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En torno a la Asunción (I): Las cuatro mujeres del Apocalipsis

Domingo, 15 de agosto de 2021

CE53A7BC-0DBB-4F20-962B-224605189ACBDel blog de Xabier Pikaza:

Un interesante trabajo que iremos publicando en los próximos días…

“El próximo domingo (Hoy, 15.8) celebramos la fiesta de la Asunción de María, Madre de Jesús. En años anteriores he ofrecido en este blog algunas reflexiones generales sobre el tema. Este año he querido situar su figura en el contexto de las mujeres del Apocalipsis, un tema fascinante de simbología, teología y espiritualidad cristiana”

“En ese contexto quiero ofrecer una comentario de la Mujer celeste, vestida de sol, que aparece en Ap 12, 1-6. Ella ha sido fuente de inspiración no sólo para la simbología de la Asunción, sino para el despliegue y desarrollo de algunas advocaciones marianas (como la Virgen de Guadalupe de México). Así lo haré a lo largo de seis días, presentando esa figura de la Mujer Celeste en el contexto general de las mujeres del Apocalipsis

“Éste es un trabajo exegético y teológico algo largo, pero es importante  para situar no sólo la figura y culto de María, Madre de Jesús, sino para conocer la función de la mujer en el despliegue de la Biblia y en el pensamiento de la Iglesia. La  Mujer‒Madre celeste quedó integrada simbólicamente en la divinidad, al lado de Dios Padre, completando así un tipo de arquetipo divino y su manifestación en la historia humana[1]”

“Esta madre celeste y terrestre, vencedora, vencida y luego  elevada nuevamente a la “divinidad”  forma parte de la  transmutación de lo femenino en la historia de occidente”. Por un lado, es una mujer, por otro lados son tres (o cuatro) mujeres que han marcado y siguen marcando el imaginario femenino de la apocalíptica judía y cristiana del I d.C., tal como culmina en el Apocalipsis de Juan, en su lucha contra los poderes satánicos de muerte que amenazan con destruir la historia humana

| X Pikaza


Esquema general

Mi trabajo sobre la mujer (mujeres) del Apocalipsis consta de seis partes, que iré presentando en los seis días que siguen.

1 Tres o cuatro mujeres

Metamorfosis. Cuatro mujeres
Una misma mujer: Madre, perseguida, novia
2. Primera mujer. Madre cósmica y Dragón (Ap 12, 1-5

Introducción. Mujer y Dragón en el cielo (Ap 12, 1-4
Comienzo del drama. Dio a luz un Hijo Varón… (Ap 12, 5)
3. Segunda mujer. La compañera de las bestias (Ap 12, 6-13, 18)

Mujer fugitiva. Dragón expulsado del cielo (Ap 12, 6-12).
Mujer perseguida (12, 13-17).Se le dieron alas de águila
Mujer amenazada. El Dragón y las Bestias (12, 18-13, 18)
4.Tercera mujer. Prostituta universal, economía perversa (Ap 17-18)

Jezabel. “Prostituta” discutida de Tiatira
Desarrollo temático. La prostituta Roma (Ap 17, 1-6)
Culminación. Asesinato y robo (Ap 18, 1-19,8)
Conclusión. Asesina asesinada, muerte de la Prostituta
5.Cuarta mujer. Ciudad-novia, bodas del Cordero (Ap 21-22)

Arquetipo femenino de Dios. La novia del Cordero
Un tema abierto. El arquetipo bíblico de Dios y la mujer del Apocalipsis
6-Conclusión hermenéutica. Mito, apocalíptica e identidad antropológica

Comienzo. Mujer celeste, tiempo originario
Desarrollo. Madre Israel, Antiguo Testamento
Experiencia cristiana. El mito se hace historia
INTRODUCCIÓN. LAS CUATRO MUJERES DEL APOCALIPSIS

En un comentario del Apocalipsis he desarrollado algunos rasgos (símbolos) de la Mujer (cuatro mujeres) del libro, partiendo de Ap 12, 1‒6. En ese fondo se ha vuelto necesario un nuevo estudio simbólico y literario, histórico y social de esos motivos, partiendo de una visión dramática de conjunto que destaque la vinculación (diferencia y unidad) de las escenas y figuras del Apocalipsis, en una línea simbólica y existencial, abierta a la esperanza de futuro de la Biblia en su conjunto[2].

