papa de los obreros”. Aunque el mejor ejemplo lo tenemos en Jesús de Nazaret y su lugar en la historia, frente al de quienes le hicieron la vida imposible y con el mayor daño que fueron capaces.
A nivel popular, todos conocemos ejemplos cercanos de personas que han pasado por nuestras vidas haciendo el bien a diario de manera silenciosa y que dejan al morir un rastro de santidad ejemplar y aparentemente pasan desapercibidas. Pero cuando mueren, vemos que eran un gran regalo. Sin ir más lejos, acaba de fallecer la sacristana de una iglesia trinitaria cercana que dirigía el rezo del rosario y era monitora de la misa que se celebra seguidamente. Una mujer abnegada y servicial cuyo ejemplo diario vale más que cualquier oropel eclesiástico.
Al final, la sencillez en su sentido más genuino es la virtud que atesora la capacidad de transformación humana para amar de verdad con un corazón humilde. Actitud esta que está desprestigiada porque ahora nos venden que para ser feliz y comerse el mundo no se puede ser sencillo, algo bien diferente a la simpleza.
Las personas dignas de ser emuladas se centran en sí mismas y en los demás en forma positiva, ven la pureza del mundo y quieren ayudar dándose y dando con espíritu generoso y solidario. Esta mayoría silenciosa, como la sacristana a la que me acabo de referir, forman parte de la viga maestra donde se apoya la verdadera transformación del mundo a mejor, anónimamente.Sin estas personas, hace tiempo que habríamos descarrilado la existencia; parafraseando a Herman Melville, no están en ningún mapa, las personas verdaderas nunca lo están. Contagian desde lo cotidiano, son el antídoto contra la desesperanza que el Espíritu alimenta de una manera todavía más silenciosa. Lo mejor de todo es que cada uno de nosotros puede decidir, en cualquier momento, convertirse en una de ellas.
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Christine Zuba.
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Christine Zuba. Christine es una mujer transgénero católica. Es ministra eucarística en la parroquia Saints Peter & Paul en Turnersville, NJ, y preside el Ministerio Transgénero de Fortunate Families.
Las lecturas litúrgicas de hoy se pueden encontrar aquí.
A medida que nos acercamos al final del mes del Orgullo, las lecturas litúrgicas de hoy nos recuerdan lo que debemos hacer como católicos y nos recuerdan como católicos LGBTQ+ que TODOS somos buenos a los ojos de Dios. En la segunda lectura (Gálatas 5:14), San Pablo nos dice “ . . toda la ley se cumple en una sola palabra, amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Y en el evangelio (Lucas 9:51), el evangelista relata las palabras de Jesús: “El hijo del hombre no vino a destruir las almas, sino a salvar”.
Durante los eventos y desfiles del Orgullo de junio, no es raro ver algunos grupos cristianos anti-LGBTQ+ con sus pancartas y megáfonos, predicando el arrepentimiento o la condenación. Tratan de pintarnos como malvados, dignos solo de condenación. Siempre me pregunto: «¿Qué es lo que no entienden de ‘ama a tu prójimo’?»
Hace un año, el Padre Alex Santora me invitó a participar en la 4ª Misa anual del Orgullo en la parroquia Our Lady of Grace en Hoboken, Nueva Jersey, dando la homilía. Sorprendentemente, el padre Alex me había llamado meses antes, en enero, para preguntarme si estaría dispuesta a involucrarme para reflexionar sobre mi vida, mi transición y mi fe como católica transgénero.
Durante ese tiempo también, en junio, mi madre de 95 años ingresó en una residencia. Siete años antes, mamá tenía 88 años y era la última persona en mi vida a la que le dije que era transgénero. Aunque creo que ella nunca entendió del todo, aceptó y amó, y para ella era importante que yo permaneciera cerca de mi fe. Oré para que Dios no la llamara a casa mientras hacía el viaje de dos horas desde su cama en el noreste de Pensilvania hasta Hoboken y de regreso.
Mi disco estaba ocupado por pensamientos sobre mamá y la misa que se avecinaba. Mis comentarios debían incluir mis pensamientos sobre la guerra cultural que cuestionaba mi existencia transgénero, sobre una “ideología de género” de la que supuestamente soy parte, y sobre la decepcionante y palabras potencialmente dañinas hacia las personas transgénero y LGBTQ+ que habíamos escuchado recientemente expresadas por algunos dentro de la Iglesia. También quisiera agradecer a todos los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, obispos y cardenales que verdaderamente nos acogen tal como somos y, por supuesto, agradecer al Papa Francisco por su liderazgo.
También me preocupaba cómo comunicaría todo esto sin emocionarme demasiado, diciéndome “no llorar”, lo que podría restarle importancia al mensaje. Amo a Nuestra Señora de Gracia. El mensaje del padre Alex siempre ha sido uno de inclusión para todos y todas las personas marginadas, especialmente la comunidad LGBTQ+. Si bien los problemas de Covid todavía eran motivo de preocupación, la asistencia esa mañana fue buena. La Misa también se estaba grabando en el canal de Youtube de la parroquia. Al comienzo de la misa, cuando comenzamos a caminar por el pasillo, me decía a mí mismo que debía mantener la compostura. Necesitaba hacer esto por mí, por nuestra comunidad y por mi mamá.
Ha pasado un año desde ese día, y reflexiono sobre lo que ha cambiado desde esa hermosa misa. Algunas diócesis adicionales han expresado sus “soluciones” transgénero restrictivas, desde la falta de uso de pronombres y nombres correctos hasta la negación total de los sacramentos. Los políticos han continuado sus ataques con leyes que criminalizan la atención médica transgénero, así como el apoyo de familias y médicos. Los gobiernos estatales han tomado represalias contra negocios y empresas que se atreven incluso a hablar en contra de la legislación anti-LGBTQ+. Después de años de progreso, a veces se siente como si hubiera retrocedido dos pasos.
Sin embargo, también hay buenas noticias. Dentro de nuestra Iglesia, vemos signos de esperanza. Vemos señales de personas que quieren “no destruir, sino salvar almas”. A través del proceso del Sínodo ha habido sesiones de escucha generales y específicas para LGBTQ+, incluso dentro de diócesis que han sido menos acogedoras en el pasado.
En enero, el Papa Francisco llamó a los padres a “no condenar a sus hijos si son homosexuales”. En mayo, en respuesta a tres preguntas presentadas por el Padre James Martin, S.J., el Papa Francisco respondió que “Dios no desconoce a ninguno de sus hijos”. Con respecto a los católicos LGBTQ+ que han experimentado el rechazo de la Iglesia, el Papa Francisco escribió: “Me gustaría que lo reconocieran no como el ‘rechazo de la Iglesia’, sino como ‘personas en la iglesia’. La Iglesia es madre y llama a todos sus hijos”.
El Papa Francisco anunció recientemente que nombraría a 21 nuevos cardenales en agosto, algunos de los cuales han dado la bienvenida a las personas LGBTQ+. El Papa Francisco ahora habrá designado a 83 de los 133 cardenales electores, aumentando así la posibilidad de que su sucesor también refleje sus posiciones en temas clave.
Sabemos que nuestra Iglesia se mueve lentamente, a menudo como un glaciar. Queremos un cambio y lo queremos rápido. A veces lamentamos nuestro estado actual y cómo están las cosas en nuestro país. Si bien todavía queda mucho trabajo por hacer y hay problemas legítimos que nos molestan, a menudo pienso en lo bendecidos que somos en comparación con muchas personas LGBTQ+ en otras partes del mundo. Lo que me lleva de vuelta a hace un año.
Después de la Misa del Orgullo del año pasado en Hoboken, hubo una pequeña recepción en el centro parroquial de al lado. Una madre se me acercó con sus dos hijos. Tenían unos 10-12 años. Un niño era de género no conforme. Con acento de Europa del Este me agradeció mis palabras durante la Misa.
Ella dijo que eran de Polonia y que “las cosas no son tan buenas para nosotros allí”, y que más tarde en la tarde volarían de regreso a Polonia. Sin embargo, antes de hacerlo, se encargó de llevar a sus hijos allí, esa mañana, a Nuestra Señora de Gracia. ¡Quería “mostrarles lo que ES posible!”
Orgullo feliz, todos los días. Ama a nuestro Dios. Amar a nuestro prójimo. ¡Con Dios todo es posible!
Comentarios desactivados en ¿Inquieto?… “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.”
Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en junio,
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!
*
Miguel de Unamuno En un cementerio de lugar castellano
***
La inquietud es cosa de los paganos, que no creen, que confían en su fuerza y su trabajo, y no en Dios. Todo el que se preocupa es pagano, porque no sabe que el Padre conoce todo o que necesita. Por eso quiere hacer por sí mismo lo que no espera de Dios. Más, para el que sigue a Jesús, la frase válida es: «Buscad primero el Reino y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura». Con esto queda claro que la inquietud por el alimento y el vestido está lejos de ser inquietud por el Reino de Dios, tal como nos gustaría pensar, como si el cumplimiento de nuestro trabajo por nosotros y nuestra familia, como si nuestra inquietud por el pan y la vivienda, constituyesen la búsqueda del Reino de Dios, como si esta búsqueda sólo se realizase en medio de tales inquietudes.
El seguidor de Jesús, después de una larga vida de discípulo, responderá a la pregunta: «¿Os ha faltado algo alguna vez?» diciendo: «Nunca, Señor». ¿Cómo podría faltarle algo a quien, en el hambre y la desnudez, la persecución y el peligro, está seguro de la comunión con Jesucristo?
*
Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento,
Sígueme, Salamanca 1999, pp. 117-118.
***
Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré adonde vayas
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
–“Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?”
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
–“Te seguiré adonde vayas.”
Jesús le respondió:
–“Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.”
A otro le dijo:
–“Sígueme.”
Él respondió:
–“Déjame primero ir a enterrar a mi padre.”
Le contestó:
– “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.”
Otro le dijo:
– “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.”
Jesús le contestó:
– “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.”
*
Lucas 9, 51-62
***
La caridad no es, en primer lugar, el amor al prójimo o el amor a Dios: es esa situación objetiva de estar en comunión, en alianza, que se desarrolla después en todas las relaciones, en todas las situaciones, en todas las exigencias que constituyen la existencia de un hombre. Por eso, desde el punto de vista cristiano, no hay una alternativa entre la comunión con Dios y la comunión con el prójimo; lo que hay más bien es la necesidad de dejarse prender, de dejarse «herir» por todas las exigencias de esta comunión y no darla ni como absolutamente obvia, considerándola como un dato de hecho para quien se ocupa de otras cosas, ni dejarla sin significado, como si el significado consistiera más bien en hacer esto o lo otro, en comprometerse con ésta o con aquella otra situación […]. Así pues, no existe el hombre y un montón de modos de entrar en comunión con las personas; existe el hombre definido por esta comunión, que asume el modo auténtico de vivir y traducir todas las relaciones; o sea, que asume el modo de Jesucristo. Es como decir que existe un modo auténtico de vivir, de asumir la vida y la muerte, de sufrir, de gozar, de amar, de obrar, de hablar, de actuar, de comprometerse, de callar: y este modo es el de Jesucristo.
*
G. Moioli, Va’ dai miei fratelli (Gv 20,17),
Milán 1996, pp. 39ss.
Comentarios desactivados en “Un Cristianismo de seguimiento”. 13 Tiempo ordinario – C (Lucas 9, 51-62)
En tiempos de crisis es grande la tentación de buscar seguridad, volver a posiciones fáciles y llamar de nuevo a las puertas de una religión que nos «proteja» de tanto problema y conflicto.
Hemos de revisar nuestro cristianismo para ver si en la Iglesia actual vivimos motivados por la pasión de seguir a Jesús o andamos buscando «seguridad religiosa». Según el conocido teólogo alemán Johann Baptist Metz, este es el desafío más grave al que nos enfrentamos los cristianos en Europa: decidirnos entre una «religión burguesa» o un «cristianismo de seguimiento».
