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Jesús, familia pendiente (2) Hijo de Dios, nacido de mujer

viernes, 9 de julio de 2021
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Jesús-y-María-ft-imgDel blog de Xabier Pikaza:

Este es un tema complejo y debe plantearse desde diversas perspectivas exegéticas e históricas, biológicas y antropológicas, existenciales y  culturales, eclesiales y dogmáticas… Es un tema poliédrico, que ha de mirarse desde planos distintos, con respeto ante los textos, con fidelidad ante las tradiciones de la Biblia (libro poliédrico) y de la la tradición eclesial, que es también multiforme.

Yo mismo presente hace algún tiempo (Orígenes de Jesús, Salamanca 1976)  lo que entonces se sabía y decía. Han pasado decenios, son muchas las cosas que se han dicho, y tendrán que decirse todavía en un plano bíblico y simbólico, existencial y antropológico.

El tema no se centra en el posible “milagro biológico” de Jesús, sino en milagro total de su vida, que es divina, siendo totalmente humana, conforme al dogma de Calcedonia (año 451). Hoy estamos en condiciones de plantear y entender mejor, no en clave apologética (para defender posibles dogmas separados del contexto), sino evangélica y eclesial,  sabiendo que en el nacimiento y vida de Jesús todo es humano, siendo al mismo (¡por eso!) totalmente divino.

Significativamente se ha elaborado más y mejor la vertiente de la madre (mujer, María), y se ha dejado en la sombra la función de Jesús, un “hijo de David” destronado. Los textos le han visto como signo de superación del patriarcalismo davídico, pero no han elaborado (que yo sepa) su aportación masculina. Queda pendiente ese tema, y su relación con María, madre de Jesús,  a quien la Iglesia ha presentado gozosamente como arquetipo de mujer, virgen y madre, en una línea que hoy (2021)debe replantearse.

1. Interpretación del nacimiento, una historia fecunda.

‒ Pablo.Hacia el 52/56 d.C., él afirma que Jesús nació de mujer, bajo la “ley” (Gal 4, 4), y que era descendiente (hijo) de David según la carne (Rom 1, 3-4), descendiente de los israelitas (Rom 9, 5), pero su vida y familia “carnal” resultaba secundaria, pues él pensaba que, en ese plano, Jesús había sido un mesías judío “fracasado” (muerto en Cruz, por “gracia” de Dios), y que su novedad mesiánica (salvadora) comenzaba con la resurrección, en el momento en el que Dios le había constituido Hijo suyo, superando así la “ley”, es decir, el mesianismo davídico.

            Por eso, en principio, Pablo no se interesó por la “familia” histórica de Jesús, sino por su muerte y su resurrección. Y, sin embargo, paradójicamente, él reconoció la importancia de Santiago y de otros hermanos de Jesús, a quienes cita con gran respeto, como “hermanos del Señor” (Gal 1, 19; 2, 9; 1 Cor 9, 5; 15, 7).

‒ Marcos.Hacia el 70/74, escribe una biografía mesiánica de Jesús Hijo de Dios, insistiendo como Pablo en su muerte-resurrección, pero añadiendo (en mirada retrospectiva) que él (Jesús) era ya Hijo de Dios en su vida “adulta” (a partir de su bautismo: Mc 1, 9-11), como mensajero del Reino, de manera que ya no vivió ni murió como un “hombre cualquiera” (cf. Flp 2, 6-11), sino como Hijo de Dios. De todas formas, Marcos no ha dado importancia al nacimiento de Jesús, ni a su filiación davídica (discutida y posiblemente negada en 12, 35-37), sino que ha destacado su mesianismo a partir de su misión en Galilea y Jerusalén, tras el bautismo.

            Marcos sabe que la madre de Jesús se llamaba María y que tenía varios hermanos (cf. 6, 2-4), pero no ha querido contar su nacimiento, añadiendo además que él tuvo que distanciarse de esos hermanos y de su misma madre (Mc 3, 20-22. 31-35), que no supieron comprender ni aceptar (al menos al principio) el carácter universal (no davídico) de su misión y de su entrega por el Reino.

‒ Mateo y Lucas recogieron algunos años más tarde, hacia el 80-90 d.C., una tradición ya establecida que presenta a Jesús como Hijo de David en un plano judío (como supone Rom 1, 34 y ratifica Rom 15, 8), pero añadiendo que él no es sólo Cristo, Hijo de Dios, a partir de su bautismo (Mc 1, 9-11), sino que lo es desde (a partir de) su mismo nacimiento, por obra del Espíritu, asumiendo y superando su genealogía “física” davídica (que sólo se ha cumplido en un plano de “carne”). Desde ese fondo, con gran finura teológica, Mateo y Lucas afirman que Jesús es Hijo de Dios habiendo sido engendrado por obra del Espíritu Santo y habiendo nacido de María Virgen, de manera que toda su vida puede y debe interpretarse como historia de Dios.

  En un nivel, esos motivos (concebido por el Espíritu Santo, nacido de la Virgen María) podrían entenderse en forma mitológica, como si el Espíritu divino fuera un agente físico/biológico, capaz de fecundar a María de manera que ella siguiera conservando intacta su “virginidad” biológica. Pero de hecho, superando ese nivel mitológico/biológico, Mt 1-2 y Lc 1-2 suponen que él Espíritu actúa y engendra por María de un modo “divino”, no como sustituto del semen masculino, sino como fuente de vida trascendente, como signo y sentido de todo nacimiento humano (pues cada persona brota de un modo especial de Dios, a través de sus padres y/o educadores)[1].

 2.Mateo 1-2. Cumplimiento y superación de la paternidad de José. Más allá del mesías davídico

Mateo comienza ofreciendo una genealogía masculina de Jesús (de Abrahán a David, y de David, por el exilio, a José, esposo de María), pero introduce en ella cuatro mujeres irregulares (Tamar, Rahab, Rut, Betsabé) que simbolizan y expresan la acción divina (Mt 1, 1-17) que José, hijo de David, debe aceptar:

 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su madre, con José, antes que cohabitaran, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla en secreto. Y mientras pensaba en esto, un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella ha sido engendrado es del Espíritu Santo…Mt 1, 18-23).

           Estamos ante un nacimiento perfectamente humano, siendo totalmente divino. Así se dice en forma simbólica que antes de que José cohabitara con María, su “desposada”, ella aparece “encinta”, por obra del Espíritu de Dios. José no lo sabe y, lógicamente, siendo justo (fiel a la ley), debe abandonarla, aunque quiere hacerlo en secreto, para no difamarla. Pues bien, en este contexto se introduce el ángel de Dios, que revela a José el misterio, exigiéndole que se convierta y que acepte a María como esposa, reconociendo a su hijo. Solamente así, José, el padre/patriarca, se vuelve verdadero padre de Jesús, en el sentido radical de la palabra, colaborando con María; no es que sea “menos” padre, sino “más”, padre en sentido verdadero, humano, colaborando con Dios, que es quien actúa en María, la madre de Jesús.

‒ José, hijo de David (Mt 1, 20),un padre convertido. Naciendo de María, Jesús rompe el orden patriarcal (=nacional) de Israel, de forma que en un nivel antiguo su origen resulta irregular: No es “mesías” por genealogía física (davídica), como anunciaban las tradiciones nacionales, sino por “promesa” y acción salvadora de Dios (cf. Rom 9, 8). Por eso, José debe renunciar a su paternidad mesiánica impositiva (en clave israelita), superando el nivel de la generación biológica (que convertiría a su hijo en una propiedad suya), para aceptar de un modo “personal”, por fe (como don superior de Dios), al hijo de María, convirtiéndose de esa forma en padre verdadero, no en menos, sino en más, en línea verdaderamente humana.

Más que la colaboración materna de María (que se da por supuesta) a Mateo le interesa la transformación paterna de José, de manera que él aparezca como verdadero padre, superando el nivel biológico y patriarcal, para situarse en el nivel de la palabra y del servicio humano. José debe transformarse así en nuevo esposo y padre creyente, superando el nivel biológico/patriarcal, para volverse “marido y padre creyentes”, un hombre que confía en su mujer. a quien acepta como portadora de un mensaje de Dios, y confía también en su hijo, a quien recibe, educa y acompaña como don y presencia de Dios.

María, madre del Hijo de Dios. De ella no se dice nada, sino que ha concebido por obra del Espíritu (cf. Mt 1, 18-25), para añadir que los magos, viniendo de Oriente, para adorar al Rey de los Judíos (Mt 2), le descubrieron en sus brazos (Mt 2, 11). Por encima de todo posible argumento, esta imagen de la madre con el niño nos sitúa en el centro de una más alta dinámica familiar, en la línea de la “profecía” del Emmanuel (Is 7, 23), cuyo cumplimiento ha destacado el evangelista al afirmar que todo sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta: “La virgen ha concebido y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel” (Mt 1, 23). Ésta es la palabra esencial de la nueva revelación de la familia (centrada en la madre y el hijo) según el evangelio de Mateo. José no puede ya actuar como “señor” de la familia (patriarca), sino como protector y amigo de la madre, y como educador humano de su hijo, al que introduce en el camino de la filiación davídica, que Jesús recreará, superando (rechazando) la visión antigua de su mismo padre.

 José aparece así como custodio y garante de una palabra que le transciende, es decir, de la vida de Dios que se expresa y despliega a través de María, su prometida. El texto (Mt 1-2) no dice cómo ha sido, no se detiene a precisar la forma de colaboración que se ha dado entre el Espíritu de Dios y María, pues ello pertenece al misterio superior de lo divino, pero afirma que María pertenece al despliegue generador de Dios y que se encuentra así en el centro de la nueva familia mesiánica, con Jesús en sus brazos. Pues bien, en ese contexto, José resulta necesario para guiarles a los dos (María y Jesús), de modos distintos, acompañando a María y educando mesiánicamente a Jesús, hasta que supera los peligros de la infancia, la persecución de Herodes, y vuelva a Nazaret (Mt 2, 1-23). De esa manera actúa y se convierte en verdadero padre humano[2].

3. Concepción por el Espíritu, palabra de María (Lc 1-2)

El evangelio de la infancia de Lucas constituye quizá, con el de Mateo, la revelación más alta de la familia en la Biblia, y nos sitúa en el lugar donde la maternidad (y paternidad) puede entenderse como diálogo con Dios, retomando y recreando el motivo de Gen 2-4. Por eso, más que en José, Lucas ha insistido en la importancia y colaboración de María, la mujer, que aparece ya, implícitamente, como nueva Eva.

1. Un relato de nueva creación.Eva, la mujer del principio (Gen 3) parecía inclinarse a dialogar con la serpiente (no con Dios) para descubrir el sentido y meta de su maternidad, como iniciadora de un camino de creatividad personal en el que venía a implicarse luego Adán, a quien daba también la manzana (cf. cap. 1). Pues bien, María, la nueva mujer de Lc 1-2, dialoga con el “ángel”, que le promete un niño, que será el mesías, la nueva humanidad, y así, estando desposada con un hombre llamado José, de la casa de David, acepta la palabra de Dios que le promete un hijo, y lo hace dialogando con autoridad, como persona madura, dueña de sí misma, poniendo una dificultad esencial: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” (Lc 1, 34). Es como si dijera que su relación con José resulta insuficiente, que nunca un hombre saciará su deseo, que hay algo en su vida, y en la palabra de Dios, que se abre más allá de su relación con un varón. En ese contexto se sitúa la respuesta del ángel, que eleva de nivel su pregunta y su argumento:

          El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, la Fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo que nazca será Santo, se llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios (Lc 1, 35-37).

        Todo esto sucede al sexto mes, como había anunciado el narrador al comienzo de la escena (Lc 1, 26) evocando la historia de Isabel, esposa del anciano Zacarías, que había concebido conforme a la promesa del ángel, por obra Zacarías (cf. Lc 1, 5-25). María concebirá por gracia del Espíritu santo, como le ha prometido el mismo ángel Gabriel. El texto no dice que Dios sustituya con su Fuerza en clave seminal el esperma de Abraham, de David o de José, sino que actúa en un plano de trascendencia, sin negar lo humano, sino expresándose como divino en la misma trama de la historia, superando así un nivel de patriarcado humano.

       La tradición del NT supone en varios casos que el esperma de Abraham o David, es decir, la potencia engendradora de la vida, que se transmite a través de una historia de varones, forma parte de la promesa mesiánica (cf. Lc 1, 55; Hch 3, 35; 13, 29; Gal 3, 16-19; Rom 1, 3; Jn 7, 42). Es claro que ese esperma no aparece en esos textos como simple semen masculino, sino como signo de Dios y promesa de vida. Pues bien, en esa línea, pero superando ese nivel de “esperma humano”, ha de entenderse la palabra del ángel a María: ¡El Espíritu Santo vendrá sobre ti…! Toda concepción y nacimiento humano es signo y presencia del Espíritu de Dios, y de un modo muy especial la concepción y nacimiento de Jesús por María.

       Ella ha preguntado a Dios (como Moisés en Ex 3,11-12): ¿Quién soy yo, cómo será? Y Dios le ha escuchado y respondido, mostrándole el sentido más profundo de su acción, como diciendo: “No importa ahora lo que seas tú, sino Quién soy yo…”. El mismo Dios se revela de esa forma en la concepción de María, que no es una mujer sometida a José, sino que tiene palabra y dialoga con Dios, diciendo de algún modo “yo soy”, de manera que Dios se hace presente (como Yahvé, el que es) por medio de Jesús, su hijo. La objeción de la madre (¡no conozco varón!, Lc 1, 34) nos hace superar así el patriarcalismo entendido como dominio del hombre sobre la misma mujer y la vida.

Fiat. Maternidad dialogada con Dios.Ningún varón como tal (por sí mismo), pero tampoco ninguna mujer, puede hacer que surja una persona humana. Es necesaria una presencia superior, la acción y vida de Dios, y así lo entiende María, respondiendo: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra» (1, 38). El tema biológico queda así “velado”, pues en sí mismo resulta insuficiente para que se produzca un verdadero nacimiento “humano”. Los hijos, en cuanto humanos (personas) nacen de la palabra de los padres y de la presencia de Dios, que aparece así como fuente radical de la vida humana. Ninguna persona es “producto” fabricado por otras personas humanas, sino que cada una presencia y revelación de Dios.

