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Archivo para junio, 2025

Profesión de fe.

domingo, 1 de junio de 2025
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4399_ar2124f1Lc 24, 46-53

«Y mientras los bendecía, se separó de ellos»

La lógica nos dice que la muerte es el final del camino; que todo muere en este mundo y que el ser humano no tiene por qué ser la excepción a la regla. Heidegger, por ejemplo, afirma que «venimos de la “nada de antes” y vamos a la “nada de después”, y debemos ser capaces de aceptar esta realidad y asumir la angustia de caminar hacia la nada». Y ésta es una forma muy “lógica” de ver las cosas, pero el evangelio nos ofrece una alternativa más esperanzadora en el texto que hoy leemos … Pero es preciso leerlo bien.

Esto significa que no debemos verlo como una narración de hechos sucedidos, sino como una hermosa profesión de fe: “Jesús, tras su muerte, es exaltado al lugar que le corresponde; a la diestra del Padre”. Pero no sólo es una profesión de fe en Jesús, sino también en nosotros los seres humanos, pues con los ojos de la fe podemos ver que nuestro destino no es la muerte, sino la liberación definitiva del poder del mal que aquí nos somete; que nuestro destino es Dios; que es tal nuestra grandeza que estamos destinados a alcanzar la divinidad.

Y esto lo vemos en Jesús. Por eso Jesús es fundamentalmente para nosotros el que da sentido tanto a nuestra vida como a nuestra muerte. A nuestra vida, porque no sólo nos invita a trabajar por un mundo mejor –el Reino–, sino que nos da una excelente razón para ello: que la humanidad es el proyecto de Dios, el sueño de Dios, y que estamos invitados a participar en este proyecto como protagonistas. También da sentido a nuestra muerte, porque nos dice que no somos unos animalillos condenados a morir y desaparecer, sino que somos Hijos queridos que, tras la tarea, regresan a la casa del Padre. Es tan buena la Noticia que nos ofrece el evangelio que dudamos de que pueda ser cierta… Pero es la que en él se proclama.

Un último apunte referido al sentido de la vida.

Hay personas que buscan el sentido de la vida en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y este hecho nos lleva a formular una consideración final. Si convenimos que la esencia de lo humano es la “humanidad”, es decir, la facultad de amar, de sentir cariño por la gente, de compadecer a quienes lo pasan mal, de solidarizarse con ellos y no permanecer indiferentes e inactivos ante la desgracia ajena, la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica. Y esto puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno, pues cualquier actitud vital que genere humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.

Entonces ¿cuál es la diferencia?… Pues la diferencia está en que la capacidad que ha demostrado la religión para motivar a comportamientos humanitarios es muy superior a cualquier otra. De hecho, la praxis del cristianismo se asienta en el amor fraterno; en la humanidad.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Adoración, alegría y bendición

domingo, 1 de junio de 2025
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porta-asc10[1]El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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¿Testigos de la verdad… o de la propia creencia?

domingo, 1 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 1 junio 2025

Lc 24, 46-53

Pareciera como si, por defecto, el ser humano tendiera a ser proselitista. Detrás de esa tendencia, parecen apreciarse dos hechos significativos: una necesidad básica de seguridad y un anhelo noble de hacer el bien. Lo que sucede es que, con frecuencia, el modo como ambos se han articulado ha producido efectos muy perjudiciales.

La necesidad de seguridad lleva a identificar la propia creencia con la verdad. Lo que solo era un mapa mental se confunde con el territorio definitivo. Al instante, la persona cree estar en posesión de la verdad, a la vez que crece en ella la sensación de seguridad. No cabe duda de que esa creencia parece otorgarle algo que desea constantemente: llevar el control.

Pero hay también un anhelo noble: ayudar a los otros a vivir, ofreciéndoles aquello que a uno mismo le ha hecho bien. Esto explica que muchas veces el propio sujeto haya visto y vivido su proselitismo como un acto de amor y de servicio.

