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Dios con nosotros.

domingo, 12 de julio de 2020
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mano-solNo tengas miedo; yo soy el primero y el último. Soy el que vive; pues morí, pero ahora estoy vivo para siempre. (Apocalipsis 1:17)

MT 13, 1-23

Les explicó muchas cosas con parábolas

A través de las parábolas, podemos aproximarnos a cuanto Jesús pensaba y decía sobre el otro el reino de los cielos que bastante lejos andaba.

La experiencia propia que tenía el Maestro de Nazaret, sobre el modo de actuar de Dios, era cosa bien distinta del resto de los judíos: para los fariseos -los limpios del corazón- no necesitaban a nadie que les perdonara de nada, pues no eran ni jamás serían pecadores, y se sentaban en los primeros bancos del Templo de Salomón, el Sabio, que como tal, no siguió los consejos de su padre David.

Los publicanos en cambio, que recaudaban monedas para el fisco de los romanos, se sentían muy culpables de hacerlo, y por eso, en lugar de sentarse en los bancos, se quedaban de pie en la entrada, dándose golpes de pecho, pues se creían pecadores.

Parábolas hay bastantes en todos los evangelios, menos en el de Juan, matizando las diversas actitudes frente a la vida, que Jesús les presentaba.

Unas eran para enseñar lo bueno, otras para evitar lo malo: de las primeras, el Sembrador y el óbolo de la Viuda, de las segundas, el hijo Pródigo y la Cizaña.

En el Antiguo Testamento se narran bastantes. En Jueces 9, 8 se dice:

Una vez fueron los árboles a elegirse rey, dijeron al olivo: Sé nuestro rey, mas el olivo dijo: ¿Y voy dejar mi aceite con el que se honra a los dioses y a los hombres para ir a mecerme sobre los árboles?

Y en Samuel 12, 1:

Ya veis que os he hecho caso en cuanto me habéis pedido, os he dado un nuevo rey, y ya le tenéis aquí, yo estoy ya viejo y canoso, mientas que a mis hijos los tenéis entre vosotros.

En Isaías 5, 1, Canto a la viña.

Voy a cantar en nombre de mi amigo, un canto de amor a su viña en fértil collado.  La entrecavó,  descantó y buenas cepa plantó; construyó en medio una atalaya, y cavó un lagar, esperando que uvas diera, pero agrazones dio, Y ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, sed jueces entre mi viña y yo.

 

Y en ese mismo Libro de los Jueces, se da cuenta de que otro tanto hicieron con la higuera de dulce fruto, la vid que da suave mosto, la zara de moras negras y los cedros del Líbano.

¡No tengáis miedo! dijo Jesús, cuando en aquellos tiempos, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros.

Les explicó muchas cosas con parábolas, dice Mateo 1, 3.

Y si Dios estaba en él, también estaba con todos, pues el Padre está en mí y yo estoy en el Padre, como un día dijo Jesús a sus discípulos y a todos nosotros con ellos, porque mucho nos interesa.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Entre las semillas de Dios.

domingo, 12 de julio de 2020
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2329_semeadorMt 13, 1-23

El evangelio de este domingo narra una de las piezas bíblicas más populares y significativas del mensaje cristiano. Podríamos meternos en la escena y visualizarnos junto a aquella gente que escuchaba las enseñanzas de Jesús y que, una vez más, generan discontinuidad con la tradición judaica.

La parábola es un rasgo característico de la predicación de Jesús.  Son pequeños relatos muy transparentes que Jesús recogió de la vida cotidiana de su tiempo. Algunas parábolas ya pertenecen a nuestro patrimonio cultural más allá del sentido religioso. Ahora bien, Jesús no inventó las parábolas, sino que formaban parte de un estilo de comunicación utilizado por todos los pueblos y culturas y por la misma tradición rabínica. Lo realmente original es que constituyen la forma propia de Jesús de hablar y de enseñar y conservan lo más nuclear y original de su enseñanza sobre el Reino de Dios.

En esta parábola, lo primero que nos encontramos, es una paradoja con respecto al sembrador que claramente es Jesús, inspirado por Dios, actuando en el ser humano a través de su mensaje. Lo lógico sería que un buen sembrador preparara la tierra para no malgastar las semillas y procurar tener la mayor seguridad de que van a germinar; no busca trabajar sin réditos. Pero este sembrador las lanza hacia todos los espacios, buenos o malos, preparados o no. Rescata de este modo la universalidad de su mensaje que traspasa las fronteras del Pueblo Elegido, y los cercados que protegen las buenas tierras según los escribas legalistas. No elige la tierra perfecta, aquella que cumple perfectamente con la ley o cree a ciegas la doctrina, aquella que comercia con el mensaje y espera recibir un premio por su buena conducta. No es así en esta parábola. Jesús amplía a toda la humanidad la capacidad de encontrar un sentido profundo de la vida y toda persona es digna de recibirlo.

El problema que plantea la parábola no es sobre las propiedades de la semilla o si quien siembra lo hace bien o mal, que ya ha quedado justificado, sino que centra su atención en la calidad y disposición de la tierra donde cae y cómo reacciona ante esa semilla. Lo que está en juego es la respuesta a ese mensaje que Dios deja libertad para recibirle o no. Y este mensaje no es sólo para escuchar, no es una voz que se impone y cierra al oyente el espacio de respuesta, al contrario, ahora la responsabilidad está claramente en el terreno y sus propiedades.

Vamos a adentrarnos en estos tipos de terreno y que el mismo Jesús explica su significado al final del relato. Serían cuatro posiciones ante la vida que son las mismas que ante la fe, porque somos el mismo terreno para lo uno y para lo otro. La primera posición representada en la semilla que cae en el borde del camino hace referencia a nuestra querida superficialidad. Quedarnos en la periferia de las cuestiones que pueden dar sentido a la vida es muy propio de vivir en la zona de confort, de una falta de motivación para adentrarnos en nuestra propia realidad y encontrarnos con la verdad que somos y vivimos. En este terreno la semilla es comida por los pájaros de la autojustificación, de la construcción de un personaje que vive sometido a la imagen, a las expectativas de otros, a una vida tejida de ideologías, dogmas, modas, etc …

Otras semillas cayeron en terreno pedregoso, en una posición ante la vida en la que los obstáculos, los problemas, las dificultades, van ocupando la tierra, nuestra consciencia, donde es imposible lograr la profundidad por la falta de tierra, por no hacer espacio para que brote la fuerza y la luz. Algunas semillas cayeron entre cardos que ahogan el mensaje, como dice la parábola; podrían ser los cardos de nuestros pensamientos alienantes y emociones desestabilizantes que nos van desconectando de quiénes somos y debilitando nuestra capacidad de tomar decisiones en libertad.

Pero otras semillas cayeron en buena tierra, en ese espacio de nuestra persona donde brota la vida y donde Dios nos vincula, un espacio fértil, de raíces profundas, que va absorbiendo la savia divina para hacernos crecer como piezas únicas y conectadas al tiempo y al ser de Dios. Esta tierra sí da fruto. Cuenta la parábola que – unas espigas dieron grano al ciento; otras al sesenta, y otras, al treinta por uno-:  tampoco se exige la uniformidad de los frutos, que todos den exactamente lo mismo y de la misma manera. Lo que sí se espera es que ese fruto sea del color y sabor de la paz, la justicia, la solidaridad, del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano; en definitiva, se trata de visibilizar el Reinado de Dios encarnado en la existencia humana y capaz de cambiar el rumbo de la historia. ¿Nos atrevemos?

FELIZ DOMINGO

12 de julio de 2020

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Todo es vida que se despliega

domingo, 12 de julio de 2020
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Campo-cerealDomingo XV del Tiempo Ordinario

12 julio 2020

Mt 13, 1-23

Para quienes crecimos con una formación religiosa desde la infancia, la lectura literal de esta parábola condicionó nuestra visión de la realidad en dos aspectos con frecuencia determinantes: el dualismo y el moralismo.

          En aquella lectura no era difícil dar el paso de la imagen de Dios como sembrador a la idea de un Dios separado y, por tanto, distante. De hecho, en la práctica, la transcendencia se entendía como distancia (incluso física). Esa creencia de separación, no solo alimentaba un dualismo religioso -Dios frente al mundo- de nefastas consecuencias, sino que era la fuente de otras ideas no menos peligrosas en sus consecuencias: la heteronomía, el pecado, la culpa, la alienación, el infantilismo religioso…

       Con frecuencia, el dualismo religioso iba acompañado de moralismo. Si la semilla no daba fruto en una persona se debía sencillamente a su propia maldad, ya que no había preparado adecuadamente su “terreno”. Ahí se hacía presente la culpa en quien creía ser un terreno improductivo o el fariseísmo en quien consideraba que había pasado toda su vida esforzándose por cumplir con la norma establecida. Fariseísmo que, como suele ocurrir, derivaba luego en actitudes de juicio y condena de quienes no “cumplían” como uno.