En esa línea, podemos afirmar que Ap 12, 1‒6 constituye el centro dramático del libro del Apocalipsis (y en algún sentido la culminación de toda la Biblia), de manera que sus temas y figuras (Mujer, Dragón, Hijo) sólo pueden entenderse desde el conjunto del texto que desemboca en el descenso y bodas de la Novia y el Cordero (Ap 21-22). Por eso quiero elaborar una exégesis simbólica y social del texto, desde una perspectiva de identidad cristiana, teniendo en cuenta el conjunto de la Biblia cristiana, que culmina de algún modo en esta escena. Este arquetipo de la Mujer, que es al mismo tiempo Gran Madre, Iglesia o comunidad perseguida y Novia del Cordero constituye uno de los centros simbólicos de la Biblia[3].

METAMORFOSIS. TRES O CUATRO MUJERES

Ap 12, 1‒6 nos sitúa en el punto de partida de una historia dramática que es, al mismo tiempo, la historia de Dios (humanidad) y la de cada uno de los hombres, en los que se individualiza y encarna su figura, en línea universal, judía y cristiana[4]. En esa línea, reinterpretando lo anterior, he querido situar a la Mujer en el contexto de la historia social (comunicativa) de la humanidad.

No es una mujer-‒ya‒fijada, sino una mujer-haciéndose (in fieri), en un proceso dramático, definido por el nacimiento pascual de Jesús (Ap 12) y por su victoria final como Hijo Cordero (Ap 19-20), conforme a los cuatro momentos ya indicados, que ahora retomo en línea más dramática:

Madre celeste, conflicto social primigenio (Ap 12, 1-5). La Madre es el punto de partida de la historia. Humanamente hablando no podemos avanzar (más allá sólo queda Dios, el gran silencio bíblico). Ella es la generación originaria, fuerza engendradora de vida, cielo original en forma de mujer, paraíso del principio del que provenimos. Este aspecto materno de la vida (amenazado por el Dragón) sigue definiendo la vida de los hombres. Para que exista humanidad tiene que haber unaMadre primera.

Pero la Madre no está sola: a su lado, como fuerza que parece posterior (no se dice de donde proviene, lo mismo que en Gen 3), pero que es determinante, se eleva el Dragón o Serpiente. Este conflicto de Madre‒Engendradora y Dragón‒Homicida no es sólo un mito cosmogónico o existencial, sino que retoma el recuerdo genético de la lucha primigenia, siempre repetida que define el sentido de la humanidad. Muchos han pensado que el principio de todo ha sido y sigue siendo la guerra (Heráclito), es decir, la envidia mimética, la lucha sin fin de los contrarios.

Pues bien, en contra de los análisis posteriores de Hegel y Marx, de Freud o de R. Girard, nuestro pasaje sabe que la “madre” de todas la guerras no fue un conflicto de “conciencias” masculinas (Hegel), ni una oposición entre clases sociales por dinero (Marx), ni un tipo de “edipo” o guerra de los hijos contra el padre (Freud), ni la rebelión mimética de uno en contra del modelo de vida que señalan y, al mismo tiempo les impiden gozar sus “modelos” (o antecesores). Ap 12, 1‒6 sabe y dice que la primera de todas las guerras de los hombre es la guerra en contra de la “madre”, eso es en contra de aquel/aquella que les ha dado la vida. Antes de todas las reflexiones, importantes pero derivadas de Hegel‒Marz y de Freud‒Girard, en un contexto bíblico, Ap 12, 1‒6 ha sabido describir el primero de todos los conflictos de la historia, como oposición entre la mujer‒madre (don de la vida) y demonio‒dragón, que vive devorando (matando) vida ajena. Ésta es como he dicho “la madre de todas las guerras”[5].

Madre en la tierra, mujer perseguida (Ap 12, 6-18). La figura anterior (Madre celeste) era un símbolo o proyección social del origen y riego de la vida: releyendo la meta-relato bíblica del origen de la humanidad (Gen 2-3), el autor del Apocalipsis había destacado el signo primigenio de la Madre que da a luz sobre los cielos. Pues bien, pasando ya al plano de la humanidad concreta, él la presenta en la historia, como mujerfugitiva y perseguida, en el espacio y tiempo de conflictividad del mundo. Ha dado a luz al Hijo vencedor y continúa oponiendo al Dragón, que la persigue; por eso debe escaparse y vivir en el desierto, como saben las tradiciones del Éxodo judío, reinterpretadas por nuestro pasaje (cf. Ap 12, 6).


