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¿Quién es este Jesús que ha nacido entre nosotros?

domingo, 19 de enero de 2020
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El evangelio de este domingo, con el que volvemos al tiempo ordinario después de vivir las fiestas de Navidad, nos invita a hacer una reflexión sobre lo que hemos celebrado, sobre lo verdaderamente importante de estos días.

¿Quién es este Jesús que ha nacido entre nosotros? ¿Cómo es esta persona que el Padre nos ha enviado? ¿Cómo afecta a nuestras vidas?

Son las preguntas que se hicieron las primeras comunidades cristianas y son sus respuestas las que nos llegan en este texto que el evangelio de Juan pone en boca de Juan Bautista, saltándose toda cronología.

Juan Bautista que nos ha acompañado durante el Adviento es ahora, al terminar el tiempo de Navidad, el que nos dice: “estad atentos, abrid los ojos, descubrid quién es en verdad este Niño que nos ha nacido y cómo tiene la fuerza del amor para liberar vuestras vidas”.

Juan no habla de oídas, no lo ha estudiado en los libros… nos habla de su propia experiencia. Afirma que “ve” a Jesús que se le acerca, que viene a su encuentro y descubre en Él algo nuevo, que “no conocía”. Descubre exactamente quién es Jesús. Ese al que él mismo salió a anunciar, aun sin conocerle. Y eso que “ve” no le deja indiferente, le afecta, le hace tomar postura, resituarse: no soy yo el que va delante aunque haya salido a anunciarle, Él va delante porque existía antes, porque su lugar es el primero. Por eso lo testifica con fuerza, hasta con solemnidad.

Confiesa a Jesús como el “cordero de Dios”. Expresión muy familiar y significativa para el pueblo judío contemporáneo de Jesús, pero no para nosotros. Era para ellos una clara referencia a la salida de Egipto, al cordero con cuya sangre se marcaban las puertas de los judíos y los libraba de la muerte abriéndoles el camino a la liberación, a la salida del lugar de su esclavitud para vivir en libertad (Éxodo 12). Les recuerda el cordero que se mataba para comerlo y celebrar cada año en la fiesta de la Pascua, este acontecimiento fundamental para la vida y la fe del pueblo.

Pero Juan continúa “este cordero de Dios quita el pecado del mundo”. Es una frase que procede de mucha reflexión teológica y nos puede llevar a descubrir lo que los primeros cristianos pensaban de Jesús.

Habla de pecado, en singular. No pecados, como estamos más acostumbrados a utilizar nosotros. No nos está hablando de los pecados o fallos individuales sino de la situación global de la persona humana de opresión, que le impide ser plenamente persona según el plan de Dios. Esta opresión puede ser causada por otro ser humano o por nosotros mismos. Es la injusticia, la humillación, la esclavitud en sentido moral y físico. De ahí se desprenden los demás pecados.

Jesús quita el pecado del mundo con su forma de vivir, eligiendo una vida de servicio, de humildad, de pobreza y entrega hasta la muerte. Esta actitud es fruto de una radical libertad que le permite ser “hombre auténtico”, suprimiendo de su vida toda opresión y anulando toda forma de dominio sobre él. Jesús vivió esta libertad durante su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por las costumbres o tradiciones impuestas por los letrados y fariseos.

Jesús nos salva ayudando a todos los oprimidos a salir de su situación. Siempre que está en sus manos, los salva de la opresión física, de la enfermedad, y los llama a ser libres, a no dejarse oprimir por nadie, de ninguna forma, a ser auténticamente personas, a no dejarse envolver de nuevo por el dominio del pecado: “no peques más”.

Esto que descubre Juan nos puede llevar a preguntarnos, ¿Quién o quienes nos oprimen hoy a nosotros? ¿De qué somos esclavos, de qué o de quienes dependemos, de forma que nos impiden ser libres, vivir la libertad y la salvación que Jesús nos ofrece? Y también, ¿qué formas de opresión estamos ejerciendo sobre otras personas? ¿Somos personas que ayudan a los demás a liberarse de cualquier clase de esclavitud?

Juan completa su testimonio, profundizando su mirada: “He contemplado”. Contemplar es más que ver, es observar con atención, interés y detenimiento. Es reflexionar serena, detenida, profunda e íntimamente…  Y añade: He contemplado al Espíritu que estaba con Él. Y esa contemplación le abre los ojos y puede descubrir, en la persona del nazareno, al Mesías del Señor, al esperado de los profetas. Descubre el origen divino de Jesús, cuando percibe que en él está el Espíritu. Por eso ya no es él, Juan, que bautiza con agua, el que debe seguir bautizando, sino Jesús, el Hijo de Dios, quien bautizará con Espíritu Santo y fuego.

“Ver” bajar el Espíritu, descubrir que el Espíritu se ha posado en Jesús es la clave de este testimonio de Juan. No procede de su esfuerzo, de su vida austera y sacrificada, es un don de Dios, por eso es de fiar. Por eso va más allá de las apariencias: “Viene detrás de mi (humanamente Juan ha nacido antes que Jesús) pero realmente, como Hijo de Dios que es, lo importante más allá de la apariencia de un humilde nazareno, existía antes que yo”

Nuestra fe en Jesús nos lleva a esa profundidad de mirada, a descubrir el Espíritu de Dios presente y actuando en nuestro mundo, en nuestra historia. Esta es la consecuencia de la Navidad que acabamos de celebrar. Dios “ha puesto su tienda entre nosotros” y su Espíritu está en la entraña de nuestra vida y en la entraña misma de la historia de la humanidad.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Un salto cualitativo

domingo, 19 de enero de 2020
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Juan-1-29-34-3-660x330Domingo II del Tiempo Ordinario 

19 enero 2020

Jn 1, 29-34

La comunidad del cuarto evangelio pone en boca del Bautista su propio credo: Jesús es el “Hijo de Dios”. Esta afirmación constituye el núcleo mismo de la fe cristiana y, por ello, la ruptura definitiva con la ortodoxia judía, de la que provenían los primeros discípulos.

          En sí misma, tal proclamación suponía un salto cualitativo con respecto a la creencia anterior: Dios no era (únicamente) el ser transcendente que habitaba los cielos, sino que se había hecho uno de los nuestros –es el misterio cristiano de la “encarnación”–, con lo que transcendencia e inmanencia quedaban fundidas en un abrazo definitivo. Con Jesús, como afirma el propio evangelio de Juan, “Dios acampó entre nosotros” (1,14). Se ha roto la distancia entre el cielo y la tierra –eso es lo que significa la imagen del “cielo rasgado”, de que se hablaba en el relato del bautismo–, se ha desvelado la no-separación radical entre “Dios” y el “mundo”. Todo eso es lo que la fe cristiana afirma al creer en Jesús como “Hijo de Dios”.

          Si el inicio del cristianismo supuso un salto cualitativo en la comprensión religiosa, no me parece exagerado afirmar que a nosotros nos ha correspondido vivir otro de no menor envergadura.

          Si en aquel se proclamaba que Dios se había hecho uno de nosotros, en este se nos hace manifiesto que todo lo que los creyentes dicen de Jesús es extensivo y aplicable a todos los seres humanos. No son de extrañar, por tanto, las resistencias que aparezcan por parte de quienes se hallan en la “ortodoxia” anterior. Pero, aunque cueste creerlo, lo que es Jesús lo somos todos.

          Divinidad y humanidad-mundanidad son solo las “dos caras” de lo real. La inmanencia es la forma que adopta la transcendencia al hacerse manifiesta. No hay separación alguna. Dios no es un Ser separado. Las formas no son sino modos (disfraces) en los que Dios se oculta.

          Lo que llamamos “Dios” es el Fondo de todo lo real, nuestra identidad última. Es la Vida que somos, experimentándose en estas formas concretas. Somos Plenitud que se percibe (casi siempre) como carencia, Presencia ilimitada que (casi siempre) se imagina temporal, somos Dios tomando forma humana… Es el misterio cristiano de la encarnación llevado hasta su final.

          Ahí se manifiesta la comprensión que ilumina de raíz la paradoja humana: somos alegría en la tristeza, fuerza en la debilidad, luz en la oscuridad, certeza en la incertidumbre, amor en el desencuentro…, Vida en la muerte. Lo que, desde el teísmo, se afirmaba de un “Dios” separado, no era sino nuestra identidad más profunda.

¿Me abro a percibir las “dos caras” de lo real?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Contemplación es el tranquilo demorarse del hombre en la presencia de Dios, (K Rahner).

domingo, 19 de enero de 2020
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descargaDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Epifanía – Bautismo.

            Parece como si la navidad, la epifanía y el bautismo del Señor se alargaran un poco en el evangelio de hoy, que de nuevo nos presenta el bautismo de Jesús, si bien esta vez en la versión de san Juan.

  1. Juan bautista un hombre bien plantado.

            Desde el Adviento hasta hoy Juan Bautista nos viene acompañando en la liturgia de la palabra. Hombre más bien fuerte y de “armas tomar”: raza de víboras, ya está el hacha, etc.

Juan Bautista reconoce que no conoce a Cristo, ¿pero si era su primo? Sus madres / padres se veían con frecuencia, etc. A lo mejor es que Juan Bautista no había llegado a la fe, no conocía a Cristo…

La gente siempre expectante de novedades pudo ver en Juan Bautista al mesías anunciado. Juan B adquirió fama, sin embargo es consciente de que él no es quien tenía que venir, reconoce su indignidad: no soy digno de desatar ni los zapatos del Mesías, etc.

¡Anda que no conocemos “salvapatrias”, “salvadiócesis” y “adláteres” del poder!

  1. La contemplación y el horóscopo.

            En el texto del evangelio de hoy podemos observar una nueva actitud en Juan Bautista (y en el ser humano): en el ser humano: he contemplado. Juan B contempla, mira contemplativamente la realidad y la vida, contempla el Espíritu de Cristo.

