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“Mantener la fidelidad a la tarea encomendada”, por Consuelo Vélez

domingo, 10 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XIX Domingo del Tiempo Ordinario 10-08-2025

Jesús se dirige a sus discípulos llamándolos “pequeño rebaño” e invitándolos a no tener miedo porque el reino prometido por el Padre será una realidad

Por esa confiaza les recomienda vender sus bienes para que el corazón esté del lado del verdadero tesoro que nadie podrá arrebatarles. Ese tesoro es el reino que se comienza a vivir aquí esperando su plenitud en el más allá

Han de estar vigilantes para la llegada del Señor, llegada que expresa con los símbolos del reino: la mesa compartida, el servicio del mismo Jesús a los suyos

Pidamos saber vivir en la vigilancia activa, conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos para hacer fructificar el reino de Dios en nuestra vida y en el mundo en el que vivimos, manteniendo la fidelidad a la tarea encomendada.

Consuelo Vélez

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

+ «No temas, pequeño rebaño, porque el Padre ha tenido a bien darles el reino. Vendan sus bienes y denlos en limosna; háganse bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está su tesoro, allí estará también su corazón. Tengan ceñida su cintura y encendidas las lámparas. Ustedes están como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad les digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre».

Pedro le dijo:

– «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».

Y el Señor dijo:

+ «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

(Lucas 12, 32-48)

El evangelio de hoy continúa con un tema similar al evangelio del domingo pasado donde se invitaba a no atesorar riquezas en la tierra. En esta ocasión, Jesús dirige el mensaje a sus discípulos a quienes llama “pequeño rebaño”, invitándolos a no tener miedo porque el reino prometido por el Padre será una realidad. Esta confianza hace posible las peticiones que les hace: “vender los bienes y darlos en limosna, es decir, entrar en la dinámica del compartir que supone el reino de Dios. De esa manera el corazón estará del lado del verdadero tesoro que nadie puede arrebatarles. Ese tesoro es el reino que se comienza a vivir aquí esperando su plenitud en el más allá.

Continúa el evangelio invitando a la vigilancia con las expresiones “tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. La vigilancia tiene un motivo: la llegada del Señor el cual, al encontrarlos en vela, él mismo se sentará a la mesa y se pondrá a servirles. Notemos que los símbolos empleados son los del reino: la mesa compartida, el servicio del mismo Jesús a los suyos. Jesús refuerza esta invitación con el ejemplo del hombre que si supiera a qué horas viene el ladrón, no dejaría que entrará. De la misma manera, los discípulos han de mantener la vigilancia para el momento definitivo que no se sabe cuándo será, pero frente al cual se ha de estar preparados.

Ante estas recomendaciones, Pedro le pregunta si esa parábola la dice por ellos o por todos y Jesús responde con una pregunta en la que podríamos decir nos incluye también a nosotros: todos aquellos a los que Dios les confía la administración de la buena noticia han de vivir con la diligencia que corresponde. Pone de nuevo un ejemplo, en esta ocasión, del administrador que reparte la ración de alimento a tiempo, es decir, que cumpla con todas sus obligaciones para que cuando llegue el dueño, pueda recompensarlo. Pero si hace lo contrario, pensando que el dueño no va a llegar todavía, tendrá la suerte de los que no cumplen con su responsabilidad. Jesús utiliza un lenguaje que todos pueden entender, hablando de ser recompensado o castigado, pero hemos de tener en cuenta que nuestro Dios no es un Dios de premios y castigos, sino un Dios misericordia y amor incondicional que siempre estará ofreciéndonos la salvación. Por eso, la última frase del texto hemos de entenderla desde nuestra propia responsabilidad: somos nosotros mismos quienes con nuestras obras habremos aprovechado las muchas bendiciones dadas o las habremos derrochado. En este último caso, seremos nosotros los que decidamos apartarnos del Señor, no aceptando su amor gratuito y total.

Pidamos saber vivir en la vigilancia activa, conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos para hacer fructificar el reino de Dios en nuestra vida y en el mundo en el que vivimos, manteniendo la fidelidad a la tarea encomendada.

(Foto tomada de: https://www.chimbotenlinea.com/evangelio-dominical/10/08/2014/es-en-el-partir-y-compartir-el-pan-donde-se-descubre-al-discipulo-y)

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“Velemos – San Lucas 12, 32-48 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 10 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

¡No temáis, pequeño rebaño!

La palabra fuerte y tranquilizadora de Jesús nos alcanza en este momento conflictivo y violento, quejumbroso y banal, resignado y despreocupado, y nos ayuda a orientar la vida, a devolverle sentido, vigor y esperanza.

¡No temáis, pequeño rebaño!

Sí, somos un pequeño rebaño, somos pocos, pero elegimos tener un solo pastor, el pastor hermoso que sabe adónde llevarnos, que, a diferencia de los mercenarios, se interesa por nosotros por lo que somos, no por lo que producimos. 

¡No temáis, pequeño rebaño!

No tengamos miedo, aunque nos cueste (¡cuánto!) no perder la esperanza. Pero confiamos, tenemos fe, como el padre Abraham, como Sara, porque nos hemos descubierto amados, y hemos elegido amar.

La confianza nace de la experiencia: hemos conocido cuánto nos ama el Señor Jesús.

Sabemos que ha dado su vida por nosotros. Porque Dios ama con un amor libre y liberador, vital y vivificante, concreto y cotidiano.

No debemos temer porque al Padre le ha complacido regalarnos el Reino.

Nos ha sido regalado, donado, sin condiciones, gratuitamente.

Porque Dios es así: da. Y se da a sí mismo.

El Reino está donde Dios reina, donde mora su presencia de luz y paz.

Pero para darnos cuenta de su presencia, para no dejarnos abrumar por el miedo, para descubrir realmente que el Reino está entre nosotros, que ya está aquí, debemos vivir como personas libres y debemos velar.

Buenos administradores

Hagamos cuentas, con serenidad y seriedad.

Veamos qué vale la pena vivir, dónde estamos invirtiendo tiempo y energía, recursos y cualidades en nuestra vida. Si el Evangelio es solo un apéndice (sano y santo) dentro de nuestra vida cotidiana o si, por el contrario, ha cambiado nuestra forma de ver las cosas.

El tiempo que estamos viviendo es un tiempo intermedio, en espera de que vuelva el Señor de la gloria.

A nosotros, aquí y ahora, Dios nos confía la gestión del Reino, para hacerlo presente, para vivir como hijos de Dios. Nuestras comunidades se convierten entonces en sucursales del Reino, páginas publicitarias de la nueva humanidad porque está reconciliada, profecía de un mundo nuevo.

Aunque no seamos capaces, aunque no seamos dignos, aunque cojeemos.

Por eso hacemos sinodalidad: para preguntarnos con franqueza evangélica si la forma en que anunciamos es la mejor forma, hoy, de hablar de Dios. 

Estad preparados 

Estad preparados, advierte Jesús.

Listos para viajar, listos para cuestionar todo resultado, toda certeza, más aún si proviene de la fe y la religiosidad. Si hemos comprendido que nuestro corazón está hecho para el infinito y buscamos el infinito, estemos dispuestos a buscarlo infinitamente.

Es la actitud saludable del discípulo, la conciencia del «ya sí y todavía no».

Ya conozco a Dios, pero todavía no lo poseo.

Ya he vivido una experiencia afectiva maravillosa, pero sé que ningún amor llena mi corazón definitivamente.

Ya he descubierto, a la luz del Evangelio, cuánta gracia y luz interior llenan el corazón, pero aún vivo momentos de desánimo y oscuridad.

Ya he comprendido quién soy, pero aún no sé quién seré.

Una tensión sana, hermosa, que nos lleva a lo esencial, que nos separa de la pesadez de la cotidianidad, que nos devuelve al realismo. 

Estad preparados, nos pide el Maestro. Y nosotros velamos en la noche.

Esta noche de la Historia. Cada noche. Escudriñando el Oriente, esperando la aurora.

¡Cuánta fe nos pides, Señor! 

Nómadas

Como Israel, cuyas hazañas, enfatizadas y mitificadas, leemos, también nosotros estamos llamados a salir de la esclavitud, de toda esclavitud, para aprender, en el desierto, a confiar en Dios. Esclavos de la idea que tenemos de nosotros mismos, esclavos y preocupados por la imagen que debemos dar a los demás, esclavos de las falsas necesidades que nos suscita la publicidad, podemos redescubrir, a la luz de la Palabra, que o el hombre es buscador o no es, o el hombre es mendigo o no es. O el hombre está en camino interior o no es.

Que la vida, que toda vida, es una liberación interior progresiva.

¡Cuánta fe nos pides, Señor!

Abraham escucha su voz interior.

No es un joven presa de delirios místicos: es un hombre realizado, no abrumado por pasiones impetuosas. Es un hombre probado por la vida, desilusionado y que, sin embargo, siente una llamada irrefrenable hacia la interioridad. «Ve», siente en su corazón, «ve a ti mismo».

¡Loco Abraham, que dejará todas sus certezas y su papel social para seguir un instinto interior, para reencontrarse a sí mismo! Y este gesto suyo será inmensamente fecundo: él es el padre de todos los que buscan a Dios.

Ve a ti mismo, amigo, hermano, descúbrete viajero, en serio.

Aunque pienses que has vivido lo suficiente, o que has sufrido demasiado, o que has tomado tus decisiones.

Todos somos extraordinariamente libres, capaces de emprender nuevos caminos incluso cuando todo parece decidido, erróneo, inamovible.

Ve a ti mismo. 

La espera

La vida se convierte entonces en una espera inquieta (y feliz), la espera del regreso, la espera del encuentro con el amo que vuelve de la boda.

Espera: mi vida, tu vida es espera.

De un sentido, de superar tu dolor, de la clave para comprender tu vida, de una persona a quien amar, de un hijo a quien abrazar y besar, de un mundo mejor, de la luz infinita que ilumine tus miedos, de Dios.

Espera.

El hombre es el único ser vivo capaz de esperar, de velar, de insistir, de creer.

Por la noche, a menudo, en el largo y denso silencio de la noche, sentimos crecer nuestra fe, abandonarse nuestro corazón, comprendemos lo que es esencial para nosotros. Por la noche, como centinelas que esperan el amanecer, nos convertimos en creyentes, en discípulos.

Cuando las rodillas tiemblan, cuando el cansancio es grande, cuando nos parece que no podemos esperar, cuando la desesperación presiona la puerta del corazón, podemos mirar a los testigos, mirar a los padres de la fe, a los muchos, a los muchísimos que, como nosotros, creyeron en la noche y vieron la luz, al fin.

La fe es este misterioso ya y todavía no, este silencio ensordecedor, esta noche luminosa.

Velemos, pues.

Amados. Amando.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 10 de agosto de 2025

 

1.- El servicio es la clave para entrar en el Reino.

2.- Y el amo se pone a servirnos a nosotros, pobres siervos.

3.- Preparaos para el encuentro con un Dios que se inclina hacia el hombre.

4.- Dios está al servicio de nuestra felicidad.

5.- La belleza de un Dios que se hace siervo.

6.- Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.

7.- Velemos – San Lucas 12, 32-48 –.

 ***

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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¿Qué le importa a Dios y cómo podemos enriquecernos con ello?

lunes, 4 de agosto de 2025
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La reflexión de hoy es de Jeromiah Taylor, coordinador de contenido digital de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 18º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

“Así será para todos los que atesoran para sí mismos, pero no son ricos en lo que importa a Dios.”

Esta última línea del pasaje del Evangelio de hoy en la Misa plantea una pregunta más amplia: ¿qué le importa a Dios y cómo nos enriquecemos en ello?

Creo que las secciones del leccionario de hoy sugieren que las prioridades de Dios tienen algo que ver con el “nuevo ser” al que alude San Pablo en la segunda lectura de hoy. Parece verlo como algo que nos “revestimos” después de haber muerto, escondidos en Cristo. Algo renovado a imagen de su Creador.

Para los católicos queer, ser renovados a imagen de nuestro Creador podría significar vivir en honor a la vida que se nos ha dado. O aceptar nuestra dignidad, belleza y bondad como las huellas de las manos de nuestro Creador en la suave arcilla de nuestros cuerpos. San Pablo añade que las divisiones humanas que desgarran nuestro viejo ser son disueltas por Cristo, quien es todo y en todos.

Nacer en nuestro nuevo yo lleva tiempo y, creo, es probablemente un proceso recurrente. Desafortunadamente, también requiere que muramos muchas veces. Pero cada vez que lo hacemos, más de Él crece en nosotros y nosotros en Él. No debemos preocuparnos por hacerlo mal o por que nuestro nuevo yo nazca muerto. El salmo responsorial nos insta a no endurecer nuestros corazones al escuchar la voz de Dios. En otras palabras, cuando escuchamos un llamado a ser nuevos, es una invitación amorosa, hacia la cual solo debemos dar un paso a la vez.