Por un lado, ella se eleva sobre los riesgos del mundo (pues el mismo Dios la ayuda, por medio de la tierra: 12, 13-16). Por otro lado, ella sufre en sus “restantes” hijos, perseguidos bajo la amenaza del Dragón furioso, que es principio de violencia y muerte (12, 12.17). Significativamente, cierto tipo de exégesis y teología católica y ortodoxa ha destacado el signo mariano de la Mujer vestida de sol, identificada a veces con la Virgen María (como en Guadalupe, de México.

Pero esa teología se ha ocupado menos de esta Mujer perseguida, a pesar de que el motivo de la madre mesiánica expulsada y condenada se halla igualmente en la base de Mt 2 (huida a Belén). Sea como fuere, el mismo despliegue del mito nos ha conducido hasta el centro de la conflictividad social de este mundo: la madre mesiánica es una mujer perseguida, la humanidad (iglesia) amenazada que se mantiene fiel y sigue ofreciendo el don de su vida allí donde los poderes del mundo quieren destruirla[6].

Prostituta, mujer perseguidora (Ap 17-18). Las figuras anteriores (Mujer Celeste y Perseguida) estaban vinculadas (identificadas) por el mismo texto (cf. 12, 5-6). Por el contrario, esta figura es nueva y puede interpretarse como inversión de las anteriores, especialmente de la mujer perseguido, apareciendo así como anti‒iglesia. Este nueva mujer desea presentarse y se presenta como diosa (se sienta sobre la Bestia, viste ropaje de reina y sacerdotisa: Ap 17, 3-4), pero no lo es, pues no existía en el principio de Gen 3, ni la hallamos en el “cielo” de Ap 12, 15, donde sólo estaba la Madre mesiánica.

Esta mujer perseguidora y satánica (que viene a completar el despliegue de las dos bestias de Ap 13) es la aliada del Dragón, que copula con ella, engendrando así unos hijos para la muerte, es decir, para el Dragón. Ella es la gran Prostituta, completando el despliegue de muerte de las Bestias (de Ap 13), en el proceso mismo de la historia, oponiéndose a la mujer Perseguida. De esa forma aparece como Perseguidora, que “se ha emborrachado bebiendo la sangre de los santos y la sangre de los testigos de Jesús” (17, 6). Es Madre, pero en sentido invertido, pues engendra a “los prostitutos y a todos los abominables de la tierra” (17,5).

Esta mujer Perseguidora es una figura social, Mujer prostituida, esposa falsa del Dragón de Ap 12, compañera de las Bestias de Ap 13. En un sentido pudiéramos decir que es el aspecto femenino‒pervertido de esas Bestias que provienen del Dragón (violencia militar, engaño religioso: cf. Ap 13), como culmen de la Trinidad Satánica, Espíritu Perverso (lo contrario del Santo). Pero, en otro sentido, ella aparece más bien como prostituta del mismo del Dragón, que quiera edificar su sistema de muerte, como amor pervertido, en forma economía asesina (de forma que ella puede identificarse de algún modo con el anti‒Dios Mammón de Mt 6, 24).

Tiene, como he dicho, un sentido social y así aparece como Ciudad Perversa, expresión y compendio de una humanidad que se reúne y se hace fuerte para robar y matar, edificando un trono de sangre (no de vida) que parece eterno, pero que será al fin destruido por el Cordero de Dios[7].

Madre
Transmutación final: La Madre se hace Novia del Cordero (Ap 21-22).Frente a la Ciudad perversa o Prostituta-Roma, que ha querido imponer su ley de engaño y sangre sobre el mundo (Ap 17), se eleva al fin la Ciudad-Novia, vinculada al Cordero de Dios, signo y compendio de gracia, de amor hecho comunión personal para todos los salvados. Así aparece como persona (Novia) y Sociedad perfecta, signo de encuentro en amor para todos los creyentes. Significativamente, esta Mujer-Humanidad perfecta aparece al final, pero no ya como Madre, sino como Novia, Perseguida liberada y Anti-prostituta, expresión y cumplimiento del misterio positivo de la humanidad de Dios, plenitud de comunión, entrega mutua entre todos los vivientes.

No es Madre segunda frente la primera (ya no hace falta más madre, pues todo ha nacido), sino Mujer buena (humanidad perfecta), esposa amante, compañera del Cordero de Dios. Ya no tiene que engendrar, pues el camino del engendramiento, riesgo y muerte ha culminado; por eso, ella aparece como mujer-persona, Novia que no tiene más tarea ni sentido que amar. Con ella pasamos de la Mujer‒Madre que debe alumbrar en dolor (Ap 12), mientras el mundo sigue siendo lugar de enfrentamiento, a la Mujer‒Compañera de amor, la Novia final de las bodas, sin más tarea que el gozo de la vida y el amor completo (Ap 21-22). Así venimos de la mujer naturaleza (que engendra) a la mujer persona (simboliza como novia); así pasamos de la mujer que huye, perseguida a mujer humanidad fiel en amor, es decir, la Humanidad del Cordero de Dios[8].

