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Nunca te conformes con lo que has descubierto en ti.

domingo, 15 de noviembre de 2020
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bwgeyencaaamqv4Mt 25, 14-30

Mateo sigue con sus amonestaciones. Estamos en el tiempo de la comunidad, antes de que llegue el tiempo escatológico, que creían inminente. Cada miembro de la comunidad debe tomar la parte de responsabilidad que le corresponde y no defraudar ni a Dios ni a los demás. En tiempo de Mt, ya muchos se hacían cristianos no por convicción sino para vivir del cuento, sin dar golpe. Es curioso que las tres parábolas de este c. 25 hagan referencia a omisiones, a la hora de ponderar las consecuencias de nuestras acciones.

El talento no era una moneda real. En griego “tálanton” significa el contenido de un platillo de la balanza (una pesada). Era una cantidad desorbitada, que equivalía a 26-41 kilos de plata = 6.000 denarios; 16 años de salario de un jornalero. Para entender lo de enterrar el talento, hay que tener en cuenta que había una norma jurídica, según la cual, el que enterraba el dinero que tenía en custodia, envuelto en un pañuelo, no tenía responsabilidad civil si se perdía. Enterrar el dinero se consideraba una buena práctica.

Durante mucho tiempo se ha interpretado la parábola materialmente, creyendo que nos invitaba a producir y acaparar bienes materiales. De esta mala interpretación nace el capitalismo salvaje en Occidente, que nos ha llevado a desigualdades sangrantes que no hacen más que crecer, incluso en plena crisis. Una vez más, hemos utilizado el evangelio  en contra del mensaje de Jesús. Me gusta más la versión de Lc, en la que todos los empleados reciben lo mismo; la diferencia está solo en la manera de responder.

También sería insuficiente interpretar “talentos” como cualidades de la persona. Esta interpretación es la más común y ha quedado sancionada por nuestro lenguaje. ¿Qué significa tener talento? Tampoco es éste el verdadero planteamiento de la parábola. En el orden de las cualidades, estamos obligados a desplegar todas las posibilidades, pero siempre pensando en el bien de todos y no para acaparar más y desplumar a los menos capacitados. Para mayor “inri”, dando gracias a Dios por ser más listos que los demás.

Si nos quedamos en el orden de las cualidades, podíamos concluir que Dios es injusto. La parábola no juzga las cualidades, sino el uso que hago de ellas. Tenga más o menos, lo que se me pide es que las ponga al servicio de mi auténtico ser, al servicio de todos. En el orden del ser, todos somos idénticos. Si percibimos diferencias es que estamos valorando lo accidental. En lo esencial, todos tenemos el mismo talento. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro: por más carencias que sientas, puedes alcanzar la plenitud humana.

En todos los órdenes tenemos que poner los talentos a fructificar, pero no todos los órdenes tienen la misma importancia. Como seres humanos tenemos algo esencial, y otro mucho que es accidental. Lo importante es la esencia que constituye al hombre como tal. Ese es el verdadero talento. Todo lo que puede tener o no tener (lo accidental) no debe ser la principal preocupación. Los talentos de que habla el evangelio, no pueden hacer referencia realidades secundarias sino a las realidades que hacen al hombre más humano. Y ya sabemos que ser más humano significa ser capaz de amar más.

Los talentos son lo bienes esenciales que debemos descubrir. La parábola del tesoro escondido es la mejor pista. Somos un tesoro de valor incalculable. La primera obligación de un ser humano es descubrir esa realidad. La “buena noticia” sería que todos pusiéramos ese tesoro al servicio de todos. En eso consistiría el Reino predicado por Jesús. El relato del domingo pasado, el de hoy y el del próximo, terminan prácticamente igual: “Entraron al banquete de boda…” “Pasa al banquete de tu señor”. “Heredad el Reino…”. Banquete, boda y Reino son símbolos de plenitud.

Algunos puntos necesitan aclaración. En primer lugar,  el que no arriesga el dinero, no lo hace por holgazanería o comodidad, sino por miedo. El siervo inútil no derrocha la fortuna; simplemente la guarda. Debía hacernos pensar que se condene uno por no hacer nada. Creo que en nuestras comunidades, lo que hoy predomina es el miedo. No nos deja poner en marcha iniciativas que supongan riesgo de perder seguridades, pero con esa actitud, se está cercenando la posibilidad de llevar esperanza a muchos desesperados.

En segundo lugar, la actitud del Señor tampoco puede ser ejemplo de lo que hace Dios. Pensemos en la parábola del hijo pródigo, que es tratado por el Padre de una manera muy diferente. Quitarle al que tiene menos lo poco que tiene para dárselo al que tiene más, tomando al pie de la letra, sería impropio del Dios de Jesús. Dios no tiene ninguna necesidad de castigar. El que escondió el talento ya se ha privado de él haciéndolo inútil para él mismo y para los demás. Es algo que teníamos que aprender también nosotros.

Finalmente es también muy interesante constatar que, tanto el que negocia con cinco, como el que negocia con dos, reciben exactamente el mismo premio. Esto indica que en ningún caso se trata de valorar los resultados del trabajo, sino la actitud de los empleados. En una cultura en la que todo se valora por los resultados, es muy difícil comprender esto. En un ambiente social donde nadie se mueve si no es por una paga; donde todo lo que hace tiene que reportar algún beneficio, es casi imposible comprender la gratuidad que nos pide el evangelio. Si necesito una paga es que no entendí nada.

La parábola nos habla de progreso, de evolución constante hacia lo no descubierto. El único pecado es negarse a caminar. El ser humano tiene que estar volcado hacia su interior para poder desplegar todas sus posibilidades. Todo el pasado del hombre (y de la vida) no es más que el punto de partida, la rampa de lanzamiento hacia mayor plenitud. La tentación está en querer asegurar lo que ya tengo, enterrar el talento. Tal actitud no demuestra más que falta de confianza en uno mismo y en la vida, y por lo tanto, en Dios.

Lo que tenemos que hacer es tomar conciencia de la riqueza que ya tenemos. Unos no llegamos a descubrirla y otros la escondemos. El resultado es el mismo. No es nada fácil, porque nos han repetido hasta la saciedad, que estamos en pecado desde antes de nacer, que no valemos para nada, que la única salvación posible tiene que venirnos de fuera. Lo malo es que nos lo seguimos creyendo. El relato del camello que se negaba a moverse porque se creía atado a la estaca, aunque no lo estaba, O el león que vivía con las ovejas como un borrego más sin enterarse de lo que era es el mejor ejemplo de nuestra postura.

Todo afán de seguridades, nos aleja del mensaje de Jesús. Toda intento de alcanzar verdades absolutas y normas de conducta inmutables, que nos dejen tranquilos, carecen de sentido cristiano. Ninguna conceptualización de Dios puede ser definitiva; hace siempre referencia a algo mayor. Estamos aquí para evolucio­nar, para que la vida nos atraviese y salga de nosotros enriquecida. El miedo no tiene sentido, porque la fuerza y la energía no la tenemos que poner nosotros. Nuestro objetivo debía ser que al abandonar este mundo, lo dejáramos un poquito mejor que cuando llegamos a él, haciéndolo más humano.

Meditación

No hay un “yo” que posea un tesoro.
Soy, realmente, un tesoro de valor incalculable.
Solo hay un camino para poder disfrutar de lo que soy.
Poner toda esa riqueza a disposición de los demás.
Es la gran paradoja del ser humano.
Solo alcanza su plenitud cuando se da plenamente.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Multiplicar los talentos.

domingo, 15 de noviembre de 2020
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the-talents-god-gave-usUtiliza en la vida los talentos que poseas: el bosque estaría muy silencioso si solo cantasen los pájaros que mejor cantan. (Henry van Dayke).

15 nov. DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 25, 14-30. Se acercó el hombre que había recibido cinco bolsas de oro, le presentó otras cinco diciendo: Señor: Me diste cinco bolsas de oro y he ganado otras cinco.

Esta parábola invita a la diligencia y la fidelidad mientras se consuma el tiempo del Reino de Dios, pudiéndose afirmar que el punto de tensión de la parábola está en la escena de la rendición de cuentas a su señor.

Jesús denuncia la inconsecuencia de los que reviven el mensaje del reino y luego pretenden refugiarse en una seguridad estéril.

Sus discípulos tenemos que hacer fructificar los bienes del reino durante el tiempo que se nos ha concedido, lo que, para Mateo, es el tiempo de la Iglesia.

 

Quienes no hacen fructificar los bienes recibidos, aunque sea bajo el pretexto de colocarlos en un lugar se seguro, terminarán por perderlo todo.

Y de la misma manera, la comunidad eclesial debe estar alerta y vigilante para no caer en la comodidad y la rutina, y para preocuparse, no únicamente de incrementar los propios valores personales, sino también ayudando a los demás a conseguirlo.

Como decía el Ucraniano Rabí Baal Shem Tov (1688-1760): “El yo del hombre está en constante movimiento, y el mío sigue a los grandes para subir y atraer a los pequeños para elevarlos”.

Henry van Dayke (1852-1933) dice: “Utiliza en la vida los talentos que poseas: el bosque estaría muy silencioso si solo cantasen los pájaros que mejor cantan”.

De mi libro Poemas del viento:

CON MOCHILA A LAS ESPALDAS

La felicidad no es un destino,
es la actitud con que se viaja por la vida.

Y cuando yo entendí que era cierto,
me fui a viajar con ella por todos los caminos,
para ver cómo era.

Me crucé con el Dalái Lama,
y le pregunté por ella,
quien si detenerse me dijo:

“El propósito de nuestras vidas es ser felices”. 

Como llevaba prisa por encontrarla,
se continuó buscándola.

Era una invitación muy claramente
a aprender a cultivar mis talentos,
ya que ella es la mejor brújula de la conciencia,
que nos invita a crecer constantemente

¿No es este acaso el camino
que Jesús pedía que recorriéramos?

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Mª Guadalupe labrador: ¿Tomamos nuestras decisiones desde el agradecimiento por lo recibido o desde el miedo?

domingo, 15 de noviembre de 2020
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talentsMt. 25, 14-30

Cuando se escribe este evangelio, las primeras comunidades cristianas, están viviendo el tiempo de la espera del Señor. Jesús resucitado, “ha sido llevado al cielo” en lenguaje de Lucas (Hch. 1,11) y “volverá como lo habéis visto subir”. Hay quienes piensan que su retorno es inminente e incluso los que, tomándolo como pretexto, no trabajan, ni hacen nada… “se quedan parados mirando al cielo”.

Desde esta clave escatológica, que nos sitúa en actitud de vigilancia, de espera de alguien que viene, o mejor  que regresa, leemos la parábola de hoy. Es tan conocida y la hemos oído tantas veces que corremos el peligro de reducirla a las ideas de siempre. Vamos a hacer un esfuerzo por leerla como mensaje de Dios para mí, hoy; un mensaje que tiene algo nuevo que decirme.

Como a los empleados de la parábola, nos resulta fácil sentir que el Señor se ha ido, y nos ha dejado aquí solos…  ¡con la pandemia! Pero, también como ellos, tenemos dos realidades a las que agarrarnos. Por una parte los tesoros recibidos. Habitualmente designamos con la palabra “talento” una cualidad personal, una capacidad; sin embargo en la parábola de hoy, el talento era la medida de mayor capacidad que existía y se utilizaba para medir oro, plata y otros metales. Un talento llegó a tener la equivalencia de 6.000 denarios, es decir, el sueldo que podía recibir un trabajador a lo largo de unos 16 años. Era una cantidad increíble, desmesurada.

