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Permaneced en mi amor

Domingo, 9 de mayo de 2021
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AMAOS

Amaos
como yo os he amado y amo;
éste es mi deseo más íntimo
y mi único mandato;
es mi testamento y evangelio
porque quiero que seáis mis amigos
y hermanos con los que comparto todo,
y no siervos, pedigüeños y esclavos.

Amaos,
y os sentiréis vivos,
y vuestro gozo se desbordará a raudales,
y os pondréis en camino sin miedo,
y daréis un fruto duradero,
y la tristeza quedará desterrada de vuestras entrañas,
y compartiréis mi alegría con todos,
y viviréis con plenitud día a día.

Amaos:
alzad la vista,
otead el horizonte,
fijaos en los detalles,
descubrid vuestros tesoros,
penetrad el misterio,
ved los signos nuevos,
¡miraos a los ojos!

Amaos:
respetad vuestras diferencias,
gozad vuestras riquezas,
abrid vuestro corazón,
daos;
no os retengáis,
no os adueñéis,
no os esclavicéis.

Amaos:
sed arco iris de color y vida,
de diversidad y unidad
de paz y compromiso,
de pluralidad y respeto,
de luz y solidaridad,
de esperanza y liberación,
de buenas noticias y liberación.

¡Amaos como yo os he amado y amo!
¡Y gozaros!

*

Florentino Ulibarri

****

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros; permaneced en mi amor. Pero sólo permaneceréis en mi amor si cumplís mis mandamientos,; lo mismo que yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo, y vuestro gozo sea completo.

Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor: Desde ahoras os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre.

No me elegísteis vosotros a m; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que vayáis y deis fruto abundate y duradero. Así, el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre. Lo que yo os mando es esto: que os améis los unos a los otros.

*

Juan 15,9-17

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El cristiano es una persona a la que Dios ha confiado a los otros; hemos sido confiados los unos a los otros y somos responsables los unos de los otros. La responsabilidad empieza en el momento en que nos mostramos capaces de responder a una necesidad con toda nuestra inteligencia, con todo nuestro ser: nuestra vida, nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestro cuerpo, nuestro compromiso de cristianos debe ir mucho más allá de un piadoso propósito de oración y de intercesión: debe ser un compromiso en el que nuestro mismo cuerpo esté plenamente implicado, tanto en la vida –porque a veces es un problema arduo vivir en el nombre de Dios- como en la muerte. Y si no es posible hacer ninguna otra cosa por el que sufre, siempre podremos interponernos entre la víctima y el verdugo.

Conocí a un hombre que vivió durante treinta y seis años en un campo de concentración y que un día, con una profunda luz en los ojos, me contaba: «¿Te das cuenta de lo bueno que ha sido Dios conmigo? Me cogió cuando era sólo un ¡oven sacerdote y me puso primero en la cárcel y después en un campo de concentración durante más de la mitad de mi vida. Así pude ser ministro suyo allí donde era necesaria la presencia de uno de ellos». Poquísimos de nosotros somos capaces, no digo de obrar, sino ni siquiera de pensar en estos términos. Sin embargo, ésa es la actitud de una persona que es presencia divina allí donde se requiere esta presencia: y no se trata, ciertamente, de gestos de poder. La única cosa que este cristiano poseía era la convicción de una vida entregada por completo a Dios y ofrecida, a través de Dios, a los otros hombres. Eso es lo que nos enseña una inmensa nube de testigos a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

*

A. Bloom,
Vivir en la Iglesia,
Magnano 1990, pp. 75s.

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“Al estilo de Jesús”. 6º Pascua – B (Juan 15,9-17)

Domingo, 9 de mayo de 2021
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821290Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ha querido apasionadamente. Los ha amado con el mismo amor con que lo ha amado el Padre. Ahora los tiene que dejar. Conoce su egoísmo. No saben quererse. Los ve discutiendo entre sí por obtener los primeros puestos. ¿Qué será de ellos?

Las palabras de Jesús adquieren un tono solemne. Han de quedar bien grabadas en todos: «Este es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado». Jesús no quiere que su estilo de amar se pierda entre los suyos. Si un día lo olvidan, nadie los podrá reconocer como discípulos suyos.

De Jesús quedó un recuerdo imborrable. Las primeras generaciones resumían así su vida: «Pasó por todas partes haciendo el bien». Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios.

Jesús tiene un estilo de amar inconfundible. Es muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Al entrar un día en la pequeña aldea de Naín se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale de dentro su amor hacia aquella desconocida: «Mujer, no llores». Quien ama como Jesús vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas.

Los evangelios recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús captaba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo o abatidos, como ovejas sin pastor. Rápidamente se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Quien ama como Jesús aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.

Es admirable la disponibilidad de Jesús para hacer el bien. No piensa en sí mismo. Está atento a cualquier llamada, dispuesto siempre a hacer lo que pueda. A un mendigo ciego que le pide compasión mientras va de camino lo acoge con estas palabras: «¿Qué quieres que haga por ti?». Con esta actitud anda por la vida quien ama como Jesús.

Jesús sabe estar junto a los más desvalidos. No hace falta que se lo pidan. Hace lo que puede por curar sus dolencias, liberar sus conciencias o contagiar su confianza en Dios. Pero no puede resolver todos los problemas de aquellas gentes.

Entonces se dedica a hacer gestos de bondad: abraza a los niños de la calle: no quiere que nadie se sienta huérfano; bendice a los enfermos: no quiere que se sientan olvidados por Dios; acaricia la piel de los leprosos: no quiere que se vean excluidos. Así son los gestos de quien ama como Jesús.

