Todos los santos, todos los difuntos. La esperanza de resurrección según Pablo
Desde que mantengo este blog (año 2007) he venido ofreciendo año tras año algunas reflexiones sobre el día de Todos los Santos y el de Todos los Difuntos. Hoy vinculo ambos día presentando la esperanza más antigua de la Iglesia, tal como ha sido expresada en las cartas de san Pablo (1 y 2 Tes y 1 Cor).
Ésa es la esperanza que ha movido al cristianismo y lo sigue moviendo hasta el día de hoy. Jesús ha comenzado una obra de vida que culminará en su «parusía», es decir, en la revelación de su vida, en el triunfo del amor sobre la muerte. El texto que sigue está tomado básicamente de mi libro «La Palabra se hizo carne. Curso de teología bíblica»
Pablo: para esperar a su Hijo (1 Tes 4 y 1 Cor 15)
En el lugar donde Jesús anunciaba y preparaba la llegada del Reino (y quizá del Hijo del Hombre, cf. cap. 14), ha proclamado Pablo la venida y presencia de Jesús como “Señor que descenderá del cielo…” (1 Tes 4, 15-17), y lo hará muy pronto, antes que acabe esta generación. No vendrá en Jerusalén para ofrecer allí su reino a los judíos, sino “en las nubes del cielo”, para instaurar su salvación sobre el mundo entero. En un sentido cronológico, Pablo se equivocó, pues Jesús no vino externamente. Pero su mensaje, las consecuencias que dedujo de su visión del Cristo pascual, con la forma en que creó comunidades mesiánicas siguen siendo fundamentales en la vida de la Iglesia (cf. lo ya dicho en cap. 18, donde he tratado en conjunto de Pablo).
1 Tes 4. Parusía inminente, itinerario escatológico.
Pablo no escribió ningún libro sobre el final de este mundo como hará el autor del Apocalipsis (cf. Ap 5, 1), ni trazó un esquema con el desarrollo de las cosas que debían suceder al fin de los tiempos, pues ese desarrollo había sido trazado ya por la apocalíptica judía, especialmente por Daniel (cf. también Mc 13 par), de manera los fieles conocían los momentos principales del drama del fin de los tiempos. Pablo ha destacado en ese contexto dos cosas: (a) Que Jesús resucitado es Hijo de Dios y contenido de la esperanza apocalíptica. (b) Que Dios le ha llamado a él (a Pablo) para anunciar y preparar el cumplimiento de esa esperanza a los gentiles (cf. Gal 1, 16; 1 Tes 1, 9-10).
Éste ha sido el mensaje de Pablo en Tesalónica: Los convertidos del paganismo deben abandonar los ídolos y servir al Dios vivo verdadero (de Israel), para esperar a su Hijo Jesús, que ha resucitado ya y que ha de venir pronto para liberarnos de la ira venidera. Pero Pablo se fue, algunos cristianos murieron y Jesucristo no venía. Por eso le preguntan y Pablo les responde por carta (hacia el año 50 d.C.), en el primer documento conservado del NT, diciéndoles “lo referente a los que han muerto”:
Dios tomará también consigo a los que han muerto en Jesús. Pues esto os decimos, como palabra del Señor: que nosotros, los vivientes, los que permanezcamos hasta la venida del Señor no llevaremos ventaja a los que han muerto. Porque cuando se suene la orden, a la voz del arcángel y a la trompeta de Dios, el mismo Señor, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después, nosotros, los vivientes, los que permanezcamos, eremos arrebatados en las nubes, al encuentro del Señor en el aire, y de esa manera estaremos siempre con el Señor. Por lo tanto, consolaos unos a los otros con estas palabras (1 Tes 4, 13- 18).
Pablo había anunciado la llegada inminente de Jesús, redentor apocalíptico, y sus convertidos (cristianos) de Tesalónica pensaron que ellos no morirían, sino que Cristo vendría y les llevaría directamente a su Reino. Pero Cristo no había venido y algunos murieron ¿Qué pasaría con esos muertos venga Cristo? ¿Cómo podrían entrar en su Reino? Así les ha respondido Pablo:
− Lo primero que Cristo hará cuando venga en resucitar a los que han muerto unidos a élcomo creyentes. Éste será el punto de partida del despliegue apocalíptico, la primera obra de Jesús resucitado: Descendería del cielo para resucitar a los cristianos muertos, de manera que ellos serán los primeros en salvarse.
− Después elevará a su gloria a los cristianos vivos, que no tendrán necesidad de morir, sino que serán directamente transfigurados y elevados al Reino. En ese momento Pablo creía que la muerte no era necesaria para todos, de manera que los creyentes de la «última generación» (entre que se contaba él) no tendrían que morir, sino que serían arrebatados a las «nubes», en el aire celeste, para ser así transformados en Cristo[1].