San Mateo quiso resaltar que los dones que Jesús les entregó antes de irse eran de un valor incalculable, y cuando volviera pediría cuentas del uso que habían hecho de ellos. Además tenemos la seguridad de su vuelta. Nos ha dicho que volvería: tenemos el encargo de esperarle.

Conscientes de ambas cosas nos planteamos, ¿qué dones hemos recibido y qué queremos hacer con ellos? ¿Cómo vamos a esperarle? Son las decisiones vitales que debemos tomar y de ellas nos habla la parábola. Nos muestra dos perspectivas:  a los que toman sus decisiones a partir de lo que el señor les ha dejado y al que decide desde el miedo. Es esencial que tengamos claro desde donde tomamos nuestras decisiones, qué nos impulsa a ellas.

De los que toman sus decisiones desde los dones o tesoros recibidos, nos dice el evangelio que “fueron enseguida a negociar con ellos”. No se paran a pensar lo que les falta, no se obsesionan con no perder lo recibido, salen raudos a sembrar, a negociar, a hacer crecer los bienes. Sin duda, luego vino la búsqueda de los caminos para hacerlo, el arriesgar lo que habían recibido, el tiempo y el esfuerzo invertido… Pero lo decisivo es que se pusieron diligentemente a trabajar con los talentos, mientras esperaban el regreso del señor. A trabajar con lo recibido, no en propiedad permanente, sino con lo que se les había encomendado temporalmente, conscientes de que cuando llegase les pediría cuentas. ¿Somos de esos? ¿Qué estamos haciendo con los dones y posibilidades recibidas?

Y a estos, nos dice el texto, el señor a su regreso los felicita:  «¡Muy bien!”.  Quizá nos sorprenda que no les felicite por lo que han hecho, por cómo lo han hecho o por lo que han ganado… sino que diga a cada uno: “eres un empleado fiel y cumplidor”. Una persona de fiar en lo poco a la que le puede encomendar algo más grande y definitivo y a la que invita a pasar a su banquete.

Entonces resulta que no estamos hablando de trabajo solo, sino de forma de vivir. Que no hablamos de su relación con los bienes encomendados, sino de su relación con el mismo señor.

El otro personaje es el que toma sus decisiones desde el miedo. ¿A qué tiene miedo? Según el texto, al mismo señor, al que le ha encomendado sus tesoros. Miedo a que las cosas no le salgan como el señor espera, a arriesgar lo recibido y perderlo, o quizá al esfuerzo y compromiso que suponga… Solo tiene un talento, pero es una cantidad inmensa. No tiene motivos para la envidia de los que recibieron cinco.

Muchas veces ponemos el acento en lo que nos falta, cuando lo que tendríamos que plantearnos es: ¿quién necesita lo que hemos recibido en abundancia? Olvidamos que, en muchos textos, el evangelio nos invita a sembrar abundantemente, aun en “terrenos pedregosos o llenos de zarzas”

Quizá hoy nos resulta fácil ponernos en su lugar y sentir que tenemos miedo, muchos miedos… es casi lo habitual. El miedo muchas veces nos paraliza, y nos lleva a tomar decisiones “raquíticas o egoístas”. Y lo grave es que a veces lo intentamos disfrazar de “prudencia”, como si nos mantuviéramos en la norma o en la fidelidad… ¿A qué tenemos miedo? ¿Qué decisiones estamos tomando en la vida desde el miedo? ¿Qué estamos enterrando, preocupados solo de no perderlo?

El evangelio muchas veces nos habla de derroche, de generosidad desbordante, de siembra abundante… Nos advierte que las decisiones que surgen del miedo nacen en sí mismas fracasadas. Desde el miedo renunciamos a crecer, a expandirnos, creemos que solo podemos preservar lo recibido, lo que ya tenemos. Pero no es así, lo que se entierra muchas veces se pudre, lo que encerramos bajo llaves para que no cambie, porque en algún momento fue valioso deja de serlo… Por eso desata la ira del señor, que le dice: No, tú no has cuidado y guardado lo que te encomendé, has dejado que se devalúe, que pierda su significatividad, que crezca, que sea útil para alguien… ¿Qué nos diría a nosotros?

Hemos recibido los tesoros del reino, los bienes que se nos han dado, no para guardarlos, no para enterrarlos, sino para sembrar agradecidos, para arriesgarnos a buscar modos creativos de hacerlos fructificar y comprometernos en ellos. Este tiempo, mientras el Señor vuelve, es el tiempo del que disponemos para hacerlo.

El evangelio de hoy nos invita a actuar, a mantener un modo de espera marcada por lo recibido, no por el temor. A superar el miedo con la esperanza de su retorno y la confianza en su juicio misericordioso. A esperar atentos el regreso del Señor, porque su presencia, entrar con él en su banquete es, con mucho, lo que más deseamos… la decisión última que nos mueve a tomar cualquier otra decisión.

Mª Guadalupe labrador Encinas. fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Gratuidad versus mérito

domingo, 15 de noviembre de 2020
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Cascada-amp.Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

15 noviembre 2020

Mt 25, 14-30

La conocida como “parábola de los talentos” se ha interpretado con frecuencia en clave de mérito y recompensa, desconociendo así uno de los ejes básicos del mensaje de Jesús: la gratuidad.

  El esquema –don/esfuerzo/recompensa– resulta muy familiar al ego: te dan algo, tú lo haces producir y con ello obtienes una recompensa. Se halla tan arraigado en nuestra mente, desde las primeras experiencias infantiles, que no es extraño que alcance a todos los ámbitos, incluido el religioso, donde ha dado lugar a un religión del cumplimiento y mercantilista.

   Pero, como acabo de decir, ese esquema no casa con la enseñanza de Jesús, tal como se pone de manifiesto, por ejemplo, en la parábola de “los trabajadores de la viña” (Mt 20,1-16), donde los últimos reciben exactamente lo mismo que los primeros.

   Ello me hace pensar en la probabilidad de que en este relato haya intervenido la mano de algún glosador que rehiciera una parábola original, para poner el acento en la necesidad del mérito para hacerse acreedor de la recompensa divina. De ese modo, la parábola habría quedado “moralizada”.

  Me parece más acertado pensar que, en su forma original, el foco se colocaba en la necesidad de “no esconder” el talento. Con lo cual, el mensaje es luminoso: todo es don, que en cada persona adquiere una tonalidad propia y se expresa de manera única. Basta acogerlo y dejarlo vivir para que se multiplique. Todo lo recibido –pura gracia–, cuando no nos apropiamos de ello, pasa a través de nosotros y produce el fruto adecuado. Lo cual requiere situarse como cauces limpios y desapropiados, que no buscan recompensa, sino que sencillamente son movidos por la propia fuerza del don que busca desplegarse.

  Así leída, esta parábola, como tantas otras, resulta provocativa, hasta el punto de hacer saltar nuestros esquemas habituales, que advertimos con facilidad cuando tenemos en cuenta las tendencias del ego: por un lado, suele tender a apropiarse y controlar para obtener el resultado apetecido o la recompensa soñada; pero, por otro, cuando es atrapado por el miedo al fracaso, tiende a negar el don, escondiéndolo o negándolo.

  Frente a las trampas del egoapropiación, control, miedo, ocultación–, la parábola constituye un canto a la gratuidad y a la confianza. Y es entonces cuando es posible experimentar que todo cambia cuando te entregas, todo fluye cuando lo sueltas, todo llega cuando es su tiempo, todo sana cuando aceptas. La gratuidad asumida siempre se traduce en desbordamiento de fruto.

¿Vivo la gratuidad?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El Dios de algunos católicos fanáticos es muy justo, porque castiga a los malos y a los buenos en cuanto se descuidan

domingo, 15 de noviembre de 2020
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talento2Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. Parábola. ¿Ajuste de cuentas?

Escuchamos hoy esta parábola de los talentos, que es eso, una parábola y no la contabilidad de una sucursal bancaria.

         Este texto, como todas las parábolas, lo hemos de leer no con una mentalidad de rendición exacta de cuentas, ni tan siquiera como una parábola moralista, sino con una mentalidad poéticamente amable, llena de gracia.

Jesús nunca creyó ni nos presentó a Dios como alguien, que funciona por intereses y rentabilidad. El Dios de Jesús no es un señor duro y rencoroso, que recoge donde no siembra. El Dios de Jesús, nuestro Dios es bondad, acogida, compasión y misericordia.

(Había un cura que decía aquello de que: “el Dios de los católicos es muy justo, porque condena a los malos y a los buenos en cuanto se descuidan”).

¡Cuántas veces nos ha dicho Jesús: no tengáis miedo, no perdáis la calma!

  1. Lo que Dios nos da no es dinero, no tan siquiera hay que contar los talentos por cualidades o dones, sino que el talento de Dios es son su amor.

         Los bienes, los talentos no son cosas, ni tan siquiera cualidades o capacidades, sino lo que Dios nos regala es su amor y su gracia. Dios nos quiere a todos.

  1. El amor se multiplica.

         Lo que se multiplica no son las cosas. Me diste 1.000 euros, aquí tienes otros mil.

Los dos primeros criados de la parábola multiplican lo que Dios les ha dado y ellos han experimentado: el amor. Quien no ama, no construye, más bien destruye y se destruye, entierra su vida. Quien no ama, queda fuera, está fuera de sí, fuera de la comunidad, fuera de Dios.

  1. El problema es el miedo.

La clave de interpretación de esta parábola es el miedo.

Tuve miedo … (v 25) dice el tercer criado, porque sabía que eres un hombre duro. Este pobre hombre tenía la imagen de un Dios duro, justiciero. Curiosa y desgraciadamente se repite la misma expresión de Adán en el paraíso después del pecado: tuve miedo (Gn 3,10). Y también -penosamente- Adán se sigue repitiendo en la historia y hoy: tenemos miedo de Dios, tememos a Dios. Dios es un peligro para muchas personas religiosas.

         El problema es el miedo.

         Este tercer empleado, también hijo de Dios, tiene miedo porque tiene la imagen de un Dios bancario, justiciero al que hay que tener miedo y “tener a raya”. La imagen que el tercer empleado es la un Dios peligroso, temible. “Dios es peligroso”.

         Mientras tengamos miedo a Dios no “produciremos” nada de nada, porque el miedo bloquea, paraliza, hace daño.

         El amor es fecundo, fértil, abierto, el miedo es una cerrazón egoísta, porque Dios es un peligro…

         El tercer criado, el que entierra el denario tiene una visión de un Dios de ese estilo justiciero: ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo?

         Pero el Dios de Jesús no es así, es Padre, Dios es amor (1Jn 4,8).

  1. Evangelizar es vivir y sembrar amor.

         Evangelizar, más bien adoctrinar, en el miedo y en el terror ha hecho mucho daño y ha dañado muchas psicologías y personas.

Una Iglesia que vive sembrando el pánico es una iglesia muy lejana del evangelio, más bien contraria al evangelio.