Seguir a Jesús no significa huir hacia un pasado ya muerto, sino tratar de vivir hoy con el espíritu que le animó a él. Como ha dicho alguien con ingenio, se trata de vivir hoy «con el aire de Jesús» y no «al viento que más sopla».
Este seguimiento no consiste en buscar novedades ni en promover grupos de selectos, sino en hacer de Jesús el eje único de nuestras comunidades, poniéndonos decididamente al servicio de lo que él llamaba reino de Dios.
Por eso, seguir a Jesús implica casi siempre caminar «a contracorriente», en actitud de rebeldía frente a costumbres, modas o corrientes de opinión que no concuerdan con el espíritu del Evangelio.
Y esto exige no solo no dejarnos domesticar por una sociedad superficial y consumista, sino incluso contradecir a los propios amigos y familiares cuando nos invitan a seguir caminos contrarios al Evangelio.
Por eso, seguir a Jesús exige estar dispuestos a la conflictividad y a la cruz. Estar dispuestos a compartir su suerte. Aceptar el riesgo de una vida crucificada como la suya, sabiendo que nos espera resurrección. ¿No seremos capaces de escuchar hoy la llamada siempre viva de Jesús a seguirlo?
Comentarios desactivados en “Te seguiré adonde vayas.” Domingo 26 de junio de 2022. Domingo 13º ordinario
Leído en Koinonia:
1Reyes 19, 16b. 19-21: Eliseo se levantó y marchó tras Elías. Salmo responsorial: 15: Tú, Señor, eres el lote de mi heredad. Gálatas 5, 1. 13-18: Vuestra vocación es la libertad. Lucas 9, 51-62: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré adonde vayas.
Narra la vocación de un profeta, Eliseo. Es un rico campesino. Estaba arando su finca con doce yuntas de bueyes cuando lo encuentra Elías. Éste le echa encima su manto y con esto adquiere sobre él como cierto derecho. Eliseo no sabe negarse; sacrifica la pareja de bueyes con que araba, abandona su familia y se pone al servicio de Dios. Se dan en el caso de Eliseo las condiciones de una vocación especial: llamada de Dios, respuesta a la llamada, ruptura con el pasado y nuevo género de vida al servicio de su misión.
Nunca como hoy el ser humano ha sido tan sensible a la libertad; el ser humano prefiere la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Pablo dice con relación a este tema: el cristiano es libre: la vocación cristiana es vocación a la libertad, esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor; ante el peligro de que muchos seres humanos caigan en el libertinaje so pretexto de libertad, Pablo les advierte que la verdadera libertad, la que viene del Espíritu, libera de la esclavitud de la carne y del egoísmo.
El tema fundamental del evangelio es la presentación de tres vocaciones. Lucas las coloca en el marco del viaje de Jesús y sus discípulos hacia Jerusalén. Jesús, al que quiere seguirle le exige: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza; llamamiento de Dios; ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, y seguimiento. Todo esto para que el discípulo quede libre y disponible para poder anunciar el Reino de Dios.
Las lecturas de hoy tienen un tema común: las exigencias de la vocación. En ellas descubrimos cómo subyace la necesidad del desprendimiento, de la renuncia, del abandono de las cosas y personas como exigencia para seguir a Jesús. Por eso, no existe respuesta a la llamada para ponerse al servicio del Reino de Dios, en aquellos que anteponen a Jesús sus condiciones o intereses personales.
El Evangelio nos dice que el desprendimiento exigido por Jesús a los tres candidatos a su seguimiento, es radical e inmediato. Se tiene, incluso, la impresión de una cierta dureza de parte de Jesús. Pero todo está puesto bajo el signo de la urgencia. Jesús ha iniciado “el viaje hacia Jerusalén”. Esta “subida” interminable (que ocupa 10 capítulos en el evangelio de Lucas) no se encuadra en una dimensión estrictamente geográfica, sino teológica: Jesús se encamina decididamente hacia el cumplimiento de su misión.
El viaje de Jesús a Jerusalén no es un viaje turístico. El maestro exige a los discípulos la conciencia del riesgo que comparte esa aventura: “la entrega de la propia vida”.
Se diría que Jesús hace todo lo posible para desanimar a los tres que pretenden seguirle a lo largo del camino. Parece que su intención es más la de rechazar que la de atraer, desilusionar más que seducir. En realidad, él no apaga el entusiasmo, sino las falsas ilusiones y los triunfalismos mesiánicos. Los discípulos deben ser conscientes de la dificultad de la empresa, de los sacrificios que comporta y de la gravedad de los compromisos que se asumen con aquella decisión.
Por tanto, «seguir a Jesús en radicalidad» exige:
– Disponibilidad para vivir en la inseguridad: “No tener nada, no llevar nada”. No se pone el acento en la pobreza absoluta, sino en la itinerancia. El discípulo lo mismo que Jesús, no puede programar, organizar la propia vida según criterios de exigencias personales, de “confort” individual.
– Ruptura con el pasado, con las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales que atan y generan la muerte. Es necesario que los nuevos discípulos miren adelante, que anuncien el Reino, para que desaparezca el pasado y viva el proyecto de Jesús.
– Decisión irrevocable. Nada de vacilaciones, nada de componendas, ninguna concesión a las añoranzas y recuerdos del pasado, el compromiso es total, definitivo, la elección irrevocable.
Hoy como ayer, Jesús sigue llamando a hombres y mujeres que dejándolo todo se comprometen con la causa del Evangelio y, tomando el arado sin mirar hacia atrás, entregan la propia vida en la construcción de un mundo nuevo donde reine la justicia y la igualdad entre los seres humanos.
Por otra parte, observamos una nota de tolerancia y paciencia pedagógica en el evangelio de hoy. Un celo apasionado de los discípulos es capaz de pensar en traer fuego a la tierra para consumir a todos los que no acepten a Jesús… Llevados por su celo no admiten que otros piensen de manera diversa, ni respetan el proceso personal o grupal que ellos llevan. Jesús «les reprocha» ese celo. Simplemente marcha a otra aldea, sin condenarlos y, mucho menos, sin desear que les caiga fuego.
El seguimiento de Jesús es una invitación y un don de Dios, pero al mismo tiempo exige nuestra respuesta esforzada. Es pues un don y una conquista. Una invitación de Dios, y una meta que nos debemos proponer con tesón. Pero sólo por amor, por enamoramiento de la Causa de Jesús, podremos avanzar en el seguimiento. Ni las prescripciones legales, ni los encuadramientos jurídicos, ni las prescripciones ascéticas pueden suplir el papel que el amor, el amor directo a la Causa de Jesús y a Dios mismo a través de la persona de Jesús, tiene que jugar insustituiblemente en nuestras vidas llamadas.
Una vez que ese amor se ha instalado en nuestras vidas, todo lo legal sigue teniendo su sentido, pero es puesto en su propio lugar: relegado a un segundo plano. «Ama y haz lo que quieras», decía san Agustín; porque si amas, no vas a hacer «lo que quieras», sino lo que debes, lo que el Dios amado espera de ti. Es la libertad del amor, sus dulces ataduras.
Una homilía para la celebración de hoy también podrá enfocarse desde el núcleo de la libertad religiosa. Jesús no acepta la intolerancia de los discípulos, que quisieran imponer a fuego la aceptación a su maestro. Y Pablo nos recuerda la vocación universal (de los cristianos y de todos los humanos, y de todos los pueblos) a la libertad, a vivir sin coacción su propia identidad, su propia cultura, su propia religión… El Vaticano II tomó decisiones históricas respecto a la libertad religiosa. Las posiciones de “cristiandad”, de unión con el poder político, no son conformes con el evangelio. Y todo ello exige de los cristianos unas actitudes nuevas desde el fondo de nuestro corazón. Leer más…
Comentarios desactivados en 26.6.22. La mano en el arado, sin echar la vista atrás (Lc 9, 51-62. Dom 13 Ciclo C)
Del blog de Xabier Pikaza:
Volvemos al tiempo ordinario, Dom 13, Ciclo C, con una lectura esencial del evangelio de Lucas: (a) Jesús toma la decisión de proclamar el reino, subiendo a Jerusalén. (b) y lo hace de un modo “pacífico, sin luchar contra pueblos o grupos que no le reciben. (c) Lucas desarrolla, en esa lìnea, en cuatro pasajes ejemplares la nueva tarea de sus discípulos, trazando así la ruptura que exige su compromiso de reino.
Este evangelio parece escrito para nuestro tiempo: y define la necesidad de cambio radical de nuestra iglesia, año 2022, en un camino que parece vinculado al Papa Francisco, pero que encuentra grandes resistencias en otros llamados “discípulos, que en vez de seguir el camino de Jesús parecen seguir el camino de aquellos a quienes el evangelio presenta como opuestos a Jesús.
| X Pikaza Ibarrondo
Lectura: Lucas 9, 51-62
Introducción: (Éxodo o subida de Jesús: Cuando se cumplieron lo días de su éxodo o subida ) Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré adonde vayas
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de su ascenso (subida), Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas. «Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: «Sígueme. «Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia. «Jesús le contestó: «Quien pone la mano en el arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»
Introducción
El evangelio de Lucas se divide en dos partes centrales: (a): Actividad de Jesús en Galilea, con su mensaje y proyecto de Reino: Lc 4, 14–9, 50). (b) Ascenso o subida a Jerusalén para iniciar el reino: Lc 9, 51-19, 27).
La segunda parte comienza con una “introducción solemne”: “cuando se cumplieron los días de su ´éxodo o subida”, esto es, los días de su gran salida, de su “salida” radical, de su ascenso a Jerusalén…
Actualmente (2022), por decisión del Papa Francisco, retomando el motivo de la salida/subida del Concilio Vaticano II, la iglesia católica puede y debe asumir y desarrollar los cuatro elementos esenciales de esta salida/subida (que han sido en parte también desarrollados por Mt 8, 18-22, siguiendo el esquema del Documento Q, el más antiguo de los textos escritos sobre el evangelio). S sus cuatro elementos esenciales marcan la tarea esencial de la Iglesia en este año 2022.
Camino Zebedeo. Quieren extender o defender el Reino con “fuego” del cielo:
De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y les regañó: No sabéis de qué espíritu sois (D k etc.). Y se marcharon a otra aldea (Lc 9, 62-569.
Santiago y Juan, zebedeos “ejemplares”, de gran autoridad en la iglesia quieren defender (e imponer su reino) realizando (imponiendo)r el camino de Jesús de un modo violento, a modo de cruzada militar, a sangre y fuego, en contra del espíritu de Jesús. Éstos los celotas de Jesús, los “cruzados”, gerreros o guerrilleros de Cristo, que quieren defender el evangelio apelando a la violencia, a las guerras santas, a las inquisiciones y dictados letales… Sigue habiendo en la iglesia muchos antiguos o nuevos “zebedeos”, que pueden tener “razón política” en plano de democracia impositiva, pero que son contrarios al evangelio.
¿Hay una iglesia que quiere extender su poder con fuego del cielo? ¿con cruzadas, con imposiciones legale, con formas de dominaciòn sagrada?
2. Los zorros tienen madigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre…
Alguien (Mt: un escriba) le dijo mientras iban de camino,: ¡Te seguiré dondequiera que vayas!Jesús le dijo: Los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc 9, 57-58; Mt 8, 18-20). Éstos son los que buscan en Jesús un tipo de seguridad, prestigio y mando. Ponen el evangelio al servicio de sus propios intereses.
El aspirante, a quien el paralelo de Mt define certeramente como escriba, busca poder. Parece que o tiene y quiere mantenerlo, ofreciéndose a Jesús como experto, intérprete del Libro, con un mando especial sobre los otros..