     Dualismo y moralismo han generado mucho sufrimiento en la historia de las religiones. Pero me parece que no podrán superarse mientras se mantenga la creencia en un dios separado, que fácilmente será una proyección del propio creyente.

          En una realidad en la que no existe nada separado de nada, el término “Dios” no puede ser sino uno de los nombres para referirse a la profundidad de lo real, aquel fondo consciente y amoroso de donde todo está brotando en permanencia.

          Quienes mantienen una fe teísta suelen argüir que esta forma de hablar de Dios lo “empobrece”, reduciéndolo a algo impersonal o incluso a una “vaguedad”. Pero me parece que solo puede verlo así quien ha absolutizado la forma “personal” y no ha experimentado nada más. Lo que llamamos “Dios” no puede ser “personal” ni mucho menos “impersonal”; transciende por completo esas categorías de nuestra mente.

         ¿Qué significa entonces el “sembrador”, la “semilla”, los “terrenos”…? Se trata sencillamente de metáforas –es imposible hablar de lo transcendente sin recurrir a ellas– para hablar de la vida que se está desplegando sin cesar. La vida es, a la vez, sembrador, semilla y terreno… Y esa vida, no el yo o la persona, constituye nuestra verdadera identidad.

          Y ahí topamos, como siempre, con la paradoja: visto desde el plano profundo, más allá de las formas que nos llegan a través de los sentidos neurobiológicos, todo es un fluir de la vida, sin mérito ni culpa de nadie; visto desde el plano de las formas, vivimos en la tarea de preparar nuestro “terreno” para que la vida pueda fluir a través de nosotros. Una tarea que arranca con la comprensión y que se plasma –otra vez la paradoja– en actitudes de aceptación y esfuerzo, de confianza y responsabilidad, de contemplación y compromiso.

¿Sé ver la unidad de todo, más allá de las diferencias?

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Sembrar y educar más que una profesión, son una vocación.

domingo, 12 de julio de 2020
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sembrador van goghDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Salió el sembrador

Salió. Para sembrar en los campos, en la tierra, hay que salir de casa.      No se trata solamente de una salida geográfica, sino más bien se trata de un Éxodo, de una salida de nuestros propios enquistamientos, quizás de las propias cerrazones, de nuestros propios esquemas.

         La verdad no es un fósil que se guarda en un libro o en armario. La verdad es una semilla llena de vida, que da fruto.

         Hemos de salir de nuestros cuarteles de invierno, de nuestras ideologías a las periferias de los pobres, de los más relegados, a las periferias culturales, etc. para sembrar la buena semilla de la cultura, de la vida, de la dignidad de las personas, de la libertad.

  1. Sembrar.

         Sembrar es una tarea noble en la vida: sembrar trigo, trabajo, cultura, educación, sembrar ética, valores, etc.

         Al mismo tiempo que noble, sembrar es una tarea de gran responsabilidad. Padres, maestros, escuelas, universidades, políticos, medios de comunicación, la Iglesia, etc., todos tenemos la noble y hermosa tarea de sembrar.

Hoy tenemos elecciones autonómicas en el País Vasco (y en Galicia). Los políticos, la vida política es también una siembra, que es una tarea muy delicada y noble. Da lástima que políticos y eclesiásticos anden a la greña en cuestiones de educación, cuando la siembra, la cultura, los valores, la esperanza son fundamentales para una vida digna.

         Recogeremos lo que hemos sembrado y hace falta sembrar criterios, respeto, dignidad, libertad, sentido de la vida,

         Bueno sería que los políticos, como los eclesiásticos, como los maestros pensasen en sembrar vida y no en recabar votos o seguidores religiosos.

Ser maestro / profesor no es un puesto de trabajo mejor o peor pagado, sino que es una hermosa vocación de sembrador. (Un maestro enseña más con su actitud y presencia ante sus alumnos, que con el programa de la materia que ha de explicar). Se trata de enseñar a vivir, no de enseñar informática (que también). (Ser maestro no es tanto una profesión cuando una vocación).

  1. 03. tierra, semilla, lluvia y acequias.

tierra / barro

         La tierra, el barro son siempre buenos. Es la materia con la que Dios creó al ser humano y vio Dios que era bueno.  Nuestro barro será más o menos rico (carisma – cualidades), pero es apto para acoger el aliento vital, la Palabra y llegar a ser humanos, vivientes, (Gn 2,7). [1]

Toda cultura humana (barro humano) es apta para acoger una Palabra (revelación de Dios).

         Estimemos y apreciemos lo corpóreo y material de nuestro ser personas y respetemos, cultivemos nuestra existencia.

semilla

La semilla es la Palabra. Toda semilla está llena de vida, humilde, sencilla, pero llena de vida

         Sembremos trigo bueno, semilla de vida.

         ¡Qué duda cabe que los padres transmiten una semilla, siembran en sus hijos! Un buen maestro, unos planes de educación sensatos, unos medios de comunicación dignos transmiten una semilla de vida.

Hace unos pocos años, en la lección inaugural del curso académico de la Universidad de Salamanca, el ponente decía con buen criterio, que una universidad ha de responder a los problemas de la sociedad a la que pertenece. Una universidad, un bachiller que se limite a transmitir unos meros conocimientos científicos, será un excelente “almacén” de meras instrucciones y títulos.

         No es lo mismo información que formación de la persona, de la conciencia, del modo de vida. La información es válida, pero la formación, educación es otra cuestión distinta y más profunda. No por saber “ciencia”, se es. “Uno puede saber mucho, pero ello no significa que sea bueno, honrado, libre, justo, etc.

Lluvias y acequias

La lluvia y la nieve (Isaías / 1ª lectura) fecundan la tierra y vuelven al cielo llenas de fruto.

Las acequias de Dios (salmo) bajan llenas de agua.

         La tierra, la siembra hemos de cuidarlas, ararlas, regarlas, etc. Hemos de cuidar la vida, empaparla de vitalidad.

         Cultivar la existencia es un canto a la esperanza. Todo el que siembra, espera la cosecha. Algo de eso es la esperanza. Nadie siembra si no tiene esperanza de una cosecha buena y abundante.

Sembrar es esperar que el trigo crezca, que nosotros aprendamos a esperar la vida.

A veces podemos fracasar, descuidar la tierra, desperdiciar la semilla, nos podemos salir del camino, zarzas, pedregales, pero aún en esos momentos pensemos que todo fracaso humano está abrazado por la misericordia de Dios.

Hay un salmo (125,5) que puede servirnos para recoger estas cosas de semillas, siembras y cosechas:

Los que siembran entre lágrimas, cosechan entre cantares.

         Sembrar, cultivar, regar puede ser, es, trabajoso, pero es anuncio de cosecha y de vida.

[1] Podemos pensar estas cosas desde la evolución / Darwin. Bien está. Pero no está mal recordar nuestros mitos y la poesía.

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Alas

sábado, 11 de julio de 2020
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ANGEL[1]_david_vance

El hombre curado por la salvación de Dios, íntegro, y en este sentido simplemente santo, permanece en una situación de incertidumbre sorprendente, incomprensible para sí mismo, y, precisamente por eso, capaz de darle, de una manera misteriosa -por así decirlo-, alas. Aunque, evidentemente, está convencido de la imposibilidad de alcanzar la perfección en esta tierra, esa imposibilidad no se transforma, sin embargo, en él en una cárcel opresora, ni tampoco el pensamiento de tener que alcanzar su propia perfección se le convierte en una idea obsesiva. Puesto que sabe, en efecto, que su morada tiene que ser construida ¡unto a Dios en la gracia, habita confiado en su cabaña destinada a la destrucción y prosigue caminando libre a través del tiempo. Al consentir padecer misteriosas privaciones en vistas a un más allá inaccesible, da también su consentimiento a las misteriosas misiones que le han sido confiadas de lo alto; precisamente cuando pensaba que no podría disponer ya de fuerza alguna, aumentan las fuerzas en él, las alas le sostienen y lo que le ha sido confiado para que lo administre es incluso más de lo que él mismo podía imaginarse. De ahí que pueda repartirlo, aunque sea sólo como algo que pertenece a otros, llegado de una manera incomprensible a sus manos.