Por desgracia en muchos ambientes (incluida nuestra diócesis de San Sebastián) hoy en día se sigue predicando (catequesis) esta visión de un Dios terroristas, condenador

         Menos mal que el papa Francisco es un hombre que ha vuelto a un Dios de amor y habla de ese Dios con sencillez para la gente, para el pueblo llano y débil. Esta es la razón por la que es mal visto y perseguido por la gente religiosa partidarios del “palo y tente tieso” de un Dios rencoroso y duro. El papa Francisco cree en el Evangelio, en el Dios Padre, no pocos eclesiásticos creen en el señor duro de la parábola de los talentos.

         Las personas religiosas viven y siembran miedo, quien cree en JesuCristo vive en el amor. Los temperamentos religiosos y fanáticos pululan en el miedo y la angustia. El creyente (fe) en JesuCristo vive confiado en el amor, no es creyente porque tiene miedo, sino porque tiene amor.

  1. Siervo bueno y fiel. Siervo malvado.

         No se trata de que unos criados fueron buenos gestores de la Kutxa y el tercero un hombre poco rentable.

         Uno es siervo bueno y fiel porque siente, percibe en sí la bondad de Dios, se siente querido por Dios. No se trata de rentabilidad económica como en el capitalismo, sino que el asunto es que uno es bueno y fiel porque ha experimentado la bondad de Dios.

         La maldad, el siervo malo no es porque haya pecado, sino porque considera a Dios como duro y le tenemos miedo a Dios.

         Si no experimentamos bondad en la vida, no podemos multiplicar ni transmitir el amor de Dios.

  1. Solo el amor es digno de la fe.

         La gran y única cualidad (talento) cristiana es el amor, el sentirse querido por Dios. El amor es salvífico. El amor de Dios abre la profundidad de nuestro ser.

            Podremos tener deficiencias morales, deformaciones pero que nada tienen que ver con lo que Dios piensa del hombre moralmente.

            El problema no es el pecado, sino la ausencia de amor.

            Dios ama siempre y a todos.

 

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La iglesia, diez mujeres. Un sacerdocio de luz en la noche (Mt 25, 1-13)

miércoles, 11 de noviembre de 2020
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mujeres-768x383Del blog de Xabier Pikaza.

Con ocasión del evangelio del 8.11.20, publiqué un trabajo de tipo bíblico-teológico titulado. Las diez «vírgenes»: Parábola de amor y de aceite en la noche (Mt 25, 1-13). Retomo lo allí dicho, en la línea de mi Comentario de Mateo, para exponer en ese fondo el sentido y tarea de la Iglesia, representada de un modo ministerial y espiritual por las diez «mujeres» de la parábola.

Este pasaje (Mt 25, 1-13) ha sido bastante manipulado al servicio de una visión, patriarcal de una Iglesia que, como decía el Cardenal Congar en su Diario (quizá con algo de exageración), sólo ha leído la Biblia al servicio de su estructura de poder

Con la institución del “año de la Biblia” (2020), el Papa Francisco ha querido cambiar esa actitud (Congar decía “obsesión”), a fin de que de la teología y la vida de la iglesia pueda volver al principio de la Biblia. En esa línea ofrezco una lectura básica de Mt 25, 1—13, mostrando que toda la iglesia (varones y mujeres) aparece simbolizada en la experiencia y autoridad de los/as diez «vírgenes» de esta parábola

09.11.2020

MT 25, 1-13. UNA INTERPRETACIÓN ABIERTA…  No digo feminista, pues el texto no es feminista ni machista, sino simplemente católico, es decir, “universal” Algo he pensado y escrito sobre el tema, sobre todo en mi  Comentario de Mateo, y así lo indicare de un modo telegráfico en los puntos que siguen:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.» Pero las sensatas contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.» Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos.» Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco.» Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

  1. Mt 25, 1-13, una parábola de Mateo. No la proclamó Jesús, pero recoge elementos importantes de su proyecto y mensaje. No trata sólo de una “vírgenes mujeres” (no varones), sino de todos los cristianos (varones y mujeres), como vírgenes (parthenoi), esto es, hombres y mujeres abiertos a la palabra, partiendo de María, la Madre de Jesús, desde una perspectiva radicalmente humana, en la que están incluidos todos los cristianos (cf. Mt 1, 18-25 y 2, 1-23. En esa línea, culminando el camino de María, estos/estas 10 vírgenes (parthenoi) de Mt 25, 1-13 son “toda la iglesia” (varones y mujeres) en clave de responsabilidad y amor, simbolizada por el aceite y la luz.
  2. Un tipo de iglesia posterior ha interpretado esta parábola en clave de “género”, desde una perspectiva que puede ser helenista y romana, pero q no es bíblica. Según ella, los/las 10 vírgenes serían solo mujeres, “amantes” de un Cristo varón…, y sometidas después (a lo largo de la historia de la iglesia, hasta el siglo XX) a un tipo de “jeráarquía” de varones (representantes de Jesús) a quienes ellas deben someterse. En la Iglesia habría, según eso, dos tipos de personas: varones-jerarcas (representantes de Cristo) y mujeres-vírgenes, bajo el cuidado de la jerarquía masculina, con obligación de sometimiento y clausura, en contra del evangelio. En este contexto, quiero decir que la interpretación práctica de esta parábola ha sido y sigue siendo, en gran parte, una desviación grave del evangelio la Iglesia según san Mateo.
  3. En contra de esa división, estas 10 vírgenes de Mt 25, 1-13, son toda la iglesia de Jesús…, varones y mujeres, sin diferencia esencial por su “sexo”. Todos los cristianos aparecen de esa forma bajo el signo de “mujeres que aman” y esperan al Cristo-Señor, que no es novio-masculino de mujeres, sino Nymphios Mesiánico, amor divino de hombres y mujeres, amigas-os/esposas-os/hermanas-os del Dios amor, representado en Cristo. Ciertamente, estos/as diez vírgenes tienen un “toque femenino”; ellos son la humanidad amante que está al fondo del Shema israelita (Dt 7,4-6), donde se pide amor y fidelidad por igual a varones y mujeres. Su virginidad no se entiende en forma ascético/sexual, sino en gesto de apertura y madurez de amor, en línea de evangelio.
  4. Todo intento de interpretar a estos 10 vírgenes como mujeres bajo la dirección y guía de un Cristo varón, y no como personas va en contra del evangelio de Mateo, que no cita la palabra clave de Gal 3, 28, pero que la supone: Ya no hay varón y mujer, pues todos sois uno en Cristo. Interpretar este pasaje de los/las diez vírgenes iría en contra sin incluir a los varones (de quienes se supondría que no están llamados al aceite y luz del amor de Cristo…) va totalmente en contra del evangelio “católico” de Jesús. Varones y mujeres están llamados por igual a la espera y amor del Cristo-amor” (Cristo esposo/esposa). Estos diez “vírgenes” son simbólicamente toda la iglesia.
  5. Todos los cristianos, varones y mujeres, han de ser vírgenes, como María, en la línea de Is 7, no en sentido sexual de género, sino en gesto y camino fundante de apertura al amor de Dios y a su revelación, como la Madre de Jesús y como las mujeres de la pasión y resurrección de Jesús (Mt 27-28). A diferencia de lo que se dice en Mc 16, 1-8, estas mujeres de Mt 28, 1-20 no sólo han recibido el mensaje del ángel de la pascua, sino que han acogido y visto al mismo Jesús, proclamando su mensaje en el principio de la iglesia (siendo creadora de la iglesia, pero no sólo para ellas, como mujeres, sino para todos los varones y mujeres, como “parthenoi” representantes de toda la Iglesia en Mt 25, 1-13).
  6. De un modo consecuente, en el conjunto del evangelio de Mateo (tanto en el Sermón de la Montaña, Mt 5-7, como en los discursos eclesiales de Mt 18 y M 23) no hay diferencia ente varones y mujeres… No hay una ética de mujeres y otra de varones (como en el tratado Nashim, mujeres, de la Misná), ni jerarquía de varones y otra de mujeres… Todo intento de entender a los/las parthenoi de Mt 25, 1-13 como mujeres sólo para un tipo de intimidad en amor, dejando el resto de tareas oficiales de la iglesia en manos de varones para la jerarquía resulta imposible y absurdo en el evangelio de Mateo. No hay hombres/jerarcas de iglesia sin amor de bodas, ni mujeres/vírgenes sin autoridad evangélico. Todo lo que dice el evangelio lo dice para todos/todas.
  7. Estos/estas 10 vírgenes son por tanto toda la iglesia (varones y mujeres), y sus signos de aceite y luz, que no son una señal exclusiva de intimidad de novia, sino el signo y tarea más honda de la identidad cristiana (entendida desde el ritual judío de la luz del templo…). Ciertamente, hay un “aceite individual” de buenas obras y luz individual, pero en la línea del culto judío, aceite y luz son el culto más hondo de la comunidad, representada por la Menorah, que es la gran lámpara de Dios, la de los siete brazos… Cada uno de esos diez varones/mujeres son expresión de la comunidad entera, del gran culto del templo, centrado en la Monorah, del culto de vida de la iglesia cristiana. Estos/estas son los “celebrantes” de la nueva alianza, en la línea de la carta a los Hebreos. Todo intento posterior de reservar la “animación” del culto cristianos a los varones va en contra de una lectura integral de Mt 25, 31-46.
  8. Estos/estas vírgenes son (representan) la jerarquía fundante de la Iglesia… que no es institución de poder sagrado sobre otro, sino autoridad personal expresada en el aceite/luz que alumbra mientras unos y otros (unas y otras) seguimos esperando la culminación de amor de Dios en el Cristo/Esposo (amor, amigo) de todos. En ese sentido, esta parábola no trata de lo que pasará al final, cuando venga el Cristo/Esposo definitivo, sino lo que esta pasando ahora, en una noche que parece larga o vacía, pero que está llena de la luz de esperanza de amor de varones y mujeres…
  9. No olvidemos ésta es una parábola, una palabra para sentir, pensar, comprometerse…Una palabra que queda abierta y que ha de ser interpretada en la vida de la iglesia. Pues bien, una jerarquía eclesial de varones ha interpretado mal esta parábola; y por eso ella tiene que volver al evangelio (como quiere el Papa Francisco)  No se trata de que esta tarde (mejor que mañana) Francisco diga: La mujeres pueden ser “sacerdotes”, igual que los varones, fifty/fifty, a 50%, aunque eso no estaría mal. Se trata, más bien, de recrear desde el fondo lo que quiere esta parábola, que trata del “sacerdocio de la vida/amor” (aceite, luz…); se trata de aplicarlo de una forma personal y social, al conjunto de la Iglesia Se trata de empezar a leer la Biblia desde su origen… Evidentemente, iniciado este camino, la iglesia tendrá que abandonar con vergüenza y gozo su machismo impenitentes, para instituir con Mt 25, 1-13 el ministerio y tareas de aceite y luz, de amor de Cristo, abierto a todos, varones y mujeres, en forma personal y comunitaria.
  10. No pido nada… sólo empezar… Volver a la Biblia bien leída y recreada, como quiere el Papa Francisco, aunque pienso que él (y el Varicano en su conjunto) no está preparado para dar el paso necesario de evangelio. Francisco ha marcado el camino, pero no sé si se atreverá a seguirlo. Ha dicho “volvamos a la Biblia”, pero quizá no se ha dado cuenta de lo que eso significa. Por eso, tenemos que empezar por lo más simple, leer la Biblia, no hacernos los vagos… Leerla de verdad, y encontraremos textos luminosos como éste de los/las diez vírgenes que son a iglesia entera, como signo y camino de amor. Leer la Biblia y empezar a dar con ella unos pasos sencillos pero intensos, abierto, misioneros, de evangelio. Una vez que empecemos en serio todo seguirá como por sí mismo, pero ésta es una siembra de evangelio. Pero, vuelvo a decir: No olvidemos que es una parábola… y que el 50% de vírgenes necias y el 50% de prudentes es simbólico… Esa parábola está abierta. Ella nos dice hay un camino distinto, abierto a todos los hombres y mujeres… Por eso termina diciendo “velad”, velad y poneos en verdad en marcha en el gran camino de la noche de la espera de Jesús.