Según esto, la Mujer‒Madre no es la meta sino el principio de la vida y no puede proyectarse en ella la figura de un eterno femenino, entendido en forma in-temporal (o supra-temporal), pues ella va cambiando y recibe nuevas configuraciones a lo largo del proceso que evocamos. No hay, según eso, un “eterno femenino”, separado de la “historia” de la Mujer, sino una historia dramática que lleva en línea vertical o diacrónica de la Madre del Cielo cósmico (Génesis) a la Novia del Cielo final, que es el Paraíso de la bodas del Cordero.

Pero, al mismo tiempo, esa historia diacrónica se expresa en el enfrentamiento sincrónico de las dos mujeres (la perseguida y la perseguidora, la divina y la diabólica) a la largo de la historia. Pues bien, todo ese despliegue, con la historia diacrónica (que val del cielo cósmico a la Nueva Jerusalén) y la batalla sincrónica (lucha de las dos mujeres) se expresa (se individualiza) en la vida de cada “creyente”.

1. UNA MISMA MUJER. MADRE, PERSEGUIDA, NOVIA

Eso significa que la pura nostalgia de una vuelta al paraíso del puro matriarcado (naturaleza primigenia) carece de sentido, pues la misma Madre Celeste, enfrentada al Dragón, nos pone en camino e invita a decidirnos ante y con ella, optando por la Mujer Perseguida (en contra de la Perseguidora-Prostituta), que son signos o momentos de nuestra propia identidad, y de la sociedad, en un camino cuya meta positiva será al fin la Boda del Cordero[9].

En contra de otras tradiciones (cf. 1 Cor 11, 3; 1 Tim 2, 13), el Apocalipsis no conoce un pecado de Eva, ni siquiera como signo de crisis (maduración), a no ser que entendamos por pecado el paso de la Mujer-madre (naturaleza y fecundidad pre‒humana, de tipo “celeste”, Ap 12, 1-5), a la Mujer persona, escindida (perseguidora o perseguida) dentro de la historia. La Mujer Celeste del principio es sólo Madre, fecundidad buena, signo de Dios/Cielo, enfrentada al Dragón, que es también un elemento del Dios/cielo primigenio del que venimos.

Mujer, origen

Esa mujer celeste simboliza el elemento “positivo” (engendrador) de Dios, enfrentando desde el principio al “negativo” del mismo Dios (que es el Dragón). La lucha de esos dos elementos (enfrentados en un tipo de enantiodromía, en la línea del uróboros, dragón que se muerde la cola) constituye el principio de la realidad, como el mismo C. G. Jung puso de relieve en su Respuesta a Job, en su intento de reinterpretar la Biblia desde Jesús como respuesta de Dios a la pregunta del Antiguo Testamento.

En esa línea, para desvelar su identidad, y para revelarse al fin como puramente positivo (en la Bodas de la Mujer y del Cordero, Ap 21‒22, sin lugar para el Dragón), el Dios Bíblico ha tenido que “encarnarse” en la historia de los hombres, a favor de los excluidos y negados como Job, y lo ha hecha a través de la Mujer y el Hijo‒Cordero, pasando así de las Bodas del gran riesgo de Muerte (mujer y dragón cósmico) a las Bodas de la Vida (Novia y Cordero).

Esa transformación que nos lleva de la Mujer‒Madre cósmica del principio (Ap 12) a la Mujer‒Novia del final (Ap 21‒22), a través del enfrentamiento entre la perseguidora y la perseguida del centro del libro, constituye el argumento del Apocalipsis y del despliegue de la vida humana, conforme a la lectura que hace Jung del arquetipo (conjunto) de la Biblia, en una clave antropológica (no confesional cristiana). En ese camino que va de la Madre a la Novia se sitúa la crisis patriarcal, con lo que implica de violencia y riesgo de muerte, es decir, de pecado y superación del pecado.

