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Mt 5. Semana Santa 1: Bienaventuranzas, una procesión de felicidad

Lunes, 29 de marzo de 2021

29026413_947635582080301_5500696618320610891_nDel blog de Xabier Pikaza:

Sigo ofreciendo los textos básicos de mi curso sobre Mateo, y hoy (ante el domingo de Ramos y de la purificación del templo) quiero recoger el tema de las bienaventuranzas, que son la clave de ese evangelio y de toda la vida cristiana, presentándolas en forma de Procesión (en la línea de las que “salen” a la calle estos días, para recordar y actualizar el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo, en numerosos lugares del mundo).

El evangelio de Mateo ha reinterpretado las tres primeras bienaventuranzas de Lucas (Lc 6, 20-21), desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.), presentándolas como un programa (un proceso-procesión) de felicidad cristiana.

— Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino: Un programa de Dios, que es la felicidad (sumo Bien, sumo Alegría) de Dios, de su vida como Gracia. Se trata de salvar el mundo por la alegría y la belleza, como han sabido los grandes cristianos, desde San Francisco hasta Dostoievsky.

— Al mismo tiempo, ellas ofrecen el curso más hondo de vinculación eclesial y de pacificación del hombre, en línea cristiana, siguiendo el curso sobre el Evangelio de Mateo que he desarrollado en Córdoba, ARG. Se trata de aprender a ser felices, y de serlo en el centro de un mundo angustiado por el miedo, la injusticia y la culpa.

Las bienaventuranzas recogen el tema central del mensaje de Jesús: Cómo ser felices, haciendo felices a los demás, en un camino de descubrimiento de Dios y de comunión creadora de vida con los demás:

Un tipo de Iglesia ha podido pactar con los poderes fácticos, convirtiéndose en pura sacralización de lo que hay (poder, dinero, y mentira de la , y espiritualizando así de un modo falso el mensaje de Jesús, en un mundo dominado por las tras concupiscencias: de los ojos, de la carne y de la vida (1 Jn 2, 16-17).

Pero las cuatro bienaventuranzas de Lucas (con las ocho de Mateo) presentan un mensaje universal de comunión y pacificación cristiana, en línea económica y social, mesiánica y teológica. Entendidas así, las bienaventuranzas son una gran protesta de vida: Ojos nuevos para ver, carne nueva para sentir y compartir, vida para crear.

Aquí suponemos conocidas las primeras bienaventuranzas de Lc 6, 20-21 (pobres, hambrientos, los que lloran y los perseguidos). Mateo parte, sin duda, de ellas, o de la tradición que está en su fondo, pero aumenta su número hasta ocho y las presenta como un programa de vida y de pacificación cristiana, en clave de Iglesia, y en esa línea las presentamos, de un modo unitario, como peldaños de una gran Escala de Paz, como la Via Pacis del Evangelio.

El mismo orden que ellas tienen en Mateo va marcando su avance y sentido, desde la primera (los pobres) hasta la última (los pacificadores y los perseguidos). No es posible ser pacificador, crear la paz, a no ser recorriendo ese camino de pobreza, mansedumbre, capacidad de sufrimiento, estando dispuesto a ser perseguido. Así lo iremos viendo, mientras vamos trazando un recorrido de comunión y paz para la Iglesia, para el conjunto de la humanidad.

Las ocho bienaventuranzas

Dios se ha comprometido positivamente a favor de los hombres, ofreciendo vida a todos, empezando por los pobres. Es un Dios parcial porque ama a los pequeños y perdidos, porque supera con su gracia y entrega creadora la justicia de la historia. Ciertamente, los ayes o malaventuranzas que Lc 6, 20-26 presenta inmediatamente después siguen resonando en Mateo, pero se sitúan en otro lugar y plano del evangelio, como muestran los textos del juicio (13, 24-43; 25, 31-46). Pero aquí, al principio del mensaje, él sólo ha querido ofrecer este “retablo” de bienaventuranzas, como compendio y sentido del Reino:

Mt 5 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados.
5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Estas bienaventuranzas se dirigen de un modo especial a dos tipos de personas: (a) Los más pobres, los que sufren hambre y opresión. (b) Los que ayudan a los pobres (cf. 25, 31-46). Ellas no son confesionales, en un sentido estrecho, sino que ofrecen un mensaje universal, que vale para todos, sin nada específico de la iglesia (bautismo, eucaristía, encarnación o Trinidad…). Pero, en otro sentido, ellas son el corazón del evangelio cristiano, un programa de vida integral de la Iglesia.

