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Faro de todos los Pueblos.

domingo, 24 de junio de 2018
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san juan bautista el grecoLa habilidad de un hombre es el conocimiento que emana de luz divina (Zaratustra)

24 de junio. Natividad de San Juan Bautista

Lc 1, 57-66.80

Cuando a Isabel se le cumplió el tiempo del parto, dio a luz un hijo (Lc 1, 57)

Es la Noche de San Juan, a quien Lucas calificó como “más que un profeta” (Lc 7, 26), que “vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él” (Jn 1, 7). Palabras con resonancias al profeta Isaías, de quien Jehová: “Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures los asolamientos de Israel: también te di por luz de las gentes, para que seas mi salud hasta lo postrero de la tierra” (Is 49, 6).

La figura de San Juan Bautista está unida a la de Jesús por la luz. Ambas natividades se celebran en el solsticio de invierno y en el de verano. Jesús es el Faro de todos los pueblos y Juan es su precursor. En su austeridad monacal, llevaba un vestido de pelo de camello y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y a quienes querían escucharle les decía: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas”. Un camino que con frecuencia se apartaba de las autopistas trazadas por las autoridades religiosas oficiales: el de Juan Bautista de Ein Karem y Jesús de Nazaret.

El Misal romano incluye la siguiente oración, que resume este simbolismo: “Oh, Dios, fuente y origen de toda luz, que has mostrado hoy a Cristo, luz de las naciones, al justo Simeón”. Y el Evangelio (Lc 2, 29-32) lo reafirma en estos sus términos: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra dejar a tu siervo que se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”.

Ya el profeta Isaías lo había anunciado en el AT con estas palabras en 49, 1-6: “Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Todo esto tiene que ver con la fiesta de la Candelaria o de la Luz que, en sus comienzos, tuvo su origen en el Oriente con el nombre del Encuentro y, posteriormente, se extendió al Occidente en el siglo VI, llegando a celebrarse en Roma con un carácter penitencial. Aunque según otros investigadores, es originaria de la antigua Roma, donde la procesión de las candelas formaba parte de la fiesta de las Lupercales.

En la película estadounidense, Arrival de ciencia ficción y drama (2017), del director Davis Villeneuve, uno de los protagonistas, Jeremy Renner, le dice a Amy Adams: “He tenido la cabeza inclinada hacia las estrellas desde que puedo recordar. Pero ¿sabes lo que me sorprendió? No las estaba mirando a ellas. Te estaba encontrando a ti”. Como Jeremy, estamos todos invitados a elevar nuestra mirada al cielo y mirar la luz de Jesús que, como un sol infinito, ilumina el universo entero.

Lo cual se consigue cuando de nuestros ojos vamos liberando con el cincel las sombras de la miopía que nos impide ver correctamente y nos libera. Decía Michelangelo: “Vi el Ángel en el mármol y tallé hasta que lo puse en libertad”. Tarea sutil y complicada con la que hay que tener sumo cuidado porque, como dijo el polémico y heterodoxo dominico belga Edward Schillebeeckx (1914-2009): “Si pudiera quitar de mí, lo que hay de mí, quedaría Dios. Si pudiera quitar de mí, lo que hay de Dios, quedaría nada”.

Retoma Miguel Ángel tu cincel y labra el mármol vital mío de Carrara hasta que me permita no sólo correr, sino volar en libertad por los cielos de toda mi existencia. No quiero ser tu Bacus preso en el marmóreo pedestal. Prefiero ser el Ángel de Fray Angélico, a punto de lanzarme en libre vuelo, y quedarme en lo que hay de Dios en mí, aunque sin despojarme de mí nada. También cuanto hay de mí -lo malo y lo bueno- es muy valioso y es ligero. Y lo aprecio, como tu Michelangelo apreciaste todas las obras que con tus pinceles y buriles tan artísticamente y con tanta libertad salieron de tus manos. Jesús es luz que, como un Sol infinito, ilumina todos los caminos del universo y despeja de nuestros ojos las sombras de una profunda miopía, que nos impide ver la realidad de la existencia. Ruégale tú por mi y las mías.

Es posible que, siguiendo el consejo de Zaratustra, profeta y fundador del Mazdeísmo, nos facilitara la tarea: La habilidad de un hombre es el conocimiento que emana de luz divina”. Antonio Colinas, poeta y novelista (1946), escribe en El mito de Orfeo, este bello texto, donde la luz de los ojos, las estrellas perfumadas y la voz de una campana que resuena en cada fibra del cuerpo, nos sumergen en celestiales vivencias que nos permiten volver a soñar con el regreso de las palomas blancas a nuestro palomar terrestre.

JARDÍN DE ORFEO

De nuevo, mis sentidos -que ya no eran los míos- quedaron en libertad. Y alcé mis ojos a la luz de tus ojos, y respiré en tus manos flores mojadas de estrellas perfumadas, y volví a oír con nitidez tu voz como una campana que resonara en cada fibra de mi cuerpo.

Y abrí mis labios para musitar con piedad: “No insistas más con tu voz, no insistas más con tu música; aparta de mí ese cáliz de dulzura, pues podría enloquecer, que es peor que morir.

Déjame que olfatee el paso de tu túnica. Déjame que solo sienta y vea y bese en este nuevo espacio al que tu voz me ha conducido, desde el que tu voz me llama.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Juan Bautista: Entre la entomofagia y la danza.

domingo, 24 de junio de 2018
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gargalloQué ajeno estaba Juan Bautista cuando vivía en el desierto de Judea y bautizaba junto al Jordán después, de que con su dieta de langostas y miel silvestre (¿saltamontes aromatizados a la jalea real?), se estaba adelantando a la creciente moda de entomofagia (comer insectos), eso que ha sido por mucho tiempo algo “típico de otras culturas” y que algunos miraban con curiosidad y otros con cierto asco.

Pero no es la sobriedad alimenticia de Juan lo que hace atrayente su figura sino sus brincos de alegría en el vientre de su madre, dato de su etapa fetal que dice tanto de su personalidad como el de su actividad de bautizador.

Hay una frase del Maestro Eckart con la que presiento hubiera estado muy de acuerdo Juan de haberla conocido: «Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo, y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa gozo, ese gozo engendra amor y ese amor da origen a las personas de la Trinidad de las cuales una es el Espíritu Santo». Asociamos con total naturalidad al comportamiento eclesial lo serio, lo grave, lo solemne y lo circunspecto y se nos llena la boca (bueno, a quien se le llene) con los términos «sacrosanto», «sagrado», «digno» y «venerable» como si se diera por descontado que todo eso le es más agradable a Dios que la alegría, la jovialidad, la frescura, la risa y el humor. Y sin embargo, de alguien tan respetable en la tradición cristiana como Juan, lo primero que sabemos es que hacía algo tan gozoso, libre y espontáneo como bailar en el poco espacio que tenía disponible en aquel momento.

¿No podríamos deducir que era «Precursor» de Jesús también en esto? ¿No estaba abriendo el espacio para que irrumpiera por los caminos de Galilea la ráfaga de su libertad, su alegría de vivir en la presencia de su Padre, su capacidad de demostrar ternura, de hacerse amigos, de disfrutar comiendo y bebiendo en compañía?

Su llegada divide en dos la historia de la humanidad y, dentro de ella, la de Israel. Juan Bautista pertenece a la primera etapa, simbolizada en el tiempo anterior a la entrada en la tierra prometida. Ahora, la presencia de Jesús y el anuncio de su Reino se han convertido en la verdadera tierra prometida y todo aquel que lo acoja, es más grande que el Bautista porque se le ha concedido (se nos ha concedido…) vivir ya el tiempo del cumplimiento de las promesas.

La vida de Juan solo tuvo un sentido: ir delante de él preparándole el camino. ¿No somos también nosotros un pequeño “Juan Bautista”, encargado de allanar caminos para que otros puedan conocer a Jesús?

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Juan Bautista: Hombre recio

domingo, 24 de junio de 2018
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imagesDel blog de Tomás Muro, La verdad es Libre:

UNA NOTA Y PREGUNTA PREVIA

Por esta coincidencia de que en la liturgia “una fiesta vence sobre el domingo”, es un buen día para preguntarnos: ¿qué pensamos de la renovación y organización de la vida litúrgica en la Iglesia? ¿Mantenemos en nuestra vida el espíritu libre y creativo de la Reforma litúrgica del Concilio Vaticano II? O quizás vivimos en nostalgia de ritos anteriores, nos atrincheramos en el latín, la Misa de San Pío V, etc?

¿Creemos que la liturgia está realmente acomodada a la mentalidad, los problemas, la idiosincrasia del ser humano moderno?

¿O nos da todo igual y seguimos aquel refrán: “ata el burro donde manda el amo? Si dicen “a” hacemos “a”, si dicen “b”, hacemos “b”, pero sin ningún criterio, sin ninguna creatividad, simplemente por un legalismo eclesiástico-rubricista.

01. MISERICORDIA.

El nacimiento de Juan Bautista lo perciben sus vecinos y parientes como una gran misericordia que Dios ha hecho a sus padres, Isabel y Zacarías. El Señor les había hecho una gran misericordia…

Toda vida, la nueva vida -en este caso la de Juan Bta- es un regalo de la bondad de Dios de misericordia.

Si nos salimos de la misericordia y de la bondad, nos salimos del cristianismo.

Nos hace bien percibir la bondad de Dios y la bondad de la vida.
Somos cristianos no porque nosotros seamos buenos, sino porque Dios es bueno con nosotros.

02. JUAN BAUTISTA TENÍA QUE HABER SIDO “SACERDOTE”.

Zacarías, padre de Juan Bautista, era sacerdote. Isabel, su madre, descendía de la familia de Aarón.

Lo lógico y lo “eclesiásticamente correcto” habría sido que Juan Bta hubiese desarrollado su vida en el Templo, sacerdote del Templo. Pero no fue así. No siguió la “carrera eclesiástica” y se retiró lejos del “mundanal ruido” a esperar y presentar al Mesías.

Juan Bta fue un hombre de un talante muy diverso, se retira al desierto, viste no precisamente “Christian Dior”, ni come en la gastronomía del “Basque Culinary center”. Por otra parte arremete -¡y cómo!- contra los teólogos oficiales, contra los intérpretes de la ley: escribas y fariseos y les llama: raza de víboras, sepulcros blanqueados, que ni entráis ni dejáis entrar, etc. (Mt 23, 13-15).

Juan Bta está muy lejos de los entramados y modos de la religión del Templo. Hombre de mucha reciedumbre no tolera cambalaches políticos ni eclesiásticos, no admite corrupciones.

A pesar de tal fuerza del Bautista, Jesús dirá de él que no hay nadie más grande nacido de mujer, (Lc 7,28).

03. EL CENTRO DE JUAN BAUTISTA ES LA CONVERSIÓN.

Juan Bautista se parece poco a su primo, Jesús.