       El nacimiento de Jesús revela, según eso, un elemento esencial de toda concepción y nacimiento humano y de esa forma nos sitúa ante el lugar y sentido del verdadero engendramiento, que es la “palabra”. Dios habla (le ofrece y le pide la palabra), y María empieza respondiendo he aquí (=aquí estoy, en griego idou, en hebreo hinneni), para así comprometerse con su vida entera, en cuerpo y alma, en lo divino (Lc 1, 38). Dios no le ha obligado, no le ha impuesto ninguna carga, pues María no es su esclava, sino que le ha pedido permiso, ha dialogado con ella. Sólo por eso, porque Dios libremente ha llamado, ella puede responderle ¡he aquí la sierva!

       Dios ha pedido, ella responde. Ella ha esperado y Dios le ofrece su palabra hecha carne, el Hijo de su entraña, Jesucristo. Sólo cuando dice fiat (genoito, hágase), Dios pues hacerse y ser Trinidad de amor en la historia. María responde así, y se compromete, libremente. Al situarse en el lugar donde la Palabra de Dios se encarna (Jn 1, 14), ella actúa como signo de la humanidad, a favor de todos (cf. Lc 1, 26-38). Ella ha dicho que no conoce varón en un determinado plano de matrimonio patriarcal, dominado por los esposos. Pero ahora descubre, por encima de ese plano, un nivel más alto de presencia y acción de Dios, que realiza su acción a través de ella, que tiene la última palabra, pero no a solas, sino con Dios, diciendo fiat (genoito), que significa “hágase, hagamos”.

4. Excurso. La madre, presencia y mediadora de Dios en el Antiguo Testamento

          Desde ese fondo quiero evocar algunos textos básicos del AT, que nos permiten comprender la mediación de María, Madre de Jesús, en el nacimiento de su hijo. Por un lado, el AT es radicalmente “patriarcal”. Pero en otro sentido en el surgimiento de los niños en el vientre de la madre desaparece la función del madre. Como he dicho, éste es un tema que debe “recrearse”. Aquí me limito a citar unos textos que nos permiten  situar el contexto judíos del “surgimiento de Jesús”, hijo de Dios, en el vientre de su madre. Desde ese fondo debemos afirmar que cada niño es “hijo de nacido”, nacido de mujer (de virgen), lo mismo que Jesús.

a) Sal 22, 10 Tú eres quien me sacó del vientre, | me tenías confiado en los pechos de mi madre;11 desde el seno pasé a tus manos, | desde el vientre materno tú eres mi Dios.

Cuando el orante afirma que ha sido concebido y sacado del vientre de su madre por el mismo Yahvé,  está poniendo de relieve la acción y presencia de Dios en el proceso de concepción del niño (del hombre mesiánico de Sal 22). Leer más…

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«Lo de Jesús», por Miguel Ángel Munárriz.

miércoles, 7 de julio de 2021
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SER HERMANO - MEMORIA PROFETICA DE JESUS - ESP - sin cintillo_resizeDecía Nietzsche —gran admirador de Jesús en una etapa de su vida— que «el último cristiano murió en la cruz», lo cual, aun distando mucho de la realidad, nos puede hacer reflexionar sobre la enorme divergencia que existe entre “lo de Jesús”, y las actitudes de quienes respondemos el apelativo de cristianos.

Pero ¿por dónde empezar esta reflexión?… Pues parece lógico iniciarla por nosotros mismos; esa mayoría de miembros de a pié de la Iglesia, que hemos hecho el milagro de compatibilizar el cristianismo con la sociedad de consumo (lo que en términos evangélicos equivale a hacer pasar el camello por el ojo de la aguja); que hemos olvidado que en un mundo lleno de injusticia y opresión, la única forma de que «los hombres vean el amor del Padre» es a través de las buenas obras de quienes lo proclaman; y que ése es nuestro compromiso.

Una vez hecha la autocrítica, ya podemos permitirnos extender la reflexión a otros ámbitos de la Iglesia. Y aquí nos topamos en primer lugar con la jerarquía, quizá más comprometida con su propia importancia y sus propios problemas, que con la misión de promover el evangelio en todos sus actos y decisiones. Nos encontramos también con los encargados de proclamar la Palabra, en demasiadas ocasiones más empapados de escolástica que fascinados por Jesús.

También podemos ampliar nuestra reflexión a esa teología erudita que a veces olvida que solo sabemos de Dios lo que hemos visto en Jesús, y que nos ofrece, también a veces, una visión de Dios ajena al evangelio que enturbia la mejor parábola de Jesús: Abbá. Tampoco ayudan esas presuntas vanguardias que, lejos de reconducirnos hacia criterios y actitudes evangélicas (que buena falta nos hace), promueven filosofías iniciáticas, filo-gnósticas, en las que ponen todo el énfasis, relegando la fe en Jesús a un discreto segundo plano…

Negro panorama. Tan negro que, si nos parásemos aquí, no tendríamos más remedio que dar la razón a Nietzsche. Pero afortunadamente la Iglesia no se queda ahí (ésa es solo la periferia), pues falta por mencionar ese cogollo escogido donde el cristianismo se abraza con fuerza a lo de Jesús. Nos referimos a esas minorías comprometidas que han decidido tomar en serio la misión de hacer visible el evangelio a todas las gentes, y que lo hacen, no desde el púlpito o la cátedra, sino desde la cercanía, desde el servicio a los más necesitados, bien sea en el propio lugar donde viven, o bien, abandonándolo todo para ir a compartir con ellos penurias, enfermedades y muerte en aquellos lugares donde la necesidad es más acuciante.

Y ésta es sin duda la vanguardia, la quintaesencia, la que mejor nos muestra al Dios de Jesús, la que marca el camino, la que nos hace tener confianza en el futuro, la que compensa el escándalo que nosotros damos al mundo… Y cuando alguien diga que la vanguardia del cristianismo está en otra parte, haremos bien en confrontarla con el evangelio para ver si aguanta la prueba o se estrella estrepitosamente contra ella.

A veces me pregunto si el cristianismo es viable de cara al futuro, y siempre llego a la conclusión que lo será si es consecuente con lo de Jesús, y que no lo será si se desentiende de él. ¿Y por qué?… pues porque el evangelio es sumamente contagioso, y la mejor prueba de ello es que las primeras comunidades crecían sin cesar a pesar de las persecuciones que sufrían y las dificultades a las que se enfrentaban… El problema es que nadie se contagia si no se pone en contacto con al agente infeccioso, y es aquí donde entramos nosotros; la sal de la Tierra y la luz del mundo… pero… «si la sal se vuelve insípida ¿con qué se la salará?

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

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“Sabio y curador”, 14 Tiempo Ordinario – B (Marcos 6,1-6)

domingo, 4 de julio de 2021
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35_14_TO_B_1467539No tenía poder cultural como los escribas. No era un intelectual con estudios. Tampoco poseía el poder sagrado de los sacerdotes del templo. No era miembro de una familia honorable ni pertenecía a las élites urbanas de Séforis o Tiberíades. Jesús era un obrero de la construcción de una aldea desconocida de la Baja Galilea.

No había estudiado en ninguna escuela rabínica. No se dedicaba a explicar la ley. No le preocupaban las discusiones doctrinales. No se interesó nunca por los ritos del templo. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente.

Según Marcos, cuando Jesús llega a Nazaret acompañado por sus discípulos, sus vecinos quedan sorprendidos por dos cosas: la sabiduría de su corazón y la fuerza curadora de sus manos. Era lo que más atraía a la gente. Jesús no es un pensador que explica una doctrina, sino un sabio que comunica su experiencia de Dios y enseña a vivir bajo el signo del amor. No es un líder autoritario que impone su poder, sino un curador que sana la vida y alivia el sufrimiento.

Sin embargo, las gentes de Nazaret no lo aceptan. Neutralizan su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejan enseñar por él ni se abren a su fuerza curadora. Jesús no logra acercarlos a Dios ni curar a todos, como hubiera deseado.

A Jesús no se le puede entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con él. Dejar que nos enseñe cosas tan decisivas como la alegría de vivir, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos ayude a vivir en la presencia amistosa y cercana de Dios. Cuando uno se acerca a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de manera nueva.

Por otra parte, para experimentar su fuerza salvadora es necesario dejarnos curar por él: recuperar poco a poco la libertad interior, liberarnos de miedos que nos paralizan, atrevernos a salir de la mediocridad. Jesús sigue hoy «imponiendo sus manos». Solo se curan quienes creen en él.

José Antonio Pagola

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“No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Domingo 4 de julio de 2021. Domingo 14º de tiempo ordinario

domingo, 4 de julio de 2021
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39-ordinarioB14 cerezoDe Koinonia:

Ezequiel 2,2-5: Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.
Salmo responsorial: 122: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
2Corintios 12,7b-10: Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.
Marcos 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra

Los estudiosos suelen decir que la primera parte del Evangelio de Marcos (que termina en la “Confesión de Pedro”) se divide en varias partes más pequeñas; cada una de estas partes empieza con un resumen -llamado técnicamente “sumario”- de la vida de Jesús; después de cada una de ellas viene una referencia a los apóstoles. En este esquema, el evangelio de hoy es el fin de la segunda de las tres pequeñas partes que se caracterizan por un aumento progresivo en el conflicto que Jesús provoca al encontrarse con él. El texto marca un punto clave: Jesús -que es presentado aquí como profeta- se encuentra con la absoluta falta de fe de los suyos, amigos y parientes. El “fracaso” de Jesús se va acentuando: en la tercera parte ya se empieza a presentir la “derrota” del Señor anticipada en la muerte del Bautista.

Es característico del evangelio de Marcos presentar a sus destinatarios el aparente fracaso, la soledad, el “escándalo” de la cruz de Jesús. Esa cruz es la que comparten con él todos los perseguidos a causa de su nombre, como la comunidad misma de Marcos. En toda la segunda parte de este Evangelio lo encontraremos al Señor tratando -a solas con los suyos- de revelarles el sentido de un “Mesías crucificado” que será plenamente descubierto por el centurión -en la ausencia de cualquier signo exterior que lo justifique- como el “Hijo de Dios”.

Los habitantes de Nazaret no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde le viene esto que enseña en la sinagoga? “Si a éste lo conocemos, y a toda su parentela”. La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Allí está el problema: “con lo que ellos conocen“. Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo conocido, siempre más allá de lo aparentemente “sabido”; pero no un más allá “celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque “Dios ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos”; no estamos lejos de la incomprensión de las parábolas: no por difíciles, sino precisamente por lo contrario, por sencillas. El “Dios siempre mayor” desconcierta, y esto lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús “no podía hacer allí ningún milagro”; quienes no descubren en Él los signos del Reino no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque “nadie es profeta en su tierra“. Y quizás, también nos escandalice a nosotros… ¿o no?

Jesús es mirado con los ojos de los paisanos como “uno más”. No han sabido ver en él a un profeta. Un profeta es uno que habla “en nombre de Dios”, y cuesta mucho escuchar sus palabras como “palabra de Dios”; cuesta mucho reconocer en quien es visto como “uno de nosotros” a uno que Dios ha elegido y enviado. Cuesta pensar que estos tiempos que vivimos son tiempos especiales y preparados por Dios (kairós) desde siempre. Pero en ese momento específico, Dios eligió a un hombre específico, para que pronuncie su palabra de Buenas Noticias para el pueblo cansado y agobiado de malas noticias. No es fácil reconocer el paso de Dios por nuestra vida, especialmente cuando ese paso se reviste de “ropaje común”, como uno de nosotros. A veces quisiéramos que Dios se nos manifieste de maneras espectaculares ‘tipo Hollywood’, pero el enviado de Dios, su propio Hijo, come en nuestras mesas, camina nuestros pasos y viste nuestras ropas. Es uno al que conocemos aunque no lo re-conocemos. Su palabra, es una palabra que Dios pronuncia y con la que Dios mismo nos habla. Sus manos de trabajador común son manos que obran signos, pero con mucha frecuencia nuestros ojos no están preparados para ver en esos signos la presencia del paso de Dios por nuestra historia.

Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es más “espectacular” mirar un testimonio allá en Calcuta… que uno de los cientos de miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la vida. Es más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es más fácil esperar y escapar hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar de largo? Leer más…

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4.7.21 (Dom 14). Familia pendiente (1) Los hermanos de Jesús

domingo, 4 de julio de 2021
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imagesEl blog de Xabier Pikaza:

Familia cristiana, historia pendiente

El evangelio del domingo 4.7.21 (14 TO) trata de los hermanos de Jesús (Mc 6, 1-6). Con ese motivo, partiendo de la reflexión de ayer (30.6.21: ni varón, ni mujer, Gal 3, 28), ofrezco una esquema de conjunto de la familia de Jesús. en tres partes La primera trata de los hermanos:

Hermanos y hermanas de carne y sangre, de naturaleza y clan de Nazaret. Ellos forman “la gente” de Jesús, su raíz judía, grupo pobre de una pobre aldea, pero con una larga historia de promesas y esperanza de humanidad.

Hermanos en el Espíritu Santo. Jesús descubre que es «hijo» (presencia) de Dios, y que los demás, varones y/o mujeres lo son también, es Dios hecho carne y camino en la historia humana. Este es el tema que los amigos y seguidores de Jesús han expresado simbólicamente (en un plano religioso, no “físico”), diciendo que que él había sido concebido por el Espíritu de Dios, de María «Virgen».

Hermanos por misión y por encarnación humana: (a) Hermanos de Jesús por misión son aquellos que buscan y trazan con el  un camino del “reino” en el mundo (Mc 3, 31-35). (b) Por encarnación son hermanos suyos  los pobres y excluidos de la tierra, hambrientos, descartados, pues partiendo de ellos se construye el reino de Dios en la tierra (Mt 25, 31-46).

Esta visión de los hermanos de Jesús es una historia y tarea pendiente de la iglesia. Con frecuencia, algunos cristianos han “enmascarado” la familia de Jesús  en una mística super-natural (como si Dios actuara por milagros externos) que no responde a su histroria y mensaje. Hoy desarrollo la primera parte del tema.

El clan de Nazaret ¿Quién es éste?

             En un momento dado, tras haber iniciado su mensaje junto al lago de Galilea, en Cafarnaúm, Jesús vinoa Nazaret, su pueblo, y empezó a enseñar en la sinagoga exponiendo su práctica de reino, la creación de una nuevafamilia, pero sus paisanos no le aceptan, preguntando por su origen, su conocimiento y sus parientes:

Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga y muchos, escuchándole, se admiraban y decían: ¿De dónde le vienen tales cosas? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por él? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí entre nosotros? (Mc 6, 2-3). (Texto comentado en Historia de Jesús y en comentario de Marcos).