1. Dichosos los pobres de Espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3)

Estos pobres son los ptojoi. A diferencia de penês, que es un hombre de pocos recursos, pero que puede mantenerse con su esfuerzo y trabajo, ptojos es aquel que no tiene nada, el pordiosero o mendigo, que sólo puede vivir de limosna (cf. Lc 14,13.21; 16, 20, 22). A menudo, los ptojoi suelen ser de mala fama, de manera que no se puede empezar hablando sin más de pobres espirituales, llenos de riquezas interiores (como en el caso de algunos anawim del judaísmo tardío). Estos pobres carecen de todo, de manera que sólo pueden vivir de la ayuda o sostén de los demás, es decir, como mendigos. Lc 6, 20 les llamaba simplemente pobres, prometiéndoles la dicha del evangelio. Mateo, en cambio, añade de espíritu, no para negar la bienaventuranza “material”, sino para matizarla desde una perspectiva cristiana, en dos líneas posibles:

— Camino de paz. Sólo se puede hablar de comunión eclesial y paz universal donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. Mt 5, 3 ha dicho pobres de espíritu donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres. Con eso, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de pobres, vencidos y pequeños (cf. Mt 18, 1-14), pero ha querido referirse en especial a los cristianos.

En ese sentido, habla de los pobres de espíritu, esto es, de aquellos que no se limitan simplemente a sufrir una suerte que les viene marcada de fuera (porque han sido derrotados por otros, vencidos por la vida), sino que habla de aquellos que, pudiendo vivir de otra manera, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad y, sobre todo, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los vencedores, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de salvación (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Así aparece como el siervo que no grita, no se ensalza, no esclaviza (cf. Mt 12, 15–21), iniciando un camino de solidaridad humana desde la pobreza. Quien quiera vivir como rico no puede hacer la paz. Donde se busca dinero se logran otras cosas, no se puede hablar de paz.

‒ Por voluntad. Pobres por espíritu o decisión personal (con dativo de opción) no son simplemente los que se limitan a sufrir una suerte que les viene dada desde fuera sino los que, pudiendo ser ricos, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, al servicio de los demás (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Jesús no ha querido alimentar a los hombres de manera mágica o diabólica, como indicaba la primera tentación (4, 1-4), sino desde la situación en que se encuentran, encarnándose en su historia, haciendo que unos hombres ayuden a los otros. Jesús aparece así como siervo que no grita, no se eleva sobre otros, no esclaviza, sino que desde la misma pequeñez del mundo, ayuda a los pobres (cf. Mt 12, 15-21), poniendo así en marcha un camino en el que los que tienen han de ayudar y alimentar a quienes no poseen bienes de ese tipo. En esa línea se sitúa nuestro texto, que no ha negado la bienaventuranza de los pobres como tales (a quienes en 25, 31-46 llama sus “hermanos más pequeños”), sino que ha querido destacar la opción de los creyentes a favor de los pobres, dentro de la Iglesia, pues en ella sólo pueden construir activamente el Reino y ser pacificadores aquellos que se hacen hermanos de los pobres y cumplen con ellos la justicia del Reino.

En espíritu. En esa línea de Espíritu puede ser un dativo de relación. Estos pobres no lo son sólo en sentido material (porque no tienen cosas), sino y sobre todo en un plano del espíritu, en decir de conocimiento o riqueza interior. En ese sentido son pobres los que no saben, no entienden, no logran penetrar en los “secretos” de la interpretación rabínica de la ley, siendo así como mendigos espirituales. De ordinario, éstos son pobres “materiales” (mendigos, sin posesiones ni trabajo), pero, al mismo tiempo, en parte a consecuencia de lo anterior, son pobres de mente y de conocimiento.

Así podemos hablar de los pobres de espíritu en sentido activo, en una línea parecida a la anterior (pobres por voluntad), aunque en un plano más personal. Son pobres los despreciados por falta de cultura, los indigentes, aquellos que no tienen dignidad, los más pequeños, aquellos que no pueden elevarse sobre e imponerles su derecho. Éstos son la masa de los marginados, derrotados, expulsados, sin entendimiento o voluntad para cambiar la historia, sometidos a un destino de desprecio y muerte. Pues bien, Jesús ha venido a elevarles, no para hacerles orgullosos, capaces de triunfar con violencia sobre los demás, sino para crear con él una humanidad distinta, fundada en la confianza y en la solidaridad. Desde ese fondo han de entenderse las bienaventuranzas que siguen: No habrá justicia ni paz si no se empieza por un camino de pobreza (Mt 6, 19).