            Podríamos decir que Juan Bautista llega a la fe en Jesús contemplando el espíritu, el estilo, las palabras, los pasos de Jesús.

            Una visión contemplativa de la vida ofrece otra perspectiva y otro modo de ser y estar infinitamente más noble y sereno.

contemplación

            Contemplación es un término que viene del latín: Templo. Significa etimológicamente algo así como el atrio de los templos en los que la gente se detenía e intentaba escrutar los designios de los dioses, contemplar el cielo.

            Como definición nos puede pillar un poco lejana, aunque no tanto como contenido, pues al fin y al cabo todos los humanos sentimos una necesidad de escrutar el futuro, nuestro porvenir, etc. ¿Qué otra explicación tiene la proliferación de tarots, horóscopos, lectura de manos, mediums, canales de radio y tv en los que por un módico precio y abundantes memeces te auguran un futuro sonriente en el trabajo, en la vida afectiva y demás?

            Siempre el ser humano ha pretendido adentrarse y hacerse con el futuro: augurios, sortilegios, suertes han estado y están presentes en todas las culturas y también en la Biblia.

  1. La contemplación es otra historia: una actitud personal.
  2. Rahner tiene una preciosa definición de lo que es la contemplación:

Contemplación es el tranquilo demorarse del hombre en la presencia de Dios.[1]

            Qué bien expresado queda lo que se puede entender por contemplación. Contemplar requiere tranquilidad, calma en la presencia de Dios, en las cuestiones de la vida.

            Contemplar es demorarse: contemplar es quedarse y espaciarse en lo que hemos encontrado como valioso, contemplar es “perder el tiempo” en lo que creemos, en lo que celebramos, en lo que “no llegamos”, en la estética, en la verdad.

            Contemplar es permanecer en la presencia de Dios. Santo Tomás decía permanecer quedamente en la verdad.

            Permanecer tiene el sentido de quedarse disfrutando o viviendo en el interior de lo que hemos hallado en la realidad de la vida: la Verdad, el bien, la belleza, la cultura, la música, las pequeñas cosas valiosas de la vida, quedarse en Dios.

            Contemplar es también un modo de ser y estar en la vida. Vivir estar consciente y serenamente.

            Hay quien vive a mil por hora, precipitadamente y todo lo que toca lo convierte en un manojo de nervios. Se nos han metido los calambres en el cuerpo -y en el alma- y no hay quien pare en casa, en el trabajo, en la iglesia, en la vida.

  1. Contemplar no es una cuestión religiosa de unos monjes y monjas.

            A veces pensamos que la contemplación es un estilo de vida en el que vive un “resto” de personas: hombres y mujeres que se han retirado del “mundanal ruido”:

¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido

y sigue la escondida senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!

(Fray Luis de León)

            Me parece a mí, que la contemplación no es una cuestión inicialmente cristiana, ni tan siquiera religiosa.

            Contemplar es una necesidad del ser humano. Es tan necesario contemplar como respirar.

            Dicen que el poeta Juan Ramón Jiménez era ateo. No lo sé. Pero un hombre que compuso aquellos poemas, era un hombre contemplativo y estaba muy cerca de Dios, lo mismo que Unamuno, Antonio Machado, García Lorca, etc. El bardo vasco, Imanol Larzabal, que traduce-compone al euskera el cántico espiritual de San Juan de la Cruz, era un hombre contemplativo.

La experiencia cristiana y el lenguaje religioso se expresan por medio de metáforas, símbolos y la poesía. Otros lenguajes: el jurídico, dogmático, apenas pueden expresar muy rudamente lo que se ha contemplado.

El lenguaje religioso es siempre metafórico. Las metáforas no describen la realidad, sino aluden a ella simbólicamente, muchas veces de un modo inexpresable en conceptos. El lenguaje religioso no es de ideas “claras y distintas”, como muchas veces confunde la teología dogmática y no digamos nada los fanáticos religiosos.

El lenguaje religioso es más bien como la poesía: nos habla con metáforas, imágenes, símbolos… que muchas veces evocan nuestro subconsciente, personal y colectivo.

Jesús no puede ser el cordero de Dios, porque no es, en absoluto, un cordero. Ahora bien esa expresión tiene un significado. Pero, cuando alguien te enseñe las estrellas, no te quedes mirando el dedo.

  1. dejarse embargar por dios

            De un tiempo a esta parte se están multiplicando las técnicas de oración, de relajamiento, de contemplación. Me parece a mí que este asunto de la oración y contemplación hoy en día se parece más a una clase de aerobic en el gimnasio que a una serena oración contemplativa. El yoga, el zen, la meditación transcendental, el eneagrama, etc. son un cúmulo de ejercicios “gimnásticos”: respira hondo, deje la mente vacía, en blanco, etc.

No es lo mismo vivir en el vacío, que vivir en el silencio de Dios acogiendo su Palabra, acogiendo la voz de la ultimidad. Los vacíos humanos los llena Dios, decía el escultor Oteiza, que no era un hombre especialmente ortodoxo, ni mucho menos.

            Probablemente la contemplación es algo mucho más pasivo y consista en un dejarse embargar por la realidad de la vida (y de Dios):

en ocasiones la vida es creativa: un nacimiento, el Universo, la primavera, la creación son realidades o acontecimientos a contemplar. en ocasiones la existencia es telúrica: la fuerza destructora de la naturaleza: inundaciones, volcanes, terremotos, la fuerza de un cáncer, etc. A veces la vida se ve forjada por acontecimientos: encuentros y desencuentros, opciones, despedidas, muertes. Hemos de saber contemplar las desgracias en la vida.

Contemplar es dejarse impregnar el fondo de nuestro ser, de la vida, por Dios, por la ultimidad.

Cuando contemplamos (salmo 8) un amanecer o una puesta de sol: Dios se nos da. Cuando nos dejamos amar en un enamoramiento, aunque sea a destiempo, Dios se nos da. Cuando contemplamos el sufrimiento de un enfermo, de unos padres a los que se les ha muerto su hijo, Dios se nos da. Cuando contemplamos con indignación la explotación de los países y personas más pobres, Dios se nos da.

Contemplar -posiblemente- es dejarse embargar por la realidad, por la vida, por Dios.

  1. Posiblemente evangelizar es contemplar.

            No solamente en el mundo cultural cristiano, sino en la sociedad, la poesía es algo que ha quedado relegado como una cuestión inútil.

            El lenguaje del magisterio, de los Obispados es jurídico, dogmático; todo son disposiciones, órdenes, larguísimas encíclicas duras de lenguaje.

            Quizás hoy en día evangelizar es ayudar a “estar en sí”, “en silencio”, contemplando: el amor en la vida, en la amistad, en el trabajo realizado lo mejor posible en el pequeño mundo cultural, en una celebración, ante las cuestiones humanas con profunda nostalgia.

             He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo

[1] K. Rahner – H. Vorgrimler, Diccionario Teológico, Barcelona, Ed Herder, 1970, 120.

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Por lo más oscuro amanece Dios

viernes, 17 de enero de 2020
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Refugiados que vienen y no saben a dónde van…
“Menas”, así les llaman, perdidos, asustados, acosados…
Políticos incompetentes, inconscientes, corruptos y descarados…
Brockers, háckers, financieros, empresarios, psicópatas y encanallados…
Obreros y obreras, parados, desanimados, precarios y desclasados…
Jóvenes empapados de una desesperanza atroz
sólo sustituida a veces por sucedáneos de fugaces ilusiones,
fuegos fatuos, adicciones, espectáculos, ficciones…
Cambio climático acelerado, fascismo, neoliberalismo y terror…

¿Acaso en este mundo presente se puede ser
sencilla y maravillosamente humano
sin que se nos rompa la esperanza, la vida y la fe?

Se lo pregunto a Pulgarcito y me responde:
– No lo sé, de verdad que no lo sé.
No puedo ya volver a casa de mis padres,
¡nos perderían otra vez!

Se lo pregunto a Luis Guitarra
y me lo canta: “¡Hay que desaprender!”

Se lo pregunto a Atlante, aquel gigante
que sostiene sobre sus hombros la esfera:
– ¡Uf!, ¡ya no puedo más, joder!
Este pedazo de joya se me va a caer y romper!

Se lo pregunto a Habacuq y me contesta:
– Gimo ante el día de la angustia…
Pero Dios me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.

Le pregunto a Rabindranath Tagore:
– Cada niño que viene al mundo nos dice:
“Dios aún espera del hombre”

Y yo le insisto: Pero ¿qué espera? ¿Qué?
¿Qué?

Entonces se lo pregunto a María y a José:
– ¿Qué te vamos a decir nosotros?
No entendemos lo que pasa…
Pero sabemos lo que nos toca hacer.

Y el Niño Jesús, convencido, balbucea:
– Por lo más oscuro amanece Dios.
Pero hay que estar muy atentos, en vela
y en conexión, perseverantes en la espera…
para que vosotros mismos seáis como yo
la salvación que viene de Dios.

Entonces y aún sin acabar de comprender
del todo las palabras de Jesús…
Se apiada de mí Artabán el mago
y me susurra muy quedo:
“La corteza de esta tierra la podemos recorrer:
Alegrías y tristezas, bondad, locura e insensatez…
Toda la vida aprendiendo; pero quizás sin entender…
Sólo las que se conectan a Aquél que nos da el ser
encuentran la Sabiduría, la Paz y la Alegría…
¡A Dios y que te vaya muy bien!

*

Luis Sandalio

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda
la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Cuando los menas eran niños y niñas españoles.

Los Niños de la Guerra

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Testigo del amor de Dios al mundo

lunes, 13 de enero de 2020
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JONATHAN SCARFE, JOHNATHON SCHAECH

Al ver más claro que tu vocación es la de ser testigo del amor de Dios al mundo, y al crecer tu determinación de vivir esta vocación, aumentarán los asaltos del enemigo. Oirás voces que te dirán: «No eres digno, no tienes nada que ofrecer, no tienes atractivo, no suscitas ni deseo ni amor». Cuanto más sientas la llamada de Dios, más descubrirás en tu propia alma la batalla cósmica entre Dios y Satán. No tengas miedo. Continúa profundizando en la convicción de que el amor de Dios te basta, que estás en manos seguras, y que eres guiado en cada paso de tu camino. No te dejes sorprender por los asaltos del demonio. Aumentarán pero, si los enfrentas sin miedo, descubrirás que son impotentes.

