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María, parábola de Dios.

viernes, 15 de agosto de 2025
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Lc 1, 39-56

«Por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso».

La buena Noticia es que en Jesús hemos visto que Dios es mucho mejor de lo que nadie había sido capaz de imaginar, y por eso Abbá es el corazón de esa buena Noticia. A Abbá le conocemos en Jesús, el hombre tan lleno de su espíritu que se le transparentaba, o dicho en lenguaje coloquial, el hijo que había salido a su Padre.

Pero poco les duró a los cristianos la alegría de este feliz hallazgo, pues desde época muy temprana, la teología erudita se encargó de dar un cambiazo nefasto sustituyendo a Abbá por el Dios Todopoderoso que juzga nuestros pecados. Tampoco Jesús salió bien parado de este envite, pues se convirtió en el Señor (el amo) que volverá para separar las ovejas de las cabras y enviar a las cabras al castigo eterno.

¡Había muerto la buena noticia!

Pero cuando en lo más recóndito de su ser, allá donde no llega la conciencia, los fieles  cristianos se sintieron desamparados y a expensas de un juez que iba a determinar su destino, se apresuraron a buscar una buena abogada; y no puede haber mejor abogada, mejor intercesora, que una madre, porque su amor es incondicional y no lleva cuentas del mal… Por supuesto, la mejor madre que podían encontrar era María, la madre de Jesús, así que la revistieron de los atributos más destacados de Dios-Abbá y recuperaron lo que les habían arrebatado.

La devoción a María se convirtió así en la más entrañable, y a sus devotos todo les parecía poco para adornar a la que se había convertido en su mejor garantía ante la fría justicia de Dios. Era nuestra madre amantísima, el refugio de los pecadores, el auxilio de los cristianos, la consoladora de los afligidos… Por supuesto, la madre del cielo no podía estar sometida al pecado, y nació el dogma de su Concepción Inmaculada. Tampoco podían sus restos corromperse bajo tierra como los de cualquier mortal, y eso dio lugar al dogma de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos…

Y desde nuestra mentalidad ilustrada y pedante, todo esto nos resulta gazmoño y pueril; pensamos que ninguna persona culta del siglo XXI puede creer en estas simplezas que lo único que revelan es la inmadurez de la fe de nuestros abuelos… Pero en el fondo es una historia preciosa que muestra que el Espíritu sopla dónde y cuándo se le necesita, y muestra también que se encuentra mucho más a gusto entre la gente sencilla que entre los sabios y entendidos.

Ruiz de Galarreta llamaba a María “Parábola de Dios”, y añadía: «No hay palabras ni sentimientos capaces de agradecer suficientemente a María la salvación de todo lo que más caracteriza a la religión de Jesús, a la buena Noticia: sentirse querido, saber que alguien siempre te comprende, te perdona y te acoge, alguien a quien no temer, alguien que no lleva cuentas de mal… Eso, que debería haber sido Dios-Abbá, fue para los cristianos la madre de Jesús».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Quien comprende es feliz

viernes, 15 de agosto de 2025
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Fiesta de la Asunción

15 agosto 2025

Lc 1, 39-56

Entendida en su literalidad, la expresión dichosa tú, que has creído no se sostiene, porque la dicha o la felicidad no puede apoyarse en una creencia. La creencia, en cuanto constructo mental, únicamente puede ofrecer una sensación de seguridad mientras la persona mantiene su adhesión a ella. Pero, en sí misma, carece de consistencia.

 Eso mismo ocurre cuando pensamos que la felicidad es “algo” a conseguir. La convertimos así en un objeto, sin caer en la cuenta de que todo objeto es, por definición, impermanente y, por tanto, incapaz de otorgar dicha o felicidad estable.

  La felicidad no nos viene de fuera ni nos espera en el futuro. Tampoco se halla en “algo” que deberíamos alcanzar. La felicidad es una con lo que somos, es otro nombre de nuestra identidad profunda, por lo que trasciende toda circunstancia que nos pueda ocurrir.

 Al escribir esto, me vienen a la memoria las palabras de Nisargadatta: Compare usted la conciencia y su contenido con una nube. Usted está dentro de la nube, mientras que yo la miro. Está usted perdido en ella, casi incapaz de ver la punta de sus dedos, mientras que yo veo la nube y otras muchas nubes y también el cielo azul, el sol, la luna y las estrellas. La realidad es una para nosotros dos, pero para usted es una prisión y para mí un hogar.

 O aquellas otras de Ramana Maharshi: Usted es ignorante de su estado de plena felicidad. Ya somos felicidad. El problema es que nos identificamos con lo que no somos y, en esa misma medida, nos alejamos de la felicidad y, a continuación, la objetivamos en “algo” y la proyectamos “fuera”. Pero la felicidad no es un “estado de ánimo” -que puede variar-, sino un “estado de ser, que nace justamente de la comprensión profunda y que es capaz de abrazar todos los estados de ánimo.

 De manera inmediata, nuestra mente coloca etiquetas sobre aquello que supuestamente nos haría felices y aquello otro que supuestamente nos arrebataría la felicidad. Ante esto, la pregunta decisiva es: ¿Estamos dispuestos a incluir todo tipo de situaciones dentro de la felicidad?… ¿Estamos verdaderamente dispuestos a ser felices en cualquier situación… o queremos “salirnos con la nuestra? Eso requiere ser honestos. Al llevar la honestidad al mundo de nuestras imágenes mentales acerca de la felicidad, nos damos cuenta de que rechazamos la felicidad constantemente. Rechazamos la felicidad cada vez que el presente no se parece a nuestra imagen feliz. ¿Cómo vamos a ser felices si renunciamos a ella constantemente? Dicho de modo más simple: el mayor obstáculo para ser felices no es otro que la imagen mental que tenemos de la felicidad.

 La felicidad -no podía ser de otro modo- nace de la comprensión experiencial de lo que somos. La ignorancia introduce en la confusión y en el sufrimiento; la comprensión ilumina y nos hace reconocernos en “casa”, sea lo que sea lo que ocurra. Sin duda, solo quien comprende es feliz. Tenía razón Sócrates al afirmar que solo hay una virtud: la sabiduría [o comprensión]; y solo hay un único vicio: la ignorancia.

¿Qué es, para mí, la felicidad? ¿Dónde la pongo o la busco?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Asunción: María terminó en Dios. El horizonte de nuestra esperanza es Dios

viernes, 15 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- La Asunción de María.

La definición del dogma de la Asunción es reciente. Fue el papa Pío XII quien el 1 de noviembre de 1950, propuso a la fe de la iglesia que María, la madre del Señor fue llevada a los cielos en cuerpo y alma.

        Pero antes de la definición del dogma, siempre estuvo presente en la memoria y en la fe de los cristianos que María terminó con su hijo, JesuCristo, en la casa del Padre, en el cielo.

        De María sabemos históricamente muy poco; apenas unos escuetos datos que nos ofrecen los evangelios. Pero sabemos lo más importante: que fue creyente en su hijo JesuCristo: dichosa tú porque has creído. Sabemos que llevó adelante su misión en la historia de la salvación al aceptar ser madre de Jesús. Y sabemos por la fe que la Virgen terminó en Dios, fue asunta al cielo.

¿Cómo no va a terminar María junto a su hijo, JesuCristo y junto a Dios?

No pertenece a la fe pensar que María fuese llevada físicamente en cuerpo y alma al cielo. Son modos de hablar y expresar realidades que no se pueden “decir” de otro modo. Sería un poco extraño que fuese elevada físicamente. ¿Cuerpo y alma? Digamos que la persona de María tiene su existencia en Dios. ¿En el cielo astronómico? Mejor pensamos y creemos que María concluyó su existencia en Dios, junto a su hijo JesuCristo.

02.- María creyente

Su prima Isabel es quien le dice a María: Bendita Tú porque has creído… María es la primera persona que creyó en su propio hijo: JesuCristo.

        Isabel le viene a decir y bendecir porque ha creído en que el hijo que va a tener es expresión de Dios, es Jesús el Cristo.

Los relatos de la anunciación, la visita del ángel, los relatos de la infancia de Jesús y los mismos evangelios son posteriores al nacimiento y a la vida de Jesús. Son relatos que tratan de expresar cómo Dios entra en nuestra historia.

        No le sería fácil a María creer en su propio Hijo tal y como éste pensaba, vivía y convivía: con pecadores y publicanos, polémicas continuas en el Templo, con los sacerdotes y fariseos, con la ley, qué tipo de ideología tenían los discípulos que le acompañaban, etc… Pero María creyó en su Hijo JesuCristo.

        María fue la primera creyente.

03.- Final de María.

        No sabemos cuánto sobrevivió la Virgen María a Jesús. No sabemos ni cómo ni dónde vivió después de Jesús. Alguna tradición habla piadosamente de la dormición (más que de la muerte) de María en Jerusalén. Otra tradición “sitúa” los últimos años y la muerte de la Virgen en Éfeso.

        Lo que sabemos no por la historia y la arqueología, sino por la fe es lo que celebramos hoy: la Asunción. María fue asunta, llevada al cielo y terminó su tiempo en la eternidad de Dios, en el cielo.

        El final de María es Dios.

04.- Canto de Esperanza

        Que María terminara en Dios fortalece nuestra esperanza. Nos señala cuál es también nuestro final.

        La Asunción nos indica que nuestra meta es el cielo.

        El lugar del ser humano es Dios.

        Tal es el sentido de la vida: terminar en Dios.

        Hemos comenzado la celebración con un canto muy popular y sencillo: María ampáranos, consuélanos y guíanos a la patria celestial.

Dios nos libre de quien piensa que su patria está aquí, en este mundo (hay mucho Netanyahu suelto por la historia).

Por otra parte, Dios nos libre de perder el sentido y el horizonte de la vida: ¿a qué se debe si no tanta enfermedad mental, depresiones, suicidios..?