 Este relato recoge probablemente recuerdos históricos, pero el evangelio Marcos no lo ha presentado por afán de erudición, sino para introducir la identidad y ruptura familiar de Jesús y de su evangelio (su verdadera familia), en forma de pregunta abierta, a la que deben responder los lectores de su obra. En este contexto se plantea el tema de su origen y el sentido de su “conocimiento”. Es evidente que Jesús promovió y sufrió una fuerte ruptura de familia. Así preguntan sus paisanos:

hogar-infantil-nueva-esperanza-13-728 ‒ ¿De dónde (pothen) le vienen tales cosas (tauta)? (Mc 6, 2). En aquel tiempo, el valor de una persona se medía a partir de su familia… y a Jesús le acusan de ser de familia pobre. Pero Jesús ha roto los esquemas familiares a los que ellos apelan, pues realiza gestos y eleva pretensiones que no pueden entenderse en ese plano. Por eso se interrogan: ¿pothen, de dónde?

¿Qué es esta sabiduría (tis hê sophia), capaz de hacer milagros (dynameis: 6, 2)? Los de Nazaret apelan a la autoridad legal…   Ciertamente, hace cosas que parecen buenas, pero no es un hombre fiable, es un simple cantero, carpintero, albañil de pbelo.

En este contexto resulta normal la pregunta sobre su familia y trabajo: ¿No es éste el artesano, el hijo de María? (6, 3).   Lógicamente, sus paisanos se interesan por sus parientes y su oficio (modo de vida), dentro de de una sociedad donde el origen (genealogía, situación familiar) marca la identidad de cada uno:

‒ Identidad: ¿No es este el tektôn, artesano? (Mc 6, 3). Ciertamente, muchos rabinos judíos posteriores han sido artesanos (a pesar de la opinión peyorativa de Eclo 38, 24-34), y han afirmado que el estudio de la Ley debería completarse con un trabajo productivo para sostener la vida. Pero, en este caso, la pregunta tiene un matiz peyorativo, pues los nazarenos llaman a Jesús artesano para descalificarle, destacando su falta de estudio y su baja condición social. Según ellos, Jesús carecería de formación para enseñar, pues no era más que un obrero manual que debía haber permanecido en su trabajo.

‒ Tema de madre: ¿No es este el hijo de María? (Mc 6, 3; cf. 3, 31-35). El texto no alude al padre José, porque probablemente ha muerto. Como representante de la tradición familiar de Jesús emerge María, que le ofrece un nombre metronímico (Hijo de María) y un lugar en el mundo… Este pasaje no dice nada en contra o a favor de ella, en línea positiva (como Mt 1-2, Lc 1-2, Jn 2, 1-12; 19, 25-27), ni negativa, como supone cierta tradición, que habla en este campo de nacimiento de un nacimiento irregular. Nuestro texto afirma algo anterior, mucho más sencillo: la sabiduría y obras de Jesús desbordan el nivel donde su madre ha podido situarle.

‒ Cuestión de hermanos y hermanas, una pregunta abierta (6, 3). El texto anterior (Mc 3, 31-35) situaba el tema de los hermanos de Jesús en ámbito eclesial. Pues bien, ellos aparecen aquí a nivel de pueblo y familia. Es significativo que el texto cite los dos grupos (hermanos, hermanas), aunque destaque a los hermanos a quienes presenta por su nombre (Santiago y José, Judas y Simón), suponiendo que han sido importantes en la vida posterior de la iglesia.

Denominación metronímica: El hijo de María ¿Nacimiento irregular?

             Parece una denominación extraña, sobre todo en Israel, donde las personas se definen por su origen paterno (Jesús debería llamarse “hijo de José”). Por eso, la presentación metronímica (hijo de María) ha suscitado cuestiones de tipo familiar y teológico.  Algunos (incluso católicos como Shaberg) han supuesto que los nazarenos están evocando un origen “irregular” del nacimiento de Jesús cosa que no implicaría un “reproche” contra María (ni contra Jesús), sino que estaría en la línea del evangelio: Dios habría penetrado de manera sorprendente en la historia de los hombres y mujeres a través de un nacimiento irregular, en el sentido legal del término.

Algunos exegetas añaden que la acción “especial” de Dios en María (que podría haber sido víctima de una violación),en la línea de las mujeres “irregulares” de la genealogía de Mt 1, 2-6 (Tamar, Rajab, Rut y la esposa de Urías). Jesús habría asumido en su origen y en su vida el destino de millones y millones de hijos de matrimonios irregulares, de mujeres utilizadas o violadas, de manera que así pudo comprender mejor la situación de otros hombres y mujeres semejantes.

Esta condición de María, mujer violada, y reconocida después por José, que se desposó con ella, reconociendo a Jesús como hijo propio, podría servir de modelo de identificación para millones de familias irregulares.

      Esa interpretación no es imposible, y en esa línea se podría añadir que las formulaciones del “nacimiento virginal” propuesto por Mt 1-2 y Lc 1-2 habrían surgido para responder a la acusación del origen irregular de Jesús. El hecho de llamar Jesús “hijo de María” puede fundarse en el hecho de que José ya había muerto y, sobre todo, en la importancia que María tuvo en la Iglesia de Jerusalén como “gebîra”, es decir, como Madre del Señor (cf. Lc 1, 43). Pero esa no parece la mejor interpretación del tema. Lo extraño de Jesús no es que haya nacido de un modo irregular, sino que él mismo sea irregular, por su vida y mensaje.

Cuestión de hermanos.

Lo importante no es la extrañeza del origen primero, sino de su vida entera. Por eso, este tema me parece muy secundario. Pero muchos lo toman como muy importante y por eso quiero  evocarlo. Ha sido (y sigue siendo) muy discutido dentro de la Iglesia, como atestigua San Jerónimo, en siglo IV d.C., distinguiendo tres hipótesis, a la que añadimos una cuarta:

  1. Hermanos carnales, hijos de José y María, hipótesis de Helvidio. Ha sido dominante desde una perspectiva exegética, siguiendo el sentido normal de la palabra adelphos en lengua griega. Conforme a esta visión, Jesús habría sido hijo de José y María, naciendo y creciendo dentro de una familia numerosa, con los valores y problemas que ello implica, como seguiremos indicando al insistir en su vinculación con Santiago, que asumió y recreó su obra mesiánica en Jerusalén. En esta perspectiva, más extendida en la primera Iglesia, Jesús habría nacido en una familia normal, numerosa, como otros muchos galileos de su tiempo; su nacimiento virginal debería entenderse en un contexto simbólico profundo.
  2. Hermanastros, hijos de un matrimonio anterior de José (Epifanio de Salamina).Según esa hipótesis, que se ha vuelto mayoritaria en las iglesias de oriente, a partir del siglo IV, Jesús habría nacido por obra del Espíritu, como hijo de María, siempre Virgen. Por eso, sus “hermanos”, entendidos en sentido extenso, habrían sido hijos de un matrimonio anterior de José, que era viudo y que se habría casado con María siendo ya anciano, como esposo virginal, para protegerle a ella y para dar una familia “oficial” a Jesús (que no era hijo suyo, en sentido biológico). Según eso, los hermanos de Jesús eran hijos que su padre adoptivo había tenido con una mujer anterior.
  3. Primos, hijos de una hermana de María (Jerónimo).Ésta es la respuesta más común de la Iglesia occidental latina. Según ella, el término griego “hermano” (adelphos) se emplearía aquí (en Mc 6, 3) en un sentido extenso, lo mismo que el término hebreo equivalente (‘ah), que puede significar “primo” o pariente, miembro de la tribu… Los llamados hermanos de Jesús serían en realidad hijos de una de las hermanas de su madre, muy vinculada a Jesús por su origen y su itinerario posterior. En esa línea, aceptada por la mayoría de los católicos antiguos, los exegetas han desarrollado y siguen desarrollando una inmensa erudición.
  4. Hermanos de madre, pero no de padre, nacimiento irregular.Algunos exegetas modernos, en la línea de lo ya dicho al comentar la denominación “metronímica” (¡el hijo de María!), afirman que Jesús habría hijo de María y de un padre desconocido (quizá a través de una violación). Jesús habría nacido así de un modo “anómalo”, siendo después reconocido por José, que se casó con María, y tuvo con ella otros hijos, que serían sus hermanos.

La tradición ortodoxa y católica, insistiendo en la virginidad “perpetua” de María, ha defendido con toda razón, como es normal, la segunda y/o tercera hipótesis, pero desde un punto de vista histórico, con los datos que tenemos, el tema resulta más complejo. Por eso lo dejamos aquí abierto, sin precisar tampoco el sentido “dogmático” de la virginidad de la madre de Jesús (que algunos entienden de manera no biologista). En ese contexto podemos introducir aquí, dos nuevas visiones del tema, de tipo eclesial y mesiánico, que destacan el sentido simbólico profundo de la fraternidad, y la aplican de un modo eclesial y/o universal.

Nueva familia, los dos tipos de hermanos verdaderos de Jesús, según el evangelio

Lo más importante en Jesús no ha sido la familia de origen (de dónde viene), sino la familia de elección y de misión: Los hermanos que él ha encontrado y escogido, los que le acompañan en la tarea de reino, y los hermanos que encontrado y querido elevar, en línea de fraternidad universal.

‒ Hermanos de tarea: sus seguidores y amigos, los que se comprometen a vivir en fraternidad).La palabra hermano tiene un sentido figurado muy extenso, como ha puesto de relieve la segunda y tercera hipótesis (de Epifanio y Jerónimo). Hermanos son no solamente los “primos y parientes” (en línea genealógica), sino los integrantes de la comunidad o grupo de Jesús, como he destacado de un modo especial el evangelio de Marcos: Mis hermanos y hermanas, mi padre y mi madre en el mundo son aquellos que buscan y construyen conmigo la familia de Dios (Mc 3, 31-35 y 10, 30). En ese contexto, hermanos de Jesús son todos sus seguidores, la gran familia de la Iglesia, en la línea de Mt 23, 8-9: “Uno sólo es vuestro maestro, uno sólo vuestro padre, y todos vosotros sois hermanos”.

‒ Línea universal, hermanos son los más pequeños.Ampliando el sentido del término, conforme a la dinámica del mensaje y de la vida de Jesús, hermanos del creyente son todos los necesitados, es decir, aquellos por los que Jesús proclama su mensaje y entrega su vida, empezando por los marginados sociales. En esa línea, Jesús puede hablar de sus hermanos más pequeños, los hambrientos y sedientos, los exilados y desnudos, los enfermos y encarcelado (Mt 25, 31-45), abriendo así una fraternidad que se extiende al mundo entero, a partir de los necesitados.

Ciertamente, tiene su importancia el tema de los “allegados físicos” de Jesús (hermanos de sangre, hermanastros, primos, parientes…). Pero más importante es todavía para el evangelio y para el conjunto de la Iglesia el tema de sus “allegamos mesiánicos”, tanto en línea de humanidad (todos los pequeños y necesitados) como de iglesia (todos los creyentes). En esa perspectiva, lo que importa es hacerse hermanos, compartiendo el camino de Jesús y ayudando a sus hermanos más pequeños. Éste es el dogma clave del evangelio, el lugar donde se define la familia cristiana.

Conclusión. Despreciado en su patria

           (Como en USA muchos desprecian a negros, indios o hispanos… Como en España se ha despreciado a los gitanos, como en Europa se desprecia a los emigrantes…)

  Los nazarenos desprecian a Jesús, porque “creen conocer” bien su origen, y consideran que es poco importante, que no es trigo limpio, que no es buen judío de ley /o de reza. En algún sentido, ellos niegan a Jesús o le rechazan por razón de su familia, porque piensan que ella no le da categoría para presentarse como mensajero de Dios o maestro. Leer más…

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El misterio de la incredulidad. Domingo 14. Ciclo B.

domingo, 4 de julio de 2021
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jesussinagoga1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 El domingo pasado nos recordaba el evangelio de Marcos dos ejemplos de fe: el de la mujer con flujo de sangre y el de Jairo. Hoy nos ofrece la postura opuesta de los nazarenos, que sorprenden a Jesús con su falta de fe (6,1-6). El hecho de que un profeta no sea aceptado entre los suyos no representa ninguna novedad. Ya le ocurrió a los antiguos profetas. El caso más sangrante es el de Ezequiel. Dios le avisa, en el momento de la vocación, que su actividad está condenada al fracaso.

 El fracaso de Ezequiel (Ez 2,2-5).

             El relato de la vocación de Ezequiel es el más extenso de todos los relatos de vocación proféticos: casi tres capítulos en la numeración actual (Ez 1,1-3,15). La liturgia se limita a este breve pasaje por su relación con el evangelio.

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí lo que me decía:

-Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado; a ellos te envío para que les digas: «Esto dice el Señor». Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos.

            El texto es tan interesante como desconcertante. Todo el pasado del pueblo de Israel se resume en una historia de rebeldía y dureza de corazón, y los hijos no son mejores que los padres. ¿Qué actitud tomará Dios? ¿Desentenderse de ellos, como proponía a Moisés en el desierto? ¿Acabar con este pueblo pecador y elegirse uno nuevo? La decisión es seguir hablándole, hacer resonar su voz. El contenido del mensaje es lo menos importante y no se concreta en este momento. Lo fundamental es que Dios ha hablado y sigue hablando, como lo demuestra la fórmula: «Esto dice el Señor».

            ¿Por qué es esto tan importante? Para que no pueda atribuirse la culpa de todo al silencio de Dios. La trágica experiencia de los campos de concentración nazis hizo escribir a un autor judío: «Después de Auschwitz no se puede hablar de Dios». Ezequiel le responde: «Después de la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia se puede seguir hablando de Dios, porque Él sigue hablando». El problema no es su silencio, sino nuestra sordera. Ezequiel, igual que Jesús, son testigos de que Dios habla. Y también testigos del fracaso de Dios.

El fracaso de Jesús (Mc 6,1-6)

En aquel tiempo Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.

            Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

            No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.

            Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Éxito en Cafarnaúm

            Resulta interesante comparar lo ocurrido en Nazaret con lo ocurrido al comienzo del evangelio: también un sábado, en Cafarnaúm, Jesús actúa en la sinagoga y la gente se pregunta, llena de estupor: «¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen.» Enseñanza y milagros despiertan admiración y confianza en Jesús, que realiza esa misma tarde numerosos milagros (Mc 1,21-34).