Cada lectura de esta semana se refiere a la fragilidad humana. La primera lectura, del Eclesiastés, la llama vanidad. El salmista la llama un corazón endurecido. San Pablo la llama el viejo yo. Jesús la llama necedad. Todas estas definiciones equivalen a valorar las cosas equivocadas y también a falta de confianza o de disposición a la entrega. Nos advierten contra confiar en nuestros propios recursos para evitar amenazas a nuestra seguridad, especialmente si leemos los demás pasajes bíblicos que rodean la selección del Evangelio de hoy en Lucas 12. Estos incluyen varias parábolas que enfatizan una visión matizada del conocimiento, la culpabilidad y la responsabilidad: haber sabido más y haber elegido peor.

El mensaje principal es que las ansiedades humanas son fútiles y moralmente trágicas.

Nuestra tarea no es construir defensas, sino escuchar el llamado de Dios. Un Dios que nos llama a todos, incluyendo a los católicos queer, a una mayor confianza en Él, a una mayor intimidad con Él y a una fiel aceptación de nuestra condición de amados, del hecho de que Él tiene contados los cabellos de nuestra cabeza. La visión que Dios tiene del mundo nos mantiene en una gran red de la que todos somos miembros valiosos. Donde no estamos en un terreno hostil, un mundo que debe ser negociado o superado, sino más bien contenidos en una red de amor. Ser amados es nuestra identidad, nuestra naturaleza y nuestro destino.

Las escrituras litúrgicas de hoy nos instan a no aceptar nada menos que aquello para lo que fuimos creados: un ecosistema personal de amor perdurable, superior a su parte e imbuido de buena voluntad mutua. Las dos alternativas inferiores que se presentan en sus lecturas son la avaricia y la división.

Como católicos queer, no renunciemos a ninguno de estos identificadores. No renunciemos a ser «católicos» sucumbiendo a la mundanalidad espiritual, ni renunciemos a ser «queer» sometiéndonos a las divisiones que desgarran los límites de nuestro «viejo yo». En cambio, proclamemos el amor de Dios por todos celebrando su amor por nosotros.

Amén.

—Jeromiah Taylor, Ministerio New Ways, 3 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“De manera más sana”. 18 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,13-21)

domingo, 3 de agosto de 2025
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«Túmbate, come, bebe y date una buena vida»: esta consigna del hombre rico de la parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no pocos a lo largo de la historia, pero hoy se vive a gran escala y bajo una presión social tan fuerte que es difícil cultivar un estilo de vida más sobrio y sano.

Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo: casi todo se orienta a disfrutar de productos, servicios y experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: «Date una buena vida». Lo que se nos ofrece a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, naturalidad, poder, bienestar, felicidad. La vida la hemos de alimentar en el consumo.

Otro factor decisivo en la marcha de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes y gustos fluctuantes. Lo nuevo es el «imperio de la moda», que se ha convertido en el guía principal de la sociedad moderna. Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan los comportamientos de la mayoría. La publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia o la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir y a satisfacer las «necesidades artificiales» del momento.

Otro rasgo que marca el estilo moderno de vida es la seducción de los sentidos y el cuidado de lo externo. Hay que atender al cuerpo, la línea, el peso, la gimnasia y los chequeos; hay que aprender terapias y remedios nuevos; hay que seguir de cerca los consejos médicos y culinarios. Hay que aprender a «sentirse bien» con uno mismo y con los demás; hay que saber moverse de manera hábil en el campo del sexo: conocer todas las formas de posible disfrute, gozar y acumular experiencias nuevas.

Sería un error «satanizar» esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desarrollar una vida integral e integradora. Pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que se puede encerrar en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta pasarlo bien. El ser humano no es solo un animal hambriento de placer y bienestar. Está hecho también para cultivar el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio de lo trascendente, agradecer la vida, vivir la solidaridad. Es inútil quejarnos de la sociedad actual. Lo importante es actuar de manera inteligente.

José Antonio Pagola

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“Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Domingo 03 de agosto de 2025. 18º domingo del Tiempo Ordinario.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Colosenses 3, 1-5. 9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Lucas 12, 13-21: Lo que has acumulado, ¿de quién será?.

La 1ª lectura nos enfrenta con preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales. La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuya finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.

Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)

Éste parece un libro muy poco religioso. ¿Cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.

Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…

En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.

No está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del carpe diem (aprovecha el día)… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Evangelio: la vida no depende de los bienes

Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de ellos: poner la felicidad en la acumulación insaciable de bienes, la codicia.

A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.

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3.08-25. Dom 18 TO. Ley de herencias, rico tonto (Lc 12, 13-21): Avaricia y Mamona

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de este domingo consta de dos partes, que son de tipo sapiencial, propio de Lucas. No parece que provengan de Jesús, ni de la fuente original de Lucas  (que se distinguen por su radicalidad mesiánica (cf Magníficat y bienaventuranzas: Lc 1 y Lc 6 ) sino del sustrato sapiencial, propio de un judaísmo helenista, que aparece en el mensaje moral, no apocalíptico, de Juan Bautista (Lc 3, 10-14), que puede compararse con el  de Flavio Josefo y algunos rabinos sabios del nuevo judaísmo naciente, con los que Lucas dialoga.

 Estas son palabras propias de una ética convencional que sirve de vinculación entre el mensaje de Jesús y el moralismo judeo-helenista del entorno de Lucas, en la línea de los códigos domésticos de las Pastorales. Son buena doctrina, pero no  evangelio¸ son sabiduría humana, no mensaje radical de Cristo.

Sobre el mensaje de Jesús tratan las dos últimas partes de esta postal: Una sobre la avaricia, otra sobre la Mamona.

| Xabier Pikaza

Jesús no es juez de herencias (Lc 12, 13-15)

Este relato retoma ni motivo de sabiduría universal, importante en Israel (al menos desde Abrahán), que Jesús había planteado en la parábola de los viñadores homicidas, que matan al heredero (hijo del dueño), para quedarse con la herencia (cf. Mc 12, 1-12):

En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre, ¿Quién me ha nombrado juez o árbitro sobre vosotros? Y les dijo: Mirad y guardaos de toda avaricia, pues aunque uno sea rico su vida no depende de las riquezas que él tiene (Lc 12, 13-15).

 Más que de ganancias, vivimos de herencias, esto es, de aquello que gratuitamente y/o según ley nos han en familia, sociedad o Iglesia: del amor que nos han ofrecido, del lenguaje que nos han enseñado para comunicarnos, de las tradiciones culturales y sociales que nos han legado, de la tierra que han cultivado previamente, de los animales que han domesticado etc. En ese sentido, la herencia o tradición) es necesaria y sin ella no se podría hablar de vida humana (por tradición recibimos genoma y cultura), pero si un tipo de herencia (sobre todo económica) define y fija el lugar de cada uno, en oposición a otros tipos de familia o grupo, destruimos la verdad del evangelio, que es buena “nueva”, ruptura y novedad frente a leyes que dividen y fijan a los hombres en lo ya sido.

Hubo sociedades, como la judía en tiempos de Jesús, que organizaron de manera minuciosa tradiciones y riquezas de tipo familiar y social, cultural, religioso y económico, de manera que la misma religión era tema de herencia y de práctica garantizada por los antepasados (los presbíteros), religión hecha de leyes y buenas posesiones, de manera que la tarea más importante de todos y en especial de  los maestros (escribas) era regular lo transmitido, para que pasara de padres a hijos, tradición, de forma ellos (escribas, maestros religiosos) eran, ante todo, jueces y expertos en herencias, como sigue mostrando la Misná, libro de repeticiones de los maestros rabínicos en el siglo II-III d.C.

Pero Jesús no aceptó ese esquema, al servicio de la gente rica en sabiduría antigua y posesiones (dueños de fortunas, tierras o bienes que pudieran transmitirse), porque pensó que se debía superar el etilo legal de esas herencias, al servicio de familias y grupos importantes en religión y dinero. En esa línea, él quiso abrir la Gran Herencia del Reino para todos, empezando por los pobres y excluidos de las posesiones del mundo, y por eso pidió al hombre que quiso seguirle que renunciara a la herencia  de su (que los muertos entierren a sus muertos: Lc 9, 60), lo mismo que al rico que quería alcanzar la vida eterna (Lc 18, 18-23; cf. Mc 10, 17-22).

La ley de herencias implicaba un tipo de discriminación, una forma de perpetuar el orden social clasista. Por eso, Jesús no quiso resolver por ley estas cuestiones, sino subir de plano y enseñar a compartirlo todo, de manera que no se pudiera hablar de transmisión cerradas de herencias particulares, desde unos presbíteros a sus sucesoras, sino de apertura y comunión de bienes, de todos con todos, para enriquecerse de esa forma unos a otros, conforme al modelo del mismo Jesús que da/regala su existencia (cuerpo y sangre) a modo de comida superior, eucaristía.

En esa línea, Jesús quiso que todos los bienes se hicieran regalo (al menos en ámbito de Reino), añadiendo en Lc 12, 15 un último verso, de hondo sentido antropológico: La vida del hombre es más que todo lo que él tiene, de manera que no por ser rico uno puede convertirse en dueño de ella. Lo que importa es la riqueza personal, que se comparte en gratuidad, en comunión, sobre un tipo de posesión individual (egoísta) y de transmisión igualmente particular de bienes,  en un contexto de familias contrapuestas, donde unos pueden tener mucho y otros no tienen nada [1].

Un tipo de judíos organizaban de manera minuciosa el legado familiar, social, cultural y religioso, y en esa línea la religión era para ellos “tradición”: mantener el buen depósito, una herencia garantizada por leyes apropiadas, normas de separación, posesiones familiares. Una tarea básica de la religión consistía en regular esas herencias, y en esa línea los escribas eran jueces y expertos en hacerlo (como indica la Misná, con leyes del tiempo de Jesús, aunque codificadas siglo y medio más tarde).

‒ Jesús no quiso regular herencias particulares, sino impulsar la comunión de todos.
Ciertamente, él admitió el código o signo principal de la herencia de Israel (la Escritura, la confesión de fe), pero pensó que se debía superar el “etilo legal” de herencias, al servicio de familias ricas. Por eso pidió al hombres que quiso seguirlo y que tenía muchos bienes, que los dejara (vendiera) los diera a los pobres, renunciando a su herencia para así acompañarle (Lc 18, 29-31; cf. Mc 10, 28-31).

 Ciertamente, él apeló a las tradiciones originarias (Abrahán, Éxodo), tanto en plano familiar, como social y religioso (matrimonio, dignidad humana), poniendo la vida de los hombres a la luz de la gracia de Dios Padre; pero, desde ese fondo, superó un nivel de herencias especiales, abriendo un camino de libertad personal y universalidad social, como indican los textos que siguen:

‒ Dejar padre-madre y familia… Para seguir a Jesús en aquel contexto debía superarse un tipo de estructura familiar, una herencia que servía para mantener la sociedad establecida, al servicio de los privilegiados. En esa línea (precisamente para conservar y recrear el don de Dios, y abrirlo a todos), Jesús debió trascender el esquema de una tradición cerrada en sí, de manera que sus seguidores debían “aborrecer” a su padre y a su madre, es decir, superar el sistema de herencias legales, que mantenían al hombre cerrado en la red de las tradiciones establecidas (cf. Lc 14, 26; cf. Mc 3, 31-35; 10, 28-31).

‒ Deja que los muertos entierren a los muertos… (Lc 9, 60; Mt 8, 22). La norma de la tradición es “cuidar” a los padres para recibir su herencia, manteniendo de esa forma el sistema de las separaciones… Pues bien, en contra de eso, Jesús pide a sus discípulos que abandonen ese sistema (al mismo padre como autoridad), para iniciar un camino de vida y hermandad universal. Sólo así, superando la ley de las herencias se puede y se debe cuidar en concreto a los padres necesitados como personas (Mc 7,10-12).

‒ Vende todo y sígueme… (Lc 18, 22; Cf. Mc 10, 17-22). Jesús dice al rico, propietario sin duda de gran herencia, que lo venda todo y que la dé a los pobres…, compartiendo de esa forma sus bienes con los necesitados, para seguirle a él, es decir, para crear una humanidad donde los bienes sean compartidos, donde la herencia se abra para todos, no para unas familias o grupos especiales [2].

El sistema particular de herencias resultaba a su entender injusto, pues mantenía la superioridad de unos sobre otros, en contra de la ley de jubileo (Lev 25), que proponía el reparto igualitario de las tierras. Ésta experiencia está al fondo de la Iglesia o comunidad de Jesús, que ha de entenderse en forma de gratuidad y comunión de bienes. No se trata, pues, de regular con un tipo de justicia legal las herencias, sino de superar ese nivel de justicia particular para crear una comunión de gratuidad, abierta a todos, empezando por los necesitados, en un mundo en el que Dios se expresa en el amor gratuito y en la comunión entre los hombres [3].