2. Dichosos los que sufren
porque ellos serán consolados (Mt 5, 4).

Lc 6, 21 dice los que en este tiempo lloran (oi` klai,ontej nu/n), destacando quizá más el llanto como tal, por cualquier causa que sea, el llanto que se expresa en forma de lamentación amarga (cf. Mt 2, 18; 26, 75) o grito fuerte (en la línea de la pobreza material). Mateo, en cambio, dice hoi penthountes término que podría referirse más en concreto a los que saben sufrir o, mejor aún, a los que aceptan el dolor como una forma de maduración (purificación), en la línea del ayuno (cf. 9, 15). En esa perspectiva, se referirá Mc 16, 10 a los que hacían luto y lloraban en llanto funerario por la muerte de Jesús.

Ciertamente, podemos y debemos decir con el texto de Lucas, que son bienaventurados todos los que lloran, por la razón que fuere, sin distinguir la forma o razón de su dolor. Mateo en cambio parece haber resaltado el carácter de maduración e incluso de purificación que tiene ese dolor, sobre todo en línea de apertura a los demás: Sólo aquellos que aceptan de algún modo el sufrimiento pueden ayudar a los que sufren, abriendo con y para ellos un camino de solidaridad y ayuda mutua, desde el padecimiento real de la humanidad. De todas formas, quizá debamos decir que esos que lloran (penqou/ntej) no son sólo los que lloran de un modo catártico, aceptando el dolor como principio de purificación, sino todos los que se lamentan y gimen, por la razón que fuere (como los klai,ontej de Lucas). No se trataría, pues, de un llanto piadoso, como a veces se ha dicho, como un don de lágrimas, sino del llanto que brota de la necesidad humana, en sus diversas formas.

— En el principio está el llanto. Sólo aquellos que sufren y saben sufrir pueden ser constructores de paz. Debemos empezar diciendo, con el texto de Lucas, que son bienaventurados todos los que lloran, por la razón que fuere, sin distinguir la forma en que asumen o no su sufrimiento. Partiendo de esa base, Mateo ha puesto de relieve el valor de maduración e incluso de “revolución radical” del sufrimiento. Sólo aquellos que, quizá con miedo, saben aceptar el sufrimiento pueden ayudar a los demás, abriendo con ellos y para ellos un camino de vida. Quien no sabe sufrir terminará siendo un dictador. Quien hace sufrir a los demás (por hambre o terror, por guerra o dictadura) no podrá ser hombre de paz. Sólo aquellos que se ponen en el lugar de los que sufren y sufren con ellos pueden iniciar el camino de paz del evangelio.

Sólo aquellos que saben aceptar el sufrimiento, acompañando a los que sufren y sufriendo con ellos, pueden iniciar el camino del Reino de Dios, con la paz del evangelio. De la incapacidad de sufrir nace la violencia. Sólo los que saben sufrir pueden madurar, actuando como pacificadores. La tradición bíblica recuerda el clamor y llanto de los hebreos oprimidos en Egipto, a quienes Dios escuchó, disponiéndose a liberarles, de un modo que no fue simplemente espiritual, sino integral, sacándoles de Egipto (Ex 2, 23-25).

‒ Serán consolados. En esa línea se sitúa la respuesta en pasivo de esta bienaventuranza “porque ellos serán consolados” (paraklhqh,sontai), un verbo de la misma raíz que Paráclito (para,klhtoj) el Espíritu Santo “consolador” (cf Jn 14,16.26; 15,26; 16,7) conforme a un tema que aparece en Mt 10, 19-20 donde se supone que el Espíritu Santo consolará a los perseguidos. Se tratará, sin duda, de un consuelo no sólo espiritual, sino integral, como el de Ex 2. Aquí se afirma que Dios consolará a los que lloran (y que los que sufren serán consolados por otros, en una sociedad centrada en la confesión); pero el texto supone, al mismo tiempo, que los tristes serán consolados por otros hombres y mujeres .

3. Dichosos los mansos
porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 5).

Ésta es una bienaventuranza nueva (sin paralelo en Lucas), creada por Mateo o por su iglesia, fijándose de un modo especial en Jesús, pobre y manso (sin poder económico o social), pero que ha sabido elevar y enriquecer a los pequeños, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y vida para muchos. En esa línea, son mansos los que actúan sin imponerse, y así ayudan a otros desde su pobreza, como dirá Jesús: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumamos, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29).

Así aparecerá Jesús, expresamente, como “manso” (praus) cuando entró en Jerusalén, montado en un asno, de manera, no violenta, para tomar la ciudad y extender en ella su mesianismo. Pero, al mismo tiempo, esta bienaventuranza, expresa una experiencia radical, de tipo político, pues los mansos (anawim) heredarán la tierra (cf. Sal 37, 1) no por violencia, sino al modo de Dios: por herencia de gracia. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) abre una utopía de pacificación, que va en contra de los principios y métodos de guerra utilizados para dominar el mundo.