Un escriba es hombre de honor en el judaísmo sinagogal: tiene un buen puesto y espera mantenerlo con Jesús, volviéndose autoridad mesiánica: los discípulos de un buen maestro destacan por su sabiduría y conocimiento, como supone la Misná (Abot) y como ratifica la misma iglesia que honra a sacerdotes y doctores. Pero Jesús separa honor y seguimiento, evocando probablemente un refrán: “los zorros tienen madrigueras…”.
Los animales buscan y obtienen posesión-seguridad dentro del mundo, según principios cósmicos que reflejan la providencia de Dios, como el mismo Jesús sabe: “no os preocupéis…, mirad los pájaros del cielo” (Mt 6, 25-35 par). Sus discípulos, en cambio, deben superar ese nivel de seguridad y autoridad (poder) sobre los otros, abriendo un espacio distinto de comunicación, más allá de los esquemas de poder de las instituciones de este mundo. Jesús no necesita la autoridad de los escribas.
¿Hay una iglesia donde algunos (jerarcas o no) buscan nichos de poder, una iglesia para «medrar y dominar, para imponerse y lograr autoridad social sobre otros?
3. Deja que los muertos entierren a sus muertos
(Jesús) dijo a otro: Sígueme. Pero él otro dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Y tú ¡vete y anuncia el reino de Dios! (Lc 9, 59-60; Mt 8, 21-22)[1].
La tradición sinóptica sabe que el discípulo de Jesús debe ayudar a los padres necesitados (cf. Mc 7, 8-13; Mt 15, 3-6). Pero aquí, asumiendo una tradición de Jesús, el evangelio ha contrapuesto provocadoramente autoridad del reino y padre patriarcal. «Enterrar al padre» es más que un ritual funerario: es aceptar su autoridad, descubrirle como signo de Dios en un mundo jerárquicamente organizado, seguir al servicio de las leyes patriarcales. Jesús responde, en cambio: Deja que los muertos entierren a sus muertos… No ha venido a ratificar un tipo de autoridad patriarcal, sino a ofrecer a todos un camino de reino, en contra de un patriarcalismo clerical, masculino.
El padre patriarcal como fuente de poder social y religioso pertenece al mundo antiguo, al espacio de cosas que mueren (=de los muertos). Allí donde esa autoridad se impone no hay lugar para el reino: triunfa la genealogía de los poderes establecidos, triunfan los intereses cerrados del grupo que se sostienen y apoyan entre sí…, creando un mundo de influjos y poderes que excluye a los más pobres, es decir, los marginados, leprosos, enfermos, hijos ni familia, mujeres . Por eso, quedarse a enterrar al padre supone seguir cultivando ese mundo de exclusiones y «clases», de autoridades impositivaa y jerarquías superiores, con una autoridad genealógica y familiar por encima de todos. Ese es un mundo que se reproduce para la muerte. Por eso, hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos.
Tú, vete y anuncia el reino de Dios. Ciertamente, el reino incluye cariño gratuito y cuidado de los necesitados. Pero, precisamente por ello, rompe la estructura patriarcal, basada en el orgullo grupal (buenos padres, buenas familias) y en la nobleza genealógica, que la tradición posterior del cristianismo (de los códigos familiares de Col, Ef y 1 Ped a las pastorales) ha vuelto a sacralizar de alguna forma. Precisamente para anunciar el reino hay que superar ese padre patriarcal, descubriendo y cultivando la presencia de un Dios no patriarcal, cuyo amor se abre hacia todos los necesitados y excluidos, que no tienen un padre que pueda defenderles. Así pasamos de padre encerrado en un talión intra-grupal (de familia autosuficiente) al Padre de la gratuidad universal, superando los esquemas elitistas de la tierra.
¿Vivimos de enterrar muertos, de mantener privilegios, de guardar ventajas anteriores? ¿Somos una iglesia de sepultureros más que de resucitados?
4. Quien ha puesto la mano en el arado y sigue mirando atrás….
Otro le dijo también: Te seguiré, Señor, pero primero permite que me despida de los de mi casa.Pero Jesús le dijo: Ninguno que ha puesto su mano en el arado y sigue mirando atrás, es apto para el reino de Dios (Lc 9, 61-62).
Esta unidad resume y amplía los tres anteriores. Sabemos que el seguidor de Jesús no puede apelar a ninguna ventaja social (el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza: Lc 9, 58) ni familiar (no puede enterrar a su padre: Lc 9, 60), sino que debe recorrer hasta el fin su camino de Reino mantener su opción de un modo consecuente, en experiencia de nuevo nacimiento, sin poner la mano en el arado y seguir mirando atrás…, queriendo al mismo tiempo alcanzar la novedad del Evangelio, pero mirando hacia atrás, queriendo conservar los poderes jerárquicos antiguos, propio de una iglesia que emplea la violencia (tema 1), busca el poder (tema 2), sacraliza las tradiciones de poder patriarcal (entierra con honor s sus murtos: tema 3) y quiere ir adelante mirando hacia atrás.
¿Hemos puesto la mano en el arado… pero seguimos mirando siempre hacia un pasado muerto…? La iglesia actua, año 202 ¿vive miranal pasado. ¿Cómo puede abrir surco si no mira hacia el futuro de la nueva humanidad, del Reino de Cristo?
Nota
[1] No precisamos las variantes de Mt (que sitúa el pasaje en clave de llamada) y Lc (contexto de subida a Jerusalén). En ambos casos, el motivo es claro, como han destacado M. Hengel (Seguimiento y Carisma) y E. P. Sanders (Jesus and Judaism). Tanto la cultura oriental y grecorromana como el judaísmo tomaban al padre como autoridad suprema, de manera que enterrarle (cuidarle, mantenerle y reconocer su poder) constituía el primer deber social y religioso.
Volvemos al tiempo ordinario, con un tema de enorme importancia y actualidad: la vocación a seguir a Jesús.
La vocación de Eliseo (Primer libro de los Reyes 19, 16b. 19-21)
En aquellos días, el Señor dijo a Elías:
‒ Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.
Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:
‒ Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.
Elías le dijo:
‒ Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?
Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.
Todo empieza con una orden de Dios a Elías: ungir como profeta a Eliseo. La unción, que se hacía derramando aceite sobre la cabeza, era típica de los reyes, y este es el único caso que recuerdo de la unción de un profeta. En la mentalidad mediterránea antigua, el aceite no solo era bueno para la comida; también se le atribuían cualidades curativas (por eso se ungía a los enfermos) y religiosas (la unción simboliza una relación especial con Dios).
Elías cumple la orden, pero sin cumplirla. Va en busca de Eliseo, que debía ser hijo de un multimillonario porque está arando con doce yuntas de bueyes. En vez de ungirlo, le echa su manto por encima. Es la única vez que menciona la Biblia este gesto, pero debía ser conocido, porque Eliseo, después de un momento de desconcierto (que no se cuenta, pero se supone), sale corriendo detrás de Elías y se muestra dispuesto a seguirle. Sólo pone una condición: despedirse de sus padres.
A Eliseo le parece una petición lógica, y se la concede. Pero la despedida no consiste en dar un beso a los padres. Es algo más solemne e incluye a toda la familia: mata la yunta de bueyes y organiza un asado para toda su gente. Sin prisas, porque unos bueyes no se matan en cinco minutos, ni la carne se prepara en un cuarto de hora, ni se come todo en un rato. Cuando termina la despedida, que pudo durar uno o varios días, Eliseo marcha con Elías y se pone a su servicio.
Rechazo y seguimiento (Lucas 9, 51-62)
El fragmento elegido para este domingo consta de cuatro escenas muy breves. Las tres últimas están relacionadas por el tema del seguimiento de Jesús; la primera habla de lo contrario: el rechazo.
Escena 1: el rechazo de los samaritanos
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
‒ Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Samaritanos y judíos se odiaban desde el siglo X a.C., cuando el norte se separó del sur después de la muerte de Salomón. Pero el dinero es el dinero. Y los samaritanos actuaban del modo siguiente: a los galileos que atravesaban su territorio camino de Jerusalén no les vendían nada; pero en el viaje de vuelta a Galilea ya no había problema en venderles lo que necesitaran, pagándolo adecuadamente (es lo que ocurre en el evangelio de Juan, cuando los discípulos van a comprar pan al pueblo mientras Jesús habla con la samaritana).
Como Jesús y los discípulos se dirigen a Jerusalén, es normal que no los reciban. Pero Santiago y Juan, que debían pasarse el día tronando (Jesús les puso de mote “los hijos del trueno”), le proponen vengarse haciendo que caiga un rayo del cielo y los consuma. Esta reacción, que nos resulta tan desproporcionada y extraña, se comprende recordando una tradición del profeta Elías. Una vez, el rey de Israel mandó un capitán con cincuenta soldados para que le dijese: “Profeta, el rey te manda que vayas a verlo”. Elías respondió: “Si soy profeta, que caiga un rayo y te mate a ti con tus hombres”. Y así ocurrió. El rey repite la orden con otro capitán y otros cincuenta soldados, que quedan tan chamuscados como los primeros. En el tercer intento, el capitán no ordena nada; se arrodilla ante el profeta y le suplica que perdone su vida y la de sus acompañantes. Elías accede y va a visitar al rey. La moraleja de este relato es que el profeta merece el máximo respeto; y quien no lo respete merece que lo mate un rayo caído del cielo. Así piensan Santiago y Juan. Jesús, el gran profeta, merece todo respeto; si los samaritanos no lo reciben, que caiga un rayo y los parta.
Jesús, que supera a Elías en poder, lo supera también en bondad y ve las cosas de manera muy distinta. Lucas termina diciendo: Él se volvió y les regañó. ¿Cómo les regañó? ¿Qué les dijo? Algunos textos posteriores ponen en boca de Jesús estas palabras: “No sabéis a qué espíritu pertenecéis”, es decir, “no tenéis ni idea de cuál es mi forma de pensar y de sentir”. Y se marcharon a otra aldea.
Es una pena que este texto, exclusivo de Lucas (no se encuentra en Marcos ni Mateo), no lo tuvieran en cuenta los que instituyeron la Inquisición, que es una forma de defender a Jesús mediante el fuego.
Al rechazo de los samaritanos se contraponen tres casos de seguimiento. En dos ocasiones, el individuo se ofrece; en otra, es Jesús quien lo pide. En las tres queda clara la forma de vida tan dura de Jesús y de sus seguidores.
Escena 2ª: uno se ofrece a seguir a Jesús
Mientras iban de camino, le dijo uno:
‒ Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió:
‒ Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
La iniciativa parte del individuo, no de Jesús. Éste parece desanimar, subrayando su pobreza y vida dura. No imagine que el seguimiento será fácil y coronado por el éxito humano.
Escena 3ª: Jesús invita a otro a seguirlo
A otro le dijo:
‒ Sígueme.
Él respondió:
‒ Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.
En este caso la iniciativa parte de Jesús. Se trata de una orden escueta y tajante, más de que una invitación: “Sígueme”. El otro pide permiso, como Eliseo, no para despedirse de sus padres, sino para enterrar a su padre.
La respuesta de Jesús parece inhumana: “deja que los muertos entierren a sus muertos”. La costumbre judía era enterrar al difunto inmediatamente después de muerto (Hechos de los Apóstoles 5,6.7; 8,2). Por consiguiente, no se trata de que el protagonista de la escena esté velando a su padre y Jesús le ordene abandonar al difunto para seguirlo. Lo que pide es que le permita seguir viviendo con su padre hasta que muera; luego lo seguirá.
Incluso así, las palabras de Jesús siguen siendo terriblemente exigentes. El que quiera seguirlo tiene que cortar radicalmente con la familia, como si todos hubieran muerto, para ir a anunciar el reino de Dios.