        En estos tiempos de desesperanzas la Asunción nos afecta a nosotros, porque nos indica que “esto” tiene sentido y destino para la humanidad para la historia. En y por María contemplamos el final amable al que estamos llamados todos.

        Mirad al cielo, porque con JesuCristo, con María y nuestros hermanos es también nuestra estación Termini, nuestro final. Como dice el texto bíblico en la Ascensión de Jesús: no os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo

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“Con María, más libres y fuertes”, por Consuelo Vélez

viernes, 15 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

La Virgen del Evangelio, “la gran misionera”

Una figura de María alejada de las preocupaciones del mundo o que no contribuya a fortalecer la nueva situación de la mujer en la sociedad y en la iglesia, no puede generar un compromiso misionero en el pueblo cristiano

Para el pueblo latinoamericano la figura de María es muy importante y significativa. Esto se muestra en las asiduas peregrinaciones a los santuarios marianos, en las fiestas religiosas que la recuerdan, en los grupos apostólicos reunidos en torno a su figura y, especialmente, en la confianza y cercanía con la que la gente acude para pedirle por sus necesidades, para confiarle sus preocupaciones y para agradecerle todos sus favores. Pero esta piedad popular y este amor filial seguirán siendo un instrumento invaluable de evangelización y de revitalización de nuestras comunidades cristianas siempre y cuando la figura de María sea significativa para las sensibilidades y expectativas actuales.

Una figura de María alejada de las preocupaciones del mundo o que no contribuya a fortalecer la nueva situación de la mujer en la sociedad y en la iglesia, no puede generar un compromiso misionero en el pueblo cristiano. Aunque aquí caben algunas reflexiones. Últimamente han surgido grupos que ponen en el centro a María y se dedican a “cautivar” a más personas para que se integren al grupo. Pero si se revisa su doctrina y su manera de acercarse a la gente, es fácil detectar que la doctrina tiene más de pre-vaticano que de Vaticano II y su misión es más proselitismo e “invasión de conciencias” –creando culpas y miedos– que el anuncio gozoso de la buena noticia, propia del evangelio del reino.

 En el Documento conclusivo de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe celebrada en el Santuario Mariano de Aparecida (Brasil) en 2007, se presentó la imagen de María que “emerge del evangelio como mujer libre y fuerte, como la discípula más perfecta del Señor, “interlocutora del Padre en el proyecto de encarnación del Hijo de Dios”, “primer miembro de la comunidad de creyentes” (266), “la gran misionera” (269), “quien crea comunión y educa en un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida al otro, especialmente al pobre o necesitado” (272) y “capaz de comprometerse con su realidad y de tener una voz profética ante ella –tal y como lo expresa en el canto del Magnificat– (451).

Todas estas afirmaciones no son para recordarlas simplemente. Conviene que revisemosnuestras prácticas marianas a la luz del dinamismo que ellas manifiestan. María no nos invita a la pasividad como a veces ciertas imágenes la evocan. O a permanecer en silencio con abnegada resignación. O creando miedo porque el mundo es pecador y debemos rezar muchos rosarios para redimirnos. Por el contrario, el rezo del rosario o cualquier peregrinación y advocación en su nombre, deben dejar en las personas que realizan esas prácticas la valentía y el coraje de quien se siente llamada a anunciar la buena nueva del Reino. Ser como María “discípula y seguidora” del Señor; “líder” en medio de la comunidad cristiana; con verdadera libertad y profetismo, empujando la iglesia hacia un modelo de iglesia más fraterno, incluyente y comprometido con la realidad en respuesta a los desafíos de cada tiempo presente.

Ojalá que fiestas como la que se aproxima –la asunción de María, el 15 de Agosto- ponga en contacto a cada cristiano con esa figura de María que invita al impulso misionero. Que como ella sientan la fuerza para anunciar el evangelio y permanezcan de pie en medio de las dificultades. Pero sobretodo que con fortaleza y amor sean profetas de un modelo eclesial más acorde con el querer de Jesús, menos poderoso y más servicial, menos excluyente y más acogedor de todos/as, menos poseedor de la verdad y más buscador de ella con otros y otras que también desean un mundo más justo y fraterno. Al estilo del actuar de María en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11) que denuncien las necesidades y malestares que hoy se perciben en la iglesia e inviten a mirar a Jesús para hacer lo que “El nos dice” en lugar de lo que creemos saber y hemos practicado por siglos. El Reino es novedad y María supo abrirse siempre a ella. Y precisamente por todo eso, el pueblo reconoció su “asunción al cielo”, es decir, la plenitud de una vida que merecía desde ya la plenitud de la vida definitiva con Dios.

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“Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador ”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 15 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La fiesta de la Asunción de María al Cielo no nos habla sólo de una mujer, por grande que sea, sino que habla de toda la Iglesia. Porque las verdades sobre María son el alfabeto de nuestra vida.

La fiesta afirma que la Iglesia lleva en sí el futuro del mundo, anticipado por la Virgen María. Y así nos muestra a cada uno de nosotros el camino hacia el futuro. Y es un buen futuro.

El libro del Apocalipsis lo dice con una imagen solar: «Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida de sol, coronada de estrellas». Es la imagen de nuestro futuro, una humanidad de luz incluso en la lucha, una humanidad que abre buenos frutos. Lo dice el cántico del Magnificat, con un Dios que levanta, eleva, llena, derriba y crea una tierra nueva, una arquitectura del mundo hecha de justicia y de bondad. San Pablo habla también de un futuro bueno donde Cristo es el primer resucitado de una inmensa caravana que nos incluye a todos (cf. 1Cor 15, 20) y todos recibiremos la vida y el último enemigo será aniquilado.

Como creyentes, llevamos dentro de nosotros la fuerza de este futuro, como una semilla de fuego, como una semilla de luz. Cada uno de nosotros, como creyente, lleva dentro de sí el futuro del mundo. Y si muchas cosas de nuestra historia actual parecen contradecir la esperanza, para nosotros, como para los profetas, la palabra de Dios es más verdadera que su cumplimiento.

Amamos las promesas de Dios más que su cumplimiento, como lo hizo Abraham. Él cree en la tierra prometida aunque, cuando muere, sólo ha comprado terreno suficiente para cavar una tumba; aunque, cuando muera, de la innumerable descendencia prometida –«Tendrás hijos más que las estrellas del cielo» (cf. Gn 15,5)– no tendrá a su lado más que una pequeña semilla. Abraham cree en las promesas de Dios más que en su cumplimiento.

La fiesta de la Asunción nos ayuda a adquirir la fe, a adquirir la belleza de vivir, a creer que es bello vivir, es bello amar, es bello ser hijo, hermano y prójimo. Es hermoso porque el mundo se está moviendo hacia un resultado positivo y brillante, hacia un resultado fuerte y grandioso, aquí en el tiempo y luego en una vida que nunca terminará.

Santa María, la humilde mujer que vino de las periferias del mundo de aquel tiempo, fue la primera en cruzar el mundo de todos los tiempos, las fronteras del cielo:

Ven y ve por los espacios

insuperable para nosotros,

anillo dorado del tiempo y la eternidad,

anillo que une, conecta, une el tiempo y la eternidad, uno en el otro, sin interrupción.

Ella nos enseña a vivir en la tierra con esa parte del cielo que la compone. La fe de María es la nuestra, es lo que mantiene unidos el trabajo cotidiano y las cosas eternas, las realidades penúltimas de una vida sencilla y las realidades últimas, el no ver y el no comprender, y luego la luz repentina que revela el significado: la muerte como experiencia devastadora y luego la esperanza de la resurrección.

También nosotros debemos entrelazar estas dos dimensiones: la sencillez fiel a la propia vocación durante la existencia terrena y la espera de desembarcar en ese inmenso mar de luz, donde estaremos siempre con el Señor y con aquellos a quienes hemos amado.

Manteniendo unidos en nosotros los dos extremos de la existencia: la fiel perseverancia día tras día y la tenaz esperanza de un encuentro que no será arrodillarse ante el trono de un emperador inmortal, sino besar temblorosamente la fuente virginal del universo.

María es la que dio carne a Dios en la tierra, la que es carne de mujer en el cielo. Con su cuerpo está en el cielo. Y esto significa que cada día de María, vivido en el silencio y en el trabajo, cada hora transcurrida en las actividades domésticas, en la fiel paciencia, todas las alegrías y los sufrimientos, todas las noches oscuras de su vida y su indomable esperanza, todo entraba en la eternidad. Jesús lo dijo con una imagen muy fuerte: “No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza” (Mt 10,30).

Y así será también para nosotros. “Creo en la resurrección de la carne”, decimos y confesamos. Y si esto parece hoy tan difícil, si para muchos la vida eterna parece poco atractiva, sabemos que el destino de este cuerpo está inscrito en el mismo destino del alma. Porque el hombre es uno. Y hoy es la fiesta de la unidad del hombre, del destino glorioso del cuerpo igual al destino glorioso del alma. Hoy todo hombre obediente y fiel canta a la salvación entera en alma y cuerpo.

Este cuerpo, esta realidad tan frágil y sublime, tan querida, tan sufriente, sacramento de amor, a veces instrumento de violencia, este cuerpo en el que sentimos la densidad de la alegría, en el que sufrimos la profundidad del dolor, se convertirá, después del último viaje, en una puerta abierta a la comunión, en un teclado divino para una melodía que nadie ha podido extraer todavía, se convertirá en transparencia cristalina, sacramento del encuentro perfecto.

Hoy la Iglesia canta el canto del valor del cuerpo. Y si una vida vale poco, nada vale tanto como una vida.

Un antiguo texto cristiano, la Carta a Diogneto, aconseja al creyente: «Detente cada día a contemplar los rostros de los santos». Santos que nos encuentran, que nos cruzamos en la vida, santos que quizás viven en nuestra casa, de todos los días o de cada día, de la puerta de al lado,… Hoy, sin embargo, contemplemos el rostro de Santa María, seguros de que el hombre llega a ser lo que contempla, de que cada uno de nosotros llega a ser lo que mira con amor, de que cada uno de nosotros llega a ser lo que ama.