‒ Bienaventuranza ecológica. Éste es un programa espiritual y social, como ha puesto de relieve el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si, Alabado seas… (2015). El hombre prepotente, conquistador, violento acaba destruyendo la misma tierra. Sólo los mansos, los que renuncian al deseo de tenerlo todo y a la imposición militar podrán heredar la tierra como don de Dios, pues ella no se conquista, sino que se recibe de aquellos que nos han precedido, para regalarla y compartirla con los que nos sigan o están a nuestro lado. La tierra que se domina y somete por fuerza se vuelve un infierno de guerra y destrucción: cuanto más la dominemos más la estropeamos. Sólo los mansos podrán heredar y compartir la tierra. Los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen a sí mismos.

‒ En esta línea aparece Jesús como pobre y manso (sin imposición económica, sin violencia militar) como heredero de todos los bienes del mundo (cf. Hbr 1, 2), aquel que eleva y enriquece a los pequeños desde su pobreza que es fuente de gracia y riqueza para los hambrientos, enfermos y oprimidos. Jesús es pobre ayudando a los pobres, no por su grandeza sino desde su misma pequeñez. Ésta es, por tanto, una bienaventuranza social, que retoma y replantea desde Jesús la experiencia radical del Antiguo Testamento, siguiendo el tema anterior del llanto de los oprimidos en Egipto, a los que Yahvé respondió sacándoles de la esclavitud. Pues bien, ahora se completa ese motivo con el tema de la entrada y posesión de una tierra, que no se consigue con las armas, sino con gesto social de profunda mansedumbre activa.

— Bienaventuranza política. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) proclama una utopía de pacificación “política”, que invierte todos los principios y táctica de guerra. Sólo los mansos, los que renuncian a toda imposición militar para “conquistar la tierra” podrán poseerla de verdad, pues tierra no se conquista por guerra, sino que se “hereda”: la recibimos de aquellos que nos han precedido y queremos ofrecerla como regalo a quienes nos sigan. La tierra que se conquista y somete por la fuerza se vuelve un infierne de guerras; cuanto más la dominemos más la destruiremos. Sólo los mansos podrán heredar y disfrutar la tierra en paz; los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen entre sí.

4. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia
porque ellos serán saciados (Mt 5, 6).

En vez de hambrientos sin más (como Lc 6, 21: peinw/ntej), Mateo dice hambrientos y sedientos de justicia (th.n dikaiosu,nhn). Ciertamente, él sabe que han de ser dichosos los carentes de comida, como supone Mt 25, 31-46 (pues el mismo Jesús habita y sufre en ellos) y pide a los demás que les alimenten, pero él sabe también que hay hambrientos mesiánicos, que entregan la vida por los otros, dando de comer a los necesita, buscando así la justicia de Dios que es la liberación de los oprimidos (Israel) y la justificación y perdón de los pecadores (Pablo).

Del hambre física se ocupa Mateo en 4:2; 12,1.3; 21,18. Del hambre y sed trata en 25,31-46, aunque la sed tiende a entenderse con frecuencia en sentido figurado, como expresión de un deseo fuerte, de gran necesidad. Pues bien, esta bienaventuranza vincula ambas carencias (hambre y sed), como 25, 31-46, pero más que en sentido material lo hace en línea de gratuidad y don de vida. Según eso, hambrientos y sedientos de justicia son aquellos que desean intensamente el establecimiento del reino de Dios (3, 15).

‒ Hambrientos de justicia. Son los hambrientos creativos, aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se deciden a servirles. Estos son los verdaderos portadores de la justicia de Dios (cf. Mt 25, 37), y entre ellos ha sobresalido Jesús, Mesías del reino (cf. Mt 6, 33). En este contexto se entiende la respuesta de Jesús al Diablo: no sólo de pan vive el hombre (cf. Mt 4, 4), sino también de hambre de justicia, que se expresa en la ayuda a los pobres. En esa línea, Jesús dirá pronto a sus oyentes (5, 20) que su justicia ha de elevarse por encima de un tipo de ley propia de los escribas y fariseos, pues de lo contrario no entrarán en el Reino de los cielos.

‒ Tuve hambre y me disteis de comer. Todo el evangelio de Mateo, hasta 25, 31-46 es un intento de comentar y desarrollar el sentido de esta bienaventuranza, en cuyo fondo está la experiencia radical del Cristo hambriento (¡tuve hambre…!: 5, 21-46), con la llamada a la comunión alimenticia (¡y me disteis de comer!). Ésta es la justicia más alta del Reino, centrada en la gratuidad y en la comunicación, dentro de una tierra “hermana” que se hereda y se comparte, en gesto de mansedumbre creadora, de respeto a la realidad (¡no destruir el mundo!) y de elevación de todo lo que existe, no en una línea evasiva de alejamiento, sino en una línea de comunicación concreta, dentro del gran misterio de la vida, que es don y camino abierto a la Vida.