Es posible que los evangelios estén reflejando en esta escena lo que le ocurrió al mismo Jesús. Su familia pensaba que estaba loco (Marcos 3,21), y una vez fueron todos a Cafarnaúm con intención de llevárselo a Nazaret a descansar. El evangelio de Juan (7,5) dice expresamente que “sus hermanos no creían en él” (aunque sabemos por el libro de los Hechos y las cartas de Pablo que, más tarde, sí lo aceptaron). En Jesús se cumplió plenamente la necesidad de considerar muerta a la familia para dedicarse a anunciar el evangelio.
Escena 4ª: otro se ofrece con condiciones
Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.
Este es el episodio que empalma mejor con la vocación de Eliseo. Las cosas importantes de la vida diaria, como despedirse de los padres, son compatibles con el seguimiento de Elías. No hay prisa de ningún tipo. Pero aquí está en juego algo mucho más importante y urgente.
Dos rasgos de la vida de Jesús
A veces se comenta que estas personas no siguieron a Jesús. Lucas no dice nada. Por otra parte, esa cuestión es secundaria. Lo importante de los relatos de vocación y de seguimiento es que son relatos de “revelación” de Jesús, nos ayudan a conocerlo mejor. Algo queda claro: la dureza de su vida, desprovisto incluso de casa y familia.
Volviendo a la primera escena, el rechazo de los samaritanos, podemos encontrar cierta relación con las tres siguiente. Jesús, que renuncia a todo por predicar el Reino de Dios, no recibe a cambio el agradecimiento y la aceptación de todos. Hay gente que lo rechaza. Pero eso no es motivo para desear su castigo.
Reflexión final
Aparte del Padrenuestro, Jesús no insistió mucho a sus discípulos en qué debían pedir. Pero el evangelio de Juan pone en su boca una petición muy importante: “La mies es mucha, los obreros pocos. Pedid al Señor de la mies que mande operarios a su mies”. Este domingo es muy adecuado para recordar la necesidad de pedir por las vocaciones y ponerla en práctica.
¡Cuánta paciencia tuviste que tener con aquellos primeros discípulos tuyos! Ya llevaban un tiempo contigo, ya te habían visto hacer milagros, habían escuchado tus parábolas, te habían visto bendecir y ponerte de parte de los “últimos”, pero todavía no habían entendido nada, todavía seguían con la lógica estrecha de devolver con la misma moneda, aún les quedaba mucho por andar para comprender la novedad de la lógica del amor.
Por eso era necesario que te volvieras y los regañaras. Pero aquel día iba para largo, parecía de esos días en los que nadie entiende nada, y tú, como Buen Maestro corriges una y otra vez.
El seguimiento es algo serio, no basta la euforia del primer momento: “Te seguiré a donde vayas” (Lc 9, 57). Tampoco valen medias tintas: “…el que sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios” (Cfr. Lc 9, 62). Las condiciones para el seguimiento de Jesús no son muchas, pero son exigentes. Ser discípula o discípulo de Jesús es vivir como Él vivió.
Y la vida de Jesús y de quienes se aventuran tras sus huellas tiene poco que ver con la tranquilidad cómoda de sentirse bien con una misma. El seguimiento de Jesús no es un “sedante”, ni un “estimulante”, es VIDA.
Vida con luces y sombras, con contradicciones, con sufrimiento, con persecuciones, con incomprensiones, con estrecheces, con dolores… quien no quiera vivir la vida al 100% es mejor que opte por otro camino…: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58).
Aunque tampoco hay que creer que el seguimiento o la misma vida es un puro “sin sabor” o como se oye decir a veces: “estamos aquí para sufrir”, no.
La vida es más que sufrir y el seguimiento de Jesús no acaba en la cruz, pero la vida tiene sus sufrimientos y el seguimiento pasa por la cruz. La novedad, la diferencia entre pasar por la vida o vivirla al estilo de Jesús es añadirle amor y confianza.
Solo quien ama y confía puede comprometerse con fidelidad y vivir con esperanza. Solo quien ama y confía puede poner la mano en el arado mirando hacía la novedad del Reino.
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DOMINGO 13 (C)
Lc 9,51-62
Todos los evangelios proponen la subida de Jesús a Jerusalén como un marco teológico, pero Lucas le da un énfasis especial. Comienza con las frases programáticas que hemos leído hoy y termina con la expulsión de los vendedores del templo. En la trayectoria geográfica se esconde la trayectoria espiritual: Subida al Padre a través de la muerte. “Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, también él resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén”. La frase es un resumen de la vida de Jesús. Deja claro lo que va a pasar. Por desagradable que pueda parecer, es aceptado por Jesús.
Los samaritanos eran considerados herejes por los judíos, que no perdían la ocasión de humillarlos y despreciarlos. No es de extrañar que ellos a su vez, tomaran la revancha cuando podían. Si los enviados hubieran propuesto bien el mensaje de Jesús y hubieran comunicado las verdaderas intenciones de Jesús al subir a Jerusalén, les hubieran aceptado con los brazos abiertos. Nada más de acuerdo con sus intereses podían esperar los samaritanos. Alguien que fuera capaz de criticar tan duramente lo que se cocía en el templo, tenía que tener toda su aprobación. Pero seguramente les hicieron pensar en una subida “para hacerse cargo del reino”, que era lo que los discípulos esperaban.
Los Zebedeos piensan en un nuevo Elías, que había mandado bajar fuego del cielo que consumió a los emisarios del rey. Pretenden que Jesús haga honor a su condición de profeta poderoso. Otra tentación constante del hombre, poner a Dios de su parte contra todo aquel que le lleve la contraria. Jesús les “increpó” (el mismo verbo que emplea para expulsar demonios). A través de la historia, nos hemos comportado como Santiago y Juan. Siempre que ha tenido el poder suficiente, la Iglesia ha respondido con violencia contra todo el que no aceptara sus normas. Ni siquiera ha aceptado la libertad religiosa, que es un derecho básico de todo ser humano, hasta que ha perdido la capacidad de imponer su absolutismo.
Ni la Iglesia como institución ni cada uno de nosotros como individuos hemos hecho puñetero caso de la propuesta de Jesús. Primero contra los judíos, a quienes hemos machacado todo lo que hemos podido durante veinte siglos. Luego a los herejes que hemos seguido quemando vivos hasta hace cuatro días. Más tarde contra los musulmanes a quienes hemos hecho la guerra de todas las maneras posibles. La quema de brujas que ha masacrado a infinidad de personas inocentes. Y por fin la persecución de todo aquél que discrepara de la doctrina oficial que sigue todavía causando numerosas víctimas.
Se trata de responder a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Si de verdad aceptásemos el espíritu de Jesús, la primera consecuencia sería la tolerancia. Jesús no impone nada, simplemente propone la buena noticia del Reino y deja en libertad para aceptarla o rechazarla. Su mensaje solo puede interesar a los que sienten que están oprimidos por realidades que no les dejan ser ellos mismos. Toda falta de identificación con el otro, supone una falta de identificación con el Dios de Jesús. Lo que nos separa de los demás, nos separa de Dios.
¿Dónde ha quedado la propuesta de Jesús de amar a los enemigos? No solo no hemos amado a los enemigos sino que hemos odiado y perseguido a los amigos, solo por no pensar o actuar como exigían las directrices oficiales. Aún hoy vivimos la oposición y el rechazo más radical entre los que creen que nada debe cambiar y los que piensan que el evangelio está sin estrenar y debemos hacer un esfuerzo por descubrir su esencia y vivirlo. Es verdad que si hoy seguimos hablando de Jesús es gracias a muchas personas que, a pesar de todas las contradicciones eclesiales, se han atrevido a vivir el espíritu de Jesús.
Esa exigencia no es un capricho de Dios, sino que la pide la misma naturaleza de la oferta de salvación que nos hace Jesús. Nuestra condición de criaturas, y por lo tanto limitados, es la que nos obliga, una vez tomado un camino, a tener que abandonar todos los demás. La renuncia a aquello que me gusta, dejará de ser renuncia si lo hago con conocimiento y libertad, para convertirse en elección de lo mejor. No siempre, lo que me causa más placer, lo que menos me cuesta, lo que más me agrada, lo que me pide el ADN, es lo mejor para alcanzar la plenitud del ser humano. La vida es por naturaleza lucha y superación. Si desaparece la tensión interna es que ha llegado la muerte.
En las frases siguientes, Lucas presenta el seguimiento de Jesús como una renuncia. La utilización de este concepto es la mejor señal de que no hemos entendido nada. No se trata de renunciar, sino de elegir lo que de verdad es bueno para mi auténtico ser. Dios quiere nuestra plenitud. Tenemos que superar la idea de un Dios, que para ser Él más, tiene que humillar al hombre. No, la causa de Dios es la causa del hombre. Dios está identificado con su criatura; por lo tanto la mayor gloria de Dios es que la criatura llegue a su plenitud. No tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas; tenemos que amar a Dios en todas las cosas. Pero si las cosas ocupan el lugar de Dios, me estoy apartando de mi verdadera meta.
La 1ª máxima: “Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nido, pero el Hijo de Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. En el ambiente de itinerancia en el que se desarrolla esta parte del evangelio, no se hace hincapié en la pobreza, sino en la disponibilidad. El que quiera seguir a Jesús tiene que estar completamente libre de trabas. Ni siquiera la seguridad de un hogar debe impedirle estar dispuesto siempre para la marcha. No son las posesiones o las relaciones sociales lo que impiden el seguimiento sino el estar apegado a cualquier cosa que te impida ser realmente tú mismo.
La 2ª: “Deja que los muertos entierren a sus propios muertos”. Es también radical, pero no debemos entenderla en sentido literal. Lo que le pide Jesús al aspirante no es no enterrar a su padre, que había muerto, sino que le dejara cumplir con el precepto de atender a su padre anciano hasta que muriera. Jesús antepone las exigencias del Reino a la obligación prescrita por la Ley de atender a los padres en su ancianidad. La Ley debe ser superada por una total disponibilidad hacia todos, no solo hacia los seres queridos. La enigmática respuesta de Jesús da a entender que él había pasado a la vida, pero que los que se quedaban en casa de su familia, permanecían en la muerte espiritual.
La 3ª: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Despedirse de su familia no debemos entenderlo como “decirles adiós”. En aquella sociedad despedirse significaba dedicar días o semanas a celebrar la separación. El significado es muy parecido al de la anterior, pero aquí se quiere resaltar la apertura integral a todos los seres humanos. Ya no hay particularismos, ni siquiera existe “mi familia”. Ahora toda la humanidad es mi familia. El círculo familiar suele ser la excusa donde camuflo un egoísmo amplificado que me impide darme a todos. El mal uso que se ha hecho de esta frase, sobre todo en ambientes de vocación, nos obliga a repensarla profundamente.
Meditación
¡No sabéis de qué espíritu sois!
La mayoría de los cristianos no nos hemos enterado.
Si te preocupa que alguien te rechace,
es que no has entendido lo que realmente eres.
Si aún somos capaces de rechazar al otro,
es que seguimos sin confiar en lo que somos.
«El que echa mano del arado y sigue mirando atrás no sirve para el Reino»
Si pensamos que Jesús está formulando unas exigencias desmedidas para su seguimiento, acabaremos desmoralizados porque nos veremos incapaces de cumplirlas. Si pensamos que nos está invitando a apostar por él de forma radical porque es una apuesta segura, es posible que lo estemos entendiendo mejor.
La radicalidad es una constante a lo largo del evangelio, y buen ejemplo de ello es la parábola del tesoro escondido en el campo, que quien lo encuentra lo vende todo para comprarlo.
Pero la interpretación de este texto encierra un riesgo importante, y es ignorar que la clave de la parábola está en el «lleno de alegría»; está en comprender que quien lo encuentra lo vende todo, pero lo hace lleno de alegría porque lo demás deja de tener interés para él. Es un error frecuente entender el Reino como renuncia, como sacrificio para ganar un premio mayor. El Reino es abundancia, es plenitud, y si lo entendemos como carga es posible que nos estemos equivocando.