El Bautista es un hombre fuerte, recio cuyo centro es la “conversión de los pecados”.

El centro de Jesús fue la misericordia, curar enfermos, alimentar a la gente. Fue un hombre noble, audaz, por ello terminó como terminan los que aman la verdad y son libres en la vida y en las instituciones.

Con Jesús comienza un mundo nuevo, el Reino de Dios. Lo de Jesús será sanar los corazones afligidos, dar la vista a los ciegos (verdad), liberar a los cautivos, etc. (Lc 4,18).


04. JUAN BAUTISTA ES LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO.

Allá en el río Jordán, Juan Bautista, fue un líder en torno al cual se reunieron muchas personas que seguían su pensamiento y eran bautizados. Entre ellos el mismo Jesús. No es que Juan Bautista fuese discípulo de Jesús, sino exactamente al revés, Jesús “creció” en los círculos o grupos de Juan Bautista.

Cuando Juan ve a Jesús y su estilo de vida remite a sus discípulos a Jesús. Juan Bautista dirá de sí mismo que no es el Mesías. (Con la fuerza que el “Yo soy” -y el yo no soy- tienen en el Evangelio de Juan).

Juan Bautista dice de sí mismo: Yo no soy el Mesías, (Jn 1,19).

Muchas personas en la vida, en la política, en la cultura, en la Iglesia se creen que “son mesías salvapatrias, salvaculturas, salvaiglesias”. Hay mucha prepotencia y altanería “suelta”. Y no son, no somos.

Juan Bautista dice: “Yo soy la voz” (Jn 1,23). La Palabra es otro: Cristo. Juan Bautista es la voz, el testigo, la transmisión de esa Palabra.

Seamos iconos, testigos que remitimos a Cristo, en vez de ser ídolos que nos apropiamos del poder y de la gloria.

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Desescombrar los textos evangélicos

viernes, 22 de junio de 2018
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bibliaJuan de Burgos Román
Madrid.

ECLESALIA, 11/06/18.- Obviamente, el pueblo judío sabía de Dios, de Yahveh, desde mucho antes que Jesús predicase su mensaje; Dios no era, ni mucho menos, un desconocido para ellos. Y no obstante, las gentes de Galilea percibieron al Dios que les mostraba Jesús como algo nuevo, distinto, ilusionante, algo que les llegaba muy a lo hondo; este anuncio resultó ser para aquellas gentes una muy buena noticia. No parece, pues, que la percepción que se tenía de Dios en el judaísmo de la época de Jesús fuera algo demasiado seductor.

¿Y nosotros hoy?, ¿vemos a Dios como algo ilusionante o estamos situados como los judíos de la época de Jesús? ¿Hoy, cuántas personas experimentan a Dios como buena noticia? Estimo que el mensaje de Jesús se ha ido pervirtiendo, devaluando hasta convertirse en algo aburrido, en algo que se percibe como un credo fastidioso y rutinario ¿Cómo puede suceder eso, sí acontece que nosotros y los que escucharon a Jesús, en directo, bebemos de la misma fuente, la que recogen los evangelios?

A nadie se le escapa que, con el correr de los años y apoyándose en el mensaje evangélico, se han ido construyendo infinidad de doctrinas, normas, dogmas, teorías, cánones, devociones piadosas, liturgias. Con todo ello, hemos llegado a disponer hoy de una colección enorme de pesados volúmenes; volúmenes que se han ido depositando, todos ellos, encima de los textos evangélicos, llegándolos casi a ocultar. Así pues, hoy es muy difícil acceder al genuino mensaje de Jesús, pues, para poder llegar a lo que se dice en los Evangelios, hay que hacerlo atravesando una infinidad de vericuetos laberinticos, por entre los muchos volúmenes que hemos ido amontonando sobre ellos, lo que, inevitablemente, esconde, vela, encubre, enmascara el legado de Jesús.

Así pues, cuando nos interesamos por el perdón, valga como ejemplo, ocurre que el mensaje de Jesús nos pilla muy al final de un vereda en la que, mucho antes, está la doctrina; por lo que es casi inevitable el quedarse atascados con lo que dice el catecismo sobre la confesión, su ritual y la correspondiente normativa y, así, termina pareciendo como si no existiese el mensaje de magnanimidad que rezuma la Parábola del Hijo Prodigo. Y, poniendo otro ejemplo, cuando nos preguntamos si acoger o no acoger a los recasados en las celebraciones eucarísticas, suele resultar que no llegamos a poner los ojos en la misericordia divina, como señala la Buena Noticia de Jesús, pues mucho antes nos damos de bruces con lo que dice, al respecto, la rígida doctrina eclesiástica, la cual no casa muy bien que digamos con la caridad.

Se impone pues desescombrar los textos evangélicos, quitándoles de encima tanto cascote como, a lo largo de los siglos, se ha ido acumulando sobre ellos. Sin esta tarea inicial, no se podrá recuperar aquella experiencia ilusionante de las primeras épocas. Pero este desescombro es tarea difícil, quizá quimérica, pues, para muchos, entre los que hay en abundancia jerarcas con notable poder, la doctrina ha llegado a ser la quintaesencia del Evangelio, lo que les lleva a estimar que salvaguardar lo que dice la doctrina es lo realmente importante, ya que, al hacer esto, todo quedará como debe quedar.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Tortícolis

jueves, 21 de junio de 2018
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torticolisDecía monseñor Tarancón: “los obispos españoles padecemos de torticolis, mirando siempre hacia Roma”.

Me acuerdo mucho de esta reflexión. Veo que ahora está de actualidad todo lo que sea “Franciscano”, del papa Francisco. Y los que piensan como él alaban todo lo que hace y se callan todo comentario por los interrogantes que nos pueda producir.

Pero veo que las iglesias de base, la iglesia española, no vamos cambiando los criterios profundos, los razonamientos… Me da mucho miedo a que el pequeño cambio que se ve, sea fruto de un mimetismo. Pero ¿qué pasará si viene otro papa de distinta orientación?

Hay un hecho muy claro y que atañe a la liturgia. He oído a multitud de curas e incluso a algún obispo decir que los nuevos libros litúrgicos no agradan ni los sentimos prácticos y de un contenido unidireccional para las celebraciones. Sin embargo no ha habido, que yo sepa, ninguna reclamación pública ante el Vaticano.

Echo en falta un cambio profundo de ideas y de planteamientos. Me parece que no nos estamos convirtiendo, desde dentro, en una línea más abierta y más de periferia. Ante realidades fuertes: refugiados, presos, corrupción, violencia machista, me gustaría escuchar más voces críticas y mayores enfoques evangélicos.

Siento que cada obispo es responsable en su diócesis y que eso requiere una gran creatividad propia. Casi siempre que se habla de Roma, se habla del papa. ¿Es que Roma es eso solo?

Y sobre todo, no veo transformación en la participación de los seglares en la comunidad eclesial. Algún pequeño cambio, pero ante una realidad muy fuerte de falta de presbíteros no se plantea la participación y responsabilidad de los seglares. Les dejamos hacer alguna pequeña cosa.

He echado siempre en falta que nuestras comunidades cristianas vivamos desde nuestra fe y la contrastemos con la diócesis de Roma. Todos los días lo siento al partir el trocito de forma en la eucaristía y mojarlo en el cáliz.

He echado siempre en falta que nuestras comunidades cristianas vivamos la fe desde nuestra creencia. Que, por supuesto miremos a Roma, pero para ver cómo allí funciona la catequesis, la predicación, la atención a los pobres, el anuncio a los no creyentes, la construcción del reino. Y eso nos pueda iluminar y ayudar. Creo que se ha insistido demasiado en Roma como fuente de doctrina y de ritos litúrgicos. Qué bien si nuestra comunidad hermana es ejemplo de cómo vivir el Evangelio hoy y aquí.

El esfuerzo sea algo más que la tortícolis de ver por dónde soplan los vientos en el Vaticano o qué es lo que allí agrada; que sea mirar a nuestro interior, a las comunidades y a las personas con quienes convivimos y ahí profundizar en la escucha y el seguimiento de Jesús. Roma nos va a dar el sentido de catolicidad.

Yo veo que muchas veces se escribe y se dice “tal persona es de la era de Francisco”, pero en la realidad percibo que siguen como antes, con distintas citas y distinta insistencia pero sin vivir la realidad del Espíritu desde las periferias.

Las personas convertidas de verdad viven cualquier circunstancia desde el Evangelio. Aunque no esté de moda.

Gerardo Villar Pérez

Fuente Fe Adulta

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“Con humildad y confianza”. Domingo 11 Tiempo ordinario – B (Marcos 4,26-34)

domingo, 17 de junio de 2018
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11_to_b-600x400A Jesús le preocupaba que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les ha de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como «un grano de mostaza», que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

José Antonio Pagola

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Marina Ibarlucea

 

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“Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas”. Domingo 17 de junio de 2018. Domingo 11º Ordinario

domingo, 17 de junio de 2018
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PLANTAS_GERMINANDODe Koinonia:

Ezequiel 17,22-24: Ensalzo lo árboles humildes.
Salmo responsorial: 91: Es bueno darte gracias, Señor.
2Corintios 5,6-10: En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor.
Marcos 4,26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.”

Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.” Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

La gran virtud de las parábolas es la de superar los obstáculos más obvios e inmediatos del entendimiento. Una parábola es un arco que se eleva por el aire y cae justo en su objetivo, evadiendo los obstáculos, enfocándose a su meta. Las parábolas de Jesús tienen un efecto similar. Frente a las interpretaciones oscuras y cargadas de sanciones con las que los maestros de la ley solían responder a sus interlocutores, las palabras de Jesús se imponen con una claridad demoledora. Frente a las intrincadas y sofisticadas interpretaciones de los maestros griegos, las enseñanzas de Jesús se presentan con una evidencia incontrovertible. Las palabras de Jesús hablan de la vida cotidiana: el campesino que salva su cosecha; de la persona que al cocinar administra con tino y prudencia la sal. Las palabras del profeta Ezequiel nos hablan del cedro, un árbol excepcional por su longevidad y por la calidad de su madera. Pablo nos hablará del cuerpo, como un domicilio provisional, y sin embargo imprescindible, para alcanzar una residencia permanente en un cuerpo resucitado.

El profeta Ezequiel compara la acción de Dios con la de un campesino que reforesta las cumbres áridas con cedros que se caracterizan por su tamaño excepcional, por la duración de su madera y por su singular belleza. El nuevo Israel será un rebrote joven plantado en lo alto de los montes de Judá; atrás quedaría la soberbia de la monarquía y todos los peligros de su desmesurada avidez de poder. El profeta tiene la esperanza de que su pueblo renazca luego del exilio y su estirpe perdure como lo hacen los cedros que pueden llegar a durar dos mil años.