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“Antes de que sea tarde”. 32 Tiempo ordinario – A (Mateo 25,1-13)

domingo, 8 de noviembre de 2020
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Mateo 25, 1-13Mateo escribió su evangelio en unos momentos críticos para los seguidores de Jesús. La venida de Cristo se iba retrasando. La fe de no pocos se relajaba. Era necesario reavivar de nuevo la conversión primera recordando una parábola de Jesús.

El relato nos habla de una fiesta de bodas. Llenas de alegría, un grupo de jóvenes «salen a esperar al esposo». No todas van bien preparadas. Unas llevan consigo aceite para encender sus antorchas; a las otras ni se les ha ocurrido pensar en ello. Creen que basta con llevar antorchas en sus manos.

Como el esposo tarda en llegar, «a todas les entra el sueño y se duermen». Los problemas comienzan cuando se anuncia la llegada del esposo. Las jóvenes previsoras encienden sus antorchas y entran con él en el banquete. Las inconscientes se ven obligadas a salir a comprarlo. Para cuando vuelven, «la puerta está cerrada». Es demasiado tarde.

Es un error andar buscando un significado secreto al «aceite»: ¿será una alegoría para hablar del fervor espiritual, de la vida interior, de las buenas obras, del amor…? La parábola es sencillamente una llamada a vivir la adhesión a Cristo de manera responsable y lúcida ahora mismo, antes de que sea tarde. Cada uno sabrá qué es lo que ha de cuidar.

Es una irresponsabilidad llamarnos cristianos y vivir la propia religión sin hacer más esfuerzos por parecernos a él. Es un error vivir con autocomplacencia en la propia Iglesia sin plantearnos una verdadera conversión a los valores evangélicos. Es propio de inconscientes sentirnos seguidores de Jesús sin «entrar» en el proyecto de Dios que él quiso poner en marcha.

En estos momentos en que es tan fácil «relajarse», caer en el escepticismo e «ir tirando» por los caminos seguros de siempre, solo encuentro una manera de estar en la Iglesia: convirtiéndonos a Jesucristo.

José Antonio Pagola

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“¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!”. Domingo 08 de noviembre de 2020. 32º domingo de tiempo ordinario

domingo, 8 de noviembre de 2020
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55-OrdinarioA32Leído en Koinonia:

Sabiduría 6,12-16:Encuentran la sabiduría los que la buscan.
Salmo responsorial: 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
1Tesalonicenses 4,13-18: 
A los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él.
Mateo 25,1-13: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
En estos domingos «finales» del año litúrgico, los textos nos dirigen una invitación a reflexionar sobre el «fin» de toda existencia. Éste fin es considerado no sólo como la meta en que la vida adquiere realización o acabamiento, sino también como la meta del caminar histórico colectivo del ser humano y de la realidad toda. Semanas para contemplar este aspecto ineludible de nuestras vidas.

La primera lectura, del Libro de la Sabiduría, es un himno que canta los maravillas de la Sabiduría. Ésta sale al encuentro de quienes la buscan, de quienes la aman, y ella misma se muestra. La sabiduría es una cualidad, una manera en que Dios se manifiesta a quienes realmente le buscan. La única condición para que este encuentro se llegue a dar, es estar abierto a la sabiduría, buscarla; como se busca a Dios. (Importante darse cuenta de que la Sabiduría es presentada en este libro como «personificada», pero no «hipostasiada»: la personificación es simplemente una figura literaria, una forma de hablar).

Por su parte Pablo, en la carta a los Tesalonicenses, intenta responder las dudas de algunos hermanos que han ingresado hace poco a la comunidad. Estos hermanos consideran desfavorecidos a los difuntos porque iban a estar ausentes de la cercana venida del Señor. Pablo reafirma la enseñanza que él recibió. Los que murieron en Jesús estarán presentes con él en el último día. Ellos resucitarán en primer lugar y los que quedemos seremos llevados al Señor. Por que si creemos que Jesús murió y resucitó, Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús, pues para Pablo en el bautismo, expresión de conversión, nos sumergimos en la muerte del Señor para resucitar con él; así mismo quienes murieron con Cristo resucitan con él porque han participado del camino, del seguimiento, y la alegría por continuar anunciando la Utopía de Dios, que llamamos Reino. Terreno difícil para distinguir lo que es sustancia de nuestra fe –o de nuestra esperanza- sin confundirla con una cosmología o mitología del tiempo y de la cultura helenista que no era la de Jesús… teniendo en cuenta que la cosmología o representación de la vida y la muerte en la cultura de la sociedad en que vivió Jesús tampoco son para nosotros «Palabra de Dios»…

El evangelio del día de hoy nos trae la parábola de las diez vírgenes, prudentes y necias, que estaban esperando al novio. No dice a sus novios o a los novios. «El novio» designa a Jesús mismo (Mateo 9, 15). Y recordemos que el reino de Dios también es simbolizado con un banquete de bodas…

La parábola nos enseña que el final de cada persona depende del camino que se escoja, que de alguna manera, la muerte es consecuencia de la vida –prudente o necia- que se ha llevado. Muchachas necias son las que han escuchado el mensaje de Jesús pero no lo han llevado a la práctica. Muchachas prudentes son las que lo han traducido en su vida, por eso entran al banquete del Reino. De esta manera, la lectura del evangelio se enmarca en la preocupación de los cristianos recién convertidos de la comunidad de Tesalónica, Grecia, (los Tesalonicenses), la preocupación por el final de los tiempos.

La parábola es una seria llamada de atención para nosotros. “ustedes velen, porque no saben el día ni la hora“. No dejen que en ningún momento se apague la lámpara de la fe, porque cualquier momento puede ser el último. Estén atentos, porque la fiesta de la vida está teniendo lugar ya, ahora mismo. El Reino está ya aquí. Enciendan las lámparas con el aceite de la fe, con el aceite de la fraternidad, de la caridad mutua. Nuestros corazones llenos así de luz nos permitirán vivir la auténtica alegría aquí y ahora. Los demás, los que viven a nuestro alrededor se verán también iluminados, conocerán también el gozo de la presencia del Novio esperado. Jesús nos pide que nunca nos falte ese aceite en nuestras lámparas.

Ciertamente tenemos que aprovechar el momento presente, pero para construir fraternidad, no para buscar de manera egoísta nuestro propio bienestar. Las vírgenes necias pusieron otro aceite en sus lámparas: el que sólo sirve para alumbrar egoístamente nuestro camino. No pudieron entrar en la fiesta de la boda. Y si hubiesen entrado no hubiesen entendido absolutamente nada. En la fiesta de la hermandad los que sólo miran por su propio interés se aburren.

Sería bueno preguntarnos de qué tipo es el aceite que alimenta nuestras lámparas. Sería bueno examinar cómo trabajamos día a día para aumentar la intensidad de nuestro fuego, y de nuestras reservas. ¿O acaso desperdiciamos las ocasiones de crear fraternidad, de amar y servir a los hermanos?

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Domingo 32 tiempo ordinario. El juicio de Dios en Mateo Dom 8.XI 20. Las diez «vírgenes»: Parábola de amor y de aceite en la noche (Mt 25, 1-13)

domingo, 8 de noviembre de 2020
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the-ten-virgins-debi-bondDel blog de Xabier Pikaza:

Se dice que todos hemos recibido (¿es cierto?) el mismo aceite, pero unos lo conservan, se enriquecen y se salvan, mientras otros lo malgastan, empobrecen y se pierden. Así parece suponer esta parábola, que evoca la comedia o tragedia de la vida, representada por diez muchachas que esperan de noche a su novio, unas con, otras sin aceite.

Esta es una imagen que parece injusta, injuriosa contra las muchachas (en disputa por un novio) y contraria al evangelio (las «buenas» no comparten su aceite…). Por ese fondo duro, por su toque de amor machista (10 novias para un novio en la noche), de división social y personal (necias/prudentes, ricas pobres) es una parábola para ser discutida y sacar conclusiones, como irá viendo quien siga. Mi exposición tendrá dos partes: Una más expositiva, otra más exegética. Buen domingo del aceite a todos.

1. PARTE EXPOSITIVA

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.
Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:

— ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: –Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.

Pero las sensatas contestaron: –Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:

— Señor, señor, ábrenos.Pero él respondió: — Os lo aseguro: no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.» (Mt 25, 1-13)

1. Una parábola conocida. Elementos comunes

Esta parábola de “vírgenes” necias y prudentes está contada desde el trasfondo de la historia de Israel… Quizá tiene un fondo que proviene de Jesús (que se ha referido, sin duda a las bodas del reino: cf. Mc 2, 18-22). Pero tal como aparece aquí parece obra del mismo evangelista (o de la escuela de Mateo) que ha creado un gran “retablo” escatológico, con temas vinculados a la culminación (o sentido más profundo) de la historia, a lo largo de Mt 25 (vírgenes, talentos, ovejas y cabras). Sus datos son bien conocidos, tanto en el AT como en el contexto del mensaje de Jesús:

Las diez muchachas (vírgenes) son signo de la humanidad entera, como esposa-amiga ante Dios, esperando las Bodas finales de la historia.

El aceite recibido (alumbrando en la alcuza de su propia vida) es el don de la existencia, la vida entera. Hombres y mujeres son “aceite” que alumbra en la medida en que se consume, haciéndose luz para sí mismo, luz para los otros.

La división (cinco necias, cinco prudentes), cinco y cinco, buenas y malas, prudentes y sensatas, es propia de gran parte de las “historias” de ese tipo. Tiene un fondo parenético, y sirve para insistir en la posibilidad del bien y del mal… y en la exigencia de conversión (para que al fin todas puedan ser buenas).

Malgastar el aceite, dar aceite…
–Puede entenderse en sentido personal (que es el más importante en la parábola)
— Pero también puede entender en sentido social y político (desde la perspectiva de nuestro tiempo, gran crisis del 2020, con países que parece que han perdido el aceite, con millones de pobres… con la sombra de la Covid 19, sobre novias y novios…

Amigas de la Novia, todas novias… el texto no lo pone de relieve, es parábola (no pura alegoría). Son la humanidad en busca de la plenitud de Dios, simbolizado no ya como Padre (Abba) sino como partner, amigo, esposo de la humanidad.