Encontramos esa misma radicalidad en el episodio del “joven rico”, cuyo diálogo con Jesús no tiene desperdicio. Dice el rico: “Guardo los mandamientos, pero ¿hay más?” … Y le contesta Jesús: “¿Qué si hay más?… Claro que hay más; mucho más. Deshazte de todo cuanto tienes, vente con nosotros y verás lo que es bueno”.
El rico se marchó apenado, y no es extraño, porque la radicalidad del Reino suele producir vértigo. Para hacerla más llevadera, nosotros acostumbramos a distinguir entre tiempos sagrados (dedicados a Dios) y tiempos profanos (dedicados a nuestras cosas), entre lugares sagrados (como el templo) y lugares profanos (el mundo), pero Jesús nos está diciendo que todo es sagrado; que lo del César también es de Dios… Nos está invitando a cambiar el sentido global de la existencia; el enfoque general de la vida entera.
Cuando Jesús nos invita a dejarlo todo, nos está invitando a dejar de servir a las cosas y empezar a servirnos de ellas para construir el Reino. Como decía Ruiz de Galarreta: «Ni poseer, ni casarse, ni trabajar, ni descansar, ni disfrutar, ni esforzarse, ni dimensión humana alguna, está fuera de la categoría esencial; medios para el Reino». Y es que el evangelio no es un ligero barniz que se añade a lo humano, sino tomar a la persona desde lo más profundo, tal como es, y hacer posible que se oriente a Dios.
Una última reflexión. El fin último del ser humano es la felicidad, y Jesús nos invita a ser felices a su estilo. Si repasamos el evangelio con este enfoque caeremos en la cuenta de que todo en él nos está hablando de felicidad; de una felicidad que comienza en este mundo y es para siempre: «El ciento por uno en esta vida, y además la vida eterna», le dijo a Pedro.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
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Lucas 9,51-62
Siempre me ha resultado extraña la propuesta que Santiago y Juan, dos seguidores muy cercanos a Jesús y aquellos que conocen de cerca al maestro: “¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” ¿Cómo se les ocurre querer enviar fuego para destruir al pueblo de Samaría? ¿No conocen a Jesús? ¿Qué esperan de él? ¿Cómo se ven a sí mismos?
Sin embargo, pensándolo bien, generalmente, ante los conflictos o situaciones de violencia, lo evidente es querer de que todo eso desaparezca, que el mal se disuelva de inmediato y que quede solo lo bueno, lo conocido, lo absolutamente verdadero. Si pudiéramos enviar fuego y destruir situaciones y personas que parecen contradecir nuestros caminos hacia Dios y hacia nuestra plenitud, seguramente lo intentaríamos.
Sin embargo, el camino decidido de Jesús señala otra forma de vivir el “reino”. Es un reino de radicalidad y de fuerza, sí, pero no de destrucción y de muerte. Es un reino que se caracteriza, en este relato de Lucas 9,51-62, de varias maneras.
·La primera: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.
El reino es un lugar donde afrontar, juntos, situaciones de crisis, de vulnerabilidad. No son espacios seguros, fáciles. Pero es posible habitar la vulnerabilidad mientras se va de camino y Jesús se mantiene firme y decidido.
· La segunda: “Vete a proclamar el Reino de Dios”.
No es un reino que se quede entre los conocidos, sino que se abre a lo nuevo, a lo extraño, con palabra, comunicándose. El desafío está en anunciar, proclamar, hablar, comunicar.
· La tercera: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”.
El reino ocupa el primer lugar, y nada se interpone a su avance. Ni siquiera acciones factiblemente santas y buenas. Aquí es muy importante el discernimiento personal y sobre todo el comunitario. No es ni fácil ni evidente saber qué es lo que orienta al reino y lo que aleja.
Estas indicaciones que Jesús da a sus seguidores acontecen en un momento importante de su vida. Será él mismo quien deba probar en su propia carne esta dinámica del reino y sus implicancias. El relato comienza diciendo que Jesús toma la decisión de ir a Jerusalén, sospechando que le espera un desenlace dramático y terrible. ¿Por qué y para qué van a Jerusalén? Las procesiones a Jerusalén son parte de la piedad de todo buen judío. Esta peregrinación se realiza especialmente para la celebración anual de la Pascua. Lo que está claro es que Jesús y sus discípulos van en peregrinación y por ello los reconocen como judíos practicantes. Y los samaritanos los rechazan. Y los discípulos de Jesús no aceptan bien este rechazo. De hecho, quieren responder con la destrucción de estos pueblos al modo de un Dios vengativo, que hace “justicia” de modo radical: “¿quieres que digamos que baje del cielo fuego que acabe con ellos?”. La respuesta de Jesús hará que su modelo mesiánico previo entre en crisis.
Jesús los prepara, de esta manera, para habitar este reino de vulnerabilidad, de camino decidido pero también dramático, de palabra y anuncio y de respeto, incluso hacia quienes no parecen corresponderles. Así se presenta y describe el reino de Dios. No está lejos, sino entre nosotros. Aquí y ahora. En el camino.
Uno de los rasgos característicos del nivel de consciencia mítico -en el que la especie humana vivió durante milenios y algunos de cuyos reflejos siguen presentes entre nosotros- es la convicción de que la verdad pertenece al propio grupo, por lo que se descarta como falsa cualquier otra opinión. Y ello no debido a una “mala voluntad”, sino sencillamente como consecuencia de lo que ese nivel de consciencia permite ver.
La consciencia mítica bloquea la capacidad de asumir otra perspectiva. Con ello, hace radicalmente imposible cualquier intento de diálogo. Para quien se halla en el nivel etnocéntrico (mítico), solo hay una verdad, que es la del propio grupo (o del propio ego). En consecuencia, “los otros” no solo no pueden ser comprendidos, sino que es necesario obligarlos a cambiar (o “acabar con ellos”, como se lee en el texto que comento). Cualquier propuesta de comprensión de los otros será tachada, como mínimo, de “buenismo” condescendiente y radicalmente equivocado. Trataré de clarificarlo con un hecho reciente: cuando en uno de sus viajes, un periodista le preguntó por la actitud de la Iglesia hacia las personas homosexuales, el papa Francisco contestó: “¿Quién soy para juzgar?”. Ante esas palabras, grupos católicos fundamentalistas reaccionaron de inmediato: “No solo hay que juzgarlos, sino condenarlos porque están en el error. Y el error no tiene derechos”. Pues bien, esta reacción únicamente puede nacer de una consciencia mítica.
La consciencia mítica -aunque no solo ella- es una consciencia de separatividad, marcada por la vivencia de un dualismo extremo entre “los nuestros” y “los otros”. No es difícil constatar los resultados que tal consciencia ha producido a lo largo de la historia humana: separación, enfrentamiento, guerras, aniquilación de los otros…
Dado que el origen de la trampa no reside tanto en la voluntad, sino en el nivel de consciencia, parece obvio que únicamente la apertura a un nivel de consciencia más amplio -integral, pluralista, aperspectivista, mundicéntrico…- hará posible un nuevo modo de relación entre los humanos. La transformación radical es siempre hija de la comprensión. Solo una consciencia de unidad, que se corresponde a la realidad y supera las estrechas y reductoras lecturas mentales, permite dejar de hablar de “los nuestros” y “los demás”, para reconocernos todos en nuestra unidad básica, más allá de las diferencias en que nos experimentamos.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
01.- Nota previa
Nunca ha dejado de leerse en la Eucaristía el evangelio del Señor. Tampoco hoy. Por eso las homilías suelen ser una explicación o comentario del Evangelio del día. Pero, a veces, en las Eucaristías, pasan de largo lecturas y textos de mucho calado cristiano. Es el caso de la carta de San Pablo a los Gálatas de la que hemos escuchado hoy un párrafo potente.
Por eso la homilía de hoy gira en torno al tema que San Pablo plantea en la carta a los Gálata: Para ser libres nos ha liberado Cristo.
02.- Tensión entre ley y libertad.
Desde el comienzo de la vida de la Iglesia ha existido tensión y -en ocasiones- conflictos entre la ley y la libertad.
En los primeros años de la Iglesia, en las primeras décadas del nacimiento de la Iglesia se produjo un fuerte enfrentamiento entre los cristianos de origen judío, que querían mantener las normas y costumbres judías, la circuncisión, la abstención de comer determinados alimentos, etc. Por otra parte estaba el grupo cristiano proveniente del mundo pagano, cristianos de origen gentil
Los dos momentos álgidos en los que se refleja esta cuestión son:
02.1.- El enfrentamiento entre Pablo y Pedro en Antioquía:
11 Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le eché en cara, porque era de condenar.12 Pues antes que viniesen algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.13 Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.14 Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? (Gálatas 2,11-14)
02.2.- Por otra parte está la Asamblea de Jerusalén, una especie de “concilio” en el que decidirán no imponer más cargas que las que se derivan del Evangelio
En el fondo laten dos visiones del cristianismo. Por una parte está la teología de Pablo: un cristianismo cimentado en la fe, en la libertad, en la gracia, frente a la posición de los judaizantes (sobre todo la de Santiago, hermano del Señor y -en parte- la posición algo ambigua de Pedro). Los judaizantes querían imponer la ley, la circuncisión, no comer con cristianos de origen pagano, etc.
¿En estos momentos iniciales Pablo terminó derrotado? Probablemente. Por eso salió de Antioquía y apenas volvió muy de paso en una ocasión. De ahí que Pablo desplegara esa gran labor misionera, los viajes misionales que llegaron a Grecia, Roma, y muy posiblemente a Hispania (Tarraco-nova: Tarragona).
Pablo siempre será defensor de un cristianismo de la libertad, de la gracia, de la fe.
03.- Tendencia judaizante en la historia.
La tendencia judaizante al legalismo, al sometimiento a la ley ha estado siempre presente en la Iglesia, también hoy.
Si nos fijamos hoy en día entre muchos católicos: obispos, cura y laicos predomina un cristianismo de sometimiento a la ley, sea en cuestiones de pensamiento teológico, en liturgia, en moral, etc.
El cumplimiento de la ley causa una cierta satisfacción, pero no “justifica”, no salva. La salvación nos viene del Señor, de la fe en Él, de la gracia, no de nuestras obras.
El enfrentamiento al Concilio Vaticano II y al papa Francisco no es otra cosa que una actitud judaizante.
Pero ya en el nacimiento de la Iglesia, en la Asamblea de Jerusalén tomaron una opción libre y sensata: no impongamos cargas que no provienen del evangelio.
¿Dónde está en el Evangelio que la mujer no puede desempeñar ministerios y tareas eclesiales? ¿Dónde impone el Evangelio la ley del celibato? ¿Dónde prohíbe el evangelio el control de natalidad (Humanae Vitae)?
La Iglesia es un espacio de pluralismo y libertad, de gracia no un implacable sistema de condena de todo lo que se mueve. El Derecho canónico no es la alternativa al Evangelio.
04.- Seamos libres.
La libertad no es la mera posibilidad de escoger entre dos objetos “A ó B”. La vida y la libertad son algo más que un supermercado.
La libertad es algo más profundo que las meras libertades cívicas (que por otra parte, no es poco). La libertad es la capacidad de ser, la posibilidad que tenemos de construirnos o de destruirnos que tenemos las personas. En la libertad se ventila la propia persona desde unos criterios y valores. La libertad, como la justificación nos viene de los valores del reino: especialmente de la Verdad, la verdad os hará libres.
Hemos vivido tiempos y situaciones en el orden socio.político y eclesiástico en los que no había libertad -libertades-. No existía libertad de pensamiento, ni libertades políticas, ni libertades sindicales, etc. Sin embargo en aquellas situaciones había personas libres. Hoy en día tenemos derechos humanos, libertades políticas, etc., pero probablemente estamos muchos “esclavos” en la vida.