Santa María, la mujer vestida de sol, la mujer generadora de vida, la mujer que nunca se rindió en la lucha contra el dragón, la mujer del camino o itinerario más grande, envía a nosotros, a nuestros hogares, una bendición de esperanza, consoladora, sobre todo lo que representa nuestro «dolor de vivir»; una bendición sobre los años que pasan y pesan, sobre las ternuras negadas, sobre las soledades sufridas, sobre los hijos que se equivocan, sobre la decadencia de este cuerpo nuestro, sobre la corrupción de la muerte, sobre la lucha contra nuestro pequeño o gran dragón rojo, que nos amenaza pero no vencerá, porque la belleza es más fuerte que la violencia.

La Asunción es entonces la celebración de nuestra migración común hacia la Vida. “Ahora ella viene al rey y sus amigas vírgenes la siguen en danzas de alegría”.

Somos nosotros, toda la humanidad, quienes avanzamos hacia el palacio. Somos una humanidad herida, sufriente y, aun así, en movimiento; Somos una humanidad caída, pero en camino, una humanidad que conoce bien la traición y la crisis de la fe, pero que no se rinde, porque ama el cielo y la tierra con la misma intensidad, porque sabe que dentro de cada uno de nosotros está depositado el anillo de oro que une el tiempo y la eternidad.

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para la Asunción de María a los Cielos -15 de agosto de 2025-

 1.- La Asunción de María en el cielo.

 2.- ¡María se convierte en «tierra del cielo»!.

 3.- Asunción, nuestra «migración» común.

 4.- Somos brotes de luz en el mundo.

 5.- Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.

 6.- Santa María asunta.

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 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Nuevas imágenes para la Asunción de María.

viernes, 15 de agosto de 2025
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La imagen de Asunción despierta imágenes de movimiento, de atracción hacia arriba, de impulso ascensional; nuestra mirada es atraída hacia la altura y vemos a María elevada hacia ese ámbito que llamamos cielo donde, con palabras de Pablo, están “las cosas de arriba“, por contraposición a “las cosas de abajo (Col 3,1). Pero además de esta imagen espacial, podemos explorar otras que nos acerquen a María:

La obra terminada

Al hablar de la Asunción nos referimos al resultado final y a la culminación del proceso vital de María. Pero la meta supone siempre un camino, el fruto ha tenido una larga maduración en el árbol, la piedra preciosa ha cristalizado lentamente durante miles de años en la hondura de la roca. Cuando se emprende una obra pública de envergadura se suele construir una maqueta que muestre el proyecto que se está construyendo y se expone en un lugar visible para que todos puedan ver cómo va a ser el final: al mirarla, contemplamos e imaginamos la obra ya terminada. La Iglesia nos pone hoy ante una “maqueta” que nos muestra el resultado final de la obra de Dios en la mujer que no opuso ninguna resistencia a su acción: “Hágase en mí…”, dijo María, la mujer de la Nueva Creación, acogiendo sobre ella la presencia del mismo Espíritu que “se cernía sobre la faz de las aguas” (Gen 1,2) en la mañana de la primera creación.

El fruto de la nueva Tierra

Cuando Moisés no sabía cómo convencer a un pueblo cansado, escéptico y desmotivado para entrar en la tierra de la promesa, envió exploradores a Canaan que volvieron cargados con gigantescos racimos de uvas dulces, frescas y apetitosas: ¡Estos son los frutos de la tierra hacia la que nos dirigimos!”, dijo Moisés al mostrárselos a los israelitas (Num 13). Algo así hace la Iglesia cuando nos presenta la Asunción de María, como si nos dijera: Mirad las primicias de la humanidad nueva, ella es el fruto ya granado de la Tierra hacia la que nos dirigimos. Dichosos vosotros por haber recibido la buena noticia del campo donde echa sus raíces el Árbol de la Vida que produce semejante fruto, compartid con otros ese secreto a voces, ese sabor del vino que llena de alegría. La existencia ya glorificada de María y su alegría, son los únicos instrumentos de que dispone para decirnos: Es una tierra que mana leche y miel. Vale la pena subir a conocerla”.

La casa preparada

Me voy a prepararos lugar, decía Jesús, y cuando vaya y os prepara el lugar, vendré de nuevo a llevaros a mi casa para que donde yo esté, estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).

María, la primera en llegar a la Casa, toma parte con su Hijo en la tarea de preparar ese lugar para que un día, donde ella esté, estemos también nosotros. Ella nos espera “a mesa puesta” en ese banquete del que le gustaba hablar a su Hijo.

La meta alcanzada

La imagen es de Pablo en su carta a los Filipenses: Hermanos, yo no lo he alcanzado aún, ni he llegado ya a ser perfecto, sino que continúo mi carrera a fin de poder alcanzar a aquel por quien yo mismo fui alcanzado, Cristo Jesús. (Fil 3,12). El evangelio nos presenta a María desde el comienzo caminando deprisadesde Nazaret de Galilea a la sierra de Judea para llegar a casa de su prima Isabel y en aquella primerameta de su carrera, recibió de labios de Isabel la primera bienaventuranza: Dichosa tú que has creído…. Y aquello no fue sino un anticipo de la felicitación que iba a recibir en el final definitivo de su trayectoria. Toda la vida de María consistió en dirigirse apasionadamente hacia esa meta definitiva que no podía ser otra cosa que su propio Hijo. Como cuando llega la primavera y el ánade salvaje emprende el vuelo de retorno y nada puede detener su impulso ascensional.

Dolores Aleixandre

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¿Nos animamos a ponernos en camino?

viernes, 15 de agosto de 2025
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Lc 1, 39-56

Celebrar hoy a María que es llevada al encuentro definitivo con Dios nos compromete a vivir, como ella, esos otros encuentros transformadores en los que compartimos y cantamos la vida que Dios nos regala.

Este domingo celebramos la fiesta de la Asunción de María. Lo normal es que acudan a nuestra mente las muchas imágenes que hemos visto de María, mirando a lo alto, con las manos juntas, rodeada de ángeles, sobre nubes que indican cómo es elevada al cielo. Es realmente una fiesta que nos habla del triunfo y la santidad de María, pero que apenas nos dice nada, si nos quedamos en las imágenes, porque nuestra propia experiencia tiene poco que ver con ellas.

Pero, como tantas veces, el evangelio de hoy nos saca de estas imágenes que nosotros mismos nos hacemos y nos presenta a María con los pies en la tierra. Viviendo salidas y encuentros que sí pueden parecerse a los nuestros. Vamos a intentar acoger toda la riqueza de este texto, precioso y claro, ayudándonos de dos imágenes que nos presenta:

1. El encuentro de dos mujeres embarazadas

Según Lucas, María acaba de recibir la noticia de que ha sido elegida para ser madre del Mesías, del Hijo de Dios, y lo que hace es “ponerse en camino” y añade el texto “con prontitud”, aunque también puede traducirse con diligencia, con empeño, con cuidado… Como una decisión que brota de su nueva condición de madre, de sentir que en sus entrañas crece la nueva vida que viene de Dios.

Dios ha salido a su encuentro y ella va al encuentro de Isabel, una mujer también embarazada. Dos embarazos que se nos invita a contemplar a la luz de la fe, porque se realizan en circunstancias que humanamente son imposibles. En el caso de María porque “no conoce varón”y en de Isabel porque es anciana, “ha concebido en la vejez”. Y es que la vida que nace de Dios, nos dice el evangelio, rompe todas las normas, supera nuestros cálculos, nos sorprende irrumpiendo con fuerza allí donde nosotros no vemos posibilidades.

Esta experiencia de que para Dios “nada hay imposible”, de que Él sale al encuentro y hace surgir vida en dos mujeres sencillas, como entre tantos pobres y humildes, es una experiencia de las primeras comunidades cristianas, pobres, pequeñas y perseguidas. ¿No puede ser hoy la nuestra? ¿No se sienten nuestras comunidades a veces como Isabel, demasiado mayores y cansadas para algo nuevo, o demasiado solas y llenas de dificultades para ello?

Dos mujeres embarazadas, que se encuentran, ¿de qué hablan? Sin duda de sus hijos, de su alegría, del futuro… En este caso nos dice el evangelio que la alegría es desbordante y contagiosa, tan honda que “el niño salta de gozo en sus entrañas” y se llena del Espíritu de Dios. Y desde este Espíritu hablan de un futuro que las transciende, que no es solo el futuro de sus hijos, es el futuro de todo el pueblo, de toda la humanidad.

La hondura de gozo y de fe hace que este encuentro adquiera otra dimensión, del encuentro de dos mujeres pasa a ser el encuentro definitivo y permanente de Dios y nuestro mundo, su mundo.

2. Una mujer que se pone a cantar a Dios y al mundo nuevo que Él hace posible

Esta es la segunda imagen, María consciente de lo que está viviendo prorrumpe en un cantico que expresa una de las imágenes de Dios más rotundas y esperanzadoras del Nuevo Testamento.

Es importante considerar cómo Lucas pone en boca de María este canto que conocemos como el Magníficat. No vamos a entrar en su origen, ni a tratar de desentrañar las imágenes del AT que evoca… Vamos a dejar que nos toque el corazón desde su sencillez y frescura, a la vez que desde su hondura y tremendas afirmaciones.

María expresa su conciencia maravillada de la acción de Dios en ella, más allá de su pequeña realidad o precisamente por ella. Descubre que Dios es grande porque actúa en su sierva pobre y sin méritos. Y afirma con contundencia que es a ella, humilde mujer nazarena, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. No solo a su hijo ni a su Dios.

Y esta experiencia de que Dios hace maravillas en ella, es la razón por la que afirma que Dios es misericordioso y que esta misericordia realizada en ella, se extiende, de generación en generación, sobre los que le temen, sobre los que le toman en serio, sobre los que creen en él y le aman.

