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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. 27 julio, 2025

domingo, 27 de julio de 2025
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Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

(Lc 11,1- 13)

Lo habitual en la vida de Jesús es orar,  los textos hacen referencia a su oración muchas veces. En esta ocasión Jesús no está solo, cerca de él están sus discípulos, que oran con él. Jesús ora con frecuencia, y se deja ver orando. No se esconde el testimonio creíble del poder de la oración. Y despierta el deseo de Dios en los corazones que lo ven: «Enséñanos a orar».

Son ellos, sus discípulos, quienes toman la iniciativa, de donde sale la propuesta… Esto no deja de ser un reto para nosotras y para todas las personas que llevan en el corazón la Buena Noticia y desean contarla a quienes están a su lado. A veces, nos perdemos en fórmulas y teorías que no despiertan ningún deseo en quienes nos miran; y eso que los textos de nuestra tradición ya nos dicen que «la letra mata y el Espíritu da vida». (2 Cor. 3,6).

Estamos viviendo tiempos convulsos, violentos, agresivos. Duele vernos tan perdidas, tan rapaces…. Indigna verse tan manipulada por las noticias, donde nos presentan buenos buenísimos y malos malísimos, como en las películas de indios y vaqueros. Como si no existieran las personas que trabajan por la paz, que oran por la paz, que encuentran en la religión la consistencia de la vida. Como si no fueran muchos más quienes mueren fieles a Dios que quienes matan por un pseudodios. Y en este tsunami la gente busca, y busca con deseo de algo más profundo, y aparecen los guías espirituales, gurús, chamanes…

¿Y en la Iglesia? ¿Dónde están los maestros de oración que tanto estamos necesitando? Esos que despiertan el deseo de Dios, como lo hace Jesús.

El Papa escribe a las monjas: «Vivid (….) contribuyendo a que Cristo nazca y crezca en el corazón de las gentes sedientas, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es camino, verdad y vida.» (cfr. Vultum Dei nº.37). El reto está en mostrarnos, en dejarnos ver orando, con hondura, sencillamente, sin fórmulas vacías, con espontaneidad y sobre todo, sobre todo, con profunda confianza. Y Cristo nacerá en los corazones sedientos, nacerá y crecerá con raíces hondas, libres, fuertes.

¿Cómo, dónde, cuándo? No tenemos respuestas, ni teorías, solo deseo, un profundo deseo de relacionarnos con Dios, Abba, como Jesús lo hace. Deseo de sumergirnos en la relación amorosa de la Trinidad. Para ello ya nos lo dice Jesús, ¡pidamos el Espíritu a nuestro Padre!

Oración

Enséñanos a orar, también a nosotras, como hiciste aquellos primeros discípulos.

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Enséñanos a orar.

domingo, 27 de julio de 2025
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DOMINGO 17 (C)

Lc 11,1-13

Si Jesús hubiera dado una oración concreta a sus discípulos para que la repitieran, ¿se les habría olvidado con tanta facilidad? Solo dos evangelistas la narran y, además, de manera diferente. No, la oración no se enseña, nace de una actitud vital que tiene que ir más allá de cualquier deseo o preocupación por agradar a un dios que está más allá de las nubes.

¿Alguien se puede creer que lo que hacía Jesús cuando se retiraba a ‘orar’ era repetir oraciones prefabricadas? Los discípulos estaban intrigados por lo que Jesús hacía cuando se quedaba solo. La oración es algo vivo que tiene que salir de lo más hondo del ser.

Hubo un tiempo en que di mucha importancia al Padrenuestro, hasta me lo aprendí en arameo y lo recé muchas veces en la lengua que utilizó Jesús. Pero hoy no lo veo de la misma manera. No deja de ser un rezo más que hay que superar para llegar a contemplar.

Para comprender lo que acabo de decir, debemos distinguir entre rezar o pedir, meditar y contemplar. Nos han enseñado, incluso obligado a rezar, pero nadie se ha preocupado de que aprendamos a contemplar. Se trata de una forma de vida y a vivir no se puede aprender.

El Padrenuestro intenta trasmitirnos, en el lenguaje religioso de la época, toda la novedad de la experiencia de Jesús. Esto quiere decir que no se sacaron el Padrenuestro de la manga. Cada una de las expresiones que encontramos en él, se encuentra también en el AT.

Entendido literalmente, el Padrenuestro no tiene sentido. Ni Dios es padre en sentido literal; ni está en ningún lugar; ni podemos santificar su nombre, porque no lo tiene; ni tiene que venir su Reino de ninguna parte, porque está siempre en todos y en todo; Ni su voluntad tiene que cumplirse, porque no tiene voluntad alguna. Ni tiene nada que perdonar, mucho menos, puede tomar ejemplo de nosotros para hacerlo; ni podemos imaginar que sea Él el que nos induzca a pecar; ni puede librarnos del mal, porque eso depende solo de nosotros.

No pretendo enseñaros a orar, pero intentaré daros alguna pista. La oración de contemplación surge espontáneamente de lo hondo del ser. Lo difícil es alcanzar las condiciones que la mente necesita para que esto ocurra. Surge con la misma facilidad con que mana el agua de una fuente una vez que se le quitan los estorbos que le impedían salir.

La preparación comienza por el cuerpo. No es nada fácil conseguir que el cuerpo esté relajado, en armonía, sin interferencias de los sentidos ni de la mente racional que dispersan nuestra atención. Las técnicas orientales de relajación pueden ser muy útiles para preparar el terreno, siempre que no las confundamos con la verdadera contemplación.

Centrar toda nuestra atención en una llama, repetir un mantra con total atención, o simplemente observar con atención nuestra propia respiración nos puede llevar a una imprescindible concentración. Si soy capaz de concentrarme absolutamente en un solo objeto, será muy fácil dar el paso a no pensar en nada. Ahí comienza la contemplación.

Dejar de pensar no es quedar dormidos. Se trata de acallar nuestra capacidad de razonar. Nuestra imaginación está siempre saltando de un pensamiento a otro sin poder evitarlo. Meditar es poner en marcha una facultad que hemos olvidado, la intuición. Sería quedar absolutamente pasivos pero atentos a lo que pasa en lo más hondo de nuestro ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Venga a nosotros tu Reino.

domingo, 27 de julio de 2025
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Lc 11, 1-13

«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.»

Por Jesús sabemos que la voluntad de Dios es que vivamos compartiendo, perdonando, consolando, ayudando, sirviendo y trabajando por la justicia. Y lo sabemos porque él vivió así; porque pasó por la vida haciendo la voluntad del Padre. Como dijo su amigo Pedro: «Pasó haciendo el bien y ayudando a los oprimidos por el mal…», es decir, creando humanidad a su alrededor, y ésa debe de ser nuestra mejor guía y nuestra mejor oración.

Ahora bien, también sabemos que Jesús se retiraba con frecuencia a orar; que precisaba de la oración para afrontar la descomunal tarea que se había propuesto. Podemos imaginarle, allá en la soledad de la montaña, dirigiéndose a Abbá para compartir con Él sus anhelos, sus desvelos, sus fracasos y tentaciones; como lo hacen los hijos con su padre; porque Jesús había asumido íntimamente la condición de hijo y se confortaba de tanto desvelo y tantos sinsabores hablando con su Padre.

Así lo hizo en Getsemaní y salió confortado. Su Padre no le relevó de apurar el cáliz, pero Jesús se llenó de su Espíritu y afrontó la pasión con coraje inusitado. En la cruz se sintió abandonado y posiblemente fracasado «Dios mío, Dios mío…», pero tras esta oración afrontó la muerte dando una gran voz y saltando confiado en brazos de Abbá: «En tus manos encomiendo mi espíritu».

Un día, tiempo atrás, a orillas del lago, se alzó una voz entre la multitud que gritó: «Enséñanos a orar», y como siempre ocurría, la respuesta de Jesús sobrepasó toda expectativa, porque en ella nos hizo entrega de su Dios, Abbá, y partícipes de su propia relación con Él. Cuando oréis, nos dijo, no debéis dirigiros al Dios todopoderoso y eterno, sino a Abbá, vuestro padre, vuestra madre, porque no sois esclavos o asalariados, sino hijos amados. Y pedid lo importante; el Reino, el alimento, el perdón y la liberación de la esclavitud a que nos somete el mal.

«Así pues debéis orar vosotros: Padre nuestro, santificado tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad, danos el pan de cada día, perdónanos como nosotros perdonamos, y líbranos del mal».

Lo que se pide en el Padrenuestro es que venga tu Reino, que se haga tu voluntad”, lo que equivale a una renuncia a todas las pequeñas peticiones que suelen poblar nuestras oraciones en favor de una aspiración de verdaderos hijos.

Como decía Ruiz de Galarreta: «El Padrenuestro es por tanto la oración de los hijos y constituye una profesión de fe, una confesión pública de nuestra relación con Dios y con los demás. Para rezar el Padrenuestro necesitamos elevarnos por encima de la mediocridad y hacer un acto consciente de que somos hijos constructores del Reino. Recitar el Padrenuestro es un fuerte desafío, y lo profesamos avalados por invitación de Jesús; porque nos dijo que orásemos así; por eso, sólo por eso nos atrevemos a decir…».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Cuando oréis decid: Padre:.

domingo, 27 de julio de 2025
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Señor, enséñanos a orar” Lc 11, 1b., le pidió a Jesús uno de los discípulos cuando Jesús hubo terminado de orar. Aunque se pueden dar algunas indicaciones como hizo Jesús con ellos, a orar se aprende solo. Ya nos decía Santa Teresa de Ávila: “Orar es tratar muchas veces, a solas, de amistad, con quien sabemos nos ama”. Y se hace en soledad porque el trato es personal, parte de cada individuo, y aunque aprendemos mucho unos de otros cuando compartimos, al final, la amistad entre Dios y yo, como cualquier amistad, depende de las dos personas.   ¿Se puede tener una amistad con Dios?

Cuando oréis decid: Padre…” 11,2b. Eso no es lo que Jesús aprendió de los maestros de la Ley de su tiempo. “Abba” es una de las palabras que los eruditos en Sagradas Escrituras nos dicen que estamos seguros que Jesús pronunció. Una novedad que no fue bien acogida porque, aunque en el AT se afirme que Dios es Padre, nunca se le invoca como tal.

La palabra aramea Abba, la usaban los hijos (no solo los niños sino también los adultos), con sus padres. Era una forma de tratar con respeto. Jesús es el primero que la usa para dirigirse a Dios. Expresa la nueva relación de amor y confianza en Dios. Por eso nos atrevemos a hablar de amistad porque está basada en el amor y la confianza.

Los discípulos invocan a Dios como Padre y entonces aprenden que lo que hace hijos-as es el amor universal. El hijo/a, en la cultura semítica demuestra que lo es, no por la existencia dada-recibida, sino en la identidad de conducta; el hijo-a demuestra serlo con su actividad igual a la del padre.