Esta bienaventuranza habla de los hambrientos creativos, de aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse al servicio de ellos. Éstos son los verdaderos “justos”, los portadores de justicia (cf. Mt 25, 37). Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, Mesías de la justicia del reino (cf. Mt 6, 33). En este contexto se entiende su palabra: “no sólo de pan vive el hombre” (cf. Mt 4, 4)… No hay sólo “hambre de pan”, sino también de “justicia”. Sólo a través de esta justicia, que es la liberación de los pobres, se puede hacer la paz.

5. Dichosos los misericordiosos
porque ellos recibirán misericordia (Mt 5, 7).

Ellos aparecen vinculados al Dios de Israel, a quien la Escritura presenta como «clemente y misericordioso, lento a la ira…» (cf. Ex 34, 6-7). La fe en ese Dios ha definido y marcado la historia de Israel, viniendo a culminar, según el evangelio, en Jesús de Nazaret, a quien Mateo ha definido, de un modo muy intenso, como Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos y excluidos (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31).
Desde ese fondo expone Jesús su novedad mesiánica, según el mensaje de Os 6, 6 (misericordia quiero y no sacrificios (Mt 9, 13; 12,17; cf.), pidiendo a los suyos: que sean misericordiosos, capaces de compartir la vida con los otros, creando así espacios de gratuidad. Desde ese fondo, la religión se hace compromiso social, y el compromiso social se hace “misericordia”, en gesto eficaz de ayuda a los demás, con ternura y con amor gratuito, y no por la dureza de la ley implacable o la venganza.

‒ Misericordia, experiencia de Dios. De esa manera se expresa la dicha más honda de Jesús, su felicidad mesiánica, que consiste en que sus seguidores sean misericordiosos, empeñados en ayudar a los pobres y acompañar a los necesitados, teniendo misericordia de todos. Ésta es la experiencia más honda del Dios bíblico que se revela en el “segundo pacto”, revelado en Ex 34,6-8, donde Yahvé pasa ante Moisés diciendo: Dios clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en piedad y leal… Éste es el Dios bíblico que aparece con sus cuatro nombres básicos.

(1) Dios es Rehem, amor entrañable, como madre que cuida del fruto de su entraña.
(2) Dios es Hannun (hen), amor gratuito, de la raíz hebrea hanan, que significa gracia, y así aparece como aquel que acoge y ayuda a los hombres por pura gratuidad, se agrada en ellos y les mira no sólo con simpatía, sino con felicidad, a pesar de su pecado. (
3) Éste es el Dios Hesed, fiel, una palabra incluye también cercanía y ayuda entrañable y gratuita, como en los casos anteriores, pero añade un matiz importante de lealtad o fidelidad a la alianza, es decir, a la palabra dada.
(4) Dios es finalmente ‘Emet, el Verdadero, o, mejor dicho, la Emunah, el Amén. Fidelidad.

‒ Misericordia, experiencia humana. Esta fidelidad de Dios define y fundamenta la vida de los hombres que pueden y deben ser fieles entre sí, es decir, misericordiosos, relacionándose con entrañas de amor, con obras de verdad y afecto, de auténtica justicia) como iremos viendo a lo largo de todo el evangelio. La misericordia de Dios aparece así, por tanto, como principio y fundamento de misericordia entre los hombres y mujeres, en un camino abierto a la Vida. Ésta irá siendo la nota fundante del evangelio, el principio de toda política y acción cristiana, por encima de toda posible ley impersonal: Ésta es la acción de la misericordia de Dios, que humaniza y crea la paz; éste es el motivo central que Mateo ha retomado en su discusión final con los escribas y fariseos, a quienes acusa de obsesionarse por pequeñas cosas (diezmos), olvidando lo central de la misma ley, que es la justicia, la misericordia (to. e;leoj) y la fidelidad (23, 23).

La fe en el Dios misericordioso y clemente ha definido y marcado la historia de Israel, viniendo a culminar, según el evangelio, en Jesús de Nazaret, a quien Mateo ha definido, de un modo muy intenso, como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos y excluidos (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31). Desde ese fondo se entiende su novedad mesiánica, conforme a las palabras centrales de Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13; 12,17; cf. Os 6, 6).