        Lo que importa es aferrarse al verdadero, constante e inequívoco amor de Jesús. Cada vez que dudes de este amor, vuelve a tu morada interior y escucha allí la voz del amor. Solamente cuando sabes en tu ser más profundo que eres íntimamente amado, puedes afrontar las oscuras voces del enemigo sin ser seducido por ellas.

        El amor de Jesús te dará una visión cada vez más clara de tu vocación, así como de las muchas tentativas de arrancarte de aquella llamada. Cuanto más sientas la llamada a hablar del amor de Dios, más necesidad tendrás de profundizar en el conocimiento de este amor en tu mismo corazón. Cuanto más lejos te lleve el camino exterior, más profundo debe ser tu camino interior. Sólo cuando tus raíces sean profundas, tus frutos podrán ser abundantes, pero tú puedes afrontar sin miedo al enemigo cuando te sabes seguro del amor de Jesús .

*

H. J. M. Nouwen,
La voz interior del amor,
Madrid 1998.

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«Empezar «, por José Arregi

lunes, 13 de enero de 2020
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empezar-de-ceroLeído en su blog:

La Nochevieja, el Año Nuevo, las campanadas, las uvas, los brindis, las galas me emocionan mucho menos que la sonrisa de un niño o de una abuela, o la grácil lavandera blanca o pajarita de las nieves que cada día viene a picotear migajas de pan en la terraza. La mesa de cada día o una campanada cualquiera me emocionan mucho más.

Pero comprendo la excitación de la gente en ciertas fechas. La vida sería más triste sin ritos, esos momentos, lugares y gestos simbólicos capaces de iluminar, siquiera por un momento, la rutina de la vida, capaces de encender una chispa en nuestro corazón, de transportarnos más allá, de alentar nuestra esperanza, de despertarnos al Infinito bueno. De animarnos a estrenar la vida. El motivo y la forma es lo de menos.

Bienvenido, pues, nuevo año 2020, aunque bien sabemos que ni has llegado ni te irás, que no eres más que una convención de nuestras culturas y no existes más que en nuestros calendarios. Tu identidad es arbitraria como nuestras pesas y medidas, fronteras y gramáticas, y como todas nuestras doctrinas y dogmas, aunque los señores de la ortodoxia no lo saben todavía. Es como no saber que el solsticio de invierno en Roma es solsticio de verano en Lima. Así es con todo lo que creemos, pensamos y decimos. Así sucede que los chinos te inaugurarán el 25 de enero, el 19 de septiembre los judíos y el 19 de agosto los musulmanes, y serás el año 4717 del primer calendario para los chinos, el 5781 de la creación del mundo (!) para los judíos y el 1442 de la hégira o “salida” de la Meca para los musulmanes.

Pero sé bienvenido, año nuevo o como queramos llamarte a ti, tan ingenioso como ingenuo marco construido por nuestra mente para domesticar el enigma del tiempo y del espacio o del movimiento de la luz y de los astros, el enigma de un universo o de un multiverso sin centro ni comienzo ni fin que nos lleva en su vertiginosa velocidad, en su infinita calma. Seres maravillosos e insignificantes como somos, habitados de inquietud y de paz, te necesitamos, año nuevo, para poder decir: No estamos perdidos, tenemos un centro y un horizonte, estamos aquí, ayer renací, mañana será fiesta, hoy es hoy y me basta, puedo respirar. Puedo empezar.

Cómo empezar cada día es la gran pregunta, pero no podemos dejar de preguntarnos también, por algo más que una mera curiosidad superficial: ¿cómo empezó este universo visible de 14.000 millones de años y otros universos, si existen? Todas las filosofías y religiones han querido saberlo o decir al menos su ignorancia y descansarla en el Misterio. “Al principio”, se repite en sus mitos. “Al principio no existía ni el Ser ni el No-ser”, se lee en un poema védico hindú de hace 3500 años. “Entonces, el No-Ser decidió ser, se hizo Espíritu, se calentó [deseó alteridad, amó] y de este calor nacieron el fuego y la luz”. El No-ser, perdiéndose como tal, se volvió Espíritu. El Espíritu, vaciándose por amor del otro, se hizo luz. Y de la luz invisible surgió el mundo visible de las formas. Son metáforas de lo indecible.

En la Biblia judía, 1000 años después, se dice: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el Espíritu vibraba sobre las aguas. Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió”. Espiró y fue. Vibró y fue. Dijo y fue. Salió de sí y fue. El Espíritu, la Palabra, el salir de sí es la energía creadora originaria, el principio del Ser. El Infinito se retiró para dar lugar al mundo, dirá la Cábala. Como el mar que, al retirarse, crea la playa.

¿Y qué dice la ciencia, con el lenguaje de la matemática? La física de lo inmensamente grande y de lo inmensamente pequeño no parecen todavía del todo compatibles, pero en algo concuerdan: tanto el átomo como el universo están llenos de vacío, de “Nada”. Pero de un vacío o “Nada” que de nada no tiene nada: es puro campo de energía, de magnetismo, de vibración, de relación, de radiación. De fuerza creadora. De luz. Todo empezó y empieza en la luz del vacío. La Palabra –llamémosle Espíritu o energía– era la luz verdadera, dice el evangelio de Juan, y la Palabra se hizo carne. He ahí nuestro origen. He ahí lo que somos: Palabra o Espíritu o Luz invisible devenida forma visible: masa, materia, carne viviente, sensible, consciente.

¿Cómo empezaremos cada día a vivir de verdad, a ser lo que somos? Librándonos del miedo, la codicia, la posesión y el dominio. Liberándonos del ego, volviendo a la “nada” o al vacío creador, al Uno originario, a la relación magnética, al amor, al aliento que somos.

Quiero volver a empezar cada día. Volver a confiar cada vez en ti y en mí, en la Tierra Madre y en nuestra pobre especie apenas despertada todavía a la humanidad fraterna posible. Y, al confiar y al vencer el miedo, haré que se encarne y se expanda

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“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto»

domingo, 12 de enero de 2020
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KÉNOSIS

Entra en picado
por aquella kenosis
que el Verbo aventuró
desnudamente,
de abismo en abismo,
hasta el foso fecundo de la muerte.

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera, Sal Terrae, 1986

***

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”

Jesús le contestó:

– “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere.”

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:

“Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.”

*

Mateo 3,13-17

***

battesimo

Fred, lo que quiero decirte es que eres amado, y lo que espero es que tú puedas escuchar estas palabras como te fueron dichas, con toda la ternura y la fuerza que el amor puede darles. Mi único deseo es que estas palabras puedan resonar en cada parte de tu ser: tú eres amado.

El máximo regalo que mi amistad pueda hacerte es el don de hacerte reconocer tu condición de «ser amado». Puedo hacerte este don sólo en la medida en que lo quiero para mí mismo. ¿No es ésta la amistad: darnos uno al otro el don de «ser amados»? Sí, es la voz, la voz que habla desde lo alto y desde dentro de nuestros corazones, que susurra dulcemente y declara con fuerza: «Tú eres el amado, en tí me complazco». No es ciertamente fácil escuchar esta voz en un mundo lleno de otras voces que gritan: «No eres bueno, eres feo, eres indigno; eres despreciable, no eres nadie… y no puedes demostrar lo contrario».

Estas voces negativas son tan fuertes y tan insistentes que es fácil creerlas. Ésta es la gran trampa. Es la trampa del rechazo de nosotros mismos. En el curso de los años, he llegado a darme cuenta de que, en la vida, la mayor trampa no es el éxito, la popularidad o el poder, sino el rechazo de nosotros mismos. Naturalmente, el éxito, la popularidad o el poder pueden ser una tentación grande, pero su fuerza de seducción deriva a menudo del hecho de que forman parte de una tentación mayor, la del rechazo de nosotros mismos. Cuando se presta oídos a las voces que nos llaman indignos y no amables, entonces el éxito, la popularidad o el poder son fácilmente percibidos como soluciones atractivas. Pero la verdadera trampa, repito, es el rechazo de nosotros mismos.

*

H. J. M. Nouwen,
Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular,
Madrid s.f.

***

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«Experiencia personal», Bautismo del Señor – A (Mateo 3,13-17)

domingo, 12 de enero de 2020
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20160WEl encuentro con Juan Bautista fue para Jesús una experiencia que dio un giro a su vida. Después del bautismo del Jordán, Jesús no vuelve ya a su trabajo de Nazaret; tampoco se adhiere al movimiento del Bautista. Su vida se centra ahora en un único objetivo: gritar a todos la Buena Noticia de un Dios que quiere salvar al ser humano.

Pero lo que transforma la trayectoria de Jesús no son las palabras que escucha de labios del Bautista ni el rito purificador del bautismo. Jesús vive algo más profundo. Se siente inundado por el Espíritu del Padre. Se reconoce a sí mismo como Hijo de Dios. Su vida consistirá en adelante en irradiar y contagiar ese amor insondable de un Dios Padre.

Esta experiencia de Jesús encierra también un significado para nosotros. La fe es un itinerario personal que cada uno hemos de recorrer. Es muy importante, sin duda, lo que hemos escuchado desde niños a nuestros padres y educadores. Es importante lo que oímos a sacerdotes y predicadores. Pero, al final, siempre hemos de hacernos una pregunta: ¿en quién creo yo? ¿Creo en Dios o creo en aquellos que me hablan acerca de él?

No hemos de olvidar que la fe es siempre una experiencia personal que no puede ser reemplazada por la obediencia ciega a lo que nos dicen otros. Desde fuera nos pueden orientar hacia la fe, pero soy yo mismo quien he de abrirme a Dios de manera confiada.