Su experiencia personal, es la que le hace descubrir cómo actúa Dios en el mundo y como está dispuesto a hacer nuevo nuestro futuro, con acciones desestabilizadoras a favor de los pequeños, de los necesitados:

“Dispersa a los soberbios de corazón, derriba a los poderosos y ensalza a los humildes. Llena de bienes a los hambrientos y despide vacios a los ricos”

Esta es la promesa de Dios para con su pueblo, la promesa que hace cantar de gozo a María. Esta es la promesa que Dios nos hace hoy a nosotros, que hace a nuestra Iglesia y a nuestro mudo.

Aclamar y celebrar hoy a María que es llevada al encuentro definitivo con Dios nos compromete a vivir, como ella, esos otros encuentros transformadores en los que compartamos y cantemos la vida que Dios, por su misericordia, derrama en nosotros, en nuestra pobre realidad. ¿Nos animamos a ponernos en camino?

¡Feliz domingo! ¡Feliz día de la Asunción de María!

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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María decidida y con prisa.

viernes, 15 de agosto de 2025
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Ilustración: Maximino Cerezo Barredo, cmf

(Lc 1, 39-56)

Hay tiempo para alzar la vista con mirada lánguida al horizonte y que se tope en los edificios de doce pisos de la ciudad. Hay tiempo para deleitarse lanzando la mirada hacia el horizonte de un mar en calma. Y hay tiempo para levantarse a destiempo como le pasó a María, que se puso en marcha deprisa hacia la montaña, con la alegría que le crecía notablemente en el vientre.

Cuando la palabra no tiene capacidad de expresarse, el silencio se explica en las huellas del camino de quien ha comprendido que es hora de compartir.

Encontré en el Diario del hno. Christophe de Tibhirine (1), dentro del texto que escribió el 8 de febrero de 1995, una cita de George Bernanos (2), que me produjo primero impresión y luego serenidad:  “La oración es la única rebelión que se mantiene en pie”.

Rebelión de los libres. Rebelión de los que no pierden la esperanza. Rebelión de los rebeldes con causas. La única rebelión que se mantiene erguida ante el poder y la injusticia… y es silenciosa.

María se puso en pie como mujer libre que dio su palabra y que alimentó su vida con esa única rebelión que se mantiene en pie, según Bernanos, en un mundo que no sabe detectar este tipo de rebeldía silenciosa de rebeldes con causas.

Muchas horas de oración silenciosa tuvo que vivir María desde el momento de la aceptación de la misión hasta que se levantó aquel día decidida y con risa y corrió hacia la montaña.

En el encuentro de aquellas dos mujeres, María e Isabel, sólo cabía proclamar, que es mucho más que concretar, hacer un discurso o expresar un momento grato. Es un manifiesto que quedó proclamado en el Magníficat, oración para todos los tiempos, también el que vivimos ahora.

“MAGNIFICAT” para el SIGLO XXI (3)

Proclama mi alma la grandeza del Señor

Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador,

mi Padre, mi Todo.

porque ha mirado la humildad y obediencia

de su hija, su criatura.

Desde que acepté su palabra,

me felicitan todas las generaciones

– antiguas y venideras-

porque he dejado que Él, que todo lo puede,

haga obras grandes a través de mí;

su nombre es santo

y su misericordia llega a los que le son fieles

y, a través de ellos, a los que no le conocen,

así, día tras día,

de generación en generación,

su amor se expande de corazón en corazón.

El Señor es fuerte:

confunde y desconcierta a los engreídos,

deja caer a los que ostentan el poder,

sostiene y pone como ejemplo a los humildes,

a los que tienen hambre de pan y amor los sacia

y a los que acaparan y no comparten

los despide vacíos.

Auxilia al mundo, su hijo pródigo,

porque no olvida la promesa de misericordia

hecha a Abraham, a los Apóstoles

y a las mujeres y hombres creyentes

de todos los tiempos.

María se quedó en casa de Isabel unos tres meses y volvió a su casa. Me gusta imaginar cómo lo pasarían las dos compartiendo vida y oración, alegres y expectantes y, quizás provocando muchas interrogaciones alrededor, pues hay veces que lo que se vive por dentro no tiene que ser necesariamente entendido por fuera.

Feadulta 15 agosto 2022

Mari Paz López Santos

(1) El soplo del don – Diario del hno.Christophe de Tibhirine, Ed. Monte Carmelo, pág.172

(2) George Bernanos (París, 20 de febrero de 1888 – Neuilly-sur-Seine, 5 de julio de 1948) fue un novelista, ensayista y dramaturgo francés. (Fuente: Wikipedia)

(3) “¿Qué quiere Dios que yo quiera?”,  Mari Paz López Santos, pág. 55-56

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María y la Asunción ¿Desde dónde la contemplamos?

viernes, 15 de agosto de 2025
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ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. (Lc 1, 39-56)

¿Desde las Visiones proféticas del Apocalipsis de la primera lectura y salmo de hoy? ¿Desde el Evangelio de la Visitación? ¿Desde el Dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos? ¿Desde la Historia del Arte? ¿Desde el imaginario y creencias de la piedad popular? ¿Desde el Nuevo catecismo de la Iglesia Católica? ¿Desde la teología feminista?

Hagamos un breve recorrido. Desde la visión apocalíptica y salmo que leemos hoy y que ha ejercido una seducción irresistible en el arte y el imaginario popular: ¡Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas!   Salmo: La reina enjoyada con oro de Ofil. Por contraste, en el Evangelio de hoy, Lucas nos presenta la escena del encuentro gozoso de dos mujeres que han creído lo que se les ha dicho: La Visitación. En el Dogma de la “Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos” la Iglesia confiesa que María fue “subida” al cielo en cuerpo mortal. (Como dogma la Asunción es una verdad de fe revelada por Dios en la sagrada Escritura o contenida en la Tradición.) De la Asunción no hay nada en la Sagrada Escritura, pero sí tiene una larga tradición en el imaginario y creencias populares. En el Nuevo catecismo de la Iglesia Católica: “La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la de los demás cristianos” Así celebra la Iglesia hoy, como fruto primero de la muerte y resurrección de Jesús, la Asunción de María. Y de este modo, se abre un camino de esperanza para la misma Iglesia y para toda la humanidad.

Pero demos un paso más y veamos la Asunción y Ascensión más allá de la mitología de los relatos evangélico, el imaginario popular, el dogma y el catecismo.  Lo que cuentan los evangelios, todos en lenguaje mítico, son narraciones ejemplarizantes y simbólicas que no se pueden leer al pie de la letra. Literalismo. Necesitamos interpretarlas con ayuda de las ciencias exegéticas y hermenéuticas hoy disponibles. De María, históricamente, no sabemos nada. Los narradores bíblicos usan a María para presentar su mensaje, para decir lo que de verdad quieren decir. La idealización de María está al servicio de la intención del autor. Nosotros tenemos que descubrir y descifrar el significado que, para nuestro crecimiento en la fe, aporta el texto.

¿Y qué interpretación hacemos hoy de la Asunción de la Virgen María en cuerpo mortal y alma a los cielos? En esa metáfora de la Asunción nosotros hoy contemplamos a María que ha alcanzado la plenitud de su verdadero ser. Que ha llegado a ser lo que verdaderamente era. Que a lo largo de su vida María iba evolucionando en la identificación con la divinidad y decimos que lo consumó en la Asunción-glorificación, siguiendo el mismo recorrido que Jesús realizó. Hoy no podemos entender “físicamente” ni la ascensión del Señor ni la asunción de la Virgen.  Subir, ¿a dónde? Dios no está arriba. No está separado de su creación. Está transcendentemente inmanente a ella. Nadie tiene que subir ni bajar, entrar o salir para encontrarle donde está. ¿En qué Cosmología actual cabe ni la Ascensión ni la Asunción? La Ascensión y la Asunción obedecen a la cosmología de los Tres Pisos que actualmente resulta insostenible.

Desde la interpretación de la Asunción como logro de la plenitud humana, María es ejemplar, un modelo, un ideal para el creyente del siglo XXI. Hoy celebramos su participación en la Vida divina durante toda su vida, desde la cuna a la sepultura. Y sabemos que nuestra participación en la Vida es igual que fue en María. Por eso su contemplación y celebración (celebrar es recordar y vivir) nos ayuda en nuestra asunción constante hacia la plenitud, hasta llegar a ser lo que somos realmente.

A mí me ayudó a cambiar desde dónde contemplar a María y su asunción, escuchar, en 2017, una conferencia que dio Marifé Ramos con el título “María, vecina de Nazaret”. En esa conferencia se nos pedía ver a María como si fuéramos vecinas con ella en Nazaret, en el contexto histórico, político, económico, social y religioso de Palestina en el siglo I.  En una sociedad machista y patriarcal. María era una mujer sencilla, pobre y obediente a la cultura en la que vivía. Como todos los judíos, esperaba al mesías que liberaría al país de la tiranía del Imperio romano.

La María de Marifé me resultó más cercana y ejemplar que la imagen infantil prolongada que todavía mantenía. Fue grande el contraste entre la mi imagen de María, alimentada por la mariología popular (apariciones, romerías, santuarios y ermitas, novenas y peregrinaciones) y la María desmitificada que nos presentó tan razonablemente. Esta María, con la que puedo compartir vecindad, me resultó más verosímil e imitable en su fidelidad al proyecto divino para ella diseñado. Esta María sí es un referente para la humanidad hoy.

Mi proceso de “desmitificación y desidealización” de María se enriqueció con los abundantes ensayos, estudios e investigaciones realizados por mujeres, en el campo de la Teología Feminista, sobre María, la madre de Jesús de Nazaret. Mi gratitud especial para Mercedes Navarro, Carmen Bernabé y Consuelo Vélez entre otras muchas. Todas ellas me han ayudado a descubrir en María a una mujer de fe, libre, activa, fuerte.  Muy distinta a la María domesticada por el patriarcado desde el que se escriben los Evangelios y la literatura del Nuevo Testamento.