*

H. U. von Balthasar,
Todo en el Fragmento,
Milán 1990, p. 94

***

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Magda Bennásar: La naturaleza en nuestras vidas, en la catedral y en la cúpula de la casa de los derechos humanos.

miércoles, 8 de julio de 2020
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a520270ca86c4088734a8ba922a70bd0Sí, podemos acercarnos a la Madre Naturaleza. Sí, podemos abrazar los árboles. Sí, también podemos abrazar las olas y dejar que el aire que respiramos nos envuelva lentamente y firmemente como el Espíritu de Dios: abrazando, acogiendo, penetrando todo el microcosmos que somos, todo nuestro ser. Y, sí, podemos besar la tierra y el río que corre, y sonreír al sentir el cosquilleo en nuestros labios.

¿Miedo de qué? Oh, no, no hay lugar para miedos, pues ella está ahí, Madre Naturaleza, elegante, purificada por un largo retiro, majestuosa y accesible, como siempre.

¡Cuánto la hemos echado de menos estos meses, cuando la mayoría no podíamos salir de nuestros pisos más que para emergencias!

El llanto de la Tierra durante estos meses ha sido como la enfermedad de una madre, casi siempre obviada menos el día de su cumple; una madre usada, explotada para satisfacer nuestras necesidades y deseos.

Tal vez ahora que la hemos echado de menos, la trataremos con más cariño y delicadeza. No es demasiado tarde. A veces cuando alguien cercano muere lamentamos no haberle dicho cuanto le queríamos; ahora, todavía queda algo de tiempo para repensar nuestra relación con el Planeta.

Pero la naturaleza no necesita palabras, necesita respeto, y, sí, respeto. Como cualquier ser vivo se desarrolla y saca lo mejor de sí misma cuando es valorada y amada. ¡Ahora es el momento! Todavía queda algo de tiempo.

Muchos de nosotr@s, amantes de la naturaleza, pensamos que necesitamos ritualizar los cambios, movimientos, las estaciones…como un modo de sacralizarlo.

Me inclino ante el sol, cada mañana, cuando temprano doy mi paseo contemplativo, y él está ahí, emergiendo de la oscuridad y trayendo la luz. Ahí está, cubriendo todo de color y calor.

Puedo andar deprisa, prestando atención a mi cuerpo, a mi respiración… o puedo poner toda mi atención a lo que está delante de mí, regalo del planeta y despacio puedo intentar ser parte de ese todo: del aroma de los árboles acabados de despertar; del color del mar recién pintado; de la gente conduciendo rápido al trabajo; de los que nos deseamos “buenos días” al cruzarnos en el camino… todo puede ser sagrado y diferente cada día.

Me pillo sacando fotos de los mismos lugares, porque “hoy el color es diferente o desde este ángulo tengo mejor perspectiva…” y sonrío, como una madre sacando todavía otra foto a su precioso hijo.

Hay un rincón cerca de casa, donde puedo ver la luna saliendo casi a la vez que se pone el sol. ¡Increíble!

Y antes de irme a la cama me encanta desear las buenas noches a las estrellas, justo encima de mi cabeza si simplemente me acuerdo de mirar afuera y arriba en lugar de adentro y abajo.

Los tiempos más hermosos del día y de la noche, todos sabemos que coinciden con la Liturgia de las Horas, lo cual es espléndido y da vida. ¿Cómo podemos olvidarlo? La Naturaleza es como un Salmo vivo, siempre inclusivo, y ofreciendo la más variada oferta de lugares para que cada día encontremos aquel rincón, aquel salmo vivo, que nos habla al corazón.

¿Puedes imaginar tener todo esto concentrado en una Catedral?

Todos sabemos de lugares donde la naturaleza está presente en las iglesias y templos. Mi relato de hoy se refiere a la Catedral de Palma de Mallorca, España.

Como otras catedrales europeas, primero fue una mezquita y fue deconstruída (siglo XIII) para convertirse en catedral. Como hacemos hoy, talamos bosques enteros (catedrales de la naturaleza) para tener nuestras comodidades. La Religión puede convertirse en una comodidad si no está en contacto con la realidad, con la espiritualidad de las personas… Hoy no deconstruiríamos, ¿o sí? Prefiero creer que hoy nos uniríamos en un edificio emblemático celebrando la sacralidad de las diferentes religiones en su arquitectura, en sus liturgias…

La Catedral de Palma ha sido renovada en diferentes ocasiones para adaptarse al mundo actual, sin perder el sabor y el sentido de ser una Catedral asomada al Mediterráneo en la Bahía de Palma.

La última renovación la hizo un pintor de fama internacional, que nació en la misma población que yo, Felanitx a 12 kms de Portocolom, nuestro Puerto y lugar de veraneo de toda la vida. Cerca también de las Cuevas del Drach. Miquel Barceló es pintor y ceramista, enamorado, como todos los del lugar, del Mediterráneo con sus colores y sus frutos. Miquel ha sido capaz de integrar el mundo de afuera en una habitación, la capilla del Santísimo de la Catedral.

Miquel incorpora los bosques del fondo del mar así como las estalactitas de las Cuevas y los frutos de la tierra, en una combinación de espiritualidad y realidad que quita el aliento por su belleza y por su reclamo de justicia en una capilla donde se representan panes y peces que se multiplican ante la figura del Resucitado que lo hace posible.

Miquel es también el autor de la Cúpula del Salón de los Derechos Humanos en la ONU, Suiza.

Cuando la naturaleza entra a formar parte de nuestros espacios sagrados parece que lo interiorizamos como experiencia mística incluso. Podríamos decir que hay otras formas de hablar y enseñar de nuestra fe y de igualdad y justicia más allá de las historias de siempre.

Imagina que te llevas a tu sobrino o a tu clase a visitar la catedral, y que les dejas que te digan lo que ven y sienten en esta sala especial…posiblemente les alcanza en profundidad. Luego, sería más fácil explicarles que alguien dio su vida para salvar y preservar toda esta vida que explicar (¿?) de golpe, que a Jesús le mataron por ser demasiado bueno.

Tal vez la creatividad de un niño se despertaría y alimentaría con imágenes en nuestras iglesias que también encontramos en nuestros paisajes, en las noticias, y en la Casa de los Derechos Humanos.

Así, tal vez, todos creceríamos en consciencia y creatividad para disfrutar de los dones que se nos han prestado por un tiempo.

Quiero terminar con unas palabras de T. Berry en “The Dream of the Earth (El Sueño de la Tierra)”:

“En el contexto actual, no ser creativos sería un fracaso absoluto… Preocuparnos por el buen estado del planeta reunirá a las naciones del mundo en una comunidad internacional.”

“Estemos en casa, en la Catedral o en la Casa de los Derechos Humanos, el planeta entra en nuestras vidas y edificios recordándonos nuestra sagrada creatividad y la del planeta. ¡Mantengamos nuestros corazones alerta y despiertos!”

Magda Bennásar, sfcc

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

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José M. Castillo: «Con limosna, oración y ayuno hemos conseguido que funcione el gran teatro de la religión»

martes, 7 de julio de 2020
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cardenal-Canizares-celebracion-puerta-cerrada_2214988558_14431580_660x371De su blog Teología sin Censura:

«La hipocresía ha deformado el hecho religioso» 

«Si Dios está en lo secreto, escucha lo secreto y se fija sólo en lo secreto, porque “se hizo como uno de tantos” (Flp 2, 7), “Palabra” que “se hizo carne” (Jn 1, 14), el “Dios kenótico”, vaciado de sí mismo (Flp 2, 5-7), esclavo de todos (Mt 20, 28), si es que todo esto es así, ¿no apunta a un “cristianismo laico” en una “sociedad laica”?»

«Si todo esto es lo que creemos, ¿a qué viene el rector de la universidad católica de Murcia echando mano del demonio que nos amenaza?»

Una de las cosas más patentes, que nos ha dejado la pandemia del coronavirus, ha sido lo que nos gusta la teatralidad sagrada a quienes vamos por la vida diciendo que tenemos creencias religiosas. Porque es un hecho patente que hemos organizado nuestra religiosidad de forma que, sin darnos cuenta de lo que hacemos, en realidad practicamos el amor al prójimo (la limosna), la relación con Dios (la oración) y la austeridad de vida (el ayuno) de forma que, con esos argumentos y sus actores, hemos conseguido que funcione el gran teatro de la religión.

No estoy atacando el hecho religioso. Lo que estoy diciendo es que hemos deformado ese hecho hasta tal punto, que lo hemos convertido en un teatro. Así, ni más ni menos, lo dice el Evangelio: a los que dan limosna, a los que rezan y a los que ayunan, Jesús les dice que son “hipócritas”, si hacen esas presuntas bondades de forma que lo que pretenden es “llamar la atención” (Mt 6, 1-6. 16-18).