Y, sin embargo, el proselitismo siempre encierra una trampa, por lo que, antes o después, termina pasando factura. La trampa consiste en pensar que la verdad puede encerrarse en una fórmula, un concepto o una creencia, que más tarde podría “exportar” a otros. Lo cierto, sin embargo, es que la mente solo puede tener creencias o mapas, nunca la verdad.

La verdad no es “algo” que se tenga y pueda expresarse verbalmente. La verdad no puede tenerla nadie, únicamente la podemos ser. Pero, en cuanto reconoces eso, sabes que toca acallar la mente y permanecer en silencio, porque comprendes que todo otro es también verdad. Y cuando comprendes que el otro, por más que tenga una mente confusa, es verdad, como tú, habrás modificado de manera radical tu modo de verlo. No lo verás más como alguien a quien “convertir” a tu verdad, sino como la misma verdad que se está desplegando en esa persona mientras busca reconocerla.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo. La Ascensión

domingo, 1 de junio de 2025
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3101A04D-0A69-4AE3-998A-FB9F2D5E69A4Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- La fiesta de la Ascensión.

La Muerte, Resurrección y Ascensión constituyen un único acontecimiento. Por “pedagogía teológico-litúrgica” celebramos por separado la Pasión, la Muerte, la Resurrección, Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu… Pero es un único acontecimiento.

La cuestión no es si JesuCristo concluyó en Dios el viernes santo a primera hora de la tarde, el domingo de Pascua o a los cuarenta días. No se trata de un tiempo material, cronológico, sino teológico –existencial- expresado en un lenguaje simbólico-poético.

Según el Evangelio de Lucas todo aconteció el mismo día de Pascua. Según el libro de los Hechos, la Ascensión aconteció a los 40 días de la resurrección

    Tampoco se trata de una cuestión espacial: Jesús habría subido al cielo como un astronauta. Es un mundo alegórico: Jesús “subió” junto a Dios, y una nube (símbolo de la protección de Dios) lo acogió en Dios.

    La Ascensión es el “día sin fin”, el “día eterno de Pascua” para Cristo, para nuestros hermanos difuntos y para toda la humanidad.

En esta fiesta de la Ascensión celebramos que Jesucristo concluyó su historia en Dios y nuestra historia concluirá también en Dios. Terminaremos en el Señor y terminaremos como Él, en la casa del Padre.

Por ello, esta fiesta es de gran esperanza e impregna de esperanza toda nuestra existencia y nuestra historia.

02.- La gran crisis de nuestro tiempo es la esperanza / desesperanza.

    Allá por los años 1950 / 60 la crisis de nuestra sociedad era la fe, el ateísmo, la muerte de Dios, el marxismo, etc. Hoy en día la crisis es más bien de esperanza. Nuestro momento ha clausurado el futuro. No hay nada que esperar.

    Hemos sustituido la esperanza por unas vacaciones, el ser por la nada y la fe por los ritos del “self service” eclesiástico. Y esto crea mucha cansera, mucha desesperanza.

    La cuestión más grave que tenemos no es la pandemia, ni la guerra, la cuestión más seria que tenemos es la nada, el nihilismo que termina por minar y socavar los cimientos de la existencia y nos sume en una profunda desesperanza. La nada y la desesperanza, cuando no la desesperación,  terminan por quitar el sentido de la vida y las ganas de vivir.

Quizás por esta razón es por lo que está aumentando el número de suicidios. Tenemos cosas para vivir, lo que ya no tenemos son ganas de vivir.

En el País Vasco se da un suicidio cada dos días. En el año 2020 se suicidaron 184 personas en el País Vasco, en España, 70.000.

El hombre actual sabe y tiene, pero no espera; sin embargo los humanos somos seres esperantes, porque quien deja de esperar, deja de vivir.

03.- La Ascensión es una fiesta de esperanza.