Y para cerrar como debe ser en nuestro hoy eclesial: En una Iglesia sinodal y “en salida” María nos convoca a ser, como ella, protagonistas en la misión liberadora del Reino, a dar testimonio del evangelio de Jesús de Nazaret y ser sacramento de salvación (liberación) de la humanidad sufriente. En verdad, es tiempo propicio para renovar nuestra espiritualidad mariana, para seguir sus pasos como discípula y misionera fiel y audaz.

Para profundizar.  1. Ver el video o leer el texto de la conferencia de Marifé Ramos “María, vecina de Nazaret” que podéis encontrar en la web de Feadulta. 2. Mercedes Navarro “Los rostros bíblicos de María.” Exégesis y hermenéutica bíblica feminista. Verbo Divino (2020). 3. El blog de Consuelo Vélez en Religión Digital.

Mª África de la Cruz

Fuente Fe Adulta

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Encontrando a Cristo en un viaje compartido y en Gaza

lunes, 11 de agosto de 2025
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La publicación de hoy es de Michael Sennett, colaborador de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el decimonoveno domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Un viernes por la noche en Washington, D.C., tres teólogos gais y yo nos apretujamos en un Lyft. Aunque esto pudiera parecer el origen de una broma, no nos dirigíamos hacia un final feliz, sino hacia un encuentro pastoral. Asistíamos a la conferencia de Alcance 2024, celebrada en la Universidad de Georgetown, y las actividades de la noche habían terminado. Nuestra conductora (la llamaré Miriam) estaba alegre y el coche rebosaba de conversación.

De repente, Miriam mencionó que era una mujer transgénero y compartió con nosotros la alegría de su transición. Miriam también expresó su dolor, pues creía que Dios la había rechazado. Ninguno de nosotros había mencionado la conferencia ni nuestros orígenes, así que nos sorprendió el giro que había tomado nuestra conversación. Colectivamente, le aseguramos a Miriam el amor incondicional, duradero y liberador de Dios.

Ustedes también deben estar preparados, porque a la hora que menos esperan, vendrá el Hijo del Hombre”. Fiel al consejo del evangelio de hoy, Jesús apareció inesperadamente en nuestro viaje compartido. Sin embargo, nuestras lámparas estaban encendidas con el amor que ardía en nuestros corazones. A través de nuestra conversación con Miriam, saludamos a Dios al llegar. Momentos como este son recordatorios sagrados para los católicos LGBTQ+ de que el amor de Dios siempre brilla en la oscuridad.

La vigilancia de la que habla Jesús en el evangelio de hoy abarca más que esperar pasivamente su regreso; es una disposición activa para encontrarnos con Cristo en todos los lugares donde habita. Jesús está presente en toda la alegría y la bondad del mundo, y conoce bien el sufrimiento. Jesús sufre hoy en Palestina, donde su pueblo ha soportado décadas de ocupación ilegal, violencia sistémica y desplazamiento deliberado.

Estar vigilantes es rechazar el silencio. La primera lectura de hoy, del Libro de la Sabiduría, recuerda la liberación divina de los oprimidos en Egipto; hoy, los palestinos claman por esa misma libertad. Durante casi 80 años, desde el inicio de la Nakba en 1947, gran parte del mundo ha observado en silencio cómo los palestinos son continuamente exiliados de su tierra, despojados de su dignidad y humanidad.

El Papa León, al igual que su predecesor Francisco, reconoció las atrocidades que se cometían y abogó por el fin del sufrimiento. Los católicos queer están íntimamente familiarizados con el silencio. Debemos alzar las voces de nuestros hermanos palestinos que claman por justicia.

En Hebreos, leemos que la fe es «la realización de lo que se espera«. La comunidad católica LGBTQ+ a menudo forja esperanza en espacios a los que se nos dice que no pertenecemos, pero permanecemos atentos al amor de Dios por nosotros y trabajamos para transformar nuestra Iglesia con ese amor. La esperanza en el amor de Dios también sostiene a los palestinos, en medio de los incesantes intentos de borrarlos. Nuestras esperanzas no están separadas, sino que surgen del mismo Dios que promete vida en abundancia. Compartir la esperanza profundiza nuestra solidaridad mutua y nos llama a actuar para que la promesa divina de liberación se haga visible. Nuestra liberación depende de los demás. Ninguno de nosotros es libre hasta que todos lo seamos.

La vigilancia no es el miedo que nos mantiene despiertos. La vigilancia es amor. La disposición de mis colegas y yo durante nuestro viaje en Lyft nos permitió encontrarnos con Jesús en la tristeza de Miriam y ofrecerle la verdad del amor infinito de Dios. Estamos llamados a estar alerta ante el sufrimiento en Palestina, respondiendo con el amor de Dios en nuestra lucha por la justicia y la liberación.

Esta es la vigilancia que exige el Evangelio: negarse a dar la espalda, comprometerse a actuar y una esperanza inquebrantable. Esta esperanza inquebrantable y este amor firme nos sostienen, después de todo, paso a paso en el camino hacia la libertad.

No teman, pequeño rebaño, porque la lámpara del amor de Dios arde en cada uno de nuestros corazones, iluminando el camino hacia el reino de la justicia y la paz.

—Michael Sennett, 10 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“No vivir dormidos”. 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

domingo, 10 de agosto de 2025
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Uno de los riesgos que nos amenazan hoy es caer en una vida superficial, mecánica, rutinaria, masificada… No es fácil escapar. Con el pasar de los años, los proyectos, las metas y los ideales de mucha gente terminan apagándose. No pocos terminan levantándose cada día solo para «ir tirando».

¿Dónde encontrar un principio humanizador, desalienante, capaz de liberarnos de la superficialidad, la masificación, el aturdimiento o el vacío interior?

Es sorprendente la insistencia con que Jesús habla de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sinsentido que domina a muchos hombres y mujeres, que caminan por la vida sin meta ni objetivo alguno.

Acostumbrados a vivir la fe como una tradición familiar, una herencia o una costumbre más, no somos capaces de descubrir toda la fuerza que encierra para humanizarnos y dar un sentido nuevo a nuestras vidas. Por eso es triste observar cómo bastantes hombres y mujeres abandonan una fe vivida de manera inconsciente y poco responsable para adoptar una actitud increyente tan inconsciente y poco responsable como su postura anterior.

La llamada de Jesús a la vigilancia nos llama a despertar de la indiferencia, la pasividad o el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Para vivirla de manera lúcida necesitamos conocerla con más profundidad, confrontarla con otras actitudes posibles ante la vida, agradecerla y tratar de vivirla con todas sus consecuencias.

Entonces la fe es luz que inspira nuestros criterios de actuación, fuerza que impulsa nuestro compromiso de construir una sociedad más humana, esperanza que anima todo nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

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“Estad preparados”. Domingo 10 de agosto de 2025. 19º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 10 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19: 
Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48
: Estad preparados.

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio. Leer más…

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10.8.25 No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el reino. (Lc 12, 32)

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 19 TO. Así empieza el evangelio de este domingo (Lc 12, 32, 48), centrado en dos ideas principales.

(a) No temas, pequeño rebaño; no tengas miedo, no pierdas el ánimo, ni desesperes. Vive con gozo, estás en manos de Dios.

(b) Porque  Dios tiene el gozo de concederos su reino. No tienes nada que hacer sino sólo acoger su regalo de amor que es la vida, compartiendo de esa forma la alegría de Dios, su felicidad, pues nada ni nadie os podrá destruir, ni quitaros el gozo de vivir en gozo y esperanza.

Así lo pondrán de relieve las reflexiones que sigue, que son un comentario de este pasaje de Lc 12,  leído desde la perspectiva de del anuncio del evangelio de Md 1, 15-15.

| Xabier Pikaza

No temas pequeño rebaño.  La alegría de ser pequeña iglesia

Éste es el evangelio  del amor de Dios hacia los hombres  que él ha creado, hacia la comunión de amor (iglesia) en la que él ha querido reunirnos. Así lo mostraré comentando este evangelio de Lc 12, desde la perspectiva de Mc 1,15 .

Después que Juan fue entregado… Eran y son tiempos malos. Han matado o silenciado a los profetas como Juan Bautista. Parece que no hay remedio.

Vino Jesús a Galilea. Han matado a Juan, pero Jesús viene a Galilea y comienza a proclamar su buena nueva. Jesús viene a Galilea y quiere que nosotros empecemos de nuevo desde Galilea.

Proclamando el evangelio de Dios.   Con Galilea pasamos del espacio del Bautista (desierto/río) al espacio del Reino de Dios, para acoger allí el mensaje de Jesús, abierto a todos los hombres. Jesús no se encierra  en una casa particular, susurrando al oído un secreto de iniciados; no se instala en una escuela, ofreciendo cursos de enseñanza especializada, no ofrece su palabra a la vera del templo sagrado (a los puros), ni a la orilla del río/desierto (con los especialistas de la penitencia). Viene a Galilea, ofreciendo su evangelio para todos; lo hace con claridad (que se entienda bien), en voz alta (que lo escuchen), como heraldo o pregonero de buenas noticias que deben extenderse por el pueblo.

En vez del  bautismo de Juan  para perdón viene a situarse la buena noticia del Reino de Dios (¡tú eres mi Hijo…!), como victoria sobre lo diabólico. De esa manera, la palabra de Dios a Jesús abre un camino universal de vida  en Galilea:

Se ha acercado (llega) el reino de Dios. Ésta es la experiencia original, el principio y motor del evangelio. La solución de los problemas que atenazan a los hombres no depende simplemente de ellos, de forma que no se encuentran condenados a buscar su salvación con obras propias, con un esfuerzo duro al servicio del cambio social o personal. Hay algo previo, el evangelio de Dios que existe y viene (está viniendo ya) para ofrecer su reino o señorío salvador para los hombres; hay en nuestra vida algo previo: Somos don, regalo de un Dios que nos dice: No temas, mi hijo (mi amigo), porque Dios ha querido daros el reino, su vida..