Seguro que Jesús no nos quiso proponer una oración más, como las tantas que rezaban Él y sus contemporáneos, sino más bien que la oración siempre ha de tener dos componentes fundamentales: Dios y su proyecto, el reino.

Muchos se han quedado en el rezar, el Padrenuestro y muchas otras oraciones hechas, y no han pasado a ese nivel de amor y confianza al que estamos llamados desde el principio de nuestra vida.

Lo mismo que para muchos es inconcebible una amistad con Dios, y siempre hablan de Él como si fuera una tercera persona, parece que se les ha quedado fijado que la relación con Dios es sobre todo para “pedir” porque Dios es Omnipotente y eso que aprendimos en el catecismo está grabado a fuego y, es imposible de borrar.

Claro, si alguien intenta convencernos de que Dios no es Dios porque lo puede todo, y ese no es su máximo atributo ¿qué nos queda de la imagen de la infancia de que Dios es omnipotente, omnipresente, lo ve y lo juzga todo y puede cambiar en un segundo el rumbo de la historia?

Llamar a Dios “Padre” es una manera de interpretar a “Dios creador” que al crear a la persona humana no se queda solo en la imagen, sino que termina en la de “hijo/a”.

Venga tu reino” es la preocupación de Jesús, un reino donde no es esencial la relación con Dios sino un nuevo modelo de sociedad para un mundo roto por la división y la lucha entre hermanos, un reino que, aunque le pedimos que venga sabemos muy bien que está en nuestras manos ir haciéndolo realidad.

Pedimos perdón porque, aunque nos llamamos cristianos, su proyecto no es lo que nos desvela, lo que nos quita el sueño, sino más bien que yo y los míos estemos bien. Eso es lo que le pedimos insistentemente y la fe se nos tambalea cuando no nos salen las cosas como quisiéramos.

Así no es posible construir una verdadera amistad porque para lograr ese amor tan desinteresado como lo es el de la amistad, lo que preocupa al otro se tiene que convertir en mi preocupación y tarea.

Para acabar Jesús pone un ejemplo de alguien que necesita que un amigo le eche una mano para ayudar a otro. Por eso dice: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis llamad y se os abrirá”, es decir, manteneos en una actitud despierta, activa y encontraréis lo que necesitáis, quizá no tanto para vosotros como para los demás.

Pedir, buscar, llamar, es propio del amigo que tiene la confianza suficiente para hacerlo y sabe que tarde o temprano hallará lo que necesita.

Orar, tratar muchas veces a solas de amistad con quien sabemos nos ama, es el mejor tiempo “perdido”; nos habla de Dios y de nosotros, nos da luz para el camino, nos pone en nuestro lugar, nos regala el Espíritu, que hace posible que sigamos caminando con todo y a pesar de todo.

Carmen Notario

Fuente Fe Adulta

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Quien busca, encuentra.

domingo, 27 de julio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 27 julio 2025

Lc 11, 1-13

Existe un dicho oriental, según el cual, “cuando el alumno está preparado, el maestro aparece”, que podría retraducirse de esta manera: Quien vive apertura y docilidad a la vida, sabe leer lo que le ocurre como oportunidad de aprendizaje y crecimiento.

En realidad, aquel dicho equivale al aforismo que el evangelio pone en boca de Jesús: “Quien busca, encuentra”, que podría expresarse también de este otro modo: el Anhelo no defrauda.

Alguien podría pensar que la experiencia humana parece indicar justo lo contrario: la frustración constituye un elemento habitual en nuestra existencia, hasta el punto de que hay personas que terminan cayendo en la decepción, en la tristeza, en la resignación fatalista o incluso en el hundimiento. Se dan, sin duda, experiencias dolorosas, más o menos traumáticas, que, unidas a otros factores, pueden conducir a ese estado.

No niego la realidad de la frustración, pero tampoco equiparo el deseo con el Anhelo, ni lo que me gusta con lo que necesito.

El deseo nace del yo y busca, prioritariamente, el bien del propio yo (tiene la forma de una flecha curva, que vuelve sobre sí misma). Se halla íntimamente emparentado con la expectativa. Y la expectativa es la madre de la frustración. Por el contrario, el Anhelo -así, con mayúscula- no nace de la mente ni del yo -por más que, luego, nos hagamos conscientes de él-, sino de la misma vida que somos. Se trata de un dinamismo caracterizado por la desapropiación y la gratuidad (tiene forma de flecha recta), que nos impulsa desde dentro. No busca, de entrada, algún bien particular para el yo; tampoco busca que se satisfagan sus deseos. Solo busca favorecer que la vida fluya a través de nuestra persona. Por eso, en la medida en que nos encuentra motivados -preparados, buscando…, por utilizar los términos de los dichos anteriores-, disponibles, dóciles y rendidos a su empuje, nunca defrauda. Es cierto que implica la “muerte” del yo, pero regala la vida.

Enrique Martínez Lozano

Fuente

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Somos familia de Dios: Padre nuestro.

domingo, 27 de julio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Invitación a la oración.

La primera lectura (Génesis – Abrahán) y el evangelio nos convocan a orar.

Jesús oraba siempre. A lo largo de su vida le podemos ver frecuentemente orando; confrontaba sus cosas, su vida, sus problemas y los ponía en manos de Dios Padre. Pasaba largas noches en oración.

Los discípulos -los cristianos de la iglesia naciente- sienten la necesidad de orar y le piden a Jesús que les enseñe a orar.

Existen muchos métodos de oración, incluso a veces adoptamos formas y sistemas de oración de otras culturas y religiones.

Si vamos al evangelio la oración es algo muy sencillo y ya está en el evangelio: métete en tu habitación, cierra la puerta y ponte en brazos de Dios Padre. Guarda silencio y escucha a Dios Padre: Padre nuestro…

Con gran respeto para otras religiones y formas de oración, nuestra oración es ponernos en brazos de Dios Padre.

02.- Orar en silencio, en paz, en Dios.

        Orar es sentir necesidad de pensar las cosas, la vida, los problemas y ponerlos en Dios. Y tal vez ante Dios y con Dios nuestra mejor palabra sea el silencio. Nuestro silencio habla por sí mismo.

Más que hablar, orar es escuchar a Dios en el silencio y la profundidad de nuestra alma.

El creyente ora en las diversas circunstancias de la vida: en la enfermedad, en el sufrimiento, en el pecado, en los peligros, en el trabajo, en un nacimiento en la familia, ante la muerte, etc. Una persona creyente que ora, es muy consciente, ve y vive las realidades desde Dios y ante Dios.

Orar es algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy profundo.

Orar es demorarse en Dios.

Quien ora ha aprendido a vivir.

03.- La oración es ser consciente: “estar en sí”.

La oración es un “momento” consciente ante Dios y también en la asamblea eclesial.

Orar es “estar en sí”, ser consciente de la vida ante el Señor.

La oración supone un abrirse a la ultimidad de Dios. Orar es la actitud del ser humano que se abre a Dios y se pone en sus manos En la oración vemos y ponemos nuestra vida, nuestros criterios, nuestros caminos, nuestros problemas y nuestras esperanzas a la luz y el amor de Dios. Una persona creyente ora, es decir, ve esas realidades desde Dios y ante Dios.

La oración es un acto de confianza en Dios Padre.

En la oración abrimos nuestra vida y la ponemos en manos de Dios.

04.- ¿Confrontar la vida ante qué tipo de Dios? Padre.

Lo primero que Jesús nos dice a la hora de orar es que nos dirigimos a un Dios que es Padre: Padre nuestro

Si he de presentarme ante un Dios del Derecho Canónico o ante el Dios del Santo Oficio o del juicio final de Miguel Ángel de la capilla Sixtina o ante el Dios que condena al infierno, “mejor es morirse”.

Ante un Dios judicial y justiciero uno no puede orar. Con un Dios que se parece a Hacienda o a la Inquisición, es mejor no hablar.

Hay personas que tienen siempre una actitud de prepotencia y juicio: en el orden clerical, familiar, laboral, en la vida normal, en el mundo episcopal y clerical: sistemáticamente su actitud es de juicio, de culpabilización. Es muy distinto orar, charlar y confrontar la vida con el padre del hijo pródigo, a tener que rendir cuentas a un Dios justiciero de cierta moral o del derecho canónico, o del mundo episcopal – clerical.

La experiencia que Jesús tiene de Dios y lo que nos ha dicho es que Dios es Padre. Padre nuestro: Padrenuestro…

Uno puede pedirle consejo, dejarse iluminar por su Padre. Con el Dios y Padre de Jesús se puede tratar y charlar, orar. Con el Dios de ciertos entramados e instituciones católicas, no es posible orar.

Con el Dios de Jesús “se puede hablar” porque la palabra que nos dirige es de bondad, de un padre bueno. Lo que Dios dice es siempre misericordia. El poder y la justicia de Dios son misericordia.

05. Conclusión. No somos extraños para Dios.

Tal vez, la lección más importante del evangelio de hoy acerca de la oración es que:

  • No somos extraños para Dios, somos hijos de Dios, familia de Dios.
  • El Dios de Jesús es Padre. Con el Dios de Jesús, Padre, se puede tratar: es bueno hablar y tratar.
  • Jesús nos dice: No eres un extraño para Dios: somos sus hijos. Dios es mi, -nuestra- familia. Por eso, cuando os dirijáis a Dios decidle:

Padre nuestro.

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“Pedir a Dios Padre lo fundamental: ‘que venga su Reino’”, por Consuelo Vélez

domingo, 27 de julio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XVII Domingo del Tiempo Ordinario – 27-07-2025

El evangelio de Lucas presenta varias veces a Jesús orando y en esta ocasión al terminar uno de sus discípulos le pido que les enseñe a orar.

Jesús nos enseña una manera de concebir a Dios y de dirigirnos a él: como «Padre/Madre«

Jesús nos enseña lo que hemos de pedir: el reino

La oración de petición es, por tanto, la fuerza y la confianza en el Padre del cielo que nos fortalece para realizar en este mundo, todo lo que necesitamos hacer, respondiendo así, a las necesidades de todos.

Consuelo Vélez

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

– «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».

Él les dijo entonces:

+ «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».

Jesús agregó:

+ «Supongamos que algunos de ustedes tienen un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle», y desde adentro él le responde: «No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos».

Yo les aseguro que, aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan»

(Lucas 11, 1-13).

El evangelio de Lucas presenta varias veces a Jesús orando y en esta ocasión al terminar uno de sus discípulos le pido que les enseñe a orar. Las palabras que dice Jesús son más o menos las que tenemos en el Padre Nuestro que hoy rezamos, de ahí que podemos reconocer en esa sencilla oración una conexión profunda con el Jesús de los evangelios, una manera apropiada de hacer nuestra propia oración.