2. 1 Cor 15. Todos serán vivificados, Dios todo en todos.
Pero pasaba el tiempo y se planteaban nuevos temas, como el de algunos cristianos de Corinto que, unos tres o cuatro años después (en torno a 53-54 d.C.), empezaron a negar la resurreccióncorporal de Jesús y de sus fieles, porque se alargaba la espera (¡Cristo no viene!) o porque resultaba innecesaria, pues Jesús estaba ya resucitado en los creyentes. En ese contexto (cf. 1 Cor 15, 12-21) reformula Pablo el tema:
Porque así como en Adán mueren todos, así también serán vivificados todos en Cristo, pero cada uno en su orden: la primicia, Cristo; luego los que son de Cristo, en su parusía; después el fin, cuando él entregue el reino al Dios y Padre, cuando ya haya destruido todo principado, y todo poderío y potestad… Cuando le someta todo (al Padre), entonces también él mismo el Hijo se someterá al que le ha sometido todo, para que Dios sea Todo (=Ta Panta) en Todos (1 Cor 15, 22-24. 28).
A diferencia de 1 Tes 4,13-18, Pablo afirma ahora que todos mueren en (como) Adán, sea por decreto universal divino (cf. Hbr 9, 27), sea por vinculación con Adán , como murió Cristo, para vencer a la muerte, destruyendo su aguijón (cf. 1 Cor 15, 55-57). En ese contexto añade Pablo las palabras más importantes de la Biblia sobre el tema: “Así como en Adán mueren todos (=pantes), así también en Cristo serán vivificados todos (=pantes)” (1 Cor 15, 22). (a) Primero viene el hecho: todos mueren. (b) Después viene la declaración de fe, con la esperanza universal y positiva: todos serán vivificados (dsôopoiêthêsontai), es decir, recibirán la vida de Cristo (como antes han recibido la muerte de Adán). Estas palabras van en contra de Dan 12, 1-3, pues no hay dos resurrecciones, una de salvación y otra de condena (cf. Dt 30, 15-20, y en otro sentido Mt 25, 31‒46), sino una vivificación, en la línea de Rom 5 (cf. cap. 18), según el orden (tagma) siguiente:
- Primero ha resucitado Cristo, como primicia (1 Cor 15, 23). Frente a la muerte de todos en Adán (cosa que 1 Tes 4,13-18 no había contemplado), Pablo insiste ahora en la vida de todos en Cristo, interpretando así, de un modo universal la resurrección de Cristo. Él ha sido el primero que ha vencido a la muerte, pero no lo ha hecho como un hombre individual, sino como cabeza y compendio de toda la humanidad[2].
- Después resucitarán los que son de Cristo, en su parusía, los que forman parte de su comunidad o cuerpo mesiánico. De alguna forma (como destacan Ef y Col), los creyentes se encuentran integrados ya en la pascua de Jesús, aunque sólo resucitarán del todo en su parusía. Más que anunciador del juicio, mensajero del fin (como Henoc u otros videntes), Jesús es fuente de vida, presencia de Dios, para aquellos que se vinculan a él.
- Finalmente llegará el «telos» o plenitud (1 Cor 15, 24), entendida como victoria apocalíptica, con la destrucción de los poderes perversos (Principados, Poderíos y Potestades, que desembocan y se centran en la muerte) y también como culminación teológica o reintegración (el mismo Cristo Hijo vuelve al Padre). Jesús anunció y preparó el Reino de Dios, y ahora se cumple su anuncio, pues él mismo destruye con su victoria a los perversos (Principados, Poderíos, Potestades), para así entregar su Reino de vida al Dios y Padre[3].
- De forma que Dios sea todo en todos (1 Cor 15, 28). No se refiere sólo a los creyentes de 1 Cor 15, 23, en un contexto eclesial, sino a todos los seres humanos en un contexto universal de vida (1 Cor 15, 22), de manera que no hay dos espíritus opuestos (bien y mal) como en Qumrán, ni dos finales de la historia (salvación y condena), ni un Infinito (=Dios) separado de la historia de los hombres, sino que sólo un Espíritu bueno, que es el Dios Universal, que ha creado las cosas por sí mismo, para que todo sea y viva en él, por Cristo, de manera que los poderes opuestos, que han querido destruir su obra, desaparecerán (como si no hubieran sido).
Eso significa que, estrictamente, esos “poderes” (entendidos como principados, potestades, poderes) no tenían realidad, no existían, no eres personas creadas por Dios (como los hombres y mujeres), sino que eran pura negación (no‒ser), una “apariencia” que no siendo realidad destruye, como Belcebú (lo satánico) y Mammón (el capital imaginario y destructor) del mensaje y vida de Jesús (cf. cap. 14). A fin de que todos vivan tienen que ser destruidos todos los poderes de muerte[4]. Leer más…






















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