Las parábolas de Jesús, en cambio, no hablan desde la perspectiva de los árboles grandes, sino de los arbustos que pueden crecer en nuestros jardines sin derribar la casa ni secar las otras hortalizas. La primera parábola habla de la fuerza interna de la semilla, que opera prácticamente sin que el campesino se percate. Si la semilla encuentra las condiciones favorables, florecerá. La labor del campesino se limita a preparar el terreno para que ofrezca esas condiciones que hacen posible el cultivo; a los cuidados indispensables para que la semilla germine y se fortalezca, y a la acción oportuna para cosechar los frutos. De manera semejante opera la acción del cristiano, favoreciendo la implantación de la semilla del Reino.

La homilía podría orientarse también muy justificadamente, más que por esa línea bíblica, por la línea teológica: el tema del Reino, que es el protagonista de las parábolas de Jesús del evangelio de hoy. En realidad sabemos que el tema del Reino fue… la pasión, la manía, el estribillo, la obsesión de Jesús. Por que fue también «Su Causa», la Causa por la que vivió y luchó, la causa por la que fe perseguido, capturado, condenado y ejecutado. Para comprender a Jesús nada hay más importante que tratar de comprender el Reino y la relación de Jesús con él.

[Es importante recordar –sin marcar bien los contrastes históricos caemos en el riesgo de repetir los errores pasados- que el Reino era en realidad un ausente mayor en el cristianismo clásico, incluso en el cristianismo que los hoy día «mayores» aprendimos y vivimos antes del Concilio Vaticano II… En el último milenio de la Iglesia se dio lo que Teófilo Cabestrero denomina «el eclipse del Reino»: la Iglesia prácticamente lo desconoció. Empleaba la palabra, el término, pero confundiéndolo. Típica es la expresión de esta confusión en las palabras del P. Vilariño, jesuita español de principios del siglo XX que sintetizaba su definición de Reino de Dios en aquel triple nivel: el Reino de Dios es el cielo, porque allí es donde Dios puede reinar efectivamente; el Reino de Dios es la Iglesia, porque la Iglesia sería el Reino de Dios en la tierra…; y el Reino de Dios, en tercer lugar, sería la gracia santificante en las almas, pues por medio de ella Dios se hace presente y reina en nuestro interior… Ninguna de estas tres definiciones coincide con lo que el obsesionado Jesús tenía en mente cuando hablaba y soñaba y se exponía por el Reino de Dios…]

Hay que subrayar que el tema del Reino de Dios, su redescubrimiento, a partir de ese citado «eclipse del Reino», es sin duda el tema teológico que más ha transformado a la Iglesia –y a la eclesiología y a la teología toda-. Véase la descripción del «Reinocentrismo» (por ejemplo en el libro Espiritualidad de la Liberación, de Casaldáliga-Vigil, disponible en servicioskoinonia.org/biblioteca) para desarrollar el tema dela transformación de la teología y de la espiritualidad con el re-descubrimiento del tema jesuánico del Reino…

El Reinocentrismo significa la superación del eclesiocentrismo, que se instaló en la Iglesia bien pronto, en contra de la mentalidad de Jesús. Y no es una «nueva teología», sino el pensamiento mismo de Jesús… Leer más…

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17.6.18 Semilla que crece sola, grano de mostaza

domingo, 17 de junio de 2018
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imagesejpgDel blog de Xabier Pikaza:

Nos domina el afán de producir, como si todo dependiera de nosotros…, como si lleváramos el mundo sobre nuestros hombros, nosotros demiurgos, nosotros creadores y gestores de la nueva humanidad.

Frente a esa impresión, propia del hombre fáustico,capaz de resolver por sí mismo todos los problemas de la historia, se elevan estas dos parábolas, que Marcos ha vinculado por su tema:

a. La parábola de la semilla que crece por sí sola…
La semilla de vida está sembrada, la ha sembrado de Dios. No tenemos nada que hacer, sino dejar que crezca, que la vida se expanda, que Dios la sustente y fructifique.

imagese1b. La semilla más pequeña de todas las posibles, de manera que prácticamente ni se ve… Y sin embargo es portadora del Reino. El Reino de Dios llega desde la pequeñez de la semilla, de la vida de Dios que está presente en el fondo de la historia….

No quiero introducir más el tema.Siga leyendo quien quiera penetrar en el enigma de la semilla de Dios somos en la tierra.

4, 26-29. Semilla que crece sola

(a. Semilla y tierra de Dios)26 Y decía: El reino de Dios es como un hombre que echa simiente en la tierra 27 y duerme y se levanta noche y día y la simiente germina y crece, sin que él sepa cómo. 28 Por sí misma da fruto la tierra: primero tallo, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 29 Y cuando el fruto está a punto, (el hombre) envía inmediatamente la hoz, porque ha llegado la siega.

El texto comienza diciendo que el Reino se parece a un hombre sembrador, que puede ser Jesús (como en 4, 3-9) o uno de sus discípulos, que realizan la siembra del Reino tras pascua. Los discípulos han podido pensar que sonñ ellos los que deciden la llegada del Reino; más aún, alguien podría angustiarse, suponiendo que el reino depende de sí mismo y que no llega por su culpa. Pues bien, la parábola puede y debe ser para ellos una voz de aliento, pues habla del poder de la semilla y de la tierra que germina por sí misma. Desde ese fondo se entienden sus tres temas o protagonistas: el hombre, la simiente, la tierra, la siega.

a. El hombre que siembra (anthropos, ser humano; 4, 26) es Jesús (sembrador principal de 4, 3-9), pero también sus discípulos (en el tiempo de la iglesia), quizá angustiados, porque les parece que el Reino no crece o no llega a su fin, como habían supuesto. Pues bien, este Jesús pascual les dice que no se preocupen. Ellos han hecho lo que debían hacer, no han guardado la semilla en su bolsa, no han cerrado en sí mismos la Palabra, sino que la han “sembrado”, de manera que, en un plano, deben descansar, dormir y levantarse. No son responsables finales del fruto, están comprometidos en una tarea que les desborda, porque es de Dios.

b. Simiente (4, 26). El hombre arroja en la tierra una simiente (sporos) que lleva en sí misma el poder de germinar, porque es de Dios. Por eso, el hombre puede dormir y levantarse, porque la simiente germina y crece, sin que él sepa cómo, es decir, sin que pueda controlarla. Hay una “lógica de creatividad”, un “plus de realidad y de vida” que los sembradores no pueden dominar ni dirigir, conforme a principios mensurables; ciertamente, ellos pueden ser limitados y pequeños, porque son siempre humanos, pero lleven en sus manos una semilla de Reino, una realidad que, siendo suya, les desborda. No se trata de que duerman sin más, sino que duerman en brazos de la Vida, sabiendo que actúan al servicio de una Vida/Simiente que, siendo de ellos, les desborda: la Simiente de la Palabra de Dios.

c. Tierra (4, 28). De manera abrupta, allí donde parece que bastaba la referencia a la simiente, sin ninguna partícula que sirva de unión con lo anterior (ni un kai, ni un gar: y, pues…), el texto añade que la tierra (hê gê) “produce por sí misma” (automatê, automáticamente). Da la impresión de que esa frase aluce a Gen 1, 24, donde Dios dijo a la tierra que produzca los vivientes, que provienen de la palabra de Dios, pero que, al mismo tiempo, provienen de esa tierra. Nos hallamos pues ante la imagen de la “madre tierra” que recibe semilla de Dios (del hombre), pero que karpophorei, da fruto, por sí misma. Antes (en 4, 3-9), en otro contexto, Jesús nos ponía ante cuatro tipos de tierras. Ahora, en cambio, estamos ante un solo tipo de tierra generosa que acoge la semilla y da fruto generoso (¡toda tierra!).

d. Hombre segador (4, 29). El “hombre con semilla” del principio (4, 26) viene a convertirse al final en “hombre con hoz” (drepanon; 4, 29), conforme a una imagen que aparece, casi en los mismos términos, en Ap 14, 14-19 donde se habla de un Hijo de Hombre con hoz (drepanon), al que se le dice que la envíe (pempson) y así lo hace. También en nuestro caso el “hombre” (que ahora puede ser ya el mismo Jesús en cuanto segador final) envía la hoz, pero no con el verbo más neutral del Apocalipsis (pempô), sino con el más específicamente cristiano de apostellô, vinculados a los “apóstoles” de 3, 14 y 6, 7. Hay, además, otra diferencia: la hoz de la siega del Hijo de Hombre (o del otro ángel segador) del Apocalipsis tiene un carácter amenazador; aquí, en cambio, este envío de la hoz tiene un carácter positivo (el hombre podrá recoger el buen trigo de la buena siembra y de la buena tierra) .

Esta parábola es muy significativa para Marcos, pero ni Mateo ni Lucas han querido recogerla en sus evangelios, lo que indica que quizá se han sentido molestos con ella, no sólo por la imagen de una simiente/tierra que producen el fruto por sí mismas (como si el esfuerzo del hombre no contara), sino también por el carácter positivo de la conclusión (en la que parece que no hay lugar para la condena). Sea como fuere, éste es un texto clave de Marcos: La semilla del reino y el carácter bueno de la tierra tienen más poder que todos los principios negativos de este mundo .

b) Grano de mostaza (4, 30-32).

30 Y decía: ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? 31 Es como un grano de mostaza, que cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra. 32 Pero, cuando está sembrada, crece y se convierte en la mayor de todas las hortalizas y tiene (hace) ramas grandes, de manera que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra .

A diferencia de la anterior, tanto Mateo como Lucas (Mt 13, 31-32; Lc 13, 18-19) han recogido esta parábola, aunque la abrevian y aplican con variantes. El Reino no es ya como un hombre que siembra, sino como un grano pequeño sembrado en la tierra de un huerto (no en el campo al descubierto, como se supone en el caso anterior). De todas formas, el centro de interés no es el grano en sí, sino su tamaño, en el momento de la siembra y de su crecimiento final. El texto supone que el grano de mostaza (kokkos sinapeôs) es la menor de todas las semillas conocidas. Los botánicos pueden discutir sobre esa afirmación, pero es evidente que se trata de una semilla proverbial por su pequeñez (como saben Mt 17, 20; Lc 17, 6). Pues bien, como esa semilla pequeña de mostaza, que apenas se ve y que parece incapaz de germinar, así es el Reino de Dios. Pero ella crece y se hace mayor (meidson) que todas las hortalizas (lakhanôn) .

Nos hallamos según eso en un huerto (o jardín), que puede compararse quizá con el huerto del principio (Gen 2-3) donde Dios sembró para los hombres todo tipo de plantas (aunque en este caso no tenemos árboles, sino hortalizas). Pues bien, la semilla más pequeña (el grano de mostaza) puede convertirse en un arbusto suficientemente grande como para que en sus ramas aniden las aves del cielo. Tanto Mateo como Lucas han sentido la extrañeza de la imagen y por eso, quizá sin conocer la planta, han dicho que el grano de mostaza se convierte en un árbol (dendron: Mt 13, 32; 13, 19). Marcos sabe, en cambio, que la mostaza no se hace árbol, sino que sigue siendo una hortaliza, pero una hortaliza que se vuelve grande.