Un aspecto a comentar de esta oración es la manera de llamar a Dios. Jesús se dirige a él como “Padre” pero recordemos que en otras ocasiones los evangelistas ponen en boca de Jesús la palabra “Abba”, una expresión mucho más cercana, prácticamente de la confianza que un niño tiene en su padre. Jesús entonces nos enseña una manera de concebir a Dios y de dirigirnos a él. Nuestro Dios es el padre misericordioso, el padre todo amor, el padre todo confianza. Tenemos que seguir trabajando por quitarnos las imágenes de Dios que no corresponden al Padre del que nos habla Jesús. Dios no es castigador o vigilante. Dios no tiene nada que ver con la exigencia legal, ni con la compra de sus favores. Dios, es amor y solo amor. O, como lo decimos ahora, Dios es Madre, con el amor entregado y generoso que han encarnado tantas mujeres de la tierra.

En esta oración Jesús añade lo que hemos de pedir: el reino, el pan de cada día, y perdonar a los que nos ofrenden como Dios perdona nuestras ofensas.

Jesús continúa diciendo una parábola para explicar mejor lo que quiere enseñarles. Se refiere al amigo que va a pedir prestados tres panes porque no tiene nada para darle al otro amigo que llegó a su casa y, como otras veces hemos comentado, el valor de la hospitalidad es muy importante para el pueblo judío. El relato continúa diciendo que es tarde y el amigo no parece dispuesto a ayudarlo. Pero, Jesús le asegura que, al final, el amigo le dará los panes, al menos para no ser importunado. Y hace la pregunta obvia, ya no con respecto al amigo, sino a la relación filial. ¿Podrá un padre negarle algo a su propio hijo? Y añade: seguramente le dará lo que le pide porque es su hijo. Por lo tanto, con más razón, el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quien se lo pida.

Podríamos decir que la conclusión del pasaje es la invitación que Jesús hace a los suyos: “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. Todo esto nos lleva a decir una palabra sobre la oración de petición. Es verdad que tenemos muchas necesidades y, atendiendo a las mismas palabras de Jesús, el Padre del cielo no dejará de ayudarnos. Pero hemos de prestar atención a lo que nos dice que pidamos: “venga tu reino”. El reino de Dios es de justicia y paz, es de fraternidad/sororidad. El reino es don de Dios y tarea nuestra. Por tanto, pedir el reino es comprometernos con hacerlo posible en el aquí y ahora y, de esa manera, todas aquellas realidades materiales que tanto necesitamos, podrán llegar a todas las personas.

La oración de petición es, por tanto, la fuerza y la confianza en el Padre del cielo que nos fortalece para realizar en este mundo, todo lo que necesitamos hacer, respondiendo así, a las necesidades de todos. Esta es la actitud adecuada para nuestras oraciones de petición. No hemos de desfigurar la imagen de nuestro Dios, haciéndolo parecer a un Dios mago o a un Dios que nos exige muchas oraciones para concedernos lo que necesitamos. La imagen del Dios de Jesús es al que le pedimos fuerzas para hacer todo como si solo dependiera de nosotros, confiados en que todo depende de Él.

(Foto tomada de: https://radiomaria.org.ar/programacion/jesus-maestro-de-oracion/)

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“De las oraciones a la oración – San Lucas 11, 1-13 -”, por Joseba Kamiruaga Meza CMF

domingo, 27 de julio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa cristiana):

Damos el salto cuando descubrimos que tenemos alma. Y al seguir a nuestra alma aprendemos a dialogar con Dios. Un Dios desconocido, al principio (y nos parece un poco tonto hablar con alguien que aún no sabes si existe), hasta que poco a poco descubrimos que ese diálogo nos lleva a otro lugar, a un mundo desconocido.

Nos acercamos a la fe por lo que hemos oído, y luego, paso a paso, experimentamos al Dios de Jesús y nos descubrimos amados y capaces de amar.

Nos descubrimos amados.

Es una mirada suave, sutil, libre, pura, la que descubrimos en nosotros mismos.

Eres engendrado a una nueva vida.

Tú sigues siendo el mismo y tu vida también, pero tu corazón y tu mirada cambian, se hacen profundos, ves más allá del horizonte.

Más allá del caos, los miedos, las angustias, los lugares comunes. Ves el diseño oculto a lo largo de los siglos.

Cuando, finalmente, dejamos de lado los muchos prejuicios, las cosas que creemos creer, nos abrimos a escuchar verdaderamente el mensaje evangélico. Y, después de haber seguido al Señor, después de habernos sentado también nosotros a escuchar su Palabra, llega un momento en el que pedimos, como hacen los discípulos: Maestro, enséñanos a orar.

No piden: enséñanos oraciones.

Esas ya las saben, como nosotros, fórmulas breves memorizadas. Pero lo que hace Jesús es otra cosa.

Algo nuevo. Intenso. Verdadero.

Un verdadero encuentro.

 ¡Por favor!

No sabemos rezar, no bromeemos.

Tratamos a Dios como a un poderoso al que hay que convencer. Para que nos haga felices, para que nos conceda alguna gracia, al fin y al cabo.

La oración, por desgracia, goza de muy mala fama entre los católicos.

Como algo inútil, que debe dejar espacio, en cambio, a la acción.

Detrás de esta idea hay siglos de invitaciones a la devoción, a la recitación de fórmulas que nacieron espléndidas y murieron distraídas, de rosarios rezados pensando en otra cosa.

La oración concebida como un agotamiento para convencer a Dios. Un agotamiento que lleva al agotamiento, el nuestro y el de Dios. El término mismo, «oración», se ha convertido en sinónimo de «recitación», de cantinela, de insistencia para convencer a alguien de nuestras buenas intenciones.

 ¡Por favor, hazme un favor!

Se ha convertido en el estribillo de nuestra petición, de nuestra oración cotidiana.

Antes de hablar de oración, debemos hacer el enorme esfuerzo de borrar todas estas ideas falsas y ponernos a escuchar.

 Escuchar

Como María, la oración es, ante todo, sentarse a escuchar.

Escuchar a alguien a quien se ama, se estima, se admira.

Ese Jesús que rezaba como nadie había rezado jamás, que sorprendía y fascinaba a los Apóstoles cuando, en plena noche, se levantaba para hablar en su corazón con el Padre. Un estilo nuevo, diferente de la oración colectiva, en el templo, en la sinagoga. Una oración íntima que los apóstoles intuyen como origen de la serenidad y la fuerza del Señor, del Maestro.

Por eso le piden que les enseñe a rezar.

Y Jesús lo hace, entregándoles la oración por excelencia, el Padrenuestro, que en la versión de Lucas es aún más esencial. Y que ya nos dice lo que es la oración: diálogo con el Padre, para pedir, sí, pero también para actuar, para cambiar de actitud ante la vida.

La oración es confianza

Jesús nos revela el rostro del Padre: es a Él a quien dirigimos nuestra oración. No a un déspota caprichoso, ni a un poderoso al que hay que convencer. Nos hemos convertido en hijos, nos dice San Pablo, Dios nos trata como trata a su hijo amado. Un buen padre sabe lo que necesita su hijo, no le deja sufrir. Muchas de nuestras oraciones no son escuchadas porque se dirigen al destinatario equivocado: no se dirigen a un padre, sino a un padrastro o a un tutor antipático al que pedir algo que, en realidad, creemos que nos corresponde.

Tantas veces confieso algo que he descubierto en mi pobre vida: pedí y no me fue dado. Entonces, en esos momentos, me desanimé. Hoy, años después, sé que obtuve todo lo que necesitaba y que, a menudo, no era lo que pedía.

La oración es amistad y constancia

Como aquel que va a pedir pan en plena noche.

Cuando rezamos, nos dirigimos a un amigo. Y lo hacemos para pedirle algo con lo que alimentar a los huéspedes de nuestra vida, no para ganar la lotería.

Amistad recíproca, como leemos en la hermosa página del Génesis: la relación con Abraham se consolida y Dios decide hablarle de su proyecto de abandonar Sodoma a su maldad. Abraham siente un vuelco en el corazón: en Sodoma vive Lot, su sobrino, y comienza una dura negociación. Al final, Abraham se sale con la suya: si Dios encuentra en Sodoma tan solo diez justos, salvará toda la ciudad, dando la vuelta a la teoría de la solidaridad según la cual todos pagan por la culpa de uno. En este caso, todos serán salvados por los méritos de diez.

La oración es una conversación íntima, un intercambio de opiniones, un entendimiento mutuo.

No es una lista de la compra, ni un intento de corrupción, ni una letanía para dar suerte.

Concebimos la oración como una serie de fórmulas de buenos deseos, pero la oración es ante todo escuchar, escuchar a Dios, e interceder, interceder por el mundo, no por mis necesidades.

¿Por qué no?

¿Por qué no aprender a rezar?

La oración te necesita a ti, ante todo: tal como eres, devoto o ateo, santo o pecador. Pero un «tú» verdadero, no falso, no aparente. La oración necesita tiempo: cinco minutos, para empezar, el tiempo en el que no estás completamente atontado o distraído, apagando el móvil y aislándote. La oración necesita un lugar: tu habitación, el metro, la pausa para comer. La oración necesita una palabra que escuchar: mejor si es el Evangelio del día, para leerlo con calma y saborearlo. La oración necesita una palabra que decir: las personas con las que te encuentras, las cosas que te angustian, un «gracias» dicho a Dios. La oración necesita una palabra que vivir: ¿qué cambia ahora que retomas tu actividad cotidiana?

Venga el Espíritu prometido por el Señor, amigos, el Espíritu que nos permite ver con una mirada diferente incluso las cosas que nos parecen indispensables para nuestra felicidad, comprendiendo, finalmente, que lo que consideramos un obstáculo insuperable no es tan importante resolverlo y, tal vez, ni siquiera es un obstáculo.

Porque, en la oración, descubriremos que nada nos puede impedir decir con verdad: Padre.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 27 de julio de 2025

1.- Si rezamos, haremos circular el pan del amor.

2.- Dios siempre cumple sus promesas.

3.- Para rezar bien hay que tener hambre de vida.

4.- En el «Padre nuestro», Jesús nos enseña la gramática de Dios.

5.- Padre Nuestro, la oración que une la tierra y el cielo.

6.- El Padrenuestro, gramática de Dios.

7.- La oración según Jesús.

8.- De las oraciones a la oración – San Lucas 11, 1-13 –.

 P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Hospitalidad, bienvenida y las lesbianas en la crisis del SIDA

lunes, 21 de julio de 2025
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La reflexión de hoy está escrita por Allison Connelly-Vetter, colaboradora de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar haciendo clic aquí.

En un momento en que la mayor parte de Estados Unidos cree que estamos más divididos que unidos en cuanto a nuestros valores más importantes, las lecturas litúrgicas de hoy están repletas de antídotos: hospitalidad, cuidado y bienvenida.

En nuestra primera lectura, Abraham está en su tienda cuando pasan tres hombres. Abraham sale corriendo de su tienda e insiste en darles la bienvenida, dándoles la comida y bebida más selectas y brindándoles descanso.