La tardanza es quizá signo del retraso de la “parusía” (la venida del Novio)… Es el paso del tiempo, es la noche… Todas se durmieron… Parece que el texto está evocando la muerte… Aquí no hay muchachas “vivas” cuando llega el esposo (como dice Pablo en 1 Tes). Todas se duermen, todas mueren en el gran “cementerio” (dormitorio) que es la vida humana…

Las muchachas duermen/mueren, pero su aceite queda… La buenas obras, la buena memoria, el valor de la vida… para el Esposo

2 Una parábola escandalosa. Principios

Resulta escandalosa, por muchos motivos, y así la cuenta Jesús, para que la pensemos y pensemos nuestra vida.

a) ¿Han recibido todas el mismo aceite? La alcuza de aceite de una niña de Guinea no es igual que la alcuza de una chica de Kansas o Virginia. Unas parecen que vienen al mundo con mucho aceite, otras parece que no tienen nada. Sea como fuere, las muchachas llevan «lámparas» (lampadas) en la noche de la espera. ¿Se podrá decir que ellas mismas son lámparas, puras lámparas de Dios (de la vida), cuya función es arder y dar luz y se fuego?

b) Diferencia entre las novias. Externamente hablando, todas son novias de un esposo polígamo, que va a casarse, al mismo tiempo, con diez o con aquellas de las diez que sean prudentes. ¿O son sólo simples compañeras/asistentes de la Novia, que aquí no se presenta? La imagen del esposo polígamo de diez muchachas que esperan en la noche puede evocar quizá el signo del Dios distinto y universal, Dios esposo/esposa de todos los seres humanos. Pero el tema de fondo no es la poligamia, sino la diferencia entre las novias: ¿Vienen todas con el mismo aceite?

c) En otro plano, es una parábola machista: El novio viene, como dueño y señor, las novias aguardan… ¿Por qué son chicas que esperan al novio-señor y no chicos que esperan a la Novia/Diosa, la divinidad materna y total, novia infinita y personal de cada uno de los seres? ¿Cómo superar la imagen masculina y pasar a la imagen/experiencia total de de un amor de fuego que arde y emociona y enamora…?

d) Como la “parábola de la hormiga y la cigarra… Éste es un tema que aparece en muchas tradiciones de oriente y occidente. Unos malgastas, otros guardan el aceite… ¿Es bueno siempre guardar? ¿No será bueno arriesgar y gastar? ¿Cómo han perdido las necias el aceite? ¿Lo han malgastado en borracheras y cenas?

— Alguien podría decir que las «necias» han perdido el aceite porque se lo han robado precisamente las llamadas prudentes
— ¿No vivimos en un sistema donde se invita a malgastar… de manera que las «necias» han hecho simplemente lo que debían hacer?

e. ¿Es bueno que las “homiguitas” no presten a las necias su aceite? En contra de toda la enseñanza del evangelio, aquí se dice que las prudentes no deben dar aceite a las necias… ¿Por qué no comparten la luz, haciéndose luz todas, unas para otras, luz compartida para iluminar el camino del novio/novia universal? ¿O hay un aceite personal que no puede compartirse, pues cada uno tiene el suyo y debe guardarlo?

3. Una reflexión sobre el aceite

a) ¿De que aceite-luz se trata? ¿Tiene más luz una muchacha/estrella de la propaganda mediática, dueña de millones de barriles de petróleo, que una niña estellada de un país empobrecido, sin más riqueza que el hambre? Además, la luz que son las muchachas: ¿para qué sirve? ¿a quien dirige y guía? ¿Sirve para alumbrar al novio/novia que viene… o para dirigirles a ellas/ellos (novias en fiesta), a la humanidad que espera y camina con su propia luz en la noche de la vida, hacia el amor total que llega?

b) ¿Se puede hablar así de buenos y malos? Ésta es una parábola con buenos y malos, parábola extraña de muchachas necias y sabias…entre las que parece dividirse el mundo… ¿No se podría dar una respuesta compasiva, de manera que las prudentes ayudaran a las necias, para que al fin todas pudieran ser buenas…? ¿No podría traer el esposo/esposa su aceite y ponerla en las manos y en el corazón de cada una de las que esperan sin fuego ni luz, en medio de la noche? ¿No podríamos hablar de un esposo/esposa aceitero, que ofrece su propio combustible de amor infinito para todos/todas?

c) El gozo de la vida, a la espera de las bodas… Aquí se vincula luz con matrimonio, aceite con bodas. Éste es, por tanto, una parábola gozosa que habla de una luz que puede “alumbrar” la fiesta de las bodas, una luz que es el mismo brillo del amor que emerge allí donde unos seres humanos se aman y se encuentran en la noche y entran en su propio espacio luminoso, dándose la vida… Pero hay personas, vírgenes quizá necias, que no quieren bodas, sino líos y más líos… ir derramando el aceite “infinito” que piensan que tienen en muchos amores que pasan en la noche. ¿Se puede decir que en el fondo todas esperan, todos esperamos?

4. Una reflexión sobre la vida

a) Quizá la parábola evoque un amor personal y total, el amor de aquellos que esperan y el amor de los vienen, todos envueltos en luz… un amor hermoso, abierto a todos (todos reciben el aceite), pero también “arriesgado”, pues se puede perder y gastar el aceite de un modo equivocado, quedando al fin vacios. Estas bodas de luz están abiertas a todos, pero algunos se pueden perder (derramando en vano su aceite), malgastando la propia vida. Leer más…

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“Preparando el examen final”. Domingo 32. Ciclo A.

domingo, 8 de noviembre de 2020
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo…»

Se acerca el fin del año (litúrgico)

Nos acercamos al final del año litúrgico, que terminará el 22 de noviembre. Como si nos aproximáramos al final de curso y tuviéramos que hacer un examen, la Iglesia quiere que nos preparemos a fondo y con tiempo. Para ello, en estos tres últimos domingos del año (32-34º), se leen tres parábolas que se complementan: las diez muchachas, los talentos, el Juicio Final. Estas parábolas solo se encuentran en el evangelio de Mateo, que las añade con un fin muy concreto. El evangelio de Marcos termina la enseñanza de Jesús con el discurso sobre el fin del mundo. Era un final consolador, que promete la vuelta del Señor y nuestra victoria. Pero Mateo añadió estas tres parábolas, que animan a tomarse la vida muy en serio.

Un terremoto inesperado

             El 30 de octubre tuvo lugar un terremoto en el mar Egeo que afectó a Turquía y algunas islas griegas. Los cien muertos contabilizados hasta el día 2 de noviembre, si pudieran volver a la vida estarían plenamente de acuerdo con las palabras del evangelio: «Estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora».

Vigilar no es vivir angustiado

San Luis Gonzaga estaba un día jugando al frontón y le preguntó un compañero: “Hermano Luis, si supieras que ibas a morir dentro de poco, ¿qué harías?” Y él respondió: “Seguir jugando”. ¿Cómo se conjugan la vigilancia y el juego? La parábola de hoy puede ayudarnos a comprenderlo.

La parábola de las diez muchachas

«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos. “Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

En tiempos de Jesús, cuando se celebraba una boda, un grupo de muchachas acompa­ñaba al novio a recoger a la novia para acompañarlo a la ceremonia. A partir de este hecho tan trivial crea Jesús la parábola. Nos encon­tramos ante diez muchachas divididas en dos grupos de cinco: unas necias, que se olvidan del aceite para los candiles; otras sensatas, que llevan aceite de repues­to. Hasta aquí todo es posible. Pero la parábola adquiere de repente un tono irreal, porque quien da el plantón no es la novia, sino el novio, que se retrasa hasta la medianoche.

Mientras, las diez se han quedado dormidas. Y los candiles siguen consumiendo aceite. Al llegar el novio, unas pueden reponerlo fácilmente, los otros están casi agotados. Las sensatas no quieren darles aceite, y el novio se niega a admitirlas después de cerrada la puerta.

La conclusión de la parábola es desconcertante: “Por tanto, estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora”. Es desconcer­tante, porque ninguna de la diez ha velado, todas se quedaron dormidas. Lo cual significa que la vigilancia, en este caso, equivale a la sensatez de llevarse la provisión de aceite. Pero, ¿qué significa esto en la práctica?

Dos interpretaciones posibles

La parábola se ha interpretado en dos líneas principales.

Una concede especial importancia al aceite, viéndolo como imagen de la fe, del fervor, de las buenas obras, de lo que debemos estar provistos cuando llegue el esposo, Cristo.

Otra no presta atención al aceite; lo importante es estar preparados ya, y no retrasarlo hasta un momento que resulte demasiado tarde. Esta segunda línea parece la más exacta, como lo demuestra su traducción al lenguaje moderno. Diez universitarios se acercan al fin de curso. Cinco han estudiado durante todo el año, asistido a las prácticas, tomado apuntes; otros cinco han empalmado movida con movida. En el momento de entrar al examen piden a los primeros que les pasen las respuestas. Los otros se niegan, como es lógico. El examen se prepara con tiempo, no se improvisa ni se copia.

            De todos modos, las dos interpretaciones se complementan. Si decimos: «Lo importante es estar preparados», ¿en qué consiste la preparación? «En llevar aceite de repuesto». Y ¿qué es el aceite? Mateo dejará claro dentro de dos domingos, en la parábola del juicio final, que el aceite del que debemos estar provistos son las buenas obras: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, etc.

La clave de la 1ª lectura

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece una perspectiva muy interesante. Se ha elegido porque su tema empalma con el de la sensatez de la cinco muchachas.

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.

En esta lectura, la sabiduría no es algo intelectual, un conjunto de conocimientos, sino una persona a la que se ama, se busca y se encuentra, o que se encuentra sentada a nuestra puerta esperándonos. Los primeros cristianos aplicaron esta imagen personalizada de la sabiduría a Jesús, que es la Sabiduría de Dios.

Con esto, la parábola adquiere un sentido nuevo. ¿Cómo podemos estar preparados? ¿En qué consiste la vigilancia? En tener ese contacto con Jesús, pensar en Él, hablar con Él, dejarnos encontrar por Él. Para que no nos ocurra lo que dice el novio a las cinco muchachas insensatas: “No os conozco”. La amistad con Jesús, la capacidad de diálogo con Él, no se improvisan. Hay que ejercitarlas todos los días para poder disfrutar luego del banquete de bodas.

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08 noviembre, 2020. Domingo XXXII del Tiempo Ordinario.

domingo, 8 de noviembre de 2020
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Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite, en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.”

(Mt 25, 1-13)

Si la realidad fuera tan clara y distinta como nos la presenta la parábola de hoy todo sería mucho más sencillo.

La parábola de las vírgenes, como otras muchas de Mateo, divide el mundo entre buenos y malos. No cabe duda de que las necias son quienes no llevaron aceite y se quedaron en la puerta por su propia necedad, pero en la vida cotidiana las cosas son mucho más complejas, nuestro esquema de buenos y malos se cae por su propio peso. Sin embargo, seguimos viviendo como si fuera cierto y nos acabamos creyendo que los “nuestros”, los de nuestro color, los de nuestro partido, los de nuestro equipo, son los buenos, los acertados, frente a los demás, que no les queda más remedio que ser los malos, los equivocados.