José Antonio Pagola

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“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Domingo 09 de mayo de 2021. Domingo sexto de Pascua

Domingo, 9 de mayo de 2021
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32-PascuaB6 cerezoDe koinonia:

Hechos de los apóstoles 10,25-26.34-35.44-48: El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles.
Salmo responsorial: 97: El Señor revela a las naciones su salvación.
1Juan 4,7-10. Dios es amor.
Juan 15,9-17: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

La primera lectura de este domingo, el famoso episodio de la visita de Pedro a Cornelio, en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, refleja simbólicamente un momento importante del crecimiento del «movimiento de Jesús»: su transformación en una comunidad abierta, transformación que le llevará más allá del judaísmo en el que nació. Dejará de identificarse con una religión étnica, una religión casada con una etnia y su cultura, religión étnica que se tenía por la elegida, y que miraba a todas las demás por encima del hombro considerándolas «los gentiles», dejados de la mano de Dios. Es un tema muy importante, y relativamente nuevo, en todo caso, desatendido por la teología tradicional. Para una homilía puede merecer la pena, más que insistir en el tema eterno del amor…

El pasaje se presta además para toda una lección de teología. Es bueno recomendar a los oyentes que no se queden con la referencia entrecortada que habrán escuchado en la lectura (una selección de unos cuantos versículos salteados), sino que la lean en casa despacio (sin más: “el capítulo 10” de los Hechos, y que saquen sus conclusiones. También se puede recomendar a los grupos e estudio de la comunidad parroquial que lo tomen para su estudio.

Pedro ni sus compañeros de comunidad, todavía no se llamaban «cristianos»… eran simplemente judíos conmovidos por la experiencia de Jesús. Y observaban todas las leyes del judaísmo. Una de ellas era la de no mezclarse con «los gentiles». Y eran leyes sagradas, que eran normalmente observadas por todos, y cuyo incumplimiento implicaba incurrir en «impureza» y obligaba a molestas prácticas de purificación.

Pero Pedro da varios saltos hacia adelante. En primer lugar deja de considerar profano o impuro a ninguna persona, a pesar de que se lo mandaba la ley; es como el levantamiento de una condenación de impureza que pesaba sobre las “otras” religiones desde el punto de vista del judaísmo. Y en segundo lugar «cae en la cuenta» de que Dios no puede tener acepción de personas, ni de religiones, sino que no hace diferencia entre las personas según su etnia o su cultura-religión: acepta a quien practica la justicia, sea de la nación que sea. Es un salto tremendo el que dio Pedro.

Respecto al primer punto, de la valoración negativa de las demás religiones, en la historia subsiguiente se retrocedería: se llegaría a pensar que las otras religiones serían… no sólo inútiles, sino falsas, o incluso negativas, hasta diabólicas. Por poner sólo un ejemplo: el primer catecismo que se escribió en América Latina, nada menos que por el profético Pedro de Córdoba, superior de la comunidad dominica de Antonio Montesinos, declara en su primera página: «Sabed y tened por cierto que ninguno de los dioses que adoráis es Dios ni dador de vida; todos son diablos infernales».

Respecto al segundo punto, la «no acepción de personas por parte de Dios en lo que se refiere a razas, culturas y religiones», o lo que es lo mismo, la igualdad básica ante Dios de todos los seres humanos –incluyendo todas sus culturas y religiones-, hoy mismo continuamos en retroceso con relación a Pedro: la posición oficial de la Iglesia católica dice que las «otras» religiones «están en situación salvífica gravemente deficitaria» (Dominus Iesus 22).

Paradójicamente, la posición de Pedro en los Hechos de los Apóstoles resulta más afín a la mentalidad de hoy que nuestra teología oficial actual. Es por ello por lo que, en este domingo, confrontarse con la Palabra de Dios puede traducirse en una aplicación concreta a nuestras maneras de pensar respecto a las otras religiones. En el guión subsiguiente proporcionamos algunas cuestiones para un tratamiento pedagógico del tema.

El evangelio de hoy, de Juan, es el del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Pocas palabras deben saturamos tanto en el lenguaje cotidiano como ésta: «amor». La escuchamos en la canción de moda, en la conductora superficial de un programa de televisión (tan superficial como su animadora), en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela (más superficial aún que la animadora, si eso es posible)… Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. ¡Pero, sin embargo, la palabra es la misma!

El amor en sentido cristiano no es sinónimo de un amor «rosado», sensual, placentero, dulzón y sensiblero del lenguaje cotidiano o posmoderno. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida». Leer más…

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(Dom 6 Pas ) Amigos os llamo, no siervos (Jn 15, 15)

Domingo, 9 de mayo de 2021
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abtmenas.jpg-abtmenasDel blog de Xabier Pikaza:

9.5.21. Hemos visto con Juan los rasgos principales de la Iglesia: Rebaño de Buen Hermoso; Vid, árbol de vida, con la misma savia… Este domingo va la imagen más honda: Dios no es Pastor, ni es Vid, sino “amigo”, de forma que en él podamos ser y seamos “amigos” unos de los otros. La fuerza y esencia de la vida es la “amistad”: ser unos en y con otros, sin imposición, sin mando superior.

En general, no hemos creído ni cumplido este evangelio. Pensamos quizá que Jesús lo dijo cuando estaba“subido de tono”, en la línea del vino del domingo anterior”, pues con la amistad no se arreglan los temas, hace falta orden, buena administración, jerarquía de ley.

Pues bien, en contra de eso, la liturgia nos recuerda hoy que este evangelio traza el camino más serio, más hondo,  gozoso y exigente de todos. Ésta es la tarea de vida o muerte de la Iglesia y de la humanidad: O comenzamos nos hacemos y somos “amigos” o nos destruimos, pues vamos en una misma frágil “barca-patera” y sin amistad ella se vuelva y zozobra.

Es así, pero llevamos dos mil años de iglesia preguntando quién manda, y discutiendo por los mandos, mientras la barca-patera está encallada en las rocas. Pero este evangelio de Jn  15, 15 nos sacude de nuevo, como “revelación” suprema, don y tarea de gozo. Si este evangelio no hay gozo de iglesia y de humanidad, ni hay “salida” a los anchos mares de la nueva humanidad, como he puesto de relieve en Palabras de Amor.

Introducción. Pedro ¿me amas?

Para empezar, recordamos Jn 21, el final del evangelio, de inmensa finura. Allí esta Simón, llamado “pedro”, el piedra, patrón de la barca/patera, y Jesús le pregunta por tres veces si le ama (si ama) para recordarle su tarea:

− Las dos primeras veces (Jn 21, 15-16),le dice: Simón, hijo de Juan ¿me amas (agapás me), con amor tierno y ardiente, de buen enamorado?. Pero Simón el “piedra” le responde con vergüenza y con “rebajas”, las dos veces: “sí, tú sabes que te quiero”. No le dice “te amo” (así, a lo intenso, con agapô se), sino“filô se”, soy tu amigo. No está mal se amigo, pero no Jesús quería más.