La segunda lectura se sitúa en el contexto de los numerosos e importantes debates internos que la multitud de judíos seguidores de Jesús ha mantenido sobre si acoger a los gentiles en su movimiento. Finalmente, los líderes deciden que sí, que los gentiles son bienvenidos al movimiento de Jesús tal como son, sin necesidad de convertirse primero a la fe y las tradiciones judías. Esta decisión es un claro ejemplo de bienvenida y hospitalidad entre dos grupos que históricamente han experimentado conflicto y división.

Y en nuestro Evangelio, tenemos la conocida historia de María y Marta, dos de las amigas más cercanas de Jesús, que le brindan acogida, hospitalidad y cuidado a su manera. María lo hace escuchando las historias de Jesús y dando testimonio de su camino, mientras que Marta demuestra su cariño sirviendo.

Ofrecer hospitalidad, atención y bienvenida ha sido parte de las comunidades queer durante generaciones. Un ejemplo destacado que me viene a la mente, como lesbiana, es la forma en que las lesbianas cuidaron a las personas VIH positivas, especialmente a los hombres gay, durante la crisis del sida de las décadas de 1980 y 1990. Mientras todos los niveles de gobierno ignoraban deliberadamente la epidemia, lo que resultó en miles de muertes evitables, las lesbianas se ofrecieron para brindar apoyo y atención a las personas que viven con el VIH.

Las lesbianas ayudaron de diversas maneras. Muchas organizaron campañas de donación de sangre para pacientes VIH positivos que necesitaban transfusiones. Esto fue especialmente importante porque los hombres que tenían relaciones sexuales con hombres tenían prohibido universalmente donar sangre hasta 2023. Enfermeras y profesionales de la salud lesbianas brindaron atención médica a pacientes VIH positivos y a hombres gay y bisexuales que fueron rechazados en clínicas y hospitales debido a la discriminación. Estas lesbianas también brindaban cuidados paliativos a pacientes VIH positivos que habían sido abandonados por sus familias y morían solos por complicaciones relacionadas con el sida. Además, las lesbianas también brindaron educación muy necesaria sobre el VIH al público en general y desempeñaron un papel especial en la difusión del VIH entre las mujeres, y en particular entre otras lesbianas, en una época en que el VIH se consideraba una enfermedad que solo afectaba a hombres que tenían sexo con hombres.

Al igual que los gentiles y los judíos del siglo I, antes de la epidemia del sida, los hombres gay y las mujeres lesbianas no siempre se veían positivamente. El sexismo entre los hombres gay a veces conducía a un trato negativo hacia las lesbianas y, por lo tanto, generaba una falta de confianza en los hombres gay por parte de estas mujeres. Estos patrones a veces conducían a una falta de solidaridad entre los grupos, incluso en cuestiones políticas clave o en respuesta a experiencias similares de discriminación, debido a sus diferencias culturales y de género. El hecho de que las lesbianas se presentaran y cuidaran a estos hombres con tanta valentía y constancia en su momento de crisis, incluso después de haber sufrido un trato negativo por parte de algunos de ellos, demostró verdadera generosidad y una claridad moral excepcional. Mencioné al principio de este artículo que una abrumadora mayoría (el 81%) de los estadounidenses cree que nuestra nación está más dividida que unida en cuanto a nuestros valores más importantes. Me pregunto cuál habría sido esa estadística entre judíos y gentiles en el primer siglo, o entre lesbianas y hombres gays en la década de 1980. ¡Incluso María y Marta estaban divididas en cuanto a sus valores sobre cómo mostrar la mejor hospitalidad a sus invitados!

Me pregunto cuál sería, para mí, el equivalente a cruzar esas líneas de diferencia con una bienvenida generosa. Si hubiera una epidemia que afectara principalmente a quienes votaran en contra de mis derechos y libertades como mujer queer, ¿lo dejaría todo para cuidarlos? Si quienes protestaran en los festivales del Orgullo cambiaran de opinión y pidieran unirse a mi comunidad religiosa, ¿los dejaría entrar? Debo admitir que no estoy segura.

Seamos claros: nadie debería sentirse presionado a relacionarse con personas que no son seguras o que le causarán daño personal. Cada persona tiene derecho a tomar decisiones sobre la seguridad de sus relaciones. Y, sin embargo, me pregunto cómo sería mi vida si, como Abraham, me esforzara por encontrar a desconocidos y ofrecerles lo mejor de mí. Si interrumpiera mis rutinas habituales para dar testimonio de la historia de un ser querido, incluso si otros pensaran que era una pérdida de tiempo. Si animara a mi propia gente a conectar con otros a pesar de las diferencias, confiando en que en una comunidad más amplia, una revelación compartida se manifestaría más plenamente.

A menudo tengo tan poca valentía en las relaciones y actúo de forma muy egoísta. Las lecturas de hoy me desafían a ir más allá de lo cómodo y familiar con la esperanza de ofrecer una acogida, hospitalidad y atención aún más radicales, más allá de los límites de mi tienda, hacia lo desconocido del mundo. Que juntos emprendamos este viaje con fe y amor.

—Allison Connelly-Vetter, 20 de julio de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Una cosa es necesaria”. 16 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,38-42)

domingo, 20 de julio de 2025
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Casi sin darnos cuenta, las actividades de cada día van modelando nuestra manera de ser. Si no somos capaces de vivir desde dentro, los acontecimientos cotidianos tiran de nosotros y nos llevan de un lado para otro, sin otro horizonte que la preocupación de cada día. Por eso es bueno que escuchemos las palabras de Jesús a aquella mujer tan activa y trabajadora: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas, y solo una es necesaria».

Agitados por tantas ocupaciones y preocupaciones, necesitamos tomarnos de vez en cuando un tiempo de descanso para sentirnos de nuevo vivos. Pero necesitamos además pararnos y encontrar el sosiego necesario para recordar de nuevo «lo importante» de la vida.

Las vacaciones tendrían para nosotros un contenido nuevo y enriquecedor si fuéramos capaces de responder a estas dos sencillas preguntas: ¿cuáles son las pequeñas cosas de la vida que la falta de sosiego, de silencio y de oración han agrandado indebidamente hasta llegar a matar en mí el gozo de vivir?, ¿cuáles son las cosas importantes a las que he dedicado poco tiempo, empobreciendo así mi vida diaria?

En el silencio y la paz del descanso podemos encontrarnos más fácilmente con nuestra propia verdad, pues volvemos a ver las cosas tal como son. Y podemos también encontrarnos con Dios para descubrir en él no solo la fuerza para seguir luchando, sino también la fuente última de la paz.

Recordemos la experiencia de «abandono en Dios» predicada con tanta hondura por el Maestro Eckhart y tan bellamente comentada por Dorothee Sölle: «No necesito aferrarme a mí, puesto que soy sostenido. No necesito cargar con el peso, porque soy soportado. Puedo salir de mí mismo y entregarme».

Cuando somos capaces de encontrar en Dios nuestro descanso y nuestra paz interior, la vacación se convierte en gracia. Tal vez una de las mayores gracias que podemos recibir en medio de nuestra vida tan agitada y nerviosa.

José Antonio Pagola

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” Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor”. Domingo 20 de julio de 2025. 16º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 20 de julio de 2025
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Leído en Koinonia:

Génesis 18, 1-10a: Señor, no pases de largo junto a tu siervo.
Salmo responsorial: 14: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?
Colosenses 1, 24-28: El misterio escondido desde siglos, revelado ahora a los santos.
Lucas 10, 38-42: Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor

El texto de la primera lectura nos presenta una escena familiar. Abraham, sentado ante la tienda, recibe la visita del Señor. Abraham lo recibe con hospitalidad. Dios lo premia con la fecundidad de Sara.

Tres rasgos fundamentales caracterizan el texto: la fe de Abraham al reconocer al Señor. La hospitalidad con que se recibe al Señor y la familiaridad de Dios con Abraham y su familia. Es un bello ejemplo de la relación y acogida de Dios por el ser humano, la única posible para caminar.

Volvemos a encontrar en la segunda lectura de hoy el pensamiento de Pablo sobre el misterio de Dios y su revelación por medio de la predicación y lo que Pablo aporta a esa revelación por el sufrimiento. Cristo revela la riqueza de Dios en la pobreza de la cruz y el apóstol será el distribuidor de la misma a hombres y mujeres.

Un primer comentario al evangelio de hoy:

Lucas nos presenta finalmente una anécdota perteneciente al fondo de las tradiciones recibidas por el evangelista en el círculo de sus discípulos, especialmente mujeres. Marta y María, hermanas de Lázaro, reciben en su casa al Señor.

El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la Palabra de Dios es todo, menos ocasional.

Nos encontramos con un cuadro familiar en el que Jesús visita en su casa a unas amigas suyas. Ellas, Marta y María lo reciben en su casa. Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio para atender al huésped, y Jesús la reprende porque anda inquieta “con tantas cosas”.. Marta no encuentra la colaboración de nadie. La hermana, en efecto, se ha sentado a los pies de Jesús y está ocupada completamente en la escucha de su palabra.

El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder, y por consiguiente la necesidad de sacrificar lo urgente a lo importante.

Pero el desfase en el comportamiento de Marta resulta, sobre todo, del contraste respecto a la postura asumida por la hermana. María, frente a Jesús, elige “recibirlo”, Marta, por el contrario, toma decididamente el camino del dar, del actuar; María se coloca en el plano del ser y le da la primacía a la escucha.

Marta se precipita a “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la palabra de Dios, por lo que corre el peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en su casa. María lo acoge “dentro de sí”, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por él, y que está reservado para él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.

Según el juicio de Jesús, María ha elegido inmediatamente, “la mejor parte” (que, a pesar de las apariencias, no es la más cómoda: resulta mucho más fácil moverse que “entender la palabra”). Marta, desgraciadamente, que no quiere que falte nada al huésped importante, que pretende llegar a todo, acaba dejando pasar clamorosamente por alto “la única cosa necesaria”. Marta reclama a Jesús, no sabe lo que él prefiere. El problema es precisamente éste: descubrir poco a poco qué es lo que quiere Jesús de mí. Por eso es necesario parar, dejar el ir y venir, y sacar tiempo para escuchar la Palabra de Jesús y comprender cuál es realmente la voluntad de Dios sobre mi vida.

Un segundo comentario al evangelio de hoy:

En el evangelio de Lucas el camino de Jesús a Jerusalén marca una progresiva manifestación del Reino. A medida que avanza va formando a los discípulas y discípulos en actitudes de misericordia, de abandono de las pretensiones de poder, y en la atenta escucha de la Palabra. En ese camino, al igual que los misioneros que han venido anunciando su presencia, Jesús es recibido por dos mujeres en una casa de familia.

Allí se topa con dos actitudes diferentes. Una de total atención y escucha, la otra, de afán por los quehaceres habituales y de distracción. El trajín de la vida cotidiana había atrapado a Marta y, probablemente, la había vuelto sorda a la Palabra de Dios. Ella recibe a Jesús pero no lo escucha. Aunque Jesús entra a su casa, ella lo deja por puertas. Jesús propone un plan encaminado a formar verdaderos oyentes de la Palabra -auténticos discípulos- que Marta no está dispuesta a atender.