Téngase en cuenta que el término griego “hypokrités” designa literalmente al que es un “actor teatral”. De forma que los “hypokritai”, a los que se refiere Jesús, son personas que “no buscan el honor de Dios”, sino que en realidad lo que pretenden es lograr su propio honor (H. Giesen). Y de sobra sabemos que las prácticas religiosas son actuaciones adecuadas para que quien las practique sea considerado como persona generosa, piadosa y ejemplar.

Por desgracia, este tipo de personas abundan en los ambientes religiosos. Concretamente, en casi todos los ambientes de la Iglesia. En esta Iglesia que lee y dice que cree en el Evangelio, justamente en el texto que afirma “Dios ve lo secreto”, que “Dios está en lo secreto”, que “Dios se fija en lo secreto (Mt 6, 4. 6. 18).

Ahora bien, si Dios está en lo secreto, escucha lo secreto y se fija sólo en lo secreto, porque “se hizo como uno de tantos” (Flp 2, 7), “Palabra” que “se hizo carne” (Jn 1, 14), el “Dios kenótico”, vaciado de sí mismo (Flp 2, 5-7), esclavo de todos (Mt 20, 28), si es que todo esto es así, ¿no apunta a uncristianismo laico en una “sociedad laica”?

Ahora bien, si todo esto es verdad, si todo esto es lo que creemos, ¿a qué viene el rector de la universidad católica de Murcia echando mano del demonio que nos amenaza? O ¿qué pretende el cardenal de Valencia al prevenir de los extravagantes y machistas peligros que puede entrañar la vacuna del virus? Las catedrales vacías, las parroquias cerradas, romerías suprimidas, tantas prácticas religiosas abandonadas, seminarios y conventos en los que no entra nadie…, todo esto, que nos parece una ruina y un fracaso, ¿no es, en realidad, el zarandeo y el reclamo, que tanto venía necesitado la Iglesia, para caer en la cuenta y tomar conciencia de que ha llegado la hora de tomar en serio el Evangelio?

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«Aprender de los sencillos». 14 Tiempo ordinario – A (Mateo 11,25-30)

domingo, 5 de julio de 2020
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5264272224_11d846e3afJesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.

Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo sacerdotes, escribas o maestros de la ley.

Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el evangelio.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. Solo dos preguntas: ¿por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta casi siempre más oscuro y complicado que el de Jesús?

José Antonio Pagola

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“Soy manso y humilde de corazón”. Domingo 5 de julio de 2020. Domingo 14º de tiempo ordinario

domingo, 5 de julio de 2020
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37-OrdinarioA14Leído en Koinonia:

Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Romanos 8,9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad. Leer más…

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Dom 5 julio 20, 14 tiempo ordinario; Mt 11, 15-20. Atrévete a ser hijo. La ruta del Padre

domingo, 5 de julio de 2020
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índiceDel blog de Xabier Pikaza:

No nos hemos atrevido en general a ser hijos, ni hemos seguido la ruta del Padre.  Legiones de falsos salvadores nos han impuesto rutas de sísifos, piedras inmensas, y lo hemos admitido, y encima les hemos llamado salvadores y señores… Nos han dicho que somos esclavos,que les debemos la vida y lo hemos creído.

En contra de eso, el evangelio es el descubrimiento y recorrido de la ruta del padre, y así lo dice Jesús, este domingo, abriendo para nosotros la ruta del padre y de la madre, la ruta de la vida, para todos, empezando por los más pequeños, por los niños, los miedosos, los enfermos. Este es el tema.

Introducción 

Algunos quisieron crear una religión de sísifos,  para subir la piedra a pulso  hasta el alto de la roca, pero fueron incapaces; la pedro rodaba de nuevo hasta el fondo del valle. Algunos jerarcas cristianos también han querido imponer cargar muy pesadas a los otros, sin tocarlas ellos ni siquiera con los dedos de la mano izquierda (cf. Mt 23, 4). Jesús en cambio dice que su carga es ligera o, mejor dicho, que no es carga, pues él mismo es quien la lleva por nosotros. 

ruta-del-cares-puente-la-haya-subida-al-bul-asturias    No impuso Jesús ninguna carga! Pero nos dijo también: ¡Si podéis, llevar los unos las cagas de los otros, no por obligación, sino por solidaridad. Si vas por ahí y ves a un Sísifo llevando su piedra, desde el tiempo de los griegos hasta ahora, dile que la eche, que ruede hasta el suelo, que no se ocupe de ella. Y si de verdad el no puede dejarla, cógela tú y llévala por él, que así pesa mucho menos.

Por eso, el evangelio de Jesús no está escrito para Sísifos atados sin pausa a su roca, sino niños que llaman a sus padres… y padres que acogen a sus hijos, llevando así la carga de la vida, conociéndose y amándose entre sí. Éste es el mensaje fundamental del evangelio de este domingo (Mt 11, 25-30), que  consta de tres partes que voy a comentar:  Una Alabanza (1, 25-26), de una revelación paterno-filial (1, 26) y una llamada

Alabanza. 11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños.  26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad.

Confesión. 11 27 Todo me ha sido entregado por mi Padre: y nadie conoce al Hijo, sino el Padre;  y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.

Llamada. 11 28 Venid a mí todos los agotados y cargados, que yo os daré descanso.  29 Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí,  pues soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.   30 Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

Alabanza (11, 25-26).

Proviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:

11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños.  26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad[1]

Maurycy_Gottlieb_-_Jews_Praying_in_the_Synagogue_on_Yom_KippurFrente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora los  pequeños (nepioi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.

Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas(presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos   que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.

En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse en  la historia de las  comunidades cristianas  de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de  forma que no pudo haber una “galilea cristiana”. Leer más…

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Mejor ser sencillo que sabio. Domingo 14 TO. Ciclo A

domingo, 5 de julio de 2020
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alexander_the_great_mosaicentrada-en-jerusalenEl contraste en Alejandro Magno y Jesús

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Venid a mí los que estáis cansados y agobiados» 

El contexto del evangelio

En los tres domingos anteriores (11-13) hemos leído unos fragmentos del discurso de Jesús a los apóstoles cuando los envía de misión (Mt 10). No se cuenta la vuelta de los discípulos ni el resultado de su actividad. En los capítulos siguientes (Mt 11-12) se cuentan episodios muy distintos que ayudan a definir la figura de Jesús y describen las distintas reacciones que provoca su persona y su actividad.

¿Es realmente el Mesías esperado? Juan Bautista duda, y envía a sus discípulos a preguntar si tienen que esperar a otro. Los de Corozaín y Betsaida no se dejan afectar por su predicación, se niegan a convertirse. Los fariseos lo acusan de infringir la ley y el sábado, deciden matarlo y dicen que está endemoniado.

Sin embargo, en medio de todos estos que desconfían, se desinteresan o se oponen a Jesús, hay un grupo que lo acepta por dos motivos muy distintos: por revelación de Dios, y porque, desde un punto de vista religioso, se sienten agobiados, cargados, y encuentran alivio en Jesús y su mensaje. Al final, este grupo aparecerá como la familia de Jesús, sus hermanos, sus hermanas y su madre.

Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

            Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.

            Todo me lo, ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

            Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.

Venid a mí

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos», que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Invitación. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.

Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9,9-10)

El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.

Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.

 

Así dice el Señor: 

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;

mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;

modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. 

Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,

romperá los arcos guerreros,

dictará la paz a las naciones;

dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

 

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La simplicidad de Dios nos asusta.

domingo, 5 de julio de 2020
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priestelsicariodedios5Mt 11, 25-30

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Manso y humilde de corazón.

domingo, 5 de julio de 2020
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4893ee3cc57351cd95610f11a8672e3dLa mansedumbre y humildad de corazón, en modo alguno significan debilidad (Juan Pablo II)

9 julio XIV domingo del TO

Mt 11, 25-30

Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (v. 28)

El Salmo 25, 9 dice que Yahweh enseña a los mansos su camino. Y el 144 canta la clemencia y misericordia del Señor con todas las criaturas. Bondad divina que Jesús revela repetidamente en el Evangelio. En Mateo nos invita a paliar nuestro cansancio por las vicisitudes de la vida acudiendo a él llenos de confianza, y vincula a sus seguidores a su propia persona humana. Mantuvo con los necesitados un trato particularmente próximo y cordial.

Por contraposición, los rabinos eran maestros expertos en la ley judía y en la interpretación de la Torá, que imponían dicha ley a los suyos vetándoles el ejercicio de la libertad e impidiéndoles el desarrollo natural como personas. Juan lo expresó con fuerza en su Evangelio: “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Una de las magníficas formulaciones del evangelista, como apunta Schökel, que todavía no ha perdido nada de su resplandor, y que es la fuerza de la vida que redime al ser humano.