Eso significa que la “religión” (sacrificio) de Jesús es la misericordia. Éste es el sacrificio que Jesús pide a los suyos: que sean misericordiosos, que sean capaces de compartir la vida con los otros, creando así la paz. Desde ese fondo, la religión de Jesús se hace política y la política se hace “misericordia”, dirigida por la ternura de corazón, por el amor gratuito, y no por la dureza de la ley implacable o la venganza. Ésta es la dicha más honda de Jesús, su felicidad mesiánica: compartir desde el corazón la suerte de los pobres, ayudar a los necesitados. Ésta es la nota fundante del evangelio, el principio de la política cristiana: la misericordia que hace felices a los hombres y que crea la paz. Aplicando las palabras de Mt 7, 1, se podría decir: “sembrad misericordia y la misericordia llenará vuestra vida…”.

6. Dichosos los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

La limpieza de Ley constituye una experiencia esencial de un tipo de judaísmo, que quiere superar la mancha que destruye al ser humano, en el plano social y/o material (alimentos, contacto con cosas impuras etc.). Esa limpieza se logra a través de la ley: es pureza de manos que se lavan de acuerdo con el rito, de observancias que se cumplen realizando lo mandado, en vestidos y comidas etc. Pues bien, frente a esa limpieza al servicio de los más capaces (piadosos y cumplidores), ha situado Jesús la pureza del corazón, abierta en forma solidaria a los demás, especialmente a los expulsados del sistema religioso.

Así lo ha puesto de relieve Marcos, al insistir en la exigencia de superar el sistema de purezas judías, en plano de lepra y sábado (cf. Mc 1, 40-45; 2, 23‒3, 6), tabúes de sangre y sexo (cf. Mc 5) o limpieza de manos y comidas (cf. Mc 7). También Mateo ha destacado esa limpieza de corazón, que se expresa de un modo social, en referencia a lepra, cuando Jesús dice al leproso queda limpio (kaqari,sqhti, 8, 3), y a sus discípulos les manda que curen (limpien) a los leprosos (10, 8), conforme a la exigencia y don fundamental del evangelio: “los leprosos quedan limpios” (11, 5). La forma de interpretar y expandir la limpieza ha distinguido a Jesús de los escribas y fariseos, que parecen ocuparse más de la limpieza externa de sepulcros y utensilios de cocina que de la transparencia interior de la persona (cf. 23, 25-26).

‒ Mateo, un camino de limpieza de corazón. El evangelio es un desarrollo de esta limpieza activa de corazón, que ha de entenderse en sentido personal, social y religioso (ver a Dios), una limpieza encarnada en Jesús, culminada en muerte, abierta a todos los hombres y mujeres por su Pascua. En contra de una pureza de ley, al servicio de los fuertes (piadosos y cumplidores), ha destacado Jesús la del corazón que se abre en forma solidaria a los demás, en espacial a los expulsados del sistema. Él viene a presentarse de esa forma como el limpio por excelencia, en el nivel del corazón que se abre a los necesitados. Mt elabora así la cristología de la pureza misericordiosa, hecha de cercanía de corazón, superando todo juicio, en apertura hacia los necesitados. Sólo en este contexto se revela el Dios cristiano: “ellos verán a Dios”.

‒ Los limpios de corazón verán a Dios. Jesús quiso revelar y ofrecer a sus amigos y seguidores el camino de pureza del corazón misericordioso, que se abre a los necesitados, por encima de toda ley o patria particular (de tipo político o religioso), pues su patria (su nación o iglesia) es la misericordia universal, desde los más pobres. Sólo así se confirma el camino de la paz, pues los limpios de corazón no sólo “verán a Dios” (en el futuro), sino que pueden mirar ya a los demás (incluso a los enemigos) con los ojos de Dios. En ese sentido, al afirmar que verán a Dios (to.n qeo.n o;yontai), se está diciendo que ellos serán admitidos en la intimidad de Dios, como los miembros de la corte que “ven sin cesar al Rey”, o los ángeles de los niños que ven (ble,pousi) el rostro del Padre (18, 10). No ven Dios los ojos que juzgan, sino el corazón misericordioso.

Un tipo de judeo-cristianismo se podría convertir en religión de normas exteriores (de prestigios nacionales o sociales, de insignias, de banderas…). Pues bien, en contra de esa pureza de ley, puesta al servicio de los fuertes (piadosos y cumplidores), Jesús ha destacado la pureza del corazón, abierta en forma solidaria a todos los hombres, especialmente a los expulsados del sistema. El mensaje de Jesús, tal como lo viven los cristianos de la Iglesia de Mateo, exige que superemos un sistema de purezas que se centran en las manchas de la piel o en la forma de cumplir el sábado (cf. Mc 1, 4-0-45; 2, 23-3, 6), tabúes de sangre y sexo (cf. Mc 5), de pureza externa y comidas (cf. Mc 7). Jesús quiso ofrecer a sus amigos y seguidores un programa distinto: la pureza del corazón misericordioso que se abre a los necesitados, por encima de toda ley o patria particular (de tipo político o religioso). Así podemos decir que la patria de Jesús (su nación política, su iglesia) es la misericordia universal, desde los más pobres. Sólo así, desde el corazón, se puede iniciar un camino de paz, pues los limpios de corazón no sólo “verán a Dios” (en el futuro), sino que pueden ver ya a los demás (incluso a los enemigos) con los ojos de Dios. El limpio de corazón no hará nunca la guerra, pues no verá jamás a los enemigos como enemigos, sino como personas.