– A la tercera (Jn 21, 17), viendo que era imposible pedir a Simón Piedra ese amor (que le tenía de discípulo amado), Jesús acepta la rebaja y le pregunta: ¿Eres mi amigo (fileis me)? Y Pedro Piedra le responde: “tú lo sabes bien, sabes que soy tu amigo? No ha logrado sacarle un “te amo” (agapô se), como el discípulo amado y/o María Magdalena, pero acepta esarebaja (soy tu amigo, filos), y sobre ella (no sobre el amor radical “agapê” del Discípulo Amado o de Magdalena), fundó Jesús la organización de su iglesia como grupo de amigo, dejando el amor fuerte para voluntario especiales, como el discípulo amado o Magdalena.

Sobre ese fondo se entiende el evangelio de este domingo 6 de Pascua, desde Jn 15, 9-17, con una Iglesia de todos (=para toodos), entendida y vivida como grupo y camino de amistad (filia) universal humana, sin más rebajas, pues sin amistad no existe iglesia, por muy obispo, pope y pastor que uno se llama.

Jn 15, 9-17. No os llamo siervos, os llamo amigos:

Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice “”A vosotros os llamo amigos””

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.”

Evangelio de amistad universal. Presupuestos

Éste evangelio tiene otros muchos rasgos, que sería bueno comentar. Pero quiero presentar algunos rasgos que me parecen fundamentales:

1. Este evangelio ha sido olvidado por la “Gran Iglesia”, al menos desde el siglo XI en adelante. Así en la cúpula de San Pedro Vaticano no se dice “sois todos amigos, mis amigos”, sino “tú eres Pedro, y sobre esta piedra…” (Mt 18).

La Iglesia “en general” se ha tomado como grupo de autoridad (no de amistad), y lo recuerdan cada día obispos, nuncios y demás “gestores” de esa autoridad especial que Cristo les habría concedido. Pero el Cristo de Jn 15 y 21 no les ha dado autoridad-poder, le ha llamado menos amigos” (filous), si es que no pueden ser “amantes” (agapetous).

2. La amistad supera toda jerarquía y distinción entre señores y siervos… Es lo primero que dice Jesús: No os llamo siervos (doulous), sino amigos (filous): En su grupo hay =no puede haer) “autoridad” (poder), no hay servidumbre, sino amistad, todos en diálogo entre iguales, compartiendo la única autoridad, que es la de “conocer” (conocerse), sin secretos ni poderes, de unos sobre otros.

Jesús certifica así un principio de Aristóteles, el Sabio de Santo Tomás, cuando dijo que sólo hay amistad entre “iguales” y libres: Por eso, el hombre libre no puede ser amigo del esclavo, ni del súbdito, ni de la mujer que es “inferior” (buena para cama y cocina), no para la amistad…La amistad sólo puede darse entre un grupo selecto de ricos, libres y claros varones (no entre mujeres y siervos).

La Iglesia australiana pide al Gobierno un esfuerzo para aumentar el salario mínimo
Jesús sabe bien lo de Aristóteles, pero en vez de negar la amistad universal (como él hacía), niega y rechaza la servidumbre. suprimiendo la esclavitud, el dominio de unos sobre otros, el servicio de las mujeres de cama y cocina. Quiere la amistad de todos, por eso niega la “jerarquía” y servidumbre a favor del evangelio o buena nueva de la humanidad.

3. Esa “amistad universal” es la única “revolución” del cristianismo y de la historia humana, la gran revolución pendiente de siglo XXI, como supo otro gran filósofo, Hegel. En el cap. 4º de su “despliegue” (fenomenología) del espíritu, Hegel dice que hasta ahora (año 1800) la humanidad se dividía en “amos y esclavos”, “señores y siervos”…, pero que había llegado la hora en la que todos pudiéramos ser amigos (como había proclamado Pablo, en Gal 3, 28. Hegel recupera así el lenguaje de Jesús: ¡No quiero siervos, quiero que todos seáis amigos, unos de los otros, de forma que os améis con amistad (filía) y con pasión intensa (agapê, cf. Jn 15, 17).

Hegel conoció bien el cristianismo, pero no quiso o no pudo iniciar un amino real de “amistad” universal, y sus sucesores se perdieron (nos perdimos) en un curvas “dialécticas” de imposición económica con guerra (marxismo) o de libre capitalismo también con guerra. Me decía una judía “visionaria” en Jerusalén: A nosotros nos costó 1.500 años para pasar de Moisés a los buenos rabinos; vosotros, cristianos, lleváis 2000 años con Jesús y no habéis empezado a entender y menos a cumplir su “revolución” de amistad.

4. La iglesia en general ha tenido miedo de ese “proyecto-programa” de amistad Jesús… Le ha dado pavor de que la “gente” (mujeres, esclavos, pobres, gentiles de todo color) se desmadre o, mejor dicho, se “des-padre”, tome la libertad (amistad) por la mano, y esto sea un caos. Por eso, ella ha creado pronto una “superestructura” sacral de poder “religioso” (anticristiano), imponiendo una “dicta-dura” (¿dicta-blanda?) espiritual y social de autoridad/poder.

Los cristianos han dejado de ser utopía y camino de amistad universal (sin necesidad de llegar siempre al agapê de fondo) y han trazado una sociedad de clases (conforme a los “ordenes” romanos y/o platónicos: pensadores, funcionarios, trabajadores), con jerarquía y laicado, iglesia docente (la que es y manda) y otra discente (la que no es y escucha). Leer más…

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Dios nos ha amado. Amémonos unos a otros. Domingo 6º de Pascua. Ciclo B

Domingo, 9 de mayo de 2021
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amarDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La 2ª lectura y el evangelio están estrechamente relacionados. «Amémonos unos a otros», comienza el texto de la carta de san Juan. Y el evangelio insiste dos veces: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros»; «Esto os mando: que os améis unos a otros». Este precepto se basa en el amor que Dios nos ha manifestado de dos formas complementarias: enviando su Espíritu y enviando a su Hijo.

 Un Padre que da el Espíritu sin distinguir entre judíos y paganos (1ª lectura)

            La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles recoge parte de un importantísimo episodio de la iglesia primitiva. Hasta entonces, los discípulos de Jesús se han visto a sí mismos con un grupo dentro del judaísmo, sin especial relación con los paganos. No se les pasa por la cabeza hacer apostolado entre ellos, mucho menos entrar en sus casas si no se han convertido al judaísmo y se han circuncidado. Los consideran impuros.