Rico tonto, que atesora para sí y no para Dios (Lc 12, 16-21)

 Este nuevo pasaje, expuesto en forma de parábola, es una continuación del anterior (Lc 12, 13-15: reparto de la herencia), cuya enseñanza retoma de un modo más concreto, como indica la conclusión, donde se habla de la locura del hombre que atesora para sí (con el riesgo de perderlo todo), y no para Dios, quien conserva y mantiene los bienes para siempre (Lc 12, 21):

Y les dijo una parábola: El campo de un hombre rico dio mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha? Y dijo: Esto haré, demoleré mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Goza, come, bebe, sé feliz. Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿para quién serán? Así es quien atesora riquezas para sí, y no según Dios (Lc 12, 16-21) [4].

 Esta parábola no trata de una herencia, sino de un hombre que ha “heredado” y se ha hecho rico (plousios), tras haber recogido en su campo una cosecha inmensa. Éste nuevo rico no es comerciante, ni especulador, sino un propietario de un gran campo, que le ha dado lo suficiente para vivir sin preocuparse más, un hombre que se siente afortunado y no plantea preguntas éticas sobre la justicia de la adquisición y disfrute de sus propiedades. No tiene a la puerta de su casa un pobre Lázaro, como el epulón de Lc 16, 19-31, y así puede vivir sin problemas sociales, sin más ocupación que ocuparse de sí mismo, sin contar con otros, sin tener que luchar por hacerse más rico.

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Dos sabios ante la riqueza. Domingo 18 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Un sabio pesimista (¿u optimista?): Qohélet (Eclesiastés 1,2; 2,21-23)

            El nombre de Qohélet le suena a muy pocas personas. Sin embargo, muchos han oído citar su famosa frase: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», con la que comienza la primera lectura de este domingo. Pero su enseñanza no se refiere hoy a la vanidad sino a la riqueza.

En el Antiguo Testamento, la riqueza se ve a veces como signo de la bendición divina (casos de Abrahán y Salomón); otras, como un peligro, porque hace olvidarse de Dios y lleva al orgullo; los profetas la consideran a menudo fruto de la opresión y explotación; los sabios denuncian su carácter engañoso y traicionero. En esta última línea se inserta la primera lectura de hoy, que recoge dos reflexiones de Qohélet.

            La primera reflexión afirma que todo lo conseguido en la vida, incluso de la manera más justa y adecuada, termina, a la hora de la muerte, en manos de otro que no ha trabajado (probablemente piensa en los hijos).

¡Vanidad de vanidades, dice Qohélet;

vanidad de vanidades, todo es vanidad!

Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto,

y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado.

También esto es vanidad y grave desgracia.

            La segunda se refiere a la vanidad del esfuerzo humano. Sintetizando la vida en los dos tiempos fundamentales, día y noche, todo lo ve mal.

Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?

De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.

También esto es vanidad.

            Ambos temas (lo conseguido en la vida y la vanidad del esfuerzo humano) aparecen en la descripción del protagonista de la parábola del evangelio.

Un sabio optimista (¿o pesimista?): Jesús (Lucas 12,31-21)

            En el evangelio de hoy podemos distinguir tres partes: el punto de partida, la parábola, y la enseñanza final.

El punto de partida

            En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

            ‒ Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.

            El le respondió:

            ‒ ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?

            Y les dijo:

            ‒ Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Si esa misma propuesta se la hubieran hecho a un obispo o a un sacerdote, inmediatamente se habría sentido con derecho a intervenir, aconsejando compartir la herencia y encontrando numerosos motivos para ello. Jesús no se considera revestido de tal autoridad. Pero aprovecha para advertir del peligro de codicia, como si la abundancia de bienes garantizara la vida. Esta enseñanza la justifica, como es frecuente en él, con una parábola.

La parábola.

Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” Y se dijo: “Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”

A diferencia de Qohélet, Jesús no presenta al rico sufriendo, penando y sin lograr dormir, sino como una persona que ha conseguido enriquecerse sin esfuerzo; y su ilusión para el futuro no es aumentar su capital de forma angustiosa sino descansar, comer, beber y banquetear.

            Pero el rico de la parábola coincide con el de Qohélet en que, a la larga, ninguno de los dos podrá conservar su riqueza. La muerte hará que pase a los descendientes o a otra persona.

            La enseñanza final. Si todo terminara aquí, podríamos leer los dos textos de este domingo como un debate entre sabios.

Pesimismo, optimismo y realismo

            Qohélet, aparentemente pesimista (todo lo obtenido es fruto de un duro esfuerzo y un día será de otros) resulta en realidad optimista, porque piensa que su discípulo dispondrá de años para gozar de sus bienes.

            Jesús, aparentemente optimista (el rico se enriquece sin mayor esfuerzo), enfoca la cuestión con un escepticismo cruel, porque la muerte pone fin a todos los proyectos.

            Pero la mayor diferencia entre Jesús y Qohélet la encontramos en la última frase.

            Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.

Frente al mero disfrute pasivo de los propios bienes (Qohélet), Jesús aconseja una actitud práctica y positiva: enriquecerse a los ojos de Dios. Y este consejo es tremendamente realista porque no se fija en lo que ocurrirá al final de la vida, sino en lo que puedo y debo hacer desde ahora mismo.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 03 agosto, 2025

domingo, 3 de agosto de 2025
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Maestro, dile a mi hermano que reparta
conmigo la herencia… “Tened mucho
cuidado con toda clase de avaricia; que
aunque se nade en la abundancia, la vida no
depende de las riquezas
”.

(Lc 12,13-21)

El Maestro trasciende esa petición. “Y añadió: tened mucho cuidado con toda clase de avaricia”, cambia de persona (del singular al plural), ya no es uno el que le ha expuesto la petición, son todos los que le escuchan: tened mucho cuidado. He aquí cómo Jesús nos sugiere lo necio que es un corazón ambicioso, un corazón que su única esperanza es “llenar sus graneros”, “nadar en la abundancia.

Lucas nos deja entrever que para Jesús las posesiones, el dinero, no tienen más valor que aquello que nos facilita una vida en paz. Una vida que nos ayude a crecer como personas, a descubrir la belleza de lo sencillo y lo pequeño.

Hoy, a ti y a mí, se nos ha ofrecido la novedad de una jornada para vivirla en toda su plenitud. ¡Y eso es una inmensa riqueza! Se nos ofrece la posibilidad de acercarnos a la persona necesitada y compartir con ella lo que tenemos y ella necesita. ¡Y esa es la mejor herencia!

Disfrutar de la inmensidad de la vida, del aire, de una amigable compañía. ¡Eso es la felicidad más intensa! No dejes que la envidia, la avaricia, el egoísmo o el rencor posean tu corazón. Deja que el Señor de tu existencia sea el Dios de la ternura, el dar y darnos, el amor sin medida. ¡Esa es la mejor posesión!

¡Y saberte vivida desde la comunión con Dios Trinidad! Escucha asombrada, desde el silencio como Jesús te dice: “con amor eterno te amo”. Eso desbordará tus “graneros” que nunca se vaciarán y compartirás, repartirás y siempre tendrás más para entregar.

Oración

Trinidad Santa, Tú que eres comunión, relación y entrega:

Hoy,
yo te pido en nombre de las personas pobres, marginadas,
de las perseguidas, de quienes te buscan:
Maestro, dile a mi hermana/o que reparta conmigo la herencia”,
que reparta tu amor, que reparta y comparta lo que le sobra
y así, construiremos un mundo más humano, más justo,
en el que todos cabemos y todos podemos tener espacio.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Acaparar los bienes necesarios para la vida de otro es causar muerte.

domingo, 3 de agosto de 2025
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DOMINGO 18 (C)

Lc 12,13-21

Es imposible hablar de riqueza y pobreza sin caer en demagogias simplistas. El problema no está solo en los ricos que acumulan a costa del trabajo de otro por un sueldo injusto. El problema está también en los pobres que alegando la justicia social pretenden vivir tan ricamente sin dar un palo al agua. No tener esto en cuenta también es demagogia.

Se trata de un mensaje muy sutil. El mismo relato insinúa que ni el que lo escribió lo tenía muy claro. En efecto. El rico no es necio porque lo que ha acumulado lo va a disfrutar otro. Sería igual de insensato si toda la riqueza acumulada pudiera disfrutarla él mismo.

Tampoco es válido el “debemos ser ricos ante Dios” ni “no acumuléis riquezas en la tierra”. Nos invitan a valorar las riquezas espirituales. Es una propuesta también descabellada, entendida como obligación de hacer obras buenas que se acumularían para garantizar una felicidad para el más allá proporcional a lo buenos que hayamos sido aquí abajo.

Este planteamiento que hemos mantenido durante dos mil años sigue siendo insuficiente, porque sigue proponiendo la necesidad de seguridades para el falso yo. No importa que sean seguridades espirituales y para el más allá, porque siguen siendo necesidad de seguridades que necesita el falso yo para subsistir y afianzarse. Jesús nunca pudo hacer esta propuesta.

Intentaré explicarme. Si necesito cualquier seguridad o echo algo en falta, es señal de que estoy planteando mi existencia desde mi falso ser (“creatural”, decía Eckhart). Mi verdadero ser es absoluto y no le falta nada. Este ser que soy ha existido siempre. Ni ha nacido ni puede morir. No debo echar en falta ni siquiera la vida que sería el aparente valor supremo.

El evangelio nos está diciendo que tener más no nos hace más humanos. La posesión de bienes de cualquier tipo no puede ser el objetivo último. La trampa está en que cuánta mayor capacidad de satisfacer necesidades tenemos, mayor número de nuevas necesidades desplegamos; con lo cual no hay posibilidad alguna de alcanzar la meta definitiva.

El hombre tiene necesidades biológicas, que debe atender. Pero descubre que eso no llega a satisfacerle y anhela acceder a otra riqueza que está más allá. Esta situación le coloca en un equilibrio inestable. O se dedica a satisfacer los apetitos biológicos, o intenta trascender y desarrollar su vida espiritual, manteniendo en su justa medida las exigencias biológicas.

Es muy difícil mantener un equilibrio. Podemos hablar de la pobreza muy pobremente y podemos hablar de la riqueza tan ricamente. No está mal ocuparse de las cosas materiales e intentar mejorar el nivel de vida. Jesús no está criticando la previsión, ni la lucha por una vida más cómoda. Pero rechaza que lo hagamos a costa de las carencias de los demás.

Se trata de desplegar una vida plenamente humana que me permita alcanzar una plenitud. Solo esa Vida plena puede darme la felicidad. Se trata de elegir entre una Vida humana plena y una vida repleta de sensaciones, pero vacía de humanidad. La pobreza que nos pide el evangelio no es ninguna renuncia. Es simplemente escoger lo que es mejor para mí.

La clave está en mantener la libertad para avanzar hacia la plenitud humana. Todo lo que te impide progresar en esa dirección, es negativo. Puede ser la riqueza y puede ser la pobreza.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El sentido de la vida.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Lc 12, 13-21

«¡Necio! Esta misma noche te van a exigir la vida»

Tradicionalmente el ser humano ha sentido la necesidad de encontrarle algún sentido a su vida y habitualmente lo ha buscado en Dios, pero en la actualidad ya no ocurre así, y es creciente el número de personas que pasan por la vida sin preguntarse siquiera qué pintan en este mundo o si están aquí para algo.

También es creciente el número de personas que buscan el sentido de su vida fuera de Dios, pero el gran obstáculo que tienen para encontrarlo es la muerte, porque el reto de dar sentido a una vida sin Dios y con muerte no es trivial. A pesar de ello, es indudable que hay personas que ni creen en Dios ni en la trascendencia y que son capaces de hallar un sentido profundo a una vida que acaba en la muerte… aunque da la impresión de que la mayoría de personas es incapaz de hacerlo y su única salida es banalizar su existencia; es decir, reducir sus expectativas a pasar por la vida sin mayores sobresaltos; sobrenadándola sin osar zambullirse de lleno en ella.

Pero quizá no se pueda hablar del sentido de la vida sin considerar un hecho evidente, y es que hay personas que buscan el sentido en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y este hecho nos lleva a formular una consideración que quizá sea la clave de todo: Si convenimos que la esencia de lo humano es la humanidad –es decir, ese sentimiento que nos mueve a compadecer y ayudar–, la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica.

Y esto puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno, pues cualquier actitud vital que genere humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.

Entonces ¿cuál es la diferencia?… Pues la diferencia está en que la capacidad de la religión (en su acepción más noble) para motivar a comportamientos humanitarios es muy superior a cualquier otra. De hecho, la praxis del cristianismo se asienta en el amor fraterno; en la humanidad, y ello nos puede llevar a entender a Jesús como el que da sentido a mi vida.

Hay momentos difíciles en que nos sentirnos arrojados al mundo sin referencias para vivir; condenados a elegir nuestro camino sin normas ni valores eternos que nos lo muestren y con el riesgo permanente de equivocarnos. Momentos en que sentimos la necesidad de encontrar un asidero firme donde aferrarnos para no ser engullidos por el lado oscuro de la vida, y es entonces cuando podemos encontrar a Jesús que nos dice: No eres un animalillo condenado a morir y desaparecer, sino que tienes una misión en la vida; la misión de hacer realidad el proyecto de Dios; el sueño de Dios, y disfrutar más allá de la muerte de lo que has creado”…

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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De andar sobrados a ser ricos para Dios.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Lc 12,13-21

Jesús iba adquiriendo fama, la gente que iba a escucharlo percibía que era un hombre justo y sabio. Sus palabras sonaban a verdad. Quizás por eso tuvo que encontrarse en situaciones como las que hoy nos relata Lucas: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”.