No os sometáis al yugo de la esclavitud del poder, de la ley, de la raza, del dinero, del placer, del odio y la venganza. Si os guía el espíritu de Xto, si os guía el Reino de Dios seréis libres, si nos guía la Verdad, la Libertad y la Igualdad no estaremos bajo el dominio de la ley, seréis libres.
Del Concilio Vaticano II a nuestros días se han ido apagando muchos criterios y actitudes de libertad: ya no se habla de libertad religiosa, ni de libertad de pensamiento, ni de evolución del dogma, ni de jerarquía de verdades, ni de la conciencia como norma de moralidad, ni de libertad y creatividad del espíritu litúrgico. Sin embargo, hay que ser libres también en los férreos sistemas eclesiásticos.
Seremos libres en la medida en que construyamos nuestra vida (o al menos lo intentemos) en el seguimiento de Cristo, trabajando con el arado en la mano en la mies del trigo y del pan de la humanidad
Tomemos libremente nuestras propias decisiones en la vida. No seamos esclavos de nadie y menos de la Iglesia.
Comentarios desactivados en “Compartir Templo”, por Koldo Aldai
Iban de valle en valle ofrendando su saber, su esfuerzo, sus días para mayor gloria del Dios que entonces cabía en sus mentes. Tañer de metales era su machacona, pero piadosa oración sin fin. Los golpes de martillo y cincel sin contrato, ni horario, sin seguro, ni pensión…, era su entero regalo al Cielo y a aquel mundo aún tan pequeño. Los compañeros constructores del románico apenas dejaban unos símbolos grabados como firma. Su ejemplar testimonio eran las piedras anónimas que rudas, toscas, pero agradecidas, escalaban hacia lo Alto.
Nadie corra a registrar hoy unas piedras que ayer se ofrendaron desde la más pura generosidad y sacrificado trabajo. Nadie se apropie en exclusiva del sudor y de las donaciones de los antepasados. Que sean las autoridades civiles las que regulen el uso de ermitas y pequeñas iglesias sin propiedad definida hasta nuestros días. Que sean los consistorios los que administren esos espacios comunes para posibilitar un silencio y recogimiento cada vez más urgentes, para el desarrollo de celebraciones y actos por supuesto católicos, pero también plurales e interreligiosos.
Que las gentes de fe que buscan paz y alabanza compartida, independientemente del credo, puedan hallar entre esos muros su necesario espacio. Que quienes no abrazan fe puedan allí también dar con sosiego, belleza, encuentro apacible consigo mismos/as.
Nada más alejado del evangelio que la idea de posesión. El evangelio es compartir, la vida, la tierra, los frutos…, por supuesto las piedras, el espacio de sublime quietud de entre muros. Abrir la Iglesia es también abrir los templos a nuevos sentires, a nuevos y genuinos palpitares, a nuevas gentes de buena voluntad.
La carrera por inmatricular ermitas e iglesias es algo que va contra la misma esencia del mensaje de donación de Jesús. Camino del notario, que diga la Iglesia que defiende sus intereses terrenales, corporativos, pero por favor, no mente el nombre del Nazareno. Jesús era y es la esencia del dar y el compartir.
Los mercaderes no meritaron el templo. A esa Iglesia blindada, acorazada, codiciosa de inmuebles le faltará recorrido. La Iglesia tendrá un lugar en el mañana cuando pierda el terror a bajar de su pedestal, cuando descienda al ancho espacio entre las espiritualidades diferentes que ya se gestan. Hallará futuro cuando comparta altar, cuando abrace la diversidad también religiosa que felizmente comienza a instalarse en nuestra sociedad.
No hay nada que defender, menos de las gentes que se acercan con ganas de compartir y crecer juntos. El mensaje de Jesús no perdura, más al contrario se desacredita con la apropiación de los templos, con el cierre de los mismos a lo que no representa estricta ortodoxia. La Iglesia hallará futuro cuando pierda el terror a los portones y ventanales abiertos, cuando reencuentre a Jesús tras salir de la parálisis del miedo a perderle.
La tradición y sus fieles merecen su lugar entre los muros sagrados, pero también quienes buscan sin mapa, ni manual preestablecido, también quienes peregrinan tras lo eterno y trascendente sin pasar por Roma. Hay una sinfonía a diferentes voces, hay una oración de diferentes orígenes, hay un altar sencillo y universal que nos aguarda al final de un camino de reencuentro.
Los templos de ayer se yerguen pétreos cual silente, sólido desafío para el arranque de un tiempo de más y más compartir, de más colaboración y mutua fecundación en lo interno. Sólo resta girar la llave para que entre el vivo anhelo, la brisa cálida y universal de los nuevos tiempos.
Hay párrocos, hay hermanas monjas valientes, auténticos pioneros de un mañana más inclusivo y fraterno, que, aún conscientes del riesgo, ya giraron esa llave. Nos abrieron las puertas de sus templos a los diferentes, a los heterodoxos. Entramos con nuestras pequeñas, diminutas, tímidas verdades, pero con nuestros espíritus seducidos y en nuestro interior sólo emoción, sólo profundo y sincero agradecimiento.
Nada nos pertenece, pertenecemos a la vida toda y al deber de sublimarla, pertenecemos a la gloria y al compromiso de elevación de cuanto late.
Gloria es comunión abarcante, es también encuentro, ganas de fundirse y compartir, son gargantas y corazones sumados, credos diferentes unidos en la esencia del amor a cuanto existe, del amor al Origen. Nada es nuestro, sobre todo si nos autoproclamamos seguidores de Quien lo dio todo.
Nadie corra al Registro, si no es para desprenderse y entregar, si no es para llevar las miles de firmas de ayer y de hoy, de los del cincel y el martillo, de los de fe con misal y solera, pero también de los de fe que se pretende resurgida y a cada instante renovada, también de los/as que no ponen Latido tras ese silencio entre las piedras, pero que igualmente necesitan de ese espacio. Al fin y al cabo el buen arte, la música elevada son siempre exquisita alabanza.
Las piedras nos las otorgó Dios y las labraron maestros y canteros desprendidos. No tienen dueño, ni apellido. No se lo coloquen quienes aspiran a representar Su Suprema autoridad aquí entre los humanos.
¿Podrá haber algo más bello sobre la tierra que, quienes invocan al mismo Dios con distintos nombres, unan sus silencios, sus palabras sagradas, sus cantos bajo una misma cúpula? Atrevámonos a compartir templo, como prólogo necesario para compartir el trigo y el vino, como condición indispensable para después poder compartir el cuerpo y la sangre de Aquél que dio norte a nuestras vidas, de Aquél en Quien depositamos nuestra fe, nuestra esperanza.
Comentarios desactivados en “El Dios cercano y necesario”, por Ramón Pinto Díaz
Hoy, debido a la pandemia y la guerra en Ucrania, el aceite y la harina se elevan a precios nunca vistos, ¿Los tiempos de Elías han vuelto?
La literatura económica es elocuente en esto. A medida que el precio de un producto sube, un grupo cada vez mayor de personas va quedando excluida del mercado que lo ofrece. Y si el precio del producto se eleva a niveles extremos, éste adquiere la connotación de artículo de lujo, pudiendo ser adquirido solo por personas millonarias.
Pero el precio de un producto no varía por simple capricho, sino que responde a la abundancia y/o escasez del mismo. Mientras más escaso es el producto más alto será su precio. [i]
No obstante, muchas veces la escasez de los productos no obedece a situaciones naturales, sino que se explica por la egoísta acción humana, que de modo frío y calculador genera la escasez necesaria para elevar el precio y así aumentar las ganancias.
Es el caso de la OPEP, que reúne a la mayoría de los países productores de petróleo, y donde se acuerdan las cuotas de producción para cada país miembro, con el propósito de para mantener el precio lo más alto posible sin destruir (idealmente) con ello la economía mundial. Esta práctica juega al filo de la navaja, arriesgando constantemente provocar una crisis energética y política mundial.[ii]
En la agricultura se ha recurrido a la quema de cosechas para elevar los precios de sus frutos. En nuestra historia relativamente reciente, se han quemado cosechas equivalentes al consumo de todo el continente americano. Han ardido bajo las llamas de la ambición y la especulación, miles de millones de hectáreas, las que han beneficiado a los ambiciosos propietarios.
¿No se podía regalar? ¿Era muy irracional darlo a los pobres? ¿Era más lógico quemarlo antes que ser consumidos?. Tristemente, las ganancias económicas están por sobre las personas. [iii]
Con estos ejemplos podemos ver que la escasez es un fenómeno bastante relativo. Y no siempre significa que haya carencia real de un producto, sino por el contrario, éste puede abundar, pero solo está disponible para los pocos que puedan pagar por él.
Respecto a las carestías, La Biblia nos relata una muy conmovedora historia del encuentro entre el profeta Elías y una viuda de la aldea de Sarepta. Elías cansado y hambriento de su caminata, le pide pan a la desdichada viuda; ella resignada, le confiesa que apenas tiene un puñado de harina y unas gotas de aceite para hacer un último y pequeño pan para comerlo junto a su hijo; para que luego del «festín» aceptando su realidad, se dejen morir.
Al escuchar sus palabras el profeta le expresa un mensaje de esperanza, que contra toda ley de la naturaleza, pero coherente con el carácter de Dios (Isaías 41:10), les promete provisión abundante de harina y aceite, lo básico para hornear pan, hasta que nuevamente llegue la abundancia a su hogar (1 Reyes 17:12-14)
Sin embargo , aunque no lo señala el texto, podemos inferir lo que sucedía en aquella época en otras partes del reino del norte. Tanto la corte real, la clase sacerdotal y las familias privilegiadas por el rey; no percibían la carestía en Israel del mismo modo que la viuda. Para ellos la sequía en Israel podía ser preocupante, pero no de vida o muerte, ya que poseían grandes riquezas que les permitían comprar a las caravanas extranjeras, o ciudades vecinas, lo que no se hallaba en los mercados de Israel. [iv]
Por esto, desde la antigüedad nada es más obsceno que morir de hambre, enfermedad o frío por falta de dinero. Tristemente en nuestra sociedad es un fenómeno tan común, que parece normal, como si fuera parte de las condiciones del juego económico que nos impusieron jugar.
Por ello podemos asegurar que la necesidad no es transversal, no afecta a todos por igual, sino que es relativa y se manifiesta en nuestra sociedad según la riqueza material de cada persona.
Si nuestras necesidades son diferentes nuestras plegarias también pueden ser diferentes entre un mismo grupo de creyentes. Ya que según nuestras necesidades invocamos hacia el atributo divino que necesitamos de Dios: Provisión, sanidad, protección, cobijo, etc.
De este modo, «bajamos» a Dios del Cielo, y lo volvemos cercano, un «Dios Personal».
Es lo que nos refuerza con vehemencia el místico Tony de Mello, respecto al carácter Dios Personal, señalando que la revelación divina y su mensaje se vuelve particular e intransferible, y solo (él) yo, en el presente del mensaje puedo interpretarlo, y solo para mí.[v]
Hoy por hoy se mantiene la discusión entre el Dios Trascendente que no interactúa con la humanidad, y el Dios Personal que camina diariamente con ella. Paradójicamente, cada posición describe de modo tan diferente a Dios, que pareciera que habláramos de dos divinidades distintas.[vi]
No obstante, aunque no queramos visualizar a Dios como una despensa de alimentos, medicamentos o gestor de bienes raíces; o incluso, como una divinidad asistencialista. La convicción de que Dios nos acompaña en lo cotidiano necesariamente lo vuelve personal, y por tanto íntimo e inmanente. (Salmos 145:18)
Sin embargo, quienes están satisfechos en sus necesidades básicas prefieren al Dios trascendente, criticando a quienes buscan al Dios cercano que provee en lo cotidiano. Aluden un cierto infantilismo espiritual en quien ruego a Dios lo básico, como si enlodara al Dios que esta sobre todas las cosas. Como si cierta elegancia de la divinidad se basara en su completa trascendencia y distancia del ser humano.