Mujer-madre cósmica

Lógicamente, para alcanzar su meta de amor personal y libertad (de humanidad) la mujer ha de asumir el riesgo de la historia, que se expresa en los momentos centrales del drama. Esa crisis resulta necesaria para el despliegue y la maduración de varones y mujeres. Es una crisis vinculada al Dragón, que es signo de la muerte (de vivir matando, devorando vida), pero se condensa en los tres (cuatro) momentos del camino de la humanidad:

Principio: Ap 12, 1-5

No hay aún humanidad concreta, ni pecado de los hombres, pues no ha empezado su historia, pero todo está esbozado y preparado como revelación de la vida (mujer), y como intento de destruirla: lucha del Dragón contra la Mujer. El pecado no es la mujer, pues ella resiste y se opone al deseo homicida del Dragón.

En ese sentido, en la línea de la tradición del Discípulo Amado (Jn, 1 Jn y Ap), en contra de la tradición de Pablo, que habla del pecado de Adán (Rom 5), el pecado original no tiene origen o carácter humano (pues la mujer‒madre no es pecadora), sino diabólico, pues el Diablo es pecador y homicida desde el principio (cf. Jn 8, 44; 1 Jn 3, 8). En esa línea el pecado se identifica con la acción del Diablo‒Dragón, que quiere devorar al Hijo de la mujer, destruir la humanidad.

Historia: Ap 12, 6-19, 21

El “pecado” del Dragón se expresa en el sistema de muerte de las Bestias (de signo masculino-neutro) de Ap 13 y en la prostitución de la mujer Perseguidora (signo de la ciudad perversa del dinero, esto es, de la economía imperial con la que se prostituyen los reyes y señores de la tierra, según Ap 17).

La Madre Perseguida y sus hijos se oponen al pecado (resisten) y así podemos hablar de dos mujeres: Una es perseguidora y construye en el mundo su ciudad de muerte (Ap 17-18). Otra es la perseguida en el mundo, que será al fin transformada y convertida en Ciudad-Novia (Ap 21-22). Pues bien, Dios se identifica en la historia con la mujer‒buena (perseguida); el Dragón con la perseguidora.

a’. Final de Bodas: Ap 21-22

La historia de Dios y de los hombres culmina con el cielo nuevo y la nueva tierra, donde todo culmina en libertad y plenitud de amor. Es la Ciudad de las Bodas, signo femenino de un amor plenamente realizado. No hay simple vuelta al principio (pura madre), como en el mito. No hay tampoco Dragón frente a la mujer, pues la envidia y violencia ha sido destruida y superada para siempre, sino revelación del amor definitivo.

De esa forma se instituye la unión final de Dios y de los hombres al final de la historia, como bodas del Cordero (que es el Hijo divino, la paz definitiva) y la Mujer divinizada (formando así la cuaternidad simbólica divina) La salvación se identifica con la revelación plena del Dios bueno (engendrador, amoroso) que aparece al fin como Cordero‒Novio de la mujer‒humanidad.

Madre engendradora

El camino de maduración femenina (humana), que interpretamos como paso de la Madre engendradora (cósmica) a la Novia va unido a una crisis de la historia, simbolizada en las bestias y en las dos mujeres enfrentadas, una crisis patriarcal, que se había expresado en el Antiguo Testamento con el surgimiento y opresión de los dioses de la guerra, relacionados con el despliegue del militarismo y el triunfo de los imperios, que habían destronado a la Mujer-diosa (madre), colocando en su lugar los signos cósmicos y humanos del pecado o violencia de los vencedores.

Éste no es el Pecado de Eva (no hay Eva pecadora), sino el pecado de todos los “caines asesinos” (Gen 4) y de los “hijos de Dios” violadores (cf. Gen 5-6), que han impuesto sobre el mundo la violencia sexual y militar. En esa línea, los poderes patriarcales (que aparecerán como bestias destructoras en Ap 13) son herederos del Dragón, enemigo de la Mujer, que ejercen el dominio militar e ideológico en el mundo.

En ese contexto, en contra de la madre destronada (que es la Mujer Perseguida), en pacto con los poderes bestiales derivados del Dragón, como esposa‒adúltera del Dragón, se alzará la Mujer-Prostituta, llevando en su mano una Copa de muerte, como signo de la ciudad‒economía pervertida. Ésta es la mujer perseguidora/perversa, identificada con el “capital pervertido” (Mammón de Mt 6,24) enfrentada a la buena (perseguida), a la que quiere destruir con la ayuda de las bestias masculinas de Ap 13: el poder militar y el ideológico de la falsa religión, puesta al servicio de la mentira.