Por eso, la fe no consiste tampoco en aceptar, sin más, un determinado conjunto de fórmulas. Ser creyente no depende primordialmente del contenido doctrinal que se recoge en un catecismo. Todo eso es muy importante, sin duda, para configurar nuestra visión cristiana de la existencia. Pero, antes que eso y dando sentido a todo eso está ese dinamismo interior que, desde dentro, nos lleva a amar, confiar y esperar siempre en el Dios revelado en Jesucristo.

La fe no es tampoco un capital que recibimos en el bautismo y del que luego podemos disponer tranquilamente. No es algo adquirido en propiedad para siempre. Ser creyente es vivir permanentemente a la escucha del Dios encarnado en Jesús, aprendiendo a vivir día a día de manera más plena y liberada.

Esta fe no está hecha solo de certezas. A lo largo de la vida, el creyente vive muchas veces en la oscuridad. Como decía aquel gran teólogo que fue Romano Guardini, «fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades». La fe está hecha, sobre todo, de fidelidad. El verdadero creyente sabe creer en la oscuridad lo que ha visto en momentos de luz. Siempre sigue buscando a ese Dios que está más allá de todas nuestras fórmulas claras u oscuras. El P. de Lubac escribía que «las ideas que nosotros nos hacemos de Dios son como las olas del mar, sobre las cuales el nadador se apoya para superarlas». Lo decisivo es la fidelidad al Dios que se nos va manifestando en su Hijo Jesucristo.

José Antonio Pagola

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“Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él”. Domingo 12 de enero de 2020. Bautismo del Señor

domingo, 12 de enero de 2020
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09-navidada5-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 42, 1-4. 6-7: Mirad a mi siervo, a quien prefiero.
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Mateo 3,13-17: Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano. Leer más…

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12.1.2020. Domingo después de la Epifania Bautismo de Jesús, bautismo cristiano

domingo, 12 de enero de 2020
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theophany2-1024x663Del blog de Xabier Pikaza:

Españolito que vas a nacer… ¿Una Iglesia que se atreve a bautizar?

La fiesta del nacimiento de Jesús como hombre-hijo de Dios ha desembocado en el surgimiento de una comunidad mesiánica, cuyo primer signo es el bautismo, es decir, el nuevo nacimiento.

En torno a Jesús se han empezado reuniendo algunos seguidores, no para juntarse ante un cadáver, recordando simplemente su memoria y lanzando proclamas de fidelidad o de venganza, sino para descubrir en él y para recorrer con él un camino de vida universal, un nuevo nacimiento. No tienen una pirámide funeraria para recordarle, sino el agua de la vida (de la creación) para retomar su camino y renacer con él.

De esa forma, el escándalo del fracaso de Jesús (¡no logró triunfar, todos le han matado!) se transforma en experiencia de nacimiento, desde Dios, en gratuidad, para la vida compartida, que los cristianos han expresado en su signo primero, el Bautismo:

Bautismo, una experiencia de re-.nacimiento personal.No hemos nacido todavía de verdad, podemos renacer (renaceremos) en Jesús, por él, con él, en su mismo nacimiento. Porque Jesús nació en Nazaret/Belén, como hemos celebrado en esta Navidad, como Hijo de María y de José, por su primer nacimiento. Pero él ha renacido en el río con Juan Bautista.

‒ El hombre, un ser natal, alguien que nace no sólo de su padre y de su madre (¡que nace así!), sino del Espíritu de Dios (cf. Jn 1, 11‒12).  El hombre no nace de fuera, como los animales, sino desde el fondo de sí mismo, por obra del Dios que expresa y despliega en él su vida.

icono-bautismo-de-jesus‒ La navidad culmina, según eso, en el bautismo, en el gozo y tarea del nuevo nacimiento. El bautismo cristiano, como expresión del nacimiento a la gracia, no tiene por qué está vinculado a la niñez, sino que puede y debe celebrarse también en situación de vida adulta. Pero en un sentido fuerte la iglesia ha relacionado el bautismo de manera intensa con los niños, interpretando su celebración como nacimiento para la vida universal, para la comunión gratuita de los hijos de Dios.

Iglesia en salida: Bautizar

No se bautiza al niño en nombre de un sistema social, de un estado, de una patria política o de una economía. La iglesia le bautiza como Hijo de Dios (en nombre de la Trinidad) para la vida universal, para la fraternidad humana, comprometiéndose a ofrecerle un lugar donde podrá crecer para esa fraternidad.

Este es, a mi juicio, el primero de los retos de la iglesia. ¿Puede y debe hoy bautizar la Iglesia, garantizando al niño, en nombre de los padres y de la comunidad creyente, un espacio de crecimiento en libertad, sobre toda Ley? ¿Puede hoy hacerlo en verdad y mantener su ofrecimiento a lo largo de la vida?

19044_02_675nCiertamente, las afirmaciones tradicionales sobre un bautismo que borra el pecado original y que permite que los niños vayan al cielo si mueren siguen siendo válidas en un sentido. Pero nadie las toma ya de una manera literal. Bautizados o no, los niños son hijos de Dios y pertenecen al misterio de su vida, al camino de su cielo.

La iglesia no bautiza a los niños para quitarles un pecado de muerte, sino para celebrar con solemnidad su nacimiento a la vida, como un don de Dios, un camino de gracia, que se abre a la fraternidad universal y nos permite superar los riesgos de ley y de muerte del sistema.

Españolito que vas a nacer…

Al llegar a este contexto, muchos recordamos unos versos de Machado: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas (humanidades) te va a helar el corazón”[1].  Esos versos están vinculados al enfrentamiento de las dos españas,  que estallaron, y mataron a muchos hombres, mujeres y niños, de odio, ceguera y venganza en la guerra y post‒guerra del 1936‒1936.

abortoeneko728886Hoy 2020 puede darse ese mismo enfrentamiento… Vuelven a surgir las dos Españas, es decir, las dos humanidades, de derecha y de izquierda, de ricos y pobres, de opresores y oprimidos… de forma que los hombres y mujeres no nacen ya en una humanidad abierta a todos, sino en cotos cerrados de resentimientos, mentiras y engaños.

Este españolito que nace (un hombre o mujer, de India o China, de Irak o de USA, bahutu o favelado) penetrará de hecho en un mundo dividido donde unos condenamos a otros diciendo que tienen corazón de hielo, de violencia o e venganza. ¿Pues bien, podremos llevar a ese niñito a la comunidad cristiana y decirle que nos alegramos de que haya nacido, ofreciéndole el agua de la vida y la fraternidad universal? ¿Le llevaremos a la comunidad, prometiéndole que todos seremos sus padres, hermanos, amigos y colegas?

¿Ofrece la Iglesia en España y en el mundo, a través del bautismo, una experiencia y camino universal de vida? No lo veo claro. Nuestra iglesia tiene miedo, se hace un coto cerrado, más de unos que de otros…

Este es a mi juicio el lugar donde se abre (ha de abrirse) para todos el ideal y camino de una humanidad fraterna, en gratuidad y gozo, en humanidad llena de Dios, pues todos somos en Dios hermanos.

Sólo podemos llamarnos y ser Iglesia allí donde, reunidos en torno a la cuna de Jesús, queremos abrir con Jesús y para Dios (es decir, para la nueva humanidad) un espacio de vida fraterna.

Una iglesia que puede (se atreve) a bautizar

bautismo-masivo-brasil En España y en otros países de tradición cristiana… se bautiza todavía a los niños en nombre de Dios Padre universa, por Jesús, en el Espíritu Santo… Pero crece una «creciente minoría» que ya no bautiza a los niños, no siente la necesidad de introducirles en una iglesia universal, sea por falta de fe en el Dios de quien nacemos, sea por falta de integración en la iglesia (que aparece como un ente residual…).

El tema central no es si los niños (o sus familiares inmediatos) están preparados para el bautismo, sino si la iglesia puede abrirse como pila bautismal de vida compartida para todos los creyentes, es decir, para todos los hombres y mujeres, en “nombre del Padre, del Hijo Jesús y del Espíritu”

La cuestión consiste en saber si las comunidades cristianas son hoy “madres y maestras de paz”, es decir, de humanidad,   en diversidad y en comunión…, no para imponer nada a nadie, sino para ofrecer espacios de esperanza y comunión, en el Dios en quien todos vivimos, nos movemos y somos.

LECTURA Y EXPLICACIÓN DEL TEXTO DEL DOMINGO: MT 3, 13‒17

Y con esto pasamos al texto del domingo del bautismo: Mt 3, 13-17. Ésta año toca la versión de Mateo en la que se pone de relieve la novedad de Jesús, que se deja bautizar por Juan. Divido el texto en dos partes: a) Objeción de Juan (3, 13‒16). b) Bautismo.  Para comentarlos resumo lo que he dicho en Evangelio de Mateo (Verbo Divino, Estella 2017)

  1. Objeción de Juan (Mt 3, 13-15 par).

 3, 13‒15. Entonces vino Jesús desde Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él. 14 Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí?» 15 Jesús respondiendo le dijo: Permite por ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

      Mateo responde así al escándalo que ha podido suscitar el hecho de que Jesús haya sido bautizado (iniciado) por Juan, apareciendo como alguien que viene no sólo después, sino que está subordinado a Juan. Parece claro que algunos círculos judíos acusan a los cristianos no sólo de ser unos meros continuadores de Juan, sino de depender de su mensaje. Jesús no podría ofrecer nada nuevo y su proyecto sería una variante subordinada del proyecto del Bautista. Para superar esa acusación ha creado Mateo esta escena:

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Bautismo de Jesús. Ciclo A

domingo, 12 de enero de 2020
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bautismo-de-cristo-pietro-perugino-2-renacimientoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio: un texto breve pero muy rico de contenido (Mateo 3,13-17)

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole:

– Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

Jesús le contestó:

Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

Comienza Mateo informando del viaje de Jesús al Jordán para ser bautizado por Juan. Su información no puede ser más escueta. ¿Cómo se enteró Jesús de la actividad del Bautista? ¿En qué momento de su vida? ¿A qué edad? ¿Qué lo impulsó a ir en su busca? El evangelista no dice nada. Ni siquiera advierte al lector del profundo contraste existente entre Jesús y el personaje anunciado poco antes. Juan ha anunciado a uno más fuerte e importante que él, que trae un bautismo con Espíritu Santo y fuego, dispuesto a separar el trigo de la paja, a guardar lo bueno y quemar lo malo. Jesús no hace nada de eso: se pone en la cola de los pecadores, esperando su turno para confesar los pecados y ser bautizado.

