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Todos los santos, todos los difuntos. La esperanza de resurrección según Pablo

Domingo, 1 de noviembre de 2020

60099A3D-8ADC-4C1E-9BC0-586CA8BF1DCDDel Blog de  Xabier Pikaza:

Desde que mantengo este blog (año 2007) he venido ofreciendo año tras año algunas reflexiones sobre el día de Todos los Santos y el de Todos los Difuntos. Hoy vinculo ambos día presentando la esperanza más antigua de la Iglesia, tal como ha sido expresada en las cartas de san Pablo (1 y 2 Tes y 1 Cor).

Ésa es la esperanza que ha movido al cristianismo y lo sigue moviendo hasta el día de hoy. Jesús ha comenzado una obra de vida que culminará en su “parusía”, es decir, en la revelación de su vida, en el triunfo del amor sobre la muerte. El texto que sigue está tomado básicamente de mi libro “La Palabra se hizo carne. Curso de teología bíblica”

Pablo: para esperar a su Hijo (1 Tes 4 y 1 Cor 15)

  En el lugar donde Jesús anunciaba y preparaba la llegada del Reino (y quizá del Hijo del Hombre, cf. cap. 14), ha proclamado Pablo la venida y presencia de Jesús como “Señor que descenderá del cielo…” (1 Tes 4, 15-17), y lo hará muy pronto, antes que acabe esta generación. No vendrá en Jerusalén para ofrecer allí su reino a los judíos, sino “en las nubes del cielo”, para instaurar su salvación sobre el mundo entero. En un sentido cronológico, Pablo se equivocó, pues Jesús no vino externamente. Pero su mensaje, las consecuencias que dedujo de su visión del Cristo pascual, con la forma en que creó comunidades mesiánicas siguen siendo fundamentales en la vida de la Iglesia (cf. lo ya dicho en cap. 18, donde he tratado en conjunto de Pablo).

1 Tes 4. Parusía inminente, itinerario escatológico.

Pablo no escribió ningún libro sobre el final de este mundo como hará el autor del Apocalipsis (cf. Ap 5, 1), ni trazó un esquema con el desarrollo de las cosas que debían suceder al fin de los tiempos, pues ese desarrollo había sido trazado ya por la apocalíptica judía, especialmente por Daniel (cf. también Mc 13 par), de manera los fieles conocían los momentos principales del drama del fin de los tiempos. Pablo ha destacado en ese contexto dos cosas: (a) Que Jesús resucitado es Hijo de Dios y contenido de la esperanza apocalíptica. (b) Que Dios le ha llamado a él (a Pablo) para anunciar y preparar el cumplimiento de esa esperanza a los gentiles (cf. Gal 1, 16; 1 Tes 1, 9-10).

Éste ha sido el mensaje de Pablo en Tesalónica: Los convertidos del paganismo deben abandonar los ídolos y servir al Dios vivo verdadero (de Israel), para esperar a su Hijo Jesús, que ha resucitado ya y que ha de venir pronto para liberarnos de la ira venidera. Pero Pablo se fue, algunos cristianos murieron y Jesucristo no venía. Por eso le preguntan y Pablo les responde por carta (hacia el año 50 d.C.), en el primer documento conservado del NT, diciéndoles “lo referente a los que han muerto”:

  Dios tomará también consigo a los que han muerto en Jesús. Pues esto os decimos, como palabra del Señor: que nosotros, los vivientes, los que permanezcamos hasta la venida del Señor no llevaremos ventaja a los que han muerto. Porque cuando se suene la orden, a la voz del arcángel y a la trompeta de Dios, el mismo Señor, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después, nosotros, los vivientes, los que permanezcamos, eremos arrebatados en las nubes, al encuentro del Señor en el aire, y de esa manera estaremos siempre con el Señor. Por lo tanto, consolaos unos a los otros con estas palabras (1 Tes 4, 13- 18).