Se ha cumplido el tiempo.La llegada del Reino marca el cumplimiento del tiempo. Juan Bautista moraba todavía al otro lado, antes de que el tiempo terminara y se cumpliera. Por eso, dentro de la lógica de la profecía israelita, los oyentes de Juan debían mantenerse en actitud de conversión penitencial. Pero ahora, cuando llega el reino anunciado por Jesús, el tiempo (kairos) de los hombres se ha cumplido; ha llegado el tiempo de Dios en nuestra vid. Con Jesús pasamos al otro lado de la historia. Por eso, frente a las posibles pequeñas conversiones que sólo cambian por fuera lo que existe, dejando que en el fondo todo siga como estaba, Jesús nos ha ofrecido una mutación radical, es decir, el nuevo nacimiento. Dios nos hace ser, y de esa forma somos: herederos y testigos de su gracia. No nos limitamos a tener un tesoro, sino que somos tesoro y regalo de Dios.

Convertíos…Esta conversión no se expresa ya en forma de simple arrepentimiento y penitencia, sino de transformación (=mutación) de mente y vida, es decir, como meta-noia (μετανοεῖτε), cambio de ser, interior y exterior, no por obra humana, sino por presencia y acción de Dios. Los creyentes del evangelio no transforman su vida  por aquello que son (lo que ellos hacen) por sí mismos sino por lo que Dios hace en ellos. Superando el nivel previo de lucha mundo, de acción y reacción (de cumplimiento y paga o  sanción), viene a desplegarse ahora un extenso y gozoso continente de existencia filial en  gratuidad,  expresada como fe en el evangelio, es decir, como acogida de la buena noticia de Dios, es decir, de nuestra vida divina.

No es la conversión la que suscita el evangelio (¡no tenemos que ganar nada!), el evangelio el que nos convierte, nos transforma, haciéndonos capaces de acoger y construir la familia mesiánica o iglesia; somos el tesoro de Dios.

Creed en el evangelio. Frente a los principios antiguos de vida, que se expresan como lucha por la supervivencia, fuerte envidia y estrategia  de poder (como irá señalando el evangelio), Jesús pone a los hombres ante el principio de nuestra vida como don, tesoro de Dios. No se trata de creer en cualquier cosa, como ejercicio posible de autoengaño, sino de creer en el evangelio, buena nueva de Dios que ama a los hombres, que nos ama de tal forma que somos su tesoro, de tal forma que así podemos amarnos (agradecer nuestra vida en Dios),  de tal manera que podamos amar a nuestro prójimo como Dios nos ama y como nos amamos a nosotros mismos (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 33) . De una vez y para siempre, en Galilea, ha venido a realizarse la gran mutación, el cambio que conduce de la antigua a la nueva historia.   Aceptar el don de Dios, reconocerse amado: esta es la verdad, es el poder del evangelio de Dios en nuestra vida.

 Los cuatro momentos que acabo de exponer, con Mc 1, 15 y Lc 12se implican mutuamente. Viene Dios, ofreciendo al hombre un nuevo ser) como evangelio; por eso nos transforma por sí mismo, es decir, desde el principio de su gracia; pero es tan intenso su poder de amor que logra transformarnos de forma humana, colaborando con él, haciendo que nosotros mismos nos hagamos seres nuevos.

El evangelio no es anuncio de un Dios que flota sobre el mundo, dejando que la historia de los hombres siga como estaba, sino fuerza superior e interna del Dios que penetra en nuestra vida. Hasta ahora, esa actuación/presencia  inmediata de Dios no podía realizarse. Los hombres tenían una posibilidad teórica de ser transformados, pero no estaban en disposición de dejarse transformar. Tenían capacidad, pero no había llegado el momento social y personal, cultural y espiritual de que esa capacidad de amor se se realizara. Ellos tenían necesidad de que  viniera alguien distinto de parte de Dios, que les transformara y que ellos se dejaran transformar, alguien que sembrara en ellos la semilla de Dios, en forma de palabra y camino de Reino. Ése ha sido Jesús.

 Jesús ha sembrado en los hombres la semilla de Dios(cf. Mc 4). No nos ha pedido nada. No nos ha exigido nada. Simplemente ha querido que escuchemos” su palabra, que creamos  en ella, que la aceptemos y nos dejemos transformar por su ofrecimiento y su llamada.

Jesús no aparece como un suplicante que implora a Dios agua para el campo, hijos para la familia, fortuna para la casa, vida para los enfermos… Es simplemente un hombre ha ido en busca de Dios, con los penitentes del Bautista y ha escuchado la voz ¡eres mi Hijo! descubriendo que Dios no pide penitencia (no quiere que nos sacrifiquemos ante él), sino que nos ofrece gracia.  No nos pide nada, sino que nos da todo lo que él tiene, para que seamos con él y como él.

-El Reino es Dios mismo Palabra/Amor que nos llama, dialoga con nosotros, siendo, al mismo tiempo, comunicación de vida, capacidad de amor entre nosotros  . El Reino es palabra compartida, no propaganda para comprar, publicidad para vender, sino  ofrecimiento gratuito de amor, que viene de Dios y que los hombres pueden compartir amorosamente.

-El Reino es curación, esto es, salud: Que hombres y mujeres puedan no sólo  conversar, sino vivir en plenitud, regalándonos vida unos a otros. En esa línea, el evangelio identifica el Reino de Dios con la Salud, que es capacidad de amar y ser amado, que hombres y mujeres aceptan la vida como don de Dios, en  transparencia, encontrando y compartiendo así el tesoro de la vida en Dios unos en otros.

-El Reino es el tesoro divino de nuestra vida humana, comunicación amorosa de unos con (en) otros. No se trata de creer unas verdades separadas, sino de vivir en fe, es decir, “creerse” (compartir palabra uno  en otros), comunicándonos vida unos en otros. Ésta es quizá la nota distintiva del Reino que Jesús anuncia; el Reino de Dios es la vida como don, regalo gratuito

 Todo lo hace Dios (es de Dios) y, sin embargo, los hombres y mujeres han de realizarlo todo, no esperando de un modo pasivo, que llegue sino procurando  que llegue, siendo ellos mismos profetas mesiánicos, en comunicación de amor. En ese sentido decimos que todo hombre/mujer es Mesías (Reino de Dios, gran tesoro), porque Dios actúa/es en cada uno (especialmente el más pobre) es Dios para los restantes hombres y mujeres [1].

El Reino es Dios en nuestra  vida (¡como vida!) de seres humanos, no de un modo abstracto, como idea, sino a partir de la realidad concreta de los pobres, desde la marginación de los campesinos y artesanos de Galilea, donde muchos podían pensar que Dios no existe (no actúa) porque la vida de hombres y mujeres está al borde de la quiebra.  En ese contexto ofrece Jesús su programa y camino de Reino:

-El Reino  es banquete compartido no puro alimento material. (Lc 14, 16-24; Mt 22, 1-14; cf. Ev. Tom 64). Según una tradición antigua, Dios había preparado su comida para todos y de un modo preferente para los “buenos judíos” (representantes de unas “clases” superiores, “elegidas”). Pero, siguiendo la inspiración y experiencia del Bautista, Jesús ha descubierto que los invitados preferentes han rechazado la llamada. Esos preferentes no han venido, ni quieren que otros vengan a compartir el banquete, porque lo quieren sólo para ellos, y así lo pierden

-El reino es comunión, es vida compartida, no cada uno por sí mismo, sino cada uno  con los otros, superando las fronteras de los “elegidos” de Israel, como muestra el pasaje de la mujer siro-fenicia que pide a Jesús para su hija las “migajas” de la mesa de los hijos del reino israelita (cf. Mc 7, 28). Avanzando  en esa línea, un nuevo pasaje afirma que vendrán personas de todas las naciones (de norte y sur, levante y poniente), para tomar parte en el banquete final, que no es comida para cuando el mundo acabe, sino para este mismo mundo, empezando por los antes excluidos (Mt 8, 11-12; Lc 13, 28).

 Notas

[1] Cf.  Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Mt 25,31-46), Sígueme, Salamanca 1984.

[2] Ésta es una experiencia que ha sido formulada de un modo especial tras la muerte de Jesús, en el principio de la Iglesia, pero ella puede y debe situarse también en el tiempo de su vida, pues él ha interpretado el Reino como banquete abierto a las naciones, empezando por los más pobres.  Cf. S. Vidal, Jesús Galileo, Sal Terrae, Santander 2006. Cf. G. Theissen y – A. Merz,  Jesús histórico,  Sígueme, Salamanca  2000, 300-301.

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Cuando menos lo penséis. Domingo 19 Ciclo C

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Estad como los que esperan a su señor

El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús o “la vuelta del Señor, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.

A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).

            Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.

            [El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. 

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:

1) uno que vuelve de un banquete o una boda, y al que esperan sus criados;

2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

Dos comparaciones anticuadas

Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.

La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.

Los protagonistas 

En el primer caso, los protagonistas somos nosotros, presentados como criados que esperan a su señor, Jesús. En el segundo, el dueño de la casa también nos representa a nosotros, atentos a que no nos roben. Imagen bastante atrevida, porque el ladrón es “el Hijo del hombre”.

Dos consejos distintos

Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre. Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.

De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor

            A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.

            En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.

            Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como deja claro la continuación del evangelio (en la forma larga que puede omitirse).

La primera lectura (Sabiduría 18,6-9)

            La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio. El texto dice así.

            La noche de la liberación [de Egipto] se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

            Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

            El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

            El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

            En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

            Segundo punto de contacto: solidaridad

            Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

            En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.

Reflexión final

            Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 10 agosto, 2025

domingo, 10 de agosto de 2025
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“Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.”