Dice el profeta Isaías una honda verdad: en la esperanza está vuestra fortaleza. (Is 30,15)

La fiesta de la Ascensión nos habla del sentido de la vida y nos anima a vivir confiada y esperanzadamente. Tal vez el núcleo central de esta fiesta de la Ascensión es recordarnos que el final del ser humano y de la historia está en Dios y esto nos llama vivir confiadamente. Cristo es el principio y fin de la vida. El lugar del ser humano es Dios, el amor de Dios.

La esperanza en el futuro es la alegría y el sentido del presente. Lo que esperamos ilumina el momento presente.

    Aquellos buenos teólogos que llevaron adelante el concilio Vaticano II, cultivaron estas ideas: caminamos hacia la finalización, (Teilhard de Chardin). Vivir mirando y esperando el futuro absoluto infunde ánimo, espíritu y coraje.

    Sembremos esperanza. ¿Cómo es posible que en los colegios y universidades, en los medios de comunicación no se dedique un tiempo, una asignatura a la esperanza, al sentido de la vida, al horizonte absoluto? Estas cosas no son “religión”, son sentido común, sembrar esperanza.

    Caminamos hacia el punto final, hacia el horizonte, que es Cristo.

04.- Jesús les bendijo y se marchó de entre nosotros. Y dejas Pastor santo.

    Una hermosa coincidencia:

  • San Lucas comienza su evangelio con la bendición del anciano Zacarías bendice a Dios: Bendito sea el Dios de Israel … puedes dejar a tu siervos marchar en paz
  • Y ahora, al final, Jesús se marcha bendiciendo a los suyos.

    Bendecir significa decir bien en la vida

Estamos llenos de maldiciones, de decir mal, de descalificaciones, de linchamientos personales, morales, de acepción de personas. Y eso no es bueno, ni hace bien. La Ascensión nos habla de una creación originaria y de futuro bien dicho por JesuCristo para toda la humanidad.

Jesús se marchó.-como había vivido- Bendiciendo. Diciendo y haciendo bien.

Es un gran programa de vida pasar por la vida diciendo bien y marcharnos dejando algo de bien.

05.- No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo

La fiesta de la Ascensión es una llamada al futuro. Y porque creemos en el futuro, nos empuja a trabajar en el presente

Creemos en la Ascensión y por eso, “miramos al cielo” con nostalgia infinita y con ojos limpios por la esperanza y sin intereses. Y porque miramos al cielo y al futuro absoluto, no nos quedamos en las mediaciones ni vivimos en “babia” alelados en espiritualismos celestes anquilosantes y evasivos

Porque creemos en la Ascensión, confiamos y esperamos con ilusión el futuro, el futuro de Dios. Y porque miramos al cielo, vivimos y trabajamos en la tierra por cambiar este presente.

Miremos con intensa nostalgia al cielo pisando tierra.

No os quedéis plantados mirando el cielo, pero mirad al cielo.

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«Dejar de mirar al cielo para comprometernos con la historia presente», por Consuelo Vélez

domingo, 1 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Ascensión del Señor 1-05-2025

Los discipulos han sido los testigos de todo lo acontecido con Jesús y llega el momento de dar testimonio

Jesús, efectivamente se va a ir, no se aparecerá más y el legado queda en manos de los discípulos

La ascensión es la fiesta que nos recuerda que los testigos de Jesús ahora somos nosotros y hemos de predicar la buena noticia del reino con la alegría que este trae.

 

Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.  Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

(Lucas 24, 46-53)

Los domingos anteriores hemos visto la aparición de Jesús a los suyos en diversos textos y hoy el evangelio de Lucas va a cerrar estas apariciones con la ascensión de Jesús, terminando así su evangelio, para pasar al libro de Hechos que, también se le atribuye a Lucas, donde comenzará la vida de la Iglesia. En Hechos, Lucas, después de dar las razones de por qué va a escribir este libro, relata nuevamente la ascensión de Jesús.