Los escribas realizaban ese oficio. Ellos conocían las leyes y eran expertos en herencias y repartos. “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”. Jesús no quiere realizar ese papel porque, entre otras cosas, eso presupone ya un modo de situarse ante la vida diferente al propuesto por Él, un modo en el que los bienes materiales adquieren una relevancia singular en la vida de la persona. Jesús propone, en cambio, una vida alejada de la búsqueda de esa seguridad que se sostiene en lo que poseemos, más que en lo que somos.

Su propuesta la expresa a través de la parábola que relata a continuación. No se trata de no tener bienes, sino del valor que les damos, la importancia que les adjudicamos y la dependencia que nuestra vida tiene de ellos. “Mirad, guardaos de toda clase de codicia”, nos dice Jesús, “pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.

Aunque uno ande sobrado… Podemos preguntarnos de qué andamos sobrados nosotros. Seguramente de posesiones, de “por si acasos, de pertenencias… Quién de nosotros no tiene más de lo que necesita para vivir. Quién de nosotros no ha pensado alguna vez que hay cosas que guarda y que nunca utiliza. Quienes hemos experimentado en alguna ocasión, aunque sea por un breve tiempo (una experiencia solidaria en otro país, unos días de campamento, un viaje en plan mochilero…) que no necesitamos tanto para vivir −y vivir felices− podemos volver a esa experiencia para confirmar que este evangelio no es solo verdad para quienes creemos, sino para todos los que han descubierto que lo esencial en la vida no está en lo que tenemos.

Lo de “andar sobrados” debe ser bastante similar a ese “guardar la vida” que el evangelista narra en otro pasaje: “quien guarda la vida, la perderá” (Lc 9,24). Andamos sobrados… y no solo de bienes materiales. A la codicia, más o menos disimulada en nuestra vida, suele acompañarle el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia… Andamos tan sobrados que hasta se han inventado nuevos términos como “infoxicación”. Andamos “infoxicados”, sobrados de una información que nos acerca la realidad del mundo pero que nos deja insensibles ante ella… Andamos sobrados de redes sociales, de pantallas, de tiempos perdidos en cosas inútiles…

Sobrados… Cada uno de nosotros podemos pensar hoy de qué “andamos sobrados” porque, si a nosotros nos sobra, seguro que a otros les falta. Y porque si nos sobra algo, seguro que también nos falta alguna otra cosa importante. Pues si nos sobra, por ejemplo, orgullo, carecemos de humildad… si nos sobra autosuficiencia, carecemos de esa confianza en el otro y en el Otro necesarias para abandonarnos y no agarrarnos a las seguridades falsas… si nos sobran miedos, nos falta valentía…

Sobrados… ¿De qué ando sobrada? ¿de qué ando sobrado?

Ojalá podamos despojarnos de todo lo que nos encierra en nosotros mismos y nos hace guardarnos la vida en lugar de darla por el Reino, compartiendo lo que somos y tenemos con quienes más lo necesitan. Por eso la invitación es a ser ricos para Dios”, ricos en generosidad, en solidaridad, en amor, en compartir…Si cada uno de quienes hoy oramos con este texto lo hiciéramos, no cabe duda de que eso repercutiría en bien de nuestro mundo. Jesús termina su parábola diciendo “necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios”.

El Señor, con sus palabras, nos ayuda a pasar de “andar sobrados” a “ser ricos ante Dios”. Ahora nos toca a nosotros hacer nuestra parte. ¡Ánimo con ello!

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Cuando somos necios.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 3 agosto 2025

Lc 12, 13-21

Habitualmente, se utiliza el término “necio” como sinónimo de “estúpido”. De hecho, esa es una de las acepciones que presenta el Diccionario de la RAE. Sin embargo, en su etimología, alude directamente a la ignorancia más radical.

En latín, “nescio” es la primera persona del indicativo del verbo “nescire”, que significa no saber o ignorar. En consecuencia, el significado del término, en la parábola de Jesús, es obvio: quien se hace daño a sí mismo o hace daño a los demás es necio –“nescius”, en latín-, es decir, profundamente ignorante.

En nuestro medio cultural, por diferentes motivos, han terminado instalándose varias creencias completamente erróneas y de consecuencias funestas. Entre ellas, pueden destacarse tres: la creencia en la culpa, en la necesidad del castigo y en la maldad connatural al ser humano. Esta última -que hunde sus raíces también en otra creencia, nefasta en sus consecuencias: la del llamado “pecado original”- ha culminado en la extendida convención cultural de que el ser humano obra el mal porque es malo. De ese modo, se viene a concluir que el mal que percibimos a diario, en nosotros mismos y en los demás, y que llega a ser literalmente monstruoso en ocasiones, es fruto de la maldad humana.

Frente a esta creencia, las tradiciones sapienciales han afirmado que el ser humano se halla constitutivamente orientado hacia el bien. Y que cada persona, en todo momento, hace lo mejor que sabe y puede, de acuerdo con su mapa mental. El mal, por más grave que sea, es siempre hijo de la ignorancia, entendida esta en su sentido más radical y profundo, que hace referencia, no solo a no saber lo que se hace, sino a no saber lo que somos. De ahí que aquellas conocidas palabras que el evangelista Lucas pone en boca de Jesús crucificado, refiriéndose a sus verdugos -“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”-, significan, en realidad, perdónalos porque no saben lo que son”. Esta es la ignorancia que nos hace vivir de manera necia, generando daño y sufrimiento, en nuestras relaciones interpersonales y en las relaciones entre países y pueblos, con tomas de decisiones crueles, inhumanas e incluso genocidas.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La mortaja no tiene bolsillos.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Introducción.

El evangelio de este domingo nos sitúa ante la cuestión del dinero, de la riqueza.

Y como prisma de visión de la cuestión del dinero pudiera ser la primera lectura (Eclesiástés) de hoy: en la vida todo es Vanidad de vanidades y todo es vanidad. Y la cuestión del dinero cuando sobrepasa el cubrir las necesidades humanas, también es vanidad y puro cuento.

También podemos pensar este asunto de la riqueza desde la perspectiva de San Pablo (Colosenses: 2ª lectura): aspirad a los bienes de arriba, a los bienes definitivos.

El problema de la riqueza no plantea tanto la cuestión de la salvación después de la muerte. Ese es un planteamiento distorsionado del cristianismo y de la moral.

La cuestión de fondo es si siendo rico, teniendo codicia y avaricia, se puede uno realizar como persona, Siendo rico ¿Puede uno ser feliz, honrado, justo, libre?

Jesús dice, claramente no.

Pero vayamos por partes.

02.- Vio Dios lo que había creado y era muy bueno. (G 1,31.)

El pensamiento cristiano entiende que los bienes materiales son buenos porque han sido creados y regalados por Dios al ser humano. Vio Dios que era bueno cuanto había creado (Gn 1,31). Todo lo creado y toda criatura de Dios es buena. (1Tim 4,4).

El primer criterio bíblico y cristiano es que la vida, la creación, los bienes materiales son no buenos sino excelentes.

Dios nos ha regalado la vida y el universo para que disfrutemos. Dios constituyó al hombre como dueño y señor de la tierra (Gn 1,28ss).

03.- De este principio se derivan algunas consecuencias.

         3.1   Puesto que los bienes temporales son buenos, estamos llamados a disfrutar de ellos con gozo (1Tim 4,4).

(Jesús no fue un asceta, un monje, Jesús vivió y tenía fama de ser comedor y bebedor).

        3.2   Si los bienes han sido creados por Dios, el hombre no tiene un derecho absoluto sobre ellos. Una cosa es que podamos disfrutar de la vida y de la naturaleza y otra cosa es que abusemos, explotemos y expropiemos la naturaleza y el universo. (1Cor 7,29-31). Esto tiene repercusiones ecológicas. No podemos destruir la naturaleza como lo estamos haciendo.

       3.3   Desde un punto de vista cristiano es muy difícil hablar de propiedad privada, mientras exista el estado de cosas mundial en el que vivimos. Mientras exista tanta hambruna en el mundo, mientras exista Gaza y situaciones similares no sé si se puede hablar de propiedad privada.

                        1Jn 3,17  El que tiene bienes en este mundo, y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas ¿cómo podemos decir que es cristiano?

       3.4   El cristiano vive agradecido y agradeciendo a Dios la vida, el alimento, los logros de la ciencia, de la medicina. Un cristiano agradece la vida, no la explota.

        3.5   Los bienes son signos que apuntan a bienes superiores. El cristiano no se pierde, ni se despista en los bienes, sino que mira a los bienes últimos.

Un ejemplo: el alimento es un bien que apunta a valores superiores a la mera ingestión de una comida. La mesa del ser humano es acogida, encuentro, fraternidad, celebración, amor despedida, etc…

04.- La riqueza tiene sus peligros

Los bienes o las riquezas tienen peligros para el ser humano. Es lo que nos dice el evangelio de hoy.

La riqueza ejerce un enorme atractivo y poder sobre el ser humano. Y el poder del dinero es una idolatría.

Por eso dice Jesús que  «no se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24 / Lc 16,13). Es muy difícil que los ricos entren en el Reino de los cielos (Mc 10,23-27). Lo cual no significa que no se vayan a salvar. Aquí nos salvamos todos porque para Dios no hay nada imposible y nos quiere a todos porque es bueno.

Desde el pensamiento cristiano, desde Jesús es imposible ser rico y ser feliz.

No es que Jesús amenace a la humanidad: insensato hoy te van a pedir la vida… Lo que Jesús nos está diciendo es que amando la riqueza no viviremos ni contribuiremos nunca a la paz, ni seremos felices.

Ya sé que no estaréis de acuerdo con esto, pero lo dice Jesús y creo que es una gran verdad:

  1. El joven rico no le sigue a Jesús, porque era rico. (Lc 18,18-23).
  2. Del rico epulón dice el evangelio que fracasó en la vida no porque fuese malo, sino porque era rico. (Lc 16,19-31).
  3. María, la Virgen, dice que los ricos terminan vacíos en la vida. (Lc 1,52-53).
  4. Por eso es tan imposible que los ricos sean felices como que un camello pase por el ojo de una aguja. (Lc 18,24-27).

La riqueza no nos llevará a una vida serena y amable.

05.- Codicia y avaricia

        El Diccionario de la Real Academia dice:

                Avaricia:  Afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

                Codicia:   Afán excesivo de riquezas.

Cuando ponemos nuestra confianza (fe) en el dinero, en la riqueza, ésta genera codicia y avaricia. Es lógico, porque nunca el dinero es bastante.

        El dinero como -el placer- nunca son suficientes…

El rico sustituye a Dios por el dinero.

La carta de Santiago recrimina con fuerza la avaricia de los terratenientes preocupados únicamente por ganar dinero:

St 5,1-6   Vuestra riqueza está podrida  … El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor …

La avaricia no es un pecado, sino que es una forma de idolatría. El avaro cree que el dinero da seguridad, salud, ancianidad, poder… Por eso el amor al dinero no cree ni en Dios ni en los hombres. La avaricia muestra un corazón y un alma miserable.

06.- Conclusión

Termino volviendo al evangelio que hemos escuchado: «almacena y guarda millones: necio, hoy -o mañana- o cuando sea, nos van a pedir la vida.

Recuerdo, recordemos, lo que decía con ironía el papa Francisco: Nunca se ha visto que un camión de mudanzas vaya detrás de un coche fúnebre.

Hay muchas cosas en esta vida que merecen la pena y no defraudan: Las de allá arriba, como nos dice S Pablo hoy:

Buscad los bienes de allá arriba’.

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“ Administrar los bienes de la tierra para el bien común”, por Consuelo Vélez

domingo, 3 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario 3-08-2025

Jesús no pretende dar una respuesta a la situación que le plantea el hombre sobre la herencia sino que ofrece una reflexión más amplia sobre los valores del reino

En el Reino de Dios, los bienes no son lo primero y fundamental sino el compartir y que nadie pase necesidad.

Ante la muerte, los bienes no tienen ninguna importancia. Lo que interesa es atesorar o cultivar la amistad y comunión con Dios

Jesús invita a «guardarse de la codicia«, actitud que hace que los ricos de este mundo no logren entender el mensaje del reino

En nuestro mundo consumista y ávido de acumular tesoros, Jesús nos invita a poner el corazón en lo fundamental: la justicia y el bien común

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:

– «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo:

+ «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?»