(Lc 12, 35-40)

Este domingo el Evangelio nos invita a esperar. Pero esta espera tiene que ser activa, expectante. No como quien espera el autobús, sino como quien espera la visita de alguien importante. Es una invitación a estar preparadas, para que no se nos escapen las cosas buenas.

La espera que nos enseña Jesús nada tiene que ver con “mirar al cielo(cfr. Hch 1, 11). Hacia donde hay que mirar es hacia los hermanos. La espera que nos enseña Jesús tiene que ver con el servicio.

Para relacionarnos con el Dios de Jesús es imprescindible atender a las hermanas, a las personas que nos rodean, sirviendo a quienes lo necesiten. La espiritualidad cristiana es una espiritualidad encarnada por eso el mejor termómetro de nuestra relación con Dios es nuestra vida cotidiana. De nada sirven muchas horas de oración ni haber asistido a misa todos los domingos de nuestra vida si nuestro amor a Dios no se traduce en amor al prójimo.

Pero tampoco vale lo contrario: de nada sirve ser voluntario en tres ONGs si al final llevo una vida vacía porque he desconectado con la Presencia viva de Dios que me habita.

Necesitamos de muchos ratos sentadas a los pies del Maestro para que nuestro “hacer” se depure de todo activismo, de todo afán de protagonismo, de toda apariencia. Pero necesitamos también levantarnos, abandonar el cómodo espacio de intimidad con Dios y volvernos hacia quienes puedan necesitarnos sirviendo.

Jesús, el gran orante, la noche que en que iba a ser entregado, “se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies…” (Jn 13, 4-5)

En el itinerario que nos ofrece Jesús, oración y servicio van juntas, no se pueden separar, se alimentan mutuamente y nos hacen crecer armónicamente. Tampoco nuestro cuerpo y nuestro espíritu son dos realidades separadas, si descuidamos nuestro cuerpo o nuestro espíritu nuestra vida se resiente, se enferma.

Oración

Trinidad Santa, ayúdanos a vivir con la cintura ceñida para el servicio
y la lámpara de la oración siempre encendida. ¡Amén!”

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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¿De qué Dios nos habla el Evangelio?

domingo, 10 de agosto de 2025
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DOMINGO 19 (C)

Lc 12,32-48

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos y tesoros en el cielo o que Dios llegará como un ladrón, nos ha alejado del Dios de Jesús. Dios no tiene que venir de ninguna parte, menos como ladrón. Está llamando siempre, pero desde dentro. No puede pretender entrar en nosotros sino aflorar a nuestra conciencia.

No hay que confiar en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe en Él, sino confianza absoluta en lo que de Dios hay en nosotros que nunca podrá rallarnos.

Hay que estar despiertos, no porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que realmente somos y no es fácil de descubrir. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros desde el momento en que ‘decidió’ darse él mismo sin limitación alguna.

A la institución no le interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. Si el Reino-Dios es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. El Reino es el mismo Dios escondido en mí. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino-Dios.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me explico con claridad: Dios es un continuo presente, es eternidad. Esa eternidad es la que tengo que descubrir en mí aquí y ahora en el presente.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma, no es un medio para alcanzar algo. Todo lo que proyectamos para el futuro está ya aquí a nuestro alcance.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará, sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando siempre. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Para eso hay que estar despiertos.

Los seguidores de Jesús, todos judíos, fueron incapaces de librarse del Dios del AT. El Dios de los evangelios es una mezcla de ese Dios y de la increíble novedad del Dios Abba que descubrió. Lo preocupante es que después de dos mil años, nosotros nos sentimos más a gusto con aquel Dios justiciero y antropomórfico que con el Dios amor de Jesús.

El Dios de Jesús ni puede castigar por un pasado ni puede prometer nada para un futuro, porque ni tiene pasado ni tiene futuro. Dios es un eterno presente. No tiene ningún sentido preguntarnos si interviene en la historia, porque Él no tiene historia

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Estado del Bienestar.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Lc 12, 32-48

«No acumuléis tesoros en la tierra…»

Da la impresión de que el recelo que siente Jesús por la riqueza está injustificado, porque la cultura de la riqueza nos ha proporcionado un bienestar inimaginable hace tan solo unos años. Al menos en apariencia, la felicidad es la tónica general entre los ciudadanos de las sociedades opulentas (como la nuestra), y esta felicidad es el fruto de nuestra apuesta por la riqueza que nos ha permitido alumbrar una nueva sociedad basada en la garantía de las libertades públicas, la educación universal, la sanidad para todos, la asistencia social para los más desfavorecidos, el subsidio digno de jubilación y el acceso generalizado tanto a la cultura, como a productos y servicios que hasta ese momento habían sido patrimonio exclusivo de los ricos.

Y es evidente que la mejora de las condiciones de vida de las personas supone un logro de enorme importancia para la humanidad, tanto, que cabe preguntarse si al menos una parte de ella (la más próspera) ya está alcanzando su destino y lo único que le queda por hacer como tal humanidad, es extender este modelo a todo el mundo. Al menos en apariencia, la plenitud con la que han soñado tantos filósofos de todos los tiempos está a la vuelta de la esquina. Hemos hecho lo más difícil y sólo nos queda seguir por este camino para consolidar lo conseguido.

Pero esto es un mero espejismo. Algo falla en nuestro modelo porque, a pesar de la prosperidad alcanzada, el avance de la medicina, el poder adquisitivo de bienes y servicios tanto necesarios como suntuarios, el acceso a la información y la cultura, y tantos otros beneficios que reporta la sociedad de consumo, resulta patente que los ciudadanos de los países desarrollados no gozan de la felicidad que disfrutaron sus abuelos y deben refugiarse en el trabajo compulsivo, el ocio compulsivo, el alcohol y las dogas para olvidar la falta de sentido de sus vidas y el vacío que ello conlleva. Este vacío empuja el hombre actual a sobrenadar la vida en vez de sumergirse de lleno en ella, es decir, a desperdiciar el don irrepetible de la vida.

Y nos viene a la memoria Sören Kierkegaard, quien afirma que cuando el hombre ignora lo eterno que hay en él, siente vacío, angustia y desesperación. Es evidente que el estado del bienestar ignora lo eterno que hay en nosotros, y el resultado es que no llena, ni mucho menos, la vida de los ciudadanos. Si fuésemos un simple animal más evolucionado que el resto, como se afirma en las tesis reduccionistas, los ciudadanos de los países ricos estaríamos viviendo en una especie de paraíso en la Tierra, y el vacío que sentimos es suficiente prueba para demostrar que somos mucho más que lo que dicen estas teorías.

Pero la crisis de sentido no sólo provoca la falta de realización personal de los ciudadanos, sino que ha generado, y sigue generando, tal cúmulo de desequilibrios en todos los ámbitos de nuestra existencia, que hacen necesario y urgente el cambio de paradigma. En este comentario nos vamos a limitar a los tres más representativos.

El primero es la insostenibilidad. Esto no puede durar. Por una parte, harían falta varios planetas como el nuestro para disponer de los recursos necesarios para su mantenimiento y absorber las emisiones, vertidos y residuos que generamos. Por otra, el calentamiento global –más patente cada año que pasa– nos hace temer que las predicciones de los científicos acaben siendo ciertas, y que nuestro planeta acabe por convertirse en inhabitable. De una forma u otra, nuestra civilización tiene los días contados.

El segundo es la desigualdad creciente entre unas regiones y otras; entre unos ciudadanos y otros, lo que provoca que mientras unos pueden derrochar sin medida, otros no tienen ni lo necesario para vivir; su mayor logro es sobrevivir cada día. Jamás esta brecha ha sido mayor y sigue creciendo. Para ilustrar esta situación diremos que Luxemburgo tiene una renta per cápita de 153.000 $. Los dos países más poblados de la tierra, China e India, tienen respectivamente, 13.000 $ y 2.500 $, y el más pobre, Burundi, tiene 193 $; es decir, casi ochocientas veces menos que los más ricos.

El tercero es la agresión brutal al medioambiente. Ya hemos mencionado la amenaza de que nuestro hábitat se convierte en inhabitable, pero mientras tanto, las condiciones de vida de los ciudadanos puede convertirse en un infierno.  Una de las conclusiones más inquietantes del último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) –elaborado por científicos de prestigio, y no por ecologistas exaltados decía lo siguiente:

«La humanidad está condenada a padecer una escasez trágica de recursos esenciales para la vida debido a la pérdida de cosechas y la destrucción de los fondos marinos, y, como consecuencia, se van a producir migraciones masivas en busca de estos recursos y conflictos generalizados por obtenerlos».

Y de todo ello sacamos la conclusión de que quizá Jesús no andaba tan descaminado; que la riqueza nos endurece el corazón y nos incapacita para amar y compadecer; que nos impide entrar en el Reino y nos arroja en manos de una tiranía despiadada que nos impide vivir con sentido, nos esclaviza y nos deshumaniza… Tanto a cada uno de nosotros, como al conjunto de la humanidad.

«Bienaventurados los pobres», decía Jesús por boca de Lucas.

«Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida», decía Jon Sobrino, abriendo la única vía de salvación que le queda a este mundo.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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No descuidéis la vida. Apuntes para el camino.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Lc 12, 32-48

El relato evangélico que nos ocupa nos sumerge en una amplia enseñanza de Jesús a su discípulos/as que, quizá, en una primera lectura nos resulte difícil de entender. Pero, si vamos poco a poco escuchando, podemos descubrir algunos de los hilos que tejen el mensaje y encontrarnos, una vez más, con ese horizonte desafiante que es seguir a Jesús.

En esta sección del evangelio, Lucas, une diversas enseñanzas de Jesús con el propósito de ayudar a su comunidad a responderse algunas preguntas que iban surgiendo en su caminar creyente: ¿Cómo mantener viva la utopía del Reino? ¿Qué valores hemos de priorizar en la comunidad? ¿Cómo sostener la esperanza en un mundo a veces hostil y otras indiferente?