La semilla del Reino es pequeña y casi invisible en la tierra, de manera que nadie parece advertirla (también la presencia de los cristianos es diminuta y llamada a morir en un mundo repleto de fuertes violencias); pero ella se hará un arbusto grande, capaz de acoger, paradójicamente, a “las aves del cielo” (peteina tou ouranou), que aquí no tienen sentido negativo, como en 4, 4. 14) donde eran signo del demonio que devora la semilla. Estas aves ya no la devoran, sino que anidan en las ramas del arbusto que ha crecido a partir de ella.

En un sentido más extenso, las aves del cielo que anidan en las ramas del árbol (arbusto) de mostaza son los pueblos (gentiles) que encontrarán refugio en la “planta” de Jesús, conforme a la imagen de Dan 4, 21 LXX, donde se habla de un Rey mítico que domina como un árbol (aquí dendron, no lakhanon, como en Mc 4, 32) sobre toda la tierra, de manera que en sus ramas anidan ta peteina tou ouranou, que son los pájaros del cielo que, igual que en nuestro caso, pero ahora de manera expresa, son el signo del poder de la tierra y de los pueblos (iskhys tês gês kai tôn ethnôn). Ésta parábola nos pone, según eso, ante la imagen de un Jesús/árbol (arbusto) de huerto, que es pequeño, casi invisible, pero que crecerá y se mostrará capaz de albergar a las naciones de la tierra.

4, 33-34. Conclusión. Les hablaba en parábolas

33 Y con muchas parábolas como éstas les hablaba la Palabra, conforme a su capacidad de escuchar. 34 No les hablaba a no ser en parábolas no les decía nada; a sus propios discípulos se lo resolvía todo .

Vuelve la idea de 4, 10-12 (sobre el uso y sentido de las parábolas), pero de manera más sobria, sin la tensión apocalíptica propia del pasaje anterior. También aquí se distinguen los dos niveles: (a). Jesús habla a todos en parábolas, pero adaptándose a la capacidad de escuchar (akouein) de cada uno de los oyentes. No lo hace para que escuchen y no entiendan, como en caso anterior, sino para que entiendan. En esa línea, las parábolas son un medio pedagógico para enseñar y entender. (b) Pero hay un nivel de enseñanza más profunda, que consiste en epilyein, es decir, en re-solver o desatar aquello que podía quedar trabajo y confuso en la parábola dirigida a todos. Esta enseñanza la realiza Jesus kat’idian, es decir, en privado, a sus idiois, que, estrictamente hablando, son sus “privados”, es decir, sus propios discípulos.

Jesús habla en parábolas, de un modo universal, pero sólo aquellos que le escuchan y le siguen en privado, es decir, aquellos que aprenden (los mathêtai) son capaces de entenderlas. En ese sentido, el mensaje del Reino se vuelve palabra esotérica (es decir, que sólo se entiende desde la fe), de modo que sin ella, sin fe, se vuelve incomprensible. No es una sentencia general, que todos pueden saber de igual manera (sin comprometerse con ella), sino palabra que sólo se ilumina (y se comprende) all el oyente se compromete con ella, haciéndola propia (dejando así que germine en la propia tierra).

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El enigma, la mostaza y el cedro. Domingo 11. Ciclo B.

domingo, 17 de junio de 2018
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arbol-mostaza-semilla-granoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el evangelio del domingo pasado vimos cómo se formaba una pequeña comunidad en torno a Jesús: su familia, sus hermanos, sus hermanas y su madre. Inmediatamente después introduce Marcos una serie de parábolas contadas por Jesús. Algo que el lector esperaba desde hace tiempo, porque el evangelista ha insistido en que Jesús enseñaba, pero no decía qué enseñaba. De ese largo discurso (34 versículos), la liturgia ha elegido dos parábolas (una que solo se encuentra en Marcos, y la conocida del grano de mostaza) y el final del discurso.

El campesino y la tierra

En aquel tiempo decía Jesús a las turbas:

– El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

            Lo que dice la primera parábola parece una tontería: que el campesino siembra y luego se olvida de lo que ha sembrado hasta llegar el momento de la siega; la que trabaja es la tierra, es ella la que hace crecer los tallos, las espigas y el grano. Eso lo saben todos los galileos que escuchan a Jesús. ¿Dónde radica la novedad de esta parábola? En que Jesús compara la actividad del campesino con lo que ocurre en el reino de Dios. También aquí la semilla termina dando fruto sin que el campesino trabaje, mientras duerme.

          Y entonces surgen los interrogantes: ¿quién es el campesino? ¿Es Jesús? No parece lógico, porque el campesino de la parábola no sabe lo que ocurre. ¿Son los apóstoles y misioneros que anuncian el evangelio, y éste da fruto aunque ellos no se den cuenta? ¿Quién es la tierra? ¿Es cada cristiano, en el que la semilla va dando fruto mientras el que ha sembrado duerme?

            La explicación hay que buscarla en otra línea: la parábola habla del proceso misterioso por el que crece el reino de Dios, la comunidad cristiana, semejante al de la simiente que crece sin que el campesino intervenga ni se dé cuenta. Cuando uno piensa en la forma misteriosa en que la simiente plantada por Jesús y sus discípulos en una región remota y sin importancia del imperio romano ha terminado produciendo fruto en todos los países del mundo, el sentido de la parábola resulta más claro. Es una invitación a confiar en la acción misteriosa de Dios en la iglesia y en cada uno de nosotros, renunciando a considerarnos los protagonistas de la historia, y a pensar que todo depende de lo que hacemos.

            Sin embargo, parece que la parábola resultó demasiado extraña y difícil de entender, y quizá por eso Mateo y Lucas (por motivos pastorales, como ahora se dice) no la copiaron.

La mostaza y el cedro

Dijo también:

– ¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

        La segunda comparación es más clara y de enorme actualidad, sobre todo en muchos países occidentales, donde el cristianismo parece andar de capa caída. Jesús compara a la comunidad cristiana, el reino de Dios en la tierra, con la semilla de mostaza; algo diminuto, pero que, al cabo del tiempo, se convierte en árbol y puede acoger a los pájaros del cielo. No hay que desanimarse si la iglesia es un arbolito pequeño, poco mayor que las hortalizas.

        Quien conoce el Antiguo Testamento, advierte que esta parábola recoge una comparación de Ezequiel modificándola radicalmente. Este profeta se dirige a los judíos de su tiempo, desanimados por tantas desgracias políticas, económicas y religiosas. Para infundirles esperanza, compara al pueblo con un árbol. Pero no con el modesto arbolito de la mostaza, sino con un majestuoso cedro, del que Dios arranca un esqueje para plantarlo «en un monte elevado, en la montaña más alta de Israel».

Esto dice el Señor Dios:

– Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas.

         Todo es grandioso en Ezequiel; en el evangelio, todo es modesto. Pero el resultado es el mismo; en ambos árboles pueden anidar los pájaros. La comparación de Ezequiel recuerda la imagen de una iglesia universal dominante, grandiosa, respetada y admirada por todos. La de Jesús, una comunidad modesta, sin grandes pretensiones, pero alegre de poder acoger a quien la necesite.

       En resumen, las dos parábolas se complementan. La primera habla del crecimiento misterioso del reino; la segunda advierte que, a pesar de su crecimiento, no debemos esperar que se convierta en algo grandioso. Pero, aunque sea modesto como el arbolito de la mostaza, podrá cumplir su misión de acoger a los pájaros del cielo.

Final

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

            Marcos ha querido cerrar su discurso con una nota sobre el modo de enseñar de Jesús, sin caer en la cuenta de que se contradice. Comienza diciendo que hablaba en parábolas para acomodarse al entender de su auditorio. Pero la gente no debía de entenderlas, porque sus discípulos tenían necesidad de que se las explicara en privado. Podemos decir, resumiendo mucho, que Jesús utilizaba dos tipos de parábolas: las muy fáciles de entender (hijo pródigo, buen samaritano…) y las que pretendían que la gente pensase; si ni siquiera los discípulos encontraban la respuesta, él se la explicaba (estas son la mayoría).

El destierro y la patria

         El tiempo ordinario nos devuelve también a la problemática realidad de la segunda lectura, sin relación con la primera ni con el evangelio. Un inciso que dificulta más que ayuda. Eso no significa que no contenga mensajes importantes.

Hermanos:

Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

      Este breve fragmento de la segunda carta a los Corintios nos permite conocer los sentimientos más íntimos de Pablo. La conversión supuso para él un cambio radical con respecto a la persona de Jesús. De perseguirlo pasó a estar tan entusiasmado con él que, por su gusto, preferiría morir para estar con el Señor. Su situación le recuerda a la de tantos contemporáneos suyos, que por motivos políticos eran desterrados, lejos de Roma o de otra ciudad importante. Él también se siente desterrado, lejos del Señor. Y le gustaría morir, porque sólo con la muerte se puede volver a la verdadera patria y estar cerca del Señor. (Siglos más tarde santa Teresa diría algo parecido: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero».) Pero Pablo acepta la realidad. En el destierro o en la patria, debemos esforzarnos por agradar a Dios.

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Domingo XI del Tiempo Ordinario. 17 de junio de 2018

domingo, 17 de junio de 2018
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d-xi

A sus discípulos se lo explicaba todo en privado

(Mc 4, 26-34)

Al abrir la biblia por la cita de hoy lo primero que leemos es este enunciado: Parábola del grano que crece por sí sólo. El subconsciente de cada cual es muy peculiar pero si el tuyo es de los que saltan disparados para protestar, no tardará en salirte un “¡sí, claro!”. Vamos, que no te parece muy convincente eso de que crezca por sí sólo.

Pues bien, ¿cuántas veces has escuchado o leído que nos tenemos que hacer como niños? Con esta, una más.

Si jugando con un niño haces que, por ejemplo, un muñeco le hable, en un primer momento se sorprenderá pero acto seguido te dirá “has sido tú”. Reconoce que alguien mayor que él ha hecho que el muñeco le hable. Luego, agradecido, incluso él imitará ese gesto que le acabas de enseñar y lo hará con otros niños.

Algo así podríamos hacer en nuestra cotidianidad. No me refiero a hacer cosas extraordinarias y ponernos medallas, qué va, aunque nos encanta. Me refiero a la actitud del niño: sorprendernos con lo que ocurre en el momento presente, es decir, estar despiertas y atentas al ahora, reconocer que lo que vivimos no es mérito nuestro sino que nos viene de Dios, alguien infinitamente más grande que nosotras, y así, llenas de gratitud, imitar entre las demás ese pequeño gesto que nos ha hecho sonreír.