María, al contrario, comprende bien el proyecto de Jesús y rompe con los prejuicios culturales de su época. En lugar de andar atareada con los oficios domésticos “propios de las mujeres” (las “labores propias de su sexo”, como se ha dicho y pensado durante tanto tiempo), se pone “a los pies del Señor para escuchar su palabra”. Este gesto, reservado entonces culturalmente a los discípulos varones, la acredita como discípula.

Marta, al fatigarse con el interminable trabajo de la casa, cuestiona la contradictoria actitud de María e interpela al Maestro para que “ponga a la mujer en su sitio”. Jesús le da una respuesta inesperada: felicita a María porque ha acertado en su elección y reprende a Marta por dejarse envolver en las preocupaciones cotidianas sin atender a lo importante. Efectivamente, María ha hecho la mejor opción, la única necesaria para ponerse en el camino de Jesús y ser su discípulo: ha decidido aprender a escuchar la Palabra y se deja interpelar por la presencia del Maestro.

En su camino Jesús va formando, pues, a sus seguidores en las actitudes indispensables para llegar a ser verdaderos discípulos. Una de esas actitudes es la de escuchar atenta y serenamente su Palabra. Actitud que exige romper con el ritmo loco e interminable de la vida cotidiana para ponerse, serena y atentamente, a los pies del Maestro. Esta elección que a los ojos de la eficiencia puede parecer superficial e inútil, es una condición fundamental para llegar a ser un auténtico discípulo.

Nosotros hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los medios proporcionados por la tecnología para ahorrar tiempo… también multiplican las ocupaciones y acaban haciéndonos caer en un activismo desenfrenado. Y el exceso de preocupaciones nos lleva a olvidarnos de lo fundamental…

Nuestro cristianismo se convierte así en un tímido cumplimiento de algunas obligaciones religiosas, sin espacio para la escucha de la Palabra. Se nos exhorta, se nos bombardea continuamente con mensajes que nos invitan a ser “eficaces, productivos y competitivos”… Pero con Marta y María, Jesús nos interpela y nos llama a respetar la jerarquía de valores y a poner en su sitio la “opción por lo fundamental”: ponernos a sus pies y escuchar su palabra. Jesús nos invita a que nuestro cristianismo sea un verdadero discipulado.

Para aprender la lección del Maestro, debemos formarnos en la escucha atenta de la Palabra en la Biblia y en la vida. La Biblia no puede permanecer guardada en un cajón mientras nosotros nos ahogamos en el interminable torbellino de los quehaceres cotidianos. La Palabra de Dios está hecha para caminar con nosotros paso a paso, día a día, minuto a minuto. Para enseñarnos a vivir en comunidad la solidaridad que hace efectivo aquí y ahora el reinar de Dios. Para ayudarnos a escuchar la Palabra que Dios nos dirige en la difícil realidad de nuestros pueblos: en las inhumanas condiciones de las grandes ciudades, en la soledad y el aislamiento de los campos. Debemos pues optar por las actitudes que nos conviertan en verdaderos discípulos de Jesús y auténticos cristianos. Leer más…

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20.7.25 Marta y María, iglesia de hermanas. Lamento de Ratzinger

domingo, 20 de julio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

El volumen 3 de Obras completas de J. Ratzinger contiene una serie de trabajos de juventud sobre sobre iglesia y fraternidad. En uno de ellos, el futuro papa lamenta la falta de fraternidad de la iglesia de la iglesia post-constantiniana. Así decía Ratzinger:

La Iglesia en su conjunto no se siente ya como fraternidad, sino que se constituye como sistema jerárquico y escalonado de parentesco espiritual. En esa línea, sólo aparecen como hermanos los miembros de la jerarquía, que se apropian así de una dignidad que en principio es de todos los creyentes. De esa forma, los obispos se llaman «hermanos» entre sí, mientras que conciben al resto de los cristianos como «hijos espirituales». Por su parte, los monjes se dicen hijos del abad; el Papa es mirado como padre espiritual del emperador bizantino y, a partir de Carlomagno, del emperador de Occidente.

| Xabier Pikaza

Así seguía diciendo Ratzinger: Estrechamiento de la fraternidad. Se expresa y confirma a partir del siglo III d.C., de manera que sólo se llaman hermanos los miembros del clero o de una comunidad monástica. La conciencia de fraternidad que tenía la Iglesia primitiva, se repliega y aplica sólo a una élite de Iglesia…. De esa manera, el resto de los fieles aparecen como cristianos inferiores, frente miembros del “estado superior de la Iglesia”, que son los Padres obispos y los superiores de la vida religiosa. Para decirlo brevemente, ha surgido así una situación que, hasta el momento actual, no ha podido ser superada (cf. J. Ratzinger, Fraternidad. Obras completas 3,  BAC, Madrid 2014.)

Texto clave: Lucas 10, 38-42. 

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»

Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán»

Lucas, una casa de hermanas (Lc 10, 38-42)

            Mateo había destacado la fraternidad de la Iglesia, como familia mesiánica que resuelve en comunión sus problemas, sin jerarquías superiores, en apertura a los necesitados. En un sentido convergente, Lucas ha desarrollado muchos textos de fraternidad tanto su evangelio como en Hechos. Entre ellos he querido comentar uno, que evoca el sentido y tarea de dos hermanas en la iglesia.

  1. Dos hermanas, una casa. Organizar la sororidad.

Yendo de camino con sus discípulos, Jesús “entró en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió…”.  Marta es una persona concreta, pero, al mismo tiempo, es figura de la comunidad, un signo importante de la Iglesia o del grupo de aquellos que acogen a Jesús en su casa, en su familia. Frente a una aldea de los samaritanos que no han recibido a Jesús (Lc 9, 52-56) y a diferencia de las poblaciones de Galilea que no le han  escuchado (10, 13-16), Lucas destaca el ejemplo de dos hermanas que le reciben:

 Marta tenía una hermana,  y su relación con Jesús va a quedar matizada por ella, de manera que ambas aparecen vinculadas (y enfrentadas) por causa de un hombre o de una tarea que deben realizar. Este modelo de amigas-hermanas rivales ha tenido una importancia especial en la Biblia Hebrea, donde normalmente la causa principal del conflicto entre ellas no es la lucha por el amor del hombre (el hecho de que puedan compartir su amor, en un matrimonio polígamo), sino por la descendencia, pues sólo el hijo/heredero ofrece a la madre el estatuto de señora(gebîra), como aparece en toda la historia hebrea.

– Pueden ser hermanas en sentido familiar  de sangre(conforme quizá en Jn 11, donde  tienen un tercer hermano llamado Lázaro). Leído el texto así podemos suponer que María es más joven. No actúa como «dueña» de la casa (no es la que recibe a Jesús), aunque puede realizar y realiza una función importante. Parece subordinada (es hermana menor), pero da la impresión de que ocupa un lugar significativo en la vida (y corazón) del único varón de la escena. Es como si las dos mujeres se disputaran la atención de Jesús, cada una con lo que sabe hacer (una trabajando para él, otra escuchándole).

Es más probable que sean hermanas en sentido eclesial,miembros de la familia cristiana.  Ciertamente, la palabra hermano tiene a veces un sentido literal en Lc-Hech (cf. Lc 14, 26; 20, 28-29; Hech 12, 2; 23, 16), pero en otros casos ha recibido también un sentido más extenso: son hermanos los miembros del pueblo judío (cf. Hech 7, 2.26; cf. 9, 17) y de un modo especial los cristianos (cf. Hch 1, 15; 11, 29; 15, 3; 16, 2.40; 21, 7). Todo nos permite suponer que Marta y María son hermanas en ese último sentido, como creyentes con una responsabilidad especial en la iglesia. De esa forma, su relación  nos ayuda a entender los elementos y riesgos de la fraternidad en la familia cristiana.

Desde esa perspectiva más extensa de fraternidad(sororidad) pueden verse mejor las funciones que realizan. Es normal que en el fondo siga estando el símbolo de las hermanas carnales enfrentadas por un hombre (varón, amigo, esposo). Pero el mismo texto nos ayuda a superar ese nivel, como indican sus tareas. Marta realiza una función activa, al servicio de la casa (comunidad); María es, más bien, una discípula, sentada a los pies del Kyrios (10, 39), escuchando directamente su palabra (en contra de lo que supone 1 Cor 14, 34-35; 1 Tim 2, 11-12). Jesús aparece por su parte como Kyrios, lo que muestra que él no es un puro hombre histórico, amigo o marido discutido, sino el Señor pascual que está presente en la iglesia que le escucha. Pues bien, en este contexto, la Iglesia está representada por dos hermanas, amigas y  enfrentadas.

Hermanas distintas

            Es significativo que Lucas acuda a este modelo de hermanas enfrentadas para ilustrar las tensiones interiores de una familia/iglesia. El NT recoge el recuerdo de un enfrentamiento entre varones a causa de los primeros puestos o ministerios (cf. Lc 10, 46-48; Hech 6). Pero aquí estamos ante el signo de una disensión de hermanas dentro de una familia/comunidad (cf en cap. 2, historia de Jacob, cf. Gen 28-38):

Agar y Sara. Aparecen vinculadas, en planos distintos (una sierva, otra libre) al mismo marido (Abraham) cuyo favor quieren conseguir, por medio de un hijo que aparece como principio de dignidad y poder (y causa de disensión), tanto para una como para la otra. Esta historia ha sido «espiritualizada» por la tradición judía y cristiana, que ha visto simbolizadas en la esclava y la libre dos momentos o formas de la acción de Dios (cf. Gal 4, 21-5,1), pero sabiendo que en su fondo hay una disputa de familia.

Lía y Raquel. El mismo tema de las dos mujeres en torno a un varón reaparece en la historia de Jacob, con la particularidad de que aquí las dos hermanas son libres y se enfrentan entre sí (ellas y la sierva de cada una) disputando no sólo por los hijos sino también por el amor del mismo varón. Esa historia nos muestra el riesgo de lucha y ruptura entre hermanas en una familia o comunidad.

Caín y Abel. Tan pronto como Lucas dice que Marta tenía una hermana podemos esperar un conflicto (como en Gen 4, cf. cap. 1). Es normal que ellas se enfrenten, pero sin que una mate a la otra. En principio, el texto ha presentado a Marta como figura positiva,  signo de la iglesia. Pero a partir de aquí pone de relieve la figura de su hermana María, que tiene también una función importante en la familia-iglesia.

Reorganizaciòn de familia

Dentro del judaísmo es raro hallar mujeres «discípulas»; el hecho de escuchar y estudiar la Ley no parece propio de ellas. También la iglesia primitiva ha tendido a dar el monopolio de la Palabra a los varones. Pues bien, este pasaje nos sitúa ante una mujer que “escucha”, es decir, que recibe y acoge la palabra. Desde ese fondo se entiende la intervención de Marta, que toma la iniciativa y se queja ante Jesús, diciendo  que está fatigada porque su hermana le ha dejado sola ante el “trabajo”. Evidentemente, en un sentido ella tiene razón: la tarea podría y debería haberse repartido (y quizá el Señor debería acompañarlas, barriendo, fregando o cociendo comida…). Si ella, Marta, está dividida y distraída es por culpa de su hermana, centrada en la “palabra”.