Fracaso en Nazaret

            Otro sábado, en la sinagoga de Nazaret, la gente también se asombra. Pero la enseñanza de Jesús y sus milagros no suscitan fe, sino incredulidad. La apologética cristiana ha considerado muchas veces los milagros de Jesús como prueba de su divinidad. Este episodio demuestra que los milagros no sirven de nada cuando la gente se niega a creer. Al contrario, los lleva a la incredulidad.

            Los milagros de Jesús han representado un enigma para las autoridades teológicas de la época, los escribas, y ellos han concluido que: «Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios por arte del jefe de los demonios» (Mc 3,22).

            Los nazarenos no llegan a tanto. Adoptan una extraña postura que no sabríamos cómo calificar hoy día: no niegan la sabiduría y los milagros de Jesús, pero, dado que lo conocen desde pequeño y conocen a su familia, no les encuentran explicación y se escandalizan de él.

Jesús, motivo de escándalo

            En griego, la palabra escándalo designa la trampa, lazo o cepo que se coloca para cazar animales. Metafóricamente, en el evangelio se refiere a veces a lo que obstaculiza el seguimiento de Jesús, algo que debe ser eliminado radicalmente («si tu mano, tu pie, tu ojo, te escandaliza… córtatelo, sácatelo»).

            Lo curioso del pasaje de hoy es que quien se convierte en obstáculo para seguir a Jesús es el mismo Jesús, no por lo que hace, sino por su origen. Cuando uno pretende conocer a Jesús, saber «de dónde viene», quiénes forman su familia, cuando lo interpreta de forma puramente humana, Jesús se convierte en un obstáculo para la fe. Desde el punto de vista de Marcos, los nazarenos son más lógicos que quienes dicen creer en Jesús, pero lo consideran un profeta como otro cualquiera.

Asombro e impotencia de Jesús

            A Marcos le gusta presentar a Jesús como Hijo de Dios, pero dejando muy clara su humanidad. Por eso no oculta su asombro ni su incapacidad de realizar en Nazaret grandes milagros a causa de la falta de fe. Adviértase la diferencia entre la formulación de Marcos: «no pudo hacer allí ningún milagro» y la de Mateo: «Por su incredulidad, no hizo allí muchos milagros».

Nazaret como símbolo

            Los tres evangelios sinópticos conceden mucha importancia al episodio de Nazaret, insistiendo en el fracaso de Jesús (la versión más dura es la de Lucas, en la que los nazarenos intentan despeñarlo). Se debe a que consideran lo ocurrido allí como un símbolo de lo que ocurrirá a Jesús con la mayor parte de los israelitas: «Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian al profeta».

El fracaso no lo desanima

            Jesús ha fracasado en Nazaret, pero esto no le lleva al desánimo ni a interrumpir su actividad. Igual que Ezequiel, lo escuchen o no lo escuchen, dejará claro testimonio de que en medio de Israel se encuentra un profeta.

Reflexión

            Bastantes veces he oído decir: «Si fuésemos mejores, si la Iglesia fuera como la quería Jesús, si actuásemos como él, la gente aceptaría el mensaje del evangelio y no habría tanta incredulidad». Las lecturas de hoy demuestran que esta idea es ingenua. Nunca seremos mejores que Jesús, pero él también fracasó. No solo en Nazaret, sino en Corozaín, Betsaida, Cafarnaún, Jerusalén… Sin embargo, nunca renunció a cumplir la misión que el Padre le había confiado. Este es el gran ejemplo que nos da en el evangelio de hoy.

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Domingo XIV del Tiempo Ordinario. 04 de julio de 2021

domingo, 4 de julio de 2021
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D-XIV

 “La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía:
‘¿De dónde le viene esto? Y, ¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada?’

(Mc 6,1-6)

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús volviendo a Nazaret por primera vez desde el comienzo de su predicación. Debió de alegrarse de volver a encontrarse con familiares, amigos y vecinos que le han visto crecer. Sin embargo, el Jesús que llega es un hombre diferente, transformado. Y esto es lo que hace que la gente conocida lo rechace, no quiera escucharle ni crea en él. Se pensaban que lo conocían, pero solo lo hacían externamente. Jesús tiene para ellos palabras de libertad, una Buena Noticia que llene sus vidas de esperanza y de consuelo, y las manos preparadas para sanar, para restablecer, para vivificar, para fortalecer. Pero la gente de Nazaret desconfía de alguien que, siendo tan parecido a ellos, les llega con un conocimiento nuevo: “¿De dónde le viene esto?”

La sabiduría que perciben en Jesús es incomprensible porque no le ha venido de fuera, no se ha convertido en un erudito a fuerza de estudiar. La transformación que la gente ve le viene de un conocimiento interior, profundo, íntimo, de su Padre del cielo y de la humanidad.

Sorprende que, a pesar de darse cuenta de la sabiduría de Jesús, lo rechacen, no le escuchen ni confíen en él. Quizás era porque sentían que su mirada y sus palabras les travesaban. Llegaban hasta su fondo, les revelaban su verdad, les incomodaban. Porque los conocía demasiado bien, sabía qué podía pedir a cada uno, sabía los puntos débiles de cada cual.

El caso es que si quien hubiera predicado en la sinagoga de Nazaret aquel sábado hubiese sido alguien desconocido, venido de lejos, sin ninguna relación con el pueblo, que no tuviera ni idea de sus relaciones y comportamientos, el éxito habría estaba asegurado.

Todo esto hace pensar en lo que nos cuesta escuchar palabras verdaderas sobre nosotras, palabras de quien nos conoce bien, de quien no podemos engañar con victimismos ni falsas imágenes. Palabras venidas de aquellas pocas personas que nos aceptan incondicionalmente, que solo quieren nuestro bien, que crezcamos y mejoremos. Que nos traen de vuelta a nuestra realidad.

Nos resulta más fácil seguir ensoñadas con espejos distorsionados. A menudo estamos dispuestas a escuchar aquello que viene de fuera, de cuanto más lejos mejor, cuanto más exótico mejor. Nos atraen las novedades, las soluciones instantáneas, las últimas tendencias. Buscamos consuelo y compañía a través de la pantalla, no lo pensamos mucho a la hora de contar nuestra vida a alguien desconocido.

Mucho menos dispuestas estamos, en cambio, a abrir el corazón a la gente con quien nos encontramos cada día. A hablarles de nuestros dolores, alegrías, deseos, sueños, vacíos y plenitudes. De lo que vivimos con ellos, lo que nos cuesta y lo que nos da gozo. Y es esta gente, sin embargo, la que nos puede hablar de nosotras mismas. Hacernos encontrar con quien somos y con el Dios que nos habita. Compartirnos, dejarnos mirar, escuchar serenamente lo que tienen que decir quienes nos conocen bien, es transformador y nos lleva hacia una vida plena. Igualmente, las profundidades de los demás, escucharles con oídos atentos y mirada limpia, nos hace crecer en sabiduría, en comunión, en alegría, en paz, en conocimiento de Dios.

Oración

Trinidad Santa, transfórmanos desde dentro, ayúdanos a dejarnos mirar hasta el fondo y a mirar a las demás personas con ternura y respeto, y a poner ante ti lo que simplemente somos.

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Porque sabían que era hijo de José, lo rechazan.

domingo, 4 de julio de 2021
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unnamedMc 6, 1-6

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que el don absoluto de Dios hace posible en ellos. Somos humanos, tal vez ‘demasiado humanos’ como decía Nietzsche, pero la plenitud de humanidad que podemos alcanzar es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida. Seres humanos limitados y a la vez humanos infinitos.

Con este texto concluye Marcos una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación por el pueblo de las tesis de los dirigentes, no vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando al pueblo oprimido, que quiere liberarse. Jesús ve que no hay nada que hacer con la institución, y se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, aunque con notables diferencias. Relatos paralelos se pueden encontrar en Jn y en otros lugares de los mismos sinópticos.

Marcos no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su “pueblo”. Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo. Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal, que no pueden aceptar otra cosa. Eran sus compañeros de niñez, habían jugado y trabajado con él, lo conocían perfectamente. Lo encuadraban en una familia, (requisito indispensable para ser alguien en aquella cultura). Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él. Es lógico que no esperasen nada extraordinario.

El texto griego no habla de pueblo sino de “patria”. Ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores. No sale nadie a recibirle. Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles. No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto. Jesús por su cuenta, se pone a enseñarles. Marcos ya había advertido de la relación de Jesús con su familia. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo, porque decían que estaba loco. Quedan impresionados como en Cafarnaúm pero con una actitud negativa.

El texto griego no dice: “desconfiaban de él” sino “se escandalizaban”, que indica una postura más radical. Ni siquiera pronuncian su nombre. Dicen despectivamente que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona. Es curioso que Mateo corrige el texto de Marcos y dice: “hijo del carpintero”. Pero Lucas va más lejos y dice: “el hijo de José”. Estos evangelistas, que copian de Marcos, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa. Para Marcos, no era hijo de José, porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación.

Ese conocimiento excesivo de Jesús es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla. Si no aceptan la enseñanza de Jesús, es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro. Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas que estaban de acuerdo con la tradición. La religión judía estaba segura de sí misma y no admitía novedad. Los jefes religiosos no permitían admitir nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Al hacer Jesús alusión al rechazo del “profeta” está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos. Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta. El texto nos está diciendo que, al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo. La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado sino por verse rechazado por su pueblo. Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar. El golpe psicológico que recibió Jesús tuvo que ser realmente muy fuerte.

Un detalle muy interesante es que su desconfianza impide que Jesús pueda hacer milagro alguno. El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: “tu fe te ha curado”; y a Jairo: “basta que tengas fe”. La fe o la falta de fe, son determinantes a la hora de producirse un “milagro”. ¿Dónde está entonces el poder de Jesús? Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios en sus manos y que puede hace lo que quiere en cada momento. Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el “hacer” como causalidad física. La idea de un Jesús con el comodín de la divinidad en la manga ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

El relato de hoy nos habla de la humanidad de Jesús. Nos está confirmando que no tiene privilegios de ninguna clase. Por eso es tan difícil aceptarle como profeta envidado de Dios. Siempre será difícil descubrir a Dios en aquel que se muestra como muy humano. También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños. Yo he oído más de una vez esta frase: “no nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?” Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos como hienas.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos. Pero esa es también la postura de todos los que lo negaron en aquella sociedad en la que vivió. Como no responde a las expectativas, no existe. Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos hemos hecho de él. Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara. Si de verdad le buscamos, lo descubriremos siempre diferente y desconcertante. Si esperamos encontrar al Dios domesticado, nos engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar. La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas egoístas.

El verdadero profeta es el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras. El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección a la que no podemos llegar nunca. El auténtico profeta será siempre un inconformista, un indignado. Lo más «antiprofético» y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

El gran espejismo en que hemos caído en el pasado fue pensar que “todos” tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo, que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta hoy, hemos cometido el disparate de hacer cristianos por “decreto”. La opción por el evangelio será siempre cuestión de minorías. Nos asusta un Jesús completamente normal porque hemos puesto la grandeza en lo extraordinario. Pero resulta que lo más grande de todo ser humano no es lo que no tienen los demás, sino precisamente lo que todos tenemos por igual.

 

Meditación-contemplación

El demasiado conocimiento de Jesús nos impide descubrirlo.
Lo que es y significa Jesús no se puede meter en doctrinas.
A Dios solo se llega viviendo su presencia en nosotros.
Para llegar a la vivencia tengo que superar el conocimiento.
El conocimiento de Jesús y de Dios no me viene de fuera.
La experiencia de Dios y de Jesús me llegará de dentro.

 
Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Los hermanos de Jesús.

domingo, 4 de julio de 2021
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discipulos-de-jesus«La fraternidad es el gran desafío de nuestros tiempos; hoy no hay tiempo para la indiferencia” (Papa Francisco)

Domingo XIV del TO

Mc 6, 1-6 ¿De dónde saca ese todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado?

Muchos, al escucharle, comentaban asombrados: ¿No es este el artesano, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿Acaso no viven aquí, entre nosotros sus hermanas?”

Jesús vuelve a su tierra natal, donde la gente se admira de su sabiduría, pero no le aceptan por su origen familiar y pobre, y no pueden creer que Dios se le manifieste en lo humilde y lo cotidiano.

Jesús les decía: “A un profeta solamente le desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa”; y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo sanar a unos pocos enfermos a quienes impuso las manos, asombrándose de su incredulidad.

Por encima del rechazo de sus paisanos, Jesús manifiesta su dimensión profética, su espiritualidad que identifica a cuantos luchan por la justicia en favor de los pobres, anunciando el juicio de Dios a los que oprimen al pueblo. Y cuantos oían su espiritual doctrina quedaban aliviados.

El Evangelista Marcos pone de manifiesto en los versículos 1-5 que la familia de Jesús era bastante numerosa y que tenía al menos cuatro hermanos, de lo que podemos concluir que María ni era virgen, y que todos sus hijos habían sido engendrados por el carpintero José. Lo que dice la Iglesia acerca del Espíritu Santo no es un milagro, sino una incomprensible entelequia y un gravísimo error cometido por la Iglesia, que esperemos sea debidamente explicado cuanto antes.

En sentido estricto, el Génesis es el gran libro de la hermandad universal. Y en el mensaje de Jesús, la igualdad de los hijos de Dios es clave. Todos los seres humanos somos hermanos de Jesús como lo demostró en cada paso de su caminar terreno.

El Papa Francisco aseguró en cierta ocasión que «la fraternidad es el gran desafío de nuestros tiempos, hoy no hay tiempo para la indiferencia”.

En muchas Congregaciones de monjas existe la palabra hermanas, por ejemplo, las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. Igualmente entre los hombres como es el caso de los hermanos de la Sagrada Familia, fundados por Gabriel Taborín, religioso francés.

A mi hermano Miguel

Hermano, ¡hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: «Pero, hijos…»

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.

Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste…

Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

César Vallejo

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Portavoz de Dios.

domingo, 4 de julio de 2021
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comodejarteprofeta-despreciadoMc 6,1-6

El evangelio de este próximo domingo hay que entenderlo en el contexto del evangelio del domingo pasado en el que los marginados de Israel encuentran en Jesús una alternativa a su situación. La multitud es representada por la hija de Jairo, sometida a la institución y por la mujer con flujos que representa al pueblo marginado por quien dice actuar en nombre de Dios.