 Pablo había anunciado la llegada inminente de Jesús, redentor apocalíptico, y sus convertidos (cristianos) de Tesalónica pensaron que ellos no morirían, sino que Cristo vendría y les llevaría directamente a su Reino. Pero Cristo no había venido y algunos murieron ¿Qué pasaría con esos muertos venga Cristo? ¿Cómo podrían entrar en su Reino?  Así les ha respondido Pablo:

  − Lo primero que Cristo hará cuando venga en resucitar a los que han muerto unidos a élcomo creyentes. Éste será el punto de partida del despliegue apocalíptico, la primera obra de Jesús resucitado: Descendería del cielo para resucitar a los cristianos muertos, de manera que ellos serán los primeros en salvarse.

Después elevará a su gloria a los cristianos vivos, que no tendrán necesidad de morir, sino que serán directamente transfigurados y elevados al Reino.  En ese momento Pablo creía que la muerte no era necesaria para todos, de manera que los creyentes de la “última generación” (entre que se contaba él) no tendrían que morir, sino que serían arrebatados a las “nubes”, en el aire celeste, para ser así transformados en Cristo[1].

 2. 1 Cor 15. Todos serán vivificados, Dios todo en todos.

Pero pasaba el tiempo y se planteaban nuevos temas, como el de algunos cristianos de Corinto que, unos tres o cuatro años después (en torno a 53-54 d.C.), empezaron a negar la resurreccióncorporal de Jesús y de sus fieles, porque se alargaba la espera (¡Cristo no viene!) o porque resultaba innecesaria, pues Jesús estaba ya resucitado en los creyentes. En ese contexto (cf. 1 Cor 15, 12-21) reformula Pablo el tema:

             Porque así como en Adán mueren todos, así también serán vivificados todos en Cristo, pero cada uno en su orden: la primicia, Cristo; luego los que son de Cristo, en su parusía; después el fin, cuando él entregue el reino al Dios y Padre, cuando ya haya destruido todo principado, y todo poderío y potestad… Cuando le someta todo (al Padre), entonces también él mismo el Hijo se someterá al que le ha sometido todo, para que Dios sea Todo (=Ta Panta) en Todos (1 Cor 15, 22-24. 28).

           A diferencia de 1 Tes 4,13-18, Pablo afirma ahora que todos mueren en (como) Adán, sea por decreto universal divino (cf. Hbr 9, 27), sea por vinculación con Adán  , como murió Cristo, para vencer a la muerte, destruyendo su aguijón (cf. 1 Cor 15, 55-57).  En ese contexto añade Pablo las palabras más importantes de la Biblia sobre el tema: “Así como en Adán mueren todos (=pantes), así también en Cristo serán vivificados todos (=pantes)” (1 Cor 15, 22). (a) Primero viene el hecho: todos mueren. (b) Después viene la declaración de fe, con la esperanza universal y positiva: todos serán vivificados (dsôopoiêthêsontai), es decir, recibirán la vida de Cristo (como antes han recibido la muerte de Adán). Estas palabras van en contra de Dan 12, 1-3, pues no hay dos resurrecciones, una de salvación y otra de condena (cf. Dt 30, 15-20, y en otro sentido Mt 25, 31‒46), sino una vivificación, en la línea de Rom 5 (cf. cap. 18), según el orden (tagma) siguiente:

  1. Primero ha resucitado Cristo, como primicia (1 Cor 15, 23). Frente a la muerte de todos en Adán (cosa que 1 Tes 4,13-18 no había contemplado), Pablo insiste ahora en la vida de todos en Cristo, interpretando así, de un modo universal la resurrección de Cristo. Él ha sido el primero que ha vencido a la muerte, pero no lo ha hecho como un hombre individual, sino como cabeza y compendio de toda la humanidad[2].
  2. Después resucitarán los que son de Cristo, en su parusía, los que forman parte de su comunidad o cuerpo mesiánico. De alguna forma (como destacan Ef y Col), los creyentes se encuentran integrados ya en la pascua de Jesús, aunque sólo resucitarán del todo en su parusía. Más que anunciador del juicio, mensajero del fin (como Henoc u otros videntes), Jesús es fuente de vida, presencia de Dios, para aquellos que se vinculan a él.
  3. Finalmente llegará el “telos” o plenitud (1 Cor 15, 24), entendida como victoria apocalíptica, con la destrucción de los poderes perversos (Principados, Poderíos y Potestades, que desembocan y se centran en la muerte) y también como culminación teológica o reintegración (el mismo Cristo Hijo vuelve al Padre). Jesús anunció y preparó el Reino de Dios, y ahora se cumple su anuncio, pues él mismo destruye con su victoria a los perversos (Principados, Poderíos, Potestades), para así entregar su Reino de vida al Dios y Padre[3].
  4. De forma que Dios sea todo en todos (1 Cor 15, 28). No se refiere sólo a los creyentes de 1 Cor 15, 23, en un contexto eclesial, sino a todos los seres humanos en un contexto universal de vida (1 Cor 15, 22), de manera que no hay dos espíritus opuestos (bien y mal) como en Qumrán, ni dos finales de la historia (salvación y condena), ni un Infinito (=Dios) separado de la historia de los hombres, sino que sólo un Espíritu bueno, que es el Dios Universal, que ha creado las cosas por sí mismo, para que todo sea y viva en él, por Cristo, de manera que los poderes opuestos, que han querido destruir su obra, desaparecerán (como si no hubieran sido).

             Eso significa que, estrictamente, esos “poderes” (entendidos como principados, potestades, poderes) no tenían realidad, no existían, no eres personas creadas por Dios (como los hombres y mujeres), sino que eran pura negación (no‒ser), una “apariencia” que no siendo realidad destruye, como Belcebú (lo satánico) y Mammón (el capital imaginario y destructor) del mensaje y vida de Jesús (cf. cap. 14). A fin de que todos vivan tienen que ser destruidos todos los poderes de muerte[4].

Ciertamente, en un plano, los hombres pueden destruirse y se destruyen unos a otros, acabando en la muerte (como sabe Gen 2‒3), si es que Dios les abandona, pero, en un plano más alto, el Dios Yahvé (¡soy el que soy! Ex 3, 14) hace que todos sean (=vivan) en Cristo, de forma que Dios sea todo (todas la cosas, ta panta) en y para todos (en pasin). Este Dios de Cristo no destruye ni condena a los hombres, hijos de Adán, sino sólo a los poderes adversos, in-humano, anti-humano, impersonales (pasan arkhên, exousian, dynamin, todo principado, potestad, fuerza), que han dominado el mundo. Pablo no habla pues de la maldad concreta de unos hombres históricos, a los que amenaza con la destrucción o el infierno, sino que habla de la maldad y destrucción de unos poderes que‒no‒son, pues sólo viven de destruir la vida ajena, parásitos de Dios.  La destrucción de esos poderes (que son la anti‒vida) se interpreta como revelación plena de la vida (todos serán vivificados: 1 15, 22). La obra de Cristo (su resurrección) aparece así como vivificación universal (recreación), de forma que Dios sea Todo-en-Todos (ta panta en pasin). Un tipo de teología posterior moralista, con una lectura parcial de Mt 25, 31-46, ha tenido dificultad en admitir la existencia y revelación de un Dios que, en (por) Cristo sea todo en todos (principio de salvación universal, sobre toda condena), y ha preferido hablar de “dos finales”, uno de premio, otro de castigo. Por eso es necesario insistir en ese Dios todo en todos[5].

 En esa línea de Dios Todo-en-Todos ha avanzado el sermón de Pedro en Hch 3,21 cuando habla de la apocatástasis o restitución universal, anunciada por los santos profetas antiguos; en ella se sitúa el himno de Ef 1, 10 cuando afirma que Dios, ha querido “recapitular” (anakephalaiosai) todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra. Ésta es la teología de fondo de las cartas de la cautividad (cf. cap. 19) y la del Discípulo Amado (cf. cap. 22): En el Cristo pascual (crucificado/resucitado) pueden integrarse todos los seres del cielo y de la tierra, en línea de salvación (no por la fuerza, sino libremente, conforme al mensaje del Evangelio), superando el muro divisor de judíos y gentiles, justos e injustos, integrando en Dios todos los seres personales[6].

 Apéndice: 2. Tes. Aquel que le detiene.