Sólo dos personas en la Biblia fueron llamados mansos: Jesús y Moisés. Y ninguno de los dos era débil o cobarde; eran hombres de fuerte convicción en su vida e ideas. Se destaca en ella la mansedumbre como actitud mental que se tiene en primer lugar hacia Dios y luego hacia el prójimo. En Isaías 29 está escrito que “Los mansos aumentarán su regocijo en Jehová mismo”, y en el Salmo 25 se dice que “Jehová enseñará a los mansos su camino”.

“La mansedumbre y humildad de corazón, en modo alguno significan debilidad”. Lo dijo Juan Pablo II en una audiencia sobre la misión de Cristo.

Moisés “era con mucho el hombre más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo”, como relata Nm 12, 3. El Salmo 37, 11 dice que “Los mansos mismos poseerán la tierra, y verdaderamente hallarán su deleite exquisito en la abundancia de paz”. Y el 22, 26: Los mansos comerán y quedarán satisfechos”.

Jesús manifiesta constantemente en su vida pública la mansedumbre y humildad de corazón. San Pablo invita en Flp 2, 6-8 a los habitantes de la Macedónica, ciudad de Filipos, a tener los mismos sentimientos de Jesús y tomarlo como inspiración y modelo. Razones por las cuales San Pedro nos propone el seguimiento de sus huellas (1Pe 2, 21).

“Tener los mismos sentimientos”. Es lo que ha hecho madrileño Pedro Halffter (1971), internacionalmente reconocido como compositor y director de orquesta. El jueves de la semana pasada tuve la fortuna de poder asistir en el Auditorio Príncipe de Vergara al estreno de su obra Sigfrido sin palabras. Una condensación musical en la que, los espectadores hemos podido apreciar la enorme diversidad de colores y matices de la música wagneriana. Halffter “ha desnudado a Sigfrido y le ha dejado sin palabras, arropado solo por la orquesta”, como él mismo afirma en una reciente entrevista.

Mi mente volaba sobre violines, flautas y trompetas, permutando al héroe del Anillo del Nibelungo por Jesús y el Evangelio. Yo era ahora el revestido de los vientos, haciendo sonar mi personal orquesta, y haciendo que mi sonido anegara de vida la existencia de cuantos pudieran escucharme.

El poeta leonés Antonio Colinas, nacido en La Bañeza en 1946, nos presenta en su obra Libro de la mansedumbre (Ediciones Seruela 2016) una dimensión universal y profunda de tan cristiana virtud, en este fragmento de su poema Descenso a la mansedumbre:

¡Cómo revela el mar la mansedumbre!
Aquí en la playa, donde están los límites
verdaderos del ser, filósofa francesa
-los de la mar, la tierra, el cielo-
todo es infinito.
Mansa es el agua y mansas son las rocas,
Y hasta la noche que desciende es mansa.

HAY TORMENTAS EN MI MAR

Se levantan tempestades
en los caminos del mar.

(¡De mi mar y mi camino!)

Cansado estoy de remar.

……………………….

Señor del trueno y del viento:
¡No me dejes naufragar!

Apacigua mis tormentas
que tanto encrespan mi mar.

En tu andar de peregrino…
¡¡calma mi peregrinar!!

(SOLILOQUIOS. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Venid a mí.

domingo, 5 de julio de 2020
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jezus-ci-pomozeMt 11, 25-30

Sabemos bien que para Jesús la oración es esencial. En muchos momentos se aleja para orar en soledad, buscando tiempos explícitos de encuentro con su Abba (cf. Mt 14,13.23; 17,1; 26.36ss…). En otros nos invita a rezar (cf. 18,19-20; 24,20…); y hasta nos enseña cómo hacerlo (cf. 6,5ss; 9,38…).

Pero hoy es diferente, porque tras la breve y conocida expresión, “en aquel tiempo”, nos vemos sumergidos inmediatamente en la propia oración de Jesús. Y, como sucede cuando alguien nos introduce en un momento íntimo, podemos sentir cierto reparo prudente, pero al mismo tiempo agradecido hacia quien nos abre su vida en un instante tan privado.

Jesús se dirige directamente al Padre y lo hace dándole gracias y nombrándolo como el Señor de cielo y tierra. Las gracias se las da porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a la gente sencilla. Ante esta expresión nos surgen algunas preguntas: ¿qué son “estas cosas”?, ¿quiénes son los “sabios y entendidos”?, ¿a quiénes se refiere Jesús con “gente sencilla”?

Situar el texto en su contexto nos ayudará a comprenderlo mejor. Durante los primeros capítulos del evangelio Mateo se ha preocupado por dar a conocer las enseñanzas y acciones de Jesús. A partir del capítulo 11 (en el que se encuentra nuestro relato), el evangelista modifica la dirección de su mirada y pone la atención en la actitud que cada persona o cada grupo muestra ante Jesús. Así, Juan Bautista todavía duda y envía a sus mensajeros para preguntarle directamente (11,2-15); algunas personas no son capaces de atravesar las apariencias y le juzgan severamente (11,16-19) y las ciudades en las que ha realizado la mayoría de sus milagros no se convierten (11,20-24).

Los “sabios y entendidos” tampoco comprenden (11,25). En Mateo estos sabios y entendidos son, seguramente, los especialistas en la Ley, esos fariseos que le recriminan (12,2), que buscan cómo acabar con él (12,14), que lo relacionan con Belcebú, el príncipe de los demonios (12,24) y que le piden signos (12,38) sin acoger los que ya ha realizado. Aquellos que creían saberlo todo de Dios se muestran ciegos, incapaces de descubrirle en Jesús, atados como están por sus falsas imágenes de un dios que ha cargado al pueblo de preceptos y observancias. Un dios tan diferente del Dios de Jesús, el Dios que ama y que libera, que nos descarga de nuestros pesos y los toma consigo, que nos quiere felices.

Es la gente sencilla la que acoge “estas cosas”, es decir, la revelación de Dios en Jesús, su Buena Noticia. La gente sencilla es quien se sitúa “desarmada” ante Dios, quien es capaz de dejarse coger por él hasta el fondo, quien cree y confía, quien se abre a su Amor sin cuestionarlo y así se deja transformar radicalmente por él.

En la Iglesia hoy es también la gente sencilla la que sigue cuestionándonos y enseñándonos. ¡Qué cuidado hemos de poner para no cargarnos ni cargar a nadie con unos fardos pesados frutos de razonamientos intelectuales y no de la verdadera experiencia de encuentro con Jesús! Quienes tenemos la gran suerte de acompañar a otros en su camino de vida y fe somos testigos del peso que muchas personas siguen cargando. Pienso en jóvenes que se perciben bajo grandes fardos cuando no saben qué hacer con lo que sienten frente a las normas religiosas que han aprendido; o cuando se enfrentan a su identidad sexual sin saber cómo entender lo que les sucede a la luz de lo que se les ha dicho en nombre de Dios. Pienso en parejas que no se sienten incluidas dentro de la gran familia eclesial o en quienes se saben rechazados por cómo piensan. Para todos ellos son especialmente estas palabras y para nosotros la gran pregunta: ¿Cómo estamos viviendo, qué hacemos y qué decimos para que todos puedan encontrarse y tener verdadera experiencia del Dios que nos libera y consuela? ¿Es realmente nuestra vida cauce para esta Buena Noticia?

Al comienzo del tiempo de verano, en el que todos buscamos cómo descansar más y mejor, cómo apaciguar nuestro estrés y descargar nuestras preocupaciones, un evangelio así es el mejor regalo que se nos podría hacer“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”No puede haber mejor promesa para quienes vivimos en una sociedad en la que la inmediatez y el individualismo ejercen un poder inaudito. También en nosotros, quienes somos creyentes y pensamos que tenemos una escala de valores diferente, encontramos sus huellas.

“Venid” nos dice Jesús¡Aquí estamos! ¿Qué persona no siente que esta Palabra es para ella? ¿Quién no tiene algún cansancio o agobio que desea descargar? Pero, fijémonos en los otros imperativos: “cargad” “aprended”. ¡Vaya! ¡En vacaciones y más trabajo! Movimiento, carga y aprendizaje… desde luego Jesús es el maestro de los contrastes. Y el Maestro de Sabiduría. Porque sus palabras nos llevan, una vez más, a lo esencial. Lo que hoy necesitamos no es el mero descanso del trabajo; no es desconectar de la rutina; ni viajar ni consumir más… Lo que el ser humano sigue necesitando, hoy y siempre, es encontrar el Sentido, ordenar la vida hacia Dios.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Aprended de quien es dócil a la voluntad del Padre, de quien está abierto a su Palabra y a su encuentro, del misericordioso, del pronto al perdón… Aprended de quien se deja modelar por las manos del Padre haciendo de su Proyecto el sentido de su existencia.

“Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga ligera”. El seguimiento de Jesús, lo sabemos, es exigente y radical. Conlleva la entrega total de la vida. Pero, por eso mismo, es absolutamente liberador y reconstituyente. Escuchamos estas palabras: “cargad con mi yugo” y nos imaginamos escenas de esclavitud y sufrimiento. ¡Todo lo contrario! El seguimiento de Jesús alienta nuestra alegría y nuestra libertad, nos libera de todo lo que es relativo y que tantas veces se convierte en nuestra vida en una carga que no nos deja vivir en plenitud.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Si para todos es un don, cómo resonará esta promesa en los oídos de quienes, por sus circunstancias personales o sociales, se encuentran envueltos en conflictos y dificultades, angustiados por sobrevivir y luchar para que otras/os sobrevivan. A todos ellos, a los pueblos de Venezuela, México, Siria, Irak, Afganistán, la zona del Gran Sahel y la región del Chad, Congo, Somalia…, a tantas hermanas y hermanos que cruzan desiertos o mares huyendo…, a quienes sufren enfermedad, discriminación o violencia, a todos tenemos presentes en nuestra oración. Que al rezar con esta Palabra que hoy se nos regala no los olvidemos.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Gratitud

domingo, 5 de julio de 2020
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Gratitud.2Domingo XIV del Tiempo Ordinario

5 julio 2020

Mt 11, 25-30

La gratitud es una actitud admirablemente terapéutica, capaz de sostener el “tono vital” de la persona. Por un lado, nos aleja del funcionamiento de la queja; por otro, constituye el mejor antídoto frente al desaliento o el desánimo.

          En la medida en que la ejercitamos, nos va transformando interiormente y enriqueciendo nuestro modo de vivir la relación con los otros. En cierto sentido, podría decirse que ensancha el propio corazón, favorece la alegría de vivir y facilita poderosamente la convivencia.

          A poco que observemos, podremos advertir que la gratitud genuina no depende tanto de lo que nos sucede, cuanto del modo como recibimos lo que nos sucede. Si únicamente damos gracias cuando nos ocurre algo que consideramos “agradable”, no hemos salido aún de nuestro egocentrismo.

          La gratitud auténtica es una con la vida, fluye con ella. Nace y se apoya en la comprensión de que, más allá de los juicios que pueda hacer nuestra mente, en el fondo, todo es gracia. Por eso, cuando sabemos ver, la gratitud aflora sin obstáculos. Por el contrario, si permanecemos aferrados a nuestras expectativas –“la vida debe responder a lo que yo deseo”–, la frustración inevitable traerá consigo la resistencia y el sufrimiento, el enfado, la queja y el victimismo.

         La gratitud, como fuerza que nos desegocentra, nos hace tomar distancia de nuestros pequeños intereses y nos abre a la comprensión profunda de que, en último término, todo es don.

        Como el amor, como la alegría…, como tantas cosas, la gratitud es un arte. Y en cuanto tal, necesita ser ejercitada en un entrenamiento cotidiano, en el que, conscientemente, damos gracias por todo.

    En la medida en que crece la comprensión, reconocemos que, vista desde el plano espiritual, la gratitud no es simplemente una actitud o cualidad –algo que podemos vivir con mayor o menor intensidad–, sino otro nombre de nuestra identidad profunda: somos Gratitud. Por eso, al vivirla conscientemente, experimentamos encaje, unificación y plenitud: estamos viviendo lo que somos.

        Si se entiende bien, podría decirse que la existencia entera de una persona sabia se vive entre dos palabras: “gracias” y “sí”. Por todo lo que ha sido, ¡gracias!; a todo lo que sea que venga, ¡sí!

¿Soy una persona agradecida? ¿Qué me hace decirlo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Entre sabios, entendidos y «enterados», mejor sencillos, cansados y agobiados

domingo, 5 de julio de 2020
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nina-con-abuelo-lee-pDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Te doy gracias, Padre.

En muchos momentos Jesús da gracias a Dios, bendice al Padre. En el texto de hoy, Jesús manifiesta la intimidad de amor con el Padre. Jesús y Dios Padre viven una relación profunda de amor. Te doy gracias Padre…

Se trata del amor de Dios Padre con Jesús. El amor de Dios Padre, el Padre es el centro del cristianismo. Jesús, da gracias, le bendice.

El centro de muchos modos de vivir la religión y el cristianismo no es el Padre, ni Jesús, ni el amor, sino la ley, lo que hemos de cumplir, lo que Dios exige para tenerle aplacado. Se ha predicado el infierno como si fuese un arma que Dios utiliza para tener al pueblo “a raya”.

Siempre causa pena, pero más en estos tiempos de pandemia, que las palabras que emanan de no pocos jerarcas, sean palabras y decretos puramente de “orden público”: ahora, que estamos en pandemia, queda abolido el precepto dominical, cuando nos curemos, volveremos al pecado mortal para quien no lo cumpla.

Dios es Padre. Es el eje del cristianismo.

  1. Padre de los sencillos, no de sabios y entendidos.

En este caso Jesús da gracias a Dios porque ha revelado lo que es la vida, las cuestiones decisivas de la vida a la gente sencilla, a los pequeños.

Los sabios y entendidos, (los “enterados”) tienen un tono de prepotencia y altanería. Hay gente que cree saberlo todo, entienden de todo, mandan en todo: lo mismo da en política, que en economía, en las intrigas eclesiásticas (que no eclesiales) o en la vida cotidiana. Hay mucho “enterado” con complejo de superioridad. Son los que no saben. Puede que tengan poder, dinero, ciencia, cargos, pero solamente tienen eso: dinero y poder, pero no sabiduría.

La sencillez no es una desgracia, ni una cuestión de ser pobres. La sencillez es un modo de ser y vivir humildemente, y abiertos a la sabiduría que no está en la chulería y presunción.

Son los sencillos, los pequeños los que tienen esa sabiduría silenciosa propia del pobre y del humilde. Es una sabia ignorancia. Son sencillos los que tienen la mirada limpia y el corazón y las intenciones honradas y saben escuchar.

  1. 03. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré.

En la vida vamos sufriendo cansancios y canseras propios de la condición humana, así como también desfallecimientos inherentes a nuestra condición personal e histórica.

La vida pasa y no terminamos de alcanzar las cotas soñadas y deseadas. Y eso cansa. La historia de nuestra conversión es la historia de nuestro fracaso. La frustración, la profunda cansera pueden hacer mella en nosotros. Probablemente ser adulto es amontonar desilusiones y cansancios, pero mantener firme y libremente la esperanza. (Uno es adulto cuando ya no se hace ilusiones en la vida, pero mantiene la esperanza). Nuestra vida se gasta en tristezas, que dice el salmo 31.

Sociológica y culturalmente estamos también en un momento de cansancio. Tras la altivez de la Ilustración (el siglo de las luces), la postmodernidad no acierta a encontrar la luz: no sabemos por dónde tirar ni salir. Los problemas se hacen crónicos, la noche cultural es espesa

La pandemia es causa también de tedio y cansancios de monotonías. Ante esta situación de enfermedad muchos políticos y obispos nos cansan y decepcionan.

  1. De qué nos libera Jesús

El ser humano se ve agobiado por el yugo de la religión. Nos pesa, nos agobia radicalmente la finitud, el pecado, el absurdo y sin.sentido, la muerte. Jesús no se refiere a que nos vaya a librar de la carga del trabajo, de la finitud humana, de la muerte. Tampoco Jesús «ha fundado una religión más suave» y de más fácil cumplimiento. Jesús no creó “unas rebajas cristianas de verano”.

Cristo nos libera del yugo, que el «esquema religioso» nos carga.

La carga de la que Jesús nos quiere liberar es la carga de la religión, es decir, del yugo de la ley, impuesto en su tiempo al pueblo por los maestros religiosos, por los hombres sabios y entendidos.[1]

Jesucristo nos quiere liberar de la esclavitud de la religión., porque también nosotros vivimos y gemimos bajo la ley, bajo una ley que es religión y bajo una religión que es ley.

Estamos bajo la angustia y el miedo. La ley de la religión es el esfuerzo del ser humano por librarse de las angustias y miedos a la nada, al absurdo, el pecado y la muerte[2]: el ser humano pretende librarse de sus angustias recurriendo a la religión, pero no terminamos de librarnos.

La ley de la religión es el gran esfuerzo del hombre por domeñar su angustia, su desasosiego y su desespero, para taponar el boquete que hay en sí mismo y alcanzar la inmortalidad, la espiritualidad y la perfección. Y así es como bajo la ley religiosa el hombre trabaja y se fatiga tanto de pensamiento como de obra.