En este contexto, se cuenta que Pedro tuvo una visión: ve bajar del cielo un mantel repleto de toda clase de animales impuros (cerdo, conejo, cigalas, etc.) y escucha una voz que le ordena: mata y come. Pedro se niega en redondo. «Nunca he probado un alimento profano o impuro». Y la voz del cielo le responde: «Lo que Dios declara puro tú no lo tengas por impuro».

            Termina la visión. Pedro se siente desconcertado, y mientras piensa en su posible sentido, llaman a la puerta de la casa tres hombres enviados por un pagano, el capitán Cornelio, para pedirle que vaya a visitarlo. Pedro comprende entonces el sentido de la visión: no puede considerar impuro a un pagano interesado en conocer el evangelio. Al día siguiente se pone en camino desde Jafa a Cesarea y cuando llega a casa de Cornelio tiene lugar la escena que hoy leemos.

Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó, diciendo:

-Levántate, que soy un hombre como tú.

Pedro tomó la palabra y dijo:

-Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.

Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles. Pedro añadió:

-¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?

Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se quedara unos días con ellos.

            Indico algunos detalles interesantes:

1) «Está claro que Dios no hace distinciones»; para él lo importante no es la raza sino la conducta del que lo respeta y practica la justicia.

            2) La venida del Espíritu Santo sobre este grupo de paganos produce los mismos frutos que en los apóstoles el día de Pentecostés: hablan lenguas extrañas y proclaman la grandeza de Dios.

            3) El Espíritu Santo viene sobre ellos antes de recibir el bautismo. No se puede decir de forma más clara que «el Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere».

            La conducta de Pedro provocó gran escándalo en los sectores más conservadores de la comunidad de Jerusalén y debió subir a la capital a justificar su conducta. Pero este episodio deja claro que, para Dios, los paganos no son seres impuros. Él ama a todos los hombres sin distinción. Con ello se justifica el apostolado posterior entre los paganos.

Un Padre que da su Hijo a los pecadores (2ª lectura)

La carta de Juan justifica el mandato de amarnos mutuamente diciendo que «Dios es amor» y cómo nos lo ha demostrado.

Queridos hermanos: Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Cuando yo era niño, el catecismo de Ripalda, a la pregunta de quién es Dios nos enseñaba a responder: «Un señor infinitamente bueno, sabio y poderoso, principio y fin de todas las cosas». El autor de la carta no necesita tantas palabras. Se limita a decir: «Dios es amor». Y ese amor lo manifiesta enviando a su hijo «como víctima de propiciación por nuestros pecados».

La «víctima de propiciación» era el animal que se ofrecía para impetrar el perdón. El Día de la Expiación (yom kippur), el Sumo Sacerdote ofrecía un macho cabrío por los pecados del pueblo. En otras ocasiones se ofrecían cabras y novillos con el mismo fin. Pero esas víctimas carecían de valor definitivo. La humanidad se encontraba en una especie de círculo cerrado del que no podía escapar. Entonces Dios nos proporciona la única víctima decisiva: su propio hijo.

            Y esto lo hace cuando todavía éramos pecadores. No espera a que nos convirtamos y seamos buenos para enviarnos a su Hijo. Si la primera lectura decía que Dios no hace distinción entre judíos y paganos, la segunda dice que no hace distinción entre santos y pecadores.

En vez de amar a Dios, amar a los hermanos (evangelio)

En la segunda lectura el protagonismo ha sido de Dios. En el evangelio, el protagonista principal es Jesús, que demuestra su amor hasta el punto de dar la vida por nosotros, llamarnos amigos suyos, elegirnos y enviarnos. (¡Cuánta gente desearía poder decir que es amigo o amiga de un personaje famoso, que ha sido elegido por él para llevar a cabo una misión!).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis el Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.

Lo que Jesús exige a cambio de esta amistad es muy curioso. Cuando era estudiante en el Pontificio Instituto Bíblico le escuché este comentario al P. Lyonnet: «Fijaos en lo que dice la 1ª carta de Juan: “Si tanto nos ha amado Dios…” Nosotros habríamos añadido: “también nosotros debemos amar a Dios”. Sin embargo, lo que dice Juan es: “Si tanto nos ha amado Dios, debemos amarnos unos a otros”».

            Algo parecido ocurre en el evangelio de hoy. «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.» Jesús podría haber dicho: «Amadme como yo os he amado». Pero no piensa en él, piensa en nosotros. Es fácil engañarse diciendo o pensando que amamos a Jesús, porque no puede demostrarse ni negarse. Lo difícil es amar al prójimo.

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6º Domingo de Pascua. 09 Mayo, 2021

Domingo, 9 de mayo de 2021
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Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotras, y vuestra alegría llegue a plenitud.”

(Jn 15, 9-17)

Lo que nos presenta el evangelio de hoy es una declaración de amor. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo.” Estas son las palabras que Jesús no deja de pronunciar en la vida de cada creyente.

El signo de los cristianos no es la cruz, es el Amor. La cruz por sí sola es un instrumento de tortura. Cuando Jesús en un acto infinito de amor y generosidad se deja clavar en cruz la convierte en símbolo de Amor.

El problema que tenemos los cristianos es que nos quedamos mirando a la cruz. O mirando al Amor. Y eso hay que hacerlo, pero no podemos quedarnos ahí. El evangelio continua, Jesús no dice: “amadme como yo os he amado.” No, lo que dice es: “amaos unos a otros como yo os he amado”.

Jesús era muy listo, y nos conoce bien. Sabía que no íbamos a tener grandes dificultades en amarle a Él o amar a Dios. Esto último ya lo hacía muy bien el pueblo judío. Pero no basta. El amor a Dios, para ser completo, para que de verdad se convierta en alegría, tiene que pasar por las hermanas, por las personas que conviven con nosotras.

Por que el amor del que habla Jesús no es una cuestión teórica sino una realidad existencial y práctica. No es algo que “se aprende de memoria” sino algo que que se experimenta en la vida.

Las teorías, por buenas que sean, no provocan alegría. La alegría brota de la vida, de la “práctica”. Y la vida concreta es mucho más audaz y sorprendente que cualquier teoría.