Verás que así el grano sí que crece por sí sólo. Con gratitud y pequeños gestos. Una vez que una hermana acababa de sembrar unas semillas, una noche al acostarse se acordó que no las había regado y un rato después escuchó que comenzaba a llover. Dijo “gracias, Señor, por encargarte tú de regar ahora”… y vaya si crecieron.

Oración

Jesús de Nazaret, Maestro, no dejes de enseñarnos en el Silencio.

Amén

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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¡Deja crecer la semilla que hay en ti!

domingo, 17 de junio de 2018
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manos-tierraMc 4, 26-34

Todos los exégetas están de acuerdo en que el “Reino de Dios” es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que vayamos intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión tan simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez materia y espíritu. Todo el follón que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena, que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: “no está aquí ni está allí”. Tampoco está solamente dentro de cada uno de nosotros. Si está dentro, siempre se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.

Las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y como se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta no es consecuencia de una acción externa sino consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban en ella. Este aspecto es muy importante, por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no tiene fin, porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar a través de su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar hacia una mayor humanidad.

Tampoco podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar también una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a las condiciones del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible, surja en muy poco tiempo, una planta de gran porte.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno, solo espera una oportunidad.

Con frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer la desarraigamos, o damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar. El tiempo no es el mismo para todos.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. La vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos del esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto, aunque no lo parezca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios manifestado. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. El Reino de Dios no es nada que podamos ver. Es una realidad espiri­tual. Si está o no está en nosotros lo descubriremos, mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa Realidad. Creo que, aún hoy, nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externa. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos.

Meditación

El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes descubrirlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre origina.
El Reino nunca será el fruto de una programación.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Grano de Mostaza.

domingo, 17 de junio de 2018
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germogliLa mostaza es altamente beneficiosa para la salud (Plinio el Viejo)

17 de junio. Domingo XV del TO

Mc 4, 26-34

Después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra (v34)

Las parábolas son la manera como enseñaba Jesús y cuando las leemos con atención nos siguen provocando, desafiando e inspirando y nos ayudan a plantearnos cuestiones importantes acerca de cómo vivir en comunidad, cómo determinar lo que en última instancia importa, cómo vivir la vida que él quería que vivamos. Sirven de llave para abrir nuestra mente y nuestro corazón a los misterios, y así poder comprenderlos y amarlos.

“La parábola, dice Arland J. Huldren en ‘The parables of Jesus. A Comentary’, proporciona un mensaje de aliento… Los datos aparentemente insignificantes, acciones y testimonios, de los discípulos de Jesús, son de una importancia trascendental”

Dicha lectura me trae a la memoria –como se la trae a Frédéric Lenoir en su obra Le miracle Spinoza– las figuras de Johannes Vermeer y de su paisano Baruch Spinoza: el primero pintor, el segundo filósofo. “La calidad de la luz de los interiores de Vermeer se hace eco de las luminosas demostraciones de Spinoza, las cuales nos hacen ver al hombre y al mundo de otra manera”Filosofía del uno y pintura del otro, que muestran tanto la armonía que revela la luz de sus cuadros como el efecto profundamente tranquilizador de su pensamiento.

Descubrimiento que otro ilustre judío de hace dos mil años, también pintor de imágenes y cuadros, y filósofo del pensamiento, nos sigue manteniendo en vilo con la luz de su evangélica doctrina.

La parábola del grano de mostaza nos presenta varios aspectos de patente interés: una pequeña semilla de mostaza, ramas y pájaros que se cobijan en ellas. Recurre a veces a un huerto y otras a un campo, a una semilla que crece hasta convertirse en un enorme árbol.

Ami-Jill Levine -nuestra historia de hoy va de judíos-, feminista judía norteamericana y profesora bíblica en la Vanderbilt University Divinity School, escribe en su obra Relatos cortos de Jesús, que “De estas ramas hay especialmente dos que sobresalen. La primera contempla en la parábola el tema del contraste entre la semilla pequeña y la planta grande o bastante grande (tanto si es un árbol como si es un arbusto impresionante). La segunda, que es más especulativa, se concentra no en tamaño, sino en las imágenes: el valor simbólico de la mostaza, el árbol, los pájaros y las ramas. Las dos ramas producen a la vez distintas hojas”.

En las fuentes griegas y romanas que hablan de la semilla y de la mostaza se nos informa sobre los beneficios medicinales de dicha planta y Plinio el viejo afirma también en su Historia Natural que la mostaza es “altamente beneficiosa para la salud”.

En todo ello, la invitación a compartir es universal, como demuestra con claridad la presencia de los pájaros. “El Reino está presente cuando la humanidad y la naturaleza trabajan conjuntamente y cuando hacemos aquello para lo que hemos sido puestos aquí, es decir, para arriesgarnos y aportar cuanto podamos a los demás y también a nosotros mismos”, termina diciendo Ami-Jill.

POEMA

Y cuando llegue un día mi momento,
quiero entonar mis cantos,
como los pajarillos en el árbol,
mientras se bañan
en la luz del Sol común.

Sencilla alegría del vivir,
dando gracias a Dios por su gran gloria.

Sueño con vuestros cantos,
con los colores de Johannes
y el pensamiento de Espinoza.

Y tú, Jesús, filósofo y pintor
de los caminos de mi vida…
¡¡Acuérdate de mí!!

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Jesús se acomodaba a su entender.

domingo, 17 de junio de 2018
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xcomentario-31-julio-jpg-pagespeed-ic-n_cxhnd-57Marcos 4, 26-34

El evangelio de hoy, es sencillo y muy sugerente. Resaltaremos tres claves:

1º El reino de Dios también crece cuando dormimos: Jesús nos habla de un hortelano que sabe hacer bien su trabajo: duerme cuando hay que dormir, y trabaja por el día, a su tiempo.

Cuando contemplamos el Reino desde nuestro ego, creemos que crece debido a nuestro trabajo, que fácilmente se convierte en activismo enfermizo. El ego nos confunde: nos hace creer que somos dueñ@s del campo, en lugar de hortelan@s; en consecuencia, no distinguimos el día de la noche, ni el trabajo del descanso. Como si nos jugáramos todo a una sola cosecha.

Un joven seminarista de Buenos Aires, Santi María Obiglio, nos ayuda a comprender la parábola a través de su reflexión sobre “El Dios del agotamiento”. Copio algunos párrafos, pero recomiendo vivamente leer su artículo completo[1]:

¡Hay tantos jóvenes comprometidos de corazón con la civilización del amor! Yo los admiro… Cuando veo su modo de trabajar, me asombra su entrega y su celo pastoral, y quiero un poco de todo su entusiasmo, inteligencia y esfuerzo. Pero junto a la admiración, también siento como hermano un poco de temor y preocupación.

Ellos viven apasionados por Jesús y por su Reino. Generosos en tiempo y esfuerzos, se dedican al trabajo pastoral casi 24/7 horas de servicio en encuentros, reuniones, en la soledad de sus computadoras planificando o activos en el WhatsApp y otros medios para organizar y comunicar eventos, procesiones, misiones, vigilias, retiros…

Lo que me preocupa es ¿dónde se encienden estos fuegos?, ¿cómo se cuidan estos fuegos?, ¿dónde acaban estos fuegos?…

¡Basta ver cómo explotan sus agendas! Y me pregunto si a veces estos fuegos que encienden otros fuegos no terminan destruidos por las llamas. No puedo creer que sea este el fuego de Jesús. Quiero decir: el fuego de Jesús no destruye. Sí consume, pero, misteriosamente, dando más vida…

La necesidad –siempre urgente e inagotable– sumada al exitismo y al activismo, a veces cambian al Dios de la vida por el dios del agotamiento…

No creo en un Maestro explotador de sus discípulos, creo en un Maestro que vino a que tengamos vida, todos, en abundancia; no sólo que el resto tenga vida, también nosotros, que “trabajamos” en sus cosas…

¿Estamos pudiendo encontrar el amor de Jesús en la oración, para descansar en él nuestras tareas y preocupaciones? ¿Tenemos con quien acompañarnos, quien nos consuele en nuestras luchas, quien nos escuche? ¿Celebramos la vida, los logros, la fraternidad? ¿Dormimos bien? ¿Comemos bien? ¿Tenemos tiempo para vivir “humanamente”?…

Tal vez sólo cada uno pueda discernir dónde está su límite entre el don de sí, que es regalo, y la sobre-explotación, que es muerte...

2º Tengamos siempre en cuenta a quien dirigimos la Palabra. El evangelio de hoy nos dice que Jesús se dirige “al gentío”, acomodándose a su entender; es decir, hace el esfuerzo de que el mensaje llegue con claridad a la mente y al corazón de sus oyentes. Mejor con parábolas que con sermones.

La comunicación sigue siendo una tarea pendiente en la Iglesia actual. Se han dado pasos, pero todavía queda un ingente trabajo que hacer. Es importante que la Palabra se comprenda, resuene, toque, mueva, conmueva y convierta. No necesitamos grandes oradores en las iglesias ni en el trabajo pastoral, sino predicadores y predicadoras “sobrecogidos” por el Misterio.

No necesitamos que en las homilías algunos sacerdotes intercalen frases en latín, para humillar a los oyentes y lucirse como pavos reales; necesitamos escuchar testimonios de vida, a corazón abierto.

No necesitamos que se alce la voz cuando se habla de moral. Ni estamos sord@s ni el comportamiento moral cambia por imposición, con gestos que a veces rayan con la mala educación.

¿Quién es el “gentío” que encontramos hoy en las iglesias? las personas que acuden puntualmente a una celebración religiosa, como acto social. Están alejadas, muy alejadas de la Buena Noticia. En la celebración de los sacramentos miran de reojo a los demás, porque no saben o no recuerdan cuando es oportuno levantarse o sentarse. No mueven los labios para orar o cantar.

Puede que la homilía de esa celebración sea la única que escuchen en muchos años. ¿Es una homilía preparada y orada? ¿La comunicación es fluida, cercana y ayuda a comprender los textos bíblicos? ¿Ofrece ejemplos claros de la vida cotidiana? Todo nuestro cuerpo habla ¿qué expresión corporal tiene el sacerdote?

Más vale un buen silencio que una mala homilía.

3º Dejemos que las parábolas nos rompan los esquemas. Jesús tuvo dificultad para explicar lo que era el reino de Dios. El “gentío” tenía en mente unas ideas sobre el reino y Jesús recurrió a una serie de ejemplos y parábolas que les rompían los esquemas. ¿Cómo leer la parábola de hoy para que también rompa los nuestros?

Muy sencillo: con un bolígrafo marca un punto en la palma de tu mano. Solamente un pequeño punto, como la cabecita de un alfiler. Ahora, ponte de pie y extiende tus brazos como si fueran las ramas abiertas de un gran arbusto.