La ley religiosa exige que el hombre acepte unas ideas y unos dogmas, que crea en ciertas doctrinas y tradiciones, cuya aceptación le garantiza su salvación de la angustia del desespero y de la muerte. Entonces el hombre procura aceptar todas esas cosas, aunque tal vez se le hayan hecho extrañas y dudosas. Bajo la exigencia religiosa, trabaja y se fatiga para creer cosas en las que ya no puede creer. Finalmente, intenta huir de la ley de la religión.[3]

La tentación es huir de la religión. Pero tampoco se puede vivir permanentemente en «descampado» o en el vacío. . Por eso el hombre retorna continuamente al «yugo de la religión». Así surge «una especie de fanatismo que se complace en la auto.tortura e intenta imponerlo a los demás, a sus hijos o alumnos».[4]

Algo de esto ocurre también con las prácticas religiosas: nos exigen actividades rituales, no podemos dejar u olvidar prácticas religiosas, que nos producen una cierta satisfacción. Tal vez nos rebelamos contra tales ritos, incluso los abandonamos temporal o «definitivamente». Pero tampoco el puro desprecio escéptico es realizador y volvemos a las prácticas de modo fanático y mágico.

Es el puritanismo perfeccionista. Y para los puritanos Jesús es un mero «maestro o guía espiritual» de la ley religiosa. Pero eso es deformar a Cristo y reducirlo a ser el fundador de una religión y, por tanto, el portador de una nueva y más refinada ley.

Jesús nos libera del yugo de la religión. El yugo de Cristo es liberador y está en medio de nosotros: en nuestra tragedia personal e histórica. Ese yugo liberador aparece en nuestra ardua lucha.

De repente nos sentimos inmersos en una paz que es superior a la razón, es decir, que mana allende nuestro esfuerzo práctico para realizar el bien.[5]

Jesús no es el creador de una religión, sino el vencedor de toda religión.[6] Jesús nos libera de toda religión: en Jesús dominamos el desasosiego de la existencia. Jesús es el Nuevo Ser, que no nos impone ninguna religión. Los maestros religiosos nos llaman a nuevas o antiguas religiones. El cristianismo nos llama al Nuevo Ser. En Jesús, el Nuevo Ser, la Verdad y el Bien nos han asido. Jesús nos llama.

(Los ministros y maestros del cristianismo) no os llamamos al cristianismo, sino más bien al Nuevo Ser, del cual el cristianismo debe ser testigo y nada más, sin confundirse jamás con ese Nuevo Ser. Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares. Si alguna vez Le seguís, olvidad toda la moral cristiana, vuestros logros y vuestras dudas particulares. Nada se os pide -ninguna idea de Dios, ninguna bondad especial propia, ni que seáis religiosos, ni que seáis cristianos, ni siquiera que seáis sabios, ni que os atengáis a una moral. Lo que se os pide es tan sólo que os abráis a lo que se os da y que queráis aceptarlo: el Nuevo Ser, el ser de amor, de justicia y de verdad que se manifiesta en Aquel cuyo yugo es llevadero y cuya carga es ligera.[7]

  1. Venid a mí.

Lo fundamental es el encuentro con Xto –con Dios-. Quien o cuando hacemos la experiencia de levantar la mirada hacia el -horizonte absoluto, hacia Xto y vemos la vida y sus cuestiones desde Él, estamos ya serenamente en paz, con nuestra casa sosegada.

Los problemas en la vida seguirán. El mal y el pecado, la enfermedad, las dictaduras de todo tipo seguirán, el sufrimiento, la muerte harán siempre buena carrera y nos harán sufrir, pero no nos angustiarán, no nos agobiarán, porque estamos bien cimentados, los puntos de referencia los tenemos bien puestos. Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta.

                             Jesucristo es perdón, redención.

Jesucristo es sentido: Desde el principio existe el Logos.

Jesucristo es Vida: Yo soy la resurrección y la Vida.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré.

[1] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 152.

[2] Cfr TILLICH, P. El coraje de existir, Barcelona, Ed Estela, 1968,  40-61.

[3] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 153.

[4] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 154.

[5] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 157.

[6] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 159. Es sugerente leer los primeros capítulos del evangelio de Juan desde la llamada «Teología de las sustituciones»: Jn 2,1-11: (Bodas de Caná) Sustitición de la Alianza. Jn 2,13-2 (Expulsión de los mercarderes del templo) Sustitución del templo. Jn 2, 23-3,21 (Nicodemo) Sustitución de la ley. Jn 3,22-4,3 Sustitución de los mediadores. Jn 4,4,44 (La samaritana) sustitución del culto. Cfr MATEOS, J. – BARRETO, J. El Evangelio de San Juan, Madrid, Ed Cistiandad, 1982, 137-249.

[7] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 160.

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Reclamar tu corporalidad para la vida eterna.

jueves, 2 de julio de 2020
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Del blog de Henri Nouwen:

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Nunca te has sentido completamente a salvo en tu cuerpo. Pero Dios quiere amarte en todo lo que eres: espíritu y cuerpo. Cada vez más, has llegado a ver a tu cuerpo como un enemigo que hay que conquistar. Pero Dios quiere que seas amigable con tu cuerpo, de manera que pueda estar preparado para la resurrección. Cuando no eres totalmente dueño de tu cuerpo, no puedes reclamarle una vida eterna.

¿ Entonces, cómo hacer que tu cuerpo vuelva a pertenecerte? Dejándolo participar en tu deseo más profundo de recibir y ofrecer amor. Tu cuerpo necesita ser sostenido y sostener, ser tocado y tocar. Ninguna de estas necesidades es para desdeñar, negar ni reprimir. Pero tienes que seguir buscando tu necesidad corporal más profunda, la necesidad de amor genuino. Cada vez que puedes ir más allá de los deseos corporales superficiales de amor, estas haciendo que tu cuerpo te vuelva a pertenecer y te estas acercando a la integración y a la unidad.

 El Espíritu de Dios cubrió a María, y en ella toda enemistad entre el espíritu y el cuerpo fue superada. Así, el Espíritu de Dios se unió al espíritu del hombre, y el cuerpo humano se transformó en el templo destinado a elevarse hacia la intimidad de Dios a través de la resurrección. A todo cuerpo humano se le ha dado una nueva esperanza, la de pertenecer eternamente al Dios que lo creo. Gracias a la Encarnación, puedes hacer que tu cuerpo te vuelva a pertenecer.

*

Henri Nouwen

La voz interior del amor

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«Dispuestos a sufrir». 13 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,37-42)

domingo, 28 de junio de 2020
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19780705_1319786741470503_7012246053480105992_oJesús no quería ver sufrir a nadie. El sufrimiento es malo. Jesús nunca lo buscó ni para sí mismo ni para los demás. Al contrario, toda su vida consistió en luchar contra el sufrimiento y el mal, que tanto daño hacen a las personas.

Las fuentes lo presentan siempre combatiendo el sufrimiento que se esconde en la enfermedad, las injusticias, la soledad, la desesperanza o la culpabilidad. Así fue Jesús: un hombre dedicado a eliminar el sufrimiento, suprimiendo injusticias y contagiando fuerza para vivir.

Pero buscar el bien y la felicidad para todos trae muchos problemas. Jesús lo sabía por experiencia. No se puede estar con los que sufren y buscar el bien de los últimos sin provocar el rechazo y la hostilidad de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Es imposible estar con los crucificados y no verse un día «crucificado».

Jesús no lo ocultó nunca a sus seguidores. Empleó en varias ocasiones una metáfora inquietante que Mateo ha resumido así: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». No podía haber elegido un lenguaje más gráfico. Todos conocían la imagen terrible del condenado que, desnudo e indefenso, era obligado a llevar sobre sus espaldas el madero horizontal de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde esperaba el madero vertical fijado en tierra.

«Llevar la cruz» era parte del ritual de la crucifixión. Su objetivo era que el condenado apareciera ante la sociedad como culpable, un hombre indigno de seguir viviendo entre los suyos. Todos descansarían viéndolo muerto.

Los discípulos trataban de entenderle. Jesús les venía a decir más o menos lo siguiente: «Si me seguís, tenéis que estar dispuestos a ser rechazados. Os pasará lo mismo que a mí. A los ojos de muchos pareceréis culpables. Os condenarán. Buscarán que no molestéis. Tendréis que llevar vuestra cruz. Entonces os pareceréis más a mí. Seréis dignos seguidores míos. Compartiréis la suerte de los crucificados. Con ellos entraréis un día en el reino de Dios».

Llevar la cruz no es buscar «cruces», sino aceptar la «crucifixión» que nos llegará si seguimos los pasos de Jesús. Así de claro.