Y les dijo:

+ «Miren: guárdense de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes»

Y les propuso una parábola:

«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
-“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.
Y se dijo:
-“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
-“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

(Lucas 12, 13-21)

El evangelio de hoy nos trae la pregunta que un hombre le hace a Jesús sobre la herencia que su hermano no le quiere compartir. Recordemos que en Israel la mitad de la herencia le correspondía al primogénito, pero, a su vez, este ha de hacerse cargo, en caso de que fallezca su hermano, de la viuda y de sus hermanos solteros. Posiblemente en este caso, el hermano no está cumpliendo con sus deberes morales y el que se acerca a Jesús pretende encontrar en él, una respuesta que le ayude a recuperar sus derechos. Posiblemente por eso le llama “maestro”.

Sin embargo, en este caso concreto, Jesús no pretende dar una respuesta a una situación determinada sino ofrecer una reflexión más amplia sobre los valores del reino. De hecho, no se dirige al hombre que le había hecho la pregunta sino a toda la multitud. Lo que pretende mostrar es la lógica del reino, tan distinta a lo que muchos viven. En el Reino de Dios, los bienes no son lo primero y fundamental sino el compartir y que nadie pase necesidad. Para esto, Jesús relata una historia en la que un hombre rico, dialogaba con él mismo -lo cual enfatiza su propia cerrazón-, haciendo planes de cómo seguir atesorando sus riquezas. La historia señala que, ante la muerte, los bienes no tienen ninguna importancia. Lo que interesa es atesorar o cultivar la amistad y comunión con Dios y esto se hace mediante la vivencia de la fraternidad/sororidad y la misericordia para con todos.

La advertencia de Jesús “guárdense de toda clase de codicia” y el hecho de hablar de un hombre “rico” van en consonancia con las advertencias que Jesús hace a los ricos y que Lucas expresa tantas veces en su evangelio: en las Bienaventuranzas dice “Ay de ustedes los ricos” (6,24); también señala que no hay que invitar a los ricos a los banquetes porque ellos pueden devolver la invitación (14, 12); el pasaje del llamado joven rico que rehúsa vender sus bienes para seguir a Jesús (18,23) y otros pasajes, muestran que los ricos son incapaces de recibir el reino porque su corazón ha optado por otros valores.

Por todo esto, en nuestro mundo consumista y ávido de acumular tesoros, seguridades, honores, las palabras de Jesús nos invitan a poner el corazón en lo fundamental: el amor a Dios y al prójimo y la manera cómo ese amor debe administrar los bienes de la tierra para el bien común. Necesitamos buscar los valores del reino y vivirlos con autenticidad, creyendo que su puesta en práctica será capaz de generar la justicia social tan necesaria y urgente.

(Foto tomada de: https://www.ministerioscosecha.org/devocionales/inversion-recompensa)

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“ ¡Cuidado! – San Lucas 12, 13-21 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 3 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Ten cuidado y aléjate de la codicia, que es el deseo que nunca se sacia, porque tu vida no depende de lo que posees.

No, no es la frase pegajosa y bienintencionada del sermón del moralista de siempre. Es la propia experiencia de Jesús. Que hoy añadiría: ten cuidado porque tu felicidad no depende del juicio de los demás, de los me gusta, de la fama, de tu aspecto. Ten cuidado porque tu felicidad depende de descubrirte amado, de elegir amar.

Y no, el Evangelio (incómodo) no es el sermón veterocatólico habitual de quienes escupen sobre la riqueza porque, en la Biblia, la riqueza es siempre un don de Dios. Pero la pobreza es siempre responsabilidad del rico que no utiliza sus bienes para ayudar a los demás a vivir con dignidad.

Y no, el hombre rico de la parábola no es condenado ni juzgado, sino amonestado porque se preocupa por administrar bien su riqueza y sus negocios (y hace muy bien), pero no invierte ni un ápice de tiempo e inteligencia en ocuparse de su alma.

Y no, Jesús no nos ha explicado en detalle cómo construir un mundo justo y solidario, del que la Iglesia debería (podría) ser profeta. Se niega a entrar en las disputas de los dos hermanos que se enfrentan ferozmente por cuestiones de herencia.

Así, el Evangelio nos sacude del aturdimiento para ayudarnos a vivir mejor, con sabiduría, no con necedad.

A prestar atención, a razonar en la dirección correcta. 

Dile a mi hermano

El simpático discípulo sabe algo de esto, ya que, esperando obviamente que Jesús le dé la razón, le involucra para convencer a su hermano de que le dé su parte de la herencia. He visto familias destrozarse por cuestiones de herencia. Quitarse las máscaras por unos pocos miles de euros (y antes fueron por pesetas). Entonces gana el prepotente, cede el débil y el conciliador.

Pero Jesús no se deja meter en el juego.

Somos capaces de entender por nosotros mismos lo que es justo.

No, gracias

Jesús rechaza la invitación a tomar partido.

No, gracias: podemos entender perfectamente por nosotros mismos lo que es justo hacer.

No, gracias: Dios nos ha creado lo suficientemente inteligentes como para resolver cualquier cuestión práctica.

No, gracias: dejemos de pedirle a Dios que haga lo que podemos hacer perfectamente por nosotros mismos.

No, gracias: Dios nos trata como adultos, evitemos considerarlo como un director que nos resuelve los problemas.

No, gracias: Dios no nos ata los zapatos, ni nos limpia la nariz como a los niños pequeños, ni nos resuelve los problemas que podemos resolver perfectamente por nosotros mismos.

El mundo tiene su propia armonía, su propia lógica, sus propias leyes que, en última instancia, dependen de Dios, pero que funcionan por sí mismas.

Dios no se levanta por la mañana para dar una vuelta a la manivela para que el mundo se ponga en marcha, lo creó lleno de inteligencia y belleza, y nos corresponde a nosotros descubrir sus leyes intrínsecas.

La actitud de la Biblia, a este respecto, es adulta y madura: reconoce en Dios el origen de todas las cosas, pero deja al hombre la capacidad de gestionar la creación. No es necesario hojear las Escrituras para saber qué es bueno para la economía, la justicia, la paz, la solidaridad, basta con escuchar nuestro corazón, nuestra conciencia iluminada. 

Codicia

Jesús aprovecha la pregunta para recordar a los dos hermanos, y a nosotros, una verdad incómoda: la codicia nos domina. El deseo de poseer, de controlar, de contener. Un deseo desenfrenado, loco, bulímico.

Poseer dinero, objetos preciosos, cosas de las que presumir, llamar la atención, hacerse ver, despertar interés, envidia.

Pero también poseer y controlar a las personas. Esposas, maridos, hijos, padres.

La codicia corre el riesgo de infectar nuestra visión del mundo. De hundirnos en la ansiedad, en el insomnio, como señala sabiamente el Qohélet, en la preocupación.

El mecanismo de la posesión es sutil.

Nunca he conocido a nadie, ni lo haré, que me diga explícitamente que vive para acumular. Siempre tenemos mil justificaciones: un nivel de vida más alto, la vejez, los imprevistos…

Y está bien, es comprensible.

Jesús no es un pobretón, no está en contra de los ricos, no es envidioso. 

Nos advierte: cuidado, discípulo, la riqueza promete lo que no puede cumplir. La felicidad. 

Solo Dios llena nuestro corazón. Solo Dios. 

Jesús, paradójicamente, es muy libre al respecto: no dice que la riqueza sea algo sucio. 

Solo dice que es peligrosa. Porque nuestro corazón está forjado para el infinito y solo el infinito, al final, puede satisfacerlo.

Despertemos, amigos. 

El pobre rico

Mirad al pobre hombre de la parábola: un gran trabajador, no se nos describe como deshonesto ni codicioso, al contrario, nos conmueve su preocupación por hacer fructificar bien sus ganancias para luego disfrutarlas en paz… Su muerte no es un castigo, sino un acontecimiento posible, siempre dentro del orden de la autonomía de las cosas mencionadas anteriormente.

Quién sabe: tal vez el exceso de estrés, el exceso de trabajo, el exceso de cigarrillos sean la causa de su muerte repentina, y no la acción de Dios.

Jesús nos advierte: la riqueza nos engaña haciéndonos creer que poseer servirá para llenar nuestro corazón.

Como leemos en la ácida reflexión del Qohélet también nosotros constatamos que es inútil afanarse por acumular riquezas que otros disfrutarán. Aceptando la invitación de Pablo, si realmente hemos encontrado a Jesús, el orden de nuestras prioridades ha cambiado profundamente.

La Palabra nos propone un gran examen de conciencia colectivo, sin hacernos sentir culpables, proponiéndonos la esencialidad en la gestión de las cosas de la tierra, la absoluta rectitud para quienes, en las comunidades, deben administrar el dinero al servicio del anuncio del Reino.

Vayamos a lo esencial, como nos pide el Señor, dejemos que sean las cosas importantes las que guíen nuestra vida, nuestras elecciones. 

Nuestro corazón no necesita dinero, sino otras riquezas muy diferentes, bienes inmensos, tesoros infinitos. La ternura de Dios.

Descubrir que somos amados por el Señor, y capaces de amar.

  1. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 3 de agosto de 2025

1.- La riqueza que nace del compartir.

2.- La riqueza que nace de la donación.

3.- Solo somos verdaderamente ricos en lo que damos.

4.- Pobreza y libertad: el bagaje de la vida.

5.- Si los bienes ahogan las relaciones.

6.- Ilusionados por los bienes, se pierde la vida verdadera.

7.- ¡Cuidado! – San Lucas 12, 13-21 –.

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 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Lo que Sodoma significa para los católicos hoy.

lunes, 28 de julio de 2025
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La reflexión de hoy es de Ryan Di Corpo, periodista y editor, cuyos artículos han aparecido en The Washington Post, America, National Catholic Reporter, la revista U.S. Catholic y otros medios. Di Corpo fue editor jefe de Outreach, un ministerio para católicos LGBTQ+ respaldado por los jesuitas.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 17º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Los católicos LGBTQ probablemente estén exhaustos por la primera lectura litúrgica de hoy, de Génesis 18, que sienta las bases para uno de los episodios más discutidos, debatidos, analizados y citados del Antiguo Testamento: la destrucción de Sodoma y Gomorra. (Sí, esta historia otra vez). La lectura de hoy nos muestra a Dios en una especie de misión de investigación con un anciano Abraham para determinar si los pecados de Sodoma y Gomorra merecen castigo. A instancias de Abraham, el Señor le promete que perdonará las ciudades si encuentra incluso diez inocentes.

En el capítulo siguiente, Lot, el sobrino de Abraham, un inmigrante (o gēr) en las ciudades, saluda a dos ángeles, a quienes alimenta con pan sin levadura en su casa. Pronto, Lot encuentra su morada rodeada por todos los hombres del pueblo, quienes exigen que saquen a sus invitados para que los hombres los conozcan (yādha‘), lo que a menudo se interpreta en un sentido sexual. En cambio, Lot ofrece a los hombres a sus dos hijas vírgenes, pero la multitud rechaza la sugerencia y se adelanta para derribar la puerta (Génesis 19:9). Los ángeles que se encontraban en el interior cegan a los hombres para detener su avance, mientras Lot huye con su familia a la ciudad de Zoar antes de que Dios devaste Sodoma y Gomorra.

Fuente de múltiples interpretaciones, la lectura más perdurable de la narrativa bíblica ha acusado a los residentes de esas ciudades condenadas de homosexualidad, lo cual, según la explicación más repetida, enfureció tanto a Dios que quemó la tierra con fuego y azufre. Esta interpretación popular (de dudosa veracidad histórica) dio origen al término «sodomía» y a su derivado despectivo «sodomita», ahora difundido en redes sociales por anónimos renegados con diccionarios. La historia es el tema de una pintura de mediados del siglo XIX, toda fuego y azufre, del artista inglés John Martin, quien tenía un don para las imágenes infernales. E inspiró una divertida camiseta que lució el historiador católico gay Alan Bray  en 1979: “Sodoma Hoy, Gomorra, El Mundo”.

“La Destrucción de Sodoma y Gomorra” de John Martin (siglo XIX).

Bromas aparte, el relato bíblico de la ira de Dios que redujo estas antiguas ciudades a ruinas humeantes se ha citado durante mucho tiempo como prueba de que las relaciones entre personas del mismo sexo merecen una condena sin reservas y, en última instancia, incurren en el castigo divino, y de que la homosexualidad clama venganza al cielo. ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Y qué significa esta historia para todos los católicos de hoy?

En su reciente libro “Inferior a los Ángeles: Una Historia del Sexo y el Cristianismo”, el historiador inglés Diarmaid MacCulloch   afirma que, a partir del siglo II a. C., las “relaciones desiguales entre personas del mismo sexo” en el mundo grecorromano (por ejemplo, entre un patricio y un esclavo) fueron cada vez más condenadas en los escritos judíos. Y líderes intelectuales (Filón de Alejandría, Josefo) en la época de Cristo señalaron los actos homosexuales como el pecado de Sodoma.