Jesús, en el evangelio de Marcos va marcando claramente cómo la institución solo provoca la muerte y margina a las personas dejándoles sin solución. La enfermedad es castigo de Dios y quien está en la impureza no se puede acercar ni a Dios ni a los demás, por lo que está condenada a un aislamiento que solo puede conducir a la muerte. El propósito de Jesús no es por lo tanto curar a la gente sino sanar de raíz una cultura, una religión que oprime y explota y Jesús les presenta una alternativa: otra imagen de Dios.

Ese Dios cuya experiencia Jesús describe como Abba, está fuera de la ley; no es un dios de mandamientos, normas y preceptos, sino un amor incondicional que pretende lograr la libertad de cada hijx. Esa libertad que Jesús predica tiene un precio: quedar excluido del círculo de la familia, del pueblo, de la comunidad.

Su gente está impresionada por sus enseñanzas pero no reconocen su autoridad. No quieren dar el salto de dejarse tocar, sanar, resucitar por Jesús porque temen las consecuencias que eso les puede traer; es mucho más fácil ridiculizar al mensajero y escandalizarse de él.

Todo profeta es amado y odiado al mismo tiempo. Queremos su mensaje liberador pero no las consecuencias que ese mensaje comporta para nuestras vidas. Ningún profeta es querido por mucho tiempo porque acaba tocando las fibras más sensibles de nuestra comodidad y anquilosamiento.

Posiblemente no son palabras de Jesús: “Solo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian a un profeta”; más bien, es la reflexión de la comunidad cristiana que experimenta el rechazo de los más cercanos porque aceptar que alguien como nosotros trae un mensaje de Dios es muy difícil; se mezclan la envidia, los celos, el miedo… y el arma más potente es ningunear a esa persona.

Atentos a la diferencia entre profeta y gurú. Hoy en día muchas personas se erigen como “maestrxs” y sus enseñanzas pueden ser constructivas… ¿por qué no? Pero hay mucho ego mezclado, muchas ganas de estar en medio y de causar impresión en todos los campos del saber.

El otro día nos contaban de un proyecto interesantísimo sobre agricultura regenerativa, aquí, en Mallorca, capitaneado por alguien con una gran filosofía sobre el cambio climático y la necesidad de crear proyectos de agricultura sostenible en los lugares con más peligro de desertización.

En poco tiempo vieron que alguien que “predicaba” sobre cambios profundos en nuestra manera de pensar y actuar estaba preocupado sobre todo en que su nombre apareciera en el documental explicativo y que se le remunerara por todas y cada una de sus aportaciones, sin contar para nada que en este momento incipiente los recursos económicos eran más bien escasos.

No hay cambios estructurales posibles sin cambios personales de escalas de valores y de actitudes internas profundas. Los ideales más grandes caen cuando nuestro “ego” se pone en medio y nos hace perder la visión.

Hoy tenemos muchos gurús, personas a las que admiramos y que marcan caminos a seguir. Pueden ser sustitutos de la Ley, gente a la que seguimos pero sin implicarnos personalmente.

Y sin embargo, se nos llama a ser un profeta, alguien tocado por Dios a diario, a través de la escucha atenta, voz y presencia de la compasión, de la ternura, a la vez que denunciante de la injusticia, de la opresión, del abuso del poder.

Si experimento en mi vida el gozo de ser sanada, liberada, reconstruida, no hace falta una elección especial, una tarea encomendada, me convierto en “porta-voz”, alguien que lleva esa palabra de aliento, esa escucha atenta, esa mirada compasiva dondequiera que voy, a los lugares donde me siento llamada.

La voz de Dios y la voz de la comunidad me van ayudando a discernir dónde invertir mis talentos, cómo trabajarlos, compartirlos…y sé que estoy en el camino cuando experimento una paz interior que por otro lado no me deja tranquila, no siento que ya he llegado… siempre en camino.

Carmen Notario, sfcc

espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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Sombra

domingo, 4 de julio de 2021
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Sombras-y-lucesDomingo XIV del Tiempo Ordinario

4 julio 2021

Mc 6, 1-6

La desconfianza suele ser un mecanismo de defensa, que fácilmente adopta la forma de desprecio, como en este caso, y de descalificación gratuita.

 Como tantos otros mecanismos de ese tipo, pretende defender, en realidad, del propio malestar, probablemente no confesado y ni siquiera reconocido. Es como si, al descalificar al otro, me “calificara” a mí mismo. En este sentido, la desconfianza, el desprecio y la descalificación suelen ser síntomas y, por tanto, mensajeros de la propia sombra no reconocida ni aceptada. Ello explica que, habitualmente, vayan acompañados de acritud. Es sabido que la sombra se detecta porque aparece crispación, según la conocida ley: todo aquello que me crispa está en mí.

  Para salir de ese laberinto mortal, la puerta se halla en la aceptación de toda nuestra verdad, sin disimularla, maquillarla ni negarla. Porque la sombra no es mala; solo se convierte en algo hostil cuando la ignoramos y no la tenemos en cuenta. “La sombra solo resulta peligrosa ­-decía el psiquiatra Carl Jung- cuando no le prestamos la debida atención”.

  Si, en lugar de dejarme llevar por ella, en actitudes defensivas y descalificadoras, la acepto, reconociendo mis sentimientos, notaré que la sombra, antes temida y rechazada, me humaniza, me baja del pedestal al que me había subido mi ego neurótico y me hace humilde. Solo ese camino nos regala la paz, que únicamente podemos encontrar cuando abrazamos toda nuestra verdad.

  Y, al encontrarnos en la aceptación de toda nuestra verdad, habremos “encontrado” también a los otros. Porque la sombra aceptada y abrazada nos unifica y nos hace compasivos. Como diría el propio Jesús, cuando vemos la “viga” en el ojo propio podemos comprender la “mota” en el ojo del hermano (Mt 7,3). De ese modo, la energía antes devoradora se convierte en energía sanadora.

¿Sé que mi acritud y juicio o descalificación del otro es síntoma de mi sombra no reconocida ni aceptada?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Una homilía? Con la Biblia en una mano y el periódico en la otra

domingo, 4 de julio de 2021
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1535107871_3pY1k5vjDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. La biblia en una mano y el periódico en la otra

         Decía el gran teólogo luterano Karl Barth (1886-1968) que una homilía hay que hacerla con la Biblia en una mano y el periódico en la otra.

Esta homilía de hoy la comienzo con algunas grandes cuestiones, preguntas que impregnan hoy en nuestra realidad social y eclesial.

  1. Secularización, ateísmo

         Es evidente, si no nos tapamos los ojos, que en Occidente, -sobre todo en Europa- y en el último siglo y medio se ha producido una gran deserción de mucha gente de la religión, de las religiones cristianas. Constatamos cómo la descristianización, la secularización, el ateísmo, etc. empapan el tejido social-cultural de nuestros pueblos. “Dios ha muerto” y las iglesias están “medio vacías”.

         De esta constatación se deducen algunas preguntas:

         + ¿A qué se debe esta situación “atea” en la que nos encontramos?

+ ¿Será cierto que, a mayor desarrollo científico, económico, tecnológico, más desciende el nivel de religiosidad de los pueblos y de las gentes?

+ ¿Habrá que admitir que la religiosidad es cosa de pueblos primitivos, quizás rurales, de modo que, el hombre de la sociedad industrial ya no es religioso y ha de abandonar la fe como abandonamos la creencia en los Reyes Magos?

+ ¿Cuál o cuáles serán los caminos y contenidos de una fe sana?. (Absténganse fanáticos y religiosos terminales)

  1. Algunas consideraciones

03.1.  El ser humano -la humanidad- no ha sido atea, ni irreligiosa.

         El ateísmo es un fenómeno relativamente nuevo, nos viene de mediados del siglo XIX. Feuerbach (1804-182) fue el “primer ateo oficial”. Nietzsche (1844-1900) fue quien “proclamó” la muerte de Dios.

Sin embargo la humanidad ha sido -y es-  religiosa. Otro problema distinto es cuál sea el Dios o el ídolo en quien crea.

         Del mismo modo que el ser humano es inteligente (más o menos, pero inteligente), o es ser sexuado (otra cosa es si uno es casado, célibe, homosexual, etc,) pero somos seres sexuados, de esa misma manera somos seres religiosos.

Algunas ideologías tienen como Dios a la patria: lo estamos viendo en cada campaña electoral y en los parlamentos. Los partidos políticos tienen como Dios el poder. Muchas personas adoran el dios dinero, otras muchas personas se postran ante el dios eros, etc.

         El ser humano es, pues, religioso por naturaleza: nos re-ligamos con un Dios o con un  ídolo.

         Y conviene no equivocarse a la hora de elegir el dios que rija nuestra vida.

03.2   adaptación a los momentos y situaciones culturales en la historia.

         El cristianismo nace en un contexto judío –Jesús era judío- y ya el mismo San Pablo ha de hacer un esfuerzo por “traducir” el cristianismo a los moldes de la cultura griega. San Agustín, a finales del siglo IV y comienzos del V, vierte el cristianismo al pensamiento griego de Platón, que era el hábitat cultural de aquel tiempo en los pueblos mediterráneos. Así van entrando en el cristianismo conceptos griegos que hoy los vivimos espontáneamente, pero que originariamente no estaban presentes en el cristianismo: conceptos como inmortalidad, persona, pecado original, bautismo de niños, etc. son adaptaciones del cristianismo a la cultura de su tiempo.

         Se trata de la inculturación (término acuñado por el P. Arrupe). Inculturaciòn es el proceso de integración de una cultura en otra. Así por ejemplo: la Teología de la Liberación es el proceso de inculturación del cristianismo en Latinoamérica.

         Demos un paso más:

         Probablemente la Iglesia no ha entrado ni ha asumido la modernidad, no se ha inculturado en la modernidad-.

+       Pongamos que desde la época de Galileo (1564-1642) la Iglesia se lleva mal y a “regañadientes”, o más bien “no se lleva” con el mundo moderno, con las ciencias, la política, la democracia, etc. El pensamiento eclesiástico admite de mala gana el evolucionismo de Darwin (1809-1882) y en muchas iglesias evangélicas se prohíbe explicar que el ser humano viene por evolución y no por el barro, Adán y Eva, el paraíso, la manzana, etc. (teniendo estos mitos un gran valor simbólico y teológico).

         Tampoco la Iglesia se siente cómoda en la diversidad de las opciones políticas. La Iglesia “chirría” cuando se habla de democracia, de libertad.

En los sectores más conservadores de la Iglesia no se admite la interpretación de la Biblia, los géneros literarios en la misma, etc.

         A partir de la modernidad, que nace en los siglos XVII-XVIII se produjo una bifurcación entre mundo profano-científico y la Iglesia. Cada cual va por su lado y no se suelen dar momentos de encuentro.

03.3   Vaticano II

         El concilio Vaticano II supuso -hasta cierto punto- una presencia del Evangelio en el mundo y en los problemas del hombre moderno. Probablemente ese acercamiento fue debido -sobre todo- a la bonhomía de Juan XXIII. La bondad y sensatez de Juan XXIII fue más valiosa que toda la dogmática y legislación eclesiásticas.

         Probablemente el Vaticano II ha sido -hasta Francisco- el único momento de adaptación del cristianismo a la modernidad.

  1. El evangelio puede volver llenar la vida.

El Evangelio no es un bloque dogmático de creencias (Denzinger), ni un entramado de leyes (Código de Derecho), ni un amasijo de ritos estrictos, ni una permanente discusión acerca del poder. El evangelio es la buena noticia liberadora para el ser humano. El Evangelio es bondad.

Jesús estaba del lado del ser humano, no de la Ley, ni de los esquemas religiosos del Templo, de la sinagoga.

Jesús curaba enfermos, sanaba, daba de comer, acogía a mujeres, trataba con publicanos y pecadores, perdonaba, levantaba de la muerte.

         El Dios de Jesús no es un Dios tremendista, ni un Dios aliado con los poderes de este mundo, sino que Dios es Padre que acoge.

Soñaba el papa Francisco con una Iglesia que fuese un hospital de campaña, un lugar amable. La Iglesia, el sistema religioso que pretenden restaurar muchos obispos se parece más a un cuartel que a un hogar, pero el evangelio no se presenta a cañonazos y condenas.

El hombre moderno -ya más bien postmoderno- será creyente, cristiano si experimentamos y respiramos en la Iglesia bondad y amabilidad de Dios, si vivimos en respeto, libertad, sensatez.

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Su nombre es compasión

jueves, 1 de julio de 2021
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«¿Cuál es mi nuevo desierto? Su nombre es compasión. No existe yermo tan terrible, tan bello, tan árido y tan fructífero como el yermo de la compasión. Es el único desierto que verdaderamente florecerá como el lirio. Se convertirá en un estanque. Echará brotes y florecerá y saltará de gozo. En el desierto de la compasión la tierra sedienta ve brotar fuentes de agua, el pobre posee todas las cosas. No existen fronteras que controlen a los moradores de esta soledad en la cual yo vivo solo, tan aislado como la Hostia sobre el altar, que, siendo el alimento de todos los hombres, pertenece a todos y no pertenece a nadie, porque Dios está conmigo y se asienta en las ruinas de mi corazón, predicando Su evangelio a los pobres.

Muero de amor por ti, Compasión: te tomo por mi Señora, del mismo modo que Francisco se desposó con la pobreza, yo me desposo contigo, Reina de los eremitas y Madre de los pobres«.

*

Thomas Merton
El signo de Jonás

***

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Ella le dijo toda la verdad… (Mc 5,33). La maestra de Jesús

martes, 29 de junio de 2021
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9e85a5a5-05ba-4033-8513-5dc464ea053bDel blog de Xabier Pikaza:

La iglesia posterior ha negado, en general, la palabra a la mujer, y sólo ha reconocido palabras de hombres varones, conforme a una mala glosa de un revisor de San Pablo (1 Cor 14, 34). Pero en el principio no fue así: Según el evangelio de Marcos, en 5, 33, como en 7, 28;14, 3-9 y 16, 1-8, la primera palabra en la iglesia ha sido siempre de mujeres.

La que hoy comento (y ella le dijo toda la verdad) se sitúa en el contexto del “milagro” de la hija del archisinagogo y de la hemorroísa, que ayer presenté en RD con ocasión del evangelio del domingo (27.6.21, cf. Mc 5, 21-43).