El diálogo con Juan es exclusivo del evangelio de Mateo. Cuando Marcos escribió su evangelio, el hecho de que Jesús fuese bautizado por Juan no planteaba problemas. Sin embargo, Mateo entrevé en esta escena un auténtico escándalo para los cristianos: ¿cómo es posible que Jesús se ponga por debajo de Juan y se someta a un bautismo para el perdón de los pecados? Para evitar ese posible escándalo, introduce un diálogo entre los dos protagonistas, poniendo de relieve el motivo que aduce Jesús: «está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Deja claro lo que para él será más importante a lo largo de su vida: cumplir la voluntad de Dios. Al mismo tiempo, aprendemos que su actuación será en ocasiones sorprendente, un misterio que nunca podemos penetrar del todo y que incluso puede provocar escándalo en las personas mejor intencionadas. Desde la primera escena, Jesús nos está desconcertando.

Precisamente en el momento de la mayor humillación tiene lugar su mayor exaltación. A diferencia de Marcos, que cuenta el episodio como una experiencia personal de Jesús (solo él ve rasgarse el cielo, bajar al espíritu y solo él oye la voz del cielo), Mateo distingue una experiencia personal (ve rasgarse el cielo y descender al espíritu) y una proclamación pública («Este es mi Hijo amado, mi predilecto»). La filiación divina no es una novedad para Jesús sino para los presentes, para nosotros.

La venida del Espíritu sobre Jesús tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Al venir sobre Jesús se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad. Porque ese Espíritu que viene sobre Jesús es el mismo con el que él nos bautizará, según dijo Juan Bautista.

La voz del cielo. En las palabras «mi Hijo amado, mi predilecto» resuenan textos muy distintos. Cuando Dios pide a Abraham que sacrifique a Isaac lo llama «tu hijo, tu hijo amado» (Gn 22,2). Cuando un salmista se dirige al rey en nombre de Dios durante la ceremonia de entronización le dice: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7). Pero estas palabras, unidas al don del Espíritu, recuerdan sobre todo a Is 42,1-4, que Mateo aplicará más tarde a Jesús: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él pondré mi Espíritu» (Mt 12,18-21).

Estas resonancias sugieren ideas muy importantes a propósito de Jesús. Dios ve su relación con él tan íntima como la de un padre (Abrahán) con su hijo (Isaac). Su filiación divina tiene también una connotación regia, ya que Sal 2,7 recoge lo dicho por Dios a David a propósito de Salomón: «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo» (2 Sm 7,14). Y por ser el amado, el predilecto, se le encomienda una misión universal, implantar la justicia en las naciones, pero sin llamar la atención. Sin gritos ni amenazas, sin quebrar la caña cascada ni apagar el pabilo vacilante, conseguirá «que las naciones esperen en él» (Is 42,1-4 según traduce Mateo 12,18-21). Con ello, la voz del cielo anuncia no solo la intimidad de Jesús con Dios y su dignidad regia, también la misión encomendada y la forma en que la llevará a cabo.

En algún momento, el lector del evangelio podrá sentirse escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la vida, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.

El programa futuro de Jesús (Isaías 42,1-4.6-7)

Así dice el Señor:

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Las palabras del cielo no sólo hablan de la dignidad de Jesús, le trazan también un programa. Es lo que indica la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Isaías (42,1-4.6-7).

El programa indica, ante todo, lo que no hará: gritar, clamar, vocear, que equivale a amenazar y condenar; quebrar la caña cascada y apagar el pabilo vacilante, símbolos de seres peligrosos o débiles, que es preferible eliminar (basta pensar en Leví, el recaudador de impuestos, la mujer sorprendida en adulterio, la prostituta…).

Dice luego lo que hará: promover e implantar el derecho, o, dicho de otra forma, abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión; estas imágenes se refieren probablemente a la actividad del rey persa Ciro, del que espera el profeta la liberación de los pueblos sometidos por Babilonia; aplicadas a Jesús tienen un sentido distinto, más global y profundo, que incluye la liberación espiritual y personal.

El programa incluye también cómo se comportará: «no vacilará ni se quebrará». Su misión no será sencilla ni bien acogida por todos. Abundarán las críticas y las condenas, sobre todo por parte de las autoridades religiosas judías (escribas, fariseos, sumos sacerdotes). Pero en todo momento se mantendrá firme, hasta la muerte.

Misión cumplida: pasó haciendo el bien (Hechos 10,34-38)

La segunda lectura, de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, dirigiéndose al centurión Cornelio y a su familia, resumen en estas pocas palabras la actividad de Jesús: «Pasó haciendo el bien». Un buen ejemplo para vivir nuestro bautismo.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

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Bautismo del Señor. Ciclo A. 12 enero, 2020

domingo, 12 de enero de 2020
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Bautismo

“Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.”

(Mt 3, 13-17)

Con la fiesta del Bautismo cerramos el tiempo de Navidad. ¡Y qué rápido nos ha crecido el chiquillo!

Hoy nos encontramos a Jesús respondiendo a las grandes preguntas existenciales: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Qué sentido tiene la vida?

Y encuentra la respuesta en esa voz profunda que toda persona puede oír si se regala el silencio necesario. Esa voz que nos recuerda que la materia prima de la que estamos hechas es divina. Está en bruto y necesita ser pulida, purificada y moldeada, pero nuestra esencia es divina, nos trasciende y nos conecta con la plenitud.

Por eso, cuando conectamos con esa voz inevitablemente los cielos se abren, nuestros estrechos horizontes se ensanchan y empezamos a vernos y a ver con una luz que nos hace descubrir maravillas.

Ese es el momento vocacional que experimenta toda persona humana. El punto de inflexión vital, después del cual, nuestra vida toma un cauce, un camino. Ese momento solo tiene un pequeño defecto: que solo dura un “momento”.

Después toca vivir de confianza, toca caminar con menos luz y menos brillo, a ratos incluso en una densa oscuridad. Pero ese momento, si sabemos volver a él, puede ser la luz necesaria para atravesar cualquier noche.

El mismo Jesús escucha tres veces una voz que le recuerda quién es y qué debe hacer. Una en el bautismo al empezar, otra en la trasfiguración cuando se encuentra confundido y crece la hostilidad hacia él, y la última en la agonía de la cruz, cuando el centurión que le ve morir exclama:

“- Verdaderamente, este es Hijo de Dios.”

Tener clara nuestra vocación no nos garantiza que no tendremos dificultades, no. Tener clara nuestra vocación nos ayuda a atravesar cualquier dificultad y enfrentar incluso la muerte con tal de dar respuesta.

Oración

Envíanos tu Santo Espíritu, que descienda sobre nuestros corazones y podamos oír la voz que nos recuerda nuestra identidad: Tú eres mi Hija, mi Hijo, amada.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El verdadero Jesús es obra del Espíritu.

domingo, 12 de enero de 2020
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BAUTISMO DE JESUSMt 3, 13-17

Empezamos el tiempo ordinario del año litúrgico. A lo largo de todo este año vamos desgranando las narraciones más importantes de Mt sobre de la vida pública de Jesús. Es lógico que empecemos con el primer relato importante de esa andadura, el bautismo. Los especialistas dicen que el bautismo es el primer dato de la vida de Jesús que podemos considerar, con una gran probabilidad, como verdaderamente histórico. Sin duda fue muy importante para Jesús. Fue también muy importante para los primeros cristianos que intentaron comprender su vida y milagros; porque el bautismo deja claro que el motor de toda la trayectoria humana de Jesús fue el Espíritu.

La hondura de la fiesta la marcan las dos primeras lecturas. Ahí podemos descubrir que va mucho más allá de la narración de un hecho más o menos folclórico. Isaías hace un cántico al libertador del pueblo oprimido que la primera comunidad cristiana identificó con Cristo. Pedro hace un resumen muy certero de la vida de Jesús. En las tres lecturas se habla del Espíritu como determinante de la presencia salvadora de Dios. La presencia de Dios en la historia se lleva a cabo siempre a través de su Espíritu. Dios es causa primera, y no puede ser causa segunda. Actúa siempre desde lo hondo del ser y sin violentarlo en nada. Por eso decimos que actúa siempre como Espíritu.

Aunque el bautismo de Jesús fuera un hecho histórico, la manera de contarlo va más allá de una crónica de sucesos. Cada evangelista acentúa los aspectos que más le interesan para destacar la idea que va a desarrollar en su evangelio. Lo narran los tres sinópticos y Hechos alude a él varias veces. Jn hace referencia a él como dato conocido, lo cual es más convincente que si lo contara expresamente. Dado el altísimo concepto que los primeros cristianos tenían de Jesús, no fue fácil explicar su bautismo por Juan. Si a pesar de las dificultades de encajarlo, se narra en todos los evangelios, es que era una tradición muy antigua y no se podía escamotear.

El relato del bautismo intenta concentrar en un momento, lo que fue un proceso que duró toda la vida de Jesús. La mejor demostración es que en los sinópticos está relacionado con las tentaciones. Ni en uno ni en dos momentos quedó definitivamente clara su trayectoria. No tiene mucha lógica que el bautismo marque el punto de inflexión hacia su vida pública. Aceptar el bautismo de Juan era aceptar su doctrina y su actitud vital fundamental. No se entiende que esa aceptación del bautismo de Juan sea el comienzo de un proyecto propio, distinto del de Juan.