José Antonio Pagola

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“El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.”. Domingo 28 de junio de 2020 13º Ordinario

domingo, 28 de junio de 2020
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36-ordinarioa13Leído en Koinonia:

2Reyes 4, 8-11. 14-16a: Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí.
Salmo responsorial: 88: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Romanos 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.
Mateo 10,37-42: El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todas estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbre e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite. Leer más…

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28 junio 2020. Dom 13 tiempo ordinario. Quien quiera a su padre o su madre más que a mí no es digno de mi

domingo, 28 de junio de 2020
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jehyun-sung-486247-unsplash_opt-1Del blog de Xabier Pikaza:

Así dice Jesús,como representante de aquellos a quienes él quiso y con quienes él se identifica (marginados, hambrientos, expulsados, niños sin familia…). De esa forma eleva su alternativa de «reino de Dios» frente a un tipo de estructuras de familia al servicio de intereses de clan o de grupo, en contra de los excluidos y pobres.

 Jesús no habla así contra los padres necesitados de cuidado y cariño, a quienes el 4º mandamientopide que se honre  (con Mc 7), sino contra un tipo de padres-patriarcas, que quieren perpetuar su sistema de poder excluyendo o marginando a pobres e impuros, enfermos y extranjeros, que forman su pueblo y familia mesiánica

Jesús habla como iniciador y signo de la familia de Dios, que es la humanidad fraterna, donde los más  importantes sona los que no tienen familia (padre, hijos, hermanos…), los expulsados sociales, excluidos, huérfanos y extranjeros, esclavos, descartados, encarcelados, víctimas de tratas de diverso tipo…

Ésta es la palabra clave del evangelio de este domingo 13 del tiempo ordinario (28, junio 2020), uno de los más escandalosos y necesarios, en un tiempo como el nuestro donde hay un sistema de «padres» políticos e ideológicos, económicos y sociales que olvidan y oprimen (excluyen) a los pobres.

Evangelio del domingo. Comienzo

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.  y el que no tome su cruz y me sigue no es digno de mí.El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará… (Mt 10, 37ss).

Tema central

Este es un tema “escandaloso”, difícil de resolver, un tema de “buenas familias”, que se protegen a sí misma, buscando su riqueza y seguridad, pase lo que pase con los otros (las familias de los sin familia, esclavos, pobres de diverso tipo)

Es un tema de política: Muchos estados y partidos políticos (especialmente los que se llaman de derechas, defensores del orden y de las llamadas “tradiciones cristianas”) buscan el bien de sus propios grupos (de sus padres‒madres‒ de sus hijos‒hijas, de sus hermanos‒hermanas), como si el mundo fuera de ellos, los demás a su servicio… El Estado Español es un buen ejemplo de esto. Grupos que se llaman de “tradición cristiana” no quieren ni hablar de esa palabra del Evangelio.

‒ Éste es un tema radical de Jesús y de su proyecto de Reino: Él ha empezado optando por los que no tienen familia, los impuros, enfermos, expulsados. Lógicamente,  le acusan de desentenderse de los suyos (de su madre y sus hermanos, de los buenos judíos, cf. Mc 3, 20‒35)…, pero él se defiende diciendo que antes que sus hermanos de buena familia están para él los que no tienen familia, excluidos, abandonados…

Éste no es un tema de mística interior (que también lo es), sino de mística social. ¿Quién está dispuesto a crear una familia como la de Jesús? La misma iglesia tiene que aprender muchísimo de este evangelio

 Bibliografía. He desarrollado este motivo en dos libros: Historia de Jesús (VD, Estella 2015 y La Familia en la Biblia,VD, Estella 2017)

Principio  del tema

 Jesús quiso realizar una trasformación radical de la vida social y familiar, pero no en clave de lucha (matando a los enemigos), sino de comunión, a partir de los itinerantes pobres, excluidos sociales, enfermos, pobres, descartados que, en general, no tenían familia. Con ellos quiso crear un nuevo tipo de familia/sociedad desde los excluidos y  «pequeños» (itinerantes), a quienes ofreció el encargo de anunciar el Reino de Dios y de iniciar su construcción.

Jesús no quiso unos pequeños retoques,  ni inició un reino puramente espiritual (intimista), sino que puso en marcha un movimiento  totalde construcción del Reino de Dios, es decir, una nueva comunidad, en esta aquella misma tierra de Israel, empezando por los rechazados, sin propiedades, ni fortuna, ni familia patriarcal (por los expulsados de la sociedad).

Su proyecto se distingue así de los sistemas de poder, que construyen sus reinos por la fuerza, y se distingue también de un tipo de instituciones espiritualistas que buscan en el fondo una evasión de tipo pseudo-religioso. Jesús no quiere que “unos” (pobres) tomen las tierras de “otros” (más ricos), arrebatándoles su propiedad, sino superar el mismo sistema de propiedad, promoviendo un movimiento donde los marginados ofrecen salud y curación a sus marginadores.

  1. En una situación opresora, de muerte, de muerte de los pobres. El Imperio de Roma se había formado, de manera descendente, desde los niveles superiores, de manera que el orden social reproducía el modelo de una “buena” familia patronal, donde los altos favorecían a los bajos (y los bajos apoyaban a los altos, como clientes), en línea de poder. En contra de eso, Jesús ha querido que surja una familia que sea simplemente familia (no patriarcalista), donde los más pobres empiezan enriqueciendo (curando) precisamente a los ricos.
  2. Como buen israelita, Jesús no ha querido transformar el poder desde arriba (el Imperio romano, los reinos/gobiernos vasallos de Galilea o Judea…), sino que ha empezado cambiando la estructura familiar, entendida en sentido extenso, como grupo social básico. No ha querido fortalecer un tipo de familia tradicional, fundada en modelos de posesión, que justifican el orden establecido, expulsando del sistema a los menos afortunados (a los que no tienen familia), sino un orden donde quepan todos, precisamente desde los más pobres, invirtiendo los modelos de poder. Estos son los elementos básicos de su propuesta:
  3. Una familia rota.No tuvo que romper directamente la familia tradicional, pues ella se encontraba rota, en muchos casos, como suponía la misma tradición antigua, cuando quería defender a los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, a los expulsados y marginados, a quienes Dios considera su auténtica familia (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22). Jesús opta precisamente por los huérfanos-viudas-extranjeros de su tiempo, es decir, por aquellos que han sido rechazados por la “buena” sociedad de su momento.
  4. De esa forma se opuso a un orden social en el que algunos, en nombre de sus privilegios patriarcales, expulsan y oprimen, utilizan y destruyen a los menos privilegiados. Por eso, ha rechazado (ha declarado rota) una forma de familia dominante, de tipo jerárquico-impositivo, fundada sobre principios de posesión, en la que unos se imponen y excluyen a otros (les expulsan del buen todo). La opción de Jesús a favor del Reino (de los excluidos) le ha llevado a oponerse a un orden familiar jerárquico que se impone y funciona expulsando a los más pobres. Actúa así para que pueda surgir una familia abierta a todos, empezando por los excluidos (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). A su juicio, desde la perspectiva de los pobres, la familia estaba rota, no podía hablarse de familia.
  5. Su cambio de familia exigía un cambio de economía y sociedad. La familia tradicional estaba muy vinculada a un tipo de estructura económica, de forma que los carentes de familia solían ser básicamente los pobres, sin bienes materiales ni amparo social, los enfermos e impuros. Ciertamente, hay una riqueza que puede minar y amenazar a la familia, haciendo que ella se convierta en un espacio de egoísmo posesivo. Sin embargo, en general, lo que destruye a la familia tradicional es la pobreza y falta de recursos, que deja a los hombres sin campo, a las mujeres sin libertad y a los niños sin amparo.
  6. Por eso, los carentes de “casa/familia” eran en general los pobres, los huérfanos, viudas y extranjeros, es decir, los que no podían apoyarse en la estabilidad económica y social que ofrece la tierra. En sentido tradicional, la posesión de una familia y casa (con campos) era signo de bendición, pero esa posesión podía convertirse también en instrumento de pecado, pues la abundancia de unos se construía sobre la carencia de otros. Lógicamente, para buscar una familia de Reino, expresada en formas de gratuidad y universalidad, partiendo de los pobres, Jesús debía superar la familia clasista (patriarcalista) que había desembocado en la ruptura social y en la opresión de los pobres de Galilea.

 Un programa escandaloso:Odiar padre y madre… 

    Así formula Jesús su programa:  Quien ame al padre o madre más que a mí (= quien no supere un tipo de familia clasista, impositora) no es digno de mí.En ese contexto se entiende la exigencia de Jesús: No absolutizar al padre y a la madre (Mt 10, 37‒38). De forma paradójica, escandalosa, otra tradición del evangelio habla de odiar a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 24, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3). “Odiar” significa dejar en un segundo plano a los que parecen más íntimos, para acompañar y ayudar a los más necesitados.

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