A fin de curar a la “hija” de 12 años del archisinagogo, Jesús tuvo que curar  primero la hemorroísa, que llevaba doce años encerrada por una ley de varones “religiosos” que le prohibían ser libre y expresarse, a través de un «milagro» ostentoso, pidiendo a la mujer que diga toda la verdad, la de su vida, la del judaísmo, la de la iglesia

Jesús cura a la hemorroísa, pero necesita que ella cuente “su historia” ante todo, que enseñe (proclame) ante todos ante todos su verdad.  Por eso le llama, le pide (le exige) que hable y diga su verdad, para aprender él  y para que aprendan todos (archisinagogos, jerarcas, pueblo)… Y, a pesar de que tiene miedo de todos aquellos, esa mujer cuenta su vida, les enseña toda la verdad.   

    | X Pikaza

Introducción

Jesús necesita saber la verdad de esta mujer, su experiencia de enferma y oprimida por una ley falsamente religiosa de varones, para seguir así curando, creando iglesia. Para responderle,  ella no saca la Misná judía ni lo que dice un tipo de pretendido dogma o catecismo  oficial sobre las mujeres (¡eso a Jesús no le importa, ya se lo sabe!). Esta mujer hace algo mucho más profundo: Cuenta a Jesús y a todos sus acompañantes su verdad de oprimida y hemorroísa, no solamente su anécdota particular de “tocadora” (buscadora) de un Jesús de carne, sino su verdad universal de mujer oprimida que quiere ser curada

            El texto dice que ella le cuenta toda la verdad (con eipen: la verdad se narra, no se demuestra con teorías inventadas) toda la verdad (pasan tên alethêian). No hay en el evangelio, ni en el Nuevo Testamento, ni en toda la historia de la Iglesia una “palabra” (una confesión) más importante que ésta. Sólo una mujer tiene y dice “toda la verdad”, ante el Dios de Cristo y de la Iglesia, y sólo tras escucharla y aprenderla, Jesús podrá seguir curando a la niña enferma del eclesiástico y a todos los demás.

            Hasta el día de hoy (año 2021), en su conjunto,  la iglesia no ha sabido (o querido saber) la verdad que cuenta (confiesa) esta mujer. He comentado este pasaje en un libro sobre la Familia en la Biblia  y en un comentario de Marcos.  Desde ese fondo, con la ayuda de dos comentarios de mujeres (de M. Navarro  y E. Estévez) quiero comentar este evangelio.

 Mujer con hemorragia (5, 24b-29) ( [1] )

             Mc 5 24b…. Y mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había que gastado todo lo que tenía, sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 habiendo oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada. 29 E inmediatamente se secó la fuente de su sangre y supo por su cuerpo que estaba curada del flagelo.

Según la Misná judía y gran parte de la práctica eclesiástica cristiana, esta mujer es fuente y foco de impureza (¡tiene que  estar escondida en una casa de “arrecogías”, como monjas de clausura a la fuerza!), pero ella sale y avanza escondida y miedosa, en medio del gentío, pues si la reconocen tienen que expulsarla del grupo, haciendo un hueco en su entorno o incluso apedrearla.

            Nadie puede ponerse en contacto con ella, ni tocar sus pertenencia personales. Es una muerta viviente, expulsada de la sociedad y condenada a su propia soledad impura, por causa de una ley religiosa, defendida con celo por las «sinagogas» (por los archisinagogos, como éste al que Jesús acompaña). Pues bien, esta mujer, que no ha podido ser curada por la medicina (5,26), no se ha resignado a vivir como lo manda la ley israelita.

            Es persona sin familia. Conforme a la ley sacral judía, su condición de hemorroísa (mujer con hemorragia menstrual permanente) le expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come…

  Es mujer condenada a soledad, maldición social y religiosa; pero ella se arriesga y sale para “tocar” y decir su verdad a Jesús. En este contexto,  el milagro de Jesús consiste en dejarse tocar, ofreciéndole un contacto purificador, contacto de persona a persona, de varón a mujer, de Dios con la humanidad. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo) [2].

Jesús no la ayuda con el fin de llevarla después a su grupo; no le dice que venga a sumarse a la “familia” de sus seguidores, sino que hace algo previo: la valora como mujer, acepta el roce de su mano en el manto, ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad y para que construya el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir en nada (a nada) sino capacitarla para que ella sea, al fin y para siempre, humana. Socialmente impura era esta hemorroísa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio [3]:

 — Era hemorroísa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenina. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la ratifica como enferma. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse. Vive sin esperanza de curación humana, pues tampoco los muchos médicos (pollôn iatrôn; 5, 26) fueron incapaces de curarla. Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto [4].

Es mujer solitaria, pues su mismo “tacto” ensucia lo que toca, pero tiene un deseo de curarse que desborda el nivel de los escribas de Israel y de los médicos del mundo.Lógicamente, su misma enfermedad se expresa como búsqueda de “contacto” personal. Ha oído hablar de Jesús y quiere entrar relacionarse con él, de un modo personal, a nivel de “cuerpo”: ¡Si al menos pudiera tocar su vestido! (cf. 5, 27-28). No puede venir cara a cara, no puede avanzar a rostro descubierto, con nombre y apellido, mirando a los ojos a la gente que la estruja, porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás (opisthen), en silencio (5, 27).

 — Es mujer que conoce y sabe con su cuerpo (5, 29). Toca el manto de Jesús y siente que se seca la fuente «impura» de su sangre, se sabe curada. Alguien puede preguntar: ¿Cómo lo sabe? ¿De qué forma lo siente, así de pronto? ¿No será ilusión, allí en medio del gentío? Evidentemente no. Ella lo sabe por su cuerpo (egnô tô sômati…), que es la fuente y verdad del primer conocimiento. Los hombres tienden a conocer “a través de leyes” o por medio de razonamientos. Esta mujer, en cambio, conoce por su cuerpo, es decir, a través de la sensación interior por la que se expresa su corporalidad más honda.

             El conocimiento intelectual y racional resultan en este caso secundarios. En el fondo de su vida, hombres y mujeres conocemos a través de la sensación, es decir, a través del cuerpo, de manera que podemos afirmar que somos “inteligencia sentiente”. Pues bien, frente a todas las razones religiosas de los escribas y sacerdotes de Israel, Jesús quiere volver y vuelve a este nivel más hondo de conocimiento corporal, que es fuente de salud humana, el principio de toda religión. En ese nivel, lo que importa de verdad es que ella sepa con su cuerpo, se sepa curada, que pueda elevarse y sentirse persona, rompiendo la cárcel de sangre que la tenía oprimida, expulsada de la sociedad por muchos años. Por eso es decisivo que sepa, se descubra limpia en contacto con Jesús. Así dice Marcos que ella “conoce por su cuerpo” [5].

El mismo gesto de esconder su enfermedad y avanzar entre el gentío, corriendo el riesgo de tocar a unos y otros a su paso, era una especie de protesta religiosa. Esta mujer no se había resignado a vivir condenada y aislada, como un cadáver ambulante, porque así lo diga una ley regulada por los sabios varones de su pueblo. Sin duda, ella iba rozando a muchos y expandiendo a todos (según ley) su contagio de impureza legal, pero nadie se daba cuenta, mostrando así la impotencia de esa ley (pues si todos están contagiados nadie lo está). Sólo Jesús advierte el toque «profundo» de la mujer, que no se atrevía ni a rozar su cuerpo, ni a tomar su mano, sino que le ha bastado con rozar manto (5,28) [6].

Jesús, la fuerza sanadora de Dios (5, 30-32)

Mc 5, 30 E inmediatamente, Jesús, conociendo en sí mismo la fuerza que había salido de él, volviéndose a la muchedumbre, preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto? 31 Y sus discípulos le replicaron: Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién me ha tocado?

La salvación aparece así a nivel de contacto personal, como muestra el gesto de Jesús que busca a la persona que le ha tocado, y la conversación que sigue, que nos conduce al centro del poder purificador del evangelio. Jesús conoce “en su cuerpo” la fuerza que ha salido de él, lo mismo que la mujer ha conocido “en su cuerpo” la curación que ha recibido. Eso significa que Jesús es una persona en comunicación, un cuerpo que se pone en contacto con otros otros, de hombres y mujeres, en un nivel de solidaridad profunda y de acción transformadora, antes de toda racionalización. A partir de este “conocimiento” se entiende la conversación:

1) Jesús: «¿Quién ha tocado mi manto?» (5,30). Pregunta así porque sabe que él se ha puesto en contacto sanador (de solidaridad personal) con otro cuerpo/persona, a través de un manto, un vestido que mantiene su intimidad (le permite resguardad lo más profundo), pero que, al mismo tiempo, le comunica con los otros, haciendo así posible que todos le miren y le toquen. No pregunta “qué” me ha tocado (como si fuera una cosa), sino tis, es decir, quien, una persona. Notemos que no pregunta por aquellos que le han tocado en general, en roce de tipo ordinario. Quiere saber quién le ha tocado precisamente el manto, aludiendo de esa forma al simbolismo ya indicado del manto nupcial, pero, sobre todo, al signo de la comunicación corporal.

2) Los discípulos no entienden (5,31). Piensan que Jesús alude al toque ordinario de aquellos que caminan a su lado y le empujan u oprimen por curiosidad o falta de espacio. No conocen el poder de su vida (de su cuerpo), ni saben distinguir los roces de la gente: quedan en el plano físico de la gente que aprieta, en un nivel de encuentros materiales, como si fueran simples “cosas”. A diferencia de ellos, la mujer entenderá (5, 33). Sabe lo del manto y conoce el movimiento de su cuerpo sanado (conoce a nivel de corporalidad humana, no de contacto de cosas) [7].

3) Jesús, en cambio, distingue y reconoce que éste ha sido un roce de mujer (es decir, de una persona distinta, que en aquel contexto ha de venir escondido), pues el texto dice que,  antes de verla y conocerla externamente, se ha vuelto para descubrir tên touto poiêsasan, es decir, para ver a «la» que había hecho esto (5, 32), sabiendo que la persona que le ha tocado sólo podía ser una mujer creyente, alguien que cree en el poder liberador del contacto corporal (en contra de aquellos que le habían condenado por ley a ser impura). Éste es el principio de su gesto posterior (de su palabra de curación): Una mujer “distnta” (que según Ley debía alejarse de todos) le ha tocado, y él se deja tocar [8].

             El texto nos sitúa así ante el contacto de dos cuerpos. (a) El de una mujer que se encuentra expulsada de la sociedad y declarada impura por su trastorno de sangre. (b) Y el de Jesus que irradia pureza y purifica a la mujer que le ha tocado,  vinculándose a ese plano con la hemorroísa. Sólo ellos dos, en medio del gentío de curiosos legalistas, se saben hermanados por el cuerpo.

Al “tocar” a Jesús, ella le ha enseñado algo que quizá Jesús antes no sabía (o no había pensado expresamente): Que no hay un “cuerpo impuro” de mujer; que igual que ha podido “limpiar” al leproso (1, 39-45), él puede y debe curar a la mujer menstruante, declarada por otros impura. Al “tocar” a Jesús, esta mujer ha declarado que quiere ser pura y que lo es. Ésta es su verdad, es la primera palabra de esta mujer-persona, que quiere dejarse curar por el Dios de Jesús…, que conoce en el fondo a Jesús mejor que todos los hombres que le siguen y manejan, como son al archisinagogo y los mismos discípulos, que gobernarán después su iglesia. Al sentirse “tocado” en su cuerpo, Jesús descubre y declara que esta mujer está limpia.

Nos hallamos, por tanto, ante un “con-tacto” personal primigenio y salvador, ante el roce de dos cuerpos que no se rechazan, un roce humano, primigenio, de reconocimiento y de aceptación “mesiánica”, es decir, personal. A ese nivel ha tocado la mujer a Jesús; a ese nivel ha aprendido Jesús que ese “toque” no es impuro, no mancha. Jesús descubre así que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda; evidentemente, él se la ha dado.

            Jesús se ha dejado sorprender por el “toque” de esta mujer  (que es como el “toque” sorprendente de Dios, del que han hablado algunos místicos, como Teresa de Jesús). Esta mujer ha “tocado” a Jesús en lo más hondo de su vida (de su persona), y él se ha dejado “tocar”, no ha rechazado su roce más hondo, y por la ha buscado con insistencia, logrando que ella venga, a la vista de todos, y se postre (pros-epesen)  a sus pies, como el archisinagogo se había postrado, confesando así el poder de Jesús, que le  ha “obligado” a confesar abiertamente lo que ha hecho (le ha tocado), declarando toda la verdad (pasan tên alêtheian), que es la verdad de su dolencia y de su curación (5,33).

            Esta mujer era invisible, estaba encerrada en la cárcel de su impureza (es decir, de la impureza y falta de palabra que habían impuesto sobre ellas los varones “falsamente religiosos” de un judaísmo de ley o de un cristianismo de derecho de varones), sin que nadie pudiera tocarla, ni ella tocar a nadie, bajo amenaza de fuerte condena. Por eso ha venido a escondidas, con miedo, pues quien la viera podía castigarla (5, 27). Pero Jesús se ha dejado tocar, y quiere decir ante todos lo que ha pasado, haciendo que ella pueda romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos internos, que ahora podrá ya superar abiertamente.

Una mujer que cuenta toda la verdad (5, 32-34)

32 Pero él (Jesús) miraba alrededor para ver quién lo había hecho. 33 Pero la mujer, temerosa y temblorosa, conociendo lo que le había pasado, vino y se postró ante él y le dijo toda la verdad34. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu flagelo [9].

Jesús necesita que ella cuente toda la verdad (no sólo su verdad particular, sino toda la verdad del evangelio). En otras ocasiones, Jesús había pedido a los curados que no dijera nada, para que el “milagro” no rompiera el secreto mesiánico, ni pudiera convertirse en propaganda mentirosa sobre su persona (cf. 1, 34. 44; 3, 12).

Pero, en esta ocasión, él pide a la mujer que salga al centro y cuente a la muchedumbre lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. De esa forma, le concede (o, mejor dicho, le devuelve) la palabra, para que así ella pueda mostrar en la plaza pública, ante todos los hombres legalistas y de un modo especial ante el Archisinagogo, lo que fue el tormento de su vida antes clausurada en la “impureza” que le imponían los demás, y lo que es la gracia de la curación que Jesús le ofrece.

Esta mujer viene a presentarse así como la primera maestra de la Iglesia, la doctora que enseña a Jesús, la el “ministro” superior de la palabra en la iglesia. Todos los dogmas posteriores de concilios y papas han sido y seguirán siendo secundarios. Esta mujer es la primera doctora  y maestra de la Iglesia de Jesús, porque ha sido maestra de Jesús.