7. Dichosos los constructores de paz
porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).

Otros tipos de judaísmo podían tener sus propios bienaventurados: guerreros de Dios que conquistan un reino (celotas), buenos sacerdotes con su ritual de sacrificios, cumplidores de la ley… (en línea farisea). Pues bien, para Jesús, judío mesiánico, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres se vuelven eirênopoioi, hacedores de paz, para construir de esa manera el Reino.

Entre los pobres de la primera y los hacedores de paz de esta séptima bienaventuranza discurre un camino que hemos llamado Via Pacis, propio de los hacedores de la paz mesiánica, que se distingue no sólo de otras formas particulares de paz judía, sino especialmente de la paz romana, centrada en la victoria militar del imperio. De esa manera culmina el mensaje de Jesús, aquí se condensa su proyecto, centrado en el surgimiento de unos hombres y mujeres que sean hacedores de paz (eirenopoioi).
Estos hacedores de paz son los “portadores” del Reino de Jesús, que no es victoria contra nadie, ni imposición sobre ninguno (como en el imperio romano), sino ofrecimiento de paz para todos, empezando por los pobres, los hambrientos, los mansos. La verdadera paz viene de abajo, desde el perdón, a través de aquellos que van suscitando comunidades de personas que se aman y se abren en misericordia activa hacia los demás. En ese sentido, la tradición cristiana dirá que el pacificador por excelencia ha sido Cristo (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15), pues ha querido reunir con su gesto de entrega no violenta a todos los hombres.

De esta forma se ratifica el proyecto y propuesta de las bienaventuranzas, que ha empezado en los pobres para culminar en una paz que se despliega en forma de espada mesiánica: “No he venido para traer paz, sino espada…, para enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (cf. Mt 10, 34-35). La paz de Jesús rompe un tipo de vinculaciones impositivas (de tipo familiar o social), para abrirse a todos los hombres y mujeres, reuniéndolos en la gran familia de los hijos de Dios.

‒ Jesús, hacedor de paz. Pues bien, estos hacedores de paz) de la bienaventuranza se identifican en el fondo con Jesús, a quien Col 1, 20 presenta como el que ha hecho la paz, esto es, como aquel que ha reconciliado consigo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. En esa línea, Mt 5, 9 identifica en el fondo a los cristianos con Jesús, que ha reconciliado y pacificado el universo, como ha puesto de relieve la tradición paulina, en especial Ef 2, 19‒3, 13, texto que he comparado en la Introducción de este comentario con Mt 16, 16-19.

‒ Evangelio, un programa de paz. La Iglesia de Mateo ha proclamado así una paz personal y familiar, espiritual y social abierta en concreto a todos los hombres. Siglos de espiritualismo sacral e idealista nos han impedido abrir los ojos y entender el evangelio como programa de gozo salvador y libertad dichosa, como movimiento de paz personal y social, política y religiosa. El evangelio es un programa de pacificación, desde los más pobres, un programa intenso de no-violencia activa, fuerte, que vincula a todos los hombres. Hemos identificado a veces evangelio con ley, santidad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión del sexo o los placeres. Pues bien, en contra de eso, las bienaventuranzas son un programa de dicha política y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres.

Otros tipos de judaísmo podían tener sus propios bienaventurados: los guerreros de Dios que conquistan el reino (celotas), los buenos sacerdotes con su ritual de sacrificios, los cumplidores de la ley… (en línea farisea). Pues bien, para Jesús, judío mesiánico, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres son capaces de “hacer” (poiein) la paz del Reino, regalando generosamente la vida a los demás. De los pobres de la primera a los pacificadores de la séptima bienaventuranza discurre así un camino recto: la Via Pacis, el camino triunfal de la paz, que se opone no sólo a otras formas de judaísmo, sino al ideal de victoria del imperio romano. Aquí culmina el mensaje de Jesús, aquí se condensa su proyecto mesiánico, centrado en el surgimiento de unos hombres y mujeres que sean hacedores de paz (eirenopoioi).