Muchas semillas de mostaza, de las variedades que se cultivaban en tiempos de Jesús, eran tan pequeñas como el punto que te has marcado y al crecer llegaban a ser tan grandes como el arbusto que has representado con tu cuerpo.

Si no nos sobrecoge el proceso de crecimiento de algo tan minúsculo no podremos entender el ejemplo que puso Jesús. La semilla tiene tal vitalidad en su interior que cuando recibe el agua, el sol y la riqueza de la tierra, despliega todo su potencial.

Hoy diríamos: el reino de Dios se parece a la tarjeta SIM de un móvil. Aunque es minúscula, puede almacenar multitud de documentos, fotos, vídeos… Parece increíble que tanta información valiosa quepa en un dispositivo tan pequeño. Lo importante no es el tamaño o la apariencia de la tarjeta, sino su capacidad.

Hemos recibido las semillas del reino. Son un don gratuito. Con nuestro trabajo, compromiso, oración, denuncia, etc. ayudamos a que desplieguen su potencial, pero la vitalidad está en la semilla, no en nuestras manos.

La Palabra me invita a recuperar el asombro, sembrar sin estrés y cuidar la comunicación. ¿A qué te invita? ¿A qué invita a las comunidades cristianas?

Mari Fe Ramos

[1] https://pastoralsj.org/creer/1924-al-dios-del-agotamiento

Fuente Fe Adulta

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Sembrar Vida: Noble tarea.

domingo, 17 de junio de 2018
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porta15ordADel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. LA SEMILLA Y LA VIDA.

Hemos escuchado dos breves parábolas, que nos hablan de la semilla.

Las semillas, a su vez, nos hablan de vida. Los evangelios están llenos de referencia a la vida. Jesús sana, es pan de vida, agua de vida, multiplica los panes (solidaridad), rehabilita, perdona, etc.

Un grano de trigo, un grano de mostaza son semillas humildes, pequeñas, pero llenas de vida. La vida de la semilla es callada, silenciosa, paciente: va creciendo poco a poco: duermas o veles, de día o de noche, la semilla sigue creciendo, desarrollando toda su vitalidad.

La vitalidad de la semilla no depende del trabajo humano, de los esfuerzos humanos. La semilla está llena de vida en sí misma. La vitalidad la da Dios, no nosotros.

Es valioso todo pequeño gesto de vida: un pequeño trabajo bien hecho, un servicio o ayuda, una limosna, es sembrar vida.

02. LAS PRISAS DE LA EFICACIA. PACIENCIA HISTÓRICA

Los tiempos y los ritmos de vida han cambiado mucho. Nosotros estamos muy distantes de la quietud y calma del mundo rural, casi no sabemos lo que es una semilla y “pensamos” que el trigo y la harina crecen en Eroski.

Por otra parte hoy predomina la eficacia, la prisa, cuando no la ansiedad. La eficacia siempre tiene prisa. Queremos que el trigo salga en quince días. Pero las cosas de la vida requieren tiempo, calma y sabiduría.

En la vida hay que tener paciencia. Paciencia en la educación, paciencia en la historia y recorridos personales.

Es inútil que tiremos de la espiga de trigo, de la planta, porque no va a crecer ni antes, ni mejor y, con toda seguridad la vamos a destrozar o arrancar. La semilla, la planta, las flores, los árboles no crecen a tirones ni con saltos espectaculares, sino poco a poco, humildemente.

03. SIEMBRA Y ESPERANZA.

Cuando se siembra es porque se espera la cosecha. Nadie siembra por sembrar o para pasar el rato. Se siembra para crear vida: Toda siembra supone que hay que saber esperar (esperanza) con calma y paciencia.

Cuesta tiempo que un grano de trigo vuelva a ser espiga. Cuesta mucho tiempo, dedicación y, a veces, sufrimiento, educar un niño, un adolescente. No tengamos urgencias morales, ni precipitaciones en las conversiones, en los cambios personales, sociales, políticos, teológicos, pastorales, etc. porque nos puede invadir la ansiedad, y la ansiedad puede generar miedo, angustia, lo cual puede llevarnos a pretender solucionar las cosas con una insaciable prisa y avidez.

04. NOBLE TAREA LA DE SEMBRAR.

trigoEs importante sembrar, propagar la semilla en la familia, en los colegios, en la cultura. Ahí queda depositada en el barro humano, en la tierra. Es vida, ya brotará. Pero hay que tener paciencia histórica. Seguramente que nos despistaremos en la vida, la juventud no está en la Iglesia, etc. Habremos de echar manos de la parábola del trigo y la cizaña, (Mt 13,24-30). No tengamos prisas, menos tengamos ansiedades, ni descalifiquemos a la gente. La semilla dará fruto.

La semilla es buena, está llena de vida. El barro que somos, la tierra también es buena. La lluvia fecunda la tierra.

Como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, (Isaías 58,10).

Decía Martin Luther King (1929-1968), líder del movimiento de liberación de los negros que «Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol» Martin Luther King

SEMBREMOS VIDA

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«¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?», por José Mª Castillo

sábado, 16 de junio de 2018
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clero-brasil-escolaDe su blog Teología sin censura:

Es un hecho, suficientemente conocido, que el papa Francisco, está encontrando numerosas y, a veces, fuertes resistencias que provienen, no de los tradicionales enemigos de la Iglesia, sino precisamente y de manera sorprendente de sectores importantes del clero. Resistencias que inevitablemente se contagian a no pocos seglares, que se distancian de la Iglesia o desconfían del papa Francisco y sus enseñanzas.

Sea lo que sea de este asunto, no cabe duda que las relaciones del papa Francisco con el clero no son siempre fluidas y sencillas. Este papa ha criticado no pocos comportamientos de hombres del clero, sin reparar en cargos, dignidades y comportamientos de los “hombres de Iglesia” que, en no pocos casos, han puesto al descubierto asuntos turbios o incluso escandalosos. ¿No sería mejor ocultar – o intentar ocultar – determinadas conductas que, al hacerse públicas, escandalizan a la gente y hacen daño a creyentes y no creyentes?

No cabe duda que este papa quiere cambiar muchas cosas. Como el mismo papa ha dicho, hace pocos días, “esto va en serio”. Hasta llegar a donde sea preciso. Hasta las últimas consecuencias

Y ¿cuál sería la última de esas consecuencias? Pues, si es que vamos hasta el fondo y sin miedos, creo que ha llegado el momento de afrontar una pregunta que posiblemente nos asusta: ¿estamos seguros de que Dios quiere que en la Iglesia exista un clero como el que tenemos?

La palabra “clero” no aparece en el Nuevo Testamento. Ese término lo introdujeron algunos escritores cristianos seguramente, en el s. III. Como es sabido, la palabra clero viene del griego kleros, que significa “lote”, en el sentido de “herencia”. De ahí que “clero” se entendió como grupo o conjunto de personas “privilegiadas” o exentas de cargas fiscales y otras obligaciones, que se concedieron a la Iglesia, sobre todo a partir del año 313, con motivo de la llamada conversión del emperador Constantino (Peter Brown, Por el ojo de una aguja, Barcelona, Acantilado, 2016, 103-104). En concreto, los “privilegiados” fueron los dirigentes de la Iglesia. Dicho brevemente, el “clero” se volvió distinguido porque era privilegiado. Así ha sido desde el s. IV. Y así lo sigue siendo.

Sin embargo, si algo hay claro en los evangelios, es que Jesús no quiso ni privilegios, ni privilegiados, en su comunidad de “seguidores” y discípulos. A esto se opuso Jesús, de forma tajante, cuando dos de sus discípulos, Santiago y Juan, pretendieron los primeros puestos (Mc 10, 35-46; Mt 20, 20-28). Y, sobre todo, en la Cena de despedida, Jesús les impuso a sus apóstoles el ejemplo de vida que tenían que llevar: lavar los pies a los demás (Jn 13, 12-15). Lo que era decirles que tenían que ir por la vida, no precisamente como privilegiados, sino como esclavos al servicio de los otros.

Pero ocurrió que, con el paso del tiempo, las cosas cambiaron. Fue entre los siglos IV y VI, cuando obispos y clérigos alcanzaron posiciones de privilegio, enormes riquezas y condiciones que llevaron a aquellos hombres a ser los grandes señores de Occidente. Al decir esto, no pretendo ni insinuar que los clérigos de hoy sean “grandes señores”. No lo son. Pero sí ocurre, no pocas veces, que encuentra uno “hombres de Iglesia” que en realidad lo que buscan en la vida es más “instalarse” en este mundo que “seguir a Jesús”, con todas sus consecuencias.

¿Se puede asegurar que Jesús quiso una Iglesia dividida y separada en dos categorías de cristianos, “clérigos” con poderes y dignidades los unos, “laicos” sumisos y profanos, los otros? Por supuesto, así se ha mantenido sólidamente la religión, sus templos y sus liturgias. Pero, a partir de semejante división, ¿hemos vivido y vivimos mejor el Evangelio? ¿Somos así mejores “seguidores de Jesús”?

El “clero”, tal como lo tenemos y tal como funciona, no fue un invento de Jesús el Señor. Lo inventó el egoísmo humano. Ni pertenece a la “Fe divina y católica” que la Iglesia tenga que estar dividida así. En la Iglesia puede haber ministros del Señor, testigos del Evangelio y personas responsables de las comunidades cristianas, que cumplan tales funciones sin necesidad de ser los “privilegiados” y “consagrados”, como lo vienen siendo desde la Antigüedad tardía.

¿No se podrían ir introduciendo cambios, que el pueblo creyente sea capaz de ir asimilando, para preparar una Iglesia del futuro, que sea menos “clerical”, pero más “evangélica»? ¿O es que nos va mejor con la Religión que con el Evangelio?

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«Qué es más sano?». Domingo 10 Tiempo ordinario – B (Marcos 3,20-35)

domingo, 10 de junio de 2018
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10_to_bLa cultura moderna exalta el valor de la salud física y mental, y dedica toda clase de esfuerzos para prevenir y combatir las enfermedades. Pero, al mismo tiempo, estamos construyendo entre todos una sociedad donde no es fácil vivir de modo sano.

Nunca ha estado la vida tan amenazada por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés o la depresión. Por otra parte, venimos fomentando un estilo de vida donde la falta de sentido, la carencia de valores, un cierto tipo de consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación y tantas otras frustraciones impiden a las personas crecer de manera sana.

Ya S. Freud, en su obra El malestar en la cultura,consideró la posibilidad de que una sociedad esté enferma en su conjunto y pueda padecer neurosis colectivas de las que tal vez pocos individuos sean conscientes. Puede incluso suceder que dentro de una sociedad enferma se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos.

Algo de esto sucede con Jesús, de quien sus familiares piensan que «no está en sus cabales», mientras los letrados venidos de Jerusalén consideran que «tiene dentro a Belzebú».