El eticista anglicano Derrick Sherwin Bailey, en su emblemático estudio de 1955, Homosexualidad y la Tradición Cristiana Occidental, señala que los pasajes bíblicos supuestamente relacionados con actos sexuales inadmisibles, como Levítico 18:22 y Romanos 1:26, no hacen referencia alguna a Sodoma. Muchos eruditos interpretan el relato bíblico no como una advertencia sobre las relaciones homosexuales, sino como una advertencia contra la inhospitalidad.

«Dios castigó a Sodoma por una inexcusable violación de la hospitalidad que se ofrecía tradicionalmente a los viajeros en el mundo antiguo», escribe MacCulloch. Y el experto en Antiguo Testamento Richard J. Clifford, S.J., expresidente de la Asociación Bíblica Católica, coincide y profundiza en esta perspectiva. En un ensayo de 2024 para Outreach, Clifford descarta con facilidad la idea de que el pecado de Sodoma fuera la homosexualidad y señala una perspectiva que se pasa por alto. «A los ojos de Lot, los hombres de Sodoma no pretendían específicamente violar a un homosexual, sino humillar a Lot, a quien despreciaban como inmigrante, y a sus dos invitados«, escribe Clifford. Clifford hace referencia específica a las amenazas de los hombres hacia Lot:

«¡Quítate del camino!«, respondieron. «¡Este hombre vino como extranjero y ahora quiere hacerse el juez! Te trataremos peor que a ellos» (Génesis 19:9).

Si el pecado de Sodoma es la falta de hospitalidad hacia los extraños, en particular hacia los extranjeros, entonces nuestra nación está invadida por sodomitas, pero no son personas LGBTQ+. Más bien, son las voces que condenan y deshumanizan a los migrantes como una amenaza existencial para el país, las autoridades civiles que buscan expulsar a los inmigrantes de sus comunidades y desposeerlos, los funcionarios gubernamentales que encadenan, se burlan, aterrorizan, abusan y descartan a sus vecinos con el pretexto de la seguridad nacional. Son los ricos que optan por pisotear a los pobres y enriquecerse, quienes se tapan los oídos ante el clamor de los desposeídos. «Este fue el pecado de tu hermana Sodoma: ella y sus hijas eran arrogantes, saturadas y despreocupadas; no ayudaron al pobre ni al necesitado» (Ezequiel 16:49).

En resumen, la historia de Sodoma y Gomorra no nos anima a actuar con prejuicios ni falta de caridad hacia nuestros hermanos LGBTQ+, quienes desde hace mucho tiempo han enfrentado el rechazo de los líderes de la iglesia. La historia nos recuerda que mostrar hospitalidad a los desconocidos, al «Otro«, es una obligación cristiana, no una opción. Es una señal pública de fe.

—Ryan Di Corpo, 27 de julio de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Necesitamos orar”. 17 Tiempo ordinario – C (Lucas 11,1-13)

domingo, 27 de julio de 2025
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Quizá la tragedia más grave del hombre de hoy sea su incapacidad creciente para la oración. Se nos está olvidando lo que es orar. Las nuevas generaciones abandonan las prácticas de piedad y las fórmulas de oración que han alimentado la fe de sus padres. Hemos reducido el tiempo dedicado a la oración y a la reflexión interior. A veces la excluimos prácticamente de nuestra vida.

Pero no es esto lo más grave. Parece que las personas están perdiendo capacidad de silencio interior. Ya no son capaces de encontrarse con el fondo de su ser. Distraídas por mil sensaciones, embotadas interiormente, encadenadas a un ritmo de vida agobiante, están abandonando la actitud orante ante Dios.

Por otra parte, en una sociedad en la que se acepta como criterio primero y casi único la eficacia, el rendimiento o la utilidad inmediata, la oración queda devaluada como algo inútil. Fácilmente se afirma que lo importante es «la vida», como si la oración perteneciera al mundo de «la muerte».

Sin embargo necesitamos orar. No es posible vivir con vigor la fe cristiana ni la vocación humana infra alimentados interiormente. Tarde o temprano la persona experimenta la insatisfacción que produce en el corazón humano el vacío interior, la trivialidad de lo cotidiano, el aburrimiento de la vida o la incomunicación con el Misterio.

Necesitamos orar para encontrar silencio, serenidad y descanso que nos permitan sostener el ritmo de nuestro quehacer diario. Necesitamos orar para vivir en actitud lúcida y vigilante en medio de una sociedad superficial y deshumanizadora.

Necesitamos orar para enfrentarnos a nuestra propia verdad y ser capaces de una autocrítica personal sincera. Necesitamos orar para irnos liberando de lo que nos impide ser más humanos. Necesitamos orar para vivir ante Dios en actitud más festiva, agradecida y creadora.

Felices los que también en nuestros días son capaces de experimentar en lo profundo de su ser la verdad de las palabras de Jesús: «Quien pide está recibiendo, quien busca está hallando y al que llama se le está abriendo».

José Antonio Pagola

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“Pedid y se os dará”. Domingo 27 de julio de 2025. 17º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 27 de julio de 2025
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Leído en Koinonia:

Génesis 18, 20-32: No se enfade mi Señor, si sigo hablando. 
Salmo responsorial: 137: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.
Colosenses 2, 12-14 Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados.
Lucas 11, 1-13: Pedid y se os dará.

Primera lectura

Este texto, continuación del que se leía el domingo pasado, nos muestra a Abraham, padre de la fe y antepasado de Israel, como gran intercesor antes los habitantes de estas ciudades. Muestra una actitud a imitar: apertura y ayuda a los demás. La negociación entre el intercesor y Dios, recuerda el estilo oriental (y muy latinoamericano, también) del regatear. Lo que se busca es acentuar la insistencia intercesora de Abraham y la magnitud del pecado de Sodoma y Gomorra. El texto es el mejor ejemplo de oración como diálogo audaz y comprometido con Dios, en el que vemos a Abraham hablar con el Señor y tratar de convencerlo a partir de su bondad y justicia, pero, al parecer, abusando de su confianza. El estilo y modo de proceder es, obvio, de una mentalidad semítica: poner en juego el honor de Dios, su reputación de justicia pero que muestran la confianza en Dios y la proximidad de los hombres a El. Por otra parte , este texto, puede ser modelo para el tema de la hospitalidad: Al narrar como estos “tres seres” escuchan a Abraham atentamente. Esta “atención” le permite entrar en el misterio. Uno se revela como el Señor (18,10.13.20) y los otros dos como sus ángeles (19,1). La narración, que al principio hablaba tres hombres, adquiere aquí un carácter teofánico y manifiesta el sentido profundo de la hospitalidad.

Segunda lectura

A partir de este texto los cristianos consideraban la pila bautismal como un sepulcro en el que somos sepultados con Cristo; por otra parte, es también como la madre que engendra a la vida; de ahí, el expresivo ritual de la inmersión. Pero el ritual que representa esta muerte y esta resurrección sólo tiene eficacia si corresponde a la fe en Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos. Esta expresa, pues, la vinculación entre bautismo y fe. Pecado y muerte, fe y bautismo son correlativos. La inserción al misterio de Cristo acontece en el bautismo, pero se funda en la fe. Haber resucitado significa en realidad vivir en Cristo, como consecuencia de haber obtenido el perdón de los pecados como resultado de la muerte del Señor. Siendo coherente, Pablo dice que “el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado (cf. Rom 7,7-9). La mejor expresión paulina al respecto se encuentra aquí como imagen. La Ley ha sido clavada en la cruz.

Evangelio

La oración forma parte de la vida del pueblo judío. Los piadosos volvían su espíritu a Dios varias veces al día. Jesús aprende, desde el pueblo y su tradición a orar. Como buen judío, aprendió a rezar en la familia y en la sinagoga. En su ministerio, su oración toma adquiere una particularidad: su acercamiento a Dios, “su Abbá”. Lucas lo describe en oración varias ocasiones (3,21; 5,16; 6,12; 9,29). Los exegetas reconocen en Lucas la transmisión más fiel de la oración del Padrenuestro y que es la más breve. Del arameo pasó al griego y así la incluyó Lucas en su narración.

PADRE, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: o sea que Dios sea conocido, dado a conocer, alabado, amado, bendecido, glorificado y agradecido por todas las gentes del mundo. Que el nombre del Señor, o sea el mismo Dios, reciba estimación, amor veneración, y piadosa adoración por todos y cada vez más. Hay que volver a notar el orden de la oración en el Padrenuestro. Primero que Dios sea reverenciado y amado.

VENGA TU REINO: es una oración misionera. Lo que buscan los misioneros es hacer que Dios reine en las gentes de las tierras que ellos están misionando desde sus culturas e idiosincrasia. Y es lo que debemos desear y pedir y buscar todos en todos los tiempos: que reine Dios. Que venga su Reino. Si primero buscamos el Reino de Dios, todo lo demás vendrá por añadidura. Es un deseo de que Dios reine en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro hogar, en la sociedad, en la nación y en el mundo entero. Y en cuantas naciones y personas todavía no reina!

DANOS EL PAN DE CADA DÍA. Pedimos para cada día el pan, sin afanarnos por el futuro, porque Dios estará también en el futuro y El proveerá. Como el Maná del desierto, el pan de cada día es un don maravilloso de la bondad del Señor. Con esta petición del pan diario le estamos queriendo pedir que nos libre del desempleo o de la demasiada carestía, y de las inundaciones y sequías que acaban con los cultivos, y de las guerrillas que impiden a los campesinos recoger sus cosechas, empleo para el esposo que tiene que mantener una familia, ayudas económicas para esa madre abandonada; protección para el anciano echando a un lado por la sociedad. El corporal y el espiritual. Todos los días los necesitamos, por eso tenemos que pedirlo todos los días.

PERDONANOS NUESTROS PECADOS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN. El perdón es un arte que se consigue con infinitos ejercicios. San Agustín enseña que a algunos no les escucha Dios la oración que le hacen, porque antes no han perdonado a los que los han ofendido, o no le han pedido perdón al Señor por sus pecados. Sin pedirle excusas por los disgustos que le hemos proporcionado, ¿cómo queremos que nos conceda las gracias que le estamos suplicando?. Es un recuerdo muy oportuno para que no se nos vaya a ocurrir nunca la mentirosa idea de creernos buenos. Dios pone una condición para perdonarnos: no podemos obtener perdón del cielo, si no perdonamos en la tierra. El día del Juicio no tendrás disculpas: te juzgarán como hayas juzgado. Te condenarán si no quisiste perdonar a los demás, y te absolverán si supiste perdonar siempre (San Cripriano): El Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

ÉL LES DARÁ EL ESPÍRITU SANTO. El objetivo final y el contenido de la oración cristiana es llegar a recibir el Espíritu que es capaz de renovar la faz de la tierra, incluidos nosotros. El Espíritu Santo es la fuerza que viene de lo alto con poder avasallador y aleja los vicios y nos trae muchos buenos pensamientos y deseos. El Espíritu Santo quiere ser nuestro Huésped, y es enviado por el Padre Celestial si se lo pedimos con fe y perseverancia. El Espíritu Santo es el que nos hace comprender las Sagrada Escrituras. El Espíritu Santo cuando viene nos ofrece: orar mejor, arrepentirnos de nuestros pecados y tener deseo de dedicarnos a agradar a Dios. Leer más…

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27.7.25. Dom 17 TO. Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá. Meditación oriental, oración cristiana (Lc 11, 1-13)

domingo, 27 de julio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Este es  con el Padres-Nuestro de Mt 6, la enseñanza de Jesús y el libro de los Salmos el capítulo más importante de la Biblia  sobre la oración cristiana, 

Cientos de miles de trabajos se han dedicado al tema, distinguiendo o comparando la meditación oriental, tipo Yoga, como iluminación interior (auto-conocimiento silencioso de la propia verdad) con la oración cristiana (comunicación o dialogo consigo mismo, con  otros y con Dios). 

Introducción

El evangelio de hoy insiste en las tres palabas fundamentales de la oración bíblica,, cristiana que son:

– Pedid (αἰτεῖτε), esto es, abrirse en amor y confianza a la vida como don y aprendizaje, en diálogo con Dios.

– Buscad (ζητεῖτε) la propia identidad, el camino propio, en comunión con otro. Buscadores nos han hecho Dios y la vida; búsqueda apasionada, eso es la oración, con los salmos, con el evangelio

Llamad (κρούετε), tocad a la puerta de Dios y de los hombres y mujeres con los que vivís, caminando juntos.. Hay cientos y miles de puertas cerradas en nuestra vida… Tenemos que llamar, llamarnos unos a otros y y abrir nuestr puerta, en comunión con otros. .

Lea  cada uno el evangelio  de este domingo  y saque sus propias consecuencias, con eso basta, no hace hace falta más. Por si alguien tiene tiempo suficiente y quiere entretenerse ofrezco las reflexiones que siguen, conforme a mi estilo, partiendo de mi comentario sobre los evangelios y de mi diccionario de la Biblia. Buen domingo de verano europeo a todos

Texto 

Lucas 11, 1-13 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»»

Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.»

Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.»