Pablo ha sido sobrio al presentar su teología apocalíptica en 1 Tes 4 y 1 Cor 15. Pero algunos apocalípticos posteriores, como el autor de 2 Tes, han querido precisar el tema de una forma quizá menos coherente:

 Por lo que se refiere a la venida (parousia) de nuestro Señor Jesucristo y nuestra reunión con Él… que nadie os engañe, en ningún sentido, pues no sucederá sin que venga primero la apostasía y se manifieste el Hombre de Iniquidad (anomia), el hijo de perdición, el que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, de manera que se sentará en el templo de Dios haciéndose pasar por Dios. Ahora sabéis quién lo detiene, a fin de que a su debido tiempo sea revelado. Porque ya está obrando el misterio de la iniquidad, pero debe ser quitado del medio Aquel que ahora le detiene (katekhon)…Y entonces será manifestado el Inicuo, a quien el Señor Jesús destruirá con el soplo (=pneuma) de su boca y con la epifanía de su parusía Y la parusía del Inicuo es por operación de Satanás, con todo poder, señales y prodigios falsos… (2 Tes 2, 1. 3-4. 8-9)

Este pasaje contiene elementos de simbología apocalíptica (en la línea de Daniel, cf. cap. 12), que Pablo había superado, como la referencia expresa al templo de Jerusalén (naos tou theou), donde se sentará el Hombre de Iniquidad, haciéndose pasar por Dios. En ese contexto ofrece motivos cercanos al tema de la abominación de la desolación (Dan 9, 27; 11, 31; 12,11; cf. Mc 13, 14; Mt 24, 15),  al enfrentamiento entre el Dios de Jesucristo y la Bestia, quizá sin advertir que Jesús no vino a defender el templo de Jerusalén frente al Malvado (el hombre de la iniquidad), sino a superarlo (purificarlo), siendo rechazado por sus sacerdotes).De todas formas, el tema central de este pasaje (de 2 Tes 2) no es la amenaza del “hombre de iniquidad” sentado sobre el templo de Dios, sino el hecho de que hay alguien/algo (un Detenedor, katekhon) impidiendo que actúe. Pero, en un momento dado, cuando ese Detenedor deje de impedirlo, se desatará el poder del Perverso y llegará el final[7].

 ‒ El Detenedor, un poder de vida. La fuerza del mal, que opera por el Anticristo, conduce a la muerte, de forma que humanamente hablando este mundo debería haberse destruido. Pero el Detenedor impide que la Muerte se desate. Eso significa que en medio de la historia existe y se despliega un potencial de vida, al servicio de la creación, una presencia de Dios, que permite que la humanidad subsista. Ese Detenedor que cierra la puerta a la gran destrucción puede relacionarse quizá con los poderes buenos del mundo (algunos lo identifican incluso con el imperio romano, como garante de cierta paz, en contra de lo que dirá el Apocalipsis), pero la tradición sinóptica y Pablo tienden a identificarle con la predicación cristiana, pues antes de que llegue el fin ha de extenderse el evangelio a todo el mundo (cf. Mc 13, 10; Mt 24, 14)[8].

Apostasía, el Anticristo. En un momento dado, a pesar del Detenedor, llegará la gran apostasía causada por Satán (el Inicuo), de forma que entonces tendrá que revelarse plenamente Cristo, con su poder de vida. El autor de 2 Tes sabe que el hombre lleva en sí un poder de destrucción, un pecado que acaba en la muerte (cf. Gen 2-3). En esa línea se sitúa este pasaje, evocando la parusía del Inicuo «con poder, con señales y prodigios falsos», situándonos así en el centro de la más dura anti-teología, en un espacio en el que parece que Dios no existe, pues la iniquidad (propia de ese anomos, inicuo: 2, 6) y la injusticia (adikía: 2, 10) dominan sobre el mundo. Pero entonces se manifestará plenamente la salvación de Dios en Cristo.

  Notas

[1] Éstos son pues los momentos del itinerario: (a) Resurrección de los muertos. (b) Elevación de los vivos. (c) Salvación de todos.   Pablo se sigue incluyendo entre los creyentes de la “última generación” de los que habla también el evangelio, cf. Mc 9,1 par.