Notemos que Jesús se aparece a los suyos y les hace una especie de resumen de lo que ha pasado diciéndoles:   “así estaba escrito, el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día y en su nombre se ha de predicar el perdón de los pecados a todas las naciones”. Para Lucas todo sucede en Jerusalén, mientras que, para Marcos y Mateo, Jesús se aparece en Galilea. Jerusalén será, entonces, el lugar desde donde el mensaje se ha de expandir a todas las naciones.

Jesús continúa dando la razón de por qué les está diciendo esto. Ellos han sido los testigos de esos acontecimientos y llega el momento de dar testimonio. Pero esta predicación no la podrán hacer por sus propias fuerzas, de ahí que les recuerda la promesa que el Padre les ha hecho -nosotros sabemos que es el Espíritu Santo, pero el texto no lo dice-, y se compromete, él mismo, a cumplir esa promesa.

Aunque les dice que permanezcan en la ciudad, o sea, en Jerusalén, hasta que se cumpla la promesa, se los lleva a Betania, ciudad a unos 3 km de Jerusalén y allí se va a dar la ascensión. Primero Jesús eleva las manos y los bendice y luego es llevado a los cielos. Los términos que se usan en el relato -levantar las manos, ser elevado- acompañan el acontecimiento que se está realizando. Jesús, efectivamente se va a ir, no se aparecerá más y el legado queda en manos de los discípulos.

El texto concluye diciendo que ellos volvieron llenos de alegría a Jerusalén y no cesaban de alabar a Dios en el Templo.

La ascensión es entonces, la fiesta que nos recuerda que los testigos de Jesús ahora somos nosotros y hemos de predicar la buena noticia del reino con la alegría que este trae. Ya nadie puede ver a Jesús si no es a través de nuestras palabras y obras. En el relato de la ascensión del libro de Hechos, se aparecen dos hombres que dicen a los discípulos: ¿qué hacen mirando al cielo? Estas palabras podrían ayudarnos a tomar en serio la tarea que tenemos en la tierra. En otras palabras, la ascensión no es para mirar al cielo sino para trabajar en la tierra. Sentirnos discípulos de Jesús es reconocer su envío, confiar en la fuerza de su Espíritu y con gozo realizar la misión evangelizadora de la Iglesia que ahora está en nuestras manos.

(foto tomada de: https://brujulacotidiana.com/es/la-ascension-del-senor)

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“ De esto sois testigos vosotros”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 1 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Hoy la Iglesia celebra la Ascensión, acontecimiento pascual que Lucas narra en su Evangelio (el pasaje de hoy) como el acontecimiento final de la vida de Jesús de Nazaret y en los Hechos de los Apóstoles como el acontecimiento inicial de la vida de la Iglesia (cf. Hch 1,1-11, también proclamado hoy en la liturgia).

Es significativo que los dos relatos no sean totalmente armonizables entre sí, ya que leen el mismo acontecimiento desde dos perspectivas diferentes. En los Hechos, la ascensión de Jesús al cielo tiene lugar cuarenta días después de su resurrección de entre los muertos (cf. Hch 1,3), mientras que en el Evangelio se sitúa en la tarde de ese «día sin fin», «el primer día de la semana» (Lc 24,1), día del descubrimiento del sepulcro vacío y de la aparición del Resucitado a las mujeres (cf. Lc 24,1-12), a los dos discípulos en el camino a Emaús (cf. Lc 24,13-35) y, finalmente, a todos los discípulos reunidos en una casa en Jerusalén (cf. Lc 24,36-49).

Dos maneras diferentes de narrar el único acontecimiento de la resurrección, que Lucas trata de iluminar en toda su amplitud: la resurrección significa, en efecto, la entrada de Jesús como Kýrios en la vida eterna a la derecha de Dios Padre (Ascensión) y también la venida del Espíritu (Pentecostés: cf. Hch 2,1-11).