Confía y comparte

Lucas y su comunidad saben muy bien que ser discípulo/a de Jesús no consiste en aprender o aceptar una serie de verdades sino adoptar un estilo de vida. Un estilo de vida que, tampoco, se queda en meras prácticas ascéticas, sino que abarca todo lo que son y hacen desde lo más cotidiano hasta lo más excepcional.

Las palabras de Jesús que Lucas recuerda buscan sostener ese estilo y lo hacen invitando a estar atentos/as a no dejarse vencer por el miedo o el desánimo y a ser responsables de no dejar que se apague la esperanza.

Jesús comienza su enseñanza invitando a los discípulos/as a no tener miedo porque Dios-Abba está sosteniendo sus vidas en el camino de seguir encarnando la Buena Noticia del Reino como comunidad y como miembros de una sociedad que no siempre los acoge y los entiende.

Esa confianza en el Dios del Reino se refleja, de forma significativa, para Lucas, en el uso de los bienes. La llamada a desprenderse de lo que se tiene y a repartirlo con quien lo necesita es un imperativo del discipulado. No se trata de ser generoso/a con los pobres sino de vivirse liberado/o de las etiquetas de poder y estatus que suponen la riqueza.

Para la Lucas la gratuidad es un signo de pertenecía a la comunidad no un tema ascético. La llamada es a educar el corazón desde la gratuidad, a mirar al otro/a desde el vínculo que nace de sentirse hermano/a y compañero/a de camino.

Atentos/as y responsables

Seguir a Jesús supone, además, estar siempre atentos/as a la vida, cuidándola e impulsándola. No se trata simplemente de un mandato, aunque sea evangélico, sino de una invitación a hacerse corresponsable en la tarea del Reino.

En esta tarea la recompensa es la acogida mutua, la hospitalidad y la mesa compartida. La invitación es a reorganizar las partencias, a cambiar el honor por el servicio, el tu por el nosotros.  Permanecer ahí no es fácil porque es fácil dejarse arrastrar por el cansancio, el desencanto o el fracaso.

El desafío es permanecer alentados/as por la esperanza, no dejar que el tiempo haga rutinario el camino o vacío el deseo. El desafío es hacernos cargo de la Buena Noticia del Reino con gratuidad, responsabilidad y pasión.

Vivir el discipulado desde unos “mínimos aceptables” y no desde un horizonte de vida plena y plenificada empequeñecerá cualquier cosa que emprendamos, vaciará de aliento cualquier proyecto y sobre todo, pondrá freno a la Buena Noticia de Dios que es, en definitiva, la a misión que toda/o discípula/o de Jesús nos hemos comprometido.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Buscadores/as del Tesoro.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 10 agosto 2025

Lc 12, 32-48

La del buscador es una parábola sobre la existencia humana que se ha repetido en diversas tradiciones sapienciales. En síntesis, viene a decir que “algo” en nosotros sabe que hemos perdido o ignorado un tesoro -el tesoro por excelencia, que contiene nuestra plenitud-, por lo que todo nuestro recorrido vital no es sino un viaje para descubrirlo o recordarlo. “Conoce quién eres”, “recuerda quién eres”, repiten una y otra vez aquellas tradiciones.

De entrada, la aventura humana empieza como una búsqueda, en cuyo origen es posible rastrear una doble motivación, lo cual nos alerta del riesgo que encierra. Por un lado, nace de la necesidad; por otro, del Anhelo.

Al percibirnos como seres sumamente necesitados, frágiles y carenciados, se pone en marcha en nosotros un impulso que nos lanza a buscar algo que nos complete y nos sacie. Porque la experiencia de carencia nos resulta insoportable.

Pero ese no es el único motor que nos pone en marcha. En otro nivel más profundo, se activa un Anhelo, que nace del “recuerdo” (inconsciente) antes mencionado, y que tiene un sabor diferente al de la necesidad.

La necesidad termina confundiéndonos, al hacernos creer que aquello que habría de completarnos se encuentra fuera y en el futuro. De ese modo, no solo erramos el camino, sino que incrementamos la ansiedad, al no encontrar nunca aquello que habría de saciarnos.

El Anhelo, por el contrario, es la voz de nuestra profundidad, que nos llama a casa. Lo que anhelamos no se halla fuera ni un futuro lejano; es más íntimo que nuestra propia intimidad: es lo que somos. Únicamente lo habíamos olvidado.

Por ese motivo, en el camino de búsqueda, acertamos al comprender que no hay nada que buscar; hay, más bien, que dejarse encontrar. Cesamos de ser buscadores; en cuanto lo comprendemos, somos, sencillamente, “reconocedores”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Vivir es un continuo acto de confianza.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Fe – confianza.

        Habitualmente la homilía (conversación) versa sobre el Evangelio y así tiene que ser. Pero todos los textos del Nuevo Testamento (de la Biblia) son Palabra, expresión de Dios. Por eso hoy la homilía ´la centro en el pasaje de la carta a los Hebreos que, aunque no es de la pluma de San Pablo, sí recoge su tradición, su modo de pensar.

El texto que hemos escuchado hoy, es un canto a la fe, y pertenece a la más genuina tradición de San Pablo: el justo vive por la fe, (Rom 1,17).

Esta actitud de creyente, de fe, aparece hoy siete veces en el texto que hemos escuchado

02.- La fe como confianza y la fe como contenido.

        La fe tiene como dos vertientes:

        +      la fe con la que creo (fides qua)

        +      la fe en la que creo (fides quae).

La fe con la que creo: mi confianza en Dios

        Inicialmente la fe es poner nuestra confianza en Dios, me fío de Dios, confío en Dios. Podemos decir que tengo confianza en Dios, soy amigo de Dios, Es la fe fiducial, de confianza: es aquello que dice la tradición de San Pablo: sé de quién me he fiado. (2Tim 1,12). Es la fe con la que creo.

        En este sentido, por ejemplo un protestante luterano o un ortodoxo creen en JesuCristo con la misma confianza que nosotros católicos, si no más.

La fe en la que creo

        La fe tiene un contenido: creo en Dios, en JesuCristo, podríamos poner el  Credo entero…

        En este sentido podemos tener algunas diferencias en la fe de un evangélico, un ortodoxo, un anglicano  y nosotros, católicos.

        Pero la fe no es meramente una doctrina, unos dogmas, una ideología. La fe es la confianza que yo pongo en Dios. Creer es confiar.

        Pensemos y recapacitemos un poco si confiamos en Dios o, más bien, le tenemos miedo. ¿A Dios hay que tenerle calmado? ¿Dios no es de fiar?

03.- Vivir es un acto de confianza continuo.

        Inicialmente vivir en la fe, –el justo vive por la fe-, es vivir serenamente en una actitud de confianza en la vida, en la familia, en las personas con las que convivimos, con las que trabajamos, confiar en las instituciones, confiar en Dios.

  • Es sensato y bueno que la pareja confíe uno en el otro, que los hijos confíen en sus padres, los hermanos entre sí.

Los padres confían sus hijos a un colegio, a unos maestros que, se supone, tienen algunos criterios sanos. Confiamos en el médico que nos atiende. Es más que razonable confiar en los amigos. Confiamos en el sacerdote. Es razonable confiar en quien conduce el autobús o el avión. Confiamos en que los alimentos, los medicamentos son y están buenos. Vivir es un continuo acto de confianza.

  • Por otra parte confiamos en el testimonio que se nos ha transmitido: testimonios y tradiciones familiares, históricas, políticas, festivas, culturales. Por principio no dudo, sino que acepto de buen grado, serenamente la sabiduría que me han transmitido mis padres, la tradición eclesial en la que he nacido y vivo, la tradición popular de mis raíces.

04.- No es lo mismo fe (confianza) que doctrina o dogma

Las afirmaciones religiosas dogmáticas son siempre limitadas, porque son humanas y hemos de confiar, creer no en la materialidad de las palabras sino en lo que estas quieren decir.

¿Dios creó el mundo en siete días? ¿El hombre es realmente de barro? ¿El Éxodo fue como el desembarco de Normandía? ¿JesuCristo se puso en pie como un robot la mañana de Pascua? ¿María fue asunta a los cielos en cuerpo y alma?

A veces buscamos seguridad “matemática” en las palabras dogmáticas, pero más bien hemos de confiar en lo que significan

        Porque no es lo mismo confianza que seguridad. La confianza -la fe- es una actitud en la vida que construye personas amablemente, con sentido. La confianza es una actitud interior, ¿una virtud? que descansa en Dios

05.- No temas, pequeño rebaño.

        La primera afirmación del evangelio de hoy es: no temáis. “No temas pequeño rebaño”. ¡Cuántas veces repite Jesús esta actitud!

        El fundamento de la religión es el miedo. La religión es el esfuerzo titánico (imposible, por otra parte) para controlar y dominar a Dios.     El fundamento del cristianismo es la confianza, el amor de Dios, la bondad. No temáis, no perdáis la calma, confiad… El cristiano confía, se fía de Dios, de JesuCristo.

        La persona religiosa cumple con lo que la religión le manda. El cristiano confía en el Dios y Padre de nuestro Señor JesuCristo.

        Cuando uno confía, se fía de JesuCristo, principalmente en las cuestiones y situaciones límite halla una paz profunda en su alma, descansa. Me pase lo que me pase, que no me pase sin Ti, Señor.

¿No habéis experimentado en vuestra alma esa honda paz interior?

        En la vida nos puede pasar de todo. Nos van a pasar muchas cosas y vivencias: problemas, crisis, infidelidades, pecado, sufrimientos, enfermedades, muerte. No temas, pequeño rebaño.

        Podríamos terminar la Palabra de hoy con aquella oración de Teilhard de Chardin: cuando tengas y sientas en tu interior angustia, tristezas, culpabilidad, miedos en la vida y en la muerte:

Adora y confía.

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