[2] Cf. G. Fee, Primera a los Corintios, Eerdmans,Buenos Aires 1994; I. Foulkes, Problemas pastorales en Corinto, DEI, San José 1999. Los judíos saben que las primicias (primogénitos, primeros frutos) han de ser dedicadas a Dios, pues santifican y consagran el resto de la cosecha. La resurrección de Cristo, realizada ya, es punto de partida y comienzo (fundamento) de la resurrección (vivificación) de todos, en sentido radical.

[3] Este Cristo no tiene que condenar o encerrar en el infierno a unos hombres concretos (pecadores), sino a los poderes del mal (Principados-Poderíos-Potestades), para que todo culmine en el Padre.

[4] Se supera así el dualismo ontológico anterior (bien y mal, vida y muerte, salvación y condena), y se implanta un monoteísmo y mesianismode liberación (salvación) para todos los vivientes. Lo que el Cristo destruye con su victoria es el “no‒Dios”, el fantasma de mal (Belcebú, Mammón) que tiene a los hombres sometidos. De esa forma recupera Pablo el mensaje y camino de Jesús, ratificando la llegada de su Reino, de forma que Dios sea Todo en todos…, no sólo en algunos, en los buenos contra los malos, en los judíos frente a los gentiles, en los cristianos frente a los paganos…

[5] En   contra de esta visión paulina han protestado muchos judíos que no aceptan el principio de encarnación (cf. Jn 1, 14), según el cual Dios se hace “carne” (historia) para asumir y transformar todas las cosas, pensando que ello implicaría un panteísmo, contrario a la trascendencia de Dios. En esa línea, E. Levinas, Totalidad e Infinito, Sígueme, Salamanca 2002, ha dicho que conforme a ese visión Dios pierde su infinitud (trascendencia) y el hombre su libertad (siendo parte de un todo). Ese riesgo existe, sin duda, pero el Dios Todo-en-Todos de Pablo no actúa en forma cosmológica o idealista, como principio de unificación impositiva, sino que es fuente de comunicación y comunión personal, en un amor es principio de vida gratuita para todos los seres. Conforme a la visión de Pablo, la teología apocalíptica cristiana no implica negación o disolución, imposición o confusión, sino reconciliación gratuita en Cristo.  Pero ese Dios todo-en-todos no está al principio, sino al final de la redención mesiánica, no en forma panteísta negativa, sino de comunión personal de amor. Más que panteísmo éste es un “pan-en-cristismo”, fundado en la muerte y resurrección de Cristo, que puede salvar y salva en Dios a todos. En esa línea se sitúan, a mi juicio, algunas reflexiones del pensador judío F. Rosenzweig, La estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca 1997.

[6]   Un tipo de iglesia se ha sentido inquieta ante esa apocatástasis, condenando quizá de un modo poco claro al mismo Orígenes (Constantinopla II, año 543; cf. DH 403-411; Denz 213-228).  El tema ha sido replanteado por K. Barth en su obra teológica, a partir de Die Auferstehung der Toten, Kaiser, München 1924.

[7]   Más que en la venida de Cristo, 2 Tes insiste en el retraso de la acción destructora del  Perverso. Lo fácil sería que este mundo hubiera terminado, se hubiera destruido ya, por su carga de violencia. Lo sorprendente es que se mantenga. Lo admirable no es que pueda ser destruido ante la parusía de Cristo (implícita en su Pascua), sino que siga habiendo un tiempo de espera, de forma que los mensajeros de Jesús, sigan extendiendo su mensaje, amenazados por el Anticristo, como he puesto de relieve El Pensamiento de O. Cullmann, Clie, Barcelona 2015.

[8] En ese contexto (en la línea 1 Tes y 1 Cor 15), 2 Tes describe la parusía de Cristo como reacción frente al Perverso, en línea apocalíptica (como en Dan 7-12 y ApJn). Cuando parezca que el Contrario se eleva victorioso, cuando engañe a casi todos con prodigios falsos, vendrá el Cristo y le aniquilará con el Soplo de su boca (Palabra: cf. Ap 19, 15; 4 Es 13,10), «con la epifanía de su parusía», con la fuerza y gloria de su presencia.

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