Por que “en teoría” es feliz aquella persona que consigue éxito, fama y dinero. La publicidad nos vende una infalible teoría sobre la felicidad. Es feliz la persona que es guapa, joven y tiene buena salud. Es decir, que tiene un cuerpo atlético, un hermoso cabello, una piel sin arrugas y un buen bronceado.

Pero la vida nos muestra otra cosa. Vemos el brillo de la auténtica felicidad en los ojos de una madre que ve salir adelante a su hijo con parálisis cerebral. O en un joven que se queda en silla de ruedas tras un accidente y pierde movilidad pero descubre la Vida.

La alegría que llega a plenitud es la que es capaz de atravesar los fracasos y el dolor. Es la que lleva consigo la conciencia de saberse vulnerables pero profundamente amadas.

Oración

Trinidad Santa, no dejes que nos conformemos con medias alegrías, sino que caminemos hacia la alegría que brota de Ti. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Lo más humano de lo humano es el amor.

Domingo, 9 de mayo de 2021
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0f5f124a47c98c6d1975f836decccdb3Jn 15, 9-17

El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. Sigue explicando en qué consiste esa pertenencia del cristiano a la vid. Poniendo como modelo su unión con el Padre, va a concretar Jesús lo que constituye la esencia de su mensaje. Ya sin comparaciones, nos coloca ante el centro del mensaje: El AMOR. En el c. 13 ya nos había dado la consigna: un mandamiento nuevo os doy. Solo el amor nos hace humanos.

Juan pone en boca de Jesús la seña de identidad que debe distinguir a los cristianos. Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él ama. No se trata de una ley sino de una consecuencia de la Vida de Dios y que se ha manifestado en Jesús. Nuestro amor será “un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir de dentro, no imponerse desde fuera.

Juan emplea la palabra “ágape”. Los primeros cristianos emplearon ocho palabras, para designar el amor: ágape, cáritas, philia, dilectio, eros, líbido, stergo, nomos. Ninguna de ellas excluye a las otras, pero solo el “ágape” expresa el amor sin mezcla alguna de interés personal. Sería el puro don de sí mismo, solo posible en Dios. Está haciendo referencia a Dios, es decir, al grado más elevado de don de sí mismo. No está hablando de amistad o de una “caridad”. Se trata de desplegar una cualidad exclusiva de Dios.

Dios demostró su amor a Jesús con el don de sí mismo. Jesús está en la misma dinámica con los suyos, es decir, les manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y fundante. Juan lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. Descubrir esa realidad y vivirla es la principal tarea del que sigue a Jesús. Es ridículo seguir enseñando que Dios nos ama si somos buenos y nos rechaza si somos malos.

Hay una diferencia que tenemos que aclarar. Dios no es un ser que ama. Dios es el amor. En Él, el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar y seguiré siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir. Dios manifiesta su amor a Jesús y a mí, pero no lo hace como nosotros. No podemos esperar de Dios “muestras puntuales de amor”, porque no puede dejar de demostrarlo un instante. Jesús sí puede manifestar el amor de Dios, amando como un ser humano.

Juan intenta trasmitirnos que, hablando con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer mandamiento de la Ley: “amar a Dios sobre todas las cosas”. Juan comprendió perfectamente el problema, y deja muy claro que solo hay un mandamiento: amar a los demás, no de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar plenamente ese amor que es Dios, en nuestras relaciones con los demás.

No se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un “mandamiento” de amor están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.

El amor del que nos habla el evangelio es mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e ir más allá del instinto. Esto nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los sentimientos de rechazo a un terrorista pueden hacernos creer que nunca llegaré a amarle. El sentimiento es instintivo y anterior a la intervención de nuestra voluntad. El amor es más que sentimiento. La prueba de fuego del amor es el amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores son engañosos.

El amor no es sacrificio ni renuncia, sino elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio no es fácil de comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple sentimiento pasajero; se trata de un estado permanente de plenitud y bienestar, por haber encontrado mi verdadero ser y descubrir que es inmutable. Una vez que has descubierto tu ser luminoso e indestructible, desaparece todo miedo, incluido el miedo a la muerte. Sin miedo no hay sufrimiento. Surgirá espontáneamente la alegría.

Solo cuando has descubierto que lo que realmente eres, no puedes perderlo, estás en condiciones de vivir para los demás sin límites. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata de dar la vida biológica muriendo, sino de poner todo lo que somos al servicio de los demás.

Ya no os llamo siervos. No tiene ningún sentido hablar de siervo y de señor. Más que amigos, más que hermanos, identificados en el mismo ser de Dios, ya no hay lugar ni para el “yo” ni para lo “mío”. Comunicación total en el orden de ser. Jesús se lo acaba de demostrar poniéndose un delantal y lavándoles los pies. La eucaristía dice exactamente lo mismo: Yo soy pan que me parto y me reparto para que me coman. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos para comunicarles esa misma Vida. Jesús lo compartió todo.

Os he hablado de esto para que vuestra alegría llegue a plenitud. Es una idea que no siempre hemos tenido clara en nuestro cristianismo. Dios quiere que seamos felices con una felicidad plena y definitiva, no con la felicidad que puede dar la satisfacción de nuestros sentidos. La causa de esa alegría es saber que Dios comparte su mismo ser con nosotros. Nos decía un maestro de novicios: “Un santo triste es un triste santo”.

No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros. Debemos recuperar esta vivencia. El amor de Dios es lo primero. Dios no nos ama como respuesta a lo que somos o hacemos, sino por lo que es Él. Dios ama a todos de la misma manera, porque no puede amar más a uno que a otro. De ahí el sentimiento de acción de gracias en las primeras comunidades cristianas. De ahí el nombre que dieron los primeros cristianos al  sacramento del amor. “Eucaristía” significa exactamente acción de gracias.

Cualquier relación con Dios, sin un amor manifestado en obras, será pura idolatría. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos sino una comunidad que experimenta a Dios como amor y cada miembro lo imita, amando como Él. Esta oferta no la puede hacer la institución, por eso se muestra Jesús tan distante e independiente de todas ellas. Ninguna otra realidad puede sustituir lo esencial. Si esto falta no puede haber comunidad cristiana.