María ha abandonado un tipo de trabajo, para escuchar a Jesús, apareciendo así como «desertora» de unas funciones de servicio que parecen propias de mujeres. En sentido general, podemos pensar que su actitud es positiva: Es una mujer liberada que puede dedicarse al cultivo de la Palabra, escuchando a Jesús. Pero eso significa que la carga de funciones y servicios (sociales, familiares) han de recaer sobre la espalda de su hermana. Parece que María escucha la Palabra a costa de Marta.

Marta se afana… porque le han dejado sola… La venida de Jesús  se ha convertido para ella en causa de un servicio que le cansa… Muchos han entendido ese servicio en línea de asistencia doméstica: limpiar, cocinar, servir la mesa… Pero el sentido principal de servir (diakonein, diakonía) en el NT y sobre todo en Lucas (Lc-Hech) no es atender a la mesa como hace un criado/a, sino realizar una tarea ministerial al servicio de la Iglesia (de Jesús, de su comunidad/familia).

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¿Afanarse o escuchar? . Domingo 16 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 20 de julio de 2025
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Vermeer, Marta y María

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, la parábola del buen samaritano terminaba con una invitación a la acción: «Ve, y haz tú lo mismo». Imaginemos que quien tenemos delante no es un pobre hombre apaleado y medio muerto, sino Jesús. Se ha presentado en la casa a mediodía. ¿Qué es más importante: afanarnos por darle bien de comer o sentarnos a escucharle?

            Como el evangelio va de invitación a comer, para la primera lectura se ha elegido la famosa escena en la que Abrahán invita a tres personajes misteriosos que llegan a su tienda.

            La preciosa miniatura que adjunto contiene todos los elementos del relato: la encina de Mambré, los tres hombres, representados como ángeles, Abrahán y Sara. El artista ha convertido la tienda de Abrahán en una casa, casi una iglesia. El texto nos ayudará a comprender mejor el evangelio.

Abrahán invita a comer al Señor (Génesis 18,1-10)

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo:

            ‒ Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo.

Contestaron:

‒ Bien, haz lo que dices.

Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo:

            ‒ Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza.

Él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.

Después le dijeron:

            ‒ ¿Dónde está Sara, tu mujer?

Contestó:

‒ Aquí, en la tienda.

  Añadió uno:

            ‒ Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

¿Cuántos son los invitados?

            Este breve relato ha supuesto uno de los mayores quebraderos de cabeza para los comentaristas del Génesis. Empieza diciendo que el Señor se aparece a Abrahán, pero lo que ve el patriarca son tres hombres.

            Al principio se dirige a ellos en singular, como si se tratara de una sola persona (no pases de largo), pero luego utiliza el plural (“os lavéis, descanséis, cobréis fuerzas). El plural se mantiene en las acciones siguientes (comieron, dijeron), pero la frase capital, la gran promesa, la pronuncia uno solo.

            En resumen, un auténtico rompecabezas, resultado de unir tradiciones distintas. No faltaron comentaristas cristianos que vieron en esta escena un anticipo de la Santísima Trinidad. Aunque la idea carece de fundamento serio, sirvió de base para una de las creaciones artísticas más maravillosas: el icono de Andréi Rubliov, pintado hacia 1422-1428.

            Hospitalidad

            La ley de hospitalidad es una de las normas fundamentales del código del desierto. El hombre que recorre estepas interminables sin una gota de agua ni poblados donde comprar provisiones, está expuesto a la muerte por sed o inanición. Cuando llega a un campamento de beduinos o de pastores no es un intruso ni un enemigo. Es un huésped digno de atención y respeto, que puede gozar de la hospitalidad durante tres días; cuando se marcha, se le debe protección durante otros tres días (unos 100 kilómetros). Esta ley de hospitalidad es la que pone en práctica Abrahán.

El menú, dos cocineros y un maître.

            Abrahán no se limita a hospedar a los visitantes. Entre él y su mujer, con la ayuda también de un criado, organiza un verdadero banquete con un ternero hermoso, cuajada, leche y una hogaza de flor de harina. A diferencia de las comidas actuales, no hay prisa. Pasan horas desde que se invita hasta que se preparan los alimentos y se termina de comer.

La cuenta

            Al invitado no se le cobra. Pero el huésped principal paga de forma espléndida: prometiendo que Sara tendrá un hijo. El tema de la fecundidad domina toda la tradición de Abrahán y se cumple a través de muchas vicisitudes y de forma dramática.

Marta invita a comer a Jesús (Lucas 10, 38-42)

            El texto del evangelio también se ha prestado a mucho debate. Este relato es exclusivo de Lucas, no se encuentra en Mateo, Marcos ni Juan.

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:

            ‒ Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.

            Pero el Señor le contestó:

            ‒ Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

¿Cuántos invitados a comer?

            En la historia de Abrahán resultaba difícil saber si los invitados eran uno o tres. El relato de Lucas nos deja en la mayor duda. Jesús siempre iba acompañado, no sólo de los Doce, sino también de muchas mujeres, como afirman expresamente Marcos y Lucas, citando el nombre de algunas de ellas. ¿Los recibe a todos Marta? ¿Se limita a invitar a Jesús? Las palabras “Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio” sugieren que no se trataba de un solo invitado. Pero la escena parece tan simbólica que resulta difícil imaginar la habitación abarrotada de gente.

El menú, y una cocinera sin ayudante

            No sabemos el número de invitados, pero sí está claro el de cocineras. Aquí no ocurre con en el relato del Génesis, donde Sara amasa y cuece la hogaza, mientras Abrahán colabora corriendo a escoger el ternero, dando órdenes de prepararlo, encargándose de la cuajada y de la leche.

            En la casa del evangelio hay también dos personas, Marta y María. Pero María se sienta cómodamente a los pies de Jesús mientras Marta se mata trabajando. ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Porque son muchos los invitados? ¿O porque Marta pretende prepararle a Jesús un banquete tan suculento como el de Abrahán, y le faltan tiempo y manos para el ternero, la hogaza, la cuajada y la leche?

            Desgraciadamente, ignoramos el menú. Según algunos comentaristas, las palabras que dirige Jesús a Marta, “sólo una cosa es necesaria significarían: “un plato basta”, no te metas en más complicaciones.

Dos actitudes

            El contraste entre María sentada y Marta agobiada se ha prestado a muchas interpretaciones. Por ejemplo, a defender la supremacía de la vida contemplativa sobre la activa, sin tener en cuenta que esas formas de vida no existían en tiempos de Jesús ni en la iglesia del siglo I. Entre los judíos de la época existían grupos religiosos con tintes monásticos (los esenios de los que habla Flavio Josefo y los terapeutas de los que habla Filón de Alejandría), pero Lucas no presenta a María como modelo de las monjas de clausura frente a Marta, que sería la cristiana casada o la religiosa de vida activa.

            El evangelio no contrapone pasividad y trabajo. Jesús no reprocha a Marta que trabaje sino que “andas inquieta y nerviosa con tantas cosas”. Esa inquietud por hacer cosas, agradar y quedar bien, le impide lo más importante: sentarse un rato a charlar tranquilamente con Jesús y escucharle.

            Todos tenemos la tendencia a sentirnos protagonistas, incluso en la relación con Dios. Nos atrae más la acción que la oración, hacer y dar que escuchar y recibir. Nos sentimos más importantes. La breve escena de Marta y María nos recuerda que muy a menudo andamos inquietos y nerviosos con demasiadas cosas y olvidamos la importancia primaria del trato con el Señor.

Marta-María y el buen samaritano

           Este episodio sigue inmediatamente a la parábola del buen samaritano, que leímos el domingo pasado. Los dos textos son exclusivos del evangelio de Lucas, y pienso que se iluminan mutuamente.

            La parábola del buen samaritano es una invitación a la acción a favor de la persona que nos necesita: ve y haz tú lo mismo.

            Para mantener la acción a favor del prójimo la mejor preparación es sentarse, como María, a escuchar la palabra de Jesús.

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Domingo XVI del Tiempo Ordinario. 20 julio, 2025

domingo, 20 de julio de 2025
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Según iban de camino, Jesús entró en una aldea…

(Lc 10, 38-42)

 “Según iban de camino…”, así empieza el evangelio de hoy. Nada más leer estas cuatro palabras tal vez nos surjan dos preguntas: ¿quiénes iban además de Jesús?, y de camino ¿a dónde?

Dos pistas a las que, sin duda, damos importancia en nuestra cotidianidad. El quién, el otro. Infinidad de veces buscamos a alguien, un culpable o un cómplice, pero alguien: ¿quién ha hecho esto?, ¿a quién se le ha roto un plato?… El «a dónde», el destino, la meta, el objetivo o como lo queramos llamar en cada situación.

¿Y qué pasa si como cristianas que somos nos tomamos la vida, nuestro paso por el mundo, como el camino hacia el banquete eterno?, ¿también queremos atajar para llegar antes?

Así vamos, queriendo “ahorrarnos” camino, trayecto y que lo que hay en él nos distraiga lo menos posible, que no desvíe nuestra atención tan bien dirigida a nuestro propio ombligo… y en el fondo, lo sabemos. Nos ponemos los auriculares a todo volumen y no escuchamos, fijamos la mirada en la pantalla del móvil, de la tablet o del libro que vamos leyendo y no vemos lo que hay ni quién hay a nuestro lado, si vamos en un trayecto largo en transporte público incluso somos capaces de simular que estamos durmiendo y no hablamos con la persona con la que compartimos asiento.

Jesús de Nazaret entró en una y en muchas aldeas, comió en una y decenas de casas con gente que sufría y que pasaba por épocas malas, habló, escuchó, miró, animó, curó a una y a un montón de personas, también se retiró del grupo para orar a solas al Padre una y mil veces. Todo esto lo hizo según iba de camino, sin prisas por llegar a su destino; interrumpía su marcha porque veía y escuchaba lo que ocurría a su alrededor. Disfrutaba del camino, disfrutaba de la vida. Algo me dice que Jesús también cantaba por ese camino, animando, alegrando y facilitando el caminar de quienes iban con él.

Oración

Ojalá, Jesús, aprendamos a disfrutar del camino. Y de la vida.

Ojalá, aprendamos a cantar por el camino como sólo tú, Señor, lo sabes hacer.

Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Debemos integrar en nosotros a Marta y María.

domingo, 20 de julio de 2025
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DOMINGO 16 (C)

Lc 10,38-42

Ya me gustaría tener una mayor capacidad de persuasión, porque vamos a tratar un tema crucial en toda verdadera espiritualidad. En todos los tiempos ha habido falsos místicos que se contentaron con meditar sin preocuparse por los demás. Y en todos los tiempos ha habido una falsa dedicación a los demás sin una verdadera meditación profunda.