En cualquier caso, hemos de afirmar que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de las personas. Cuando, por el contrario, las conduce a su vaciamiento interior, la fragmentación, la cosificación o disolución como seres humanos, hemos de decir que esa sociedad es, al menos en parte, patógena.

Por eso hemos de ser lo suficientemente lúcidos como para preguntarnos si no estamos cayendo en neurosis colectivas y conductas poco sanas sin apenas ser conscientes de ello.

¿Qué es más sano, dejarnos arrastrar por una vida de confort, comodidad y exceso que aletarga el espíritu y disminuye la creatividad de las personas o vivir de modo sobrio y moderado, sin caer en «la patología de la abundancia»?

¿Qué es más sano, seguir funcionando como «objetos» que giran por la vida sin sentido, reduciéndola a un «sistema de deseos y satisfacciones», o construir la existencia día a día dándole un sentido último desde la fe? No olvidemos que Carl G. Jung se atrevió a considerar la neurosis como «el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido».

¿Qué es más sano, llenar la vida de cosas, productos de moda, vestidos, bebidas, revistas y televisión o cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en el hogar y en la convivencia social?

¿Qué es más sano, reprimir la dimensión religiosa vaciando de trascendencia nuestra vida o vivir desde una actitud de confianza en ese Dios «amigo de la vida» que solo quiere y busca la plenitud del ser humano?

José Antonio Pagola

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Marina Ibarlucea

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«Satanás está perdido». Domingo 10 de junio de 2018

domingo, 10 de junio de 2018
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962992053-68668015Leído en Koinonia:

Génesis 3, 9-15: Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.
Salmo responsorial: 129: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
2Corintios 4, 13-5,1: Creemos y por eso hablamos.
Marcos 3, 20-35: Satanás está perdido.

Para sus familiares Jesús está loco, fuera de sí. Ha perdido la cabeza y deben contenerlo volviéndolo a su casa y haciéndole reflexionar, para eso llevan a su madre con ellos. Y para los letrados de Jerusalén, Jesús está poseído de un demonio. Loco y endemoniado. Desquiciado y dominado por un mal espíritu. ¡Pobre Jesús! Se necesitaba mucha valentía y convicción para superar opiniones tan negativas de su propia familia y de los maestros de su pueblo. ¡Cómo quedarían de confundidos los discípulos después de escuchar comentarios de tal calibre sobre el Maestro que recién comenzaban a seguir!

Jesús no pierde la serenidad. Enfrenta con firmeza profética a sus adversarios. A los escribas los desenmascara colocándolos delante de sus propias contradicciones. Si está poseído por un demonio ¿Cómo puede echar otro demonio? Si Satanás está contra Satanás significa que su reino está siendo destruido. Si una persona está siendo liberada por el poder de Jesús de la alienación a la que estaba sometida, ¿cómo pueden declarar a Jesús endemoniado, si el que aliena y domina es el demonio? Están luchando contra la evidencia de que Dios ha comenzado a actuar en la historia a través de Jesús. Están luchando para no ver, para cerrar los ojos a la verdad. Están luchando contra el Espíritu de Dios que libera y da vida. Ese pecado no puede ser perdonado porque es cerrazón a la gracia, es contumacia, es obstinación. No niegan a Dios, niegan que la práctica liberadora de Jesús sea de Dios. Y a su familia que lo tiene por desquiciado, Jesús agrega una nueva locura: declara que ese pequeño grupo de hombres y mujeres de Galilea, sentados a su alrededor, son más familia suya que la que lo busca. Esa nueva familia está comulgando con sus ideas y sus enseñanzas más que la otra.

Delante de este Jesús valiente y libre, debemos preguntarnos cuántas veces nosotros mismos que nos decimos cristianos, que nos decimos su comunidad, enmascaramos nuestras cobardías ante lo nuevo de Dios y nos refugiamos en poner etiquetas y descalificar lo que no queremos admitir: que donde hay liberación, más salud, más vida y dignidad está actuando el Espíritu de Dios. Leer más…

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10.6.18. Dios o Satán. Discusión entre Jesús y los escribas (Mc 3, 22-30).

domingo, 10 de junio de 2018
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82d797b0-0bf7-4947-b180-582db1fae786Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 10, tiempo ordinario. Ciclo B.Éste es un pasaje de controversia social y escatológica, una disputa múltiple.

— Acusación de los escribas (3, 22) y respuesta simbólica (parabólica: cf. 3, 23) de Jesús (3, 23-29), estructurada en forma de quiasmo con una advertencia del redactor (3, 30), recogiendo en paréntesis o aparte narrativo la acusación de los escribas (cf. 3, 22).

Respuesta de Jesús con elementos de tipo sapiencial y apocalíptico (3, 23-27), que desemboca en una revelación escatológica (3, 28-29), centrada en el perdón universal de Dios y el pecado «imperdonable» de los hombres (que consiste en destruir a los pequeños).

Se plantea así el tema clave del enfrentamiento de Jesús y los Escribassobre la acción y presencia del Diablo (Belcebú), que negador de libertad y de salvación de los pequeños.

97fa4731-de73-4953-b421-18ed44fd6706 Los escribas acusan a Jesús llamándole endemoniado, porque se opone a su pretensión de dominio destructor, de fondo falsamente religioso.

Jesús se defiende, insistiendo en el pecado contra el Espíritu Santo, que consiste en no dejar que Dios (su enviado mesiánico) libere a los pobres y posesos. Éste es el pecado de aquellos que negando a los otros se niegan y destruyen a sí mismos.

Buen domingo a todos.

Texto. Mc 3, 22-30:

(a. Acusación). 22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene dentro a Belcebú y con el poder del Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.

(b. Discusión) 23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones:¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. 25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. 26 Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. 27 Nadie puede entrar en la casa del Fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al Fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa.

(c. Profundización) 28 En verdad os digo: todo se les perdonará a los humanos, los pecados y cualquier blasfemia que digan, 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno.30 Porque decían: ¡tiene un espíritu impuro!.

Los escribas le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú,

evangelio-de-marcossu señor, dueño malo de la casa del mundo, para destruir el judaísmo: bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), arruina o destruye a todo el pueblo, entregando al conjunto de Israel en manos del Diablo. Remitiendo al tiempo de Jesús, esta disputa nos sitúa en el principio de la iglesia, donde los discípulos, expertos exorcistas (cf. 3, 14-15), reciben el rechazo oficial de los escribas (3, 22). He dividido la escena tres partes. (a) Acusación de los escribas. (b) Discusión sobre Satanás. (c) El perdón. (d) Ratificación.

(a) Acusación de los escribas (3, 22), que bajan (katabantes) de la altura sagrada de Jerusalén, ciudad donde se anudan las tradiciones del pueblo, centrado en el templo. Rechazar su doctrina supone rechazar a Dios. Ellos traen la autoridad de la Ley, son hombres del Libro (sopherim) y están encargados de entenderlo y comentarlo para el pueblo. Lógicamente, al acusar a Jesús, ellos están condenando de hecho a su comunidad. Por eso, tal como aquí está narrada, la escena debe situarse en el tiempo de las disputas eclesiales, más que en el tiempo de Jesús.

Si estos que vienen de Jerusalén con poder de control pueden ser judíos rabínicos, pero también judeocristianos de la línea de Santiago. No se dice dónde están: ¿dentro, fuera de la casa? Evidentemente, no están en el corro, al interior del grupo, acogiendo la voluntad de Dios (cf. 3, 32-34). No vienen a escuchar, saben lo que debe saberse de antemano. Tienen una ley y según ella definen lo bueno y lo malo (lo judío y lo antijudío). No lo hacen por cuestiones de dogma separado de la vida, sino desde su propia visión de la pureza judía, amenazada por Jesús. Así le acusan:

− Tiene a Belcebú (3, 22) que significa Señor de la casa. Ese nombre se podía entender en sentido positivo: el mismo Dios, quizá Jesús, es Señor de la morada/casa del mundo y así puede realizar los exorcismos, expulsar a los demonios, curar a los enfermos y acoger a los posesos, leprosos, paralíticos (cf. 1, 21-2, 17). Pero aquí tiene sentido negativo: Belcebú es Señor de la morada demoníaca, Dios de suciedad (o de las moscas), un ídolo pagano (quizá originario de Ekron, en la franja filistea), identificado por los judíos con el Diablo. Jesús sería por tanto un anti-dios, encarnación de lo satánico.

− Y con poder del Príncipe de los demonios expulsa a los demonios (3, 22). El reino de lo malo tiene un Príncipe, llamado en hebreo Satán o tentador, a quien en griego nombran Diablo; en otras versiones ha tomado el nombre de Mastema o Azazel y se dice que se ha opuesto a Dios y lucha contra su poder sobre la tierra. A sus órdenes combaten los innumerables demonios o espíritus menores que llenan el mundo y lo infestan de locura, enfermedad y muerte.

La condena de los escribas resulta coherente: Sólo el Dios de Israel es para ellos el Señor de la Morada Buena y ejerce su reinado desde Jerusalén, salvando a los humanos a través del judaísmo; el Diablo, en cambio, es Señor de la Morada Mala y quiere destruir la obra de Dios por todos los medios a su alcance. Al servicio de ese Diablo obra Jesús: parece bueno lo que hace; como un hombre piadoso ayuda a posesos y enfermos, pero en realidad actúa así para engañar a los ingenuos, destruyendo al judaísmo y encerrando a los humanos bajo el reino implacable de Satán.

Ésta es la sentencia final de unos letrados oficiales que han venido de Jerusalén para observar a Jesús y definir con autoridad el sentido de su obra. Han verificado su conducta, han sopesado su intención de fondo y su manera de enfrentarse al poder de lo satánico en el mundo. Han visto claro y pueden emitir su veredicto.

No se sientan en el aula de condenas capitales (como harán en 14, 53-66, con sacerdotes y ancianos), pero a nivel social y religioso ya han fijado la sentencia: ¡Culpable de magia diabólica o satanismo! Este tribunal se coloca en el lugar de Dios, en cuyo Nombre (viniendo de Jerusalén y apoyándose en su Ley) dicta sentencia. No se limita a rechazar algunos rasgos menores del mensaje de Jesús: no le acusa por desviaciones secundarias. Ha visto lo que hace y desde Dios emite sentencia:

— Es una sentencia teológico-social. El tema de discusión no es Dios, en plano de teoría o de experiencia individual sino saber cómo se expresa, a través de quién (de qué comunidad o iglesia) actúa, cómo se manifiesta en la vida social. El tema de fondo es el de saber cuáles son las mediaciones sociales de la manifestación y presencia de Dios.

— Es sentencia razonada y razonable. Los escribas no parecen envidiosos o engañado: piensan que el movimiento de Jesús es un peligro pues destruye la identidad social del pueblo israelita. Por eso su más hondo deber (cf. Dt 17) les obliga a dar sentencia: piensan que Jesús es emisario de Satán y así lo tienen que decir, en nombre de Jerusalén y el judaísmo.