Meditación

Sin la experiencia de unidad con Dios
no podemos desplegar el verdadero amor.
El verdadero amor nos lleva al límite de lo humano.
No somos nosotros los que tenemos que amar.
Tiene que desaparecer el yo
para sentirme uno con todos.
Amar es deshacerme de todo lo que creo ser
para que solo quede en mí lo que hay de Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Amarnos unos a otros.

Domingo, 9 de mayo de 2021
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viajero-concentrado-mirando-la-brujula-sobre-el-mapa_23-2147628786En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno, y, no obstante, siguen siendo dos (Erich Fromm).

Domingo VI de Pascua

Jn 15, 9-17

-Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os amé. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos.

El amor entre todos los seres de la creación –todos son hijos del Creador- son destellos de la gloria divinaYo les di la gloria que tu me diste para que sean uno como lo somos nosotros (Jn 17, 22). Una teofanía permanente –manifestación de Dios- en versión reencuentro de personas: Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos (Mt 18, 20).

La universalidad de esta gloria queda cantada en la liturgia por el Responsorial del Salmo 97: El Señor revela a las naciones su salvación. Y en los Hechos 10, 45 relatándonos que el don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles. Esta historia bíblica no es nueva. En la antigüedad griega y en la filosofía hindú, el amor representa el principio del cosmos, como ocurre en los Vedas, en Hesiodo y Empédocles.

Un principio dinámico exigido por el propio sentido de evolución de la materia y de la vida. En su raíz está el amor como condición indispensable. Una historia de amor materializada en un perpetuo crecer con los demás –y con lo demás- como le recuerda Dios a Joan Baxter en la película Bruce Almighty de Tom Shadyac (2007), mientras dialogan sentados en la cafetería. En la Parábola de la Vid, Juan pone en boca del Maestro estas palabras que, al estar fundamentadas en el amor ‘que se es’, que se basta a sí mismo- la plenitud le es inherente“Os he dicho esto para que participeis de mi alegría y vuestra alegría sea colmada” (Jn 15, 11).

El amor a Dios carece de sentido fuera del amor al prójimo. Y en todo amor al prójimo hay inexcusablemente -se admita o no- amor a Dios, incluido el de a sí mismo que, según Aristóles, es requisito indispensable para poder amar a otra persona. Se lo recordó Jesús a los fariseos en Mateo 22, 38, trayéndoles a la memoria el “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” de las leyes del Levítico.

Un amor que, abarcando a todos los seres, les impulsa a colaborar en el hacer, como ocurre en el mencionado largometraje, donde todos los animales ayudan a Noé en la construcción del Arca. Cosa que sucede, según sugieren Alphone et Rachel Goettmann en La mystique du couple enero 2015, Desclée de Brouwer, porque dicho amor les permite “entrar en fusión sin confusión, o más bien, comulgar, llegar a ser uno”. Erich Fromm lo había dicho en estos otros términos, manteniendo pluralidad y unidad: “En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno, y, no obstante, siguen siendo dos”.

Disponemos de una fuerza que no tiene prejuicios ni fronteras: “De cualquier nación que sea”, dice Pedro en casa de Cornelio, capitán de la cohorte itálica (Hch 10, 34). Es el gran mandamiento de Jesús: amarle amándonos unos a otros. La mejor manifestación del amor a Dios es el amor al prójimo. En su ópera pastoral Acis y Galatea, cantó este amor universal y uno Händel. La misma voz, pues eran dos en uno. En el mitológico amor de su desnudez, trazada por el pincel del pintor galo Édouard Zier, los hombres fueron dioses, y los dioses, humanos.

ACIS

Retumbaba a lo lejos
con pavoroso estruendo sostenido
la fiera voz del terrible gigante:
-“las montañas se agitan, tiembla el bosque”.

Respondió Galatea:
-“Dejarán los rebaños las montañas,
las tórtolas los bosques, y las ninfas
vendrán a disfrutar mi amor con Acis”.

Lo entonaron violas y clarines
con allegro clamor en la llanura:
la misma voz, pues eran dos en uno.

Sonaban sus canciones como ecos
y terminaron con un dolce finale
compartido con tórtolas y ninfas.

En el amor los hombres fueron dioses,
y los dioses, humanos.

(SOLILOQUIOS, Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Testigos de lo inédito.

Domingo, 9 de mayo de 2021
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1102014719_univ_lsr_xl9 de mayo, sábado

Jn 14, 7-14

La fuente del hacer y el decir de Jesús es Dios mismo, su voluntad. De ahí brota su radical confianza y libertad. Por eso sus palabras son verdaderas y remiten a gestos y acciones liberadoras que son Buena Noticia para las personas más olvidadas y excluidas. Jesús es la ternura y la misericordia de Dios en acción. Creer en Él es reproducir sus obras, con la ayuda del Espíritu, que más que a imitar o repetir esquemas nos mueve a la creatividad y a la novedad del amor en cada contexto y situación.

También como Felipe, nosotros y nosotras hoy, ante la densidad de la crisis que atravesamos anhelamos reconocer las huellas de Dios en la vida. El Evangelio vuelve a recordarnos que la fe cristiana no se vive en abstracto, sino que remite siempre a la carne, (1 Jn 4,2) a lo concreto, a lo histórico, en definitiva, al ejercicio del amor y su encarnación en gestos, obras y acciones. Un amor que incluye tres dimensiones: el amor a uno y a una misma con  y reconocimiento y la valoración de los propios dones y capacidades para el bien común, el amor interpersonal y el amor político, como nos señala el papa Francisco en Fratelli Tutti.

El evangelista ya en capítulos anteriores nos ha señalado que Dios es amor y por tanto que allá donde detectemos la presencia del amor podemos rastrear las huellas de Dios (Jn 4,12) porque La voluntad de Dios no es” jugar al escondite” con la humanidad, sino que el Dios de Jesús es un Dios accesible. Pero requiere una sensibilidad abierta y depurar nuestras imágenes sobre Él, hacernos conscientes de los ídolos en los que hemos ido deformándolo y que nos impiden descubrir el rostro del Dios vivo: el Abba de Jesús.

El Abaa de Jesús no nos suple ni nos resuelve nada, pero nos acompaña y sostiene en todo. Un Dios que no actúa directamente en la historia, ni para causar el mal ni para evitarlo, que no es un dios mágico o milagrero, pero que nos asegura que si ponemos nuestra confianza en Él y nos dejamos configurar por su Palabra y la sensibilidad del Evangelio su Espíritu actuará en nosotros y nos hará fecundos y creativas en el amor. Seremos testigos de lo inédito.