            Es ella la que tiene que decirlo  (decirse a sí misma): tomar su palabra de mujer y persona, proclamando ante todos su experiencia, para que así descubran, por su palabra, apoyada por Jesús, que ella no es impura. Es una mujer que conoce lo que le ha pasado (eiduia ho gegonen autê, 5, 33) por su propio cuerpo (5, 29), una mujer que puede elevarse ante todo y declarar lo que había en el fondo de su exclusión, sin estar ya sometida a lo que otros dicen de ella a través de sus leyes.

Así dice toda  la verdad (pasan tên alêtheian, en absoluto)ante los varones de la plaza (y en especial ante el Archisinagogo, enseñándoles así con su propia experiencia. Ésta es la meta de la curación, éste es el principio de la iglesia mesiánica, que surge allí donde las mujeres pueden y deben decir lo que sienten y saben, lo que sufren y esperan, en una historia que deben oír los varones.

Ella cuenta y él ratifica lo que ha dicho esta mujer. De manera muy significativa, Jesús no añade nada, no se pone por encima de ella. No se atribuye la curación, no quiere ponerse en primer plano, sino que confirma, de manera cercana y personal, lo que ella ha hecho: ¡Hija! Tú fe (expresada en tu palabra) te ha salvado. Vete en paz (5, 34). Esta palabra ¡hija! (thygatêr), no hijita (thygatrion, en diminutivo, como ha dicho el archisinagogo al referirse a su hija/niña), es aquí el término apropiado.

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Sara Jones, sacerdotisa anglicana: ‘Dios es maravillosamente no binario’

lunes, 28 de junio de 2021
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337_Sarah_Jones_3Sarah Jones es una de los 10 héroes LGBTQ de todos los días honrados en los premios Attitude Pride Awards 2021, con el apoyo de Clifford Chance.
2021-06-19

Entrevista: Thomas Stitchbury; imágenes: Markus Bidaux

Los premios Attitude Pride Awards, apoyados por Clifford Chance, son parte de Attitude Pride at Home, en asociación con Klarna.

Mantener la fe fue un punto de fricción para Sarah Jones, la primera persona que hizo un cambio de género y luego fue ordenada en la Iglesia de Inglaterra (CoE), al comienzo de su viaje trans. “Una de las cosas obvias que tenía que hacer era cuadrar mi rareza con mi fe. Creo que la pregunta básica era: si Dios me había hecho un hombre, ¿tenía alguna licencia para cambiar eso? Francamente, ¿fue pecaminoso? pregunta retóricamente.

“Recuerdo que fui a un retiro y hablé con el director del retiro y él no sabía nada sobre las personas transgénero. Era encantador y dijo: ‘No sé nada de esto, pero me sorprende que lo que eres es un regalo de Dios para ti, y lo que te conviertes es tu regalo para Dios’. Pensé, guau, qué cosa tan asombrosa para decir. .

“Después de mucha búsqueda, decidí que no estaba realmente en contra de nada en el cristianismo”, continúa Sarah, quien sintió una inclinación hacia la ordenación a una edad temprana. “Ahora puede que esté equivocado, pero ya sabes, todas nuestras vidas, es solo una mejor suposición, y esta es mi mejor suposición, así que aquí estoy. Solo lo sabré el Día del Juicio, ¿no es así? Tengo esperanzas «.

«Seguí tranquilamente con mi vida»

La palabra transgénero nunca resonó en Sarah cuando era pequeña: «Éramos los años 60 y 70 y no había personas trans en los alrededores», dice. Luego, en 1991, se sometió a su cirugía de confirmación de género: «En algunos aspectos era más fácil entonces de lo que tal vez lo sea ahora, porque no era político … Seguí tranquilamente con mi vida y al instante me encantó». . «

En julio de 2004, fue ordenada en el CoE – «Tengo que decir que la iglesia institucional normalmente no se destaca por ser un bastión de igualdad y diversidad, y sin embargo, en realidad, me trató muy bien» – y unos meses después, ella fue «revelado» a un periódico nacional.

«Recibí una llamada telefónica, que siempre supe que podría llegar, de un periodista que me dijo que había recibido un ‘chivatazo'», recuerda Sarah. “Caminé de un lado a otro de la calle principal de la ciudad comercial en la que vivía el viernes, sábado y domingo [antes de los titulares] practicando cómo sería la próxima caminata”.

Ella continúa: “En general, la ciudad me apoyó y también el obispo, que siempre había dicho: ‘Si te expulsan, te defenderé’, y ¿sabes qué? Él era tan bueno como él. palabra. No todos estaban felices … no todos los feligreses pensaban, oh, genial, esto es maravilloso. Creo que algunas personas se distanciaron en silencio. Aunque fue preocupante, resultó bien «.

Ahora, el sacerdote a cargo de la parroquia de la ciudad «muy diversa e inclusiva» de San Juan Bautista en el centro de la ciudad de Cardiff, Sarah reflexiona sobre los sacrificios que ha hecho para vivir su vida como mujer trans. “Algunos de los amigos que perdí en el camino han quedado en la historia … Les agradezco la amistad que tuvimos”, sostiene. “La relación con mi papá nunca se reparó realmente [tampoco]. Él y yo nos vimos un poco después de mi cambio, pero siempre fue como: una vez estaría bien y él estaría orgulloso de mí, y la próxima vez estaba enojado con lo que había hecho. Era de la vieja escuela y no puedo culparlo por eso, supongo. Murió hace unos años «.

«He llamado a los samaritanos una o dos veces en mi vida»

Los encuentros transfóbicos, aunque pocos y espaciados, han golpeado al hombre de 59 años a lo largo de los años. “Una vez hice un funeral para una familia y la recepción fue en un club social después, y necesitaba el baño. Algunos de los jóvenes de la fiesta me entregaron a los caballeros ”, relata, sacudiendo la cabeza. “A veces es agotador ser queer en un mundo heterosexual. Incluso si todo está bien, es muy agotador. Cuando nuestra energía se agota, cuando nuestras baterías se agotan, las cosas pueden ponerse un poco emocionales, y creo que es importante que todos digamos esto. He estado ahí. He telefoneado a los samaritanos una o dos veces en mi vida. Afortunadamente, ahí no es donde vivimos la mayor parte del tiempo «.

 

Sarah, una oradora entusiasta sobre temas que giran en torno a la inclusión y el género, centra su atención en el creciente movimiento anti-trans: “Me sorprendió lo politizado que se ha [vuelto] ser trans y las personas a las que consideraría aliados , algunos de ellos se han vuelto muy críticos con las personas trans y eso ha sido perturbador y bastante perturbador … No hay una agenda, no queremos hacer nada más que ser nosotros mismos ”.

«Eres bienvenido en más iglesias de las que te atreverías a pensar»

Cuando las cosas se han puesto difíciles, Sarah ha podido sacar fuerzas de la religión y sostiene que el buen libro es, de hecho, más que extraño. “Lo que me gustaría destacar es que el cristianismo no es tan homofóbico y recto como la gente podría pensar”, insiste. “Todas esas personas a las que les han dicho que no son lo suficientemente buenas para Dios, que es posible que Dios no las ame, o que se irán al infierno, realmente solo quiero que sepan que son amadas … eres bienvenido en más iglesias de las que te atreverías a pensar ”.

Se le preguntó qué pronombres usa para Dios; Sarah realmente nos lleva a la iglesia con su respuesta. «Crecí refiriéndome a Dios como ‘él’, pero a lo largo de los años he comenzado a cuestionar esto», comienza. “La historia de la creación en Génesis, Dios hace a la humanidad a nuestra imagen, es ‘nuestra’, la palabra es ‘nuestra’. ¿Y qué hace Dios? Dios hace al hombre y a la mujer. «Si juntas eso, diría que en algún lugar dentro del corazón de Dios no hay solo un ‘él’. Dios está más allá del género de todos modos, y me gustaría pensar que todas las posibilidades, todas nuestras nociones de género son de alguna manera subsumido allí y mantenido en Dios. Dios no es un ‘él’. No creo que Dios sea una ‘ella’ tampoco. Creo que Dios es maravillosamente no binario «.

«Ahí está el titular del Daily Mail», se ríe.

Fuente Attitude

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“Una ‘revolución ignorada’”. Domingo 13 Tiempo ordinario – B (Marcos 5,21-43).

domingo, 27 de junio de 2021
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34_13_TO_B_1467538Jesús adoptó ante las mujeres una actitud tan sorprendente que desconcertó incluso a sus mismos discípulos. En aquella sociedad judía, dominada por los varones, no era fácil entender la nueva postura de Jesús, acogiendo sin discriminaciones a hombres y mujeres en su comunidad de seguidores. Si algo se desprende con claridad de su actuación es que, para él, hombres y mujeres tienen igual dignidad personal, sin que la mujer tenga que ser objeto del dominio del varón.

Sin embargo, los cristianos no hemos sido todavía capaces de extraer todas las consecuencias que se siguen de la actitud de nuestro Maestro. El teólogo francés René Laurentin ha llegado a decir que se trata de «una revolución ignorada» por la Iglesia.

Por lo general, los varones seguimos sospechando de todo movimiento feminista, y reaccionamos secretamente contra cualquier planteamiento que pueda poner en peligro nuestra situación privilegiada sobre la mujer.

En una Iglesia dirigida por varones no hemos sido capaces de descubrir todo el pecado que se encierra en el dominio que los hombres ejercemos, de muchas maneras, sobre las mujeres. Y lo cierto es que no se escuchan desde la jerarquía voces que, en nombre de Cristo, urjan a los varones a una profunda conversión.

Los seguidores de Jesús hemos de tomar conciencia de que el actual dominio de los varones sobre las mujeres no es «algo natural», sino un comportamiento profundamente viciado por el egoísmo y la imposición injusta de nuestro poder machista.

¿Es posible superar este dominio masculino? La revolución urgida por Jesús no se llevará a cabo despertando la agresividad mutua y promoviendo entre los sexos una guerra. Jesús llama a una conversión que nos haga vivir de otra manera las relaciones que nos unen a hombres y mujeres.

Las diferencias entre los sexos, además de su función en el origen de una nueva vida, han de ser encaminadas hacia la cooperación, el apoyo y el crecimiento mutuos. Y, para ello, los varones hemos de escuchar con mucha más lucidez y sinceridad la interpelación de aquel de quien, según el relato evangélico, «salió fuerza» para curar a la mujer.

José Antonio Pagola

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“Contigo hablo, niña, levántate”. Domingo 27 de junio de 2021. Domingo 13º ordinario.

domingo, 27 de junio de 2021
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38-ordinarioB13 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 1,13-15;2,23-24: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo.
Salmo responsorial: 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
2Corintios 8,7.9.13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres.
Marcos 5,21-43: Contigo hablo, niña, levántate

Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “el ha venido para que tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta…” Para quien cree –y Jairo ha comenzado ya a adherirse a Jesús, a creer en él, en la medida en que se ha distanciado de la sinagoga-, la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necrópolis (= ciudad de los muertos) cementerio (= dormitorio). No lo ve así la gente que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se reía de él considerando la situación irreversible. Ante tanta incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra adonde está la niña con sus padres junto con tres de sus discípulos a quienes quiere mostrar especialmente la fuerza de vida que hay en él.

Curiosamente estos tres discípulos están presentes también en la transfiguración y en el Huerto y, en ambas escenas, se duermen. Este sueño es todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el Huerto, Jesús pide a Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino del maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. Sorprende, no obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los discípulos para que no digan nada a nadie. Orden lógica, pues todavía no están capacitados para digerir y asimilar y proclamar este mensaje de vida.

Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá que salir al encuentro del maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”. Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre, solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema mundano que ha marginado a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.

Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera.. Dios creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”…

Añadamos una «nota crítica» de precaución. Una lectura no crítica de la primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de paso, el pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente en ese supuesto, y hablar del mal o de la muerte, con toda naturalidad, como fruto del pecado o -peor aún- como introducida en el mundo por el diablo envidioso. Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son. Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica que le ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta para los tiempos de hoy.

Todos, los predicadores de las homilías, y también los oyentes, tenemos la obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita -con frecuencia simplemente por pereza, o por miedo- las afirmaciones manidas afirmaciones míticas, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales (descriptivas de algo que realmente hubiera sucedido) se tratara. Se puede evocar el mundo simbólico del pasado para explicarlo y discernirlo, pero siempre con la obligación de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones «simbólicas», que en otro tiempo fueron tomadas como literalmente reales (así fue, y hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo son simbólicas, es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero que en su sentido literal no son históricas, o que incluso pueden ser contrarias a la verdad histórica.

En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones Obelisco, Barcelona – Buenos Aires 2002]. Leer más…

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Dom 27.6.21. Terapia de familia. La hija del archisinagogo (Mc 5, 21-24.36-45)

domingo, 27 de junio de 2021
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hemorroisa1Del blog de Xabier Pikaza:

Una familia que «mata» a los niños. A los cinco años de Amoris Laetitia

El evangelio de este domingo (13 del TO) consta de dos “terapias de mujeres” (la hija del archinagogo y la hemorrosia), unidas entre sí. Trataré de la hemorroísa el próximo día. Hoy me ocupo de la hija del archisinagogo, que está en trance de morir, y que hubiera muerto, si es que Jesús no hubiera curado primero a su padre.

Este es un milagro de familia. Lo más importante del mundo es que una niña, como esta hija “desgraciada” (¿desamorada?) del archisinagogo pueda vivir, lo que exige que el padre «cambie» (sea de verdad padre).

El Papa Francisco ha querido que este año 2021, a los cinco de su encíclica “Amoris Laeticia”, esté dedicado a la familia, como seguiré poniendo de relieve en este blog.

Muchos estamos sobrecogidos no sólo por las últimas noticias de pederastia en ciertos espacios clericales, sino por el “internamiento” y en parte la muerte de niños indígenas de Canadá (en instituciones de Iglesia) hasta finales del siglo XX.

Por eso quiero dedicar cierta atención a este relato de la hija de archisinagogo, uno de los que mejor recogen y proclaman la identidad del evangelio y la terapia de familia de Jesús

25.06.2021 | X Pikaza

Texto. Mc 5, 21-24.35-43)

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga (archisinagogo), que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente   que lo apretujaba….