En el brevísimo diálogo entre Jesús y Juan, Mt expresa que Jesús rompe todos los esquemas del mesianismo judío. No es el bautizar a Jesús lo que le cuesta aceptar al Bautista, sino el significado de su bautismo, que trastoca la idea del Mesías juez poderoso, que Juan manifestaba en sus discursos. Es muy probable que Jesús fuera discípulo de Juan y que no solo se vio atraído por su doctrina, sino que formó parte del grupo de seguidores. Solo después de ser bautizado, desde su propia experiencia interior, trasciende el mensaje de Juan y comienza a predicar su propio mensaje, en el que la idea de Mesías y Dios, que el Bautista había predicado, queda notablemente superada.

Con sus constantes referencias al AT, Mt quiere dejar muy claro que toda la posible comprensión de la figura de Jesús tiene que partir del AT. La manera de hablar es totalmente simbólica. Lo que nos cuentan pasó todo en el interior de Jesús. Lucas nos dice: “y mientras oraba…” Los demás evangelistas lo dan por supuesto, porque solo desde el interior se puede descubrir el Espíritu que nos invade. Jesús, una persona ya madura pero inquieta, se siente atraído por la predicación de Juan. No solo la acepta, sino que se quiere comprometer con las ideas del Bautista. Todo ello prepara a Jesús para una experiencia única. Se abre el cielo y ve claro lo que Dios espera de él.

Jesús no fue un extraterrestre de naturaleza divina que estaba dispensado de la trayectoria que cualquier ser humano tiene que recorrer para alcanzar su plenitud. No nos tomamos en serio esa experiencia humana de Jesús. Pero los primeros cristianos tomaron muy en serio la humanidad de Jesús. Hablar de que Jesús hizo un acto de humildad al ponerse a la fila como un pecador, aunque no tenía pecados, es pensar en un acto teatral que no pega ni con cola a una personalidad como la de Jesús. No cabe duda que Jesús recorrió una trayectoria completamente humana.

A este relato nos acercamos con demasiados prejuicios: El primero, olvidarnos de que Jesús era completamente humano y necesitó ir aclarando sus ideas. En segundo lugar, nuestro concepto de pecado y conversión no tiene nada que ver con lo que se entendía entonces. Entendemos la conversión como un salir de una situación de pecado. Lo que se narra es una auténtica conversión de Jesús, lo cual no tiene que suponer una situación de pecado, sino una toma de conciencia de lo que significa para el hombre alcanzar la plenitud de ser de manera nueva.

Dios llega siempre desde dentro, no de fuera. Nuestro mensaje “cristiano” de verdades, normas y ritos, no tiene nada que ver con lo que vivió y predicó Jesús. El centro del mensaje de Jesús consiste en invitar a todos los hombres a tener la misma experiencia de Dios que él tuvo. Después de esa experiencia, Jesús ve con claridad que esa es la meta de todo ser humano y  puede decir a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”. Porque él ya había nacido del Espíritu.

El bautismo de Jesús tiene muy poco que ver con nuestro bautismo. El relato no da ninguna importancia al bautismo en sí, sino a la manifestación de Dios en Jesús por medio del Espíritu. Fijaros que Mt dice expresamente: “apenas se bautizó, Jesús salió del agua…”. Mc dice casi lo mismo: “apenas salió del agua…” Lc dice: “y mientras oraba…”. La experiencia tiene lugar una vez concluido el rito del bautismo. En los evangelios se hace constante referencia al Espíritu para explicar lo que es Jesús. La frase “nacido del Espíritu” es absolutamente cierta en este sentido.

La alusión a los cielos, que se abren definitivamente, es la expresión de la esperanza de todo el AT. (Is 63,16) “¡Ah si rasgasen los cielos y descendieses!” La comunicación entre lo divino y lo humano, que había quedado interrumpida por culpa de la infidelidad del pueblo, es desde ahora posible gracias a la total fidelidad de Jesús. La distancia insalvable entre Dios y el Hombre queda superada para siempre. La voz la oyó Jesús dentro de sí mismo y esa presencia le dio la garantía absoluta de que Dios estaba con él para llevar a cabo su misión.

Estamos celebrando el verdadero nacimiento de Jesús. Y éste sí que ha tenido lugar por obra del Espíritu Santo. Dejándose llevar por el Espíritu, se encamina él mismo hacia la plenitud humana, marcándonos el camino de nuestra propia plenitud. Pero tenemos que ser muy conscientes de que solo naciendo de nuevo, naciendo del agua y del Espíritu, podremos desplegar todas nuestras posibilidades humanas. No siguiendo a Jesús desde fuera, como si se tratara de un líder ni aceptando su doctrina y sus leyes sino entrando como él en la dinámica de la vivencia interior. Ser cristianos es repetir en nosotros el proceso de deificación que Jesús llevó a cabo en sí mismo.

La presencia de Dios en el hombre tiene que darse en aquello que tiene de específicamente humano; no puede ser una inconsciente presencia mecánica. Dios está en todas las criaturas como la base y el fundamento de su ser, pero solo el hombre puede tomar conciencia de esa realidad y puede vivirla. Esto es su meta y el objetivo último de su existencia. En Jesús, la toma de conciencia de lo que es Dios en él fue un proceso que no terminó nunca. En el relato del bautismo se nos está hablando de un paso más, aunque decisivo, en esa toma de conciencia.

Meditación

Jesús vio que el Espíritu bajaba sobre él.
Ésta es la experiencia máxima de un ser humano.
Teniendo en cuenta que Dios no tiene que venir de ninguna parte,
descubrir el Espíritu en lo hondo de mi ser,
es el segundo nacimiento que Jesús pide a Nicodemo.
Con esa experiencia, comienza otra Vida que es la verdadera.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Justicia Plena.

domingo, 12 de enero de 2020
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2754-neonian-baptistery-ravenna-dome-mosaic-baptism-christ-detailLa injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes.

(Martin Luther King, Jr.)

12 de enero. BAUTISMO DEL SEÑOR

Mt 3, 13-17

Haz lo que te digo pues de este modo conviene que realicemos la justicia plena

La justicia es una de las ideas centrales en el Antiguo Testamento: es tema reiterativo de la Ley y de la súplica, de la esperanza y de los ideales, y por eso aparece constantemente en sus páginas.

Pero no se traduce en una exposición conceptual sistemática; incluye lo que hoy llamamos justicia distributiva, retributiva, vindicativa, la justicia social y los derechos del ser humano. Es el respeto eficaz y concreto, de los derechos de todos, en particular de débiles, y se fundamenta en la hermandad de los seres humanos, incluidos todos los seres creados.

En el Libro de la Sabiduría 1, 1 se propone la justicia como tarea específica de jueces y gobernantes: “Amad la justicia, los que regís la tierra”. 

Hacer justicia equivale a defender los derechos en los tribunales o fuera de ellos, a los profetas les toca denunciar las injusticias cometidas por los israelitas, especialmente los poderosos: “Judá ha profanado el santuario que el Señor ama, y se ha casado con la hija de un dios extranjero” (Malaquías 2, 11).

Y según Isaías, Dios implantará un reino de justicia en la tierra, y un descendiente de Jesé: “juzgará con sentencia los desvalidos, sentenciará con rectitud a los oprimidos”.

En el Nuevo Testamento, justicia supone honradez, justicia, inocencia.

Honradez respecto a Dios, a las normas, a las personas; en el orden jurídico, justicia, derecho natural, mérito, y en el orden judicial, inocencia, opuesto.

Mateo opone a la justicia farisaica, legal y objetiva, la nueva honradez, más exigente en contenido e interioridad: “Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de Dios”.

El acceso a la justicia es un principio básico del Estado de Derecho. Se trata de un instrumento esencial para hacer valer los demás derechos humanos, para restablecer derechos, resarcir a las víctimas, reconocer a la persona y hacer frente a la discriminación. El derecho de acceso a la justicia constituye una concreción inmediata del derecho a la tutela judicial efectiva.

Hay tres obras literarias que plantean la función de la justicia en la sociedad y las consecuencias de sus errores, los cuales están en la base de muchas situaciones actuales. Estas obras son El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Los miserables de Víctor Hugo y Los hermanos Karámazov de Fiódor Dostoievski.

En El conde de Montecristo vemos como se instrumentaliza la justicia para fines políticos. Villefort hace que condenen a Edmond Dantes para obtener beneficios políticos. La consecuencia de este uso de la justicia lleva a la venganza, lo que es el desarrollo posterior de toda la novela. De esta manera se sigue usando la ley con fines políticos en lugar de hacer de ella un fundamento ético de la sociedad.

Los Miserables plantean sobre si se ha de juzgar a una persona al margen de sus circunstancias o se han de tener en cuenta. Jean Valjean pasa casi veinte años en la cárcel por robar un pedazo de pan que quiere llevar a su familia que lleva días sin comer. Un sistema legal que no tiene en cuenta las circunstancias de las personas es un modelo totalitario. Todo el tema de la inserción social es una farsa, cuando no se basa en el desarrollo de la persona, que necesita tener una base material de medios para poder vivir

En Los hermanos Karámazov es necesaria una ley por sí misma, que atienda la justicia como justicia social y no como mero trámite de la aplicación técnica de la ley. En este sentido se debate el juicio a Dimitri Karámazov. Todas las pruebas apuntan en su contra, sus deseos, todo, pero él no ha matado a su padre. A pesar de los hechos es condenado, por la aplicación técnica de la justicia. ¿Qué juzga la ley, los hechos o a la persona?

Digo vivir

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.
(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.)
Digo vivir, vivir como si nada
hubiese de quedar de lo que escribo.

Porque escribir es viento fugitivo,
y publicar, columna arrinconada.
Digo vivir, vivir a pulso, airada-
mente morir, citar desde el estribo.

Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,
abominando cuanto he escrito: escombro
del hombre aquel que fui cuando callaba.

Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra
más inmortal: aquella fiesta brava
del vivir y el morir. Lo demás sobra.

Blas de Otero

 

Fuente Fe adulta

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Tú eres mi hij@.

domingo, 12 de enero de 2020
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bautismo-jesusMt 3, 13-17

12 de enero de 2020

Culminamos el tiempo de Navidad con el relato del Bautismo de Jesús. Es un texto que pertenece al prólogo del evangelio de Mateo y formando parte del espacio dedicado al comienzo del ministerio de Jesús. El contexto está tejido por la polémica suscitada entre Juan Bautista con los representantes de Israel: fariseos y saduceos, especialmente. Juan busca algo nuevo; el judaísmo así vivido le lleva a un inconformismo, compartido por otros grupos, que es causa de incomodidad a los que quieren seguir en lo de siempre. Ellos no ven posibilidad de evolución en el seno del judaísmo porque reconocerse como hijos de Abraham ya es suficiente.

Por otro lado, en Israel se había desarrollado una práctica de ritos con agua para ser purificados. Se bautizaba con agua corriente al pagano para purificar su idolatría. Pero el Bautismo que practicaba Juan tenía una connotación diferente: se realizaba una sola vez para el perdón de los pecados y para vivir la conversión, un cambio radical de vida ante la llegada inminente del fin de los tiempos. Jesús fue bautizado por Juan y podría significar, en principio, una muestra de solidaridad con su pueblo que esperaba redención y la liberación definitiva.

Es importante destacar que hay dos cuestiones que se repiten en las narraciones del Bautismo de Jesús en los cuatro evangelios: la presencia del Espíritu y una voz atribuida a Dios. En cuanto a la venida del Espíritu, el judaísmo creía que la comunicación del Espíritu significa lo mismo que inspiración profética, es decir, hay una experiencia de Dios que impulsa a una misión concreta. En cuanto a la voz atribuida a Dios, se puede percibir una referencia al profeta Isaías al comenzar su canto del Siervo de Yahvé quien es presentado como un ser solidario con el pueblo que salva y libera: este es mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me complazco, lo he dotado de mi espíritu, para que lleve el derecho a las naciones (Is 42,1). Pero en este caso la VOZ define al siervo como HIJO; se muestra, por tanto, una nueva genealogía no inscrita en las categorías humanas sino divinas.

La novedad de esta proclamación es ese Dios que, como Espíritu, se mezcla con la humanidad para provocar una nueva vida empoderada desde dentro y que es digna de amor y fuente de felicidad para Dios. De hecho, cuando a Jesús le preguntan de dónde le viene la autoridad hace referencia al bautismo de Juan, no al rito en sí sino a lo que allí ocurrió y se reveló. Aparece, por tanto, una nueva consciencia y un nuevo conocimiento de la identidad de Dios y de la identidad humana.

Ahora sí culmina el viejo testamento. La transición a la nueva era ya es una realidad. La nueva visión de Dios supera las categorías judías. Dios se revela como VOZ, Palabra creadora que le vincula para siempre a la realidad humana que es su HIJA, dignificada por un amor sostenido para siempre. Dios no se revela como rival del ser humano o de sus pecados sino como potencia generatriz de toda la humanidad. Revela un vínculo esencial y universal: “ser hijo”-“ser hija” para que todos lo podamos entender. No se revela con un lenguaje filosófico y/o religioso sino humano; tampoco en pasado, ni en futuro sino en un presente atemporal conectado a su felicidad por nuestra existencia. Dios se complace en la nueva humanidad como hija con todo lo que supone de dar cabida en esa relación a la libertad, la autonomía, el impulso al crecimiento y la profunda solidaridad con su realidad, como lo hizo con Jesús hasta la cruz. El problema es que, a veces, la religión ha puesto más fuerza en cómo mantener este vínculo (aunque no se viva) que en favorecer esa experiencia interior tan profunda. Se ha invertido mucha energía en cómo mantener ese vínculo ideologizando la vivencia, ritualizando de una manera externa y superficial, normatizando el cómo y cuándo, probablemente porque ha sido beneficioso para mantener las pasiones humanas que alimentan nuestro ego. El precio que estamos pagando, en algunos casos, deriva en una religiosidad desvitalizada y sin nervio espiritual, sin escuchar esa VOZ y sin conectarse a la Fuente.

Recojamos lo esencial de este texto del Bautismo en el que se nos invita a escuchar, como Jesús, esa VOZ que señala nuestra raíz divina y nuestra dignidad humana, nuestra identidad como HIJ@S cuya consecuencia nos compromete a mirar a otros como hermanos y hermanas, en solidaridad sin condiciones, en igualdad en cuanto a dignidad, derechos y oportunidades. Un poco complicado pero posible.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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«Experiencias de comprensión». Fiesta del Bautismo de Jesús.

domingo, 12 de enero de 2020
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Reeducación-espiritual-300x22512 enero 2020

Mt 3, 13-17

Para algunos exegetas, lo vivido por Jesús al ser bautizado por Juan fue una experiencia de comprensión (iluminación), en la que habría comprendido vivencialmente su identidad de “Hijo amado”. El conjunto de símbolos que acompañan el relato –“cielo abierto”, “paloma”, “voz del cielo”– parecen apuntar en esa dirección. No tenemos datos de lo ocurrido en sus años anteriores –tal vez hubiera sido discípulo del Bautista– pero, a partir de aquella experiencia, inicia decididamente lo que se conoce como su “vida pública”, que lo habría de llevar de Galilea a Jerusalén.

       La comprensión de que hablamos aquí no es mental o conceptual, sino experiencial o vivencial. Cuando ocurre, la mente queda silenciada y se abre ante la persona una “visión” inédita, que queda grabada en ella de manera definitiva. Es como si, por un momento, se hubiera descorrido un velo y se hubiera hecho manifiesto lo que realmente es, detrás de todo el universo de formas que percibimos a través de los sentidos y que modula la mente.

          Se trata de experiencias transpersonales (transmentales), que se hacen presentes de manera imprevista y modifican radicalmente el “modo de ver” al que la persona estaba habituada. Pueden ser fugaces –como chispazos de luz– o más duraderas, pueden situar a la persona definitivamente en esa “nueva consciencia” o no ser estables. En cualquier caso, marcan un punto de inflexión, un antes y un después, en la vida de quien las ha vivido.

          Me parece que lo habitual es que, tras la experiencia, sigan pesando las inercias mentales –la idea de ser un yo separado, los mecanismos anteriores…– y los condicionamientos psicológicos –que recluyen en el egocentrismo y narcisismo–. Pareciera como si, a pesar de la comprensión luminosa, siguiéramos siendo movidos por el cableado neuronal que arrastrábamos anteriormente.

          Ante ello, se impone la necesidad de comprometerse en un proceso de reeducación, gracias al cual podamos integrar en el cuerpo y en la mente, en las células y en las neuronas, la comprensión que se nos regaló vivir. Tal proceso implica adiestrarse en el “paso” de la creencia de lo que pensamos ser –un yo separado– a la certeza de lo que realmente somos: uno/una con la Vida.

          Del mismo modo que recurrimos a la reeducación corporal (rehabilitación) o psicológica, para “ajustar” nuestro cuerpo o nuestro psiquismo, parece sabio adiestrarse, de modo constante, en vivir en conexión con lo que se nos ha regalado vivir.

¿Me ejercito en salir de la inercia mental que me mantiene en la creencia de ser un yo separado para vivir en conexión con la vida que realmente soy?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Este, Jesús, y no otro es mi Hijo amado, escuchadle.

domingo, 12 de enero de 2020
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icono-bautismo-de-jesusDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. El Bautismo del Señor: Epifanía hacia adentro.

El pasado lunes celebrábamos la fiesta de la Epifanía del Señor “hacia fuera”, ad extra: es el universalismo del evangelio (la estrella) hacia los Magos: paganos, extranjeros.

La fiesta de hoy -el Bautismo del Señor- podríamos pensar que es como una Epifanía “hacia adentro”: una Epifanía para el pueblo de Dios, para la iglesia, para la comunidad cristiana. Este es Cristo, la Palabra, el Hijo.

Probablemente el relato del Bautismo de Jesús tiene como transfondo el tiempo más o menos largo que Jesús fue discípulo de Juan Bautista y en el que Jesús fue tomando conciencia mesiánica. Es un relato semejante al de la Transfiguración (son evangelios muy semejantes). En el fondo son relatos de Revelación: “Este es, Cristo es”.

Posiblemente el bautismo de Jesús es la vivencia de la comunidad cristiana de que: quien no tenía pecado, descendió a las aguas del Jordán con nuestro pecado (descendió a los infiernos) y nos obtuvo la justicia del perdón que algo tiene de resurrección (morir al hombre viejo).[1]

Fueron experiencias de fe de los cristianos de las comunidades nacientes. Llegaron a la fe y plasmaron estos relatos de Revelación: el cielo se abre, una voz, una palabra: este es mi Hijo amado

  1. ¿Nuestra práctica sacramental eclesiástica ha acogido esta Epifanía?

Nos podríamos preguntar si tantas prácticas sacramentales como celebramos tienen previamente aunque sea un mínimo de acogida (epifanía) de Cristo en la fe o de inicio de un camino hacia la fe.

Dice el Código de Derecho Canónico (canon 849) que la Iglesia es la comunidad de bautizados. Hasta hace no mucho puede que la comunidad civil coincidiera con la comunidad de bautizados, pero ni entonces todo bautizado era cristiano. Hasta hace no muchas décadas “todos” los guipuzcoanos, por ejemplo, estábamos bautizados, pero no todos éramos cristianos.

Hoy en día ni tan siquiera podemos decir ya ni eso. En nuestra diócesis, hoy en día, solamente alrededor del 40% de los padres de los niños que nacen en nuestra diócesis piden el bautismo para sus hijos. Naturalmente que todo el mundo está en su derecho y es una opción que hemos de respetar.