Pepa Torres Pèrez, A.C.J.

Fuente Fe Adulta

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Amor

Domingo, 9 de mayo de 2021
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Amor.2Domingo VI de Pascua

9 mayo 2021

Jn 15, 9-17

Amar es permanecer en la certeza de no-separación. No se trata, en primer lugar, de una emoción que puede oscilar ni de una exigencia que se pueda imponer. Es una certeza que se corresponde con la realidad de lo que es: no existe nada separado de nada.

 Amar es permanecer de manera consciente en esa certeza y dejarnos vivir desde ella. Por tanto, el amor genuino nace de la comprensión de lo que somos.

 El término “permanecer” me parece muy apropiado para expresar la actitud adecuada. Significa conectar y mantenerse en conexión con eso que somos en profundidad. Eso que somos está más allá del cuerpo -aunque lo experimentemos en él-, más allá de la mente -aunque luego podamos pensarlo y hablar de ello-, más allá de los sentimientos y emociones -aunque en ocasiones puedan aparecer con intensidad-…

 La puerta que conduce a experimentar el amor que somos es el silencio de la mente. Gracias a él, reconocemos la “espaciosidad” silenciosa como presencia consciente, nuestra identidad más profunda que compartimos con todos los seres: somos uno con todo lo que es.

 No eres el yo separado que tu mente piensa, y con el que has podido llegar a identificarte. Ese yo es una forma que aparece en la espaciosidad que eres, la forma o persona en que la consciencia que realmente eres se está desplegando temporalmente. Acogiendo el yo, permanece, más allá de él, en la consciencia que eres.

 Esa consciencia constituye la “sustancia” última de todo lo real. Descansa en esa certeza silenciosa. No busques nada, permanece… El silencio te irá revelando el amor, la paz y -en palabras de Jesús- la alegría en plenitud.

 En la medida en que te ejercites en permanecer, notarás los efectos que eso produce en tu vida cotidiana; notarás cómo el amor se hace cada vez más presente en tu existencia.

¿Cuido permanecer en conexión consciente con lo que realmente soy, gracias al silencio de la mente?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Somos discípulos amados, queridos por Dios, no clientes o consumidores religiosos de un sistema religioso

Domingo, 9 de mayo de 2021
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222Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

¿Qué ha pasado por los entresijos de la historia de la iglesia para que el Dios de amor haya pasado a ser un Dios justiciero, condenador? ¿Por qué se ha producido una predicación del infierno, de la condenación tan negativa y tan poco cristiana?

  1. Dios es amor.[1]

         En la lectura de la 1ª Juan y en el texto del evangelio de hoy se despliegan como en cascada los valores centrales del cristianismo: el amor, permanecer en el amor del Señor, así viviremos en la alegría del Señor, porque nos tiene como amigos.

         Estamos en el vértice de la revelación del Dios de Jesús que es amor,

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo.

La vivencia, la experiencia que Jesús tiene de Dios es que es amor. JesuCristo podía habernos dicho que Dios es infinito, eterno, justo, castigador, implacable, ultraortodoxo, el gran inquisidor, etc. Pues bien, JesuCristo tiene una experiencia muy distinta de Dios. Dios es Padre que ama: como el Padre me ha amado. Jesús se siente amado, querido por Dios. Dios es amor.

¿Qué ha pasado por los entresijos de la historia de la iglesia para que el Dios de amor haya pasado a ser un Dios justiciero, condenador? ¿Por qué se ha producido una predicación del infierno, de la condenación tan negativa y tan poco cristiana? ¿Por qué el descenso liberador de Jesús a los infiernos (muerte-sheol) se ha convertido en el infierno eternamente condenador? ¿Por qué en lugar de permanecer en el amor: permaneced en mi amor, hemos pasado a “permanecer en el miedo y la angustia” a un Dios de terror?

         En los rostros y conciencias de muchos cristianos y eclesiásticos vemos mucha amargura y angustia. En el “subconsciente” del momento eclesiástico actual (a excepción de Francisco) no parece residir la gracia, la bondad, el amor de Dios Padre.

         Sin embargo, somos cristianos porque hemos sido amados, hemos recibido el amor de Dios y nos hacemos cristianos porque amamos.

El adn del cristiano no es la precisión de su dogmática, ni la ley, ni el  cumplimiento, ni la perfección y escrupulosidad de su moral, ritos, vestimentas, tampoco la identidad del cristiano está en la ortodoxia, sino en el amor. Quien no ama, no ha conocido a Dios.

Muchos de nosotros tenemos una imagen, una experiencia de un Dios duro, violento, implacable. (Mejor olvidar aquellas meditaciones sobre el infierno de los Ejercicios Espirituales, aquellas torturadoras confesiones, etc.) El Dios de Jesús es Padre bondadoso.

Cristiano es quien tiene la experiencia honda de sentirse querido, amado por Dios. Muchas personas son “perfectos religiosos”, cumplidores estrictos de todo lo establecido, pero no cristianos, porque quizás no viven en el amor que Dios nos tiene. No es lo mismo ser religioso que ser cristiano. Cristiano es demorarse, permanecer en el amor de Dios.

Volvamos nuestra mirada al amor de Dios: conozcamos la misericordia de Dios y de Cristo. Somos discípulos amados queridos por Dios, no clientes o consumidores religiosos de un sistema religioso.

  1. Algunas precisiones.

         ¿Y qué es el amor?

         Por simple sentido común, conviene ser conscientes y distinguir los diversos niveles de las relaciones humanas y los varios modos de vivir el entramado de tales relaciones.

         En griego hay tres palabras para hablar de los diversos niveles del amor, que son los que Sigmund Freud y Benedicto XVI utilizarán estas tres expresiones: eros (amor erótico), filia (amor de amistad) y ágape (amor de donación / entrega).

         Los tres niveles son buenos, pero diversos y conviene no mezclarlo todo.

         Algunos sois padres y el amor matrimonial es profundo, pero diverso del amor, también profundos, hacia los hijos.

En la vida familiar somos hermanos y tal fraternidad es algo muy profundo. Sin embargo puede que dos hermanos, siendo hermanos queridos, no sean amigos. Es distinto ser hermano que ser amigo. Con un amigo tengo otro tipo de relación y, quizás, de confidencialidad. (Los amigos los elegimos, más o menos, libremente, la fraternidad de hermanos nos viene dada).