En este dualismo solo hay un camino: la violencia. Cada grupo quiere imponer su verdad. Probablemente aquella primitiva comunidad de Mateo se vio en la necesidad de defenderse. Como grupo marginal que era se veía amenazado por todos los costados. Necesitaba distinguirse y marcar un camino claro y distinto y hasta aquí es comprensible, pero no deja de tener sus peligros. El “buenismo” en nuestra Iglesia ha hecho mucho daño. Cuando la Iglesia ha sido poderosa ha aplastado a quienes eran diferentes.

Creo que en el único lugar donde funciona el esquema de bueno/malo es en el corazón de cada una. Todas las personas somos una mezcla de bueno y malo, luz y oscuridad. Todas llevamos dentro una sensata y una necia. Cuando alimentamos la luz, la oscuridad cede. Si agrandamos el espacio de lo bueno, lo malo empequeñece.

Ojalá esta parábola nos sirva para entrar en nosotras mismas a poner más luz, en lugar de quedarnos a oscuras señalando errores ajenos.

Oración

Derrama, Trinidad Santa, tu aceite generoso y sé Tú la llama que ilumine nuestro interior. ¡Amén!

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Despertar o seguir dormido, esa es la cuestión.

domingo, 8 de noviembre de 2020
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depositphotos_11203345-stock-photo-man-waking-upMt 25, 1-13

En los tres domingos que quedan vamos a leer todo el capítulo 25 de Mt (el último, antes del relato de la pasión). Los tres episodios que en él se narran (diez doncellas, los talentos y juicio definitivo) siguen siendo advertencias a su comunidad, con el fin de poner en guardia a los cristianos de las consecuencias definitivas de sus actitudes vitales. Dios no puede hacer ya nada. La pelota está en nuestro tejado y depende de nosotros que la juguemos o no, que la juguemos bien o mal. En cualquier caso, pitarán el final del partido.

Los textos de estos últimos domingos de año litúrgico nos invitan a despertar, a estar preparados. Por fortuna, ya no pensamos en ese Dios vengativo que está al acecho para ver como puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Ya no se oye la tremenda frase: “Dios te coja confesado”, que es un insulto a Dios y a todo el mensaje de Jesús. Dios no nos espera al final del camino para someternos a un juicio. No, Dios es el principio y está en nosotros todos los instantes de nuestra vida para que podamos llevarla a plenitud.

Hoy no tiene sentido meter miedo: No sabéis el día ni la hora. ¡Temblad! Y eso que, en el ciclo (A) nos libramos de textos apocalípticos, que son todavía más terroríficos. No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, solo viviendo a tope, se aprende a morir. Aunque solo os quedara un segundo de vida, haríais mal en pensar en la muerte. Sería mucho más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte ni quita ni añade nada; el sentido debemos dárselo a la vida, mientras estamos de pie.

Recordad. Después de un año, o más, de desposorios, se celebraba la boda, que consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía ningún carácter religioso. El novio, acompañado de sus amigos y parientes, iba a casa de la novia para conducirla a casa de su propia familia. En su casa le esperaba la novia con sus amigas, que la acompañarían. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol y tenían lugar de noche, de ahí la necesidad de las lámparas.

La importancia del relato no la tiene el novio ni la novia, ni siquiera los acompañantes. Lo que el relato destaca es la luz. La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Una acompañante sin luz no pintaba nada en el cortejo. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite.

Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo. Y también: vosotros sois la luz del mundo. El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser; es decir, cuando trasciende y va más allá de lo que le pide su simple animalidad. No es que nuestra condición de animales sea algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestras posibilidades de humanidad.

La primera lectura nos puede ayudar a encontrar el sentido de la parábola. La verdadera Sabiduría es encontrar el sentido de la vida. Dar sentido a la vida es más importante que la vida misma. Ese sentido no viene dado, tenemos que buscarlo. Esa es la tarea específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como vida humana. Esa es la advertencia de la parábola. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Hay que despertar, porque de lo contrario, perderás la oportunidad de ser tú.

¿Cuál es el aceite que arde en la lámpara? Si acertamos con la respuesta a esta pregunta, tenemos resuelto el significado de la parábola. En (Mt 7,24-27) se dice: Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre rocaY todo aquel que no las pone por obra, se parece al necio que edificó sobre arena. La luz, son las obras. El aceite que alimenta la llama, es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento mayor, sino de la plenitud de Vida.

Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No es egoísmo. Es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado. Dar sentido a la vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puede considerarse encendido nuestro ser. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la primera lectura. Sin esa llama, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios.

Interpretar la parábola en el sentido de que debemos estar preparados para el día de la muerte, es tergiversar el evangelio. El esperar una venida futura de Jesús, es pura mitología que nos lleva a un callejón sin salida. La parábola no hace especial hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una espera que no va acompañada de una actitud de amor y de servicio. Las lámparas deben estar encendidas siempre; si esperamos a prepararlas en el último momento, toda la vida transcurrirá carente de sentido.

Obsesionados por la “salvación eterna” y para el más allá, hemos interpretado esta parábola como una advertencia de preparación para la muerte, o peor aún, para el juicio. Nada más lejos del sentido del relato. Si el aceite es el amor, que hace funcionar la vida cristiana, no podemos pensar en el último día para que tenga sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo a todo el mensaje de Jesús.

La venida de Jesús al final de los tiempos, es una imagen escatológica que no podemos tomar al pie de la letra; tiene un significado mucho más profundo. Jesús, con su muerte en la cruz, consumió todo su aceite en una llamarada que sigue iluminándonos. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano en divino. Allí culminó su “historia” porque solo permanecerá identificado con Dios, y Dios está fuera del tiempo y del espacio.

Los cristianos cayeron en la trampa de entender la segunda venida de Jesús de una manera temporal. Nosotros seguimos esperando esa segunda venida en la que no se hablará de cruz, sino de gloria para todos. No nos gusta cómo terminó Jesús su paso por la tierra. Esta es la causa por la que hemos inventado un futuro a nuestro gusto para él y para nosotros. Nos sentiríamos muy a gusto si volviera lleno de gloria y nos comunicara a los “buenos” esa misma gloria. Esta visión raquítica, la hacemos desde nuestro falso yo, que nunca aceptará el desaparecer, mucho menos consumirse en beneficio de los demás.

Si de verdad queremos dejar de ser necios y empezar a ser sensatos, debemos desplegar nuestra vida desde otra perspectiva. Tenemos que abandonar todo proyecto de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta la entrega total. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio solo porque nos han prometido una “gloria”, la cosa no puede funcionar. Estamos completamente equivocados si pretendemos alzarnos con el santo y la limosna.

Meditación-contemplación

“Yo soy la luz del mundo”.
Su experiencia de Dios, fue su lámpara encendida.
Dentro de ti debes descubrir el aceite.
Si prende, dará luz que alumbrará tus pasos.
Tú eres la lámpara, el aceite y la luz.
Nadie te lo puede prestar, porque es tu propia vida.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Maestro del amor.

domingo, 8 de noviembre de 2020
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jesus-at-the-door-39617-printSi hay música en tu alma, se escuchará en todo el universo (Lara Chow)

12 de noviembre, domingo XXXII del TO

Mt 25, 1-13

Como el novio tardaba, les entró el sueño y se durmieron

La interpretación habitual de los dichos y hechos del Jesús evangélico ha sido hecha por la Iglesia tradicional jerárquica a modo de Bolero de Ravel: literalidad repetitiva induciendo a los oyentes hasta el sueño. Y así el pueblo fiel quedó narcotizado durante siglos.

Pero hoy, las vírgenes prudentes han provisto sus lámparas de aceite y entraron con el novio al banquete. Petrushka, de Stravinski, es un paradigma más significativo para nuestros tiempos. Los espectadores se perderán la función si no prestan especial atención a cada compás de la obra. Han de pensar por sí mismos, y hacer una interpretación de los mencionados dichos y hechos a la luz de su realidad personal y social presente. Así, las puertas que dan acceso al banquete del Reino estarán abiertas siempre para todos.

Quienes actúan de este modo son, como se dice de la mirada del poeta Marcos Ana en el retrato que le hizo José Mª Párraga: “Parece atravesar la frontera del lienzo como si fuera una ventana al futuro”.

En una entrevista a la cantante y compositora belga Lara Chow (1970) ésta dijo en una ocasión a un periodista: “Si hay música en tu alma, se escuchará en todo el universo”, a lo que el entrevistador comentó: “Una alegría, una felicidad que puede ser transmitida al resto del mundo. Yo lo entiendo así, y más o menos, es el pensamiento que yo tengo de Mi Mundo. Toda la felicidad, toda la luz que puedas tener dentro de ti, es contagiosa, se la puedes transmitir a los demás. Sobre todo a esos seres que están faltos de luz, que se sienten solos y oscuros”.

En la película Un sueño posible (2009), del director americano John Lee Hancock el protagonista Granper le dice a Leigh Anne: “Lo que haces me parece fantástico: abrirle tus puertas a ese chico. Cielos, le estás cambiando la vida”. A lo que ésta le responde: “No, él está cambiando la mía”.

Cuando el alma está sedienta del Señor, como canta el Salmo 62, y quienes buscan la sabiduría la encuentran (Sab 6, 12), las vírgenes prudentes, a pesar de haberles entrado el sueño y dormirse (Mt 25, 5), al llegar el novio las despierta y las sienta en la mesa del Reino.

Una lección del Maestro del Amor que, como pelícano amoroso enseña a los hombres su camino. Y al que toda la cristiandad podría aplicar como propias las palabras que Alma escribió de su marido, Mahler, en su diario: “Es el único hombre que puede dar sentido a mi vida, porque supera a todos los que he conocido hasta ahora”.

EL PELÍCANO

“Pie pellicane, Iesu Domine”,
cantó Tomás en uno de sus himnos.
Superas a los hombres
en tu gesto amoroso hacia los hijos;
eres como el pintor que tiñe el lienzo
de tu seno nevado en rojo vivo.

Señor Jesús, pelícano amoroso,
-los dos humanos, y los dos divinos-
eleva a los altares sus heridas
y enseñad a los hombres su camino.

(Naturalia. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Lámparas encendidas.

domingo, 8 de noviembre de 2020
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jesus-parabola-10-virgenes-09-parabola_10_verginiMt 25,1-13

El evangelio de hoy es un texto, como mínimo, provocador. En las ocasiones en las que lo he profundizado con otros, sobre todo con jóvenes, ha surgido siempre alguna pregunta por el comportamiento de las llamadas “prudentes” en la parábola. “¿Dónde queda el ser solidario y compartir lo que se tiene?” – preguntan algunos. “¿Esta enseñanza no fomenta el egoísmo?” – cuestionan otros. Si nos quedamos en una primera lectura puede parecer que en el Reino de los cielos no hay cabida para todos o que, si no andamos con cuidado, no se nos perdona un despiste ni se acepta el arrepentimiento. La sabiduría (de la que se habla con entusiasmo en la primera lectura de hoy), relacionada con una postura aparentemente egoísta, no resulta atractiva.