En la página final de su Evangelio, Lucas cuenta cómo Jesús se separó de los suyos, no para abandonarlos, sino para estar siempre con ellos, el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros (cf. Mt 1,23; 28,20), en una nueva forma de vida. Su existencia humana terminó con la muerte, y ahora, tras la resurrección de su cuerpo, la vida de Jesús es otra, es la del Señor vivo, es la vida divina de aquel que está en la vida íntima de Dios, a su derecha, el lugar del Hijo elegido y amado (cf. Sal 109,1 bc; Lc 3,22; 9,35).

Nos encontramos, pues, en la casa de los discípulos en Jerusalén: los dos de Emaús han regresado y han contado su experiencia, mientras los Once y los demás testigos también dan testimonio de que Cristo ha resucitado y ha sido visto por Simón Pedro (cf. Lc 24,33-35). Mientras todos hablan de Jesús, Él mismo está en medio de ellos, les da la shalom, la paz (cf. Lc 24,36), y luego pronuncia unas palabras que resuenan con absoluta novedad: «Estas son las palabras que os dije cuando aún estaba con vosotros» (Lc 24,44a).

Sí, porque Jesús ya no está con ellos como antes, como hombre, maestro y profeta; ahora es el Señor vivo que ya no habla en arameo, con el sonido de su voz humana que ellos habían escuchado durante tanto tiempo, sino de una manera nueva, más eficaz, persuasiva, porque su voz está dotada de la fuerza del Espíritu de Dios plenamente activo en el Resucitado.

En la potencia del Espíritu, el Señor Jesús muestra a los discípulos el cumplimiento de las Escrituras y el cumplimiento de sus palabras en los acontecimientos que precedieron a ese día (cf. Lc 24,44-47). El Resucitado explica las Escrituras de manera que los discípulos comprendan la conformidad entre lo «estado escrito» y lo que han vivido: ahora los discípulos pueden finalmente comprender lo que antes no podían entender.

Sin duda habían leído muchas veces la Torá, los Profetas y los Salmos, pero ahora que los hechos se han cumplido pueden comprenderlos creyendo, a la luz de la fe. Jesús les había anunciado varias veces la necessitas de su pasión y muerte (cf. Lc 9,22.43-44), pero estas palabras les habían parecido escandalosas, enigmáticas (cf. Lc 9,45). Ahora, sin embargo, que se han cumplido, no por destino o fatalidad, sino por la necesidad mundana según la cual «el justo» (Lc 23,47) en un mundo injusto debe morir (cf. Sab 1,26-2,22) y por la necesidad divina por la cual Jesús, en obediencia a la voluntad del Padre, no se defiende, sino que acoge el odio sobre sí mismo amando hasta el final, ahora sí es posible creer en las Sagradas Escrituras.

Y creyendo es posible convertirse en «testigos», hasta anunciar la muerte y resurrección de Jesús como acontecimiento que exige conversión y da la remisión de los pecados: el perdón de Dios a toda la humanidad, en espera de la buena nueva de la salvación. Todos son testigos —subraya Lucas—, todos anunciadores del Evangelio, no solo los Once, los apóstoles, sino también los demás presentes en el mismo lugar.

Sí, Jesús, este hombre de Nazaret, hijo de María y de Dios, que solo Dios podía darnos, había venido sobre todo como visita de parte de Dios (cf. Lc 1,68): una visita no para castigar los pecados cometidos por el Pueblo de Dios y por toda la humanidad, sino una visita que anunciaba el perdón de los pecados (cf. Lc 1,77). Con esa muerte de «hombre justo» que acogía sobre sí el odio, la violencia y la mentira de los malvados, y respondía no con violencia sino con amor, Jesús entregaba al Padre la verdadera imagen de Dios, el Adán que Dios había querido (cf. Col 1,15).