En la vida podemos querer a personas por su serenidad, por su competencia, su disponibilidad. En la vida religiosa, presbiteral el amor, la afectividad se encauza por otros derroteros (celibato).

La vida religiosa, la vida monacal vive en comunidad y se dan relaciones de fraternidad en la fe que les une en un carisma concreto: benedictinos, franciscanos, jesuitas, etc. Y viven como hermanos o hermanas, lo cual no significa que todos los miembros de tal comunidad sean amigos, ni que la comunidad viva en una adolescente amistad, si bien procurarán una convivencia noble y fraterna.

La vida comunitaria ha de estar posibilitada por una madurez personal, de fe, afectiva y en muchas ocasiones habrá de echar mano del respeto hacia quien no piensa como yo; y en ocasiones el perdón será necesario en una convivencia adulta y madura.

El presbítero-sacerdote realiza su afecto y amor orientando su vida hacia el Reino de Dios, que se concretará en la tarea pastoral, intelectual y en una buena convivencia con los colaboradores de su parroquia o de las personas con quienes trabaja. Ama su propia tarea, parroquia, mundo pastoral.

Las Parroquias y “comunidades cristianas” no son comunidades de amigos. Los que se reúnen en una parroquia se estiman, se respetan, incluso estarían dispuestos a ayudarse o ayudar a otros en caso de necesidad, de enfermedad, de penuria económica, etc. pero no somos estrictamente amigos, ni se debe pretender que una parroquia sea una comunidad de amigos.

No es lo mismo amistad que amor, enamoramiento que encuentro, eros que caridad. Y conviene no mezclarlo todo, porque, de otro modo, podemos volver a la confusión del “caos inicial del Génesis”.

  1. El amor es intrínseco al ser humano.

         Siendo muy consciente del evangelio que hemos escuchado: “este es mi mandamiento: que os améis”, sin embargo el amor no es que el amor sea un “imperativo legal o moral”, una ley más entre las muchas que se puedan legislar.

         Dios es amor, el ser humano está creado a imagen de Dios, por lo que el ser humano es imagen del amor de Dios y se realiza en el amor.

         De hecho el amar y sentirnos queridos es lo más importante en la vida humana. Podemos vivir -hemos vivido- sin justicia, sin derechos humanos, sin libertades, sin apenas dinero y con hambre (al menos las generaciones mayores), lo que ya no podemos vivir es sin amar y ser amados. Las grandes crisis personales y las grandes realizaciones en la vida humana están en proporción directa a la experiencia que tengamos del amor.[2]

         El amor hace bien al ser humano. Probablemente nada cura tanto como sentirse querido y acogido en la vida.

  1. Amor y política.

         La ciencia, la tecnología, el progreso sin amor, deshumaniza. Lo mismo se puede aplicar a la vida sociopolítica y a la vida eclesiástica.

         Puede parecer una ilusión infantil, pero la crisis económica en que estamos sumidos no se va a solucionar solamente con criterios económicos, sino con criterios éticos. El problema de la pacificación requiere tratamiento político, conversaciones, negociaciones, etc. En algún momento sería muy noble tender la mano, reconciliarnos.

         Inteligencia creativa humana hay, dinero hay, tecnología, materias primas (creación) siguen habiendo todavía, vacunas hay para todo el mundo. Si todo ello no llega a todos es por otras razones ya no técnica, sino éticas.

         Lo que llama la atención es que ni los economistas, ni políticos, ni los medios de comunicación, ni la Universidad, ni los sindicatos, ni muchas veces los eclesiásticos invoquemos el amor eficaz en nuestras vidas

         El dinero no cree en Dios ni en el hombre, el dinero no ama. Y es ahí donde comienza la convivencia y el encuentro entre personas y pueblos.

  1. Algunas concreciones

Amar es respetar y acoger a los seres humanos solamente porque son seres humanos, hijos de Dios.

  • o Por tanto amar significa respetar a todas las personas por el mero hecho de ser personas: hijos de Dios. Hacemos interesadas acepciones de personas: pensemos en ideologías, puestos eclesiásticos, emigrantes, racismos, etc.
  • o Hoy en día en nuestro pueblo el mandamiento del amor significa respeto y buscar, abrir cauces y caminos, diálogo para la convivencia y la paz. Y en cuanto sea posible, perdonar.
  • o En el ámbito familiar amar significa muchas veces respeto, no hurgar en viejas heridas, no revolver las cosas. Cuestiones de dinero, herencias, etc. Saber declinar, dejar ya de lado determinadas cuestiones.
  • o El mundo eclesiástico comenzará o comenzaremos a ser cristianos cristianos- cuando intentemos ver la vida y las situaciones y problemas desde el amor y no tanto desde el legalismo, el miedo, el poder y la ortodoxia.
  • o En ocasiones -siempre- amar significa ser discreto y callarse. Callar un defecto, un pecado ajeno, etc. El silencio y la discreción son variantes del mandamiento del amor. Una persona adulta ha de saber callar y marcharse a la tumba con unos cuantos secretos.
  • o En muhco momentos amar significa: perdonar.
  1. Somos discípulos amados.

         Somos cristianos y ser cristiano es sentirse querido por Dios y desplegar la vida desde el amor. Desde el amor las cosas se ven de otra manera.

El amor produce una confianza enorme, una gran serenidad. Noches oscuras nos van a venir, pero quien ama, quien ama la humanidad, la vida, los valores del Reino de Dios tiene el alma sosegada, en calma, en esa serenidad y alegría que nos promete Jesús.

esto os mando: que os améis unos a otros.

[1] Un apunte exegético: la primera mitad del evangelio de San Juan emplea 32 veces el lenguaje de luz-tinieblas, 50 veces el tema de la vida: agua, pan de vida, etc. La segunda mitad del evangelio joánico se centra en el amor: 38 veces. (X. Léon Dufour, Lectura del evangelio de Juan, Salamanca, 19933, vol 1, p 22.

[2] Hay ciertas dimensiones en la vida que hemos de saber llevarlas bien: el amor, la sexualidad, el poder, la belleza, el dinero, etc. son cuestiones que hemos de procurar “gestionarlas” bien, porque de otro modo, nos pueden despistar en la vida.

 

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