Este relato lo narra solamente el evangelio de Lucas, pero encontraría un marco más adecuado en el de Juan. En Juan todos los relatos son simbólicos y es inútil buscar el ellos informaciones históricas de lo que pudo pasar. Esto pasa con el relato que comentamos.

Para interpretarlo correctamente el primer obstáculo es seguir pensando en una historia de dos hermanas. El relato es una parábola en toda regla. Marta y María son personajes que encarnan los dos aspectos de un verdadero seguimiento de Jesús.

La contemplación y la acción son dos hermanas. Pero además son gemelas, es decir, nacidas del mismo óvulo y, por lo tanto, idénticas. Pero es que, además, son siamesas, es decir, están unidas por partes esenciales de su cuerpo. Separarlas sería asesinarlas a las dos. Aunque a través de la historia del cristianismo se ha intentado separarlas con frecuencia.

No tiene ningún sentido haber sacado de este relato, una distinción entre la vida contemplativa y la vida activa. Mucho menos si, en vez de distinción, lo que se pretende es una oposición. Tampoco aparece por ninguna parte la pretendida superioridad de la vida contemplativa sobre la vida activa. Si son inseparables no puede haber superioridad.

Tampoco es correcto el interpretar este evangelio como fundamento para defender un cristianismo a dos velocidades: 1ª los de la vida contemplativa; 2ª los que se dedican a la vida activa. Parece que el primero que levantó esta falsa liebre fue Orígenes, y durante 18 siglos hemos seguido corriendo detrás de un señuelo de trapo sin entidad alguna.

Toda contemplación que se quede ensimismada en ella mismo sin empujar a la acción sería una ensoñación ilusoria. Y toda acción que no tenga su origen en una auténtica contemplación no pasaría de una programación que en nada enriquecería a la persona. En ningún caso puede haber una contemplación sin acción, ni acción sin contemplación.

El principal escollo para aceptar esta interpretación es que tenemos una idea equivocada de la contemplación. Pensamos que contemplar es cosa solo de místicos que adentran en experiencia sobrehumanas. Este es un error que tenemos que superar. Todo el que busca descubrir lo esencial de sí mismo en lo hondo de su ser, está contemplando.

Estas ideas no son novedosas. Al principio del S. XV, el Maestro Eckhart, explicando este pasaje del evangelio, lo dejó meridianamente claro. Decía que Marta aventajaba a María en el seguimiento de Jesús, porque María estaba aprendiendo, pero Marta estaba poniendo en práctica lo que ya había aprendido. Una intuición que pasó desapercibida durante siglos.

Para terminar una observación muy simple. La contemplación de la que aquí hablamos no consiste en un mayor conocimiento de las realidades trascendentes ni del mensaje de Jesús. Aquí contemplar significa bajar a lo hondo del ser y descubrir nuestra esencia.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El poder de la Palabra.

domingo, 20 de julio de 2025
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Lc 10, 38-42

«Sentada a los pies del señor, escuchaba su palabra»

Jesús es la Palabra, y la Palabra es la sabiduría de Dios ofrecida a los seres humanos. Para que alumbre a todos, Jesús deja la comodidad de Nazaret y se lanza a los caminos de Galilea. Le siguen los que se sienten necesitados de ella, y le acosan los sabios, los santos, los ricos y los importantes, que prefieren su propia sabiduría. Luego asume el compromiso de subir a Jerusalén para universalizarla, se enfrenta a los poderosos, lo prenden, lo torturan y lo crucifican. Pero, consciente de la necesidad de que la Palabra, es decir, la sabiduría de Dios, prevalezca más allá de su muerte, hace un testamento inequívoco y sus discípulos más cercanos lo asumen sin reservas: «Id por el mundo y proclamad la buena Noticia a todas las gentes».

Así, los primeros cristianos, unidos por la fe en Jesús resucitado y animados por el Espíritu, tienen conciencia clara de que su tarea misionera es fruto de la voluntad expresa de Jesús, y la desarrollan con arrojo y valentía. Y es tal la fuerza con que la proclaman, que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Mueren a millares, pero gracias a su compromiso y su sacrificio, nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer a Jesús y acceder a la Palabra veinte siglos después.

Y no solo gracias a ellos, porque a lo largo de la historia se ha creado una cadena de infinidad de cristianos que han trasmitido de padres a hijos esa herencia de valor incalculable que nos mueve a compartir y a perdonar; que nos humaniza y da sentido a nuestra vida; que nos señala, como ningún otro, el destino de la humanidad y el camino que nos lleva a alcanzar ese destino.

Pero nosotros (en posesión de nuestra propia sabiduría) hemos roto la cadena milenaria de transmisión de la Palabra, hemos dinamitado sus cauces, hemos hurtado a nuestros hijos el legado precioso del que nosotros hemos disfrutado, los hemos privado de los criterios que han dado sentido a nuestra vida y los hemos dejado a merced de los criterios del mundo.

¿Y por qué?… Quizá porque hemos renunciado a adoctrinarlespara no vernos señalados por una sociedad que se dice tolerante aunque es implacable con quienes discrepan. Quizás porque no nos apetece nadar a contracorriente y la corriente en contra nos arrastra. Quizá porque hemos relativizado la importancia de Jesús en nuestras vidas deslumbrados por otras sabidurías que nosotros mismos hemos puesto de moda. Quizá porque los encargados de proclamar la Palabra no están a la altura y no son capaces de ilusionar a nadie. Quizá porque pensamos que ya somos maduros e ilustrados y no necesitamos de los criterios de aquel carpintero crucificado hace veinte siglos. Quizá simplemente por pereza… pero el hecho cierto, indudable, es que con nuestra actitud hemos dado la espalda a la misión y hemos roto la cadena.

Y esto es un desastre de consecuencias impredecibles, porque supone renunciar al poder de la Palabra, que –incluso en los momentos más oscuros de la historia– ha sido capaz de mantener en el seno de las comunidades cristianas una enorme y bienintencionada multitud de creyentes que ha construido lo mejor de nuestra humanidad. Jesús, los criterios de Jesús, la Palabra, ha contribuido de forma decisiva a la formación de sociedades más justas, más compasivas, solidarias e igualitarias… y esto es lo que estamos poniendo en riesgo quizá sin ser conscientes de ello.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Elegir la mejor parte.

domingo, 20 de julio de 2025
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COMENTARIO AL EVANGELIO Lc 10, 38-42

Seguimos de camino con Jesús a través del evangelio de Lucas y, este domingo, nos encontramos con dos mujeres, hermanas, aparentemente en tensión y diferentes. Jesús está de camino y entra en una aldea donde una mujer llamada Marta le da alojamiento. Allí vivía también su hermana María y parece que se relacionan con él de manera diferente. Quizá no muy acertadamente se ha interpretado que detrás de estas mujeres nacen dos formas de seguir a Jesús; la vida activa, con un compromiso de proyección más social, activista y la vida contemplativa desde una dimensión más espiritual. Y nada más lejos de lo que entraña este texto, aunque tendría su coherencia desde otras claves.

El protagonismo de las mujeres en la vida de Jesús no es una moda que ahora se rescata. Cualquier persona que se acerca a su vida, narrada en los Evangelios y en los inicios del cristianismo, enseguida percibe una clara intención de liberar a la mujer y reconocer su dignidad en público, abiertamente, aunque suponga una ruptura con las tradiciones judías. Y uno de esos ejemplos es el evangelio que nos ocupa. Jesús se muestra libre y acepta la hospitalidad que le ofrecen dos mujeres que no parecen encajar en los roles de las mujeres del judaísmo.

En esta escena, como ya se ha indicado, Jesús entra en casa de una mujer llamada Marta. Si recurrimos al significado de los nombres bíblicos, Marta significa “señora” lo que podría llevarnos a pensar que es la dueña-señora de la casa y la que puede tener una actitud de hospitalidad con Jesús. De hecho, el texto dice explícitamente que esta mujer le dio alojamiento. No es la primera vez que Lucas habla de esta actitud de las mujeres con Jesús. En Lc 8, 2-3 se narra que había mujeres que acompañaban a Jesús y lo servían con sus bienes. Y hay que subrayar que es tremendamente revolucionario porque las mujeres judías no podían disponer de bienes, administrarlos y mucho menos decidir con quién compartirlos.

Pero hay otra mujer, llamada María, hermana de Marta, es decir, unidas por un vínculo sororal y que tiene otra forma de relacionarse con Jesús. María no habla, está sentada a los pies de Jesús escuchando. Dice el texto que Marta se queja porque no tiene ayuda de su hermana a lo que Jesús responde que es María quien ha elegido la mejor parte. Da por supuesto que María sí ha tomado la decisión de situarse así frente a Jesús. La queja de Marta, la tensión que expresa, conlleva un grito silencioso por sentirse condenada como mujer al servicio que le impone la presión de las creencias sociales, religiosas y patriarcales, aunque sea la dueña de la casa. Es lógico que se sienta sola, incómoda, porque el clima generado por Jesús es un espejo en el que se ve reflejado lo que supone elegir con libertad aquello que es esencial y no dejarse llevar por lo que otros y otras, la sociedad, la cultura, la religión, espera de las mujeres.

María se sitúa como una auténtica discípula, actitud subversiva y claramente provocadora. Las mujeres no podían participar en la sinagoga y mucho menos recibir las enseñanzas de la Torá.  No podían ser discípulas como lo eran los varones. Los rabinos nunca enseñaban a las mujeres porque la ley no lo permitía. María se muestra con una actitud de escucha radical y activa; está a los pies de Jesús, es decir, no hay nada que pueda interferir entre la Palabra de Jesús y su conciencia, no necesita mediadores, ni ritos, ni palabras mágicas para vincularse al Maestro. No se sitúa como una esclava que hace cosas compulsivamente y mendiga un poco de ayuda y reconocimiento. No. Es una persona que puede tomar decisiones por sí misma ya que, saber escuchar con toda atención y profundidad, es la madre de la libertad, el elemento primero para discernir y poder seguir la voz esencial, aquella que nos conecta con nuestra verdadera dignidad y nos permite avanzar con firmeza. Una vez más la palabra de Jesús es liberadora.

Casi nadie ya duda de que estamos asomándonos a una nueva era, a un cambio muy profundo en la humanidad, en la visión del ser humano, de la sociedad, de la economía, de la cultura, de la religión; se habla ya de un cambio de conciencia que no es sólo de visión sino de sistemas de referencias, incluso de sistema de funcionamiento cerebral. Casi nada ya se sostiene con los parámetros que han regulado la evolución humana. Estas dos mujeres, de la mano de Jesús, nos invitan a estar alertas, a no caer en un laberinto sin salida en el que los quehaceres propios de la humanidad llena de retos, nos aboque a una tierra de nadie donde salga lo peor de nuestra condición humana.