La interpretación más convencional es la escatológica, fundamentada sobre todo en la sentencia final (velad, pues no sabéis el día ni la hora): la figura del novio se identifica con Cristo y se acentúa la invitación a estar preparados para reconocer su presencia y acoger su venida. Adentrándonos en la estructura y composición del texto, encontramos la combinación de dos relatos distintos, fusionados en uno por alguna necesidad pastoral surgida en el seno de la comunidad mateana. Uno de ellos sería el que narra la historia de las jóvenes que celebraron el banquete de bodas con el novio e iría en la línea de parábolas que subrayan la alegría del encuentro, como la de quien halla un tesoro en el campo (13,44) o la del que lo vende todo para comprar una sola perla (13,45). El otro relato sería el que introduce al grupo de quienes no han previsto lo necesario para la fiesta y estaría relacionado con la enseñanza sobre la prudencia/sabiduría o imprudencia/necedad, como en el conflicto con los fariseos (22,15ss).

Esta doble perspectiva nos posibilita sacarle más jugo a la parábola, porque nos recuerda la dimensión de celebración por el encuentro con el novio y de alegría por ser invitados a la fiesta; realidades que, en una lectura rápida, quedan escondidas ante el sinsabor que nos suscita la desesperación de quienes pierden la oportunidad y quedan fuera del banquete.

La realidad es que, desde el inicio del texto, el autor nos hace posicionarnos ante las diez mujeres reconociendo dos grupos absolutamente diferenciados: “cinco eran necias y cinco prudentes”. Nuestra atención se centra en ellas y el símbolo del banquete nupcial pierde fuerza. De hecho, resulta llamativo que se hable del novio, pero no de la novia. Tampoco se nombran otros invitados (aunque sí hay una voz externa que avisa de la llegada del esperado), ni se sabe nada del banquete en sí o de otros preparativos para la fiesta. Es significativo igualmente que se indique el retraso del personaje principal (¡en su propia boda!) y que nos sumerjamos en la narración en una noche profunda que hace que todas (también las prudentes) se duerman.

Desde la perspectiva de los primeros receptores del evangelio de Mateo, en los inicios del cristianismo, podemos captar que están surgiendo dificultades. El retraso de la segunda venida del Mesías, que esperaban inminente, hace dudar a quienes han proclamado su fe en Jesucristo, perdiendo la esperanza y modificando su conducta. Con esta parábola el evangelista los cuestiona. Es el momento de preguntarse sobre qué están, realmente, asentando su esperanza.

Nosotros también podemos hacernos esta pregunta. El texto provoca que, nada más comenzar, tengamos que posicionarnos: ¿en cuál de los dos grupos me encuentro? ¿en cuál de ellos deseo estar? La narración utiliza las lámparas y el aceite como símbolos que marcan la diferencia entre un grupo y otro. Nuestra vida, asentada en la de Quien es la Luz del mundo (Jn 8,12), está llamada a irradiar luz, a iluminar la realidad en la que habitamos, aunque a veces nos envuelva la noche oscura. ¡Vosotros sois la luz del mundo! (5,14).

¿Cómo está mi lámpara? ¿y mi reserva de aceite? ¿de qué modo colaboro para que el Novio pueda celebrar la fiesta? ¿cómo soy luz en medio de tantas noches por las que atraviesa nuestro mundo? Porque la realidad es que todas las jóvenes tenían lámpara. Todas habían sido invitadas a la fiesta. Todas tenían la misma encomienda. El hecho de pertenecer a un grupo o a otro no se les impone desde fuera. Cada uno de los personajes de la parábola, en el fondo, ha sido libre y ha decidido con su actitud (previsora y sabia, o imprudente y descuidada), en qué grupo situarse.

También todos nosotros somos portadores de una lámpara y todos estamos invitados a la fiesta. Podemos alentarnos unos a otros para vivir desde nuestra verdad más profunda, desde la Luz que nos habita, pero, al final, que a nuestra lámpara le falte o no aceite depende de cada una/o, de nuestra responsabilidad, de nuestra previsión, del cuidado delicado y agradecido de todo lo recibido, de la capacidad para sostener la esperanza en las noches, aunque a veces sobrevenga el sueño y… sobre todo, del amor y la alegría que alimentemos en el deseo de encontrarnos, día a día, con el Novio, seguros de que siempre viene. Sólo así seremos luz creíble para otros, alumbraremos -humildemente- alguna oscuridad, y contagiaremos la alegría de sabernos, ¡todos!, invitados a la Fiesta.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Lo que alimenta nuestra luz

domingo, 8 de noviembre de 2020
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Lampara-aceite-amp.Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

8 noviembre 2020

Mt 25, 1-13

Leída en una estricta literalidad, la parábola parece caer en una contradicción, ya que las doncellas “sensatas” (“buenas”) aparecen como egoístas, al negarse a compartir su aceite con las del otro grupo. La contradicción estriba en el hecho de que no hay “sensatez” –comprensión– posible cuando no hay amor.

  Pero una parábola busca ser evocadora, por lo que carece de sentido una lectura literalista de la misma. Se trata, más bien, de identificar el objetivo al que la parábola apunta. Y en este caso parece claro que busca poner el foco en otra cuestión: la importancia decisiva de proveerse de “aceite”.

  En el relato, el aceite es aquello que alimenta la lámpara, es decir, lo que hace posible la luz. Con lo cual, el eje de la parábola remite a esta cuestión: ¿qué es aquello que posibilita, mantiene y alimenta la luz en nuestras vidas?

  En nuestra identidad profunda, somos luz, afirmación que el cuarto evangelio pone en boca de Jesús: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Ahora bien, es indudable que con frecuencia vivimos ignorantes de esa realidad, desconectados de ella y, en consecuencia, en la oscuridad de la ignorancia esencial, con la confusión y el sufrimiento que conlleva. En esas condiciones, se hace vital la cuestión: ¿cuál es el “aceite” que alimenta nuestra luz y nos permite vivir en conexión con ella?

 La respuesta solo puede ser una: la comprensión experiencial de lo que somos. Para empezar, la persona interesada puede verificarlo por sí misma a partir de un cuestionamiento elemental: ¿qué es lo que me aporta serenidad, paz, ecuanimidad, plenitud, amor, desegocentración, vitalidad, creatividad…? ¿De dónde brota todo eso y –lo que es más importante– qué lo mantiene aun en circunstancias adversas? Indaga con rigor…

  O puede hacerse el mismo cuestionamiento desde otro ángulo: si evito la trampa de atribuir la causa de mis malestares al exterior y dejo de buscarla fuera, ¿qué es lo que me altera, me encierra, me hace sufrir, me desconecta de la vida…?

  Tal como yo lo veo, la respuesta solo es una: todo se ventila en el hecho de vivir o no conectados a lo que realmente somos. Esa comprensión experiencial es luz; su carencia es oscuridad.

 El paso siguiente surge por sí mismo: ¿cómo provisionarnos de “aceite”?, es decir, ¿qué podemos hacer para favorecer la comprensión? Seguramente necesitemos trabajar con constancia la inercia que nos hace vivir identificados con el yo, en una especie de estado hipnótico, y volver a conectar una y otra vez, de manera consciente, con aquello que somos, lo que está más allá del cuerpo, de la mente, del psiquismo, del yo, de la personalidad…

  Más en concreto, me parece necesario vivir un triple cuidado, que puede expresarse en tres palabras: acogerse, atender y estar. Cuidar el amor humilde e incondicional hacia si, como fuente de unificación psíquica; cuidar la atención, como condición de libertad interior frente a los movimientos mentales; y cuidar el silencio consciente hasta, acallada la mente, reconocernos en él.

¿Qué alimenta la luz en mí? ¿Cómo lo cuido?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Seremos en el Señor

domingo, 8 de noviembre de 2020
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VIRGENES-PRUDENTESVírgenes prudentes, catedral de Estrasburgo

Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Hacia el final del año litúrgico

Poco a poco vamos llegando al final del año y también del año litúrgico. (El domingo 29 de este mes de noviembre comenzaremos el nuevo año litúrgico con el tiempo de Adviento). Durante estos cuatro domingos que nos quedan, las lecturas nos irán hablando del final, -mejor, de la finalización-, del futuro que nos cabe aguardar.

  1. Hacia el futuro. ¿Qué pasa con los que van muriendo?

¿Qué nos cabe esperar en la vida y en la muerte?

En los primeros años de la vida de la Iglesia: más o menos por los años 40-60, los cristianos pensaban, creían que el Hijo del Hombre estaba al llegar “cualquier día de estos”, muy pronto, tal vez “la semana que viene”. Y cuando llegara el Hijo del Hombre, se acabaría el mundo y nos llevaría con él.

(1ª Tesalonicenses es el escrito más antiguo del NT. La carta data del año 50)

         Pero el Hijo del Hombre no llegaba y entonces el problema que se les plantea a aquellos cristianos era ¿cuál es la suerte de los difuntos y de los que seguimos vivos en la historia?

San Pablo también tenía esta mentalidad, y por ello ha de dar un giro a su pensamiento y trata de alentar la esperanza de aquellos cristianos. Pablo dejará de pensar en términos de tiempo, porque el tiempo cuando llegue el Hijo del Hombre no tiene importancia alguna. Y Pablo pasa a pensar más sencillamente: Seremos en Cristo.

San Pablo fortalece la fe y esperanza de aquellos cristianos -y la nuestra- con la idea -realidad- de que seremos en Cristo.

Solemos preguntarnos y, a veces, dudamos acerca de cómo será el cielo, cuándo será, ¿vendrá el Hijo del Hombre?

Mejor dejar de lado el “cómo”, el “dónde y el cuándo”. Lo decisivo que es que será, seremos en Cristo o con Cristo.

Sobre todo, los católicos (más los fundamentalistas) tienen miedo no tanto a la muerte, sino a condenación, al infierno. Nos han mandado tantas veces al infierno y por cosas tan nimias, que se tiene miedo a morir, porque el fracaso y el fuego eterno lo tenemos garantizado. Quizás por ello sentimos miedo ante la muerte.

         Tengamos muy presente la fe de San Pablo y de aquellas primeras comunidades cristianas: seremos, terminaremos en el Señor.

  1. Velad: estad despiertos.

00167f195a4a8ce0c22fe2abf1829748Vírgenes necias, catedral de Estrasburgo

En la parábola de la espera lúcida o adormecida del esposo por parte de aquellas vírgenes, no se trata de una cuestión matrimonial, sino que es un mundo de símbolos para expresar la fe en la vida eclesial.

Todo ser humano tenemos “instalado en nuestro Windows personal” el problema de la muerte, que probablemente, es el problema más serio que tenemos en la vida: la muerte.

      La cosa ya viene de siglo y medio atrás, pero en esta pandemia resalta que no haya una sola palabra humanista sobre la muerte. Todo son números, cuando no morgue. La ciencia no “toca” de modo humanista la muerte.

         Hoy ya no vivimos en la secularización, (la secularización gestionaba la vida con la razón en vez de con la religión: la libertad, la sociedad, la política, la justicia, la enfermedad, la muerte, etc.). Al menos la secularización echaba una “pensada a la vida”). Hoy en día ni tan siquiera somos secularizados, sino que vivimos en un espeso nihilismo, que no cree en nada. Quien da razón del presente no es la secularización, sino el nihilismo

Es decir, no es que la cultura actual (al menos en la Europa occidental) no sea cristiana, sino que no cree en nada, pero en nada de nada. Vivimos en la época del “vacío”, del “gran vacío”. Ni hay nada al comienzo ni habrá nada al final. Ni venimos ni vamos.

Los medios de comunicación social han hecho del mundo una especie de sala de fiestas, un show permanente para entretener a la gente. Diviértete hasta morir.