Estas personas se olvidan que su crítica no es más que una respuesta egoísta a un estómago lleno y una casa segura, negándose a toda sensibilidad y empatía con aquellos creyentes que necesitan urgente al Dios cercano.
Contra esta visión encontramos que un espíritu hambriento y sediento es precisamente lo que Dios bendice (Mateo 5:3), pues tal condición reconoce la total y absoluta fragilidad y dependencia hacia Dios.
Puesto que, quien ha perdido toda esperanza en la humanidad, sólo en el Dios cercano encuentra su proveedor
Pablo extrema está convicción y nos señala que Dios vive «en» nosotros; por tanto, compartimos nuestra experiencia de vida con la divinidad (1 Corintios 3:16–17). Y si es así, Su Presencia es consciente de nuestra realidad y sus necesidades (Mateo 6:32).
Es por ello que aunque nos enfrentemos a desastres provocados por la humanidad (guerra) o provocados por la naturaleza (desastres naturales), podemos contar con un Dios cercano que está atento a nosotros. (Salmos 75:1)
Y aunque no es un mayordomo ni un cajero automático dispensador de dinero, pese a ello, provee. Y junto a ello Su Presencia en nosotros nos acompaña en las travesías.
No temeremos, ni nos desolaremos ante las crisis que se aproximen; Dios está aquí para peregrinar en unidad en esta experiencia existencial.
En Cristo proyectamos la figura del Dios cercano y atento a nuestras múltiples vulnerabilidades. No considerando ninguna necesidad como demasiado básica, como para no atenderla.
Hay una bendición especial y una sabiduría divina, en aceptar nuestra fragilidad y total dependencia de Dios. En la debilidad DIOS se fortalece en nuestras vidas, manifestándose por medio de su Voluntad obras de la fe, incluso más allá de lo posible. Milagros.. (Romanos 8:26)
Milagros, esa palabras que puede ser incomoda incluso en creyentes. Al igual que la fe que acompaña lo imposible. Pero esa incomodidad poco tiene que ver con el rechazo al fanatismos, sino por el contario, refleja como un barómetro la consistencia de nuestra propia creencia en el Dios cercano. Porque al que cree, todo es posible (Marcos 9:23)
El Dios cercano invita a un peregrinaje sin agendas ni horarios, llama a una espiritualidad no domesticada. Es el camino de la fe impredecible, que nos desafía, y nos lleva hacia la inevitable dependencia a Dios.
El Dios cercano es la aventura de espiritualidad más apasionante que tendremos en nuestra experiencia de vida. Dios en nosotros y con nosotros en lo cotidiano.
Así, tal como los peregrinos de Emaús, nuestro corazón arderá de alegría ante cada palabra que Dios nos transmita en nuestro diario caminar (Marcos 24:32)
Por esto descansamos, confiamos, agradecidos de Su Presencia en nuestras vidas. Y nos sentimos inspirados a exclamar con todo el corazón:
No temeré, porque tu estarás conmigo (Salmos 23:4)
Comentarios desactivados en ¿Cómo puedo quedarme? Encontrar maná en el desierto de la exclusión
Hna. Tracey Horan
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Tracey Horan. Tracey es una Hermana de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods, Indiana y es oriunda de Indianápolis. Ha trabajado como maestra y organizadora comunitaria, y actualmente se desempeña como Directora Asociada de Educación y Defensa en la Iniciativa Fronteriza Kino en Ambos Nogales, donde vive desde 2019.
Las lecturas litúrgicas de hoy para la Fiesta del Corpus Christi se pueden encontrar haciendo clic aquí.
«¿Cómo puedo quedarme?» Esta fue la pregunta que me persiguió durante los meses de primavera de 2021. Acababa de ser aprobada para la tercera edad, el año de preparación para los votos perpetuos como Hermana de la Providencia, cuando el Vaticano anunció que la Iglesia Católica no puede bendecir uniones entre personas del mismo sexo. Después de escuchar ese anuncio, surgieron las preguntas: ¿cómo podía quedarme en una institución que hacía el amor de Dios tan pequeño, tan exclusivo? ¿Cómo podría comprometer mi vida entera a una institución que hirió a las personas que amo con declaraciones como esta, que parecían olvidar que Jesús dijo: “Tomen esto todos ustedes y cómanlo”?
Este dilema llegó más cerca de casa un fin de semana del verano pasado cuando estaba visitando a familiares en otra ciudad y fui a misa con ellos en una parroquia a la que nunca había asistido antes. Entre mis familiares presentes había uno que se identifica como LGBTQ. Hacía años que no asistía a Misa por su experiencia de rechazo en la Iglesia Católica, pero puso cara de valiente para acompañar al grupo. Recé para que, al menos, experimentara un poco de bienvenida a cambio de su apertura para entrar en un entorno en el que corría el riesgo de ser excluida y herida.
Al principio de la Misa, pude sentir que podríamos estar en aguas turbulentas. Algo sobre el comportamiento condescendiente del sacerdote me tenía nervioso. Mi instinto se confirmó cuando llegamos a la homilía, y el sacerdote comenzó a condenar lo que llamó un relativismo que hacía creer a las personas que podían “amar a quien quisieran y ser del género que quisieran”. No recuerdo mucho más, solo que su retórica se intensificó, mi sangre estaba hirviendo y estaba muy consciente de que sus palabras estaban lastimando a mi familiar. Pronto salió, y un par de nosotros la seguimos.
No me atreví a recibir el Cuerpo de Cristo en esa iglesia. El Jesús que amo y sigo no podría estar presente para mí allí, no de una manera nutritiva. Esta especie de eucaristía, desprovista de amor extravagante, no podía alimentar mi espíritu. En cambio, el dolor, el dolor y más preguntas se asentaron en mi vientre.
A la semana siguiente comencé mi retiro anual. La pregunta permaneció al frente y al centro: ¿Cómo puedo quedarme? Deambulé por los terrenos de nuestra casa madre, me senté en un tenso silencio y hojeé los evangelios en busca de respuestas. La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que celebramos hoy, coincidió con mis días de retiro. En la Misa, cantamos la canción “All Who Hunger”, y las palabras resonaron en mi corazón:
“Todos los que tienen hambre, reúnanse con alegría El maná santo es nuestro pan. Ven del desierto y del vagabundeo, Aquí en verdad, seremos alimentados. Tú que anhelas días de plenitud, Todo lo que nos rodea es nuestra comida. Prueba y ve la gracia eterna Gustad y ved que Dios es bueno”.
Como tenía hambre de una acogida más radical en nuestra Iglesia, como venía del desierto de la exclusión, sentí que el Santo me invitaba a probar y ver el abrazo acogedor de Cristo que es más grande que las palabras de cualquier homilista homofóbico. Escuché a nuestro Salvador invitarme a venir del desierto de dolor y dolor para encontrar el alimento que me rodea: el maná en comunidades como New Ways Ministry, Dignity USA, y FutureChurch. Sentí a mi hermano Jesús afirmando la verdad de su amor expansivo, y asegurándome que si permanecía en esa verdad, sería alimentado.
El símbolo perfecto para el alimento que los católicos LGBT y sus aliados pueden encontrar en medio de nuestro viaje hacia la justicia y la inclusión es el maná del desierto. La perfección simple y pequeña de una típica hostia dominical no encaja del todo. El maná del desierto reconoce tanto los años de lucha como la fidelidad de Dios al alimentarnos. Este maná, escribí durante mi retiro, es más real y crudo.
“Esto es pan de ahora o nunca, pan del momento, Que llega justo cuando piensas El hambre te abrumará. No puedes planear para este pan O controlarlo O atesorarlo por si vuelve el hambre. Solo se puede saborear este pan en el desierto Después de semanas de vagar Y preguntándose cuándo llegará, Si llegará. Con el susurro, una insistencia persistente Que te arrulla tontamente hacia adelante Con ansia de maná El pan que conoces tocará tus labios Justo cuando todo parece perdido No anhelas el desierto, Sólo los peligrosos, Satisfactorio Pan de molde.»
Mientras celebramos hoy la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo, que nosotros, que tenemos hambre de una bienvenida radical, nos reunamos alrededor de nuestro maná peligroso y satisfactorio y nos encontremos alimentados, incluso mientras deambulamos por el desierto.
Comentarios desactivados en Hacia un idolatría de la Eucaristía.
[…] El mismo Cristo debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.
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Louis Evely
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Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.
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Brihadaranyaka Upanishad
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Una liturgia sin compromiso místico
Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.
Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.
¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?
¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?
Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometen nunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?
Algo extremadamente peligroso
Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.
Hay una religión aparente que no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.
Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.
¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre el valor de nuestras comuniones? ¿sobre el valor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?
En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. Incluso, ¿cuántos sacerdotes que celebran la misa cada día todavía pueden, quizá, estar todavía allí?
Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica
Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.
La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que “os améis unos a otros como yo os he amado “. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros. “
Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros”.
Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.
“Os conviene que yo me vaya “
Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.
Y la llamada suprema que les dirige a sus discípulos en el lavamiento de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.
No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de esta total incomprensión.
¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.
En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:
– “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.”
Él les contestó:
– “Dadles vosotros de comer.”
Ellos replicaron:
– “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.”
Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos:
– “Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.”
Lo hicieron así, y todos se echaron.
Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.
*
Lucas 9, 11b-17
***
El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde en el pueblo de Dios se escucha la Escritura cuya exégesis mesiánica nos proporcionó Jesús, y, por consiguiente, allí donde se respeta la Escritura y se obedece su Palabra, que encuentra su expresión actual en la asamblea de la comunidad.
Eso significa: allí donde se vive la vida cotidiana bajo el lema de la voluntad de Dios […]. El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se celebra el banquete mesiánico, al que Jesús quiso invitarnos precisamente a todos, a los justos y a los pecadores, a los sanos y a los enfermos, a los invitados de la primera hora y a los que se quedan mirando los toros desde la barrera, es decir, allí donde se ha hecho posible, a continuación, la integración y la unanimidad de aquellos que quieren ponerse al servicio ae la construcción del pueblo de Dios. Eso significa: allí donde al convivium, o sea, al banquete de la eucaristía, le corresponde de nuevo el convivir, o sea, la convivencia de los creyentes que precede y sigue a la eucaristía, y encuentra su síntesis festiva en la celebración de semana en semana, de una fiesta a la otra.
El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se vuelve vital la fe en que el hombre no vive sólo de pan, sino que vive, en primer lugar, de la Palabra de Dios, de su promesa y de la voluntad de aquel que se ha creado un pueblo al que debe llevar a una tierra que mana leche y miel. Eso significa que el milagro tiene lugar asimismo allí donde los creyentes se atreven a dar pruebas de su propia fe y a ponerla a prueba.
*
R. Pesch, Ilmiracolo della moltiplicazione dei pañi. C’é una soluzione per la fame nel mondo?,
Brescia 1997, pp. 182ss, passim.
Comentarios desactivados en “La Eucaristía como acto social”. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (Lc 9,11-17)
Según los exegetas, la multiplicación de los panes es un relato que nos permite descubrir el sentido que la eucaristía tenía para los primeros cristianos como gesto de unos hermanos que saben repartir y compartir lo que poseen.
Según el relato, hay allí una muchedumbre de personas necesitadas y hambrientas. Los panes y los peces no se compran, sino que se reúnen. Y todo se multiplica y se distribuye bajo la acción de Jesús, que bendice el pan, lo parte y lo hace distribuir entre los necesitados.