(Se introduce el texto de la hemorroísa: Mc5, 25-34)

     Todavía estaba hablando, cuando]llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»

          Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

(He desarrollado este motivo de familia en mi libro sobre la Familia en la Bibliay en mi comentario de Marcos. Allí podrá verse un estudio más completo de los temas, que resume en  reflexión que sigue).

Introducción

Éste es el primer milagro de familia (de niños y padres) en Marcos. Un milagro sorprendente, entretejido con toda la trama del evangelio, mirado aquí desde la perspectiva de un judaísmo sinagogal que parece impedir que sus hijos (y en especial sus hijas) crezcan y vivan. Este “sinagogo” principal es un hombre importante del sistema socio-religioso de Israel, debería ser un modelo de padre de familia, pero tiene una hija enferma, y no encuentra manera de curarla y por eso acude a Jesús pidiéndole ayuda.

            Como dice el texto, Jesús acepta la petición del archisinagogo, y se pone a andar con él…, pero cuando comienza a caminar hacia su casa para curar a la niña, se interpone una hemorroísa (mujer condenada al aislamiento, por su flujo irregular de sangre), que le toca y queda así sanada. Es como si, antes de llevarnos a la casa de la niña enferma, el evangelio quisiera introducirnos en el problema de una mujer que vive aislada (condenada como impura) por un tipo de enfermedad “femenina”. El problema y curación de esta mujer (¡doce años enferma!) resulta esencial para entender el problema de esta niña de doce años, que parece morirse, en la casa del archisinagogo.

  1. Enfermedad de familia.

 En ese contexto, el “milagro” de la hija de Jairo se vincula, en forma de sándwich o tríptico con la curación de esta hemorroísa que está condenada a la soledad (sin marido, sin hijos), mostrando así que ambos temas (niña que se niega a crecer y mujer que no puede amar, vivir en libertad y engendrar), aunque distintos, se encuentran vinculados, y suponen (exigen) una nueva forma de entender y vivir la familia.

            Como seguiremos viendo, en nuestro caso, el verdadero enfermo es el padre, y por su culpa se muere la niña. Por eso,  que quien debe cambiar desde el principio es el archisinagogo, responsable del “orden” (o desorden) de un tipo de familia israelita.

La hemorroísa (Mc 5, 24-34) había vivido encerrada en su enfermedad durante doce años por flujo constante de sangre menstrual, de manera que no podía tener verdadera familia: casarse, engendrar, entablar relaciones sociales cercanas y afectivas. En línea convergente, la hija del Archisinagogo, resguardada hasta entonces en el espacio de máxima pureza de Israel (casa de su padre), parece apagarse y morir al descubrirse mujer, con el primer flujo de sangre, a los doce años, como diciendo que no tiene sentido madurar a la vida (sometimiento) de mujer en estas circunstancias.

Ésta es una niña/adolescente que se nieva a vivir de esa manera, en la casa del archisinagogo, un hombre de la buena sociedad, posiblemente rico. Esta niña, de casa rica y “santa”, se nieva a vivir así, a asumir su “responsabilidad” personal en aquel tipo de familia que debía estar resguardado por el archisinagogo.

Son muchas las niñas/mujeres que han sufrido y sufren al llegar a esa edad, dominadas bajo un gran trastorno personal y de familia. Es normal que sientan la condición y exigencia de su cuerpo, diferente ya y diferenciado, preparado para el amor y la maternidad, pero amenazado por un duro control familiar y una ley de varones (padres y hermanos, vecinos y posibles esposos) que especulan sobre ellas, convirtiéndolas en rica y frágil mercancía. Se descubren objeto del deseo de unos hombres que quizá no las respetan, ni escuchan, y así responden de la única forma que pueden, enfermando, a no ser que alguien les conceda fuerza para vivir.

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“En busca de la mejor medicina”. Domingo 13. Ciclo B.

domingo, 27 de junio de 2021
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B13h09Del blog El Evangelio del Domingo de José Luis Sicre sj:

Los relatos de milagros son como contenedores bien cerrados, unos juntos a otros, sin que se mezcle su contenido. El pasaje de Marcos que leemos hoy recuerda, en cambio, a las muñecas rusas: un milagro dentro de otro. Jesús va a curar a una niña y se cuela por medio una enferma con flujo de sangre. Esa mezcla da gran dramatismo e interés al conjunto.

 En busca de la mejor medicina (Mc 5,21-43)

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en barca a la otra orilla, se reunió con él mucha gente, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies rogándole con insistencia:

̶ Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella para que se cure y viva.

Jesús fue con él y lo seguía mucha gente, que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con sólo tocarle el manto curaré». Inmediatamente, se secó la fuente de las hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:

̶ ¿Quién me ha tocado el manto?

Los discípulos le contestaban:

̶ Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?

Él seguía mirando alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice:

̶ Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad.

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:

̶ Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

̶ No temas; basta que tengas fe.

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:

̶ ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:

̶ «Talitha qumi», que significa: «Contigo hablo, niña: ¡Levántate!».

La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

La medicina tradicional: imposición de manos

El comienzo parece normal: un padre preocupado por su hija gravemente enferma. Lo que no es normal es su convencimiento de que Jesús pueda curarla con sólo ponerle la mano encima. En nuestra cultura, el enfermo agradece que el médico no le hable a distancia; que lo ausculte y lo palpe, si es preciso. En la cultura antigua, el hombre santo y el curandero ejercen su poder mediante el contacto físico. En el evangelio de Lucas se dice que «toda la gente intentaba tocarlo, porque salía de él una fuerza que curaba a todos» (Lc 6,19). En efecto, Jesús cura a la suegra de Pedro tomándola de la mano; imponiendo las manos cura a diversos enfermos (Mc 6,5; Lc 4,40), a un sordomudo (Mc 7,32), a un ciego (Mc 8,23.25), a la mujer tullida (Lc 13,13); poniendo barro en los ojos del ciego de nacimiento le devuelve la vista (Jn 9,15); y a los discípulos les concede el poder de curar enfermos imponiendo las manos (Mc 16,18). Quien se haya fijado en las citas, habrá visto que casi todas son de Marcos y Lucas. Parece que a Mateo y Juan no les entusiasmaba el procedimiento, podría causar la impresión de un poder mágico.

Una nueva receta: tocar el manto

Si Jairo está convencido de que la imposición de manos de Jesús basta para salvar a su hija, la mujer con flujo de sangre va mucho más lejos: le bastaría tocar su manto. La idea del manto milagroso se encuentra también en otro relato posterior del mismo Marcos: «En cualquier aldea, ciudad, o campo adonde iba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejara tocar al menos la orla de su manto. Y los que lo tocaban se sanaban» (Mc 6,56 = Mt 14,36).

El relato acentúa la gravedad y persistencia de la enfermedad (¡doce años!), el fracaso de los médicos y el dineral gastado en buscarle solución. De repente, a la mujer le basta oír hablar de Jesús para depositar en él toda su confianza; ni siquiera en él, en su manto. ¿Fe o desesperación? Algunos de los primeros cristianos, amantes de aplicarse los relatos evangélicos, podrían identificarse fácilmente con la mujer. «Yo también estaba desesperado, oí hablar de Jesús, y todo cambió.»

La verdadera medicina: la fe

La mujer se cura al punto. Pero el relato toma un sesgo dramático. Jesús nota que una fuerza especial ha salido de él y quiere saber quién la ha provocado. Pregunta, rechaza la excusa de los discípulos, mira con atención a su alrededor, hasta que la mujer se presenta temblorosa y asustada. (Marcos describe a Jesús de forma tan humana, tan poco ortodoxa, que Mateo suprimió toda esa parte en su evangelio: Jesús no necesita indagar, sabe perfectamente lo que ha pasado).

El lector termina poniéndose en contra de Jesús y a favor de la mujer. ¿Por qué le está haciendo pasar un rato tan malo? Es un recurso genial de Marcos, el mismo que utiliza en la curación de la hija de la mujer cananea: poner al lector en contra de Jesús y a favor del quien le suplica. ¿Para qué? Para que Jesús ofrezca al final la verdadera enseñanza.

Imaginemos que la mujer se cura y Jesús no pregunta nada. El lector se dice: «Llevaba razón la mujer. Bastaba con tocarle el manto.» Quizá añadiría: «En realidad, quien cura es Jesús, no el manto.» Pero todo el teatro montado por Jesús sirve para llegar a una conclusión muy distinta: «Hija, tu fe te ha curado.» Ni Jesús ni el manto, «tu fe». Esta afirmación podrá parecer atrevida, casi herética, a algunos teólogos. Pero, en este caso, Mateo y Lucas coincidieron con Marcos al pie de la letra: «Hija, tu fe te ha curado.»

Una medicina que, además de curar, resucita

La acción vuelve a su origen, pero de forma trágica: la niña ha muerto. No hay que molestar al Maestro. Pero Jesús le recomienda al padre la medicina usada por la hemorroisa: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta». Siguen hasta la casa y se sumergen en un mundo de llantos y lamentos.

La gente es lista, no se deja engañar por Jesús

Cuando yo era joven, me indignaba leer que la gente se ríe de Jesús cuando dice que la niña no está muerta, sino dormida. Me parecía una tremenda falta de respeto. Pero estaba equivocado. La risa de la gente demuestra que Jesús no puede engañarlos. Él quiere pasar desapercibido, presentar lo que hace como algo normal, sin importancia; pero la gente sabe muy bien que la niña ha muerto, que Jesús ha realizado un gran milagro. El detalle final de darle a la niña de comer sirve para demostrar la realidad de la resurrección.

Resurrecciones en esta vida y fe en la vida futura

La resurrección de la hija de Jairo (contada por Marcos, Mateo y Lucas) trae a la memoria otros relatos parecidos, pero peculiares: la resurrección del hijo de la viuda de Naín, que sólo cuenta Lucas; y la resurrección de Lázaro, que sólo cuenta Juan. ¿Cómo es posible que estos dos hechos tan famosos no se encuentren en los cuatro evangelios? Es cierto que la tradición oral olvida a menudo cosas y detalles. Pero resulta extraño que un evangelista no los conozca. Como un biógrafo de Beethoven que no ha oído hablar de la 9ª Sinfonía.

A los evangelistas no les preocupaba, como a nosotros, el hecho histórico en cuanto tal, sino la realidad de lo que contaban. Lo importante no es que Jesús resucitase a Lázaro (que al cabo de los años volvería a morirse), sino que nos resucitará a todos a una vida sin fin. «Yo soy la resurrección y la vida» es también el gran mensaje de la resurrección de la hija de Jairo.

La victoria sobre Satanás (Sabiduría 1,13-15; 2,23-24)

La 1ª lectura, tomada del libro de la Sabiduría, afirma que la muerte no es algo querido por Dios, entró en el mundo por envidia del diablo. Aunque esto resulte discutible desde un punto de vista científico moderno, así lo interpretaban los judíos del siglo I. Con ello, la resurrección de la hija de Jairo adquiere un sentido nuevo. Marcos enfoca su evangelio como una lucha entre Jesús y Satanás. Y este es un ejemplo de su victoria sobre el que introdujo la muerte en el mundo por envidia.

Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera, y las criaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que de su bando.

 

Solidaridad en tiempos de migración (2 Corintios 8,7.9.13-15)

Aunque no tenga relación con el evangelio, el fragmento de Pablo es de enorme actualidad en una época en la que miles de personas (hermanos nuestros) se encuentran en grave necesidad de acogida, comida, vestido, trabajo…

Pablo anima a los corintios a ayudar económicamente a la comunidad madre de Jerusalén, que sufre la terrible hambruna del tiempo del emperador Claudio. Su mejor argumento es recordarles el ejemplo de generosidad de nuestro Señor Jesucristo.

Hermanos: sobresalís en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en vuestra preocupación por todo y en vuestro amor para conmigo; sobresalid también en esta obra de caridad. Esto no es una orden; os hablo de la buena disposición de otros para poner a prueba la sinceridad de vuestro amor. Vosotros ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. No se trata de que vosotros paséis estrecheces para que otros vivan holgadamente, se trata de que haya igualdad para todos. Por eso, ahora vuestra abundancia debe socorrer su pobreza, y un día su abundancia socorrerá vuestra pobreza. Y así reinará la igualdad, como dice la Escritura: Al que tenía mucho no le sobraba y al que tenía poco no le faltaba.

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Domingo XIII del Tiempo Ordinario. 27 de junio de 2021

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“No temas, solamente ten fe”

(Mc 5, 21- 43)

En el Evangelio de este domingo es necesario un punto de atención extra porque suceden muchas cosas. A Jesús y a sus discípulos les acaban de echar de un pueblo por curar a un hombre. Cruzan el lago y hay mucha gente esperándoles para encontrarse con ellos.

Si cerramos los ojos, podemos ver a Jesús a la orilla, sin mucha posibilidad de movimiento, con la gente queriéndose acercar y tocarle…, es entonces cuando se les acerca uno de los jefes de la sinagoga. Llama la atención que Marcos, décadas después de escribir el Evangelio, recordara el nombre de Jairo. Debió de ser alguien muy conocido. Este hombre importante se arrodilla a los pies de Jesús. Se trata de alguien que deja de lado su posición social y se acerca a Jesús con un corazón necesitado por su hija enferma.

Yendo de camino hacia la casa de Jairo, se nos habla de una mujer con hemorragias. Perdía su vida. Podemos imaginarnos a esta mujer, casi sin energía, haciéndose paso entre la multitud, impura según las costumbres judías por su mal, a empujones… Todo esto para poder llegar a tocar el manto de Jesús creyendo así poder curarse. El impulso que la mueve no es físico, ya no le quedan fuerzas, sino una fe muy profunda.

A veces creemos que a Jesús le seguía solo la gente humilde, pero hoy parece que no es así. Además de Jairo, se nos dice de la mujer que había tenido fortuna pero que se la había gastado en médicos deseando curarse de su enfermedad.

Tu fe te ha curado, escucha la mujer. No temas, solamente ten fe, escucha el jefe de la sinagoga cuando parece que su hija ha muerto. La fe nos cambia la vida. El miedo ahoga la fe, la oscurece, la pone en duda. Cuando nos dejamos llevar por el temor, descuidamos nuestra fe, aflojamos nuestra confianza en Dios y podemos perdernos en querer controlar y en organizarnos cada detalle de nuestra vida, sin dejarnos tocar, curar, mecer, por el amor de Dios.

Oración

Trinidad Santa, esculpe y fortalece nuestra fe. Haznos confiar a ti nuestros proyectos, nuestras dificultades, nuestra vida.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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