Vivir despiertos.

         La primera lectura de hoy es como un canto a la Sabiduría, que no es lo mismo que ciencia.

(Hace unos pocos años, en la lección inaugural de curso de la Facultad de Teología Vitoria, el ponente: -un científico del Centro de Investigaciones científicas-, decía con cierta y sabia ironía: “¡Hombre! entre los científicos, algunos piensan…”).

La sabiduría es saber -saborear- lúcidamente la vida. La sabiduría es radiante (lúcida, despierta) (1ª Lectura). Se puede ser un gran científico, pero no saber vivir. Y, por otro lado, gran parte de la humanidad no ha tenido mucha ciencia, ni hoy en día los tenemos, pero ha sabido vivir. Pensemos en el mundo rural. Jesús mismo no tenía un mundo científico en su mente, pero si sabía vivir y enseñar a vivir.

         La Sabiduría es luz, criterios, esperanza que ilumina la vida y el futuro.

si3la04_tmEs importante que la Iglesia, tanto la Iglesia institucional, como todos nosotros, -pequeños grupos de fe- miremos al futuro y vivamos esperando la llegada del Reino de Dios: justicia, paz, libertad, la venida de Cristo.

Cuando la Iglesia pierde o perdemos el horizonte futuro absoluto y la mirada escatológica, se instala y se constituye en un cuerpo de funcionarios y de curias; y esto no es bueno, porque la Iglesia termina sustituyendo a Cristo. Una Iglesia sin apremio hacia el futuro se instala en este mundo: en la “pompa y circunstancia” de este mundo: Estados Pontificios, poder, institucionalización y afincamiento en este mundo.

Velad

         Velar no significa temer a que venga el Hijo del Hombre, nos juzgue y nos condene. Estar despiertos es abrir la vida a la esperanza de que seremos en el Señor.

Mejor acallar nuestra curiosidad y descansemos (consolaos) en que estaremos siempre en el Señor. El lugar del hombre es Dios

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“Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”. 2 de noviembre de 2020. Conmemoración todos los Difuntos

lunes, 2 de noviembre de 2020
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CrossofLGBTQMartyrs800pxLeído en Koinonia:

Job 19,1.23-27a: Yo sé que está vivo mi Redentor.
Salmo responsorial: 24: A ti, Señor, levanto mi alma.
Filipenses 3,20-21: Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.
Marcos 15,33-39;16,1-6: Jesús, dando un fuerte grito, expiró

El tema de la «vida eterna» no es un tema tan claro e intocable como en el ámbito de la fe tradicional nos ha parecido. Buena parte de la reflexión teológica renovadora actual está pidiendo replantear nuestra tradicional visión al respecto, la que habíamos aceptado con ingenuidad cuando niños, y que mantenemos ahí como guardada en el frigorífico del subconsciente, y que no nos atrevemos a mirar de frente.

 A la luz de lo que hoy sabemos, no es fácil, en efecto, volver a profesar en plenitud de conciencia lo que tradicionalmente hemos creído: que somos un «compuesto de cuerpo y alma», que el alma la ha creado Dios directamente en el momento de nuestra concepción, y que como tal es inmortal; que la muerte consiste en la «separación de cuerpo y alma», y que en el momento de la muerte Dios nos hace un «juicio particular» en el que nos juzga y nos premia con el cielo o nos castiga con el infierno, con lo que ya sabemos tradicionalmente de estas dos imágenes. No resulta fácil hablar de estos temas, ni siquiera con nosotros mismos, en la soledad de nuestra conciencia frente a la esperada hermana muerte. Pero es conveniente hacerlo. La teología está asumiendo este desafío. Citamos sólo tres obras:

– Roger LENAERS, Otro cristianismo es posible, colección «Tiempo axial», Abya Yala (www.abyayala.org), Quito, Ecuador, 2007, con un capítulo expreso sobre el más allá, la vida eterna. El libro está puesto en internet y es muy recomendable como manual de texto para un grupo de formación que quiera actualizar su fe con valentía. Puede tomarse libremente, por capítulos (http://2006.atrio.org/?page_id=1616).

– También, John Shelby SPONG, Ethernal Life. A new vision, HarperCollins, 2010, 288 pp, publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org).

– Hace ya unos 30 años Leonardo BOFF publicó su libro sobre escatología: «Hablemos de la otra vida» (Sal Terrae, que sigue reeditándolo actualmente; y está en la red, por cierto). Es una visión de los temas escatológicos desde una filosofía actualizada y desde una espiritualidad liberadora.

Los tres son muy recomendables, tanto para la lectura/estudio/oración personal, como para tomarlos como un manual de base para un cursillo de formación/actualización de nuestra fe en este ámbito de temas.

 • La fiesta de los fieles difuntos es continuación y complemento de la de ayer. Junto a todos los santos ya gloriosos, queremos celebrar la memoria de nuestros difuntos. Muchos de ellos formarán parte, sin duda, de ese «inmenso gentío» que celebrábamos ayer. Pero hoy no queremos rememorar su memoria en cuanto «santos» sino en cuanto difuntos.

Es un día para hacer presente ante el Señor y ante nuestro corazón la memoria de todos nuestros familiares y amigos o conocidos difuntos, que quizá durante la vida diaria no podemos estar recordando. El verso del poeta «¡Qué solos se quedan los muertos!», expresa también una simple limitación humana: no podemos vivir centrados exhaustivamente en un recuerdo, por más que seamos fieles a la memoria de nuestros seres queridos. Acabamos olvidando de alguna manera a nuestros difuntos, al menos en el curso de la vida ordinaria, para poder sobrevivir.

Por eso, este día es una ocasión propicia para cumplir con el deber de nuestro recuerdo agradecido. Es una obra de solidaridad el orar por los difuntos, es decir, de sentirnos en comunión con ellos, más allá de los límites del espacio, del tiempo y de la carne.

 • En algunos lugares, la celebración de este día puede ser buena ocasión para hacer una catequesis sobre el sentido de la «oración de petición respecto a los difuntos», para la que sugerimos esquemáticamente unos puntos:

-el juicio de Dios sobre cada uno de nosotros es sobre la base de nuestra responsabilidad personal, no en base a otras influencias (como si la eficacia de la oración de intercesión por los difuntos pudiera actuar ante Dios como “argolla, enchufe, recomendación, padrino, coima…”);

-Dios no necesita de nuestra oración para ser misericordioso con nuestros hermanos difuntos…; nuestra oración no añade nada al amor infinito de Dios, en cierto es innecesaria;

-no rezamos para cambiar a Dios, sino para cambiarnos a nosotros mismos;

-la «vida eterna» no es una prolongación de nuestra vida en este mundo; la «vida eterna», como todo el resto del lenguaje religioso, es una metáfora, que tiene contenido real, pero no un contenido “literal-descriptivo”. Leer más…

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“En las manos de Dios”. 2 de noviembre de 2020. Conmemoración de los difuntos. Marcos 5, 33-39; 16,1-6

lunes, 2 de noviembre de 2020
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jesus-abrazo-2Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nootros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver“.

José Antonio Pagola

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«La felicidad de Jesús». Fiesta de Todos los Santos – A (Mateo 5,1-12)

domingo, 1 de noviembre de 2020
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31-852867No es difícil dibujar el perfil de una persona feliz en la sociedad que conoció Jesús. Se trataría de un varón adulto y de buena salud, casado con una mujer honesta y fecunda, con hijos varones y unas tierras ricas, observante de la religión y respetado en su pueblo ¿Qué más se podía pedir?

Ciertamente no era este el ideal que animaba a Jesús. Sin esposa ni hijos, sin tierras ni bienes, recorriendo Galilea como un vagabundo, su vida no respondía a ningún tipo de felicidad convencional. Su manera de vivir era provocativa. Si era feliz, lo era de manera contracultural, a contrapelo de lo establecido.

En realidad, no pensaba mucho en su felicidad. Su vida giraba más bien en torno a un proyecto que le entusiasmaba y le hacía vivir intensamente. Lo llamaba «reino de Dios». Al parecer, era feliz cuando podía hacer felices a otros. Se sentía bien devolviendo a la gente la salud y la dignidad que se les había arrebatado injustamente.

No buscaba su propio interés. Vivía creando nuevas condiciones de felicidad para todos. No sabía ser feliz sin incluir a los otros. A todos proponía criterios nuevos, más libres y radicales, para hacer un mundo más digno y dichoso.

Creía en un «Dios feliz», el Dios creador que mira a todas sus criaturas con amor entrañable, el Dios amigo de la vida y no de la muerte, más atento al sufrimiento de las gentes que a sus pecados.

Desde la fe en ese Dios rompía los esquemas religiosos y sociales. No predicaba: «Felices los justos y piadosos, porque recibirán el premio de Dios». No decía: «Felices los ricos y poderosos, porque cuentan con su bendición». Su grito era desconcertante para todos: «Felices los pobres, porque Dios será su felicidad».

La invitación de Jesús viene a decir así: «No busquéis la felicidad en la satisfacción de vuestros intereses ni en la práctica interesada de vuestra religión. Sed felices trabajando de manera fiel y paciente por un mundo más feliz para todos».

José Antonio Pagola

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“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.” 01 de Noviembre de 2020. Todos los Santos

domingo, 1 de noviembre de 2020
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58-TodoslossantosALeído en Koinonia:

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
1Juan 3,1-3: Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

 

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que no se redujera a lo que hemos solido llamar “mundo católico”, sino a un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, refiriéndonos al todo), o sea, «universal».

¿No querríamos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, en esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de esa Iglesia, en su libro «Santoral Romano»? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos» que están delante de Dios… o tal vez serán sólo una insignificante minoría de entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas tanto como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que son santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», o sea, los ateos santos, que, haberlos los ha habido, y los sigue habiendo.

Una fiesta pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: el de la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y el del «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan –sin pensarlo demasiado, desde luego– en «un Dios muy católico». Para algunos, Dios mismo sería en realidad «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto muy natural, pero hace apenas 50 años –los que hace que se celebró el Concilio– que estamos pensando de esta manera. En las vísperas del Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía con la mentalidad común del ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64).

Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos; no quedarían incluidos hoy en esta fiesta, porque los santos serían sólo cristianos, ¡y católicos!

Este cambio de perspectiva es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque cada pueblo-raza-nación era considerado que tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los de su propia religión, sino a todos los pueblos, lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten la misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», no es de una religión, de una raza o tribu… no es «religiosamente tribal». Tampoco exige rituales de ninguna religión, sino la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la «santidad universal», válida para todos los humanos, una santidad «supra-religional», llana y simplemente humana. En y con las Bienaventuranzas como carta de navegación de nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida y el amor según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero, que lo admiraba mucho por cierto; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí, el místico sufí murciano universal; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!» –sus principales libros están disponibles en la red–)… La manera más efectiva de cambiar nuestra vieja mentalidad «tribal», que tanto nos ha afectado tradicionalmente en la concepción de la santidad, es practicarla, conversarla, manifestarla, compartirla fraternamente…

Dentro ya de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos, como la mejor referencia, el capítulo Vº de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, con su “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se reconocía que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, de quienes se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares como que se les consideraba de alguna manera dispensados de preocuparse demasiado de la santidad… Leer más…

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