Se hace necesario estar alertas para que la dignidad que nos iguala a todos los seres humanos no sea enterrada bajo los escombros de una vida superficial y violenta. Nuestro momento histórico necesita de una sana sincronización entre la inteligencia artificial y el despertar de la inteligencia espiritual. Nuestras Martas y Marías. Y sí, claro que hay hambre de profundidad, de interioridad, de trascendencia, de escucha, de elegir la mejor parte como dice Jesús. Será, sin duda, esta dimensión profunda, bien vivida, la que nos libere de la ansiedad de nuestro ego y nos conecte con el anhelo de la vida auténtica de nuestro ser. Ojalá el cristianismo no pierda este tren y, como hizo Jesús de Nazaret, seamos cocreadores, cocreadoras, de una nueva humanidad donde las noticias sean que, por fin, hemos entendido que la dignidad humana es siempre una prioridad.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

20 de julio de 2025

 

Fuente Fe Adulta

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Somos Marta y María.

domingo, 20 de julio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 20 julio 2025

Lc 10, 38-42

Los humanos solemos ser dados a analizar y juzgar a los demás, mientras descuidamos conocernos a nosotros mismos. Con facilidad y rapidez colocamos etiquetas a los otros, mientras permanecemos lejos de saber cómo somos, por lo que ignoramos que, con mucha frecuencia, lo que percibimos en los demás habita también en nuestro interior.

No sé si Marta y María fueron dos personajes históricos, como tampoco sé si su comportamiento era tan opuesto como el texto -escrito con un evidente interés catequético- quiere poner de relieve. Lo que sé es que en cada una y cada uno de nosotros hay un personaje inquieto y nervioso, movido por la ansiedad, conviviendo con otro que anhela y es capaz de saborear la quietud y la paz del corazón.

Y ambos personajes (pequeños yoes) merecen nuestro respeto y nuestra atención. La inquietud o ansiedad puede ser una manifestación de nuestro niño interior herido, que reclama nuestro cuidado, o puede ser un mecanismo de defensa, es decir, un protector que, con las luces y la información de que disponía, ha tratado y sigue tratando de protegernos o de aliviar nuestro malestar, por lo que merece además nuestra gratitud.

Con ambos habremos de dialogar e integrarlos en nuestro puzle completo. Y podrá darse que, al hacerlo con la parte de anhela la quietud y la paz, terminemos por descubrir que no es solo otro yo más, entre tantos que nos habitan, sino que justamente en él se refleja nuestra identidad profunda, la quietud y la paz que somos, aun en medio de “oleajes” de todo tipo.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Marta y María: hospitalidad, hospicio, huesped, hospital: todo muy humano y cristiano

domingo, 20 de julio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Hospitalidad.

Las lecturas de hoy: (Génesis – Abrahán) y el Evangelio (Marta y María nos hablan de acogida y hospitalidad. Acogida y hospitalidad de Abrahám así como de Marta y María.

Abrahám recibe a aquellos tres hombres y les da lo mejor que tiene: les acoge en su casa, en su tienda, se sienta con ellos, les ofrece pan y carne. Abrahám era un hombre hospitalario.

Abrahám, atendiendo a aquellos tres hombres, estaba acogiendo a Dios mismo. Poéticamente se ha interpretado en la historia de la Iglesia, que las tres personas que Abraham acogía eran la Trinidad de Dios. (Como se dice en italiano: se non é vero, é ben trovato: si no es verdad, está bien hallado y dicho).

Pueda que tal afirmación -acoger a Dios- no sea de mucha precisión dogmática, pero sí de gran sentido cristiano.

Jesús nos dirá que cada vez que acogimos y dimos pan a un hambriento, o cada vez que visitamos y ayudamos a un enfermo, a un necesitado, a Él mismo se lo hicimos.

        Abraham fue hospitalario con aquellos tres hombres (con Dios). Lo mismo hacen Marta y María que acogen en su casa a Jesús.

Es una actitud noble, humana y cristiana saber acoger a los demás: en la vida familiar, en la amistad, en situaciones de dificultades, debilidad y sufrimiento.

02.- Corren tiempos de acogida.

        Siempre han habido migraciones. En la misma tradición bíblica se repite un cantus firmus: “no maltrataréis ni oprimiréis al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en Egipto” (Ex 22,21)”. Ya entonces, 1.350 años antes de Cristo, había desplazamientos migratorios.

+      En tiempos no lejanos -que muchos de nosotros hemos conocido- hubo mucha emigración por motivos políticos.

+      Por los años 1960’ muchos españoles, italianos, portugueses, turcos, yugoslavos, griegos, etc. emigraron a trabajar a países europeos…

+      En estos momentos estamos viendo y viviendo grandes movimientos migratorios: África, Latinoamérica, China, Ucrania, etc…

+      Estos mismos días entre nosotros un grupo de malienses (Malí) vive en la calle en el barrio de Amara.

La hospitalidad es anterior e infinitamente más importante que los “papeles” y que la legalidad o ilegalidad que permite -o no- una ideología, unos partidos, etc. La hospitalidad es muy anterior y más noble que la “pureza étnica”.

Sin embargo el Mediterráneo sigue siendo un cementerio. Algunas ideologías propugnan la “deportación” de los emigrantes; se construyen muros para que no se puedan traspasar fronteras. Se habla también por desgracia de que los inmigrantes atentan contra nuestra identidad étnica y nacional…

El ser humano, todo ser humano es “anterior” es más importante en sí mismo que su pasaporte, que el color de su piel y su religión, y merece un respeto.

Como seres humanos y como cristianos seamos conscientes de que siempre y en estos momentos más, corren tiempos y situaciones de acogida y de hospitalidad como Abraham, como Jesús, como Marta y María.

03.- Marta y María

Sería un reduccionismo hacer una competencia entre la acción y la contemplación, entre el trabajo y la oración, entre Marta y María…

Marta y María representan dos vertientes de la persona humana. Por una parte está el pensamiento, la ideología, la fe (María), por otra parte la acción, el trabajo, (Marta).

En la medida en que le es posible uno vive conforme a lo que piensa. Lo primero es el pensamiento, la ideología, la fe… Como consecuencia vendrá la actividad

De ahí que hemos de cuidar el pensamiento, la ideología, la fe.

El evangelista San Lucas pone el acento en que María ha optado por la mejor parte y la mejor parte es escuchar a Jesús. Lo decisivo es encontrar y escuchar a Cristo. Tal es la mejor parte. Luego ya vendrá la actividad.

La fe de una persona es aquello de lo que espera la salvación, el bienestar supremo. Muchas personas viven, -vivimos-, fascinados por la nación, por el dinero, la ideología política, por el placer, por el progreso tecnológico, el éxito social, la Iglesia, etc.

Si quieres saber cuál es tu fe y tu Dios piensa en lo que te fascina en la vida, aquello por lo que estarías dispuesto a darlo todo.

La fe tiene una cierta tonalidad contemplativa, extática (éxtasis, contemplación): uno queda sobrecogido y fascinado: en éxtasis. Es fe contemplativa y mística:

María ha escogido la mejor parte: JesuCristo.

Para el cristiano la mejor parte es Cristo.

04.- Seremos místicos o no seremos.

        Quizás ahora podamos captar mejor aquello que decía Rahner: el cristiano del futuro será místico o si no, no será.

Nuestras preguntas son muy clericales y de tipo pragmático: se puede no se puede hacer… está permitido o no… Y posiblemente por eso el mensaje eclesiástico no tiene ya mucho interés.

Escojamos la mejor parte.

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«Discipulado de mujeres en el tiempo de Jesús «, por Consuelo Vélez

domingo, 20 de julio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XVI Domingo del Tiempo Ordinario 20-07-2025

Jesús entra a casa de Marta y María y la situación que allí se da, es la del valor del discipulado

El texto no se refiere a dos tipos de vocaciones: activa y contemplativa, como tradicionalmente se ha entendido. El texto habla de un valor cultural: la hospitalidad (practicada por Marta) y un discipulado: estar a los pies y escuchar a Jesús (practicada por María). Esto último eslo que alaba Jesús

Que estas discípulas de Jesús animen nuestro discipulado, eligiendo la mejor parte -el reino- por encima de cualquier otra realidad

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra. Marta, que muy estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús:

– «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude».

Pero el Señor le respondió:

+ «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y, sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada»

(Lucas 10, 38-42).

Las figuras de Marta y María son bien conocidas entre los creyentes. Además, también se sabe que tienen un hermano llamado Lázaro. Sin embargo, pocos saben que es el evangelio de Juan el que se refiere a los tres, mientras que el evangelio de Lucas, que hoy consideramos, solo habla de Marta y María. Si tomamos en cuenta este dato del evangelio de Lucas, podemos pensar que Jesús entró a casa de Marta y María, es decir, no están bajo la tutela de un varón, como se esperaría en aquellos tiempos.

Marta recibe a Jesús, mostrando con ello uno de los valores culturales más importantes de aquel tiempo: la hospitalidad. Y esto es lo que le reprocha Marta a su hermana: no estar ejerciendo el servicio correspondiente a dicho valor. Por tanto, no debemos pensar solo en los estereotipos de género que atribuyen a las mujeres el oficio de ocuparse de la casa, sino pensar en un valor cultural que todos, varones y mujeres, debían practicar.

María, por el contrario, está sentada a los pies de Jesús, escuchándolo. Estas dos actitudes nos hablan del discipulado. Recordemos el pasaje en que la madre y los hermanos de Jesús van a buscarlo y él responde que su madre y sus hermanos “son los que escuchan la palabra” (Lc 8, 21). Es decir, la familia del reino ya no es la familia de sangre sino la del discipulado. Por otra parte, la actitud de estar a los pies, recuerda la actitud de otros personajes de los evangelios (la pecadora arrepentida (Lc 7, 38); el endemoniado de Gerasa (Lc 8,35); Jairo pidiendo la curación de su hija (8, 41); Pablo a los pies de Gamaliel (Hc 22,3), etc.). Esa actitud de sumisión, habla también de la persona que, en verdad, sigue al maestro, siendo verdadero discípulo.

La respuesta que le da Jesús a Marta por su reproche frente a la actitud de María, está entonces relacionada con la primacía del discipulado, sin que esto signifique critica a los valores de la época. Lo más importante es el seguimiento, la escucha a la Palabra de Dios, la dedicación de toda la persona al anuncio del Reino.

Algunas veces este texto se ha interpretado como dos tipos de vocación: la activa y la contemplativa y haciendo creer que la contemplativa tiene más valor ante Dios. Con lo dicho antes podemos ver que el sentido es otro: el discipulado supone escucha y la entrega de toda la vida a la misión encomendada. Ya depende de las configuraciones personales o institucionales que se realice con unas características u otras. Pero la santidad alcanzada es la misma -si hay esa primacía del discipulado- y es esto lo que Jesús alaba, figurado en este caso, en la persona de María.

Que estas discípulas de Jesús animen nuestro discipulado, eligiendo la mejor parte -el reino- por encima de cualquier otra realidad.

 (Foto tomada de: https://catedu.net/parroquia/media/blogs/a/congetmarta19.jpg?mtime=1563426607)

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