Y precisamente como justo que está del lado de los pecadores, solidario con los publicanos, los impuros, las prostitutas, los ladrones y los malhechores, Jesús subía al Padre dirigiéndole la oración incesante que implora perdón y misericordia. Entre sus últimas palabras antes de morir, ¿no había dicho: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)? ¿Y no fue acaso a un malhechor a quien dirigió su última promesa: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)?

Por lo tanto, los discípulos, testigos de esta misericordia vivida, enseñada y contada por Jesús, deben anunciarla a todos los pueblos. Esta es la predicación de la Iglesia, que, en cambio, a menudo se ve tentada a atribuirse tareas que el Señor no le ha encomendado: la única tarea evangélica es anunciar y hacer misericordia, lo que significa servicio a los pobres, a los enfermos, a los que sufren, cercanía y solidaridad con los pecadores.

«Comenzando por Jerusalén» y hasta los confines del mundo, los testigos, como viajeros y peregrinos, anunciarán en todas partes el perdón de los pecados, perdonarán e invitarán a todos a perdonar: este es el Evangelio, la buena nueva.

Ser testigos de este anuncio (¡y de nada más!) es una tarea ardua, porque parece poco creíble, casi imposible de realizar, y, sin embargo, aquellos pobres discípulos y discípulas, la noche de Pascua, escucharon, comprendieron y desde entonces intentaron poner en práctica nada más que esto: el perdón, la remisión de los pecados.

Se necesitará «el poder que viene de lo alto», la venida del Espíritu Santo de Dios, para estar capacitados para cumplir este mandato, pero no hay que temer: cuando Jesús, el Hijo de Dios, asciende al cielo, desciende del cielo el Espíritu de Dios, que es también y siempre el Espíritu de Jesucristo, fuerza que siempre nos acompaña y nos inspira en esta misión.

¿Cómo contar la ascensión de Jesús con palabras humanas? Lucas intenta narrarla, recordando cómo el profeta Elías había dejado esta tierra para ir a Dios (cf. 2 Re 2,1-14), y así escribe que Jesús, después de haber llevado a Betania a aquellos discípulos que ya se habían convertido en testigos, les dejó la bendición y, «mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». Este es el éxodo de Jesús de la tierra al Reino de Dios.

El Evangelista no atenúa en modo alguno la separación de Jesús de los suyos: Él ya no está presente como antes, pero la bendición que da es una bendición continua, es la inmersión de los suyos en el Espíritu Santo (cf. Lc 3,16). Es también el último acto del Resucitado: da la bendición sacerdotal que había sido suspendida, no dada al principio del evangelio por el sacerdote Zacarías, después de la aparición del ángel y el anuncio de la venida del Mesías (cf. Lc 1,21-22).

Esta bendición llena de alegría a la comunidad de Jesús precisamente cuando él se separa de ella, pero también la convierte en sacerdotal (cf. 1 P 2,9): los creyentes en Jesús son, de hecho, un nuevo templo, sacerdotes y adoradores del Resucitado, capaces de responder con la oración de bendición a la bendición de Jesús.

La incredulidad es finalmente vencida y la fe en Jesús Señor y Dios es tal que permite a los discípulos sentir a Jesús presente en medio de ellos incluso después de la separación de su cuerpo glorioso, ahora en la intimidad del Padre, Dios.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de la Ascensión, 1 de junio de 2025

1.- Convertirse en Iglesia – Lucas 24, 46-53 –.  

2.- Una gravedad que atrae hacia arriba.

3.- Jesús entra en lo más profundo de todas las vidas.

4.- El último gesto de Jesús es bendecir

5.- Una «fuerza de gravedad» que empuja hacia arriba.

6.- De esto sois testigos vosotros

7.- La plenitud en el desprendimiento.

8.- La última palabra: una bendición.

9.- La bendición infinita de Jesús.


1.- Subió al cielo.

2.- Ascensión – Salvador Dalí –.

3.- Jesús Resucitado es el cielo.

4.- En su ascensión, todo asciende.

 P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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