         Pero todos hemos de darnos por enterados de que no todos los niños “tienen derecho” al bautismo como tienen derecho a ser inscritos en el registro civil, ni todos los niños tienen derecho a hacer la primera comunión como si fuese una fiesta infantil de la parroquia o del colegio. Tampoco todo el mundo tiene derecho al sacramento del matrimonio por el mero hecho de haber llegado a una edad y tener novio/a.

  1. miedos y vías medias.

         En concreto el sacramento del bautismo se administraba en muchos casos por un cierto miedo casi supersticioso a que, si no se le bautizaba al niño, le podía pasar algo, alguna enfermedad, Dios lo podría castigar, podría ir al limbo o cosa parecida. Y muchas veces se zanjaba la cuestión con esa frase tonta de que “mal no le hará”. [2]

         Pues no pasa ninguna de esas cosas porque no se le bautice al niño o porque se retrase el bautismo, siempre que hay un compromiso familiar en la tarea de educar en la fe a los niños.

Si una familia quiere que su hijo sea un buen abertzale, pues lo iniciará en esos caminos: cultura, idioma, patria, música, etc. Si queremos que el niño sea de corte socialista, daremos los pasos para que ese niño adquiera conciencia de clase, sea laicista, etc. Pero creo yo que una familia sensata no inscribe a su hijo recién nacido en tal partido político o central sindical. Comenzará un largo camino de educación y todo tendrá su momento.

Si queremos que sea cristiano, habremos de educarle en el Evangelio del Señor. Si el Bautismo es un comienzo de la educación en la fe, pase, pero si es un rito supersticioso o una presentación del niño en sociedad, mejor no.

         La salvación es segura por parte de Dios. Es necesaria la educación también en la fe, el bautismo puede esperar.

  1. Epifanía: camino hacia Cristo.

         Para celebrar, pues, primero hay que creer. A la fe se llega por caminos y búsquedas, por recorridos educativos, familiares, quizás también en el mundo de la educación.

Los Magos caminaron hacia la luz, hacia la fe. Juan Bautista desciende al río Jordán y queda desconcertado ante la petición de Jesús.

         Cuando el cardenal Etchegaray (fallecido en septiembre de 2019), era arzobispo de Marsella, allá por los años 1970, junto con su presbiterio llevó adelante una audaz y pastoral del Bautismo. No todo niño, sin más ni más era bautizado, sino que se requería una fe, una preparación de los padres y un compromiso de que aquel niño iba a ser educado en la fe.

         A nosotros nos puede pasar que bauticemos y demos la primera comunión a niños (y familias) que no tienen fe. No digo que sean niños malos, ni que se vayan a condenar, sino simplemente que son niños, que en la medida de su capacidad, no tienen la experiencia de la fe, Y “listos de nosotros”, nos puede parecer una cosa encantadora, una “primera comunión bonita”, una boda preciosa.

         En algunas parroquias de Francia e Italia, también en Bizkaia hay experiencias de ritos de iniciación a la vida, a la fe, que trabajan y esperan activamente el día en que tal niño pueda ser bautizado. Pero no un esperar por esperar, sino un esperar evangelizador: celebrar previamente la vida, celebrar la inserción en la familia, en el pueblo, en la cultura, inscribir al niño en el libro de los catecúmenos, tener unas reuniones con los padres para profundizar en la fe, es una tarea hermosa y evangelizadora.

         ¿Serán pocos los que bauticen así a sus hijos? Gracias a Dios probablemente, sí.

  1. Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Revisión (imprevisible) de la vida pastoral

         Cristiano es quien acoge a Cristo, la voz del cielo: este es mi Hijo amado.

         Por lo que estamos viendo, tanto los arciprestazgos, como la pastoral de masas y grandes concentraciones, no parecen tener interés en acoger a JesuCristo en el ámbito personal. Es suficiente con garantizar un buen “catering” de Misas, bautismos y demás.

Se piensa que lo que faltan son curas, cuando en realidad la falta es fe. Y la fe requiere evangelización, caminos, procesos personales y comunitarios. Y cuando seamos creyentes, podremos celebrar lo que creemos.

         Nos hace falta llegar a la fe con un mínimo de audacia pastoral y un poco de evangelización, (que no es lo mismo que adoctrinamiento).

         De todos modos tengamos muy en cuenta que solamente JesuCristo es hijo, expresión de Dios. No hay político ni obispo, ni persona de cultura que sustituya a Cristo.

  1. El pábilo vacilante no lo apagará

         Recogiendo el pensamiento de Isaías, decía bondadosamente a sus curas Ricardo Blázquez, actual arzobispo de Valladolid, que -en estas cosas pastorales- no apaguéis el pábilo vacilante. Queda poco, no lo apaguéis. Pero esta práctica sacramental no puede servir para maquillar ultraintegrismos, perezas, rutinas, y seguir como si no pasara nada, con gran falta de audacia pastoral y cristiana.

         Si la navidad se ha convertido casi un producto comercial, la Pascua un fenómeno turístico, el amor de san Valentín es venta de cosas, los carnavales no preludian la cuaresma, sería -es- necio- contribuir a este estado de cosas con comercialización del Templo: bautismos, bodas y demás.

         Dejémonos de “folklores” y escuchemos a Cristo:

Este es mi hijo, el amado, mi predilecto:

[1] Es la interpretación de Benedicto XVI-J.Ratzinger en su libro, Jesús, p 40.

[2] También es frecuente escuchar esa otra muletilla no menos zafia que dice: “pues si los curas ponen dificultades para que esta pareja se case por la Iglesia, no van a atraer a los jóvenes a la Iglesia”. (La Iglesia es comunidad de creyentes, no de clientes). Cuando algún cura dice que tal boda mejor no celebrarla, las más de las veces es porque para el sacramento del matrimonio lo que hace falta es amor y fe. Hay flores, alfombras, música de órgano, algún “ave María” que todo el mundo espera que termine para seguir la celebración, los invitados, mi conveniencia y el lazo rosa Pero del sacramento del matrimonio queda muy poco o nada.

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Palabra poética

sábado, 11 de enero de 2020
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Del blog Nova Bella:

ufff

A mi modo de ver, la grandeza de la poesía reside en decir una verdad que no destruye ese misterio, que no lo agota, sino que lo hace aparecer.

A veces para nombrar ese misterio he utilizado la palabra Dios.

*

José Mateos

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Un Dios que desciende

martes, 7 de enero de 2020
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Del blog de Henri Nouwen:

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«La compasión de Jesús se caracteriza por un empuje hacia abajo. Esto es lo que nos molesta. Nosotros no podemos ni pensar en nosotros mismos sino en términos de empuje hacia arriba, de movilidad ascendente en que luchamos por vidas mejores, salarios más altos y posiciones más prestigiosas. Por tanto, nos molesta profundamente un Dios que encarna un movimiento hacia abajo. En vez de luchar por una posición más elevada, por más poder y más influencia, Jesús va – como dice Karl Barth – de «las alturas a la profundidad, de la victoria a la derrota, de las riquezas a la pobreza, del triunfo al sufrimiento, de la vida a la muerte”. Toda la vida y misión de Jesús implica la aceptación de la impotencia y la revelación en esa impotencia del ilimitado amor de Dios.

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Aquí vemos lo que significa compasión. No significa inclinarse hacia los desprivilegiados desde una posición privilegiada; no es un abrirse desde arriba a los desafortunados de abajo; no es un gesto de simpatía o piedad hacia quienes no han tenido éxito en el empuje hacia arriba. Por el contrario, la compasión significa ir directamente a las gentes y lugares en que el sufrimiento es más agudo, y construir allí un hogar. La compasión de Dios es total, absoluta, incondicional, sin reserva. Es la compasión de quien sigue yendo a los más olvidados rincones del mundo y que no puede descansar mientras sabe que hay seres humanos con lágrimas en sus ojos. Es la compasión de un Dios que no sólo se comporta como siervo, sino cuya servidumbre es una expresión directa de su divinidad».

*

Henri Nouwen

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“Aprender a adorar a Dios”. Epifanía del Señor – A (Mateo 2,1-12)

lunes, 6 de enero de 2020
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epifaniaHoy se habla mucho de crisis de fe, pero apenas se dice algo sobre la crisis del sentimiento religioso. Y, sin embargo, como apunta algún teólogo, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los mismos que se dicen creyentes parecen estar perdiendo capacidad para vivir ciertas actitudes religiosas ante Dios.

Un ejemplo claro es la dificultad para adorarlo. En tiempos no muy lejanos parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y el misterio insondable de Dios. Es más difícil hoy adorar a quien hemos reducido a un ser extraño, incómodo y superfluo.

Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante él, pero infinitamente amadas por él; admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Nuestra dificultad para adorar proviene de raíces diversas. Quien vive aturdido interiormente por toda clase de ruidos y zarandeado por mil impresiones pasajeras, sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente encontrará «el rostro adorable» de Dios.

Por otra parte, para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la vida amorosamente hasta el fondo comenzará a vislumbrar las huellas de Dios antes de lo que sospecha.

Solo Dios es adorable. Ni las cosas más valiosas ni las personas más amadas son dignas de ser adoradas como él. Por eso solo quien es libre interiormente puede adorar a Dios de verdad.

Esta adoración a Dios no aleja del compromiso. Quien adora a Dios lucha contra todo lo que destruye al ser humano, que es su «imagen sagrada». Quien adora al Creador respeta y defiende su creación. Están íntimamente unidas adoración y solidaridad, adoración y ecología. Se entienden las palabras del gran científico y místico Teilhard de Chardin: «Cuanto más hombre se haga el hombre, más experimentará la necesidad de adorar».

El relato de los magos nos ofrece un modelo de auténtica adoración. Estos sabios saben mirar el cosmos hasta el fondo, captar signos, acercarse al Misterio y ofrecer su humilde homenaje a ese Dios encarnado en nuestra existencia.

José Antonio Pagola

 

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