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

 Qué es orar

 Orar es pedir y compartir: Pedir dando y dar compartiendo, bendecir el pan da cada día, dando gracias al Dios que nos los ofrece y a los hermanos con quienes lo trabajamos, recibimos y compartimos, en comunión de vid<. Por eso he querido unir en ests reflexión que ahora realizo a partir de Lc 11, 1-13  los dos temas centrales de  la petición y el del pan compartido, trabajando y gozando, a fin de que podamos compartir la vida, haciéndonos comida (alimento vital) unos de otros y para otros [1]

El ser humano nace indigente,

y necesita de otros no sólo para pervivir y crecer biológicamente, sino también y, sobre todo, par renacer como humano, ser de palabra y voluntad. Por eso, imitando la fórmula de Hech 17, 28, podemos afirmar que, viviendo en Dios (naciendo de él), los hombres ncemos y vivimos de la palabra y amor de otros seres humanos (padres y educadores). Así nacen (nacemos) de niños)  pidiendo con nuestro llanto y necesidad no sólo cuidado físico, sino una respuesta de educación (lenguaje y amor) de otros seres humanos, de forma que en ellos y por ellos vivimos, nos movemos y somos.

            Un hombre o mujer que nace y es abandonado muere en unas horas. Un hombre o mujer que nace y es recibido biológicamente con comida y vestido, pero sin palabra/amor no madura como humano, no adquiere lenguaje, no puede relacionares, de forma que acaba muriendo.

            Si otras personas (padres, educadores) no hubieran respondido a nuestra petición recién nacidos y no nos hubieran educado en la palabra no habríamos “crecido” (nacido) como humanos. No pedimos exigiendo por ley, sino porque somos solidarios unos de los otros, hermanos en Dios. Por eso, toda petición es un acto de fe o confianza en aquellos a quienes pedimos, empezando por Dios

            Entre los elementos de la oración de Jesús, sobresale la petición como diálogo con Dios y experiencia de comunicación interpersonal. Dios abre en ella un espacio y camino de vida para el hombre, y los hombres, por su parte, pueden dialogar con Dios y así caminan y comparten vida unos en/con otros, en intimidad, de forma que pueden decir como Jesús y el Padre “nosotros, los hombres, somos uno (Jn 10, 30; 17, 21).

            No vamos a solas hacia Jesús como si Él fuera la cumbre de una inmensa montaña separada de todo, sino que Dios camina con (hacia) nosotros, en gesto de solidaridad y comunión interpersonal. Siendo transcendente (más allá de este mundo) el Dios de Jesús no se encuentra lejos, fuera, al exterior de nuestra vida, sino dentro de ella, en nosotros, con nosotros, de tal manera que en él y por él vivimos, nos movemos y somos, como existencia en compañía, también nosotros, traduciendo la comunión con Dios en forma de comunión interhumana (amor al prójimo).

A través de la encarnación (Jn 1, 14)

Dios hace a los hombres capaces de irse hacerse sí mismos (en Dios y por Dios), pero habitando al mismo tiempo unos en otros, a través de un proceso de llamada y respuesta, de petición y respuesta, en una con.-versación que se expresa no sólo en este mundo (mientras vivimos biológicamente), sino también más allá de este mundo, superando por recuerdo personal o por resurrección las fronteras de la muerte.

            Orar es no sólo dialogar con Dos, sino dialogar unos con otros (traduciendo el amor a Dios en forma de amor mutuo), en alianza/comunión de vida. Algunos aliados temporales se vinculan para realizar una obra (con un fin determinado), de manera que acabada la obra acaba la alianza. Los aliados de por vida se vinculan no sólo para obrar, sino para convivir y enriquecerse mutuamente (como en un matrimonio), siendo uno en el otro y sabiendo ambos que sólo así pueden realizar la tarea más honda (que puede ser especial la educación de los hijos).

En esta línea hablamos de alianza entre el hombre y Dios, no sólo para co-operaren la acción  sino para con-vivir, ser y actuar unos en otros: Dios en los hombres, los hombres en Dios y unos hombres con otros. Dios no es sólo aliado estratégico, sino amigo personal, y así podemos fiarnos de él como él tiene fe en nosotros. Él nos ha dado libertad para ser y actuar en su mundo (tierra). Nosotros confiamos en él para realizar su tarea, sabiendo que el principio de todo conocimiento es la fe mutua (confiar en él y él en nosotros). De un modo semejante podemos hablar de una fe y conversación inter-humana: Los seres humanos vivimos en Cristo, unos en otros y con otros, como ha puesto de relieve San Pablo y su escuela teológica.

Creer no es aceptar cosas no vistas sino confiar unos en otros (hombres en Dios, unos hombres con otros). En el principio de todo conocimiento (y de toda colaboración con Dios) hay un gesto de confianza mutua, que es el sentido y fundamento de toda oración: Creer en Dios (vivir en alianza con él) es saberse en sus manos, y dejar que él realice su acción más alta en y con nosotros. Creer en Dios significa comprometernos a realizar con él su Reino, esto es, a ser en él “reino de vida” divina encarnada.

            Este motivo fue analizado y discutido de manera intensa por pensadores hispanos del siglo XVI. Éstá fue quizá la mayor discusión de la teología católica y cristiana de los últimos siglos, animada por Domingo Báñez OP (1528-1604: sistema de la pre-moción) y Luis de Molina SJ (1535-1600: sistema del con-curso). Dejando a un ladootros matices, me atrevo a decir que más que un tipode pre-moción (lo que Dios hace en nosotros), lo que en el fondo se discute es el conocimiento mutuo, es decir, el hecho de convivir unos en otro, Dios en los hombres por encarnación y los hombres en Dios y entre sí por in-habitación. De forma lógica, las tradiciones bíblicas han interpretado la presencia e influjo de Dios como «palabra» de conocimiento, es decir, como diálogo personal en amor.

            Las tradiciones bíblica saben que Dios y el hombre comparten la vida, se conocen y vinculan mutuamente, de manera que se puede hablar de un ser y obrar común (de Dios en el hombre, del hombre en Dios) que expresa y define (decide) nuestra identidad humana (en una perspectiva que bíblicamente puede interpretarse desde el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas: Hch 17).

            Lo que se discutía era una la mayor de las cuestiones religiosas y sociales de la historia cristiana: Qué quiere hacer Dios en (con) nosotros, y qué queremos y podemos y hacer nosotros en (con) Dios, no sólo en un nivel de intimidad personal sino de actuación física y biológica. Se trata de «hacer» o, mejor dicho, de hacernos humanos, de convivir unos hombres y mujeres en otros, en el interior de la acción de Dios, trazando así una historia que nos define y desborda, desde el presente y futuro de Dios, que ha de ser nuestro espacio de futuro.

            No se trata sólo de conocer aquello que podemos hacer, sino de decidirnos y hacerlo (apostando por la vida de Dios, que es en el fondo la clave y raíz de nuestra vida) pues de ello depende nuestra forma de seguir habitando en este mundo enigmático, abierto a grandes posibilidades, todavía sin explorar, pero también a grandes riesgos conforme a la alternativa de vida o muerte que plantea Dt 30, 15. En ese sentido, la historia es un riesgo y tarea de Dios, como han descubierto sorprendidos los cristianos sabiendo que el Cristo de Dios ha sido crucificado por ser fiel al camino del Reino.

            Hay un mundo externo, sin interioridad (al menos conocida), un mundo que parece pasivo frente de Dios, como si Dios lo fuera todo, por sí mismo, sin nadie real a su lado o frente a él. Pero Dios ha querido crear (implantar) en ese mundo seres libres, capaces de escucharle (acoger su voluntad) y responderle, de forma que el sentido y futuro de la creación depende de ellos (de nosotros).

 El hombre es indigente y abundante,

ser que necesita de otros, ser que desborda de sí mismo hacia otros. Nace como niño que no puede sostenerse sobre el mundo, y así empieza mendigando con su propia pequeñez y llanto la respuesta de padres o educadores;por eso, un niño a solas, abandonado, que no pide y no recibe, es inviable, no puede realizarse como humano. Una persona que pretenda ser autónoma y renuncie a pedir la ayuda o presencia de otros se vuelve anti-persona. Así dice Jesús:

  1. Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
  2. porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra
  3. y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)

             No pedimos humillados, temblorosos, como siervo que mendiga ante su amo. No pedimos tampoco desde arriba, como el amo que se impone al siervo. Ni pedimos exigiendo, con la ley en la mano. Pedimos porque somos solidarios, en un clima de confianza y mutua ayuda, pedimos porque amamos y sabemos que nos aman. Por eso, toda petición comienza siendo un acto de fe: al pedir a Dios su ayuda, le decimos que este mundo es suyo, confesamos su presencia creadora en nuestra vida y realizamos en el mundo la obra que él nos ha confiado

            Dicen algunos que Dios tiene un plan preestablecido, de manera que nosotros no podemos cambiar sus intenciones. Si es así, ¿por qué pedir? Resultaría preferible conocer y aceptar su voluntad y no hacer ya peticiones. Esta observación tiene un momento de verdad: Dios no es aprendiz de creador, ser vacilante que no sabe qué hacer y que cambia a capricho su acción y voluntad conforme a lo que nosotros le pidamos. Pero después que eso ha quedado firme, debemos añadir: Dios es amigo que dialoga con los hombres, por el Cristo, de manera que comparte con nosotros la tarea de su reino. Eso significa que, en misterio superior, sin dejarse manejar desde fuera, pero en amor Dios nos habla y nos responde.

Dios no ha trazado nuestro itinerario (los caminos de su reino) de una forma solitaria, sin contar nadie (con nosotros). Al contrario, él ha creado el mundo para colaborar con los hombres, y de esa forma va trazando un camino que nosotros, a la vez, vamos trazando con él. La historia no está escrita, la vamos escribiendo en Dios  y con Dios, en un camino dirigido hacia la plena salvación por Cristo. De esa forma, al pedirle que venga y nos ayude (en cada caso de la vida), estamos influyendo en su venida.

            Misteriosamente, trascendiendo las posibles leyes necesarias del mundo, desde el fondo de su gratuidad, Dios nos atiende, alienta en nuestra vida, cumple nuestras peticiones… La manera de expresar y concretar esta oración es siempre misteriosa. En realidad, nunca sabemos pedir como conviene (cf. Rom 8, 26), pero al hacerlo, aunque lo hagamos como ante un espejo borroso (1 Cor 13, 12) vamos explorando en el camino que conduce a la morada del Dios en quien vivimos y somos. Por eso es necesario que el Espíritu venga en nuestra ayuda y que nosotros aprendamos, viviendo en el Espíritu. Por eso, él ha querido hacernos libres, de manera que su voluntad o acción viene a quedar «influenciada» por la nuestra. En esta perspectiva han de entenderse nuestras peticiones.

– Dios actúa en y por el hombre, y en un sentido lo hace todo (se hace siempre lo que él quiere, pues élsiembra en el amor y corazón del hombre una respuesta que el hombre viene a darle después libremente). Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes que se vuelvan libres y que puedan responderle. Su actividad avanzaría en una sola dirección, del hacedor hacia su hechura, del constructor hacia la cosa construida; sólo Dios sería responsable de todo lo que existe. Pero si el creador es omnipotente (como Dios) él puede suscitar seres vivientes que asuman su libertad y se realicen como libres, de manera que acojan su llamada y le respondan libremente, de forma que Dios mismo haga aquello que quieren los hombres.

– El hombre influye en la acción de Dios, colaborando libremente con él, pues Dios le ha dado libertad para realizarse y libremente debe escucharle y responderle, colaborando con él (como hace Dios con Jesucristo). Si no fuera así no habría encarnación. Si Dios obligara a Jesús desde fuera, imponiéndole a la fuerza su voluntad, no se podría hablar de encarnación. El hombre no influye sobre Dios por su poder autónomo o grandeza, por sus obras entendidas en un plano legalista, sino por amor, en libertad, porque Dios ha decidido respetar en amor, dejando que las voces de Jesús (que son voces de historia) influyan en su propia voluntad eterna, que no es intemporal, sino que está encarnada en el tiempo.

Por eso, Dios quiere (=Dios debe) venir y suplicarnos,

 pidiendo que le respondamos. Creándonos libres en amor, Dios omnipotente ha venido a convertirse en dependiente de nosotros, de forma que debe escuchar lo que pidamos, para respondernos. Toda la Escritura es testimonio de esa doble petición (de ese doble influjo). Los pedimos a Dios bienes de la tierra: pan, salud… Por su parte, Dios nos pide amor y debe atender cuando le amamos.

            En un momento supremo de amor, cuando los hombres se vuelven transparentes a su gracia, el mismo Dios viene a mostrarse suplicante, como padre ante el hijo, como esposo ante la esposa… o viceversa. Nosotros, creaturas libres, podemos darle a Dios algo que el mismo Dios, siendo infinito, no tiene: Amor de creaturas, personas de la tierra. Si no nos escuchara y respondiera no sería Dios, ni nosotros seríamos creatura libre en sus manos.