Los demonios son muchos: son poderes del mal que oprimen y destruyen a los hombres. El Príncipe de los demonios, a quien el texto llama también Satanás (3,23), recibe aquí el nombre popular de Belcebú, un viejo «Dios de la casa» (de origen quizá filisteo), a quien los judíos han interpretado como «Dios o Señor de las moscas», es decir, de los vivientes inferiores, infectos, de este mundo.

La acusación sigue la lógica de todas las noticias precedentes sobre el exorcismo de Jesús: expulsa a los demonios, los demonios le conocen y confiesan… ¿No será que actúa en colaboración con ellos? ¿No será que quiere destruir las bases de la santidad israelita, buscando un nuevo pueblo de leprosos-publicanos, dominados por Satanás? La acusación se encuentra bien articulada: a través de su (aparentemente bueno) exorcismo, Jesús seduce al pueblo. Esto es lo que quieren mostrar los escribas, utilizando para ello su poder o control sobre la ley, queriendo destruir así las pretensiones del falso profeta nazareno. Leer más…

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«Desconfianza, condena, aceptación». Domingo 10. Ciclo B

domingo, 10 de junio de 2018
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115a6555-edb8-44bf-9593-4391e7eadd27Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

… Mi hermano y mi hermana y mi madre

Después de tantas fiestas (Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi), volvemos al Tiempo Ordinario y a los comienzos de la actividad de Jesús. Ateniéndonos al relato de Marcos, después del Bautismo y las Tentaciones, Jesús ha predicado en la sinagoga de Nazaret y ha realizado diversos milagros. Sin embargo, su forma de actuar, sus ideas y sus pretensiones, provocan la oposición de los fariseos que, ya desde el principio, «se pusieron a planear con los herodianos la forma de acabar con él» (Mc 3,6). Pero todavía queda mucho para la pasión y muerte. Jesús sigue ganando popularidad en todas partes (3,7-12) y elige a los doce (3,13-19).

En este momento comienza el evangelio de hoy. Se compone de tres episodios que reflejan tres actitudes ante Jesús: 1) Desconfianza: la familia de Jesús desconfía de él y piensa que está loco. 2) Condena: los escribas lo acusan de endemoniado. 3) Aceptación: hay personas que se convierten en la verdadera familia de Jesús.

Desconfianza de la familia

EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de si.

Los escribas y fariseos se escandalizan de lo que hace y dice Jesús. La reacción de su familia es distinta. Cuando se entera de que no tiene tiempo ni para comer, piensan que está loco, «fuera de sí» (evxe,sth), y quieren llevárselo a la fuerza a Nazaret. Al principio no queda claro quiénes son «los suyos» (oi` parV auvtou/). Al final, cuando lleguen a Cafarnaúm, sabremos que son «tu madre y tus hermanos y tus hermanas». Toda la familia.

Para Mateo y Lucas, la simple sospecha de que la familia de Jesús lo considerase «fuera de sí» resultaba inaceptable, y suprimieron estos versículos de su evangelio: la madre y los hermanos bajan a visitarlo, no porque desconfíen de él. Sin embargo, el evangelio de Juan confirma esta desconfianza de sus hermanos (no de María): «sus hermanos no creían en él» (Juan 7,5). Si queremos conocer bien a Jesús, este dato es fundamental. Las críticas de escribas y fariseos, el rechazo de los sacerdotes, el desinterés de muchos de sus oyentes, le resultarían dolorosos; pero la desconfianza de la propia familia sería algo más duro de lo que podemos imaginar. Sin embargo, el saberlo serviría de consuelo a tantos cristianos del siglo I para los que hacerse cristianos supondría un enfrentamiento a la familia.

Condena de los escribas

Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

-Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:

-¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.

Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.

En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Los grandes conocedores de la Ley de Moisés, los escribas, emiten un juicio más radical: «Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Lo peor que puede decirse de uno que pretende hablar y actuar en nombre de Dios. A nosotros puede extrañarnos que el evangelista dedique tanta atención a este tema, pero Jesús debía defenderse, y las comunidades cristianas saber responder a esta acusación gravísima. Curiosamente, Jesús no reacciona de forma airada. Se porta como un maestro que hace reflexionar a sus alumnos y los instruye. Su breve discurso contiene un argumento, una enseñanza y una amenaza.

El argumento es de sensatez: si Satanás se introduce en Jesús para expulsar a los endemoniados, está luchando contra sí mismo, destruyéndose. Solo un estúpido puede decir que Jesús «expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

La enseñanza se centra en la victoria de Jesús sobre Satanás. Los discípulos, al ver los milagros de Jesús y las curaciones de endemoniados, pueden considerarlos hechos aislados, sin relación entre ellos. Para Jesús, demuestran que él ha vencido a Satanás, el aparentemente forzudo, y por eso puede arrebatarle todas sus víctimas. La primera lectura de hoy, tomada del Génesis, pienso que se ha elegido porque anuncia esta victoria de Jesús sobre el demonio.

La amenaza se dirige a los escribas y a quienes piensan como ellos: quien considere a Jesús un endemoniado, blasfema contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón jamás. Es el famoso «pecado contra el Espíritu Santo», que desconcertaba a un amigo mío y no sabía cómo interpretar. Sin embargo, me parece fácil: cada vez que Jesús perdona los pecados lo hace con el poder del Espíritu; quien dice que ese espíritu es el demonio, se cierra el perdón, porque Satanás no puede perdonar.

Aceptación

Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice:

-Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.

Él les pregunta:

– ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:

-Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Jesús ha terminado su breve discurso y le avisan de su familia está fuera y lo busca. Una vez más comienza formulando una pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos»? Como Sócrates, quiere que la gente piense, aunque lo más probable es que nadie respondiera nada. Pero así adquiere más fuerza la solución: «El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Esas palabras las dirige a quienes los rodean y escuchan. Porque la condición indispensable para hacer la voluntad de Dios es escuchar a Jesús. Y ellos lo hacen. Ellos son la familia de Jesús.

En nuestra sociedad, muchos presumen de «conocer» a una familia importante, de haberla visto un día en directo, incluso de haber dado la mano a alguno de ellos. Tenemos un motivo de orgullo mucho mayor: ser la familia de Jesús… si lo escuchamos y cumplimos lo que nos dice.

Nota pastoral para la homilía

En el evangelio hay dos cuestiones que pueden resultar complicadas (por no mencionar la primera lectura, en la que todo es complicado):

1) La familia de Jesús. El mismo Marcos ofrecerá más tarde los hombres de los hermanos: Santiago, José, Judas y Simón. No creo que merezca la pena, en una homilía, perderse en las discusiones sobre este tema: si eran hijos de un primer matrimonio de José (cosa que ya rechazaba san Jerónimo), si se trata de primos hermanos (el concepto de «hermano» es muchísimo más amplio entre los pueblos semitas que entre nosotros), etc.

2) Quienes disfrutan hablando del demonio, como Marcos, tienen este domingo materia abundante. Pero otros pueden sentirse molestos de tener que abordar este tema. El ejemplo de Mateo y Lucas es muy instructivo. Cuando encontraban en Marcos algo que podía escandalizar o extrañar a sus lectores, lo omitían.

Algo me parece esencial en el evangelio de hoy: las actitudes tan distintas que provoca la persona de Jesús, que siguen dándose hoy día. No creo que nadie lo acuse de endemoniado (cada vez son menos los que creen en el demonio); pero el rechazo de su persona, o el rebajarlo a un simple iluso «fuera de sí», son reacciones muy frecuentes. Aunque su familia sea pequeña (cada vez más), aconsejaría centrar en ella la atención.

 

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Domingo X del Tiempo Ordinario. 10 de junio de 2018

domingo, 10 de junio de 2018
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“Y pasando la mirada por el corro, dijo: -Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.”

(Mc 3, 20-35)

El evangelio de Marcos acaba de comenzar, nos encontramos en el tercer capítulo. Sin embargo, la incomprensión y la oposición a Jesús ya es bien palpable.

Por un lado, su familia lo busca porque piensa que “no está en su cabales”. Por otro lado, los letrados, las personas influyentes del tiempo de Jesús, andan diciendo que Jesús tiene un demonio dentro.

La verdad es que todo junto no se puede catalogar como un buen inicio. Se oye decir eso de que “si es de Dios saldrá”. Es una frase peligrosa.

¿Acaso todo lo que acaba “saliendo” es cosa de Dios? Porque es evidente que muchas veces prosperan cosas que son malas de raíz. Y también sucede que muchas veces hay cosas buenas que encuentran grandes obstáculos y acaban por no salir.

Nosotras, las personas cristianas, creemos que lo de Jesús venía todo de Dios, sin embargo no le salieron las cosas muy bien que digamos. La marca de Jesús es la marca del fracaso personal.

Es condenado a muerte como un criminal, se oponen a él tanto el poder religioso como el poder civil de su tiempo, su grupo de seguidores le abandona y de su familia no volvemos a saber nada, desaparece aquí, al principio del evangelio, y lo que sabemos es que pensaban que estaba loco.

Tendemos a relacionar lo bueno que nos pasa en la vida con la voluntad de Dios y eso está bien. Dios habita nuestras alegrías y, como nos recuerda el profeta Sofonías, ¡es el primero en danzar y saltar de alegría por nosotras! De esto no hay duda.

Pero de lo que no deberíamos dudar ni un solo instante es que Dios habita también nuestros fracasos. Dios también está en la adversidad, es más, nos lleva la delantera (Cfr. Mc 10, 32)

Dios en Jesús nos dice que Él ha querido ocupar esos lugares de desprecio y sin razón, de dolor y de sufrimiento. La muerte en cruz de Jesús es el grito de Dios por la humanidad sufriente. Es la compasión de Dios encarnada y doliente que acompaña a cada una de sus hijas.

Los cristianos deberíamos estar convencidos de que Dios está en cada fracaso humano, en toda adversidad y sufrimiento. No, Dios no nos envía el sufrimiento, no. Lo que hace Dios es sufrir con nosotros, arrimar el hombro, procurar que el peso de la adversidad no nos aplaste.

El sufrimiento forma parte de la existencia humana. Eso lo sabemos todos por propia experiencia. Desde el momento en que nacemos, antes incluso de respirar, experimentamos el sufrimiento. Dicen los expertos que el parto es doloroso tanto para la mujer que da a luz como para la criatura que nace.

Sí, el sufrimiento es un misterio que acompaña la existencia humana y Dios no ha querido desentenderse, al contrario, ha elegido pasarlo con nosotros. Ha querido ser hijo y hermano nuestro.

Oración

Regálanos, Trinidad Santa, esa hermosa mirada de Jesús, que nuestros ojos se encuentren con los suyos y podamos reconocernos como hermanas, y hermanos, y madre suyas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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