8. Dichosos los perseguidos por la justicia
porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mc 5, 10).

Esta octava bienaventuranza completa y redondea el esquema de Mateo, como indica con toda claridad la recompensa (porque de ellos es el reino de los cielos) que es el mismo de la primera bienaventuranza (5, 3). Se cierra así el arco, que empezaba con la bienaventuranza de los pobres de espíritu y termina con la de los perseguidos por la justicia, trazando una especie de puente entre los dos tipos de personas. Los que al principio aparecían como pobres de espíritu son por tanto los que buscan la justicia de Dios y son perseguidos por ello. Significativamente, el tema había sido evocado al final de la cuarta bienaventuranza (los que tienen hambre y sed de justicia: 5, 6), como dividiendo las ocho bienaventuranzas en dos grupos de cuatro.
Entendidas así, las bienaventuranzas marcan el sentido de la Justicia del Reino, un tema central del evangelio de Mateo, como aparecía ya en 5, 3 y veremos en 5, 20; 6, 1. 33; 21, 32. Ellas nos sitúan en el centro del mensaje de Mateo, entendido como expresión de la justicia de Dios que, en la línea del Antiguo Testamento, se identifica con la oración y el ayuno, y en sentido especial con la limosna/misericordia(6, 1-2). En ese sentido, los que cumplen la justicia (50, 10) se identifican con los misericordiosos de 5, 7. Según eso, las bienaventuranzas son un programa de bienaventuranza/justicia que, según Mateo, definen el sentido de la Iglesia de Jesús.

‒ Un camino de Jesús. Esta bienaventuranza de los perseguidos por la justicia es un retrato y compendio anticipado de todo el evangelio, en el que Jesús aparecerá precisamente como perseguido, por haber proclamado y abierto el camino de la justicia de Dios. Jesús viene a presentarse de esa forma como bienaventurado de Dios precisamente por haber sido perseguido por la justicia, abriendo así un camino en el que los perseguidos, negados y expulsados vendrán a presentarse como constructores del Reino. La historia anterior la han escrito por la fuerza los perseguidores, los violentos. La nueva historia del Reino de Dios la escriben los perseguidos.

‒ Un camino de humanidad. De un modo consecuente, esta bienaventuranza final de los perseguidos por causa de la justicia (e[neken dikaiosu,nhj) plantea el tema general de la persecución (que encontraremos en 23, 34-39), pero lo aplica en este contexto, de un modo especial, a la Iglesia, que se identifica con aquellos que cumplen y expresan la justicia de Jesús. Mateo evoca así, de un modo directo, a los seguidores de Jesús que están siendo perseguidos por otros judíos o por el entorno imperial romano, por su forma de entender de vivir conforme al mensaje personal y social de Jesús.

En contra de la política oficial de Roma y de los reyes herodianos, la comunión de paz que Jesús proclama no es obra de los emperadores y monarcas que instauran su dominio por la fuerza, como Augusto, que edificó en el centro de Roma su Ara Pacis (Altar de la Paz), para expresar su soberanía (y soberbia) mundial, al servicio de su dominación. La verdadera paz viene de abajo, desde el perdón de los más pobres, a través de aquellos que van suscitando comunidades de personas que se aman y se abren en misericordia activa hacia todo el mundo, estando dispuestos a ser perseguidos. En ese sentido, la tradición cristiana dirá que el pacificador por excelencia ha sido Cristo (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15), pues ha querido reunir con su gesto de entrega no violenta todos los hombres. Ésta es la paz que no se logra con poder y dinero (desde arriba), sino a partir de los pobres y de aquellos que sufren, abriendo un camino de concordia gratuita y amorosa por donde pueden caminar todos los hombres.

Éste es el proyecto y propuesta de las bienaventuranzas, que ha empezado en los pobres para culminar aquí, en una paz que aparece, como ya hemos indicado, en forma de espada mesiánica, en la línea de Mc 13, 12-13: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer paz, sino espada. Porque yo he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (Mt 10, 34-35). La paz de Jesús rompe las vinculaciones impositivas (de tipo familiar o social) de los privilegiados del sistema para abrirse a todos los hombres y mujeres, desde los más pobres, reuniéndolos en la gran familia de los hijos de Dios.

La Iglesia de Mateo ha proclamado así la paz familiar y social de Jesús. Siglos de espiritualismo sacral e idealista nos han impedido abrir los ojos y entender el evangelio como programa de gozo salvador y libertad dichosa, como movimiento de paz que se expresa y expande en un plano social y político. El evangelio es un programa de pacificación, desde los más pobres, un programa intenso de no-violencia activa, fuerte, que vincula a todos los hombres. Hemos identificado a veces evangelio con ley, santidad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión del sexo o los placeres. Pues bien, en contra de eso, las bienaventuranzas son un programa de dicha política y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres

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