            Dicen algunos que Dios tiene un plan preestablecido, de manera que nosotros no podemos cambiar sus intenciones. Si es así, como he dicho ya ¿por qué pedir? Resultaría preferible conocer su voluntad, dejar que él haga y no hacer ya peticiones. Esta observación tiene un momento de verdad. Ciertamente, Dios no es aprendiz de creador, ser vacilante que no sabe qué hacer o qué pedir y que cambia a capricho su acción y voluntad conforme a lo que nosotros le pidamos. Pero, quedando eso firme, debemos añadir que Dios es amigo que dialoga con los hombres, por el Cristo, de manera que comparte con nosotros la tarea de su reino, despertando nuestra conciencia en amor, y dándonos aquello que pedimos.

            El Dios de Cristo no tiene un plan cerrado de antemano, sino que va modulando su plan en diálogo de amor y vida con los hombres. Eso significa que Dios nos atiende, acompaña nuestra vida, nos espera, escucha y cumple nuestras peticiones… La manera de expresar y concretar esta oración es el secreto mayor de nuestra vida. En principio, no sabemos pedir como conviene (cf. Rom 8, 26), pues Dios aparece ante nosotros como en un espejo borroso (1 Cor 13, 12). Pero después, dejando que el Espíritu venga en nuestra ayuda, vamos descubriendo a Dios y aprendemos a pedir, viviendo en él y compartiendo su vida en la nuestra.

Dios nos necesita (Etty Hillesum,1914-1943).

 Dios ha querido hacernos libres, haciéndose dependiente de nosotros. En esta perspectiva han de entenderse nuestras peticiones.

– Dios actúa y en un sentido lo hace todo, sembrando en el amor y corazón del hombre una respuesta que éste debe darle libremente. Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes que se vuelvan libres y que puedan responderle.

– El hombre influye en la vida de Dios, pues Dios le ha dado espacio libre para realizarse y libremente debe respetarle y responderle. El hombre no influye en Dios por ley, sino por amor, en gratuidad, en oración.

En esa línea añadimos que Dios quiere venir y suplicarnos, pidiéndonos que respondamos a su petición con nuestras peticiones. Toda la Escritura es testimonio de ese cruce de peticiones. Los hombres comenzamos suplicando a Dios los bienes de la tierra: pan, salud… Por su parte, Dios nos pide y ofrece amor y fe.  En un momento determinado, cuando los hombres se vuelven transparentes ante el gozo de Dios y ante su gracia, el mismo Dios viene a mostrarse suplicante, como padre que ante al hijo, como los esposos entre sí. Nosotros, creaturas libres, podemos darle a Dios algo que el mismo Dios, siendo infinito, no tiene: amor de creaturas, presencia personal sobre de la tierra.De esa formaayudamos a Dios, haciéndole presente (divino) en el mundo. Más que imponerse sobre nosotros, Dios nos pide amor, que colaboremos con él, como indica E. Hillesum, desde un campo de concentración nazi:

Te ayudaré, Dios mío, para que no me abandones,

  • pero no puedo asegurarte nada por anticipado.
  • Sólo una cosa es para mí cada vez más evidente:
  • Que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti,
  • y así nos ayudaremos a nosotros mismos [2]

                     Así se expresa E. Hillesum, judía amiga de Jesús, condenada a morir en un Lager nazi, por la “justicia” de imperio de falsa tradición cristiana. Conforme al shemajudía (Dt 6, 6-9), en la línea del evangelio de Mateo, ella supo creer en Dios (aceptarle), apostando por él, con los pobres y condenados de la historia, a los que responde libremente con amor, como ha respondido a Israel y a Jesús.

Los hombres no podemos darnos totalmente la vida unos a otros

 en sentido radical, pero podemos negarla, negándonos a nosotros mismos. No podemos salvarnos, es decir, culminar nuestro camino en Dios (por nosotros mismos), superando la violencia desencadenada actualmente sobre el mundo, pero podemos acompañar y ayudar a Dios para ´que él nos sostenga, para que transforme por dentro nuestros corazones, de manera que no luchemos unos contra otros, hasta matarnos todos, sino que compartamos la vida de Dios sobre la tierra.

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“Aprendiendo a rezar”. Domingo 17 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 27 de julio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, el evangelio nos animaba a escuchar a Jesús, como María. Hoy nos anima a hablarle a Dios. Ante una persona importante es fácil quedarse sin palabras, no saber qué decir. Mucho más ante Dios. Quizá por eso, los discípulos no rezan. Pero les suscita curiosidad ver a Jesús rezando. ¿Qué dice? ¿Por qué no les enseña a hablarle a Dios? Este será el tema del evangelio, que recoge dos cuestiones muy distintas: la oración típica del cristiano y la importancia de ser insistentes y pesados en nuestra oración, hasta conseguir que Dios se harte y nos conceda… ¿Qué nos concederá Dios? Dada la importancia del tema, comentaré la primera lectura al final.

Aprendiendo a rezar (Lucas 11, 1-4)


            Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

            ‒ Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. 

            Él les dijo:

            ‒ Cuando oréis decid:

            “Padre,

            santificado sea tu nombre,

            venga tu reino,

            danos cada día nuestro pan del mañana,

            perdónanos nuestros pecados,

            porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo,

            y no nos dejes caer en la tentación.”

Nota a la traducción

            En Lucas faltan dos peticiones que conocemos por Mateo: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y “líbranos del mal”.

            La liturgia traduce “nuestro pan del mañana”; debería traducir, como en la misa, “nuestro pan de cada día”, ya que la fórmula griega es la misma en Mateo y Lucas. Pero existe una discusión muy antigua sobre si epiousion se debe interpretar del alimento cotidiano o como referencia a la eucaristía. Parece que la liturgia se ha inclinado en este caso por la interpretación eucarística.

Breve comentario al Padre nuestro

            El “Padre nuestro” es la síntesis de todo lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos. En torno a estos temas giran las peticiones (sean siete como en Mateo o cinco como en Lucas).

            Frente a un mundo que prescinde de Dios, lo ignora o incluso lo ofende, Jesús propone como primera petición, como ideal supremo del discípulo, el deseo de la gloria de Dios: “santificado sea tu Nombre”; dicho con palabras más claras: “proclámese que Tú eres santo”. Es la vuelta a la experiencia originaria de Isaías en el momento de su vocación, cuando escucha a los serafines proclamar: “Santo, santo, santo, el Señor, Dios del universo” (Is 6). La primera petición se orienta en esa línea profética que sitúa a Dios por encima de todo, exalta su majestad y desea que se proclame su gloria.

            Ante un mundo donde con frecuencia predominan el odio, la violencia, la crueldad, que a menudo nos desencanta con sus injusticias, Jesús pide que se instaure el Reinado de Dios, el Reino de la justicia, el amor y la paz. Recoge en esta petición el tema clave de su mensaje (“está cerca el Reinado de Dios”), en el que tantos contemporáneos concentraban la suma felicidad y todas sus esperanzas.

            Como tercer centro de interés aparece la comunidad. Ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, que necesita día tras día el pan, el perdón, la ayuda de Dios para mantenerse firme. Peticiones que podemos hacer con sentido individual, pero que están concebidas por Jesús de forma comunitaria, y así es como adquieren toda su riqueza.

            Cuando uno imagina a ese pequeño grupo en torno a Jesús recorriendo zonas poco pobladas y pobres, comprende sin dificultad esa petición al Padre de que le dé “el pan nuestro de cada día”.

            Cuando se recuerdan los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender a Jesús, sus envidias y recelos, adquiere todo sentido la petición: “perdona nuestras ofensas”.

            Y pensando en ese grupo que debió soportar el gran escándalo de la muerte y el rechazo del Mesías, la oposición de las autoridades religiosas, se entiende que pida “no caer en la tentación”.

            El Padre nuestro nos enseña que la oración cristiana debe ser:

            Amplia, porque no podemos limitarnos a nuestros proble­mas; el primer centro de interés debe ser el triunfo de Dios;

            Profunda, porque al presentar nuestros problemas no podemos quedarnos en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir cristianamente, el vernos libres de toda esclavitud.

            Íntima, en un ambiente confiado y filial, ya que nos dirigimos a Dios como “Padre”.

            Comunitaria. Padre nuestro«, danos, perdónanos, etc.

            En disposición de perdón.

Necesidad de ser insistentes en la oración (Lucas 11,5-13)

            Y les dijo:

            ‒ Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 

            Pues así os digo a vosotros:

            Pedid y se os dará,

            buscad y hallaréis,

            llamad y se os abrirá;

            porque quien pide recibe,

            quien busca halla,

            y al que llama se le abre. 

            ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

            ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente?

            ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

            Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?

El ejemplo del amigo importuno

            En las casas del tiempo de Jesús los niños no duermen en su habitación. De la entrada de la casa a la cocina no se va por un pasillo. No existe luz eléctrica ni linterna. Un solo espacio sirve de todo: cocina y comedor durante el día, dormitorio por la noche. Moverse en la oscuridad supone correr el riesgo de pisar a más de uno y tener que soportar sus quejas y maldiciones.

            El “amigo” trae a la memoria un simpático proverbio bíblico: “El que saluda al vecino a voces y de madrugada es como si lo maldijera”. Este amigo no saluda, pide. Y consigue lo que quiere.

            Este individuo merecería que le dirigiesen toda la rica gama de improperios que reserva la lengua castellana para personas como él. Sin embargo, Jesús lo pone como modelo. Igual que más tarde, también en el evangelio de Lucas, pondrá como modelo a una viuda que insiste para que un juez inicuo le haga justicia.

La bondad paternal de Dios y un regalo inesperado

            En realidad, no haría falta ser tan insistentes, porque Dios, como padre, está siempre dispuesto a dar cosas buenas a sus hijos.

            Aquí es donde Lucas introduce un detalle esencial. Las palabras tan conocidas “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” se prestan a ser mal entendidas. Como si Dios estuviera dispuesto a dar cualquier cosa que se le pida, desde un puesto de trabajo hasta la salud, pasando por aprobar un examen. Esta interpretación ha provocada muchas crisis de fe y la conciencia diluida de que la oración no sirve para nada.

            El evangelio de Mateo, que recoge las mismas palabras, termina diciendo que Dios “dará cosas buenas a los que se las pidan”. La oración de Jesús en el huerto de los olivos demuestra que Dios tiene una idea muy distinta de nosotros, incluso de Jesús, de lo que es bueno y lo que más nos conviene.

            Pero las palabras del evangelio de Mateo a Lucas le resultan poco claras y ofrece una versión distinta: “vuestro Padre celestial dará Espíritu Santo a los que se lo piden”. Para Lucas, tanto en el evangelio como en el libro de los Hechos, el Espíritu Santo es el gran motor de la vida de la iglesia. En medio de las dificultades, incluso en los momentos más duros de la vida, la oración insistente conseguirá que Dios nos dé la fuerza, la luz y la alegría de su Espíritu.

Un regateo inútil (Génesis 18, 20-32)

En la primera lectura Abrahán es como el amigo inoportuno de la parábola, aunque, en este caso, su insistencia no sirve de nada. Sodoma y Gomorra desaparecerán de la historia porque no se encontraron en ella ni siquiera diez personas buenas. Prescindiendo de lo que pueda haber de histórico a propósito de esas dos ciudades, el episodio está contado pensando en Jerusalén, que también ha sido devastada por los babilonios en el año 586 a.C. ¿Cómo es posible que Dios no la haya perdonado? El autor de este pasaje del Génesis lo tiene claro: la culpa no es de Dios, que está dispuesto a perdonar a todos si encuentra un número mínimo de inocentes. La culpa es de la ausencia total de inocentes.

            En aquellos días, el Señor dijo:

            ‒ La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.

            Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.

            Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios:

            ‒ ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?

            El Señor contestó:

            ‒ Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.

            Abrahán respondió:

            ‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?

            Respondió el Señor:

            ‒ No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.

            Abrahán insistió:

            ‒ Quizá no se encuentren más que cuarenta.

            Le respondió:

            ‒ En atención a los cuarenta, no lo haré.

            Abrahán siguió:

            ‒ Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?

            Él respondió:

            ‒ No lo haré, si encuentro allí treinta.

            Insistió Abrahán:

            ‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?

            Respondió el Señor:

            ‒ En atención a los veinte, no la destruiré.

            Abrahán continuó:

            ‒ Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?

            Contestó el Señor:

            ‒ En atención a los diez, no la destruiré.

El lector moderno no está de acuerdo con esta mentalidad. En las ciudades de Ucrania, de Siria, en Gaza, en Hiroshima y Nagasaki había sin duda más de diez justos. Dios no es el responsable de invasiones, bombardeos, destrucciones y deportaciones. De eso nos encargamos los hombres, que sabemos hacerlo muy bien. Pero Abrahán nos sirve de modelo. No se alegra al enterarse de que esas ciudades van a ser destruidas, intercede por ellas, intenta que no les sobrevenga la desgracia. Algo que muchas personas buenas siguen haciendo con procedimientos muy distintos y acudiendo a instancias de otro tipo. ¡Ojalá tengan más éxito que Abrahán!

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