Sólo en este fondo, dramático y social, puede entenderse el mensaje radical del Apocalipsis: La Gran Madre Cósmica de Ap 12, 1-5 no puede separarse de las Mujeres de la historia (perseguida y perseguidora), ni tampoco de la Novia final. Por eso no podemos preguntar de forma aislada por la identidad de la Mujer de Ap 12, 1-6 si la separamos del despliegue total de la Mujer (de las mujeres) del Apocalipsis, desde Ap 12‒13, pasando por Ap 17‒19 hasta culminar en la Novia de Ap 21‒22.

Notas

[1] Para una introducción al tema, cf. A. Vázquez, Los símbolos familiares de la Trinidad según la psicología profunda, Sec. Trinitaria, Salamanca 1980. Los estudios más significativos de C. G. Jung sobre el tema han sido recogidos en Acerca de la psicología de la religión occidental y de la religión oriental, Obra Completa 11, Trotta, Madrid 2009. He fijado algunas bases para el estudio del tema en Enchiridion Trinitatis. Textos básicos sobre el Dios de los cristianos, Sec. Trinitario, Salamanca 2005 y en Trinidad. Itinerario de Dios al hombre, Sígueme, Salamanca 2015

[2] Para un estudio bibliográfico, cf. P. Prigent, Apocalypse 12, BGBE 2, Tübingen 1959 y P. Farkaš, La donna del’Apocalisse 12. Storia, bilancio, nuove prospettive, Gregoriana, Roma 1997

[3] Cf. U. Vanni, La Struttura Letteraria dell’Apocalisse, Mocerlliana, Napoli 1980; L’Apocalisse. Ermeneutica, esegesi, teologia, ABI 17, EDB, Bolonia 1988; E. Schüssler Fiorenza, The Book of Revelation. Justice and Judgement,Fortress, Philadelphia 1985, 159-180. Las metamorfosis de la Mujer van unidas a las del Cristo, que es Hijo, Perseguido (Cordero sacrificado), Liberador victorioso y Novio/Cordero, como he destacado en Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca 2005, donde analizo el Apocalipsis como Libro-Espejo de la revelación divina y de la realización humana, destacando sus valores catárticos. En esa línea avanza P. Richard: Apocalipsis. Reestructuración de la esperanza, CB 65, VD, Quito 1995.

[4]He trazado el sentido general de la historia en Hombre y mujer en las religiones, EVD, Estella 1996 y en “Dios de Moisés, Dios de Jesús”, en X. Pikaza, W. Pannenberg y B. Forte, Pensar a Dios, Est. Trinitarios, Salamanca 1997, 17-92. Visión más precisa del contexto judío y la novedad de la historia cristiana en Sistema, Libertad, Iglesia. Las instituciones del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid 2001.

[5] He desarrollado el tema, desde una perspectiva histórica, reintepretando el mito babiloni de Marduk que mata a Tiamat, su madre, en La mujer en las religiones, Verbo Divino, Estella 1997. Esta es la guerra y victoria primer (no definitiva) del thanatos contra el eros, conforme a una visión que S. Freud no ha desarrollado, a mi juicio, de un modo consecuente. He desarrollado el tema en en “Guerra de violencia humana. El chivo expiatorio”, en El Señor de los ejércitos, PPC, Madrid 1997, 197-228 y de un modo especial en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2005.

Mujer en las religiones
[6] Esta experiencia de la madre mesiánica perseguida ha sido elaborada no sólo por Mt 2 sino también, de manera dramática, por Lc 2, 35 (una espada te atravesará el alma), como he mostrado en La Madre de Jesús, Síguerme, Salamanca 1991, 21-22, 167-186.

[7] He evocado el tema en Dios judío, Dios cristiano, Verbo Divino, Salamanca 1997, 189-204, en “El sentido de las Bestias y la Cortesana en Apocalipsis 11-13 y 17-20”: Estudios 27 (1971) 557-594, y especialmente en No podéis servir a Dios y al Dinero. Economía y teología, Sal Terrae, Santander 2019.

[8] Este motivo puede interpretarse a la luz del Cantar de los Cantares, leído desde la mística cristiana, como he señalado en Amor de Dios, el Dios enemorado. El Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, Desclée, Bilbao 2005 y en Ejercicio de Amor. El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, San Pablo, Madrid 2017.

[9] He destacado este carácter parcial de la figura materna en la introducción de Hombre y mujer en las religiones, Verbo Divino, Estella 1996. Cf. M. Gimbutas, The Civilization of the Goddess, Harper, San Francisco 1991; R. Eisler, El cáliz y la espada, Cuatro Vientos, Santiago de Chile 1994.

             

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