Olvidamos con frecuencia que, para los primeros cristianos, la eucaristía no era solo una liturgia, sino un acto social en el que cada uno ponía sus bienes a disposición de los necesitados. En un conocido texto del siglo II, en el que san Justino nos describe cómo celebraban los cristianos la eucaristía semanal, se nos dice que cada uno entrega lo que posee para «socorrer a los huérfanos y las viudas, a los que sufren por enfermedad o por otra causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso y, en una palabra, a cuantos están necesitados».
Durante los primeros siglos resultaba inconcebible acudir a celebrar la eucaristía sin llevar algo para ayudar a los indigentes y necesitados. Así reprocha Cipriano, obispo de Cartago, a una rica matrona: «Tus ojos no ven al necesitado y al pobre porque están oscurecidos y cubiertos de una noche espesa. Tú eres afortunada y rica. Te imaginas celebrar la cena del Señor sin tener en cuenta la ofrenda. Tú vienes a la cena del Señor sin ofrecer nada. Tú suprimes la parte de la ofrenda que es del pobre».
La oración que se hace hoy por las diversas necesidades de las personas no es un añadido postizo y externo a la celebración eucarística. La misma eucaristía exige repartir y compartir. Domingo tras domingo, los creyentes que nos acercamos a compartir el pan eucarístico hemos de sentirnos llamados a compartir más de verdad nuestros bienes con los necesitados.
Sería una contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto. Jesús no puede bendecir nuestra mesa si cada uno nos guardamos nuestro pan y nuestros peces.
Comentarios desactivados en “Comieron todos y se saciaron”. Domingo 19 de junio de 2022. Festividad del cuerpo de Cristo
Leído en Koinonia:
Génesis 14, 18-20: Sacó pan y vino: Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. 1Corintios 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor. Lucas 9, 11b-17: Comieron todos y se saciaron.
La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto legendario, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.
El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.
La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.
Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.
Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.
La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.
El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.
Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.
El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.
Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).
La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).
Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos. Leer más…
Comentarios desactivados en Corpus Christi (19, 6): Hostia sagrada, gente desacrada.
Del blog de Xabier Pikaza:
El Corpus ha sido una fiesta triunfal de la identidad católica. Fue instituida el año 1264, y se convirtió tras la contra-reforma del XVI en la celebración más importante del catolicismo, ratificando la victoria de la Iglesia sobre sus adversarios, como Fête-Dieu, Fiesta de Dios. Ella ha sido, sin embargo, una celebración “dividida”: Fiesta de la Hostia con-sagrada de Jesús y No-Fiesta de la humanidad no-sagrada (desacrada) de los condenados del mundo.
| X Pikaza Ibarrondo
DIVIDIDOS ANTE EL CORPUS
Muchos piensan que debemos conservar el Corpus igual que en el siglo XVII, cuando la Iglesia del Barroco se veía como cuerpo vencedor de un Cristo/Dios Glorioso presente como una Hostia de Pan consagrado, en procesión de triunfo, por encima (en contra) de herejes, infieles, musulmanes, judíos y todos los posibles adversarios de nuestro Dios poderoso (que es el nuestro).
Otros responden que esta fiesta ha perdido actualmente su sentido bíblico (o que nunca lo ha tenido), porque el Corpus/Cuerpo del Dios de Cristo son los cojos-mancos-ciegos, expulsados y excluidos de la celebración gloriosa… Por eso dicen que el Corpus o Cuerpo de Dios ha de ser fiesta y vida de los excluido o descartado, que no caben enlas procesiones gloriosas como eran (y siguen siendo) algunas de Toledo, Lima, México o Sevilla, por poner unosejemplos.
La procesión o fiesta del Corpus ha ser comunicación de vida, liberación y comunión desde (con) los más pobres del mundo. Quizá haya que abandonar algunas procesiones actuales del Corpus, ostentosas, clericales, más propias de los poderes facticos que de los pobres ce Cristo
Así me decía el año 1984 un compañero-amigo, colega de cabeza de una procesión de Corpus . Llevaba en sus manos el áureo ostensorio delSacramentado y yo iba a su derecha, bien ornamentado con dalmática tejida de oros. Miramos y a la esquena de la calle vimos a dos niños sucios, excluidos, del barrio inferior de la ciudad media.
Se paró un momento, mientras la banda seguía redoblando sobre la calle empedrada, susurró a mi oído y dijo: “Ellos son el Cuerpo de Cristo. Dilo en tus escritos”. Aquel presidente de procesión del Corpus es hoy obispo. Yo quiero seguir escribiendo como me dijo No tengo soluciones, pero sé que la fiesta medieval y barroca del Corpus, con autoridades y poderers del sistema hade cambiar mucho para hacerse y ser cristiana, la fiesta de aquellos niños de calleja.
DISCERNIMIENTO BÍBLICO
Pan y vino de Jesús. El tema del Cuerpo[1]
La identidad cristiana se expresa en la Cena de Jesús, donde culminan las multiplicaciones y comidas de Jesús con pecadores y hambrientos, viniendo a expresarse el sentido de su vida entregada a favor de los demás, en camino de muerte que es resurrección.
El tema es discutido y algunos han llegado a sostener que la escena entera de la Cena de Jesús ha sido inventada por la iglesia en un sentido litúrgico sacral, separado de la experiencia fundante de la vida, muerte y pascua histórica de Jesús.
En contra de eso, quiero defender la historicidad radical de la Cena, añadiendo que no fue sin más una cena pascua legal judía, sino comida (cena) de despedida y de nueva presencia, y promesa mesiánica de vida, añadiendo que ella recoge el sentido más hondo del mensaje y muerte de Jesús, con la interpretación pascual de la Iglesia. Desde la perspectiva anterior del mensaje y vida de Jesús, esta Última Cena no puede interpretarse en un contexto de sacralidad nacional (de ratificación triunfal del judaísmo anterior, ni desde una iglesia posterior, sino desde la raíz de la vida y mensaje de Jesús, al servicio de los pobres y excluidos, como expansión y plenitud de sus comidas con pecadores, hambrientos, descartados, que han sido y son su verdadero Corpus (su Sôma, su Cuerpo).
El signo de Juan Bautista era el bautismo para perdón de los pecados, en el río de la penitencia. El de Jesús será su Cena, la comida compartida con pobres y excluidos, para formar así su Cuerpo Mesiánico. El anuncio y camino de Reino de Jesús culmina y se expresa en la Cena, como saben Mc 14, 25 y paralelos. El sacramento más hondo del Reino no es un acta de supremacía y de juicio, ni una ascesis programada, sino una Cena gozosa donde se comparte la vida con los amigos, es decir, con los descartados de las “grandes” cenas de oro y ostensorio de la tierra
Éste gesto de la cena de Jesús con los pobres y excluidos ha de verse en unidad con su gesto anterior de expulsión de los vendedores del templo, que se visten con vestiduras “de falso Dios” (de riqueza). Posiblemente, Jesús y sus amitos de la cena de pobres del Reino no habían cabido en algunas procesiones de Corpus de la iglesia militante del siglo XVII al XX.
Lógicamente Marcos ha querido destacar la diferencia entre la Cena de Jesús y la Pascua nacional judía (como ha destacado el mismo Papa Ratzinger en su libro sobre la Vida de Jesús I). Jesús dejó que la iniciativa partiera de los discípulos (los Doce). Ellos pusieron el signo en movimiento, y quisieron celebrar su Corpus Cena en perspectiva de Gloria Nacional. Así empieza el pasaje:
El primer día de ázimos, cuando se sacrificaba la Pascua, sus discípulos le preguntaron: ¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la Pascua? Y envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: Id a la ciudad… y preparadlo todo allí para nosotros. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad… y prepararon la Pascua (Mc 14, 12-17).
Interpretando literalmente este relato, muchos han pensado que Jesús celebró de hecho la pascua nacional de los puros de su pueblo, ratificando así una institución básica del judaísmo triunfante Pero el texto nos dice que la la cena de Jesús no fue de Pascua nacional judía, pues faltan o se omiten en ella tres elementos principales: pan ázimo, cordero sacriicado, hierbas amargas. Por otra parte, la fecha no cuadra con la noche de pascua judía: el prendimiento y juicio de Jesús no podrían haberse realizado esa noche (del jueves al viernes), ni el día siguiente podrían celebrarse los diversos actos de juicio público y condena y muerte de Jesús, pues era día de pascua, es decir, de fiesta estricta para los judíos nacionales.
Pero más que la coherencia externa (intrajudía) de la fecha importa el sentido del gesto. A la luz de la historia, resulta difícil pensar que Jesús (que ha rechazado las comidas puras del puro judaísmo y se ha elevado contra el templo), Jesús que ha comido con pecadores, impuros y excluídos, haya querido realizar su Cena con ritos de pureza nacional fundados en el templo (donde se sacrifican corderos). Por eso, apoyándome en Jn 19, 14, que dice que Jesús fue juzgado y ejecutado el día de preparación de Pascua, pienso, con otros investigadores, que la Cena ha de datarse la tarde-noche anterior, en contexto pascual, pero no en la fecha oficial de Pascua (ni con los elementos fundamentales de la antigua fiesta israelita.
‒ Los discípulos quieren mantenerse en el contexto de la pascua antigua. Quieren sacrificar la Cena Nacional del cordero del Éxodo para formar con Jesús una comunidad limpia, de puros observantes. Son Doce (Mc 14, 17), representan la esperanza israelita. En ese contexto resulta comprensible la traición de Judas, uno de los Doce, que moja conmigo en el plato (cf. Mc 14, 18-21) y la negación del resto de los discípulos, que se escandalizan (cf. Mc 14, 27-31) y rechazan a su nuevo Maestro, pues quieren una pascua de identidad y triunfo nacional, mientras él les ofrece otra cosa[2].
−Jesús, en cambio, anuncio y proclama la llegada del Reino para los cojos-mancos-ciegos, para los excluidos y descartados… En ese contexto de pascua antigua frustrada y de una Pascua nueva, abierta al Reino, eleva Jesús su autoridad y, fiel a su mensaje, invita a los Doce al banquete de su vida, en comunión con su “cuerpo” que son los excluidos y condenados del templo: En verdad os digo, que ya no beberé del fruto de la vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Mc 14, 25 par).
Esta palabra recoge su ideal de Reino, vinculado al pan y al vino, es decir, al don y presencia de Dios que es la vida entregada, regalada y compartida a favor de los demás, empezando por los excluidos de todos los templos e imperios del mundo.
Está para morir, se encuentra perseguido. Por eso, reúne a sus discípulos (Doce, representantes de Israel) y les ofrece una señal de solidaridad y promesa escatológica (de Reino y resurrección, expresada en el vino de fiesta del nuevo Israel que es la humanidad entera, en el pan de la propia vida, que se da (regala y comparte). Llega la hora final, no se vuelve atrás, y así les promete que la próxima copa con ellos será en el Reino de los cielos. Ésta es su promesa. Él vivirá (permanecerá, resucitará) en ellos.
No les promete la venida de un Reino exterior, sino su presencia en ellos, que así aparecen como “cuerpo de Cristo”, su vida y presencia en el mundo, resurrección de unos en otros, en la vida que se dan y comparten entre si, resucitando (=viviendo) unos en otros.
Desde ese fondo se entienden las palabras de invitación y promesa (ya no beberé del fruto de la vid…, hasta que lo beba en el Reino:Mc 14, 25 par). Esas palabras evocan su compromiso por el reino, expresado como fiesta de vino y pan compartido, esto es, de la vida entregada y comprar etida, en servicio de amor mutuo.
Ese gesto y esas palabras van más allá del plano de la pascua nacional judía, para llevarnos a la gran celebración israelita y humana de la Copa del reino, que Jesús ofrece a sus discípulos, prometiéndoles la llegada inminente del Reino. De esta forma se vinculan el principio y final de su mensaje.
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